BLUT AUS NORD o el puto color que cayó del cielo...

Los franceses regresan al black y graban un álbum tan alucinógeno, como de otro mundo.

"Walk The Sky" de ALTER BRIDGE; cuando innovar no siempre significa progreso.

En riesgo de estancarse si no rescatan a la musas que les abandonaron tras "Fortress"...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

Crítica: Tame Impala "The Slow Rush"

Te aferras a una cintura, apuras el último trago de ginebra y piensas en ella, mientras suena Tame Impala en directo; piensas en alguien a quien no le importas en absoluto y a la que sólo le importa otra persona, aunque sea tangencialmente, que a ti -maravillosa casualidad- tampoco te importa en absoluto, ni siquiera para haceros daño (sí, en esa misma sensación de extraña entropía en el mensaje, de aislamiento, que también sentí en la maravillosa enajenación mental de cuando Bon Iver te hace tocar el cielo en sus conciertos y el lector más avezado recordará). Pegas otro sorbito de ginebra y recuerdas un libro de Ellis que te gustaba, lo mezclas en tu cabeza con uno de Carver, piensas lo mucho que le pega Tame Impala, te colocas en los aseos del festival y sales sorbiéndote la nariz, te cuesta respirar y sientes que te va a estallar la cabeza, maldita vasodilatación, te metes entre la gente, te vuelves a agarrar a esa cintura y piensas en esa persona a la que no le importas, mientras Parker canta “Yes I'm changing, yes I'm gone…” y crees entenderle pero no es así, mientras se descubre ante ti que la vida ha pasado entre disco y disco de Impala y Parker parece haberse tomado su tiempo, perfeccionando el sonido de “The Slow Rush” (2020) quizá su álbum más flojo, si tenemos en cuenta que venimos de “Innerspeaker” (2010), “Lonerism” (2012) y “Currents” (2015) pero todo un logro si tenemos en cuenta la montaña rusa en la que Parker se ha montado desde la publicación del anterior, del ámbito más independiente a encabezar festivales, casarse o perder a su padre, y que estamos hablando de un álbum en el que pasamos del pop ensoñador a la neo-psicodelia en un segundo, en el que creemos escuchar soul para cambiar al Sonido Filadelfia, de Animal Collective a música de ascensor, amables melodías repletas de esa mística por la que Parker va a lograr que repitas una y otra vez sus frases y latiguillos como si fuesen mantras que, a fuerza de cantarlos, uno interioriza, haciendo suyos, cuando no lo son...

Por eso, cuando suena “One More Year”, todo es tan familiar y la sensación tropical y arreglos desfasados parecen encajar en la alquimia pop de Parker, para recordarte que estás atrapado en un bucle y el tiempo es cíclico, o como cuando suena “Instant Destiny” y tenemos la superficial sensación de ir en un yate petardo, con cierta cadencia soul y el estribillo con la aguda y acolchada voz como recurso. Recuerdos de George Michael en “Borderlines”, alternados con momentos de recogimiento y pop en “Posthumous Forgiveness”. Hay rythm and blues en “Breathe Deeper” o “Tomorrows Dust” (de la que me queda el amargo sabor de boca de que las decisiones tomadas hoy son polvo del pasado) pero pasado por el tamiz de la psicodelia, hasta ese single totalmente adictivo (“Lost In Yesterday”) en el que se dan la mano hasta tres décadas, de Paul Simon a Michael Jackson, de los mencionados Animal Collective a Tame Impala, por gracia propia. En una canción que, además de pegarse como un chicle y resultar irresistible, Parker parece querer regresar a sus propios caminos comunes y acordar una especie de pacto con el oyente.

Los setenta regresan en “Is It True”, en un pacto a medias; Tame Impala ponen la pista y tú disimulas siguiendo el ritmo en un último estertor en una melodía creada en un Supermercado, el de este “The Slow Rush” que termina por agotar en ese constante ‘tease and denial’ en el que nada llega a quemar o hacer sentir el menor rubor hasta el épico cierre que es “One More Hour” y por el que tienes que pagar un interludio, un entretenimiento, como “Glimmer”, para escuchar ecos de Supertramp a modo de cierre. 

Es verdad que impresiona el que Parker sea el artífice de este pequeño monstruo, pero también que se siente cierta frustración al ser testigo de tanta clase y maestría y tan poco dirección o concreción, y produce la misma sensación de aquel genio loco de Minneapolis al que tanta perfección terminaba pasándole factura en sus constantes retoques, añadidos y cambios, en ese reverberante mar de estribillos memorables del que, sin embargo, no es posible salvar el álbum en su totalidad. Me gusta porque es Tame Impala y conecta con una pequeña parte de mi corazón, pero no lo considero digno de la triada anterior…


© 2020 James Tonic


Crítica: Kvelertak "Splid"

Escuchar música es como volver a enamorarse y, en el caso de los noruegos Kvelertak; pongamos todas las cartas sobre la mesa porque, sabiendo que “Splid” no es su mejor álbum, consiguen la sensación de estar escuchando un nuevo resurgimiento y transmitir la sensación de que con él hay que engancharse a base de escuchas, aquí no valen las medias tintas y no hay canciones como "Mjød" o "Blodtørst" que te agarren por el cuello en la primera escucha, pero en su conjunto, “Splid”, transmite la sensación de inmediatez y frescura que la banda necesitaba tras "Nattesferd" (2016), un álbum que no me gustó en su momento por la sencilla razón de que era la continuación a "Kvelertak" (2010) y "Meir" (2013) y, lógicamente, daba la sensación de repetición de fórmulas y fin de ciclo pero, heme aquí, cuatro años y cinco actuaciones después de Kvelertak para atestiguar dos cosas; la primera es que “1985” en directo era un subidón de adrenalina brutal, tanto o más que “Berserkr” y, en una gira que tuve la suerte de ver con dos vocalistas diferentes (tanto en sala, como en pabellón y festivales), comprobé de primera mano que algo ocurría con Erlend y cómo Ivar Nikolaisen se ha ganado el puesto a base sudar y dotar a Kvelertak de una nueva dimensión; el búho está presente pero ya no como elemento diferenciador, sino como mascota, e Ivar ha convertido a Kvelertak en una versión más rocanrolera y buenrollante aún, la herida sónica de unos Converge más basados en el rock y menos en el hardcore, no es de extrañar pues que Kurt Ballou lo haya producido y haya querido transferir su crudeza en las guitarras y el pegar de Håvard. Hay riffs herederos del punk, estribillos y power chords del hard más petardo, pero también hay blast beats del black más oscuro y acelerado, en lo que parece un regreso a sus raíces a base de "fluzo" pero incorporando nuevos elementos que, por el contrario, en “Splid” no terminan de eclosionar.

Un álbum que es un vívido regreso a la vida, que abre con la engañosa “Rogaland”, en forma de oleadas, delays y acústicas, subiendo la intensidad en un crescendo roto por Nikolaisen y su voz distorsionada en ese puntito de desquicie tan característico suyo en el que parece que esta se va a romper, entre el pañuelo y la chupa de cuero, el mosh y el diving sobre el público, consiguiendo transmitirlo en una grabación de estudio en la que los coros del estribillo nos confirman que Kvelertak pueden no haber grabado su mejor álbum pero si uno que aguanta mejor las escuchas que el anterior, "Nattesferd", aunque no contenga los singles de este y en él suenen más a Kvelertak que nunca. Troy Sanders de Mastodon ayuda en “Crack Of Doom” y, honestamente, conforma uno de los mejores singles del disco y de este nuevo año; no hay un solo elemento nuevo, los colores con los que los noruegos pintan son los mismos y la voz de Sanders está lejos del habitual rugido de los de Atlanta pero, a cambio, vuelve a hacer el contraste entre el chillido de Nikolaisen y el engolamiento del estribillo en un tono más grave o cuando comparten estrofas, un diez.

También hay patinazos, claro que sí, como cuando Landa, Lund y Ofstad arrancan “Necrosoft” y suena a autoplagio, aunque la pulsión nerviosa de sus guitarras termine arreglando una composición tan poco llamativa y decidan recurrir de nuevo a solear armónicamente tras la melodía de sus propios coros en el estribillo. “Discord” es puro punk, ideal para sonar en sus conciertos en salas, y “Bråtebrann”, aunque recurran a la simple copia de su propio sonido, suena mucho más natural que “Necrosoft”, sintiéndose orgánicas las progresiones entre las diferentes partes de la canción, ofreciendo mucho más peligro que la anterior. De vuelta al punk en “Uglas hegemoni” y algo que no me gusta demasiado de la producción de Ballou en “Splid” es que rompe demasiado el esquema y la unidad del propio disco con un tratamiento tan diferente entre sus canciones, poco hay en común entre las anteriores y “Uglas hegemoni”, la voz está muy por encima y los instrumentos parecen embarullados (en más de una ocasión) en su aparente afán por sacarles punta, mientras que en “Fanden ta dette hull!” se convierten en una versión ñoña de sí mismos hasta volver a encontrarse en “Tevling”, aunque estilísticamente sea en la década equivocada.

"Stevnemøte med Satan" es Kvelertak en estado puro, aunque le falte un estribillo con pegada, y los noruegos decidan darse un tiro en el pie en “Splid”, jodiendo la recta final con "Delirium Tremens", ocho minutos con partes interesantes pero flojo en su conjunto y la confirmación de que siguen mutando y están en un camino muy diferente al de “Nattesferd”, en un álbum que tampoco cierra con la mejor, “Ved bredden av nihil”, y el resultado de una segunda mitad que cuesta concluir y recordar, en contraste con una primera mucho más luminosa, directa y accesible. A estas alturas me queda más que claro que acerté con su trabajo anterior, que Kvelertak han regresado y recuperado parte de su sonido previo pero también que están inmersos en un proceso de cambio y este “Splid” o el que venga son una transición necesaria, tanto como la sangre fresca de Ivar Nikolaisen y sus nuevos aires, tanto o más que nosotros como oyentes.

© 2020 Conde Draco



Crítica: Sylosis "Cycle of Suffering"

¡Las cartas sobre la mesa! No, no me gustó “Dormant Heart” (2015) o no como debería porque, no siendo un mal disco, no me convencía tras “Monolith” (2012) y, honestamente, como vosotros, pensé que Sylosis había llegado a su fin con la incorporación de Josh Middleton a ARCHITECTS y la ausencia discográfica de una banda que comenzó con fuerza y “Conclusion Of An Age” (2008) o “Edge Of The Earth” (2011), de la que se esperaba mucho pero, mala suerte, parecía no haber tenido la presencia que se merece. Es ahora cuando creo entender que ese descanso de Sylosis, el hiato en el que parecían dormidos e incluso la aventura de Josh con ARCHITECTS, es quizá lo que justamente la banda necesitaba porque cuando, líneas más arriba, aseguraba que “Dormant Heart” no era de mi agrado, pueda deberse a que podría haber sido un disco infinitamente mejor, que hay canciones con vocación de haberse convertido en gigantes de un álbum que se quedó a la sombra de “Monolith” o “Conclusion Of An Age”, que perdía rumbo y su necesidad de confirmar a Sylosis en el puesto que estaban llamados a ocupar.

Un descanso necesario, no solamente para refrescar las ideas y rejuvenecer el entusiasmo, sino también el sonido; Sylosis siguen incorporando elementos a su flamante mezcla de thrash-death melódico con un poquito de groove, pero las composiciones han ganado en dinamismo y, además, por qué no decirlo; “Cycle of Suffering” suena excepcionalmente bien, es metal moderno pero no suena vacío, hay trabajo de escritura, algo que se nota cuando uno escucha el disco de cabo a rabo y en ningún momento decae o pierde altura...

Algo que me gusta es lo directo de “Cycle Of Suffering”, suena “Empty Prophets” y parece que el tiempo no haya pasado. Sylosis ahondan en la melodía sin ceder a la concesión de que sus nuevas canciones sean más accesibles por fáciles, algo que se nota en “I Sever” o “Invidia”. El riff de la primera es uno de los más pegajosos del álbum, las guitarras de Middleton y Alex Bailey están perfectamente equilibradas, una doblando a la otra, añadiendo fuerza a las estrofas, dialogando, hasta la repetición del estribillo.

Es ese no dar tregua, cuando acaba “I Sever” y comienza a sonar la propia "Cycle of Suffering", por el que uno tiene la sensación de estar asistiendo a una actuación en directo, a un álbum que avanza en su minutaje y en el que no hay pérdida alguna de intensidad, Ali Richardson arremete con fuerza y nos golpea, además de imprimir velocidad en “Shield”; Sylosis aprietan y sentimos la velocidad en un thrash hipermusculado con trazas de metalcore en su estribillo. Algo que, por escrito, puede no sonar tan bien como la banda lo ejecuta, prueba de ello es “Calcified” o “Idle Hands” y esos compases del inicio que parecen abrir las puertas del infierno, siendo mi favorita “Invidia” porque creo que combina magistralmente los elementos de “Cycle of Suffering” y el trémolo de la guitarra añade ese puntito de black para, segundos después, caer en un medio tiempo en el estribillo y volver a ametrallarnos en el puente de la estrofa; no recuerdo una canción que me impactase tanto en “Dormant Heart”, por ejemplo. Algo similar a lo que ocurre en "Apex of Disdain", revestida de oscuridad o la belleza de introducción de "Arms like a Noose" para luego rompernos con las guitarras de Bailey y Middleton y continuar quemando rueda en "Devils in Their Eyes". "Disintegrate" suena clásica pero la segunda guitarra le confiere un mayor tinte emocional que, como oyente, agradezco en la recta final del disco, justo antes de la desgarradora “Abandon” en la que otra vez vuelvo a sentir que encajan todas las piezas y puedo hablar o escribir de “Cycle of Suffering” como un conjunto con sentido y no una mera colección de canciones, en el que Middleton destaca como compositor y dota a las canciones de más densidad gracias a los arreglos de teclado o las capas de guitarras y melodías ocultas bajo la brutalidad del metal de Sylosis.

A estas alturas de la película, tan sólo deseo que Middleton vuelva a entrar en el estudio, que Sylosis cabalguen con fuerza y la banda siga en activo por muchos años y sin descanso, porque lo logrado con este “Cycle of Suffering” está al alcance de muy pocos y confirma el talento de su mente, además de aupar este álbum a la altura de clásico moderno, por muy pretencioso que esto pueda parecer a tan poco tiempo de su publicación…

© 2020 Lord Of Metal

Crítica: Sepultura "Quadra"

Con Sepultura, igual que con otros grandes o no tan grandes nombres en el metal (porque siempre he dicho que la banda lleva tiempo en segunda línea) se cumple una de esas extrañas reglas con las que muchos disfrutamos cuando otros se quedan con el culo al aire; los brasileños publican disco y muchos corren prestos a auparles, a firmar frases como “su mejor trabajo con Derrick Green” (como reprobatorio de una relación que, discográficamente hablando, comenzó hace ya más de veinte años), mientras que otros aseguran que Sepultura no estaban muertos sino tomando cañas. Esos mismos que, dentro de un tiempo, pasado el subidón del lanzamiento y las primeras escuchas, serán los primeros en despedazar siempre el último disco; pasó con "Against" (1998), "Nation" (2001), "Roorback" (2003) y hasta con "Dante XXI" (2006), "A-Lex-" (2009), "Kairos" (2011) y, por supuesto, con "The Mediator Between Head and Hands Must Be the Heart" (2013) y “Machine Messiah” (2017), discos repletos de luces y sombras; de buenos momentos y otros absolutamente mediocres, a un nivel aceptable pero, aquí llegamos al meollo; lejos de lo que siempre se espera de ellos.

Y es que debemos aceptar que, para muchos aficionados, Sepultura son los actuales y lo anterior a Green un espejismo de sus hermanos mayores o incluso padres. Que el estado actual de Max Cavalera (a pesar de que en estudio siga firmando buenos trabajos) y su empeño en regresar a su propio e ilustre pasado en directo, además de la sempiterna caricatura de esposa y representante que guía todos sus pasos y habla por él, no conforman una figura digna de su leyenda y sus problemas y, a veces actitud sobre las tablas, lastran la visión de las nuevas generaciones, mientras Igor -aquel que fue uno de los mejores baterías de la escena- ha sido superado con creces y malgasta su talento en proyectos de segunda y Kisser, nos guste o no, sigue paseando el nombre de Sepultura por medio mundo, con tan sólo una guitarra. Así, Andreas se convirtió en el líder de una banda en su mejor momento y en la que se ha empeñado en rebajar; huyendo de su sonido característico, perdiendo las dos guitarras (siendo él mismo el encargado de todas) y perdiendo también al entrañable Igor. Con un vocalista, como es el gigantesco Derrick Green, que nunca me ha gustado ni en directo, ni en estudio, y encontrando, tras Jean Dolabella, a un auténtico monstruo como es Eloy Casagrande al que parecemos encomendarnos en directo y en estudio, sin querer darnos cuenta que el verdadero culpable de mantener el nombre de Sepultura aún con vida es el propio Kisser.

En mi opinión, si de algo le sirve al lector y le ayuda a entender mi postura; Sepultura acabaron tras “Arise” (1991), muriendo de éxito con "Chaos A.D." (1993) y engañándonos a todos con "Roots" (1996) cuando pretendieron colarle al mundo entero su ansiada mezcla étnica de raíces brasileñas y thrash con el lujoso envoltorio norteamericano de Ross Robinson y el sempiterno Andy Wallace, que convirtió aquello en un cohete a reacción; para que todos me entiendan, “Roots” es lo mismo que ir a comer a un restaurante en el centro de Sao Paulo y descubrir que es la franquicia de un Rodizio con sede en Alcobendas, además la banda estaba literalmente tocada de muerte. Nada que objetar, a muchos se la colaron gracias a su talento y buenos singles (el disco es parte de la historia del metal, claro que sí), pero todos sabemos que la joya de la corona de los brasileños es “Schizophrenia” (1987), “Beneath the Remains” (1989) y “Arise” (1991), sin olvidarnos del primigenio “Morbid Visions” (1986).

De esta manera, llevamos desde 1996 (que se dice pronto, otros habrán nacido después y se han ahorrado estos años de peregrinación por el desierto) queriendo justificar a Max y a Kisser, queriendo entender ambas posturas, queriendo justificar sus trabajos, atacando a Green, echando de menos a Igor, elogiando a Eloy y añorando a Sepultura. Es por eso que entiendo cierta emoción con “Quadra” y el concepto que encierra pero, más allá de semejante gilipollez conceptual, el regreso a un sonido más directo, más contundente y tanto Sepultura, como Jens Bogren lo han logrado, aunque sea a medias.

“Quadra” es una fórmula matemática; funcionan sus elementos, la guitarra está más presente que nunca y ataca a la yugular, el trabajo de Green es quizá el mejor que haya grabado con la banda y Eloy, siento repetirme, está inconmensurable. Mientras que de Paulo no puedo decir nada, nunca me ha parecido un gran bajista de sonido inconfundible, pero cumple. Por eso “Isolation” arremete con fuerza y gusta escuchar que Sepultura no se andan por las ramas, thrash musculoso y punto, de estribillo pegadizo y riff accesible. Igual que “Last Time”, ya que “Means To An End” no me convence demasiado; suena muy bien y me gusta la guitarra, me gustan sus arremetidas y la sensación de estar centrifugándonos, en un disco en el que parece que Sepultura -por primera vez en mucho tiempo- parecen no renegar de sí mismos. “Capital Enslavement” posee la percusión y la agresividad propias de la banda, pero el principal problema que le veo a “Quadra” no es el estado de forma de los músicos o el acabado más actual de Bogren, sino que los fuegos artificiales acaban pronto y ellos lo saben; “Ali” es un auténtico bajón tras las cuatro iniciales, mientras que de “Raging Void” salvo la percusión es una composición verdaderamente floja. “Guardians Of Earth” tarda demasiado en entrar y, cuando lo hace, no impacta como las primeras. Se suceden canciones sin mucho tino, perdiendo intensidad o capacidad para la sorpresa; “The Pentagram” o “Autem”, la propia “Quadra” son cuarenta y siete segundos de relleno, igual que “Agony of Defeat” y la final “Fear, Pain, Chaos, Suffering”, completamente absurda e inocua con Emmily Barreto a las voces, tan indigna que ni siquiera los actuales Sepultura se la merecen como final de ninguno de sus discos.

Sabiendo todo esto y con la cabeza bien fría. ¿Es el mejor álbum de Sepultura? No. ¿El mejor con Derrick Green? Pues posiblemente sí, pero eso no es aval suficiente como para saludar a “Quadra” como lo que no es. Suena bien, potente, actual y las primeras canciones convencen pero, según avanza, las buenas intenciones se van por el sumidero, si esto es todo lo que le pedimos a los Sepultura de Kisser, que luego nadie se queje cuando los metan de relleno en festivales, únicamente justificados por su nombre.


© 2020 Blogofenia


Crítica: Ihsahn “Telemark”

Tras tantos años escuchando música, me queda más que claro que Ihsahn es uno de mis artistas, pero en los tiempos también he entendido el porqué. No se trata de sus discos seminales con Emperor o sus múltiples proyectos; Thou Shalt Suffer, Peccatum o Zyklon-B. Es mucho más sencillo, con Ihsahn siento que estoy realizando un viaje vital; através de sus canciones, su constante avance y transformaciones, además de su respeto por su pasado y las actuaciones esporádicas de Emperor. Nada más que añadir para un artista en constante crecimiento que demuestra que evolucionar no siempre es dar pasos al frente sino la libertad creativa frente a la parca y limitada liberta de maniobra. Es por eso que cualquier paso suyo es celebrado, porque significa una refrescante visión, a veces más innovadora que otras, y es eso justamente lo que pienso de “Telemark”. No puedo considerarlo un gran paso como tal porque es simplemente el alegato de un músico que mezcla sin complejos, en el mismo saco, su raíz más negra (aquella procedente del black metal) con su amor por el progresivo, el rock o el metal más clásico.

Así es “Stridig”, una mezcla de lo anteriormente dicho, un EP surgido del entretenimiento, que incluye tres nuevas canciones y dos versiones; una de Lenny Kravitz, “Rock And Roll Is Dead”, y “Wratchild” de Maiden. ¿Alguna queja? Imposible. “Stridig” fue lo primero que escuchamos y sirvió como aperitivo, para abrir boca y dejarnos con ganas de más; la raíz es claramente noruega y, si atendemos a la escucha, seremos conscientes de que Ihsahn no está realizando una pirueta tan original como para no encontrar su rastro en “Eremita” (2012), tanto que hasta el saxo de Jørgen Munkeby (SHINING, aunque ahora estos parezcan reconvertidos al petardeo más absoluto) hace lo propio con una canción en la que, sin embargo, lo mejor está en la guitarra; el contrapunto, el trémolo furioso pero también el ‘staccato’ y un momento de languidez en el puente que no hace otra cosa sino prepararnos para la descarga final.

“Nord” tira aún más del black en un medio tiempo en el que lo que llama la atención es la voz de Ihsahn, así como los coros del puente al estribillo, y ese alarido central, el entretejido de su guitarra con el saxo de Munkeby (confiriéndole un sentimiento más jazzy a esta segunda canción pero, al mismo tiempo, dotándola de más y más sombras) y el crescendo final, mientras que de la propia “Telemark” ahonda en esa sensación de oscuridad junto a cierto elementos folk y, como escrito anteriormente, la propia del oyente cuando cree conocer todas las cartas del noruego y, a pesar de ello sentir que, de nuevo, está reinventándose y este EP no es más que la carta de presentación para sus próximas canciones, como bien demuestra la canción homónima; agresividad e intensidad.

Respecto a la versión de Kravitz (procedente del que quizá sea mi disco favorito de él, “Circus”) es quizá lo conceptual lo que justifica su importancia; el desmarque del noruego de sus parámetros estéticos y la aceptación (por mi parte, innecesaria a estas alturas) de su riquísimo panteón de influencias y gustos, para desgracia de sus seguidores más auténticos y fundamentalistas. Me gusta la versión por el toque de Ihsahn, que creo que le sienta estupendamente bien, pero no porque sea una nueva visión de la de Kravitz; que pierde encanto setentero. Más cómodo, y sin menos quebraderos de cabeza, se le siente en “Wratchild” en la que tampoco mejora la original, pero deja claro con ella que es tan sólo un divertimento.

Un buen EP que cumple la función de los EPs, servir como adelanto o puente entre álbum y álbum, o también como válvula de escape para un artista que se quiere demostrar que no siempre tiene que estar embarcado en una gran producción, cuando el corazón le pide disfrutar.


© 2020 Blogofenia


Crónica: Dream Theater (Madrid) 31.01.2020

SETLIST: Untethered Angel/ A Nightmare to Remember/ Fall Into the Light/ Barstool Warrior/ In the Presence of Enemies, Part I/ Pale Blue Dot/ Act I: Scene One: Regression/ Act I: Scene Two: I. Overture 1928 / Act I: Scene Two: II. Strange Déjà Vu/ Act I: Scene Three: I. Through My Words / Act I: Scene Three: II. Fatal Tragedy / Act I: Scene Four: Beyond This Life/ Act I: Scene Five: Through Her Eyes / Act II: Scene Six: Home/ Act II: Scene Seven: I. The Dance of Eternity/ Act II: Scene Seven: II. One Last Time/ Act II: Scene Eight: The Spirit Carries On/ Act II: Scene Nine: Finally Free/ At Wit's End/

Al final, uno también se cansa de este viejo mundo y criticar aquello que ya ha defenestrado una y otra vez. Dream Theater es una de mis bandas favoritas, la primera que los vi en directo fue, como ya he señalado en muchas ocasiones, durante la gira de "Train of Thought" (2003), nada más y nada menos que con Opeth de teloneros. Aquel concierto me gustó tanto que terminó de convertirme, repetí en "Systematic Chaos" (2007), antes de que Portnoy dejase el barco en "Black Clouds And Silver Linings" (2009) y defendí a Mangini con uñas y dientes, disfruté mucho de las giras de "A Dramatic Turn of Events" (2011) y el propio “Dream Theater” (2013) en el que presencié un concierto verdaderamente desorganizado, con mal sonido y una actitud bastante fría por parte de LaBrie. A partir de ahí, el desastre con "The Astonishing" (2016) y ellos defendiendo un proyecto que sabían categóricamente que no valía, demostrando que la genialidad instrumental no siempre está alineada con las musas, corrieron prestos a celebrar “Images And Words” (1992) y meterse en el estudio para grabar un disco más directo, más pesado y más duro, "Distance Over Time" (2019), que a pesar de sus bondades, sigue sin convencerme y, por fin, volvían a Madrid. Deseaba tanto alejarme de todas las críticas a sus últimos años, como enfrentarme a uno de los discos capitales de la banda.

Imposible no acudir a la cita, segunda vez que los veo en esta gira tras su presentación el verano pasado en festivales y ahora, para colmo, interpretando el que, para muchos, sigue siendo su mejor álbum; "Metropolis Pt. 2: Scenes From a Memory" (1999). Una buena decisión que, sin embargo, en Madrid mostró sus pros y contras; es magnífico escucharlo en directo pero la selección de canciones previas no es la mejor, ni con mucho, y reduce “Distance Over Time” a cuatro composiciones (cinco, si tenemos en cuenta la última del concierto); "Untethered Angel", "Fall Into the Light", "Barstool Warrior" y "Pale Blue Dot", picoteando de su discografía “A Nightmare To Remember” "Black Clouds And Silver Linings" de y "In the Presence of Enemies, Part I" de "Systematic Chaos". Buenas canciones, sin duda, pero no las más representativas, echándose mucho de menos algunos clásicos, que es verdad que hemos escuchado hasta la saciedad, pero sin los que no concibo un concierto de Dream Theater. Por no mencionar las extraídas de “Distance Over Time” y una nadería como "Barstool Warrior".

Dream Theater mostraron un gran sonido, la voz de LaBrie muy por encima (aunque le costase entrar en calor), y unos Jordan Rudess y John Myung en auténtico estado de gracia, y Petrucci -como siempre- en una extraordinaria forma; es la grandeza de Dream Theater, cinco músicos enormes que funcionan con meticulosa precisión. Sin embargo (otro más y no será el último), con Mangini -aún estando tan acertado como siempre- no sentí lo mismo que en otras ocasiones cuando, en defensa de la banda, justificaba su personalidad como músico. Es verdad que Portnoy es y será una ‘prima donna’ de excesivo carácter, pero aportaba este a la banda y lo que me encontré de nuevo sobre el escenario es a Magini; un músico excepcional, pero sin la desbordante personalidad del anterior. Recuerdo que la primera vez que vi a Dream Theater en directo me impresionó ver cómo Portnoy vivía las canciones, a menudo gritaba en ellas, gesticulaba y jaleaba a sus compañeros; uno sentía que aquello era la lucha entre varios músicos y la banda del batería que breaba por llevarlos a contracorriente. Con Mangini -con todo mi respeto hacia él y su indudable talento- siento que hay un excepcional músico de estudio tras los parches, pero completamente plano, aséptico en su interpretación.

Llegó el momento de "Metropolis Pt. 2: Scenes From a Memory" y un innecesario descanso cuyo objetivo será también engolar la ceremonia de su interpretación pero enfrió al público. Así fue, tras “Act I: Scene One: Regression” (y su indudable sabor a “Speak To Me”) comenzaba la peculiar odisea del protagonista en ese mar de decepción y dolor, llegaba la introducción de LaBrie y la acústica que da paso a “Act I: Scene Two: I. Overture 1928”, de nuevo recalco el sonido; me pareció espectacular, al igual que la interpretación de la banda, no podía esperar menos, siendo quizá Rudess mi favorito (en ningún momento sentí que estuviese tocando, parecía un mago disfrutando de su teclado). Me gustaron especialmente “Act I: Scene Two: II. Strange Déjà Vu” o “Act I: Scene Three: II. Fatal Tragedy”, igual que “Act I: Scene Four: Beyond This Life”. Mientras que se me hizo especialmente pesada (no pasa nada, me ocurre igual en el disco, es puro azúcar) “Act I: Scene Five: Through Her Eyes”

Como tampoco entendí el énfasis de LaBrie, presentando “Act II: Scene Six: Home” como su canción “más heavy”, fue maravilloso verlos interpretar “Act II: Scene Seven: I. The Dance of Eternity”, antes de una recta final en la que “Act II: Scene Eight: The Spirit Carries On” era tan obvia como los cientos de móviles, en lugar de mecheros, que poblaron la pista, antes de rematar con “Act II: Scene Nine: Finally Free” y la despedida, regresando de nuevo a “Distance Over Time” con “At Wit's End”. Sentimientos encontrados se mezclaron con recuerdos de adolescencia y la certeza de que volveré a ver un concierto suyo siempre que pueda, pero cuya sensación sé que se repetirá también cuando vuelva a sentir que algo se ha perdido en Dream Theater y no es únicamente a Portnoy.


© 2020 James Tonic


Crónica: ABBATH/ VLTIMAS/ 1349 (Madrid) 01.02.2020

SETLIST: Hecate/ Count the Dead/ Bridge of Spasms/ The Artifex/ Harvest Pyre/ Ashes of the Damned/ Warriors/ Nebular Ravens Winter/ Calm in Ire (Of Hurricane) / Outstrider/ In My Kingdom Cold/ Tyrants/ To War!/ Winterbane/

Soy de esos que piensan que, por mucho que hayas visto a un artista, hay noches a las que faltar debería estar penado. Y soy consciente de todo lo relativo a Abbath; el mítico integrante de Immortal. Abbath, el amante de Motörhead, Abbath aquel que firmó junto a Demonaz algunos de los capítulos más importantes del black metal de los noventa, pero también de Abbath y Argentina, de Abbath y sus constantes memes, de su despreocupada actitud, sus problemas de salud y su banalización -a veces necesaria- del dramatismo del metal, pero siempre excesiva. Tuve la suerte de ser testigo de la última gira de Immortal y siempre guardaré un grandísimo recuerdo de aquella noche en el reino de Blashyrkh, como también de la primera gira de Abbath en solitario; junto a King Ov Hell y el preocupante estado del músico, de la caótica actuación que contemplé, entre la caricatura del género y el esperpento del artista, pero también creo que "Abbath" (2016) y el más reciente, "Outstrider" (2019) son buenos discos, disfrutables y repletos de tanta negrura como frialdad, sin tener que decantarme por ellos o "Northern Chaos Gods" (2018), no tengo por qué elegir cuando puedo disfrutar de ambos.


Por lo que una gira del noruego, aún con todas mis reservas, junto a Vltimas (ni más, ni menos que David Vincent de Morbid Angel, Blasphemer de Mayhem o Aura Noir, y Flo Mounier de Cryptopsy), además de 1349, no era algo que pudiera dejar pasar y debo reconocer que cumplieron mis expectativas. 1349 presentaban "The Infernal Pathway" (2019), un álbum que he disfrutado pero que no es, ni con mucho, el que más me gusta de la formación. “Sculptor of Flesh” o “Through Eyes Of Stone” se unieron en una dupla magnífica para abrir un concierto en el que "The Infernal Pathway" demostró ser la continuación estética de su magnífico “Hellfire”, pero sin las composiciones de este. La voz de Ravn cortaba el ambiente para los que nos acercamos a la sala a tal hora, y Frost (¿qué decir de uno de los mejores baterías del metal?) literalmente machacaba los parches con su fibroso cuerpo. Precisamente, de “Hellfire” recuperaron “I Am Abomination” para no regresar y tan sólo visitar "Massive Cauldron of Chaos" (2014) o “Demonoir” (2010) con “Atomic Chapel” y rematar la noche con su último álbum y "Dødskamp" y "Abyssos Antithesis" en una actuación que se hizo breve pero, al contrario de lo que pueda transmitir la música de Immortal, repleta de bocanadas de fuego y negrura noruega. ¿Lo disfruté? Muchísimo…

Ver a David Vincent sobre un escenario es un lujo, ya sea interpretando el repertorio de Morbid Angel o las canciones de Vltimas con dos leyendas como Blasphemer o Flo. Sin embargo, es la segunda vez que veo a Vltimas en esta primera gira de presentación de "Something Wicked Marches In" (2019) y no me gusta demasiado la puesta en escena de Vincent, las canciones suenan estupendas, pero no entiendo por qué se empeña en teatralizar las canciones vestido de esa manera. Muchos dirán que la apariencia es lo de menos y no les falta razón, pero cuando te subes a un escenario, lo es todo, y me cuesta reconocer a Vincent. Musicalmente, Vltimas son tan contundentes como en estudio y, aunque su repertorio -lógicamente- no sufra demasiadas variaciones con tan sólo un trabajo de estudio, como es el genial “Something Wicked Marches In”, canciones como “Total Destroy”, “Monolith” o “Everlasting”, me siguen pareciendo excelentemente compuestas, y tener a tres músicos de su categoría a pocos metros es una auténtica gozada. Acabaron con “Diabolus Est Sanguis” y “Marching On” y la misma sensación de 1349, una actuación concisa y bien estructurada pero demasiado breve. Es cierto que el abigarrado death de Vltimas no tiene mucho sentido, sobre el papel, con el black de 1349 y Abbath, pero en directo es un auténtico festín.

Olve Eikemo, Abbath, salió a escena a ritmo de Manuel de Falla (“La Danza Ritual del Fuego”) y su nombre presidiendo el escenario, con la ausencia de Mia Wallace y la incorporación de Rusty Cornell en su lugar y el del icónico King Ov Hell, demostrando una actitud muy diferente a la de las últimas dos que le he visto sobre el escenario. Sin rastro alguno de bromas, "Hecate" y "Count The Dead", sin pausa se lanzó a “Bridge of Spasms” o “The Artifex” y presentó “Harvest Pyre”, luciendo un sonido denso y bien construido, brutal y agresivo, apretando la velocidad con Ukri Suvilehto tras la batería y el ventilador dándole en la cara. El single "Ashes of the Damned" sonó con furia, quizá una de las canciones que más siguió el público, e incluso se acordó de “I” con su versión de “Warriors”, mientras que “Outsrider” o “Calm in Ire (Of Hurricane)” constataron que su último álbum es tan sólido como el de Immortal, de quienes precisamente nos regaló "In My Kingdom Cold", "Tyrants" o "Nebular Raven Winter", para cerrar -sin interrupción alguna- con “To War!” y “Winter Bane”.

Desconozco si este momento de concentración le durará mucho a Eikemo, si abandonará sus vicios y tratará su enfermedad, si será capaz de pasear su genio y talento como en estas dos últimas noches en España, lo que está claro es que la guerra prosigue en la fría Blashyrkh y todavía no hay un rey claro, Demonaz o Abbath cuando, como escribía antes, no hay necesidad alguna de elegir sino de disfrutar lo que cada uno tiene que ofrecernos…

Texto y discos © 2020 Lord of Metal
Pic by © 2020 Getty

Crítica: Mark Morton “Ether”

Cuando comienzas a escuchar música todo es más sencillo, aunque los retos sean mayores. Todo se reduce al gusto de cada uno, el mundo parece más simple; te gusta o no te gusta pero, por otro lado, el desafío también es mayor porque no sabes nada y, simplemente, intentas expresarte a través de las palabras de otros. Cuando creces, el cinismo aparece de manera natural y crees saber más de lo que sabes, desconoces lo que no sabes, y comienzas a utilizar estructuras de pensamiento de otros para justificar tus gustos y revestirlos de criterios, para terminar dándote cuenta que cuando más disfrutabas los discos era cuando comenzabas a escuchar música y no tenías que explicar nada a nadie, tan sólo sentir. En mi caso, permitidme que me extienda en mi reflexión ya que esto es un maldito EP, comencé a escuchar a Pearl Jam en “Vs” (1993) -no vengas ahora a contarme quiénes son, hijo mío- y lejos del escándalo que me parece cómo ha pasado el tiempo y cómo hemos cambiado ellos y yo en los últimos veintiséis años, recuerdo con clara nitidez cómo disfrutaba de “Ten” (1991) e himnos que ahora se consideran clásicos, “Jeremy” o “Alive”, y cómo quemé aquella cinta TDK de 120 minutos con “Vs” en un cara y, el que todavía sigue siendo mi álbum favorito de la banda, “Vitalogy” (1994), qué magia, qué nostalgia, qué años tan bonitos cuando no había dinero para comprar discos pero sí cientos de cintas grabadas y regrabadas que pasaban de mano en mano, entre colegas…

Es por eso que ahora escucho “Ether” de Mark Morton, guitarrista de una de mis bandas actuales favoritas (Lamb Of God) y pienso en los santos cojonazos que ha tenido grabando una versión tan blanda e insustancial, tan carente de emoción y el crescendo de alta tensión que es “Black” de Pearl Jam. Todavía recuerdo como, hace muchos años, una banda millonaria se quejaba amargamente de no tener un vocalista como Eddie Vedder; “puedes escribir cualquier canción que, por mala que sea, si la canta Vedder, lo tienes todo hecho” y lo mismo podríamos aplicar a Mike Patton de Faith No More o el marciano que es Maynard. ¿De verdad creía Morton que haría algo digno dejando “Black” a Mark Morales, convirtiéndola en una baladita más propia de Staind o Creed?

Como también reflexiono qué es lo que empuja a Morton, un guitarrista solvente y con un tono ya característico, a desdibujar su forma de tocar en un álbum como "Anesthetic" o un EP como el que nos ocupa. “All I Had To Lose” con Morales es la enésima evocación de "Babe I'm gonna leave you" pasada por el tamiz de todas esas bandas norteamericanas de FM que hoy te versionan “Zombie” de The Cranberries por todos los esteroides del mundo y mañana te estropean “The Sound Of Silence” con un vocalista mediocre, doble de Charlie Runkle (Californication, sí).

Un Ep en el que poco o nada se salva, quizá “The Fight” con John Carbone, sonando Mark Morton como un artista post-grunge cualquiera, o “She Talks To Angels” con la ayuda de Lzzy Hale (Halestorm) a la que le sobran dos minutos. Howard Jones está fantástico, por comedido, en “Love My Enemy”, demostrando que su voz sigue en plena forma y su timbre tan bonito como siempre, en una composición tan sosa que, por desgracia, tampoco aporta nada al EP, a la carrera de Morton (si es que quiere continuar la aventura iniciada en "Anesthetic", por la senda acústica o introducir elementos en su próximo álbum) y, mucho menos, cuando se despide con grunge de garrafón y la mencionada versión de “Black” que tampoco muestra una nueva visión de la canción de Pearl Jam, sino una versión de catequesis, de acampada y mecherito.

Un auténtico horror del que tenía que dejar constancia por mi amor a Lamb Of God, por mi amor a la música de los difuntos noventa y vengar así la memoria de esa última versión que comienza con un gallo agonizante y acaba de la misma manera escalofriante. Por favor, Mark, vuelve al groove, es lo tuyo, lo nuestro, ya sabes, rey…

© 2020 Conde Draco

Crítica: Midnight “Rebirth By Blasphemy”

Ya sabes, abres el disco y lo pinchas, escuchas la clásica introducción que toda buena banda de metal se ve obligada a incluir antes de abrir fuego y, si tienes suerte, no vuelves a escuchar ninguna introducción o coda más a modo de relleno. Da igual si es un vinilo, si es un cedé, si es un archivo que previamente has descargado o es música en streaming, siempre e invariablemente es lo mismo y, cuando conoces de sobra al artista o has escuchado toneladas de discos, sabes perfectamente a qué va a sonar, que te va a esperar durante los próximos minutos. Nada de eso se cumple con el cuarto larga duración de Athenar que comenzó este proyecto, al margen de su banda Boulder, como pequeña válvula de escape en la que publicar splits y EPs, hasta que llegó el sobresaliente “Satanic Royalty” (2011) y continuó su leyenda de manera notable con "No Mercy for Mayhem" (2014) y "Sweet Death and Ecstasy" (2017). Quizá el secreto de Midnight no sea la estética adquirida por Jamie Walters, Athenar, sino la falta de complejos para facturar una especie de speed mezclado con black metal y toques de ese heavy tan rancio que mantiene la estética de Midnight alejada de cualquier crítica posible ya que se encuentra alojada en un terreno atemporal en el que, Athenar, es libre de usar todos los elementos que le vengan en gana, componer las canciones que le apetezcan y tan sólo deberse a sí mismo, siendo el resultado tan excitante para él, como para nosotros. En los discos de Midnight no hay obligación alguna de introducir una intro, de sonar como otras bandas, de maquillarse o disimular lo que no es. Y, por cierto, ante aquellos que descubran a Midnight; su estética es anterior a la de MGLA, además la concepción de Walters es que no importa el músico, no hay interés alguno en causar la impresión espectral de los polacos (a los que, por otro lado, también adoro y las posibles coincidencias estéticas entre ellos y el de Cleveland, carecen de toda importancia).

“Fucking Speed and Darkness” es toda una declaración de principios, es divertida, es exagerada, es un disparo a bocajarro, es una caricatura, es la carta de amor de un amante del metal que reúne todos los tópicos del subgénero para confeccionar una pieza de cuatro minutos que podría haber sido escrita por noruegos adolescentes sedientos de sangre o, simplemente, por un tipo que ama lo que hace y mezcla la negrura de unos con el metal de toda la vida. Cuatro minutos de acelere, de quemar ruedas, de velocidad y desgarro, de heavy metal añejo mezclado con oscuridad y mala ralea. “Rebirth By Blasphemy” es tan cruda y pedestre como para que la hubiesen firmado los más recientes Darkthrone, su cafre estribillo es gloria para los oídos de aquellos aventurados en el metal, lo mismo que el riff y el sentimiento de urgencia de “Escape The Grave”, con una letra que es puro cliché, pero se siente natural porque eso es precisamente lo que Athenar busca, nada de complicaciones. Buen ejemplo de ello, como si no los hubiese, es “Devil's Excrement” con esa guitarra que parece taladrarnos el pecho y el sentimiento de estar escuchando un himno clásico del metal en “Rising Scum” o en la propia “Escape The Grave”.

Athenar recupera el ritmo con “Warning from the Reaper” y un riff tan clásico y cercano al hard como la sensación de estar escuchando a unos acelerados y despreocupados Kvelertak con un Ivar Nikolaisen embrutecido o a los primeros Venom en “Cursed Possessions” e incluso a un Lemmy de ultratumba en “Raw Attack”. Lo bueno de Midnight, de Athenar es que no oculta, no hay engaño, tan sólo admiración y diversión, pasión por el metal y ganas de pasarlo bien, de romper con todo y sonar más auténtico y bruto que cualquier banda de los fiordos (“The Sounds of Hell”) o fresco que los propios Kvelertak, como se escucha en “You Can Drag Me Through Fire”, con la que cierra dejando un estupendo sabor de boca y ganas de volver a escuchar el disco. Diez canciones para pasarlo bien, saltar y celebrar la vida, para sentir que el metal -mal que le pese a algunos- sigue más vivo que nunca.

© 2020 Lord Of Metal