GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Born Of Osiris “The Simulation"

Born Of Osiris no lo tenían fácil tras la publicación de “The Eternal Reign” (2017), la regrabación de “The New Reign”, y el adelanto que supuso “Silence The Echo”, lo que para mí es la mezcla perfecta y equilibrada de lo que la banda Illinois puede y debe ofrecer al oyente. No lo tenían fácil porque Born Of Osiris venían de una serie de discos correctos, pero siempre tibios, "Tomorrow We Die Alive" (2013) y "Soul Sphere (2015) en los que su mezcla de metalcore con djent era efectiva, claro que sí, pero no terminaba de cuajar lo suficiente como para superar el que, para muchos de sus seguidores, sigue siendo su obra definitiva, “The Discovery” (2011) y, por supuesto, lo planteado en “The Eternal Reign”, en el que parecían querer cambiar y mirar al frente sin olvidarse de quienes eran o habían sido, en un tan ansiado cambio de tercio de un deathcore en el que últimamente parecían primar los estribillos más fáciles y la falta de riesgo por bandera. Me enfrentaba pues, a “The Simulation”, con esta enorme mochila a mis espaldas y la sensación de que este nuevo álbum podría ser el que definitivamente les hiciese romper. Entiendo que Born Of Osiris no son los mismos que cuando publicaron “The New Reign” (2007), su evolución y su dirección, además de haberles disfrutado en directo en varias ocasiones, pero, aunque “The Simulation” es un álbum demasiado breve que funciona a un determinado nivel, siento que no han sabido redondear el reto lanzado en “The Eternal Reign”. Sé que, para muchos, visitar de nuevo las canciones de su debut era un ejercicio innecesario en lo que muchos otros queríamos ver un nuevo punto de partida.

“The Accursed” marca, para bien y para mal, desde su primer compás, lo que Born Of Osiris van a ofrecernos y con ella descubrimos que vuelven a apoyarse en el estribillo y las estrofas más directas, lo que no sería un problema si estuviese revestida de algo más de complejidad, de ese rompecabezas tan agradecido cuando es descubierto por el oyente y que Born Of Osiris no se molesta en construir siquiera. El sintetizador de Buras o la guitarra de McKinney será lo único que diferencie a la banda de cualquier otra de metalcore. Canciones como "Disconnectome" o “Analogs In Cell” ofrecen una versión más agresiva de la banda, no logran crear nada nuevo pero los riffs y el juego de voces entre Canizaro y Buras es lo suficientemente atrayente como para no aburrir. Pero tras "Cycles of Tragedy" me doy cuenta de dos cosas; el bajo es apenas audible y leo en el libreto que la producción corre a cargo de los propios músicos, dos; esta y “Under The Gun” son probablemente lo más claramente accesible que Born Of Osiris hayan grabado y cuando escribo “accesible” me refiero a ese tipo de canciones que están escritas para alcanzar un público mayoritario a golpe de cliché, camino ya recorrido, melodías fáciles y un sonido más domesticado. Lo poco gusta, lo mucho cansa y aquellos juegos de Buras y Canizaro que conseguían dinamizar canciones con más pegada, en “Under The Gun” resultan empachosos, como los arreglos de sintetizador, rozando la electrónica más petarda. En clarísimo constante con “One Without The Other” en un álbum en el que parece que cada canción tiene un poco para cada oyente y el mejor ejemplo es la propia que lo despide, con partes más afiladas y desgarradas y otras que, sin embargo, son puro azúcar.

¿Es lo que esperaba de Born Of Osiris a estas alturas? No, desde luego que no, esperaba algo más de riesgo y que nos regalasen estribillos que de verdad fuesen impactantes y emocionales pero que entrañase algo de trabajo extraerlos y sacarles todo su jugo. Lo que me he encontrado es a una banda que parece probar de todo un poco y acudir presta al recurso fácil, desoyendo su talento como músicos y lo que muchos todavía esperamos de ellos. Su castigo será quedarse en segunda fila…


© 2019 Conde Draco


Crítica: Nailed To Obscurity "Black Frost"

Suena el bajo de Carsten Schorn sobre la introducción de Hillrichs y las guitarras de Dieken y Lamberti juegan con la retroalimentación, mientras la voz de Raimund Ennenga nos susurra al oído, antes de tornarse más bronca. Y nosotros exhalamos todo el aire, en clara satisfacción, como si hubiésemos contenido la respiración durante años porque “Black Frost” está claro que no es “Opaque” (2013) pero suena tan puro y helador, tan tenebroso y oscuro que parezca que por las venas de los alemanes corra auténtica sangre noruega. Algo que nadie podrá negar es que “King Delusion” fue una de las grandes sorpresas del 2017, no porque la gente no esperase gran cosa de Nailed To Obscurity, sino porque aquel álbum confirmó que los alemanes habían llegado para quedarse tras un disco tan sólido como “Opaque”, firmando uno de los mejores títulos de aquel año. Pero también es innegable que aquel llevó a la banda a nuevos terrenos que parecen confirmarse aquí, en “Black Frost”, ya que tras “Opaque”, los de Ennenga parecen haber bajado la intensidad de su propuesta, la música de Nailed To Obscurity ya no suena tan dura, contundente, tan metal (por resistirme a escribir un calificativo tan rancio e inútil como ‘heavy’), para acariciar el rock más gótico, resultando un álbum que tiene más que ver con el doom británico que el death metal noreuropeo. Esto tampoco es algo que nos coja por sorpresa, no sólo porque fuese algo palpable en “King Delusion”, sino porque semejante acrobacia ya la han realizado otras bandas que, en su caso, podríamos llegar a considerar incluso seminales y que han terminado acercándose al progresivo más light o ñoño, tiñendo de melancolía sus canciones, olvidándose de la guturalidad y el movimiento gratuito de cervicales.

Con todo y volviendo a Nailed To Obscurity, la homónima “Black Frost” contiene esos contrastes que tanto me gustan y que sirven para aligerar el peso dramático de unos riffs majestuosos que si funcionan en su repetición es precisamente por Ennenga y su manera de alternar las dos voces. Las acústicas están magníficamente bien encajadas en la composición, como ese solo de guitarra, tanto Dieken como Lamberti están soberbios en su labor. Momentos de una crudeza atemperada, “Tears of the Eyeless”, a causa del exceso de azúcar en las voces, sin embargo, poseen suficientemente romanticismo en su instrumentación como para justificar cualquier concesión a las melodías más obvias que palidecen frente a la épica desgarradora de “The Aberrant Host” o el desarrollo de “Cipher” y su lento transitar entre el death y la nostalgia propia de unos lejanos Katatonia u Opeth (que siguen y seguirán siendo palabras mayores, antes de ser utilizados gratuitamente para cualquier comparación).

Pese a las grandes virtudes de un disco tan notable, están esos defectos que le alejan del sobresaliente; “Resonance”, y esa sensación de que algunas de las canciones de este “Black Frost” parecen no saber qué dirección tomar y terminan perdiéndose y acabando de la manera más inoportuna, diluyendo su impacto. Grandes momentos que se ven lastrados por un puente, una estrofa o unas dobles voces que no deberían estar ahí, por un riff que se repite hasta la extenuación o la inevitable sensación de que Raimund Ennenga luce majestuoso en las voces más guturales pero excesivamente meloso cuando forma parte de la sección coral o cuando prefiere jugar con la modulación y recorre las estrofas sin terminar de creerse Renkse o Keenan, “Road To Perdition”, sintiéndosele mucho más cómodo cuando se rasca la garganta y parece rugir, como la música parece pedirle en más de una ocasión y él ignorar.

Nailed To Obscurity siguen siendo una gran banda a tomar en cuenta, bendita la oscuridad que destila “Black Frost”, pero echo de menos aquella de “Opaque” o el trabajo sobre el papel de “King Delusion”. A veces, ser fiel a uno mismo y a su estilo, profundizar en él, puede ser la mejor dirección a tomar cuando uno no sabe cuál tomar…

© 2019 Lord Of Metal

Crítica: J Mascis “Elastic Days"

Puedo contar con los dedos de una mano aquellos artistas que, siendo infieles a sus formaciones originales, logran que mi interés no decaiga en sus diferentes proyectos, año tras año; J Mascis es uno de ellos. Y el vocalista y guitarrista, líder de Dinosaur Jr. no es un artista que tenga precisamente reparos en prodigarse lejos de la banda que le llevó a la fama, por lo que la pirueta es doble; tanto en solitario, como con Witch, Upsidedown Cross, Deep Wound, Sweet Apple o Heavy Blanket, además de sus colaboraciones con otras bandas, Mascis logra lo imposible y es impregnar con su personalidad cualquiera de sus proyectos que, con más o menos músicos diferentes, no dejan de ser una extensión de su carrera en solitario; esa que comenzó con “Martin + Me” (1996) de manera abrupta pero que, en mi opinión y la de muchos, arranca de verdad con “Several Shades Of Why” (2011), al que siguió el también notable “Tied To A Star” (2014), formando una suerte de álbum doble en el que, a las bonitas canciones, ensoñaciones y olor a plastilina Play-Doh, hay que sumarle las ilustraciones de Marq Spusta para entender dos discos auténticamente deliciosos, de recogimiento y reflexión, de disfrute y calma, de día de viento y hojas, de café y sabor a muffin de arándanos, de parque infantil y recuerdos. A ellos les siguió la actividad con “Give a Glimpse of What Yer Not” (2016) y una gira mundial que le trajo a España y, de nuevo, el privilegio de ver a Mascis, Barlow y Murph sobre un escenario, sencillamente mágico; ruidosamente mágico, como siempre.

“Elastic Days” no ofrece nada nuevo, pero tampoco es tan continuista como se podría entender, marcando el punto de ruptura con los anteriores. La acolchada voz de Mascis sigue siendo la que marca la diferencia y el centro de atención de sus canciones en solitario pero esta vez, sobre el manto de acústicas, la Jazzmaster también solea por Neil Young o Nels Cline y hace de las suyas, “See You At The Movies”, logrando el espejismo, haciéndonos creer que estamos ante un disco con Lou. Las letras nunca fueron el punto fuerte de Mascis pero tampoco hacía falta y resultaban y resultan tan simbólicas como uno quiera prestarse al juego, porque el gran logro de Mascis es su capacidad para la melodía, para el ripio fácil y el recuerdo de una frase, de un verso, la evocación de sentimientos entremezclándose con su guitarra, “Web So Dense” o el frágil intimismo, “I Went Dust”, en el que su acústica parece evocar la de Elliott Smith para abandonar por completo la eléctrica y desnudarse, aún más, en “Sky Is All We Had”, jugar con su falsete “Picking Out The Seeds” y las dobles voces, “Give It Off” o sonar más indie que nunca en “Drop Me”.

La diferencia la marcará “Cut Stranger”, con más dramatismo y emoción, con un ritmo diferente, antes de la penúltima invocación a Young en la propia “Elastic Days”, en un álbum en el que pocos son los sobresaltos -como debe ser- y muchos son los momentos en los que uno cogerá el vinilo entre sus manos (poca gente de la que ame a Mascis, se negará a comprarle uno de sus discos en estos tiempos que corren), como ocurre en “Sometimes”, antes de ese ‘hasta luego’ que es “Wanted You Around” y regusto familiar,”Everything She Said”, que uno escucha y no es difícil imaginarse con el bajo de Lou y la batería de Murph, con Mascis flanqueado por torres de Marshall, castigando una guitarra púrpura y es que, como aseguraba al principio, no hay tanta diferencia entre las composiciones de Dinosaur Jr. y las de este “Elastic Days”, como si Mascis hubiese aprovechado el tiempo y algunas canciones escritas para la banda se hubiesen colado en su carrera en solitario. Por mí no hay problema.

Nada que ver con el suave murmullo de “Several Shades Of Why” (2011) o “Tied To A Star” (2014), como obra, quizá con menos coherencia en su totalidad, pero igual de agradecida y adorable. A un artista que ya es de por sí único, sería imposible pedirle que grabase discos que no lo fueran.


© 2019 James Tonic




Crítica: Legion Of The Damned “Slaves of the Shadow Realm"

Cualquiera que haya escuchado a Legion Of The Damned desde hace unos años, sabrá que son tan fiables como predecibles en una escena que ha reverdecido y en la que ahora, más que nunca, tienen gran competencia, de manos de veteranos y chavales que se quieren comer el mundo a golpe de thrash. Sin embargo, los holandeses pueden sentirse orgullosos ya que no hay muchas formaciones ahí fuera que sean capaces de mezclar thrash y death a partes iguales con el mismo éxito. Pese a ello, he de reconocer que “Slaves Of The Shadow Realm” me ha decepcionado, de la misma manera que “Ravenous Plague” (2014) me parecía una copia literal a “Descend Into Chaos” (2011) y tenía que acudir a refugiarme en “Cult Of The Dead” (2008), “Feel The Blade” (2008) y, por supuesto, “Sons Of The Jackal” (2007), aunque no me olvido tampoco de “Malevolent Rapture” (2007), en este último álbum parecen no haberse complicado demasiado y tirado, de nuevo, por la calle de en medio. Sí, Legion Of The Damned suenan como una apisonadora y el trabajo de Andy Classen tras los mandos es tan magistral como siempre: su relación viene de largo y productor y banda se conocen a la perfección. Pero hay algo que no me convence de canciones como “Charnel Confession” o “Nocturnal Commando” en un álbum breve como pocos, nueve canciones y dos regalos, a modo de contenido extra, tras cinco años de espera en los cuales la banda parecía completamente desaparecida o aletargada.

Como también es cierto que cuando suena “The Widows Breed”, es verdad que tanto Van Geel, como Giele o Fleuren parecen haber crecido como músicos, mientras la voz de Maurice sigue tan sucia y rasposa como siempre. Por desgracia, la canción es igual de floja que las de “Ravenous Plague” o “Descend Into Chaos”. La guitarra de Van Geel cruje y Fleuren se lanza como poseído en “Nocturnal Commando”, si escribo sobre este trabajo es por su magnífica labor, pero no terminan de cuajar, de convencer o de romper. Algo que termino de confirmar en “Charnel Confession”, un single en potencia, pero al que le falta fondo y garra, atrevimiento y agresividad. Que nadie me malinterprete, disfruto del disco y me sigue pareciendo que están a un gran nivel, pero no al de la banda que firmó “Cult of the Dead” (2008) y en “Charnel Confession”, lejos de la épica, me encuentro partes prescindibles, tanto como un horrible solo, indigno de Van Geel.

Hay momentos muy interesantes, como “Slaves of the Southern Cross”, en la que levantan el pie del acelerador y, lejos de jugar con el groove, la convierten en un medio tiempo pesadote que les sienta fabulosamente bien, con la que sí aprecio diferencia entre ella y el thrash menos arriesgado de “Warhounds Of Hades”, más cercanos de Sodom que de ellos mismos, (que, a pesar de todo, es una de las mejores de todo el álbum) o “Black Banners In Flames”. De “Shadow Realm of the Demonic Mind” me gustan los coros y dobles voces de Maurice, así como la sensación de estar cabalgando que logra la guitarra de Van Geel, de una recta final en la que Legion Of The Damned parecen querer apretar e introducen canciones sensiblemente mejores que las de su primera cara; “Palace Of Sin” es un auténtico terremoto sónico, como épica “Priest Hunt” y violenta y rápida, “Azazel’s Crown”, con algunos de los mejores riffs de Van Geel, antes de poner la directa y volver a sonar predecibles y totalmente genéricos en “Dark Coronation / Outro”, despidiendo el álbum con un amargo sabor de boca, algo inconcebible

Un disco correcto, en el que muchos creerán ver algo más a causa de su ataque sonoro y el oficio de Maurice Swinkels y Erik Fleuren, pero que no encierra más que otra colección de canciones más, nada nuevo bajo el sol de Holanda.


© 2019 Jack Ermeister


Crítica: Dave Grohl “Play”

A veces, el mundo parece dividirse en dos tipos de persona; aquellos que aman a Dylan y aquellos que no, los que ponen varias alarmas para despertarse y los que no, los que creen que la única tortilla de patatas válida es la que lleva cebolla y los que la odian y, en ultimísimo lugar; aquellos para los que Dave Grohl es el batería de Nirvana y esos otros para los que es el guitarrista y cantante de Foo Fighters. Todo depende del año en el que hayas nacido y el gusto, claro. En mi caso, disfruté de los noventa siendo adolescente y viví, como todos los que ahora tienen treinta y muchos, cuarenta o cuarenta y muchos, el terremoto que Nirvana supusieron, por supuesto, también su caída. Viví el primer disco de Foo Fighters y sus dos conciertos en España, viví las posteriores giras y Grohl, el simpático Grohl seguía siendo, para mí, el batería de Nirvana. Pero, por mucho que me cueste imaginármelo, sé que hay varias generaciones que cuando Cobain se descerrajó el famoso tiro en la cabeza, estaban de huevo en huevo. Chavales que han de conformarse con leer lo que todo aquello supuso, a través de Wikipedia, blogs como este, suposiciones y rumorología, para los que Grohl es el líder de Foo Fighters y Nirvana pertenecen, poco menos, que al Cretácico y, por otro lado, así está bien también…

La gran brecha generacional (en el universo musical de Grohl, claro está) llega cuando unos disfrutamos de Grohl en su justa medida y otros elevan a Dave a los altares. Cuando unos no soportamos su imagen de tipo auténtico y roquero, mientras otros se pegan atracones y sueñan con una barbacoa y un paquete de Bud’s helado en su compañía. Cuando justifican constantemente cualquier idea del que fuese nombrado Embajador de la Música para el Record Store Day, tocaba en un trono, sus barbacoas son anunciadas como una banda más en el Dimebash fest, quiere crear su propio festival, su propio día, graba documentales por doquier y, busques lo que busques en la red (Bowie, Queen, Nugent), aparece él mascando chicle con una camiseta de talla mediana, repartiendo sonrisas y haciéndote creer que no hay nadie más guay en el mundo y contándote la epifanía que supuso aquel artista para él, siempre él y su yo, siempre. Si la música alternativa surgió en los noventa, precisamente “como alternativa” al mainstream puro y duro, casi todas las estrellas de aquel firmamento han copiado o han elevado a la enésima potencia todo lo que detestaban y detestábamos de los grandes dinosaurios de la música, triste pero cierto...

Antes de ninguna queja, escribo todo esto para situar al lector en el contexto de la figura de Grohl; sus seguidores más fundamentalistas y esos otros más tibios que, pese a reconocerle el mérito, nos negamos a creernos la religión grohliana, con todas sus mentiras. Y en estas, llega “Play”, un proyecto en solitario en el que Grohl se multiplica y toca todos los instrumentos de una pieza de veintitrés minutos, titulada muy originalmente “Play”, en la que, además de rendir homenaje a algunos de sus ídolos musicales, demuestra la importancia de sentarse a tocar, tocar y tocar, encender el amplificador y olvidarse de todo. Conceptualmente, como ejercicio, es brillante, una llamada a la búsqueda de la inspiración picassiana por la cual las musas siempre han de pillarte trabajando, además de emocionante cuando uno es testigo del aprendizaje de los niños del colegio San Fernando Valley (California) pero suspende en la nota global. ¿Por qué?

La intencionalidad de “Play”, su objetivo, no está definido correctamente. ¿Es un documental? ¿Una ‘boutade’ de Grohl? ¿Qué es lo que pretende? Pero el mayor inconveniente que encuentro es que la pieza, en sus gloriosos veintitrés minutos de duración, es un auténtico horror. La pegada de Dave Grohl a la batería está fuera de toda duda pero su capacidad compositiva (lejos de los estribillos y los tres minutos) es limitada. Grohl -en el mejor de los casos- compone pegadizas canciones que beben del power-pop y el rock alternativo más tradicional e inofensivo, que él quiere revestir de una rabia punk moderada y de FM, de un heavy rancio en sus ‘tics’ de andar por casa que a veces también disfraza de rock americano de bajo octanaje en el que lo que mejor ha funcionado siempre ha sido precisamente su sentido del humor y esa sonrisa tan cargante, ese chicle a medio masticar en el carrillo y “a por la siguiente”. El mayor problema que tiene Dave Grohl para que el mundo entero, el universo, lo tome en serio es que deje de tomarse en serio a sí mismo y vuelva a componer canciones sencillas, tres quintas y a pasarlo bien, como cuando Foo Fighters sonaban frescos…

Y en “Play”, Grohl se toma más en serio que nadie. Los primeros minutos de su suite beben de Rush pero, conforme el minutaje corre, nos encontramos aparentes descartes de Foo Fighters, riffs e ideas que intenta articular de manera burda en donde no hay cohesión alguna, canciones unidas por un silencio o un acorde, por un ‘fill’ de batería o un horrendo teclado que se queda en último plano y es disimulado por la batería, el bajo y la guitarra. Momentos de vergüenza ajena, como cuando llega al clímax y lo soluciona marcando de nuevo su propia entrada con el ‘charles’ en un vano intento de crear una única pieza en la que nada parece encajar y todo suena tan forzado como la realidad de que no hay nada que la vertebre; una melodía o estructura que la justifique y nos guíe de la mano, como oyentes. Escuchar “Play” es escuchar un pastiche de bocetos de canciones que el autor (intentemos olvidarnos de quién es) pretende colarnos como una única composición y que, tras una escucha repetida, es incapaz de dejar poso alguno, más allá de la simple curiosidad para justificar el adjetivo de “buscador inquieto”, “adicto al trabajo”, “inclasificable” o “incansable” con el que muchos querrán calificarle como el músico de verdad que jamás será capaz de componer “La Villa Strangiato” o, en su defecto, una “Twelve-step Suite”.

© 2019 Blogofenia


Crítica: Soilwork “Verkligheten"

Como muchas otras bandas en general y suecas de death metal melódico, en particular, el mayor esfuerzo que han tenido que hacer Soilwork ha sido el de vencerse a sí mismos en ese 'tour de force' al que muchos seguidores sometemos a aquellas formaciones de las que hemos disfrutado en el pasado y, porque el tiempo pasa y todos crecemos, un buen día deciden cambiar su sonido y todos nos echamos encima y acudimos prestos con antorchas y azadas a la puerta de su estudio, a exigirles que regresen a nuestra adolescencia; a ese lugar del que nosotros podemos renegar pero, mucho cuidado, como lo hagan algunos artistas porque les sacaremos los ojos. Pero, Soilwork y, más en concreto, Björn "Speed" Strid, han sido inteligentes y tras “Natural Born Chaos” (2002), si bien nunca han vuelto a ser los mismos e incluso se han permitido algún que otro traspiés como “Sworn to a Great Divide” (2007), es de justicia reconocerles que siempre han mantenido un gran nivel y discos como “The Panic Broadcast” (2010), “The Ride Majestic” (2015), el cual disfruté muchísimo, y la joya que es “The Living Infinite” (2013), se pueden considerar grandísimos aciertos para una banda que parece eternamente destinada a ocupar los puestos medios de festivales mientras otros, mucho menos atinados desde el ya lejano “Soundtrack to Your Escape” (2004) siguen actuando en los escenarios principales.

"Verkligheten", desde la homónima e instrumental introducción, destila clase y buen hacer, casi dos minutos con Coudret y Andersson tejiendo una bonita melodía en un álbum en el que destacan la producción de Thomas “Plec” Johansson y la incorporación definitiva de Bastian Thusgaard, reemplazando a Dirk Verbeuren (ahora en Megadeth), además de la presencia de algunos invitados de lujo, como es el caso de Alissa White-Gluz (Arch Enemy) y Tomi Joutsen (Amorphis) y la extraordinaria labor de Björn.

Seguramente, cualquier que lea esta crítica se preguntará entonces del porqué de su valoración; esas dichosas estrellas que, a veces, parecen importar más que el propio texto y el álbum, la famosa valoración, “la nota final”, si afirmo que "Verkligheten" es un gran disco. La razón es sencilla, es un álbum que no entra a la primera, como “The Ride Majestic” (2015) o “The Living Infinite” (2013), en el que, a pesar del trabajo de Björn y la demostración palpable de que Soilwork conocen perfectamente sus puntos fuertes, además de la contundencia de Thusgaard, las canciones tardan en llegar a uno y necesitarán de varias escuchas para que se queden registradas en nuestro lóbulo temporal, para que se te peguen como un chicle. Buen ejemplo de ello es aquella salvajada de “The Living Infinite”, llamada “Tongue” que, sin ser mi favorita, era imposible sacarse de la cabeza -en directo se crecía- y por la que Anders Fridén sería capaz de vender el alma de su hermano gemelo, ese que ahora canta una nadería como “(This is Our) House”, la canción más horrenda de toda la carrera de In Flames. Además, "Verkligheten" contiene algunas canciones que no están a la altura de Soilwork, entre ellas una de las colaboraciones que les servirá, por desgracia, para vender alguna copia de más...

Es “Arrival” la que sirve de carta de presentación a Thusgaard y nos trae al Björn más salvaje pero también el más melódico, ese que sabe equilibrar las dosis y parece madurar como compositor con The Night Flight Orchestra, un proyecto al que nunca le he visto la gracia, pero con el que hay que alabarle la valentía. “Bleeder Despoiler” es menos extrema, hace acto de presencia el “slide” de la introducción de "Verkligheten", y el riff es rock hasta que entran todos en tromba. La sensación del single "Full Moon Shoals" es la de una banda que arriesga poco en un adelanto, pero conserva su esencia y esa melancolía tan puramente sueca, que también hace acto de presencia en la introducción de "The Nurturing Glance", quizá la más floja del álbum, algo que parecen enmendar en "When the Universe Spoke" y la increíble habilidad de Björn para resultar agresivo pero, al mismo tiempo, dinámico a grandes velocidades.

"Stålfågel” es la elegida para Alissa White-Gluz y, que me perdone Michael Amott y todos los fans de Arch Enemy, pero cada vez me agota más la procesadísima voz de White-Gluz. Además, "Stålfågel” no es de las mejores, resulta muy artificial, y ella permanece en un inexplicable segundo plano, cosa que agradezco pero no termino de entender. Thusgaard vuelve a ser el que lleva la voz cantante en la melódica “The Wolves Are Back In Town” y de vuelta a la melancolía con “Witan” y el teclado de Karlsson llenando la mezcla, con Coudret y Andersson repartiéndose la canción mientras Björn juega con las dobles voces, y un último fallo, la sosa "The Ageless Whisper", antes de “Needles and Kin” con Tomi Joutsen, que sí habría sido un magnífico cierre para "Verkligheten", porque la emocionante "You Aquiver" con Dave Sheldon, la considero un regalo y no parte del álbum, por su diferencia de sonido y bajada de tensión.

Un buen disco que podría haber sido más redondo y cuyos fallos no parecen tales sino errores de dirección perfectamente premeditados o falta de tiempo cuando, aunque hayan pasado cuatro años entre este y el anterior, la banda no ha parado de girar, publicaron aquella recopilación “Death Resonance” (2016) y Björn hizo lo propio con “Sometimes The World Ain't Enough” (2018), además de la pérdida de Verbeuren. Un poquito de calma y reflexión habría sido lo justo…


© 2019 Lord of Metal


Crítica: High On Fire "Electric Messiah"

Suena "Spewn from the Earth" y creemos estar escuchando de nuevo “Blood Mountain” de Mastodon y no precisamente porque High On Fire copien descaradamente a los de Atlanta sino por la brutal frescura y la toma de apuntes de Hinds, Dailor y Sanders que nunca han ocultado que, para la formación de su banda, tomaron tantos elementos de Neurosis como de los de Matt Pike, a los cuales acudían a ver en concierto varias veces por semana y con los que siempre se han mostrado agradecidos. Con ello, lejos de querer deslucir el mérito de los autores de “Leviathan” o “Crack The Skye”, tan sólo evidencia dos cosas; la primera, la inmensa calidad que atesoran High On Fire y el gran público parece ignorar (por suerte para nosotros) y, en segundo lugar, lo primitivo y cáustico de una propuesta que, para Pike, es su seña de identidad, pero para Sanders fue el punto de partida de su proyecto, lienzo sobre el que pintar su propia obra. High On Fire es la versión original, cruda y sin adulterar por el éxito de Mastodon, una banda que literalmente adoro pero en la que echo en falta el puntito salvaje que sí luce Pike. Producido por el también genial Kurt Ballou (Converge), “Electric Messiah”, es un esfuerzo tan notable como de costumbre, superior a “Luminiferous” (2015) e incluso “Snakes For The Divine” (2010) pero lejos de “The Art Of Self Defense” (2000), “Blessed Black Wings” (2005) o “Death Is The Communion” (2007), obras magnas del stoner, el sludge, el metal progresivo o, como diablos queramos denominarlo.

"Spewn from the Earth" y Kensel parece tomar las riendas de los caballos de High On Fire mientras Pike, más sucio que nunca en su tono y una guitarra de distorsión crujiente, parece escupir la letra con la ayuda de Matz. El lento movimiento de acceso a la gruta en "Steps of the Ziggurat / House of Enlil", son nueve minutos de sinuoso descenso hasta llegar al magnético y verdoso interior con el que nos deslumbran en la portada, nueve minutos de emoción y tensión, nueve minutos que se hacen breves gracias a la narración y pericia instrumental, hasta “Electric Messiah” por Motörhead, olvidándose del sludge o el stoner y acelerando el rock de Lemmy hasta convertirlo en thrash, una descarga vehemente y electrizante que no hace sino confirmar que el álbum de High On Fire, como no podía ser de otra manera, es uno de los mejores de un álbum que ya se despide.

Pero Pike, Matz y Kensel no lo ponen fácil al oyente más casual, "Sanctioned Annihilation", son diez minutos de heridas abiertas y desesperación, de vaivenes y golpeos contra las cuerdas, de drama y dolor, de guitarrazos que son como sal sobre una llaga, abrasadores y punzantes. Esos mismos que en “The Pallid Mask” son los que conducen la canción o en la groovie "God of the Godless" se llevan el protagonismo entre medios tiempos y acelerones de thrash, de nuevo. “Freebooter” no baja el ritmo, Pike no lo estima oportuno y High On Fire parecen perseguirse unos a otros, creando una trepidante sensación de velocidad que ya querrían muchas bandas de metal para sí, la voz de Matt se acerca más a la de Lemmy Kilmister que a la suya propia, mientras Kensel parece dejarse las manos y Matz golpea las cuerdas de su bajo en un orgasmo sonoro que te hace sentir estar escuchando un concierto, en lugar de un álbum de estudio. "The Witch and the Christ" rompe el ritmo con sus constantes cambios mientras en “Drowning Dog” regresan a la épica y una guitarra tan sabrosa como evocadora, bajando el tempo, pero ganando en emoción y Pike recordándonos de nuevo a Kilmister, es inevitable recordarle.

Puede que sea por el constante ascenso de Mastodon o el regreso de Sleep, pero High On Fire parecen estar viviendo una popularidad y notoriedad que en el pasado les fue negada y, lo mejor de todo, sin que su música, su arte, se vea afectado por ello. No soy de los esnobs que creen que las bandas pierden su esencia, creatividad o inspiración cuando acceden a un público mayor pero no puedo dejar de pensar lo afortunados que serán muchos amantes de la música cuando descubran a High On Fire, esos otros para los que todavía no existen, pero lo harán y aquellos que llevamos años escuchándolos y volvemos a relamernos con “Electric Messiah”, estamos todos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya…


© 2018 Conde Draco



Crítica: The Smashing Pumpkins “Shiny and Oh So Bright, Vol. 1 / LP: No Past. No Future. No Sun.”

Como tengo mucha imaginación y he estado en alguna que otra situación de lo más extraña con él, puedo imaginármelo perfectamente pero, aún así, lo describiré para que el lector menos imaginativo tenga la oportunidad de visualizarlo: me encuentro sentado en uno de las extrañas, rancias y desgastadas butacas del ya extinto Madame Zuzu’s de Illinois, muevo la cucharilla en una humeante taza de té de guayusa con moras salvajes deshidratadas y virutas de chocolate negro de Mahali, mientras su dueño, también vocalista y guitarrista de Smashing Pumpkins, me escucha atentamente y presta atención a mi opinión sobre su último álbum, “Shiny and Oh So Bright, Vol. 1 / LP: No Past. No Future. No Sun.”. Estoy convencido de que el lector que ame a la banda de Chicago habrá sonreído porque de la escena descrita todo es posible excepto que Billy sea capaz de escuchar a alguien y preste atención a lo que cualquiera de nosotros tenga que decirle. Y, sin embargo, mi pequeño viaje como seguidor de The Smashing Pumpkins no ha estado exento de encontronazos con él y algún que otro desencuentro, tanto en persona, como virtual. Resulta chocante que alguien con su carrera y actitud tan distante, sea tan permeable a lo que un medio tan pequeño como este, un simple blog, tenga que decir de un disco suyo pero, aunque disfruté “Monuments to an Elegy” (2014) a Billy Corgan no pareció gustarle especialmente la crítica tras la insistencia y éxito en hacérsela llegar, tampoco le gustó mi acusación de vender discos firmados y negarse a un minuto de su tiempo en pleno centro de Madrid con una turba de dos seguidores de más de treinta años que educadamente le saludamos y así podría seguir porque, desde 1995 hasta ahora (auge y caída artística de Billy Corgan; de salas a grandes recintos y de vuelta a pequeñas salas) he vivido casi de todo con ellos.

Volviendo a la ensoñadora escena en su tetería de Illinois, Billy me escucha y represento a todos los seguidores que nos dejamos la vida en las primeras filas de la gira de “Mellon Collie” y llevábamos la camiseta de “Zero”, aquellos que nos dormíamos con “Siamese Dream” tras escucharlo en bucle todo el día y asumimos “Adore” y lo que vino después, pero Billy me escucha. Y, aún así, me resultaría terriblemente difícil explicarle por qué tras "MACHINA / The Machines of God" (2000), tan sólo ha habido un “Oceania” (2012) que haya superado sucesivas escuchas y, pese a ello, la manía de Billy de incluir sus canciones en directo en lugar de algunos clásicos, fueron suficientes para que una sala de apenas quinientas personas perdiese todo el gas.

Quizá, la mejor explicación sería recurrir a aquello intangible y el momento ya pasado, la inspiración o las ganas, la falta de norte pero Billy sigue teniendo un inmenso talento para componer grandes canciones “Knights Of Malta” o “Seek and You Shall Destroy”, en un álbum en el que el regreso de la formación original se ha visto empañado por la ausencia de D'arcy Wretzky pero la vuelta de James Iha y la primera vez que echaremos de menos el toque femenino en el bajo; sin Wretzky, sin Melissa Auf der Maur, Nicole Fiorentino o Paz Lenchantin en ZWAN. Pero quizá, tan sólo quizá (y digo esto mientras Billy me mira fijamente), el único culpable de la caída de Smashing Pumpkins es el mismo Corgan, siendo la cara pero también la cruz de la propia banda.

Sus demonios internos, su negativa a entender a la banda como un colectivo con diferentes talentos, sus proyectos musicales y la lucha libre, su constante deambular y el regreso a una banda y unas canciones de las que, en vez de disfrutar, parece renegar, le han pasado factura, convirtiéndole en una caricatura. Si el pop de altos vuelos que es “Knights Of Malta” fracasa es por la maldita repetición, igual que "Silvery Sometimes (Ghosts)" descubre el secreto de “1979” y su velado homenaje a The Cure, donde antes Corgan ocultaba brillantemente sus huellas en la arena, mientras que la falta de contención en "Travels" le resta impacto a su bonita melodía y sólo conseguirá bordarlo de verdad en “Solara”, cuando Corgan asume su posición y su gigantesca personalidad para acentuar las diferencias entre su mundo y el que nos toca vivir ahora mismo, no exento de gracia en su ironía y mordacidad.

Subidas y bajones de un álbum que podría haber sido delicioso, verdaderamente rico y exuberante, y en el que la banda vuelve a estar relegada como brillantes músicos de estudio, perdiendo altura en canciones menores como “Alienation” o "With Sympathy" que denotan un gran trabajo de composición, mal llevado al estudio y con las musas ausentes. En donde ni siquiera "Marchin' On" suena convincente cuando Billy es capaz de relinchar como sólo el sabe, dejando para la despedida, una de las grandes joyas de este “Shiny and Oh So Bright, Vol. 1”, que no es otra que "Seek and You Shall Destroy", unos Smashing Pumpkins maduros, que hacen gala de su estilo, sin necesidad de alargar el minutaje o perder un ápice de melodía, aunque las guitarras hayan perdido presencia.

Billy acaricia con parsimonia un azulado gato British Shorthair y entorna los ojos ante mis argumentos y la mención de “1979” pero tampoco es capaz de venderme el regreso de James Iha y un álbum de ocho canciones tan inconsistente, allá donde antes publicaban veintiocho y arrasaban en los festivales de todo el mundo. El tiempo, maldito cabrón, pasa para todos, Billy…


© 2018 James Tonic



Crítica: Papa Roach “Who Do You Trust?”

No esperaba nada del nuevo álbum de Papa Roach, si escuchar “Crooked Teeth” (2017) ya fue doloroso, sabía que darle una oportunidad a este “Who Do You Trust?” era poco menos que una pérdida de tiempo desde mucho antes de hacerlo sonar. Ni sus adelantos, ni las entrevistas promocionales de Jacoby Shaddix auguraban nada bueno para una formación que, como todos sabemos, llegaron a la cima de su carrera con “Infest” (2000), “The Paramour Sessions” (2006) y, si me apuran, con “The Connection” (2012), todos ellos discos correctos, pero actualmente parecen una banda en caída libre. “Who Do You Trust?” es infumable, un horror de principio a fin, repleto de clichés, faltó de ideas e inspiración, de mal gusto y con una producción a la altura de las peores y más prefabricadas, completamente estándar. Pero tampoco hay que ser demasiado exigente con Papa Roach, serlo conllevaría no haber escuchado sus discos anteriores y pecar de ilusos porque, a estas alturas de la película, ¿quién esperaba algo de ellos? Por otro lado, hay que ver el lado bueno de “Who Do You Trust?” y es que, en primer lugar, a peor ya no pueden ir; parece del todo imposible que Papa Roach graben un disco aún peor. Y, en segundo lugar, este álbum hace parecer sensiblemente mejor a “Crooked Teeth” y cualquiera que le siga; a partir de aquí sólo queda ir a mejor, parecen haber tocado fondo definitivamente.

Pero quizá lo que más me sorprende es la reacción de muchos chavales en la red que parecen escuchar algo que yo ignoro o una melodía, creatividad y abundancia de ideas a una frecuencia tan baja que mis oídos son incapaces de percibir. Leo los comentarios a sus adelantos y algunas críticas y parece que estemos ante un nuevo “Master Of Puppets” (1986) y es esa falta de criterio, de sinceridad -en último término- lo que mata a muchas bandas; lo que hace que Papa Roach o Linkin Park publicasen discos que no estaban a la altura, que In Flames hayan publicado en estos días el que, de largo, es el peor single de su historia (la infame “(This is Our) House”), Suicide Silence hiciese lo mismo con su disco homónimo, Bring Me The Horizon vayan a publicar “Amo” (2019) y While She Sleeps vayan a equivocarse con “So What?” (2019). Y muchos nos preguntaremos, ¿es que no hay nadie por allí cerca para decirles a Shaddix o Anders Fridén lo equivocados que están? Claro, si se meten en las redes, esas que no siempre son tan malas cuando insultan sino también cuando alimentan el ego sin motivo y leen que hay miles de chavales (ninguno de esos que comprarán tu entrada o pasarán por caja) deshaciéndose literalmente en su ropa interior, es entonces cuando singles como “Elevate”, “MANTRA” o “(This is Our) House” tienen cabida en ese “todo vale”.

“Who Do You Trust?” es plástico, suena prefabricado y rancio desde “The Ending”, su producción, sus sintetizadores, lo empastado de sus instrumentos, el fraseo, el rapeo, las melódicas y sus estribillos facilones, en un álbum en el que los singles no lo son en absoluto, "Renegade Music", y sorprende que el propio Shaddix crea que una canción así sea la cuadratura del círculo entre pop, melodía y agresividad. Un horror tras otro, “Not The Only One”, en el que ni siquiera se aprecia el trabajo de Horton, Esperance o Palermo. Canciones en las que los préstamos son robos al trabajo de otros, “Who Do You Trust?”, en las que la influencia de Linkin Park o Rage Against The Machine son tan obvias y burdas que aburren, en las que ni siquiera las más pegadizas (“Elevate”) ofrecen nada nuevo y las menos inspiradas (“Come Around”, “Problems”, “Maniac”, “Feels Like Home”) muestran la cara más adolescente de una banda de cuarentones a los que se les podría perdonar cualquier pecado excepto querer sonar como sus hijos y que siguen siendo infinitamente más divertidos cuando aprietan los dientes y sacan las uñas, “I Suffer Well”, demostrándome que lo mejor de Papa Roach es cuando se libran de sus propias ataduras y se sueltan, cuando trabajan la composición al mismo tiempo que el carácter y se olvidan de cómo quieren sonar y, simplemente, suenan. Como decía con “Crooked Teeth”, el tiempo es demasiado precioso como para perderlo con algo tan corriente y poco elaborado, sigo pensando lo mismo, dos años después…

© 2018 Lord Of Metal