"Welcome To Hel" de HJELVIK, KVELERTAK heavymetalizados.

Erlend tenía ideas, aportaba y no solamente era la imagen más representativa de la banda sino también parte del cerebro de esta...

"Endless Twilight of Codependent Love" de SÓLSTAFIR.

Mágico, intenso y descorazonador al que hay que dedicar tiempo, pero cuyo retorno de inversión es superior a todas las lágrimas vertidas...

"ANTI-ICON" de GHOSTEMANE, entre la depresión, el nihilismo y el paso de Caronte.

Chirriante, caótico o inarmónico para muchos, sin embargo, es la mezcla casi perfecta…

Crítica: Cult Of Luna "Raging River"

¿Qué puedes hacer cuando publicas discos como "Salvation" (2004), "Somewhere Along the Highway” (2006), "Eternal Kingdom” (2008), "Vertikal" (2013) o "A Dawn To Fear" (2019) y, como artista, sientes la presión creciente de tener un estándar de calidad tan alto que cualquier cosa que publiques va a ser examinada con lupa por miles de personas? Siempre he creído que los directos (como aquel en Bélgica junto a Julie Christmas) y EPs como "Vertikal II" (2013) o, en este caso, "The Raging RIver" (2021) aligeran esa carga, aliviando el peso entre álbum y álbum. Y es justo lo que siento con este último, tras un monstruo como "A Dawn To Fear", en el que continúan por la senda del anterior álbum pero, al mismo tiempo, Johannes Persson y los suyos parecen disfrutar de esas atmósferas tan sobrecargadas, esta vez teñidas de tanta oscuridad que parecemos regresar a "Eternal Kingdom” (2008). Nada que objetar cuando en tan sólo cinco canciones (treinta y ocho minutos) son capaces de decir mucho más que otras bandas en discos, supuestamente, de larga duración. Producido por ellos mismos, Magnus Lindberg y Kristian Karlsson, "The Raging RIver" se muestra igual de inexpugnable que el anterior pero más robusto en sus riffs, más musculoso en su dinámica, a pesar de que suenen como una pesadísima losa de hormigón, con la ayuda del ya también mítico Mark Lanegan en la canción “Inside Of A Dream”, articulando las dos partes de un EP que se siente con entidad propia. 

 

Me encanta la letra de “Three Bridges” pero más aún su sinuosa introducción y cómo, sin romper su cadencia, parecen rompernos el cuello por la mitad. La atmósfera sigue siendo tan inquietante y pesada como en anteriores discos, pero no reina el caos como en "A Dawn To Fear", prima la melodía sobre la pesadez, la instrumentación sobre la presión, los arreglos y la épica. Ni siquiera cuando todos los instrumentos se amenazan unos a otros y la canción debería implosionar, perdemos de vista el camino que Cult Of Luna nos han marcado, ese que acaba de manera silenciosa hasta que “What I Leave Behind” parece convertirse en un inexorable avance de lava ardiendo que, tarde o temprano, dará con nosotros. La voz está repleta de grano, del sentimiento caústico del post pero también del black, de Neurosis y los Behemoth de “Zos Kia Cultus (Here and Beyond)” de 2002. 

 

El delirio de la belleza es “Inside Of A Dream”, ¿qué decir del bueno de Mark? Llevo siguiendo su carrera desde los noventa, con Screaming Trees, y aquella primera vez que vino a nuestro país con Ben Shepherd (auténtica génesis de esta web) presentando el mágico “Scraps At Midnight” (1998) y es cierto que siento que sus discos en solitario han ido perdiendo fuelle y magia a medida que ha ido incorporando electrónica petarda en ellos siendo, paradójicamente, sus colaboraciones aquello que me sigue resultando interesante. Mark suena tan hipnótico como siempre, aunque el viejo lobo haya perdido empaque en su voz y suene inusitadamente agudo y calmado, lejos del tono aguardentoso y pitillero que tanto me gustaba, pero “Inside Of A Dream” es la parada necesaria antes de “I Remember” en la que sentimos, por primera vez en “The Raging River”, que Cult Of Luna pueden hacer lo que quieran; sentimos la incertidumbre de cómo parecen alejarse de su propia estructura y así, entre arremetidas post, concluye la canción entre riffs de guitarra, pero lejos de la mar gruesa. Y así ocurre con la final “Wave After Wave”, el gordo que se hacía de rogar; doce minutos, quizá la mejor canción que hayan firmado en mucho tiempo, un poderosísimo “tour de forcé” con Thomas Hedlund ejecutando una cuadriculada batería más cercana a una caja de ritmos y Cult Of Luna resultando puramente sludge tras un sintetizador que hará las delicias de aquellos que amamos las texturas electrónicas.

 

No suelo reseñar EPs o splits, no son lo mío, disfruto escuchándolos como curiosidad pero no me gusta escribir sobre una, dos o tres canciones que muchas veces poco tienen que decir de los próximos pasos de las bandas pero "The Raging RIver" se siente de otra manera, más que un EP es un mundo en el que sumergirse para ser despedazado por gigantescas criaturas cósmicas más propias de Arkham House que de una banda de post-metal, sludge, progresivo o como más cómodos se sientan algunos etiquetando a los suecos. El hermano pequeño de "A Dawn To Fear" es igual de acojonante que aquel, evitando la belleza del caos monolítico de sus canciones, pero igual de impactante. Cinco canciones que se cuelan, desde ya, entre lo mejor del año.


© 2021 James Tonic

Crítica: Harakiri For The Sky "Mære"

Escribir que Harakiri For The Sky firmaron un mal álbum como “Arson” (2018) me duele especialmente porque no es justo, pero tras llegar a la cima con “III: Trauma” (2016) y firmar dos obras como "Aokigahara" (2014) y "Harakiri for the Sky" (2012), “Arson” parecía el patito feo de los austríacos. Por tanto, "Mære" era la prueba de fuego de la banda; saber si los tres primeros títulos fueron un espejismo y continuarían por la senda de “Arson” o si, por el contrario, aprenderían del traspiés. "Mære" es un álbum sólido en cuanto a composición y sonido; regresan las capas y capas de guitarrazos emocionales pero esta vez le ceden espacio a otras más reconocibles que tejen la melodía, lo que se traduce en canciones que, a veces, entran de golpe en el alma, que se suceden y vapulean nuestras entrañas, que exprimen nuestro corazón, Matthias Sollak es un auténtico genio (ocupándose, una vez más, de toda la instrumentación) alternando pasajes más melancólicos, con otros de contumaz rabia; en "Mære" hay menos espacio para la ensoñación, para ese blackgaze de manual, pero ello no quiere decir que no haya melancolía y teclados hipnóticos que adornan aquí y allá las guitarras de Sollak, mientras que Michael remata las canciones dejándose las cuerdas vocales en cada una de ellas pero de manera inteligente ya que no se trata de abrirse en canal porque sí, sino cuando la canción lo requiere, cuando la letra lo solicita o es Matthias quien lo lleva contras las cuerdas emocionales de todas y cada una de las canciones de "Mære". Entonces, ¿falla algo en este nuevo álbum?

 

“I, Pallbearer” recuerda a Downfall of Gaia, prima el bajo, la base rítmica, mientras Matthias nos conduce al vendaval black con el que Michel parece gritarnos a la cara, una impactante forma de comenzar que no hace otra cosa que confirmar el cambio en un trabajo que guarda otro de sus ases a la segunda de cambio, con la participación de Neige de Alcest en “Sing for the Damage We've Done” y que tira de intensidad y la épica del trémolo de Sollak, de la magia de las guitarras dominando la melodía cuando bajan de tempo y nos hacen sentir que estamos atravesando diversos estados de ánimo. Pena es “Us Against December Skies”, una canción en la que sentimos que Harakiri For The Sky parecen haber perdido la dirección de un comienzo arrollador, algo similar a lo que ocurre en “I’m All About the Dusk” o “Time is a Ghost”, composiciones que suenan bien (qué duda cabe…) pero que no aportan nada al resultado global de "Mære" y en las que sentimos que ni Michael, ni Matthias han puesto toda la carne en el asador; musical y vocalmente contenidas, más convencionales, sin riesgo alguno y sonando menos arrolladoras. 

 

Un sentimiento que es el que aleja a "Mære" del sobresaliente, por ejemplo, "Three Empty Words" comienza espectacularmente bien, pero su duración parece lastrarla cuando en su segunda mitad se muestra como un autoplagio de “I, Pallbearer” y otras canciones, como es el caso de "Once upon a Winter" o “And Oceans Between Us” que son auténticamente brillantes y nos muestran a Harakiri For The Sky en todo su esplendor; no es sólo que suenen magníficas y se les sienta pletóricos, es que nos llevan a otros lugares de nuestra propia alma, sabiendo canalizar sentimientos y emociones; hay post-black y buen gusto a raudales. Lo que hace que, como oyentes, no entendamos que otras, las anteriormente citadas como pesos muertos de un disco al que no permiten volar en altura, como "Silver Needle // Golden Dawn", hayan sido incluidas. Repito; no porque suenen mal, sino porque parecen de otra naturaleza muy inferior a las que componen el resto del disco, como la innecesaria versión de Placebo (sí, los de Brian Molko) para concluir el álbum, “Song to Say Goodbye” (de su irregularísimo, “Meds” de 2006) que nos demuestra que Michael y Matthias tienen el mismo gusto para reinterpretar canciones de otros artistas que poco criterio para discernir composiciones menores de otras que lucen como gigantes. "Mære" es la clara constatación de que Harakiri For The Sky pueden hacerlo bien cuando quieren, que suenan espectaculares y que “Arson” fue, en efecto, un error y "Mære" les devuelve la confianza, aunque sea a medias, confirmando  a “III: Trauma” (2016) como su última gran obra, por el momento…


© 2021 Lord Of Metal

Crítica: The Dead Daisies "Holy Ground"

Hay cierto miedo por equivocarse, por escribir o decir que un álbum o un proyecto no está a la altura, no vaya a ser que no parezcamos lo suficientemente auténticos o vayan a quitarnos el carnet del rock y quedemos en evidencia, cuando no hay nadie al que le tengamos que justificar nuestro gusto excepto a nosotros mismos. Y eso está ocurriendo con The Dead Daisies, ¿son un buen grupo? Por supuesto. ¿Suena bien “Holy Ground”? Evidentemente que sí. Entonces, ¿cuál es el problema? Tan sencillo como el desangre de una banda por la que han pasado una veintena de músicos en tan sólo cinco discos (has leído bien), ocho años en los cuales ha habido tantos cambios que, queramos o no, la esencia de la banda se pierde y es difícil no entenderla como el proyecto particular de David Lowy y quizá el único músico que merezca la pena mantener a su lado, el bueno de Doug Aldrich. A la baja de John Corabi (no olvidemos la de Mendoza tampoco), nos sorprendieron con el fichaje estelar del galáctico Glenn Hughes, ¿quién podría quejarse de semejante estrella? Adoro a Hughes, me gustan sus discos con Deep Purple y, por supuesto, Trapeze, además de los dos primeros discos (sólo los dos primeros, por favor) con Black Country Communion y claro que le he seguido en sus otros proyectos y colaboraciones (no puedo olvidar Norum, Sabbath, Turner) pero hay cierto miedo en decir que, aunque el resultado sea notable, no puedo considerar a Hughes en una banda como The Dead Daisies. Primero, porque a tenor de su currículum, no durará mucho en sus filas (espero equivocarme), con la marcha de Corabi se ha perdido la identidad hard rock de la banda de Lowy y ahora estamos ante un producto muy diferente. ¿Cuánto tardarán en echar a Hughes? ¿Cuánto tardará Hughes en cansarse de su nuevo juguete? Además, hay que sumar la pérdida de Castronovo por problemas de salud y la incorporación de otro monstruo como Tommy Clufetos, que nos asegura que The Dead Daisies sean una apisonadora en directo, pero todos sabemos también que Clufetos (aparentemente cubriendo una sustitución) tampoco será permanente en sus filas y menos cuando Ozzy vuelva a los escenarios. ¿Cómo puedo considerar a una banda que parece una nómina de asalariados de lujo en cada uno de sus discos? Los he visto en directo y disfrutado, me gustó "Burn It Down" (2018) porque además creía una estabilidad, ahora inexistente.

 

Yendo al grano, “Holy Ground” suena estupendo, ¿cómo no va a sonar bien? “Holy Ground (Shake The Memory)” es un vendaval y recuerda al tipo de rock clásico (eliminando el blues de la ecuación, claro está) de Black Country Communion, como “Like No Other (Bassline)” nos muestra a un Hughes inspirado en el solo de bajo y plenamente en forma en cuanto a sus capacidades vocales, pero la canción tiende a la repetición y a la consiguiente pérdida de fuerza. Está claro que si repites un estribillo diez veces, seguramente tus oyentes lo recuerden, pero, como la machacona “Come Alive” y su rock clásico, son canciones que no son memorables a pesar del traje con la que las han vestido. Aún más clásica es “Bustle And Flow” y su sonido o el pesadísimo riff de “My Fate” en la que es francamente interesante escuchar a Hughes en un tono mucho más grave, sonando espectacular, lejos de su histriónico alarido, pero ralentiza el álbum muchísimo con estos dos últimos números.

A lo que no ayuda tampoco “Chosen And Justified” y “Saving Grace”, rock genérico de recintos cerrados, sonando robustos pero carentes de chispa. Curioso que “Unspoken”, el vetusto single del álbum, sí tenga ese regusto bluesy cuando Aldrich hace la réplica a los versos de Hughes con su guitarra, aunque no termine de convencerme, como tampoco aporta nada la versión de “30 Days In The Hole” o la de sobra conocida “Righteous Days” (que fue la presentación de Hughes en “sociedad”) en un fin de álbum con “Far Away” (¿por qué siete minutos?) en los que es imposible del todo reconocer a The Dead Daisies, a pesar de la maestría de Aldrich, Hughes y Deen, y hace que terminemos el disco con la extraña sensación de haber escuchado a una banda completamente diferente. Siete minutos de nudo, tan intensa e inesperada como innecesaria y aburrida, tan épica en su intención que resulta insufrible. De verdad, ¿son The Dead Daisies? Digámoslo sin miedo, Hughes es enorme pero no para esta banda y Lowy, con toda la educación del mundo, quizá debería entender que lo importante de su grupo no es grabar o girar y fichar a músicos como si de un equipo se tratase, sino de crear tejido; lograr un compañerismo que genere un sonido único que se pergeñe disco tras disco. No hay nada más bonito que ver cómo pasan los años en las formaciones y ser testigos de cómo su arte evoluciona (a veces a mejor, otras a peor), con The Dead Daisies nunca tendremos esa oportunidad…


© 2021 Jaime Thorndick 

Crítica: Steven Wilson "The Future Bites"

Saber que el futuro da asco no es algo para lo que haga falta que venga Steven Wilson a desvelarnos tal misterio. Da asco, más que nada porque, según escribo esto, deja de ser futuro y se convierte en pasado y, hablando de largos recorridos, porque ninguno de nosotros estaremos, ni tú, ni él, ni yo. Que el futuro da asco es, por otro lado, algo tan manido como las metáforas por las que la luna es comparada con una dama o con un gran queso, tanto como la que enarbola la apertura, “UNSELF”, por la que Wilson compara el amor con un infierno, ya cantado mil veces a lo largo y ancho del pop. Como también es un asco y dice mucho de todos los oyentes, el que cuando un artista utilice sintetizadores se hable de un disco moderno o futurista, haciendo que Gray o a Moog entornen los ojos ante tanta estupidez. Cuando Bono cantaba en falsete en los noventa durante seis minutos y medio en “Lemon” era una horterada, ahora lo hace Wilson y evoca a Roxy Music, ignorantes también de la mano de Eno en los irlandeses, lo mismo que aquellos que le comparan con Prince o Roger Waters, esos mismos que me hicieron alejarme del presuntuoso "Hand. Cannot. Erase." (2015) y aquellas afirmaciones, “el guardián entre el centeno musical”, “el dark side of the moon de nuestra época” y mamonadas por el estilo. Pero todo esto tiene mucho que ver con lo que predica Wilson en “THE FUTURE BITES” y es que las redes sociales apestan (no lo digo yo, que también, pero lo dice él), como todo comportamiento alienante que nos aleje de nosotros mismos y los que amamos pero, volviendo a esas mamonadas tan de nuestra época que antes mencionaba, y no son más que la jodida obligación del mal entendido “vivir el momento” por el que todos somos protagonistas y necesitamos vivir momentos únicos que dejar plasmados en nuestras tristes redes sociales, como si fuésemos una celebridad, pero sin serlo, como si fuésemos relevantes y a alguien le importase; “este disco me cambió la vida”, “el mejor álbum de la historia”, “mis pies en la orilla”, “el mejor tofu del mundo”, “la mujer de mi vida”, “este vinilo de colorinchis que me ha costado cuarenta pavos y es tan fino como una oblea, que nunca escucharé, de una banda belga con cien seguidores en Bandcamp que se follan a Cocteau Twins y Alcest juntos”, “esta cerveza IPA hecha una bañera que es mejor que cualquier otra y sólo la conozco yo”, “me ha dejado mi pareja y jamás he sido tan feliz porque ahora sí que he descubierto que tengo amigos, aunque no les conozca en persona”, “escuché el disco de Wilson y dejé pasar cinco metros”, “escribo tweets como si supiese realmente de algo y el tamaño de mis estupidez es inversamente proporcional al poco amor propio del que dispongo y recibo de la gente que me rodea, mientras envejezco y aplico filtros”. Todo, absolutamente sobre lo que protesta Steven Wilson en “THE FUTURE BITES” y, maldita sea, por mucho que odie a sus seguidores (siendo yo uno de ellos), debo aceptar que, como en “To The Bone”, acierta.

 

Porque Steve Wilson, el personaje que creó Steven John Wilson funciona mucho mejor cuando desdramatiza, cuando deja de recordarnos que ha remezclado a King Crimson y nadie nota la diferencia, cuando deja de tomarse tan en serio y es capaz de abrir las ventanas de su casa y permitir que entre toda la música que le ha influenciado de una u otra manera entre, sin tener que hacer aspavientos o mentar a ABBA, Miles Davis, Prince o escribir sobre Eddie Van Halen cuando el cuerpo del guitarrista está aún caliente para, segundos después, consciente del error, pedir perdón a su hijo tras semejante subidón de esnobismo. En definitiva, Wilson funciona cuando deja que su música hable y no se lo permite ni a sí mismo, ni a sus seguidores, esos que ahora elogian “In Absentia” (2002) o "The Raven That Refused to Sing (And Other Stories)" (2013).

 

“SELF” abre rompiendo a esos seguidores, con una base a medio camino entre el horterismo ochentero, el funk y la electrónica más petarda, los coros podrían formar parte de un disco de hip hop y Steven Wilson da en la diana, suena irresistible, tanto como “KING GHOST”, me gusta su base (esta vez más cercana al trip hop de los noventa) y la forma de cantar de Steven, no tan centrada en la narración o en el fraseo más propio del rock sino algo más cerca del pop, olvidándose de la letra y sonando más libre que nunca con vocales en forma de coro. Por el contrario, "12 THINGS I FORGOT" rompe la tónica del disco y nos muestra una canción accesible y fácil, demasiado, no me gusta el tono sencillo, me aburre la melodía y es quizá lo peor de un disco valiente y atrevido, respecto a las coordenadas estilísticas en las que siempre se ha movido.

"EMINENT SLEAZE" recuerda a “Have A Cigar” de Pink Floyd, claro, pero los arreglos de cuerda, los coros y las palmas logran un groove que nos permite viajar, a pesar de los teclados y la evidente evocación a Wright, nada que Wilson no pueda solucionar con los coros femeninos a modo de mantra. “MAN OF THE PEOPLE” es la canción que debería ir en el lugar de "12 THINGS I FORGOT", y me gusta como rompe el chill de Tame Impala gracias a ese golpe espacial propio de Pink Floyd (sí, de nuevo; “Welcome To The Machine” pero sin el dramatismo de esta), imagino que por obra y gracia de David Kosten. “PERSONAL SHOPPER” es vibrante, me recuerda a Sisters Of Mercy (respiro aliviado cuando leo que “Floodland” de 1987 es uno de los discos de cabecera de Wilson y no son meras elucubraciones mías), además el recitado de Elton John es otra genialidad a la línea de flotación de todos aquellos que, por otro lado, compararán todas las ediciones y variantes de este álbum. Como “FOLLOWER” es tan crítica y afilada que roza el cinismo y peca de lo contrario o “COUNT OF UNEASE” es el clásico cierre etéreo que esperaba y me complace por familiar tanto como me irrita por obvio, de un álbum que me parece una genialidad más del inglés y con el que confirma que no le gusta repetirse, pero gana cuando se aleja de lo que todos esperan de él. Poco más que decir de un disco al que hay que darle su tiempo y escuchar sin esperar nada más que disfrutar de buena música.


© 2021 Conde Draco 

Crítica: Accept "Too Mean To Die"

Me gusta que Accept estén atravesando esta segunda juventud aunque, si somos sinceros, más aún Wolf Hoffmann en una banda de la que únicamente queda él de su etapa más gloriosa ya que Martin Motnik y Philip Shouse se han subido al tren en pleno 2019, Uwe y Christopher en 2015 y el bueno de Mark Tornillo, como todos sabemos, en 2009. ¿Es una queja? En absoluto, desde su incorporación en “Blood Of The Nations” (2010), los alemanes han sabido darle la vuelta a la tortilla y conseguir un nuevo ejercito de seguidores para los que poco o nada significa su anterior etapa, mezclándose en concierto junto a aquellos que disfrutan de ambas y la vieja guardia. Asistir a una actuación de Hoffmann y Tornillo es apostar por las nuevas composiciones y algunos, pocos, clásicos sin que afecte al resultado final, en una de esas piruetas que pocas veces se ven en el rock, en el metal, pero que cuando uno es testigo producen alegría. Es por tanto que aunque “The Rise Of Chaos” (2017) y este último “Too Mean To Die” (2021) no sean comparables al citado “Blood Of The Nations” (2010), “Stalingrad” (2012) o “Blind Rage” (2014) entra tan bien; quizá por la ilusión de Martin, Philip, Uwe y Christopher, quizá por las tres guitarras, por las ganas de Hoffmann y Tornillo o por el trabajo del genial Andy Sneap, que “Too Mean To Die” suena actual y fresco, sin perder el encanto de la banda, pero a la vez potente. ¿Quiere decir que sea un buen álbum? Es correcto a nivel compositivo; ni las canciones, ni los riffs son un dechado de originalidad y la escritura no es tan sólida como en el citado “Blood Of The Nations” (2010), “Stalingrad” (2012). Hay canciones menores que suenan bien, pero cuya naturaleza no puede ser disfrazada por esas tres guitarras mencionadas. ¿Es una queja? En absoluto, “Too Mean To Die” es disfrutable y muestra a una banda en plena forma, pero no por ello perdemos la cabeza y creemos estar escuchando el mejor trabajo de los alemanes desde el fichaje de Tornillo, porque no es así.

 

Lo primero que llama la atención de “Too Mean To Die” es un comienzo como “Zombie Apocalypse”, sonando más a hard rock que al metal clásico de Accept pero tampoco debería ser así, ya estamos acostumbrados a la era de Tornillo y su voz rasposa, más propia de Brian Johnson que de Udo, lo que le confiere un tono muy especial a la nueva música de la banda, algo que se siente y mucho en canciones como "Overnight Sensation" o “Suck To Be You”, sonando como unos AC/DC metalizados e hipervitaminados. “Zombie Apocalypse” suena cálida y familiar, suena potente y las guitarras toman el papel principal, sonando excepcionalmente bien, como “Too Mean To Die”, más cercana a las guitarras de Maiden, hasta que la canción se encabrona y parece despegar como un cohete. 

 

“No Ones Master” es perfecta para entrenar, para golpear el saco y el asfalto, tomando más del metal que del hard, con una melodía excelente (lejos de chorradas como “Koolaid”), como “The Undertaker” -aunque más obvia- es un buen medio tiempo, con pegada y buen groove, aunque mis momentos favoritos sean cuando las guitarras echan chispas y se doblan, con cierto aroma clásico, pero aguerridas y punzantes. Buen ejemplo de ello es “Symphony Of Pain” y su aroma beethoveniano, la épica y oriental “Samson And Delilah” (seguro que Hoffmann ha disfrutado como loco en ellas), Accept convertidos en Motörhead en “Not My Problem” y la varonil “How Do We Sleep” con la que te crecerá pelo en el pecho gracias a sus coros. Una segunda mitad de disco, infinitamente más sólida que la de “The Rise Of Chaos” y que nos devuelve a unos Accept, quizá no tan inspirados como hace unos años, pero con sangre suficiente como para seguir haciéndome disfrutar tanto en disco, como en directo. Rozando el notable, de nuevo…


© 2021 Lord Of Metal

Crítica: Foo Fighters "Medicine At Midnight"

Venga, coño, las cartas sobre la mesa, dejémonos de hablar del increíble parecido de Dave Grohl con el batería de Nirvana y hablemos en plata; el mejor disco de Foo Fighters es “The Colour and the Shape" de 1997 (recuerdo que su concierto en Madrid fue en la mítica Sala Canciller) y este, “Medicine At Night”, es el peor de todos, malo como el sebo, horrendo y punto pelota. Sólo los más fanáticos serán capaces de justificarlo, acudir a él y pedir un imbecilidad como “Making A Fire” en directo, buscar un significado pseudo-intelectualoide a una basura de single como “Shame Shame” y su pretencioso videoclip en directo. Pero, siguiendo las indicaciones de mi pareja; voy a imaginar que estoy sentado en una sala insonorizada o algo mucho más demencial, una cámara anecoica (o casi), estoy a solas y no hay nadie en la faz de la tierra que haya escuchado ese álbum, tampoco lo va a escuchar nadie o, por lo menos, no voy a conocer a esas personas jamás. Nirvana tampoco existió, no puedo establecer comparación alguna, y Grohl es de verdad un tipo genuino que no me asalta en YouTube cada vez que busco a Rush o Bowie, mastica chicle con la boca cerrada y no grita absurdamente mientras canta canciones absurdamente pop con guitarras mediocres y tampoco se ríe de la bendita sencillez de canciones como “In Bloom”. Vamos a imaginar que tengo que explicarle este disco a una persona que jamás ha escuchado una puta nota de la música de Foo Fighters.

 

Pero no puedo porque cuando lo escucho siento como mi adolescencia se revuelve, como Kurt Cobain entorna los ojos y mira hacia el cielo, como Mudhoney o Dinosaur Jr. están condenados a públicos minoritarios, igual que Sunny Day Real State o, mucho mejor, imagino que diría Pat Smear (The Germs) si se viese en los créditos de una canción tan tontita como “Waiting On A War” o como el eternamente largo Krist parece pasar de todo en una especie de estado, similar al nirvana, en el que librarse del ‘dukkha’.  “Medicine At Night” es la clara y jodidísima evidencia de que a Dave le ha comido el personaje, que aquel batería contundente y fibrado que aporreaba la batería tras Kurt y Krist, nunca soñó con retomar su carrera tras el cañonazo de Lake Washington Boulevard y, con el paso del tiempo y el éxito, los tronos y los estadios, se ha llegado a creer que una banda modesta de rock alternativo (basta escuchar su disco homónimo del 95 y créanme que lo he escuchado, porque estuve dos veces en aquella maldita gira o el auténtico cohete de Gil Norton en el 97) puede convertirse en una banda de rock atemporal, más parecida a los Heartbreakers de Petty que los irregulares pero mágicos Weezer, es para descojonarse.

 

Y es por eso que Grohl cree que puede jugar a ser el Phil Rosenthal de los estudios de grabación ("Sonic Highways", 2014) o "Concrete And Gold" (2017) que si se salva es por un single como "Run" pero que ya hacía aguas y nadie quiso aceptarlo, como los flojos “One By One” (2002), "In Your Honor" (2005) y el horrendo "Echoes, Silence, Patience And Grace" (2007) de los que mucho salvaréis algunas canciones, claro que sí, pero que cuesta escuchar enteros y no sentir vergüenza ajena si se suponen que pertenecen a una de las bandas más excitantes del rock.  “Medicine At Night” es un enjuague, una recopilación de descartes, de ideas, idas y venidas, canciones aburridas como “Making A Fire” y sus irritantes coros. “Shame Shame” es quizá el single más flojo pero, a la vez, efectista que podrían haber publicado, produce verdadera risa ver a una banda como ellos interpretarla en directo y ver como Grohl se cuelga la guitarra (su flamante Trini López) para no tocarla, Chris Shiflett sin mover la mano del mástil y Pat poner cara de póquer porque no puede hacer nada hasta el estribillo. Sin embargo, Rami y Nate llevan el peso de una canción que hace uso y abuso de la repetición, algo de lo que peca este disco y es que parecen ideas que han querido alargar hasta los cuatro o cinco minutos, “Cloudspotter” es buen ejemplo de ello y su empeño por sonar tan desenfadados como Queens Of The Stone Age cuando Homme vacila o la forzadísima “Waiting On A War” compuesta, sin duda, para ser cantada por miles de sombreritos de paja, mojito en mano y tacones de corcho, en Coachella o uno de tercera como el Mad Cool; tan obvia, tan fácil, tan inofensiva, tan ñoñita que asusta y aburre a partes iguales. 

La homónima, “Medicine At Midnight” es buen ejemplo de lo que nos vamos a encontrar en un disco que no aporta nada en absoluto, como la influencia de Kruspe en “No Son Of Mine” y el sonido prefabricado de “Holding Poison” en un álbum que se abre igual que se cierra pero que, para colmo, nos depara lo peor en su mitad. Buen ejemplo de ello es “Chasing Birds” y su lentitud o la búsqueda de “No Son Of Mine” en la guitarra de “Love Dies Young” en la que demuestra que, en efecto, son Coldplay con guitarras y Grohl suena más domesticado y castrado que nunca, que recurre a los temidos “oh, oh, oh” cuando no hay letra posible y busca el efectismo en unas composiciones tan mediocres como olvidables. Desconfía de los medios que le den tres y cuatro estrellas, cinco rayos y seis manitas cornudas, este disco es bazofia. Que no te la cuelen...


© 2021 Conde Draco.

Crítica: Tribulation "Where the Gloom Becomes Sound"

Hay algo de tragicomedia en todos esos seguidores de última hornada, que se suben tarde al carro, y se empeñan en ensalzar las últimas obras de aquellos artistas que lo han dado ya todo. En el caso de Tribulation es una verdad a medias porque, aunque “Where the Gloom Becomes Sound” merece la pena, también creo que los suecos todavía tienen suficiente talento y margen de maniobra como para sorprendernos con otro "The Horror" (2009), "The Formulas of Death" (2013), "The Children Of The Night" (2015) o el magnético "Down Below" (2018) cuando, a excepción de las canciones que funcionan como single, “Where the Gloom Becomes Sound” posee una gran cantidad de relleno; mágico para muchas bandas, insuficiente para una como Tribulation que ha sido capaz de firmar verdaderas maravillas. Muchos, sin duda aquellos que creen que este álbum es una obra maestra porque seguramente sea su primer disco publicado de Tribulation, acusarán la falta de Jonathan Hultén como síntoma de las turbulencias de una banda, por otro lado hermética, mientras que otros (de inteligencia inminentemente abisal) entenderán este, su último disco, como todo un testamento. Ajenos todos a que Tribulation ya se ha desangrado lo suficiente antes de Hultén, si la memoria no me falla con las pérdidas de Jimmie Frödin, Jakob Johansson, Jakob Ljungberg y Olof a las voces, y cuyas bajas nunca han repercutido en su música, por lo que lo de Jonathan (hasta que no les veamos de nuevo sobre los escenarios o graben su próximo disco con su reemplazo, Joseph Tholl), no deja de ser algo anecdótico para todos aquellos para los que el guitarrista e ilustrador jamás ha significado o significará algo. Guiño, guiño, codo, codo…

 

De nuevo, Magnus Lindberg tras el masterizado y Tom Dalgety en la mezcla, el principal problema que acusa “Where the Gloom Becomes Sound” no es el sonido del álbum o de los propios Tribulation, sonando como ellos mismos en lo que parece todo un ‘gimmick’ o ejercicio de estilo, sino la falta de canciones que igualen a su triada oficial o destilen la magia de “Down Below”. La inicial “In Remembrance” tira de épica en su ‘crescendo’, la voz de Andersson suena profunda y crujiente, cavernosa en su tono, y las guitarras de Hultén y Zaars dibujan la melodía, todo funciona en un disco en el que ellos mismos parecen saber de la ausencia de composiciones de calado y deciden situar aquellas con mayor pegada e inmediatez en sus primeras posiciones, como es el caso de “Hour Of The Wolf”, en la que ya comenzamos a sentir que Tribulation juegan a ser ellos mismos y funciona a medias; cuando nos recuerda a sus mejores momentos pero se siente predecible como single, y parecemos saber cada fraseo, cada riff, cada cambio de Leander. Lo mismos que ocurre con “Leviathans” y su maravillosa guitarra, buenas canciones pero simples y previsibles, como “Dirge of a Dying Soul” ralentiza el disco abusando de su tinte gótico o la suite que es “Lethe” que, como parece ser la moda, divide el disco en dos para que “Daughter of the Djinn” nos descerraje una guitarra puramente NWOBHMy nos permita ver a Andersson en un registro levemente más diferente a lo que nos tiene acostumbrados.

 

“Elementals” es un autoplagio, Leander, Zaars y Hultén juegan a ser Tribulation en una canción que no aporta nada nuevo y, lo peor de todo, tampoco es memorable, como ocurre con la lenta “Inanna” o la confirmación de que a “Where the Gloom Becomes Sound” le falta chicha y las canciones pecan de pura simpleza o escasez de ideas, cuando el riff de “Funeral Pyre” suena por Maiden y “The Wilderness”, igual que “Inanna” podrán servir como apertura de sus conciertos gracias a su impostada grandilocuencia, esa misma que se deshace, literalmente, según corren los segundos.

 

Que nadie se equivoque, amo a Tribulation, por todos es sabido, y me gusta “Where the Gloom Becomes Sound” pero tengo el criterio suficiente como para, después de escucharlos desde hace más de ocho años y otras tantas en directo, saber de lo que son capaces. No es una decepción porque Tribulation jamás podrían grabar un mal disco, pero espero que este que nos ocupa sea tan sólo un traspiés y no caigan en la complacencia del autoplagio y sepan atrapar a las musas de nuevo.


© 2021 Jack Ermeister

Crítica: Soen "Imperial"

Produce cierto placer cuando uno se sabe poseedor de la razón, incluso cuando hace años, lo único que se recibían eran ataques. Soen nació como un espejo sobre el que mirarse los fans de Tool, no lo digo yo, lo dijo el mismísimo Martín López en algunas entrevistas y, en aquellos años de hambre de la banda de Maynard, muchos seguidores de nueva hornada (aquellos que aseguran haber esperado décadas, cuando no es verdad), se apresuraron a coronar a Soen como la banda que, a falta de Tool, todos debíamos ver en directo. Tampoco lo digo yo, su propio promotor en nuestro país, fue el que anunciaba los conciertos de la gira de "Cognitive" (2012) como un pequeño bálsamo ante la espera de lo que sería el regreso de los de Adam Jones. Es por eso que no me molesté en escribir sobre "Cognitive" (2012) y tampoco sobre “Tellurian” (2014), ignorando el pequeño hype y, por supuesto, sorteando el ejercicio patrio de estupidez. Pero algo cambió en “Lykaia” (2017), lo escribí y aquellos mismos se me echaron encima, para ahora ser ampliamente reconocido; en aquel álbum, Soen dejaron atrás sus deudas e influencias para crear su primer disco, propiamente dicho, pero también es cierto que fallaba (con el paso del tiempo, también se ha evidenciado), la producción. Sin embargo, en “Lotus” (2019) alcanzaban la madurez como banda, ya se podía hablar de un sonido “puramente Soen” sin tener que rendirle cuentas a nadie, podíamos escuchar a los de López (me niego a escribirlo sin tilde, lo siento) sonando mejor que nadie, porque no hay mejor formar que desmarcarse del resto que siendo uno mismo, en tu propia liga y Soen lo bordaron. La producción era opulenta, redonda y musculosa (como me gusta escribir cuando prima el groove) y, en este caso, la base rítmica de Kobel y López predominaba en la mezcla, acercando a Soen a todas esas bandas de metal alternativo o progresivo de los noventa (nada que objetar) y unas canciones realmente gloriosas (desde la primera a la última, no seamos idiotas).

 

Pero heme aquí, escuchando “Imperial”, un álbum producto de esta horrible pandemia en el que la banda se ha visto obligada a cancelar su gira y ensayar, ensayar y ensayar, resultando sus días en maratonianas jornadas de doce horas y eso, queramos o no, se se siente en cada uno de los surcos de “Imperial” porque, hasta ahora, dedicarle tanto tiempo a rodar las canciones no era el ritmo propio de una industria, como es la musical, en la que no hay tiempo si lo que quieres es facturar y generar ingresos en lo único rentable del mercado, las giras. Además, “Imperial”, bajo la mano de Churko, suena infinitamente mejor que “Lotus”, no es que aquel sonase mal pero había un abuso de los medios que convertía la mezcla en un muro de hormigón (magnífico, sólido) pero que aquí, en “Imperial”, gana enteros cuando Churko le concede espacio a los agudos, resultando un disco mejor balanceado, con más brillo pero la misma presencia.

 

Es esa fórmula perfeccionada por Soen, por la que cuando suena “Lumerian” nos sentimos como en casa y ahora reconocemos sus señas de identidad sin que a nuestra cabeza venga uno u otro nombre, López está magnífico y la voz de Ekelöf suena con personalidad, el riff nos taladra pero nos libera en ese tipo de estribillos propios de Soen, en los que parece que sobra el techo de la sala, liberando una melodía tan bonita como abierta; “I believe that in a year we could be somеthin' more but every trace of who we are is gone…”,dobles voces, arreglos de cuerda (enlatados, pero igualmente efectivos) para lograr el efecto deseado y tocarnos directamente el corazón. “Deceiver” golpea con fuerza, la guitarra de Cody Ford repiquetea sobre López y, de nuevo, un buen puente que nos conduce al estribillo, composiciones trabajadas y escritas con mimo, como ocurre con la melancólica “Monarch” o la intimista “Illusion”, evocando el recogimiento de los Opeth más nocturnos o los Anathema más emocionales.

“Antagonist” es pura fibra, la guitarra de Ford suena más enérgica, con más presencia y fuerza, mientras Ekelöf nos lleva de nuevo a su terreno en uno de los adelantos que, paradójicamente, menos muestran los vericuetos de “Imperial”. Es verdad que en “Modesty”, la guitarra de Ford recuerda a la pulsión del delay de Gilmour, como que “Dissident” nos devuelve a los Soen más aguerridos y “Fortune” cierra por “Lotus”, con la misma intensidad y emotividad, con el mismo tinte melódico y las mismas cargas de profundidad, concluyendo el disco de manera magnífica.

 

Como puntos a favor, respecto a “Lotus”, el trabajo de Churko tras los mandos, la maestría de Soen y la mejora sustancial de Ekelöf como vocalista, la personalidad y la presencia, la belleza y sensibilidad de su voz, encontrando el único punto en contra la ausencia de una composición como la inmediata “Lascivious” u “Opponent” que les abra las puertas de un público más amplio, aunque, bien visto, ¿quién quiere algo así para una banda tan especial como en la que se están convirtiendo Soen? Bendita pandemia que nos ha dado la oportunidad de “Imperial”, ahora sólo queda disfrutar de ambos discos sobre los escenarios, allí nos vemos.


© 2021 Conde Draco

Crítica: Nervosa "Perpetual Chaos"

Esta es una de esas críticas que se escriben solas, ya sabéis; desbandada de Luana Dametto y la más que reconocida Fernanda Lira (formando ahora Crypta) e incorporación de Eleni Nota, Diva Satánica (Bloodhunter) y la también conocidísima Mia Wallace, además de gran parte de la escena apoyando a Prika Amaral. Lo siguiente, en casi todos los medios, más que una crítica (positiva, templada o negativa) es casi una nota de prensa en la cual todos elogian la potencia de las brasileñas por parte de chavales que escriben al peso y no porque amen sobre lo que tecletean en sus ordenadores. Pues mira, no, sin entrar en la calidad; lo que me dispongo a describir es el nuevo álbum de Nervosa, “Perpetual Chaos” y me importan un putísimo bledo los pases, las entrevistas y cualquier retuit o fav, cualquier corazoncito y toda esa puta mierda de moneda digital del ego, escribo porque quiero y no tengo la necesidad de que compres este disco, el vinilo en diferentes colores o que me veas esconderme las púas en el bolsillo mientras saco fotos en el foso, nada de eso., no te voy a convencer de nada porque, seguramente, opinemos lo mismo. Nervosa regresan, es obvio y me joden los cambios, no por mi incapacidad para aceptarlos sino porque creo que Prika pierde con la marcha de Fernanda y esta también lejos del nombre que actualmente estaban ya labrándose Nervosa. Prika es una buena y dotada guitarrista, capaz de hacer unas voces solventes, tanto como posee un don para la composición, es una chica inteligente que ha llevado a su banda a lo más alto pero, a menos que Crypta nos sorprendan muchísimo (cosa que dudo), esta nueva vida de Nervosa se queda en promesas e intentaré explicarlo en esta humilde crítica en la cual no te mentiré escribiendo en automático, sino lo que siento.

 

“Perpetual Chaos” es un disco notable, con una producción por parte de la propia Prika Amaral, con ayuda de Martin Furia (Furia o Bark) que suena potente y actual pero sin olvidar las raíces thrash de Nervosa, por momentos la siento plana con todos los instrumentos y la misma presencia, repercutiendo en que las canciones suenen ligeramente monótonas (vinilo y cd, además de lossless en mi dispositivo, no puedo probarlo mejor que ante unos altavoces a válvulas de 100 vatios y en todos estos formatos y equipos, tengo el mismo sentimiento), pero nada de esto importa porque Nervosa lo suplen con su buen saber hacer; las voces suenan potentes y Diva Satánica está estupenda, igual que la base rítmica formada por la incombustible Mia y Eleni. Entonces, ¿cuál es el problema?

 

“Venomous” es pura rabia y me gusta su riff, me gusta lo que escucho, me gusta la sensación de banda más que curtida a pesar del tiempo que llevan juntas, me gusta esa sensación de súper-banda que quizá antes se perdía con el formato de trío, pero si "Agony" (2016) adolecía del síndrome del segundo disco y "Downfall of Mankind" (2018) parecía una transición, “Perpetual Chaos” prolonga esa sensación y “lo que podría haber sido, pero todavía tenemos que esperar” porque con Nervosa me ocurre lo mismo que con los actuales Sodom o Destruction (en su liga, claro), bandas que han ampliado sus filas y de las que esperaba mucho más de su propuesta y, en cierta manera, me han decepcionado. “Guided By Evil” es thrash genérico y es verdad también que su forma de afrontar esas partes más pesadotas es poco usual en ellas y me gusta, pero como también me ocurre con “People of the Abyss” y su ritmo machacón, me quedo a medias.

“Perpetual Chaos” vuelve a sacarlas de esa zona en la que parecían afincadas en sus últimos discos y me gusta cómo atacan la canción, a un tempo más lento que lo habitual, a pesar de regresar a un thrash tan clásico y sobado como el de “Until the Very End” con Guillherme Miranda o “Genocidal Command” y ese arranque tan Slayer con el propio Schmier (Destruction) echando una mano. En “Kings of Domination” se ennegrecen y sí que creo que Nervosa parecen querer una nueva vía en su propuesta, sonando verdaderamente infernales, como también que “Time to Fight” es una de las grandes canciones de este disco y se pega como un maldito chicle, que la apertura de “Godless Prisoner” suena más doomy y solucionan el cambio a la estrofa bajando las revoluciones, denotando sabiduría y buen hacer. “Blood Eagle” sorprende con una introducción propia de Tom Waits, hasta llevarla a las coordenadas que las de Prika parecen saber manejar tan bien, mostrando colores diferentes a los de la antigua formación. 

 

“Rebel Soul", con Eric “AK” Knutson, me parece brutal, igual que el disparo a bocajarro de “Pursued by Judgement” y un final tan digno y bien estructurado con “Under Ruins” cerrando el álbum, produciendo la sensación de que las brasileñas (si se me permite de nuevo escribirlo con una española, italiana y griega en sus filas, siendo únicamente Prika de São Paulo) apuestan más en su segunda mitad y el álbum lo agradece. Pero, como explicaba unas líneas más arriba, no es suficiente para que “Perpetual Chaos” no parezca un álbum que presenta a una nueva formación que podría haber dado mucho más de sí y, sin desdibujar la propuesta de la banda, descubrirnos que los cambios han merecido la pena y nosotros, como oyentes, los sentimos. Así que, bien por Nervosa, supongo que bien también por Crypta, pero necesito algo más para confirmar si ha merecido la pena en una banda que (el tiempo me dará la razón, estoy seguro), volverá a cambiar su formación en breve.


Texto © 2016 Blogofenia 

Pic de © 2021 Barbara Ciravegna