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PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

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ALEMANIA no levanta cabeza...

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Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

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Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

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VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

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Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

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DYLAN por SINATRA, en estado de gracia.

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Cuomo, un acidente en carretera y la meditación Vipassana...

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Cuarenta minutos de abstracción

Un disco fascinante, extraño, menor pero extrañamente bonito, diferente y excitante...

Crítica: At The Gates “ To Drink from the Night Itself”

Hace unos años, entre actuación y actuación, pude hablar con un músico de la escena sueca al que no mencionaré (aunque acepte privados preguntando quién era), al mencionar a At The Gates, torció el gesto. Según él, los de Gotenburgo, en efecto, habían sido renovadores del género, pero restaba importancia a su legado y, lo peor de todo, les hacía responsables directos de la posterior dulcificación del death y toda la purrela metalcoreta que vendría después. En aquel momento pensé que aquel tipo estaba profundamente amargado o hastiado de la escena pero, años después, he llegado a comprender su punto de vista, su preclaridad entre tanta loa a At The Gates. Por supuesto que es merecida la fama de la banda y que “At War With Reality” (2014) me pareció un dignísimo disco de regreso, pero mi principal problema con aquel fue que me parecía un calco absoluto de “Slaughter Of The Soul” (1995), no digo que fuese la continuación lógica de aquel (que también, por supuesto) sino que era una copia, idea por idea. Algo parecido sentí con “Surgical Steel” (2013) de Carcass. Claro que me alegra que bandas con tantísima calidad y que tanto nos han dado, regresen de entre los muertos y firmen discos tan sólidos, pero echo de menos ese riesgo, ese estar vivo, esa llama que prende y les hace buscar más allá de lo ya logrado años o décadas antes.

Con la incorporación de Jonas Stålhammar tras la salida del mítico Anders Björler,(que ahora resulta que, según Tomas Lindberg, parecía ser el freno para At The Gates, escuchar para creer…), me encuentro con el sexto trabajo de la banda, “To Drink From The Night Itself”, en el que los mayores inconvenientes que aprecio son dos; ese poco arrojo para innovar que en su segunda mitad parece tímidamente despuntar pese a que el trabajo de Russ Russell no acompañe (si los suecos quieren buscar el desarrollo, un trabajo más limpio tras los mandos habría sido de cajón), siendo ese sonido y la poca claridad del grupo para lanzarse la que nos hará perder el interés en su segunda cara, y la producción del álbum; en la que no siento el bajo de Jonas con la suficiente presencia, no aprecio la labor de Stålhammar (llegado a la banda con todo el trabajo escrito, quiero saber cuál será su contribución en el próximo álbum y si aporta o sólo complementa, como un músico de estudio más, todo lo contrario que Anders) y el escaso volumen de un Tomas Lindberg que está en forma y con suficiente fuerza como para habérsele escuchado más en estas canciones y cuya única crítica que tengo es la parodia de sí mismo en muchos momentos.


Cada vez me irritan más las introducciones, pero “Der Widerstand” es bonita y cumple su función, además me remite a la gloria de los años noventa, cuando In Flames todavía manejaban con maestría la melancolía con bonitas acústicas entre los pasajes eléctricos más frenéticos. “To Drink From The Night Itself” es un buen single pero demasiado parecido a “Blinded By Fear”, tanto que le resta disfrute. Sí, se pega como un chicle pero uno que tiene ya décadas, aquel de cuando se publicó “Slaughter Of The Soul”. Con lo que, a mi gusto, este álbum comienza de verdad con “A Stare Bound in Stone”, Adrian Erlandson mantiene el tempo con fiereza y las guitarras de Martin y Jonas suenan sólidas, aunque no el bajo de Björler. Sin duda, la que termina de hacer despegar el disco es “Palace of Lepers”, con una de sus guitarras más bonitas, además los cambios de ritmo y su melodía son sencillamente geniales.


Me gusta “Daggers Of Black Haze”, es una de esas canciones que van creciendo dentro de uno, por muy cursi que pueda resultar. La introducción es magnífica y el tempo es el adecuado, la intensidad y emocionalidad es perfecta. “The Chasm” me recuerda a Disfear y, a pesar de su ritmo atropellado, marca el comienzo del descenso, porque “In Nameless Sleep” todavía conserva algo de fuerza y ganas, pero en “The Colours Of The Beast” se palpa ese tímido intento por hacer algo diferente, pero en una banda de sonido tan marcado como At The Gates, con unas señas de identidad tan claras, y el trabajo de Russell, de poco o nada sirven las medianías y Lindberg, Larsson y Björler tampoco se tiran a la piscina. Hay desarrollos y épica, como en “A Labyrinth Of Tombs” o momentos de profunda carga, “Seas Of Starvation”, que terminan difuminados por la poca decisión de unos y la incapacidad o poca visión del productor.

Así ocurre, al llegar “In Death They Shall Burn”, como oyentes, apreciamos la energía y la rabia, la furia desatada, pero “The Mirror Black” nos termina de dar la puntilla y hace que abandonemos el disco con la sensación de que algo falta, de que algo nos hemos perdido en sus últimas canciones o las buenas ideas de la banda se han malgastado. Aún con todo, es mi deber avisar, “To Drink From The Night Itself”, posee una naturaleza extraña y oscura que termina por atrapar, un encanto magnético en el que las buenas ideas brillan sobre aquellas que no parecen haber terminado por despuntar, por unos o por otro.

“To Drink From The Night Itself” es un buen disco, no quiero que la crítica se malinterprete, inferior a “At War With Reality” pero igualmente digno. Sólo sé que entre toda esa tibieza de ideas que escucho hay algunas realmente buenas y que el músculo sigue lo suficientemente engrasado como para que At The Gates nos regalen alguna que otra joya en el futuro. Como ya es costumbre en esta web, progresan adecuadamente; pero seguiremos informando…

© 2018 Lord Of Metal

Crítica: Five Finger Death Punch “And Justice for None”

Parafraseando a nuestro querido Lemmy y su célebre frase; "si crees que eres muy viejo para el rock and roll, entonces lo eres”, porque uno debería saber que es demasiado joven para el rock and roll, cuando se come cualquier cosa, dentro y fuera de la música (risas de fondo y platillazo, por favor). Y es que este año esté siendo quizá el más decepcionante; no por la calidad de los discos publicados (han visto la luz discos excelentes, pero no nos referimos al que nos ocupa, más risas de fondo), sino por que muchos de los más esperados por el gran público están resultando grandes fiascos que los más apasionados o inexpertos (vete tú a saber) se resignan a aceptar. La pregunta es, aparte de sus irredentos seguidores, ¿quién esperaba con ganas un nuevo disco de Five Finger Death Punch a estas alturas? Está claro que el ciclo lógico tras la inacabable gira de presentación de “Got Your Six” (2015) y los problemas de salud de Ivan Moody y sus adicciones, es publicar un nuevo álbum y a Eleven Seven, más en concreto Prospect Park, les picaba ya el bolsillo por aquello de aprovechar el tirón de los de Nevada. Entonces, afinaré mi pregunta; ¿era necesario un nuevo álbum de Five Finger Death Punch? La respuesta es un rotundo no. A menos que te hagas llamar un “knucklehead” (seguidor de la banda) y creas que Ivan Moody es la mayor estrella sobre la faz de la tierra.

Pero, ¿qué es lo que falla en un álbum como “And Justice For None”? Absolutamente todo. Desde su portada con The Guy de Disturbed transmutado en Knucklehead (como si lo hubiese dibujado el mismísimo Rob Liefeld de Image), el título tomado libremente o rindiendo homenaje al inmortal “...And Justice for All” (1988) de Metallica, el poco trabajo de composición que denotan las canciones, el horrendo trabajo de Moody en unas letras de pretendida crítica y sarcasmo que tan sólo demuestran el mal momento creativo que parece estar atravesando (el noventa por ciento del álbum lo plagan pullazos e indirectas hacia todos aquellos que alguna vez han criticado a la banda o ese “mirarse al ombligo” de Moody) y una producción verdaderamente horrenda en la cual han querido potenciar el groove de su sonido, los graves y los potentes riffs de Zoltan Bathory, acabando por convertir, por momentos, la música de Five Finger Death Punch en una masa informe de ruido en la que ningún instrumento prima sobre el otro, en la que cuesta escuchar con definición el trabajo del bajo (por otro lado, Chris Kael tampoco es Flea o Pastorius, no nos perdemos nada), las dos guitarras o la batería. Pero a los knuckleheads les volverá locos; en “And Justice For None” hay riffs gruesos, la voz es la que lleva la melodía, hay estribillos que serían capaces de matar a un diabético, hay sentido del humor burdo y ramplón, hay músculo y poca chicha. ¡Les volverá locos! Eso deben haber pensado los de Prospect Park.

Pero a los demás, al resto del mundo, le producirá cierta vergüenza escuchar a Moody cantar; “I never cared about the money never really needed fame” cuando las entradas más caras de sus conciertos o sus exclusivísimos meet & greets (de los que también habla pero supongo que los que los pagan les dará igual; “I get drug out of bed for another meet-and-greetI shake the hand of every fan, put on a happy face. Spread so fucking thin, I'm all over the place”) no están al alcance de sus mayores seguidores, o sonrojo cuando nos damos cuenta que a Moody, lo que se diga en TMZ o Blabbermouth le afecta tanto como para incluirlo en la letra de la pegadiza e irritante “Sham Pain”, “The label tried to sue me, TMZ tried to screw me . Blabbermouth can fuck itself 'cause they never fucking knew me. Si estas son las palabras de un artista que ha superado un mal momento, apaga y vámonos, creo que no había sido testigo de tanto resentimiento adolescente (como escucho en “And Justice For None”) desde “Trust No One” (2016) de DevilDriver en el cual Dez Fafara, le faltaba hacer ‘unfollow’ a todos sus 'haters' y, en pijama, zamparse un Häagen-Dazs de nueces de Macadamia, mientras llora amargamente.

“Trouble” es un buen comienzo, sino fuese porque las partes melódicas parecen propias de Nickelback y el riff, la canción en general, muestra “cero evolución” desde “American Capitalist” (2011) o el estupendo “The Wrong Side of Heaven and the Righteous Side of Hell Volume 1”, en un álbum en el que todo parece regurgitado de “Got Your Six” (2015). “Fake” posee su denominación de origen (¡tres minutos y medio en bucle!), no hay duda de que sólo ellos podrían firmar una letra tan original como; “You're a fake mother fucker, I hate you mother fucker I'll break you mother fucker, you're mine. You're a joke mother fucker, you gloat but you're a sucker Such a fuckin' waste of my time” Espero que ahora el lector entienda cuando, líneas arriba, aseguraba que quizá Moody no esté atravesando su mejor momento, desde luego, este y el resto de versos del álbum no han sido escritos por Cervantes, Dylan o Cohen, la profundidad de sus letras son las de un plato llano. 

Del ridículo espantoso que es “Sham Pain” al destrozo de “Blue On Black” de Kenny Wayne Shepherd (no será el único crimen perpetrado, también se atreven con una versión ralentizada de “Gone Away” de The Offspring, cuando Dexter Holland y Noodles todavía tenían ganas y relevancia en el panorama actual. Ahora que lo pienso, compite en mal gusto y poca credibilidad con “The Sound Of Silence” de Disturbed o “Zombie” de Bad Wolves, otros que tal bailan…). “Fire In The Hole” por Marilyn Manson (el de los noventa, por favor, no el chiste que es ahora) o la ñoñez suprema, “I Refuse”, con Ivan Moody sonando como Staind, hacen que le demos la vuelta al disco y pensemos que se les ha ido la mano con la duración, trece canciones (dieciséis, en su versión extendida) son demasiadas canciones (once, en realidad, si quitamos las versiones) cuando tu estado creativo quizá, sólo quizá, no es el mejor.

“It Doesn’t Matter” o el homenaje velado al sonido alternativo de los noventa que es "When the Seasons Change" (por mucho menos que esto, colgamos a Creed del palo más alto, he de recordarlo…) como “Stuck In My Ways”, son brillantes rellenos que muestran que los mejores ases (si es que los hay) estaban reservados para la primera cara. “Rock Bottom” es pésima y carece de fuerza, como esa despedida que es “Bloody”, por favor…

Hace mucho que lo dije pero Five Finger Death Punch corren el serio riesgo de convertirse en su mejor obra, en una caricatura, como sus discos; todo envoltorio y nada en su interior o lo mismo de siempre, un burdo autoplagio de sus mejor momentos. Siempre habrá alguien a quien le guste, que lo disfrute, hasta que eche las muelas…


© 2018 Conde Draco

Crítica: The Dead Daisies “Burn It Down”

El verdadero secreto de The Dead Daisies es tan sencillo de desvelar que es hasta irritante que muchas otras bandas no lo exploten hasta la saciedad y conviertan en suya la virtud. Desde que David Lowy y Jon Stevens decidieron dar vida a este proyecto, el único objetivo de The Dead Daisies ha sido hacer buen rock ‘n’ roll. Olvídate de todo, de cualquier preocupación mundana o las inherentes a escuchar un disco con cierto sentido crítico; aquí no hay que preguntarse qué es lo que intenta la banda, en quién se han inspirado o no, si hay evolución o ninguna, etiquetas y demás zarandajas, no hay duda alguna sobre la naturaleza de sus canciones, sus discos o sus directos, tan sólo es necesario pinchar su música o asistir a uno de sus conciertos, disfrutar y olvidarse del resto. Hasta cierto punto, es de lo más refrescante y todo un punto a su favor. No deja de resultar curioso que aquellos músicos con más bagaje y carretera a sus espaldas, con más veteranía, suelan ser los que menos complejos exhiben a la hora de grabar e interpretar su música. The Dead Daisies son buen ejemplo de ello, verles sobre un escenario es sentirles disfrutar, consiguiendo que lo que es el proyecto de una super-banda (qué repelús me ha dado siempre este tipo de experimentos…) parezca tener vida propia y uno llegue a olvidarse de los artistas y talentos individuales que la forman.

Y es que, seré honesto, yo fui el primero que no prestó demasiada atención a su debut, “The Dead Daisies” (2013), y no les dio en directo la oportunidad que se merecen con “Revolución” (2015). Como muchas otras veces, creía que el verdadero detonante de esta banda era el interés económico y, aunque teniéndole un cariño especial a Corabi (que entró en el 2015), me parecían una formación con secundarios de lujo, brillantes obreros del rock, lo sé, un prejuicio y una estupidez. Craso error, la primera en la frente fue la incorporación del enorme Doug Aldrich y, por supuesto, asistir a uno de sus conciertos tras aquella fugaz apertura como teloneros de KISS en la que apenas pudimos verles. Recuerdo, en especial, su paso por el festival galo, Hellfest, en su pasada edición del 2017 en la que The Dead Daisies no sólo fueron uno de los mejores exponentes del hard rock con una pasional interpretación, sino que disfrutaron e hicieron disfrutar del fin de semana, mostrándose accesibles, amables y realmente receptivos a todo aquel que se acercase. Verles fue una inyección de vitalidad porque, ¿qué necesidad tienen Aldrich, Corabi, Lowy o Mendoza de publicar más discos y EPs con material original cuando podrían vivir de las rentas? No hay duda de que lo que les mueve es la pasión.

A David Lowy, Marco Mendoza, John Corabi y Doug Aldrich se les ha unido Deen Castronovo (sobran las presentaciones) tras los parches, que construye una sólida base rítmica sobre la que Aldrich solea y da el espacio necesario a Corabi. ¿Cuál es el resultado? “Burn It Down”, una estupenda y vibrante continuación de “Make Some Noise” (2016), al mismo nivel de inspiración y quizá con un poco más de contundencia, sonando más rodados, más audaces y más sueltos, si es que eso es posible. “Burn It Down” se abre con un sonido brillante, sin concesiones, en una producción a la altura, “Resurrected” es puro hard, recuerda a Velvet Revolver pero con más casta, con más sabor, y con ella nos encontramos de frente la propuesta de un álbum al que es imposible ponerle demasiadas pegas. “Rise Up” (que me trae a la memoria a The Cult) y exhibición de músculo, sudor y aceite, olor a carburante, puro Nascar, hasta la vacilona “Burn It Down” con cierto sabor a ZZ Top pero con más filo y boogie. ¿Quién necesita a The Winery Dogs cuando el bourbon se lo han llevado Corabi y Aldrich? Referencias, todas, que nos sirven para ubicar el buen hacer de Dead Daisies…

El cambio de “Judgement Day” es brillante, del polvo del Lejano Oeste a la lubricidad más setentera, o de la mano de Aerosmith (cuando todavía no se habían convertido en lo que son ahora, con todos mis respetos hacia Tyler y perry) en "What Goes Around", “Dead An Gone” o “Leave Me Alone”. El homenaje a la Motown en “Bitch” hace que The Dead Daisies se suelten aún más y Corabi se luzca, sentándole estupendamente bien el groove de la que quizá sea la canción más sensual de “Burn It Down”. Pero si algo no le falta precisamente al álbum es groove, el Wah de “Can’t Take It with you” y su riff es auténticamente pegadizo y así lo demuestra su estribillo.

Al final, The Dead Daisies, “sin quererlo, pero con mucho empeño” y oficio, están consiguiendo una discografía de lo más auténtica. Así es como se hacen los nombres. Sólo sé que la próxima vez que tenga de nuevo la oportunidad de asistir a uno de sus conciertos, la aprovecharé al máximo, aquí hay sangre y muchas ganas.

© 2018 Jim Tonic

Crítica: Arctic Monkeys "Tranquility Base Hotel & Casino"

Corren tiempos absurdos para personajillos absurdos, pero no me refiero a Alex Turner, aquel que a muchos nos hizo recuperar la ilusión por las letras, por los largos y grandilocuentes títulos, lo digo por nosotros, por el resto. Porque corren tiempos en los que hasta el último imbécil sobre la faz de la tierra cree saber de lo que habla o escribe, copiando latiguillos, aquí y allá, plagando su discurso de lugares comunes. Y es que resulta que si una banda publica un álbum que no te gusta, debes pedir perdón y callarte porque, sin duda, eres un ignorante y lo que te ocurre es que estás tan poco avanzado en tu protoevolución que entre tú, primer y más antiguo organismo primitivo sobre la tierra, y Alex Turner hay galaxias de maduración. Arctic Monkeys han publicado su peor álbum hasta la fecha, primera decepción de una banda que sonaba fresca hasta en sus momentos más rancios, tras cinco años de un álbum como “AM” (2013) que, digan lo que digan algunos; posee en sus surcos canciones más grandes que la misma vida. Nueve desde el magnífico “Humbug” (2009), por no hablar de “Whatever People Say I Am, That's What I'm Not” (2006), “Favourite Worst Nightmare” (2007) o “Suck It and See” (2011), pero no pasa nada, “Tranquility Base Hotel + Casino” es un horror y hay que aceptarlo. Lo peor, lo más irritante, son esas voces que aseguran que aquellos que no tragamos canciones como “Star Treatment” o “American Sports” es porque no conocemos a Scott Walker (por favor, dejen ya de mentarlo, que la mitad de los que lo hacen, no han escuchado ni un solo disco suyo o de The Walker Brothers), porque somos unos fundamentalistas reaccionarios que no permitimos crecer a las bandas o, mi argumento favorito como eufemismo de lo mediocre; es un álbum que hay que darle escuchas. Pena que ahora se crea que toda evolución supone una mejora y se sienta como necesaria.

Crítica: Parkway Drive “Reverence”

Naces, creces, tu cerebro se reblandece, te reproduces, te pica el bolsillo y, si eres músico, publicas discos mediocres en ese difícil equilibrio entre acercarte a la cuarentena, aceptar que todos los chavales metalcoretas, con el logo de Parkway Drive tatuado en el antebrazo, ya no les interesa lo que haces actualmente e intentas revestir un álbum sin inspiración, de clara intención comercial, en el tan buscado disco de madurez de cientos de bandas (como si esta pudiese buscarse y comprarse al peso en cualquier supermercado) que se niegan a aceptar que su momento ya pasó; que aquellos riffs y empujones en las primeras filas fueron tan fugaces como un amor de verano o el acné veinteañero de aquellos que les jaleaban, que cumplir años no garantiza la madurez, la genialidad o haber aprendido lo que tampoco te entraba una década antes, mientras esos chavales tapan sus tatuajes con la camisa en la oficina, el mono en la fábrica o, mucho peor, la misma inseguridad; un tatuaje vikingo y, entonces, te percatas tarde de que tu música nació con una obsolescencia programada. Esto es lo que les ha ocurrido a Parkway Drive en “Reverence”, en una escena en la que falta que alguien sea capaz de dar un golpe en la mesa con un álbum que la justifique años después del hype, y van....

Poco queda de aquellos que publicaron “Deep Blue” (2010), “Atlas” (2012) o, mi favorito, “Horizons” (2007) y que han logrado que “Ire” (2015) parezca una obra maestra en comparación con “Reverence”; un disco blando, sin intensidad o agresión alguna, lo que no tendría que ser algo negativo si evidenciase un buen trabajo de composición y una inspiración que se tradujese en melodías memorables, estribillos y riffs que perdurasen pero no es el caso. “Reverence” está repleto de riffs vigorizados con Pelargón pero carentes de peligro, poco originales, de factura estándar y solos que hemos escuchado mil millones de veces antes, no hay ni un sólo segundo de música original que nos haga creer que Parkway Drive de verdad han movido ficha y tienen una dirección o un chispazo de genialidad. El material de “Reverence” es la continuación de lo exhibido en “Ire” pero con un envoltorio más grueso, las mismas canciones con melodías olvidables y el groove de Five Finger Death Punch. Un disco tan prescindible y absurdo, tan olvidable en la constante repetición de sus estribillos que pelea en dura pugna por la última posición junto a “Catharsis” de Machine Head. ¿Qué nos esperábamos? ¿De verdad creíamos que Parkway Drive nos asesinarían con una sonrisa en sus labios? ¿De verdad creímos sus declaraciones, en las cuales afirmaban que “Reverence” sería más contundente y agresivo que “Ire”? ¿Acaso es una hazaña grabar algo más agresivo que aquel, estamos locos? Quizá no les pedíamos tanto, tan sólo algo de esfuerzo.

No faltarán las voces que lo justifiquen, que crean estar escuchando un buen disco o les valga cualquier cosa, que no hayan escuchado “Horizons” o les ciegue la nostalgia, que se hayan sumado a sus filas en “Ire” o consideren “Got Your Six” (2015) de F5DP como disco de cabecera. Si su primer single, “Wishing Wells” (por cierto, con un videoclip verdaderamente horrendo en el que somos testigos de cómo McCall sobreactúa la interpretación de la canción hasta el ridículo más espantoso) no nos convenció a muchos por culpa de esa introducción hablada, un clímax demasiado forzado y una instrumentación excesivamente pobre, fue “The Void” la que consiguió defraudarnos del todo; el fuerte sentimiento al grupo de Moody, Kael y Zoltan y un estribillo que suena tan prefabricado como previsible (como las guitarras de Jeff y Luke) en una canción cuya estructura es tan compleja como el funcionamiento de un chupete, hicieron el resto. 

“Prey” parece escrita con la clara intención de levantar al público en un festival, pura autocomplacencia en su sonido y un error en la compresión de la batería de Gordon (algo incomprensible a lo largo del disco), los arreglos y sus coros pregrabados, egolatría de aspecto sintético, repetición una y otra vez del estribillo, Winston por Moody y Luke por Zoltan. Sin embargo, no será lo más patético que escuchemos en “Reverence”, al oyente más experimentado -aquel que haya mamado los noventa- no le costará imaginarse la voz de De La Rocha en “Absolut Power” (“Absolut Powah!”) y ese ridiculísimo fraseo de Winston. Fútiles ejercicios de querer sonar actuales en “I Hope You Rot” (irritante el estribillo, verdaderamente irritante), en lo que parece un intento desesperado por no perder relevancia o vigencia en la escena actual, y de nuevo otro pasaje hablado, tres minutos de relleno como la introducción que es “Cemetery Bloom” o esa balada reconvertida en medio tiempo que no rechinaría demasiado en el repertorio de unos Limp Bizkit en decadencia, “Shadow Boxing”, acústicas y coros con un final folkie y más y más arreglos enlatados a cargo de George Hadjichristou. ¿Eran necesarios?

Un horror tras otro, como es el caso de “In Blood” o esa tediosísima despedida que es “The Colour Of Leaving”, haciéndonos creer que “Chronos” es sensiblemente mejor de lo que es, en un disco del que cuesta recuperarse. Soy el primero que defiende la evolución o la búsqueda, pero bien entendidas y más de cuarenta minutos de música tienen que sustentarse sobre algo sólido, no es el caso de Parkway Drive a los que cumplir años no parece sentarles demasiado bien. Hace más de una década nos avisaron que nos asesinarían, pero nunca a base de bostezos…


© 2018 Lord Of Metal



Crítica: Ihsahn “Ámr”

Siempre he defendido a Ihsahn como el único superviviente con cerebro (nunca mejor dicho) de la ola blackmetalera noruega de primeros de los noventa y, según van pasando los años, no hago sino reafirmarme en mi posición. Vegard Sverre Tveitan no sólo es leyenda por el legado de los seminales Emperor sino su falta de prejuicios para desmarcarse de cualquier fundamentalismo y navegar, como buen músico que es, allá donde su corazón le lleve, bien sea con Peccatum y su mujer Heidi Solberg Tveitan (Ihriel) o esa serpenteante carrera en solitario que ya nos ha regalado joyas como “The Adversary” (2006), “angL” (2008), “After” (2010), mi querido “Eremita” (2012), “Das Seelenbrechen” (2013) o el celebrado “Arktis.” (2016). De todas las veces que he podido ver a Ihsahn en directo, al margen de Emperor, quizá haya sido aquella en la que presentó “Eremita” en directo en el Hellfest, la que me causó una profunda sensación por la intensidad de sus canciones y cómo supieron llevarlas a un escenario. Siendo así, testigos de sus idas y venidas, de su constante trabajo entre gira y gira de Emperor, no debería extrañarnos que “Àmr” (“Loathsome”, repugnante en noruego antiguo) sea diferente a “Arktis.” E incluso lo agradezco, precisamente es una de sus señas de identidad. “Lend Me the Eyes of Millennia” cogerá a muchos por sorpresa, su comienzo electrónico ya augura el disco más siniestro y sombrío de Ihsahn en mucho tiempo; es precisamente el uso de sintetizadores lo que le confiere esa tonalidad. No es que el noruego no los haya usado nunca, sino que en “Àmr” dejan de ser un mero colchón sobre el que apoyarse, argamasa necesaria para muchos pasajes o aderezo, para convertirse en el hilo conductor; no hay más que escuchar cómo los siguen la guitarra y la batería de Tobias Ørnes Andersen (ex-Leprous), en frenética pulsión.

Como también habrá sorprendido a muchos el sonido seco y musculoso, frío y premeditado de “Arcana Imperii” y, sin embargo, las dobles voces enlazan en un maravilloso puente que deviene en arreglos de cuerda. La voz de Ihsahn vuelve a ser más rasgada que nunca, quizá las giras con Emperor le estén recordando quien una vez fue pero, sin embargo, es capaz de pasar del desgarro a la voz melódica en cuestión de un verso. Es en “Sámr” en donde puede que se escuche más que nunca la influencia de Einar, Ihsahn ha jugado en decenas de ocasiones con la melodía en sus canciones, con la melancolía que desprenden algunas de sus letras, como ocurría con las perlas escondidas de “Das Seelenbrechen” pero en “Sámr” el azúcar de Leprous es más que evidente, es por eso que agradezco la marcial “One Less Enemy” y ese fabuloso manejo de la mano derecha en su Ibanez, tan típico de Ihsahn, en el sándwich de baladas que “Sámr” forma con “Where You are Lost and I Belong”, siendo la segunda más creíble en Ihsahn y menos melodramática, menos fácil.

En donde “Àmr” se crece es en “In Rites of Passage” en la que la guitarra vuelve a coger cuerpo y el ritmo de Andersen se sincopa con los arreglos electrónicos y el álbum, que en su parte central había perdido algo de empaque a causa de “Sámr” y “Where You are Lost and I Belong” (ambas son buenas canciones, aunque prefiera la segunda, pero rompen en exceso la tónica), despierta por todas las raves del mundo con Ihsahn como maestro de ceremonias. Aunque “In Rites of Passage” no sea la canción que le enseñarías a tu hermano pequeño si quisieras enseñarle cómo se las gasta el líder de Emperor en solitario (seamos sinceros, tampoco el material de Peccatum), me parece la más atrevida y valiente de todo “Àmr”.

Y precisamente esa línea la que parece querer seguir Ihsan con “Marble Soul” y su magnífico estribillo, el mejor de todo el álbum (¿quién dice que los artistas desperdicien sus mejores ases en la primera cara de sus discos?) o la auténticamente retro “Twin Black Angels”.  Pero que nadie se olvide de Ihsahn es también aquel también capaz de incendiar el escenario de cualquier festival que se precie, “Wake” se abre con furia y transcurre con la misma fiereza de no ser por un estribillo excesivamente melódico, cerrando el álbum como una descarga.


Aceptar que Ihsahn está creativamente vivo es parte de su propia idiosincrasia como músico y nuestro deber como amantes de su música. Pobre de aquel que se enfrente a “Àmr” aún con el sabor de “Arktis.” en la boca, porque se sentirá profundamente defraudado, sin embargo, aquel que persista y lo escuche, dándole la oportunidad que merece, se encontrará con uno de los mejores discos del año. Olvidémonos, por un momento, de Emperor, de “The Adversary”, “angL”, “After” y también de “Das Seelenbrechen”, si es que es posible, y dejémonos llevar, merece la pena.

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Crítica: Dimmu Borgir “Eonian”

Parece mentira, pero desde su último álbum, “Abrahadabra” (2010), han pasado ya ocho años. Shagrath (Stian Thoresen) podrá defenderlo de cualquier forma y es verdad que Dimmu Borgir no han estado precisamente dormidos, pero sí aletargados. No puedo explicar de otra forma el que hayan dado algunos conciertos puntuales, algunas giras y noches bastante exclusivas, y el directo “Forces of the Northern Night” (2017) para unos seguidores que nos hemos desesperado por material nuevo y temido por la salud de una banda que parecía poder desaparecer de la faz de la tierra en cualquier momento. Por otro lado, a las filas de Dimmu Borgir ha llegado una nueva hornada de chavales para los que este es su primer álbum de los noruegos, tras previo paso por Wikipedia y Spotify, claro. Y digo todo esto porque las reacciones a este “Eonian” no han podido sorprenderme más. ¿Acaso Shagrath y Silenoz nos han engañado en algún momento a lo largo de estos últimos años? ¿No son precisamente conocidos por su exceso sinfónico? ¿Cómo es que muchos se llevan las manos a la cabeza por los arreglos de “Eonian”? A esos desmemoriados que afirman que este álbum es quizá el peor de Dimmu Borgir, conviene recordarles que, en efecto, la cima la alcanzaron con “Enthrone Darkness Triumphant” (1997) y “Puritanical Euphoric Misanthropia” (2001), que “Death Cult Armageddon” (2003) sigue siendo un álbum notable pero, a pesar de su sonido, nunca entendí aquel “Stormblåst” (2005) teniendo su versión del 96 y que “In Sorte Diaboli” (2007) es quizá lo más flojo que han firmado, muy seguido de “Abrahadabra” (2010), que nadie se lleve las manos a la cabeza; hay grandes canciones en ambos discos y el segundo posee un single incontestable como “Gateways”, una canción con una letra espléndida y cuyos arreglos parecen elevarte en un torbellino pero, aún gustándome “Chess With The Abyss” o la propia “Dimmu Borgir”, al álbum le falta cohesión, la misma que a “Eonian”, al que -para colmo- le falta un single como “Gateways”, a pesar de tener uno tan espectacular como “Interdimensional Summit”.

Por el camino, las pérdidas de ICS Vortex y Mustis, inevitables en toda gran gesta como es la de Dimmu Borgir, pero no sentidas ya que ni uno ni otro han sido definitivos para el sonido de la banda, nos digan lo que nos digan, se nos venda como se nos venda. ICS Vortex llegó con el aclamado “Puritanical Euphoric Misanthropia” pero no debemos olvidarnos que Shagrath venía de una racha ganadora como es “Spiritual Black Dimensions”, “Enthrone Darkness Triumphant” o el propio “Stormblåst” y que ni el guitarrista ni el teclista evitaron el descalabre creativo posterior o los problemas, los dimes y diretes hasta su espantada. ICS Vortex encontró cobijo en Borknagar, Arcturus y aquel debut en solitario, el regular “Storm Seeker” (2011) mientras que Mustis regresó a Susperia pero tan sólo por un par de años para acabar perdiéndose, dedicándose a sus labores. Ni uno, ni otro, han hecho gran cosa tras su paso por Dimmu Borgir…

Los coros de “The Unveiling” me recuerdan horrores a los de Devin Townsend Project en “Epicloud” (2012). Pronto, el contrapunto al góspel llega con Shagrath y Daray dándolo todo al doble bombo. Los arreglos de Gerlioz me gustan mucho más que los de Mustis, la manera en la que mezcla los teclados con brochazos electrónicos más siniestros es verdaderamente genial. Pero si algo hay que reconocerle a Shagrath es su olfato, situando un single como “Interdimensional Summit” en segundo lugar. Es verdad que no es su mejor canción pero es pegadiza, funciona a la perfección, posee todos los elementos que amamos de Dimmu Borgir y, para colmo, posee unas guitarras que son pura épica y emoción. La única crítica que puedo argumentar contra “Interdimensional Summit” es la falta de mala leche, en ella hay nocturnidad y alevosía, pero poca oscuridad y demasiada luz de neón.

La sorpresa llega con “Ætheric” en la que Dimmu Borgir se convierten en una banda de black ‘n’ roll, algo parecido ocurre con “Lightbringer”. Ejemplo del atípico álbum que es “Eonian”, es que "Council of Wolves and Snakes" es quizá la más lograda, en la que arriesgan un poco más, a pesar de no gustarme nada en absoluto la parte étnica. Regresan al black con “The Empyrean Phoenix”, magnífico el puente y la grandilocuencia del coro, y se agradece en un álbum en el que hay tanto de todo que cuesta encontrar su tónica general, al que hay que darle repetidas escuchas para dar con su naturaleza. “I Am Sovereign” es una gran canción, muestra de que sigue habiendo chispa en la unión de Shagrath, Silenoz y Galder, quizá de lo mejor de la segunda cara de “Eonian” junto a la emotiva “Alpha Neon Omega”.

Gerlioz confiere un toque diferente a "Archaic Correspondance" y la banda despliega su inconfundible sello en sus casi cinco minutos de duración, prueba de su buena salud creativa, como capacidad para conmover en la sentida despedida que es “Rite Of Passage”, un tempo pausado, Gerlioz de nuevo haciendo de las suyas, mientras Galder y Silenoz se solapan con la orquesta.

La sensación general es buena, muy buena, con canciones que evidencian un gran trabajo compositivo, instrumental y en el estudio, pero un disco al que hay que darle tiempo y armarse de paciencia para evitar juicios prematuros. “Eonian” es un álbum cuyo envejecimiento y consideración dependerá de lo que venga a continuación. Si Dimmu Borgir publica un álbum en tres o cuatro años, tras esta gira, seguramente será muy diferente y “Eonian” será entendido como un excelente disco de regreso y transición con el que han asentado la formación y recuperado algo de músculo. Si, por el contrario, tardan de nuevo otros ocho años en publicar material nuevo o dejan que una bestia como Dimmu Borgir se desvanezca, la sensación será que, por muy buenas ideas que contenga “Eonian”, la espera no habrá merecido la pena. Dejamos, pues, la pelota en el tejado de Shagrath, Silenoz y Galder, sólo el tiempo dirá…

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Crítica: Aura Noir “Aura Noire”

Siempre recordaré la primera vez que vi a Aura Noir en directo; no es que sean una banda precisamente fácil de ver, creo y seguramente no me equivoque que todavía no han pisado nuestro país. Bajo una luz roja como el fuego y tres cruces invertidas, u enorme y alargado Apollyon parecía devorarnos mientras Blasphemer escupía riffs repletos de pura maldad y mala leche desde su guitarra, una experiencia única al alcance de pocos. Para aquellos que no estén debidamente familiarizados con ellos, tengamos en cuenta que se trata de todo un supergrupo (aunque odie tal denomincación), formado por Aggressor (Carl-Michael Eide) de Satyricon, Ulver, Dødheimsgard o Cadaver; Apollyon (Ole Jørgen Moe) de Immortal, Lamented Souls, Cadaver, Dødheimsgard o Waklevören; y Blasphemer (Rune Eriksen) de Mayhem, Nader Sadek, Mezzerschmitt o Ava Inferi. Un trío con semejante currículum que, además, bajo el nombre de Aura Noir, han sido incapaces de firmar un solo álbum que desmerezca su leyenda, uno más inspirados que otros pero siempre a un gran nivel; “Black Thrash Attack” (1996) es quizá mi favorito, “Deep Tracts of Hell” (1998), “The Merciless” (2004), “Hades Rise” (2008) u “Out to Die” (2012), todos son magnífico ejemplos de ese black-thrash que tan bien practican.

En “Aura Noire” esa se vuelve a abrir con la infecciosa “Dark Lung of the Storm" y una introducción en la que reconocemos plenamente las señas de identidad de Aura Noir, antes de que siquiera entren las voces de Apollyon o Agressor, tres minutos y medio de voraz thrash ennegrecido durante años de maduración en la fría Noruega. El crudísimo riff de “Grave Dweller” vale oro, tanto como la rabia con la que parece cantada, aunque la canción pierda comba en su desarrollo, igual que me parece una pena que “Hells Lost Chamber” haga decaer el ritmo del álbum con una guitarra tan trotona y esa innecesaria reverb en la voz. “The Obscuration” introduce la pizca de caos necesaria en el momento apropiado; sucia e infecta, con un magnífico riff, obra de Blasphemer, como la traqueteante “Demoniac Flow” en la que el trío parece convertirse en una versión más agresiva y negra de Motörhead.

Pero si al diablo conocerás por sus cuernos, a Aura Noir les identificarás por canciones como “Shades Ablaze” o “Mordant Wind”, en un terreno propio allá donde se crecen y suenan tan primitivos, tan brutos como genuinos. Mientras que en “Cold Boen Grasp” parecen robarle las intenciones a Fenriz y Nocturno Culto, y “Outro” sea completamente innecesaria; además de no añadir gran cosa al conjunto de este “Aura Noire”. Un álbum demasiado breve pero que no desmerece en absoluto a sus predecesores, puede que no se ganen a una legión de nuevos seguidores, ni hayan grabado otro “Black Thrash Attack” pero tampoco creo que ese sea ya el objetivo de Aura Noir. Apollyon, Agressor y Blasphemer siguen gozando de una excelente salud creativa y poseen la maldad necesaria como para seguir siendo considerados uno de los secretos mejor guardados de toda Noruega. Desde luego que sí.

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Crítica: Carpenter Brut “Leather Teeth”

¿Por qué nos gustó tanto “Trilogy” (2015) y compararemos todo lo que haga el francés con aquella colección de EPs? Quizá porque, como ocurre con la trilogía original de George Lucas, Franck Hueso nos sorprendió a todos con aquellas canciones que navegaban entre la electrónica más convencional y el synthwave más oscuro y ahora, esa capacidad de sorpresa se ha perdido. Quizá porque, en efecto, “Leather Teeth”, supone un cambio y Carpenter Brut planean el asalto a medio mundo a través de los mayores festivales de rock e incluso metal que entienden que la propuesta del francés dejará satisfecho a su difícil público. Pero es ese cambio el que nos ha pillado a todos con el pie torcido (nunca mejor dicho) y tras la evidente brutalidad de un inicio arrollador como es la propia “Leather Teeth”, nos encontramos con siete canciones en las que parece no tan necesario ser un conocedor del synthwave o el hard, como disponer de un amplio sentido del humor que nos permita digerir composiciones que navegan entre el horterismo más puro y el hule, administrado en altas dosis, pretendiendo ser cuero.

Cuando la única verdad en el mundo del gusto es que “Cheerleader Effect” con Kristoffer Rygg de Ulver (no sé por qué, pero en los últimos años, la simple mención de los noruegos nos hace ponernos en guardia a todos sus seguidores y es que, de la prefabricada cantante pop que es Amalie Bruun, transmutada en Myrkur a Carpenter Brut, todo lo que venga de Ulver suena a divertido juego de Joan Fontcuberta), está horriblemente cantada y tanto ella, como “Beware The Beast” con Mat McNerney de Hexvessel, resultan ejercicios petardos y pedorreros del horterismo ochentero más cafre, como si mezclásemos a Elliott Muprhy con los excesivos coros de “Bat Out of Hell” (1977). Tanto que “Leather Teeth” agradece horrores su exclusión y la sencilla prueba de saltarlas, logra que el álbum de Carpenter Brut adquiera más solidez, resultando un EP de seis temas.

“Sunday Lunch”, sin embargo, carece de pegada (de ‘punch’ que dicen mis amigos) por culpa de esa guitarra que parece ser interpretada por Kenny G. mientras que “Monday Hunt” sigue poseyendo la genialidad desplegada en “Trilogy” y se convierte quizá en la pieza central del álbum, el punto álgido en el que esta vez sí; la guitarra parece encajar a la perfección y obrarse el milagro buscado por Franck (ya logrado por muchos otros, basta escuchar a los también actuales Dance WIth The Dead de California). “Monday Hunt” es la flamante mezcla de “Children Of The Grave” de Sabbath, “Call Me” de Blondie y un riff de Matthew Bellamy, pasada por la licuadora del sintetizador de Carpenter Brut, como los beats y primeros compases de “Inferno Galore” podrían haber sido firmados por los Depeche más pasados de hace dos décadas. Quizá sea ahí, justo ahí, donde resida la genialidad del esnobismo; en creer y vender a los demás como nuevo, aquello que tan sólo suena a refrito.

No todo está perdido, “Hairspray Hurricane” posee riesgo, evoca a “Trilogy” y su puente es verdaderamente emocionante en lo que parece una carrera contrarreloj, mientras que “End Titles” suena todo lo decadente que debe, aunque no lo suficiente para que “Leather Teeth” se convierta en esa continuación que muchos esperábamos de Carpenter Brut, en ese asalto mundial por el que antes mencionaba que al enigmático Hueso le acompañará un guitarrista en directo y un despliegue más propio de una banda de rock que de un artista de música electrónica.

Mientras que “Trilogy” exudaba algo maligno, “Leather Teeth” nos trae una colección resultona pero inofensiva de darksynth o synthwave (como prefiramos llamar al perro y su collar) cuyo mayor riesgo ha sido incluir dos canciones pésimamente cantadas que desmerecen el conjunto, pero nos muestran a un músico que sí quiere correr riesgos en una carrera con dirección pero tan previsible como para haber caído en el síndrome del segundo álbum. Enhorabuena, Franck, ya eres toda una estrella de rock.


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