"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

El adiós de CHROME DIVISION...

"One Last Ride" de CHROME DIVISION (Shagrath, DIMMU BORGIR), digno canto del cisne de una banda que se despide.

Así es "Hexed" de CHILDREN OF BODOM.

Laiho y los niños del lago BODOM regresan con un álbum diferente, pero dinámico y mágico.

"Songs For The Dead Live": KING DIAMOND sigue siendo el rey.

Así es el nuevo directo del danés, gira de la que fuimos testigos....

"amo" de BRING ME THE HORIZON: el estrógeno es bello...

...o cómo Oli Sykes pierde el norte y trollea a su público.

HIGH ON FIRE, Mastodon en estado crudo.

Con "Electric Messiah" estamos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya.

GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Periphery “Periphery IV: HAIL STAN"

Sexto álbum de la banda de Bethesda que, sin embargo, se titula “Periphery IV: HAIL STAN”, como si “Juggernaut: Alpha” (2015) o “Juggernaut: Omega” (2015) no contasen entre “Periphery II: This Time It's Personal” (2012) y “Periphery III: Select Difficulty” (2016), el de más duración y aquel en el que, por fin, se olvidan del maldito logo en la portada y, además, publican en su propia discográfica, 3DOT Recordings, lejos de Sumerian Records. Y, por si fuera, poco, a pesar de haber dejado la banda, Adam "Nolly" Getgood toca el bajo y produce el álbum junto a Misha "Bulb" Mansoor. Todo ello, que sería el gran punto y aparte de cualquier banda, el momento para cambiar y buscar o, si fuese un desastre, la excusa para justificar el golpe de timón, a Periphery le sirve de manera incomprensible para continuar exactamente por el mismo camino marcado hasta “Periphery III: Select Difficulty” pero con menos inspiración. Más allá de la más que innecesaria demostración de lo grandes que son, musicalmente hablando, del inesperado, por malo, trabajo de composición pero el magnífico sonido conseguido en el álbum, podemos referirnos a unas canciones que parecen un compendio de lo mostrado hasta ahora, a lo largo de sus casi diez años de carrera (madre mía, cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando publicaron “Periphery”, 2010), con escasas sorpresas (aunque “haberlas haylas" pero ninguna agradable) en nueve canciones de las que tan sólo tres de ellas aguantan verdaderamente el tipo ya que a partir de “CHVRCH BVRNER”, la cosa empieza a decaer…

El más claro ejemplo de ello es la inicial “Reptile”, casi diecisiete minutos, toda una apuesta de Periphery que, sin embargo, los lleva al naufragio más estrepitoso cuando no logran hacer creer al oyente la sensación de estar escuchando la misma canción sino una sucesión de varias diferentes. Mansur, Bowen y Holcomb en estado de gracia, es cierto, como Halpern y el citado Getgood, mientras que la voz cuasi-adolescente de Sotelo sigue sin convencerme porque es incapaz de darle el cuerpo que necesita y ese toque de agresividad que le vendría tan, tan bien a la música de Periphery. Aún así, hace lo que puede y así lo demuestra en la mejor del álbum, “Blood Eagle”, curiosamente la más agresiva y bronca de un disco que transcurre de manera progresiva entre el metalcore y el djent (ahora que todo el mundo parece renegar de él) hasta el pop pedorro. “Blood Eagle” suena brutal, una barbaridad en la que no ocultan sus orígenes y su legado, que por algo son Periphery y que concretan en la mencionada “CHVRCH BVRNER”, uno de los últimos destellos de auténtica genialidad gracias a las polimetrías de Halpern y, ahora sí, el acertado tono desquiciado de Sotelo.

A partir de aquí, el azúcar, el empacho, la muerte para el diabético, la sobredosis de melodía y dulzura, la manera de llegar a las nuevas emisoras digitales y colarse en los playlists de algunos de sus fans más tiernos; "Garden in the Bones" todavía conserva algo de su esencia, pero no la púber y adolescente "It's Only Smiles", el asalto a la banda sonora de la comedia americana más intranscendente, auténticamente vergonzosa en sus coros, su poca exigencia instrumental, el poco riesgo y el exceso melódico, la ñoñería, la puta ñoñería intolerable en una banda como Periphery. Tras semejante desastre es casi imposible recuperar el pulso en el álbum, “Follow Your Ghost” es quizá lo más genérico que podrían haber grabado, “djent de marca blanca”, de ese que está a punto de caducar y se compra a bajo precio y fuera de temporada. Mientras que “Crush” es de nuevo el descenso a los infiernos más rosas y aterciopelados, aquella por la que podríamos cortar las manos a Mansoor y emular la mítica portada de “Deathcrush” (1987) de Mayhem, con esa odiosa programación moderneta que sirve a Sotelo para creerse Justin Timberlake, como me lees, así es.

Como parece estar de moda en casi cualquier desastre musical, la banda intenta de nuevo recuperar algo de fuelle justo al final con “Sentient Glow”, pero es puro fuego de artificio, completamente impostado, como parece confirmar el penosísimo pop de “Satellites”. Podría mentirte, pero no es mi estilo; no lo compres, sólo merecen la pena las tres canciones con las que abre, el resto ni para apoyar la copa. Una pena que semejantes músicos pierdan el tiempo grabando estas canciones; ellos mismos se merecen más, no digamos nosotros…

© 2019 Lord Of Metal


Crítica: Soen "Lotus"

Que no falten nunca aquellos, nuestros lectores, esos que jamás escriben o comentan en redes sociales, pero saltan prestos, de detrás de un arbusto o similar, cuando uno se equivoca o, mucho más divertido, cuando creen que ha ocurrido. No son pocos los que se indignan cuando la crítica de su banda favorita no satisface sus expectativas y buscan en el histórico de esta web, esperando encontrar discografías completas reseñadas en su integridad para acabar en la más terribles de las decepciones; no escribimos sobre todo lo que se publica y no hay un afán completista, como tampoco promocional, somos libres. En el caso de Soen, si no hay nada anterior a “Lykaia” (2017) es porque un servidor, que es quien les escucha y escribe sobre ellos, nunca consideró elaborar una crítica sobre “Cognitive” (2012) o “Tellurian” (2014) por lo mismo que no escribo sobre bandas tributo. 

Los Soen de aquellos dos primeros discos, no satisfacían mis expectativas y, siendo amante de Tool y el universo Maynard, escucharles se me hacía tan absurdo como escuchar a Bush en lugar de Nirvana o a Greta Van Fleet en vez de a Zeppelin. No entiendo por qué debo escuchar productos derivados que no aportan nada en absoluto, más allá del ejercicio. Pero, ay, amigo, las cosas comenzaron a cambiar con “Lykaia” (2017) y esta web se hizo eco de ello, por lo mismo que repito la jugada con “Lotus”, un disco que, si bien no oculta sus influencias, tiene personalidad propia; lo bueno y lo malo pertenece a Soen, no a Tool o a A Perfect Circle, y Joel suena a Joel, no a Maynard, en un disco magníficamente producido y ejecutado, de sonido vibrante y orgánico (en el que no se aprecia compresión alguna, la masterización en vinilo está cuidada y ningún instrumento suena comprimido o ahogado, cada uno respira en la mezcla), el bajo de Stenberg vibra y revienta los altavoces con sus graves cuando subes el volumen y las guitarras de Cody Ford suenan verdaderamente deliciosas cuando acompañan y con toda la garra necesaria cuando sus riffs son aquellos que articulan la canción, por no hablar de la batería de López, espectacular. Un sonido cálida, nítido y dulce pero no exento de melancolía.

Es imposible ponerle pega alguna a lo que considero una obra maestra, desde su comienzo “Opponent” en la que Soen suenan más que nunca a una banda de metal progresivo, lejos del ejercicio pirotécnico -eso sí- y centrados en la melodía más que ninguno. La garganta de Joel apenas recuerda a sus influencias, tiene su propio cuerpo y matices, y la música de Soen es el reflejo de ello; de dos discos de calentamiento y puesta en común, por mucho que les duela a algunos, y uno (“Lykaia”) en el que fueron conscientes de que el proyecto paralelo dejaba de serlo para cobrar vida propia. “Lascivious” es un buen ejemplo de ello, mientras que Joel la habría resuelto de otra manera hace unos años, aquí ya podemos hablar de un claro “sonido Soen”, en el que la vena melancólica es rota por López y su doble pedal, o la guitarra de Ford teje un bonito escenario junto al teclado de Åhlund, evocando esa nocturnidad tan propia de Opeth, como ocurre en el bonito puente de “Martyrs” en la que, sin embargo, también hay lugar para el esteroide, sonando más contundentes que nunca o la calma dolorosa de la propia “Lotus” con un precioso solo; números que hace diez años no habrían sido capaces de resolver con su propia firma, como “Penance” con Joel luciéndose o experimentos de vibrante sonoridad, “Covenant”.

La acústica “River” entra cuando debe y libre de ñoñeces, como ese roto que es “Rival” y, de nuevo, Ford y López haciendo de las suyas o ese vibrante final, “Lunacy”, para un álbum en el que no hay ningún single propiamente dicho, pero que evidencia una madurez compositiva y un trabajo sobre el papel y en el estudio, dignos de todo elogio. Soen cada vez marcan más las distancias y, como alumnos aventajados, toman más distancia; que nadie te cuente otra película, “Lotus”, es una obra maestra, quizá no trascienda a su tiempo, pero sí cimenta aún más el futuro de Soen y corta, casi por completo, el cordón umbilical con sus padres. Lo dicho, obra maestra, aunque crezca en la sombra…

© 2019 James Tonic

Crítica: Eluveitie “Ategnatos"

Voy a reconocer, sin que sirva de prejuicio alguno para el álbum y la misma crítica, que venía con la escopeta cargada con “Ategnatos”, porque, a pesar de haberles disfrutado, Eluveitie siempre han representado lo peor y lo mejor del mundo del metal en mi cabeza; por un lado, la apertura de miras a otros sonidos que les han abierto las puertas al gran público y estoy seguro de que servirán también de banda de apertura para que muchos otros se introduzcan en otras infinitamente más auténticas y, por otro lado, ese tipo de banda de la que aquellos que no tienen ni la más remota idea de metal, llevan camisetas y lloran en directo. No olvidemos de que el folk, bien mezclado con el metal, puede producir excelentes resultados (“Spirit”, 2006) pero también auténticas aberraciones cuando se confunden los límites entre el metal, la cerveza y los jodidos acordeones (Ensiferum o Turisas). Además, ¿por qué no reconocerlo? En mi corazón, únicamente hay espacio para dos bandas en Suiza; Coroner y Celtic Frost. Pero, nada de eso tiene la mayor importancia en un disco magníficamente trabajado por la banda y el omnipresente Jens Bogren (Katatonia, Amorphis, Amon Amarth, Arch Enemy, At The Gates, Bloodbath y Opeth, entre otros miles…) y el morbo de saber cómo siguen funcionando tras la partida de Merlin Sutter, Anna Murphy e Ivo Henzi ya que aquel “Evocation II – Pantheon” (2017), sin llegar a ser un mal álbum, era un considerable bajón respecto a “Origins” (2014) y aquel con el que tenían que remontar el vuelo tras semejante espantada.

“Ategnatos”, la canción, con la que se abre este último álbum del mismo nombre, es una película en sí misma y sirve de carta de presentación; introducción hablada, primeros segundos repletos de épica, Nicole Ansperger y su violín entran con fuerza, coros y más coros, la guitarra de Wolf abre fuego y la voz de Fabienne Erni sirve de antesala al metal más potente con Chrigel Glanzmann dejándose la garganta. Si amas el folk metal mezclado con el death, esta es tu canción y también el verdadero espejismo de un disco que, siendo honesto, siento que se desinfla según avanza y que, por momentos, se hace incluso largo hasta llegar a su brillante final; no es casualidad, es el más extenso de Eluveitie hasta la fecha…

“Ancus” son diez segundos de introducción a “Deathwalker”, quizá una de las piezas más contundentes que los suizos hayan grabado en mucho tiempo, sin que sean capaces de olvidar sus raíces, como ocurre en “Black Water Dawn” y su bonita instrumentación, un auténtico diez en su acompañamiento y alternancia de voces entre Glanzmann y Erni, o ese torbellino celta que es “A Cry in the Wilderness”, quizá tras la que “Ategnatos” empieza a perder fuelle hasta el final. No es que el resto sean malas canciones, pero no a la altura de las anteriores, “The Raven Hill” no es más que la versión de la tradicional irlandesa “Óró Sé do Bheatha” y no sé qué me sorprende más si que nadie haya reparado en ello y lo mencione o el poco gusto de Glanzmann en su fraseo, estropeándola por completo. En un disco en el que, con el chiste folkie de cantina que es “Ambiramus”, se empieza uno a percatar de que hay demasiadas introducciones (“Ancus”, “The Silvern Glow” y “Trinoxtion”) o canciones que no deberían haber pasado el corte; “Pain Is The Fury” que huele a armario repleto de ropa vieja e incluso algunas más mediocres como “The Slumber” o “Breathe” que de no ser por Fabienne Erni y su preciosa voz elevándolas del resto, “Ategnatos” habría fracasado estrepitosamente.

Sorprendente es la participación de Randy Blythe de Lamb Of God en “Worship”, buena muestra de lo que Eluveitie son capaces de hacer aún sin mucha inspiración, como “Threefold Death” y su magnífica forma de rompernos la cintura con un auténtico cambio de sentido que funciona a la perfección, antes de “Breathe” en la que Erni, a pesar de resultar tan convincente como siempre, se acerca peligrosamente al territorio de Evanescence (algo que también advertimos en Sharon den Adel en “Resist” de Within Temptation) y un auténtico cierre de oro que es capaz de hacernos olvidar los puntos negativos de “Ategnatos”; “Rebirth” y la mezcla perfecta entre death y folk celta, entre Erni y Glanzmann, y “Eclipse”, como segunda parte de la anterior, dejándonos un gran sabor de boca y haciéndonos pinchar una vez más “Ategnatos”, logrando el milagro. No es “Spirit” (2006) o “Slania” (2008), posee tantas virtudes como desaciertos, pero convence y vuelve a situar a Eluveitie allá donde muchos ya no lo creíamos posible y eso es mucho decir, escribir


© 2019 Lord of Metal

Crítica: Exumer "Hostile Defiance"

Poco se ha hablado de la amarga cancelación de la gira española de Exumer y a pocos les ha dolido más, aparte de a la banda, que a aquellos que teníamos entrada para verles defender en directo "Hostile Defiance" (2019) y así se lo hice saber a Mem von Stein a través de las redes sociales porque pocas cosas hay más dolorosas en la industria que el que a una banda humilde y trabajadora le intenten quitar el poco dinero que se ganan cada noche en pequeñas salas, allá donde se cuecen las grandes batallas, tras recorrer miles y miles de kilómetros en la carretera. Además, Mem von Stein, aparte de ser una leyenda, es un tipo sencillo que disfruta mostrando su colección de discos y compartiendo lo que más ama en la vida y se muestra accesible a todo aquel que se dirija a él. Con la firme promesa de regresar a nuestros escenarios y todavía caliente “Hostile Defiance”, es el momento perfecto de reseñar el que, sin exagerar, quizá sea su mejor álbum desde “Possessed by Fire” (1986) en una discografía breve, tras la ausencia de "Rising From the Sea" (1987) y el posterior regreso con "Fire And Damnation" (2012) y "The Raging Tides" (2016) pero notable como pocas. Un álbum breve, como mandan los cánones del thrash, con canciones de ráfaga; cortas y escupidas sin descanso, en la que las de mayor duración (“Raptor” o “The Orders Of Shadows”) pasan en un santiamén y, lejos de querer ser alargadas en el ejercicio progresivo sin sentido alguno de nuestros días, son resueltas con maestría, sabiendo que, a veces y en el buen thrash, se cumple la máxima; “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Producido por Dennis Koehne (Almanac, Caliban, Lacua Coil, Melechesh, Moonspell, Sodom pero también los últimos dos trabajos de los alemanes), parece que en “Hostile Defiance” todo encaja a la perfección, desde la salvaje “Hostile Defiance” en la que su riff de apertura nos lleva al mejor thrash (ese que sólo puede y debe iniciarse con ese lamento helador) y los codazos y patadas de unas primeras filas bien cargadas. Sabor a Exodus, Kreator y, por supuesto, Sodom; Exumer suenan “old school” pero no son un acto nostálgico, están repletos de mala leche y buen hacer, las guitarras de Mensh y Bräutigam atronan y, a veces, se doblan en los solos; repartiéndose tareas rítmicas con excelentes riffs y licks, sin darnos tregua alguna hasta “Raptor” o esa cuchilla giratoria que es “Carnage Rider”, hasta esos momentos en los que nos harán viajar en el tiempo y hacernos creer que la Bay Area está más viva que nunca y ahora se encuentra en Frankfurt o encontrar también algo de Slayer en el riff y el fraseo de Stein en “King’s End”.

Una de las gratas sorpresas es esa dosis de negrura que le saben imprimir a “Descent” o la sensación de estar centrifugando las guitarras en “Trapper”, thrash de alta graduación, pero sin perder sus señas de identidad, pero sin resultar agotador o repetitivo en su escucha. Buen ejemplo de ello es la introducción de “The Order Of Shadows” y cómo un riff tan melódico puede mantener el nivel de agresión en una canción repleta de rabia, a pesar de no pasar de revoluciones. Por si acaso, “Vertical Violence” y su pegadizo corte, nos empujan a un final a la altura de los más grandes del thrash, “Splinter” y toda la mala leche y rapidez, la violencia de Matthias Kassner maltratando sus parches y un solo evocando a Hanneman abusando del puente de su ESP.

Un disco de thrash como los de antes pero que, sin embargo, sigue sonando actual. A Exumer se les quiere por su honestidad y pasión, han vuelto a demostrarlo con “Hostile Defiance” y lo seguirán haciendo sobre las tablas si promotores sin escrúpulos les dejan subirse al escenario. Han prometido volver y así lo han hecho siempre, los últimos treinta años dan fe de ello.


© 2019 Lord Of Metal

Crítica: Devin Townsend "Empath"

Como os habrá pasado a muchos de vosotros, queridos lectores, recibí con bastante pena la noticia de la disolución de The Devin Townsend Project y, no acabando de creérmela, me encomendé al mismísimo Devin, rogándole que no fuese el fin. Por otra parte, he de reconocer que a lo largo de los últimos años ha habido un punto en el que sí he sentido que la fórmula había llegado a su fin y, sabiendo que Townsend nunca resucitará Strapping Young Lad o volverá, a corto plazo, a trabajar en un álbum con Steve Vai y, por supuesto, descarto una continuación a "Sex & Religion" (1993) que no tiene sentido alguno, sólo me quedaba, como última esperanza, que rescatase del olvido esa supuesta colaboración con Mikael Åkerfeldt de Opeth o, mucho más plausible y lejos de la entelequia, regresase a su carrera en solitario. Pero, ¿qué fueron Strapping Young Lad o The Devin Townsend Project? ¿Acaso no eran trajes en los que Devin se sentía lo suficientemente cómodo para explorar diferentes territorios pero igualmente episodios de su carrera en solitario? Pese a lo difícil, pero inevitable, de la comparación, “Empath” es una obra maestra de principio a fin, muy diferente a “Transcendence” que, siendo notable, no llega al crisol de influencias y colores desplegado en este.

Partiendo de la base de que cualquier álbum de Townsend necesita de sucesivas escuchas, como si de una especiada y sabrosa comida se tratase; que resulta chocante al paladar la primera vez, “Empath” es un festín zappiano en el que Devin se olvida de cualquier prejuicio y le pide lo mismo al oyente, aún sabiendo que juega en casa. Ejerciendo como productor y maestro de orquesta, “Castaway” y sus ecos pinkfloydianos nos introducen en la verdadera apertura de su single principal, “Genesis”, una apropiada forma de bautizar un nuevo comienzo y reflejar “Empath” en seis minutos en los que la exuberante mezcla de Townsend y su escasa contención son la clave para entender una de las canciones más pegadizas del álbum. Coros angelicales y pop pegajoso, coros y más coros, arreglos orquestales, metales y programación, dobles y triples voces, y lo propio con hasta tres baterías; Morgan Ågren, Anup Sastry y Samus Paulicelli y también dobles bombos solapados, haciéndonos creer que se trata de una máquina. Townsend en estado puro, nadie te dijo que fuese a ser fácil…

Son esos coros femeninos los que arroparán la pasional interpretación de Devin en "Spirits Will Collide", un canto a la esperanza; a ese “seguir pese a todo”, una de las canciones más accesibles de “Empath”, que no fácil, con la ayuda de Elliot Desgagnés y toda la sobreproducción del mundo, pero magníficamente articulada, hasta su segunda parte, la aún más lírica “Evermore”, segundo single del álbum. El cuento infantil de “Sprite” y el pajarito que finalmente vuela cuando ve de frente el peligro, te recordará a la introducción hablada de "I Know What I Like (In Your Wardrobe)" de Genesis, sólo que la canción de Devin y su comienzo mutante, terminan en una suerte de bossa nova electrónica con tintes operísticos en los que su voz, otro instrumento más, se lleva todo el protagonismo antes del death metal sintético y frenético de “Hear Me”, en la que al contrapunto de su garganta le surge la réplica con Anneke van Giersbergen y el inesperado invitado que es Chad Kroeger de Nickelback en una canción auténticamente bizarra.

Pero si queremos ser testigos de cómo Devin nos dribla a todos, será en “Why?” en la que no sólo romperá la tónica del álbum con una canción que tiene más que ver con un musical sino que el desafío al oyente proseguirá en “Borderlands”, la pieza que seguramente podría firmar Frank Zappa si siguiese entre nosotros, tan inclasificable como “Requiem” que no es más que el cierre al álbum, antes del verdadero postre con “Singularity”, veintitrés minutos divididos en seis movimientos; “Adrift” y la auténtica exhibición vocal de Devin, “I Am I”, “There Be Monsters", “Curious Gods", la marcianada de “Silicon Scientists" y la mano de otro maestro, Steve Vai, en “Here Comes the Sun!”, el exceso elevado a la enésima potencia, hasta el universo y más allá; más voces, más coros, más dobles bombos, programación, robustos riffs y la intención de trascender en ese muro de sonido spectoriano tan propio y reconocible de Townsend.…

Un álbum aún más diferente a todo lo firmado por Devin y que, sin embargo, contiene elementos de todos los grabados hasta ahora, capaz de mezclar la contundencia de “Alien” (2005) de Strapping Young Lad y la hermosura de “Ghost” (2011) o la genialidad de “Terria” (2001). No es su mejor álbum, pero deja a todos los demás que se publican actualmente tan en evidencia que después de haberlo escuchado durante dos semanas sin parar y haber vivido en sus canciones, me causa cierto temor escuchar el álbum de cualquier otro artista que no haya invertido ni una décima parte de lo que Devin en componer o grabar una sola de las canciones de “Empath”. Una auténtica barbaridad no apto para todos los paladares…

© 2019 Jack Ermeister

Crítica: Whitechapel “The Valley"

Me ha sorprendido mucho “The Valley” de Whitechapel, es justo comenzar esta crítica reconociendo la labor de Phil Bozeman y el exorcismo que parece sufrir en este álbum cuando, sin remilgo alguno, es capaz de alcanzar una auténtica catarsis emocional narrando fragmentos de su vida, la relación con su madre y sus problemas mentales o la batalla entablada con su padrastro. “What has the world come to when a demon defiles a witch? Nobody trusts a word I say. I can’t erase these memories. But I will erase humanity”, canta en “When a Demon Defiles a Witch” y logra lo inalcanzable en discos como “Mark Of The Blade” (2016) y “Our Endless War” (2014). Puede que sea la emocionalidad de “The Valley” la que haya obligado a Bozeman al sangrado y a la banda a explorar nuevos territorios porque si quieren llegar al drama deben hacerlo jugando con atmósferas y momentos de calma, in crescendos en los que las voces melódicas tengan que salir a la luz con plena justificación y a estas les sigan sus clásicos breakdowns, alcanzar la sensibilidad sin plagar un álbum de arreglos enlatados orquestales como les ha ocurrido a Architects y su metalfanboyismo elevado a la enésima potencia. Es por eso que “The Valley” funciona, porque sus partes más accesibles tienen sentido y aquellas más brutales ganan en impacto por el contraste. La historia de Bozeman y su niñez, los dramas vividos y la esquizofrenia materna han sido un magnífico hilo conductor para que Whitechapel tome de aquí y de allá sin que se sienta igual de forzado que la huida hacia ningún sitio de muchas otras bandas de deathcore o metalcore que, con la excusa de una falsa madurez o experimentación, terminan grabando discos mediocres, completamente prescindibles.

Claro que hay deathcore, allá donde el death se difumina con el metalcore, “Forgiveness Is Weakness” o canciones que, sin ser malas, no aportan demasiado, “Brimstone”, pero la sensación general de escuchar “The Valley”, es la de una obra sólida y coherente que lejos de buscar el single más fácil, encuentra su naturaleza en las constantes subidas y bajadas a los infiernos de Bozeman y también triunfos como “Hickory Creek” en los que Wade y Savage juegan con texturas y la voz parece tener más que ver con Soen que con cualquier otra banda de deathcore; por una vez, el azúcar no empacha, sino que sirve de contrapunto a la sal de las heridas.

El riff de “Black Bear” es adictivo, una buena elección como single, mientras que el breakdown que recordarás es el de “We Are One”, una auténtica sacudida eléctrica a la que es imposible resistirse. Que nadie piense que Bozeman abusará del recurso en las voces melódicas, “The Other Side”, demuestra que su garganta puede ser igual de profunda que siempre para, segundos más tarde, dar toda una lección de versatilidad cambiando de registro, interpretando “Third Depth”, a dos voces. “Lovelace”, al igual que “Brimstone”, poco aporta al álbum, pero tampoco lo lastra cuando Whitechapel saben mantener el equilibrio y, para colmo, cerrarlo con la confesional “Doom Woods”, a la altura de las circunstancias en “The Valley”, cuya duración es perfecta (diez canciones y al grano), bajo la batuta de Mark Lewis (Carnifex, The Agony Scene) y la magnífica e impactante portada de Branca Studio.

No llega a ser perfecto, pero Whitechapel han firmado uno de los discos más interesantes del año y un pequeño aliento de esperanza para una carrera que parecía en caída libre. Así es como se cambian los destinos, tan sólo espero que el próximo álbum sea un paso más en esta aventura y no regresen a lo fácil; al breakdown más obvio, al trap, al pop petardo o a la escasez de ideas teñida de cualquier eufemismo más propio de Bring Me the Horizon o los actuales Suicide Silence. Tan esperanzador como desolador, “The Valley” consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro, enhorabuena…


© 2019 Conde Draco



Crítica: Vltimas “Something Wicked Marches In"

Si no podía pedirle más a Trey Azagthoth con la publicación de “Kingdoms Disdained” (2017) de Morbid Angel, tras “Heretic” (2003) e “Illud Divinum Insanus" (2011), con un álbum que, si bien era todo lo sólido que podíamos esperar, su sonido no terminaba de convencernos. Sí que podía pedir y exigirle más a un David Vincent que sí parecía haber perdido el norte con su faceta más country y un proyecto como I Am Morbid (con el que no seré demasiado hipócrita, ya que tengo la entrada para verlos en directo en unos meses pero, ¿es que hay alguien sobre este mundo que ame el metal extremo y pueda resistirse a ver a Vincent interpretar las canciones más clásicas de Morbid Angel?) que huele bastante mal; pareciendo una venganza servida bien fría a Azagthoth y una forma de sacar algo de dinero, que una bonita y honesta forma de honrar el legado de auténticas obras maestras atemporales e históricas como "Altars of Madness" (1991), "Blessed Are the Sick" (1991) o "Covenant" (1993). Como decía, a mi amarga experiencia de conocer a Vincent en directo (ocurrió en el mítico Hellfest del 2013), se sumaba su forma de afrontar el concierto que tuvo lugar esa misma madrugada, la distancia de un Azagthoth y su madre acusando a su antiguo compañero y la pérdida de dirección de Vincent. ¿Qué podíamos esperar de él? Todo y nada, como suele ocurrir con los genios (porque Morbid Angel, por mucho que adore a Trey, era una bestia con varias cabezas y más de un cerebro). Y así llegaba el anuncio de VLTIMAS, una banda de nombre verdaderamente ridículo y pretencioso, con una V en lugar de una U, muy trve, pero una formación sólida con Blasphemer (Mayhem pero también Aura Noir, a quienes pude ver hace un par de años en directo, entre muchos otros), Flo Mounier de Cryptopsy y, por supuesto, David Vincent de maestro de ceremonias, la promesa de un álbum, publicado con Seasons Of Mist y unos adelantos que, he de ser sincero, me convencieron a la primera escucha, pero con los que me prometía a mí mismo mantener la templanza.

Tras una semana escuchando el promo y ahora el vinilo de VLTIMAS, “Something Wicked Marches In”, he de reconocer que no es un álbum tan personal como el de Trey, “Kingdoms Disdained”, pero es infinitamente más directo y accesible, igual de contundente y agresivo, mucho más definido y trabajado, gracias al enorme trabajo del productor Jaime Gomez Arellano y unas canciones que, en muchas ocasiones, son redondas, todo ello bajo una portada a la altura de las circunstancias, obra del genial Zbigniew Bielak. Es pronto todavía para asegurarlo, pero “Something Wicked Marches In” es el trabajo que deberían haber grabado Morbid Angel, es la reconciliación absoluta con Vincent y su legado, sus desmanes y su errática carrera en los últimos años; es uno de los mejores discos de death de este año y, aunque no sea una obra maestra, dejará más de una sonrisa en los seguidores de los de Tampa, eso seguro.

En la inicial “Something Wicked Marches In”, escucharás influencias de muchas otras bandas, tiene un toque industrial y Flo parece haber sido programado, en lugar de estar trabajando el doble pedal, Blasphemer suena más ácido que nunca y, aunque parezcan levemente industriales, la sorpresa de reencontrarnos con un Vincent más temible que nunca, devorando nuestras almas, es mayúscula; para colmo, posee un estribillo que se pega y no suena como una concesión, sencillamente brutal. Impresionante es “Praevalidus”, lejos de la comparación con el death, el trabajo de Mounier la convierte en una pieza infinitamente más compleja y Blasphemer hace un magnífico trabajo, completamente alejado de lo que hace en Aura Noir. La virtud de VLTIMAS se demuestra en estas tres canciones que abren como un verdadero cañonazo y es que “Total Destroy” es igual de mortífera que “Praevalidus”.

Vincent está absolutament espectacular y así canta "Monolilith" o esa apisonadora llamada “Truth and Consequence”, en un disco en el que no sobra ni un solo minuto de sus treinta y ocho, y se remonta el vuelo en su segunda cara con “Last Ones Alive Win Nothing”, cinco minutos de tremolo picking a cargo de Blackphemer y versos escupidos con rabia, ¿es death, es black? VLTIMAS tienen carácter propio y así son capaces de sacarse de la manga un single como “Everlasting” y la salvajada que es “Diabolus Est Sanguis” en la que Mounier parece al borde del colapso y Vincent haberse metido en la piel de Lucifer, sin darnos tregua alguna hasta “Marching On”, por si a alguno no le había quedado claro su currículo o tenía ganas de más, bonita forma de rompernos el cuello cinco minutos con un magnífico solo de Blasphemer.

No siendo un álbum completamente perfecto, “Something Wicked Marches In”, como he escrito más arriba, es uno de los grandes discos de death de este año, la constatación de que Vincent todavía tiene algo que decir y una forma de decirle a Azagthoth que debe ponerse las pilas si no quiere que Vincent le pase a toda velocidad. Sólo espero que haya continuidad y VLTIMAS sean una banda que publique regularmente y se prodigue por los escenarios. Cada vez entiendo menos a Vincent y ese I Am Morbid, con semejante bestia como la que ha parido, acojonante…

© 2019 Lord Of Metal



Crítica: Deserted Fear "Drowned by Humanity"

Llevo una racha en la que no termino de encontrar un disco que realmente crea que merezca la pena, quizá porque me hago mayor; quizá porque poco de lo que se publica en estos días la merece de verdad. El caso es que no son pocas las veces en las que, charlando de música entre unas cervezas, no haya uno o dos que difieran y crean haber encontrado un disco sensiblemente mejor de lo que es, por culpa de algunos ingredientes que parecen ser inequívocos. Tal es el caso de “Drowned by Humanity” de los alemanes Deserted Fear; lo tiene todo, pero sólo en apariencia, una vez rascas no queda nada. Bajo una impactante portada en blanco y negro, siguiendo la estética de la banda y sus lanzamientos anteriores, nos encontramos con un álbum que suena como el metal más genérico de nuestros días, la producción es tan potente y con tanta compresión que el trabajo (a cargo del propio Hildebrand, por cierto), como tal, cuela y engañará a esos compañeros de cervezas hasta que lo escuchen con suficiente tiempo y paciencia. Las guitarras de Fabian Hildebrandt y Manuel Glatter escupen ciclados riffs y la batería es una apisonadora, de verdad que lo es, además la letras son tan agresivas y contundentes como podríamos esperar de un disco de death metal en pleno 2019 pero, con todo y con eso, “Drowned by Humanity” suena como si hubiese sido parido en serie, como si nada de lo que contienen sus surcos resultase de verdad original y, cuando la siniestra pero épica introducción que lo abre resuena, ya sabemos lo que nos espera; cero originalidad, canciones que noquean a la primera escucha y prometen más de lo que terminan ofreciendo en una memoria que le costará recordarlas una vez hayan concluido y en las que los homenajes son tan evidentes que podrían ser tildados de plagios.

Si “An Everlasting Dawn” suena a los padres del melodeath es porque es una copia a papel carbón de At The Gates, no nos compliquemos ni estrujemos las neuronas, es lo que es, como “The Final Chapter” y su balanceo, una triada inicial en la que tan sólo “All Will Fall” puede ser considerada como un single mínimamente genuino por su pegadizo riff inicial. De “Reflect the Storm“ podría destacar la labor de Simon Mengs y la rabia con la que canta Glatter, recordándome por momentos a The Haunted. Pero, maldita sea la manía reinante por las introducciones, “Across the Open Sea” logra el interruptus (ambas, tanto “Intro” como esta, a cargo de Norman Wille), lo que no ayuda nada en absoluto a “Welcome To Reality”, quizá la canción más sosa y predecible del conjunto, y su continuación “Stench Of Misery”, pesadísimos movimientos, aburridísimos desarrollos y, lo peor de todo, de escasa originalidad, el poco esfuerzo por encontrar su propio sonido o componer algo que, como oyentes, nos haga arquear las cejas y levantarnos del sofá para darle la vuelta al vinilo y leer el título de la canción; nada de eso ocurre en “Drowned by Humanity” y lo que parece la misma canción sonar una y otra vez.

La guitarra de Henrik Osterloh, como invitado, tiene más que ver con el rock alternativo que con nada remotamente parecido al death en “A Breathing Soul” pero, por lo menos, marca la diferencia hasta que el mismo ritmo y golpe trotón hace entrada y, para colmo, acaba en uno de esos odiosos fade-out que tanto me disgustan. “Sins From The Past” posee el groove, qué duda cabe, pero nada más y tanto ella como “Scars of Wisdom” dejan poca cicatriz en tu recuerdo, tanto o menos que el regalo que es “Die in Vain”, siendo lo único reseñable la regrabación de “Tear of My Throne”, por querer aferrarme a algo.

Un álbum que, para colmo, crece a la sombra de los brutales “My Empire” (2012) y “Kingdom of Worms” (2014) y, claro, las expectativas creadas cuando Deserted Fear parecían estar despuntando y, aparte de estar mucho más inspirados, todo lo anterior y lo exhibido en este disco podía perdonárseles como pecadillo de juventud. El tan temido bajón llegó con “Dead Shores Rising” y ahora se confirma con “Drowned by Humanity”; canciones que resultan y pueden engañar a cualquiera a causa de su flamante envoltorio, pero no son capaces de hacer lo propio con el más avezado oyente de metal. Sí, suena bien y posee todos los elementos, pero ninguno es original y sigue faltando la gracia de las musas. Esto es lo que pasa cuando te limitas a tomar apuntes y evitas crecer o no sabes cómo, pero tienes a Century Media detrás tuya…


© 2019 Lord Of Metal

Crítica: Chrome Division “One Last Ride"

Quizás porque Shagrath siempre ha dejado bien claro que Chrome Division son un pasatiempo y le concede el espacio que se merece, quizá porque el quinto álbum de la banda está destinado a ser el último y con el que cierren su carrera, quizá también por el regreso de Eddie Guz o simplemente y, como ellos mismos se pavonean; las canciones de Chrome Division nacen de la auténtica espontaneidad y la alegría de vivir el momento, que “One Last Ride” (2018) entra tan bien y sabe tan refrescante porque, como insiste el propio Shagrath, este no es un proyecto ideado para hacer dinero sino para pasarlo bien con sus amigos sobre el escenario e interpretar la música que le apetece. Y es que no es de extrañar que muchos músicos se alejen de las bandas que les han dado la fama, la gloria y, por qué no, también el dinero para, cuando se han convertido en pesados monstruos con una gran maquinaria detrás, buscar el favor del público alejados de los focos y sobre escenarios de unas dimensiones que les permitan saborear de nuevo lo que más aman, lejos de los grandes montajes, festivales, nervios e histerismos de sus seguidores. Así, Shagrath, parece dejar con gusto las labores vocales a Guz (con quien grabaron “Doomsday Rock 'n Roll” en 2006 y “Booze, Broads and Beelzebub” en 2008) y se cuelga la guitarra al hombro, sin maquillaje alguno o arreglos sinfónicos tras de sí, para interpretar canciones de hard rock directas al hueso, de esas que a uno le gusta poner a todo volumen en el coche y que no exigen mayor esfuerzo que una cerveza en una mano y el puño al aire de la otra.

Desde el sabor a Western de “Return From The Wastelands”, Chrome Division, ponen los pistones a trabajar con “So Fragile” y la ya sorprendente mutación de Shagrath con esa guitarra más propia de Backyard Babies que cualquier cosa nacida bajo la sombra de Noruega, un estribillo contagioso y la voz bañada en Bourbon de Eddie Guz, Chrome Division no buscan la cuadratura del círculo; no quieren romperte la cabeza con imposibles arreglos o desarrollos, no hay complejidad alguna, tan sólo reventar los altavoces a través de los que hagas sonar su viscoso bajo y las guitarras de Shagrath y Karlsen, en perfecta comunión. Algo que demuestran en el vacilón comienzo boogie de “Walk Away in Shame”, pronto transformada en un hard rock callejero o la heavy y macarra “Back In Town”, una oda al alcohol (algo que repetirán en “We Drink”), sin prejuicios de por medio ahora que nos ha tocado vivir la mojigatería propia de estos tiempos, hasta sonar como unos ZZ Top cargados hasta las cejas en “You Are Dead To Me” y dar cera en “The Call”, sonando más que nunca a Velvet Revolver en su riff inicial. Una primera mitad de un álbum repleto de influencias, como puedes leer, que aceptan sin rubor y parecen disfrutar, logrando el más difícil todavía cuando transmiten esa misma sensación a todo aquel que se acerca a este disco y lo pincha. Un álbum que tiene mucho de lo que nos gusta a los fans del rock en general y que asume, sin prejuicios, lo ya descubierto por otros.

“I’m On Fire Tonight” es un buen single pero gana muchísimo cuando la interpretan en español, “Esta noche va a quemar”, y suena aún más polvorienta, divertida y etílica, digna de “Abierto hasta el amanecer”. La más flojita puede ser “Staying Until the End” en comparación con “This One Is Wild” que suena como una fiesta o la propia “One Last Ride” en la que el estribillo a coro le da un toque especial. Caso aparte es la mencionada “We Drink”, con un comienzo que arranca en un compás más cercano al doom para terminar convertida en un speed con aires de rock ‘n’ roll que haría sentirse orgulloso al propio Lemmy, una de las grandes sorpresas de una recta final que necesitaba algo más de energía y supieron imprimírsela para cerrar con una final e instrumental ”Towards The Unknown”, la única que puede presumir de arreglos, que sirve de despedida con tubo de escape incluido, que por algo se llaman Chrome Division y se han ganado el aplauso.

“Doomsday Rock 'n Roll” (2006) o “Booze, Broads and Beelzebub” (2008) me siguen pareciendo algo superiores, pero “One Last Ride” es el grandísimo adiós de una banda honesta, sin fuego de artificio alguno, que se dedicaba a hacer rock y pasarlo bien. No pasará a la historia, pero servirá de banda sonora a un verano que ya empieza a asomar sus rayos y que despediremos con la gira de Chrome Division por nuestro país. Oportunidad única para decirle a Eddie, Shagrath, Damage y Tony lo grandes que son mientras suenan las canciones de “One Last Ride”. No te lo pierdas, que luego vendrán los lloros y avisado quedas…

© 2019 James Tonic