A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

FOO FIGHTERS regresan con "Concrete And Gold"

Qué razón tenía Neil Young en "Hey Hey, My My (Into The Black)", es mejor arder que desvanecerse poco a poco...

Jacksonville en Madrid...

El triunfo de RYAN ADAMS en su paso por nuestro país, con "Prisoner" bajo el brazo. Esos grandes para los que a veces parece que sí hay un reemplazo...

"Hydrograd" de STONE SOUR no es lo que parecía

Le guste o no a Corey Taylor, STONE SOUR siempre será el proyecto paralelo del cantante de SLIPKNOT...

ROGER WATERS ha vuelto, nunca se fue...

Su mejor álbum desde "Amused To Death", atrevido pero también nostálgico...

"Emperor Of Sand" de MASTODON

El cáncer, el paso del tiempo y la redención en la nueva obra maestra de los de Atlanta.

PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

John Haughm vuelve a la carga con uno de los mejores discos del año, "Obsidian Arc"

KREATOR, el olor del buen thrash alemán por la mañana...

Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

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Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

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"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

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Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

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Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

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CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

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DYLAN por SINATRA, en estado de gracia.

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Han logrado que WEEZER publique uno de sus mejores discos en años, "Everything Will Be Alright In The End".

¡Nos largamos al HELLFEST!

Otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo; le meilleur festival du monde!

Cuarenta minutos de abstracción

Un disco fascinante, extraño, menor pero extrañamente bonito, diferente y excitante...

Crítica: Spurv “Myra”

Algo hizo que muchos prestásemos atención a “Skarntyde” (2015) en un mundo cuya oferta musical se ha multiplicado exponencialmente y, cada vez que uno descubre a una banda, encuentra mil referencias más; cientos de nombres de artistas desconocidos por el gran público pero, sin embargo, rebosantes de calidad. Es verdad, no puedo negarlo, estamos sufriendo una masiva sobreexposición de un tipo de música con tendencia a la introspección por parte de artistas nórdicos, bosques, mujeres en vaporosos camisones blancos, runas, tribales, cérvidos y, cuando las guitarras se encabritan con un Big-Muff; pechos y cuernos de más animales, huesos, nubarrones y títulos de canciones impronunciables que evocan el músculo del stoner. Negarlo es inútil, es toda una evidencia que en los últimos años la popularidad de subgéneros tradicionalmente minoritarios como el doom, el post-rock, el revival por lo progresivo, el black metal elevado a la categoría de cultura de masas de mano de Inditex y cientos de chavalas que han escondido bajo la alfombra sus discos de Taylor Swift o Vetusta Morla para ahora posar con vinilos de Profound Lore o Relapse es casi una plaga de tintes bíblicos. ¿Para qué negarlo?

Como también es verdad que Spurv son tan originales y complicados como un botijo; ninguna de sus canciones sorprende porque es el mismo camino trillado por cientos de bandas antes y será el de miles de millones de bandas después de ellos, no hay ni un solo segundo de originalidad en los surcos de sus, hasta ahora, dos discos. Ni “Skarntyde”, ni “Myra”, aportan nada al post-rock, a la música experimental con aires cinemáticos y conceptualización clásica; de mirarse al ombligo y llorar en días de lluvia, de dejarte en evidencia a ti mismo piropeando a tu crush a través de redes sociales y sentirte el más desgraciado del mundo con un Iphone X en el bolsillo y un café del Starbucks en la mano. Spurv son una gran banda, suenan magníficamente bien, pero son el estereotipo hecho música, perfectos para el estereotipo de almas sensibles, sentiditos y emocionalmente afectados de por vida que pueblan las redes sociales. A saber, “Myra”, es pura reverberación, guitarras dobladas en varias pistas, delays eternos que desbordarían al mismísimo The Edge, e-bows y arcos de violín, guitarras off-set, eternos trémolos y zapatillas, vaqueros y una emotividad a prueba de kleenex e Instagram.

A la ya clásica introducción de siempre, “Et løfte i fall” (agua, un cuerno y una ululante guitarra), le sigue “Og ny skog bæres frem” con un compás que sería el orgullo de Dave Brubeck. A la intensidad de Explosions In The Sky le han añadido más dramatismo y profundidad, Simon Ljung lleva la canción por donde quiere mientras las guitarras parecen quedar en un segundo plano, a modo de colchón. “Fra dypet under stenen” parece que va a estallarnos en plena cara pero no es el caso, Ljung no termina de dar ese platillazo, o ese golpe de parche, y cambio de tercio que tanto necesitan y la canción adolece de ello cuando el drama, la intensidad se vuelve algo irresoluto; hay tensión, pero no hay orgasmo.

Quiero dejar bien claro que “Myra” es un buen álbum y lo disfruto, pero la experiencia se ve empañada cuando uno detecta de dónde toman cada ingrediente. En un disco así, no pueden, faltar las canciones con una extensión que sobrepase la paciencia del oyente, en muchas ocasiones; “Fra dypet under stenen” o “Allting får sin ende, også natten” con más de ocho y diez minutos, respectivamente. Como tampoco puede faltar una composición como “Hviler bekkenes sang”, lo que parece una pieza a modo de interludio por culpa de las cuerdas o más y más delay en “Et blekt lys líder” que, pese a ello, podría ser la mejor de todo “Myra”, algo de experimentación de manos de la retroalimentación en y algo de ganancia en “Fra myrtemplet” pero sin dirección.

Es justo aquí donde “Myra” pierde comba, las atmósferas hace tiempo que ganaron la partida a las guitarras y la batería de Simon parece a medio gas, domada por las exigencias de unas composiciones plagadas de clichés en sus giros, en su estética, en su desarrollo y desenlace. Como no, el sampleado es de rigor y así es utilizado en la introducción de la larga “Allting får sin ende, også natten” en la que Herman Nilius, Gustav Jørgen, Hans-Jakob y Simon Ljung parecen ser conscientes del callejón en el que se han metido e intentan agitar las aguas; demasiado tarde, “Myra”, es al post-rock lo que un plato de microondas a la Nouvelle cuisine. La naturaleza de esta colección de canciones de los noruegos es fugazmente intrigante mientras que las influencias tan palpables que uno tiene la pesadez de un disco indigesto que no conduce a ningún sitio y cree haberlo escucha un millón de veces de manos de otros artistas que llegaron hace más de diez años. Spurv caminan por caminos ya de sobra transitados, esa es la auténtica pena y no su forzada languidez y melancolía.


© 2018 Conde Draco

Crítica: Orange Goblin “The Wolf Bites Back”

Hay bandas que consiguen ese complicado equilibrio entre obtener el favor del público, seguir publicando álbumes y canciones de gran solidez, repitiendo una y otra vez la misma fórmula, aceptando que ese es su estilo y son fieles a él. Lo que es, aparte de una declaración de principios y autenticidad, la clara constatación de que eso es lo que les gusta, saben hacer; lo que les sale de las entrañas. Orange Goblin, tras nueve discos, dejan claro que aquí no hay experimentación sino oficio y trabajo, que desde su debut “Frequencies from Planet Ten” (1997) han sido literalmente incapaces de publicar un mal disco y que, pese a que la cima la alcanzaron con “The Big Black” (2000), acudir a la cita de un nuevo álbum de los ingleses sigue siendo garantía de éxito. Levemente inferior a “A Eulogy for the Damned” (2012) y “Back from the Abyss” (2014) (aunque dependerá del gusto de cada uno, claro está) lo mejor de “The Wolf Bites Back” (producido por Jaime "Gomez" Arellano; Paradise Lost, Ghost…) es que sigue sonando a stoner, doom, blues, groove. En definitiva; ¡a Orange Goblin! Continuando lo mostrado en anteriores discos (tampoco había necesidad de cambiar), con canciones que, en ocasiones, nos recuerdan al rock y el desenfreno de Clutch pero también a Fu Manchu o Motörhead (el propio Phil Campbell presta sus dedos al álbum) e incluso ZZ Top ("Ghosts of the Primitives") o ese doom pesadote que tanto amamos los seguidores de Electric Wizard, aunque aquí Orange Goblin le impriman un poco de ritmo y termine con más groove que pegada, desde luego, no seré yo el que se queje...

Los descendientes de Salem llegan con "Sons of Salem" y Orange Goblin practicando ese stoner en el que actualmente no tienen rivales. La introducción de Chris Turner augura algo grande y el descorche de Ben Ward es whisky en su garganta mientras las guitarras vibran con el pulso eléctrico de Joe Hoare. Una guitarra acústica abre la homónima "The Wolf Bites Back” y el álbum coge cuerpo a la vez que mantiene el ritmo, el estribillo es pegadizo; es puro rock y la banda parece quemar. Ward lo borda en "Renegade" y Orange Goblin suenan a Motörhead más que nunca mientras que el distorsionado bajo de Martyn Millard en la introducción de "Swords of Fire" crea el contrapunto perfecto al desenfreno anterior por Kilminster. ¿Quién dijo que el orden de las canciones en un álbum no tenía importancia? "Swords of Fire" se convierte en un número doom al que Ward se une más tarde.

Como antes indicaba, los primeros compases de "Ghosts of the Primitives" podrían haber sido firmados por Gibbons, Beard y Hill, sino fuese porque, poco a poco, la canción va evolucionando (magnífico el cambio de Chris Turner) hasta convertirse en un acerado rock ‘n’ roll, hasta la fusión de la introducción de "In Bocca Al Lupo", una instrumental que sirve para apaciguar los ánimos y sirve como punto de inflexión. No es casualidad que, tras ella, "Suicide Division" rinda el tributo definitivo a Lemmy; Millard golpea su bajo a tope de distorsión mientras Chris Turner parece seguirle espoleado por el espíritu de Mikkey Dee. En “The Stranger” tocan el cielo de nuevo, rock con tintes blues y la mejor interpretación de Ward, muy similar a Mike Patton, tras la cazalla de la galopante "Suicide Division".

"Burn the Ships" desmerece ligeramente el resultado, no es una mala canción, pero no está a la altura y tampoco aporta demasiado a un álbum que se despide con una bastante más intensa y emocional, como es “Zeitgeist”. Orange Goblin han vuelto a grabar un disco más que notable sin despeinarse, siendo fieles a su estilo y a sí mismos, cuatro años después del extraordinario “Back from the Abyss”, sin forzar a la inspiración, pero tampoco sin perder cohesión como banda o gancho en sus nuevas canciones. Engrasados y funcionando a la perfección, les quedan todavía muchos kilómetros por delante y a nosotros a su lado…


© 2018 Jim Tonic

Crítica: Zeal & Ardor “Stranger Fruit”

Hace muchos, muchos años, entre treinta y cuarenta, identificar a un ‘heavy’ era fácil (entendiendo por ‘heavy’ el ya denostado concepto de aquel que disfruta del comúnmente denominado heavy metal y lo hace suyo como forma de vida); unas bonitas y relucientemente blanco nuclear J'hayber, pantalón vaquero de pitillo (tan ajustado como el Spandex), chupa vaquera o de cuero repleta de parches, una camiseta de su banda favorita y una litrona. En pleno 2018, las cosas parecen haberse complicado un poco, el término ‘heavy’ ha caído en desuso y evoca una España rancia a través de una tribu urbana simpática pero anacrónica que pasó a mejor vida, la de nuestros hermanos mayores (para muchos, ya padres) y mutar a un término más de los noventa como ‘metalero’ bajo el que, veinticinco años más tarde, ya nadie quiere ser reconocido, por lo menos en nuestro idioma. Escribo todo esto porque ahora, para identificar a alguien que disfruta de los sonidos extremos, la cosa se ha complicado; la garrulez de antaño ha sido reemplazada por un esnobismo irritante en el que uno no parece completo sino posee un desnortado gusto musical. Chavales que no pasan de la treintena o no se les ha descolgado el huevo izquierdo todavía, aseguran saber y disfrutar del jazz de Coleman, de escuchar a Ígor Stravinski, dan clases de dodecafonismo, escuchan blues del delta y saben de música electrónica holandesa, conocen al dedillo el black metal noruego y el thrash de la Bay Area o el death sueco. En realidad, cuando rascas un poco en esta chavalería, cuando a ella la despojas de las medias de rejilla y a él le quitas la camiseta de Sunn O))) te entra el descojone cuando descubres que es todo una gran y enorme mentira, peor que la de aquellos que en los ochenta creían conocer el mundo y el universo a través de tan sólo cuatro referencias, Ozzy y Judas, Manowar y Motörhead, y pensaban que la música disco era para maricones. Otros tiempos, otras reglas y consideraciones sociales, pero culturalmente hemos ido a peor…

Crítica: YOB “Our Raw Heart”

Va a ser cierto que el verdadero arte, la luz, nace del sufrimiento. Mike Scheidt, guitarrista y vocalista de YOB, fue diagnosticado y operado de diverticulitis y escribió “Our Raw Heart” desde la cama del hospital (no será, sin embargo, el único genio que en su lecho encuentre la inspiración y la fuerza para escribir grandes obras…). Y, mientras que muchos críticos, de indudable pluma, aseguran que el octavo álbum de YOB es un cruce entre “Clearing the Path to Ascend” (2014) y “Atma” (2011), yo prefiero dar las gracias porque no sea así y tenga las señas de identidad de ambos pero la inspiración y genialidad de “The Illusion of Motion” (2004), “The Unreal Never Lived“ (2005) e incluso “The Great Cessation” (2009), además de una luz y una energía vital que hacen que uno dude de si el drama de Scheidt ha producido semejante álbum o han sido sus ganas de vivir. Que nadie se asuste, esto no quiere decir que YOB se hayan convertido en los Coldplay del doom y canten rodeados de confeti multicolor con forma de mariposas; las guitarras opresivas, los amargos pasajes, la voz nasal y los rugidos, la pesadez y la densidad están asegurados pero el tono vital, la energía y la luz de “Our Raw Heart” es innegable. Más de setenta minutos de agresiva y sólida psicodelia revestida de dulce brutalidad.

Producido por Billy Barnett y publicado en Relapse Records (como no podía ser de otra manera, en preciosos y coloridos acetatos, eso sí, del gramaje de una oblea; lo que me lleva a pensar que Relapse quizá deberían preocuparse más del grosor y la calidad en la fabricación que de la estética), “Our Raw Heart” se abre con “Ablaze”, Foster y Rieseberg golpean y asistimos a la catársis de de Scheidt y su doloroso lamento. “The Screen” es hija de Sabbath y el sludge más sucio y vicioso, la crujiente guitarra de Scheidt se mueve con dificultad en su grueso andar (lo que, sin duda, en el doom es todo un elogio), mientras el parece ladrarnos. “In Reverie” posee tintes drone pero Foster es quien tira de YOB y Rieseberg le sigue, hasta que Scheidt se suma a lomos de una sinuosa pieza de diez minutos que nos lleva a “Lungs Reach” en la que parecen disfrutar creando atmósfera hasta la monstruosa parte central en la que, al final del túnel, nos devoran, como Sarlacc y su digestión milenaria…

La gran paradoja de “Our Raw Heart” es que la composición más extensa, “Beauty in Falling Leaves”, no sea un tópico forzoso en un álbum de doom sino la canción más bella de todo el álbum; desde su comienzo místico-oriental y su doliente, pero mágico crescendo, hasta su emotividad noventera y la calidez de las válvulas de los amplificadores de YOB, por todos los feedbacks del mundo mundial, entre ecos y voces dobladas, intensidad y apasionamiento en cada una de sus embestidas en la cadera de nuestra psique. Un pequeño recordatorio al pasado de los de Oregon en “Original Face” y su sonido hecho añicos hasta la final “Our Raw Heart”, catorce minutos de clímax desde su minimalista introducción, su sucísimo desarrollo con un Scheidt pletórico y un especiado final, de púrpura y oro, como su portada.

El mejor álbum desde “The Great Cessation” solo puede ser motivo de celebración, porque Scheidt sigue en nuestro mundo y su bendición es nuestro regalo. El verdadero arte, sin duda, nace del sufrimiento pero eso sólo le ocurre a los que, como él, son auténticos artistas, para el resto de los mortales, el sufrimiento sólo trae amargura, esa que la música de YOB puede llegar a curar, a menos que tengas cáncer de alma, claro

© 2018 Conde Draco



Crítica: Sleep “The Sciences”

Hay dos maneras de vivir la época que nos ha tocado vivir, en la cual somos tan gilipollas que creemos haber inventado al ser humano en lugar de un contexto que, cambie o no las reglas del juego, no es más que eso, y es; vivir por y para Internet y las nuevas tecnologías o vivir con ellas, pese a ellas. En ese deleite exhibicionista, casi pornográfico, de la privacidad por parte de millones de usuarios que creen que lo ordinario es excepcional, habrá otros usuarios muy diferentes que, en un futuro muy cercano y lejos del actual esnobismo como pose, se vanaglorien de seguir comiendo sin necesidad de fotografiar su plato de comida y compartirlo con otros, ir a la playa y no hacer foto de sus pies en la arena, asistir a un concierto y compartir absurdos selfies por aquello de haber estado, prestar atención a la persona con la que cenas en lugar de a los “eternos ausentes” a través de su smartphone o acostarse con su pareja sin necesidad de grabarlo para luego ‘sextearse’ cuando se cansen el uno del otro. Una banda como Sleep, tan alejada y ajena a las reglas del juego, quizá no tanto por convicción sino porque su propuesta será siempre inevitablemente minoritaria, son esos usuarios del futuro que han venido a visitarnos y recordarnos que lo cibernético también puede ser superfluo...

Y es que los de San José, a pesar de llevar desaparecidos desde la publicación del ya mítico “Dopesmoker” (1999), aun habiéndose reformado para el directo junto a Jason Roeder de Neurosis, y haber visto incrementada su fama hasta convertirse en figura de culto y ser uno de los principales atractivos de cualquier festival que se precie, han ignorado cualquier promoción. No ha habido adelantos, ni siquiera noticias, fotos o estúpidos videos en el local de ensayo, entrevistas, filtraciones, promocionales para prensa y demás maniobras para abrir boca y crear algo de expectación, sino que “The Sciences” apareció, como por arte de magia y, de golpe y porrazo, Sleep habían publicado un nuevo álbum sin previo aviso, tras un escueto aviso en código Morse. Como cuando, hace muchos años, tu banda favorita parecía que la hubiese engullido la tierra y, un día cualquiera, te encontrabas con un nuevo álbum suyo entre muchos otros de la tienda de discos. Bendita magia…

Es cierto que “The Sciences” no es el primer material de estudio de la banda en casi dos décadas, hace cuatro años publicaron la canción “The Clarity”, grabada y cocinada por Noah Landis, al igual que “The Sciences”, con la ayuda de Josh Graham en el diseño, por aquello de que todo quede en casa, aunque este álbum haya sido publicado en el sello de un tipo como Jack White, Third Man Records. Tras su introducción, “The Sciences” se abre de manera pesada, abrupta, densísima con “Marijuanaut’s Theme”. Las señas de identidad de la banda permanecen inmutables, nuestro idolatrado Iommi sigue presente, transformado aquí en planeta; “Behold as he enters the clearing, Planet Iommia nearing” y a través de los poderosísimos y monolíticos riffs de la canción. Aunque no será la única referencia a los de Birmingham, en la ruidosísima “Giza Butler” (fonética del nombre de Geezer Butler, no solamente mencionarán el día de Sabbath sino también el día Iommi de Pentecostés), “Up from the milk crate throne, on the Sabbath Day walks alone. Down to the bosque on day of Iommic Pentacost…“, todo en un mágico cruce entre el doom más cazurro, crujientes guitarras, electricidad estática, la marihuana, la ensoñación espacial de serie B y la imaginería sabbathiana elevada a la enésima potencia.

“Sonic Titan” es hipnótica, como el cruce entre un cable de alta tensión y un disco pasadísimo de vueltas de Cathedral o Electric Wizard (olvídate de Monolord…), una pesadísima losa arrastrada a ritmo de latigazos, como “Antarticans Thawed” o la final “The Botanist” y su abrasador solo, formando el obtuso y oscuro nudo del desenlace de un álbum que agradecerá las escuchas, pero para el que no hace falta más que una para constatar el logro.

Si “The Sciences” se convierte en uno de los discos del año no es porque Cisneros, Pike y Roeder entren en ese absurdo juego de hacernos creer que el tiempo no ha pasado y recurran a la patética estratagema de emular lo logrado en “Volume One” (1991), “Sleep's Holy Mountain” (1992) o “Dopesmoker” (1999) sino porque, una vez más, se han salido por la tangente y han hecho lo que les ha venido en gana y con ello han parido un nuevo monstruo y a nosotros nos han vuelto a hacer felices.

© 2018 Lord James Tonic


Crítica: Kataklysm “Meditations”

Si “Of Ghosts and Gods” (2015) me dejó algo frío no fue por su calidad sino porque esperaba algo remotamente parecido a “Waiting for the End to Come” (2013) o “In the Arms of Devastation” (2006), lo que no quiere decir que el que ahora sea su penúltimo esfuerzo no mereciese la pena. Por favor, estamos hablando de Kataklysm y ni Iacono, Dagenais, Barbe o Beaudoin son capaz de decepcionarnos, a pesar de seguir echando de menos a Max Duhamel. “Meditations” continua la senda de “Of Ghosts and Gods”, quizá con más profundidad en la composición y la misma violenta y rapidísima pegada pero no como la de “In the Arms of Devastation” en el que, a mi gusto, parecían elevar al cubo su propuesta. En “Meditations” hay caos, su ya clásico, aunque ahora fugaz, "northern hyperblast" que sigue sonando como si lo ejecutase una máquina y no un ser humano, pero hay una mayor concesión a la melodía; lo que no quiere decir que Kataklysm se hayan edulcorado o hayan perdido fuerza, que nadie se espere una versión domesticada de los canadienses porque se encontrará una buena dentellada.

Buen ejemplo de ellos es “Guillotine” en la que el entrecortado riff lleno de grano de Dagenais sirve para verdadero lucimiento de Beaudoin y un Iacono que parece mejorar con la edad. Hay rabia, rapidez y mala leche, y un estribillo en el cual la guitarra solea melódicamente bajo la voz, lo suficiente como para que la canción gane en dinamismo y se instale en tu cabeza. “Outsider” encrudece aún más el tono de Dagenais que juega con su guitarra dándole aún más cuerpo a la composición, gracias a su groove, pero no me gusta que acabe con un “fade out”, considero que una banda con su pericia no debería aceptar que la conclusión, el remate de sus canciones sea parido en estudio y no en sus manos, además, envejece la producción y el disco como producto. “The Last Breath I’ll Take is Yours” juega con el esquema invertido ya clásico de estrofas agresivas y estribillo más melódico; a pesar de ello, Kataklysm no caen en la trampa del metalcore, esto es death.

“Narcissist” hace perder ritmo al disco, un sucísimo medio tiempo en el que, por primera vez, Iacono y los suyos parecen jugar a querer ser una banda muy diferente. ¿Funciona? Claro que sí, a estas alturas no es posible escribir una crítica de Kataklysm sin hacer mención a su altísimo nivel técnico pero lo que debería funcionar sobre el papel, deja de enganchar cuando escuchamos “Narcissist” y, a estas alturas de “Meditations”, nuestro corazón nos pedía algo más de acelerado y cortante death, más cuando el estribillo es tan pueril. Por suerte, en “Born To Kill And Destined To Die” se encabronan lo suficiente como para que el álbum remonte el vuelo y recuperen el rumbo del álbum con la acertadísima, épica y dramática; “In Limbic Resonance”, que nos hace pensar, ¿por qué haberle dado a todo el álbum esta dirección y haberse olvidado de “Narcissist”? El solo Dagenais posee la dosis perfecta de death y melodía, de fuerza y rabia, Iacono está soberbio y Barbe y Beaudoin son la base rítmica perfecta, no sólo para sostener la canción y dotarla de pulso sino para rellenar de manera acertada los huecos.

Kataklysm no parecen darse cuenta y regresan al terreno de “Narcissist” con la, aún más accesible, “…And The I Saw Blood”, un buen intento, un buen ejercicio que rompe con lo que esperábamos de “Meditations” y, por supuesto, la banda. Como la farragosa “What Doesn’t Break Doesn’t Heal”, la aún más lenta en sus primeros compases; “Bend The Arc, Cut The Chord” que tarda en despuntar y, a pesar de hacerlo bien, no termina por enganchar y la más melódica, “Achilles’ Heel” (verdaderamente aburrida), que rompe por completo “Meditations”, el drama y la tensión, si es que una vez la hubo y finaliza con otro horrendo e incomprensible “fade out”, no, por favor…

No puedo hablar de “Meditations” como si fuese un disco decepcionante, aunque eso es lo que haya sentido al escuchar algunas de sus canciones y cómo la banda parece incapaz de mantener la tensión, porque el nivel de Kataklysm siempre será increíblemente alto y dejará atrás a sus compañeros en filas pero, en algunos momentos, he tenido la sensación de estar escuchando un álbum genérico de death y me he tenido que recordar que lo que estaba disfrutando era Kataklysm, lo cual no es bueno. Gustará a todos sus seguidores y nos brindará la oportunidad de volver a verles sobre un escenario, pero poco suma a lo ya exhibido en “Of Ghosts and Gods” y eso no deja de ser una pena por la oportunidad perdida.


© 2018 Conde Draco


Crítica: Gruesome “Twisted Prayers”

No hay que ser un fanático de Death y Schuldiner para saber que este nunca grabó dos discos iguales y, a lo largo de su trayectoria como músico, si algo demostró fue una ambición y un apasionamiento por igual que le llevaron a escribir en piedra su nombre en la historia de la música y en el corazón de miles de aficionados. Es, por lo tanto, Gruesome una banda que, como dicen muchos críticos, ¿esté grabando aquellos discos que Schuldiner habría escrito de no habérselo llevado La Parca? No, nada de eso. Ni tan siquiera Matt Harvey (Exhumed) es un aprovechado que quiera llenarse los bolsillos a costa de la nostalgia o de lo conseguido por Chuck. El primero de los motivos que lo justifican es que Gruesome no está grabando los discos que Death grabarían actualmente porque, a estas alturas de la película, dudo mucho que Schuldiner hubiese continuado mucho más bajo el nombre de Death (aquel comenzó a ser una pesada carga sobre sus hombros debido a sus ansias de libertad) y, en el caso de que hubiese grabado más álbumes tras “The Sound of Perseverance” (1998), no se habrían parecido nada en absoluto a los anteriores y Gruesome, en su mayor parte, suenan como si hubiesen querido atrapar el espíritu de Death entre “Leprosy” (1988) o “Spiritual Healing” (1990), aquí no hay ansia de evolución sino de reverencia. Lo que Matt Harvey pretende hacer con este proyecto es simple y llanamente rendirle homenaje a Chuck, como cualquier otro fan, intentando sonar como lo hacía él. Lo que parece que está ocurriendo es que muchos seguidores no entienden que fueron ellos mismos los que le pidieron a Matt la continuidad de lo que se habría quedado en tan sólo un EP, al que siguió un muy bien recibido debut, “Savage Land”, que ahora continua con “Twisted Prayers” en el que Harvey parece decirnos a todos, ¿queréis Death? ¡Death tendréis! Y, desde su mismísima portada, a cargo del ya también mítico Ed Repka, con ese fortísimo sentimiento a “Spiritual Healing”, “Twisted Prayers” parece llevarnos de viaje en el tiempo…

¿Quiere Matt Harvey ganar dinero a costa de Chuck? ¿Estamos de broma? ¿Acaso somos tan pequeños que somos incapaces de pasar un buen rato entre seguidores de Death? ¿Vamos a convertirnos al fundamentalismo más absurdo? ¿De verdad pensamos que un homenaje a Chuck Schuldiner podría vender tanto, más teniendo en cuenta el último gran trabajo de Exhumed, “Death Revenge”? Por lo demás, pocos cambios en Gruesome; Matt Harvey se encarga de la guitarra y las voces, junto a Daniel González a la guitarra también, Robin Mazen al bajo y Gus Ríos a la batería, conforman el cuarteto que hará las veces de máquina del tiempo.

“Inhumane” y su feroz crítica social contra el maltrato nos golpea con su fuerte sentimiento a Death, la producción es similar a la de “Spiritual Healing” y el fan más avezado encontrará guiños a Schuldiner, como los riffs surgidos de las entrañas de “Scream Bloody Gore” o el galope de las estrofas de “Leprosy”. Los primeros segundos de “A Waste Of Life” suenan a “Zombie Ritual”, aunque su título lo tome de “In Human Form” y el resto de la canción evolucione entre “Spiritual Healing” y “Human” corriendo por sus venas. En “Fate”, Matt se torna más bronco y volvemos a las catacumbas de Repka con otro homenaje a “Scream Bloody Gore” en el que hay que destacar la magnífica labor de Mazen y Ríos. Mientras “Lethal Legacy”, en un tempo más calmado, nos recordará al auténtico espíritu vertebrador de “Twisted Prayers”, que no es otro que “Spiritual Healing”…

“Fatal Illusions” es quizá la canción en la que Harvey parece llevar su amor por Death un paso más allá y en ella, Gruesome, suenan como una banda influenciada pero lejos del tributo, tomando su propia senda, con entidad propia. Con un tema como las matanzas y los tiroteos en Estados Unidos, Harvey arranca de su guitarra algunos de los mejores riffs de todo “Twisted Prayers” pero demuestra su honestidad; esta no es la idea de Gruesome, no es su propósito y “Crusade of Brutality” replica a la perfección el sonido y la estética de “Spiritual Healing”, como los más que claros homenajes de “At Death’s Door” o la propia “Twisted Prayers”.

A todo esto, hay que sumar la presencia de un invitado de honor como James Murphy (guitarrista de “Spiritual Healing”) echando una mano en algunos de sus solos, por lo que, el último álbum de Gruesome te gustará tanto como disfrutes de Death pero sin complejos y tengas la suficiente inteligencia para saber que es un homenaje y el desapasionamiento para entender que Matt no tiene otra intención que la de hacerte pasar un buen rato. Si no eres capaz de hacer este ejercicio y tomarte la vida con más levedad, olvídate de Gruesome, enciérrate en casa y pincha una y otra vez los mismos discos de siempre, aunque quizá seas tan mayor y estén tan ajado que seas de esos que creen estar por encima del bien y del mal y la última vez que disfrutaste de verdad con “Leprosy”, “Human” o “Symbolic” fue hace veinte años. Matt te ha puesto, una vez más, la pelota en tu tejado, de ti depende…

© 2018 Lord Of Metal


Crítica: Ghost “Prequelle”

Y Tobias Forge emergió del centro de la tierra y, con su sola presencia, dividió al público no en dos, sino en tres y cuatro facciones, fragmentando el odio y la pasión hacia Ghost... Ahora que el mundo entero sabe quién se ocultaba tras la máscara de Emeritus o Copia, muchos parecen respirar aliviados y confirmar que Emeritus I, II o III no eran papas diabólicos, que los Nameles Ghouls no eran almas torturadas sino ingratos compañeros de batalla de Forge. No faltarán aquellos que aseguren que los dos únicos álbumes de Ghost que merecen la pena son “Opus Eponymous” (2010) e “Infestissumam” (2013) o aquellos que eleven a “Meliora” (2015) a los altares y miren con desdén “Prequelle” por su producción y clara inclinación comercial, que menosprecien lo que Forge ha logrado hasta el momento o ataquen a su música y sus seguidores acusando su juventud o la falta de criterio en esos otros que peinen canas porque, queridos míos, se ataca; se odia lo que es grande y Ghost lo es. Si Forge y sus canciones no despertasen el interés de cientos de miles de personas, sus ventas y reproducciones fuesen nimias y a nadie le interesasen los papas y cardenales, Ghost serían tan sólo un plato gourmet y no todo un placer culpable para muchos amantes del metal o el rock.

Escuchando “Prequelle” en su totalidad, una vez tras otra, me asaltan todo tipo de dudas; ¿qué entiende Forge por Medievo? ¿Por qué nos dijo que sería el más oscuro de la banda? Es verdad que el eje central de “Prequelle” es la muerte y el hilo conductor la peste, las ratas y toda su imaginería (como el Doctor Plaga y la máscara promocional que acompaña al disco en su edición de lujo) o la canción "Ring A Ring O'Roses" con la que se abre la genial introducción que es “Ashes” pero, al margen de la temática (no confundir con un disco conceptual, porque no lo es), “Prequelle” es un exceso estético en todos los sentidos, desde su portada (a cargo del genio polaco Zbigniew M. Bielak), evocando el Retrato de Inocencio X de Velázquez, o su sonido, con Tom Dalgety tras los mandos, repitiendo tras el éxito de “Popestar” (2016) y, mucho ojo porque a muchos críticos y seguidores se les está pasando la participación de Andy Wallace, aquel que convirtió “Nevermind” (1991) de Nirvana y muchas otras producciones de los noventa en auténticos cohetes gracias a su manita en la mezcla. Y es que “Prequelle” es un lujoso banquete para los oídos, pocos discos escucharemos con semejante sonido en esta segunda mitad de año que nos queda. Luminoso es decir poco. Pobres de aquellos que creían que Forge se inclinaría por un álbum de death metal porque, por mucho que el sueco se lamente de no haber conseguido el mismo éxito con su anterior proyecto, Repugnant, el death metal no vende y Forge quiere vender, quiere tomar por asalto los arenas (pabellones o multiusos en nuestro idioma) de Europa y Norteamérica, quiere que sus papas y cardenales, que su imaginería aparezca en los cajas de los cereales, como sus idolatrados Kiss, como él mismo dice; como Muse o U2 y sus espectáculos. ¿Hay algo de malo en ello?

Si algunos inocentes esperaban un recrudecimiento de su sonido, “Prequelle” tiene más que ver con Subvision y aquel “So Far So Noir” (2006) que con el proyecto de metal de Forge. El cuarto álbum de Ghost está tan pulido y trabajado, tan mimado en exceso, que aquellos que los vieron en el Hole In The Sky noruego pensarán que no son la misma banda. Hay más de Queen o ABBA que de King Diamond, más de Prince que de Candlemass. Por otro lado, es un disco que se me hace especialmente breve; estamos hablando de siete temas si tenemos en cuentas que “Ashes” es tan sólo una introducción y la genial “Miasma” es instrumental y habría agradecido de la pista de Forge, como la otra instrumental del álbum, "Helvetesfönster", mata el clímax en la recta final. Pese a ello, “Prequelle” abre rompiendo con “Rats” y ese canto a la Peste Negra y su imparable avance en Europa en el siglo XIV, la clara intención de firmar de nuevo un single como “Square Hammer” pero con algo más de complejidad y un mayor trabajo en las guitarras. Lo que más me sorprende es que Forge haya permitido que un riff como el que cierra “Rats” sea precisamente eso, un riff de cierre y no lo haya exprimido en la introducción o a lo largo de la canción, pero esto es lo que pasa cuando tu cabeza va a mil por hora y estás atravesando un gran momento creativo; puedes permitirte derrochar riffs y grandes melodías en puentes, que no estribillos. Nada que objetar.

El groove de “Faith” es proporcional a ese inicio bombástico, al estribillo y al Cardenal Copia escupiendo; “Beause faith is mine!” o ese otro, en “See The Light”, en el que Forge parece responder a todos aquellos que le atacan; “Every day that you feed me with hate I grow stronger! Every day that you feed me with hate I grow stronger!” Es verdad que “See The Light” no llega a las cotas de emoción de “He Is” pero es que es canción ya la ha escrito y no tiene la necesidad del autoplagio en cada uno de sus nuevos álbumes, como tampoco escucharemos un “Con Clavi Con Dio”, “Elizabeth” o "Monstrance Clock", ya están escritas, si queremos escucharlas de nuevo, basta con que acudamos a sus discos...

De “Miasma” me gusta el inteligente uso del sintetizador de Steve Moore (Zombi), el tinte progresivo y el solo de teclado o su clásico sonido retro, cómo no; también el descarnado sonido del saxo de Papa Nihil. “Dance Macabre” es quizá el single más claro y aquel que le valdrá a los enemigos de Ghost para echárselo en cara a Forge y sus seguidores. Es verdad que “Dance Macabre” (esa gran y enorme fiesta final el día antes de tu muerte) tiene más que ver con ABBA que con Black Sabbath pero no creo que eso sea un problema; la melodía de las voces es magnífica y aunque la línea melódica de las estrofas sea excesivamente disco, los coros a otro tempo son mágicos y el estribillo -aunque sea lo que menos me gusta- se pega como un chicle y funcionará en directo, que de eso se trata. “Pro Memoria”, sin embargo, suena demasiado relamida y su duración juega en su contra, pese a lo acertado del piano y egomaníacos arreglos de cuerda a los de “November Rain”.

La influencia ochentera en “Witch Image”, como de Blue Öyster Cult en la melodía de su puente, es innegable y confirma la facilidad de Forge para componer este tipo de medio tiempos pero hace perder algo de fuelle a la segunda parte, como la bonita "Helvetesfönster" posee uno de los pasajes más melancólicos y nostálgicos de todo “Prequelle”, responsabilidad directa de la guitarra acústica de Mikael Åkerfeldt de Opeth, pero nos hace perder altura. Es cierto que “Life Eternal” es resultona y emocionante y, de nuevo, nos lleva a otra década; pero le falta la pegada de "Monstrance Clock" y, aún así, sé que en sus conciertos se convertirá en un momento emotivo por cómo la canta Forge, su temática o el clímax final en los coros y ese abuso de la repetición....

“Prequelle” no es perfecto, desde luego que no, pero cumple el complicado papel de continuar tras un gigante como “Meliora” y contiene momentos en los que uno no sabe si Forge se ríe de todo o roza con la yema de sus dedos la genialidad más absoluta. Sólo sé que “Prequelle” se convertirá en una referencia de culto y Ghost ya forman parte del imaginario colectivo de este siglo, por mucho que le pese a los de siempre. ¡Jodeos y postraos ante Forge, posers y trves del mundo entero!

© 2018 Lord James Tonic 

Crítica: Jonathan Davis “Black Labyrinth”

¿Deberíamos hablar “Black Labyrinth” como el primer álbum en solitario del bueno de Jonathan Davis, ese con el que lleva años amenazándonos? O, ¿quizá considerar “Queen Of The Damned” como su primer obra? Si somos estrictos, “Black Labyrinth”, es el primer esfuerzo de Davis, lejos de sus compañeros de Korn; si somos puristas, será su segundo trabajo. Lejos de absurdos debates que tan sólo nos alejan de lo que de verdad importa, hay que hacer hincapié en que no hace falta presentación alguna para Davis y que su debut, este álbum que nos ocupa, es tan decepcionante como mágico. Aburrirá soberanamente a aquellos que no son seguidores de Korn y, aún lejos del Nu-Metal, causará rechazo a todos esos otros que no soportan el chándal y las franjas de Adidas o la esquizoide voz de Davis. Por otra parte, muchos fans de Korn se sentirán defraudados; aquí no están Munky, Head o Fieldy (porque Luzier sí está presente), no suena a ellos, tampoco hay necesidad. Y, sin embargo, es un disco que agradará a todos los que crecimos en los noventa y siempre hemos defendido a Davis como un buen intérprete, peculiar (quizá no el más dotado) pero con un tono de voz tan característico e hipnótico que es capaz de teñir cualquier composición.

Es verdad que causa cierta risa floja el que un artista de casi cincuenta años siga insistiendo en obsesiones adolescentes como la no pertenencia a la mayoría, la exclusión, la belleza de los inadaptados y el encanto de los raritos y sus férreos principios frente al resto. Pero también hay que entender que cada artista posee una fuente de inspiración diferente e inherente a su propio arte, que sirve de trasfondo para sus letras; Sting y el Amazonas (risas de fondo, por favor), Peter Gabriel y la Word Music, Bono y la paz mundial, toda la comunidad black metal sigue creyendo vivir en plena cristianización y utiliza su música como revulsivo o las bandas de death metal y lo grotesco, el gore, los zombies y la crítica social, como eufemismo de una maduración que nunca llegará. Con todo esto quiero decir que si Davis sigue cantando sobre lo mal que se siente porque no es como el resto (“Everyone”), treinta años después de cumplir la mayoría de edad, habrá que aceptar las reglas y entender que estamos en el álbum del líder de Korn y, como tal, también posee su encanto y todos nos sentiríamos ligeramente defraudados si, además de la ausencia de la banda, no tuviésemos ninguna referencia que nos hiciese sentir ubicados. Por lo tanto, los balbuceos, los gruñidos, los cánticos incoherentes y, una mayor presencia melódica, son más que justificados.

"Underneath My Skin" suena bien, ligeramente post-punk, ochentera y agradecida, mientras que “Final Days” sorprende por su toque oriental, dejando satisfechos a todos aquellos que supongo que, al pinchar un álbum de Davis, buscaban experimentación y que se alejase de sus coordenadas habituales, pero más sorprende la camaleónica presencia de Wes Borland de Limp Bizkit, un músico tremendamente infravalorado por todos aquellos que no ven más allá de Fred Durst. Del single que es “Everyone”, poco más podemos añadir, siendo la más cercana al espíritu de Korn, pero bajando el nivel de agresividad, aumentando la melodía.

Decepciona "Happiness" tanto como agrada la interpretación de Davis en “Your God” y ese tándem formado con Borland en aquellas cuyo espíritu más se aleja de sus respectivas bandas. "Walk On By" es puro Korn, pero menos contundente y con aderezo electrónico, lo que desesperará a sus seguidores, tanto o más que el chill out de "The Secret" o la lenta pero emotiva "Basic Needs", a medias con Borland. Una pena que “Black Labyrinth acuse semejante caída en su segunda cara con “Medicate” o “Please Tell Me” y las mediocres "What You Believe" (quizá lo más interesante sea el pulso dramático de las cuerdas y su pizzicato) hasta que el dub la termina por arruinar, como “Gender”, cuya idea es estupenda, pero fracasa a pesar de enseñarnos la destreza adquirida de Davis atreviéndose con un sitar, convirtiéndose la melaza pura de un single como “What It Is” (muy pegadizo e intensito, todo hay que decirlo) en puro oro tras la inconexa segunda mitad de un disco repleto de buenas ideas pero sin dirección alguna. Tampoco puede haber queja alguna, veníamos a lo que veníamos y Davis nos lo ha dado. ¿Acaso habría recibido mejores críticas si hubiese hecho un disco diferente? Los seguidores, los críticos, somos todos una panda de hipócritas de mucho cuidado…

© 2018 Conde Draco