Crítica: Malokarpatan "Krupinské Ohne"

La única verdad es que este año está siendo un auténtico caos para todos, de una forma u otra. Mientras algunos pensaban que el pasado marzo sería un pequeño paréntesis en casa, otros se planteaban meses de aislamiento a base de Pornhub, videojuegos, UberEats y mucho de redes sociales, convertidos en hikikomoris de la noche a la mañana; lo que parecía un fin de semana largo, dos semanas, se ha convertido en casi un año, tan estrambótico y demencial como para que hayan surgido todo tipo de tribus conspiranoicas. Y, en medio de todo ello, bandas que han seguido publicando pero que, por desgracia, han pasado inadvertidas o desapercibidas entre las centenas de lanzamientos de un año funesto para muchos, aciago para la creatividad, siempre de mano del tiempo libre o aquellos que han sabido aprovecharlo y, por supuesto, de la desesperación. ¿Llego aún a tiempo?, me repito a mí mismo, como si fuese el conejo de Lewis Carroll, porque no quiero que diciembre llegue a su fin y no poder reseñar algunos de los mejores discos de este año de los que, por h o por b, no he podido escribir hasta ahora, no he encontrado la inspiración o no me he acordado como debiera. 

 

Y es que los eslavos Malokarpatan han firmado uno de los grandísimos discos de metal de este año, "Krupinské ohne", si “Nordkarpatenland” (2017) los puso en el mapa, es con este en el que su extraña mezcla de black, heavy clásico pero épico y arreglos, les ha aupado a lo más alto. Se publicó en primavera, lo escuché y me fascinó, volví a él en verano, en otoño lo absorbí y aquí me encuentro, intentando hacerle justicia en este humilde texto. ¿Llego aún a tiempo?, vuelvo a repetirme, porque no quiero que acabe este año y no hacerle justicia a semejante obra de arte.

 

Un álbum en el que cuesta entrar, para qué negarlo, exuberante hasta la médula y con canciones que rondan los diez minutos, seis y medio la que menos, cinco en total de casi cincuenta minutos en los que cabe casi de todo; desde la noche de “V brezových hájech poblíž Babinej zjavoval sa nám podsvetný velmož” y el estallido narrativo, las bonitas acústicas, el black más helado y la poesía, el floklore elevado al cubo sin caer en el tópico borracho, la sensación de internarnos en el bosque más oscuro, rodeados de toda la mitología nórdica con espacio para la música cortesana, los sintetizadores entre aguerridos Blast Beats y toques ambientales que crean atmósfera y enlazan con “Ze semena viselcuov čarovný koren povstáva”, con Krolok sonando como el Abbath de los noventa, y los riffs embravecidos de Kvelertak y, de nuevo, un sintetizador; Adam Malokarpatan nos sumerge en “Na černém kuoni sme lítali firmamentem”, seis minutos con guitarras más cercanas al black ‘n’ roll que al metal clásico y un puente en el que la acústica y Adam vuelven a hacer de las suyas, acercándonos al prog setentero para acabar con rock puramente clásico, más cerca del heavy que de los Floyd de “Meddle”.

 

Quizá sea “Filipojakubská noc na Štangarígelských skalách” la que menos me gusta de todo el álbum, me gusta su introducción y su recta final pero no que acabe en un bochornoso “fade out” y mucho menos que sean seis minutos de black metal sencillo pero, por el contrario, posee una coda medieval preciosa que no hilvana con “Krupinské ohne poštyrikráte teho roku vzplanuli” pero que nos hace soñar y eso es lo importante de un álbum como "Krupinské ohne", su capacidad para transportarnos a otro mundo. Mientras que los once minutos de la última canción, “Krupinské ohne poštyrikráte teho…” y sus coros, vuelven a justificar un disco tan bizarro y desbordante como este, al que le han faltado poco para la matrícula de honor pero no para el sobresaliente y colarse entre lo mejor de un año en el que no ha sido nada fácil, ni para unos, ni para otros. Enorme y brillante, Malokarpatan lo han hecho, claro que sí.


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