SABATON y la Primera Guerra Mundial.

Los suecos regresan con su nuevo álbum, "The Great War", fieles a la cita y su estilo. Sin novedades en el frente...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

METALLICA en Madrid...

Un concierto con tantas luces como sombras, pésimo sonido y repertorio irregular.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

El adiós de CHROME DIVISION...

"One Last Ride" de CHROME DIVISION (Shagrath, DIMMU BORGIR), digno canto del cisne de una banda que se despide.

Así es "Hexed" de CHILDREN OF BODOM.

Laiho y los niños del lago BODOM regresan con un álbum diferente, pero dinámico y mágico.

"Songs For The Dead Live": KING DIAMOND sigue siendo el rey.

Así es el nuevo directo del danés, gira de la que fuimos testigos....

"amo" de BRING ME THE HORIZON: el estrógeno es bello...

...o cómo Oli Sykes pierde el norte y trollea a su público.

HIGH ON FIRE, Mastodon en estado crudo.

Con "Electric Messiah" estamos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya.

GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Alter Bridge "Walk The Sky"

Si en “The Last Hero” aseguraba que Alter Bridge quizá deberían descansar entre ciclo y ciclo de álbum y gira, no malgastando su talento en discos en solitario u otros proyectos, con “Walk The Sky” se confirma ese agotamiento en un álbum que suena bien y en el que las canciones poseen una elegante pátina en el estudio, pero en el que pocas cosas parecen funcionar a excepción del genio natural de Myles y Tremonti. Recuerdo que hace unos años, una enfadadísima lectora me aseguraba que si Myles, Tremonti y otros miles de artistas no podían arriesgar era por críticas como esta misma. ¿Cómo explicarle a esa lectora que innovar no siempre es sinónimo de progreso? Qué el progreso mal entendido puede llevar a callejones sin salida y que, en esto de la música, progresar no es introducir elementos electrónicos, teclados o efectos que, en la mayoría de los casos, se incorporaron a canciones con mayor acierto hace cuarenta años. Que introducir un slide en un disco acústico, no es honrar la memoria del Delta; que usar un delay no te convierte en The Edge o Johnny Marr, que el uso de los teclados no hará que seas Richard Wright, que por mucho que uses una guitarra de siete u ocho cuerdas y bajes la afinación hasta parecer una señal sísmica no vas a ser Fredrik Thordendal y los pedales de modulación, popularmente hablando, murieron el día que, por desgracia, Morello pisó uno de ellos para no levantar el pie en las siguientes dos décadas. Todos son ejemplos válidos para dilucidar por dónde van los tiros en esta crítica, porque Alter Bridge no sucumben tontamente en exceso a ninguno de los casos anteriores, pero Tremonti nos hablaba de innovación y cambios en un álbum en el que el mayor giro de cintura es la incapacidad de Alter Bridge para haber escrito una canción que llegue a la altura de las de "Fortress" (2013) o, en su defecto, "Blackbird" (2007) y, sin embargo, incorporan nuevos elementos que poco o nada aportan al resultado final, perdiendo lo directo y la frescura de su propuesta, convirtiéndose quizá en el álbum más flojito de los de Orlando tras un título como “The Last Hero” (2016) en el que los defectos ya comenzaban a despuntar pero engalanaron sus canciones con músculo y unos singles que resultaban bombásticos en su envoltorio, por lo que engañaron a muchos.

Para Thomas Ligotti, la mayor conspiración contra la raza humana es la negación de la procreación, para mí es la ausencia de memoria por parte de una generación que nunca digerirá que Alter Bridge son una bada post-grunge (jódete con el término) que tuvo muchísimo éxito hormonando el sonido de moda de los noventa (cuando ya estaba agonizando, todo hay que decirlo) junto a Scott Stapp (memorable aquel episodio de Celebrity Deathmatch en el que Eddie Vedder le arrancaba las cuerdas vocales a Stapp tras el robo de estas) y que, en su degeneración y posterior abuso de estupefacientes, además del fin de ciclo tras "Human Clay" (1999), tan sólo aguantaron el envite del bajón de ventas con "Weathered" (2001) para regresar tres años más tarde con el debut de Alter Bridge, "One Day Remains" (2004), y un nuevo vocalista llamado Myles Kennedy. Un disco que, honestamente, se cisca en toda la discografía anterior -para qué negarlo- al que le siguió el magnífico “Blackbird” (2007) y la primera oportunidad de servidor de verlos sobre un escenario europeo. Y digo todo esto porque tras quince años de carrera, todavía hay algunos que quieren situar a Alter Bridge allá donde no les corresponde, incapaces de aceptar lo que son, intentando hacer creer al resto que son mucho más, cuando no. Todo por la ausencia de la memoria, esa que creen solventar a golpe de Wikipedia...

“Walk The Sky” adolece de todo lo anterior; hay momentos insulsos en los que Alter Bridge se empeñan en brutalizar su propuesta, restándole la magia construida al crescendo de un single como “Take The Crown”, arruinando la sensibilidad en la guitarra y la destilada por la voz de Kennedy, para volver a la melodía inicial en su magnífico estribillo, dejando aisladas esas estrofas y puentes metidos con calzador. Ejemplo de ellos es la apertura con “One Life” y el estruendo de “Wouldn’t You Rather”. La capacidad para conmover sobre capas de robustas guitarras parece haberse perdido y tan sólo brillar en momentos puntuales, “In The Deep”, de la mano de un Myles Kennedy al que el constante girar parece haberle sacado de su zona de confort, para bien; su tono ya no es heredero de Richie Kotzen, hay algo más de nasalidad, más aristas, más filo y de ello se aprovechan las canciones de “Walk The Sky” en una instrumentación que sonando alta y brillante, si eliminásemos de la mezcla la voz de Kennedy, nos quedaría una base genérica y aburrida por momentos.

Los experimentos con gaseosa; “Godspeed” tira de dramatismo en los teclados y el sintetizador pero los derroteros por los que nos llevan son caminos comunes y cuatro minutos son muchos para que mantengamos la atención en una canción en la que no pasa nada, como “Native Son” en la que Alter Bridge se empeñan en sonar tan contundentes que da la sensación de que no tiene nada que ver la voz de Kennedy con la propia banda o, mucho peor, “Indoctrination” a la que ni todo el subidón de tono es capaz de salvar. Pero hay más, mucho más, “The Bitter End” y un estribillo insípido o la lentísima “Pay No Mind”, que se me hace francamente eterna. Alter Bridge se aferran a la construcción del mismo esquema, “Forever Falling”, en lo parece un disco conformado por descartes y canciones de relleno en el que ni siquiera el orden parece el adecuado y composiciones menores conviven con otras que podrían haber dado muchísimo más de sí, como “Walking The Sky” en la que Tremonti parece perdido en el uso de diferentes recursos o “Clear Horizon” -que podría haber funcionado a las mil maravillas con menos producción y pistas de voces, además de un uso menos efectista de la guitarra- hasta la absoluta tontada que es “Tear Us Apart” en la que parecen una banda de universidad propia de la banda sonora de una comedia para encefalogramas planos como es “American Pie” junto a Michelle Branch y más morralla de la época, o más y más relleno con “Dying Light” y la manía de publicar discos excesivamente largos con canciones extensas (una media de cuatro minutos cuando no hay gran cosa que decir, me parece demasiado) y una carrera que, creativamente, corre el riesgo de estancarse sino rescatan a las musas que les abandonaron tras “Fortress”. Me da pena porque tengo cariño a Alter Bridge, pero este disco lo publica otra banda, con otro nombre, y ni siquiera lo escucho más de una vez…


© 2019 Conde Draco
pic by © 2019 Dan Sturgess


Crítica: Lacuna Coil "Black Anima"

Hace exactamente tres años escribí sobre “Delirium”, decepcionado por “Shallow Life” (2009) y levemente aliviado con "Dark Adrenaline" (2012) y "Broken Crown Halo" (2014), pero no del todo, por lo que nunca había sentido ganas de escribir sobre Lacuna Coil. Pero creí ver en “Delirium” un álbum de transición en el que se apuntaban buenas ideas y había ganas por parte de Scabbia, Ferro y Zelati y el olfato no me falló; el tiempo me ha dado la razón y aquel ha resultado un álbum correcto, muy en la línea de los anteriores, en el que los italianos demostraban seguir buscando pese a las pérdidas y seguir conservando parte de su esencia pero uno de transición, al fin y al cabo. Es por eso que “Black Anima” debía ser el que nos mostrase la nueva evolución de la banda, ese camino al que se dirigían en “Delirium” junto a Cavalotti y Folden pero no; el batería anunciaba vía Instagram que abandonaba Lacuna Coil y estos corrían prestos a anunciar a Richard Meiz pero no pasaba nada, el casco de la nave (ese formado por el tándem creativo de Scabbia, Ferro y Zelati) permanecía intacto. Producido por el propio Zelati, Ferro no mentía cuando aseguraba que “Black Anima” es su disco más variado -en él hay un poco de todo- pero quizá olvidaba acentuar que quizá también sea el más pesado, el más contundente, de toda su discografía y el tremendo papel de Cristina Scabbia; está realmente espectacular, su voz brilla con luz propia, versátil e impresionante, cambiando de registro a placer y en un estado magnífico, potencia y sensibilidad a la altura de las circunstancias.

Pero algo falla en “Black Anima” y no es el binomio Ferro o Zelati, como tampoco Cavalotti y Meiz, pero sí las canciones; “Anima Nera” es chocante pero es una introducción y hay que tomarla como tal, la banda se aleja de sus coordenadas pero está bien, Scabbia está magnífica aunque roce el extremo entre lo que es aceptable y lo que no, bordeando ese pequeño terreno entre metal, hard y el irritante tono de Die Antwoord en la segunda mitad, justo cuando repite de manera obsesiva el título de la canción, pero consigue romper justo para “Sword Of Anger” y el rugido de Andrea, mientras Cristina hace el contrapunto, y los riffs se entrecortan hasta lograr ese toque djent hasta la liberación en la garganta de Scabbia, conformando quizá una de las mejores canciones de “Black Anima” junto al estribillo de “Reckless” por Kate Bush (resumiéndose lo mejor de “Black Anima” con “Under The Surface”) pero las cosas comienzan a torcerse pronto; el aroma a nu-metal de “Layers Of Time” y la introducción de “Apocalypse” no nos las merecemos ni nosotros, ni la propia banda, y tendrá que ser de nuevo Scabbia la que nos saque de ese hoyo tan profundo.

Ese mismo tan autocomplaciente como es el de “Now Or Never” o “Save Me”, canciones que parecen compuestas siguiendo una receta con esmero, carentes de riesgo o novedad, perfectamente orquestadas en esa suerte de metal gótico con voz femenina en el que, si uno no tiene demasiado cuidado, puede ser comparado con Evanescence y caer en el ridículo (“Save Me” es una vergüenza, de principio a fin, la letra es un verdadero horror), más aún cuando hay trabajo bien hecho en los surcos de “Black Anima”, como el caso de “Veneficium” y sus cuidados arreglos o la lírica de la voz, ese constante duelo tan propio de los noventa entre “bella y bestia” (siento la metáfora, pero así es) entre armoniosas y delicadas melodías femeninas y varoniles “growls” de pelo en pecho y otros momentos, de menos calado y facilones, como “The Ends Is All I Can See”.

Sigo pensando que “Delirium” era un álbum de transición sólo que todavía es imposible ver el lugar al que nos llevaba y este “Black Anima” parece incapaz del todo, como si hubiesen querido mezclar demasiados ingredientes y uno no supiese muy bien a qué sabe el disco; de nuevo vuelve a haber buenas ideas y la habitual calidad de Lacuna Coil (los solos de Cavalotti están estupendamente trabajados) pero los esporádicos aciertos son tan elevados como profundas las mediocridades y del todo impensables para unos veteranos como Scabbia, Ferro y Zelati. Esta transición se está haciendo eterna…


© 2019 Lord Of Metal


Crítica: 1349 “The Infernal Pathway"

La carrera de 1349 es todo un ejemplo de la excepción que en el black metal puede llegar a convertirse en norma. Y es que parece que fue ayer cuando comenzamos a escribir en esta web y los noruegos habían publicado "Revelations of the Black Flame" (2009), quiero creer que siendo tan ajenos -como nosotros mismos- a que la banda tendría más que una continuidad, una regularidad. Tras él, publicaron "Demonoir" (2010), el caleidoscópico "Massive Cauldron Of Chaos" (2014) y ahora se descuelgan con “The Infernal Pathway”. Posiblemente porque Satyricon deben tomarse prolongados descansos, seguramente porque Frost es un músico que sigue creyendo en el black metal noruego y puede presumir de estar en una excelente forma o, más plausible, porque el black goza de una popularidad y una fidelidad por parte del nuevo público capaz de avergonzar al resto de subgéneros y quizá también (sic) porque ya tocaba, porque Ravn, Archaon y Seidemann no poseen la misma popularidad y agenda del batería de Satyricon y, sin embargo, sentían la necesidad de subirse a los escenarios. Quizá por todo y por nada pero el hecho es que 1349 regresan con un álbum que, siendo completamente canónico, no supone una novedad en absoluto pero sí es cierto que es todo lo fiel al estilo y nos ofrece justo lo que más deseábamos; oscuro, helado y crudo black de la fría noruega, esa música que -lejos de las modas- sigue suponiendo una droga difícil de dejar que, como reza el dicho; “once you go black, you’ll never go back…”

“The Infernal Pathway”, empero, pierde lustre frente a "Massive Cauldron Of Chaos" y, aunque directo, se echa en falta algo más de profundidad en las canciones, además de una producción a cargo de la propia banda y Jarrett Pritchard que, sin que hubiese supuesto una traición a los postulados más pedestres, podría haber sonado igual de auténtica pero quizá menos opaca, además de un mayor trabajo previo en el local de ensayo; donde Ravn, Archaon, Seidemann y Frost, además de pisar el acelerador, hubiesen invertido algo de tiempo en darle una pequeña vuelta de tuerca a canciones como "Abyssos Antithesis" o les hiciese alejarse de las coordenadas más thrashy de “Through Eyes of Stone”, adelanto en el que ya pudimos comprobar cómo Frost golpea con milimétrica precisión pero cuyos riffs son quizá lo más genérico que los noruegos hayan grabado nunca. Además de interludios, "Tunnel of Set VIII", cuya única función parece ser la de darnos algo de tregua, pero poco más aportan al resultado final.

Las cosas mejoran cuando 1349 recurren a lo que mejor saben hacer, “Enter Cold Void Dreaming”, y lo que cualquier seguidor podría esperar de ellos o recurren al acervo local de su propia escena, "Towers upon Towers", y descorchan lo mejor de sus influencias pero sin olvidarse del caos. Aunque el brillo de estos momentos sea empañado con “Tunnel of Set IX” y, segundos después, nos saquen del hoyo con "Deeper Still" o "Striding The Chasm" (con todo, una de las más simples y fáciles del disco) y ese pequeño experimento que es “Dødskamp” en la que todo parece funcionar a la perfección a excepción de la duración y la sensación de que si hubiese durado tres minutos, la canción habría ganado sin perder ni un ápice de su encanto ocultista pero ganando gancho de manera exponencial. Cerrando con la notable “Stand Tall In Fire” tras la memez de “Tunnel of Set X”, recordándonos a Bathory.

Hace muchos años, debatía con un antiguo compañero qué es lo que tenía el black metal, cuál era la atracción que ejercía esta música y sus artistas para que produjese tal adicción; la respuesta está aún por resolver, puede que sea por su estética, por su impactante mensaje de negación, por la calidad de unos músicos que siguen en la búsqueda de algo más allá o, como demuestra 1349, por el crisol de influencias ya familiares que, al final, escuchamos en sus discos y conecta con un público cada vez más variopinto. “The Infernal Pathway” no es un gran disco y parece el hermano pequeño de "Massive Cauldron Of Chaos" pero dejará satisfecho a todo aquel que se acerque a él buscando la dosis exacta de negrura que muchos necesitamos, todavía...


© 2019 Lord Of Metal



Crítica: Exhumed "Horror"

Imposible negar lo muchísimo que disfruté con "Death Revenge" (2017), aquel álbum exudaba la negrura de los cuentos de terror del diecinueve, una suerte de álbum de metal de nuestro tiempo, sonando como los clásicos, con el encanto de un relato de Stevenson. Es por eso que necesitaba saber cómo Exhumed continuarían aquello y, por el camino, me encontré con que Harvey resucitaba a Gruesome (esa banda tributo a Chuck Schuldiner que ha terminado por adquirir más popularidad de la que los propios músicos podrían haber esperado) y un disco como “Twisted Prayers” (2018) que, lejos de la ya estéril discusión sobre la relación entre Gruesome y Death, también disfruté; llegando a la conclusión de que Matt Harvey es un genio, un amante del metal, que disfruta grabando los discos que a él mismo le gusta escuchar, haciendo tremendos ejercicios de estilo en los que es capaz de sonar como más le apetezca pero de una manera creíble y honesta porque surgen de la más pura admiración. En el caso que nos ocupa, Harvey recupera a Exhumed y los sitúa a la altura de las circunstancias, en lugar de haber grabado una continuación del exitoso “Death Revenge”, parece haber regresado a la brutalidad de "Gore Metal" (1998) o "Slaughtercult" (2000) pero con el lógico rodaje de diecinueve años de carrera, resultando este “Horror” una continuación del death metal gore que todos amamos en Exhumed pero de una manera infinitamente más técnica y pulida, sin olvidar la contundencia en los solos de Philips o la batería de Mike Hamilton, estando apoyado Harvey por la garganta de Ross Sewage.

El resultado es una mezcla salvaje de death metal, vísceras y terror en VHS, desde un corte tan breve como “Unsound”, en la cual descargan toda su furia a golpe de guturales crujientes y una base como una apisonadora, o “Ravenous Cadavers” en la cual Hamilton y Sewage nos hacen sentir lo mismo que cuando corremos frente a una sierra mecánica en un videojuego como “The Evil Within” y únicamente Philips será el que nos de una pequeña tregua con unos solos tan breves como calculados al milímetro, haciendo gala de su virtuosismo pero sin olvidarse que esto es death metal salvaje. Por supuesto, la propuesta de Exhumed también se ha refinado, “Scream Out in Fright” posee melodía (quizá una de las más inmediatas) y “The Red Death” un traqueteante riff que sentimos haber escuchado un millón de veces antes, es cierto, pero que entra de manera fresca, sin sentirse forzado o calcado a cualquier otra banda; como ese diálogo constante entre Harvey y Sewage en las dos voces. "Utter Mutilation of Your Corpse" son seis segundos hasta la siniestra "Slaughter Maniac", terror en estado puro; caos y sangre, mucha sangre, hasta dos directos en la boca del estómago con “Ripping Death” y “Clawing”, ambas suman poco más de tres minutos pero es algo perfectamente medido, como el toque thrash de “Naked, Screaming and Covered in Blood” y sus pegajosos riffs, su toque cafre y desenfadado con Philips emulando el clásico esquema de Slayer y unos solos que parecen estar siendo interpretados por Kerry King (algo completamente buscado ya que, si bien tengo mucho cariño a King, la pericia del guitarrista de Exhumed es claramente superior).

Un poquito de death and roll en “Playing With Fear”, quizá una de las más sencillas, y de vuelta al espíritu de “Horror” con “Dead Meat” (poco más de medio minuto), y más directos como “Rabid”, “In The Mouth Of Hell” y, claro, “Shattered Sanity”, más cercanos que nunca al grind de sus viejos tiempos, y una de las mejores composiciones del álbum, la final “Re-Animated” en la que Hamilton golpea a diestro y siniestro con verdadera contundencia. La edición especial, como no podía ser de otra forma, contiene “Crypt Of Terror”, “Re-Entry And Destruction” (puramente Slayer) y “The Day Man Lost”, sabrosos regalos de Exhumed que demuestran que para “Horror” había tanto material y ganas como es habitual en ellos. Harvey es un genio, lo escribía unas pocas líneas arriba y vuelvo a remarcarlo, trabajando a la sombra, pero sin descanso, grabando discos a la altura de su leyenda o reivindicando la figura de Schuldiner, da igual, Harvey es un genio porque ha grabado el que quizá sea el mejor álbum de Exhumed, con permiso de “All Guts No Glory” (2011) y eso son palabras mayores…

© 2019 Lord Of Metal


Crítica: The Darkness "Easter Is Cancelled"

Si acudes a un directo de los hermanos Hawkins ya sabes lo que te vas a encontrar; el imposible falsete de Justin, su manera de dar palmas con las piernas mientras hace el pino, media docena de Les Paul Custom apiladas como si se tratase de un arsenal, Dan trabajando las canciones en un discreto segundo plano, Frankie siendo el bajista más cool del puto planeta y a Rufus Taylor (sí, hijo de Roger Taylor de Queen, la referencia es obligada, me guste o no) marcando el ritmo de manera discreta pero fiable. Sonrisas y más sonrisas, singles de pegada y posturas increíbles; ya no hay leones albinos de peluche de los que bajar del techo, ni tampoco tentáculos de gomaespuma pero The Darkness, en directo, siguen siendo tan fiables como siempre. El problema es que “Last of Our Kind” (2015) pareció ser el último de su especie (nunca mejor dicho). Atrás quedaban “Hot Cakes” (2012) que, con todos sus defectos, sigue siendo una increíble colección de singles, mal que le pese a algunos de los que se apresuraron a defenestrarlo, la resaca tras la tormenta que fue “One Way Ticket to Hell... and Back” (2005), el supuesto fin de las adicciones de Justin, y un debut fulgurante como “Permission to Land” (2003) que sigue sonando como un cohete dieciséis años después. Y, a partir de ahí, el desastre comercial de “Pinewood Smile” (2017) y el intento por arreglar lo roto en “Easter Is Cancelled” (2019), desde su propia y elaborada portada que parece ser que ha molestado a algunos, demostrando que las buenas maneras siguen en sus planes pero, indudablemente, la frescura se perdió en el estudio. Está claro que cualquiera que escuche "Live 'Til I Die" pensará que The Darkness han vuelto a grabar un disco vitalista y repleto de genialidad, pero, “Easter Is Cancelled”, tras las buenas maneras y una producción brillante (suenan realmente bien, rejuvenecidos) fracasa otra vez sobre el papel, aunque progresen adecuadamente.

"Rock and Roll Deserves to Die" tira de dramatismo, pero es uno que sabemos impostado, falso y divertido, por supuesto, y me parece una apertura realmente brillante; suena tan romántica como falsa, tan irónica como mordaz, Justin está magnífico y el acompañamiento de Dan es soberbio, así como su estallido propio de Foxy Shazam. Como esos primeros compases de "How Can I Lose Your Love", más propios de Rush, y su estribillo es pegadizo, pero tan flojito que parece que a The Darkness se les haya ido la fuerza por la boca en las estrofas, hasta "Live 'Til I Die", quizá la única que nos recordará a sus primeros trabajos, pero “Easter Is Cancelled” suspende cuando la risa se les desdibuja en "Heart Explodes" o Justin juega a ser Mercury de nuevo en el melodrama que es "Deck Chair", tomándose a sí mismo demasiado en serio.

Queen, siempre Queen, porque si odias a Mercury, May, Deacon y Taylor, canciones como la propia “Easter Is Cancelled” no te entrarán por muchas escuchas que les des, y The Darkness parecen funcionar a medio gas en una canción como “Heavy Metal Lover” que hace años habrían clavado y debería convertirse en un clásico de sus conciertos pero suena tan desnatada que cuando llega “In Another Life” no te queda más que darte cuenta de que algo ha ocurrido en el seno de la banda, de que los hermanos Hawkins parecen haber vendido su alma a la onda media (prueba de ellos es la tontería de "Different Eyes"), cuando ni la pandereta de "Choke on It" y sus aires surferos son suficientes para afrontar las acústicas "We Are the Guitar Men" y el estallido beatliano de su segunda parte y posterior enlace con "Laylow", el bostezo absoluto en "Confirmation Bias" (a pesar de la exhibición vocal de Justin) y "Sutton Hoo" que parece un descarte de la inicial "Rock and Roll Deserves to Die" pero que configuran una segunda cara errante e infumable, aburrida y lejos de la supuesta diversión que The Darkness evocaban.

Sí, es infinitamente mejor que “Pinewood Smile”, por supuesto que sí, pero le falta pegada, le falta gancho y esa frescura que escribía al principio, a “Easter Is Cancelled” le falta todo lo que me gustaba de The Darkness y ahora encuentro de manera esporádica en sus canciones; un guitarrazo aquí y allá, un riff, un alarido de Justin y ese “party all night” que evocaban sus canciones, lejos del complejo y cualquier atisbo de seriedad. Cuando uno no sabía muy bien si el hype de The Darkness era debido a que no eran una banda de verdad o lo más ‘spinal tap’ que nos habían regalado los primeros años del nuevo milenio, cuando las naves espaciales volvían a las portadas y Justin parecía ajeno a las críticas. Parafraseando a Woody Allen, “echo de menos la época cuando el aire era limpio, el sexo sucio y The Darkness divertidos, pero de verdad…

© 2019 Conde Draco


Crítica: Insomnium "Heart Like a Grave"

Dicen que el paso del tiempo y los acontecimientos son algo cíclico, que las esferas de los relojes analógicos eran un reflejo de ello (más cercanas a la realidad que las digitales) porque, psicológicamente, las agujas pasan por el mismo sitio, mientras que las digitales son un contador que única muestra un avance y una vuelta a empezar, pero nunca un paso por el mismo lugar. Que las modas y tendencias se repiten, que la política es una secuencia repetida sobre una base económico y social y estas también. Que lo que guardas en el armario porque está desfasado, tan sólo hace falta guardarlo un poco más porque volverá a estar de moda y en esto de la música, que el melodeath que una vez fue una novedad y, posteriormente, defenestrado cuando cayó en la caricatura y la consiguiente pérdida de originalidad y frescura, muchos aseguran que volverá. Y, escuchando "Heart Like a Grave" (2019), he de reconocer que así podría parecer. Vale que Insomnium alcanzaron la cima con "Winter's Gate" (2016), con permiso de "Above the Weeping World" (2006), pero también que es una cumbre muy alta ya que los finlandeses pueden presumir de una discografía sobresaliente pero lo que los honra y es digno de toda alabanza es que, en lugar de estancarse y repetir una y otra vez la misma fórmula, o afrontar una tibia decadencia tras la que es una auténtica obra maestra conceptual, Insomnium acaban de publicar un álbum, como es "Heart Like a Grave" (2019), de una naturaleza que parece claro que no pretende igualar el logro anterior pero es que ni tan siquiera lo intentan y, en lugar de ello, han escrito un disco bello, melancólico como sólo puede ser, pero robusto (tanto en su dirección musical, como en su composición) y un grado técnico que en vez de apostar por el malabarismo más gratuito, se ciñe a la canción, en busca de la melodía y prescindiendo del ornamento. ¿El resultado? Uno de los mejores discos de death metal melódico del año, sin duda.

Con la incorporación definitiva de Jani Liimatainen (ex-Sonata Arctica) y la ayuda en la producción de Teemu Aalto, quien también les ayuda con los arreglos, Insomnium han grabado un disco en el que no ceden un ápice de contundencia en favor de esa accesibilidad que les caracteriza. Por ejemplo, "Wail of the North", comienza de manera épica pero sencilla con unos teclados en un ascenso de intensidad que las guitarras de Friman, Liimatainen y Vanhala ayudan a acentuar, es verdad que como apertura poco aporta a su universo por lo que será "Valediction" la que abra realmente el álbum y con ella se defina la naturaleza de "Heart Like a Grave" respecto al anterior. Las guitarras se solapan sin darnos respiro y las voces limpias de Liimatainen y Friman se alternan con las gruesas de Sevänen, trazando perfectamente los diferentes estados emocionales de una canción en la que siento que no falta nada.

Puro melodeath con "Neverlast", prescindiendo del papel de regalo y los lazos, yendo a lo importante; gruesos pero pegajosos riffs y la guitarra de Vanhala planeando sobre el estribillo. ¿Qué más se puede pedir? Bien ejecutada y pegadiza, con las dosis justas de azúcar, como siempre debería haber sido en este subgénero. Pero, porque el hombre no sólo vive de death metal melódico, "Pale Morning Star" sube la apuesta, no sólo en minutaje, sino también en el crisol de influencias de Insomnium, mezclando elegantemente su estilo con algo de black y la maestría suficiente como para articular las diferentes partes de la composición y que no perdamos el interés en su escucha. "And Bells They Toll" trae el otoño de Type O Negative pero con el helador ambiente de Finlandia, un tempo mucho más lento y un acertado toque de las guitarras, no sólo en el tono sino en su sonido, junto a las voces limpias, son las que logran la transformación de Insomnium, antes de volver al redil con "The Offering" en la que, a pesar de sentirse desatados, hay un espacio para un bonito puente y la continuación acústica de la introducción de "Mute Is My Sorrow" y lo brillante de hilvanar dos melodías entre tres guitarras o la poderosísima pegada en "Twilight Trails" jalonada por unos arreglos verdaderamente dramáticos, antes de una despedida a la altura de las circunstancia con la propia "Heart Like a Grave" que, a pesar de los coros y los arreglos, de las diferentes pistas de guitarra, sin embargo, no me parece la mejor composición de todo el álbum, agradeciendo un final instrumental como “Karelia”, sonando más a Amorphis que a ellos mismos (por no mencionar, la preciosidad que es la acústica “The Tue Morning Star”).

Lo dicho, "Heart Like a Grave" no es la segunda parte de "Winter's Gate" y, como oyentes y seguidores, lo agradecemos, tanto como el esfuerzo por parte de Insomnium de seguir fieles a un estándar de calidad realmente alto, al alcance de muy pocos tras diecisiete años. Tan bello como helador, no hace falta esperar otra vez las nieves de "Winter's Gate", el otoño puede ser igual de frío si lo tiñe la melancolía de Insomnium…


© 2019 Lord Of Metal



Crítica: Monolord “No Comfort"

Cada vez que escucho a Monolord siento dos cosas; primero, la comodidad de no tener que prepararme, pinchar uno de sus discos y saber exactamente lo que me espera (lo que, por un lado es bueno pero, por otro, resulta algo bastante negativo), el segundo sentimiento es aquel que puede resumirse en ¿para qué estoy escuchando a Monolord si ya tengo a Black Sabbath y, sobre todo, a Electric Wizard? Y este es el que más me molesta porque, aunque hay cientos de bandas que graban una y otra vez el mismo disco o se aferran a su estilo y hacen de ello su marca distintiva, hay una gran diferencia entre lo descrito y aquellos que llegan a un lugar de manera premeditada y su inmovilismo estilístico resulta algo tan forzado que uno tiene la sensación de que, lejos de lo orgánico de este, los ingredientes han sido comprados a conciencia. Con esto me refiero a que lo que Monolord practican (tanto en estudio, como en directo) es fundamentalmente una suerte de doom genérico, bien ejecutado e interpretado, pero en el que uno tiene la sensación de que han aplicado las dosis justas de todo aquello que se espera de una banda de sus características. Me gustó “Empress Rising” (2014) y mucho “Vænir” (2015), los disfruté en directo en “Rust” (2017), confirmaron mis sospechas tras verlos en directo, y ahora regresan con “No Comfort” (un título bastante irónico viniendo de ellos) en un álbum en el que la mayor novedad es que la dosis de stoner es sensiblemente mayor a la de doom, marcando una mínima diferencia frente a, por ejemplo, “Rust”, pero nada que los obligue a cambiar la hoja de ruta de manera drástica, que nadie se preocupe.

“No Comfort” suena muy bien (quizá tiene mucho que ver en que es el primer álbum que graban lejos de la comodidad de su local del ensayo, en un estudio, y con la ayuda de Kim Gravander), luce mejor y sus canciones son tan cálidas como los colores de la fotografía de la portada, obra de Chris Lemos, pero la excesiva bajada de tempo, la ausencia del “crujiente” en sus amplificadores la modulación de sus pedales, en favor de supuestamente lisérgicos desarrollos como el “The Last Leaf” logran un efecto hipnótico, pero en ningún momento catártico y esos nuevo elementos con los que la banda juega se quedan en pequeños apuntes o bocetos, nunca explotando todos sus recursos, como si tuviesen miedo a un excesivo desmarque. El semitono del riff “The Bastard Son” es una copia descarada a Electric Wizard pero sin la voz de Jus y la electricidad estática en los graves es agradable al oído pero poco más, conformando un manto constante pero no monolítico, como en sus anteriores obras; en “No Comfort” las guitarras suenan como un rumor electroestático constante, por lo que basan todo su atractivo en las melodías (tal es el caso de “The Last Leaf”, cuya recta final es sencillamente de las más bonitas de “No Comfort”).

Apuestan por un ligero cambio o eso parece cuando Jäger pisa el pedal de distorsión en “Larvae”, tras una introducción en limpio. La distorsión es tan redonda y está tan comprimida que suena a pura contención con la voz de este atrapada en la habitual reverberación del doom moderno, siendo una pena que el experimento, la pequeña apuesta, acabe en los mismos caminos transitados una y otra vez. Algo que volverán a intentar con más éxito en “Alone Together”, gracias a su guitarra acústica y el pulso del bajo de Häkki.

De “Skywards” me quedo con el solo y cómo la canción despega el vuelo, la sensación de pasar del mono al estéreo a dos minutos del final y cómo doblan las guitarras. Mientras que de la final “No Comfort” y su sonido o, por lo menos, la mitad de la canción, me queda el amargo sabor de que otras bandas (como, por ejemplo, Pallbearer) llegaron antes a ese lugar y con mayor éxito. Así, tras decenas de escuchas, llego a la conclusión de que “No Comfort”, como álbum, parece uno de transición en el que Monolord parecen querer diferenciarse de lo grabado hasta “Rust” e intentan incorporar algunos elementos, pero de una manera tan tímida y poco efectiva que el experimento parece no alcanzar el éxito deseado, siendo necesario saber qué ocurrirá en el próximo álbum y si lo apuntado aquí es el camino a tomar o algo puntual. Quedamos, por tanto, a la espera. Corto y cambio…

© 2019 Conde Draco

Crítica: Opeth "In Cauda Venenum"

Recuerdo perfectamente haber escuchado asegurar a Mikael Åkerfeldt que este nuevo álbum de Opeth trataba sobre la soledad y puede que eso evoque la magnífica portada de Travis Smith (o eso haya querido trasmitir el propio Mikael), estoy seguro de ello. Pero, oyendo la cantidad de fragmentos intercalados, entrevistas a niños o adolescentes que dan su opinión sobre el significado de Dios o la muerte, además de las particulares letras de este álbum, parece claro que "In Cauda Venenum" (2019), trata sobre el tan temido paso al más allá o eso da a entender el álbum más personal e íntimo de Opeth que contiene, paradójicamente, menos elementos de los Opeth tradicionales (si es que podemos seguir utilizando semejante término). Íntimo, no por la exuberancia instrumental, una propuesta cada vez más del gusto de Åkerfeldt, que parece disfrutar descomponiendo y fragmentando (en definitiva, deconstruyendo) su propio proyecto, añadiendo cada vez más elementos de su panteón personal pero no del de muchos de los seguidores de la propia banda sueca que se las ven y se las desean para justificar estar a la altura de tan alta propuesta (asegurando escuchar referencias oscuras del prog de los setenta o mentando el nombre de Fripp en vano, en una pirueta tan artificial a su edad, como su propia estupidez), sino por el propio cariz de la música y el recogimiento que esta evoca; a lo que hay que sumar la decisión de grabarlo también en sueco, lengua materna de Mikael, quizá por la comodidad que él propio debe experimentar interpretando unas letras que, para mí sorpresa, han sido igualmente trabajadas en ambos idiomas (no se trata de una burda traducción) sino que la sonoridad y la rima encajan a la perfección en todas las composiciones, desde "Dignity" ("Svekets prins") hasta "All Things Will Pass" ("Allting tar slut").
 
El fortísimo sentimiento del sintetizador de Svalberg en "Garden of Earthly Delights" ("Livets trädgård") y los ominosos coros, son la primera señal del cambio que Opeth parecen estar atravesando, la pieza me recuerda al álbum “Phaedra” (1977) de Tangerine Dream, por ejemplo, “Mysterious Semblance at the Strand of Nightmares” (primera crítica en la que veas escrita esta referencia tan directa a una canción específica, no lo dudes), mezclada con el ritmo obsesivo de “On The Run” de Pink Floyd. Ambas referencias, (quizá más obvia la segunda) no son tan descabelladas cuando, además de los sampleados, escuchamos algunos de los solos de Åkesson (por ejemplo, el que abre “Dignity”, completamente 'gilmouriano') y sintamos que aquel adelanto no tenía sentido como single per se, sino como continuación de la espacial introducción que abre "In Cauda Venenum". Mejor es el ritmo trotón de "Heart in Hand" ("Hjärtat vet vad handen gör"), recordando a “Sorceress”, puede que la pieza más pesada de todo el álbum en la que, sin embargo, hay una bellísima transición en la que Mikael parece disfrutar más que nunca, transmitiendo e interpretando la letra con auténtica pasión, sobre la guitarra acústica y el prominente bajo de Martín Méndez.
 
Es la guitarra la que, empero, une “Heart In Hand” con "Next of Kin" ("De närmast sörjande") en la que Mikael vuelve a planear sobre la música de Opeth, no sólo no dándole el placer a su primera hornada de seguidores con un supuesto regreso a los guturales, sino realizando inflexiones y quiebros que le llevarán a solucionar determinadas alturas con falsetes, seguidos de momentos de éxtasis crimsonianos en los que las voces se supeditan al riff para, segundos después, lograr el claroscuro con delicadas melodías a la guitarra o rematar la pieza entre ampulosas orquestaciones y llegar hasta “Lovelorn Crime" ("Minnets yta"), en la que las voces de Mikael están repletas de emoción y de nuevo la orquestación es la que toma el papel protagonista, llevándonos a un solo de Åkesson que exuda influencia de los Floyd de los setenta. "In Cauda Venenum” posee jazz también, como ocurre en “Charlatan” (pero en menores dosis que en "The Garroter”, por ejemplo) en la que no sólo la batería juega con su compás, sino que sobre el teclado de Svalberg, es la gruesa -esta vez- guitarra de Åkesson junto a Méndez los que conferirán el entrecortado aspecto ‘djenty’ de una canción en la que Mikael permanece en un registro fantasmagórico.
 
Otro aspecto de "In Cauda Venenum” es su producción, sonando fantástico, no es la que más me gusta; hay momentos en los que da la sensación de que, cuando entran todos los instrumentos, todos permanecen a la misma altura y registro, emborronando los momentos más jam, como el de la parte central de “Charlatan” que, de interpretarla en directo, se verá seguramente beneficiada. El momento 'beatliano' de "Universal Truth" ("Ingen sanning är allas") arroja algo de luz en su primera parte y contiene una de las guitarras acústicas más bellas de todo el álbum, pero sus siete minutos no están articulados siguiendo una progresión, sino que hay un “rompe y rasga” para cambiar de tercio que estropea ligeramente el clímax instrumental en el que la pieza había devenido y hace perder el pulso. Pérdida del que la introducción flamenca de "The Garroter” ("Banemannen") parece sacarnos, sorprendiéndonos a traición, hasta que entra el oscurísimo piano de Svalberg y Axenrot haciendo las delicias de Dave Brubeck con su 5/4 (metro quíntuple), conformando una canción arriesgada para los seguidores de Opeth pero cuyo precio a pagar es el de partir la recta final en dos ya que ni el inteligente uso del clarinete en "Continuum" ("Kontinuerlig drift") y la locura psicodélica en las que nos vemos envueltos con Åkesson plenamente fuera de sí o ese impostado crescendo de "All Things Will Pass" ("Allting tar slut") y su bonita melodía, en el que intentan imprimirle algo de pesadez al final del álbum (por no mencionar el odioso e indigno “fade out” de la canción que bien saben todos nuestros lectores que odiamos profundamente como recurso), serán suficientes para que ese final de "In Cauda Venenum” no palidezca frente a la inmensa paleta mostrada en su primera parte.
 
Así pues, sumergirse en "In Cauda Venenum" requiere de tiempo y toda la generosidad que, como oyentes, seamos capaces de concederle. Es completamente inútil, además de una necedad, darle un par de vueltas y emitir un juicio aristotélico sobre unas canciones con infinidad de capas y recovecos, de sorpresas y secretos bien guardados, de estribillos que tardan en llegar y singles que en ningún momento fueron escritos para serlo (“Dignity” o “Heart In Hand”) y que gozan de todo el sentido en el conjunto del álbum. Además, como ha ocurrido con el álbum de TOOL, “Fear Inoculum”, ¿de verdad nos parece justo resumir el trabajo de años en tan sólo unos minutos? ¿Acaso somos tan rácanos o tenemos tanto que escuchar como para no convivir con las nuevas canciones de Opeth y hacerlas nuestras durante un poco más de tiempo? Sin llegar a tal dramatismo, porque con Åkerfeldt no han pasado trece años sino tres desde la publicación de "Sorceress" (2016), la verdad es que "In Cauda Venenum" goza de una unidad de la que el anterior no podía presumir, sin embargo, de esta etapa de Opeth (la que abarca desde “Heritage”, 2011, hasta este que nos ocupa) es todavía "Pale Communion" (2014) el que me sigue pareciendo la cima e "In Cauda Venenum", sin poder tildarse de obra menor, parece ser el que abre una nueva vía para Opeth, siendo un álbum que funcionará como una bisagra y del que estoy seguro que, en años venideros, muchos de los que ya se han apresurado a despedazarlo, tendrán que enmendar la plana.
 
© 2019 Blogofenia
 

Crítica: Liam Gallagher "Why Me? Why Not."

Quizá porque estuve en las tres primeras giras de Oasis (y en alguna posterior, así como en la última, pero esas no importan), quizá porque fui también testigo del posterior declive; de las peleas y los desplantes, de las giras en solitario de Noel pero también de Beady Eye y el material compuesto tras la separación. Quizá porque sigo siendo testigo de una generación bobalicona que pide el regreso de los británicos porque nunca tuvieron la oportunidad de cantar “Don’t Look Back In Anger” o “Champagne Supernova” en directo, que todo lo que hagan Liam y Noel se me antoja a poco. Quizá porque no entiendo las comparaciones; porque Noel necesita a Liam y este necesita de las canciones que su hermano sí sabe escribir, quizá por todo eso que “As You Were” me supo a tan poco, que las actuaciones de Liam me provocaban una lástima insondable, sentirle tan desubicado y tan falto de Noel, que cuando se anunció la inminente publicación de este “Why Me? Why Not” (2019), sentí algo remotamente parecido a emoción. ¿Por qué las prisas? ¿Habría encontrado Liam las canciones? Tras decenas de escuchas y la pequeña pero agradable sorpresa de un concierto acústico con la presencia de Bonehead, he de reconocer que “Why Me? Why Not” sea posiblemente lo más cercano que Liam vaya a sonar a Oasis; su característica voz nasal sigue estando ahí, la actitud y el tono, el truco de magia funciona durante unos minutos pero las canciones, como siempre, no aguantan ya no el paso del tiempo sino la breve prueba de unas escuchas seguidas. Mientras “As You Were” contenía los singles (una canción como “For What It’s Worth” hacía que todo el álbum mereciese la pena) a pesar del parecido razonable con su hermana mayor "Don’t Go Away" y su tensión emocional lennoniana, “Why Me? Why Not” sorprende por su unidad, su coherencia y equilibrio pero, por el contrario, los patinazos son sonoros (y nunca mejor dicho).

“Shockwave” es un buen comienzo, ese espejismo que nos hace sentir que estamos escuchando de nuevo a Oasis pero la ñoñería se apropia de la canción antes de su primer estribillo y “One Of Us” no logra cogernos por la solapa y que nos zambullamos en el álbum; su ritmo es ligeramente hipnótico y me gustan los arreglos de cuerda pero no nos lleva a ningún lado y la ensoñación termina por disiparse. Algo parecido a “Once”, en la que Liam parece rendir el disco antes de que despegue, una vez más los arreglos son estupendos, pero es una canción limitada en emoción (es bonita pero no lo suficiente), igual que "Now That I've Found You" y su cadencia a “Hope Of Deliverance” o ese intento de plagio a los Stones de los sesenta en "Halo”. Composiciones menores, entretenidas, pero poco más…

Si antes tocaba por Jagger y Richards, “Why Me? Why Not” -la canción homónima- es puro Lennon y McCartney, pero tampoco puede pillarnos por sorpresa y el puente y estribillo poseen algo de magia, igual que “Be Still” y la clara evocación de los tardíos Oasis, en un álbum en el que todas, absolutamente todas las canciones, recuerdan a composiciones de otros artistas; como “Alright Now” a McCartney o “Meadow” a la “Blue Jay Way” beatliana, truncando amargamente la escucha del disco cuando se convierte en todo un ejercicio memorístico, como ocurrirá con “Invisible Sun” en la que el plagio a Stone Roses es tan descarado que es imposible ocultarlo, sonrojando a cualquiera que los haya disfrutado, y “Glimmer” masacra la batería y cadencia de “American Girl” de Petty. A “The River” le falta algo de energía, igual que a la bonita y setentera “Gone” y sus aires cinematográficos, dejando para el final quizá la mejor canción del álbum, “Misunderstood”.

Pero no pasa nada, los fans de Oasis están de enhorabuena; Liam ha vuelto y aunque no suponga el pequeño terremoto que producían los primeros discos de Oasis (cuando todo el mundo parecía girar la cabeza hacia las islas para ver qué habían grabado los hermanos) muchos se conformarán con esto y lo que Noel factura en solitario para aplacar el hambre de una reunión que nunca llega y, maldita sea, mejor que así sea. Me da pena admitirlo porque soy el primer interesado en sentir algo de esa nostalgia noventera que sí tuve la suerte de poder vivir de primera mano, pero “Why Me? Why Not” es inocuo y produce la misma amable sensación de un telefilme de sobremesa, cuando te despiertas y ya estás asistiendo al final pero, en el fondo, da completamente igual todo lo que te has perdido porque ni esa película, ni este disco, cambiarán en absoluto tu vida, ni tu mundo interior, claro está y tan sólo te ha servido para hacer la digestión, justo igual que “Why Me? Why Not”.

© 2019 Jonás Valiente