"Songs For The Dead Live": KING DIAMOND sigue siendo el rey.

Así es el nuevo directo del danés, gira de la que fuimos testigos....

"amo" de BRING ME THE HORIZON: el estrógeno es bello...

...o cómo Oli Sykes pierde el norte y trollea a su público.

HIGH ON FIRE, Mastodon en estado crudo.

Con "Electric Messiah" estamos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya.

GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Within Temptation "Resist"

Me resulta muy complicado describir mis impresiones tras la escucha de “Resist”, séptimo álbum de Within Temptation. Para aquellos que crecieron con "Mother Earth" (2000) o "The Silent Force" (2004) su escucha será algo verdaderamente traumático, mientras que para esos otros que llegaron a la fiesta cuando ya muchos recogían, "The Unforgiving" (2011) o "Hydra" (2014), este nuevo y esperado álbum será todo un manjar. Un disco que muestra las heridas del éxito, del auténtico monstruo en el que Within Temptation se han convertido, al que hay que mover y alimentar, pero también se cobra y devora vivas las vidas de sus integrantes, Robert Westerholt y, por supuesto, Sharon Den Adel que buscó la inspiración y la tranquilidad creativa lejos de Within Temptation, en su inane proyecto My Indigo. Complicado describir las impresiones de un álbum que suena a superproducción, gracias a Daniel Gibson y Mathijs Tieken, pero al que, a pesar del tiempo transcurrido desde “Hydra”, sólo es posible entender si tenemos en cuenta que su génesis es aquel y lo que ahora parece la máxima de la banda; mantener el éxito, seguir ocupando las primeras posiciones de los grandes festivales europeos y mantener las ventas de “Hydra”, sin que el estrés, la ansiedad y la agenda les pase factura, complicado equilibrio.

Y quizá lo que más me irrita de Within Temptation sea eso; la sensación de que su esencia, aquella de la que hacían gala en, por ejemplo, "The Silent Force" (2004) se ha diluido, completamente aguada, en un mar de pop rock alternativo en el que tiene más que ver Evanescence que cualquier atisbo de metal sinfónico que habrá que buscar, sin dudarlo, en nuestro recuerdo y no en los surcos de ninguno de sus discos más recientes. Recuerdo perfectamente cuando Within Temptation alternaban momentos de éxtasis sinfónico revestido con gruesas guitarras y otros de mayor sensibilidad, rozando con las yemas de sus manos el pop melódico pero sin tocarlo, sin quemarse, logrando que esos instantes de fragilidad no pareciesen fáciles o forzados; tocando nuestro corazón tras un fortísimo riff, gracias a la voz de Sharon y no como ahora, estando la banda al servicio de su garganta, así es como lo siento.

Además, a ello hay que sumarle, por si fuera poco, la manía de incluir invitados sorpresa del mundo del metal, de cierta naturaleza crepuscular; Jacoby Shaddix o Anders Fridén, además del descafeinado Jasper Steverlinck procedente del pop-rock más fatuo y superficial. Shaddix hace un trabajo discreto en “The Reckoning”, quizá la canción más contundente pero un cruce imposible entre emo de estudio, techno y la banda de Amy Lee con un cantante como es el de Papa Roach, que no atraviesa su mejor momento y cuya voz no aporta nada en absoluto, escuchar a Within Temptation con Jacoby Shaddix en una canción tan flojita es un bajón considerable para iniciar un álbum tras cinco años de ausencia. “Endless War” es algo mejor pero no lo suficiente como para arreglar el estropicio perpetrado en “The Reckoning”, suena a Within Temptation pero unos muy descafeinados, esos que son capaces de traerse a Ander Fridén de In Flames para intentar lograr que “Raise Your Banner” suene más dura pero ni con esas, o graban una canción tan tontorrona como “Supernova” en la que se acercan dramáticamente al pop más blandurrio y prefabricado.

Con todo, “Holy Ground” es quizá el agujero más negro de “Resist”, ese en el que Within Temptation caen con gusto, tanto como para que Den Adel sincope algún que otro verso dando vergüenza ajena ese intento de rapeo o el estribillo suene a Lana Del Rey. De “In Vain” me quedo con la letra y la interpretación de Sharon, aunque la canción no me termine de convencer, y “Firelight” termine por rematarme en el suelo, una composición ideada originalmente para “My Indigo” que ha terminado colándose en “Resist” de manera incomprensible, mientras que en “Mad World” pierden por completo la vergüenza queriendo abrazar las listas con un envoltorio electrónico tan barato que pica, del mismo material que “Mercy Mirror”, poliéster musical.

Quizá la única sorpresa sea “Trophy Hunter” en la que me recuerdan a algo de lo que una vez fueron, aunque sea remotamente y el álbum haya perdido por completo el rumbo hace muchas canciones, si es que alguna vez lo tuvo. Siento que el título de este disco, tras su horrorosa portada con sabor a videojuego de saldo, es un ruego a todos los que nos hemos atrevido a escucharlo; resistid, aguantad. “Hydra” y “Resist” nos lo ponen difícil, la verdad…

© 2019 Lord Of Metal

Crítica: Mark Morton "Anesthetic"

Quiero pensar, no sé si para consolarme, que "Anesthetic" de Mark Morton es un álbum que sirve como válvula de escape para el guitarrista de Lamb Of God, una carta de su amor por la música y poco más, en el que no hay intención alguna de demostrar nada que no haya demostrado ya antes con la banda que le ha hecho mundialmente famoso y de ahí, y la ensalada de colaboradores, la naturaleza exótica de un álbum que no puede entenderse como tal sino como una recopilación de canciones, de pequeños experimentos de los que unos funcionan; mientras otros parecen de fogueo. Diez canciones de resultado desigual y en las que, a pesar de haber grandes invitados, no a todos les sienta igual de bien el traje. Quizá la mayor sorpresa fuese “Cross Off” con el difunto Chester Bennington, en la que nos encontramos que el cantante de Linkin Park sabía todavía rascar su garganta -aunque no demasiado, todo hay que decirlo- en una canción que a la postre resulta menor y en la que nos encontramos a un Mark Morton que, lejos de alejarse del territorio que mejor domina, disfruta disparando una y otra vez el mismo riff. Ese mismo que parece exprimir en “Sworn” con Jacoby Shaddix de Papa Roach al que, como a Bennington, produce cierto placer escucharle lejos de los derroteros que su banda ha tomado en la actualidad.

“Axis” podría ser un buen punto y aparte, es cierto que es un alivio escuchar una acústica tras dos canciones como “Cross Off” y “Sworn Apart” que, no nos engañemos; por mucho que las firme Morton, no pasan de ser dos composiciones correctas de metal genérico, de yogur de marca blanca. Sin embargo, lo mejor de “Axis” no es Morton y la poca imaginación de adornar de acústicas una canción cantada por el lobo estepario en el que parece haberse convertido Mark Lanegan, sino la misma voz de este; rota por momentos, resacosa y cruda, con grano y humo de cigarro, justo como más me gusta escucharle, lejos de -como en el caso de Bennington o Shaddix- lo que hace ahora mismo, no porque "Gargoyle" (2017) sea un mal disco, sino porque no es un gran disco o uno de esos en los que la voz más profunda de Seattle nos deje huella como sí ocurría en "The Winding Sheet" (1990), "Whiskey for the Holy Ghost" (1994) o "Scraps at Midnight" (1998). Canciones cuya gran virtud es recuperar a sus protagonistas y traerles de vuelta, sacarles de su actual zona de confort, pero en las que Morton, con libertad para la maniobra, parece menos imaginativo que nunca.

Justo lo contrario que ocurre en “The Never” en la que Chuck Billy de Testament o Jake Oni se sienten cómodos dentro de las coordenadas del guitarrista, pero son desaprovechados en la canción, como ocurre con el propio Morton en “Save Defiance” en la que, por adaptarse a la voz de Myles Kennedy (Alter Bridge, The Conspirators), parece más domesticado que nunca, perdiendo por completo su personalidad. Me gusta el sonido de su guitarra en “Blur”, cuando solea, no cuando se convierte en una masa de ruido blanco, pareciendo un ventilador, tras Mark Morales. Quizá, el experimento menos fallido sea “Back From The Dead” con Josh Todd de Buckcherry, no porque sea una buena canción sino porque a este se le siente en su salsa y termina por devorar a Morton, que queda en un segundo plano, lo mismo que en “Reveal” con Naeemah Maddox en la que, por fin, se aleja plenamente, con tino y más naturalidad, de lo que ha hecho durante el resto del álbum pero no termina de gustarme y rompe toda la dinámica de esta colección de canciones.

No obstante, el secreto mejor guardado de "Anesthetic" es descubrir la voz del propio Morton en “Imaginary Days” y pensar que, aún con menos relumbrón, el álbum habría ganado en personalidad si, en lugar de una pasarela de diferentes nombres, hubiese tomado él mismo el micrófono y se hubiese adentrado en su propio estilo, lejos de adaptarse a otras voces, o lo que hace con Lamb Of God. Pero, por desgracia, no parece la idea de Morton, cuando se despide con “Truth Is Dead” y la voz de su compañero Randy Blythe a dúo con la omnipresente Alissa White-Gluz de Arch Enemy, en un último número de metal en serie.

Lástima por la oportunidad perdida y la pequeña decepción que supone encontrarse con un disco que parecía algo muy diferente sobre el papel y tras los adelantos. Morton es un gran guitarrista, pero su genio evidencia que necesita de la virtud de los hermanos Adler, Campbell y Blythe en esa extraña química que parece darse en todas las grandes bandas, cuando todos poseen el talento, pero sólo unidos es cuando tocan el cielo.


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Crítica: Children Of Bodom “Hexed"

Con “Hexed” de Children Of Bodom, sabía que tendría que luchar con grandes expectativas propias y ajenas; no sólo por mi crítica a “I Worship Chaos” (2015) y un entusiasmo por sus canciones que no ha mermado en los últimos cuatro años, sino por saber si Laiho y los suyos serían capaces de remontar definitivamente el vuelo tras “Are You Dead Yet?” (2005), “Blooddrunk” (2008) y “Relentless Reckless Forever” (2011), todos son discos que disfruto, pero no a la altura de sus cuatro primeros títulos, aquellos por los que se han ganado un nombre, y el despertar con “Halo Of Blood” (2013), un disco que me encanta y trajo de vuelta la creatividad y las ganas de trabajar en el estudio, además de la orientación perdida. Sigo imaginándome a Alexi Laiho acariciando el lomo de su gato Azrael, en su mansión con vistas al lago Bodom y es así porque, adicciones aparte, sigo considerándolo uno de los grandes guitarristas de nuestro tiempo; no se trata de rapidez (que la tiene), sino de buen gusto y mejor olfato para los riffs, algo que no está al alcance de muchos más veloces que él, pero con menos alma y talento. En este caso, tras la más que discutible portada de Denis Forkas, se esconde un disco producido por Mikko Karmila (Nightwish, Amorphis, Timo Kotipelto, Stratovarius, Lordi o Timo Tolkki, entre otros) con un excelente trabajo en el estudio (quizá sea uno de los discos de Children Of Bodom que mejor suenan; no sólo por el masterizado, el perfecto balanceado y equilibrio en su mezcla, sino también por lo dinámico de unas composiciones que denotan un trabajo de Laiho frente al papel, que se traduce en una producción cristalina, de sonido afilado y helado en las manos de Karmila, pero en la que cada instrumento respira y se deja escuchar) que le confiere a “Hexed” una atmósfera especial, tan fascinante como extraña resulta la portada de Forkas.

“This Road” entra de manera arrolladora, no hace falta mucho más que las guitarras de Laiho y Raatikainen golpeando sin descanso para engancharnos, cogernos por el cuello y arrastrarnos con ellos a las gélidas profundidades del Bodom. Algo que me gusta en especial de “Hexed” es la contención de Janne Wirman, el teclado es característico de la banda, pero en este álbum no invade la mezcla, está presente; entra cuando debe y desaparece entre las guitarras de Laiho y Freyberg. Quizá el momento más empachoso pueda resultar el single "Under Grass and Clover", único traspiés posible de un álbum que requiere de tiempo y es agradecido en cada escucha, tanto como para reconocer que, igual que Devin Townsend admite disfrutar de la música de Nickelback, no me quede más remedio que aceptar y confesar que, tras la cuarta y quinta escucha consecutiva, incluso "Under Grass and Clover" me gusta y disfruto muchísimo de los armónicos de Laiho, creyendo firmemente que en “Hexed” (no en este single en particular sino en todo el álbum) el finlandés ha crecido como músico; buscando más allá de sus ya conocidos recursos. Me gusta cómo alterna el shredding con esos armónicos, lejos de los más forzados y artificiales, para integrarlos dentro del propio riff.

Buen ejemplo de ello es “Glass Houses” y ese toque neoclásico tan suave, cómo Laiho y Freyberg doblan sus guitarras y Wirman acentúa los staccatos, o la atmósfera creada en "Hecate’s Nightmare", una canción valiente para una banda que busca no defraudar a sus seguidores de toda la vida, pero se sigue atreviendo explorando nuevos territorios. Seguidores a los que, por cierto, da lo que piden en la agresivísima “Kick in the Spleen”, una auténtica salvajada de número en el que Laiho se arremanga y ametralla, igual que en la crujiente “Knuckleduster”. “Platitudes and Barren Words” es puro COB, Wirman esta magnífico y acertado, como también me gusta la sección rítmica formada por Seppälä y Raatikainen y ese estribillo, tan pegadizo y contundente. “Hexed” me parece rica en sus transiciones, logra que el oyente no pierda un segundo de su atención y la outro de Seppälä es genial. Pero, si quieres COB, lo tendrás; "Relapse (The Nature of My Crime)" y mi favorita “Say Never Look Back” son un buen ejemplo de cómo encarar una segunda cara, a golpe de riff y fills, con Wirman aporreando su teclado y Raatikainen haciendo lo propio con el bombo, hasta la lenta "Soon Departed" que, sin embargo, contiene otro de los grandes estribillos de un álbum al que la templanza y “I Worship Chaos” me habían convencido para regalar tres estrellas pero, qué demonios, mi corazón sigue perteneciendo a los niños del lago Bodom; Laiho, Wirman, Seppälä , Freyberg y Raatikainen, gustándome más con cada escucha, disfrutando de su sonido y algunas de las mejores canciones de este año…. ¡Larga vida a Children Of Bodom!

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Crítica: "Lords Of Chaos"

Hacía tiempo que no me reía tanto con la comunidad del metal, esa que ahora puebla las redes sociales y cree estar en flamante posesión de la verdad gracias a un par de camisetas y vinilos, chavales y chavalas, imbéciles e imbécilas (todos ellos, en flamante igualdad y proporción de género y estulticia, que ninguno se sienta excluido en este reparto de auténtica idiocia) que han llorado amargamente porque “Lords of Chaos” de Jonas Åkerlund no es todo lo fiel que sus negros corazones desearían y se sienten tan decepcionados con el resultado final que la han convertido en otro símbolo más a odiar, porque si esta comunidad tiene un superpoder es el de trivializar y “esnobizar”, queriendo o sin querer, cualquier cosa en cuestión de segundos y, valga la redundancia, no hay nada más infantil y esnob que odiar por odiar, en este caso hacerlo por deporte, como ocurre con la película que nos ocupa. “Lords of Chaos”, basada en hechos reales y mentiras a partes iguales (como bien se encarga de enfatizar su propio director) pretende narrar la historia de Øystein Aarseth (Euronymous), la creación de Mayhem, su propio sello discográfico Deathlike Silence Productions, la mítica tienda Helvete (ahora Neseblod records en Oslo) y, por supuesto, la improbable creación del célebre black metal noruego, tomando prestado el título del libro de Didrik Søderlind y Michael Moynihan, “Lords of Chaos: The Bloody Rise of the Satanic Metal Underground” (traducido a nuestro idioma como “Señores del caos : el sangriento auge del metal satánico underground”, a través de la editorial Es Pop Ediciones) que sirve únicamente como marco conceptual para Åkerlund, ya que el libro de Søderlind no era más que un compendio -a veces desordenado- de entrevistas y relatos pero cuya columna vertebral nunca fue Øystein Aarseth más que la explicación del pretendido desarrollo coral de una escena, como la noruega, tan apropiada para la creación de sangrientos mitos y leyendas, cuyas páginas devenían en la auténtica desmitificación de unos personajes que, cuando se les dejaba hablar, caían en el más absoluto de los ridículos….

Crítica: Dream Theater “Distance Over Time"

Negar la evidencia de que, cuando uno escucha un nuevo álbum de Dream Theater, no acude a la cita con un mar de prejuicios donde antes había ilusión, sería mentirnos a nosotros mismos. Hace muchos años que acudo a la llamada de la banda de Labrie y Petrucci por la nostalgia de aquello que una vez me dieron, en lugar de la esperanza de lo que guarden bajo la manga porque, no nos olvidemos, de que hubo un tiempo en el que la publicación de un nuevo álbum de los de Nueva York era un evento casi místico al que unos y otros acudíamos porque sabíamos que marcaría el devenir de la música en los siguientes años o meses, o eso creíamos. Pero, por desgracia, es 2019 y parecemos haber aterrizado en uno de esos futuros distópicos que, conceptualmente, tanto juego han dado en la música y Dream Theater parece que tienen tan poco que decir que produce hasta miedo enfrentarse a cualquier canción suya tras un patinazo como “The Astonishing” (2016), un álbum mal parido e ideado, un descalabro que les llevó prestos a la celebración de una de sus obras cumbres, "Images and Words" (1992) y el confinamiento creativo para salir del atolladero, componiendo todos, integrando al bueno de Mangini, intentando capturar las musas que sobrevolaron las noches en las que interpretaron himnos de la talla de "Pull Me Under" o "Under A Glass Moon”. Y es que parece que Dream Theater no sólo perdieron a Mike Portnoy en el camino sino su propia cordura en esa espinosa andadura en la cual, a veces, uno parece querer demostrar a todo el mundo lo bien que se encuentra, donde tan sólo hay miedos e inseguridades.

A la salida del batería y fundador, llegó un álbum notable como "A Dramatic Turn of Events" (2011), publicado con la urgencia de aquellos que quieren demostrar que no han perdido a un compañero y amigo, sino que siguen a lo suyo. A una gira breve, le siguió el consabido directo "Live at Luna Park" (2013) y “Dream Theater” (2013), aquel que quisieron bautizar como el auténtico renacer de la banda o -con muy mala leche y ya sin Portnoy- el resumen de su verdadera quintaesencia. La jugada no les salió tan mal y, al año siguiente, y aún mayor prisa; “Breaking the Fourth Wall” y el anuncio de estar trabajando en un álbum doble conceptual que resultó ser el peor título de la banda, “The Astonishing”. Las críticas no tardaron en llegar a sus oídos o, mejor dicho, los huecos vacíos en su gira por arenas (recintos cerrados, habitualmente ideados para deportes y eventos a cubierto, como se les conoce fuera de nuestro país) y Petrucci decidió cortar por lo sano, rompe y rasga, con la ya mencionada gira de celebreación y la composición de este álbum, que ahora nos ocupa.

Lo que no consigo comprender es cómo muchos seguidores han caído en el engaño del fuego de artificio. “Distance Over Time” no es un disco pésimo, la calidad de LaBrie, Petrucci, Rudess, Myung y Mangini está fuera de toda duda, pero sí uno demasiado forzado en su intento de agradar. La producción corre a cargo del propio Petrucci (con todos sus defectos), mientras que la mezcla es obra de Ben Grosse y, sorprendentemente, Richard Chycki se ocupa únicamente de grabar y producir la voz de LaBrie que, para colmo, suena más lejana y procesada que nunca, quedando la guitarra de Petrucci siempre en primer plano. La introducción de “Untethered Angel” recuerda a la de "On the Backs of Angels" pero, pronto, será rota por la guitarra de Petrucci y un riff propio del peor Matthew Bellamy. La canción tiene fuerza y un buen puente, además de un gran duelo entre el guitarrista y Rudess. No puedo decir lo mismo de Mangini que suena más domesticado que nunca en el que quizá haya sido el single más tibio que la banda haya publicado jamás. Pero, claro, el público pedía guitarras y contundencia, un ejercicio de concisión frente a la poca contención de “The Astonishing” y el nuevo álbum de Dream Theater, el más breve desde -menuda sorpresa- “Images and Words”, comienza casi todas sus canciones (excepto “S2N”, “Out Of Reach” y “Pal Blue Dot”) con la guitarra de Petrucci. “Paralyzed”, un single con hechuras más propias de una banda de nu metal que de una progresiva, de resultado mediocre y un estribillo efectista pero predecible en el que LaBrie, sin forzar demasiado, tampoco consigue elevarnos. Pero la gente, el pueblo, quería guitarras y guitarras tiene; todos contentos.

El trabajo compositivo de Myung destaca en “Fall Into The Light”, articulando una composición con un poco más de riesgo que las anteriores, Petrucci afila su guitarra y Mangini entra con un redoble y cierta urgencia y, si todo funciona, es por un estribillo con algo más de imaginación y un interludio repleto de emoción que desemboca en un torbellino llamado Rudess que volverá a lucirse en “Barstool Warrior”, en comunión con un magnífico solo de Petrucci, en una oda al hombre moderno, sus frustraciones y el consuelo en una barra de bar. No es la mejor canción del álbum, ni de Dream Theater y su carrera, pero su fuerte olor noventero y el trabajo de composición (igual que en “Fall Into The Light”) logran que gane enteros y convenza a regañadientes.

La obsesión por el número primo en “Room 137” conduce a Mangini y su composición a que Petrucci se muestre más rítmico que nunca en la polémica comparación del riff principal con el célebre de Marilyn Manson. Al margen de ello, el trabajo de Rudess vuelve a destacar, como colchón en las estrofas y, de nuevo, un puente magnífico; dando la sensación de que Dream Theater corren mejor cuando lo hacen libres, lejos de la necesidad de demostrar nada a nadie. Una parte central tan sólo estropeada por el tratamiento de LaBrie emulando a The Beatles en sus voces dobles grabadas, algo tan innecesario como desastroso. Es de ese ambiente distendido del que antes escribía del que una canción como “S2N” se beneficia, pareciendo respirar. Todo lo contrario a lo que ocurre en “At Wit’s End” en la que pequeños destellos de genialidad y libertad creativa parecen verse opacados por una melodía vocal poco imaginativa que termina lastrando una composición que parece pulsar por romper en cada una de sus partes instrumentales y pierde comba en una de las temáticas más duras de todo el álbum.

LaBrie, Petrucci y, fundamentalmente, Rudess, están soberbios en “Out Of Reach”. Es cierto que, como balada, encierra poco misterio y menos emoción, pero instrumentalmente es bellísima y acierta a romper la recta final de un álbum como “Distance Over Time” que cierra de manera acertada con “Pale Blue Dot” y nuestra insignificancia en el cosmos; a la guitarra de Petrucci, hay que sumarle el excelente trabajo de Rudess, Myung y Mangini (lo siento, no puedo decir lo mismo de LaBrie), antes de “Viper King”, una canción de regalo, totalmente prescindible, que despega del resto del álbum y rompe, para mal, el clímax alcanzado por el emocionante final de “Pale Blue Dot” y la guitarra de Petrucci.

De toda la gente que, sabiendo de mi pasión por Dream Theater, me preguntó por la célebre entrevista que realizaron aquí en España, además de la vergüenza ajena que sentí por la oportunidad perdida de tener a Petrucci y LaBrie dispuestos a responder sobre “Distance Over Time”, convertidos en catadores de aguas municipales, por obra y gracia de un cómico sin excusa, me quedo con la perplejidad que afrontaron la chanza cuando este les dijo que Dream Theater hacían soft metal, demostrándome la enorme distancia que hay entre la realidad y ellos, ajenos a lo que el gran público percibe; pero dispuestos a darle al suyo lo que ha pedido. Ajenos a casi todo, pero conscientes del tiempo transcurrido entre "Images and Words" y el dinosaurio en el que parecen haberse convertido, así son Dream Theater ahora; incapaces de suspender, pero tampoco de progresar adecuadamente.

© 2019 Conde Draco



Crítica: In Flames "I, The Mask"

Lo verdaderamente desalentador de los nuevos discos de In Flames no es la misma publicación de estos sino aguantar las críticas de cientos de personas que creen saber de lo que hablan y disfrutar, con ensañamiento, cada paso en falso de la banda. Me explico, defenestrar un álbum como “I, The Mask” tiene tan poco mérito como hacer lo propio con “Battles” (2016) o “Siren Charms” (2014) y argumentarlo con los recientes cambios en la formación es igual de bobo que juzgarlos por su portada, la creciente melodía de sus composiciones, la agresividad impostada o las letras de los suecos porque ni estos, ni otros (por no decir, pocos, en el mundo del metal), han sido nunca Dylan. Pero, amigos míos, al farsante se le reconoce rápidamente y cuando se compara los recientes esfuerzos de Anders y Gelotte con obras como “A Sense Of Purpose” (2008), “Sounds of a Playground Fading” (2011) o “Come Clarity” (2006), es cuando muchos quedan en evidencia y hacen que uno deba desarrollar cierto sentido crítico ante el ruido generado.

Llegados a este punto, no se trata de la edad o tener galones en sus conciertos; nada de eso tiene mayor importancia que saber de lo que se escucha e In Flames, sin ánimo de parecer más auténtico que nadie, dieron lo mejor de sí mismos hasta “Clayman” (2000). En “Reroute to Remain” (2002) se comenzó a sentir la falta de inspiración pero todavía contaban con rédito suficiente y un buen fondo de canciones de las que las musas les habían regalado, pudiendo identificar el horrendo “Soundtrack to Your Escape” (2004) como el auténtico punto de inflexión de una banda que ya nunca más volvería a ser la misma y a la que perseguirá toda su vida la constante crítica de miles de chavales que luego, irónicamente, caen rendidos a sus pies en directo pero de los que escuchan un disco nuevo cada veinticuatro horas, como si de comida basura se tratase, sin darle mayor oportunidad a este o a muchos otros, concediéndole el mismo tiempo e importancia a “I, The Mask” que a “Abbey Road”, por poner un ejemplo.

¿Es el nuevo álbum de In Flames tan malo, merece una o dos estrellas? Sin duda, la única preocupación de muchos. “I, The Mask” no es una maravilla (en eso estamos todos de acuerdo, seguramente hasta el propio Anders) pero, como unidad, es mejor que “Battles” (2016), “Siren Charms” (2014), “Sounds of a Playground Fading” (2011) y “A Sense of Purpose” (2008). Pero, antes de que se santigüen muchos lectores, conviene subrayar lo escrito y ese “como unidad” porque, si bien sigo creyendo que 2004 marca un antes y un después en la banda, desde aquel “Soundtrack to Your Escape”, todos los discos de In Flames han hecho equilibrios en la cuerda floja de la mediocridad y, si a la corta, a muchos les han convencido es porque contenían singles que poblaban sus directos y justificaban esos discos de los que, a la larga, se picoteaba sin ser posible escucharlos de cabo a rabo con verdadera satisfacción. “Come Clarity” poseía “Take This Life”, “A Sense of Purpose” lo mismo con “Alias”, el criticado “Sounds of a Playground Fading” es celebrado gracias a “Deliver Us” (aunque mi favorita sea “Where the Dead Ships Dwell”), de “Siren Charms” recuperan siempre “With Eyes Wide Open” y el público rompe en un clamor de aprobación, lo mismo que con “The End” de “Battles”, canciones que funcionan (independientemente de su calidad) frente a la mediocridad del resto del disco.

En “I, The Mask” ocurre lo contrario, no hay grandes singles; tan sólo “I Am Above” guarda el tipo, sin ser ninguna maravilla, frente al auténtico horror que es “(This Is Our) House” (quizá el peor sencillo que hayan nunca publicado) o la lineal “Burn” pero hay otras canciones que mantienen el interés del oyente, como “Voices” o “Call My Name”, el problema del álbum es que, por momentos, In Flames son capaces de hacerte creer que es sensiblemente mejor de lo que es para, segundos más tarde, llevarte al fondo más absoluto de la mediocridad con canciones como “Follow Me” u “All The Pain” en las que, cualquiera que haya escuchado sus últimos cuatro discos podría presumir de saber cómo van a acabar en esa fórmula que llevan manejando con maestría durante años por la cual se copian a sí mismos y repiten una y otra vez lo mismo pero, igualmente, son capaces de convertir cualquier estribillo en algo contagioso, revistiéndolo de previsibles riffs que llegarían incluso a engañar a los mismísimos creadores del sonido de Gotemburgo y eso le vale a mucha gente para justificar a los actuales In Flames o, por el contrario, destriparlos sin piedad..

Tras la salida de Fredrik Nordström (2000), Jesper Strömblad (2010), y los recientes Daniel Svensson y Peter Iwers, llegaron el simpático Bryce Paul que derrocha ilusión en directo y Tanner Wayne que defiende con solvencia los parches tras el fugaz paso del apático (tanto en directo, como en persona) Joe Rickard, dejando claramente a In Flames en manos de Björn Gelotte y Anders Fridén en el estudio (y ahora en directo, ya que Niclas Engelin se perderá parte de la gira de presentación de “I, The Mask” siendo reemplazado temporalmente por Chris Broderick), en un auténtica sangría de salidas por la puerta de atrás con la que muchos han creído ver la auténtica debacle de In Flames, no queriendo ver que ninguno de ellos han hecho gran cosa lejos de la banda y esta ha persistido en su error, pareciendo bastante claro que Gelotte y Fridén son ese binomio compositivo (que ellos mismos defienden y ahora proclaman en sus entrevistas) capaz de lo mejor y lo peor, de no dar por muerto el nombre de In Flames pero tampoco elevarlo a los altares, constantemente en la zona gris. Así es “I, The Mask”...

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Crítica: Candlemass “The Door To Doom"

Es verdad que, a veces, debemos librarnos de esa visión nostálgica para poder juzgar, con algo de objetividad, obras que serían capaces de engañar al más avezado de los oyentes, como es en este caso que nos ocupa. Candlemass, los míticos y legendarios suecos para los que no es necesaria ninguna introducción porque cualquier amante de la música debería conocer, por lo menos, sus cuatro primeros discos (hasta “Tales of Creation” de 1989, sin olvidar sus tres trabajos de la última década, claro está), anunciaban el regreso de Johan Längqvist, aquel con el que grabaron el histórico “Epicus Doomicus Metallicus” (1986) y a punto estuvieron de repetir en “Chapter VI” (1992) como gran baza. Pero, no os engañaré, por mucho que en mi chupa lleve una insignia de su disco del 86, soy de los que defenderán a capa y espada a Mats Levén o Robert Lowe en ese maremágnum de vocalistas que Candlemass ha sufrido por lo que la presencia de Längqvist, en mi caso, más que un esperanzador aliciente, era tan sólo una noticia exótica de las muchas que nos toca vivir, como aficionados de la música y apasionados de los suecos y el doom en general. Así, con muchas dudas, comencé a degustar las noticias que de la banda y la grabación de “The Door To Doom” se filtraban; sus adelantos, sus fotos y la presencia del enorme Tony Iommi de Black Sabbath en lo que parecía que sería uno de los grandes discos del año, un regreso por todo lo alto.

Por suerte, esa templanza ha sido la que ha evitado que me emocione más de la cuenta o que, por el contrario, caiga en el abismo de la más absoluta de las desilusiones. “The Door To Doom” tiene mucho de los ingredientes que deberían abrirle la puerta a la posteridad; su sonido es sencillamente magnífico, la garganta de Längqvist ha envejecido con una dignidad y prestancia dignas de su tono de barítono, la formación con Björkman, Johansson, Edling y Lindh es la más estable de toda su carrera y sus múltiples cambios, hay una cohesión y un saber hacer fuera de toda duda en la mágica unión de guitarras, bajo y batería, y la estupenda forma en la que parecen encontrarse, las letras orbitan entorno al universo más puramente ‘candlemassiano’ y hasta la portada es una clara evocación de “Epicus Doomicus Metallicus”, como si hubiesen destapado el frasco de las esencias de todo aquello que hizo grande a su debut y supiesen cómo repetir la jugada. Pero, de todos los ingredientes, sabiamente mezclados y cocinados a fuego lento en el estudio, hay uno que se les ha olvidado y es el de la inspiración. Decir esto de Candlemass con Längqvist y un disco tan potente como “The Door To Doom” es todo un atrevimiento y casi una herejía por la que deberían quemarme en la hoguera pero la pura realidad es que “Psalms for the Dead” (2012), “Death Magic Doom” (2009) o “King of the Grey Islands” (2007), sin tener que viajar a los albores de su carrera, son infinitamente superiores a este, su último álbum. Sé que es especialmente difícil decir esto de Candlemass y un disco tan esperado, que suena con semejante contundencia, pero decir lo contrario sería mucho peor, sería engañar al lector de esta crítica.

“Splendor Demon Majesty” es la apertura mágica, capaz de invocar el espíritu de “The Door To Doom”, su pesadísimo y siniestro riff es puro Candlemass, un claro homenaje a sí mismos en un álbum en el que el único pecado del que se les puede acusar es el del auto-plagio y el excesivo cálculo por recuperar su propio ethos. “Splendor Demon Majesty” suena salvaje y épica, suena emocionante y vibrante, los coros se sienten algo forzados para un directo en el que, claramente, buscarán el apoyo del respetable pero, aún con un recurso tan obvio bajo la manga, la canción lo tiene casi todo mientras que “Under The Ocean” no termina de cuajar, menos aún estando hermanada con el single “Astorolus – the Great Octopus” y la presencia de ese verdadero genio que es Tony Iommi. Una canción casi perfecta en su ejecución y su riff principal, ese que parece funcionar como estribillo ante el único defecto de una canción que parece carecer de ellos pero no seré yo el que se queje de semejante matrimonio entre Candlemass e Iommi.

Es por eso que “Bridge Of The Blind” parece quedarse algo corta, como ocurría con “Under The Ocean”. Transmite desolación y posee algo de emoción pero no la suficiente para sobrevivir el envite de “Death’s Wheel” y un poderoso riff sobre el que Längqvist hace una de las mejores interpretaciones del disco. “Black Trinity”, aunque algo ´sabbathizada’, suena bien pero su problema es la falta de ideas; desde la letra a la melodía o sus estribillos, produciendo la sensación de haberla escucha con anterioridad en una segunda cara en la que “House Of Doom” no es capaz de lograr nuestro sobresalto y “The Omega Circle” cierra definitivamente el álbum, con la misma intensidad que uno se estira tras un bostezo y la poca originalidad de una banda que parece haber grabado estas canciones con la cabeza completamente puesta en la satisfacción de sus propios seguidores y que, tras su escucha, pocas son las que se quedan grabadas en la memoria de uno. Candlemass son y seguirán siendo eternos, más grandes que la vida y “The Door To Doom” es un buen disco, muy digno, pero no ese retorno memorable que muchos esperábamos y esa es la gran pena que tenemos que sobrellevar.

© 2019 Conde Draco

Crítica: Overkill “The Wings Of War"

Querido Roberto, soy aquel chico con pinta de escuchar a Weezer o, mucho peor, escribir para Pitchfork, que te asaltó en la última edición del Hellfest en la que tocasteis, he de reconocer que tu paciencia fue digna de elogio y guardo un enorme recuerdo de aquel encuentro fugaz. Sigo opinando lo mismo de tu banda, Overkill, y de ti; posiblemente seas el mejor vocalista de thrash del panorama actual y me sigue volando la cabeza que casi treinta y cinco años más tarde sigas conservando la mala leche, así como los propios Overkill, sois una máquina fiable y bien engrasada en directo (subrayo; en directo). Pero, por mucho que me duela, me da la sensación de que andáis algo perdidos desde "Ironbound" (2010) y aquel “The Electric Age” (2012), como también he de confesaros que escucho “White Devil Armory” (2014) y me parece un disco notable pero no puedo decir lo mismo de “The Grinding Wheel” (2017) en el que me da la sensación de que os complicasteis más de la cuenta y, aunque desde esta web ya advertimos del excesivo minutaje de algunas de sus canciones y hubo algún que otro lector que se enfado muchísimo con nosotros y nos afectó de sobremanera, Roberto, meses después tú también lo reconociste y sé que este “The Wings of War” y ese intento por recuperar el sonido más clásico de la banda, sonando actuales y sin perder relevancia, era tu máxima. También he de reconocer que ello, sumado a esa negativa tan vuestra de ignorar los servicios de un productor y ese peregrinaje por hasta cuatro estudios diferentes; de New Jersey a Florida, Nueva York y de vuelta a vuestra tierra natal, no ha tenido el efecto esperado.

Es verdad que en “The Wings Of War” ya no hay canciones de siete minutos y medio, como “Mean, Green, Killing Machine” u ocho, “The Grinding Wheel”, pero siguen teniendo una duración excesiva (“Head Of A Pin”, “Distortion”) cuando de lo que estamos hablando es de thrash puro y duro y esa actitud tan punky que vuestra banda siempre ha tenido. Por otro lado, las guitarras, aunque intenten conservar ese sonido más clásico de la banda, parecen estar en un horrendo segundo plano, por no hablar de la batería. Jason Bittner ha sustituido a Eddy Garcia que reemplazaba a Ron Lipnicki, que a su vez reemplazaba a Tim Mallare y este a Sid Falck, pero tú y yo sabemos que nada de esto debería importar, que Overkill siempre ha sido cosa tuya y de D. D. Verni. Es por eso que me sorprende que parezca costaros encontrar de nuevo la dirección, la inspiración. “The Wings Of War” no es un mal álbum, aquellos que busquen únicamente caña; serán felices. Sin embargo, aquellos que busquen la pista de la banda que firmó "Ironbound" (2010) se darán de bruces con la continuación de un “The Grinding Wheel” más comedido, más endurecido y acelerado pero menos inspirado; canciones que se pegan (“Last Man Standing”) en las que todavía hay energía y cojones, en las que, Roberto, das lo mejor de ti mismo pero poco más. Buen ejemplo, es también “Believe In The Fight”, en la que la urgencia punky que antes mencionaba en ese thrash urbano y violento, cortante, de New Jersey suena como nunca, pero en las que me encuentro que once minutos son demasiados para canciones que funcionarían como un auténtico tiro si apenas rondasen los tres.

“Head Of A Pin” es pasable pero las guitarras de Dave Linsk y Derek Tailer suenan como chicharras y singles potentes como “Batshitcrazy” se ven algo desmejorados por una interpretación que ha tenido momentos mejores por parte de los propios Linsk y Tailer y un recién llegado Bittner que debería dejarse la vida en los parches y, lo siento, no parece hacerlo. “Distortion” posee una buena introducción y evoluciona con maestría, es un medio tiempo encabronado pero el solo de Linsk parece completamente perdido en un tercer plano y no sé si es culpa de Zeuss o de la propia banda tras los mandos, como “A Mother Prayer” es lo más ramplón y sencillo que parecéis haber firmado, hasta me sorprendería que la llegaseis a tocar en directo. Por suerte, el disco contiene ese himno cafre y festivalero, de aire juerguista, que es “Welcome to the Garden State”, aquella que sí o sí debe ser interpretada en vuestros próximos festivales (al igual que aquella que merecería haber despedido el disco, “Out on the Road-Kill”) todo lo contrario que “Where Few Dare to Walk” y la sensación de no saber que queréis o la absurdísima “Hole In My Soul”, canciones incomprensiblemente menores para una banda de la talla de Overkill.

Roberto, Overkill siguen sonando rabiosos y lo tuyo parece un auténtico pacto con el diablo pero, con la mano en el corazón, este no es el disco que esperábamos de la banda. Ni Linsk, ni Tailer, ni Bittner están a la altura, el sonido tampoco, las canciones deberían haber pasado una buena criba antes de entrar a grabar y un buen recorte de minutos. Me duele admitirlo, pero me parece inferior a “The Grinding Wheel” y tan sólo espero que sea un tropezón, espero que sepas encajar esta humilde crítica, pero en tu banda empieza a hacer falta sangre fresca y compañeros que tengan tu misma energía y ganas…


© 2019 Lord James Tonic

Crítica: Rotting Christ “The Heretics"

Uno lee o escucha las críticas a “The Heretics” y es normal sentir la misma emoción que acompañó al lanzamiento de “Rituals” y el posterior jarrazo de agua fría, con casi toda la comunidad rendida a los pies de los griegos y la prensa internacional especializada (esa que cuenta con el respeto de muchos lectores, ajenos a que muchos de los que escriben en ella, son los mismos que los que escriben de manera anónima en blogs o con su propio nombre y, en ocasiones, mucho más arte y conocimiento que aquellos) deshaciéndose en alabanzas y, repito; ¿a ningún lector le parece sospechoso que en los medios más populares, la media de calificaciones sea casi siempre de ocho? ¿De verdad creemos que todos, absolutamente todos, los discos que se publican poseen semejante nivel? En el caso de Rotting Christ, los míticos Rotting Christ, con una carrera de casi treinta años a sus espaldas, semejante gesta valdría el doble y no porque no aprecie sus logros pasados, su grandeza y discos como “Triarchy of the Lost Lovers” (1996), “Sanctus Diavolos” (2004) o “Theogonia” (2007), entre muchos otros, sino porque, simple y llanamente, creo que su presente no está a la altura de su pasado y nombre, como le ocurre a cientos de bandas. ¿Quiere decir que “The Heretics” es un mal disco? Para nada, es más, agradezco profundamente el cambio respecto a “Rituals”, lo que en aquel parecía un chiste aquí ha sido enmendado gracias a una mayor presencia de las guitarras, se han eliminado los constantes mantras y cantos chamánicos, la instrumentación tradicional ha dado paso a una llena de épica y contundencia en la que el nivel instrumental, como siempre, está fuera de toda duda, pero el trabajo de composición me sigue pareciendo sencillamente correcto, seguimos encontrándonos abundancia de recursos de lo más efectistas como grandilocuentes coros a dobles voces y excesiva repetición (como en “Heaven And Hell And Fire”) voces narradas hasta en la sopa, una colaboración con Irina Zybina, la guitarra de Emmanuel suena bien pero domesticada y carente de toda originalidad, y la amarga sensación de que, pese a haber reparado lo que lastró a “Rituals”, Rotting Christ quieren esa parte dulce del pastel que Behemoth y otras bandas (sin entrar en comparaciones estilísticas, sólo en objetivos) están ahora disfrutando y que una como la suya, con su nombre, también se merece, claro que sí…

Y Tolis parece querer lograrlo a golpe de efecto, acudiendo al refrito y el auto-plagio, por ejemplo, en “Hallowed by The Name” (nada que ver con Maiden) y la enorme similitud con “Devadevam” de “Rituals”, en la que no sólo la armonía es la misma sino también el tempo de Themis Tolis o el ejercicio de estilo en “Vetry Zlye” o cómo recuperar el legado de Ulver y remozarlo en pleno 2019 bajo tu propia óptica, algo que no parece nada accidental cuando escuchamos “I Believe” y, de nuevo, una narración, alejándonos bastante de ese clímax que estoy seguro que quieren alcanzar pero se queda en experimento y así será en directo (que nadie me lo cuente, por favor, que en su última gira, he tenido el gusto de disfrutar de Rotting Christ hasta en cuatro ocasiones, con sus luces y sus sombras, claro está).

A todos los que disfrutaron de “Fire God And Fear” se encontrarán con un pequeño oasis en un álbum en el que, sonando muy bien, uno tiene la sensación de que se deshace entre los dedos con cada escucha. De ella, como canción, podría salvar la guitarra de Emmanuel en su magnífico solo (aunque tenga la sensación de que, por estilo, no encaja en ella) pero lo lento de su tempo y la excesiva reverberación de esos coros que parecen no cesar en toda la canción y esa constante y eterna repetición, produce la sensación de que a Rotting Christ se les acabaron las ideas, algo que parece confirmarse en “The Voice Of Universe” y un excelente, aunque manido, riff de guitarra que no parece terminar de arrancar, una vez más, por culpa de los coros y su enlace con “The New Messiah”.

Llegados a este punto, sí, en efecto, el oyente menos avezado (que los hay, hacedme caso) sentirá que está escuchando blasfemia pura, que se ha acercado al mismísimo abismo de la oscuridad y las tinieblas pero, musicalmente, tan sólo puedo salvar con algo de templanza, a la par que desconfianza, la despedida de “The Raven”, aunque suene a una versión de “Black Dragon” ralentizada y la estropeen con esas narraciones y recitados. ¿Qué es lo que está pasando con Rotting Christ y, lo peor de todo, porque nadie más parece ser testigo de ello? A estas alturas de la película, mis expectativas son casi inexistentes y, a pesar de haber dejado atrás el toque étnico, siguen necesitando guitarras, un mayor trabajo de escritura y olvidarse de los tópicos y recursos de los que tanto abusan. ¿En directo? Siguen siendo una apisonadora, mezclando con maestría pasado y presente, es en estudio en donde la falta de originalidad y pegada no se puede disimular. Si queremos a los hermanos Tolis es por todo lo que nos han dado hace tiempo, lo que es de ilusos es buscar o esperar algo que llevarse a la boca en una fuente que dejó de dar agua hace ya once años (“Theogonia”, 2007). Eso sí, "la portada mola mogollón" y miles de instagramers ya tienen algo con lo que hacerse una foto y obtener más likes.


© 2019 Lord Of Metal