El regreso de KARL WILLETS con MEMORIAM

Un álbum de death sin alardes técnicos pero que trae a nuestra memoria el legado de Bolt Thrower...

"Emperor Of Sand" de MASTODON

El cáncer, el paso del tiempo y la redención en la nueva obra maestra de los de Atlanta.

PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

John Haughm vuelve a la carga con uno de los mejores discos del año, "Obsidian Arc"

KREATOR, el olor del buen thrash alemán por la mañana...

Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

TRENT REZNOR y ATTICUS ROSS mantienen las expectativas

Publicando un EP de NINE INCH NAILS bastante tibio pero que ameniza la espera del nuevo álbum...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

ESPECIAL NICK CAVE

Un repaso a la discografía principal de NICK CAVE; un viaje turbulento a través del blues, los asesinos en serie, la biblia y los esqueletos de los árboles...

THE DILLINGER ESCAPE PLAN se despiden a lo grande

Anuncian su separación pero firman "Dissociation", quizá su mejor disco hasta la fecha...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

¡Nos largamos de nuevo al HELLFEST!

Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

Jesse Leach se abre en "Incarnate" de KILLSWITCH ENGAGE

Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

Los holandeses vuelven con un álbum bajo el brazo para el que deberemos esperar a su segunda parte para saber si han acertado en el blanco...

IGGY y HOMME; la extraña pareja...

"Post Pop Depression" ha sido una de las grandes sorpresas de este año y el mejor desde "American Caesar"

ABBATH es el auténtico rey de Blashyrkh

El noruego demuestra que hay vida después de Immortal y se lo pone difícil a Demonaz con un álbum repleto de fuerza y frío invernal...

El púrpura de BARONESS es la mezcla perfecta del rojo y el negro...

John Baizley ha conseguido con "Purple", su cuarto álbum, mezclar lo mejor de "Red" y "Blue", regalándonos uno de los grandes discos del año.

Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

BILLY GIBBONS aparca temporalmente a ZZ TOP y se estrena en solitario con un álbum lleno de ritmos afrocubanos, altibajos y, por desgracia, el dichoso autotune.

CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

Las alas de cera de DAVID GILMOUR

El guitarrista de PINK FLOYD vuelve con un disco nuevo bajo el brazo, "Rattle That Lock", exquisito pero falto de unión y con demasiados altibajos.

AHAB queman las barcas...

Los alemanes han grabado un auténtico monstruo con canciones de más de diez minutos capaces de mantener tu atención y tu alma en vilo…

La mecánica de fluidos de TAME IMPALA

Kevin Parker, en constante cambio, se disculpa por ello en sus canciones pero firma uno de los discos del año.

Y al séptimo disco, CRADLE OF FILTH resucitaron…

Nueva formación y las canciones más inspiradas que Dani Filth ha escrito en los últimos quince años...

THE DARKNESS se hacen mayores...

Pero consiguen grabar un buen disco, menos histriónico y serio que los anteriores pero igual de inspirado...

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Primer paso en falso de MUSE, con "Drones" nos encontramos ante un disco sin rumbo, coherencia ni buenas canciones.

BLUR contraataca con un regreso por todo lo alto

Doce años después, los ingleses publican "The Magic Whip" y consiguen el aplauso unánime de crítica y público con un disco diferente.

La catarsis de BJÖRK

La islandesa encuentra la liberación a través de la palabra en su mejor disco en años.

DYLAN por SINATRA, en estado de gracia.

El auténtico placer de cumplir años es no tener ni Dios ni amo; decidir a quién se le da la mano...

ROYAL BLOOD vuelven a España...

Y nosotros rescatamos nuestra crítica de su álbum para ir calentando motores.

Cuomo, un acidente en carretera y la meditación Vipassana...

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¡Nos largamos al HELLFEST!

Otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo; le meilleur festival du monde!

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Ocho ciudades, ocho canciones y ninguna que justifique un disco

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Crítica: Life Of Agony “A Place Where There's No More Pain Review”

Parece que fue ayer cuando Life Of Agony publicaron “River Runs Red” (1993) en unos años, como fueron los noventa, en los que los grandes discos se sucedían y publicaban por doquier, además siguieron en racha con “Ugly” (1995), aún cargando sobre sus espaldas la tan terrible y denostada etiqueta de post-grunge cuando lo suyo era otra cosa muy diferente. A partir de ahí, nada fue lo mismo y “Soul Searching Sun” (1997) siendo un buen disco no estaba a la altura, dimes y diretes, crisis internas y fantasmas acechaban a una banda con un todavía Keith Caputo que abandonaba el barco alegando razones artísticas y una enorme decepción con una industria musical que parecía querer controlar la dirección de la banda sin entender su naturaleza y, ocho años más tarde, con “Broken Valley” (2005) parecieron firmar su epitafio. Life Of Agony siempre han sido ese tipo de formación que despierta pasiones de auténtico culto entre sus seguidores pero la más absoluta indiferencia entre aquellos que equivocadamente creen que eran tan sólo una agrupación de hardcore. Craso error porque como músicos siempre han sabido conjugar la gracia de diversos géneros con un único punto en común y es la visión más oscura de la vida. Y ese es mi principal problema con “A Place Where There’s No More Pain”, producido por Matt Brown, porque que debo dejar enfriar el entusiasmo inicial por su regreso tras doce años en los que honestamente creía que Life Of Agony eran cosa del pasado para escuchar, sentir sus canciones e intentar adivinar por qué estas nuevas composiciones no me llegan al corazón de la misma manera que las que integraban “River Runs Red” a “Ugly”.

Entiendo que el tiempo pasa para todos, los músicos y su audiencia; que es imposible pedirle a alguien que no cambie porque estamos en constante evolución personal y veinticuatro años son muchos pero si lo analizo de una forma más fría, ciñéndome a lo estrictamente musical, “A Place Where There’s No More Pain” tiene sus inconvenientes. Lo primero que nos golpea es el sonido de Robert, Joey Z y Sal Abruscato (¿volverá algún día A Pale Horse Named Death?) con fiereza bajo el manto de Brown. Life Of Agony comienzan el álbum de manera incandescente con “Meet My Maker” y “Right This Wrong”, de hecho la primera mitad del disco será más fiera que la segunda sumergiéndonos en su segunda parte en un extraño estado de ánimo tras la descarga inicial.

Tampoco me termina de convencer la voz de Mina Caputo, es cierto que está bien mezclada y su interpretación está a la altura, se la siente cómoda pero hay algo en su tono que no me termina de convencer y es que, por momentos, se siente más descarnado como en otros más bronco lo que me hace dudar que más allá de la versatilidad de su garganta se trata de un problema de identidad como vocalista. Lo que también me lleva a no entender por qué sigue siendo noticia su valiente decisión de afrontar su nueva identidad como transgénero y no hace otra cosa que recordarme lo conservador que sigue siendo un mundillo tan supuestamente abierto como es el de la música, el problema de Mina (antes Keith) no es su decisión personal (y creo a Alan cuando asegura que entre las causas que originaron la segunda desbandada no estaba la decisión de Mina de emprender una nueva vida con su auténtico género) el problema de Mina es su inestabilidad como artista, el permanente cambio en su visión artística e intereses o búsqueda -que dirá ella misma- pero que ha provocado que tanto la carrera de la banda como la suya sea tan extraña e intermitente.

Otra cosa que tampoco me convence de este “A Place Where There’s No More Pain” es que es un álbum que, sonando tan actual como suena, llega veinticuatro años tarde. A pesar de la producción y la fuerza de la banda, el disco hunde sus raíces en el sonido de los noventa mezclado, eso sí, con una buena dosis de hard rock (pero hard rock, al fin y al cabo) y una pizca de glam que le sienta muy bien pero que descompensa la receta por completo. Además, no serán pocas las veces que escuchándolo vengan a nuestra cabeza referencias como Alice In Chains en esas melodías vocales o incluso los Stone Temple Pilots menos tenebrosos (esos que sabían aunar lo mejor del rock alternativo más clásico con ese puntito de lentejuela y rímel de un Scott Weiland tan irreverente como único). Una experiencia que desdibujará por completo la identidad de la banda y gustará, como es mi caso, a todos aquellos que vivimos aquella década pero que no llegaremos a entender tampoco por qué Life Of Agony han decidido hacer, imagino que de manera inconsciente, tal acto de nostalgia.

“Meet My Maker” nos muestra a Sal y Alan en perfecta comunión y un riff lleno de groove (más bruto de lo que podríamos esperar en un principio) con la voz de Mina sonando estupenda, como ocurre en “Right This Wrong”, ambas son canciones repletas de sabor hard y si resulta así es por esa voz ya que la base musical es bastante más gruesa, algo que constata “A Place Where There’s No More Pain”, una de las más accesibles y aquella que da título al álbum, más cercana que nunca al espíritu de Alice In Chains, como “Dead Speak Only” en la que las voces se distorsionarán al más puro estilo doblado entre Staley y Cantrell.

“A New Low” muestra de nuevo una estupenda base rítmica y unos cambios adictivos mientras que en “World Gone Mad” nos recordarán a Velvet Revolver, pena que con “Bag Of Bones” todo parezca cambiar y nos sumergimos en lo que parece otro disco con “Walking Catastrophe” o una previsible y aburrida “Song For The Abused” mientras que “Little Spots Of You” es mucho más efectiva para cerrar el álbum ya que rompe por completo su tónica entre confetti pegado, maquillaje corrido y la soledad de una letra que parece escrita por Mina para un joven Keith, magistral.

Me alegro profundamente de su regreso, me encantaría creer que significará la continuidad de la banda y que Mina Caputo no sólo ha encontrado su naturaleza y sexualidad sino también ha recobrado su visión artística y vuelve más centrada que nunca, me gustaría verles de nuevo en directo y entiendo “A Place Where There’s No More Pain” como el álbum necesario para tal fin pero que nadie me lo sitúe a la altura de “River Runs Red” o “Ugly” (en todo caso a la de “Broken Valley” en cuanto a inspiración que no a sonido) porque siendo digno de Life Of Agony, no termina de gustarme como debiera. Imagino que lo que necesitábamos de ellos era su regreso y lo que ellos necesitan es rodaje, una continuidad, tras doce años de ausencia discográfica. Para evaluar la salud creativa de la banda en el estudio habrá que esperar a la continuación de este “A Place Where There’s No More Pain” y a ser posible antes de otra década porque los interruptus nunca han sido buenos.

© 2017 Jim Tonic


Crítica: Sólstafir “Berdreyminn”

Qué verdad es que a las expectativas siempre hay que templarlas para que no acaben desembocando en ese extraño e irracional estado de ánimo en el que se nos nubla la razón, la mayor parte de las veces inducido, que la prensa extranjera siempre ha calificado como ‘hype’ y nosotros hemos tenido el gusto de adoptar cuando, irónicamente, han sido siempre ellos quienes lo han generado. Además, llama la atención estar hablando en estos términos de una banda tan exquisita pero a la vez tan poco comercial como Sólstafir cuya carrera comenzó de manera gloriosa con “Í Blóði og Anda” (2002) y continuó con tres discos sobresalientes como Masterpiece of Bitterness (2005), “Köld” (2009) y “Svartir Sandar” (2011). Pero todo cambió con “Ótta” (2014), no es que aquel álbum no me parezca grande (que por supuesto que sí, enorme) pero, a mi modesto entender, nunca llegará a la perfección y salvaje belleza de los anteriores. Pero, como suele ocurrir, “Ótta” fue reverenciado por la supuesta crítica especializada y supo trascender el papel de las publicaciones del género para aparecer en todo tipo prensa, situando a Sólstafir en el centro de todas las miradas, incluso la de aquellos que no conocían a los islandeses cuando publicaron los excelsos “Köld” y “Svartir Sandar”. ¿Tengo algún problema con ello, soy de esos que consideran que escuchar un determinado tipo de música está reservado a un gueto de entendidos y cuando los artistas alcanzan cierto estatus es porque su arte se ha popularizado gracias a la pérdida de originalidad y genialidad que siempre se presupone? No, para nada. Pero “Ótta” estuvo en boca de todos, la banda no dejó de girar y girar presentando sus canciones y escuché su nombre en los labios de gente que cree que Leprous es una banda seminal y no negaré que el temor se apoderó de mí al imaginar que esas personas que son capaces de escuchar a Riverside o Steven Wilson, como el que escucha a Bon Jovi, se apropiarían también de Sólstafir y, en efecto, así fue. Es por eso que este “Berdreyminn” era tan esperado como habrá decepcionado a muchos en ese ‘hype’ que mencionaba al principio de esta crítica porque la banda no grabará nunca segundas partes y “Berdreyminn”, por su amargo contexto como continuación de su exitoso predecesor, está llamado a fracasar pese a su infinita sensibilidad o, por otro lado, a ser encumbrado una vez más por esa trinchera de advenedizos que suelen confundir a los que les leen y para los que todos los discos son obras maestras a los diez minutos de su publicación o filtración (cuesta entender cómo es posible que se graben tantas actualmente y cada mes estemos hablando de discos históricos destinados a cambiar nuestras vidas sin apenas haberlos digerido).

Producido por Birgir Birgirsson (Sigur Rós, Alcest) y Jaime Gomez Arellano (Paradise Lost u Oranssi Pazuzu entre otros), hay que reconocer que “Berdreyminn” suena maravillosamente bien en una época en la que, como precisamente ocurrió con Oranssi Pazuzu y su último álbum (“Värähtelijä”, 2016), hay una sempiterna manía por destrozar las obras en la producción con el maldito rango dinámico. Pero es que el disco de Sólstafir juega en otra liga (sin que se entienda como mejor o peor que la de Pazuzu) y su estética y los colores con los que pintan son completamente diferentes.

“Silfur-Refur” y ese sinuoso comienzo son el colchón perfecto para que la banda entre con más fuerza y la voz de Aðalbjörn "Addi" Tryggvason suene tan desesperada y pasional como siempre. De ella me gusta su crescendo hasta acabar convirtiendo la canción en una delicia noise sobre esas guitarras y arreglos. Algo muy similar ocurre con “Isafold” con unas guitarras mucho más limpias (y un riff en la parte central que mostrará el claro gusto de la banda por Waters y Gilmour, no será el único momento del álbum) en una canción quizá más lineal pero hay algo que me sorprende negativamente en una banda como Sólstafir y es la constante repetición de estructuras en las composiciones de “Berdreyminn”; un comienzo lento instrumental sobre el que la banda va construyendo hasta terminar convirtiéndolo en un medio tiempo, una parte vocal antes de la clásica subida de intensidad en el clímax y una coda que les sumerge en la calma más absoluta (como ocurre en seis de las ocho canciones).

Grande es el cambio en “Hula” en el que el post-rock parece darse la mano con el ambient en una evocadora pieza de casi cinco minutos como a “Nárós” parece que le cuesta entrar en calor y termina convertida en la introducción de esa aventura en sí misma que es “Hvít Sæng” en la que las guitarras crujen literalmente sobre la melodía principal, como acertadísima me parece la balada “Dýrafjörður” porque le concede a “Berdreyminn” una nueva dimensión y además el piano es una auténtica joya en su desarrollo o la cinemática “Ambátt” es perfecta como final de un álbum que reserva quizá su mejor y más efectiva baza para el final. No es otra que “Bláfjall”, una auténtica obra de arte en ocho minutos, repleta de vida, fuerza y pasión pero también una épica con el slide de las guitarras de "Addi" y "Pjúddi" pisando el acelerador, como si a Sigur Rós les hubiesen insuflado la pasión y viscera perdida en los últimos años.

“Berdreyminn” parece haber nacido con la clara vocación de álbum transicional a la sombra del anterior y decepcionará y mucho a todos aquellos que se acerquen a él esperando una continuación pero recompensará a aquellos que le den una oportunidad o amen de verdad a la banda. La buena noticia es que Sólstafir han superado el terremoto que supuso el anterior álbum y han decidido, de manera habilidosa, salirse por la tangente y el experimento ha resultado. “Berdreyminn” posee momentos preciosos en los que los islandeses se elevan por encima de nuestras cabezas y esos son los que justificarán y reivindicarán este álbum en el paso del tiempo, además nos muestra a una banda con el arrojo suficiente como para no encasillarse en la fórmula del éxito, sin miedo tras "Ótta", como debe ser…

© 2017 Jack Ermeister


Crítica: Papa Roach “Crooked Teeth”

Por todos es sabido que no se debe juzgar un libro por su portada y, aunque aquí nos refiramos a un álbum de música, podríamos aplicarlo igualmente. Pero es que “Crooked Teeth” de Papa Roach posiblemente posea una de las peores del año y eso ya es mucho decir. Por el contrario, Linkin Park ha publicado “One More Light”, quizá su peor álbum en una suerte de giro hacia el pop más prefabricado, con una bellísima portada. Pero la carrera de ambos, aunque diferente, tiene algunos puntos en común, por tanto, ¿qué podríamos encontrarnos en el noveno álbum de los californianos atendiendo, como debe ser, únicamente a su música? Para ello debemos remontarnos al éxito de Papa Roach con “Infest” (2000) su segundo álbum, aquel con el que se dieron a conocer, y “Lovehatetragedy” (2002) con el que redondearon la jugada porque llevan desde entonces debatiéndose por superar aquel momento de popularidad con desigual acierto. Es cierto que hubo inteligencia en su abandono del nu-metal por el hard y que, aunque nunca hayan llegado a acariciar la misma fama, “Getting Away With Murder” (2004) y, más en concreto, “The Paramour Sessions” (2006) son buenos discos que aguantan las escuchas, como “The Connection” (2012) pero no puedo decir lo mismo de aquel “Metamorphosis” (2009) o “F.E.A.R.” (2015) en una carrera que mata por regular y en la que los discos menos inspirados y los mejores no lo son tanto, en la que sus fans parecen crecer y evolucionar mientras la banda parece rejuvenecer cada vez que escuchamos el último de sus discos y nos damos de bruces con unas melodías pegadizas pero algo pueriles, acercándoles más al punk californiano más melódico que al hard y, por supuesto, al metal que honestamente creo que nunca han practicado como tal.

Es cierto que “Crooked Teeth” demuestra las ganas de la banda (que no la energía de la que hacen gala en directo) con “Break The Fall” y ese estribillo tan pegadizo, muy diferente es la forma de rapear de Jacoby Shaddix y es que suena poco fresca, no es que la hayamos escuchado ya hasta la extenuación y suene poco novedosa, es que hay cientos de chavales con más nervio y gracia rapeando. “Crooked Teeth”, la canción, evidenciará otro gran defecto del álbum y es que la producción de Colin Brittain y Nicholas Furlong (RAS) suena artificial, soy de esos a los que les gusta sentir todos los instrumentos y prestarles atención de manera independiente y en el álbum de Papa Roach el sonido está tan procesado y comprimido que no respira y tenemos la desagradable sensación de estar escuchando un producto y no a una banda. Está claro que no son virtuosos pero nos perdemos el trabajo de Horton y Esperance o la fuerte pegada de Palermo.

Caso aparte son las letras, es verdad que Jacoby no es Bob Dylan pero algo más de esfuerzo en escribirlas no le habría venido mal a un álbum que en cuestión de rimas y ripios parece un collage de los anteriores y posee la profundidad de un charco.

“Medication” nos quiebra con ese comienza acústico y Shaddix entrando sobre un riff bastante común, no me terminan de convencer la programación y tanto arreglo electrónico, tampoco el rapeo de nuevo (nada en contra de ello si se hace con gracia…) pero no debería haberme sorprendido cuando Jacoby ya nos lo advirtió, lo que no hizo fue decirnos que las nuevas canciones parecen compuestas para una boy band. “Born For Greatness” hace perder cuerpo al álbum y se convierte en un trip-hop sosote mientras que “American Dreams” incide en ese innecesario mestizaje entre el pop y el rap con un estribillo que podría haber sido firmado por el eterno adolescente que parece Tom DeLonge.

Skylar Grey se prestará en “Periscope”, algo muy significativo de lo que buscaban Papa Roach en “Crooked Teeth”; una canción blandita que podría haber sido parte de “One More Time” de Linkin Park, como la colaboración de Machine Gun Kelly en "Sunrise Trailer Park" en la que sentiremos que hace tiempo hemos perdido el interés por el disco y sólo recuperaremos algo con extras como “Ricochet” pero no con “Nothing” o la aburrida “Bleeding Through”

Un horror tras otro en el que nada parece tener sentido en su segunda cara con “Help” o “Traumatic”, dos naderías, o la poppie “None Of The Above” para despedir otro disco igual de desnortado que el de Shinoda y Benington. Llegados a este punto uno se plantea que el error no es de aquellos o de estos sino nuestro por permitirles haber llegado a grabar nueve discos pero, incomprensiblemente, Papa Roach tienen su público y supongo que justificarán “Crooked Teeth” por dos canciones, todo para ellos. El tiempo es demasiado precioso como para perderlo con algo tan corriente y poco elaborado.


© 2017 Lord Of Metal

Crítica: Linkin Park “One More Light”

Durante muchos, muchos años se nos ha vendido la evolución como la antesala de la sabiduría. Así hemos sido testigos de cómo artistas a los que les ha llevado décadas encontrar su propia voz protagonizar dramáticos, cuando no bochornosos, giros estilísticos que no dudo les hayan llenado las arcas pero cuya integridad ha quedado tan maltrecha como el respeto de sus seguidores. Pero pocas veces he sido testigo de un sabotaje como el que ha perpetrado Linkin Park con su propia carrera. Una banda que alcanzó la gloria con “Hybrid Theory” (2000) y mantuvo algo de rédito con “Meteora” (2003) antes de perderse en una madurez mal entendida con “Minutes To Midnight” (2007) o “A Thousand Suns” (2010) que no evidenciaban otra cosa que una clara falta de dirección que se confirmó en “Living Things” (2012) o “The Hunting Party” (2014) pero a Chester Benington y Mike Shinoda debió parecerles bien ya que, paradójicamente, la banda seguía vendiendo, llenando sus conciertos y aumentando por cientos de miles su base de acólitos en redes sociales.

Sería, por lo tanto, ilógico que este “One More Light” no nos hubiese sorprendido como lo ha hecho pero, por más que lo escuche, todavía sigo sin entender qué se les ha pasado por la cabeza durante un proceso de composición atípico basado en las pistas vocales, los estribillos y, por último, la música. Pero una carente de cuerpo, con ausencia de guitarras y con una batería programada completamente sintética, arreglos electrónicos y programaciones que no es que les acerquen al pop sino que les internan peligrosamente en la música más comercial, vacía e instrascendente que nos podamos imaginar.

Tal es el desconcierto que cuando comienza a sonar “Nobody Can Save Me” uno no sabe si está escuchando el último álbum de Linkin Park o el de Owl City, además hay algo que parecen haber obviado y es que para construir las nuevas canciones en torno a la voz, Bennington debería tener una que de verdad mereciese la pena y no su habitual tono nasal en primerísimo primer plano. “Good Goodbye” (con Pusha T y Stormzy) es tan simplona que encontrará su única enjundia en el fraseo de los raperos mientras que “Talking to Myself”, escrita con la ayuda de Ilsey Juber (colaboradora de Beyoncé) les hará entrar en comparaciones con *NSYNC y hará que The Killers parezcan Celtic Frost como “Battle Symphony”, por desgracia, suena como la última encarnación de Coldplay.

Pero nada como escuchar la atonal e impersonal voz de Shinoda en “Invisible” para valorar “Heavy” con Kiiara y aceptar que sí es pegadiza pero es uno de esos chicles que uno querría no haber pisado nunca. Los ecos de Owl City volverán en “Sorry For Now” y el colmo de la ñoñez hará acto de presencia en “Halfway Right” en la que nada suena como debe. Pero hay más, mucho más, la etérea “One More Light” probará nuestra paciencia mientras en “Sharp Edges” logran el mestizaje perfecto entre el encanto kitsch de Modern Talking y la banda más petarda del Coachella.

El gran error en el que el oyente puede incurrir al escuchar “One More Light” es pensar que Linkin Park se han columpiado en el planteamiento pop de la banda cuando el verdadero crímen es la poca inspiración y pericia en un género que comúnmente se entiende como comercial o fácil pero para el que hay que tener talento en la composición lejos de la repetición absurda de estribillos y toneladas de edulcorante o maquillaje en la sala de producción. La gran incógnita no es saber si tras el fiasco de “One More Light” Linkin Park recuperarán la cordura sino si millones de oyentes volveremos a darles la oportunidad ante semejante bodrio de álbum…


© 2017 Jim Tonic


Crítica: Firespawn “The Reprobate”

No ahondaré en la herida, no le recordaré a nadie que Entombed A.D. son tan sólo death and roll de bajo octanaje, entretenido sin más, y que cuando únicamente interesan es en directo porque se echan sobre los hombros algunos de los clásicos de Entombed. No hurgaré en esa herida abierta porque aunque es cierto que Entombed fueron el gran nombre del death metal sueco, hace mucho que murieron como tal y ni de ellos y su cacareado regreso o la escisión que supone el proyecto de Petrov espero gran cosa excepto pasar un buen rato. Pero también es verdad que “Shadow Realms” (2015) fue una gran sorpresa y saber que habría una continuación me llenó de ilusión cuando entendí que aquel disco de debut no era tan sólo la curiosidad de un proyecto con fecha de caducidad sino una superbanda con continuidad. Es verdad que “Shadow Realms” fue bien recibido pero es que, claro, allí estaban Alex Friberg y Fredrik Folkare de Necrophobic, Matte Modin de Defleshed además de Victor Brandt y Lars Göran Petrov de Entombed A.D. Un proyecto en el que Friberg y Brandt se han ocupado de la composición y cuyo primer álbum se lo ponía realmente difícil a un sucesor.

En mi opinión, “The Reprobate” ha conseguido lo imposible. Es verdad que “Shadow Realms” nos sorprendió a todos por su fuerza y frescura pero este segundo álbum suena aún más potente y descarnado, hundiendo sus dientes en el death metal más clásico pero incorporando también elementos de otros subgéneros sin perder su identidad. Además, en él nos encontramos a una banda completamente rodada y que ya no busca una dirección sino que se asienta en su propuesta, las canciones de “The Reprobate” suenan mucho más seguras e incluso aquellos momentos en los que se alejan de los postulados más férreos del death. Siempre me ha parecido irónico que un género como es el metal que debería sentirse tan libre tenga, sin embargo, unos límites tan obtusos y cuando una banda innova automaticamente se la tacha y cuando se aferra es objeto de críticas aún más encarnizadas.

“Serpent Of The Ocean” es un single magnífico con una introducción llena de encanto y ese “uh!” de Lars Göran Petrov en homenaje a Tom Warrior. Estrofas repletas de groove pero con Modin ametrallando y un estribillo más melódico (muy cercano quizá a lo que hacen los alemanes Suplhur Aeon que recomiendo a todo aquel apasionado de H.P.Lovecraft con ganas de emociones fuertes y mucho death). La caótica “Blood Eagle” resuena hambrienta como extraño es ese comienzo más oriental de “Full Of Hate” que pronto se convierte en una auténtica máquina de death metal arrasando todo a su paso con Petrov lejos de sus momentos más cavernosos pero con ese tono roto que tanto me gusta como de infarto serán las guitarras de Brandt y Folkare.

“Damnatio Ad Bestias” y “General’s Creed” (con ese arpegio con tanto sabor) aceleran aún más un álbum que podría haber sido sobresaliente de no ser por canciones como “Deat By Impalement” o “The Whitechapel Murderer” (y ese death and roll que a veces funciona y a veces no, para qué negarlo) pero, por suerte, “The Reprobate” se despide con una triada ganadora y es la desbocada “A Patient Wolf”, aquella que da nombre al álbum y la ácida “Nightwalkers”.

Seamos sinceros y sin que se pueda entender como algo negativo; Firespawn no inventan nada de nada en “The Reprobate”, sus canciones y sus formas las hemos escuchado hasta la saciedad pero hay algo que lo diferencia de los cientos de discos de death metal que se publican cada mes y son unas canciones que resultan y una instrumentación sólida como una piedra, todo ello gracias al notable oficio y profesionalidad de todos sus miembros. Debo reconocer que he disfrutado muchísimo escuchándolo una y otra vez y recurriré a él durante los próximos meses (precioso vinilo, por cierto). Ahora sólo queda esperar a verles en directo para ser testigo de cómo se defienden sobre un escenario pero algo me dice que, como en este álbum, no habrá decepción alguna. Brutal es poco.

© 2017 Lord Of Metal

Crítica: Anathema “The Optimist”

Poco queda ya de aquellos Anathema que vimos nacer hace más de dos décadas, recuerdo “The Silent Enigma” (1995) con el cariño de haber sido el primer álbum que compré de la banda y aquel “Alternative 4” (1998) al que estuve literalmente enganchado durante todo un verano. En aquella época, Anathema hacían honor a su nombre y gustaban propios y extraños, pero dividían a una parroquia que no entendía o quería entender su propuesta. Casi veinticinco años más tarde, la evolución de Anathema ha sido silenciosa y premeditada en cada álbum, nadie les puede acusar de un brusco giro de timón que haya sorprendido al oyente pero, aunque no carentes de emoción y la genialidad en la composición, la única verdad es que han virado de un doom moderado y melancólico a una suerte de canciones tristonas de corte adulto, a medio camino entre el pop y el prog, que rara vez desatan en mí los mismos sentimientos que sus discos más antiguos. Con esto no pretendo que aquel que lea esta crítica entienda que pertenezco a la vieja guardia o soy de esos seguidores que disfrutan ensalzando el pasado mientras desestimo el presente de las bandas que me gustan. No es una crítica, es tan sólo una percepción tras escuchar por enésima vez sus últimas canciones y aceptar que hay que darles tanto tiempo como dotarlas de experiencia y paciencia para aceptar una madurez que les acerca peligrosamente a una audiencia cuarentona, con todo lo bueno y malo que esta apreciación conlleva. No es que el complaciente “Distant Satellites” (2014) no anunciase este, su siguiente paso, “The Optimist” (2017) en una discografía en la que ya parece imposible que los ingleses facturen un mal disco pero aunque es en este último álbum en el que parece que su bonito dream pop se da la mano con el post rock es también en donde nos daremos cuenta de que definitivamente algo ha cambiado en la naturaleza de Anathema.

Conceptualmente, la idea no es mala, ¿qué habría ocurrido con el protagonista de “A Fine Day To Exit” (2001)? Y “The Optimist” comienza con la más que apropiada "32.63N 117.14W" (la playa Silver Strand de San Diego) que es tan sólo una introducción a “Leaving It Behind” y “Endless Ways” (estupendo Lee Douglas), ambas son canciones brillantes, bajo la producción de Tony Doogan con un aderezo electrónico y unas bases que le sientan maravillosamente bien, pero nada con lo que la banda no haya coqueteado antes, en un álbum que sí puede presumir de una mayor oscuridad que “Distant Satellites” o incluso esfuerzos anteriores mientras que “The Optimist”, la canción, es todo lo emocional que podríamos esperar de Anathema y un estilo ya propio, tejido a lo largo de los años.

Los hermanos Cavanagh y sus melodías vocales están a la altura, así como Lee Douglas, o los teclados de Cardoso. “San Francisco” y, más en concreto, el single “Springfield” (una canción que llegó sin esfuerzo, de manera natural, según Daniel), tienden un lazo entre pasado y presente, ese que requiere más que nunca de un desarrollo sutil para llegar al clímax y allí dejarnos tarareando sus melodías incluso rato después de haberlas escuchado por primera vez. “Springfield”, en concreto, es hipnótica y consigue así su propósito.

"Can't Let Go", quizá la más prescindible y repetitiva del conjunto, mientras que "Close Your Eyes" evoca el espíritu de aquella “Sit Down. Stand Up. (Snakes and Ladders)” de los de Oxford y su mantra o “Wildfires” no termina de arrancar y sólo la épica “Back To The Start” y sus once minutos cerrando “The Optimist”, entre arreglos y un piano, serán capaces de hacer remontar la segunda cara un álbum que parece un viaje, a medio camino entre un dulce sueño y la atmósfera asfixiante de una película de David Lynch en la que poco importan los inicios y finales de la historia sino lo ocurrido. Un envoltorio oscuro y sobrio que, sin embargo, no oculta esa sensibilidad pop para adultos de Anathema que antes señalaba. No defrauda pero tampoco quema y muestra sin temor la tendencia a seguir para su próximo trabajo, pedirles más o algo diferente es no haber escuchado sus últimos diez años pero escuchar “The Optimist” es igual de esclarecedor para los próximos diez y esa mutación light entre el doom de sus primeras canciones y el final ligeramente empachoso de los últimos minutos de “Back To The Start” en el que compiten sin rubor alguno con lo peor del sonido poppie de los noventa entre coros y sobreproducción, tan, tan lejos de “Eternity” (1996) y apasionamiento…


© 2017 Jim Tonic

Crítica: Full Of Hell “Trumpeting Ecstasy”

Cuatro años, nada más y nada menos, es lo que han tardado Full Of Hell en volver con un álbum tras aquel “Rudiments of Mutilation” (2013) que tan buen sabor de boca nos dejó a todos pero no es que hayan estado desocupados precisamente ya que tanto con Merzbow en el 2014 como con The Body y aquel “One Day You Will Ache Like I Ache” (2016) nos han querido mantener con la esperanza de un regreso por todo lo alto, además de los diferentes EPs. Y la verdad es que aquellas colaboraciones dieron de sí todo lo que pudieron, sobre todo aquella con The Body; ¿quién podía imaginarse que salieran victoriosos con una versión de “The Butcher” de Leonard Cohen? Pero no eran más que eso, aperitivos de lo que tenía que estar por llegar tras los que uno no puede más que pensar que sí, que en efecto, la espera ha merecido la pena. “Trumpeting Ecstasy” es auténticamente impresionante desde su vigoroso comienzo con “Deluminate” hasta “At the Cauldron's Bottom”, pasando por una producción que exuda agresividad y la necesaria suciedad del noise (pero tan afilada que corta) a cargo del ya legendario Kurt Ballou de Converge o la magnífica e impactante portada de Mark McCoy (Ancestors, Devouring Ghosts) en uno de esos casos en los que todo parece encajar, alinearse, para que el álbum se convierta en todo un clásico moderno.

Grind pero también powerviolence se dan la mano en “Deluminate” en la que, en poco más de un minuto, nos devoran por completo y Dylan Walker parece sufrir a cada segundo mientras se deja la garganta pasando de los guturales más cavernosos a los chillidos más agudos y desquiciados. La sincopada “Branches of Yew” es elevada a los altares de la agresión más absoluta con Spencer Hazard, DiGristine y David Bland sudando a cada compás mientras Walker parece verdaderamente poseído jugando a dos voces. Algo que repetirá en “Bound Sphinx” o “The Cosmic Vein” en la que juegan a darle un poquito más de groove con Digristine haciendo de las suyas.

Algo similar pasará en la más templada “Crawling Back to God” con Aaron Turner (Drawing Vouces) en la que la hiperviolencia del género demuestra que no es cuestión de velocidad sino de niveles de agresión porque Full Of Hell siguen sonando igual de furiosos a menos revoluciones. Su alma punk aflorará en “Fractured Quartz” en la que son capaces de atrapar todo el caos del universo y darle forma de canción en apenas cuarenta segundos mientras que en “Ashen Mesh” se dejarán ayudar por Andrew Nolan (The Endless Blockade) y jugarán con diferentes estados de ánimo en estrofas más calmadas a modo de puente.

Pero los dos platos fuertes están reservados para el final con “Trumpeting Ecstasy” y Nicole Dollanganger (a la que debemos agradecerle ese contraste con su aniñada voz pero que nos dejará inmersos en un extraño desasoiego) o el mismísimo Kur Ballou al bajo en la que quizá sea una de las más melódicas (irónico que hablemos así en una banda que se caracteriza por firmar auténticas heridas sónicas) o la más extensa de todo el álbum; “At the Cauldron's Bottom” con Nate Newton (Cavalera Conspiracy, Channel, Converge) y que añade una tonalidad diferente, otro color, a la música de Full Of Hell, creando un final auténticamente épico para un álbum que nos deja noqueados desde su primera escucha y al cual hay que volver una y otra vez para descubrir cada uno de sus elementos; grind, noise, powerviolence pero también hardcore, punk y hasta black. Algo tan bestial que asusta. Si tan sólo tuviese que reseñar un defecto de “Trumpeting Ecstasy” sería quizá su brevedad pero, ¿qué es lo que podemos pedirle? ¿Acaso hay alguien sobrela faz de la tierra que le añadiría más minutaje al inmortal “Reign In Blood” (1986) de Slayer o al más reciente “You Will Never Be One of Us” (2016) de Nails?

Los fans de lo extremo estamos de enhorabuena, ya no hay excusas que valgan para afirmar que ya no se graban discos como los de antes y mentar por enésima vez los grandes clásicos del metal. Full Of Hell han grabado un álbum que tiene las cualidades para convertirse en todo un título de culto, sencillamente brillante.

© 2017 Jack Ermeister

Crítica: Black Cilice “Banished From Time”

Son contadas las ocasiones en que me siento así de seducido por la magia de un artista en un mundo en el parecen haberse perdido las ganas de escuchar un álbum y darle tiempo a sus canciones para que estas terminen imbricándose con nuestras propias experiencias vitales. Esto, que puede parecer muy pedante, es la materia de la que se componen los sentimientos; esa décima de segundo en la que escuchamos una sucesión de notas y nuestra vello se eriza, nuestra respiración se acelera y creemos estallar por dentro o, por el contrario, somos transportados a otros lugares, tal es la magia de la música. Cada vez es más difícil porque el propio ritmo de nuestras vidas ha convertido el arte (y casi todo lo esencial para que nuestra alma sobreviva en un mundo voraz) en poco menos que comida basura que consumimos sin deleite, tan sólo como saciante. En el caso que nos ocupa, Black Silice; poco importa el músico portugués que está tras las canciones y del cual no desvelaremos su nombre por respeto y porque no viene al caso (además de porque el black metal es el caldo de cultivo perfecto para que cientos de chavales expriman su sensibilidad en soledad y creen extrañas pero bellas canciones con una estética que poco o nada tiene que ver con el momento o el lugar pero que trascienden culturas y conectan con nuestras entrañas y además lo secreto siempre posee un indudable encanto) pero sí que os diré que “Banished From Time” es quizá el disco más primario y sin embargo que más profundo me ha calado en el último año. Un álbum básico (muy básico, mucho) y crudo en su concepción, poco original en su estética y manido en una producción pobre pero buscada que, por el contrario, sabe llegar al corazón del oyente gracias a unas canciones que, como “Timeless Spectre”, son un torbellino de negrura y mala leche; un viaje con una guitarra y una batería que suenan como si centrifugasen nuestra alma y una voz, a veces casi inaudible, que entre ecos y alaridos parece venir de otro tiempo para llevarnos lejos, muy lejos.

Tan sólo tres discos, “A Corpse, A Temple” (2011), “Summoning The Night” (2014) y “Banished From Time” (además de un buen puñado de splits, EPs y demos) le han bastado a Black Silice para convertirse en el secreto mejor guardado de los amantes de ese black mezclado con un poquito de death y esa actitud tan atractiva del arte por el arte, del artista que crea sin tener en cuenta nada más que sus propias necesidades pero posee todo el magnetismo de lo que es verdaderamente genuino. “On the Verge of Madness” y prosigue el ritual; honestamente hay poco diferencia en el desarrollo de las canciones (lo mismo que entre sus tres primeros álbumes) pero esa rabia, esa frustración y ese dolor son los que nos hacen entender “Banished From Time”, ese destierro del propio tiempo por el que parece clamar en cada canción y que hace que los veinte minutos de duración de ambos temas se pasen en un santiamén y uno se quede embobado admirando la magnífica portada o el constante vaivén de los surcos del vinilo siendo recorridos por una aguja que parece estar desgarrando al propio intérprete.

No soy amigo de las producciones low-fi, me explico; son pocos los casos en los que creo que forman parte del envoltorio y suelo pensar siempre que tal o cual canción ganaría enteros si la voz estuviese más alta o doblada, si la presencia de las guitarras, el bajo o la voz, si los arreglos e incluso el sonido de la reverberación de la sala o esa tos y baquetazo o esa entrada a destiempo hubiesen sido corregidos o, por el contrario, magnificados. Pero en “Banished From Time” todo suena como debe sonar porque soy incapaz de entender “Possessed by Night Spirits” o “Channeling Forgotten Energies”en una mezcla cristalina. Temas que necesitan espacio para respirar y el ambiente malsano de este álbum para dar de sí todo lo que pueden.

Porque “Boiling Corpses” suena como una marcha imperial y su batería es primitiva y así es como debe ser mientras la canción parece acelerarse por segundos hasta terminar convertida en una espiral de emociones cuya latencia de su guitarra nos dejará aún en tensión y, si pinchamos de nuevo el vinilo, entenderemos que la inicial “Timeless Spectre” y su grito de guerra no son más que la continuación perfecta de un álbum que puede atraparnos en un bucle si nos descuidamos.

Editado y publicado por Iron Bonehead Productions, merece la pena hacerse con una copia de “Banished From Time” o cualquiera de los anteriores y saber que con ello estamos apoyando a un artista para que este nos siga regalando obras de semejante calibre. Puede que no haya inventado nada nuevo pero esto, amigos míos, es arte y poco importa de dónde procede sino a dónde nos lleva.



© 2017 Jim Tonic


Crítica: Dimmu Borgir “Forces of the Northern Night”

Por motivos que aún no alcanzo a comprender, hubo una época en la que escuchaba mucho a Dimmu Borgir y los noruegos terminaron significando algo para mí. No digo que no se lo merezcan (por supuesto que sí) pero me sorprende que invirtiese tanto tiempo escuchando discos del calibre de “Enthrone Darkness Triumphant” (1997) o “Puritanical Euphoric Misanthropia” (2001), sin duda grandísimos títulos, cuando todavía me esperaban otras excitantes grabaciones que atraparían mi imaginación por completo. Pero si hubo algo que llamó poderosamente mi atención durante aquellos años fueron las filias y fobias que los noruegos aún a día de hoy siguen desatando. No han sido pocos los fans e incluso músicos que se han referido a Shagrath, Silenoz y Galder con poco respeto, una escena en la que no se permite ser grande porque es sinónimo de haberse vendido y unos seguidores con unas miras tan cortas que sorprende su devoción por el metal extremo. A una banda como Dimmu Borgir nunca se le perdonará haber vendido tantas copias y haber crecido de manera desmesurada y, por supuesto, este “Forces of the Northern Night" nunca será bien visto por los más devotos del sonido low-fi, por esos que creen que parte de la magia inherente de las canciones es un sonido pobre, opaco y de mala calidad. Digo todo esto fundamentalmente por dos razones; el nuevo directo de Dimmu Borgir (que en realidad son dos ya que recoge la actuación en audio y DVD del Oslo Spektrum del 2011 junto a la Norwegian Radio Orchestra y el coro Kringkastingsorkestret y además su directo en Wacken 2012 con más de cien músicos sobre las tablas) peca en todo menos en contención, no sólo es un grandísimo ejemplo de la máxima expresión de lo que debería ser una banda de metal sinfónico sino que el sónido y la puesta en escena son excepcionales, además de haber sabido ser capturados para la ocasión y haber sido dispuestos en cualquiera de las lujosas ediciones de “Forces of the Northern Night". Y la segunda razón es que tras ver las entrevistas y el abundante contenido extra, causa cierto estupor escuchar a los propios músicos justificarse ante los ataques de una escena que les ha arrebatado el legítimo derecho de hacer la música que les venga en gana hasta el extremo de parecer que deben pedir perdón por haber llegado a donde han llegado. No hay nada peor que esos seguidores y músicos que se creen en posesión de la verdad absoluta y mezclan sus propias carencias e insatisfacciones con el culto a una escena que viviría mejor sin ellos.



La introducción que es “Xibir” resuena magnífica, faraónica, abriendo para “Born Treacherous” o ese torbellino que sigue siendo “Gateways” con una poseída Agnete Kjølsrud que clava literalmente sus partes en tono y tiempo, sencillamente genial. “Dimmu Borgir”, dividida en dos partes (una vocal a modo de antesala y otra con todos los músicos) suena verdaderamente mágica, como “Chess with the Abyss” o la cinemática “Ritualist”. “A Jewel Traced Through Coal” sube aún más de intensidad antes de la orquestal “Eradication Instincts Defined”. “Vredesbyrd” es una exhibición de Daray tras los parches como la icónica “Progenies of the Great Apocalypse” gana en su desarrollo épico o “Puritania” posee la misma mala ralea con o sin sus arreglos (resulta curioso escuchar el resultado de una canción con un toque más industrial en manos de una orquesta y un coro y ser testigo de cómo lo resuelven) y para cerrar “Mourning Palace” (auténticamente deliciosos los arreglos) y un fin de fiesta a la altura con una despedida en forma de “Perfection or Vanity”.

Pero, como antes señalaba, si el sonido es sobresaliente, la producción y la puesta en escena están a la altura, todo ello grabado con decenas de cámaras y una calidad apabullante. Todo un festín para los sentidos que hace que me pregunte por qué no se le presta más atención a un genio como Shagrath, capaz de componer y extraer todas estas melodías de su imaginación, de haber sabido mezclar el metal extremo y una sinfonía allá donde otros músicos de igual talento quizá no supieron llevarlo. Un lanzamiento sobresaliente que no hace sino acrecentar las ganas por el nuevo álbum de Dimmu Borgir, mientras en mi cabeza aún resuenan esos versos de “Gateways”; “Be the healer or the faker. The keys are in your hands. Realize you are your own sole creator of your own masterplan…!”


© 2017 Lord Of Metal