NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

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HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

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La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

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"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

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Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

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CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

Las alas de cera de DAVID GILMOUR

El guitarrista de PINK FLOYD vuelve con un disco nuevo bajo el brazo, "Rattle That Lock", exquisito pero falto de unión y con demasiados altibajos.

AHAB queman las barcas...

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Y al séptimo disco, CRADLE OF FILTH resucitaron…

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La catarsis de BJÖRK

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Crítica: Denner/Shermann "Masters Of Evil"

Si algo he ido aprendiendo con el paso del tiempo es que la música te gusta o no; es imposible forzarse y escuchar lo que uno no siente. Así, es justo reconocer que las discografías de Mercyful Fate y King Diamond no son del gusto de todo el mundo a pesar de su innegable y altísima calidad incluso con sus altibajos, es imposible entender el arte del danés si no desata emoción alguna en nosotros. Pero también he aprendido que el gusto se va forjando y cuanta más música escuches, cuanto más vivas, mejor comprenderás casi cualquier tipo de obra y, si esta posee la calidad suficiente, finalmente terminarás entendiendo su lenguaje incluso cuando no tenga por qué convencerte. De esta forma, hace muchísimos años, me encontré a mí mismo escuchando a Mercyful Fate y King Diamond a todas horas cuando antes apenas podía soportar una canción, ¿qué había pasado? Supongo que había dejado de centrarme en la fortísima personalidad de su inimitable voz para profundizar más allá y valorar no sólo su prodigiosa garganta sino también el esfuerzo por contar una historia, su maestría en la composición y, por supuesto, en la música. Y aquí es donde entran en juego nuestros protagonistas; Hank Shermann y Michael Denner aquellos que, quizá y con el permiso de Andy LaRocque, han sabido mejor que nadie capturar con sus guitarras el espíritu de Mercyful Fate. Shermann estando en la banda desde su mismísima formación con Kim Bendix Petersen y Denner entrando un año más tarde y de manera interrumpida desde su salida en 1996 pero echando una mano también en la carrera en solitario de King Diamond en sus dos primeros trabajos; “Fatal Portrait” (1986) y el histórico “Abigail” (1987)

Por tanto, la unión de Hank Shermann con Michael Denner es más que lógica si tenemos en cuenta la extraordinaria química de ambos músicos y su legado, además de las lógicas expectativas de cualquier lanzamiento suyo por parte de los fans de Mercyful Fate y cualquier aficionado al metal, por no hablar de la repercusión. Y aquí es donde puede surgir la crítica más evidente a este proyecto. ¿Es lícito, desde el punto de vista moral, copiar descaradamente la estética de discos que tienen más de treinta años a pesar de que sean tuyos? Muchos afirmarán que sí ya que ambos guitarristas estaban implicados pero basta echar un vistazo a la portada de este “Masters Of Evil” para advertir el terrible parecido con la de clásicos absolutos como “Melissa” (1983) o “Don't Break the Oath” (1984). Quizá, la mayor defensa no es la de su propia autoría y participación en aquellos sino escuchar el nuevo álbum y entender que, lógicamente, son los guitarristas de Mercyful Fate y pretenden regresar a su casa a pesar de no contar con el nombre o la voz de Diamond pero, por contra, han grabado un álbum correcto.

También es cierto que, a pesar de las portadas, de los títulos y las letras, a Denner/Shermann les falta esa inherente maldad y tenebrosidad ocultista que sí poseían los lanzamientos de Mercyful Fate y que muchos pueden achacar a toda la imaginería de la que hace uso y gala todavía King Diamond pero que incomprensiblemente escapa a una justificación tan simple cuando nos limitamos a escuchar la música y, lejos del aspecto visual, entendemos que hay algo más que parece exudar cada minuto de las canciones que Diamond, Denner y Shermann grabaron en su momento.

Otro punto que me daba literalmente miedo eran las lógicas comparaciones entre Diamond y el vocalista Sean Peck (Cage, Death Dealer) cuyo tono le debe más a Rob Halford o Geoff Tate que a Diamond y cuya presencia escénica es la del cantante de una banda tributo de Judas Priest. Reconozco que el EP de Denner/ Shermann, “Satan’s Tomb” (2015), me gustó y sentí un entusiasmo que, también es verdad, se fue diluyendo con el paso del tiempo, teniendo que reconocer que quizá no se debía tanto a la calidad del mismo si no al terrible acto de nostalgia que suponía y, aunque no me entusiasmaba el papel de Peck porque su interpretación me parecía demasiada plana y no estar a la altura, por lo menos, cumplía.

Pero, ¿sabéis cuál es el peor error de Denner y Shermann? Es cierto que con su nombre y esas portadas atraen a los fans de Mercyful Fate pero también que esos mismos saldrán huyendo cuando se encuentren a Peck y ese intento por imitar aquello que ya es imposible. Y es que si Denner y Shermann hubiesen querido mantener la gloria de su binomio con más dignidad habrían evitado cualquier evidente similitud con Mercyful Fate y se habrían centrado en su propio arte; que es mucho y en “Masters Of Evil” encontraremos en grandes dósis pero al que perjudica la constante comparación de la que ellos mismos deberían haber sabido desmarcarse con más maestría.

“Angel's Blood” respeta el clásico esquema de Mercyful Fate y es una digna continuación de todo lo mostrado en “Satan’s Tomb” pero también una gran canción para abrir un álbum; buen estribillo, un gran ritmo a cargo de Snowy Shad y Marc Grabowski (pena que el sonido de la batería no sea lo mejor del álbum y a veces cueste disfrutarla como debería, perdiéndose parte del gran trabajo de Snowy), Peck luciéndose en los agudos y Denner y Shermann haciendo lo que mejor saben hacer con sus guitarras; doblándose, batiéndose en duelo, arpegiando y lanzándose en un vertiginoso solo. “Son Of Satan” es una de las mejores de todo “Masters Of Evil” en la que Peck intenta emular a Diamond y, por momentos, lo logra (dentro de sus propios límites, claro está) aunque no llegue a su hiperaltísimo e hiriente tono y Denner y Shermann continúen auténticamente salvajes. El único punto negativo es el título de la canción, “Son Of Satan”, o su simplísima letra ¿en serio? Creo que es lo más infantil que hemos escuchado este año junto con “Caligula” de Sodom y “Temple Of Ahriman” de Dark Funeral y me hace creer que los compositores de metal y hard deberían renovarse y, sin dejar de tratar los mismos temas de siempre, quizá podrían esforzarse y hacerlo desde un punto de vista, si no más maduro, por lo menos diferente para no caer en la caricatura. Pero si malo es el concepto de la canción, peor aún es el videoclip con una pésima realización además del terrible error de ver convertido a Denner en un guitarrista zurdo en varios planos.

Punto positivo para Peck es esa versatilidad de la que no hacía gala en el EP de la banda y que aquí, a lo largo de ocho canciones, sí. Si en la anterior nos recordaba a King Diamond, en “The Wolf Feeds At Night”, repleta de cambios y con un regusto quizá más hard por momentos, será a Ozzy Osbourne, como ocurre en la final “The Baroness” en la que la influencia de “Melissa” es clave para entenderla así como “Satan’s Tomb”,

La melódica “Pentagram And The Cross” es puro Mercyful Fate con un cierre auténticamente épico mientras que “Masters Of Evil” se debe más a la carrera en solitario de King Diamond y esos momentos más puramente de heavy clásico en los que hay un instante para cada emoción; desde el pasaje más tranquilo al medio tiempo y el estribillo al galope con una abrasadora guitarra que terminará desembocando en el solo, además de un gran trabajo a las dobles voces que me gustaría mucho ver en directo para saber cómo lo resuelve Peck y los coros o todo se debe a la producción. “Servants Of Dagon” es otro de los puntos álgidos pero, a pesar de poseer uno de los mejores riffs de todo "Masters Of Evil", da la sensación de quedarse a medio gas, como le ocurre a “Escape From Hell” con algunos momentos sobresalientes pero sin la indudable pegada de otras canciones y menos gracia, logrando que, por segundos, se haga eterna.

Un trabajo en el que los más fans de Mercyful Fate verán colmadas sus expectativas por el reencuentro con Denner y Shermann pero también parece echar por tierra casi cualquier intento de reunión con Diamond y alejará a los seguidores de éste cuando se encuentren a Sean Peck forzando la imitación con unos músicos que poseen la calidad pero a los que se les escapa la gloria en unas canciones irregulares cuyos mejores momentos se los deben más a nuestra memoria que a su inspiración. De acuerdo, son los dedos de Mercyful Fate pero les falta la cabeza y el corazón del auténtico rey de Dinamarca.

© 2016 Lord Of Metal


Crítica: Sodom "Decision Day"

Pocas veces, en los últimos meses, y con una banda con una carrera tan dilatada como la de los veteranos Sodom, he visto opiniones tan polarizadas ante el lanzamiento de un álbum que no debería generar polémica alguna, no ahora. Me explico, de Tom Angelripper poco deberíamos esperar ya a estas alturas excepto la continuidad de su proyecto, Sodom, y su inagotable presencia escénica en la que los alemanes pocos rivales tienen pero, inevitablemente y en pocos años, su popularidad ha ido creciendo conforme hemos ido sufriendo importantísimas bajas y gracias al famoso Big Four con el que muchos se percataron de que en Europa también se ha hecho buen thrash y poco o nada teníamos que envidiar a la norteamericana Costa Oeste y otros se apresuraron a comercializarlo junto a Kreator, Destruction y Tankard con lo que las expectativas generadas han terminado consumiendo el trabajo que nos ocupa. Es verdad que Sodom vivieron su peor década en los noventa (¿qué banda de metal pudo sobrevivir a aquel terremoto sin perder su identidad o, peor aún, su dignidad? Pocos…) pero también que “Code Red” (1999) fue un disco magnífico tras aquellos altibajos, que con “M-16” (2001) firmaban uno de los mejores álbumes de su historia y que en “Sodom” (2006) e “In War And Pieces” (2010), Angelripper daba señas de estar atravesando un gran momento creativo (porque “The Final Sign Of Evil” fue tan irregular que prefiero ignorarlo a justificarlo con un par de temas…) pero en “Epitome Of Torture” (2013) el nivel comenzaba a bajar con un disco sólido pero justito. ¿Qué nos quedaba de Sodom? La promesa de un regreso por todo lo alto y, por supuesto, sus conciertos…

No es que me esté volviendo loco y vaya a criticar a los alemanes alegando una terrible falta de originalidad para que, como con el último de Sabaton (“The Last Stand”) y su power épico-bélico que les va a terminar convirtiendo en los Action Man de la escena, los más fans crean que he perdido toda credibilidad cuando confunden esa sana frescura y originalidad que les pido a los suecos con una innecesaria innovación que arruine su propuesta; pero es que aquí, en el caso de Sodom y “Decision Day”, le pido lo mismo a Angelripper, Bernemann y Makka. Obviamente, cuando pincho a Sodom, lo que quiero es una descarga de adrenalina; puro, duro y rapidísimo thrash de la fría Gelsenkirchen pero también el talento de unos tipos con tablas y, en el caso de Tom, la pluma de alguien que lleva dando guerra desde 1986 y sabe perfectamente de lo que es capaz como compositor. Para que nos entendamos; no quiero innovación sino genialidad y de “Decision Day” y esa portada dibujada por el famosísimo Petagno que tanto me recuerda (en colores naranja, azul, rojo y amarillo) a la del histórico pero peculiar “Another Perfect Day” (1983) de Motörhead lo que esperaba era un álbum a la altura de Sodom y esta segunda juventud de popularidad que están atravesando ahora que Kreator han vuelto a ser una más que efectiva máquina de guerra desde aquel desnortadísimo “Endorama” (1999) y Destruction, como le ha ocurrido a Sodom, se muestran irreductibles en directo pero poco acertados en su último álbum, “Under Attack”, que también supone toda una decepción...

“Decision Day”, producido por Cornelius Rambadt (amigo de Angelripper, con quien colaboró en “Nunc est Bibendum” del 2011) ya produjo el EP, “Sacred Warpath” (2014) y, aunque el resultado no es verdaderamente malo y salvó el tipo en aquel, en el último álbum no es una producción que destaque; suena bien en algunos momentos, es un poco plana en otros y perdemos de oído algunos elementos pero se podría decir que, sin ser una maravilla y gracias a la ejecución de la banda, el disco salva el tipo (pocas bromas con un trío tan contundente, tanto en un escenario como fuera de él) pero que en donde de verdad fracasa “Decision Day” es en la originalidad (tanto musical como temática y, claro, en las letras) de unas composiciones que no se sienten especialmente inspiradas y que, a excepción de tres o cuatro de ellas que verdaderamente sí destacan, el resto son francamente grises y anodinas con unas melodías, líneas vocales y recursos poco agradecidos y sí muy manidos (como el crescendo en “Caligula”) que dejan mucho que desear y con los que tendremos la amarga sensación de habernos topado en mil y una ocasiones y haber escuchado ya hasta la extenuación, algo imperdonable en una banda con la experiencia de Sodom. Pero, ahondando más en la herida; esa repetición que nos gusta en otras bandas porque significan su personalidad y las justifica aquí naufraga y se resiente porque no hay suficientes canciones de calidad que sostengan el álbum en su totalidad.

“In Retribution” es un comienzo realmente flojo; no en cuanto a contundencia que en Sodom siempre habrá más que de sobra sino en la misma canción, una forma más que cuestionable de abrir un álbum para unos músicos que, sin ir más lejos; hace seis años, nos volaban la cabeza con “In War And Pieces” pero supongo que si te conformas con el trabajo de Makka y confundes la velocidad del thrash con el tocino de una canción que, desde su estribillo, nos ofrece más y más de lo mismo pero con infinita menos gracia que en anteriores entregas, “In Retribution” te valdrá. Pero no todo es cuestionable en el nuevo de Sodom, el riff de “Rolling Thunder” vale su peso en oro y, sin inventar la rueda o darle una vuelta de tuerca al género, funciona bastante mejor que la anterior.

La homónima “Decision Day” sitúa las cosas en su sitio con estilo, Sodom no resuelven la melodía de la estrofa como deberían pero volvemos a lo mismo; el riff de Bernemann es fabuloso (como su solo, tan lleno de sabor) y, sin ser una canción genial, sí que entra tan bien que cumplirá la función del espejismo y nos hará creer que el álbum, en sí mismo, no es tan irregular. Pena que “Caligula”, lo que fue el adelanto (por favor, que alguien pare la maldita y estúpida moda actual de hacer vídeo con letra, “lyric video”, de todas las bandas), sea un auténtico horror en cuanto a forma y estilo. Con una letra tan simple y efectista que asusta por su poco atrevimiento y hace parecer James Joyce a Kerry King, seamos serios; “Caligula, reign of violence, king of defiance. Caligula, demonic creature. Unholy preacher…” Y este tema me duele especialmente porque Angelripper juraba y perjuraba en todas las entrevistas promocionales que las letras de “Decision Day” serían las más profundas y trabajadas de la historia de Sodom cuando el pueril resultado no da lugar a engaños; “Sperm profusion. False decision. Inner rotting. Pervy kisses….”

Como esa previsible “Who Is God?” que ni siquiera parece alcanzar cierta velocidad y convertirse en un malsano tema thrash pero, con todo, suena más digna que “Caligula” y consigue alzarse en el estribillo, convirtiéndose en un tema entretenido. “Strange Lost World” termina en un medio tiempo con varios cambios de ritmo pero poca sustancia, como la rapidísima “Belligerence” que de lo único que puede presumir es de tempo o esa horrorosa despedida que es “Refused To Die” y que nos hará plantearnos si “Decision Day” no habría funcionado mucho mejor como EP que como larga duración. Pero me dejo lo mejor para el final y es que “Vaginal Born Evil” es adictiva y “Blood Lions” con ese riff tan crudo y esa manera tan macarra de acometer las estrofas por parte de Tom (aunque yo no escuche ni rastro de esa influencia en su garganta procedente del “Persecution Mania” del 87, como él mismo asegura) o “Sacred Warpath” son de lo mejor de un álbum que parece incluso mal estructurado en el propio orden de sus canciones.

Si sirve para que disfrutemos de Sodom una vez más en directo; no hay problema pero que no nos hagan creer que estamos ante un “In War and Pieces”, “Sodom” o el potente “M-16” porque no podríamos estar más lejos de ellos y, por supuesto, el lector deberá notar que, desde el principio, he evitado mencionar “Agent Orange” (1989) porque no tendría ningún sentido a estas alturas pero sí que es verdad que Destruction y Sodom han publicado dos discos mediocres que les hacen un flaco favor y seguro que el nuevo de Kreator borra de un plumazo… No es un mal álbum si contemplamos la carrera de los alemanes como un todo y aceptamos que es un lujo tenerles en activo y que sigan publicando discos, más o menos solidos, pero tampoco eso nos hará volver a ninguna de las once canciones que lo integran u olvidar momentos de mayor gloria.


© 2016 Albert Grácia

Crítica: Devin Townsend Project "Transcendence"

No me cabe la menor duda de que si Devin Townsend se dedica a la música es porque la ama y que ésta, en gran medida, ha sido su tabla de salvación en muchas ocasiones. Así es más fácil de entender la hiperactividad de un músico que en apenas cuatro años ha publicado "Epicloud" (2012), "The Retinal Circus" (2013), "Casualties Of Cool" (2014), Z² (2014) que contenía "Sky Blue" y "Dark Matters", además del fastuoso "By a Thread – Live in London 2011" (2012) de, ni más ni menos, nueve discos y el menos exclusivo "Ziltoid Live at the Royal Albert Hall" (2015) además de girar, colaborar de nuevo con Steve Vai pero también con Ihsahn, ReVamp, Morgan Ågren o Haunted Shores y echar un mano en el estudio a todo aquel que le pida ayuda. Devin Townsend no es un loco del trabajo (‘workaholic’) como muchos entienden, es un enamorado de la música y da la vida por ella. Pero, ¿qué le falta a Devin, qué necesita?

Como todos los artistas, en algún que otro momento; inspiración. Y, aunque creamos que a Devin le sobra (y seguramente así sea si le comparamos con el resto de los mortales), parece ser que tras cuatro años de locura, cuando se sentó a pensar en un nuevo álbum no sabía cómo empezar o dónde encontrar a las musas. Habitualmente, según él mismo, suele componer a solas, llegar al local de ensayo, enseñárselo a la banda y desarrollar pero en esta ocasión, para “Transcendence”, decidió componer junto a ellos recogiendo todo lo absorbido durante su última gira en un álbum en el que, según ha declarado, el eje central es el de la autosuperación.

Quizá por eso abre con “Truth”, ¿qué sentido tendría abrir el nuevo álbum con una canción ya publicada en “Infinity” (1998) si no es para superarse a sí mismo? “Truth” es una brillante apertura y aquí suena enorme gracias a la producción; supera a la original en cuanto a contundencia y enlaza a la perfección con “Stormbending”, un arranque completamente épico, repleto de coros y una sobreproducción tan brutal que puede echar atrás a muchos aficionados del Townsend más directo pero no a los que entendemos que la grandilocuencia del canadiense es el sinónimo de una carrera en la que la falta de contención en todos los sentidos es una de sus más vibrantes señas de identidad. La voz, los teclados de Young o los arreglos orquestales copan una mezcla en la que la batería de Poederooyen suena con vehemencia (a cambio perdemos presencia del bajo) y el solo es sencillamente genial, como ocurre en “Failure” en la que es inevitable recordar aquel verso de “Planet Of The Apes” debido al riff tan propio de Meshuggah que, aunque vertebre toda la canción, pronto se ve opacado por esos coros (“Infinity” de 1998) que serán la verdadera piedra de toque de un disco que junto a los arreglos (“Synchestra” de 2006) lograrán convertirlo en un majestuoso compendio de todos los ingredientes de la carrera del propio Townsend.

El sentimiento progresivo de “Secret Sciences” termina por ubicarme y llevarme a “Ocean Machine: Biomech” (1997) pero también a “Terria” (2001) en una canción de más de siete minutos en las que las guitarras son mágicas y la progresión de acordes lo suficientemente natural como para que sintamos fluir cada una de sus partes y apreciemos una composición repleta de contrastes pero nada forzada. Quizá, el propio Townsend sabe cuáles son sus puntos fuertes y la verdadera cima de un álbum situando “Secret Sciences”, “Higher” y “Stars” como epicentro de “Transcendence”. “Higher” es una locura, con un puente magnífico que articula la primera parte, más coral, con la instrumental o final y “Stars” le sirve de coda o cierre para que ya en “Transcendence” seamos testigos del magnífico sonido de Poederooyen en la percusión de esa flamante mezcla de culturas y mundos del que se hace eco la portada y todo el ‘artwork’ de Anthony Clarkson.

Mike St-Jean es clave en la sintética “Offer Your Light” mientras que en “From The Heart” ese envoltorio sirve de colchón a la magnífica voz de Devin en su primera parte, antes de cerrar con delicadeza y calidez acústica y despedirse con una sentidísima “Transdermal Celebration” a la que, incomprensiblemente, han añadido cinco etéreos minutos que harían suspirar de placer a Brian Eno pero no añaden absolutamente nada a un disco que contiene un poquito de cada uno de los anteriores; reafirmará a su -cada vez más férrea- base de fans y servirá de introducción para todo aquel que se acerque a su universo por primera vez.

Según Dave Mustaine le dijo a un seguidor de su banda, Megadeth, nadie está capacitado para juzgar el trabajo de Kiko Loureiro o Marty Friedman a menos que toque a su mismo nivel o incluso les supere. Si así fuese, todos tendríamos la boca cerrada y careceríamos de opinión frente a un libro de no ser capaces de escribir mejor que su autor, frente a la mala actuación o racha de un deportista de élite, la película de un afamado cineasta y, por supuesto, frente a los álbumes de un artista tan desbordante e inclasificable como Devin Townsend; nuestro juicio, como consumidores, estaría absurdamente sujeto a nuestro talento como si para saber apreciar el sabor de una buena comida tuviésemos que ser críticos gastronómicos en las exclusivas ligas de la alta cocina mundial. Suerte que Devin Townsend resulte más cercano con sus seguidores y, a pesar de que su música se eleve sobre nosotros, nos permita escuchar y valorar cada una de sus obras con la única pretensión de hacernos pasar un buen rato transportándonos a otros mundos más alla de la pura exhibición. ¿Y lo consigue? Devin siempre…


© 2016 Conde Draco

Crítica: Inquisition "Bloodshed Across The Empyrean..."

Aunque pueda parecer lo contrario, gracias a las redes sociales con todo su humor y el seguimiento que está recibiendo en nuestros días, la verdad es que, a pesar de su popularidad, y por mucho que le pueda molestar a algunos, el black metal cómo subgénero está muerto. Puede que en cuanto a venta de camisetas o como fenómeno goce de mejor salud que nunca; ahí tenemos a Abbath recibiendo más atención de la que nunca recibió Immortal, Mayhem reinterpretando en directo su clásico “De Mysteriis Dom Sathanas” (1994), Emperor volviendo a la vida por enésima vez y celebrando ahora el aniversario de “Anthems to the Welkin at Dusk” (1997), Darkthrone publicando nuevo álbum, Satyricon a punto de entrar al estudio y toda una horda de fans que suspiran por Jon Nödtveidt y coleccionan compulsivamente vinilos de Xasthur, se pelean cuando afirman conocer a bandas que ni llegaron a existir y miles de chavalas luciendo canalillo tras una camiseta de Bathory en Instagram. No es que, el que escribe, sea más auténtico que ninguno de ellos y vaya paseando por la vida desenmascarando a impostores con camisetas de Marduk o ataque a Behemoth y su creciente popularidad es que, atento a lo que te voy a contar porque esto es de manual; cualquier estilo, género o subgénero firma su sentencia de muerte cuando, consciente de lo finito, comienza su propio mestizaje. ¡Así claro que el black metal está más vivo que nunca! Hay decenas, cientos y miles de bandas que toman sus elementos y los mezclan con post-rock, folk, doom, drone, punk, ópera, arreglos sinfónicos, electrónicos, prog y todo lo que se nos ocurra pero, amigos míos, eso –aunque me guste y lo disfrute- ya no es black metal, el experimento puede resultar soberbio (como de hecho ocurre a veces) pero, claro, pierde pedigrí y esta postura que parece tan criticable en mí, nos hace también mucha gracia cuando vemos a un japonés que, fascinado por España, se dedica a bailar unas sevillanas; imaginemos lo que piensa un noruego de un latino hablando de Tyr, Æsir y Vanir u Odín (por suerte, esto no ocurre en el caso de Inquisition) pero sirve perfectamente como ejemplo para entender mi punto de vista y dónde quiero ir a parar con la carrera de Dagon e Incubus.

Así, los colombianos (porque el proyecto toma forma en Santiago de Cali, muy importante, a pesar de que la promotora que los trae a nuestro país junto a Rotting Christ los anunciase, con insistencia y aún más ignorancia, como norteamericanos. Incubus sea Thomas Stevens, ex-Pregasm, y ahora residan en Seattle; a modo de base de operaciones) han ido evolucionando de un sucísimo y oscuro thrash a un black metal místico, cósmico y mitológico en su temática, y han sido incapaces de grabar un mal álbum hasta la fecha. Inquisition son quizá uno de los “nuevos nombres” (a pesar de que lleven en esto más de veinte años, siendo “Forever Under” de 1993 su primer paso) que están resonando con más y más fuerza dentro del metal por su calidad y fidelidad a los postulados. A priori puede resultar irónico que dos colombianos (Dagon e Incubus) sean los más fieles representantes de un subgénero que nació en el norte de la fría Europa y para el que el clima, la acomodada economía de su sociedad, la historia y su mitología juegan un papel tan decisivo en su creación como escena pero, tras un magnífico “Into the Infernal Regions of the Ancient Cult” (1998), firmaron “Invoking the Majestic Throne of Satan” (2002) –por no hablar de "Magnificent Glorification of Lucifer" o "Nefarious Dismal Orations"- y quizá su obra cumbre “Ominous Doctrines of the Perpetual Mystical Macrocosm” (2010) que les situó definitivamente en el mapa.

Pero, ¿qué podíamos esperar de ellos tras “Obscure Verses for the Multiverse” (2013)? ¿Serían capaces de repetir la acrobacia y continuar su propia leyenda? La respuesta es sí. Inquisition se han convertido en una de las bandas a las que, sin descubrirnos nada nuevo, hay que prestarles atención. Si hace meses nos dejaban boquiabiertos con las preciosas ediciones de Season Of Mist de toda su discografía y en directo tras su arrollador paso por el Hellfest francés, con “Bloodshed Across the Empyrean Altar Beyond the Celestial Zenith” (respiremos hondo si queremos volver a repetir el título en voz alta sin llegar a desfallecer) se han vuelto a superar. Puede que no esté a la altura de “Ominous Doctrines…” o “Invoking the Majestic…” pero han vuelto a grabar el que, sin duda, es uno de los grandes álbumes de metal del año.

Vaya por delante quizá lo más superficial del trabajo y es que, habiendo mencionado las magníficas ediciones de Season Of Mist, no me gusta demasiado la portada de “Bloodshed Across the Empyrean Altar Beyond the Celestial Zenith” a cargo de Vincent Fouquet (Tsjuder, Melechesh o Susperia), nada en contra de su arte pero palidece frente a la magníficas estampas, paridas directamente desde el infierno, de Paolo Girardi. Basta echarle un vistazo a cualquiera de las ediciones con Girardi al frente para sentir algo en el estómago que la de Fouquet es incapaz de transmitir.

Tras la introducción “Intro: The Force Before Darkness” llega el momento de la verdad con “From Chaos They Came” y ya nos percatamos del primer cambio, la voz de Dagon está más alta en la mezcla, lo cual es algo positivo porque, a lo largo de toda su discografía, el tono de ésta siempre me ha parecido el principal punto negativo de la música de los colombianos. El black metal debe ser infecto, sonar despreciable, gélido, como una constante negación y la voz de Dagon (quizá porque tendía a subirla demasiado) no poseía el tono. Aquí está en su punto perfecto, ése que escuchamos en directo. “From Chaos They Came” me recuerda demasiado al debut de Abbath en solitario pero con más mala leche y fiereza. Incubus está magnífico (como en todo el álbum) y Dagon soberbio en su lugar. “Wings Of Anu” es, por increíble que parezca, pegadiza y resuena majestuosa y “Vortex From The Celestial Flying Throne Of Storms” es un auténtico torbellino de rabia y oscuridad (por favor, que alguien preste atención al trabajo de Incubus porque es para quitarse el sombrero) mientras que en “A Black Aeon Shall Cleanse” tomarán algo de descanso para electrizarnos con unas guitarras que parecen traernos al anticristo desde otra dimensión, abriendo un agujero en el mismísimo cielo.

Dramática es “The Flames Of Infinite Blackness Before Creation” con una tensión verdaderamente hiriente y “Mystical Blood” parece la primera parte o introducción al ardiente himno “Through The Divine Spirit Of Satan A Glorious Universe Is Known” en la que Dagon e Incubus optan por un tempo más clásico para revolucionarlo en la épica “Bloodshed Across The Empyrean Altar Beyond The Celestial Zenith” o volverse aún más violentos, a pesar de la contención, en “Power From The Center Of The Cosmic Black Spiral” y tan sólo volver a recuperar algo de la rapidez del principio en “A Magnificent Crypt Of Stars” porque tanto “Outro: The Invocation Of The Absolute, The All, The Satan” como “Coda: Hymn To The Cosmic Zenith” son sólo pasajes para ambientar un álbum que entra de un sólo tiro y en el que, a pesar de la calma en algunas canciones, no nos dará respiro.

Pocos experimentos en un trabajo que supone la puesta de largo de Inquisition y en el que, sin perder crudeza, suenan mejor que nunca, otra obra maestra en una carrera, por ahora, sin mácula. Ya estamos contando los días para volver a verles en directo…


© 2016 Lord Of Metal


Crítica: Dinosaur Jr. "Give a Glimpse of What Yer Not"

¿No puedo ser especialmente caústico con Dinosaur Jr. porque son una de mis debilidades o es así porque, hasta el momento, no han sido capaces de publicar un sólo álbum mediocre en treinta años de carrera? Y no exagero, ninguno de sus discos baja del notable y podemos entender a este “Give a Glimpse of What Yer Not” como, estilísticamente, el hermano de “Beyond” (2007), aquel regreso por todo lo alto de Mascis, Barlow y Murph que les situó de nuevo en el mapa y resultó ser su mejor trabajo desde “Bug” (1988) y “Where You Been” (1993) o creer, sin profundizar demasiado, que es el menos inspirado desde su última reencarnación y marca línea descendente desde “Farm” (2009) cuando posteriores escuchas denotan un gran trabajo de composición y la clásica coherencia de cualquiera de sus álbumes en los que no sobra ninguna canción, ni encontramos valle alguno que repercuta en el resultado final siendo éste quizá en el que mejor se siente a Barlow.


Y es justo ahora cuando Lou ha tenido que recordarnos a todos, a través de una entrevista, que su relación con Mascis, aunque cordial, no podría ser menos gélida y no intercambian palabra alguna en días o semanas cuando están de gira en el mismo autobús. ¿Qué esperábamos? Ya lo contaba Michael Azerrad en su libro “Nuestro grupo podría ser tu vida” (Editorial Contra) y de aquello hace más de veinte años y fue lo que llevo a Barlow a abandonar el grupo y entrar en escena Mike Johnson en lo que podríamos entender como la segunda etapa de la banda.

Mascis es un genio pero por todos es sabido que siempre ha tenido problemas para relacionarse y Barlow (otro genio que tuvo que demostrar su talento en Sebadoh, alejado del reinado Mascis) no es precisamente un tipo de carácter fácil, siendo el bueno de Murph el que parece tener que lidiar entre los dos amigos. Pero debemos sentirnos afortunados de poder disfrutar de las actuaciones de Dinosaur Jr. y de que, de vez en cuando, se acuerden y vuelvan con un disco bajo el brazo mientras Mascis sigue publicando estupendos trabajos en solitario (brillante “Tied To A Star” del 2014), con Sweet Apple “Wish You Could Stay (A Little Longer)” o “The Golden Age of Glitter” y mi favorito “In a Dutch Haze” de Heavy Blanket, esa interminable y psicodélica jam con Earthless.

Pero es que es pinchar el nuevo álbum y sentirse como en casa con “Going Down” y quizá una de las cualidades (uno de los superpoderes de Mascis y Barlow) sea el de ser capaces de crear estupendas melodías que funcionan por sí solas sin necesidad de saquear su pasado y sin que éstas entren en constante comparación o competición con aquellas. “Going Down” posee todo aquello que nos gusta de Dinosaur Jr. como es la crujiente Jazzmaster de Mascis (con esa acción tan alta, altísima, que podría hacer las veces de arco que de guitarra) gracias a los pedales Electro Harmonix (Mascis es un coleccionista compulsivo y quizá posea la colección más grandes de Big Muffs del mundo), la acelerada batería de Murph, el cabalgante bajo de Barlow y, por supuesto, esa voz nasal y suave que siempre le ha valido las comparaciones con Neil Young y que de tan dulce hace de la banda de Amherst algo único. “Tiny” es puro chicle, aún más pegadiza que la anterior pero posee un puente mágico que termina estallando en un sólo aún más increíble (1:45) y es que en “Give a Glimpse of What Yer Not” nos encontramos de nuevo a un Mascis más que inspirado en las seis cuerdas y prueba de ello es la recopilación de todos sus solos que la banda ha puesto a disposición de todos sus seguidores.

Que “Be A Part” sea una de mis favoritas tiene mucho que ver con la composición, no es sólo el toque tristón y ese sentimiento bluesy que tan bien maneja Mascis sino que, obviamente compuesta en un tono menor, la canción es una nueva genialidad marca de la casa: melancólica y nostálgica desde su letra con Mascis evocando a todos los corazones rotos hasta su guitarra y esos fraseos. Quizá “I Told Everyone” parezca la menos inspirada sino prestamos especial atención a su solo (uno de los mejores de todo el álbum) pero no es algo que importe porque la gran sorpresa es “Love Is...” de Barlow. No es ninguna novedad que el bajista cuele, de vez en cuando, dos composiciones propias desde su regreso con “Beyond” y, si somos observadores, nos daremos cuenta de que siempre suelen ser al final de las caras de cada álbum (en posición cuarta o quinta, cerrando la primera parte; y al final de cada disco) pero si “Love Is...” es llamativa es por el ejericicio que supone; a Barlow se le siente cómodo en una canción que poco o nada tiene que ver con el sonido de la banda y, por supuesto, con el del disco. El resultado es refrescante, la canción es acústica, lejos de la electricidad característica, con Barlow en primer término y Mascis a los coros.

Tan bien funciona “Love Is...” que la enfebrecida “Good to Know” se siente como si hubiese regresado para unos bises. “I Walk for Miles” es la más extensa de “Give a Glimpse of What Yer Not”, en ella Mascis convierte su guitarra en un muro, saturando y tiñendo por completo la señal de ésta. Si hay alguna reminiscencia al mal llamado grunge, bien podría ser “I Walk for Miles” por su suciedad y ese enfurecido solo que es pura electricidad con Mascis, Barlow y Murph haciendo honor a cualquier comparación con Crazy Horse. Y así ocurre, “Lost All Day” suena inusualmente amable y optimista, pudiendo haber formado parte de cualquiera de los dos últimos discos acústicos en solitario de Mascis mientras que “Knocked Around” es tan sólo una etérea transición a la repetitiva “Mirror” que sí hacen bajar la nota del disco hasta esa más que merecida despedida de Barlow con “Left/Right” y otra vez el bajista acertando en el blanco con un estribillo de altura.

Pocas bandas de los ochenta/ noventa viven con tanta dignidad y creatividad como Dinosaur Jr. sin abandonar ese supuesto underground que tan bien les cobija. Podemos sentirnos afortunados de estar escuchando un nuevo disco suyo a estas alturas y seguir viajando en el tiempo o aislarnos del mundo durante unos minutos. Siguen siendo grandes y nosotros compartimos mundo con ellos…


© 2016 Conde Draco


Crítica: Sabaton "The Last Stand"

Es muy complicado escribir una crítica no del todo positiva ante un lanzamiento así, tan blanco e inocente, en el que ninguno de los miles de chavales que van a comprar el álbum o una entrada para ver a Sabaton de nuevo en directo podrá sentirse defraudado y sí hipersensible ante cualquier comentario o crítica más templada que entenderán, sin duda, como un ataque; porque la música nos toca muy adentro y cuando alguien se mete con nuestras canciones o artistas favoritos parece estar abriéndonos en canal pero, a cambio y como consuelo, también les diré que es algo que se pasa con la edad y uno aprende a enfriarse y entender que no todo lo que nos gusta es genial y tiene que encajarle a todo el mundo, que la crítica –positiva o negativa- nos ayuda a tener más de una visión de la misma obra y que, al margen de éstas, el gusto de cada uno es el que es.

Crítica: Carnifex "Slow Death"

Que el deathcore no es un género que goce de especial popularidad es una estupidez que basta refutar viendo la afluencia a sus conciertos o la cada vez más creciente base de fans pero sí que es verdad que no goza de especial buena fama o quizá de ese respeto que otros subgéneros, lo que termina convirtiéndolo en todo un ‘guilty pleasure’ (expresión anglosajona para catalogar a esos ‘placeres culpables’ que disfrutamos en la intimidad pero que rara vez se admiten en público). En mi caso, me está ocurriendo algo muy curioso; porque según voy cumpliendo años me voy abriendo más y más. ¿Por qué no disfrutar de los discos de Whitechapel o Carnifex? ¿Acaso es incompatible escuchar de nuevo a Bathory o Darkthrone y, acto seguido, pinchar “Beast” de Despised Icon? Es echar un vistazo a los mentideros de internet, leer redes sociales o los, cada vez más decrépitos, foros para entender que cuanto más música escucho menos parezco saber ya que me encuentro a chavales que apenas llegan a la veintena recomendándome artistas de bandcamp o, risas de fondo, a Sodom en lugar de lo último de Veil Of Maya o Periphery. Críos que parecen haber descubierto a Devin Townsend ahora y critican a Suicide Silence ignorando que, al final del día, cuando uno llega a casa debe escuchar lo que más le guste y haga feliz, lejos del qué pensarán con el que muchos parecen alimentar sus perfiles sociales. Puede ser Yob, Meshuggah, Deafheaven o Carach Angren…

En el caso de Carnifex, los de San Diego pueden darse por satisfechos porque con “Slow Death” han grabado el que quizá sea el disco más oscuro y agresivo del deathcore, rozando por segundos el más puro black (aunque, efectivamente, siga teniendo algunos de los defectos más execrables del core); “Slow Death” está repleto de rugidos afilados, acelerados blastbeats, crujientes y agudos riffs. Queridos míos, como ocurre con el último de Despised Icon; esto no es deathcore (que sí, que vale…), es sencillamente metal con el que disfrutar y al que sacar el mayor provecho porque “Slow Death” le ha ganado, por desgracia, la partida al último de Whitechapel y es superior a “Die Whithout Hope” (2014), “Until I Feel Nothing” (2011) por no hablar de “Hell Chose Me” (2010), el perdidísimo “The Diseased and the Poisoned” (2008) y aquel debut que fue “Dead In My Arms” (2007). No estoy afirmando que el álbum que nos ocupa sea un sobresaliente ni un clásico instantáneo como ocurre con “You Will Never Be One Of Us” del trío de powerviolence Nails pero sí que es lo mejor que han grabado Carnifex y estoy seguro de que, de no arrastrar una discografía tan irregular tras de sí y el consiguiente San Benito del deathcore, muchos de aquellos que los critican se desharían en elogios.

Algo parece haber cambiado en Carnifex desde su misma portada (o el chaleco de Dissection que ahora luce Lewis); mucho más cruda, con apenas dos colores sobre fondo negro y el sinuoso comienzo de “Dark Heart Ceremony” que pronto se convierte en una descarga de odio y agresión con ese toque siniestro que tan bien les ha sentado en este disco. Shawn Cameron y Fred Calderon están tremendos mientras Arford y Lockrey tejen ese ambiente tan lúgubre y Scott Lewis se deja la voz en sus estrofas o nos descerraja un tiro con sampleado de gatillo y percutor incluído. Es precisamente Cameron el que abre aquella que da título al álbum, “Slow Death”; con más groove y pegada que la anterior pero sin llegar a lo que se convierte “Drown Me in Blood” en la que se atreven a incluir texturas de sintetizador que vician aún más la atmósfera de la canción. Llamativo es el caso de “Pale Ghost” en el que nos recordarán a los Cradle Of Filth (como lo lees, aunque cueste digerirlo y más aceptarlo a la primera…) más básicos y menos engolados en las estrofas con Scott Lewis logrando ese tono chillón, blasfemo y más propio de una bruja histérica que a veces lograba Dani Filth.

Pero todavía habrá más oscuridad, como ocurre en “Black Candles Burning” y ese dúo de voces entre los guturales y la principal con Lewis y Arford dando lo mejor de sí antes de que Cameron se encabrone y se los lleve a toda velocidad o la gótica “Six Feet Closer to Hell” en la que parecen desmarcarse por completo del deathcore y volver a entrar en ese black sinfónico que, de no ser por los robustos riffs de Arford y los solos de Lockrey, habrían logrado la transformación completa de Carnifex. ¿Por qué este cambio? Es verdad que desde aquel regreso con “Die Without Hope”, Carnifex han endurecido su propuesta pero en “Slow Death” no sólo se trata de una cuestión de agresividad sino también de oscuridad y aquí hay mucha…

“Necrotoxic” saca las cosas aún más de quicio, siendo la más frenética de todo el conjunto, mientras que “Life Fades to a Funeral” es únicamente una introducción instrumental para la negrísima “Countess of the Crescent Moon”, en la que vuelven a experimentar dentro de esos ambientes violentos y góticos que tan bien suenan a lo largo de todo “Slow Death” además de poseer uno de los mejores estribillos del álbum y “Servants to the Horde” despide el disco con el mismo nivel de furia y mala leche con el que lo abrían gracias a “Dark Heart Ceremony”.

Dudo mucho que todos los que odian el deathcore vayan a cambiar de opinión en un mes en el que tanto Despised Icon como Carnifex han publicado sus mejores trabajos y, en el caso de estos últimos, ha habido una evolución auténticamente notable en su sonido, alejándose de los postulados del deathcore para incorporar nuevos elementos en su música, adentrándose en el metal más extremo pero también estoy seguro de que muchos se sorprenderían si lo escuchasen y abandonasen sus estúpidos prejuicios…


© 2016 Mick Brisgau

Crítica: Rival Sons "Hollow Bones"

Somos una sociedad carroñera que disfruta devorando productos de segunda y sucedáneos en busca de nuevos ídolos que reemplazen a los caídos en combate; así escuchamos a Airbourne sin rubor alguno porque AC/DC hace tiempo que están agonizantes, toleramos en su momento que se nos comparase a Prince o, agarrémonos fuerte: Lenny Kravitz con Jimi Hendrix debe ser que tan sólo por su color de piel, llevamos veintidós años anunciando a los “próximos Nirvana” como si la fórmula fuese tan sencilla como mezclar unas Converse All Star con un poco de camomila, compramos los vaqueros ya rotos y las guitarras perfectamente desgastadas de fábrica porque, indudablemente, ‘molan’ más, nos gusta Bonamassa a falta de Gary Moore, preferimos escuchar a Gary Clark, Jr. o Wolfmother y si tenemos que elegir es mejor ver sobre el escenario a una banda tributo que tener al mismísimo Axl Rose en persona porque nosotros, sin duda, sabemos lo que es bueno y “Guns N’ Roses sólo tienen un álbum que merezca la pena”.

Cada vez que alguien me menciona a Rival Sons como la gran promesa del rock, esos tipos grises salidos de un anuncio de Levi’s y la barbería Murdock de Londres o la Bullfrog Modern Electric Barber de Milán que no tienen el empaque suficiente para entretener al público abriendo los conciertos de unos respetables y todavía gloriosos septuagenarios en retirada como Black Sabbath, me dan ganas de arrancarme la piel a tiras pero, claro, luego miro a quien tengo enfrente, asiento y me largo. Si lo tuyo son las camisetas vintage, los bigotes italianos y las Gibson Firebird más horteras, si lo que te gusta son ese tipo de bandas que tiran del más puro revival desde el logo hasta las botas que calzan y crees que Vintage Trouble o Black Stone Cherry son genuinos y no son productos con una obsolescencia programada y una imagen tan estudiada que roza el disfraz ¿qué le vamos a hacer? Rival Sons es tu banda, disfrútalos...

A su favor, también alegaré que “Pressure And Time” (2011) me parece un buen disco; que la voz de Jay Buchanan posee la suficiente calidad como para poder cantar las canciones de Bad Company y emular a Rodgers, que podría estar en una banda tributo de The Black Crowes sin despeinarse demasiado, que Scott Holiday toca magníficamente el slide (no sobresaliente que para eso tenemos a Derek Trucks aunque éste no pose y no sepa vestir) y que la producción de Dave Cobb es sobresaliente como la portada de Martin Wittfooth que luce maravillosa en vinilo pero también que, cada vez que coincido con Rival Sons en un festival, prefiero irme a comprar algo de comida.

¿Es así como se hacen los discos? ¿como una receta? No tardarán en surgir esas voces procedentes de algún inframundo que aprovecharán el anonimato de internet para, como morlocks, defender a Rival Sons y asegurar que el que escribe no tiene ni idea porque sea quizá una de las pocas voces que se atrevan a escribir, lejos del halago gregario, del piropo gratuito que Rival Sons me aburren y no necesito ser un fan para escribir sobre ellos o sus discos pero tú, como seguidor, si deberías cuestionarte si lo que se te está vendiendo es lo que aseguran y si te gusta per se o porque te recuerda a otras bandas. Por qué prefieres escuchar a Rival Sons en lugar de Led Zeppelin o Free, Lynyrd Skynyrd, Johnny Winter, Canned Heat, Savoy Brown, John Mayall, Blind Faith, Jeff Beck, The Allman Brothers e incluso los más recientes y también ya difuntos The Jon Spencer Blues Explosion o si, por el contrario, ensalzas la discografía de los de Long Beach y desconoces las de los artistas mencionados pero luego manejas términos como rootsy, bluesy y demás gilipolleces por el estilo, porque creo conocerte…

Si “Pressure And Time” (2011) era bueno, con “Head Down” (2012) llegaban al clímax y con “Great Western Valkyrie” (2014) perdían consistencia con un disco disfrutable pero falto de la inspiración de los anteriores (las canciones, bien ejecutadas; no están a la altura) y, lo peor, el autoplagio; el saqueo a sí mismos que ya no de los demás. Pero el gran problema que se encuentra en “Hollow Bones” (y que parece haber enraízado en la banda) es que las canciones de éste suenan como un pastiche de Zeppelin, Sabbath y Purple. Seamos honestos, a estas alturas de la película es francamente difícil encontrar a un artista que no haya sido influído por alguno de los grandes nombres de la historia del rock pero hay una pequeña gran diferencia entre la influencia, el homenaje, la falta de ideas, el robo o el plagio más flagrante.

Eso algo que se siente en la apertura con “Hollow Bones Pt. 1” en la que sí es cierto que la energía se palpa conforme pasan los segundos y creemos estar en un concierto gracias a esa escalada de emoción pero, si has escuchado suficiente música; el sonido se te hará tan familiar y la estructura de la composición tan ramplona y previsible que te aburrirá sin excepción. Quizá lo peor de todo no es que el sonido de Rival Sons sea un robo mal perpetrado para fans desmemoriados sino que, por ejemplo, en “Tied Up” deciden asaltar el banco de Dan Auerbach y Patrick Carney sonando más a The Black Keys que los de Akron (algo que repetirán en más de una, dos y tres ocasiones en un álbum de, tan sólo, nueve temas...) ¿Nadie se ha dado cuenta de ello? ¿De verdad que, como oyente, eres incapaz de aceptarlo o no habías caído hasta ahora? Los arreglos y la guitarra de Holiday (el caso más llamativo) o la base rítmica de Miley y Bestle; todo está ya escrito y grabado con mejores resultados.

En “Thundering Voices” decidirán tomar prestado de su propio armario las mejores ropas para conformar una canción flojita como ocurre en “Baby Boy” y esos fraseos de Buchanan por Chris Robinson como en “Pretty Face” nos recordará, lejos de su tono más rasgado, incluso a Chris Cornell (aunque el de Seattle, estilísticamente, no pueda estar más alejado de las influencias de los californianos) pero el órdago de Rival Sons llega con “Fade Out” y ese robo sin ningún pudor al “I Want You (She's So Heavy)” de los Beatles (“Abbey Road” de 1969) y, por supuesto, a los casi olvidados y ahora ninguneados Kula Shaker y su “Winter’s Call” de “Pilgrims Progress” (2010) que tampoco eran/son un dechado de originalidad pero, visto lo visto, Crispian Mills sí poseía más que Jay Buchanan y Scott Holiday juntos.

“Black Coffee” es una versión y está magníficamente interpretada pero ¿qué sentido tiene volver a grabar una canción exactamente igual que otra versión? Resumiendo: ¿por qué debo alucinar con la de Rival Sons teniendo la de Humble Pie que sí es absolutamente orgásmica y llena de sentimiento? “Hollow Bones Pt. 2” suena robusta y Buchanan está impresionante (ojo, ¡nadie duda de su garganta, de su tono y de su fuerza!) pero la canción, como ‘reprise’, poco aporta a su primera parte y menos aún a un álbum que se despide con “All That I Want” y Buchanan sonando como Ryan Adams mientras Holiday y Miley se meten con calzador en el último minuto cuando deberían haber dejado a los arreglos de cuerda hacer el resto; nueve canciones, una versión y ocho robos.

Ni son malos músicos ni éste es un mal disco pero tampoco son el grupo más infravalorado del mundo por no llenar estadios o no ser más conocidos. Son otra banda más, tirando del mismo carro que Wolfmother, White Stripes, Black Keys, Clark Jr, Blues Traveler o Healey y con menos cuidado por disimular sus huellas en la arena. Podrían llegar lejos, muy lejos, si encontrasen su propio camino pero no creo que les preocupe cuando no les va tan mal haciendo lo que hacen, cuando los que les escuchan parecen no recordar, no conocer o no les importa lo más mínimo estar escuchando a una banda de versiones de lujo que a ellos, con la misma retención que un pez de colores, escuchan siempre por primera vez…


© 2016 Jim Tonic


Crítica: Revocation "Great Is Our Sin"

Con el último álbum de los norteamericanos hay que partir de la base de que “Deathless” (2014) es, sin lugar a dudas, su mejor álbum en un carrera, hasta ahora, claramente ascendente por lo que “Great Is Our Sin” ha tenido la desgracia de crecer bajo la sombra del anterior (por lo tanto, las expectativas eran altas) pero también la suerte de ser la confirmación del excelente estado de una banda que no defrauda y está construyendo, poco a poco y sin mucho ruido alejada de la publicidad gratuita, una discografía sólida y coherente; lo que no es tema baladí en los tiempos que corren. Pero es que, si lo pensamos bien; desde “Empire Of The Obscene” (2008), su debut, hasta “Deathless” (2014) la banda –o mejor dicho; David Davidson, el único miembro permanente de Revocation, aunque Dan Gargiulo lleve a su lado ya seis años- ha ido evolucionando como compositor y ello ha impregnado la música del cuarteto que ha pasado de un death metal bruto a uno más técnico, con tintes progresivos y ese sabor thrash que aquí, en “Great Is Our Sin”, termina de cuajar por completo gracias a esos riffs que antes eran tan sólo un elemento más para ser ahora la espina dorsal de unas canciones que, claro, gracias a esto se vuelven más melódicas. ¿Repercute negativamente en la contundencia de los de Boston? En absoluto, estamos hablando de una banda robusta con canciones repletas de pasajes y desarrollos que, lejos del tedio de muchos artistas que se han subido al carro del progresivo en los últimos años, aligeran la mezcla de géneros con ese puntito macarra, pegadizo –y a veces veloz como un torbellino- para que las canciones no resulten tan pesadas.

Estilísticamente, aparte de esos fabulosos riffs y la tendencia melódica de las nuevas composiciones, “Great Is Our Sin” es una clara continuación de “Deathless” y si no alcanza el sobresaliente es porque las canciones, sencillamente, no son tan brillantes como las de aquel pero que ello no nos lleve a confusión alguna porque este álbum sigue estando a un nivel extraordinario y muy por encima de la media actual. Ash Pearson se sienta a la batería para ocupar el lugar de Dubois-Coyne y tras los mandos está Zeuss, un productor que cada vez resuena con más insistencia gracias a su trabajo con Rob Zombie, Queensrÿche, el salvaje “The Concrete Confessional” de Hatebreed y otros grandes nombres como Kataklysm, Crowbar, Soulfly, Oceano, Whitechapel y, por supuesto, “Pinnacle Of Bedlam” de los eternos Suffocation. Punto negativo es la horrorosa portada de Tom Strom (ilustrador y tatuador personal de David Davidson) que ya ilustró su anterior “Deathless” y que si aquí fracasa no es por su estilo o la temática (que a nadie le provoca ni sorprende ya una calavera o unas cuantas ratas en un álbum de metal extremo) sino por su escasa inspiración y es que basta contemplar la ilustración de este “Great Is Our Sin” junto a la de “Shadows” de Valkyrie o entre otras muchas como, por ejemplo, también la de “Pillars Of Ash” de Black Tusk o muchas del sello Relapse (aunque “Great Is Our Sin” esté publicado en la legendaria Metal Blade, que nadie se confunda) que tan bien se manejan en esa fusión de metal, groove, death y stoner que tan buenos resultados les está dando para entender que lo de Strom es simplemente falta de ideas en una escena saturada por una imaginería finita que cada vez resulta más y más repetitiva.

Por suerte, la música poco o nada tiene que ver con el encorsetamiento del ‘artwork’ y “Arbiters of the Apocalypse” nos golpea con fuerza gracias a esos latigazos y la musculosa presencia de los riffs de Davidson y Gargiulo o la brutalidad de Pearson que demuestra con creces su valía en la batería. Algo que siempre me ha llamado la atención es la versatilidad de Davidson en las voces de las que él se encarga en su totalidad o esos diálogos entre su mástil y el de Gargiulo que, cuando se doblan, nos recordarán a los últimos discos de Death. “Theatre of Horror” resulta aún más desgarrada, cambiando constantemente de tempo, y con “Monolithic Ignorance” entramos ya de lleno en un álbum en el que, hasta ahora, no habíamos encontrado un cambio tan claro como en esta canción; el doble bombo y el bajo luchan por llevar el ritmo y Davidson se lanza de lleno a un estribillo en toda regla mientras las guitarras cabalgan al más puro estilo thrashero (como la crítica social presente en su letra) pero lo mejor, sin duda, es el magnífico solo en el que se alejan por completo del death o del thrash para llegar al terreno más ‘free’ (no utilizo el anglicismo de manera gratuita o por esnobismo sino porque la estructura y el modo de éste se acerca más al prog e incluso a esa sonoridad jazzy tan atrevida para un álbum de death).

“Crumbling Imperium” fue su adelanto y es una auténtica locura y tiene ese toque siniestro, oscuro, tan novedoso en Revocation y que tan buenos resultados les dan en “Communion”, ese huracán en el que la batería es tan abigarrada en la estrofa que casi se sincopa junto las guitarras o ese puntito progresivo que antes mencionaba y que en “The Exaltation” ya es tan claro y disfrutable por el magnífico trabajo de una banda engrasada y a punto con la colaboración estelar de Marty Friedman en el solo. “Profanum Vulgus” baja ligeramente el nivel, no por calidad sino porque no me termina de convencer y se me hace excesivamente plana (claro, después de “The Exaltation”, es normal…) y terminaré rápidamente de olvidarme de ella cuando suena “Copernican Heresy”; ese magnífico trallazo a medio camino entre el thrash y el progresivo u “Only the Spineless Survive” en la que Pearson se luce junto a Brett Bamberger y Davidson parece que va e engullirnos con su registro más monstruoso.

“Cleaving Giants of Ice” es todo un himno que suena solemne en su estribillo -quizá la más melódica de todo el disco- y la machacona “Altar Of Sacrifice” es todo un manjar para los amantes de las seis cuerdas con esas guitarras que parece que vayan a romperse por la tensión sobre el puente; salvaje. Uno de los mejores álbumes de metal del año en el que Revocation vuelven a no defraudarnos y se convierten en una apuesta segura, impresionante desde su primer segundo…


© 2016  Jack  Ermeister