OBITUARY regresan haciendo lo que mejor saben hacer

Mismo patrón, misma hoja de ruta pero, ¿para que cambiar si suenas de puta madre?

"The End, So Far" de SLIPKNOT; el mismo circo...

Los de Iowa han regresado con un álbum al que le favorecen las comparaciones con su anterior, pero con el que siguen sin demostrar que haya un repunte en su creatividad.

"Halo" de AMORPHIS: puro oro finlandés.

Incapaces de defraudar, de grabar algo que baje del notable, conformando una discografía magnífica.

"Requiem" de KOЯN, aún con Fieldy y a lo loco...

El disco más luminoso sigue siendo el más oscuro de la banda.

"Torn Arteries" de CARCASS, quien tuvo, retuvo...

Los ingleses firman la continuación lógica tras "Surgical Steel", con menos frescura pero igualmente notable.

"Senjutsu" de IRON MAIDEN: bostezos progresivos de alto minutaje

Harris y su manía de larguísimas composiciones que lastran la capacidad de la banda para firmar grandes estribillos.

"Fortitude" de GOJIRA y la sombra de "Magma"

Quizá su material más flojo, aún menos inspirado que el anterior y con menos cohesión aún...

"Welcome To Hel" de HJELVIK, KVELERTAK heavymetalizados.

Erlend tenía ideas, aportaba y no solamente era la imagen más representativa de la banda sino también parte del cerebro de esta...

"Endless Twilight of Codependent Love" de SÓLSTAFIR.

Mágico, intenso y descorazonador al que hay que dedicar tiempo, pero cuyo retorno de inversión es superior a todas las lágrimas vertidas...

"ANTI-ICON" de GHOSTEMANE, entre la depresión, el nihilismo y el paso de Caronte.

Chirriante, caótico o inarmónico para muchos, sin embargo, es la mezcla casi perfecta…

Crítica: The Winery Dogs “III”

Estoy escribiendo y ya puedo sentir el aliento de muchos lectores cuando lean que la humanidad, el universo, no necesitaba otro disco de The Winery Dogs. No es que el trío no se lo merezca, Sheehan es un auténtico monstruo, la voz de Kotzen (aunque una mezcla de Cornell con Kennedy) resulta, mientras que Portnoy y su talento (independientemente de cómo nos caiga, a pesar de su incontinencia y fortísima personalidad; a veces para bien, otras para mal) está más que demostrado. Pero, con todo, el problema de The Winery Dogs es doble; mostraron todos los trucos de prestidigitador en su debut, por lo que su capacidad para sorprender es nula con tan sólo tres discos publicados y, aún con todo la genialidad instrumental de su parte, las mejores musas parecen resistírseles (algo que, seguramente, tenga que ver con la apretada agenda de Portnoy o Sheehan, y que les impide llevar una vida natural de banda, en la que exista convivencia, tiempo de gira juntos y ensayos, para no dar la misma sensación de muchos súper grupos, ensamblados como un meccano, juntándose cada cierto tiempo para escribir por obligación o actuar para recaudar). Lo que no quiere decir que “III” (bautizado con bastante poca originalidad, todo hay que decirlo) sea un mal disco, es un álbum vitalista y con destellos de auténtica genialidad, magníficamente interpretado y con buen sonido, atreviéndome a escribir también que se muestra superior a “Hot Streak” (2015), del que ya han pasado la friolera de ocho años.

“Xanadu” y su impresionante groove nos da la bienvenida con Kotzen subiendo un par de tonos en el puente hacia el estribillo y el bajo de Sheehan dando saltos, palmas y Portnoy al servicio de la canción, lejos de su habitual histrionismo. “Mad World” es un single claro y, a pesar de no poseer la fuerza efervescente de “Xanadu”, contiene una melodía verdaderamente pegadiza, jalonada por las dobles voces y un toque cercano al soul, algo similar a lo que ocurre en “Breakthrough” y la sensación de que la banda coquetea con el pop y el metal más suavecito; un error cuando abandonan su vena más progresiva y se edulcoran hasta firmar una canción correcta que templa demasiado los ánimos de un disco que comenzaba como un descorche de champán y en tres canciones se convierte en un TAB abandonado en una mesa de cumpleaños de parvulario. Quizá por eso las inyecciones de prog le sientan tan bien a “III”, como es el caso de “Rise” -aunque se convierta en un medio tiempo- o el cartucho desaprovechado que es “Stars”, completamente prescindible y pudiéndose recortar un par de minutos, sonando como una banda alternativa de la segunda mitad de los noventa (sabes perfectamente a lo que me refiero).

Es cuando hay que pararse y recapacitar o volver a leer el primer párrafo de esta crítica. ¿Por qué The Winery Dogs poseen tanto talento y, sin embargo, el disco parece ir de más a menos en tan poco tiempo? “The Vengeance” es aburrida y “Pharaoh” demasiado lenta, sin esa pirotecnia que uno esperaría de la banda de Pornoy, Sheehan y Kotzen, esa misma que suena en “Gaslight” y su atropellado tempo, dinamizando un álbum al que le hacía falta desde la tercera canción y que muere, lógicamente, con la tontorronería que es “Lorelei” o los falsetes, más cercanos a Prince, en “The Red Wine” pero con la sensación de estar aburridos de sí mismos, de no haber sido capaces de colmar las expectativas de un público que esperaba un tercer disco de esta banda como si fuesen Cream. Les sobra talento, ya lo he escrito, pero no espero un cuarto o quinto disco que me haga cambiar de opinión. No deja de sorprenderme que tanta habilidad, que músicos tan dotados, graben una música tan genérica o con tan poco peligro y frescura. Aquí no hay hambre alguna…

© 2022 Jaime Proggie

Crítica: Riverside “ID.Entity”

No me gustan nada los discos, las obras, postragedia. Me explico, cuantos más años cumplo, menos me impresionan y erotizan los dramones que, supuestamente, marcan para siempre la historia de los artistas y los veo, como lo que son, desgracias vulgares y corrientes que los aficionados solemos teñir de un halo legendario, y el mundo del rock es un terreno fértil para este tipo de relatos. En el caso de Riverside, sufrí el disco postragedia, “Wasteland” (2018), por el que recibimos más de una crítica negativa, además de la cabeza de un caballo bajo nuestras sábanas. ¿Era un mal álbum? En absoluto, además de tres estrellas, les disfrutamos en directo como se merecen pero, a la hora de la verdad, volvía a "Anno Domini High Definition" (2009) y nunca a su último esfuerzo. Mi problema con aquel disco quizá fue el aire solemne que le concedían sus seguidores; era un álbum que, a pesar de faltarle tiempo de cocción, debía gustar sí o sí, debía ser dramático, toda una declaración de intenciones, un homenaje, un retrato dramático de lo vivido con el tristemente desaparecido Piotr Grudziński y, por mucho que algunos se empeñasen, no lo era. ¿Había buenas ideas? Sí, por supuesto, pero otras tan vistas, recursos tan manidos y la sensación de haberse metido en el estudio a toda prisa que, en mi más que modesta y humilde opinión, Riverside -a pesar de todo su talento- no terminaban de convencer. ¿Se puede escribir algo así, verdad?

Y es que, “ID.Entity”, sin ser su mejor disco sí que transmite esa sensación de vivir, de banda que está luchando por seguir adelante y, sin olvidar, se resiste a hacerlo de la melancolía. “Friend or Foe?” es vibrante con Michał Łapaj magnífico y Mariusz Duda comiéndose la canción, un puente estupendo que conduce a un estribillo brillante en un álbum en el que, me diga lo que me diga el lector menos avezado, parece estar compuesto desde el bajo, lo que hace que cambie por completo la forma de entender las canciones, de atacarlas y, por supuesto, sonar. Hay una mayor concesión al ritmo, más que a las atmósferas y cuando estás relampaguean no es por las guitarras de Meller sino por el teclado de Łapaj. El groove de “Landmine Blast” y cómo Meller se suma, tienen más riesgo que todo “Wasteland”, a lo que se suma la interpretación vocal de Duda, como “Big Tech Brother”, de verdad, ¿puede haber alguien que me diga que la síncopa crimsoniana de esta canción no merece más la pena que todo el disco anterior? Riverside miran a los grandes, de tú a tú, faltándoles tan sólo un saxo desbocado. Me parece sobresaliente, al igual que “Post-Truth” y los staccato de Łapaj.

“The Place Where I Belong”, aunque valiente con el esfuerzo de Duda, no me termina de convencer, el problema no son sus trece minutos sino su comienzo titubeante, y un puente en el minuto seis que son un auténtico interruptus en un disco con un músculo como el del bajo inyectando sangre. Y así ocurre, “I’m Done With You” vuelve a hacernos vibrar, no es su toque oriental sino el intento por desmarcarse y salir de su zona de confort pero tampoco es la mejor canción de “ID.Entity” y eso no ayuda a la nota global porque, además, las estrofas la frenan y aunque lo solucionan, hasta la final “Self-Aware” no recuperan el pulso que habían sabido imprimir hasta “The Place Where I Belong, dando la sensación de que las siete canciones que componen el álbum, hay dos mitades claramente delimitadas, pareciéndome infinitamente más atrevida la primera. “Self-Aware” no es mala tampoco, pero carece de riesgo y cierra el álbum sin ese sentimiento con el que Duda, Kozieradzki, Łapaj y Meller habían sabido arrancarnos una sonrisa en “Friend or Foe?”. Hay grandísimas ideas, recuerdos de King Crimson y hasta de Rush, buenas intenciones por parte de Riverside y, aunque no sepan mantener el ritmo (nunca mejor dicho), me resulta infinitamente más entretenido que “Wasteland” que, por irónico que parezca, sí parece que fue un auténtico punto de inflexión. Hay vida, claro que la hay…

© 2023 Jack Ermeister

Crítica: Ahab “The Coral Tombs”

Piénsalo un poco, si Ahab dedicaron sus dos primeras obras, “The Call of the Wretched Sea” (2006) y “The Divinity of Oceans” (2009) a los escritos de Melville, en los que se basaron (además de su nombre), “The Giant” (2012) en Edgar Allan Poe y “The Boats of the Glen Carrig” (2015) en William Hope Hodgson, no resulta extraño que “The Coral Tombs” (2023) sea en Julio Verne, pero lo que sí resulta extraño es que, pese a la pandemia, Ahab hayan tardado ocho años en regresar. Obviamente han girado a lo largo y ancho del mundo, además de haberles afectado el parón del confinamiento y sus restricciones, y Ahab han aprovechado este tiempo para componer “The Coral Tombs”. Por supuesto, llegados a este punto, es de ley admitir que siento debilidad por sus largos y pesados desarrollos, que Ahab son una de las bandas que estoy seguro que despuntarán y alcanzarán un mayor reconocimiento, o así lo entiendo, pero también debo admitir que, aunque notables y algunos sobresalientes, ningún álbum de los alemanes es perfecto y tampoco pasa nada por ello, sus gigantescas composiciones no dejan de ser interesantes por ello y la sensación de ser devorados en el fondo del mar, mientras morimos ahogados, es uno de los grandes atractivos de Ahab (por paradójico que esto puedo parecer, como sinónimo de algo positivo), pero lo cierto es que la banda son capaces de llevarnos de viaje en el tiempo a otros mundos acuáticos de pesadilla y expresar eso con sus instrumentos está sólo alcance de unos pocos.

“Prof. Arronax’ Descent into the Vast Oceans” es un comienzo tan impactante como para hacernos creer que Ahab han cambiado, como oyente uno espera una larga introducción doom, pero nos encontramos un torbellino de burbujas en el que Droste se desgañita y nos hace descender a toda velocidad al fondo del mar y sólo cuando alcanzamos la altura necesaria es cuando Ahab, de manera sabia, bajan las revoluciones y se regodean en esos tempos que también manejan. “Colossus of the Liquid Graves” produce esa sensación de habernos encontrado con un monstruo antediluviano en las profundidades, no sólo los lentísimos movimientos de la banda sino esas voces liberadoras tras las estrofas, esa sensación de estar presenciando el alarido de un Megalodón o un gigantesco pulpo, más propio de Lovecraft que de Verne. “Mobilis in Mobili” es el fangoso sedimento repleto de hallazgos, pero que también puede convertirse en tu tumba, que Ahab nos proponen hasta llegar a “The Sea as a Desert” y ese sentimiento que transmiten en sus diez minutos, como si fuésemos parte de una expedición que contempla el fondo marino como un enorme y vasto desierto en el que nuestra vista se regodea antes de encontrar el bonito pero mortífero lecho de “A Coral Tomb”. El trabajo de Ahab en “The Sea as a Desert” es tan descriptivo en su música que a uno no le cuesta nada en absoluto sentir aquello que quieren transmitirnos, gracias a las guitarras de Droste y Hector, pero también la percusión de Althammer. Mientras una parece incapaz de contener la grandeza oceánica, “A Coral Tomb” es reflejo de la angustia.

“Ægri Somnia” es la más melódica de todo el álbum, son los doce minutos más accesibles de toda la colección y encuentra su atractivo, además de en la melodía, en las arremetidas constantes de una banda que parece empujarnos contra la corriente, mientras que “The Mælstrom” parece un lamento cuyo crescendo hasta convertirse en un aullido es la constatación de que algunos quedaremos con los pulmones encharcados en salitre por toda la eternidad, mientras otros escaparemos con mayor fortuna, cuando los únicos ganadores son Ahab que en su quinto disco vuelven a demostrar que necesitan tiempo para grabar grandes obras, aunque no redondas, con las que impactarnos. No tengo duda alguna de que los alemanes seguirán creciendo y su propuesta ganando adeptos, tan sólo espero que no vuelvan a pasar ocho años hasta su próximo álbum, nos merecemos más a menudo sentir cómo perdemos la vida en cada aventura que componen y tanto tiempo se hace eterno. La belleza nunca fue tan asfixiantemente atractiva.

© 2023 Lord Of Metal

Crítica: Katatonia "Sky Void Of Stars"

Si con “City Burials” (2020) uno tenía el pálpito de que Katatonia estaban dando un paso diferente o, por lo menos, tenían la intención de ello con aquella sensación de estar llegando al final de un recorrido pero, a excepción de “Laquer” o “Untrodden”, las cosas parecían torcerse en un disco excesivamente plano que, pese a todo, dejaba entrever sus bondades, como siempre. Con "Sky Void of Stars" las cosas parecen cambiar levemente pero no debe ser motivo de sobresalto; la melancolía sigue presente pero no únicamente a través de las inflexiones vocales de Renkse, sino también gracias a una mayor presencia de Nyström u Öjersson, sintiéndose canciones mucho más directas, desprovistas de la habitual forma de jugar de Katatonia con la melodía, y la fuerza de las guitarras; no es que los suecos hayan dejado la impostada languidez que les caracteriza, sino que esta no es únicamente la treta para llevarte a su mundo, sino un mayor trabajo compositivo, sonando más potentes que antes, con ese regusto progresivo que tan bien han sabido traer a su propuesta. Por ejemplo, el single “Atrium” posee la pesadez de la atmósfera, la voz de Renkse sigue en primer plano como artífice de toda la melodía pero no el único frente a los arreglos, sino que estos suman al trabajo de toda la banda, recordándonos a lo hecho en "Brave Murder Day" (1996) y no esa senda tan manida de “The Fall of Hearts” (2016), un disco que disfruté muchísimo y en directo en varias ocasiones (con resultados desiguales, todo hay que decirlo) pero que, a pesar de la calidad, se centraba en camino comunes, ya recorridos mil veces por propios y ajenos.

“Austerity” y esa apertura, esa forma de atacar tan directos, mientras Renkse nos conduce a un estribillo que estalla, conforma uno de los mejores momentos de un álbum de duración perfecta y una canción que posee los colores fríos de siempre, pero cuyo solo abrasa y muestra algo de sangre y cuya tensión aumenta en “Colossal Shade” con un magnífico trabajo de Moilanen y Sandin, como ocurre con “Opaline” y la voz de Renkse como guía hasta la rápida “Birds”, dando muestras de lo escrito; Katatonia parecen hipervitaminados y se agradece, las estrofas permiten que la voz teja la armonía, mientras que Nyström y Öjersson parecen deseosos de entrar en los puentes y estribillo, algo totalmente refrescante y ante lo que encontramos consuelo para “Drab Moon” o “Sclera”, buenos momentos también -sin duda, gracias a las texturas en las que Katatonia son unos maestros- pero no con la pegada de las anteriores y esa capacidad para llevarte al vuelo durante “Sky Void Of Stars”.

Pese a ello y sus grandes momentos, también los hay para preguntarse qué ocurre, como la presencia de Joel Ekelöf en “Impermanence”; soy de los que entienden estas colaboraciones como una oportunidad para el contrapunto y las voces de Ekelöf y Renkse no lo ofrecen, por lo que la canción -si este era su punto- pierde fuelle cuando la composición tampoco es tan brillante como, por ejemplo, la mencionada “Atrium” y, por qué no mencionarlo, ese final que es “No Beacon To Illuminate Our Fall” y la sensación de perder una oportunidad mejor para despedir un disco con canciones como “Austerity”, “Colossal Shade” o “Birds” que muestran la clara intención de un cambio, de que “City Burials” (2020) sí fue, en efecto, un punto de inflexión claramente intencional por parte de una banda que siempre he amado, pero cuya repetición en los últimos años o la falta de ideas les han llevado a cambiar. Sólo el tiempo confirmará si “Sky Void Of Stars” tiene un digno sucesor en el que todo esto eclosione o, por el contrario, la oportunidad, el camino, se vuelve a perder para aquellos que sí pedimos algo más porque Renkse y compañía pueden y nosotros lo sabemos.

© 2023 Conde Draco

Crítica: Bono "Surrender"

¿Qué sentido tiene escribir la reseña de un libro casi dos meses después de su publicación, cuando el propio autor ha pasado por tu ciudad presentándolo y tú has perdido la ocasión de aprovecharte del hype, nunca mejor dicho, y lograr unas pocos más de miles de visitas a tu web que, honestamente, no aportan absolutamente nada? Por supuesto, no tiene sentido alguno, como tampoco lo tienen esas reseñas escritas a vuelapluma al día siguiente de la publicación del libro o el concierto de Bono en Madrid, porque cuando las vuelvo a leer, tras haberlo concluido, me doy cuenta de que no se lo leyeron tampoco. En mi mesilla se acumulaban las lecturas y el voluminoso Surrender me reclamaba con sus letras amarillas entre Houellebecq y Cărtărescu, Zweig y Williams, ¿por qué tendría que querer leerme las memorias de un artista que significó tanto en mi vida como ha dejado de hacerlo en los últimos quince años? ¿Como esos amigos de siempre a los que quieres más por lo que fueron que por lo que significan actualmente en tu vida? En efecto, tampoco hay una respuesta clara a esta pregunta y, sin embargo, las letras amarillas seguían llamándome. ¿Quién leerá esta reseña? ¿Será de interés para alguien en una web tan peculiar como esta? Tuvieron que pasar las seiscientas setenta páginas del libro de Bono, que pocos críticos se han leído de verdad, para entender la respuesta a todas estas preguntas.

Surrender es un libro escrito para seguidores, pero dirigido para todo el mundo; como si Paul Hewson, Bono, quisiera, en muchas ocasiones, justificarse o explicarse, pero supiese que alguien que no sea seguidor de su banda jamás se meterá semejante panzada de páginas por el mero hecho de entender a un ser humano que se ha convertido en meme a fuerza de prodigarse fuera de los escenarios y estar siempre presente en política o en tu teléfono, sin tu permiso. Si has amado su música alguna vez y esto justifica el atracón, Surrender es el viaje vital a través de tus propias experiencias y esa banda sonora que a muchos nos ha acompañado en los buenos momentos, pero también en aquellos aciagos. Los comienzos en Dublín destilan nostalgia, pintan una ciudad gris, pobre y cateta, un chico de barrio y amigos, un entorno duro en el que criarse en una casa de hombres; la desgracia de la pérdida de su madre y cómo un padre tiene que hacerse cargo de dos hijos y un techo, la tristeza de perderse uno mismo para que salgan a flote otros, los problemas de ira y contención, el fracaso escolar y una mujer, Ali, que hace las veces de tabla de salvación mientras U2 tocan en pubs, se radicalizan en la secta cristiana Shalom y su carrera comienza a despegar gracias a una furgoneta, pero también el titánico esfuerzo de Paul McGuiness, los ochenta y blanco y negro hasta los noventa en color, Europa, el muro de Berlín y el glorioso Zoo TV, la pérdida de la inocencia pero también la resaca del PopMart y los últimos veinte años más aburridos que jamás se imaginaron firmar tras aquel.

Por un lado, la sensación es magnífica, Surrender tiene el encanto de un libro escrito de verdad por su autor (se cuentan con las manos en el negocio musical, recuerdo con cariño los de Andy Summers o Dylan, la experiencia con el resto es irregular) y su corazón excéntrico hace presencia en un estilo de escritura a veces caótico, en el que los párrafos se cortan abruptamente, los capítulos se dividen en secciones y hay constantes disgresiones, la sensación es gloriosa porque brinda espontaneidad y frescura, como sus dibujos, pero también confusa en fechas para todo aquel que no esté familiarizado con los eventos principales de Bono y U2 (no me refiero a giras o discos, sino apariciones o viajes por el continente africano como el realizado con Paul O'Neill, interminables charlas políticas, reuniones o esperpentos como el ‘Frock & Roll’), mientras en su cabeza se mezclan recuerdos del pasado, pensamientos y constantes saltos en el tiempo. Por otro lado, como seguidor de la banda (lo bastante descreído como afirmar que su último gran disco fue grabado en Hansa, pero lo suficientemente contumaz para seguir militando entre sus filas sin hacer el ridículo) produce cierta decepción ver cómo giras de cuatro años pasan apenas desapercibidas en el anecdotario, la presencia de The Edge se limita a las hieráticas pero geniales respuestas que el agudo guitarrista pronuncia cuando cuestiona la labor del cantante o la dirección musical, Adam queda relegado al retrato de sus debilidades y Larry es apenas mencionado -seguramente, a petición propia- pero hay cientos de páginas, capítulos enteros, en los que Bono siente la imperiosa necesidad de explicar su papel con la administración Bush, relatar una y otra vez sus esfuerzos por la condonación de la deuda externa al Tercer Mundo, una merienda con Gorbachov y pasa de puntillas por aquello por lo que hemos acudido todos a este libro; la música. Esa que, a veces, trufa los mejores momentos: las conversaciones con Hutchence son extraordinarias, la relación con Ali o la evolución con su padre, el olor a cerveza de los pubs cuando U2 comienzan a despuntar, las anécdotas -aunque pocas- en el estudio, las constantes excusas y justificaciones sobre “Pop” (1997) o el asunto de regalar su nuevo álbum introduciéndolo en tu dispositivo, además de las claves de algunas pocas canciones pero el olvido furibundo de otras.

Cuando llegué a la última página, cerré el libro; han sido treinta años escuchando a U2, viendo sus giras en varias ocasiones, estrechando sus manos y viviendo su música pero la sensación de vacío que siento con sus composiciones más actuales parece encontrar su explicación en el capítulo dedicado a “Vertigo” en el que el actor Cillian Murphy parece sentir lo mismo que yo y entiendo que el libro también lo cuenta; hasta los noventa, el relato de Bono es equilibrado, su vida es Dublín, Ali, la espiritualidad y su entorno pero el eje central es la música y una banda que, por desgracia, en la segunda mitad del libro parece resentirse y desquebrajarse en su relación interna cuando Bono dedica más tiempo a la política que al estudio, no dejando de ser curioso que coincida con sus canciones menos arriesgadas o valientes, cuando la sensación de complacencia ha producido discos y protagonizado giras que han fagocitado a cuatro chicos que querían ser ellos los que se comiesen el mundo. El acercamiento a la figura de Bono lo desmitifica en parte y eso es lo que parece buscar, las páginas se devoran y su prosa es poderosa, pero Bono sabe jugar bien sus cartas y esconder aquellas más valiosas, evitando profundizar en aquello que no quiere contar u obviándolo directamente, por lo que el retrato se queda incompleto y la sensación, pese al festín, es de haber sido desbordado, pero no colmado la curiosidad de uno. 

© 2022 Blogofenia

Crítica: Obituary "Dying Of Everything"

Con Obituary ocurre lo mismo que con muchas otras bandas, seminales o no, en el metal; o los amas y, literalmente, tragas cualquier cosa que graben como si fuese maná caído del cielo, o pecas de esnob y criticas cada lanzamiento desde “Cause of Death” (1990), siendo esta última postura la más divertida de todas. Y esto se debe a que los de Florida han tenido la osadía de grabar algunos de los mejores discos de death de la historia, pudiéndoseles considerar por maestría y veteranía como parte de los responsables en el parto del subgénero, pero también es verdad que llevan acomodados en su propia autocomplacencia desde hace muchos años. Por otro lado, ¿por qué esto debe ser entendido como algo malo? Su regreso con “Frozen in Time” (2005) fue saludado de manera optimista y, aunque soy consciente de que el hype pudo con todos, me sigue pareciendo un grandísimo esfuerzo, a pesar de que desde aquel, hasta el anterior “Obituary” (2017) no han cambiado la hoja de ruta y las sorpresas son mínimas en sus últimas entregas discográficas. Llegados a este punto hay que descubrir todas las cartas, soy de los que se tragan casi cualquier cosa que lleve la firma de Obituary, ¿saben por qué? Porque hasta sus momentos menos inspirados me parecen por encima de la media y porque, fundamentalmente, aunque los hermanos Tardy no estén inventando la rueda actualmente (y, seguramente, no tengan la mayor intención o inquietud) cuando la fórmula de la banda sigue más fresca que nunca gracias a la voz de John, la batería de su hermano, las guitarras de Peres y Ken, junto el bajo del mítico Butler, ¿para qué hay que pedirles más? Lo único que podría preocuparme es que, a la repetición de estilo y formas, a los Tardy no los acompañasen las musas y en “Dying of Everything” (2023), levemente superior a “Obituary” (2017), hay grandes momentos en los que se sienten la presencia de estas.

Desde "Barely Alive", Obituary nos hacen entender que el aroma más old-school no será una casualidad en los arenosos riffs o la pesadísima sección rítmica, que el tono crudo de John conserva todo su encanto y que incluso los guitarrazos en su primer single, aunque sean un autoplagio en toda regla, y recuerden a la sonoridad de las canciones de aquel “Frozen in Time”, funcionan como el preciso mecanismo de un reloj, a medio cocer entre el death y el thrash, mientras que “War” es quizá una de las canciones más estándar que han grabado en su carrera, abusando de la repetición en sus guitarras, y "Dying of Everything", aunque resultona y un solo magnífico, es realmente tan poco imaginativa como para haber sido incluida en cualquiera de sus últimos cinco discos. Todo un problema cuando adelantos como "My Will to Live" prometían tanto y desde la notable “Torn Apart” o el esfuerzo de “Be Warned”, se siente que “Dying of Everything” (2023) posee momentos en los que Obituary tocan el techo y otros en los que, sin caer en el abismo, permiten que estos compartan duración con canciones como “By The Dawn” o "Without a Conscience" que, a pesar de su ritmo trepidante, adolece de la misma sensación de desgaste que "Weaponize the Hate" cuando, aunque sonando excelentes y notándose el esfuerzo compositivo, sus riffs se sienten poco imaginativos, dejando un sabor agridulce y la misma sensación de tener sentimientos encontrados que cuando escuché “Obituary” (2017) y creí entrever a ese clásico niño que es muy listo pero muy vago, que progresa adecuadamente pero suspende y sólo brilla cuando quiere, como Obituary en estudio.

No puedo decir que sea un mal álbum, tampoco que sea un dignísimo regreso porque no se habían ido, pero sí que es un disco que nos permite disfrutarlos en directo de nuevo, aunque en esta ocasión, en su gira europea, el precio a pagar sea el de aguantar a Trivium en la misma noche. “Dying of Everything” (2023) demuestra que gozan de salud pero que siguen mostrándose tan rácanos o perezosos para administrar su brillantez, como todos estos años recientes.
 
© 2023 Lord Of Metal

Crítica: Dead Cross "II"

Ya lo advertí con Dead Cross y aquel primer álbum que publicaron hace cuatro años; en donde de verdad se aprecian este tipo de proyectos es en el escenario y, sin desmerecer a Crain y Pearson, una banda en la que estén Mike Patton (Faith No More, Mr. Bungle, Fantômas) y Dave Lombardo (Slayer, Testament, Suicidal Tendencies) siempre tendrá toda mi atención. Además, este segundo álbum llega tras haberles visto en directo y, lógicamente, ver a pocos metros a Patton adueñarse por completo del concierto, mientras Lombardo se dejaba las manos tocando como si estuviese auténticamente poseído, logra que cambies de opinión respecto a cualquier disco. El debut de Dead Cross era impresionante como el lógico esfuerzo de unos músicos de sobra dotados, intentando pasárselo bien, logrando desmarcarse de su famosísimo pasado y, de paso, consiguiendo que, como oyentes, nosotros también lo olvidásemos. A todo esto hay que sumarle que “II” (2022), aunque pierde la capacidad de sorprendernos, es un disco infinitamente más sólido, en el que Dead Cross parecen encontrar la hoja de ruta de lo que quieren ser y se olvidan de los experimentos (quedando estos únicamente relegados a Patton en el estudio y su arsenal de efectos) y ganando en la composición; siendo palpable, desde la primera canción, que Dead Cross han tenido que pasar más tiempo en el estudio, a lo que hay que sumar la cancelación de las giras de Faith No More por problemas de salud del vocalista, dejándole tiempo para escribir y grabar, para hurgar en el estudio y lograr con la ayuda de Ross Robinson (ni más, ni menos) un álbum que suena grueso, potente y poderoso, perfeccionando esa mezcla de thrash, hardcore y humor tan propia de Dead Cross.

“Love Without Love” es post-punk con un toque más que lúgubre y esa pegada hardcore que es ya marca de la casa, mientras Patton (uno de los mejores vocalistas de los noventa, no me cansaré de repetirlo) se abre paso entre coros y dobles voces, gracias a las guitarras de Crain, hasta el desgañite de Patton. El toque industrial, mezclado con la efervescencia de Beastie Boys y el toque de Killing Joke son los ingredientes perfectos para una canción como "Animal Espionage", hasta la punky "Heart Reformer", en la que Lombardo parece un tren sin frenos, descarrilando, gracias al sentimiento que imprimen las voces. "Strong and Wrong" ayuda a lograr ese gusto por el caos de Fantômas, con Patton auténticamente fuera de sí. Pero, entre tanto acierto, también hay canciones flojísimas como “Ants and Dragons” o “Christian Missile Crisis”, que palidecen frente a “Nightclub Canary” y ese sentimiento cafre que tan bien le sienta a Dead Cross o ese toque thrashy de “Reign of Error” en la que Crain parece dispararnos con largas ráfagas y un final magnífico con “Imposter Syndrome”. Convirtiéndo, por tanto, en un álbum de contrastes en el que pesan tanto las buenas canciones, como imperdonables son sus traspiés. 

Cuando termino de escucharlo (y lo he hecho unas cuantas veces, desde que nos llego su promo), tengo la sensación de que Dead Cross han crecido, de que el proyecto sigue siendo interesante a pesar de la dificultad que tiene su continuación, de que Mike Patton, Dave Lombardo, Mike Crain y Justin Pearson han grabado un álbum excelente, a pesar de que, a veces, haga aguas y, lógicamente, baje la nota. Quizá Dead Cross sea tan sólo una válvula de escape para Patton, pero lo que está claro es que cuando hay tanto talento, hasta el divertimento más banal toma un cariz mucho más serio. 

© 2022 Conde Draco

Crítica: Elder "Innate Passage"

Cuando afirmas que el último álbum de una banda es sobresaliente, rápidamente llegan las comparaciones. “Innate Passage” de Elder, no necesita mirar atrás, únicamente para darte cuenta del camino recorrido y no para medir sus cualidades con “Dead Roots Stirring” (2011), “Lore" (2015) o "Reflections of a Floating World" (2017), porque es un disco en el que los de Fairhaven parecen aventurarse en su propio sonido y crecer, pero no dejar de sonar como sólo ellos saben; tomando todas las influencias que les han hecho grandes y pasándolas por tu propio tamiz. Un álbum que, lógicamente y como el de muchos otros artistas, nació en pleno confinamiento, aunando lo mejor de su cara stoner y aquella doom, conformando cinco canciones que contienen tantos cambios de ánimo y pasajes que se suceden de manera tan natural, tan orgánica, que podría asegurar que Elder han virado, por completo, al progresivo. Tal es el caso de “Catastasis”, casi once minutos que nacen con un fortísimo sentimiento doom hasta que entra la voz de DiSalvo, el riff principal de la guitarra de Risberg recuerda a “Parabola” de Tool pero “Catastasis” pronto evoluciona entre arreglos psicodélicos y momentos más dulces y melancólicos, rozando la introspección en las estrofas. Simplemente magnífica desde su primer segundo.

"Endless Return" recuerda a Rush, una referencia enorme para cualquier banda, pero es que la canción destila encanto setentero progresivo por los cuatro costados, por no mencionar el interludio o puente central que convierte los últimos dos minutos en auténtico frenesí con Donovan y Edert aupando la guitarra de Risberg hasta un clímax que, por desgracia, no pueden alcanzar por el maldito fade out o desvanecimiento en la producción. Desconozco si es algo plenamente pretendido o decidieron cerrar semejante canción de una manera tan inofensiva.

“Coalescence” parece un interludio que quiere conectar ambas caras de “Innate Passage”, la voz de DiSalvo llega de manera salvadora y el sentimiento liberador es mágico, hasta la recta final con el teclado de Risberg y, esta vez sí, una manera excelente de concluir los últimos compases desatados de una canción que comenzaba de manera tibia y se torna exuberante en su desenlace. “Merged In Dreams — Ne Plus Ultra” es una de las piezas más elaboradas y se siente así, especial, desde su introducción y el magnífico trabajo de Risberg, un músico que desatará su guitarra en “The Purpose”, mucho más directa y con menos recovecos, con una preciosa outro, produciendo la sensación de haber realizado un auténtico viaje cósmico junto a la banda.

“Innate Passage” es tan valiente y mágico que sorprende que Elder no tengan más presencia en muchos carteles. En mi modesta opinión, la banda ha grabado uno de los mejores discos del año pasado, sin duda alguna. Esto es lo que pasa cuando Tame Impala follan con Black Sabbath, mientras Electric Wizard y Pentagram miran.

© 2023 Conde Draco

Crítica: Jonathan Hultén "The Forest Sessions"

Quizá, lo mejor de “The Forest Sessions” sea ese suspiro de Jonathan Hultén, al comienzo de “Wasteland”, por el que parece tomar todo el aire del mundo y expulsarlo, segundos antes de que el órgano de la canción comience de manera etérea, inundándonos con su grácil tono, la voz es magnífica, como una mezcla entre Anohni y Jónsi, y el músico parece levantar el vuelo y sentirse libre lejos de Tribulation. Pero esa sensación atemporal desaparece súbitamente con “Leaving”, no se trata del mensaje de la canción, sino del tono acústico y la constatación de que Jonathan no es un ser eterno y andrógino que haya viajado durante eones hasta llegar a nosotros sino, simplemente, el fascinante guitarrista de Tribulation. Y es en este punto en el que mi gusto se encuentra en la disyuntiva de recordar quién es o valorarle por el esfuerzo actual.

Parto de la base de que "Chants From Another Place" (2020) no me convenció y de que le echo de mucho de menos en los últimos conciertos que he visto de Tribulation, de que siento que ambas partes se han resentido y, aunque Hultén se haya sentido como un pájaro enjaulado en los últimos años, ahora que puede volar, su aventura no me resulta tan excitante como debiera; lo que no significa que no posea la calidad suficiente que ya se podía vislumbrar en Tribulation o aquel "The Dark Night of the Soul" (2017), que Jonathan se mueve con gusto en la ambigüedad de diferentes estilos y su gusto estético es soberbio pero, como seguidor, como uno más de esos muchos que han vibrado "Strange Gateways Beckon" o "Nightbound", me cuesta engancharme a este “The Forest Sessions” porque no aporta nada nuevo a aquellas canciones que ya registró en “Chants From Another Place” (2020) o esas otras con las que aliña la mezcla y, a excepción de la mencionada “Wasteland”, el resto sólo varían apenas en ese trino de pájaros o la sensación, la ensoñación, de querer hacernos creer que están grabadas en el bucólico bosque de trasgos que parece querer insinuar Hultén.

Las versiones de “Where Devils Weep” o “The Call To Adventure” pierden en la interpretación, a medio camino entre el madrigal y el indie más acústico, como si Hultén se quitase todo el maquillaje y el encanto, a veces medieval del anterior, sufriese en detrimento de la interpretación. Por otro lado, sería muy hipócrita insinuar que el guitarrista nos ha mentido, “The Forest Sessions” es un divertimento agradable, como si Xasthur y Elliott Smith se hubiesen fusionado o se hubiesen sentado en el bosque para grabar delicadas versiones a dos voces de sus canciones. Y así, de esta forma, se disfruta mucho más de las interpretaciones de “The Call To Adventure”, los sintetizadores de “Dance Of The Water Spirits” o el brillante arreglo de “A Dance In The Road”, demostrando lo escrito anteriormente; aunque el álbum sea un entretenimiento, a veces falla en su tiro, pero demuestra el excelente buen gusto de Hultén, las dos caras de la misma moneda, lo bueno, pero también lo malo de no estar sometido a las tensiones creativas de una banda. Lo dicho, echo de menos a Hultén y su delgada figura en los conciertos de Tribulation, como echo de menos todo lo que aportaba con ellos. A veces, parece necesario tener que sufrir en compañía para ser capaces de parir canciones que toquen el cielo y sentirse atrapado puede ser la musa perfecta para susurrarte sus versos.

© 2023 Don Diablo