El regreso de LAMB OF GOD.

Todo lo que podíamos esperar de los de Virginia y nada más, tras la partida de CHRIS ADLER.

TRIVIUM y las malas lenguas...

Cuando falla la dirección y la composición, el sonido y un Alex Bent en estado de gracia no son suficientes...

"The Act" de THE DEVIL WEARS PRADA:

Desarreglos químicos en el estado del ánimo o cómo grabar un álbum tan desigual como atractivo....

BLUT AUS NORD o el puto color que cayó del cielo...

Los franceses regresan al black y graban un álbum tan alucinógeno, como de otro mundo.

"Walk The Sky" de ALTER BRIDGE; cuando innovar no siempre significa progreso.

En riesgo de estancarse si no rescatan a la musas que les abandonaron tras "Fortress"...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

Crítica: Hjelvik "Welcome To Hel"

Soy de esos que creen que cuando una banda se fractura, se parte en dos, la mayor parte de las veces somos doblemente afortunados y, aunque haya abundantes ejemplos de ello, también soy consciente de que hay muchos otros casos en los que salimos mal parados. Seamos sinceros, de todas las veces que he visto a Kvelertak sobre un escenario, fueron aquellas de la gira de “Nattesferd” (2016) en las que ellos mismos me dieron la razón y pude ver dos bandos sobre el escenario; por un lado a la banda y, por otro, a Erlend Hjelvik y no fueron pocas las veces que los disfruté en aquella gira, en total cuatro veces. Aquellos más miopes defendían “Nattesferd”, con sus virtudes, obviando también todos sus defectos, y otros no entendíamos aquel disco tras dos obras como “Kvelertak” (2010) y “Meir” (2013), pero el destino nos confirmó nuestras sospechas y Erlend dejaba la banda envuelto en una cortina de humo, dábamos la bienvenida a Ivar Nikolaisen y muchos se olvidaban, incomprensiblemente, del búho. Muchas han sido las teorías que se han barajado; Erlend no podía con la fama, se sentía superado, quería que Kvelertak cambiasen su rumbo y, quizá la más extraña, pero a la postre plausible, los poco saludables hábitos de los músicos no eran compatibles con los del introvertido Erlend. Fuese lo que fuese, Kvelertak proseguían siendo un vendaval en directo con Ivar enchufado a la corriente, mientras Erlend guardaba silencio.

 

Sin embargo, el vocalista estaba trabajando en su nuevo proyecto, bautizado con su propio apellido, Hjelvik, y con el mítico Joe Petagno en la portada. He de reconocer que no es el mejor trabajo de aquel que tocó la gloria con Zeppelin, Marduk, Sodom, Autopsy y, por supuesto, Motörhead, pero no deja de ser toda una declaración de intenciones que Hjelvik haya escogido a Petagno, como tampoco que haya contado con Remi André Nygård y Rob Steinway a las guitarras, sonando mucho más afilado que los propios Kvelertak; allá donde había furiosas quintas, ahora luchan guitarras dobladas que trazan la melodía y eso, por muy rancio que suene, es claramente heavy, alejado del sonido -a veces- arty de Kvelertak. En “Welcome To Hel” el crisol de influencias del noruego sigue siendo tan exuberante como en la banda que le dio la fama, pero mientras que en aquella coqueteaban con casi todo tipo de subgéneros derivados del rock, Hjelvik apunta y dispara al metal, como principal bandera de su sonido.

 

La apertura con “Father War” es pura épica y sobre los empujones nórdicos de Erlend, son las guitarras las que describen la melodía y no llevan al galope. “Thor’s Hammer” es excelente y suena ligeramente parecido a lo que hacía con Kvelertak, de no ser por las omnipresentes guitarras y sus agudos riffs. Algo similar a lo que ocurre con “Helgrinda”, siguiendo la misma fórmula, o enarbolando el tinte heroico como tarjeta de presentación (“The Power Ballad Of Freyr”) o “Glory Of Hel” (con Matt Pike de Sleep/ High On Fire), en las que demuestra que será capaz de romper el cuello de las primeras filas y que el metal a Kvelertak lo traía él con su rasgada y rota forma de cantar, su actitud y sus ideas. El clásico bajón en su segunda cara, empero, es algo imperdonable; “12th Spell” o “Ironwood” son buenas canciones, pero no están a la altura de las cinco primeras, o la poco original “Kveldulv” en la que, por lo menos, las guitarras se clavan en tu cabeza. Pero también hay sorpresas, “North Tsar” toma la negrura del black y el encanto viking metal en sus guitarras, y “Necromance” (con Mike Scalzi de Slough Feg, en los recitados) suena francamente bien.

 

Pero tampoco me he vuelto loco y entiendo sus defectos, “Welcome To Hel” es un gran debut, pero carece de singles que se peguen realmente, himnos de cerveza en mano y el sudor que Kvelertak transmiten, canciones con estribillos memorables y evitar la repetición constante del mismo tipo de riff, la misma guitarra una y otra vez. Con todo, Hjelvik demuestra que Erlend tenía ideas, aportaba y no solamente era la imagen más representativa de la banda sino también parte del cerebro de esta.

 

© 2020 Lord Of Metal

Crítica: AC/DC "Power Up"

Si hace unos años alguien me hubiese dicho que la vida, tal y como la conocíamos, iba a parecer en suspenso, que íbamos a valorar más que nunca abrazar a los nuestros, o recibir un nuevo álbum de AC/DC en nuestras manos, habría pensado que se trata de un relato distópico orwelliano pero, ya ven ustedes, aquí me encuentro; con Eddie Van Halen bajo tierra, usando mascarillas desechables, y abriendo un nuevo disco de mis australianos favoritos, mientras la caja se ilumina y suenan los primeros acordes de “Shot In The Dark”, con Phil Rudd, Cliff Williams y mi querido Brian Johnson de nuevo en el barco. Pero, antes de dedicarle unas pocas líneas a su nuevo álbum, “Power Up”, me gustaría sacudir un poco a toda esa panda de capullos cibernéticos que pueblan las redes; esos descerebrados veinteañeros que se meten con la vieja guardia metalera y a estos últimos que atacan a esos adolescentes que han empezado a escuchar metal, a esas tiñalpas que posan en Instagram haciendo los cuernos y exhibiendo vinilos a los que darán el mismo uso que a un posavasos, a esos capullos y capullas que atacan a AC/DC porque hacen siempre lo mismo y a esos que, desinformados, creen que de la formación dorada sólo queda vivo Angus, a los que se ciscaron en los muertos de Axl Rose por atreverse a cantar con la banda (haciendo un dignísimo papel sobre las tablas), en definitiva de todos aquellos que reducen a AC/DC a una puta caricatura, para bien o para mal, porque amar a la banda es algo que no se puede, ni debiera explicar; o lo sientes o no lo sientes, amigo. AC/DC es un sentimiento; o corre por tus venas o estás jodido. Y quizá porque, poco a poco, casi todo comienza a importarme bastante poco que, fíjense ustedes, soy de los que piensan que les debemos demasiado a Sabbath, a Maiden y, por supuesto, a AC/DC entre muchísimos otros. Que las horas y horas, la capacidad para curar nuestras dolencias y evadirnos de la cruda realidad que han demostrado Johnson, Williams, Rudd, Slade (sí, él también), Stevie y los hermanos Young es para que, como mínimo, muchos se laven la boca antes de hablar de la banda y Frances Farmer baje en llamas para caer sobre todos ellos.

 

Pandemia mundial y AC/DC parecen tener el remedio, “Power Up” no es su mejor disco, pero posiblemente sí el mejor desde "Ballbreaker" (1995) y eso ya es decir mucho. ¿Estoy loco? Llevo demasiado poco en sus trincheras para ser un veterano, pero sí desde aquellos históricos conciertos en Las Ventas, en todas sus giras desde hace veinticinco años, además de estrechar sus manos, como para negarme a la evidencia. “Stiff Upper Lip” (2000) poseía el músculo, “Black Ice” (2008) el single y “Rock Or Bust” (2014) era la excusa para lanzarse a la carretera, pero “Power Up” es la esperanza, la inyección que muchos necesitábamos en estos momentos. Con todo, tampoco me he vuelto loco, “Power Up” es infinitamente mejor que “Rock Or Bust”, posee una unidad y solidez compositivas mayor, se puede escuchar de cabo a rabo sin que uno sienta que pierde fuelle, pero carece de singles, propiamente dichos. Aquí no hay una "Rock 'n' Roll Train" con la que abrir un concierto, pero tampoco una bobada como “Play Ball” y lo agradezco. Las canciones de “Power Up”, de nuevo bajo la producción de Brendan O'Brien y mezcladas por Mike Fraser, están compuestas por Angus y Malcolm, rescatadas de apuntes en el tiempo, e interpretadas por la base rítmica de Rudd y Williams, con Stevie a la rítmica y Angus fraseando sobre ella, mientras la chillona voz de Johnson vuelve a brillar como siempre. Joder, sí, es lo de siempre pero, ¿para qué cambiar si suena tan bien? ¿Por qué querría escuchar un disco de AC/DC y que sonase diferente? Si lo que necesitas es que tu banda pierda la identidad en cada álbum en búsqueda de una pretendida y forzadísima originalidad o falsa creatividad, quizá tu banda de postureo sea King Gizzard & the Lizard Wizard y no una de sexagenarios a los que tu opinión, francamente, les importa una mierda y no tienen la necesidad de reinventarse porque hace mucho tiempo que encontraron la fórmula mágica y llevan pateándose la carretera desde hace casi cincuenta años, justo cuando tú estabas de huevo en huevo.

 

Pero, como afirmaba unas líneas más arriba, “Power Up” no es sobresaliente, tampoco creo que ellos buscasen algo así, este álbum es la demostración de que ninguno de los cinco puede hacer otra cosa que juntarse y grabar, sonar como ellos. “Realize” es tan directa que entra de golpe, un pequeño subidón pero lineal en su composición, con unos coros que recuerdan a la época de "The Razors Edge" (1990) y un fraseo nervioso de Angus bajo la voz de Brian cuando este canta las estrofas. Me encanta “Rejection” pero baja demasiado las revoluciones y eso en un álbum de AC/DC, para colmo llamado “Power Up”, debería estar penado; por el contrario, la pista de Brian y los coros son sensacionales, y si queremos volver a subir en la montaña rusa, ya tenemos “Shot In The Dark” con ese inicio más cercano al boogie de ZZ Top que a los AC/DC de siempre, y en la que todo encaja como un puto puzle. Aunque mi favorita sea "Through the Mists of Time" porque me parece brillante cómo arranca la guitarra y cambia el tempo cuando entra la banda, cómo juguetea Brian sobre la melodía y engarza con el estribillo, de nuevo con potentes coros que nos elevan y recuerdan a una década ya olvidada, la de los ochenta.

 

Las guitarras de nuevo suenan como las de Billy Gibbons en "Kick You When You're Down" la canción exuda puro sentimiento sureño en su estribillo, mientras que “Witch’s Spell” recuerda en su guitarra a “Money Talks” (de nuevo "The Razors Edge") y la canción gana en filo gracias a la rítmica de Stevie y el riff de Angus. “Demon Fire” es puro blues de carretera, el clásico número al que AC/DC nos tienen acostumbrados en directo, evocando el sentimiento de “Whole lotta Rosie” cuando Brian recita en voz más grave y la banda entra de lleno. Mientras que la breve “Wild Reputation” poco aporta a un álbum que se ralentiza demasiado con “No Man’s Land”, recordándonos que estamos en su segunda cara, en su recta final. No son malas canciones, pero pisar un poco el acelerador no les habrían sentado nada mal. Sí me gusta el pequeño experimento que es “Systems Down” y la valentía de Stevie en la guitarra (igual que en “Money Shot”) o cómo Cliff frasea con su bajo mientras Rudd marca el compás. Precisamente, “Money Shot” hace que “Power Up” recupere algo de cuerpo, igual que “Code Red” que significa no sólo un final dignísimo sino una guitarra verdaderamente sabrosa cuando Brian parece bailar mientras canta y así rejuvenecer a la banda, sonando con más vigor y sangre en las venas que en algunas canciones (“Wild Reputation” o “No Man’s Land”) y, por supuesto, todo “Rock Or Bust”.

 

No hay nada de malo en pinchar un disco y sentirte como en casa, al igual que uno prefiere sus viejas y desgastadas zapatillas a unas completamente nuevas, a menos que seas un amargado y sientas que estás de vuelta de todo. No hay nada de malo en reencontrarse con tus amigos de siempre y que te recuerden, como en “Shot In The Dark”, que a pesar de toda la oscuridad que nos rodea siempre hay un pequeño rayo de luz que puede iluminarnos y, como “Power Up”, dibujarnos una sonrisa en la cara. ¿Qué puede haber de malo en ello?


© 2020 Blogofenia

 

Crítica: Solstafir "Endless Twilight of Codependent Love"

Que "Endless Twilight of Codependent Love" haya sido reverenciado como una obra maestra por parte de aquellos posturetas de siempre y, sin embargo, haya sido rácanamente puntuado por algunas publicaciones, mucho me temo que dice más de los que estamos al otro lado (escuchando el disco) que de la propia banda. Si "Berdreyminn" (2017) me sonó como una poética bendición que cayó como un rayo sobre aquellos que se deshicieron en elogios para “Òtta” (2014), ajenos a que la obra maestra se llama y llamará "Köld" (2009), y los islandeses tocaron el cielo de nuevo y un público masivo con “Òtta”, después se lanzaron a los paisajes brumosos de agreste belleza con "Berdreyminn" y si este "Endless Twilight of Codependent Love" no ha caído tan en gracia es porque tiene más que ver con “Silfur-Refur” o “Hula” que con lo grabado anteriormente. ¿Y saben? Me parece bien. Grabado, de nuevo, con Birgir Jón Birgisson pero sin Arellano tras los mandos, "Endless Twilight of Codependent Love" y sus historias de desgracias emocionales, mentales y codependencia, resuenan preciosas y estimulantes, llenas de intensidad y romanticismo, pero no exentas de dolor. No es de extrañar que aquellos que lleguen a este disco sin ánimo de quedarse, crean que “Akkeri” es la que marca el paso del resto de composiciones, pero no; sus diez minutos de rock directo y crudo, de bandazos eléctricos y la fuerza de Jón Hallgrímsson, o el desgarro de Tryggvason no son el común denominador de "Endless Twilight of Codependent Love". Momentos más cercanos al black de sus inicios, cuando el trémolo de Maríus Sæþórsson hace que Jón apriete hasta llegar a un puente atmosférico del que nos sacan a golpe de cencerro y palm mute.

 

Me gusta el comienzo épico de “Drýsill” y su transición a un pesado respirar en el que Tryggvason canta con la voz rota y repleta de amargura, en la que su interpretación se come el lento palpitar de la instrumentación y que, a pesar del corte, enlaza a la perfección con las cuerdas de “Rökkur” y el diálogo a dos voces sobre unas guitarras que se despliegan sobre la narración. “Her Fall From Grace” suena tan opaca y nocturna, tan oscura en sus agudos que da la sensación de que Sólstafir han sabido capturar esa noche que romperán a base de saturación y lamentos desquiciados en “Dionysus” para aquellos no creyentes que pensaban que los islandeses jamás podrían grabar nada tan descarnado sin perder el toque arty de su propuesta. E incluso en la lentitud, cuando parecen regodearse en la suave brisa de la desesperación y sumergirnos, como oyentes, con ellos, Tryggvason y Sólstafir, suenan inconmensurables, dispuestos a tocar todas tus teclas emocionales si les prestas algo de atención y te atreves a escuchar el disco con cascos y en mitad de la madrugada.

 

Sorpresas como “Ör” y su encanto a club, a otra época y otro estilo muy diferente al suyo, rozan el sobresaliente, cuando al piano se le une la guitarra gruesa de Maríus, a punto de romper, saturada y haciendo uso de la pastilla del mástil, y Jón juega a olvidarse de Sólstafir para acariciar un toque jazzy en su deslizar sobre el parche y forma de marcar el compás. Aunque la banda sepa volver allá donde es más sencillo reconocerles ("Alda Syndanna") y cargar con más fuzz, que la Les Paul de Neil Young cuando quieren sonar enormes, masivos y desbordar tus sentidos, son capaces de sacarse un final como “Úlfur” en el que levantan un muro de sonido tan monolítico que es capaz de dejar en ridículo a cientos de bandas de doom y despedir "Endless Twilight of Codependent Love" entre tormentas eléctricas de abruptos golpes sobre las cuerdas de las guitarras de Tryggvason y Maríus.

No es mejor que "Berdreyminn" pero continúa el viaje de aquel y sirve para poner los cimientos de lo que está aún por llegar, de ese viaje en el que andan envueltos y en el que no les duele en prendas perder muchos de aquellos seguidores que “Òtta” trajo y dejar en ridículo a esos otros que les seguirán contra viento y marea.  "Endless Twilight of Codependent Love” es un disco mágico, intenso y descorazonador al que hay que dedicar tiempo, pero cuyo retorno de inversión es superior a todas las lágrimas vertidas. 


© 2020 Jack Ermeister

Crítica: Pallbearer "Forgotten Days"

Siento arrancar esta crítica así, pero el principal inconveniente que tengo con “Forgotten Days” no es otro que "Heartless" (2017), "Foundations of Burden" (2014) y "Sorrow and Extinction" (2012), una discografía, como es la de Pallbearer, que no baja del notable alto porque si "Heartless" (2017) les adentraba en el terreno más progresivo, sin perder su influencia doom y les hacía alcanzar cotas de sensible belleza en aquellos paisajes en los cuales parecían abandonarnos en lo alto de una montaña, en pleno amanecer. Pallbearer alcanzaron el perfecto equilibrio entre el doom de la última década y su impostada pesadez y el incipiente renacimiento del gusto por el progresivo más tardío y aquí, en “Forgotten Days” (producido por Randall Dunn), lo que me encuentro es que la pulsión entre el bien y el mal, la pastillita azul y la roja, ha decantado la balanza hacia el doom, hasta tal punto en que la losa de acordes han ganado espacio a la melodía (dosificada con cuentagotas, como en “Riverbed”) mientras que los ecos ingleses setenteros se dejan sentir a lo largo y ancho de “Forgotten Days”; cuando las guitarras de Holt y Campbell juegan con los semitonos y las voces se tornan nasales, rompiendo hasta recordar a nuestro querido Ozzy, en lugar de a Lee Dorrian. No hay más queja alguna que la de aquel que hubiese deseado que continuasen con la veta de “Heartless” y hubiesen explotado su vena más proggie.

 

Me gusta la sensación de presión contenida (no sé explicarlo mejor) de “Stasis” y “The Quicksand Of Existing”, sobre todo esta última, porque crean tensión en un mar de graves y, como un pequeño juego morboso de ‘tease and denial’, te mantienen en el clímax sin necesidad de llegar a desenlace alguno; el solo de “The Quicksand Of Existing” está lleno de intensidad y sólo echo en falta un regreso más memorable a la estrofa pero, con todo, son dos composiciones notables que aciertan en su juego. El sobresaliente llega con “Silver Wings” y “Caledonia”, la primera por su ‘crescendo’, su construcción y cómo Pallbearer parecen llevarte de la mano, con toda la lógica del mundo, a través de un viaje de doce minutos en los cuales te centrifugan en el primero y parecen sumergirte bajo el agua durante toda la canción, para elevarte a los cielos al final. Mientras que “Caledonia” es tan hipnótica y cálida en el tono que es imposible no sentirse atraído por una composición que cierra el álbum y que parece compuesta con tanto mimo, como es interpretada y ese estallido del final, justo antes de volver a la calma; a un rumor, un murmullo…

 

El lector más espabilado se habrá percatado de dos canciones sobresalientes, dos notables, dos aceptables y la ausencia de otras dos en esta crítica. “Vengeance And Ruination” y “Rite Of Passage” mantienen el tipo pero la primera son casi siete minutos de repetición del mismo esquema y la segunda, aunque más accesible (seguramente la que muchos recuerden por su estribillo) es quizá también la menos especial, la más previsible y aquella que encierra menos dificultad a un oyente que acude a Pallbearer buscando la excelencia, que ha sobrevivido a cincuenta y dos minutos de tempos lentos como el gotear de la miel, deseoso de encontrar lo que encontró en "Foundations of Burden" (2014) y "Sorrow and Extinction" (2012) y, por supuesto, en “Heartless” (2017).

 

No es un mal disco, para nada en absoluto, pero esperaba tanto de ellos que duele sentir que se han desmarcado tanto del centro en la diana. No podría finalizar esta crítica sin mencionar también lo poco que me gusta la portada, obra de Michael Lierly (hermano de Mark, autor de las anteriores) y que no termina de gustarme. Por ahora, “Forgotten Days”, es el álbum más flojo de los de Little Rock y eso es lo que me deja con tantas ganas de saber cómo saldrán de esta o, por el contrario, si se estancarán en esta propuesta. Seguiremos informando…

 

© 2020 Conde Draco

Crítica: Bruce Springsteen "Letter To You"

No puedo evitar contemplar la foto de Danny Clinch en la portada de “Letter To You” y sentir algo de pena por ese invierno que muestra a Bruce entre copos de nieve y que, nos guste o no, es una clara referencia al final de una vida, como cuando Paul Auster parecía hacer balance de la suya rememorando historias de su juventud en un “Anecdotario de invierno” que no es otra cosa que el momento en el que uno siente que hay más mecha quemada que la queda por arder y aquí, Springsteen, recurre a composiciones nuevas, inéditas, y otras no tanto, haciendo balance de su vida en un momento en el que no necesita volver pero muchos sí necesitábamos. El caso es que, como siempre, cada vez que me acerco a su obra siento que le busco en una habitación atestada de gente que no me permiten escucharle con claridad; durante las últimas semanas, he leído a seguidores que aseguraban que “Letter To You” es su mejor obra desde “The River” (1980), esos otros para los que Bruce no ha firmado nada decente desde aquel disco, aquellos para los que es una caricatura de sí mismo, los que únicamente se fijan en su aspecto juzgando por cana o arruga y, por último, esos para los que es una religión y carecen de criterio alguno, aunque entre los cientos de miles de personas que le siguen podría seguir categorizando; no hay nada más odioso que aquellos seguidores irredentos de Springsteen o U2, porque son especialmente detestables en su miopía. Ruido, mucho ruido, que diría Sabina...

Sin entrar en los motivos por los que Bruce se reúne con la E Street Band en su granja de Colts Neck, más que quizá únicamente con la intención de grabar nueva música, de seguir moviéndose para no hundirse en su nado, el caso es que “Letter To You”, producido por Ron Aniello (repitiendo tras "Wrecking Ball" de 2012 y el pasado "Western Stars”, que no me convenció por muchos motivos, quizá porque no era el disco que yo necesitaba, ni quería escuchar y todavía lo guardo para escucharlo mil veces más de nuevo, para cuando llegue su momento), tiene el sonido parco y seco del invierno pero también la calidez orgánica de sentir a unos músicos grabando con inmediatez, en directo y en tan sólo cinco días, conviviendo en un ambiente cómodo en el que interpretar canciones que no hay que masticar demasiado y el álbum se beneficia de eso, de la frescura, de sentirles divirtiéndose.

Sin embargo, una apertura como “One Minute You’re Here” más que el travelling sobre los ataúdes al que Bruce pareció asistir de pequeño, me parece una amarga pero necesaria reflexión sobre lo dramático de la vida eso que, por otro lado, la dota plenamente de sentido; “un minuto estás aquí, al otro te has ido” y la sensación de que cuando canta está regresando a su hogar, no se refiere en el recuerdo, sino en el viaje vital a través del río de aguas rojas que menciona y todos tendremos que atravesar, cuando la canción ahonda en imágenes como el otoño, la noche, las estrellas y el filo de una ciudad que ya no se oscurece levemente, como en 1978, sino sobre la que se cierne la noche más absoluta. Muchos creen escuchar la soledad de “Nebraska” (1982) cuando eso lo único que encierra es su propio deseo de que Springsteen retome la amarga crudeza de aquel, ajenos al inherente sufrimiento que aquello trajo y traería; francamente, prefiero sentirle arropado por sus amigos que sólo con un cuatro pistas.

“Letter To You”, el single y video que nos sorprendió a todos, sirve como presentación de un disco en el que Springsteen parece hacer suya la máxima dylaniana por la que el artista es tan sólo el cartero y las canciones son cartas que nos envía. Es quizá que por eso “Letter To You”, como álbum, gana enteros. Porque Bruce parece olvidarse de esas historias en tercera persona o supuestamente confesionales que, sin embargo, siempre parecían cantadas con tanto sentimiento como también desafección para alejarse de sus verdaderos dramas; esos con los que nos sorprendió cuando admitió su propia depresión en su autobiografía y que aquí, en este álbum, parecen haber sido historias/ cartas que nos ha regalado a través de todos estos años. Springsteen siempre ha sido sincero, aunque no haya querido abrir sus propias heridas de manera directa, en este disco no sólo lo es sino que también suena, cuando mira a la cámara o le vemos pasar tiempo con sus amigos y cantar sobre sí mismo. La E Street Band suena a pleno pulmón; Max marca con Tallent, mientras las guitarras se solapan y Bittan/ Giordano despliegan su magia sobre la acústica, un medio tiempo majestuoso -es verdad que inofensivo- pero también amable y reconfortante, en el que su voz resuena cuando se eleva y gana en poso cuando se calma y suena rota.

De lo que no tengo duda es de la secuenciación del álbum, magníficamente estudiada, es por eso que esto es un “in crescendo”; “One Minute You’re Here”, “Letter To You” y la liberadora “Burnin’ Train” en la que el ritmo trotón de Max nos hace sentir que, en efecto, estamos a bordo de un tren. Aunque quizá, lo que más me guste sean las guitarras y la sensación de ir cabalgando junto a la E Street Band y ese puente en el que aceleran. Primer viaje al pasado de la mano de “Janey Needs A Shooter” que, aunque no resulte nada esnob y auténtico, prefiero a la grabada por mi querido Warren Zevon en su “Bad Luck Streak In Dancing School” (1980) porque mientras aquella resonaba a la década en que fue parida y se basa en la voz de Zevon para ganar emotividad, la de Springsteen se libra de lo aséptico de aquel envoltorio, se beneficia de Bittan y el tono cansado y áspero de la voz, además del tono crepuscular de una banda, como es la E Street Band, que juega entre la melancolía y el buen sabor en estudio (gracias a los arreglos y, por supuesto, Bittan y Giordano), del saber hacer, y el sonido, de esa armónica y Max, de nuevo, manteniendo la emoción. A "Last Man Standing" le debemos este álbum, y además de la evocación a The Castiles, es la constatación de ese invierno que refleja la portada y en el que Bruce parece afincado actualmente, enumerando a aquellos compañeros caídos, mientras él parece ser el último en caer. Bittan sigue siendo imprescindible, “The Power Of Prayer” o “House Of A Thousand Guitars”, canciones que llenan/ sacian, pero no alimentan, a pesar del tono elegíaco de esta última y ese llamamiento a olvidar las penas y preocupaciones para celebrar el milagro de la música, aunque el tono de su melodía suene especialmente tristón y tenga que ser la fronteriza “Rainmaker” la que nos despierte. Sin embargo, estas tres canciones funcionan como visagra de las dos caras del disco, esa que se abre con "If I Was The Priest", haciéndonos viajar en el tiempo, en la que es la interpretación del propio Springsteen es la que la hace sentir como una joya; “Now if Jesus was a sheriff and I were a priest. If my lady was an heiress and my mama was a thief. If papa rode shotgun on the Fargo line. There's still too many bad boys tryin' to work the same line”, mientras se apoya sobre el órgano de Giordano, a falta de nuestro añorado Danny.

“Ghosts” es un pequeño chute de energía porque, en lugar de lamentar la pérdida, como en "Last Man Standing", parecemos celebrar los fantasmas que nos rodean de todos aquellos que ya nos han dejado. Decía Unamuno que morimos cuando la última persona que nos recuerda fallece, es quizá por eso que Springsteen será eterno y por eso mismo, sabedor de ello, evoca a todos los caídos, porque sabe que en su garganta nunca morirán, mientras alguien haga sonar “Ghosts”, no solamente sonará la voz de Bruce sino el saxo de Clarence o el órgano de Danny. "Song For Orphans", otro rescate, destila la influencia de Dylan y, claro, me gusta, pero también dota al disco de una recta final en la que nos sentimos como en casa, como en "Greetings From Asbury Park, N.J." (1973) o “Another Side of Bob Dylan” (1964). Qué cojones, suena tan bonita y con tanto fundamento que nos transporta a otra época; “So break me now big Mama as Old Faithful breaks the day. Believe me my good Lind, the aurora will shine your way. The confederacy's in my name now, the hounds are held at bay, the axis needs a stronger arm. Do you feel your muscles play?” Pena que el álbum cierre con la bonita, pero menos sentida, "I’ll see you in my dreams" que sirve como nana y un hasta luego tras la muerte, esperanzadora en su reencuentro; "I'll see you in my dreams when all the summers have come to an end. I'll see you in my dreams, we'll meet and live and love again. I'll see you in my dreams, up around the river bend for death is not the end, and I'll see you in my dreams”.

“Letter To You” es un album notable, bien interpretado y, como decía, bien secuenciado, un ejercicio magnífico de creatividad y forma. Superior a "Western Stars" (2019), "Wrecking Ball" (2012), "Working On A Dream" (2009) y "Magic" (2007) pero por debajo de "The Rising" (2002) o el homenaje de "We Shall Overcome: The Seeger Sessions" (2006), lo que dice mucho a favor de Springsteen y poco del fanatismo sectario de aquella que habitualmente le persiguen. A pesar de su brevedad y aún con esos arreglos que suenan a autoplagio, además del rescate de esas canciones olvidadas en el tiempo, “Letter To You” se confirma como una de las grandes sorpresas de un año extraño y oscuro en el que su luz esperanza lo suficiente como para escucharlo una y otra vez hasta que acabe el invierno, esta puta pandemia y nos reencontremos con él en un estadio. Bendita entrada en su séptima década…

© 2020 Blogofenia

 

Crítica: Ghostemane "ANTI-ICON"

Es posible que, como fiel lector de esta web, hayas entrado aquí buscando respuestas. Desconcertado quizás al leer el nombre de GHOSTEMANE acompañando a una crítica.  Estamos totalmente absortos en el mundo que nos rodea, el cual cambia por segundos y deberíamos, como amantes de la música, dejar siempre una pequeña rendija abierta por si un día, sin previo aviso, decidimos sorprendernos a nosotros mismos escuchando algo que, posiblemente, se salga de todos nuestros parámetros. Y es que, Eric Whitney, no ha dejado de sorprendernos desde aquel 2018 cuando, gracias a SoundCloud, nos dimos cuenta de su existencia. GHOSTEMANE no es un artista apto para todos los públicos, su música puede resultar chirriante, caótica o inarmónica para muchos, sin embargo, otros hemos encontrado la mezcla casi perfecta en este mundillo en el que las etiquetas cada vez tienen menos peso y en el que los artistas se atreven cada día más con su música sin importar que siempre haya quien no vaya a recibir el mensaje. 

 

ANTI-ICON nace con ‘’Intro.Destitute’’ como la banda sonora idónea para este camino hacia el purgatorio. Sin dejarnos ni un segundo de descanso ‘’Vagabond’’ estalla en nuestras cabezas con unos bajos que retumban de forma totalmente estructurada. ‘’Lazaretto’’, cuya fuerza nos recorre durante los casi dos minutos que dura, es uno de los mejores temas del álbum, no podíamos esperar menos siendo éste el segundo single, cuyo videoclip nos muestra, por si aún quedaba alguna duda, que la estética ha pasado a ser uno de los pilares de esta nueva era para GHOSTEMANE.  

En ‘’Sacrilege’’ e ‘’Hydrochlorine’’ nos muestra su lado más industrial y nos recuerda por qué Nine Inch Nails y en especial, Trent Reznor, es una de sus mayores influencias. ‘’AI’’, el primer single, nos devuelve la esencia pura de ese estilo tan particular que nos deslumbró en ‘’Blackmage’’ (2016) y que le ha hecho colgar el cartel de sold out en infinidad de ciudades tanto en Europa como en su país natal. Con ‘’The Winds Of Change’’ y ‘’Falling Down’’ vemos un GHOSTEMANE más comedido, que centra la atención en la instrumentación y nos acompaña hacia el final de este viaje, transportándonos, como si de Caronte se tratara, hacia aguas más tranquilas por fin, descubriéndonos así que después de la tormenta siempre llega la calma. 

Sin duda, te has equivocado si crees que esta es una crítica totalmente objetiva, pues suelo cometer el error de dejarme llevar cuando algo realmente consigue tocarme la fibra. No obstante, si durante esta lectura has conservado abierta esa rendija y has decidido darle una oportunidad al disco, ya habré conseguido mi objetivo. Seguramente su mensaje sobre la depresión, la muerte, el nihilismo y el ocultismo no consiga llegar a todos, pero os aseguro que, aunque quizás nunca llegue a ser un ícono, GHOSTEMANE ha llegado para quedarse.

 

© 2020 Jena X

 

Crítica: Devildriver "Dealing with Demons I"

Si hace cuatro años, no sabía qué esperar de Devildriver y, dos años después, volvían a decepcionarme con "Outlaws 'til the End, Vol. 1" (2018), es ahora cuando me doy cuenta de que el problema soy yo y no ellos. Dez Fafara lo ha pasado mal, a la pandemia que estamos sufriendo todos, y los constantes incendios que han devastado su hogar, se le ha sumado el cáncer -por suerte, superado con éxito- de su mujer, a lo que hay que añadir el habitual estado de humor de Dez, su sempiterna lamida de heridas a través de las canciones de Devildriver que, últimamente, han convertido sus discos en amargos lamentos adolescentes y su última preocupación en forma de defensa de La Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América. Pero, en el plano puramente musical, lo más hilarante es leer a esos pseudo-críticos que sitúan discos como el que nos ocupa, “Dealing With Demons I”, “Outlaws 'til the End, Vol. 1” (2018) o “Trust No One” (2016) entre lo mejor de los de Santa Barbara. Es por eso que propongo un sencillo ejercicio; si “Dealing With Demons I” es uno de los mejores discos de Devildriver, ¿qué ocurre con títulos como "The Last Kind Words" (2007) o "The Fury of Our Maker's Hand (2005) o, en último lugar, "Winter Kills" (2013)? Pues algo muy sencillo y es que a Devildriver, tras los cambios de formación, y la caricatura de Fafara (un tipo con casi sesenta años, cantando letras de metal-púber), no han sido capaces de superar los discos mencionados y, salvando por los pelos "Winter Kills", el resto de sus obras quedan lejísimos de "The Last Kind Words" (2007) o "The Fury of Our Maker's Hand (2005), con momentos de auténtica vergüenza como “Outlaws 'til the End, Vol. 1” (que pintaba estupendo sobre el papel pero no supieron llevarlo al estudio).

 

Es por eso que no entiendo que hayan vuelto a trabajar con Steve Evetts tras el resultado anterior, un tipo que parece condenado al relleno y que incluso cuando ha trabajado con bandas como Incantation (splits y EPs), Sepultura o Prong, ha obtenido resultados irregulares, pudiéndose salvar únicamente su trabajo con Warbringer o Symphony X. Pero tampoco entiendo el empeño de Fafara por mostrarnos su enfado en letras verdaderamente infantiles o canciones tan genéricas que parecen metal de marca blanca. La única interesante es “Keep Away From Me”, hasta que entran los armónicos y se cargan la atmósfera, o el músculo de pollito y arroz en “Vengeance Is Clear” en la que parecen unos Lamb Of God venidos a menos, con menos virulencia pero queriendo sonar más inflados. Las guitarras de Spreitzer y Tiemann en “Nest of Vipers” y su slide, me recuerdan demasiado al intento fallido de “Outlaws 'til the End, Vol. 1”, aunque es la más melódica y, por tanto, la más accesible de un disco en el que lo más interesante es el cambio de dinámica en “Iona” pero contiene errores flagrantes como “Wishing” o la incorporación a capón de Simon Fafara (su propio hijo, ese que nos ha vendido en Instagram, como el mejor vocalista del mundo) en una canción menor como “You Give Me a Reason to Drink”.

 

Me gusta “Witches” y creo que es un gran single, salvado por ese monstruo llamado  Austin D'Amond, pero también hay relleno del bueno, como “Dealing with Demons” (de nuevo, robando el alma a los de Randy Blythe), cosillas entretenidas como “The Damned Don't Cry” y peñazos insoportables que, para colmo, cierran el álbum; “Scars me Forever” y dejan con buen sabor de boca a aquellos que no han escuchado lo suficiente a Devildriver o tiene que volver, necesariamente,  a hacerlo. Si este “Dealing With Demons I” y su posible segunda parte, son cuatro estrellas, cuatro manos cornudas, cuatro rayos, cuatros descargas o lo que quiera el que escribe, "The Last Kind Words" es el puto "Vulgar Display of Power" (1992) y, obviamente, nada de eso. Este álbum es entretenido, para un ratito, poco más, no nos compliquemos…


© 2020 Lord Of Metal

Crítica: Deftones "Ohms"

Siempre he creído que los pasos atrás son muy jodidos para los artistas cuando tienen que pisar el freno y volver a lo que el público pide o la crítica ordena. Me gustó “Gore” (2016) y no entendí el desmarcaje de Stephen Carpenter, las declaraciones cruzadas y, mucho peor, ser testigo de cómo el grupo se olvidaba de sus canciones en los dos directos que presencié de aquella gira. ¿Fue el grupo, como colectivo, quien lo decidió? ¿Fue el disgusto de Carpenter? ¿Lo tibio de las críticas o la gélida reacción de un público que prefiere entonar “My Own Summer” por enésima vez en lugar de escuchar la nueva propuesta de la banda? El caso es que Deftones tenían ganas de entrar al estudio, tenían prisa, y el resultado es “Ohms”, un álbum producido por la propia banda y Terry Date, que suena moderno pero ajeno a los experimentos, en el que Deftones logran el complicadísimo equilibrio de sonar agresivos (cuando quieren), resultar melódicos (cuando los fans lo necesitan) y jugar sin quemarse, sin resultar demasiado innovadores y, sin embargo, seguir siendo lo suficientemente interesantes para todos aquellos que disfrutamos de otros paisajes, otras texturas, y que ellos tampoco pierdan el interés, como artistas. La realidad es mucho más sencilla y puede resumirse, de nuevo, en uno de los muchos binomios existentes en el rock, como es el de Moreno/ Carpenter. Mientras el guitarrista pide sangre y músculo, Moreno requiere atmósferas, capas y capas de electricidad estática en las que desplegar su voz, esa que ha envejecido todo lo bien que se esperaba de él y sigue aunando la desesperación adolescente de aquellos que una vez los escuchamos siendo veinteañeros, crecimos con ellos y tantos otros, y en la cuarentena, Moreno, sigue cantándonos al oído, sobre otros problemas pero los mismos sentimientos, la misma alma, la misma pena; las mismas voces, otros ámbitos…

 

“Genesis” arranca y la calma te invade, gracias a Frank Delgado, hasta que la pesadísima atmósfera de Deftones sobrecarga tus sentidos y Moreno parece gritar desde diferentes megáfonos, su voz se estrangula en un canal, mientras en otro reverbera y en un tercero parece narrar, en una canción repleta de emociones. “Ceremony” es una de mis favoritas, junto con “Error” y “Pompeji”, en ellas siento que Deftones han logrado llegar a lo que querían ser; el trabajo de Carpenter me encanta, Delgado está sublime, como Cunningham y Vega. Ejemplo de esto último, de esa base rítmica sublime, es “Urantia”, mientras Carpenter parece taladrar la melodía, Cunningham la mantiene sobre la base hip-hop de Vega y Delgado teje un colchón electrónico, no puedo pedir más.

 

“Error” es una descarga, me gusta lo urgente de su melodía, la tensión palpitante y la aparente calma de Moreno, esa tan insana que nos conduce a un estribillo liberador; "Beyond the gates, outside the grid. We follow in your grace, let's find a way through". "The Spell of Mathematics" posee un grandísimo riff que permite a Moreno descerrajar otro de esos estribillos que se clavan en el alma, mientras que las palmas funcionan en la producción porque se sienten naturales, nada forzadas, no son un arreglo más sino una consecuencia lógica del clímax que parecen lograr incluso en el estudio. “Pompeji” recuerda vagamente a lo logrado en “Gore” pero lejos del envoltorio sintético de aquel y sí con toda la rabia de los Deftones más recientes de "Koi no yokan" (2012), "Diamond Eyes" (2010) y "White Pony" (2000), ejemplo de ello es también “This Link Is Dead”.

 

En un disco en el que la intensidad no baja ni un segundo, “Radiant City”, y no hay concesión alguna, tejiendo bonitas melodías repletas de oscuridad y sentimientos de querer romper con todo (“Headless”), con la voz de Moreno como principal protagonista, hasta el cierre que es la apropiada “Ohms”, en la que -de nuevo- somos testigos de cómo el panteón de Carpenter se mezcla con el de Moreno y logran esa mezcla única. No puedo decir que “Ohms” sea el mejor álbum de la banda, pero sí a tener en cuenta junto con "Koi no yokan" (2012), "Diamond Eyes" (2010), "WhitePony" (2000) y "Around the Fur" (1997). Deftones lo han vuelto a lograr, aunque quizá haya tenido menos peso Moreno que Carpenter y la mezcla, paradójicamente, haya resultado más equilibrada que nunca. Magnífico…


© 2020 Blogofenia

 

Crítica: Six Feet Under "Nightmares Of The Decomposed"

Si hace exactamente tres años intentaba justificar un disco tan mediocre como “Torment” (2017) por el cariño que le tengo a Chris Barnes, lo hecho con Cannibal Corpse y discos notables como “Undead” (2012) o “Unborn” (2013) y esos clásicos como son “Haunted” (1995), “Warpath” (1997), “Maximum Violence” (1999), ha llegado el momento de subir la cremallera en la bolsa y cerrar los ojos de Barnes, de regresar a sus clásicos y olvidarnos de él como músico, de llevar a la mesa de matanza (nunca mejor dicho) un disco tan horrendo como “Nightmares of the Decomposed”. No se trata del sonido, aunque intuya que Chris Carroll (Malevolent Creation, HatePlow o los propios Six Feet Under) ha debido dormirse sobre la consola y haberse limitado a cobrar su salario, tampoco se trata de los músicos; Ray Suhy, Jack Owen (joder, Jack Owen de Deicide), Jeff Hughell y Marco Pitruzzella, claramente solventes en su oficio pero, seguramente, poco interesados en lo que aquí se cocía, la horrenda portada de Luke Hunter o la cascadísima -ya perdida- voz del propio Barnes, es que todo, absolutamente todo, apesta en “Nightmares of the Decomposed”. Un álbum repleto de riffs poco imaginativos, usados hasta la extenuación, genéricos y sin alma, aburridos y poco sorprendentes (“Amputator”), un sonido plano, opaco y gris en el que la mezcla es horrorosa y cuando suena la batería de Pitruzzella, el charles se come esta como una pandereta, con las guitarras creando una masa informe, el bajo casi inaudible o con sonido a pedorreta, y Barnes totalmente perdido, errante sobre unas composiciones absurdas y pobres, poco trabajadas o elaboradas.

Escucho “Zodiac” o “The Rotting” y me apena que eso que suena sea Barnes, pienso en los años de abuso a los que se ha sometido, en lo poco que se ha cuidado y su afición a la marihuana y el humo, el puto humo que debe haber dejado sus cuerdas vocales como los cabos ajados por la sal de un buque pirata anclado en el estómago del océano, siento especial vergüenza ajena en “The Rotting” y esa especie de ‘pig squeals’ que parecen el diafragma de un gremlin pariendo y ese jodido riff tan repetitivo y circense, robado en un Lefties del metal o un banco gratuito de riffs para discos de death de bajo coste. Lo peor de todo, si es que hay algo peor que escuchar a una leyenda como Barnes en semejante estado, con un Jack Owen creativamente ausente, no es asistir impasible al dantesco espectáculo de que canciones como “Death Will Follow”, “Migraine” o “The Noose” se suceden sin que este “Nightmares of the Decomposed” remonte el vuelo, sino que con semejantes ingredientes como los descritos anteriormente y Barnes convertido en un caricatura del Monstruo de las Galletas de Barrio Sésamo, pretendan tomarnos el pelo. Cualquier banda amateur que esté comenzando, repito; cualquiera, es capaz de facturar algo con más dignidad e ilusión, un producto mejor acabado.

 

El comienzo de “The Noose” es deprimente, igual que “Blood Of The Zombie” y su horrendo y tristón riff, el sonido de "Self Imposed Death Sentence" y el patetismo cafre, de serie B, que es “Dead Girls Don't Scream”, nada funciona en un disco que produce una digestión pesadísima y que acabar de escucharlo debería estar premiado. "Drink Blood, Get High", "Labyrinth of Insanity" y "Without Your Life" concluyen cuarenta y tres minutos en los cuales no serán pocas las veces que uno tema por la salud de Barnes y crea que va a quebrarse en la siguiente canción, esas que durante la media de cuatro minutos escupen una y otra vez las mismas guitarras, los mismos fraseos y solos que suenan absolutamente a chiste. 

Llegados a este punto tengo la duda, ¿por qué la mítica Metal Blade Records le ha permitido publicar semejante aberración? ¿por qué nadie le ha advertido a Barnes lo que iba a parir? Mucho me temo que únicamente prima el interés económico o contractual cuando compruebo, atónito, que Metal Blade ha prohibido los comentarios en todos los promocionales de “Nightmares of the Decomposed” en YouTube. Pensaba que “CFMT” de Corey Taylor sería lo peor que escuchase este año, pero la vida a veces nos regala discos tan horrendos que ni siquiera sirven como posavasos. Un horror de principio a fin, a menos que quieras tirar tu dinero y llorar por Barnes, no lo compres, ni siquiera lo escuches, lo expongas a la luz, mojes o alimentes después de medianoche…

 

© 2020 Jack Ermeister