BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

FOO FIGHTERS regresan con "Concrete And Gold"

Qué razón tenía Neil Young en "Hey Hey, My My (Into The Black)", es mejor arder que desvanecerse poco a poco...

Jacksonville en Madrid...

El triunfo de RYAN ADAMS en su paso por nuestro país, con "Prisoner" bajo el brazo. Esos grandes para los que a veces parece que sí hay un reemplazo...

"Hydrograd" de STONE SOUR no es lo que parecía

Le guste o no a Corey Taylor, STONE SOUR siempre será el proyecto paralelo del cantante de SLIPKNOT...

ROGER WATERS ha vuelto, nunca se fue...

Su mejor álbum desde "Amused To Death", atrevido pero también nostálgico...

"Emperor Of Sand" de MASTODON

El cáncer, el paso del tiempo y la redención en la nueva obra maestra de los de Atlanta.

PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

John Haughm vuelve a la carga con uno de los mejores discos del año, "Obsidian Arc"

KREATOR, el olor del buen thrash alemán por la mañana...

Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

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"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

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CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

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BLUR contraataca con un regreso por todo lo alto

Doce años después, los ingleses publican "The Magic Whip" y consiguen el aplauso unánime de crítica y público con un disco diferente.

DYLAN por SINATRA, en estado de gracia.

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Han logrado que WEEZER publique uno de sus mejores discos en años, "Everything Will Be Alright In The End".

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Otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo; le meilleur festival du monde!

Cuarenta minutos de abstracción

Un disco fascinante, extraño, menor pero extrañamente bonito, diferente y excitante...

Crítica: Memoriam “The Silent Vigil”

El debut de Memoriam fue uno de los discos de metal que más disfruté del año pasado, quizá porque sus protagonistas procedían de Bolt Thrower y Benediction (también Napalm Death) y sabían perfectamente lo que se traían entre manos. “For The Fallen” era oscuro y opresivo, capturaba perfectamente la esencia del death metal y tenía canciones que funcionaban como ganchos directamente a la mandíbula para todo aquel que disfrutase en su momento de Willetts y los míticos Bolt Thrower. Un año después de aquel, Memoriam regresan con este “The Silent Vigil”, como si sintiesen la urgencia de plasmar en el estudio el estupendo momento que están atravesando, justo cuando parecen estar consiguiendo la imposible tarea de que el público deje de echar de menos a Bolt Thrower, pinchen sus vinilos en señal de duelo, y acepten que la nueva aventura de Willetts es Memoriam, una banda que sigue ahondando en la guerra pero desde una perspectiva muy diferente; más enfocada a la dicotomía filosófica de esta, a su futilidad, su origen en el ser humano y las heridas que deja en su alma pero no menos que la soledad, la frustración o una amplia variedad de temas universales con los que es relativamente fácil conectar.

En cuanto a la producción, no hay grandes novedades en “The Silent Vigil”, el álbum sigue los pasos de “For The Fallen”, su sonido es potente y crujiente, puro death, pero también es verdad que hay veces que puede llegar a ser desconcertante como cuando, dependiendo del momento, el bajo de Healy suena muy por encima de las guitarras de Fairfax o la voz de Willetts parece zambullirse en ese mar eléctrico, perdiendo algo de presencia. Aunque me parezca algo inexplicable, pasa en algunos momentos lo que me lleva a pensar que es un resultado claramente buscado.

“Soulless Parasite” no es la mejor apertura que podríamos esperar de un álbum con semejantes protagonistas, pero sirve para entrar en calor con ese musculoso riff que evoca a Bolt Thrower. Una solidísima base rítmica que se resuelve en “Nothing Remains” y la maldad que toda la canción parece supurar, aunque en ella seamos testigos de aquello que comentaba en la voz de Willetts, hay fraseos que parecen simplemente estar a otro volumen, como lo que ocurre en “From The Flames” en la cual las guitarras parecen tener un sonido más oscuro, más sordo en la producción, igual que en “The Silent Vigil”, aquella que da nombre al álbum, que suena aún más desnuda y Healy y Whale se comen crudo a Fairfax, cuya guitarra se siente completamente desnuda en el riff de su introducción.

“Bleed The Same” y la atropelladísima “As Bridges Burn” son de lo mejor del álbum, la primera por su cambio de tercio, su tempo y la parsimonia de su progresión, mientras que la segunda es buen ejemplo del death bruto y sin complicaciones que Memoriam son capaces de facturar en un álbum que parece volverse más excitante en su segunda mitad con la crítica social en “The New Dark Ages” o la mejor de esta recta final que es “No Known Grave” y ese riff que sabe a clásico desde el primer segundo. Una lástima que decidan cerrar con “Weaponised Fear” en la que la voz de Willetts parece enterrada en un mar de reverb durante los primeros compases y la mezcla del resto de los instrumentos parezca haber perdido lustre.

Desde un punto de vista formal, “The Silent Vigil” (por cierto, magnífica portada de Seagrave), cumple con el consabido tópico del segundo álbum para el cual las bandas no suelen tener todo el tiempo del mundo, como se supone que ha ocurrido con el primero, y graban la continuación mientras siguen de gira o cumpliendo los compromisos del primero, pero los miembros de Memoriam no son ningunos advenedizos -todo lo contrario- y este no es el segundo álbum de ninguno de ellos, por lo menos en sus respectivas carreras. “The Silent Vigil”, aunque inferior a su predecesor, cumple y tiende un puente con aquel, “For The Fallen”, en una banda en la que estamos seguros de que lo mejor está por llegar y en su directo. Seguimos confiando en el buen hacer de Willetts, como para no hacerlo…


© 2018 Lord Of Metal



Crítica: Stone Temple Pilots "Stone Temple Pilots"

Lo que muchos le echaremos en cara siempre a Stone Temple Pilots es ese seguir hacia delante aún con la pérdida de Scott Weiland pero lo que el tiempo nunca nos dijo es que, según fuésemos cumpliendo años, entenderíamos ambas posturas; tanto aquella de no seguir, como esa otra y muy diferente de hacerlo pese a todo. Ejemplos de ambos casos los hay a patadas y luego, aparte, está el de Alice In Chains y la enorme dignidad en su reencarnación con William Duvall en la cual no hay un cantante emulando a Layne Staley o, por el contrario, alguien que arruine su legado sino que Cantrell ha logrado el dificilísimo equilibrio entre el homenaje, el respeto y continuar con el mismo nombre, lidiando cada noche con “Rooster” o “Man In The Box”, sin caer en el esperpento.

Pero quizá, lo peor de este innecesario “Stone Temple Pilots” (segundo álbum sin nombre, tras aquel del 2010) es la clara demostración de que los hermanos de DeLeo y Eric Kretz no tiene el suficiente gancho, el suficiente talento y el peso de la banda correspondía al difunto Weiland. Una cara (por su genialidad) y una cruz (por sus adicciones) que se evidenció en proyectos anodinos como “Art of Anarchy” (2015) y discos fácilmente olvidables como ese “Blaster” (2015) pero también una banda que le permitió de nuevo subirse a los grandes escenarios de medio mundo, como es el caso de Velvet Revolver y su resultón “Contraband” (2004) que devino en el flojito “Libertad” (2003) y más problemas de Weiland que llevó a la banda a la separación o, algo mucho peor, la grabación de un tercer álbum con Corey Taylor a las voces que, parece ser, guarda polvo en los sótanos de Slash o Duff.

Y es que Stone Temple Pilots fueron un producto de su época y, como tal, murieron en aquella, “Core” (1992) y el genial “Purple” (1994) les encumbraron ante un público sediento de la marca comercial denominada “grunge” y les granjeó el desprecio de compañeros y aquellos seguidores más fundamentalistas que les veían como un producto, como unos advenedizos que se habían subido al carro del sonido Seattle, siendo de San Diego. “Tiny Music... Songs from the Vatican Gift Shop” (1996) mantenía el tipo tras la muerte de Cobain y en el mágico y cautivador “Nº4” (1999), mi favorito, parecían despedirse de todos con un sonido oscuro, grueso y glam repleto de rímel y cuero, para hacerlo definitivamente con un tibio “Shangri-La Dee Da” (2001) que debería haber sido realmente el último. Por el camino, la innecesaria colaboración con el también tristemente desaparecido Chester Bennington y la carrera por conseguir un cantante y olvidarse de su dependencia de Weiland. El destino quiso que el 3 de diciembre del 2015, el corazón de este dejase de latir y con él y el forzoso y temporal luto de los hermanos DeLeo, la aprobación, el visto bueno para seguir con su proyecto porque ya quedó patente que continuar con Stone Temple Pilots en el mismo mundo que Scott Weiland era jodidamente difícil, lo demostraron sus cinco años de silencio tras aquel poco aceptado EP llamado “High Rise” (2013).

Quizá sea porque su nuevo cantante, Jeff Gutt, procede de un concurso televisivo que para los amantes de la música es poco menos que sinónimo de “televisión basura”, como es The X Factor o porque, a pesar de cantar bien, le falta el poso de Weiland, que este álbum de regreso, sin sonar mal, no termina de convencer. No hay lugar para el existencialismo de Weiland, no hay adicciones o perdedores en sus canciones, no hay mujeres inalcanzables ni amargos relatos, el séptimo estudio de Stone Temple Pilots se abre con un rocanrol fácil a modo de presentación, “Middle Of Nowhere” y una guitarra slide fronteriza, la de “Guilty”. El espíritu de Weiland sobrevuela, nuestra cabeza piensa en lo bien que a alguna de estas canciones le habría sentado su voz para, acto seguido, darnos cuenta de que son igual de mediocres que las que integraban su también álbum homónimo de 2010 y que Gutt, el pobre de Gutt, lo hace lo mejor que sabe; así lo demuestra en “Meadow” en la que escuchamos lo parecido de su timbre con el de Scott. Bostezaremos con “Just A Little Lie” o “Six Eight” y su forzadísimo riff o la ingenuidad en unos tipos con el bagaje vivido en "Thought She'd Be Mine", que sonaría bastante más creíble en la voz de Weiland que en la Gutt. Inevitable acordarse de él constantemente...

El single “Roll Me Under” es puro Temple Pilots; es cierto, pero sin ese ingrediente de peligro, como la voz de Gutt en “Never Enough” que parece estar sonando a través de un megáfono, por mucho que él se resista a utilizarlo en escena por aquello de las comparaciones. "The Art of Letting Go", como aquella "Thought She'd Be Mine", nos desvela a unos Stone Temple Pilots sin identidad (menos mal que la guitarra de Dean DeLeo sigue siendo la seña de identidad de su sonido), aburridísimo es el complaciente final con “Final Hour”, “Good Shoes” o la acústica “Reds & Blues” en la que, de nuevo, las comparaciones son odiosas.

Recuerdo como si fuese ayer, pero han pasado catorce años, la noche en la que Velvet Revolver actuaban en Madrid, era la sala La Riviera, todo agotado por ver a Weiland con Slash, Duff y Sorum. Yo era un chaval que adoraba a los Pilots y, por aquello del fanatismo, estuve esperando a Weiland a la entrada del local. Slash y Duff estaban ya dentro y faltaba un minuto para que empezase el concierto, una furgoneta blanca con los cristales tintados llegó a toda velocidad, derrapó y de su interior saltó Scott Weiland vistiéndose que, aún teniendo prisa sacó un par de minutos y mostró una sonrisa cuando me vio en la puerta con mi camiseta de STP. No tuvo más remedio que acercarse mientras toda la sala pitaba porque la banda saliese. Me firmó “Nº4”, me dio un apretón de manos mientras me miraba a los ojos y me daba las gracias por comprar su música. Dos minutos más tarde sonaba “Sucker Train Blues” y yo estaba en una puta nube, es por eso que escuchar canciones como “Guilty” o “Meadow”, en mi caso, es poco menos que cometer una traición, es una estupidez sin sentido cuando a esta banda lo que le falta es su alma.


© 2018 Jim Tonic


Crítica: Myles Kennedy “Year Of The Tiger”

Nadie puede decir lo contrario, Myles Kennedy nos cae bien a todos, a uno nos despierta la simpatía del colega, aquel que es imposible que te decepcione y a otros muchos, también muchas, sus más lúbricos instintos. Podríamos decir que Myles, el bueno de Myles, es un buen tipo. Pero esto, que a cierta edad parece una bendición, con el paso del tiempo pasa factura y es que al ser humano le gusta los blancos y los negros, y pudiendo elegir; siempre elegimos a los malos. Es más interesante ver una película o leer un libro sobre la vida de alguien con claroscuros o sumido en las tinieblas que la de esos otros seres humanos tan buenos, pero tan anodinos. Parece cierto que los amores reñidos son los más queridos, que aquellos que no ofrecen resistencia alguna devienen en matrimonios aburridos, que cuando uno es niño se identifica con Luke, de adolescente con Han Solo y cuando se madura, con Darth Vader, que es el único personaje verdaderamente interesante de la saga y, por ende, de toda la galaxia.

Musicalmente, sin embargo, me cuesta ver las bondades de Myles. Nunca me ha parecido un guitarrista especialmente brillante y su voz, aunque bonita, me recuerda demasiado a Richie Kotzen o al difunto Chris Cornell pero sin el alarido sónico que este poseía en los noventa. Sin embargo, en Alter Bridge, las cosas parecen funcionar algo mejor, es verdad que Tremonti, en solitario, tampoco termina de despegar (que nadie me diga lo contrario, sus discos son cada vez más planos, más monótonos) pero su unión con Myles nos ha dado canciones resultonas -algunas más que otras- y discos bastante más interesantes que los que firmaron bajo el nombre de Creed. Alter Bridge, después de haberles visto en varias ocasiones en directo, parece que son esa banda que puede llegar a despuntar pero que, por una u otra razón, nunca abandonan el nicho de las eternas promesas.

Entre acústicas, con un ligero sabor a country descafeinado, suena el single “Year Of The Tiger” que realmente no aporta nada en su cancionero, ni descubre ningún color nuevo. Será en la segunda en donde de verdad sintamos que Myles arriesga un poco más, quizá ”The Great Beyond” sea la más arriesgada pero también la que rompe la dinámica por completo, pero la gracia dura poco y en “Bind Faith” llega la versión más descafeinada de sí mismo. Ojo, no estoy criticando su interpretación sino unas canciones que deberían mostrar más arrojo, más sangre, más pasión o más sudor. “Devil On The Wall” es un western de cartón piedra. “Ghost Of Shangri La” es tan bonita como su slide pero “Turning Stones” es tan predecible y aburrida que uno agradece el toque bluesy de “Haunted By Design” o la descarnada sinceridad en el desnudo de “Mother” en la que, paradójicamente, parece la única canción en la que se lo pasan bien a nivel instrumental, aunque Myles decida sacar algún que otro fantasma del armario.

“Nothing But A Name” es horrorosamente aburrida como “Love Can Only Heal” bebe de las fuentes de Zeppelin y “Battle Of Evermore”, pero sin la pulsión de aquella, o “Songbird” de Crosby Stills & Nash, toque oriental y curry de mercadillo incluido. Cuando llega el momento de escuchar “One Fine Day”, la guitarra evoca el timbre intimismo de Elliott Smith, pero el álbum hace mucho que nos hizo entrar en un estado comatoso en el que sólo los más apasionados tendrán fuerzas y ganas de defenderlo. 

Un disco de fogueo, con algunas canciones bonitas -en el que, sin embargo, ninguna termina por destacar realmente- pero ligeramente amorfo, parece que Myles ha querido teñir su álbum de acústicas, mandolinas, resonadores, violines y alguna que otra eléctrica y llevar una dirección clara pero en la práctica, cuando uno se sienta a escucharlo, escucha un disco completamente desdibujado, como si su protagonista no hubiese sido capaz de encontrar una dirección. El ejercicio de honestidad está fuera de duda, se aprecia en sus letras y su interpretación, pero Myles, el eterno buen chico, tiene tan poco peligro como su música, como cuando le escuchas cantar “Civil War” y entiendes que no, que eso no es más que una versión…


© 2018 Conde Draco

Crítica: Primordial "Exile Amongst The Ruins"

Cada vez que una banda de metal se olvida de la figura arquetípica de satanás, reduce el maquillaje, abandona la sangre de mentirijilla como recurso escénico, las muñequeras exageradas y las cruces de Poliespan, la crítica y los seguidores unen sus voces y recurren al eufemismo de la maduración. Suele ocurrir que el mundo del metal, que es tremendamente hipócrita, se echa encima suya; si una banda o artista decide cambiar, son insultados; si, por el contrario, se mantienen fieles a sus raíces, significa que no quieren evolucionar y son tildados de inmovilistas o mirados con desdén por las nuevas generaciones; si hablan de monstruos, sangre y muerte es que son brutales, si se inclinan por hablar de temas sociales (como le ocurrió al bueno de Chuck Schuldiner, cuando alegaba que lo verdaderamente terrorífico era lo que ocurría en nuestro día a día y no el habitual festín de vísceras del death más clásico) significa que han crecido. ¿Acaso el aficionado al metal no defendemos nuestros gustos contra capa y espada cuando se nos sugiere que escuchamos esta música porque no somos los suficientemente maduros? ¿Cómo es posible que habitualmente entremos en el juego y seamos tan predecibles, tan fáciles?

Primordial, Alan Averill "Nemtheanga", son una de esas bandas sólidas que representan toda una garantía, con una discografía verdaderamente inmaculada que comenzó allá por 1995 con “Imrama”, “A Journey’s End” (1998), el glorioso “Spirit The Earth Aflame” (2000), “Storm before Calm” (2002) y las indiscutibles obras maestras que son “The Gathering Wilderness” (2005) y “To The Nameless Dead” (2007), con notables continuaciones como “Redemption At The Puritan’s Hand” (2011) y “Where Greater Men Have Fallen” (2014), fue en esta última gira en la que me percaté del fervor que se siente por Nemtheanga fuera de nuestro país, mientras que en una gira tan mágica y absolutamente épica como fue la de “Where Greater Men Have Fallen” la banda fue incapaz de llenar un tercio de la sala en la que actuaron. Que luego nadie se queje si Primordial, y cientos de bandas como ellos, son incapaces de vivir de la música y somos los amantes de la música los que somos privados de su arte. Escribir una crítica sobre el último álbum de una banda irlandesa de metal puede resultar muy cool para cualquier blog o para presumir en Instagram con su último vinilo en ristre, pero cuando hay que rascarse el bolsillo y vivir la experiencia de su directo, es muy distinto.

“Nail Their Tongues” es un comienzo espectacular, reminiscencia celta en la introducción de las notas de su guitarra, un riff repleto de fuerza y la voz melódica pero dramática de Averill y una emoción contenida en sus últimos dos minutos cuando la batería parece acelerarse y el trémolo de Steve Hughes enlaza con “To Hell Or the Hangman”, una de las mayores sorpresas por varios motivos; el primero, es el fuerte sentimiento post-punk y el segundo es la inexplicable referencia a The Edge de U2, por muy extraño que parezca, el último minuto le debe mucho al guitarrista de la banda irlandesa por antonomasia. Según escribo estas líneas me extraña a mí mismo, pero así suena y así lo siento, el eco latente de la guitarra de Hughes resuena con fuerza en una la historia de Walter Lynch, que fue colgado por su propio padre en 1943, tras matar a un noble español por el que sintió celos tras confirmar el romance con su amada, Agnes. Aún más descarnada y melodramática es “Where Lie the Gods” en la que el mayor recurso es la carga de profundidad que es la voz de Nemtheanga, exactamente igual que ocurre en “Exile Amongst the Ruins”, aunque aquí se jueguen con dobles voces y un mayor trabajo en su desarrollo, haciéndonos entender que en el nuevo álbum de Primordial lo que importan son las historias que en él se narran, el fondo y no la forma.

“Upon Our Spiritual Deathbed” es una marcha en la que Nemtheanga recurre de nuevo a la caída de los imperios, la decadencia de lo establecido mientras que en el single “Stolen Years” (magnífico video) nos hablan de los años perdidos en causas ajenas, emocionante es la introducción; la percusión y su guitarra, que haya su segunda parte en el pulso de contra el mar y aquellos que han perdido su vida en sus tripas. Cierra “Last Call”, más cerca de Cave que de Quorthon, un larguísimo desarrollo de diez minutos tempestuosos que concluyen con la malsana calma con la que también todo parecía conjurarse en la canción y “Exile Amongst the Ruins”, en general.

Cuando pienso en Primordial, pocas bandas me vienen a la cabeza que mezclen con tanta dignidad la herencia de su país con lo contemporáneo de su planteamiento y lo lleven con dignidad a un subgénero como es del metal pero los de Averill saben lo que se hacen y la prueba de ello es una carrera sin mácula. Es cierto que es un álbum que requiere de tiempo pero que derrocha pasión y sangre a cada compás, lo de que es la perfecta banda sonora para los tiempos oscuros que nos ha tocado vivir, se lo dejo a aquellos para los que este disco y esta banda nunca significará absolutamente nada sino una crítica más en su portal. Aún más emocionante y dramático, oscuro e intenso que “Where Greater Men Have Fallen” y eso es decir mucho.

© 2018 Lord Of Metal

Crítica: Light The Torch "Revival"

Hay músicos que parecen ser perseguidos por una sempiterna nube tormentosa sobre sus cabezas y Howard Jones es uno de ellos. La carrera del que fuese vocalista de Killswitch Engage tras su salida de la banda ha sido del todo menos estable y es una pena porque, aparte de contar con la simpatía de todos sus seguidores, posee una potente y bonita garganta, capaz de sonar agresiva pero también transmitir emociones. Light The Torch, antes conocidos como Devil You Know, se vieron obligados a cambiar su nombre por motivos legales y Jones, Artusato, Wombacher y Sciulara (tras la marcha de Roy Lev-Ari en 2015 y John Sankey al año siguiente) se han empeñado en asegurar que esto no es un disco más sino una nueva aventura, un nuevo punto de partida y repetir hasta la saciedad lo mucho que han disfrutado mientras grababan las nuevas canciones. “Revival”, el álbum de debut de Light The Torch suena bien y entretendrá a algunos pero no es un punto de partida de nada, es previsible y continuista, en “Revival” hay todo lo que nos gusta de Killswitch Engage o Devil You Know pero de marca blanca; los riffs suenan potentes, la melodía y contundencia son las apropiadas y la voz nos muestra a un Jones en plenitud de facultades pero el disco es plano tanto en forma, como en intenciones, quizá sea el metalcore más genérico y carente de emoción, prefabricado, que hayamos escuchado en mucho tiempo; lo que ya es decir mucho en sí mismo.

Es más, es hacer sonar “Die Alone” y sentir que nada ha cambiado, que estamos ante el nuevo álbum de Devil You Know, quizá más relamido, más pulido y más complaciente. Veréis, soy el primero que se alegra de que Jones esté de vuelta con nosotros y me gusta ver como Killswitch Engage y Jesse Leach apoyan su nuevo proyecto pero no termino de entender la dirección de Light The Torch; si querían que todo cambiase, sin cambiar nada, haciendo lo mismo o si, por el contrario, esta es su idea de evolución. En ambos casos, “Revival”, es un pequeño fracaso que sería comprensible en una banda con menos recorrido, en un profesional como Jones y es que, por mucho que me pese, tanto el sonido -plenamente estándar-, como los videoclips o el resultado general es ligeramente decepcionante y huele a álbum elaborado sin mucho mimo, en el que la magia no se ha dado. Tengo el amargo presentimiento de que si tras el cambio de nombre y un par de músicos, todo sigue prácticamente igual, es absurdo esperar a un segundo álbum.

“The God I Deserve” nos muestra las guitarras en afinaciones más bajas y un buen riff con dobles voces en los coros, “Calm Before The Storm” intenta mantener el nivel de energía y contundencia sobre el que Howard dibuja la melodía, mientras que en “Raise The Dead” se acercan al djent antes de bajar de volumen y tempo y acabar convirtiendo la canción en un medio tiempo sin riesgo alguno. Quizá sea por eso que “The Safety Of Disbelief” parece desplegar sus alas y nos sorpende; no hay ningún color nuevo en su paleta pero, por lo menos, posee la melodía y la carga emocional en la que Jones se sabe manejar con tanta soltura. Igual que “Virus” o “The Bitter End”, quizá la triada por la que cualquier fan de Devil You Know o Killswitch Engage pincharía de nuevo este álbum, aunque palidezcan frente a cualquier de las canciones de, por ejemplo, “Incarnate”.

“Lost In The Fire” o “The Sound Of Violence” (a pesar del desgarro de Jones) pierden fuerza y nos hacen perder también nuestro interés en un álbum en el que ni siquiera el músculo de “Pull My Heart Out” sirven de avales. Así, no es de extrañar que el minimalismo con el que arranca “Judas Convention” sea de lo más prometedor, a pesar de que la lentitud de Sciulara y el pesadísimo tempo de la canción opaquen el trabajo tras las voces, una lástima...

No es de extrañar que “Revival” reciba críticas tan tibias y la nueva aventura de Jones termine diluida en el caso de que ellos mismos no se den cuenta del absurdo callejón sin salida en el que se han metido con un álbum repleto de material de relleno en el que quizá debamos entender que “la cabra tira al monte” y demasiado le estamos pidiendo a unos músicos con unas señas de identidad tan marcadas. Puede sonar injusto, lo sé, pero cuando veo a Killswitch Engage en directo, veo a una banda que se lo pasa bien sobre el escenario y a un Leach que, lejos de las comparaciones, vive con intensidad y verdadero desgaste físico y emocional cada actuación de su banda; sin embargo, cuando escucho Light The Torch, leo sus entrevistas o veo sus videoclips, no siento absolutamente nada. De verdad que lo siento por Howard Jones pero si quería un cambio, Light The Torch tendrían que haber abandonado su zona de confort, esa en la que parece sumido desde hace muchos, muchos años.


© 2018 Conde Draco

Crítica: Ministry “AmeriKKKant”

Los noventa…. Bendita década. Pero no nos llevemos a engaños, estábamos todos tan perdidos como ahora, incluidos algunos de nuestros músicos favoritos. Pero Al, el bueno de Al Jourgensen, estaba aún más perdido que el resto, quizá tanto que dio la vuelta y se convirtió en un auténtico visionario, paradójicamente, más centrado que ninguno. “Psalm 69: The Way to Succeed and the Way to Suck Eggs” (1992) se convirtió en la biblia de un género, como fue el industrial, que impactó en una generación, la X y la ahora denominada xennial (entre la X y los denostados millennials) que supieron entender el fin de la franela a golpe de beat y ordenadores, el camino de Jourgensen no había sido fácil, de la influencia más ochentera a discos gloriosos como “The Land of Rape and Honey” (1988) y “The Mind Is a Terrible Thing to Taste” (1989) al metal industrial. Tras aquel hito, “Filth Pig” (1996) actualizaba el sonido de la banda con la pesadez de sus guitarras, sin embargo, perdía comba, algo que se sintió en “Dark Side of the Spoon” (1999). Pero la Administración Bush le vino bien a un Jourgensen que, sediento de incorrección y acidez, firmó una trilogía que comenzó en “Houses of the Molé” (2004), “Rio Grande Blood” (2006) y un “The Last Sucker” (2007) que le colocó de nuevo en lo más alto, el industrial se mezclaba con el metal. Jourgensen había encontrado la inspiración en la incompetencia de Bush y con ello anunció el final de Ministry con una gira de despedida que supo a gloria. Pero, “allá donde dijo digo, digo Diego”, y Jourgensen reactivó a la banda, sufrió problemas de salud y perdió al artífice de los riffs más robustos de sus canciones en los últimos años con la muerte de Mike Scaccia.

Si la incompetencia y estupidez de Bush le sentó bien a Jourgensen, la tibieza y corrección política de Obama, sin embargo, le hizo parir discos mediocres como “Relapse” (2012) o “From Beer to Eternity” (2013), algo injustificable si tenemos en cuenta que un presidente como Reagan le hizo dar el salto de banda electrónica a industrial, y reconozco que con la elección de Trump y los jugosos titulares que nos ha regalado en los últimos años, llegué a creer que Jourgensen escribiría el disco más corrosivo y agresivo de su carrera con “AmeriKKKant” (2018) pero me equivoqué con un álbum flojo, poco acertado, falto de inspiración u orientación, como seguidor de Ministry desde aquel “Psalm 69…” no puedo menos que sentirme decepcionado con conocimiento de causa. Lo sorprendente de “AmeriKKKant” es que, a diferencia de “Rio Grande Blood” (por poner un ejemplo) en el que parecía haber consenso en la figura de Bush, Jourgensen se ha encontrado no sólo con el mayor bajón de ventas de su carrera y las críticas más encarnizadas, sino también con que mucho de su público parece haberle dado la espalda, es como si el acuerdo mutuo (entre público y artista) sobre crítica social y política se hubiese desviado hacia el álbum de la banda y todo el mundo parezca coincidir en que lo que importa no es el contenido (político) sino el continente artístico; “AmeriKKKant” es un disco horrendo y prescindible, el peor de Ministry, y quizá su poca aceptación se deba fundamentalmente a dos motivos; Trump es un blanco fácil (valga el juego de palabras) y mucho del público norteamericano que no tragaba a Bush y vio con buenos ojos el escarnio público, sin embargo, sí ha votado a Trump con lo que cuando Jourgensen dispara al actual presidente de su país también lo está haciendo contra mucho de su propio público, ese acomodado y de clase media que tan sólo se muestra transgresor cuando asiste a un concierto.

“I Know Words” es una introducción desconcertante, por la trumpniana voz, el tono oriental y los scratches, además desemboca sin mucho convenciminento en “Twilight Zone” en la que hay demasiada presencia del plato y sí, más scratches, aunque lo mejor sea la armónica y la tensión creada por el bajo y la batería, siete minutos son demasiados para no ir a ningún sitio. Lo mismo ocurre con “Victims Of A Clown”, otro medio tiempo, más samplers, más plato y menos dirección aún. “TV 5/4-Chan” es un minuto de introducción en un álbum en el que nos hemos situado en su hemisferio sin sobresalto alguno y mucho bostezo (cuatro canciones; dos de las cuales son introducciones), “We’re Tired Of It” nos despierta pero la potencia de los riffs se ha visto desdibujada por la presencia del plato hasta parecer una mala versión de Slipknot.

Burton C. Bell de Fear Factory es incapaz de resolver el estropicio que es “Wargasm” en un disco en el que el horrendo single que es “Antifa” parece la mejor del conjunto entre canciones como ”Game Over” o esos ocho minutos y medio de sufrimiento, de lagrimón y sueño, mucho sueño, de “AmeriKKKa” en la que Ministry nos recordarán al Manson de los noventa pero sin la gracia de aquel, sin rímel, sin medias y sin laceraciones.

Decepcionante, infantil en su crítica, nada caustico, poco afilado, no hace daño sino que causa aburrimiento y eso es lo peor que se le podría decir a Jourgensen de su nuevo retoño, como cuando uno justifica el tedio de las canciones y establece una correspondencia con la edad y aburguesamiento del propio artista. Ministry deberían abandonar ya la crítica política-social para perderse en su propio y fascinante mundo, por lo menos, durante un tiempo porque ni el más cafre de los republicanos sobre la faz de la tierra es capaz de hacer que este álbum remonte el vuelto.


© 2017 Lord Of Metal



Crónica: Bob Dylan (Madrid) 26/27/28.03.2018

SETLIST: Things Have Changed/ It Ain't Me, Babe/ Highway 61 Revisited/ Simple Twist of Fate/ Summer Days/ The September of My Years/ Melancholy Mood/ Honest With Me/ High Water (For Charley Patton)/ Tryin' to Get to Heaven/ Once Upon a Time/ Full Moon and Empty Arms/ Pay in Blood/ Tangled Up in Blue/ Soon After Midnight/ Early Roman Kings/ Desolation Row/ Spirit on the Water/ Thunder on the Mountain/ Autumn Leaves/ Love Sick/ Blowin' in the Wind/ Ballad of a Thin Man/

Hay dos tipos de dylanitas en el mundo; aquellos que sueñan con acompañar a Dylan a lo largo de esa eterna gira en la que lleva ya envuelto décadas y esos otros que, simplemente, lo hacen. Hace más de veinte años que escucho sus discos de manera consciente y crónica (porque en mi casa, como en la de muchos, su música ya sonaba desde antes de que yo decidiese pinchar una de sus canciones y hablase con familiaridad de “Blonde On Blonde” o “Modern Times”) y acudo religiosamente a sus conciertos y, pese a verle en más de una ocasión cada vez que nos visita, me resultaba del todo imposible no acudir a sus tres noches madrileñas como consuelo a la imposibilidad de seguirle en todas sus fechas. Antes de continuar con mi humilde crónica he de aclarar varios puntos; el primero es que dylanita no es un adjetivo del todo amable para referirse a esos seguidores de fe ciega para los que seguramente, el que escribe estas líneas, tampoco lo sea y, segundo; quizá lo más importante, acudir a ver a Dylan tres noches seguidas no es un disparate sino una cita ineludible.

Crítica: Monster Magnet “Mindfucker”

Recuerdo cuando se publicó “Dopes To Infinity” (1995) y Monster Magnet eran una banda que mezclaba el rock, el stoner y la psicodelia, después llegó “Powertrip” (1998) y las grandes giras teloneando a bandas enormes, las portadas en las revistas, los excesos, un disco apresurado como “God Says No” (2000) y un regreso como “Monolithic Baby!” (2004) que no cuajó y devino en el mediocre “4-Way Diablo” (2007). Es cierto, es cierto, cualquier disco de Monster Magnet, por poco acertado que sea, siempre será mejor que el álbum de cualquier otra banda, pero también hay que reconocer que Dave Wyndorf, el mítico Space Lord, ha atravesado dos décadas de auténtico descenso a los infiernos, aquellos que pudimos “disfrutarle” a lo largo de esos años hemos podido comprobar como no sólo su voz o su creatividad se han resentido sino su espectacular cambio físico. ¿Acaso es importante? Sí cuando su salud se ha visto afectada en giras y seguramente su estado anímico (recuerdo, por ejemplo, sus actuaciones en la gira de “Mastermind”, Wyndorf parecía poco seguro de sí mismo, nada que ver a aquellas otras noches de “Powertrip”). Pero quizá todo esto sea aventurarse demasiado, “Last Patrol” (2013) conseguía lo imposible, un álbum que miraba de frente a aquellos de los noventa, nos los trajo en directo en un excelente estado de forma y eso se demostró en la agotadora gira de aquel y en ese “Milking The Stars: A Re-Imagining Of Last Patrol” (2014), la estrategia de continuar exprimiendo el gran momento, nada que objetar…

Y no puedo quitarle la razón a esos seguidores e incluso a Nergal de Behemoth cuando afirman entusiasmados que los adelantos de “Mindfucker” no son lo mejor del álbum, ni siquiera especialmente representativos, y que en él hay canciones con suficiente calidad pero, tras muchas escuchas, también es verdad que el nuevo disco de Monster Magnet se desinfla. La receta sigue siendo la misma; hard rock atemporal mezclado con stoner y quizá menos psicodelia espacial que en anteriores entregas, hay más tubo de escape y pisada de acelerador que desarrollo cósmico, más polvo y olor a neumático quemado que nebulosas y agujeros negros; como Wyndorf parece completamente recuperado pero, aun así, Monster Magnet siguen estando a medio gas o esa es la sensación que a uno le queda tras escuchar “Mindfucker”.

“Rocket Freak” suena a rock clásico y cumple como apertura, pero es tan poco resultona como “Soul” en la que parece que nos van a agarrar por el cuello y zambullirnos en uno de esos vórtices espaciales del pasado pero, a pesar del abrasador sonido de guitarra, no nos lleva a ninguna parte y eso, viniendo de Wyndorf, es decepcionante. “Mindfucker” es un medio tiempo, también sin desenlace, mientras que “I’m God” posee quizá la mejor interpretación vocal de Dave y el Wah le sienta maravillosamente bien, como “Drowning” posee una descarga emocional que sí se echa de menos a lo largo de “Mindfucker” y, aunque estos dos números ralentizan el álbum. “Ejection” tiene ritmo y suena fresca pero es tan sencilla que termina por aburrir, algo parecido a lo que ocurre en “Want Some” en la que la canción depende por completo del riff y hasta la garajera “Brainwashed” nos hace perder comba en la recta final.

Sorprendente que “All Day” y “When The Hammer Comes Down” sean quizá lo mejor de todo el álbum, la primera gracias a Wyndorf y su interpretación; la final por su tensión y sentimiento, además de las guitarras de Caivano y Sweeny.

Un álbum que, en sí mismo, es una buena noticia por la continuidad de Monster Magnet y la recuperación de Wyndorf pero al que le habría venido bien un mayor trabajo en los riffs (afirmar que son genéricos, más de lo mismo, es una obviedad pero también una certeza) y quizá algo más de tiempo en el estudio y de composición en un disco que tiene sus momentos, claro que sí, pero que parece tan poco mimado como su portada, a la altura de las horrendas y prefabricadas de “God Says No” (2000) y “Mastermind” (2010).

© 2018 Conde Draco

Crítica: Rivers of Nihil "Where Owls Know My Name"

¿Recuerdas aquella sensación cuando escuchaste por primera vez todo un clásico? No me refiero a aquel del que todo el mundo te hablaba y a ti te costaba entender el porqué sino a ese otro, muy diferente, que una vez comenzó a sonar; creíste estar en otra dimensión en la que no importaba el tiempo, las clases, el trabajo o cualquiera que fuese la pesada carga que te llenaba de preocupaciones sino llegar a casa, ponerte los cascos, salir a correr o, simplemente, mirar al techo de tu habitación mientras el disco daba vueltas. ¿Te acuerdas? Pues eso es lo que te va a ocurrir con “Where Owls Know My Name” de Rivers Of Nihil, da igual si tienes dieciséis años y crees que lo sabes todo o si tienes cincuenta o sesenta y ya eres lo suficientemente mayor como para darte cuenta que no tienes la más remota idea de nada, porque -lo pilles a la primera escucha o a la segunda- cuando llegues a este álbum vas a sentir que va a cambiar las reglas del juego.

Y no quiero olvidarme de aquel magnífico debut que fue “The Conscious Seed of Light” (2013) o su magnífica continuación “Monarchy” (2015), continúan con Carson Slovak, en los que ya apuntaban alto pero es con este “Where Owls Know My Name” con el que han tocado el cielo, por lo menos de momento (y no, tampoco me olvido de sus dos EPs, “Hierarchy” y “Temporality Unbound”). Es verdad que no es la primera banda que toca alguno de los palos de este álbum; que hay artistas más técnicos o brutales, más progresivos, que la mezcla con jazz ya ha producido algunas de las mejores canciones de metal para aquellos menos fundamentalistas, para paladares de lo más gourmet (y que nadie me mencione a los edulcorados y pastelosos de los Shining noruegos sin santiguarse tres veces por Niklas Kvarforth, por favor, porque son la auténtica muerte por empacho; aunque utilicen un saxofón, sus canciones son huecas, infantiles, puro postureo para aficionados de esos que llenan las redes sociales con sus también vacías opiniones pero luego les ves bostezar en los conciertos mientras teclean con incesante necesidad que están ahí, porque eso es lo que importa para muchos), pero lo logrado por Rivers Of Nihil en este álbum es sobresaliente y el porqué es sencillo de explicar: a nivel instrumental están soberbios, a nivel compositivo las musas han ido a su encuentro y ellos han trabajado las estructuras, los desarrollos, cada solo y cada parte al milímetro, el resultado es que las canciones de “Where Owls Know My Name” no se siente forzadas en sus progresiones; las diferentes partes están magníficamente articuladas y se sienten naturales, no hay nada que estropee cuando Jake y Adam juegan con sus voces, cuando pasan del death más intrincado al hard o al progresivo porque en ellos no hay una pretensión de ser etiquetados de una forma u otra sino que sus canciones, tal y como su nombre, son como un río que discurre por diferentes senderos y nosotros no tenemos otra alternativa que dejarnos llevar y disfrutar del paisaje (por cierto, ilustrado por el también mítico Dan Seagrave, todo parece encajar)

Es cierto que “Cancer / Moonspeak” es desconcertante, que ese comienzo tan etéreo podría hacer que nos temiésemos lo peor si nos enfrentásemos al álbum de otro artista pero es una introducción fantástica para el estallido que es “The Silent Life”, doble bombo de Jared Klein y a volar con un riff grueso, Jonathan y Brody hacen un grandísimo trabajo a lo largo del álbum. Y tras la descarga inicial, una guitarra rompe el cielo por los Floyd y entra la tan temida, por muchos, influencia jazzy; sorprendiéndonos y sesgando por la mitad la canción. La elegante cadencia del pasaje y su mezcla con una guitarra auténticamente mágica nos llevarán a la virulencia de una composición que parece convulsionar hasta su último segundo.

“A Home” podría engañarnos en los primeros compases de su riff hasta que la base rítmica formada por Jared y Adam nos envuelve en un torbellino y, de nuevo, una parte central de ensueño (esta vez plenamente acústica y con voces melódicas, solo que esta vez la guitarra será el hilo conductor hasta los últimos compases, a través de un solo cósmico). “Old Nothing” nos remata con Jared ametrallándonos, quizá la más rítmica (la más marcada) pero también la más desgarrada y ese sentimiento de fusión en su puente gracias a las guitarras, ese mestizaje entre el jazz fusión y el prog.

La cima, inteligentemente situada en el ecuador del álbum (magnífica la distribución de las canciones, la lógica de cómo jugar con la tensión y los estados de ánimo, nada es casual en el orden y nada debería serlo para cualquier banda que grabe un disco con un mínimo de corazón y cabeza) es “Subtle Change (Including the Forest of Transition and Dissatisfaction Dance)” en la que se sumergen de lleno en las aguas del progresivo más ambicioso sin ningún tipo de problema y nos hacen llegar al clímax con la alternancia de voces y la instrumentación; del death al hard, a los setenta, al pasaje acústico más delicado y, por supuesto, al jazz.

La instrumental, “Terrestria III: Wither” está años luz de cualquier producción que hayamos escuchado en los últimos años, nadie mejor que ellos para integrar el saxo pero también… ¡una viola! Lo mejor de todo es que no podemos referirnos a este álbum como uno sinfónico u orquestal, a pesar de sus instrumentos; es inequívocamente death metal. “Hollow” oscila entre death y el deathcore y, de nuevo, es Jared quien no nos da descanso, como Adam Biggs demostrará su talento en “Death Is Real”, en ella, Rivers Of Nihil nos comen vivos. Mientras que “Where Owls Know My Name”, la segunda más extensa del álbum y la que le da nombre, es un compendio magnífico de todo lo que lo hace grande, enorme; épicos cambios de ritmo, interludios jaleados por acústicas, estallidos de rabia contenida, desarrollos instrumentales de inusual belleza y un final emocionante como pocos que confirmará el número final; “Capricorn / Agoratopia” que sirve como enlace a “Cancer / Moonspeak”.

No faltará aquellos tan auténticos que aseguren que no es para tanto, esos otros que no lo entiendan; que tarden en llegar a sus canciones y esos que nunca vean con buenos ojos que en el metal se juegue con otros instrumentos y se rompan algunos muros, pero está bien así (como tampoco esos que absurdamente posarán en Instagram con el vinilo de Metal Blade Records, como si luciesen trofeo tras un día de pesca). “Where Owls Know My Name” es ya un auténtico clásico desde el primer instante en que lo hemos escuchado y hemos caído rendidos a sus pies; el death metal sigue más vivo que nunca y se adivina un futuro igual de próspero, por músicos como Rivers Of Nihil.

© 2018 Lord Of Metal