"Welcome To Hel" de HJELVIK, KVELERTAK heavymetalizados.

Erlend tenía ideas, aportaba y no solamente era la imagen más representativa de la banda sino también parte del cerebro de esta...

"Endless Twilight of Codependent Love" de SÓLSTAFIR.

Mágico, intenso y descorazonador al que hay que dedicar tiempo, pero cuyo retorno de inversión es superior a todas las lágrimas vertidas...

"ANTI-ICON" de GHOSTEMANE, entre la depresión, el nihilismo y el paso de Caronte.

Chirriante, caótico o inarmónico para muchos, sin embargo, es la mezcla casi perfecta…

Crítica: Cryptosis "Bionic Swarm"

Si soy sincero, soy de esas personas que creen que los laureles del thrash nunca han terminado por reverdecer. No es que no haya buenas bandas que nos corten con su sierra en más de una ocasión, pero sí que las glorias son pretéritas y lo que alabamos actualmente no son más que meras copias, a excepción de algunas pocas bandas. Pero también seré sincero, lloré la muerte de Vektor. ¿Cómo que Vektor han muerto?, dirán algunos. Bueno, no es una muerte como tal pero sí cuando toda la banda se larga y te deja a solas, así que con la incertidumbre de si Disanto será capaz de llevar su thrash espacial allá donde lo lograron, ahora que también su gira europea ha sido cancelada por esta maldita pandemia, que una banda como Cryptosis debute y a este nivel no es tan sólo una buena noticia, sino una excepcional. Aquellos que fueron conocidos como Distillator, han decidido reinventarse y grabar un álbum publicado bajo la poderosa Century Media, "Bionic Swarm", que suena verdaderamente brutal, con Fredrik Folkare y Tony Lindgren a los mandos, además de una bonita portada del genial Eliran Kantor.  Cryptosis no inventan nada nuevo, pero su mezcla de thrash de tintes espaciales-cibernéticos, a un grandísimo nivel técnico, es comparable a lo experimentado cuando escuchas a Vektor con dos diferencias; los grandes arreglos rimbombantes y megalómanos de estos no existen en el mundo de Cryptosis y las composiciones son sustancialmente más breves, con lo que aumentan su impacto y evitan el exceso de atención por parte del oyente en su faraónica narración. En definitiva, Cryptosis te llevan más allá de la atmósfera y te asfixian en el momento, no esperan una opereta espacial para degollarte en la lejana Andromeda.

 

Me sobra la introducción, lo reconozco, “Overture 2149” no es representativa de lo que nos encontramos en el álbum, pero sí sirve para ambientarnos en los distantes mundos en los que Cryptosis pretenden jugar con nosotros y tampoco son los primeros compases de “Decypher característicos de su música, pero si cuando Marco aprieta y Laurens chilla como una rata sin oxígeno. Me gusta que tanto “Decypher” como la siguiente, “Death Technology”, sean puñetazos de tres minutos, puro thrash traqueteante y afilado, con pérfidos riffs que nos atraviesan, me gusta el torbellino y ese puntito ‘underground’ de la hoja de sus guitarras en una producción que no deja de sonar actual. Como también me gusta el experimento que es “Prospect of Immortality” y su ambientación más cercana al black que al thrash, seis minutos y medios para la composición más extensa del álbum que, sin embargo, pasa en un santiamén. Con “Transcendence" te noquean dos veces, cuatro minutos perfectament equilibrados entre riffs, estrofas y estribillo, siendo la envidia de Sodom o Kreator, de Voivod y sí, también de Vektor. 

 

“Perpetual Motion” es apenas un minuto de introducción que tampoco aporta nada, otra cosa muy diferente es “Conjuring the Egoist” y su sonido noventero, como unos Megadeth o Testament embrutecidos. Si algo hay que destacar es la sensación de que el trío, Cryptosis, están perfectamente engrasadas, suenan como una banda de cinco músicos que llevasen toda la vida actuando, hipervitaminados e hipervigorizados. “Game Of Souls” recuerda inevitablemente a mis queridos Coroner, pero se siente genuina y tampoco puedo poner ninguna queja de una banda que, en pleno 2021, suene como los de Royce y Vetterli. La apertura de "Mindscape" es puro black y su tempo más pausado también recuerda el influjo nórdico de aquellos, como tampoco tengo nada en contra de un final tan apabullante como “Flux Divergence” y Laurens gritando como Araya en sus primeros segundos, para cerrar el álbum al mismo ritmo con el que abrían, sin darnos un solo instante de calma.

 

"Bionic Swarm" es un debut aplastante, perfectamente ejecutado y compuesto al milímetro, ojalá que no me equivoque y este sea el comienzo de una larga carrera repleta de aciertos por parte de los holandeses, de los que lo único que no me gusta es el nuevo nombre escogido por su similitud con los canadienses del glorioso “None So Vile”. Por lo demás, absolutamente brillante.


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Crítica: Humanity’s Last Breath "Välde"

¿Me arrepiento, nos arrepentimos de no haber escrito sobre “Abyssal” (2019)? Por un lado, sí, dado mi amor por Vildhjarta pero, por otro lado, me alegro porque hace un par de años hubo un verdadero hype con los suecos y no estaba dispuesto a ceder, a escribir sobre aquel disco que mucha gente quiso encumbrar -no sin motivo, ojo- pero me negué a formar parte de aquel pequeño circo de instagrammers posando con el vinilo, como ocurrió con mi queridísimo “Mirror Reaper” (2017) de Bell Witch y la prostitución de semejante belleza. Así que, con las aguas más calmadas, cuando se anunció el regreso de Humanity's Last Breath sentí algo remotamente parecido a emoción, ¿habrían sido capaces de superar “Abyssal”? Obviamente no, “Välde” es un buen álbum que palia algunos de los errores de “Abyssal”, esos que alejan a aquel del sobresaliente, pero aquí aparecen otros nuevos que sí son imperdonables. Por ejemplo, aquellos momentos de ensimismamiento e instrumentales, aquí son con cuentagotas y prefieren el desarrollo de lo monolítico a los pasajes que no llevan a ningún sitio en una banda de deathcore cuyo subgénero se le ha quedado pequeño y navegan a medio camino entre el death, djent y progresivo, mezclando un poquito de todo.

Bajo la portada del genial Mariusz Lewandowski, Humanity's Last Breath te golpean la cabeza con un muro de hormigón, tras la introducción que es “Dödsdans”. “Glutton” abre de manera brutal, Danielsson está enorme y la cohesión de la banda es tan clara como para que parezca haber pasado una década entre un álbum y otro. “Earthless” fue uno de los adelantos y se convierte en uno de los mejores momentos del álbum con Rosell golpeándonos contra los parches, esos mismos que castigará en “Descent” (genial la atmósfera creada) o “Spectre” por todo el djent del inframundo, mientras que en “Dehumanize” se pasan al death y en “Hadean” logran la cuadratura del círculo de “Välde”, como en “Tide” se demuestran a sí mismos y a nosotros que son una banda capaz de lo mejor, queriendo romper los límites del metal. Entonces, ¿qué es lo que ocurre en “Välde”? 

Muy sencillo, las cimas son enormes (por ejemplo, “Descent”, “Spectre”, “Tide” o “Hadean”) pero no todo está a la misma altura y el relleno es puro sebo y, para más inri, situado estratégicamente en la secuencia del álbum. “Väldet” es tan innecesaria que hiere, como “Siren” y sus constantes empujones, así como la sensación de estar escuchando metal alternativo, nada que tenga que ver con el extremo, hasta tal punto que una maravilla como “Futility” pierde pegada cuando deciden cerrar con algo tan pueril como “Vittring” y la sensación de una copiosa comida que se repite eternamente. “Välde” es un álbum al que le falta dirección o le sobran canciones que hacen parecer que la banda no tiene contención alguna y prefiere publicar un álbum con doce canciones de una duración no siempre justificada, en lugar de uno de seis u ocho que verdaderamente noqueé al oyente y aunque eso me joda, no abandono las esperanzas de que graben algo superior a “Abyssal” a tenor de algunas de las canciones incluidas en este álbum. Los suecos lo tienen todo, ahora sólo les queda soltar lastre y cribar hasta pulir verdaderamente el diamante que ellos y nosotros también sabemos que tienen entre las manos.

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Crítica: Abiotic "Ikigai"

Seis años han tardado los de Miami en volver tras dos discos como "Casuistry" (2015) o "Symbiosis" (2012) y lo hacen con un álbum como “Ikigai”, abandonando toda intención cósmico-espacial, para zambullirse de lleno en la existencia cotidiana y esa llamada que da sentido a nuestra vida con el concepto japonés que puede traducirse de muchas maneras pero que, en el fondo, significa el motor de nuestra existencia. Curioso es que la banda haya decidido emplear semejante término y complementarlo con una portada que representa el seppuku, harakiri, haraquiri o hara-kiri y el ya clásico ritual de suicidio japonés. Lo que está claro es que Abiotic han decidido mirar hacia abajo en lugar de a las estrellas con un álbum que, según Matos, tiene un poco para todos y también contiene la rabia y el sentimiento de aislamiento de los tiempos que, forzosamente, nos ha tocado vivir. Bajo la producción de su propio batería, Anthony Lusk-Simone, “Ikigai” nos trae a una banda que ha tenido tiempo para perfeccionar su estilo, sintiéndose su música mucho más rica y compleja que en trabajos anteriores, "Casuistry" (2015) o "Symbiosis" (2012, en una discografía que parece progresar en sentido ascendente. "Natsukashii" es una bonita introducción japonesa con la que dar un bocado a la propia “Ikigai”, en la cual pretenden mantener ese influjo oriental, pese a las guturales de Travis Bartosek y una canción en la que se sincopan y juegan a abandonar el deathcore para tocar con los dedos (nunca mejor dicho) el death más técnico, recordándonos levemente a Fallujah, pero sin el éxtasis atmosférico de estos. 

 

El influjo de The Black Dahlia Murder en "Covered the Cold Earth" es algo tan obvio como no escondido, cuando en la propia "Souvenir of Skin" está el mismísimo Trevor Strnad en un álbum en el que no faltan precisamente los invitados, en "Smoldered" está Chaney Crabb prestando su voz en un contrapunto interesantísimo con Bartosek, canción en la cual hay un momento muy free jazz, para rompernos con “The Wrath” y sus orquestaciones o “If I Do Die” con Brandon Ellis, guitarrista de The Black Dahlia Murder, aportando su toque y en la siguiente, la ya mencionada colaboración de Trevor. Mientras que en “Her Opus Mangled” es el dotadísimo Jared Smith de Archspire quien aporta su gracia en una banda, como es Abiotic, en la que por momentos siento que no están plenamente ubicados y mezclan conceptos cuando se quieren acercar a la locura que es el death más técnico (como es el caso de Archspire), el death técnico pero cafre de Black Dahlia y esos momentos para la ensoñación (como es en “Her Opus Mangled”) en la que parecen querer jugar en otro terreno, más cercano al gaze, algo que escrito puede sonar atractivo pero que cuando lo escuchamos resulta ligeramente extraño, no porque no estemos acostumbrados sino porque no suena natural.

 

Precisamente, otra de las referencias que antes citaba, es más que evidente cuando escuchamos "The Horadric Cube"y leemos en los créditos que Scott Carstairs de Fallujah suma su mástil a la canción e incluso John Carpenter de The Contortionist en “Grief Eater, Tear Drinker”, siendo imposible disimular las huellas en la arena o la trayectoria trazada de Abiotic para este “Ikigai”, que cierra con una dramática “Gyokusai” y el fuerte sentimiento de lo escrito anteriormente, cuando al escucharla no sabemos muy bien para dónde quieren tirar en la última canción del álbum y la sensación de que esa variedad, ese “querer incluirlo todo, para todos, un poco de aquí y de allá” no siempre es bueno y ha desdibujado el espíritu de un disco que, conteniendo minutos de calidad y siendo plenamente disfrutable, se queda en un notable muy bajo. Con todo, no hay que perder de vista a la banda, puede que afinen el ojo y en próximas ocasiones acierten con la hoja de ruta o, simplemente, se den cuenta de que no siempre hay que saldar deudas con todos que, aunque el sufrimiento existencial pueda ser justificado con un concepto, en la música no es lo mismo y no a todos nos vale el mismo remedio.


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Crítica: Dvne "Etemen Ænka"

Cuando uno escucha mucha música e insisto; mucha música, es inevitable escuchar y recordar, que algunas bandas no suenen tan frescas como ocurre en oídos nóveles y tener una cierta tendencia al hastío porque, nos guste o no, cada vez es más difícil sobresalir, innovar o, simplemente, hacer algo que suene bien y, a veces original. Es por eso que cuando escuché "Etemen Ænka" sentí verdadero placer, algo similar a lo que siento cuando hago lo propio con Imperial Triumphant pero sin intelectualizar tanto el proceso de escucha. Dvne son progresivos, tienen un toque stoner y, por supuesto también, algo de sludge, es quizá por eso que llegan a tus entrañas. Pero además, lo bueno de los escoceses es que ese estar en “tierra de nadie” no es algo forzado, no es algo buscado que chirríe y, tras sus canciones hay tantísimo buen gusto y denotan tanto trabajo de composición y mimo en el estudio que no es raro sentir aquello mismo que la primera vez que escuché a los de Nueva York, pero también a los de Atlanta o los de Oakland. Me gustaría decir que los descubrí con "Asheran" (2017), como todos esos esnobs que ahora jurarán haberse tatuado su logo en la muñeca, pero no, fue con los adelantos de "Etemen Ænka" que sentí curiosidad y, deslumbrado por lo escuchado, regresé a “Asheran” y lo que me encontré fue toda una sorpresa ya que su debut era sobresaliente y tras digerir, paladear y abusar de semejante festín como "Etemen Ænka", puedo afirmar que Dvne han grabados dos obras maestras. Si no los has escuchado, corre y enchúfate a sus canciones mientras lees esta humilde crítica, báñate en "Enûma Eliš" y la sensación de estar entrando en un templo, mientras las guitarras de Vicart y Barter mantienen la tensión y frasean recordando a Converge cuando lucen armónicos sobre los gruesísimos riffs, mientras se reparten tareas vocales. “Towers” exuda esfuerzo físico, músculo y rabia contenida, un pistón a todo rendimiento, un motor pasado de vueltas y Evelyn May llevándonos a Marte con su teclado, creando un fondo tan marciano pero necesario para que Dvne no sean puramente sludge sino que añade un puntito de complejidad a su fórmula. Tan sólo dos canciones y ya nos han llevado al cielo…

 

“Court of the Matriarch” contiene uno de los mejores riffs de todo el disco, no solamente al inicio sino, por favor, al final de la composición. La voz es más melódica, los guturales casi han desaparecido y nos recuerdan a los Mastodon de “Crack The Skye” (2009) pero también a los Opeth más melancólicos y a Tool en el puente cuando Dvne tiran de misticismo oriental pero es el riff, el puto riff con el que cierran “Court of the Matriarch”, el que es incapaz de salir de mi cabeza y siento estar escuchando algo tan diferente y especial a lo presenciado en los últimos meses que siento que Dvne nos transportan y son capaces de todo. “Weighing of the Heart” es Vangelis pero también Floyd, un “On The Run” moderno que desemboca en “Omega Severer” y un mar de sentimientos en una canción en la que el pulso se acelera y la garganta se quiebra, se rompe hasta la exageración cavernosa, mientras la música parece retorcerse de dolor para llevar a la banda a su límite emocional. “Adræden” ahonda en esos pasajes que en otras bandas sirven de puro relleno pero que aquí nos ubican, sonando a “Phaedra”, claro, pero también a Jarre. 

 

“Sì-XIV” fue uno de los adelantos y la primera vez que la escuché pensé que Dvne eran la mezcla perfecta entre Gojira, Mastodon y Opeth, que habían grabado seis de los minutos más bellos del metal de los últimos meses y así lo sigo sintiendo; seis minutos de puro sentimiento, de introspección, pero también cósmica, de vaivenes eléctricos y momentos de dulzura. Es esa capacidad de Dvne para tocar tu corazón la que exhiben en “Sì-XIV” pero también en “Mleccha” o la pieza “Asphodel”, tan angelical y etérea como sorprendente, rompiendo por completo todo el álbum y su recta final, para que una guitarra floydiana nos introduzca en los doce minutos de “Satuya”, una auténtica obra maestra que justificaría la compra de este álbum pero que, al tratarse de un brillante cierre a un álbum sobresaliente, sólo engrandece los casi setenta minutos de auténtica inspiración divina.

Pocas veces me entusiasmo tanto con un álbum, pero Dvne han grabado una auténtica maravilla que crece con cada escucha, que derrocha tanto gusto como inspiración, pareciendo que los escoceses han estado siempre entre nosotros porque cuando las musas entran por la ventana, lo que una artista pergeña parece atemporal. En mi más modesta opinión, el gran disco de este año.


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Crítica: Rob Zombie "The Lunar Injection Kool Aid Eclipse Conspiracy"

Intento identificar dónde está el problema, cuál es el inconveniente en este nuevo álbum de Rob Zombie, más allá de escribir si me gusta o no. Por qué John 5 insistía en que este sería el mejor álbum de su amigo, más allá del lógico interés por vendernos el disco. Como seguidor desde principios de los noventa y aquel primer álbum que compré de White Zombie, "La Sexorcisto: Devil Music, Vol. 1" (1992), escucho las canciones de "The Lunar Injection Kool Aid Eclipse Conspiracy" e identifico los característicos sampleados en las canciones, las guitarras repletas de graves y la voz cafre de Rob, todo parece estar allá donde debería y, sin embargo, me doy cuenta de que nada funciona. Y es que no puedo culpar a Rob Zombie de haber encontrado su receta y que esta sea tan característica y plenamente identificable como para que todo lo que grabe suene igual porque, si soy sincero, cuando publicó "Hellbilly Deluxe" (1998) todo estaba también allí pero la gran diferencia con aquel y todos los que vendrían después, además de los dignísimos "The Sinister Urge" (2001) y "Venomous Rat Regeneration Vendor" (2013), es que había canciones que los sustentaban, eran discos que poseían la estética pero también el fondo, quizá lo más importante. Y es eso lo que echo en falta en este álbum, está el groove, la base electrónica y el toque chamánico que a Rob tanto le gusta, también hay un toque psicodélico y sabor oriental pero también mucho curry del malo y pandereta, además de setas pochas y mucho, muchísimo relleno.

 

Diecisiete canciones son muchas para que el genio creativo del equipo formado por Rob Zombie, Chris Harris y John Lowery lo aguante, "Expanding the Head of Zed" es una introducción con sabor a Rob Zombie para "The Triumph of King Freak (A Crypt of Preservation and Superstition)" y su toque oriental, hasta que entran todos en tromba. Es efectiva, claro que sí, pero también aburrida, y sólo puedo salvar la segunda parte en la que la canción parece implosionar por todo el funky de los setenta. "The Ballad of Sleazy Rider" es otro de los ases del álbum, pero abusa de la repetición y termina perdiendo fuerza, como tampoco ayuda el abuso de las introducciones; "Hovering Over the Dull Earth", "A Brief Static Hum and Then the Radio Blared", "Shower of Stones", "What You Gonna Do with That Gun Mama?" y "The Much Talked of Metamorphosis" son pequeños cortes de apenas un minuto que dificultan la sensación unitaria de un álbum que parece un collage de ideas, de descartes de estudio.

 

"Shadow of the Cemetery Man" es un autoplagio tan descarado que Rob Zombie percibirá royalties sin saber de dónde vienen, el country polvoriento de "18th Century Cannibals, Excitable Morlocks and a One-Way Ticket on the Ghost Train" cae en el ridículo, parece una parodia y, aún sabiendo que juega con los cambios de ritmo, no termina de cuajar. "The Eternal Struggles of the Howling Man" es de las pocas que me hacen entrar en calor, no es sólo porque sea quizá la más rápida del disco sino porque ofrece algo más de diversión, algo parecido a los que ocurre con la brevísima "The Satanic Rites of Blacula" antes de los poderosísimos “Manson-vibes” de "Shake Your Ass-Smoke Your Grass" o el penosísimo blues-trip polvoriento que es "Boom-Boom-Boom", el exceso de curry en “Get Loose” y la innecesaria, por obvia e intrascendente; "Crow Killer Blues" para cerra un álbum de refritos, que se queda como anécdota o pie de página para lo que supo hacer en solitario, con los injustamente maltratados White Zombie y su filmografía. Imagino que esto es tan sólo una excusa para echarse a girar por festivales cuando la pandemia lo permita y estas canciones pasen desapercibidas entre sus éxitos y no hay que calentarse demasiado la cabeza con esta crítica, como él tampoco ha hecho con este pequeño engendro de álbum.


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Crítica: Eyehategod "A History of Nomadic Behavior"

No creo que sea el único en alegrarse de que Mike Williams esté lo suficientemente recuperado como para grabar un nuevo álbum y tener una larga gira por delante, si la COVID lo permite, claro. Pero es que tampoco creo ser el único que echaba de menos a Eyehategod y su sludge, su sonido NOLA, ahora que Down parece ya cosa del pasado y tan sólo ellos, Crowbar, Kirk en solitario o Corrosion Of Conformity nos recuerdan a todas aquellas bandas que, aunque estuviesen lejos de Nueva Orleans, practicaban stoner, sludge, metal alternativo con sabor americano, a polvo y desierto, a pantanos y barro. "A History of Nomadic Behavior" está producido por James Whiten y la única pega que le encuentro es que el sonido es demasiado pulcro para tratarse de una banda como Eyehategod (siempre atentos a sus parámetros, que nadie espere escuchar un álbum excesivamente limpio, pero tampoco uno bañado en el fango habitual) y, sin que podamos hablar de una herejía, los seguidores más auténticos o fundamentalistas echarán de menos el sonido de discos anteriores, como el homónimo “Eyehategod” de 2014, siete largos años entre un y otro, como para no alegrarse de tener a los de Louisiana entre nosotros de nuevo. 

 

"Built Beneath the Lies" suena añeja, como si Eyehategod ignorasen lo que suena en la radio, lo que pega en los festivales y Bower disfrutase con una guitarra entrecortada que suena tan cruda como punk y Williams cantando con su habitual tono desquiciado. “The Outer Banks” es tan pesada como una losa y los constantes sonidos de la guitarra luchan por su señal contra el pedal de distorsión, la hacen aún más sucia. “Fake What's Yours” y su sludge brutote, su riff pretendidamente torpón y grueso, logran transmitir todo lo que Eyehategod significan. "Three Black Eyes" es un auténtico torpedo punk, la más directa y seca, con una parte central desconcertante en las voces y una recta final tan cruda como “Current Situation” y su juego con la retroalimentación, creo no recordar un comienzo tan noventero desde la época alternativa y sus coqueteos con el noise, pero me parece otro acierto, igual que "High Risk Trigger"y su doom low-fi de manual, uno de los grandes momentos junto a “Anemic Robotic” o “Circle of Nerves” y la contundencia de Hill y Mader en la base rítmica.

“The Day Felt Wrong” y la más calmada “The Trial of Johnny Cancer” forman un dúo que nos conduce de la mano y sus bandazos eléctricos, además del buen estado de forma de Williams, hacia un final a la altura con la nocturna "Smoker's Piece", que sirve de introducción a, la anteriormente mencionada, “Circle of Nerves”, y la composición final; “Every Thing, Every Day” que toma de Sabbath el riff y toda la mala leche de Eyehategod pero también Kylesa, Down, Witchcraft, Goatwhore o Crowbar, además de una de las mejores interpretaciones de Mike. Un álbum que, sin ser sobresaliente, nos muestra a una banda para la que parece no haber pasado el tiempo, con Williams aparentemente recuperado, Bower en estado de gracia, Mader y Hill soberbios. No es un disco con el que vayan a descubrirse ante nuevos seguidores, pero aquellos que siempre les hemos disfrutado, encontramos un trabajo mucho más pulido que “Eyehategod” y cercano a la inspiración de "Confederacy of Ruined Lives" (2000).


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Crítica: Mork "Katedralen"

Es verdad que Mork llevan casi veinte años administrando black metal en vena, tomando como influencia a aquellas bandas de la primera hornada, tan cierto como que me arrepiento no haber escrito sobre "Isebakke" (2013) o "Den vandrende skygge" (2016), tanto como retirar de la web las críticas de "Eremittens dal" (2017) y "Det svarte juv" (2019) que prometo, por Odín, que volverán a estar disponibles. Pero quizá sea ahora cuando Mork (Thomas Eriksen), haya dado un auténtico paso de gigante con “Katedralen”. Un paso que puede no gustar a los más puristas e inmovilistas, pero con el que se desmarcan levemente del black metal más old-school para abrazar nuevas texturas y sonoridades, lo que le ha hecho parir quizá el mejor disco de Mork, en una discografía que corre en sentido ascendente y que promete un futuro igual de próspero. Grabado por el propio Thomas Eriksen (quien también toca todos los instrumentos), con la ayuda de Freddy Holm en la mezcla y la colaboración puntual de algunos amigos como el mismísimo Nocturno Culto (Darkthrone), Dolk y Eero Pöyry. “Katedralen” es lo más parecido a una lección de black metal añejo sonando plenamente actual; evocando a Mayhem pero sonando más parecidos a Satyricon. Si escrito suena bien, en los negrísimos surcos de “Katedralen”, la experiencia es aún mejor.

 

"Dødsmarsjen" suena a Darkthrone por los cuatro costados, el blast beat corre a lomos del viento helado de los fiordos y Eriksen apura las guitarras, la banda de Fenriz es la influencia más palpable pero también Taake o 1349, "Dødsmarsjen" quema como el hielo noruego en las palmas de las manos y “Svartmalt” aclara aún más las intenciones de Eriksen con la ayuda de Nocturno Culto, auténtico black metal noruego con la ayuda de una de las gargantas más características de la escena. ¿Qué más se puede pedir? “Arv” entra como una cuchilla, suena cruda y directa, además de solemne con los recios coros en el estribillo. La influencia de Darkthrone vuelve a sentirse en “Evig Intens Smerte” pero esta vez no por su vena más black sino por la más punk de Culto y Fenriz, algo que se siente especialmente en la forma en la que Eriksen castiga los parches de la batería, la caja suena como si el mismísimo Fenriz la estuviese azotando, mientras que la canción posee una parte central mucho más viscosa, lenta y parsimoniosa, más venenosa si cabe. “Det Siste Gode I Meg” suena monolítica, las guitarras parecen chocar unas contra otras, y Eriksen brama, grita, gruñe y convierte su garganta en una oscurísima gruta desde la que blasfemar y proferir siniestros salmos. 

 

"Fodt Til A Herske" es puro doom pero encaja perfectamente en el álbum, incluso cuando remonta y gana en el tempo, es una canción que crece gracias al poder de los riffs, Eriksen sabe lo que veníamos buscando cuando pinchábamos el disco y nos lo ofrece junto al crescendo de “Lysbaereren”, repleto de épica, o la mala baba y el caos en la final "De Fortapte Sjelers Katedral" en la que Eriksen parece recuperar todo lo exhibido en el álbum y lo cierra con un sonido catedralicio que deja, literalmente, pequeño a casi cualquier disco de black metal de los últimos diez o quince años que haya intentado atrapar, no solamente la oscuridad del subgénero más bastardo de todos, sino también la mística. Referirse a Thomas Eriksen como un visionario es algo equivocado porque en lugar de mirar a las estrellas, al futuro, él prefiere mirar al pasado pero, paradojas de la vida, está marcando el futuro del metal más negro de todos con la ausencia de luz de la siniestra catedral que con “Katedralen” ha querido levantar.


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Crítica: Summoning The Lich "United In Chaos"

Hay veces en las que siento que, en los últimos tiempos; “escuchas un disco de death o black metal y los escuchas todos”. Es algo que no tiene tanto que ver con las propias bandas como las producciones y esa manía por estandarizar, por seguir el patrón del resto. Y escribo esto porque Summoning The Lich se escapan de esa sensación, por supuesto que cuando los escuchas sientes elementos familiares de una de mis bandas preferidas, The Black Dahlia Murder, pero la diferencia entre los de Misuri y los de Trevor Strnad es que Summoning The Lich resultan menos accesibles, menos melódicos, más enfocados en las rítmicas y menos en los riffs. Además, a priori, y es algo que tengo que comprobar en directo y en sus próximo discos, la banda presta menos atención al humor socarrón y más a la contundencia, al golpe sobre la mesa y la voz rasgada, nada que objetar cuando se han marcado un álbum como “United In Chaos”, tras un par de singles (entre ellos, "Cult of the Ophidian", con portada también de Austin Phillip) y un EP, que si bien no es un dechado de virtudes en cuanto a novedades para el subgénero pero sí muestra los ases bajo la manga de una banda joven que ha grabado un buen debut que, a tenor del resultado, no parece su primer álbum.

 

Así, “The Nightmare Begins” arranca de manera fulgurante, con toda la rabia de TJ Chilton y el vocalista David Bruno abriendo con un gañido por Slayer y Strnad, fraseando con la misma rabia que Dani Filth. Cambios de ritmo empujan a Bruno a cambiar el fraseo de las estrofas, la melodía es innegable y, como escribía líneas más arriba, menos evidente que en la banda de Waterford. Algo que se evidencia aún más en “Cult Of The Ophidian” cuando juegan con la pesadez de las rítmicas y esconden bajo ellas la melodía de la canción de manera inteligente o nos electrocutan con la lenta “The Gatekeeper”, mientras que en "Demon of the Snow" o “Hymns (of the Witches of the West)” se acercan al thrash, sin dejar de cortarnos con la cuchilla más afilada del death; esto es, incorporar la rapidez del thrash sin perder las señas de identidad del death, algo que es fácil de escribir pero no tan sencillo de demostrar y ellos lo logran. Me gusta "Predatory Reflection" por lo siniestras que suenan las voces de Bruno y las guitarras entrecortadas de Ryan Felps o la síncopa hecha canción, “Acid Reign”, recordándome en algunos momentos (ojo, sólo en algunos) a mis queridos Suffocation.

 

“United In Chaos” es una canción que gana gracias a su oscurísima introducción y la sensación calmada de una banda que parece jugar en un terreno del death en el que no hay problema por bajar el tempo para emputecerse segundos más tarde y darle la vuelta a la composición.  Bruno me parece un gran vocalista y prueba de ello es “Descend”, en la que parece que hay media docena de vocalistas interpretando su letra, gracias a la versatilidad de su garganta. “Death Crystal” podría haber formado parte de “Nightbringers” (2017) y se enlaza con “Temple Of The Bone” y un Bruno más rotundo, más gutural, para concluir el álbum con “The Lure of the Necromancer” y un Do de pecho a la altura de las circunstancias.

Pese a ser un gran debut y dejarme un gratísimo sabor de boca, me quedo con ganas de saber si Summoning The Lich me gustan por su fortísimo parecido con The Black Dahlia Murder y si serán capaces de crecer en su segundo álbum, dejando atrás esta influencia y ganando en personalidad. Mientras tanto, nos toca disfrutar de “United In Chaos”, un estupendo álbum de debut que nos sirve para conocer su nombre y unas canciones tan bien ejecutadas, como acertadas. ¡A pincharlo de nuevo!


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Crítica: Alice Cooper "Detroit Stories"

Hace mucho tiempo hablaba con un colega, él había visto a Miles Davis y Zappa en directo, yo a Tom Waits, Petty y Dylan, nos sorprendíamos de haber vivido en el mismo momento, el mismo planeta que todos ellos, aunque fuese por un breve espacio de tiempo. Y lo mismo siento con muchos otros de los que nos rodean, artistas como Brian Johnson, Angus Young, Bruce Dickinson, Iommi, Osborne y, por supuesto, Alice Cooper, entre muchísimos otros que me dejo, claro está. Así que, tras tres décadas formando parte de sus filas de irredentos seguidores y giras en las que he podido disfrutarle, todavía me sorprende que Alice Cooper siga publicando discos en pleno 2021 y, ahora que todavía esta fresco este que nos ocupa, “Detroit Stories”, ya esté pensando en el próximo. Tras "Paranormal" (2017) y un EP como “Breadcrumbs” (2019), además de estar constantemente de gira, The Coop homenajea a su ciudad, la denominada “ciudad del motor”, pero también del hard rock, de Iggy Pop, Ted Nugent, Suzi Quatro y, claro, MC5. Por eso, Cooper se mete en los Rustbelt Studios junto a su viejo amigo y productor, Bob Ezrin, para grabar un álbum que hay que entenderlo desde el humor y el puro homenaje, el disfrute, porque no nos equivoquemos; los discos de Alice Cooper donde mejor funcionan es en el terreno del humor y el hard. A todo ello hay que sumar una nómina de amigos e invitados como Mike Bruce, Dennis Dunaway y Neal Smith, pero también Larry Mullen Jr. de U2 o el incombustible Joe Bonamassa. “Breadcrumbs” nos daba la pista y apuntaba en el objetivo de Furnier, “Detroit Stories” nos lleva a la ciudad de los Pistons y la Alice Cooper Band.

 

Nada puede ir mal cuando suena el clásico de la Velvet Underground, “Rock And Roll”, y el fraseo de Reed es sustituido por el de Cooper, ganando en su tono canalla, sonando más cercana a los Stones que a la Velvet y Bonamassa plenamente inspirado, como siempre. “Go Man Go” ya la pudimos escuchar en “Breadcrumbs” y suena a Ramones por los cuatro costados, como divertida y desenfadada la versión de los Outrageous Cherry, “Our love will change the world”, ganando la versión de Cooper por su tono festivo y hasta cierto punto irónico, como acertado es también el single “Social Debris”, que no muestra a un septuagenario en plena forma, sonando con una guitarra sucísima y un cencerro que adorna su solo. El humor vuelve a hacer aparición con “$1000 High Heel Shoes”, los coros y los metales de los Motor City Horns y el relato de cómo perder todos tus ahorros por culpa de una stripper, pero la canción llega a su clímax gracias al wah y el toque funky.

 

“Hail Mary” suena cafre y con cierto ritmo surfero, como la revisión de “Detroit City 2021”, ya aparecida en su álbum “The Eyes of Alice Cooper” (2003) que ha ganado con el paso del tiempo y robustece un álbum que en sus números intermedios gana aún más en sabor con el blues que es “Drunk And In Love” y la fiesta hecha sonido en “Independence Dave”. ¿De verdad este disco se ha publicado ahora? Me resulta increíble escuchar a Cooper y pensar en su edad, darme cuenta de que tiene más energía y reaños que muchos de nosotros. “I Hate You” y los miembros originales de la banda suena atemporal, aunque no sea la mejor composición, como ocurre con “Wonderful World”, de la que me gusta especialmente su sarcasmo y su ritmo, pero no es lo que “Detroit Stories” necesita en una recta final desigual. “Sister Anne” de MC5 vuelve a poner en órbita “Detroit Stories”, justo lo que más le hacía falta, pena es el alegato contra el suicidio en “Hanging On by a Thread (Don’t Give Up)”, que suena emocional pero demasiado dramática, más cuando escuchamos la jovial “Shut Up and Rock” con Larry Mullen Jr. y el magnífico cierre de Bob Seeger con “East Side Story”.

 

“Detroit Stories” es un disco que podría haber resultado notable si hubiesen recortado esfuerzos, si hubiese quedado en doce canciones y dejado fuera otras pero, ¿quién soy yo para ponerle pegas a Alice Cooper? Que haga lo que quiera, que nosotros lo escucharemos. Afortunado de vivir en el mismo universo que él, desde luego que sí…

 

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