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Su mejor álbum desde "Amused To Death", atrevido pero también nostálgico...

El regreso de KARL WILLETS con MEMORIAM

Un álbum de death sin alardes técnicos pero que trae a nuestra memoria el legado de Bolt Thrower...

"Emperor Of Sand" de MASTODON

El cáncer, el paso del tiempo y la redención en la nueva obra maestra de los de Atlanta.

PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

John Haughm vuelve a la carga con uno de los mejores discos del año, "Obsidian Arc"

KREATOR, el olor del buen thrash alemán por la mañana...

Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

TRENT REZNOR y ATTICUS ROSS mantienen las expectativas

Publicando un EP de NINE INCH NAILS bastante tibio pero que ameniza la espera del nuevo álbum...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

ESPECIAL NICK CAVE

Un repaso a la discografía principal de NICK CAVE; un viaje turbulento a través del blues, los asesinos en serie, la biblia y los esqueletos de los árboles...

THE DILLINGER ESCAPE PLAN se despiden a lo grande

Anuncian su separación pero firman "Dissociation", quizá su mejor disco hasta la fecha...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

¡Nos largamos de nuevo al HELLFEST!

Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

Jesse Leach se abre en "Incarnate" de KILLSWITCH ENGAGE

Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

Los holandeses vuelven con un álbum bajo el brazo para el que deberemos esperar a su segunda parte para saber si han acertado en el blanco...

IGGY y HOMME; la extraña pareja...

"Post Pop Depression" ha sido una de las grandes sorpresas de este año y el mejor desde "American Caesar"

ABBATH es el auténtico rey de Blashyrkh

El noruego demuestra que hay vida después de Immortal y se lo pone difícil a Demonaz con un álbum repleto de fuerza y frío invernal...

El púrpura de BARONESS es la mezcla perfecta del rojo y el negro...

John Baizley ha conseguido con "Purple", su cuarto álbum, mezclar lo mejor de "Red" y "Blue", regalándonos uno de los grandes discos del año.

Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

BILLY GIBBONS aparca temporalmente a ZZ TOP y se estrena en solitario con un álbum lleno de ritmos afrocubanos, altibajos y, por desgracia, el dichoso autotune.

CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

Las alas de cera de DAVID GILMOUR

El guitarrista de PINK FLOYD vuelve con un disco nuevo bajo el brazo, "Rattle That Lock", exquisito pero falto de unión y con demasiados altibajos.

AHAB queman las barcas...

Los alemanes han grabado un auténtico monstruo con canciones de más de diez minutos capaces de mantener tu atención y tu alma en vilo…

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Crítica: Adrenaline Mob “We The People”

Quería creer que las sensaciones que me ha producido este “We The People” son fruto del calor o de una escucha apresurada pero no es así. En realidad, tenía ganas de ver cómo se las apañaban Adrenaline Mob en su tercer disco tras un “Men Of Honor” (2014) que no hizo justicia a “Omertá” (2012) cuya principal virtud no fue la innovación pero había buenas maneras y un sonido potente que respaldaba las canciones y, por qué no decirlo, un músico con tantísima personalidad como Portnoy que posee el mismo talento tras los parches como para saber cuándo hay que huir de un proyecto y la verdad es que a “We The People” le he dado muchas oportunidades pero siempre que he comenzado a escucharlo he sentido el mismo aburrimiento y la misma sensación de pesadez y empacho de una comida copiosa. Es cierto, “Men Of Honor” suponía un pequeño descenso, quise suponer que se debía a las constantes idas y venidas de sus músicos (a esa famosa inestabilidad de las formaciones a la que muchos críticos quieren achacar siempre los mismos patinazos) pero lo que me he encontrado en “We The People” es un auténtica aberración.

Intentaré explicarme, el talento en la ejecución sigue ahí, tanto Cannata como Zablidowsky forman una potentísima base rítmica y Mike Orlando no hace sino engrosar ese sonido tan exagerado con el que Adrenaline Mob nos golpean, como Russell Allen posee la fuerza pero algo falla y es la mezcla de todo ello o, mejor dicho, quizá sean las intenciones o la falta de inspiración. Adrenaline Mob se han convertido en una caricatura, una banda típicamente norteamericana (en el peor de los sentidos) que a fuerza de exagerar su propuesta parecen haberse salido del mapa asemejándose más a Kid Rock y un nu-metal de tan bajo octanaje que dudo mucho que conserve algo de la esencia del proyecto que comenzó Portnoy. Russell parece una parodia en sí mismo, tanto las letras como su voz parecen tan impostadas que el oyente sólo tiene dos opciones; ver cómo crece el vello de su pecho ante tanta masculinidad o descojonarse y parar el disco para no perder más tiempo en un álbum de tercera.

Tomemos como ejemplo, “King of the Ring” y esos riffs tan predecibles, ese fraseo, ese groove y ese estribillo tan cargante, es perfecta como introducción de cualquier luchador profesional de lucha libre pero, como diría Morrissey, no me dice nada sobre mi vida y no consigo entender como han sido capaces de plasmar tal falta de ideas en su nuevo álbum. ¿Hay fuerza? Por supuesto que la hay pero con el mismo descerebre del adolescente que se mata a hacer mancuernas. “We The People”, la canción, suena como unos Disturbed puestos de esteroides hasta las cejas y, sin embargo, es de las mejores de un álbum (como algún momento de “Blind Leading the Blind) en el que ni siquiera afirmar algo así podría entenderse como un piropo y en el que lo peor está por llegar, “The Killer’s Inside” suena tan corriente y anodina como “Bleeding Hands” nos recordará a la banda de Chad Kroeger (lo mismo que “What You’re Made Of”) que, a este paso, terminarán deambulando por el mismo corredor que Creed (mucho más inteligentes en su metamorfosis como Alter Bridge)

“Chasing Dragons” sube el nivel gracias a Mike Orlando y un buen estribillo mientras “Til the Head Explodes” roza unos niveles tan bajos que es imposible no sentirse engañado por la compra o menospreciado por una banda que entiende que semejantes composiciones podrían gustar a su público, como las pueriles “Ignorance & Greed” o “Violent State Of Mind”, canciones compuestas, sin duda, teniendo en la cabeza a un perfil muy bajo de oyentes en un álbum en el que ni siquiera la última, “Lords Of Thunder”, es capaz de noquearnos, hacernos sonreír o querer volver a escucharlo. Ni siquiera la versión de Billy Idol, “Rebel Yell”, consigue arreglar el desaguisado; lo que también podría venir a demostrar que la culpa no es de las musas sino del mal gusto de los músicos y la dirección tomada porque a los actuales Adrenaline Mob les regalas “More Than a Feeling” y son capaces de desgraciarla entre bíceps, sudor, oro y sombreros de fellas.

Si quieres ahorrarte los minutos de escucha pero tienes curiosidad por saber cómo suena “We The People” tan sólo echa, en partes iguales, una pizquita de Godsmack, Nickelback, P.O.D. algo de Kid Rock sin encanto sureño y mucho músculo pero del que ya se ha caído, convertido en grasa.

Un horror de álbum que aburrirá a los que nos gustó “Omertá” y supongo que divertirá al novio de tu madre cuando intente empatizar contigo a través de una banda de metal pero confirmará a los seguidores de Portnoy lo bien que hizo en desvincularse de la banda cuando esta debería haber muerto tras su primer álbum, quedando este como curiosidad y el típico anhelo de lo que podría haber sido un segundo o un tercero y no la clara evidencia de la ya naturaleza agónica del proyecto. A la papelera, da igual si es la de reciclaje de tu ordenador o la del punto limpio más cercano de tu barrio.

© 2017 Conde Draco

Crítica: Vallenfyre “Fear Those Who Fear Him”

Es verdad que las últimas entregas en las carreras de My Dying Bride y Paradise Lost no han sido todo lo excitantes que deberían (a excepción del magnífico “The Plague Within” que sólo ha hecho acrecentar las ganas del próximo “Medusa”) y también que “Fear Those Who Fear Him” de Mackintosh tampoco va a suponer un hito para la carrera de ambas bandas o el universo del death metal pero hay que reconocerle su mérito y el espacio que se merece. Estoy seguro de que cuando Mackintosh comenzó esta singular andadura tras el fallecimiento de su padre y como válvula de escape nunca se imaginó llegar a un tercer disco que, honradamente, quizá sea el menos inspirado de la triada formada con “A Fragile King” (2011) y “Splinters” (2014), ambos excelentes, pero tampoco nos olvidemos de los artistas implicados en este proyecto y la calidad de sus obras. Regreso de Kurt Ballou y las lógicas dudas generadas por la partida del batería Adrian Erlandsson y el bajista Scoot, Mackintosh sabía lo que se hacía cuando fichó a su compañero de Paradise Lost, Waltteri Väyrynen, y a Hamish Hamilton de My Dying Bride en un cambio que deberemos esperar a la continuación del trabajo que nos ocupa para ver realmente cómo fragua y si afecta o no a la personalidad de una banda con unos rasgos estéticos tan marcados como para llegar a ser entendida como el proyecto personal de Mackintosh (sin desmerecer, por supuesto, al resto de implicados)

Si las canciones de “Fear Those Who Fear Him” podrían haber formado parte del anteriormente citado nuevo trabajo de Paradise Lost y por su naturaleza han quedado fuera o si, por el contrario, son composiciones escritas expresamente para Vallenfyre que Mackintosh necesitaba sacar a la luz para librarse de ese lastre emocional nunca lo sabremos, lo que sí es cierto es que tras el éxito de público y crítica que ha supuesto “The Plague Within”, el universo de la banda parece haber entrado de nuevo en combustión.

Tras la introducción “Born To Decay”, “Messiah” producirá la sensación de estar en un concierto de Vallenfyre con ese comienzo en el que parecen calentar, mirarse entre ellos y arrancar la canción; más cercana al death de toda la vida e incluso al grind que al género al que comúnmente asociaríamos a Mackintosh; dos minutos de rabia e inmediatez que desembocarán en “Degeneration”, más rodada y con las guitarras llevando todo el peso, no solamente en la brutalidad de su ritmo sino en el dramatismo que confieren a la composición.

El doom hace inevitable acto de presencia por primera vez en “An Apathetic Grave” en la que se siente a Mackintosh especialmente cómodo y evidencia aún más el contraste en esa mezcla punk/grind que es “Nihilist”. Quizá “Amongst The Filth” y la aún más cafre “Kill Al Your Masters” sean las menos inspiradas del conjunto pero también es verdad que mantienen con dignidad la tensión de un álbum que recobrará toda la mala leche en los cuarenta segundos de “Dead World Breathes” o la afilada “Soldier Of Christ”.

Una de mis favoritas es “Cursed From The Womb” con Mackintosh especialmente brutal, tanto en forma (voz) como en fondo (letra y filosofía de la canción, que además contiene el mensaje principal del álbum y ese miedo a los que teman Satanás) y en la que nos recordará levemente a Behemoth por su tono elegíaco y de nuevo contrasta con una más prescindible “Temple Of Rats” que sirve como despedida y en la que se echa en falta algo más especial para cerrar este “Fear Those Who Fear Him”.

Un álbum perfectamente estructurado con un orden de canciones que sabe manejar las emociones del oyente y guiarle a través de todos sus minutos de una manera fluida, dejando un gran sabor de boca por su rotundidad y solidez, con una magnífica producción ideal para la negrura de Vallenfyre en un envoltorio tan atractivo como alejado de cualquier pretensión comercial. Puede que este disco de Mackintosh no pase a la historia del metal como tal pero es la clara evidencia de que el trabajo y el talento pueden ir de la mano alejados de los focos.

© 2017 Conde Draco


Crítica: Roger Waters “Is This the Life We Really Want?”

Lo resumiré en una sola frase, el mejor álbum de Roger Waters desde “Amused To Death” (1992) merece la pena tan sólo por los treinta segundos con los que abre “Déjà Vu” y toda la socarronería y acidez de un artista que lejos de pretenciosidad que muchos le presuponen, se calza la chaqueta de la edad y fantasea con lo que haría si fuese Dios, aceptando que evidentemente no lo es aunque muchos le encumbremos contínuamente. ¿Grandes propósitos o cambios? No, tan sólo una mayor capacidad para disimular los efectos del alcohol en la cara como anestesia diaria a lo que no nos gusta. Un álbum producido por el gurú Nigel Goldrich, aquel al que algunos se encomiendan tras sus trabajos con Radiohead, y en el que no faltan ninguno de los elementos que todo seguidor de Pink Floyd reconoceremos y que Waters, lejos de distanciarse o intentar disimular, se baña con la confianza de aquel que juega en terreno conocido. Es verdad que durante todo el álbum no serán pocos los momentos en los que sentiremos que la evidencia es exagerada pero seamos honestos, ¿acaso no es esto mismo lo que le pedíamos a Gilmour desde que recuperase a su famosa Black Strat? ¿no es cierto que los discos en solitario del guitarrista venden infinitamente más con la consabida pegatina de “el sonido de Pink Floyd” relegando por completo al cerebro y el fraseo más famoso de Waters?

Es ahora el momento en el que me descubro, amo a Floyd (cualquiera de las épocas y encarnaciones) y he comprado y escuchado religiosamente los esfuerzos en solitario de Waters y Gilmour (con todo lo bueno y lo malo de ambos, que es mucho) pero, a pesar de disfrutar de la época post-waters, he de reconocer que soy de su religión hasta la médula. No es que considere que los mejores trabajos de Floyd fueron los que incluían el binomio Waters/ Gilmour y que ambos, como Lennon y McCartney (tan sólo por poner un ejemplo muy evidente, por supuesto), se necesitan para desvelarnos las dos caras de una moneda que se muestra excesivamente caústica o dulzona en ausencia del uno o del otro, sino que siempre me ha gustado la gente con sangre, que va de frente, y mientras que Waters es víscera, en Gilmour me encuentro siempre la blandura de un lobo con piel de cordero, un músico verdaderamente genial (un arquitecto del sonido) pero un compositor al que le falta su némesis. Un tipo que va de lado y que no dudará en esquivar a sus admiradores mientras Waters les planta cara y estampa su firma a lo largo y ancho de todo el vinilo, evitando que otro Floyd se atreva a mancillar la obra que él, por derecho propio, considera suya.

Pero tampoco he perdido el norte, sé que mi querido Waters es capaz de lo sublime pero también de lo mediocre y que la grandilocuencia, además de sus obsesiones y paranoias, han evitado que se desarrolle como músico tras la separación de Floyd. Y es que no se me olvida que si este “Is This the Life We Really Want?” es su mejor álbum desde “Amused To Death” es, aparte de su genialidad, porque tampoco ha publicado otro a excepción la ópera “Ça Ira” (2005), y varios directos y lanzamientos todo derivados de la banda que le dio a conocer. Tampoco puedo considerar a “Music From The Body” (1970) como un debut propiamente dicho, mientras que “Radio K•A•O•S” (1987) pierde fuelle si lo comparamos con “The Pros and Cons of Hitch Hiking” (1984). Como tampoco se me olvida que el debut de Gilmour en 1978 es una maravilla, como “On An Island” (2006) pero, sin embargo, el desnortadísimo “Rattle That Lock” parece una bonita e inofensiva colcha pero hecha, al fin y al cabo, de retales y palidece frente a este “Is This the Life We Really Want?”.

Vale, la introducción de “When We Were Young” parece salida de “The Dark Side Of The Moon” (1973) como podríamos cantar “Pigs on the Wing Part 1” sobre “Déjà Vu”, es verdad, pero es que estamos hablando de las mismas manos y el mismo compositor, además entiendo que Waters tiene una intención y es la de tender un puente entre ayer y hoy; aquello que le disgustaba hace la friolera de cuarenta y cuatro años ya no es lo mismo pero siente la misma rabia por todo lo que está ocurriendo. Además, es imposible no emocionarse con la inflexión en su voz y cómo eleva el tono hasta quebrarlo.

Prosiguen sus fantasmas personales en canciones como “The Last Refugee” pero quizá más accesibles como cuando en “Picture That” suena a “Meddle” (1971) por los cuatro costados y en ella echaremos de menos la abrasadora presencia del slide de Gilmour en “One of These Days” pero, a cambio, tenemos momentos de insondable belleza gracias a la batería de teclados y sintetizadores como ese arreglo (bendito David Campbell) que parece armar la composición en el cuarto minuto. Igual que en “Broken Bones” la ensalzan y apoyan el lamento a Waters, librándola de lo que podría haber sido tan sólo un interludio folkie a modo de introducción de la cinemática “Is This the Life We Really Want?” que recuerda a esas narraciones, como “Leaving Beirut”, que tanto gustan a Waters.

Los sintetizadores se apropiaran de “Bird In A Gale” hasta convertirla en cinco minutos obsesivos que, por supuesto, a todos nos recordarán a “On Th Run” en un álbum que parece el hermano menor entre aquel del 73 y “Wish You Were Here” (1975) pero lejos de la soberbia genialidad de aquellos, por supuesto. “The Most Beautiful Girl” es quizá la más flojita del conjunto como la inspirada por el terrible momento actual, “Smell the Roses”, suena demasiado a versión remozada de “Welcome To The Machine” (algo a lo que, por otro lado, tampoco veo inconveniente cuando entendemos que es el mismo compositor), algo parecido nos ocurrirá con “Oceans Apart” y ese sabor a “Mother”.

Y para rematar, el poema musicalizado que es “Wait For Her” o la bonita “Part Of Me Died” (con el recuerdo de “The Tide Is Turning”) que servirá para despedir el álbum.

Un magnífico esfuerzo, atrevido, valiente pero también nostálgico, una capacidad compositiva tan sólo igualable a su talento en el apartado letrístico y en el que sólo soy capaz de hacerme una pregunta; ¿qué habría sido de este disco si hubiese participado Gilmour en él? ¿Seríamos capaces de imaginar lo mejor de “On An Island” y lo mejor de “Is This the Life We Really Want?” en un mismo vinilo mezclado con la belleza del difunto Wright a los teclados y la inevitable presencia de Mason? Tan sólo nos queda soñar; de cualquier forma, Waters puede presumir de haber publicado un álbum notable y seguro que la satisfacción es doble para alguien que lleva años reclamando el cetro de Floyd sin haber dado muestras de su genio en un cuarto de siglo, por otro lado, tampoco le hacía falta para que muchos le admirásemos. Waters es Floyd, como Floyd es Waters, le pese a quien le pese, no a mí…

© 20167 Jim Tonic

Crítica: Iced Earth “Incorruptible”

Siempre me ha sorprendido la animadversión que despierta Jon Schaffer en un sector del público del género y el trono que Iced Earth se merecen pero que, por desgracia, parece escapárseles con cada álbum y en esta ocasión no va a ser una excepción. Tercer esfuerzo con el dotadísimo Stu Block a las voces y, sin embargo, y a pesar de la sagrada unión por la que clama el propio Schaffer, parece que con cada entrega dese su entrada algo se está perdiendo desde aquel “Dystopia” (2011) que volvió a situarles en el mapa tras una década de descalabros y aciertos a medias, desde “Horror Show”, del 2001. Y es que “Incorruptible” no decepciona pero tampoco calienta, la definición más correcta para referirse a este álbum es la tibieza; están todos los elementos de Iced Earth, hay momentos verdaderamente épicos, hay batalla y poderío, hay grandeza y sangre, honor y hermandad pero también es tan, tan predecible que asusta. Conserva algo de la oscuridad de “Pleagues Of Babylon” (2014) pero se muestra menos inspirado y, por supuesto, está a años luz de chispa e inspiración de “Dystopia”. Es esa familiaridad (si se me permite el término) la que termina por convertir a “Incorruptible” en un pequeño bostezo especialmente cruel ya que en él se reconoce el talento a raudales pero algo falla; puede ser la presencia de Schaffer a los controles de la nave cuando lo que a veces saca a una banda o artista de su zona de confort es precisamente un productor que afine a las inquietudes y sepa centrar una nave a la deriva o ese método de composición en el que es el propio Schaffer la pluma principal mientras que Stu llega al estudio, a posteriori, y ajeno al alma de las canciones o lo que significan interpreta sus partes vocales en apenas una semana, como si fuese un mero trámite.

No, no es una suposición, es el método de grabación que el propio Schaffer ha descrito para ese “Incorruptible” y seguramente nos sorprenderíamos si muchas bandas describiesen su esquema de trabajo (por ejemplo, hace poco Chuck Billy se quejaba amargamente de haberse cargado sobre los hombros junto a Peterson la titánica tarea de grabar “Brotherhood Of The Snake” de Testament a solas en el estudio solo que en este caso han tenido la suerte de saber atrapar a las musas) pero en el caso de Iced Earth tan sólo intento descifrar qué es lo que ha ocurrido para que “Incorruptible” sin poderse tildar de fracaso (porque no lo es, de ningún modo) carezca de todo aquello que hizo grande a “Dystopia”.

“Great Heathen Army” es la típica canción que podría haber formado parte de cualquier álbum de Iced Earth, captura la esencia de la banda; comienza de manera grandilocuente y, a los pocos segundos, arranca de manera fulgurante con un Block auténticamente enorme. Pero si poco original es, “Incorruptible” naufragará con la pirata “Black Flag”, un medio tiempo farragoso que intentará recuperar el pulso con la prodigiosa garganta de Stu y un Smedley ametrallándonos desde la borda pero no, la composición nos ha apaciguado desde el principio y aunque “Raven Wing” es estupenda, su comienzo acústico nos hace encallar. Por suerte, su solo y progresión, además de la emotiva “The Veil” levantan el álbum a pesar del tempo más pausado.

“Seven Headed Whore”, al margen de las inclinaciones políticas de Schaffer, fracasa por culpa de una letra tan jodidamente infantil que parece un parodia del género, es una lástima echar por tierra un esfuerzo musical semejante con una letra tan sonrojante y un Block desperdiciando su garganta, puro spinal tap.

Es triste reconocerlo pero a partir de “The Veil”, tan sólo la cuarta canción, el disco de Iced Earth parece deshacerse entre lo pueril de “Seven Headed Whore”, el relleno puro y duro que son “The Relic (Part 1)”, el innecesario tributo instrumental a los nativos americanos en “Ghost Dance (Awaken the Ancestors)” que desentona por completo en el álbum o “Clear The Way (December 13th, 1862)” (a ambas composiciones no les habría venido nada mal un recorte de minutos cuando la canción no requiere tanto minutaje y este tan sólo nos hace perder el hilo) o ese empacho que significa “Brothers” y se supone que es la auténtica exaltación de la amistad entre Schaffer y Block; toda una aburridísima dosis de azúcar no apta para todos los públicos y con una sobreproducción brutal en la señal de las guitarras hasta convertir la onda sinusoidal en un bloque de cemento a prueba de cualquier formato y equipo que se precie, tan sólo hace falta subir el volumen para entender que hay que volver bajarlo para no saturar.

¿Con qué podemos quedarnos de “Incorruptible”? Con la magnífica portada de David Newman-Stump por todos los McFarlane del mundo y una canción como “Defiance” que, como “The Veil”, son los únicos momentos en los que sentiremos que la compra y la escucha han merecido la pena. Nada en contra de Schaffer, es un tipo trabajador y con talento, pero que no se lleve ninguna sorpresa si este “Incorruptible” no se convierte en un clásico instantáneo como el mismo aseguraba en sus declaraciones, Iced Earth terminan relegados en los carteles de los mejores festivales o, mucho peor, abriendo para naderías como Volbeat, es lo que tiene publicar discos en los que el único fuego es el dibujito de la portada.

© 2017 Lord Of Metal

Crónica: Slayer (Madrid) 02.06.2017

SETLIST: Repentless/ The Antichrist/ Disciple/ Postmortem/ Hallowed Point/ War Ensemble/ When the Stillness Comes/ You Against You/ Mandatory Suicide/ Fight Till Death/ Dead Skin Mask/ Hate Worldwide/ Pride in Prejudice/ Take Control/ Seasons in the Abyss/ Born of Fire/ South of Heaven/ Raining Blood/ Black Magic/ Angel of Death/

Es cierto, estamos todos de acuerdo en que Slayer nos visitan con mucha frecuencia pero ni aún así soy capaz de perderme un concierto suyo si pasan por mi ciudad desde aquel lejano 1996 en que asistí, por primera vez, a uno de sus directos. Desde entonces, constantes cambios en la formación y discos (algunos más acertados que otros, todo hay que decirlo) pero más que nada la irreparable pérdida de Jeff Hanneman, aquel que supo componer algunos de los riffs más famosos del género. A estas alturas, Gary Holt hace ya tiempo que reparte como puede su tiempo entre Slayer y su banda Exodus (inclinándose siempre la balanza en desigual peso como es de esperar) y lo cierto es que se le ve más suelto que nunca. Puede parecer una obviedad pero todavía recuerdo cuando Holt todavía parecía el reemplazo temporal de Hanneman frente a la remota posibilidad de que este regresase a la banda (¡qué inocentes éramos o quizá qué ganas teníamos de volver a ver a Jeff plenamente recuperado!), en aquella primera gira, Gary Holt se mostraba tan profesional como siempre pero mucho más tibio, sin asumir el papel que ahora interpreta. Y Bostaph, por su parte, ha conseguido con su fortísima pegada que el debate sobre el regreso de Lombardo se haya cerrado definitivamente. 

A todo esto hay que sumarle la publicación de un álbum como “Repentless” (2015) que sin ser una joya, ni mucho menos, cumple su papel más que de sobra y posee algunos riffs que en directo funcionan como un tiro pero también abren un nuevo debate acerca de la composición y es que muchos creen que la pluma de Holt sería vital para que Slayer entrase definitivamente en una nueva época gloriosa frente a ese sector más conservador que entiende que King debe continuar en su feudo tras la muerte de Jeff. Está claro que Holt es mucho mejor músico que Kerry King e incluso que Jeff Hanneman (no creo que nadie pueda discutir algo semejante por mucho que su visión sea empañada por la nostalgia o la añoranza) pero no nos olvidemos de que si algo hacía especial al guitarrista de Slayer no fue su pericia a las seis cuerdas sino su composición, ¿cómo es posible que escribiese tal cantidad de inolvidables riffs en aquellos años, acaso hizo un pacto con el mismísimo diablo?

Una sala La Riviera llena hasta la bandera (mejor dicho; hasta la palmera), la tarima de Bostaph elevada frente a sus compañeros y la ya clásica introducción de “Delusions of Saviour” antes de atacar “Repentless” con Holt siendo literalmente electrocutado y un Araya que no tuvo más remedio que sonreír ante un público que cantó desde el primer momento ese estribillo que reza: “Live fast, on high, repentless, let it ride!!” Debo haber visto a Slayer unas cinco veces tan sólo en esta última gira de “Repentless” (y habrá una sexta este mes en el gigantesco Hellfest) y he de reconocer que afirmar que suenan “rodados” podrá parecer una tontería pero las canciones de su último álbum han ganado en soltura y solidez. “You Against You”, por ejemplo, suena aún más agresiva y contundente (lástima que no pueda decir lo mismo de “When the Stillness Comes”, una composición que tarda demasiado en arrancar) entre clásicos incontestables como “Postmortem” o “War Ensemble”. 

Otra cosa que me ha llamado la atención y refleja perfectamente el estado actual de Slayer, más allá de que sigan siendo una apisonadora en directo, es el poder de convocatoria; son una banda que siempre se ha prodigado en festivales pero en salas rara vez ha tenido la misma respuesta en taquilla (sin ir más lejos, su visita junto a Megadeth durante la famosa European Carnage del 2011 no registró lleno), sin embargo, tal y como indicaba al comienza de esta crónica, la sala estaba hasta arriba lo que demuestra la excepcional salud de la banda, su infatigable trabajo en directo, y el cálido recibimiento de “Repentless”.

Canciones menos habituales, lo cual agradezco, como “Pride In Prejudice” o “Take Control” nos llevan a un final de fiesta auténticamente mítico con “Seasons In The Abyss”, “South Of Heaven” y, cómo no, “Raining Blood” o ese “Angel Of Death” en el que es verdad que Araya hace mucho que no alcanza esa hiriente y heladora nota del comienzo pero que sigue sonando como una cuchilla.

No puedo decir que fuese el mejor concierto de la banda ni tampoco el peor, Slayer juegan en otra liga muy diferente y lo agradezco porque cuando voy a un concierto suyo no quiero más que a Kerry King agitando el mástil de su guitarra como si remase en el infierno, a Holt y Bostaph insuflándole vida a la leyenda y a Araya berreando esas canciones que ya forman parte de nuestras vidas. Siempre recordaré las palabras de un conocido cuando mucha gente criticaba la incorporación de Holt o Bostpah; “Slayer no son ninguna broma en directo” y qué razón tenía…


© 2017 Mick Brisgau


Crónica: Guns N' Roses (Madrid) 04.06.2017

SETLIST: It's So Easy/ Mr. Brownstone/ Chinese Democracy/ Welcome to the Jungle/ Double Talkin' Jive/ Better/ Estranged/ Live And Let Die/ Rocket Queen/ You Could Be Mine/ Attitude/ This I Love/ Civil War/ Black Hole Sun/ Coma/ Speak Softly Love/ Sweet Child O’Mine/ Out Ta Get me/ Wish You Were Here/ November Rain/ Knockin’ On Heavens Door/ Nightrain/ Don’t Cry/ The Seeker/ Patience/ Paradise City/

Son muchos los días que han pasado desde aquel 17 de julio de 1993 que marcaría la última actuación de la formación clásica de Guns N’ Roses hasta el 1 de abril del 2016 en el cual Axl y Slash volvieron a subirse a un escenario, en este caso del mítico Trobadour, que se convertiría sin saberlo en la antesala de este “Not in This Lifetime… Tour” con dos paradas únicamente en España. Es verdad, no voy a negarlo, el sentimiento es agridulce, sobre el escenario faltan Izzy Stradlin y Steven Adler pero, ¿quién podría haber soñado que Axl y Slash volviesen a cruzar sus miradas sobre un escenario y fuésemos testigos de una gira mundial? Todo en “Not in This Lifetime… Tour” es tan mareante como una montaña rusa; desde las emociones hasta las cifras. ¿Estamos hablando de la gira definitiva del Rock ‘N’ Roll? No, desde luego que no pero sí de un acontecimiento tan único e imprevisible como el mismísimo Axl. Un artista que ha sido capaz de lo mejor y de lo peor, en constante zozobra y con una personalidad tan chocante como contradictoria, capaz de convertir a músicos en asalariados, encerrarse en su mansión en compañía de su gurú espiritual, declarar su amor por la comida basura hasta olvidarse de su propia salud y aspecto físico o tardar la friolera de quince años en publicar un nuevo álbum de estudio, “Chinese Democracy” (2008), con momentos de auténtica brillantez como otros de absoluta mediocridad. Pero no seamos tan cínicos y tiremos de lo fácil, ¿cuántos de aquellos que escuchábamos a Guns en los noventa mantenemos la misma figura? ¿Serán capaces de subirse a un escenario dentro de veinte o treinta años todos esos insolentes adolescentes que creen mirar con suficiencia a Axl? ¿es justo criticar a Axl más que a Slash y su zigzageante e irregular carrera mientras pretendemos conservar en una campana de cristal la de otros mártires como Izzy? La respuesta a todo es un rotundo no.

En mi opinión, esta gira de Guns N’ Roses –lejos de la crítica económica, tan absurda en la boca de cualquier seguidor, ya que nos brinda la oportunidad de verles sobre un escenario- es un auténtico milagro y que en pleno 2017, con una constelación de estrellitas de medio pelo, Axl Rose (una suerte de moderno Howard Hughes) haya protagonizado un regreso mediático tan espectacular como el protagonizado con AC/DC callando las bocas de medio planeta con una entrega y un respeto a la altura de las circunstancias o unas actuaciones de Guns N’ Roses que, sin entrar en comparaciones sin sentido con aquellas de hace dos décadas, están siendo más que dignas con un estado vocal a la altura y rescatando algunas canciones menos obvias (“Coma” o “Double Talkin' Jive”) sólo puede calificarse de éxito absoluto.

Última actuación en nuestro país y todo el papel vendido que dicen los entendidos, ambiente de noche histórica y una excitación que sólo Guns saben seguir generando. Tras la clásica introducción con el logo de la banda es imposible no sentir un escalofrío, “It’s So Easy” es la primera en calentar la pista; se eriza el vello, por un segundo parecen conseguir lo imposible, retrocedemos en el tiempo y vemos de nuevo a Duff y Slash a la derecha e izquierda de Axl que conserva, nos guste o no, el mismo aura de peligrosidad de sus mejores años. No, no son los noventa, todos hemos envejecido; ellos y nosotros menos el bueno de Duff que parece haber pactado con el diablo, me alegro infinito por él… Un sonido apabullante desde el comienzo, Slash juega con su guitarra y suena “Mr. Brownstone”, minis de cerveza volando por encima de nuestras cabezas, empujones en la pista y todo el Calderón botando al unísono mientras es coreada por decena de miles de gargantas. Es imposible describir algo así si no lo has vivido o les has escuchado hasta la extenuación.

No deja de causarme cierta extrañeza ver a Slash rasguear el comienzo de “Chinese Democracy” pero tras la frialdad de esos primeros compases, vemos al bueno de Saul entrar en calor mientras Axl vive la canción, no nos olvidemos de que para él esto también son Guns aunque el resto entremos en efervescencia con ese “Welcome To The Jungle” que muchos cumpliremos el sueño de ver interpretado por Axl, Slash y Duff tras años de descafeinadas interpretaciones por unos y otros. “Double Talkin' Jive” nos hace entrar con el músculo de un traqueteante tren en un concierto en el que, hasta el momento, había que frotarse los ojos para comprobar si era o no un sueño. “Better” suena mucho mejor que hace años demostrando que era una de las joyas de aquel despropósito de álbum, un intento de Axl por acercarse a sonoridades más modernas, un medio tiempo que funciona y tras el que descerrajan un “Estranged” por el que no pasa el tiempo. De verdad, ¿alguien soñó con volver a escuchar en directo ese mítico riff de Slash tras la voz de Axl? El vocalista disfruta e interpreta, sonríe y tiene algún gesto con Duff, con todos menos con Slash al que pisará un solo en “Civil War” o evitará pronunciar su nombre cuando le presenta en último lugar ante una jauría que berrea su nombre, pequeños gestos que nos hacen ver que las heridas, aún con la anestesia de los millones de dólares, no se han curado todavía y así está bien…

“Live And Let Die” de McCartney sigue sonando indomable y con más mala leche en las manos de Axl, Duff y Slash como ese “You Could Be Mine” con un magnífico trabajo de Ferrer tras los parches o una de mis favoritas, “Civil War”; una auténtica maravilla que he tenido que escuchar en infinidad de versiones en los últimos años sin que pueda compararse a la interpretada por el binomio Axl/ Slash o ese homenaje a Chris Cornell con “Black Hole Sun” (recordemos la relación entre el cantante de Seattle y Guns, quizá otra de las épocas en las que el cantante de Soundgarden nunca terminó de sentirse del todo a gusto con sus compañeros de cartel, como incómodo se le ha sentido también al viejo lobo de Mark Lanegan abriendo para Guns ante una audiencia que, nos guste o no, le ha ignorado) y ese “Coma” que sí que sabe a gloria en un repertorio con tantos éxitos. El inevitable solo de Slash y la revisión de “Speak Softly Love”, tanta veces imitado pero tan pocas veces superado; sigue sorprendiendo que un guitarrista tan infravalorado por la nueva comunidad más técnica siga siendo imposible de imitar en su tono y presencia. Es verdad que sus recursos pueden resultar escasos a cambio de un carisma arrollador.

“Sweet Child O’Mine” suena inmortal como “November Rain”, canciones escritas para sonar en grandes estadios al aire libre, tan épicas como mágicas, como la versión de Dylan “Knockin’ On Heaven’s Door”, capaz de capturar toda una década, o la acelerada “Nightrain” y esa desgarrada versión de “Don’t Cry” que muchos ya ni siquiera nos esperábamos y que nos ha traído a la memoria a Shannon Hoon. Echo la mirada atrás y sólo soy capaz de ver sonrisas y caras iluminadas entre miles de móviles, intentos fugaces por capturar una noche que se escapa con una versión del “The Seeker” de The Who, entre “Patience” y un “Paradise City” siempre “Where the grass is green And the girls are pretty”, no importa dónde la escuches, y una marea humana volviéndose loca con su estribillo de tinte sureño.

Aquellos que nunca entendieron a Guns N’ Roses son aquellos que nunca les vivieron y tienden a menospreciar uno de los mejores discos de debut de la historia, “Appetite for Destruction” (1987), o minimizar el talento de un genio como Axl que treinta años después de la publicación de aquel sigue siendo capaz de levantar a todo un estadio de fútbol con una simple frase; “D’ya know where u are? Ur in the jungle baaaaby…” Lejos de la nostalgia y grande, muy grande, así es “Not in This Lifetime… Tour” y nos sentimos afortunados de haberlo vivido.


© 2017 Jim Tonic

Crítica: Alestorm “No Grave But the Sea”

“Rum, beer, quests and mead. These are the things that a pirate needs. Raise the flag and let's set sail. Under the sign of the Storm of Ale!” Si tuviese que escribir sobre Alestorm y les juzgase con la misma vara con la que mido, por ejemplo, el trabajo de otras bandas con una propuesta quizá más seria o adulta no podría menos que reírme a carcajadas de una banda de folk metal de temática pirata en pleno siglo XXI porque no hay cosa que más haya odiado desde siempre que la inclusión de instrumentos tradicionales o sonido más o menos folky en la música actual y mucho menos en el metal. Pero soy de esos que piensan que cada obra o artista hay que juzgarlo en su justo contexto y de poco o nada serviría si entrásemos en absurdas comparaciones entre trabajos que poco o nada tienen que ver. Los escoceses Alestorm no han inventado nada nuevo, es verdad, pero habría que estar muy sordo para no haber disfrutado mínimamente de una carrera ascendente desde aquel “Captain Morgan’s Revenge” (2008) y un “Black Through Time” (2011) que, sin duda, se convirtió en mi favorito de ellos, quizá porque “Sunset On The Golden Age” (2014) mantenía el tipo sin superarle o quizá porque les vi en directo y, más allá de entretenerme, tan sólo me encontré a una banda divertida. Pero tampoco puedo hablar de decepción, es cierto que “Sunset On The Golden Age” no superaba al anterior pero la estampa de Alestorm con todo el festival en pie, cerveza en alto, son cosas que un pirata rara vez olvida.

El resultado en este "No Grave But the Sea" es francamente espectacular. Vale, Alestorm no han cambiado el rumbo de la nave, seguimos plenamente inmersos en el mundo de ultramar y, pensándolo bien, así está bien. A mi cabeza viene un caso similar y es el de Sabaton; por supuesto que agradeceríamos algo de frescura en su planteamiento pero, ¿alguien se imagina un concierto de Brodén y los suyos sin toda es carga épica de testosterona? Pues en el caso de Alestorm es lo mismo; uno necesita olor a salitre y ron, el crujir de la madera del casco bajo los pies y la juerga que plantean, tan alejada del mundo real de los piratas o la versión inminentemente romántica de Stevenson sino cercanos a una superproducción de Disney, pero con todo el sabor.

El viento sopla a favor y nos enrolan entre su tripulación con la inicial “No Grave But The Sea” o la pegadiza “Mexico” (de la cual, lo único que podría disgustarme es su inicio en 8 bits, totalmente buscado, claro) cuyo estribillo es toda una fiesta. A veces, Alestorm me recuerdan a bandas con un enfoque más tradicional (como podrían ser The Pogues y su flamante mezcla etílica con el punk) pero la diferencia con estos y otras bandas de folk metal es que los escoceses no son una banda de metal disfrazados, interpretando su repertorio pirata sino que suenan plenamente genuinos en su estética musical. Otro punto a favor de este álbum es la labor de la sección formada por Tobias Hain y Jan-Phillipp Jacobs a los metales y el gran Tobias Waslowski, cuyo violín será vital en muchas de las canciones.

"To the End of the World" es mucho más directa y se agradece ese giro de timón (aunque no suponga tampoco nada nuevo en Alestorm si miramos en su catálogo anterior) y esa épica. He de confesar que con “Alestorm” tuve mis dudas, ¿qué busca una banda cuando bautiza con su mismo nombre un álbum o una canción? Nunca me han gustado este tipo de declaraciones pero, según la escuché, todas se disiparon, reza el estribillo; “Rum, beer, quests and mead. These are the things that a pirate needs. Raise the flag and let's set sail. Under the sign of the Storm of Ale!” y es que no podría imaginarme una mejor síntesis del espíritu de la banda. Sí, es cierto, sobreproducida (como casi todo el disco en muchos momentos), previsible, típica, sencilla y repetitiva, es todo cierto pero también irresistible, pegadiza, ideal para cantar al unísono. ¿No se supone que así debería ser toda canción pirata?

"Bar und Imbiss" es la clásica canción marinera de borrachera y Alestorm la clavan, consiguen convertir este medio tiempo en un gran tema con un buen solo de Máté Bodor.

Sin embargo, "Fucked with an Anchor" pierde fuelle, es bastante plana, como la rapidísima “Pegleg Potion” o la evocadora “Rage Of The Pentahook”, ambas correctas canciones de bucaneros pero poco más, hacen descender la nota del álbum y que nos lamentemos de lo que podría haber sido si hubiesen sabido mantener nuestra atención y diversión en su segunda cara, algo que constataremos en la ligeramente más entretenida “Treasure Island” y sus ocho minutos en los que, por desgracia, tenemos la sensación, de que Alestorm quieren aprovechar su receta con desigual éxito en una canción con algún arreglo y momento pero eterna en una banda como ellos.

Bien por Christopher, Gareth, Elliott (un saludo desde esta humilde web por su simpatía en persona), Peter, Máté y su "No Grave But the Sea" porque han publicado un buen álbum en el que no sobran estribillos y han sabido conjugar el folk con el metal. ¡Al Capitán Morgan lo que es del Capitán Morgan!



© 2017 Albert Grácia

Crítica: Steel Panther “Lower The Bar”

No han sido pocas las veces que he tenido que explicar pacientemente a un lector por qué no me atraen Steel Panther, gustándome como me gustan Mötley Crüe, Poison e incluso The Darkness y por qué les evito en festivales o les he tenido que literalmente sufrir como teloneros. Cuando era un crío y escuchaba a los Crüe, estos hacía mucho que habían dejado de estar de moda, poco quedaba de aquellos chavales de pelo cardado, Crüe ya eran los Crüe de los noventa y habían sustituido el rímel por un aspecto más cercano al rock alternativo, el hair metal era algo del pasado, algo a detestar y estaba bien así. Pero ya en aquella época uno contemplaba a los Crüe de “Looks That Kill” y entendía que aquello era el uniforme de batalla y no había más pose o afectación por parte de Vinnie o Nikki que la justa porque, como defendían Poison, podían usar más maquillaje que tu hermana pero acabarían la noche con ella, además ellos llevaban aquella vida hasta sus últimas consecuencias, le extraían el jugo. Mi problema con Steel Panther es que más allá de ser los abanderados de la buena música, del glam, del hair metal y un regreso imposible a esos años dorados que por mucho que nos empeñemos nunca volverán, no lo son sino que han multiplicado tan al cubo esa estética y pervertido (nunca mejor dicho) su mensaje que resulta grotesco y sólo se les percibe como un chiste. No pongo en duda que son divertidos en directo pero porque es imposible tomárselos en serio y lo que uno está viendo no es más que un cruce imposible entre Poison, Leppard y Crüe pero de mentirijilla, con una temática que cansa tras cuatro discos en los que las bromas son igual de infantiles, planas y aburridas. Los supuestos homenajes a Van Halen o Mötley Crüe parecen parodias que no me extraña que Roth o Six ignoren o abiertamente desprecien porque parecen más una burla que otra cosa.

Recuerdo que hace muchos años (viene a cuento de esta crítica), tuve una importante reunión de trabajo y me apareció una chavala de Dallas que ya en la comida, allá por los postres, hablando de todo un poco, me preguntó por mis aficiones y se le iluminó la cara cuando le dije que amaba la música porque, buscando con urgencia en su bolso, sacó su móvil y me enseñó varias fotos de su marido con un amigo de la infancia que resultó ser Michael Starr. Allí estaba el bueno de Starr completamente repeinado y vistiendo un polo en mitad de una celebración en una barbacoa. Nunca olvidaré su desconcierto cuando admití conocer a Steel Panther pero percibió mi poco interés en Starr. Es un tío muy majo, le ves en el escenario y es otra persona pero en realidad no es así, es como un disfraz –me aseguró para intentar que su conversación me interesase. ¿Con amigas así quién quiere enemigos? La verdad es que no me sorprendió, era la época del “Balls Out” (2011) y a ella parecía hacerle mucha gracia, además de avergonzarle ligeramente, las bromas de las canciones de su amigo pero eso no evitó que me siguiese enseñando fotos de Starr de copas con ellos, cenando, de fin de semana... Supongo que si hubiese sido Vince Neil o Lee Roth la habría asaltado a preguntas pero comprobar que Starr tiene tan poco rock ‘n’ roll o glamour en su vida privada me terminó de deprimir y acabé tan hundido que una vez nos despedimos y a modo de exorcismo tan sólo se me ocurrió pinchar “Too Fast For Love” (1981) en el coche y encomendarme de nuevo a Sixx, Neil, Mars y Lee.

No, no soy un pureta y tampoco soy tan auténtico o corre por mis venas el auténtico espíritu de Hollywood Boulevard pero, aún sonando bien (Jay Ruston), “Lower The Bar” me parece un auténtico coñazo de principio a fin y reconozco sus puntos fuertes; en el hay buenos momentos, algún que otro estribillo y la colaboración de mi querido Rick Nielsen en “She’s Tight” (menudo título...) pero, a pesar de saber que son una broma y debo reírme, me cansan las constantes referencias a felaciones, cunnilingus, culos prietos, coñitos, pezones y lúbricas proposiciones, salidas de tono, lenguas, babas o bolas chinas. Me agotan porque creo que hasta el seguidor más apasionado de Steel Panther (si es que hay alguno que no se los tome a chiste) se merece algo mejor y debe pedir algo más a la banda de sus desvelos; ¿cómo es posible que crean que la reivindicación del hair metal es el enésimo chiste sobre una mamada? Y, en el caso de que admitamos que son tan sólo una banda para pasar el rato, ¿a alguien le puede hacer gracia que hablen de las mujeres como ganado o de meterle los dedos hasta el codo?

“Goin’ In The Backdoor” es una buena apertura (nunca mejor dicho, que diría Starr) y la guitarra de Satchel suena bien aunque el solo sea tan poco imaginativo, Foxx y Zadinia hacen un buen trabajo, pero es inevitable negar que han tenido canciones más resultonas para abrir sus discos anteriores en una carrera que ya parece descendente. Obviamente, las constantes referencias y las bromas a la “puerta de atrás” son eternas como el forzadísimo final con Starr y su falsete. “Anything Goes” es un robo a Van Halen como “Poontang Boomerang” al “Cherry Pie” de Warrant. Hasta ahora, como vemos, tres canciones poco imaginativas, con chistes repetidos y el sonido de bandas clásicas. ¿Aciertos? El sonido y lo sueltos que suenan, como el cencerro de Stix en la última.

Pero aquí no acaba la cosa, “That’s When You Came In” (que ya habíamos escuchado en directo), por lo menos, suena más a Bon Jovi que los actuales o “Wrong Side Of The Tracks (Out In Beverly Hills)" es más imaginativa que las anteriores y no tiran del catálogo de influencias habituales, como “Now The Fun Starts” que es la más atípica del conjunto parece un esfuerzo auténticamente titánico para una banda con un planteamiento tan limitado y supongo que disgustará a los seguidores y provocará algún que otro bostezo en directo.

Algo que arreglarán con “Pussy Ain’t Free” cuyo riff suena a la década de los ochenta/ primeros de los noventa, y posee versos de una sensibilidad fuera de toda duda; “Pussy ain't free, let me tell you, brother! You'll pay for that shit one way or another!”

Un medio tiempo, “Wasted Too Much Time”, y de nuevo canciones simples y ramplonas como “I Got What You Want” o “Walk Of Shame” en la que, por lo menos, se agradece la armónica o ese final con Nielsen en “She’s Tight” aunque el riff sea de nuevo otro robo, esta vez a Eddie Cochran en una canción que está más cerca del punk que del hard rock. Un disco que no me entretiene y tampoco me escandaliza, que no me divierte sino que me aburre por lo grueso de las bromas, la constante repetición y la poca inspiración. Vale, lo capté hace mucho, son un chiste pero no hace gracia y tampoco hace falta que nadie me los quiera vender como los salvadores del hair metal, el glam o el hard porque no están haciéndole ningún favor a ninguno sino todo lo contrario.


© 2017 Conde Draco

Crítica: Life Of Agony “A Place Where There's No More Pain Review”

Parece que fue ayer cuando Life Of Agony publicaron “River Runs Red” (1993) en unos años, como fueron los noventa, en los que los grandes discos se sucedían y publicaban por doquier, además siguieron en racha con “Ugly” (1995), aún cargando sobre sus espaldas la tan terrible y denostada etiqueta de post-grunge cuando lo suyo era otra cosa muy diferente. A partir de ahí, nada fue lo mismo y “Soul Searching Sun” (1997) siendo un buen disco no estaba a la altura, dimes y diretes, crisis internas y fantasmas acechaban a una banda con un todavía Keith Caputo que abandonaba el barco alegando razones artísticas y una enorme decepción con una industria musical que parecía querer controlar la dirección de la banda sin entender su naturaleza y, ocho años más tarde, con “Broken Valley” (2005) parecieron firmar su epitafio. Life Of Agony siempre han sido ese tipo de formación que despierta pasiones de auténtico culto entre sus seguidores pero la más absoluta indiferencia entre aquellos que equivocadamente creen que eran tan sólo una agrupación de hardcore. Craso error porque como músicos siempre han sabido conjugar la gracia de diversos géneros con un único punto en común y es la visión más oscura de la vida. Y ese es mi principal problema con “A Place Where There’s No More Pain”, producido por Matt Brown, porque que debo dejar enfriar el entusiasmo inicial por su regreso tras doce años en los que honestamente creía que Life Of Agony eran cosa del pasado para escuchar, sentir sus canciones e intentar adivinar por qué estas nuevas composiciones no me llegan al corazón de la misma manera que las que integraban “River Runs Red” a “Ugly”.

Entiendo que el tiempo pasa para todos, los músicos y su audiencia; que es imposible pedirle a alguien que no cambie porque estamos en constante evolución personal y veinticuatro años son muchos pero si lo analizo de una forma más fría, ciñéndome a lo estrictamente musical, “A Place Where There’s No More Pain” tiene sus inconvenientes. Lo primero que nos golpea es el sonido de Robert, Joey Z y Sal Abruscato (¿volverá algún día A Pale Horse Named Death?) con fiereza bajo el manto de Brown. Life Of Agony comienzan el álbum de manera incandescente con “Meet My Maker” y “Right This Wrong”, de hecho la primera mitad del disco será más fiera que la segunda sumergiéndonos en su segunda parte en un extraño estado de ánimo tras la descarga inicial.

Tampoco me termina de convencer la voz de Mina Caputo, es cierto que está bien mezclada y su interpretación está a la altura, se la siente cómoda pero hay algo en su tono que no me termina de convencer y es que, por momentos, se siente más descarnado como en otros más bronco lo que me hace dudar que más allá de la versatilidad de su garganta se trata de un problema de identidad como vocalista. Lo que también me lleva a no entender por qué sigue siendo noticia su valiente decisión de afrontar su nueva identidad como transgénero y no hace otra cosa que recordarme lo conservador que sigue siendo un mundillo tan supuestamente abierto como es el de la música, el problema de Mina (antes Keith) no es su decisión personal (y creo a Alan cuando asegura que entre las causas que originaron la segunda desbandada no estaba la decisión de Mina de emprender una nueva vida con su auténtico género) el problema de Mina es su inestabilidad como artista, el permanente cambio en su visión artística e intereses o búsqueda -que dirá ella misma- pero que ha provocado que tanto la carrera de la banda como la suya sea tan extraña e intermitente.

Otra cosa que tampoco me convence de este “A Place Where There’s No More Pain” es que es un álbum que, sonando tan actual como suena, llega veinticuatro años tarde. A pesar de la producción y la fuerza de la banda, el disco hunde sus raíces en el sonido de los noventa mezclado, eso sí, con una buena dosis de hard rock (pero hard rock, al fin y al cabo) y una pizca de glam que le sienta muy bien pero que descompensa la receta por completo. Además, no serán pocas las veces que escuchándolo vengan a nuestra cabeza referencias como Alice In Chains en esas melodías vocales o incluso los Stone Temple Pilots menos tenebrosos (esos que sabían aunar lo mejor del rock alternativo más clásico con ese puntito de lentejuela y rímel de un Scott Weiland tan irreverente como único). Una experiencia que desdibujará por completo la identidad de la banda y gustará, como es mi caso, a todos aquellos que vivimos aquella década pero que no llegaremos a entender tampoco por qué Life Of Agony han decidido hacer, imagino que de manera inconsciente, tal acto de nostalgia.

“Meet My Maker” nos muestra a Sal y Alan en perfecta comunión y un riff lleno de groove (más bruto de lo que podríamos esperar en un principio) con la voz de Mina sonando estupenda, como ocurre en “Right This Wrong”, ambas son canciones repletas de sabor hard y si resulta así es por esa voz ya que la base musical es bastante más gruesa, algo que constata “A Place Where There’s No More Pain”, una de las más accesibles y aquella que da título al álbum, más cercana que nunca al espíritu de Alice In Chains, como “Dead Speak Only” en la que las voces se distorsionarán al más puro estilo doblado entre Staley y Cantrell.

“A New Low” muestra de nuevo una estupenda base rítmica y unos cambios adictivos mientras que en “World Gone Mad” nos recordarán a Velvet Revolver, pena que con “Bag Of Bones” todo parezca cambiar y nos sumergimos en lo que parece otro disco con “Walking Catastrophe” o una previsible y aburrida “Song For The Abused” mientras que “Little Spots Of You” es mucho más efectiva para cerrar el álbum ya que rompe por completo su tónica entre confetti pegado, maquillaje corrido y la soledad de una letra que parece escrita por Mina para un joven Keith, magistral.

Me alegro profundamente de su regreso, me encantaría creer que significará la continuidad de la banda y que Mina Caputo no sólo ha encontrado su naturaleza y sexualidad sino también ha recobrado su visión artística y vuelve más centrada que nunca, me gustaría verles de nuevo en directo y entiendo “A Place Where There’s No More Pain” como el álbum necesario para tal fin pero que nadie me lo sitúe a la altura de “River Runs Red” o “Ugly” (en todo caso a la de “Broken Valley” en cuanto a inspiración que no a sonido) porque siendo digno de Life Of Agony, no termina de gustarme como debiera. Imagino que lo que necesitábamos de ellos era su regreso y lo que ellos necesitan es rodaje, una continuidad, tras doce años de ausencia discográfica. Para evaluar la salud creativa de la banda en el estudio habrá que esperar a la continuación de este “A Place Where There’s No More Pain” y a ser posible antes de otra década porque los interruptus nunca han sido buenos.

© 2017 Jim Tonic