"The Act" de THE DEVIL WEARS PRADA:

Desarreglos químicos en el estado del ánimo o cómo grabar un álbum tan desigual como atractivo....

BLUT AUS NORD o el puto color que cayó del cielo...

Los franceses regresan al black y graban un álbum tan alucinógeno, como de otro mundo.

"Walk The Sky" de ALTER BRIDGE; cuando innovar no siempre significa progreso.

En riesgo de estancarse si no rescatan a la musas que les abandonaron tras "Fortress"...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

Crítica: Me And That Man "New Man, New Songs, Same Shit, Vol.1 ..."

Creo haber entendido, de alguna manera, las intenciones de Nergal y su forzosa separación de John Porter, además de la socarrona broma sobre su muerte en el primer videoclip de este, su segundo álbum. "Songs Of Love And Hate" era verdaderamente horrible, una mezcla entre King Dude y un imitador de segunda de Nick Cave, las canciones no funcionaban y siempre sentí que aquel disco se quedaba lejos de lo que Nergal, como buen seguidor del australiano, quería lograr. Quizá Porter tuvo la culpa, quizá la poca madurez del proyecto o la obsesión del propio Nergal por Cave. Y lo cierto es que este "New Man, New Songs, Same Shit, Vol.1 ..." es infinitamente superior, aunque tenga momentos vergonzosos y, honestamente, se salve por algunas colaboraciones y un sonido mucho más trabajado, definido y claro en sus aspiraciones, pero falle en esa orientación americana en la que Darski parece perderse y querer abarcar más de lo que puede y buenamente debe.

El ejemplo más claro es la colaboración de Munkeby en “Run With The Devil” en la que casi nada encaja y abusa de la repetición, o la enésima evocación a Cave en “Burning Churches” en la que la banda muta en unos Bad Seeds de pacotilla con Matt McNerney (Vomitorium pero también Beastmilk) o ese intento góspel que seguramente a Nergal le ponga mucho pero que suena forzado y otros momentos prescindibles como “Deep Down South” (Johanna Sadonis y Nicke Anderson) en los que uno no puede hacer otra cosa que parar en seco su caballo, descubrirse la cabeza, escupir tabaco y pensar que este polaco se ha confundido y ha “americanizado” una propuesta que tendría mucho más encanto si hubiese conservado sus raíces europeas que, por cierto, los Seeds también poseen.

Seré sincero, también hay aciertos como "Męstwo" o “By The River” con el grandioso Ihsahn (Emperor) por la que merece la pena la compra de este "New Man, New Songs, Same Shit, Vol.1 ...". “Man Of The Cross”, aunque tenga aroma a western, funciona en su solemnidad y lo polvoriento del camino, todo lo contrario que “You Will Be Mine” con Matt Heafy de Trivium; experimentos a medio cocer que han sido aderezados en el estudio y se salvan ligeramente de la quema frente a las anteriores. Como “How Come?” con Corey Taylor y Caggiano en la que hay que reconocer que la característica voz del de Des Moines la hace subir varios puntos; Taylor siempre me ha parecido un vocalista resultón con un carisma que supera a su virtudes, pero hay que ser muy necio para no admitir que su voz transmite y en su unión con Nergal deja al polaco muy pequeño, lo que no es malo, cada uno en su estilo.

Pero, aparte de Ihsahn, la verdadera sorpresa llega con la colaboración con Niklas Kvarforth de Shining (los únicos Shining que merecen la pena sobre la faz de la tierra y lejos de los noruegos, no te compliques) y que, en sus tintes acústicos, y a pesar de Nergal imitando a Cave más que nunca, la canción cumple como brillante epílogo cuando arremete con rabia y al blastbeat se le une un lamento.

Como escribía al comienzo, creo saber lo que quiere Nergal y esta segunda baza la ha jugado bien gracias al elenco de artistas invitados. Ahora sólo queda saber qué es lo que tiene bajo el brazo como tercera entrega de Me And That Man y si continuará en línea ascendente en el tercer y definitivo álbum o no se devanará demasiado los sesos y tirará de doble directo y más colaboraciones. Por ahora, el jinete polaco sigue cabalgando…


© 2020 Conde Draco

Crítica: Pearl Jam "Gigaton"

Cada vez que leo que Pearl Jam es la gran esperanza del rock a estas alturas, que “Gigaton” es el disco comprometido que en este preciso momento necesitamos, que la banda ha vuelto para quedarse; entorno los ojos y miro al cielo, seguramente igual que haría Kurt Cobain si escuchase un single tan horrendo como “Superblood Wolfmoon” y todos esos cuarentones con camisas de franela del instituto que lo justifican tan sólo porque es Pearl Jam y se quedaron atrapados en el tiempo, con Creed o Coldplay como última transgresión antes de darse a la vida aburrida, antes de colgar las botas definitivamente. Y lo digo yo, aquel que se subió al carro de Vedder en 1993 con “Vs” y compró el día de su publicación “Vitalogy” (1994) y así repitiendo durante las últimas dos décadas. Que cantó “Corduroy” en directo como si se me fuese a salir el corazón del pecho y que, por suerte, guardaré en mi memoria el día en el que estreché sus manos.

Precisamente yo que defendí “Lightning Bolt” (2013) aún a sabiendas de sus defectos pero que ahora escucho “Gigaton” y no siento absolutamente nada. Echo de menos a Brendan O’Brien tras los mandos, echo de menos el sonido orgánico de esas grabaciones en las que uno podía llegar a sentir el ambiente de la habitación (aunque podamos escucharle en "Quick Escape" y "Retrograde") en lugar de Josh Evans, echo de más a Matt Cameron en la batería (quizá la peor elección que han tomado nunca los de Seattle, ha sido incorporarle definitivamente y negar la vuelta de Abbruzzese) y echo de menos un mayor sentimiento de unidad en un disco que ha tardado siete largos años en llegar y en el que no hay apenas rastro de rabia o furia, tampoco de mimo en algunas canciones que podrían haber sido “caras b” de otros discos también menores.

En el que entiendo que el trasiego de los últimos años, la constante ida y venida de ideas, giras de verano y en solitario (que he disfrutado como todos, mucho ojo, que sigo en las trincheras), además del azar caprichoso de Vedder por grabar las pistas en unas y no en otras pero, en definitiva, la distancia entre unos músicos acostumbrados a grabar y componer en un mismo estudio, ha pergeñado quizá el disco más flojo de toda su discografía, justo ahora que el mundo parece puesto a prueba; que hay tanto por lo que protestar, por lo que encabronarse, por lo que responder y mirar con desdén, por lo que besarse sin mascarilla o seguir los sabios consejos de Marhuenda en materia sexual (por favor, sonrían a la cámara y sientan mi fina ironía). Es justo ahora que Pearl Jam y Vedder, parecen administrar con cuentagotas cualquier respuesta contestataria que no sea un ripio o un tibio verso, no sea que alguien los vete.

Y me jode, me jode seguramente más a mí que a ti, porque recuerdo una época -no demasiado lejana- en la que el mundo parecía pararse cuando Pearl Jam publicaban disco y, pese a los traspiés, uno podía defenderlos o justificarlos porque siempre había una, dos, tres o cuatro canciones que merecían la escucha, además de la preciosísima voz de Eddie, que podría cantar cualquier cosa y resultar igual de digno. Aquellos discos posteriores a “Vitalogy” en los que uno sabía que podía aparcar su vida y escuchar, hacer suyos y recuperar más adelante. “Gigaton” no es horrible pero no es lo que quiero escuchar de ellos, no es lo que esperaba y me cuesta regresar a él y encontrarme con algunas de sus señas de identidad pero otras, lo más doloroso, pretendidamente desdibujadas en la arena.

“Who Ever Said” es tan sencilla que hiere, Pearl Jam juegan a ser ellos mismos, y uno espera un solo abrasador de McCready y se encuentra lo contrario, resultando únicamente emocionante el puente en una canción que debería durar tres minutos y no cinco. Antes del absurdo single “Superblood Wolfmoon” que, como comprenderá el lector, no me gusta y no saco en claro si la supuesta frescura es lo que debo alegar para defender la canción o una forzada amnesia colectiva de aquellos que hemos disfrutado de Pearl Jam a lo largo de los años y ahora debemos conformarnos con algo así. He conocido a gente que atacaba a "Lightning Bolt" (2013), "Backspacer" (2009) e incluso “Riot Act” (2002) y ahora saborean “Superblood Wolfmoon”. Por favor, que alguien me lo explique…

Que Cameron programe una base rítmica y Gossard se pase al bajo podría parecer una locura en Pearl Jam pero, tras la sorpresa, "Dance of the Clairvoyants" funciona porque es bastante más arriesgada que el resto del álbum y tras varias escuchas entra bien, Vedder soporta el peso en la interpretación en la que, es verdad, es una de las letras más absurdas de todo el álbum. La buena noticia es “Quick Escape” que, aunque tarde en entrar en calor, coge cuerpo y su estribillo mantiene algo de tensión en su puente, hasta “Alright”, en la que los seguidores más calmados sí podrán reconocer a Pearl Jam o el medio tiempo con sabor a Springsteen, “Seven O’Clock”, que posiblemente encierre una de las melodías más bonitas de todo el álbum. Pero “Gigaton” prosigue su hundimiento con "Never Destination", una canción tan gris y con tanta falta de pegada que asusta que esté firmada por Pearl Jam. Algo similar ocurre con “Take The Long Away”, canciones amables y sin veneno, sin susto al final, sin emoción y tomando la directa en “Buckle Up”, logrando que el álbum se despeñe con “Comes Then Goes”, el autoplagio de “Retrograde” y ese final elegíaco que es “River Cross”. Canciones que escucho con agrado por la voz de Vedder, que quiero justificar, pero con las que me siento incapaz porque no me atrapan, no me enganchan y no echo de menos cuando dejan de sonar.

Quiero creer que este no puede ser el último álbum de Pearl Jam, que todavía publicarán un canto del cisne que nos enamore a todos, pero mucho me temo que no. Que “Gigaton” es la amarga confirmación de que hasta los más grandes se cansan y deben dar paso a las nuevas generaciones, que la voz de Eddie sigue tan bonita como siempre, pero me cuesta reconocer el espíritu de la banda en estas canciones. Siempre nos quedará el directo, espero…


© 2020 Blogofenia

Crítica: Heaven Shall Burn "Of Truth & Sacrifice"

Quería contenerme y, últimamente, creo no ser el único en dejar que mi vida privada toque a las puertas de mis críticas, algo que llevo años, muchos años, evitando. Pero ahora que el mundo parece literalmente arder en una infame suerte de efecto mariposa y estamos recluidos en nuestras casas, mientras algunos no tienen elección y se ven obligados a salir a la calle para trabajar y otros fallecen sin poder despedirse de sus seres queridos. El metal, el tan criticado metal, parece el cómodo refugio desde el que escupir toda la rabia acumulada en ese mundo en llamas en el que todo parece en pausa, la gente pierde la cabeza y las calles se convierten en un páramo. Si digo que no esperaba nada de Heaven Shall Burn, no tardarán en aparecer esos niños y niñas (de nuevo, en flamante proporción de estupidez) que me dirán lo equivocado que estoy, pero el último disco que me gustó de los alemanes fue "Veto" (2013) y aquel “Wanderer” (2016) me pareció de lo más irregular. Es por eso que cuando leí que este "Of Truth And Sacrifice" sería doble, tuve el presentimiento de que Heaven Shall Burn volvían a equivocarse y, como en todo buen doble, mi instinto no fallaba.

"Of Truth And Sacrifice" está producido por el propio Maik Weichert, lo que no traiciona el sonido de los alemanes, pero sí los estanca dramáticamente en la misma posición; suena bien pero nada nuevo bajo el sol de Turingia, lo que no es malo pero tampoco necesariamente bueno cuando lo escucho y siento, de nuevo, que Heaven Shall Burn andan perdidos en la búsqueda de algo que no terminan de encontrar siquiera en diecinueve canciones entre las que hay grandísimos momentos y otros de menor calado, de menor presencia y mucho sobrante.

"March of Retribution" como introducción hasta el monstruo que es “Thoughts and Prayers” y la sensación de que Heaven Shall Burn funcionan a la perfección en las distancias cortas (como en directo), con Christian Bass matándonos a todos en “Eradicate” o “Protector” y momentos en los que la banda parece salirse de su zona de confort, en los que uno siente que este disco podría ser uno de los mejores de su discografía de no ser por la dificultad por mantener la tensión o el nivel a lo largo de sus cuatro caras. No puedo mentir, lo intentan, el desmarque respecto a lo facturado en las últimas dos décadas, llega con “Übermacht" (a los más miopes les recordará a Rammstein) y vuelta al redil de su buen oficio ("My Heart And The Ocean"), y clamorosos fallos como "Expatriate” (con Marcus más rasgado que nunca, también es verdad), no porque no tengan derecho a hacer algo diferente sino porque son más de ocho minutos en los que se disparan al pie. “What War Means” nos trae devuelta a Bass en estado de gracia antes de “Terminate the Unconcern”.

Como también es cierto que el segundo disco de "Of Truth And Sacrifice" es un cajón de sastre, que comienza con la floja "Children of a Lesser God", convertidos en In Flames, y la petardez de “La Résistance” o la abigarrada “The Sorrows of Victory” pero también esa salvajada que es “Tirpitz” y que demuestra que este álbum doble, como muchos, necesitaba una criba en canciones como “Truther” o “Critical Mass”, composiciones con pegada pero menores (“Eagles Among Vultures”) para acabar despidiéndose como sólo ellos saben con una excelente “Weakness Leaving My Heart" como telón de fondo y que confirma que tantas canciones y la falta de una brújula aseguran que hasta una fiable maquinaria alemana como es Heaven Shall Burn también necesita a veces algo de norte.


© 2020 Lord Of Metal



Crítica: My Dying Bride "The Ghost of Orion"

La vida se sirve en tragos cortos pero amargos; no quiere decir que algunos otros no alivien la ingesta pero, en general, el ser humano tiende hacia el sufrimiento ante su propia incapacidad para aceptar el transcurso de los acontecimientos y lo digo por experiencia propia. Y si no, que se lo cuenten también a Aaron Stainthorpe y cómo la vida le ha devuelto la ilusión a través de la recuperación de su hija en una banda que ha sufrido bajas y la lógica incorporación de Jeff Singer y Neil Blanchett. Pero, queridos amigos míos, cuando escucho doom y, en particular, a My Dying Bride quiero dramatismo, quiero contundencia emocional, quiero sentimientos en ese profundo choque entre olas que, a veces (muy contadas veces) siento en mi cerebro, quiero la viscosidad de la sangre, quiero la amargura de la vida y la dulzura del amor de cuando la persona que amo y yo nos fundimos desnudos en un abrazo en mitad de la noche. En definitiva, lo quiero todo, agitado pero no revuelto. Y lo que me encuentro en este álbum de My Dying Bride, curiosamente el decimotercero, es la capacidad intacta de los ingleses para componer magníficas canciones, pero que adolece de todo aquello que he relatado. Me explico, “The Ghost Of Orion”, producido por Mark Mynett, posee las formas, las maneras, es un disco trabajado que suena a las mil maravillas, pero que adolece de sentimiento y eso resulta imperdonable en My Dying Bride.

Más cuando no les estoy pidiendo "The Dreadful Hours" (2001) o "Songs of Darkness, Words of Light" (2004), pero me conformaría con "Feel the Misery" (2015). Como también sé que Stainthorpe ha intentado conservar fresca toda esa amargura y dolor, ese sentimiento, insuflándole algo de esperanza, un poco de esa luz al final del túnel que podemos apreciar en "To Outlive the Gods" y que, seguramente, traiga las voces corales, los dobles juegos y el cello de Jo Quail, claro que sí, pero cuando pincho "Your Broken Shore", a pesar de sentir el regusto conocido de haberlo escuchado con anterioridad y caer en el error de pensar que “lo han vuelto a hacer”, siento que My Dying Bride no llegan a una de sus muchas cimas. Y, a pesar de ello, tanto la inicial “Your Broken Shore”, como “Tired of Tears” y las constantes referencias a la hija de Stainthorpe, logran conmoverme de alguna manera que no consigo entender y que supongo que mi cerebro quiere forzar desde la razón y el conocimiento de su desgracia pero no desde la propia música de la banda, quizá por los versos o las guitarras de Andrew Craighan, como "The Solace", con la ayuda de Lindy Fay Hella (Wardruna) y su capacidad para llevarnos de viaje a otras eras, otros tiempos…

Como también es verdad que esas canciones, aunque bellas, no calan lo suficiente y, para colmo, descentran a My Dying Bride que parece que, conocedores de ello, resuelven el problema regresando al doom en “The Long Black Land” y la pieza más larga del álbum, “The Old Earth” que, sin embargo, se alarga demasiado y uno termina por sentir que con unos pocos menos de minutos, Stainthorpe y Craighan podrían haberla resuelto con mucho más acierto. Sin mencionar, claro está, las propias “The Ghost Of Orion”, y “Your Woven Shore”, dos composiciones que dejan al álbum de los ingleses en media docena y la constatación de que, aunque bien construido, está falto de su habitual gracia.

Cuando uno acude a escucha un disco de doom, lo quiere todo y My Dying Bride, aún con su calidad habitual, está falto de algo. Una tesis mucho más plausible es que quizá a Stainthorpe, estas canciones lo han perseguido durante la enfermedad de su hija y, seguramente (o eso quiero pensar), había cierto sentimiento de urgencia por quitárselas de encima, por grabarlas y exorcizar todo lo vivido. Quizá sea eso, quizá nada, quizá My Dying Bride han grabado un disco coyuntural o de transición, quizá yo lo interprete así tras más de veinte años escuchando su música, pero lo quiero todo y ellos, esta vez, no me lo han proporcionado…


© 2019  Jim Tonic.


Crítica: Lorna Shore “Immortal”

Si hay algo que cada vez me agota más, son las cuestiones extramusicales que rodean a los artistas y sus obras. Me refiero a tener que aguantar las noticias sobre un artista, asistir al escarnio público y soportar a aquellos que se ponen de su parte o, por el contrario, sacuden el árbol esperando discutir con todos y cada uno de los aficionados. Aquellos a los que se les llena la boca con la ya manida expresión de “matar al autor” para poder disfrutar, supuestamente sin complejos, de su obra y esos otros, igual de radicales ellos, que se aseguran el no perdón y debaten hasta el paroxismo sobre nuestro actual sistema y la horrenda naturaleza del ser humano. Es por eso que poco añadiré a lo ya conocido sobre CJ McCreery, siendo reemplazado en gira por Will Ramos, e intentaré centrarme en un disco tan notable como es este “Immortal” que, tampoco nos llevemos a engaños, no supone la cacareada cuadratura del círculo, pero sí la incorporación de ciertos elementos que muchos se han apresurado a tildar de black (por favor, dejemos a Noruega al margen de lo que unos tipos de New Jersey están haciendo) gracias a pasajes más oscuros, voces rasgadas y el gusto por unos arreglos que, sin embargo y lejos de la comparación más facilona (sin duda, elucubrada por esos críos que creen saber de algo por escuchar un nuevo disco cada día y fagocitar discografías al completo mientras hacen otras cosas), han convertido las canciones de Adam De Micco en una de las grandes sorpresas de metal de este año.

Sí, me gustaron "Psalms" (2015) y "Flesh Coffin" (2017) pero seguían demasiado contextualizados en las señas estéticas del deathcore, lo que no es malo per se pero, estando en pleno 2020 en esa huida de bandas del core y su absurda renuncia por una pretendida madurez que les aleja de sus propios seguidores y el intento de dejar atrás un subgénero cuya base fundamental es la rabia veinteañera, quería pensar que Lorna Shore (tras la salida de Tom Barber) tenían sus vistas en algo grande y, por pura casualidad, acerté. 

“Immortal” abraza el exceso y sacude su propia propuesta en “Flesh Coffin”, así la apertura del disco se muestra tan exagerada y majestuosa, tan enorme y ambiciosa como para que se mezclen los coros y arreglos sinfónicos con el doble bombo de Austin Archey, la voz de McCreery nos devora y lleva al infierno, sigue enclaustrada en el deathcore hasta que se rasga y vuelve un gañido, subidas y bajadas, inflexiones, mientras De Micco y O’Connor apuestan por la melodía doblando sus guitarras. Brutales descargas de músculo y sudor, “Death Portrait”, o arremetidas propias del deathcore como “This Is Hell” en las que, a pesar de ello, muchos creerán escuchar a una banda de black cuando CJ aprieta y su voz se vuelve más aguda, cuando Lorna Shore frenan en seco y nos encontramos con los arreglos orquestales más propios de los Filth, que de una banda norteamericana de deathcore. 

Un álbum en el que Lorna Shore disfrutan del reto, “Hollow Sentence”, y parecen convertirse en una formación europea de death metal sinfónico o, por el contrario largarse al norte por todo el melodeath de Gotemburgo, “Warpath Of Disease”, y regresar al death orquestal en “Misery System”, por si todavía había algún oyente despistado y creía no estar escuchando esta nueva versión “supervitaminada y mineralizada” de Lorna Shore. Quizá la única pega de este “Immortal”, en mi opinión, es que su última gran canción es “Obsession”, en la que parecen una banda de death metal técnico, tocando el progresivo con la yema de los dedos y tras la que el álbum sufre un pequeño descenso en composiciones como “King Ov Deception”, que no aporta absolutamente nada, “Darkest Spawn” (que pese a ahondar en la orquestación como recurso, queda en desventaja frente a la primera mitad de “Immortal”) y “Relentless Torment”, como innecesaria despedida de un disco que, aunque maneja bien los tiempos, no parece del todo equilibrado en su orden.

¿Me gusta? Por supuesto, Lorna Shore han demostrado que el hambre y la sed producen excelentes resultados cuando uno se abandona en la creación y se olvida de absurdas etiquetas y, lo mejor de todo, abre la espita para que muchas otras bandas profundicen en su propuesta y abran la mente. Imposible encontrarse mejor cumplido que cuando tu disco, a pesar de sus imperfecciones, puede convertirse en una referencia seminal para muchas otras bandas más jóvenes.

© 2020 James Tonic

Crítica: Intronaut “Fluid Existential Inversions”

Cinco años después y un nuevo batería. Intronaut regresan por todo lo alto tras un disco como "The Direction of Last Things" (2015) en el que no sólo han cambiado al músico tras los parches (sentía algo de miedo por la ausencia de Danny Walker, pero Intronaut me han demostrado que las piezas importantes de este puzle siguen estando ahí, y que Alex Rudinger posee tanta calidad como el propio Walker), sino que también han hecho lo propio con el sello, de Century Media a Metal Blade. Cambios que parecen no haber hecho mella en la propuesta sino auparles a superarse. Basta escuchar a Sacha Dunable y Dave Timnick en "Fluid Existential Inversions" y saber que estamos ante uno de los discos de progresivo del año, para una banda que, a pesar de no perder sus señas de identidad (los riffs continúan, más gruesos que nunca, y las partes atmosféricas han ganado sabor), continúa avanzando sin miedo alguno.

La breve "Procurement of the Victuals" abre un disco en el que Intronaut deciden retarnos desde el primer segundo, y “Cubensis” son siete minutos en los que Rudinger brilla con luz propia, mientras Dunable y Timnick se reparten el peso de la canción, sonando como Mastodon (la batería de Rudinger está claramente influida por Dailor) y en la que progresivo y algo de sludge se dan la mano. Aunque lo grandioso del álbum sea cómo los músicos lo hacen oscilar; del metal progresivo al sentimiento jazzy de Rudinger en “The Cull” o la magia en “Contrapasso” (no es de extrañar que un músico como Ben Sharp haya colaborado), en la cual todo el álbum parece mutar y volverse más agresivo, aunque encuentren espacio para la melodía acústica, sin perder un ápice de dignidad.

Mi favorita quizá sea “Speaking Of Orbs”, por lo accesible de su melodía, pero también por la cantidad de giros y cambios de tercio, situando “Tripolar” en lo más alto de esta segunda cara y en la que tendremos la sensación de que las cosas han terminado por desquiciarse y este cambio nos muestra a unos Intronaut adentrándose en el mundo del metal con fuerza; ese que explorarán sin miedo en "Check Your Misfortune" y, claro, “Pangloss” en la que el riff principal parece dictar, por completo, la actuación vocal en una despedida como “Sour Everythings”.

En un disco que me gusta en su totalidad, en el que la producción suena de verdad cristalina y uno es capaz de distinguir los diferentes elementos que forman la canción; el trabajo de cada uno de ellos es sencillamente magistral y suena tan natural como para no sentir que uno está escuchando un disco de metal progresivo sino otro muy diferente; aquel en el que los músicos luchan por grabar canciones que el oyente recuerde y en las que no hay espacio para la demostración gratuita y el porque sí, sino todo completamente integrado en cada uno de sus momentos.

Cuesta mucho no entusiasmarse con semejante disco, ser templado y no adelantar nada, pero también que muchas de las actuales bandas de progresivo parecen haberse olvidado de su propio género y, paradójicamente, pasan de discos a disco, repitiendo los mismos clichés. Intronaut dejan pequeña esa ausencia de dirección actual, ese fútil sentimiento de agarrarse allá donde uno ya no es uno mismo...


© 2020 Lord Of Metal

Crítica: The Devil Wears Prada "The Act"

La vida es cambio y es esa capacidad la que hace que resulte excitante, por la que un día te sumerge en los abismos de la locura y, en pocas horas, te hace el regalo más grande de toda tu existencia. La primera vez que escuché “The Act” me gustó, pero no más que "Transit Blues" (2016) y, sintiendo una especial simpatía por The Devil Wears Prada, no pasó lo mismo con la crítica que tienes entre las manos, siendo desechada al poco de escribirla, quizá no había llegado mi momento, pensé. Hasta que hace poco, bendito día, me desperté y caminé hacia el fondo de la habitación y me encontré desnuda a mi pareja, recién duchada tras la noche anterior, maquillándose esos enormes ojos en los que perderse, mirándose en el espejo, cantando “Chemical”. Me miró sonriente y caí en su mirada, su olor y sus labios, mientras sonaba “The Act” y no pude menos que volver a dar las gracias por haberla conocido y abandonarme de nuevo entre sus besos, en su eterno abrazo. Así hice mío “The Act”, entre muchos otros discos que sonaron en aquella noche, ella cantaba; “There's a hole in my head and heart But I'm a long way from back when I couldn't move, was frozen I told myself, it's all good It's only chemical It's only chemical It's only chemical…”, con la aparente facilidad de aquella que se sabe querida y puede cambiar, a su antojo, el significado de una canción que habla de desarreglos químicos en el estado del ánimo. Pero, ¿acaso el amor no es eso mismo también, un puto desarreglo?

“The Act” dura apenas una hora y hace del eclecticismo su coherencia, me explico; en su séptimo álbum, The Devil Wears Prada se olvidan del metalcore o casi. Desde medios tiempos que rozan la balada a un post-hardcore en el que Mike Hranica se olvida de las voces más rasgadas para afincarse en las dobles voces del estribillo en un disco que tiende a la introspección pura y dura, y cuya piedra de toque es que ninguna canción es igual a la anterior, conformando una pequeña locura de la que es difícil salir. “Switchblade” poco tiene que ver con “Lines Of Your Hands”, la primera es más brutal y cortante, el caos se apropia de la banda y el propio oyente, mientras que en la segunda logran algo mucho más interesante. Por no mencionar “Chemical”, ese medio tiempo en el cual es la voz y la base rítmica la que precisamente logra la química y el crescendo hacia su estribillo. Canciones que conectan con las emociones, con las tripas y te agarran por el cuello para no soltarte y zambullirte en ese mar de sentimientos que The Devil Wears Prada logra en un álbum tan heterogéneo que parece un experimento o uno de transición entre “Transit Blues” y el que vendrá.

“Wave of Youth” y la guitarra nos rompe en otro medio tiempo que vuelve aún más farragosa la parte intermedia de “The Act”, mientras canciones como “Please Say No” demuestran que la banda funciona perfectamente bien a baja revolución, sin tener que renunciar a la calidad, aunque el estribillo posea grandes dosis de azúcar y sólo “The Thread” sea capaz de despertar al oyente, como los cambios de ritmo en “Numb” o la extravagante “Isn't It Strange?” con la que despedirán hasta al último fan del metalcore que quede en el edificio. Lo mismo ocurre con “Diamond Lost”, disparos en el pie o a bocajarro contra sus seguidores más antiguos, hasta una de las mejores canciones de “The Act”, que es “As Kids” y su chirriante armonía entre el desquicie más absoluto y la locura perfectamente programada en “Spiderhead” y el último aliento festivo tras “Even Though”.

Tengo tan claro que este “The Act” es una transición, como la disparidad de sus canciones y la sensación de que Hranica y compañía han querido apuntar a lo loco con un resultado tan desigual que resulta incluso atractivo. Mientras tanto, “The Act”, formará parte de mi pequeña historia, mientras todavía escucho la voz de mi chica cantando; “It's all good It's only chemical It's only chemical It's only chemical…” y vuelvo a ver sus enormes ojos, mirándome hasta el alma. Qué razón tienes que todo es cuestión de química…


© 2020 Jesús Cano


Crítica: Suicide Silence "Become The Hunter"

El placer de escuchar los lamentos y las excusas de aquellos seguidores que justifican cualquier cambio, contra viento y marea, suele ser inversamente proporcional al sufrimiento de tener que escuchar el disco en cuestión. Ahora, con la publicación de este “Become The Hunter”, parece más que evidente que Suicide Silence quisieron llegar a nuevas audiencias con su anterior álbum, “Suicide Silence” (2017), y el experimento resultó verdaderamente funesto tanto para ellos, como para sus seguidores y, por supuesto, para una gira que no recaudó lo esperado y el ya clásico toque de atención. Si el anterior álbum hubiese sido el cacareado giro estilístico de unos artistas puramente honestos, ¿por qué no seguir por aquella senda? Debemos recordar que la banda se sumergió en las aguas del nu metal con una suerte desigual, quisieron jugar a comerle parte del pastel a Deftones, Slipknot e incluso a Korn y los exerimentos, ya sabemos, deben hacerse con gaseosa. Es por eso que en “Become The Hunter” regresan a su estilo, a lo que mejor saben hacer, a la continuación de "You Can't Stop Me" (2014) y todos tan contentos; tanto aquellos que esperan hacer números con ellos, como aquellos que acuden a sus conciertos.

“Become The Hunter” ahonda en el deathcore y, aunque la archifamosa mezcla entre death metal y metalcore, ya no resulte novedosa, el combo liderado por Eddie Hermida resulta todo lo solvente y contundente que deberían haber sonado en el anterior. Así pues, en “Become The Hunter” pueden presumir de haber hecho los deberes y todo, absolutamente todo, suena correcto e incluso inspirado desde “Meltdown”. Buena composición, bien equilibrado en el balance entre guitarras, bajo y batería, con un toque oscuro que les sienta maravillosamente bien y las guitarras de Heylmun y Garza sonan crudas como ellas solas. “Two Steps” es pura agresividad, la voz de Hermida es desgarradora y la batería de López nos ametralla sin piedad, mientras que los mencionados Heylmun y Garza hacen de las suyas en “Feel Alive”; dos canciones que ofrecen lo que todo seguidor de deathcore desea. “Love Me To Death” nos enseña que lo del anterior álbum fue un mal sueño, Hermida se muestra más bronco y la canción, por supuesto, gana en agresividad, para llegar a un estilo que, sin resultar único, sí que sirve de telón de fondo para que la banda de Riverside, nos destripe en “In Hiding” o “Death Anxiety” y “The Scythe”, buenas composiciones que jalonan a Suicide Silence al lugar del que quizá nunca tuvieron que haberse marchado; técnicas y salvajes, bien escritas y mejor interpretadas.

Buenos momentos en los que también demuestran cierta versatilidad y sensibilidad (como la introducción acústica de “Serene Obscene”), sin tener que desdibujar su estilo haciéndose pasar por otra banda, o “Disaster Valley” y la propia “Become The Hunter” con Darius Tehrani (Spite) para cerrar un álbum en el que no sólo debemos agradecer a Suicide Silence que hayan vuelto al redil tras un disco tan disperso como el anterior, sino que confirma que hay banda más allá de aquel “You Can't Stop Me” y el ya clásico debate o la comparación de Hermida con el eterno Mitch Lucker resulta ya cosa del pasado. Y eso, amigos, es lo verdaderamente excitantes de “Become The Hunter”, más allá de la demostración de que cuando quieren, pueden…


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Crítica: Ozzy Osbourne “Ordinary Man”

Amando a Black Sabbath más que a la misma vida, soy el primero que habría querido que Ozzy hubiese publicado un disco completamente diferente a “Ordinary Man” y no precisamente porque entre en absurdas comparaciones con su carrera en Sabbath o el período clásico de su discografía en solitario. Sino porque, entendiendo que este seguramente sea el último disco de estudio de Ozzy, me habrían gustado algunas cosas que no escucho o siento en él; la primera, la sensación orgánica de una banda -más o menos estable- con la que Ozzy trabaje en estudio y no un ramillete de colaboraciones que parece más una despedida honorable que un paso más al frente, algunas tan poco encajadas y acertadas que producen vergüenza ajena. Segundo, la producción tampoco es la mejor para Ozzy, gustándome que no abusen de la compresión, en mi humilde opinión, lo peor de todo este “Ordinary Man” es, precisamente, la voz y me parece un auténtico crimen; no porque Ozzy haya tenido nunca una garganta prodigiosa (pero sí peculiar y plenamente identificable) sino porque se siente demasiado procesada. Tercero, otro asunto es la composición; asumiendo que Ozzy haya compuesto todas y cada una de las canciones (no habiendo recurrido a ningún músico que, como es habitual, haya tenido que ceder sus composiciones por obligación contractual) tampoco me parecen las mejores canciones de su carrera o siquiera especialmente reseñables. Menos aún cuando uno comprueba los créditos y se encuentra una auténtica ensaladilla de colaboraciones también en la escritura. Resumiendo, “Ordinary Man” parece un artefacto creado en el estudio al milímetro, sin la ayuda de Wylde (que, obviamente, entiendo que Sharon no lo quiera ni ver para que su reconocible sonido no fagocite el álbum de Ozzy) y sí un constante salir y entrar de puertas de vodevil que, lo siento, termina desdibujando la personalidad de Osbourne y convirtiéndolo en una parodia.

Es verdad que venimos de un álbum que, en mi modesta opinión, fue un fiasco (“Scream”, 2010) con el bueno de Gus G. y además, nuestro querido protagonista, no está atravesando su mejor momento. Lo entiendo perfectamente, pero “Ordinary Man” posee el carácter de los discos corales que poco requieren al artista y mucho de maquillaje y cosmético posterior, cuando no campaña promocional. Y eso, para un seguidor de Sabbath y Osbourne, más que una celebración es motivo de pena.

"Straight to Hell" abre con coros, Wotman engancha un riff con mucho sabor pero genérico, mientras que ni Chad Smith o Duff McKagan parecen autorizados a aportar sus señas de identidad. Igual que “All My Life” resulta bastante plana para ser cuatro minutos y la constante repetición del estribillo, como el enésimo homenaje a “Iron Man” en “Goodbye”, canción que ralentiza terriblemente el álbum y no termina de cuajar, ni siquiera cuando cambia de tercio y se acelera entre guitarras de tinte hard rock pero completamente estándar, hasta el desaguisado definitivo que es “Ordinary Man” con Elton John. Veréis, me encanta Elton John (preferiblemente el de los setenta, “Tumbleweed Connection” del 71 es uno de mis discos favoritos) y sé que Ozzy posee un corazón pop que ama a The Beatles o considera a Elton John a la altura de su leyenda, y también que puede resultar mínimamente emocionante (para alguien más que ellos mismos) escuchar a Ozzy y Elton mano a mano, pero lo que me ocurre con la canción que da nombre al disco es que es una composición menor en la que no me gusta el sonido, la diferentes estrofas estructuradas como un juego infantil de construcción, los arreglos de cuerda enlatados y, en general, el tono crepuscular (siempre he deseado utilizar este adjetivo en una crítica, no me lo tengan en cuenta) de dos músicos que no se han visto siquiera para grabar sus respectivas partes. ¿Me emociona escucharla? No, al revés, creo que tengo que buscar algo remotamente parecido a un sentimiento en el profundo saco de mi alma. Me resulta una caricatura que suelo saltar en el disco y sólo podría emocionar a un octogenario en su lecho o a un chavalín que no tenga ni la más remota idea de quiénes son Ozzy o Elton.

“Under The Graveyard” me descolocó la primera vez que la escuche y, por desgracia, lo sigue haciendo; me gusta más la voz de Ozzy en los primeros compases aunque la instrumentación no sea la adecuada, se pega ligeramente pero la segunda parte rompe tanto la dinámica que termina por estropear la tensión creada. “Eat Me” abre con el bajo de Duff y me gusta su comienzo por lo pesada que resulta, entendiendo que quizá este disco debería haber sonado así desde el comienzo, algo que confirmo con "Today Is the End" (puede que la que más disfrute del álbum). Ambas canciones no son gran cosa, no puedo mentir y decir lo contrario, pero sí en su envoltorio, en su sonido...

Todo lo contrario de "Scary Little Green Men" con un guitarrista-pirotécnico como Tom Morello que, si Sharon se queja de Zakk Wylde, no sé qué opinará del de Nueva York, mientras "Holy for Tonight" resulta convincente en el tono desgastado de Ozzy y lo bien que suena cuando no hace de sí mismo, mientras que la colaboración con Post Malone, “It’s A Raid”, es un auténtico horror en el que se mancilla “War Pigs” y se la convierte en una canción de feria, a la que hay que añadir a un Malone haciendo uso del Auto-Tune. El cierre con "Take What You Want” y Travis Scott es otro de los peores momentos de “Ordinary Man”, indigno de un disco de Ozzy, con sus palmas enlatadas, arreglos petardos y voces procesadas a tope, hasta convertirse en un horror con la que desearás convertir el disco comprado en un posavasos.

Un cartucho perdido, un álbum desnortado, extraño en su concepción, completamente innecesario y ridículo de principio a fin. Me duele decirlo porque es Ozzy y siempre he sentido su música y personaje como algo propio, pero no lo quiero ni regalado. Ridículo de principio a fin…


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