METALLICA en Madrid...

Un concierto con tantas luces como sombras, pésimo sonido y repertorio irregular.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

El adiós de CHROME DIVISION...

"One Last Ride" de CHROME DIVISION (Shagrath, DIMMU BORGIR), digno canto del cisne de una banda que se despide.

Así es "Hexed" de CHILDREN OF BODOM.

Laiho y los niños del lago BODOM regresan con un álbum diferente, pero dinámico y mágico.

"Songs For The Dead Live": KING DIAMOND sigue siendo el rey.

Así es el nuevo directo del danés, gira de la que fuimos testigos....

"amo" de BRING ME THE HORIZON: el estrógeno es bello...

...o cómo Oli Sykes pierde el norte y trollea a su público.

HIGH ON FIRE, Mastodon en estado crudo.

Con "Electric Messiah" estamos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya.

GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Baroness “Gold & Grey"

Hay una terrible confusión entre amar a una banda (aunque, pongámonos metafísicos y apliquémoslo a todo en la vida) y llevarse la contraria a uno mismo, cuando el corazón pide una cosa, pero la cabeza sabe que no. Así me encuentro con “Gold & Grey" de Baroness, un álbum que tenía muchísimas ganas de escuchar y, tras haberlo hecho largo y tendido durante el último mes (seguramente leas esto tras la publicación, pero fuimos supuestamente honrados con el promo), mi corazón me pide que lo ame, pero mi cabeza me pide que no lo escuche nunca más. Las cartas sobre la mesa, todo prometía en el mundo de los de Savannah (Georgia) para que este nuevo álbum fuese la auténtica cuadratura del círculo en su carrera, tras una larga gira como fue la de “Purple” (en la que los pude ver, ¿cuatro veces?), el anuncio de que seguían trabajando con Dave Fridmann y la filtración de su exuberante portada (que la banda convenientemente censuró y reclamó derechos de autor a través de nuestro humilde Facebook, cuando la compartimos), ¿qué podía salir mal? Baroness son una banda que, hasta la fecha, no había errado en su tiro, publicando joyas del calibre de "Red" (2007), "Blue" (2009) o el citado "Purple" (2015), sin olvidarme de "Yellow And Green" (2012) pero el adelanto de “Borderlines” me descolocó del todo, no se trataba de la canción (que tampoco era, ni es una maravilla) sino de un sonido que no me terminaba de convencer…

Veréis, uno yo es perro viejo y no va a caer en la trampa; a veces los singles suelen ser sorprendentes, a veces son representativos de los discos que anteceden y otras nada de nada; por lo que no hay que prestar demasiada atención a los adelantos, más que lo justo para hacer boca. Pero las sorpresas no vinieron solas y la mía fue mayúscula al recibir el álbum. “Gold & Grey", pese al trabajo de Fridmann y la ejecución de Baroness, suena fatal, da igual dónde lo escuches; a través del ordenador, en tu coche, en tu mejor reproductor, en vinilo, en compacto, es un álbum que suena horriblemente mal, que satura y convierte el rango dinámico en un muro infranqueable en el que no se te ocurra, por nada del mundo, subir mínimamente el volumen porque no lo escucharás mejor, todo lo contrario. No solamente se trata del masterizado, el mezclado es igual de horrendo y las guitarras pierden cuerpo, se vuelven débiles para que los platillazos de Thomson las devoren y el sintetizador de Jost corrompa el resultado final. Llegados a este punto, en el cual es francamente difícil apreciar las canciones en su justa medida, ¿por qué echarle la culpa al productor cuando seguramente tenga más que ver la decisión de Baizley? Amigo mío, la portada la has vuelto a clavar, el sonido de tu banda te lo has cargado tu solito cuando afirmabas que querías ser valiente y grabar algo que sonase diferente, con sonar bien en cualquier reproductor habríamos tenido más que suficiente.

Por otra parte, las canciones que componen el álbum no son las más inspiradas del grupo; diecisiete piezas en tan sólo una hora y cantidad de relleno, ¿qué les ha pasado? "Front Toward Enemy" comienza con un buen riff, aunque impropio de ellos, y la ya clásica voz de Baizley nos hace presagiar un buen álbum, pero el sonido, siempre el maldito sonido, es el que hace que nada termine de sonar como debiera y cuando canta; “We're headed for disaster… Disaster!” no podría haber mejor augurio. La incorporación de Gina Gleason suma, no disimularé; echo de menos a Peter Adams, pero le tengo en Valkyrie, todo correcto. Gleason suma porque es fiel al sonido de la banda y aporta su propio estilo con frescura, por lo menos, en directo.

Los ochenta resuenan con fuerza, así dan muestra de ello en "I'm Already Gone" que, aunque pueda sonar a pleno tópico, podría haber sido destilada por Depeche Mode, y me molesta profundamente que una de las mejores canciones del álbum no termine de sonar como debería, como tampoco me gusta el trabajo de Thomson en “Seasons”, cercano al trip-hop, o la manía de incluir piezas musicales que hacen perder dirección al álbum; “Seven”, “Anchor's Lament" (coral), el ruidismo del comienzo de "Blankets of Ash" y su absurdo desarrollo que concluye en "Emmett~Radiating Light" (en la que nos recordarán al Beck más acústico), la etérea “Crooked Mile" que parece más una improvisación en el estudio, exactamente igual que "Can Oscura" y su parodia de Radiohead, o el clímax de la soberbia estupidez con "Assault on East Falls". Cualquier seguidor de Baroness que haya escuchado sus anteriores discos, se rascará la cabeza y pensará; ¿qué clase de broma es esta? Diecisiete canciones de las cuales, al menos, siete son una pequeña tomadura de pelo y el resto zozobran entre buenas ideas, mejores introducciones y desiguales o peores resultados bajo un envoltorio indigno. Me gusta “Tourniquet”, su comienzo es mccartiano (también la guitarra por “Dear Prudence” en "Cold-Blooded Angels") y me parece brillante el cambio al pulso electrónico más propio de Gore en los mejores Mode (influencia que confirma la más que evidente "I'd Do Anything"), como también me gusta el riff de "Throw Me an Anchor", aunque tampoco termine de sonar, y en “Broken Halo” surquen las peligrosas pero ahora rentables aguas del autoplagio, para despedirse con el single que es “Borderlines” que, a la postre, por desgracia, sí que era quizá la más accesible de todo el conjunto y ahora así se entienda, tras meterse uno el álbum entre pecho y espalda. Despedirse porque tras la supina memez de "Assault on East Falls", llega la también horrenda “Pale Sun”. ¿Qué os ha pasado, chicos?

Siempre surgirán aquellos que se sientan atacados en lo más profundo y pretendan defender este último álbum de Baroness, esos mismos que comprarán cualquier cosa que Baizley publiqué porque la banda hace ya tiempo que dio el salto y me alegro por ellos. Aquellos que, en lugar de defender las canciones o escucharlas, se ensañen con esta crítica que el tiempo no hará más que ratificar porque, como reza el dicho; cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo. A todos esos tan sólo les deseo una digestión de mil años en el interior de Sarlacc, escuchando en bucle “Assault on East Falls" o, mucho peor, disfrutar de Volbeat en la gira anunciada con Baroness, todo para ellos, que lo disfruten.

© 2019 James Tonic

Crítica: Death Angel “Humanicide"

Death Angel podrían hacer suya la gran paradoja de que no todo aquel que trabaja duro y posee el talento, es el que llega a los puestos más altos, al verdadero reconocimiento. Es verdad que Cavestany y Osegueda firmaron discos como “The Ultra-Violence” (1987) y “Act III” (1990) y tardaron en regresar catorce años hasta “The Art of Dying” (2004) pero, como decía mi compañero en su crítica de “The Evil Divide” (2016), el que tuvo, retuvo y, a pesar de no ser los mismos, siguen siendo una banda tan fiable en el estudio, como en directo. En una época en la que, quizá por Internet o quizá por su nombre y su innegable calidad, Death Angel han visto su popularidad incrementada, es verdad que nunca llegarán a protagonizar un Big Four (como también le ocurre a Testamen) pero han facturado mejor música que muchos de los que componían ese cartel y, pese a ello, fueron señalados con el dedo divino. Death Angel transitan una zona gris, esa segunda línea de batalla mucho más digna en la que no podemos decir que hayan publicado un mal disco en los últimos quince años, a los hechos me remito; el mencionado “The Art of Dying” (2004), pero también “Killing Season” (2008), “Relentless Retribution” (2010), “The Dream Calls for Blood” (2013), “The Evil Divide” (2016) y ahora “Humanicide” (2019).

Empero, habiendo disfrutado “Humanicide” y sabiendo que le daré más vueltas, además de encontrarme con la banda en poco menos de tres semanas presentándolo, no lo he disfrutado tanto como “The Dream Calls for Blood”, lo que no quiere decir que sea un mal álbum. “Humanicide” tiene más profundidad, nada más hay que escuchar una canción como “Immortal Behated" para ser consciente de ello, cuando juegan con el medio tiempo y terminan con una bonita coda a piano y acústicas, o juegan en “Revelation Song” a darle un poquito más de groove a su propuesta y rompen su propia dinámica con una bonita introducción en "Aggressor", todo lo contrario que en “The Evil Divide” cuando parecían oscilar del thrash más clásico a uno más moderado, cercano al hard pero, eso sí, sin perder sus propias señas de identidad. En “Humanicide” vuelven los lobos a la portada y con ellos parecen aceptar su propia naturaleza thrash; son una banda clásica de los ochenta y buscan actualizar su sonido y profundizar en él, pero sin grandes dolores de cabeza para sus seguidores.

Así, por ejemplo, comienzan con la propia “Humanicide” y un sabor plenamente clásico, pero con el sonido que Jason Suecof sabe imprimirles (con quien repiten en la producción porque, como insiste, Osegueda; “Cuando algo funciona, ¿por qué cambiarlo?). La guitarra de Cavestany parece echar chispas sobre el bajo Sisson, en mágica comunión con la de Aguilar en canciones como "Divine Defector", el primer tiro a bocajarro de un álbum que intentará abatirnos desde el primer segundo, hasta el último, con desigual resultado según avanza. “I Came for Blood” comienza recordándonos a Motörhead en su urgencia pero de reminiscencias punk, antes de convertirse en un sencillo y pegadizo himno thrashy, antes de la segunda cara de un vinilo en la que tan sólo "Alive and Screaming" parece formar parte de su legado cuando el resto de las canciones que la componen parece picotear de aquí y de allá, desde la infantil “The Pack” (cuyos coros la hacen perder puntos), "Ghost of Me" que suena puramente thrash pero no aporta absolutamente nada o “Revelation Song” que podría haber sido firmada por Zakk Wylde y, gustándome mucho Black Label Society, pese a ello, me parece un grave error por parte de Death Angel, además de ese horrible “fade out” con el que finiquitan una canción de tubos de escape y bujías, tan impropia de ellos (algo que repetirán a lo largo de todo el disco y supongo que será cosa de Suecof). Una pena que decidan despedir el disco con lo que parece un descarte de “The Dream Calls for Blood”, “Of Rats and Men”, o la narrada "The Day I Walked Away", dando la sensación de que las mejores bazas han sido estratégicamente situadas en primera línea, pero “Humanicide” pierde fuelle y dirección. Es un buen disco con algunas canciones con gancho, pero no tan certero domo debería. Tan sólo espero que Cavestany y Osegueda no hayan puesto el piloto automático y los errores de “Humanicide” sean solventados en las próximas composiciones, pero eso ya será otra historia…


© 2019 Lord of Metal



Crítica: Earth "Full Upon Her Burning Lips"

El fin de ciclo o, seguramente, la casualidad ha querido que Earth y Sunn O))) hayan publicado su nuevo álbum en poco más de un mes. Dos bandas peculiares pero tangenciales, con un denominador común, y a las que siempre guardaré un gran cariño por muchos motivos, pero quizá el más importante sea aquella vez que, como relaté en mi crítica de “Life Metal”, pude disfrutar de su música en el mismo festival. Si Sunn O))) se presentaban con Attila Cishar, lo ocurrido con Earth fue aún mucho más surrealista; siendo la zona de prensa todo un viaje al pasado del rock alternativo de los noventa cuando a escasos metros, unos de otros, se encontraban Melvins con Buzz Osborne, Steven McDonald (Redd Kross) y, por supuesto, Dale Crover (ex-batería de Nirvana) y, en el otro extremo, un magnético Dylan Carlson. Sólo habría faltado Mark Lanegan en la ecuación para completar el círculo, a falta de Cobain, claro está. La presentación de Earth no dejó a nadie indiferente, situado en la primera fila pude asistir también a una discreta prueba de sonido que pasó desapercibida para mucha gente y que me demostró hasta qué punto Carlson es un auténtico gourmet del sonido, además de la fortuita e implícita sorpresa que, sin saberlo, me aguardaría hasta este nuevo álbum. Presentaban “Primitive and Deadly” (2014), el concierto fue majestuoso e interpretaron canciones de mis discos favoritos, por supuesto, “The Bees Made Honey in the Lion's Skull” (2008), dejándome con ganas de más, entendiendo -como también me ocurrió con Sunn O)))- por qué hay bandas que hay que escuchar sí o sí en directo para comprender su propuesta.

Cinco años ha tardado Earth en regresar, “Full Upon Her Burning Lips” (2019), pero no un Dylan Carlson que parece haber vivido demasiado en poco tiempo, no sólo se casó y tuvo problemas de salud que le obligaron a cancelar sus actuaciones en directo, sino que en lo creativo, tampoco ha parado quieto y tras “Primitive and Deadly” publicó “Falling with a 1000 Stars and other wonders from the House of Albion” (2016) y “Conquistador” (2018), discos notables en los que tampoco se aleja de las coordenadas habituales, aquellas que nos harían creer saber lo que publicará bajo el nombre de Earth. Y, sin grandes quiebros o imposibles e increíbles giros estilísticos, reduciendo la banda a él mismo y Adrienne Davies, parece que Carlson ha querido desvestir aún más de todo artificio y adorno a Earth (si es que eso es posible).

“Full Upon Her Burning Lips” es el lento viaje al corazón de Earth, música nuclear, igual de hipnótica y parsimoniosa que siempre, pero aún más cruda que antes. Piezas como “Datura’s Crimson Veils” evidencian un alejamiento de los pedales de efectos por parte de Carlson, suenan las primeras notas y recuerdan a “Little Wing” de Hendrix de no ser por la evolución de la canción más extensa del álbum y el in crescendo sobre un mar de lentos riffs, el despertar de un gigante subterráneo hasta la calidez de “Exaltation Of Larks” que parece serla pieza principal de “Full Upon Her Burning Lips” o el momento más especial para mí que es “Cats On The Briar” que fue compuesta durante esa prueba de sonido que pude presenciar en directo, tal y como confirma el propio Dylan Carlson, y que hace que la sienta aún más mía; una brillante progresión de acordes (Ab6-Ab7-Ab) que logra lo buscado, producir la sensación de estatismo en la composición, mientras la guitarra parece avanzar sobre la misma base. No podría haber pedido más de mi experiencia con el mismísimo Carlson.

Más directa es “The Colour Of Poison”, los constantes cortes y el pesadísimo riff le otorgan un tono más duro (sin salirse del patrón de Earth) y el contrapunto de “Descending Belladonna” compuesta para la película “Belladonna Of Sadness” (como “The Mandrake’s Hymn“ y su repetición obsesiva), rompiendo un poco la tónica del álbum, esa misma que continuarán con “She Rides An Air Of Malevolence” o lo que parece una improvisación en el estudio, “Maiden’s Catafalque”. Davies está magnífica, la percusión del álbum suena particularmente bien, así se siente en “An Unnatural Carousel”, en la que también Carlson demuestra sus dotes como guitarrista cuando es capaz desplegar un riff en varios compases, hasta esa joya que es “A Wretched Country Of Dusk”, a modo de despedida.
No me esperaba un álbum como “Full Upon Her Burning Lips”, no porque Dylan Carlson no fuese capaz, sino porque ha superado todas mis expectativas. Por supuesto, aquel que quiera paladear y entender lo que son Earth tendrá que seguir acudiendo a sus directos, pero las canciones aquí contenidas irradian toda la esencia y belleza de una propuesta, muchas veces mal entendida, no al alcance del paladar de todos. No es “Pentastar: In The Style Of Demons” (1997), tampoco “Primitive and Deadly” (2014) o “The Bees Made Honey in the Lion's Skull” (2008) pero es igualmente mágico.


© 2019 James Tonic



Crítica: Departure Chandelier "Antichrist Rise to Power"

La muerte y el metal siempre han ido de la mano en una relación tan inherente pero paradójica como la del huevo y la gallina y su qué fue antes, que se ha convertido en todo un tópico de tintes paródicos. Pero no olvidemos también que fue algo buscado en su intento infantil de brutalizar su propia propuesta y qué mejor subgénero que el más negro de todos, como es el black metal para, en lugar del baño gore y zombi propio del death, ahondar en la ausencia y negación de toda vida que con el patetismo de aquel que fue y nunca más será; el emperador Napoleón en su lecho de muerte, instantes antes de su entierro, un magnífico óleo de Jean-Baptiste Mauzaisse, que sirve como carta de presentación del debut de los canadienses Departure Chandelier y se ha convertido, de golpe y porrazo, en una de las revelaciones en la escena del black metal de este 2019. No es difícil contemplar cientos de fotos, protagonizadas por lánguidos instagramers (mi especie favorita de todos los reinos de Whittaker) posando con el vinilo y leer el nombre de Departure Chandelier en la prensa internacional más especializada con exageradas notas y loas a una obra que poco descubre pero que entra de un tiro. ¿Es para tanto, no estaremos dejándonos llevar por el hype? Todavía es pronto para saber si lo ocurrido con este trío canadiense es pura especulación y responde a una supuesta moda, sólo podemos esperar a que pase el tiempo y conformen una discografía en la que poder evaluar, comparar y trazar una tendencia pero, lo cierto, lo que nadie podrá discutirme, es que este álbum, “Antichrist Rise to Power”, es una pequeña y humilde obra maestra en sí mismo.

Tomando como herencia lo mejor de la escena blackmetalera francesa de los noventa, han logrado grabar un álbum crudo y estridente, sin grandes alardes técnicos y con lo que parece un presupuesto ajustado, unas canciones con encanto, títulos fabulosos (y enormemente largos, majestuosos y bizarros), guitarras crujientes (demasiado, a veces), lamentos y baterías disonantes (y desafinadas) que transmiten la inmediatez pero también la podredumbre blacker de aquellas primeras grabaciones del norte de la fría Europa que ni siquiera las actuales vacas sagradas que sobrevivieron a la escena, son capaces de replicar con la misma fidelidad de Departure Chandelier.

Tras la consabida introducción, “Intro (Napoleon’s Sword)”, con un teclado tan de juguete como sus ruidos, comienza la verdadera fiesta fúnebre con “Life Escaping Though Candle’s Smoke” y el riff más infeccioso de todo el álbum de los canadienses; la fórmula es tan sencilla como sus notas y la fórmula de solapar guitarra y teclado. He de reconocer que, por momentos, me cuesta decantarme por una u otra hipótesis tras escuchar ambas piezas; ¿Departure Chandelier juegan con el ruidismo y alternan partes más melódicas frente a las caóticas o, simplemente, como me ocurrió tras ver a Ghost Bath en directo, no dominan del todo sus instrumentos? Una u otra carecen de la mayor importancia, algunos de los mejores discos de black no son ejecutados por Petrucci o Satriani precisamente y tampoco debieran.

De cualquier forma, “Life Escaping Though Candle’s Smoke”, es de verdad adictiva, tanto como “Forever Faithful Of The Emperor” y es que algo tienen Departure Chandelier, una simplicidad tan pedestre, que sus melodías se enquistan en tu cerebro y son francamente difíciles de olvidar. Como “Catacombs Beneath The Castle Of The Marquis” y una batería cuyos parches parecen tan destensados y poco afinados como sábanas tendidas, por no hablar de la guitarra y sus infantiles quintas. Pero lo consiguen, transmiten; la emoción está en los surcos del vinilo, el álbum por completo huele a humedad, como si hubiese recibido el mismo tratamiento que el “Born Again” de Black Sabbath (no los estoy comparando, mucho ojo…) y la peor de las suertes, respirando la humedad del más oscuro de los sótanos.

Caso aparte es la propia “Departure Chandelier”, su lúgubre riff de apertura y la tormenta en la que deviene o “A Sacrifice To The Corsica Antichrist” por todo el low-fi del mundo mundial, antes de lo que parece un último himno “Re-Establish The Black Rule Of France” y esa mortuoria despedida a base de órgano en “Outro (Exile On The Jagged Cliffs Of Saint Helena)” por la que, irónicamente, Arcade Fire serían capaces de matar.

Tras haberlo escuchado decenas de veces y haberse convertido en uno de mis discos favoritos de este año, todavía me sigo preguntando qué es lo que ha pasado; si ha sido fortuito o buscado, pero escuchando “Antichrist Rise to Power”, he sentido exactamente lo mismo que la primera vez que escuché a Burzum o, más recientemente, a mi amado Leviathan (Wes), mientras sigo sintiendo escalofríos cada vez que contemplo la portada del vinilo, la pintura de Mauzaisse. Tan sólo espero y deseo que los misteriosos Fanalis, Crucifixus y Vinculum sigan creando música a la altura de estas canciones y lo que transmiten.

© 2019 Jack Ermeister



Crítica: Darkthrone “Old Star"

Recuerdo perfectamente la sensación que me produjo el intercambio de emails con Fenriz de Darkthrone durante la promoción de “Arctic Thunder” (2016) y su entrevista, "los noruegos no necesitan nada de esto, si siguen publicando discos es por su amor a la música". Un amor que Gylve y Ted siguen contagiando con cada lanzamiento porque, en el fondo, nada de esto importa y ellos lo saben. Pero, sorpresas te da la vida, y tras un disco como tan notable “Arctic Thunder”, en lugar de continuar por los mismos derroteros, provocar de nuevo a la parroquia con una nueva encarnación musical o, mucho más divertido, negar el black metal ahora que tan de moda está, Darkthrone se sacan de la manga un álbum como “Old Star” que de black tiene únicamente la ausencia de policromatismo de la portada de Chadwick St John, "The Shepherd of the Deep”, y nada más. Sin embargo, “Old Star”, lejos de las coordenadas más oscuras de la fría Noruega, es posiblemente su mejor álbum desde "The Underground Resistance" (2013) en una discografía tan auténtica como notable pero en la que hay que bucear hasta 1995 y su “Panzerfaust” para encontrar otra referencia a la misma altura; por el camino "Total Death" (1996), "Ravishing Grimness" (1999), "Sardonic Wrath" (2004) o "Circle the Wagons" (2010), entre otros, claro que sí, del black al crust y el black 'n' roll porque ellos lo valen y su forma de ciscarse en el fundamentalismo del metal es publicando lo que les venga en gana pero “Old Star” es claro ganador y una auténtica sorpresa para todos aquellos que, respetando a Darkthrone, pensaban que le deben más al pasado que a un presente, por cierto, siempre brillante.

Un poco de doom pero no de una manera demasiado obvia, ralentizan el tempo en la parte central de "I Muffle Your Inner Choir" pero tampoco es algo tan significativo como para teñir todo “Old Star” por completo, todo lo contrario al brioso galope con el que se abre y cierra, con Fenriz desgañitándose sobre una protobatería tan simple pero tan efectiva como la suya. “Old Star” bebe de los setenta pero suena como los ochenta, Ted lo sabe y así ataca “The Hardship of the Scots”, canciones construidas de manera modular; varias partes integradas entorno a una espina dorsal de hard rock o black ‘n’ roll (término que me gusta bastante poco pero que es definitorio de lo que hacen muchas bandas, como cuando Nocturno Culto solea en la segunda canción de “Old Star” y prefiere jugar con ‘bendings’ en lugar del clásico trémolo al que, por otro lado, llevan siendo infieles ya más de veinte años).

Grabado en los estudios caseros de la propia banda, Necrohell 2 Studios, por el propio Ted, aunque mezclado en los Hypercube por Sanford Parker de Voivod y masterizado por Jack Control, sorprende que aquella canción que da nombre al álbum, tenga un comienzo tan poco claro (en contraste con lo directas de "I Muffle Your Inner Choir" y “The Hardship of the Scots”), será la voz (repleta de grano) la que nos conduzce a una segunda parte mucho más resuelta, aunque la sensación siga siendo de transición entre lo escuchado y lo que nos queda de álbum. “Alp Man” no posee grandes pretensiones y parece continuar el álbum allá donde lo dejó “The Hardship of the Scots”, hasta un tercer riff verdaderamente glorioso (2:14) que termina contagiando al resto de minutos de la canción, ahora sí, por todo el doom inglés de los setenta.

“Duke Of Gloat” posiblemente sea lo más parecido a un single que haya publicado Darkthrone en los últimos años, la canción sigue el esquema más clásico de la banda y, aunque predecible, entra como un tiro. El puente es brillante, tanto o más que el disonante solo de Ted y cómo Fenriz le lleva de nuevo al redil de la canción, es algo que se siente escuchando su desarrollo. La reminiscencia a Poe, “The Key is Inside The Wall”, la pesadez de su compás, lo farragoso de la Les Paul de Ted y lo angustioso de su atmósfera contrastan con la subida de revoluciones y su constante templado, sus vaivenes eléctricos y ese riff con el que concluyen un álbum y que parece encontrar su eco en la inicial "I Muffle Your Inner Choir". Un disco que suena como un golpe de aire fresco en su discografía y en el asfixiante, y a veces estanco, mundo del black metal. Si Fenriz y Nocturno Culto han publicado un álbum como “Old Star” es porque aman la música, no lo dudes. Estos cabrones saben lo que se hacen…


© 2016 Blogofenia
Foto de © Ester Segarra



Crítica: Kampfar "Ofidians Manifest"

El black metal se pone de moda, la industria textil utiliza sus fuentes tipográficas para las camisetas de su nueva temporada que comparten percha junto a pijamas de Scooby Doo y Star Wars, miles de millones de Instagramers se maquillan y chavales y chavalas (imbéciles e imbécilas), posan con cara de sufrimiento y smartphones de mil euros, ante su flamante colección de vinilos de colores; tatuajes, lencería y frases profundas en inglés, si hay que despreciar una película como “Lord Of Chaos”, se desprecia porque ellos sí que son auténticos, ya se sabe; no hay nada más trve que un adolescente que lo más cerca de todo aquello que ha estado es cuando se calza un North Face o se embadurna los labios con Neutrogena®.

Pero, lo más sorprendente de todo esto, no son aquellos absurdos misántropos en redes sociales (por favor, riámonos juntos porque tiene tela que cortar el contrasentido) sino que las bandas han visto el filón y corren raudas a por su trozo del pastel; siendo lo más doloroso, ser testigo de cómo algunos de estos artistas venden su glorioso pasado al mejor postor. Por suerte, no es el caso de los noruegos Kampfar. No se trata de poseer una discografía sólida o de ofrecer algunos de los mejores conciertos de toda la escena (todavía sigo recordando la puesta de largo de “Profan” en Francia) sino de seguir grabando material sin pensar en un público potencial que hoy te escucha y mañana ya no, de ser fiel a ti mismo y crecer sin perder tu esencia por el camino. Y en eso, Kampfar tienen pocos adversarios, si te gustó “Profan” (2015) o "Djevelmakt" (2014), si creíste que nunca grabarían nada a altura de "Fra underverdenen" (1999), entonces debes escuchar este "Ofidians Manifest" (2019). ¿Recuerdas cuando Behemoth seguían teniendo aquella esencia exótica por la cual eran capaces de llevarte a Oriente e invocar viejos reyes sumerios o babilónicos? ¿Mucho antes de que Nergal posase haciendo yoga, convertido en un fashion-victim de quince años atrapado en el cuerpo de un hombre de cincuenta? ¿Lo recuerdas?

Pues ese es justo el encanto que sigue conservando Kampfar. "Ofidians Manifest” es posiblemente uno de los mejores discos de metal de este año y me atrevería a decir que está entre los primeros cinco puestos de lo mejor del black. Las guitarras de Hartvigsen en "Syndefall" suenan sólidas y la base rítmica de Bakker y Ask te llevarán a la fría Noruega, en una producción que suena orgánica y cálida en cuanto a equilibrio en los matices de los instrumentos, pero heladora en su espíritu, mientras que la voz de Dolk es una auténtica cuchilla y destila mala baba, pareciendo más un espíritu nórdico que un cantante de metal. A eso hay que añadirle que piezas como “Ophidian”, juegan con las dobles voces entre él y Ask, además de alternar el clásico blast beat con un black ‘n’ roll acelerado y repleto de espinas, nadie dijo que el black fuese tan dulce como muchos nos quieren hacer creer.

Hay voces invitadas, claro que sí, Agnete Kjølsrud presta su garganta a “Dominans” pero, en lugar del regodeo en la sensualidad (tan habitual en el metal), su voz está perfectamente encajada en la composición y la sensación de ritual es máxima (incluso la modulará haciéndonos creer que es un animal en la recta final), Agnete está al servicio de la canción y de Kampfar, no al revés, como suele ocurrir. No será la única en colaborar con su voz, en "Det Sorte", Marianne Maria Moen hará lo propio y con la misma dignidad, en un dueto más tradicional con Dolk, en segundo plano, añadiendo a la mezcla, nunca restando un ápice de la esencia de Kampfar.

Si quieres una distorsión fría pero crujiente, “Natt” te la trae gracias al trabajo de Hartvigsen, el juego de voces alcanza una escalofriante cima con Dolk y Ask, un exorcismo que lleva a un puente repleto de sensibilidad; un piano que se romperá de manera abrupta con la banda entrando de nuevo a medio tiempo, antes de despedirse con una guitarra magnífica, añadiendo tensión. Esa misma guitarra que en "Eremitt" nos recordará a los Behemoth de hace unos años, en una de las canciones más accesibles de todo "Ofidians Manifest", hasta tal punto que cuesta sacársela de la cabeza. El bajo de Bakker nos guía en la introducción de "Skamløs!" y Dolk se deja la garganta de nuevo sobre la batería de Ask, para llevarnos lejos, muy lejos, con “Det Sorte”, recordándonos al encanto épico de Nemtheanga en los recitados narrativos que tanto nos hacen disfrutar de Primordial. La comparación no es casual, Kampfar parecen haber entrado en una nueva época -más madura, más adulta- con "Ofidians Manifest" y tiene mucho que ver con el metal que practican los irlandeses, sólo que a los noruegos todavía les tira la sangre y, cuando se encabronan (que es muy a menudo), cabalgan al galope por 1349 o los Emperor más directos. Un gran álbum, crudo y sangrante, pero afilado y gélido, black metal para personas con cabeza y buen gusto musical, un público que, como ellos, sabe lo que quiere. Qué fácil parece, pero qué difícil es encontrarlo…

© 2019 Lord Of Metal

Crítica: Nocturnus AD "Paradox"

La misma publicación de este álbum es la demostración de que la envidia es un pecado universal y no entiende de países o, hablando de Nocturnus, galaxias. Lo ocurrido a Mike Browning es tan viejo como el mismo girar del mundo, su banda facturó uno de los mejores discos de death de finales de los ochenta, principios de los noventa, “The Key” (1990), en el que la mezcla de ciencia ficción y misticismo funcionaba a la perfección gracias también a unos teclados nunca antes escuchados en el metal extremo, los de Louis Panzer. Pero algo ocurrió en su siguiente álbum, “Thresholds” (1992) y fue la muerte de éxito, las ansias por querer llegar a más, el auténtico cerebro que es Browning queda casi por completo relegado a la batería con la incorporación de Dan Izzo y la banda ahonda en la vertiente más espacial, se pierde la mística; las influencias se amplían, y Browning es despedido de su propia banda, con Sean McNenney y Louis Panzer robándole el nombre de esta por la espalda (sigo pensando que “Thresholds” es un buen álbum castigado por el cambio de dirección y el acontecer de la historia de Browning, adelantado a su tiempo pero lejos de lo que se esperaba de Nocturnus).

Pero el tiempo pasa y, mientras Browning rehízo su vida con After Death, la carrera de Nocturnus se convertía en un caramelo envenenado en lo que parece una de las grandes carambolas del karma cuando pierden toda comba y apoyo de su discográfica, publican un EP en 1993 y nada más hasta “Ethereal Tomb” (1999), además de un directo a modo de despedida (“Farewell to Planet Earth”), no siendo hasta ahora que Browning (tras algunas interpretaciones en directo de los clásicos de “The Key”) se decide a dar el paso y recuperar el nombre, aunque, por imperativo legal, añadiendo las ya famosas letras AD, mientras aquellos que quisieron aprovecharse de él, pasan a la historia del metal por el robo a mano armada de lo que no era suyo y la incapacidad de haber levantado el vuelo, pese a conservar la marca.

Aun así, Browning estaba en una situación complicada, retomar Nocturnus treinta años después y ser capaz de superar la presión de las expectativas de aquellos que siempre creyeron que él era la banda, no ha debido de ser tarea fácil. Bajo la portada de Bvllmetalart (After Death, Avulsed), el ex-Morbid Angel retoma Nocturnus donde dejó a la banda hace tres décadas, el sonido es, lógicamente, más actual, y se rodea con inteligencia de nuevos compañeros, aunque plenamente conocidos por él y todos nosotros: Belial Koblak y Demian Heftel a las guitarras, Daniel Tucker al bajo y Josh Holdren a los teclados, dejándose para él mismo la batería y tareas vocales, como ocurría en “The Key”, como nunca tenía que haber cambiado. El resultado una auténtica barbaridad de disco de death metal técnico con tintes old-school pero sonando moderno (es un contrasentido, lo sé, pero así es), contundente pero sin perder su esencia, desarrollos espaciales pero mágicos, porque el espacio es tremendamente esotérico si uno sabe tocar las teclas fantásticas apropiadas, sin recurrir a la ciencia ficción de cartón piedra de sus antiguos compañeros.

Desde los majestuosos compases de “Seizing the Throne” con Browning marcando la entrada en una canción puramente death con un estribillo accesible y un solo de guitarra tan oscuro como el más insondable de los agujeros negros, Nocturnus AD se mueven con soltura a través del agujero de gusano que une “The Key” con “Paradox” de manera vibrante, en el que son capaces de decelerar la nave en la mencionada “Seizing the Throne” (con uno de los mejores estribillos del álbum), para arremeter con furia titánica en “The Bandar Sign”, en la que parecen centrifugarnos a través de la unión entre guitarras y teclados, o recuperar “Neolithic” a través de las convulsas “Paleolithic” y “The Return of the Lost Key”. La sensación de desacompasamiento lograda en la introducción de “Procession of the Equinoxes” la convierten en una de mis favoritas, en un álbum en el que decantarse por una u otra es realmente complicado, “The Antechamber” tiene regusto neoclásico en sus estrofas, para golpearnos en los estribillos, antes de los orgásmicos seis minutos de “Apotheosis” y sus constantes cambios de ritmo brillantemente ejecutados con Browning convertido en una suerte de Neil Peart del death metal, un cierre sencillamente glorioso que rematan con la marciana “Aeon of the Ancient Ones” (de corte mucho más actual) que termina por desbocarse por completo, en mágica unión con la instrumental “Number 9”, dejándonos completamente exhaustos en lo que ha parecido un viaje a través del tiempo y, claro, del espacio.

No es “The Key” por la sencilla razón de que, como muchos otros discos, aquel es irrepetible y el tiempo todo lo tiñe con su nostalgia, pero estoy convencido de que “Paradox” es, sin duda, una obra maestra que no sólo pone de actualidad el nombre de Mike Browning sino que demuestra que, en efecto, él era Nocturnus y la venganza es un plato que se sirve frío, muy frío. Me encantaría ver la cara de McNenney y Panzer escuchando este álbum, podéis quedaros con el nombre, cabrones, que las canciones las tiene otro y siguen brotando...


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Crítica: Fleshgod Apocalypse “Veleno"

A veces, me ocurre que de los discos que han supuesto pequeños fiascos, recuerdo más las airadas opiniones de mis queridos lectores; esos que amenazan con quemar mi poblado, soltar los caballos y violar a las vírgenes de mi familia, cada vez que no opino como ellos de alguno de los discos que suelen encumbrar siquiera antes de haberlos escuchado. En el caso de los italianos, Fleshgod Apocalypse, esperaba mucho más tras el tibio “Labyrinth” (2013) y lo que obtuve con “King” (2016) fue un auténtico jarro de agua fría que, con el tiempo, y verlos en directo en aquella gira, fui aceptando de mala gana. Siempre he creído que el problema de los de Paoli es que pasaron de ser una banda de death metal técnico con arreglos, a prestar más atención a estos y convertirlos en el eje principal de su música, convirtiéndose en una banda sinfónica de death, todo lo contrario a lo que eran en un principio. Así tras los geniales “Oracles” (2009) y “Agony” (2011), llegó el citado “Labyrinth” (2013) y la pretensión más absoluta con “King” (2016). Obviamente, cuando escribo sobre una banda de death metal técnico, huelga decir que todos sus discos están a un nivel notable pero mi tesis sobre el descalabro de Fleshgod Apocalypse se sustenta en el giro sufrido con “Labyrinth” (2013) y lo ocurrido en “King” (2016). Muchos seguidores fueron los que me escribieron pidiendo mi cabeza, queriéndome esperar a la puerta del concierto para tener unas palabras conmigo y hacerme reflexionar sobre la banda, pero nada de eso ocurrió, excepto que los propios músicos me dieron la razón cuando tuvieron que defender una y otra vez “King” y Tommaso Riccardi y, lo más doloroso, Cristiano Trionfera dejaron Fleshgod Apocalypse. Además, los mismos creadores de “King”, bajo la batuta de Jacob Hansen, han tomado nota de las principales críticas a aquel álbum y ahora, en “Veleno”, han primado las guitarras sobre los arreglos. ¿No será que aquel que escribe tenía un poco de razón?

Por desgracia, siento creer que la pérdida de Riccardi y, más en concreto, Trionfera, les ha hecho mucho daño al ahora trío que, para colmo, aunque han sabido tomar nota de las críticas, siguen el mismo camino tomado en “King” porque “Veleno” es, en efecto, eso mismo; la continuación del anterior, subsanando algunos de los errores cometidos en aquel. Sirve como ejemplo “Fury”, la ira es desatada, las guitarras son gruesas, las voces son repartidas entre Rossi y Paoli, pero las orquestaciones y el piano de Ferrini quedan en segundo lugar, todo suena bien y las guitarras son magníficas, pero la composición falla; el sonido está equilibrado, uno siente placer escuchándola, han hecho los deberes, pero no sobre el papel, los más difíciles. La unión con “Carnivorous Lamb” es gloriosa, lo reconozco, épica y majestuosa, uno de los mejores momentos de todo “Veleno”, Paoli ha regresado a la guitarra con aparente facilidad y mejor dominio, no puedo tener queja alguna cuando en “Sugar” lo clava y, aunque me deje algo frío la canción, todo encaja a la perfección y disfruto de ese pequeño caos entre él y Ferrini.

La consabida introducción, “The Praying Mantis’ Strategy”, para “Monnalisa” en la que me sobran los coros femeninos y, reconociendo la labor de Ferrini en el puente, se me hace bastante pesada, quizá por su tempo, quizá porque esta y su introducción rompen el ritmo de “Veleno” que pretende recuperar algo de cuerpo con la rápida y sincopada “Worship and Forget” en una segunda cara en la que todo se desmorona y vuelven a los derroteros de “King” con “Absinthe” o “Embrace The Oblivion” y los infladísimos arreglos o esos armónicos artificiales que tan poco me gustan en el death (sí en otros subgéneros). De esta recta final me quedo con “Pissing On The Score” antes de ese momento de “Bella y bestia son…” que es “The Day We’ll Be Gone” con la soprano Veronica Bordacchini, que me parece terriblemente ridículo (si uno escucha a una banda como Fleshgod o death metal, en general, es muy difícil defender este tipo de experimentos cuando no resultan y se quedan en esperpentos) o ese final propio de “Crepúsculo” con la instrumental “Veleno”, lo que nos deja al álbum de Fleshgod Apocalypse con una primera cara aceotable y una segunda que pierde comba según avanza, de la que podemos salvar únicamente “Worship and Forget” y, como mucho, los retazos de “King” (“Absinthe”, “Embrace The Oblivion”), en once canciones; una introducción y otra instrumental. No salen las cuentas, tan sólo nueve temas, de los cuales me quedo con cuatro.

No es un mal disco, repito, no lo es, pero no puede ser plenamente disfrutado por aquellos que sí hicimos lo propio con “Oracles” (2009) y “Agony” (2011), y sí para aquellos que lo hicieron con “Labyrinth” (2013) y “King” (2016), pero “Veleno” -con las ausencias de Riccardi y Trionfera- y sus canciones, posee la naturaleza del tan temible “disco de transición” que tan rápido quita la sed, como deja con ganas de ver de lo que son capaces en el futuro pero mucho me temo que la dictadura de Paoli pretende seguir por el camino marcado, sin novedad alguna. No les hemos perdido del todo, pero casi…

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Crítica: Yngwie Malmsteen “Blue Lightning”

La suma de las partes no es igual al todo; sirva este "Blue Lightning" (2019) y los últimos coletazos de la carrera del sueco más airado e hipervitaminado de la escena musical mundial como demostración de la potencia sin control, del talento desmedido y la egolatría, del egocentrismo y los peligros del aislamiento, no sólo vital, sino también creativo. Yngwie es un genio, un auténtico genio, posee unos dedos mágicos y un innegable gusto para la música; del neoclasicismo al rock de los setenta, Yngwie es un gourmet, sabe que lo sabemos y se regodea en su personaje porque, por mucho que nos joda, es especial y sí, también lo sabe. Lo que parece ignorar es que está dejando pasar el tiempo y eso, en un artista de su talento, debería estar penado con el mayor de los castigos. Sus antiguos compañeros no le aguantan, pocos son los que soportan plegarse a sus caprichos, cuando tiene problemas económicos puede llegar a vender sus queridos mecheros Dupont a precios estratosféricos -no por el valor del encendedor, sino porque sus rapidísimos dedos los han acariciado- o sudadas camisas con chorreras, pero también (y quizá lo más doloroso) publicar discos indignos de su calidad como músico, como el que nos ocupa (aunque bien valdría como ejemplo cualquiera de los anteriores), en los que él es el único responsable y, por tanto, también culpable de sus productos, en los que no hay lugar para culpar a un cantante, a otro guitarrista o cargar contra el bajista y el batería; Yngwie se lo cocina y él mismo se lo come.

Es por esto que sus últimos discos resultan completamente planos y ninguno a la altura de "Rising Force" (1984), "Marching Out" (1985), "Trilogy" (1986) u "Odyssey" (1988), porque aquí lo que importa es su guitarra y él, sólo él; la batería suena en tercer plano, el bajo perdido en la mezcla y todo como excusa para su lucimiento, no hay tensión creativa, no hay lucha entre varios músicos, es el auténtico onanismo musical elevado a la potencia del sueco. En este último, "Blue Lightning" (2019), horrendamente mezclado por Keith Rose bajo la mirada del guitarrista, Yngwie sigue siendo uno de los corremástiles más rápidos del planeta y las canciones escogidas están a la altura porque Yngwie no se conforma con composiciones ocultas de Hendrix, Clapton, Purple o los Stones, sino que recurre a “Foxy Lady”, “Paint It Black”, “Forever Man”, “While My Guitar Gently Weeps” o “Smoke on the Water”, porque Yngwie (note el lector el recurso expresivo de la repetición como muestra de su ego) tiene todo el derecho a acceder al repertorio divino del rock, Yngwie se lo merece pero, paradójicamente, nada termina de cuajar en el disco...

“Blue Lightning”, la canción, es una composición con un toque bluesy y un poquito de groove pero lo que a Bonamassa le sentaría bien, en Yngwie no termina de convencer y cuando suena su escasísima voz y escuchamos las mismas estrofas una y otra vez, repletas de ‘fills’ entre una y otra, nos percatamos de que Yngwie, el todopoderoso Yngwie, ha vuelto a grabar un álbum de la calaña de “World On Fire” 82016) o “Spellbound” (2012), ni siquiera “Relentless” (2010). Es por eso que una canción tan lúbrica como “Foxey Lady” de Hendrix, suena tan horrorosa y carente de su naturaleza, que a “Demon’s Eye” de Purple o “Blue Jeans Blues” (ZZ TOP) les falta blues, humo y whisky, además de sobrarles pasadas de mástil, que para ser un buen guitarrista no hace falta tener el mejor equipo, ser el más rápido o técnico sino sentir; la bendita imperfección que tanto sabor aporta, cuando hay un corazón latiendo tras ella…

Otro ejemplo de ello es “Purple Haze” o la horrorosa versión de “While My Guitar Gently Weeps”, a la que Yngwie le quita cualquier emotividad, cantando verdaderamente mal y rellenando los huecos con su flamante Stratocaster porque si algo me queda claro cuando escucho la composición de George Harrison es que, lejos del homenaje, Yngwie entra como un elefante en una cacharrería y estropea hermosas canciones, creyendo que de verdad necesitan de su guitarra y, con escaso gusto, dedica segundos, compases y más compases a recorrer las mismas escalas una y otra vez, hasta lograr la más absoluta de las abstracciones cuando uno ya no sabe qué canción está escuchando.

Temas inmortales que comparten espacio con otros de menor calado, “1911 Strut”, “Sun's Up Top's Down” o “Peace, Please” en los que no demuestra lo difícil que le resulta interpretar un buen blues, a pesar de su talento, siendo incapaz de conferirle algo de sentimiento. Parecido el destrozo en “Paint It Black” a la que no le hace falta ‘sweep picking’ alguno, ni exagerados arpegios escupidos como un latigazo, cuando la original ya era perfecta de por sí, tanto como “Smoke On The Water”, a la que no aporta absolutamente nada, estropeando la canción con su interpretación, o la exhibición innecesaria en “Forever Man”, lejos del poso que Clapton sabe imprimirle (tanto en directo, como en estudio) o el remate a sangre fría con sendas versiones de Hendrix y, por supuesto, los Rolling Stones.

Poco más puedo decir de un álbum que me parece tan irritante y artificial como los anteriores, tan poco inspirado y de tan mal gusto como últimamente nos tiene acostumbrados el sueco. Por lo menos, nos ha ahorrado el suplicio de escuchar sus versiones de “Selling England By The Pound” de Genesis, como parecía amenazar. Con muchísimo esfuerzo ha logrado convertirse en el personaje que quería ser y que este fagocite al músico, ahora ha logrado lo mismo con su música. Lo siento, Yngwie, tu disco me parece sencillamente horrible, horrible, no puedo tomármelo en serio…


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