"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Pig Destroyer “Head Cage”

Parece que ha llegado el día en el que, por fin, la democratización de la información ha sido malentendida hasta el punto en el que, desde que el usuario no sólo engulle sino también crea contenido, es ahora cuando la fina línea entre aquellos que saben y aquellos que no, es defendida con el malentendido derecho a opinar o, mucho peor, a posar... Todos tenemos derecho a querer arreglar un grifo pero, ¿quién tiene más posibilidades de repararlo correctamente? ¿El fontanero, aquel que ha dedicado su vida y esfuerzo a arreglarlos o ese otro que, sin saber, comparte fotos de sí mismo con un cinturón impoluto, un inmaculado mono de trabajo y parece saber de todo aunque no haya reparado nada en su vida? El ejemplo puede parecer algo infantil o lejano a la música pero, si nos atuviésemos a lo que se ve en las redes sociales (Instagram, por ejemplo), Pig Destroyer habrían grabado su mejor álbum, cuando todos sabemos que todavía no han superado “Prowler In The Yard” (2001) o ”Terrifyer” (2004) y que este “Head Cage” (2018) a pesar de la incorporación del bajo de Jarvis o un mayor trabajo en la composición de Scott Hull (Agoraphobic Nosebleed, ex-Anal Cunt), ni siquiera supera a “Phantom Limb” (2007) o “Book Burner” (2012). ¿Qué está pasando entonces? Pues que algunas compañías llevan ya tiempo sabiendo del auténtico revival por el vinilo y todopoderosas como Relapse se está molestando en publicar bonitas e impactantes ediciones de las bandas de su cartera y así ocurre que, horas después de la publicación del álbum de Pig Destroyer -por poner un ejemplo- las redes sociales se llenaban de gente posando con el vinilo de “Head Cage” y cientos de internautas asegurando que era uno de los discos del año, el álbum de los de Virginia es contundente como pocos pero no su mejor esfuerzo y punto.

El grind de Hull parece haber dado paso al thrash y sí es cierto que la composición ha mejorado, así como es quizá su álbum más extenso, tras la introducción, ”Tunnel Under the Tracks”, “Dark Train” nos lanza un directo a la cara. ¿Es grindcore? ¿Qué más da? Pig Destroyer se han convertido en una banda con la rapidez, pero también la suciedad de otros subgéneros y les sienta bien, tanto como el single "Army of Cops" en el que Pig Destroyer demuestran no haber perdido la capacidad para componer canciones que sean capaces de rompernos el cuello y el bajo y la batería de los Jarvis dejan poca duda sobre ello. ¿Quién necesita el riff de una guitarra, a pesar de ser la de Hull, cuando tiene una base rítmica así? Podremos sacarle pegas a este disco en función de lo que la banda es capaz de hacer en función de sus discos anteriores pero la solidez exhibida en “Head Cage” es de manual…


“Circle River” bien podría ser la más sorprendente del disco, es sludge-n-roll, hemos perdido la rapidez thrashy la suciedad grind pero Pig Destroyer les siente estupendamente bien… Sin embargo, a partir de "The Torture Fields" (a excepción de la última, "House of Snakes"), “Head Cage” parece convertirse en un batiburrillo de intentos, de ideas y canciones en las que conviven diferentes estilos, desdibujando a Pig Destroyer, y haciendo que el disco pierda cualquier dirección. ¿Suena bien? Por supuesto que sí. ¿Suena agresivo y potente? Desde luego. Pero algo falla, sobre si todo si tenemos en mente “Phantom Limb” (2007), como parece ocurrirles a muchos, y ni “Terminal Itch” o la diferente “Concrete Beast” (ambas con la ayuda de Kat Katz), como tampoco la machacona “Mt.Skull” y “Trap Door Man”, consiguen convencer a un oyente que tendrá que esperar a “The Adventures of Jason and JR” para encontrarse algo más elaborado y diferente o la citada “House Of Snakes” (con esa introducción con tanto sabor a Metallica, para qué negarlo…), en la que se toman su tiempo a lo largo de sus siete minutos para despedir el álbum de manera auténticamente digna entre bandazos sludge, groove, mala baba y Hayes dejándose la garganta para que entendamos que a Pig Destroyer les ha faltado un poquito de concreción y haber sabido separar el grano de la paja cuando el cuerpo central de “Head Cage” se torna ligeramente aburrido y gris.


La voz de Hayes suena perfecta para las necesidades de la banda, la guitarra de Hull sucia y afilada, los arreglos de Harrison añaden a la mezcla y tanto Adam, como John Jarvis se convierten en la auténtica espina dorsal del sonido de Pig Destroyer que parecen haber acertado en el envoltorio de su nueva bestia. Si te gustó “Prowler In The Yard” o “Terrifyer” puede que “Head Cage” te deje con ganas de más, en lo que parece una banda que busca reinventarse tras “Book Burner” y, aunque por el camino no lo consiga, te garantizan la violencia en cada uno de sus surcos.

© 2018 Conde Draco


Crítica: Deicide "Overtures of Blasphemy"

Qué razón que, a veces, el paso del tiempo nos hace reflexionar sobres aquellos juicios prematuros y más en la música… A pesar de que defendimos “In The Minds Of Evil”, la sensación que dejó aquel álbum fue agridulce; para algunos era una buena muestra de que Deicide seguían reteniendo mientras que para otros muchos, la banda había muerto con “Insineratehymn” (2000) e “In Torment in Hell” (2001) y Deicide eran cosa del pasado (que levante la mano el que no, porque estará mintiendo). Craso error porque “Scars of the Crucifix” (2004), “The Stench of Redemption” (2006) o “To Hell With God” (2011) mantenían un dignísimo nivel. Vi con buenos ojos la salida de los hermanos Hoffman (a pesar de que Deicide pasarán a la historia por sus cuatro primeros discos) como con tristeza la pérdida de Santolla y, por supuesto, Jack Owen. Pero no nos olvidemos de que a dos veteranos como son Glen Benton y Steve Asheim, además de la experiencia de Kevin Quirion hay que sumarle la incorporación de Mark English y, cómo diría un buen amigo mío; mano no es, desde luego que no... Deicide repiten con Jason Suecof tras los mandos después de “In The Minds Of Evil” y, si algo le puedo echar en cara a su producción es que la sección rítmica de Benton y Asheim es la protagonista, perdiendo protagonismo las guitarras; sí, están presentes pero no con el filo que podríamos esperar en una producción de uno de los estandartes del death, grabado además en los AudioHammer Studios de Sanford en Florida (la cuna del subgénero en su vertiente norteamericana), pero aquí el ritmo es quien manda.

En "Overtures of Blasphemy" (gran portada de Zbigniew M. Bielak, no me cansaré nunca de elogiar al artista polaco), Deicide ahondan en la herida abierta de “Once Upon The Cross” (1995) o “Serpents Of The Light” (1997) y su groove, estando ejecutado a la perfección no es excesivamente técnico y pulido, sino que posee las dosis justas de agresión y suciedad pero también de habilidad, en doce canciones breves en las que no hay necesidad de absurdos desarrollos o introducciones que nos hagan perder el tiempo, dando la sensación de que Benton hace mucho tiempo que aprendió la lección y ha entendido que los experimentos funcionan mejor con gaseosa, que Deicide son un nombre demasiado grande y mítico dentro del metal como para jugar con él. Así, de esta manera, “One With Satan”, la más extensa, es un amplio repertorio de todo su poderío; la voz gutural de Benton, el ritmo atropellado y trepidante de Asheim, y las guitarras de Quirion y English no nos dan descanso, especialmente son sus solos o el dramático trémolo de su puente, mientras Benton parece narrar antes de que Asheim vuelva a desbocarse…

La brutal “Crawled From the Shadows” (pegadiza a más no poder) y la veloz “Seal The Tom Below” nos devuelven a los Deicide que más nos gustan; esos capaces de componer dos y tres minutos de contundente agresividad directa al hueso, como ejercicios de gran dinamismo (“Compliments of Christ”) tan pegajosos como para que uno regrese a este álbum o se alojen en la memoria, contagiosos hasta la exageración gracias a sus riffs, “All That Is Evil”, y otros momentos que nos recordarán a Slayer, “All That Is Evil”. ¿Qué mejor banda que Deicide para recoger el testigo de los míticos thrasheros de California por los que muchas bandas, entre ellos la de Benton también, están aquí?

Me gustan las guitarras melódicas de “Anointed In Blood” (pena que las rítmicas desaparezcan a lo largo de todo el álbum para quedarse en ese discreto segundo plano que mencionaba al comienzo de esta crítica, al mencionar a Suecof), como las de “Defying The Sacred”; grandes intentos para alejarse de los momentos más cafres de Deicide y tejer, de nuevo, blasfemas y sangrantes -pero técnicos- momentos de inexplicable belleza, como volver a lo que mejor saben hacer en “Crucified Soul of Salvation” y ese sonido más clásico en “Consumed By Hatred” o “Flesh, Power, Dominion” (que, inexplicablemente, goza de un sonido más apagado que el resto), antes de reivindicarse en “Destined to Blasphemy” y firmar con sangre el final del álbum.

Puede parecer una divertida paradoja pero, gracias a Dios, Glen Benton no cumplió su promesa de quitarse la vida a la edad de treinta y tres años y, con cincuenta y uno, sigue entre nosotros, defendiendo su arte. Dando buen ejemplo de que cuando la rabia y la furia parecen apagarse con lo temporal de la juventud, dan paso la experiencia y la madurez de los años, que se puede seguir estando igual de cabreado con veinte que con sesenta. Los cojones que a Benton le faltaron para acabar con todo, fueron los que suenan en “Overtures of Blasphemy” de Deicide, gracias a Dios, sí…

© 2018 Lord Of Metal


Crítica: Krisiun “Scourge Of The Enthroned”

Mientras hay bandas que no dejan de sonar en mi reproductor y me acompañan en mi día a día, no puedo decir lo mismo de los brasileños Krisiun y quizá el verdadero motivo de ello sea su irregular discografía (que nadie me hable de sus directos que está más que demostrado que se dejan la piel y son una apuesta sobre las tablas) en la que puedo nombrar "The Great Execution" (2011), "AssassiNation" (2006) o, seguramente su gran obra; "Conquerors of Armageddon" (2000 y, en menor medida, "Southern Storm" (2008) y "Works of Carnage" (2003). No es que pretenda parecer más auténtico que nadie, es mi propia valoración y la de aquellos con los que hablo y, a pesar del respeto que le profesamos a los hermanos Kolesne, se nos tuerce el gesto cuando afrontamos su discografía y nos damos cuenta que, de once trabajos, nos quedamos con tres o cuatro que de verdad aguanten las escuchas y demuestren de lo que son capaces más allá del sudor de las primeras filas de sus conciertos. Veréis, lo que me pasa con Krisiun en estudio es que les escucho y siento correctos, la batería, el bajo y la guitarra están a un nivel más que dignísimo, la voz de Kamargo tiene ese puntito arenoso que tanto me gusta pero no escucho nada nuevo en su propuesta y tampoco nada que mejore lo habido o les justifique y llego siempre a la misma conclusión; el gran talón de Aquiles de Krisiun es la composición, algo que también se deja sentir en "Scourge of the Enthroned" (2018), un buen álbum; bien producido (grabado en los Stage One Studio), bien interpretado pero en el que uno siempre siente que falta algo.

Precisamente, el riff de la propia "Scourge of the Enthroned" abre con gran dinamismo y Max le sigue a la zaga, pero no existe la sorpresa, no hay excitación, algo que no sólo sentimos en el desarrollo sino también en el solo de Moyses y su naturaleza “interruptus”, ¿qué ha pasado, por qué no lo exprime, por qué no hay bilis, no hay visceralidad en esos escasos segundos, por qué de su brevedad? Sorprendente de verdad es el riff inicial de "Demonic III" y, por unos segundos, llego a creer que Krisiun van a romper, van a abrir la brecha del death en "Scourge of the Enthroned" pero, pronto, la canción transcurre por los mismos derroteros y ni siquiera la veloz "Devouring Faith" (y su clarísima deuda con Slayer) o "Slay the Prophet" terminan por convencer a pesar de que Krisiun parecen saber lo que deberían darnos e intentan repetir lo intentado en "Demonic III" pero parecen incapaces de culminar. Eso quizá sea lo más doloroso de "Scourge of the Enthroned"; una banda verdaderamente capaz, que sabe lo que tiene que hacer, a la que no le faltan ideas pero que parecen incapaces de llevarlas a buen puerto.

Y es esa amarga lucha la que denota que, más allá de su habilidad técnica y energía, como señalaba líneas más arriba; lo que les falta a los brasileños es composición, que más allá de su incontestable habilidad con el instrumento, deberían invertir más tiempo frente al papel y plasmar qué dirección es la que quieren llevar y cómo conseguirla; el groove de "A Thousand Graves" es salvaje y evoca a sus mejores trabajos pero, como casi todas las canciones del álbum, pierde interés con cada compás y ni siquiera “Electricide” y ese sabor de boca a Mastodon (curiosa mezcla la del death brasileño con los de Atlanta pero hasta la portada, obra del magistral Eliran Kantor, evoca a las suyas) es capaz de hacerme cambiar de idea en un disco en el que "Abysmal Misery (Foretold Destiny)" (me recuerda muchísimo a Morbid Angel) o "Whirlwind of Immortality" no son capaces de justificarlo ni siquiera en sus últimos estertores y a pesar de su brevedad.

Es cierto que Krisiun llevan veintitrés años publicando discos de manera incansable pero aquí, llegados a este punto (su enésimo álbum), la gran duda que me asalta es si los que aguantaremos sin cansarnos seremos su público. Si "Scourge of the Enthroned" podría haber sido un enorme EP con el que abrir el apetito de cara a un gran álbum y han preferido rematarlo con dos o tres canciones y poco mimo a aquellas que podrían haber dado mucho más de sí o, en efecto, Krisiun saben pero no pueden y eso sí que sería infinitamente más triste...

© 2018 Lord Of Metal


Crítica: Nervosa “Downfall Of Mankind”

Tal y como escribía hace un par de años; Nervosa no lo tienen fácil y, a pesar de ello, lo tienen más sencillo que nadie. Esto, que puede parecer un contrasentido (y, en efecto, lo es, pero no deja de ser un divertido juego de palabras…) se debe a su denominación de origen brasileña que evoca el nombre de grandes bandas de culto y hace que el oyente casual entre en la comparación fácil y de baja profundidad de análisis pero, en cambio, si lo tienen sencillo es por su duro trabajo y la frescura que también derrochan. Sin embargo, Nervosa tienen tanto del thrash actual como de aquel de los ochenta, del proto-death metal y también ese thrash teutón defendido por Destruction o Sodom desde hace ya tres décadas, pudiendo presumir de un excelente gusto. El trío liderado por la bajista Fernanda Lira debutó con “Victim of Yourself” (2014) y venció el tan temido síndrome del segundo álbum con “Agony” (2016) y una enorme gira por todo el mundo que las ha mantenido ocupadas durante los dos últimos años sin que ello haya sido obstáculo para la grabación de su tercer álbum, “Downfall of Mankind” (2018) y la incorporación de Luana Dametto tras los parches. Afirmar que este, su tercer álbum, es el más maduro no deja de ser un recurso de aquellos que nos gusta escribir de música porque lo cierto es que, a pesar de la experiencia, poco ha ocurrido entre el anterior “Agony” y este pero si “Downfall of Mankind” me parece más redondo es porque, en efecto, el trabajo de composición de Fernanda y Prika ha mejorado sustancialmente y, si en su segundo álbum podían tomar algunas ideas de aquel debut con sabor juvenil, desde aquel ya han mediado cuatro años en los cuales parecen haber crecido de manera exagerada gracias a haber sido curtidas en mil y una actuaciones.

Tras la consiguiente introducción, el single “Horrordome” abre “Downfall of Mankind” con el grito de Lira y la voz aún más rasgada (recordándome a Schmier), un auténtico directo a la mandíbula en el que ya se aprecian algunos cambios; a pesar de la influencia de Slayer (clara desde el inicio por Araya, el riff y, fundamentalmente, el solo de Prika por Hanneman), el estribillo le debe al thrash alemán y de ahí el papel aún más protagonista del bajo de Lira o ese híbrido entre thrash y death con tan buen resultado en la contestataria “Never Forget, Never Repeat”, un collage de influencias de un maravilloso gusto que se siente a lo largo de todo el álbum y que dejará pistas, más o menos claras, de su evidencia, como ocurre en el riff de apertura de “Enslave”; en el que Prika suena más que nunca a At The Gates antes de que Lira se calce las botas de Petrozza y nos contagie con su estribillo. Lo bueno de Nervosa es que lo que en otras bandas sería algo negativo a criticar, en las brasileñas no es así ya que se siente un trabajo de fondo; ansias de crecer y de mejorar lo mostrado por bandas ahora ya clásicas. Lo que muchos criticamos es el plagio o la falta de ideas, no cuando el trabajo de una banda joven muestra su amor y deuda con algunos artistas y sus obras…

Lira muestra su versatilidad en “Bleeding”, alternando su voz más thrashy con la brutalidad death del estribillo mientras Luana demuestra ser bastante más completa que Pitchu Ferraz. “...and Justice for Whom?” marca el punto de inflexión del álbum, siendo quizá la más compleja o aquella que se beneficia del desarrollo para acabar construyendo una canción que marca la diferencia frente al resto y también el inicio de la segunda mitad. El medio tiempo de “Vultures” encuentra alivio en “Kill The Silence” o la aceleradísima “No Mercy”, hasta “Raise Your Fist!”, otro de los grandes momentos del álbum, en el que abren con Luther King y Lira arenga al levantamiento frente a las diferencias raciales o cualquier injusticia social (algo recurrente en “Downfall of Mankind” y con lo que, a pesar de coincidir, como recurso artístico y, más aún en los tiempos que corren, suena algo rancio, todo hay que decirlo…)

“Fear, Violence and Massacre” o “Conflict” suenan más a Destruction que nunca hasta la contundente “Cultura do Estupro”, cantada en su propio idioma, beneficiándose de ello ya que Nervosa adquieren ese mestizaje tan rico que resuena en el metal cuando es mezclado con la cultura brasileña (todos sabemos de quién hablamos, pero también de otros grandes quizá no tan conocidos por el gran público; Ratos de Porão) con la ayuda de João Gordo. Todo un regalo que deja en nada al “bonus track” que es “Selfish Battle” con Michael Gilbert de Flotsam and Jetsam y Rodrigo Oliveira a la batería que sí, que hay que entenderlo como un extra, pero desdibuja a Nervosa y el excelente sabor thrashy-death de “Downfall of Mankind” hasta ese auténtico final con “Cultura do Estupro”.

Con todo, resulta muy difícil no concederle el notable a “Downfall of Mankind” y entender que Nervosa han venido para quedarse y, por primera vez, su futuro pinta tan bien como su presente, van camino de convertirse en una apuesta segura para abandonar la de las promesas y eso siempre es bueno…

© 2018 Lord Of Metal


Crítica: Omnium Gatherum "The Burning Cold”

Conforme van pasando los años, el sentimiento de que a los discos hay que darles tiempo y escuchas, se acrecienta. Por el contrario, también aquel de que nuestro tiempo es precioso y no merece la pena gastar ni un solo minuto en aquello que sabemos que no merece la pena; así se quedan libros por leer que no terminan de enganchar pese al esfuerzo o de los que uno sabe que no disfrutará y hace años habría tragado como si de pienso se tratase, por aquella tontería mal entendida de acabar lo que se empieza. Pero, en el caso de Omnium Gatherum, como muchas otras bandas, he de reconocer que no pude con “Years in Waste” (2004) o “Stuck Here on Snakes Way” (2007) y no fue hasta “The Redshift” (2008) que percibí que habían grabado un excelente álbum y concretaban con el que, a mi entender y gustos aparte, es el mejor de toda su carrera, “New World Shadows” (2011). Lo que ocurrió después es la historia de muchas bandas, tras el fugaz espejismo, publicaron el modesto “Beyond” (2013) y el ya abiertamente regular, “Grey Heavens” (2016) por lo que, honestamente, no esperaba nada en absoluto de su nuevo álbum y, menos aún, tras unas declaraciones, en una de las muchas entrevistas promocionales, en las cuales aceptaban no estar inventando nada nuevo, sino quizá mejorarlo. ¿Cómo puedes venderte a ti mismo, de cara a publicar tu nuevo álbum, de una manera tan torpe?

Esto, que podría ser tomado como un gesto de humildad, tras sus dos últimos esfuerzos me supo a excusa e hizo creer que continuarían por la misma línea y serían un nombre más a tachar pero, tras muchas escuchas y sin que llegue a maravillarme, debo aceptar que “The Burning Cold” es un disco entretenido, correcto al menos y más agradecido que los anteriores. De death metal melódico o, como muchos dicen, no sin maldad; melodeath con más de ‘mellow’ que melodía, propiamente dicha. Sin embargo, Omnium Gatherum pese a volcarse en ella tampoco renuncian a la agresividad y, no siendo sobresaliente y arrastrando algunos pecadillos propios del género, “The Burning Cold” suena infinitamente más inspirado y excitante que el aburrido “Grey Heavens”, por otro lado, tampoco era demasiado complicado lograr tal mérito.

Errores como la introducción “The Burning”, que no añade absolutamente nada, más allá del cliché que ya supone un disco que debería haber comenzado de manera fulgurante con la propia “Gods Go First” en la que la fórmula de Omnium Gatherum vuelve a brillar con luz propia, a la excelente producción hay que sumarle las acertadísimas guitarras de Markus Vanhala y Joonas Koto en un resultado final en el que es el teclado de Aapo Koivisto el que hace que el sonido de los suecos destaque por encima del de otras muchas banda similares. “Gods Go First” es pegadiza, es sencilla de recordar, pero no se siente fácil, Vanhala está sensacional con un solo lleno de emoción y la voz de Jukka Pelkonen en su justa medida de agresividad, rotura, guturalidad y desgarro. Pero algo parece torcerse tan pronto como suena la machacona “Redefining Fire” que es engañosa en sus primeros segundos y nos hace creer que es mucho más sólida de lo que en realidad es cuando parece pasada por la túrmix de In Flames (al igual que “Be The Sky”; es escucharla y pensar en Anders, Björn y Niclas). “Rest In Your Heart” les hace perder altura, siendo un medio tiempo que se aprovecha de un envoltorio más moderno, excesiva presencia de los teclados de Koivisto (lo poco gusta, lo mucho cansa) y un puente que es un derroche de azúcar y ñoñez, más propio de una banda de adolescente love metal, que de una de death sueco que se precie. Como me ocurre con la ochentera “The Fearless Entity” en la que, a pesar del esfuerzo de Jukka, los arreglos estropean el resultado final, siendo esta la tendencia o el poco acierto del resto de composiciones de un álbum con algún momento, pero demasiados traspiés.

Es por eso que la fuerza de “Over The Battlefield” y “Driven By Conflict” con Latvala dándolo todo, son tan agradecidas, o la épica “The Frontline” en la que los homenajes son obvios pero, como ellos mismos aseguran; en este caso sí mejoran lo anterior. La lástima es que “The Burning Cold” parezca desinflarse y ni “Planet Scale” (a pesar de Latvala) ni la lentísima y aburrida “Cold” nos hagan cambiar de opinión, mejorando el álbum en su recta final. Aunque no sea la munición de fogueo de “Beyond” o “Grey Heavens”, la pólvora de Omnium Gatherum sigue estando mojada. Una pena pero, en cierta manera, ya me lo esperaba…


© 2018 Lord Of Metal



Crónica: Hellfest (Clisson, Nantes) 24.06.2018

Tercer y último día en nuestro festival favorito y un comienzo por todo lo alto con Accept; siempre es un placer volver a encontrarse con los alemanes y más si uno puede compartir un minuto con ellos. Accept están atravesando un gran momento, nunca nadie se pudo imaginar tras “Predator” (1996) que la marcha de Udo sería algo a lo que pudiesen reponerse y salir aún más fuertes, mientras Dirkschneider pasea por los escenarios en un estado más que cuestionable, Wolf Hoffmann parece rejuvenecido y haber encontrado en Mark Tornillo la tabla de salvación con la que resucitar la leyenda. Mark en cambio, con su voz, trae nuevos colores a una banda que abraza un hard rock más propio de AC/DC que del metal alemán tradicional. Como también es verdad que “The Rise of Chaos” (2017), mal que nos pese, no es su mejor álbum y palidece frente a “Blood of the Nations” (2010), “Stalingrad” (2012) y, por supuesto, “Blind Rage” (2014). Sin embargo, como es costumbre en sus directos, en el Hellfest dejaron un gran sabor de boca y desde la inicial “Die By The Sword” de su último trabajo o “Pandemic” (“Blood of the Nations”) nos hicieron entrar en calor. Como antes indicaba, ¿quién podía imaginarse que Accept sobrevivirían y, en pleno 2018, utilizarían su material más reciente para abrir un concierto en el gran escaparate europeo que supone el festival francés? Uwe Lulis y Christopher Williams parecen haber encajado a la perfección y la química es innegable en “Restless And Wild” y las primeras filas se convierten en una pequeña batalla campal con “Fast As Shark” o “Metal Heart” y, antes de descorchar su gran clásico, atacan con la más reciente “Teutonic Terror” para terminar con “Balls To The Wall” y el simpático Tornillo por todo lo alto. Una banda mítica que, pese a su leyenda, se muestra igual de cercana e ilusionada que una novel en las distancias cortas; felicitamos a Tornillo por el concierto y nos estrechó la mano con todas sus fuerzas dándonos las gracias, mientras que a Hoffmann le dimos la enhorabuena por su último trabajo en solitario y, sonriente, nos agradeció nuestras palabras, de verdad que fue un placer reencontrarnos con Accept.

Crítica: Mantar “The Moden Art Of Setting Ablaze”

Produce mucha satisfacción cuando uno descubre a una banda en su primer álbum y es testigo de su crecimiento. En el caso de Mantar, creo que fuimos una de las primeras webs en hacernos eco de “Death by Burning” (2014), entrevistarles y asistir regularmente a sus conciertos, cuando todavía no habían publicado su segundo álbum, ese con el que muchos les descubrieron, “Ode to the Flame” (2016) y otros aseguraban conocerles en profundidad, como ocurre con Bolzer (con quien, por cierto, compartieron cartel en su gira europea, hace unos años). Pero sería injusto pensar que todo el mérito de los alemanes reside en la suerte del estudio ya que, si bien acertados, su fórmula (esa que mezcla punk con black, dosis de doom y sludge) resulta poco original a pesar de que su sonido sea tan impresionante como sorprendente cuando uno descubre que son tan sólo dos amigos los artífices de todo (Hanno a la guitarra y Erinc a la batería, como si de unos modernos Darkthrone se tratasen), sin llegar a ser testigo de sus directos; en los cuales Hanno se deja la voz y la espalda mientras Erinc golpea su batería como si la matase cada noche. Como digo, nada resulta original en Mantar y, a pesar de ello, todo suena fresco: quizá por la ilusión, el trabajo y, sin duda, el talento.

Al éxito que fue “Death by Burning” (2014) le siguió “Ode to the Flame” (2016) que cumple perfectamente el clásico papel del segundo álbum de toda banda que llama la atención con su primer trabajo; un disco continuista en el que Mantar seguían teniendo más pasado que futuro (y con ello me refiero al peaje que toda banda novel paga cuando publica un segundo álbum y no son más que descartes del anterior y exitoso debut) y con el que seré sincero; nada más que por “Era Borealis” merece la pena su compra; su estribillo todavía resuena en mi cabeza… 

Es por eso que tenía muchísimas ganas de escuchar “The Modern Art of Setting Ablaze” (2018) y confirmar si Mantar ya habían pagado sus deudas con el material de “Death by Burning” y “Ode to the Flame” y, a pesar del continuo machaque que suponen sus giras (deberíais ver lo precario de cómo se mueven por toda Europa y reírte de esas bandas que viajan a todo lujo), además de una agenda verdaderamente estresante, un ritmo de trabajo sólo al alcance de muy pocos, de aquellos que de verdad sienten pasión por lo que hacen. En ese aspecto, “The Modern Art of Setting Ablaze”, cumple las expectativas, aunque no resulte todo lo pulido que debería.

“The Knowing” y esa maldita manía de las introducciones que poco o nada aportan, sirve de puente a la canción que de verdad abre el álbum, “Age Of The Absurd”, en la que nos reencontramos con uno de los riffs clásicos de Hanno y el ataque de Erinc, el músculo y la fuerza es propia de Mantar en ese, a veces extraño equilibrio que comparten con Kvelertak, en el que prima el protagonismo de las guitarras sobre las voces. ”Seek + Forget” es puro groove roto por los agudos de Hanno y sí; es únicamente una guitarra, pero en esta canción Mantar ya dan señas del crecimiento de un sonido más rico pero igual de brutal. La agresión sigue siendo la misma en “Taurus”, aunque bajen la intensidad y Erinc levante el pie del pedal de su batería, y prueben con un ritmo más abierto en “Midgard Serpent (Seasons of Failure)” y, por consiguiente, acierten logrando que su propuesta suene más accesible, hasta ese gruesísimo medio tiempo que es “Dynasty Of Nails” o la punky “Eternal Return” hasta la gran “Obey the Obscene” en la que al groove hay que sumarle el viciadísimo y cargado ambiente que Hanno (al que la voz le está cambiando considerablemente y cada vez suena más rasposay rota) es capaz de imprimirle, además de los arreglos y las voces sampleadas, demostrando que a Mantar -aunque se basten y se sobren, además de conformar su identidad- no les faltan las ideas y agradecerían la inclusión de más elementos u otro compañero de viaje. “Anti Eternia” o “The Formation Of Night” logran que la recta final sorprenda gracias a la parte central de una y el angustioso tempo de la segunda, mientras que la ruidosa “Teeth Of The Sea” les acerca a ese trepidante slude-punky que sirve para despedir el álbum con la pesadísima losa doom que es “The Funeral”.

Y es aquí, en este punto, en el que me gustaría explicar ese “pero” por el que antes aseguraba que “The Modern Art of Setting Ablaze” creo que cumple las expectativas, pero no del todo y debería haber resultado más pulido. Esa labor que echo en falta está en la composición, las canciones del álbum son notables, todas a un gran nivel, pero falta un estribillo como el de “Era Borealis” o un riff como el de “Cult Witness” (y todo el sabor a “Immigrant Song” de Led Zeppelin, no lo digo yo; nos lo contaron ellos mismos) que hagan de “The Modern Art of Setting Ablaze” algo más que un álbum sólido; uno al que queramos regresar, más allá de por su calidad, porque no podamos sacarnos de su cabeza algunas de sus canciones. Como aseguro, todas sus canciones merecen la pena y hasta aquellas menos agraciadas están a un gran nivel, pero falta esa que toda banda busca y ellos sabemos que son capaces de escribir. Por lo pronto, Hanno y Enric siguen labrándose una carrera tan sólida como sus guitarrazos, seguiremos informando desde la fría y húmeda Hamburgo…

© 2018 James Tonic



Crítica: Alice In Chains “Rainier Fog”

Si alguien me hubiese dicho que, dieciséis años después de la muerte de Layne Staley, estaría escribiendo sobre un nuevo álbum de Alice In Chains, habría pensado que estaba loco. Hay momentos que tengo grabados a fuego en mi memoria; la publicación del homónimo “Alice In Chains” (1995) y aquella camiseta que me acompañaba un día sí, otro también; el estreno del “MTV Unplugged” un año después y, de repente, el silencio, los rumores y la tristeza de una mañana de abril del 2002 en la que todos nos despertamos con la noticia de la muerte de Layne. Es verdad que Jerry Cantrell no se apresuró a publicar material nuevo o siquiera se atrevió a sugerir que la banda podría continuar. Entre su último disco y “Black Gives Way To Blue” (2009) median catorce años, siete desde la desaparición de Layne, pero sigue costando aceptar y digerir su ausencia para todos aquellos que sí crecimos en los noventa y vivimos aquello de primera mano, pese a toda la dignidad de Duvall, gracias a él. Al sobresaliente, en todos los aspectos, “Black Gives Way To Blue” le siguió el menor “The Devil Put Dinosaurs Here” (2013) que disfruté muchísimo pese a no contener las canciones de su predecesor y lo mismo puedo decir de “Rainier Fog”.

En lo formal, grabado en los Bad Animals Studio de Seattle (lo que marca el regreso de la banda a su ciudad) y repitiendo con Nick Raskulinecz en la producción (con quien han trabajo en los dos anteriores discos), “Rainier Fog” supone un disco introspectivo; en el que Alice In Chains parecen mirar al pasado para tomar prestado lo que les interesa o rendir discretos homenajes pero también para cortar, poco a poco, el cordón umbilical y escribir algunas canciones que despegan del homenaje a lo que fueron y abrir el baúl de Cantrell. Y escribo esto porque escucho “Rainier Fog” y, al contrario, que “Black Gives Way To Blue” o “The Devil Put Dinosaurs Here”, en algunos momentos tengo la sensación de estar escuchando aquellos “Degradation Trip Volumes 1-2” (2002) de Jerry Cantrell en solitario. No hay queja alguna, además de gustarme su carrera, como seguidor de Alice In Chains, sé que gran peso de la banda siempre recayó en él y que hubo una época, mal que le pese recordarlo, que él mismo vio en Layne y su inestabilidad todo un obstáculo para que la Alice In Chains publicasen más material y girasen presentándolo, la continuación de su proyecto dependía del malogrado vocalista. No podía haber más diferencia entre uno y otro; mientras Layne luchaba con sus demonios internos pero era adorable con los seguidores y se mostraba abierto a colaborar fuera de la banda, Cantrell no luchaba contra nada y su agria actitud y recién adquirido estatus de estrella de rock fracturaba aún más a Alice In Chains, mientras veía como sus intentos por seguir publicando (“Boggy Depot” de 1998), recibían una tibia respuesta, cualquier movimiento de Layne era celebrado, por ejemplo “Above” (1995) con Mad Season.

El tiempo no ha mejorado el carácter de Jerry Cantrell, lo ha agriado aún más (que nadie nos lo quiera contar tras nuestro encontronazo con él en Madrid), y la figura de Layne no ha hecho más que crecer. Y, si algo se echa de menos en “Rainier Fog” es precisamente su unión, el álbum es notable y los singles, “The One You Know", "So Far Under" y "Never Fade" han sido escogidos con verdadera precisión; mientras que la primera juguetea con el concepto de “Fame” de Bowie y alberga uno de los mejores estribillos de todo el disco; “Tell me, does it matter If I'm still here, or I'm gone? Shifting to the after An impostor, I'm not the one you know”, “So Far Under” posee la misma esencia de Alice In Chains; esos tempos farragosos, guitarras pesadísimas y oscuras propias del amor de Cantrell por Iommi, además de un estribillo en el que parece que la cinta de grabación ha sufrido un bajón de corriente (es un ejemplo, soy amargamente consciente de que el proceso de grabación y producción de “Rainier Fog”, como millones de discos, es completamente digital) y “Never Fade” suena lo suficientemente actual y accesible para enganchar a todos aquellos nuevos seguidores pero también a algunos nostálgicos. Pero echo de menos, más que nunca, las armonías vocales entre Cantrell y Layne.

Muchos pensarán que ya ha pasado tiempo y han publicado tres discos sin él como para que eche de menos el jugueteo entre sus dos voces, pero tanto en “Black Gives Way To Blue” o “The Devil Put Dinosaurs Here” había un esfuerzo por evocar ese espíritu y Cantrell y Duvall ponían especial empeño en reproducir y recuperar el sentimiento de aquellas tortuosas y nasales voces dobladas, valga el ejemplo de “Check My Brain” o “Stone” y del que aquí sólo encuentro parangón en la propia “Rainier Fog” o la bonita “Red Giant”. Mientras “Fly” o “Maybe” (la más pegadiza) podrían haber formado parte de “Jar Of Flies” (1994), “Drone” (de nuevo, por Iommi), “Deaf Ears Blind Eyes” y, más en concreto, la larguísima “All I Am” nos muestran a un Cantrell que parece soltarse y disfrutar escribiendo el material que le gusta aunque ello pase facture al álbum de Alice In Chains y complique la escucha de su segunda cara.

El segundo y último gran inconveniente que aprecio en “Rainier Fog” es la ausencia de grandes, grandísimas canciones que literalmente te golpeen en la cara, estribillos que suenen eternos o melodías que uno no pueda sacarse de la cabeza. Me resulta complicado recordar, por ejemplo, “All I Am” o “Drone” frente a “Check My Brain”, “Your Decision”, “Last Of My Kind”, “Hollow”, “Stone” o “Voices” por no mencionar los clásicos imperecederos publicados con Layne y que, comprobado de nuevo este verano en dos ocasiones, siguen sonando como un auténtico cañonazo en directo y consiguen que la lograda “The One You Know" parezca una medianía. Amo Alice In Chains y “Rainier Fog” me parece un buen disco al que acudiré en más de una ocasión pero, joder, es que la sombra de Layne es tan, tan alargada...


© 2018 Conde Draco


Crítica: Craft “White Noise and Black Metal”

Recuerdo unos años (no hace falta irse muy lejos) en los que el black metal seguía siendo un subgénero minoritario; no me refiero a primeros de los noventa, sino hace diez años. El black no gozaba de la popularidad del death o el thrash, seguía siendo una propuesta destinada a unos pocos paladares, por lo menos en nuestro país (aunque el fenómeno lo llevo observando ya tiempo y también ha ocurrido en otros) y así estaba bien; muchos acudíamos a lo que parecía el último reducto ante el mainstream; Vikernes seguía en la cárcel, la leyenda de la Noruega de los noventa conservaba todavía su magia y alimentaba las especulaciones, muchos otros artistas llevaban años sin publicar material (no hablemos de imposibles reuniones y, por aquel entonces impensables, giras de aniversario de lo que seguían siendo clásicos underground) y, cuando acudían a nuestros escenarios, era en pequeñísimas salas que nunca se llenaban, seguía siendo un subgénero claramente marginal.

Puede que el lector crea que estoy exagerando, no es así y la demostración viene de la mano de lo ocurrido en esos últimos años en los que nuestros hermanos pequeños, sobrinos e incluso hijos -en algunos casos, no en el mío- han accedido a redes sociales y han elevado a Vikernes a la categoría de simpático antropólogo y demagogo etnocentrista del folklore nórdico y el autoabastecimiento en una lejana campiña francesa (así, aquel que apuñaló a Euronymous ahora es seguido por cientos de miles de personas que comentan con afectación y seriedad, videos en los cuales nos enseña a cambiar los discos de freno de su jeep o nos aconseja cómo elegir pareja y convertir a la mujer en una auténtica máquina de engendrar, nos advierte sobre lo perjudicial del porno y la masturbación o muestra cómo educa a sus prole, como si de pequeños hobbits se tratase), la quema de iglesias es una camiseta, Ihsahn es un gurú, Mayhem explotan los años de Dead o Euronymous sin complejos y comercializan aquel pasado que una vez quisieron borrar, los míticos Immortal protagonizan divertidos memes como osos panda y Nergal de Behemoth te recomienda ejercicios de Yoga y busca la madurez de manos de Nick Cave o Leonard Cohen pero plagiando a King Dude. Encuentras camisetas con tipografía blackmetalera en Zara, se reeditan discos y la feria de las vanidades que son las redes sociales se convierten en un escaparate con miles de chavalas posando en Instagram mientras sujetan sus vinilos con cara de sufrir mucho, muchísimo, frente a su Iphone X, muestran misteriosos tatuajes, se maquillan con el famoso corpse paint y Myrkur es el producto perfecto entre Kylie Minogue o Talor Swift y Ulver; mientras ellos, con cara de malos, se describen como misántropos pero muestran una agitada y absurda, bobalicona y adolescente interacción con sus miles de amigos y seguidores virtuales. Nunca se han vendido tantas medias de rejilla y platos de vinilo que llegarán al punto de reciclaje más próximo aún con su primera aguja, sin usar.

Y todo esto que contemplo con horror -y seguramente tú, que me lees- también lo han visto los sellos discográficos y esos artistas que tienen que trabajar y haber relegado su verdadera pasión a erráticas carreras que podrían haber acabado en el olvido y, claro, quieren su parte. Bandas minoritarias con dos EPs, tres maquetas y un Bandcamp son citadas como seminales, referencias obligadas y sus trabajos se reeditan por primera vez. No es el claro ejemplo de los blackmetaleros Craft que nos ocupan, pero sí hay que saber entender que una carrera como la suya, con dos discos en trece años, tiene mucho que ver con lo que digo, ¿qué banda puede permitirse el lujo de permanecer siete años sin publicar absolutamente nada y, sin ser conocida, ser recibida como ha ocurrido con los suecos?

Una demo, “Total Eclipse” (1991), ocho años hasta su primer álbum, “Total Soul Rape” (2000), dos discos como “Terror Propaganda” (2002) y “Fuck the Universe” (2005), seis años de espera para “Void” (2011) y siete para este “White Noise and Black Metal” (2018), que Season Of MIst ha anunciado a bombo y platillo, con únicamente John Doe y Joakim Karlsson como miembros fundacionales, seguidos de cerca por Nox y la última incorporación, Phil A. Cirone. Y, por supuesto, cientos de usuarios en redes posando con el vinilo en sus manos y cara de estar padeciendo una suerte de dolencia cósmica incurable y todo el sufrimiento existencial millennial.

Por lo tanto, ¿necesitamos un nuevo disco de black metal en el mundo? ¿necesitamos un nuevo álbum de Craft? Así, con ese ánimo, me calzaba los cascos y me disponía a escuchar “White Noise and Black Metal” y, cosas que a veces ocurren; me sorprendía a mí mismo. Si “Terror Propaganda” tenía los riffs, el último álbum de Craft posee el groove y un mayor enfoque en la composición; las canciones están trabajadas con esmero y se siente el mimo en cada una de ellas. “The Cosmic Sphere Falls” suena fresca y, a su vez, captura la esencia de los Primigenios (Lovecraft también es un meme; riamos, como locos), las guitarras son adictivas y el cambio de ritmo está magníficamente pensado. La voz de Nox parece un cruce entre Abbath, Demonaz y Dagon pero da igual, transmite y encaja a la perfección con la música de Craft y la narración épica de sus canciones.

“Again” tira de ese groove que poseen, su riff es de lo mejor del álbum y su ritmo marca el estribillo, podría haber sido firmada por Marduk, mientras “Undone” nos lleva de la mano al black más crudo, pero no sin antes ceder ante la melodía, el fraseo de Nox nos guiará a través de sus diferentes pasajes en una composición con la que parece imposible aburrirse. Es verdad que “Tragedy of Pointless Games” abusa del contraste entre partes lentas y veloces, pero el resultado está tan logrado y algunos pasajes tan trabajados que entiendo que no cambien de fórmula, ¿para qué? “Darkness Falls” es puro black ‘n’ roll y me encanta, e incluso la instrumental “Crimson” parece encontrar su lugar, más allá de mis prejuicios en este tipo de piezas que suelen ser puro relleno, en la mayoría de los casos.

¿Un último acelerón? Así se siente “YHVH's Shadow”, pero no se trata de un mero ejercicio de velocidad, la canción posee grandes momentos en los que hay espacio para la emoción y algo de atmósfera, de pesadísimo y lúgubre ambiente gélido. Una canción que me hace recuperar la ilusión por un subgénero que, a veces, parece completamente agotado, como me ocurre con la genial y trepidante “White Noise” en la que Craft no están descubriendo nada nuevo, pero suena tremendamente bien. No es una obra maestra, pero “White Noise and Black Metal” (como el último de Necrophobic) engancha y logra que las escuchas que requiere no sean por obligación, convirtiéndolo en uno de mis discos favoritos de black metal de este año. Es el momento de posar con él en la foto, aunque nosotros sí lo hayamos escuchado…


© 2018 James Tonic