"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Billy Gibbons "The Big Bad Blues"

Suena "Missin' Yo' Kissin'" y el reencuentro es innegable, parece sonar “La Grange”; el regreso a la estética de la “pequeña vieja banda de Tejas” (como les gusta presentarse) en lo que parece ser que el bueno de Billy Gibbons finalmente aprendió la lección de que lo que habitualmente le salía bien (esos giros copernicanos que pusieron en órbita la carrera de ZZ Top en los ochenta y de los que renegaron sus fans más puristas) puede torcerse si los ingredientes no son los adecuados, como ocurrió con “Perfectamundo” (2015), en el que apostó por sonoridades latinas en un envoltorio demasiado moderno y, pese a no ser un mal disco, no cayó todo lo en gracia que debería (también es verdad que en este preciso momento que vivimos, el público no es tan tolerante como creemos y todavía le cuesta digerir que sus artistas favoritos quieran jugar con otros sabores). Quizá sea por ello que en “The Big Bad Blues” (2018), Billy no se ha complicado y ha tirado de fondo de armario; composiciones propias se mezclan con las de Gilly Stillwater, Jerome Green, Bo Diddley y Muddy Waters en un álbum que recuerda en los colores a “La Futura” (2012) pero en el que falta la cruda pegada de Rick Rubin, el bajo de Dusty y la batería de Beard y sobra, por qué no decirlo, el exceso de procesado en la voz del propio Gibbons al cual, los que le conocemos y hemos visto en directo en repetidas ocasiones, nunca le ha hecho falta y parte de su atractivo sigue siendo su aguardentoso toque (uno de esos puntos a favor del gurú Rubin, tan injustamente criticado a veces y su alejamiento de lo más artificial).

Pero no dejar de resultar llamativo que, en los ochenta, Gibbons, Dusty y Beard, tiñesen su música de sintetizadores para el horror de los seguidores tradicionales y ahora, en pleno 2018, Billy prefiera hacer lo propio con su voz y, sin embargo, haga un regreso de su música al sonido más clásico (el famoso “back to basics” tras el tibio recibimiento de “Perfectamundo”). Sin embargo, repetidas escuchas a “The Big Bad Blues” nos descubrirán un secreto aún mayor y es que tras sus slides, sus harmónicas y el abrasador sonido de la Pearly Gates de Gibbons, se esconde un producto terriblemente contemporáneo al que parece que se le ha querido lavar esa cara digital y se le ha añadido el polvo y el humo de tabaco posteriormente, para darle más sensación de añejo. ¿Funciona? Sí, claro que sí, tampoco hay que ser tan pejiguero pero es de justicia señalarlo, si lo que pretendemos es ser honestos, en el que, a pesar de esos pequeños defectos, podríamos entender como su mejor disco desde “Eliminator” (1983) o el mencionado “La Futura” (que nadie mente “Antenna”, “Rhythmeen”, “XXX” o “Mescalero” porque los disfruto mucho pero soy consciente de sus puntos negativos)

Es esa artificialidad la que impide el disfrute de la repetitiva “My Baby She Rocks” y de la que salvamos su guitarra, esa misma que suena tan hard en “Second Line” o literalmente parece llorar en “Standing Around Crying” de Muddy, pequeñas perlas en las que Gibbons saca lo mejor de sí mismo y nos transporta a otro lugar en el tiempo. El contraste no es tan exagerado entre las composiciones inmortales y las actuales del barbudo más querido por todos; así, la vacilona "Let the Left Hand Know" suena especialmente divertida, como la pesada "That's What She Said" o "Hollywood 151" en la que se le siente mucho más suelto y parece disfrutar a lomos de una guitarra que literalmente cruje.

"Bring It to Jerome" de Jerome Green suena como un tren de carga incorporándose a unos polvorientos raíles en mitad del Medio Oeste norteamericano y hace un bonito tándem con "Mo' Slower Blues" y su delicioso piano. El clásico que es "Rollin' and Tumblin'" y que otros grandes artistas han reinterpretado (desde Dylan a Clapton), suena especialmente vigoroso gracias al castigador sonido de su batería y suma a una despedida por Diddley en la que Gibbons se permite juguetear con los latinajos que tanto le gustan en "Crackin' Up".

Nada más que añadir a un álbum tan entretenido y que calma la sed de todos aquellos que nos consideramos seguidores de ZZ Top, pero por el que planea la sombra de la duda y que no es otra que la salud del entrañable Dusty y es que estos dos últimos discos en solitario de Gibbons parecen la lógica escapada de aquel que quiere salir de gira y disfrutar de los escenarios porque tiene su viejo y flamante coche en revisión permanente en el taller. Tan sólo espero que “The Big Bad Blues” funcione lo suficientemente bien como para que Gibbons pueda echarse a la carretera, que a ZZ Top todavía les queden unos años y, por supuesto, que la salud de Dusty sea tan buena como para que disfrutemos de sus pasos de baile de nuevo. Se les quiere y mucho.

© 2018 James Tonic

Crítica: Riverside “Wasteland”

Aviso para navegantes, para todos aquellos seguidores de la banda polaca que creen levitar en sus conciertos y sentir cómo su alma se deshace en pedazos, no leáis esta crítica, olvidadla y seguid con aquellas que ensalcen la obra de Riverside, corred insensatos. El resto, sed bienvenidos. Y es que, de un tiempo a esta parte, parece que uno debe ser un fundamentalista de cualquier banda en cuestión para poder escribir acerca de su obra. Opinando completamente lo contrario, creyendo necesario cierto alejamiento de cualquier fanatismo que tiña mi juicio; disfrutando de todos sus trabajos, desde "Out of Myself" (2003), que me sigue pareciendo su mejor obra, hasta "Love, Fear and the Time Machine" (2015), recuerdo con cariño cuando el público ubicaba a Riverside en su justo lugar y no pretendían hacer creer al prójimo que eran el mejor y mayor secreto de la música actual. Como también recuerdo, con el mismo cariño pero también goteo de colmillo, la cantidad de iracundos mensajes que recibí cuando afirmé que “Riverside eran la mejor banda tributo de Pink Floyd, componiendo temas propios pero con el mismo riesgo que todo ese tipo de bandas que interpretan el cancionero de otros” o, mi favorito, aquel “te gustarán si has estado hibernando los últimos cincuenta años y crees que lo que hacen es original” y nuestras redes sociales estallaban en cólera pero, aunque exagerando y con cierto deseo de polemizar, he de reconocer que sigo sin ver las bondades del cuarteto, ahora convertido en trío y por ello (además de no querer arrojar más leña al fuego) me he resistido a escribir reseñas de discos que gustándome (como es el caso de "Second Life Syndrome" o "Anno Domini High Definition”) siguen sin parecerme la cuadratura del círculo, como a muchos. Conozco su discografía y les he visto en directo pero su música no me eriza el vello, ni creo que sean lo más grande junto a Wilson, desde Fripp ¿puedo escribir, por favor?

La desgracia se cebó con Riverside, perdieron de manera prematura a Piotr Grudziński y, estando la música tan poblada de leyendas y dramatismo, creando una brecha significativa entre sus seguidores; esos que asegurarán que algo se ha perdido por el camino con la muerte de Piotr y esos otros que orgasmarían con un caja de galletas de mantequilla o un par de ejecutivos nuevos si llevasen estampado el logo de la banda polaca, en definitiva; sin criterio. En el caso de Riverside es cierto que la pérdida, además de personal, afecta al resultado de manera profesional (siguen siendo trío por respeto, aunque Maciej Meller les ayude con las guitarras) y en lo más profundo de su alma, porque seguramente les cueste recuperarse de un golpe así y quizá nunca lo hagan.

La única verdad es que la música, el arte, está repleto de obras de resurgimiento o de lamerse las heridas, de recogimiento y reflexión. Desde aquellos discos que honran la muerte de uno de sus músicos de manera gloriosa, celebrando la vida; a aquellos que son capaces de conmover por el calado de sus sentimientos. Sin embargo, “Wasteland”, aun poseyendo todos esos ingredientes y legitimando a la banda para escribir canciones de dolor y pérdida, termina convertido en lo que bien podríamos entender como un disco de transición, quizá el menos agraciado de su discografía o aquel que cuando deja de sonar más cuesta recordar unas canciones que deberían quedarse grabadas en nuestra memoria (talladas en piedra) y, con ello, el dolor de los tres músicos por su amigo Piotr se mitigase de alguna manera, pero no es el caso y lo lamento.

La crítica fácil sería afirmar que Riverside “han parido su mejor obra”, “la pérdida les ha hecho más profundos y maduros en sus composiciones y estas han ganado en calado”, “el hilo que vertebra el disco es el dolor”, “la complejidad es inherente al amigo ausente” y todo tipo de afirmaciones grandilocuentes que reafirmasen a todo aquel que las leyese, pero no. “Wasteland” no es un mal álbum y hará las delicias de su público pero, por el contrario, tampoco atraerá a nuevos, ni será capaz de calar a otros estratos.

La tonada “The Day After” es tan evocadora como fantasmal suena y uno espera un golpe sobre la mesa, sin embargo, “Acid Rain” y su atropellado riff pierden toda su fiereza cuando entra el bajo de Mariusz y la batería de Piotr Kozieradzki, acabando convertida en un inofensivo medio tiempo que, siendo honesto, gana muchísimo tras el puente y el cambio de tercio. Pero el mayor problema de “Wasteland” es que las guitarras parecen más gruesas en sus introducciones que cuando forman parte del todo y acaban difuminadas, “Vale Of Tears”, y sus desarrollos acaban transitando caminos sin dirección, en busca de ese momento memorable que se resiste.

“Guardian Angel” y “Lament” forman un dúo conmovedor, quizá de lo mejor del álbum, la segunda es un buen ejemplo de cómo hilvanar una bonita melodía a la que una mandolina le sienta maravillosamente bien, demostrando que Riverside encuentran su mejor versión cuando apuestan por la composición y se olvidan de parecer lo que no son, abandonando terrenos más propios de una banda europea neoprog de metal. Ejemplo de ello es la instrumental “The Struggle For Survive” en la que parece que les cuesta horrores crear una composición de varias partes con algo de coherencia (muchos se reirán, otros lo entenderán cuando, después de leerme, la escuchen de nuevo) y una dirección en la que ese “crescendo” se sienta natural y no forzado, además el riff principal es una copia de aquel de “Velorum” de Steve Vai, ¿por qué no admitirlo? La parte central es una versión descafeinada de “Gravity Storm”.

El regreso a esa faceta que antes afirmaba como su mejor cara, llega con “River Down Below” y sus tintes melancólicos, esos mismos que se empeñan en convertir en todo un “interruptus” con la homónima “Wasteland”, o acabar siendo una versión de los últimos Anathema en “The Night Before” (aprovechando que ahora Daniel Cavanagh parece más perdido que de costumbre y son una aburrida banda de rock para adultos, con aires de lo que nunca volverán a ser) para cerrar un disco en el que uno no sabe si querer o no pincharlo de nuevo, ante la duda de no haberlo escuchado o ya haberlo hecho antes. El camino más duro es el de Mariusz, Piotr y Michal por demostrar que esto es un punto de inflexión, “Wasteland” una transición o, por el contrario, su intención es la de transitar esa maravillosa zona gris destinada únicamente al público más gourmet, ese para el que, paradójicamente, todo son grandes canciones repletas de sentimientos y tan alta vida esperan que mueren porque no mueren escuchado a Wilson, Leprous, Pain Of Salvation, Anathema o Riverside.


© 2018 Jack Ermeister



Crónica: Saxon (Madrid) 11.10.2018

SETLIST: Thunderbolt/ Sacrifice/ Nosferatu (The Vampires Waltz)/ Motorcycle Man/ Predator/ Strong Arm of the Law/ Battering Ram/ Power and the Glory/ Solid Ball of Rock/ The Secret of Flight/ Dallas 1 PM/ They Played Rock and Roll/ And the Bands Played On/ 747 (Strangers in the Night)/ Sons of Odin/ Crusader/ Princess of the Night/ The Eagle Has Landed/ Heavy Metal Thunder/ Wheels of Steel/ Denim and Leather/

Sonaba la introducción de “Olympus Rising” tras "It's A Long Way To The Top (If You Wanna Rock 'n' Roll)" de AC/DC y el escenario madrileño de la sala La Riviera era tomado por Biff Byford, Paul Quinn, Doug Scarrat, Nibbs Carter y Nigel Glockler que arrancaban la velada con “Thunderbolt” y era imposible no sentir emoción. Saxon pertenecen a esa generación con pedigrí, historia y sangre obrera del rock, una banda que ha sobrevivido al paso del tiempo y goza en la actualidad de un estatus legendario en el cual parece que cada vez son más apreciados por las nuevas generaciones, que les descubren y asisten a sus conciertos para mezclarse en sus filas con aquellos que llevan desde los ochenta acudiendo puntuales a cada una de las visitas de Byford y los suyos. Mal considerados como NWOBHM en sus inicios, Saxon practican desde hace décadas esa agradecida pero complicada mezcla entre hard y heavy metal de la vieja escuela que les emparenta con los de Lemmy porque aquellos, como estos, tocan Rock ‘N’ Roll en definitiva.

Con el potente “Thunderbolt” aún caliente, la promesa de un nuevo álbum el año que viene, la reedición en vinilo de todo su catálogo y la desgraciada caída del cartel de la banda de Dave Meniketti por una lesión de espalda (siendo sustiuidos por FM, acompañados de Raven), Saxon pueden presumir de estar atravesando una segunda o tercera juventud; si la gira de “Battering Ram” (2015) nos presentaba a una banda con tanta veteranía como aún solvencia sobre las tablas, esta de “Thunderbolt” nos demuestra que la buena racha en estudio desde hace muchos, muchos años, no es un espejismo, cuando enlazan con “Sacrifice” y las guitarras de Quinn y Scarrat parecen echar chispas. 

Byford, vestido con su ya clásica casaca, está en un estado formidable y su voz no ha envejecido, como demuestra “Motorcycle Man”, tras la oscura y pesada “Nosferatu” (The Vampires Waltz). Prueba de que “Thunderbolt” funciona es “Predator”, en la que no echamos de menos la voz de Johan Hegg de Amon Amarth, en un concierto en el que Saxon apostaron por varias canciones de su último disco en estudio y estas fueron tan aclamadas por el público, como las más míticas de su repertorio.

La clásica “Strong Arm of the Law” suena rejuvenecida con un poco más de cuerpo que la original de 1980, y la gente celebra “Battering Ram”, tan solo tres años y un single así es capaz de convivir con los pilares de un cancionero inmortal, esa es la grandeza de Saxon y su solidez compositiva actual, así de sencillo. Nibbs Carter salta y corre por el escenario, mientras Biff interactúa con las primeras filas, disfrutando del sueño, contagiándolo. “Power And The Glory”, una de mis favoritas, suena vertiginosa y su estribillo es tan pegadizo en directo como siempre, hermanándose perfectamente con “The Secret of Flight” de su último trabajo hasta “Dallas 1PM” en la que Bifford regresa a su niñez cuando John Fitzgerald Kennedy fue asesinado aquel 22 de noviembre del 63. El más que obligado homenaje a Lemmy llega con “They Played Rock and Roll” que nos estalla a todos en plena cara con esa introducción tan propia de Campbell, Dee y Kilmister. El rock prosigue, de nuevo son Quinn y Scarrat los protagonistas en las guitarras de “747 (Strangers in the Night)” sobre las que Biff frasea. “Sons Of Odin” cerrará el capítulo dedicado a “Thunderbolt” en una última media hora verdaderamente para el recuerdo con “Crusader” y “Princess Of The Night”, una sentidísima versión de “The Eagle Has Landed”, Bifford sonriente en “Heavy Metal Thunder” y toda la sala revolucionada con olor a gasolina y rueda quemada en “Wheels of Steel”, más cerca de Lemmy que nunca, antes de despedirse con el clásico “Denim And Leather”.

Sudor, mucho sudor (como siempre al concluir un concierto de Saxon), apretujones en las primeras filas, Biff Byford, Paul Quinn, Doug Scarrat, Nibbs Carter y Nigel Glockler satisfechos aplaudiendo a un público que les devuelve el gesto y promete volver a verles una próxima noche, como así lleva siendo desde siempre. Saxon, como Motörhead, tocan Rock ‘N’ Roll y con él logran que te olvides de todas tus preocupaciones, benditos sean…

© 2018 Lord Of Metal
Fotos de la gira © 2018 Saxon



Crítica: Satan “Cruel Magic”

Acostumbrado, como estarás, a escuchar discos con un sonido tan procesado y con tantísima compresión que el recorte de agudos y graves, además de la subida de la señal, hace que sea imposible disfrutar de sus canciones. En los que la señal de la guitarra ha sido tan coloreada que la distorsión o cualquiera de los efectos de modulación logran que parezca venida de otra dimensión y la batería, como un barril metálico de cerveza, haciendo las delicias de Bob Rock, seguramente (¡oh, lector, amado lector!) “Cruel Magic” te parecerá un disco crudo, venido de otra época y con un acabado indigno de la época que nos ha tocado vivir pero nada más lejos de la verdad porque esto, que horrorizará a algunos, encantará a muchos cuando Satan ponen todo su esfuerzo en la composición, esa misma que echamos en falta en muchísimos discos actuales y en los que suele haber una grandísima división de opiniones por parte de esos que no entienden que un álbum con semejante sonido sea defenestrado o, por el contrario, ensalzado. Y es que la composición suele ser la gran asignatura pendiente de muchas de esas bandas que invierten todo su tiempo y esfuerzo en el ‘artwork’, en el sonido o en la estética, en definitiva; el envoltorio. Sin embargo, que “Cruel Magic” pudiese haber sido publicado hace veinte o treinta años y, pese llevar unos pocos días en circulación, tenga ese fuerte aroma a clásico y sus canciones posean magia, es gracias al trabajo de Ross, Ramsey, Tippins, Taylor y English . Además de su pluma y trabajo sobre el papel, de la colaboración con sus habituales musas; la guitarra suena como una guitarra auténtica, el bajo las secunda y la batería de Taylor es tan natural que uno parece sentir el retumbar del parche bajo la baqueta, la producción es tan sencilla pero tan efectiva y agradecida, tan orgánica, que no se echan de menos remiendos digitales. ¡Puro sonido NWOBHM!

Las canciones respiran y necesitan una duración media de cinco minutos, las composiciones lo requieren, no hay absurdas exhibiciones o demostraciones, "Into the Mouth of Eternity" no suena forzada y en ella encontramos elementos NWOBHM pero también arranques de energía al más puro protothrash, coros completamente naturales y una composición que, en los momentos más melódicos, recuerda al rock más clásico de los setenta. “Cruel Magic” o "The Doomsday Clock" (grandioso estribillo de adictivo y traqueteante ritmo) son evocadoras de otra época y, aunque Satan puedan ser contextualizados en la escena inglesa de los ochenta, hay mucho de Blue Oyster Cult pero también Atomkraft, Avenger, Pariah, Blind, Kashmir, Cronos o Battleaxe de los que, curiosamente, los componentes de Satan también han sido miembros.

Tanto "Legions Hellbound" (mucha atención al solo y, en general el sonido de las guitarras de Ramsey y Tippins), como “Ophidian”, podrían haber formado de “Life Sentence” (2013) en un álbum que, sin llegar a “Court in the Act” (1983) o “Suspended Sentence” (1987), quizá más por nostalgia que por otra cosa, puede mirar de frente a su discografía y estar en dura pugna con “Atom By Atom” (2015) pero, seré sincero, disfruto de todos sus discos por igual y me cuesta muchísimo decantarme por uno u otro título, es un ejercicio innecesario.

Taylor da paso a "My Prophetic Soul" y Ramsey y Tippins parecen jugar con sus guitarras, por no mencionar el excelente estado de Brian Ross, parece que los años no pasen por su voz y no sólo conserva su fuerza sino también su capacidad para transmitir en una producción como es la de “Cruel Magic” en la que, como indicaba, la ausencia de procesado es el vehículo perfecto para aquellos que no necesitan de ningún aderezo o engaño. El riff inicial de "Death Knell for a King" recuerda a Maiden hasta que entra toda la banda, siendo el bajo de English el que precisamente marque la diferencia con muchas otras bandas también clásicas.

La sorpresa que es "Who Among Us", más cercana a una canción propia de una ópera rock, es verdaderamente refrescante en una recta final formada por la directa "Ghosts of Monongah" y el majestuoso final con "Mortality”; grandiosa introducción, transición y utilización de otras sonoridades en un medio tiempo lleno de profundidad. Me gustaría concluir esta crítica asegurando que los seguidores del NWOBHM y Satan, en particular, se sentirán satisfechos con “Cruel Magic” pero sería una verdad a medias porque cualquier amante del rock entenderá la grandeza del último trabajo de una banda que, de verdad, parece incapaz de firmar una mala canción. Absolutamente sobresaliente, a un grandísimo nivel.

© 2018 Jack Ermeister


Crónica: Kamelot (Madrid) 05.07.2018

SETLIST: Phantom Divine (Shadow Empire)/ Rule the World/ Insomnia/ The Great Pandemonium /When the Lights are Down/ End of Innocence/ Veil of Elysium/ Here's to the Fall/ Raven Light/ March of Mephisto/ Karma /Amnesiac/ Sacrimony (Angel of Afterlife)/ Burns to Embrace/ Forever/ Liar Liar (Wasteland Monarchy)/ 

Lo que me ha ocurrido con “The Shadow Theory” (2018) es digno de estudio; me encantó nada más publicarse y, según lo fui escuchando, me fui dando cuenta que, pese a ser un buen álbum, hacía aguas y la nota global no podía ser tan alta. Sin embargo, con la entrada en mi mano para ver a Kamelot en Madrid, seguí escuchando toda su discografía y, cómo no, su último disco y, pese a no ser perfecto, he de reconocer, con la mano en el pecho, que es un disco notable, pese a sus errores. Así, me planté en La Riviera, para ver una vez más a Thomas Youngblood, Palotai, Tibbetts y Nunez, defenderlo junto a Tommy Karevik. Lo primero que me chocó fue la rácana entrada, creo honestamente que Kamelot se merecía haber reventado la sala y mostrar un más que merecido cartel que rezase “todo vendido” pero así son los tiempos que nos han tocado vivir; todo el mundo asegura tener el álbum o saber más que nadie de los artistas, pero pocos son los que se rascan el bolsillo, luego nos llevaremos las manos a la cabeza cuando muchas bandas desaparezcan o sean incapaces de salir de gira y visitar nuestro país. ¡Apoyad la escena, acudid a conciertos!

Tras la introducción de “Knight's March”, un encapuchado Karevik saltaba a un escenario exquisitamente decorado con motivos de “The Shadow Theory” y la banda arrancaba con “Phantom Divine (Shadow Empire)”, el sonido era casi perfecto (a excepción de un par de acoples) y la voz de Karevik, pese a sonar un poco baja, demostró que, sin forzar, es capaz de llegar a todas las notas y serpentear con delicadeza entre sus estrofas, la sorpresa de esta gira europea es contar con Lauren Heart y ser testigo en directo de algunos de los duetos de “The Shadow Theory”. Las orientales “Rule The World” de “Ghost Opera” (2007) e “Insomnia” de “Haven” (2015) sonaron compactas y, aunque adore la voz de Roy Khan, he de admitir que no le eché de menos, gracias a Karevik...

“The Great Pandemonium” y toda la pista ya ha entrado en calor, luces rojizas y Youngblood, Palotai y Tibbets disfrutando del concierto mientras Karevik se internaba entre las primeras filas. Metal de alto contenido en estribillos, allá donde este se mezcla con el pop más accesible, con el estribillo más pegadizo; “When the Lights are Down” de “The Black Halo” (2005) y de nuevo Karevik calzándose con éxito las botas de Khan, regresando a “Haven” (el disco del que más canciones sonaron, con permiso de “The Shadow Theory”) con la sensible “End Of Innocence” (derroche de voz), mi favorita “Veil of Elysium” y la ñoñita “Here's to the Fall” que, perdóneme el lector, siempre la evito en “Haven” porque, aún siendo preciosa, es demasiado dulce para un servidor...

Tras “RavenLight”, llega de nuevo Lauren Heart que roba el protagonismo a Karevik en “March of Mephisto” (no será la única vez) y un solo de batería y teclado a cargo de Nunez y Palotai que desemboca en “Amnesiac” y una “Sacrimony (Angel of Afterlife)” con Lauren y Kamelot felices al ver la reacción de la gente en “Burns To Embrace”; es verdad que sonó magnífica y los arreglos son capaces de levantar al más templado, pese a que no me gustan los coros de los niños que lanzó Palotai, creo que si hubiesen aprovechado más la voz de Lauren estaríamos hablando de una canción verdaderamente efectiva.

Será precisamente con ella con quien ataquen “Liar Liar (Wasteland Monarchy)” y se ilumine toda la sala con la outro, “Ministrium (Shadow Key)”, en un concierto notable en el que únicamente tengo en contra dos cosas; el uso abusivo de pregrabados (algo normal si tenemos en cuenta que Kamelot quieren llevar al directo todos los sonidos de sus discos), un espectáculo demasiado planificado en el apartado musical; restando visceralidad a toda representación en directo en lo que fue un derroche de metal con exceso de azúcar en esos estribillos que se clavan en el hipotálamo de uno y de los que cuesta olvidarse. Bien por Karevik, Youngblood, Palotai, Tibbetts y Nunez porque nos hicieron pasar a todos una gran noche y nos dejaron con ganas de más, Kamelot son grandes, olvidémonos de una vez ya de Khan y disfrutemos de la ilusión que derrocha Karevik….

© 2018 Lord Of Metal



Crítica: Behemoth “I Loved You At Your Darkest”

Echas la vista a atrás, escuchas algunas canciones y piensas; ¿cómo es posible que todas esas bandas de los sesenta o setenta publicasen uno o dos grandes discos por año? Según los estudiosos, había algo en el ambiente, una efervescencia creativa, ansias por crecer y componer, los más pragmáticos aseguran que era una época en la que perder el tiempo en el estudio se traducía en un gasto de dinero y las discográficas presionaban para que compusiesen más y más singles de éxito, estaban para ganar dinero, no para perderlo. Según los menos listos y la perspectiva que les da el tiempo, pero no su cabeza; todavía faltaban cosas por inventar, no como ahora. Pero el caso, querido lector, es que aquellas bandas entraban a grabar y salían por la puerta con una obra maestra bajo el brazo y no nos referimos al caso que seguramente tengas en mente, sino que conocemos muchísimos artistas capaces de tal gesta. ¿Cómo es que ahora, que muchas bandas poseen sus propios estudios de grabación y cualquier mequetrefe puede armarse con software y una tarjeta de sonido externa, que nadie está grabando varias obras maestras cada pocos meses? Muchas bandas tarden cuatro y cinco años (cuando no, once) en grabar su nuevo disco, los factores son muchos, pero no vienen al caso si lo que queremos reflejar es la realidad de Behemoth, la banda de metal polaca por excelencia, cuyo líder, Nergal, volvió literalmente de entre los muertos para reclamar lo que era suyo.

Crítica: Revocation "The Outer Ones"

Evito leer críticas ajenas antes de enfrentarme a la hoja en blanco por aquello de no escuchar un álbum habiendo sido envenenado o, mucho peor, creyendo a pies juntillas que me encuentro ante la enésima revelación de una banda a la que creía en dique seco (no es el caso de Revocation, que nadie quiera leer entre líneas) pero, en esta ocasión, no he podido escapar de las opiniones de un amigo que, entre cervezas, me aseguraba que este “The Outer Ones” (el noveno álbum de Revocation) era el peor de la discografía de los de Boston. He de reconocer que volví jodido a mi casa y, de camino, escuchaba sus canciones, una y otra vez; intentando adivinar qué era aquello a lo que mi amigo se refería y me sorprendió una cosa; que hiciese tanto hincapié en que únicamente perdura David Davidson de la formación original y que asegurase que era más de lo mismo porque, tras haber escuchado este disco hasta la saciedad desde que me llegó el promo, ahora sé que ambos argumentos son una supina estupidez.

Mi amigo, al cual aprecio mucho pero nunca más haré caso en cuestión de gustos musicales, parece escapársele que Dan Gargiulo lleva ya ocho años acompañando a Davidson, Brett Bamberger seis y únicamente podríamos considerar a Ash Pearson como el recién llegado, tras tres años de girar con la banda y, por supuesto, grabar “Great Is Our Sin” (2016), cuyo único defecto fue la difícil posición de ser la continuación de “Deathless” (2014). A diferencia del compañero que escribió la crítica de “Great Is Our Sin” en esta misma web, considero a aquel como uno de sus mejores discos pero mi gran favorito siempre será “Chaos Of Forms” (2011) y, por mucho que algunos se empeñen; Revocation no han sabido, ni querido, grabar un sólo álbum mediocre en una discografía que no deja lugar a dudas que Davidson es un gran músico y compositor (sin querer entrar en absurdas comparaciones, a veces pienso qué habría sido de un músico tan inclasificable como Chuck Schuldiner si se hubiese tenido que enfrentar al apresurado y poco fundamentado juicio de miles de internautas que, en directo, se le hubiesen echado encima en cada una de sus obras; “Leprosy”, “Spiritual Healing”, “Human”, Indiviual Thought Patterns”, “Symbolic” o el criticado “The Sound Of Perseverance”)

Y si “Great Is Our Sin” dejaba el sabor de boca de ser la continuación de “Deathless”, en “The Outer Ones” se adentran de lleno en el terreno del death con tintes progresivos; no llega a ser técnico porque las canciones, sencillamente, no lo requieren y parecen haber sido escritas con otra naturaleza, pero sí que podríamos referirnos a este último álbum de Revocation como aquel en el que se sumergen por completo en el death de corte progresivo y parecen olvidarse por completo del thrash, algo que muchos seguidores echarán de menos, pero que a otros les sabrá excepcionalmente sabroso. Repiten con Zeuss y, pese a ello, “The Outer Ones” suena diferente, él conoce a la banda y ellos se ponen en sus manos, quizá no tanto por pereza o no querer evolucionar sino por una cuestión de confianza y, escuchando el álbum (piezas como "Blood Atonement"), uno entiende que así sea porque, sin querer sonar exagerado; produce auténtico placer sumergirse en él, en esa oscuridad viscosa y cósmica lovecraftiana (magnífico trabajo de Tom Strom tras el nefasto y manido ‘artwork’ anterior) por la cual no inventan nada pero, maldita sea, tampoco lo necesitan…

Davidson se deja la voz en "Of Unworldly Origin", mientras él y Gargiulo lanzan ruidosos riffs, uno tras otro; entre la crujiente distorsión de sus pedales y la fortísima manera de tocar de Pearson (3 Inches of Blood) que bajará la intensidad únicamente para acompañar el bellísimo solo de guitarra.

Son esos furiosos riffs los que alternarán con momentos más calmados y melódicos, pero igualmente ensoñadores, en "That Which Consumes All Things", en la que romperán el ritmo de las canciones con varios cambios de tempo. En "Blood Atonement" podría suponerse que es Gargiulo el que quiere llevar a la banda a otro terreno, pero ello sólo les hace profundizar, aún más, en su faceta más progresiva de una manera nada pretenciosa; que nadie se imagine larguísimos desarrollos en una canción que apenas dura cinco minutos y, sin embargo posee gran cantidad de pasajes en los que hay cierta influencia jazz pero quizá no tan forzada como la que Linus Klausenitzer aporta en los alemanes Obscura. El solo de guitarra vuelve a ser para quitarse el sombrero pero, honradamente, no sé qué me gusta más de la canción; si cuando Davidson y Gargiulo ‘riffean’, esos momentos de calma tensa o, por el contrario, cuando las guitarras parecen centrifugar.

"Fathomless Catacombs" no es especialmente imaginativa, pero logran crear la sensación de progresión en una canción en la que parecemos estar subiendo a gran velocidad y, aunque no haya violentos volantazos, nos hagan temer lo que se nos viene encima en cualquier momento. Es con “The Outer Ones”, la canción, en la que parecen rendir homenaje al sumo sacerdote supremo del horror cósmico que no es otro que el maestro de Providence, en una composición en la que, dentro de lo intrincado, la melodía es accesible y nos sirve para guiarnos a lo largo de sus casi seis minutos. “Vanitas” supone un pequeño valle pero siempre entre maravillosas guitarras, mientras que “Ex Nihilo” demuestra que se puede grabar una instrumental a un gran nivel técnico sin aburrir, sin caer en los clichés del género y sin que uno sienta que es puro relleno, como ocurre con otras bandas, siendo un excelente hilo conductor para la más intensa y oscura de todo “The Outer Ones”, "Luciferous" (también de Gargiulo) en la que Revocation practican un death con tintes de black que funciona a la perfección, mientras que "A Starless Darkness" echa el telón, cambiando de afinación y pegándonos el último revolcón, allá donde los Primigenios descansan.

El que quiera ponerle pegas a un álbum como “The Outer Ones” es porque sencillamente no conoce a Revocation en profundidad, poco le importa la música, cree estar de vuelta de todo o, mucho peor, no tiene ni idea. Davidson no ha firmado su mejor álbum, pero sí uno notable en una carrera todavía sin mácula.

© 2018 Lord Of Metal



Crítica: Clutch “Book Of Bad Decisions”

La última de las muchas veces que he visto a Clutch en directo fue en la última edición del Download Festival y, aunque Fallon y los suyos estuvieron magníficos, sentí algo tan obvio como que son una banda de sala y no de gran festival con Guns N’ Roses cerrando una larguísima noche, no podría haber dos galaxias más lejanas o equidistantes que el rock visceral y cercano de Clutch y el exceso de Axl y Slash. Y es que es verdad que los de Maryland son una formación que se crece en los ambientes cerrados, de sudor y empujones, de calor y esfuerzo físico, lejos de los grandes escenarios y es esa liga en la que deben permanecer porque, como afirmaba en mi crítica de “Psychic Warfare” (2015), Clutch son una gran banda pero no esa gran promesa que muchos creen ver y eso es lo que sigo pensando cuando pincho “Book of Bad Decisions”. Es un buen álbum, interesante por momentos pero correcto, menos revolucionado que el anterior pero con un problema parecido o quizá el mismo pero más acentuado por esa segunda cara en la que parecen inclinarse por canciones de un corte muy diferente. ¿Dónde están las grandes canciones que nos cojan por el cuello y nos hagan volar? Si no mal recuerdo, eso mismo opinaba de “Psychic Warfare” que contenía un single con tanta pegada como “X-Ray Visions” y, sin embargo, les acusaba de haber exprimido la misma teta durante dos décadas. Mientras que “Blast Tyrant” (2004), “Robot Hive / Exodus” (2005) o, en menor medida, “From Beale Street to Oblivion” (2007) y, por supuesto, “Earth Rocker” (2013) nos mostraban a una banda repitiendo su fórmula pero en estado de gracia, “Book of Bad Decisions” nos muestra a unos Clutch rodadísimos gracias a esa eterna gira en la que parecen envueltos y si este álbum es digno de mención es por sus ganas y esa producción de Vance Powell por la que parece que estamos escuchando un directo y no un disco de estudio. Siendo así, es imposible que el álbum nos disguste o haga torcer el gesto a ninguno de sus seguidores pero también es verdad que, porque son Clutch, sabemos que son capaces de mucho más. Lo sé, es injusto pero así es como lo siento…

"Gimme the Keys" me recuerda precisamente a la época de “Earth Rocker”, Clutch parecen querer forzar el single, suena por momentos a “X-Ray Visions”, y es por ello que me sorprende que “Spirit Of ‘76” (con muchísimo sabor gracias a las guitarras) pero también la homónima “Book of Bad Decisions” nos hagan entrar en un punto muerto tan pronto, son buenas canciones pero ralentizan el ritmo de un álbum que debería haber arrancado con un petardo, justo como suena “How to Shake Hands”, hasta la verdadera joya del álbum, “In Walks Barberella” con ese Hammond B3 de Chris Brooks, Mike Dillon a la percusión y, por supuesto, los metales de Kevin Gatzke, Vinnie Ciesielski y Roy Agee. El puntito funky le sienta jodidamente bien y a Fallon se le siente tan, tan bien y juguetón que parece el momento en el que de verdad nos reencontramos con unos Clutch engañando a su musa habitual con otra mucho más exuberante.

Algo que no parece un espejismo cuando escuchamos la directa “Vision Quest” o “Weird Times” con sabor a tubo de escape y el gruesísimo bajo de Dan Maines. Pero el orden de las canciones lo es todo, que diría Nick Honrby, y "Emily Dickinson", a pesar del densísimo humo a blues, vuelve a hacer que el disco pierda fuelle. Suena sabrosa, tanto como “Spirit Of ‘76”, pero el álbum parecerá no recuperarse de ese tendencia de Clutch hacia el medio tiempo bluesy; “Sonic Counselor”, “Hot Bottom Feeder” y “Lorelei” son estupendas pero rompen por la mitad la segunda cara de una colección de canciones que quizá habría resultado mucho más efectiva tan sólo con una docena de composiciones con mayor contundencia y menos sentimiento.

"A Good Fire" nos hace entrar tímidamente en calor, mientras que "Ghoul Wrangler" parece que va a estallarnos en las manos pero no termina de quemar, algo parecido a "H.B. Is in Control" y ese comienzo lleno de color, una lástima que esa influencia negroide no parezca resolverse para bien, dándonos mucho más, y "Paper And Strife" parezca una canción inacabada, en la que uno es testigo del buen saber hacer de cuatro músicos tan solventes como Fallon, Maines, Sult y Gaster pero no nos lleve a ningún lugar.

Cualquier disco de Clutch merece toda mi atención y es seguro que acuda a la gira y salga igual de satisfecho que siempre, pero la banda de Fallon corre el serio riesgo de convertirse en una de esas que un día desaparecen, todos nos llevamos las manos a la cabeza por la pérdida, pero todos éramos testigos de que llevaban encallados en el estudio desde hace ya varios años y si se justificaban era por su abrasador directo. Nada en contra pero que vuelvan los Clutch de "Blast Tyrant" o "From Beale Street to Oblivion"…


© 2018 Don Scorpio


Crítica: Aborted "TerrorVision"

No deja de resultar simpática la inocencia de muchos seguidores del metal extremo que cuando una banda veterana sufre la pérdida de alguno de sus miembros originales y es reemplazado por sangre fresca, se lleven las manos a la cabeza como si los músicos recién incorporados -casi siempre a un altísimo nivel- acabasen de salir de la guardería y supusiese un auténtico bajón creativo cuando, también suele ocurrir, que muchas viejas glorias que perduran en las bandas, tan sólo traen su desgana e inmovilismo, además de emponzoñar el ambiente pero, románticos como somos, nos gusta creernos aquello del líder absolutista con el que es difícil trabajar y cambia de músicos como de camiseta. Muchas veces, lo que realmente ocurre es que por las venas de ese músico suele correr verdadera pasión y se resiste a rendirse en lo que él ya no entiende como una simple banda sino como su proyecto, su retoño; su vida. Como ocurre con casi todo, siempre es bueno conocer diferentes puntos de vista y ejercitar el análisis crítico...

Aborted no necesitan presentación pero, al mismo tiempo, sí que es necesario para muchos seguidores. El vocalista Sven de Caluwe es el único miembro original desde 1995 y por sus filas han pasado más de una treintena de músicos (entre ellos Dirk Verbeuren, Soilwork o Megadeth) y, también es justo señalarlo, su propuesta musical también ha evolucionado sustancialmente desde “The Purity of Perversion” (1999), de un death sucio y terrorífico a uno igual de brutal pero más cuidado, más pulido y técnico como “The Necrotic Manifesto “ (2014) y “Retrogore” (2016), ambos discos (sobre todo el último) no demasiado apreciados por el público en general, pero magníficos y disfrutables, no entiendo como no hacen las delicias de los fans del género (y Aborted en particular). Es cierto que “Goremageddon: The Saw and the Carnage Done” (2003) sigue siendo su obra más redonda pero que nadie pierda de vista a “The Archaic Abattoir” (2005), “Global Flatline” (2012) y los mencionados “The Necrotic Manifesto “ (2014) y “Retrogore” (2016). Pero, como escribía unas líneas más arriba, los belgas Aborted parecen el proyecto personal de Sven de Caluwe, mientras el guitarrista Mendel bij de Leij lleva tan sólo seis años en la banda, Ken Bedene ocho e Ian Jekelis y Stefano Franceschini dos y tres años respectivamente, lo que no quiere decir que no estén a la altura de la leyenda, me atrevería a decir su inclusión ha beneficiado al bueno de “Svencho”, como todos le conocemos.

La principal diferencia que aprecio entre “Retrogore” y “Terrorvision” es de composición, ambos son técnicos y el que nos ocupa suena por momentos como unos embrutecidos The Black Dahlia Murder cruzados con Archspire, menos melódicos y pegadizos que los de Michigan (con menos ‘hooks’, estribillos inolvidables, que dicen los entendidos) pero más salvajes, ácidos y agresivos, más monstruosos. “Lasciate Ogne Speranza” es la necesaria introducción a “TerroVision” y el primer golpe de efecto, la voz de Sven parece rota y eso le confiere un punto muy atractivo a la alternancia de guturales y voces rasgadas, mientras que Bedene es una auténtica máquina y las guitarras de Leij y Jekelis se solapan en rapidísimos riffs, una pena que la caótica pero también adictiva “Farewell to the Flesh” parezca bajar de nivel o inspiración y más si se comparan con números como “Vespertine Decay” (notable en su totalidad) y la rapidísima “Visceral Despondency” o ese single que bien podría ser el mejor que Aborted han firmado en décadas, “Squalor Opera”.

“Deep Reed” pierde algo de comba a pesar de que las guitarras parecen ametrallarnos al pisar la orilla de la playa, mientras que en “Exquisite Covinous Drama” se permiten el capricho de jugar con diferentes tempos y probar cosas nuevas, sin ir más lejos, el puente es verdaderamente genial, como Sven parece querer comernos vivos en “Altro Inferno” (no me gustan lo que parecen un par de “pig squeals”, él no los necesita) y resulta excepcional esa mayor presencia del bajo de Stefano, mientras que la machacona y agresivísima “A Whore D'oeuvre Macabre” podría haber sido un brillante cierre pero Aborted prefieren emular a los de Vancouver (Archspire) en “The Final Absolution” que, siendo una gran composición y exhibición, parece perderse en un ejercicio de estilo (aunque el solo de guitarra, como el de la propia “TerrorVision”, sea una jodida maravilla)

Pese a algunas sombras, en “TerrorVision” priman las luces y no veo el momento para volver a verlos sobre las tablas (más cuando comparten gira con Cryptopsy) y nos devuelven a un Sven vigorizado, quizá por esa sangre nueva en la banda o, simplemente, porque Aborted es su pasión, su vida, y ese entusiasmo y ganas son contagiosas. Tan notable como entretenido.


© 2018 Lord Of Metal