"Fortitude" de GOJIRA y la sombra de "Magma"

Quizá su material más flojo, aún menos inspirado que el anterior y con menos cohesión aún...

"Welcome To Hel" de HJELVIK, KVELERTAK heavymetalizados.

Erlend tenía ideas, aportaba y no solamente era la imagen más representativa de la banda sino también parte del cerebro de esta...

"Endless Twilight of Codependent Love" de SÓLSTAFIR.

Mágico, intenso y descorazonador al que hay que dedicar tiempo, pero cuyo retorno de inversión es superior a todas las lágrimas vertidas...

"ANTI-ICON" de GHOSTEMANE, entre la depresión, el nihilismo y el paso de Caronte.

Chirriante, caótico o inarmónico para muchos, sin embargo, es la mezcla casi perfecta…

Crítica: Fear Factory "Agresión Continuum"

Porque mi adolescencia fueron los noventa, crecí en un auténtico vergel de buena música para la que no hacía falta streaming o pedias, tampoco descargas, porque te llegaba de igual forma, quisieses o no. Así, cuando Fear Factory publicaron "Demanufacture" en 1995, era imposible no escucharlo y dejarse seducir por él, como tampoco era posible esquivar su gira y ver en directo a una banda que parecía destinada a trascender el ámbito y dar el salto a la primera liga. Pero, a partir de “Obsolete” (1998), es innegable admitir que fueron perdiendo calado, que su mezcla de metal con elementos electrónicos, industrial, empezó a dejar de resultar tan novedosa; quizá porque en la segunda mitad de los noventa y primeros de los dos mil, la electrónica parecía destinada a salvar algunos géneros que el rock alternativo había cercenado, quizá porque tras tanto esplendor, era lógico perder lustre. Y Fear Factory no supieron crecer sin polémica, sin constantes dimes y diretes, sin el constante temor de que Burton abandonase definitivamente y así hasta ahora. Tampoco me pregunten porqué, pero entendí "Genexus" (2015) como su último álbum y aquello tampoco me disgustó, un álbum notable, más que correcto, que serviría como epílogo de la banda. Pero Dino quería más, lógicamente también, y Burton más de lo mismo, pero no con Dino, algo inconcebible si tenemos en cuenta que ellos dos son la banda y resulta imposible imaginarse a Fear Factory sin uno de los dos. 

 

Y así nos encontramos con "Aggression Continuum" (2021), un álbum en el que todo vuelve a encajar, no es "Mechanize" (2010) pero sigue el patrón de “Genexus” y, lo mejor, posee la misma inspiración, por lo que nos encontramos, de nuevo, ante un buen álbum; digno, con fuerza y repleto de adrenalina, en el que Dino suena fabuloso, Heller es una auténtica máquina y Burton deja un buen testamento del grupo de su vida. Mientras “Recode” abre el álbum con un exceso de inspiración y épica, con la misma contundencia de siempre gracias a Heller y las guitarras de Dino, junto a los arreglos de cuerda, “Disruptor” no. Sé que fue el single, pero no es la mejor canción del álbum, quizá la más melódica en su estribillo, ese que es tan previsible como aburrido. "Aggression Continuum", la canción, mantiene el pulso iniciado con “Recode”, vuelven los arreglos, vuelve Heller a golpear con rabia y Burton suena tan agresivo como siempre. “Purity”, junto a “Monolith”, parecen refrescar la fórmula de Fear Factory, es cierto que la primera se apoya demasiado en los arreglos electrónicos, como la segunda hace lo propio y, para colmo, hay demasiada presencia de voces melódicas, pero suenan bien y se sienten trabajadas. 

 

Igual o más ocurre con “Fuel Injected Suicide Machine” o “Manufactured Hope” en las que solucionan el azúcar con mala leche y caos. Ambas canciones sintetizan lo mejor del álbum, junto a “Recode” o “Cognitive Dissonance” (mal el estribillo, pero teñido de melancolía, funcionando). “Collapse” es una de mis favoritas, de ella me gusta el groove de Dino y cómo frasea Burton, para culminar con “End Of Line”, a la que no le habría  venido nada mal un recorte en su duración, pero con la que tampoco tengo queja alguna, dejando un buen regusto.

 

He disfrutado con "Aggression Continuum" y me gusta que Dino quiera probar cosas nuevas, más cuando funcionan, dejándome la buenísima sensación de que, si este álbum fuese el último de Fear Factory, sería un tremendo epitafio a treinta años de turbulencias entre metal, electrónica, Cazares y Bell, pero levemente amargado por la perspectiva de una gira sin Burton y un posible horizonte en el que no escuchemos su voz sobre las guitarras de Dino. Espectacular regreso, efectivo y sólido como “Genexus”, triste en su alumbramiento y lo que puede estar por llegar…


© 2021 Lord Of Metal

Crítica: Red Fang "Arrows"

Recuerdo la primera vez que vi a Red Fang en directo, corrían los tiempos de "Murder the Mountains" (2011) y la sensación que me produjeron fue de inmensa frescura, de genialidad mezclada con el lodo de su stoner. Pero también he de reconocer que, según han pasado los años, los de Portland parecen haber ido perdiendo lustre, "Whales and Leeches” (2013) era acertado pero inferior y “Only Ghosts” (2016) confirmaba la pérdida de altura. Obviamente, los tres discos son disfrutables, pero ninguno hacía sombra a su debut o continuaba la estela de aquel. Pero quizá, los dos signos más claros de su evidente despeñe han sido los cinco largos años que han pasado desde “Only Ghosts” (2016) y las declaraciones de Aaron Beam durante la grabación de este nuevo álbum, cuando comparaba el ambiente generado por sus canciones a lo vivido en "Murder the Mountains", sorprendiendo que un grupo tan joven (con apenas cuatro discos) se empeñe en aceptar que su obra maestra es "Murder the Mountains" y nos intenten vender las bondades de su nuevo retoño. De verdad, ¿es necesario?

 

Nada de esto importaría, nada de esto sería grave y podría acusárseme de cierta pretenciosidad intentando rebanar las expectativas de sus seguidores o menospreciar el trabajo de la banda sino fuese porque la maldita comparación con "Murder the Mountains" les pasa factura en “Arrows” de una manera que sí resulta dramática cuando Red Fang suenan ajados, mayores, como si estuviésemos hablando del vigésimo tercer álbum de una banda con cuarenta años de carrera sobre sus hombros y no de una que tan sólo está publicando su cuarto disco. No digo que la producción no tenga que ver con que canciones como “Unreal State” pierdan fuelle por culpa de un sonido tan opaco o que un tema como “Arrows” no suene indudablemente a stoner, pero se les ha ido la mano en la consola, en el ambiente polvoriento y cascado que quieren transmitir. Por poner un ejemplo al alcance de todos; si escuchas “Wires” de su debut da la sensación de que todo ese brillo se ha perdido, en aquel sonaban a stoner pero era una pedrada afilada, “Arrows” suena como si estuviesen cortando leña con el mango del hacha.

 

Es la producción la que impide disfrutar de las canciones, por supuesto, pero nada a lo que no esté acostumbrado el aficionado medio, el problema de “Arrows” radica también en las canciones, “My Disaster” o “Rabbits In Hives” poseen la urgencia punk y el óxido del desierto, son de lo mejor de un álbum en el que no abundan los directos y hay que brear con “Two High” o experimentos como “Anodyne” (en la que, paradójicamente, salen bien parados), dos introducciones o pasajes como “Interop-Mod” y la apertura que es “Take it Back” en un disco de tan sólo trece canciones, con buenos momentos (“Fonzi Scheme”) y otros insufriblemente lentos como la balada “Days Collide” o la aburridota y noventera, “Why”, dejando quizá lo mejor para el final con “Dr. Owl” y “Funeral Coach”, demostrando que en “Arrows” hay buenas ideas pero no vale todo.

Soy de los que valoran la evolución, el cambio, pero cuando este no implica perder las señas de identidad, Red Fang han hecho algo más difícil y extraño, tan sólo reservado a aquellos grupos que parecen estar pensando más en la jubilación, y es intentar el cambio, no lograrlo y colarnos canciones que no siempre funcionan o están acertadas, comparar la grabación con lo que sintieron durante "Murder the Mountains" y publicar un álbum cinco años más tarde cuando deberían haber publicado dos a la altura, mínimo, de "Whales and Leeches” (2013). Decir lo contrario, pillarse el vinilo y asegurar que “los de Portland han vuelto”, es no tener ni puta idea o engañar al que te lee.


© 2021 Conde Draco

Crítica: Crypta "Echoes Of The Soul"

Ya lo escribí cuando ocurrió el cisma en Nervosa; habitualmente, los seguidores somos los que escapamos bien de este tipo de coyunturas, cuando lo que nos encontramos son canciones por partida doble. “Perpetual Chaos” (2021) fue un gran esfuerzo con la banda transformada en un cuarteto que profundizaba en el thrash, había cosas que no me convencían, claro que sí, y la sensación de que las prisas por ser las primeras les jugaron una mala pasada, cuando había canciones que no estaban a la altura de las principales y lo que se esperaba de ellas. El morbo estaba servido cuando Luana Dametto y, fundamentalmente, la popular Fernanda Lira, anunciaban su propio proyecto, Crypta, en la misma discográfica que Nervosa. Lo cierto es que la actitud de Lira no podía ser más abierta y optimista, lejos del rencor, feliz por comenzar su nueva andadura y darnos a los seguidores de las brasileñas una buena ración de sabroso metal. ¿El resultado? “Echoes Of The Soul”, producido por Thiago Vakka y, quizá lo más importante, masterizado por el omnipresente Jens Bogren, suena diferente a “Perpetual Chaos”, ahondando en un ramillete de estilos que abarcan el thrash, claro que sí, pero más el death con cabida para el underground, para el black también. La portada de Wes Benscoter no deja duda de que es puro death, pero hay tantísimos elementos en las guitarras, las composiciones, que es un auténtico placer escucharlo. Lira asegura que llevó a Nervosa a lo más alto, no le falta razón, y que hará lo propio con Crypta y, a tenor del resultado, los constantes anuncios en festivales y su reciente gira con Deicide, no me cabe la menor duda de que Crypta sonarán allá donde Nervosa no lleguen.

 

Siendo el álbum que es y su orientación, además de la portada de Benscoter, su encanto underground y ‘old-school’, era necesaria una introducción como “Awakening”, hasta la ya conocida “Starvation”. La formación de Crypta se compone de Fernanda y Luana, además de Tainá Bergamaschi y Sonia Anubis a las guitarras, sonando compactas y brutales. La voz de Fernanda resuena estupenda, con desgarro y profunda, pero también rasgada, así como su bajo en comunión con la batería de Luana, mientras Tainá y Sonia afilan sus guitarras de manera fiera. Escuchando los riffs de “Starvation” no hay duda del talento del combo, como tampoco de su amor por el metal y Lira fraseando como si del mismísimo Dani Filth se tratase. Me gusta el toque crujiente de las guitarras en “Possessed” y su toque más rítmico, con más groove, entrando y saliendo de las estrofas, traqueteando como un viejo tren de mercancías hacia el infierno. “Death Arcana” es puro death con el doble bombo de Luana castigándonos, suena maligna tras la voz de Lira, cuando nos dirigen al solo. Como también saben jugar con la melodía en “Shadow Within” o “Kali”, sin que por ello estemos ante un álbum de death metal melódico, como muchos se empeñan en reseñar.

Pero quizá lo que más me gusta es que, según avanza el álbum, las composiciones no se resienten y no parecen haber situado aquellas menores en su segunda cara; "Under the Black Wings" es un auténtico tanque con unas guitarras trabajadísimas, mientras que "Blood Stained Heritage" es una de las mejores canciones del álbum por su trabajo de composición y el puente de una canción que la convierte en ganadora, gracias a las guitarras de Tainá y Sonia doblándose. "Dark Night of the Soul" evidencia el amor de Lira por el terror de Serie-B, por el death con más solera; no sólo la introducción nos lleva a una verdadera cripta, sino que su voz suena más afilada que nunca, como una bruja que nos lanza todo tipo de improperios entre conjuros y maldiciones. Esa misma voz que en “From The Ashes” pondrá el último clavo en nuestro ataúd.


No estoy afirmando que “Echoes Of The Soul” se vaya a convertir en piedra angular del death o un clásico atemporal, sólo que Crypta han grabado un magnífico disco de death que hará disfrutar a propios y ajenos. Por mucho que me joda la comparación, Crypta han ganado el combate a Nervosa y sólo puedo felicitar a Lira, Luana, Tainá y Sonia por este magnífico esfuerzo. Así se hacen las cosas…


© 2021 Lord Of Metal

Crítica: Billy Gibbons "Hardware"

Lo que parecía un aperitivo; “The Big Bad Blues” (2018), tras el descalabro de “Perfectamundo” (2015), se está convirtiendo en una espera interminable por la que, si soy sincero, tampoco puedo quejarme cuando en 2019 pude ver de nuevo a ZZ Top en directo. Pero así es como lo siento, si en “The Big Bad Blues” (2018), Billy se olvidaba de los experimentos y se centraba en lo que mejor sabe hacer, en “Hardware” continúa por la misma senda, pero se olvida de algo muy importante y es el desierto. A pesar de haber sido grabado en Palm Springs, y producido por Gibbons,  Matt Sorum y Mike Fiorentino, junto al ingeniero de sonido Chad Shlosser, y haber grabado el videoclip de “West Coast Junkie” en pleno Joshua Tree, “Hardware” acusa la falta del polvo que los de Tejas saben administrar tan bien en todos sus lanzamientos. En “Hardware” (cuyo título homenajea al difunto ingeniero Joe Hardy y su relación con la banda desde los ochenta), hay blues y rock, están todos los ingredientes de ZZ Top, excepto Frank Beard, Dusty Hill y esa sonoridad que echo de menos por la que “Hardware”, a pesar del boogie, se le siente sin el chili picante, sin el mescalero o el tabaco. Suena bien, muy bien, pero demasiado bien. ¿Me entiendes? 

 

Por momentos, suena aséptico, sintético, producido a la milésima, con escuadra y cartabón, contando los milímetros de los compases, eliminando cualquier rastro del ambiente, suena como un disco del 2021 con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. La interpretación de Billy es soberbia, a todos los niveles, las guitarra son calientes (no abrasivas, pero sí con sabor), la voz está en su puntito exacto y el acompañamiento de Matt Sorum y Austin Hanks está también a la altura de esa mezcla de blues y rock sureño que tan bien funciona en los dedos de Billy, pero insisto; no suena redondo.

 

“My Lucky Card” es buen ejemplo de ello, la canción basa todo su atractivo en un riff que es resultón, puro setentas, pero se echa de menos la presencia rotunda del bajo de Hill, quedándose en una canción bastante plana en la que la única ayuda es el slide en su mitad. “She’s On Fire” podría pertenecer a “Degüello” (1979) y tiene algo más de nervio, igual que “More-More-More” es puro ZZ Top con su encanto a lo Ernie Ford y, pese a que no sean argumentos suficientes, “Shuffle, Step And Slide” sí logra que entremos en calor, es blues y, aunque no sea especialmente enérgica, convirtiéndose en un boogie lentito, entra bien hasta la obligada balada, “Vagabond man”, con presencia del Hammond. En mi opinión ralentiza demasiado el álbum, como me ocurre con “Spanish fly” y su referencia afrodisíaca, aunque no sea la única mención a las drogas que suene en el álbum.


Así, “West Coast Junkie” parece el single perfecto, con su encanto surfero y sesentero, el polvo (ahora sí) del camino y ese aliño propio de Dick Dale & The Del Tones, aunque también es cierto que me sobran los samplers antes del solo. “Stackin’ Bones” cuenta con Larkin Poe y se beneficia del contraste de los coros con la voz rasposa de Gibbons. “I Was A Highway” es un acierto y refresca la recta final de un álbum en el que, además de “S-G-L-M-B-B-R” y su sensación de improvisación, cuenta con una versión de “Hey baby, que pasó” que le sienta maravillosamente bien a Gibbons. Empero, algo de urgencia no le habría venido mal, y la cinemática “Desert high” evocando a Parsons, Waits en el tono y todo el Joshua Tree en sus guitarras, es el broche. Un final más que digno a un álbum lleno de subidas y bajadas, de momentos francamente olvidables, junto a otros en los que produce auténtico placer escuchar a Gibbons.


A estas alturas de la película, ya da igual que ZZ Top vuelvan o no al estudio, tan sólo que sigan entre nosotros, mientras Gibbons siga orbitando en nuestro mismo mundo, grabando versiones de “Hey baby, que pasó” y disfrutamos de su disco junto a un margarita. No podemos pedirle más, pero sí que lo esperábamos, aunque la intención del propio Gibbons parezca ser justamente esta, pasarlo bien y seguir a lo suyo, punto. 


© 2021 James Tonic

Crítica: Impaled Nazarene "Eight Headed Serpent"

Si no conoces, si no escuchas, si no sabes nada de Impaled Nazarene, seguramente, Attila, Gaahl y Fenriz estén ahora mismo tocando en la puerta de tu casa para retirarte el carné de metalero extremo; arrancarán tus posters de las paredes de tu cuarto, se ciscarán en tus vinilos de colorines y tu colección de latas y botellines, rajarán tus camisetas y parches, romperán tu vieja entrada de HIM (cuando creías que eras malo, mala o “male” y pensabas que aquello era metal) y te dejarán tirado en el suelo, llorando mientras cantas "Boulevard of Broken Dreams", que es lo que de verdad escuchas cuando ninguna red social te ve. Si, por el contrario, los conoces o no lo suficiente, pero estás deseando o sabes de la importancia de ellos como banda seminal, bienvenido a esta humilde crítica. Impaled Nazarene publican su primer álbum en siete años, tras "Vigorous and Liberating Death" (2014), y me encuentro con una banda (a la que pude ver en directo, de nuevo, hace ya casi tres años) que ha vuelto a firmar un álbum notable, en pleno ejercicio de facultades, muy en la línea del anterior, lejos de sus obras maestras; "Ugra-Karma" (1993) y "Suomi Finland Perkele" (1994), pero conformando una discografía sólida y negrísima como el alma de Mika Luttinen, por la que parecen que Impaled Nazarene se mueven únicamente bajo sus propios deseos, desatendiendo cualquier corriente o expectativa. 

Grabado en los Revolver studio de Finlandia, "Eight Headed Serpent" es un camino serpenteante a través de la locura, el caos y la oscuridad, desde la inicial "Goat of Mendes" con Repe castigando los parches y Mika gruñendo a la luna, mientras Tommi convierte su guitarra en un cohete. Canciones de apenas tres minutos (si exceptuamos la farragosa “Foucault Pendulum”), como “Eight Headed Serpent” en la que parecen pisar aún más el acelerador del tempo o la atropellada “Shock and Awe”, en un disco en el que todas poseen el carisma y las maneras para alojarse en tu memoria. “The Nonconformists” es punk mezclado con black, sin complejos (igual que ocurre con “Human Cesspool”), dando un resultado tan sabroso como ardiente, igual que “Octagon Order” y su espíritu y gusto por los coros cafres y la velocidad de Tommi. “Metastasizing and Changing Threat” recuerda a Marduk, pero no pasa nada, como "Debauchery and Decay” les hace abrir las pesadísimas puertas del black metal para entrar invocados a través de ellas.

La recta final destila la misma quina que el comienzo del álbum, pareciendo que Impaled Nazarene no han querido darnos un solo respiro, no sólo en el filo de su metal sino también en su inspiración y trabajo compositivo; cuesta olvidarse del estribillo de "Triumphant Return of the Antichrist”, como no sentirse agredido con "Unholy Necromancy" y al rotundidad del bajo de Mikael Arnkil (Arc v 666) o el ejercicio de black que es “Mutilation of the Nazarene Whore” para concluir semejante esfuerzo con la épica “Foucault Pendulum”, lenta pero majestuosa, más cerca del doom que del black pero, ¿qué más da? Esto es lo que ocurre cuando no tienes que pretender nada, simplemente ser uno mismo.

Impaled Nazarene, como tantos otros, siguen conservando intacta toda su magia, ajenos a todo, convirtiéndose en uno de los secretos mejor guardados del metal extremo y la gélida Finlandia, grabando discos de calidad con la misma fiereza, inteligencia y olfato de hace treinta años. No es su mejor álbum, pero no hace falta, claro que no; notable y agresivo, inspirado y aterrador, su pura esencia…

© 2021 Lord Of Metal

Crítica: Anatomia "Corporeal Torment"

No hace mucho, un amable lector se quejaba amargamente de que en los últimos años parecíamos habernos centrado en reseñar lanzamientos más underground que de costumbre, cuando lo cierto es que aquí, en nuestra web, conviven textos de artistas plenamente ‘mainstream’ con otros, quizá sí, más de culto y casi todo tipo de géneros; que no es una tendencia sino, simple y llanamente, escribir de lo que nos gusta. Pero, ¿qué culpa tenemos nosotros de que, en muchas ocasiones, la emoción esté alojada en sellos pequeños, en lugar de grandes multinacionales? En el caso que nos ocupa, Anatomia, es una banda japonesa con cuatro discos ya en su haber y una tonelada de splits y EPs que harán las delicias de cualquier aficionado y la tortura para los bolsillos de cualquier coleccionista. En mi humilde opinión, Anatomia alcanzaron el cielo con “Decaying in Obscurity” (2012), sin desmerecer "Dissected Humanity" (2005) y "Cranial Obsession" (2017) y he de reconocer que, por ahora, su segundo álbum seguirá siendo aquel con el que comparemos cada lanzamiento, ya que "Corporeal Torment" siendo un buen título y rozando el notable, se queda lejos del sobresaliente. Otra cosa muy diferente es su cuidada edición, a cargo de MeSacoUnOjo Records.

Para aquellos que no sepan de Anatomia, tan sólo decirles que los japoneses practican un doom/death, que recuerda levemente a Undergang en esto último, no sólo en sus momentos más death y en la fuente de su logo sino también en su producción. "Corporeal Torment" suena como los daneses, pero más seco y más crudo, algo que favorece lógicamente a su doom, como ocurre en “Dismemberment” y la mezcla y pútrida sensación de estar arrastrándonos lentamente en un camposanto, pero apestando a puro death. Tampoco es un doom puro, ya que Anatomia no tienen miedo en mezclarlo con dosis generosas de death y la voz retumba hasta perder su humanidad y sonar como una profundísima gruta, mientras relata la letra. Un álbum en el que hay grandes aciertos como “Slime of Putrescense” y ese regusto a Hellhammer en sus casi nueve minutos, cambios de tempo y compases más thrashys se mezclan con doom de alto octanaje para despedirse con un siniestro bostezo de ultratumba.

El toque atmosférico lo aporta “Despaired Void” de manera sobresaliente, transmitiendo amargura y desesperación, muerte y podredumbre. Pena es el final de esta y el comienzo de una pieza o coda de veinte minutos en la que más que asustar su duración, lo hace su falta de ideas. “Mortem” es oscuridad y frialdad, es energía estática haciendo vibrar el cono de sus amplificadores, pero también es pretenciosa y forzada, se siente como una canción menor de la que han querido extraer minutaje extra sin complicarse demasiado y, siendo la mitad del álbum, le hace bajar drásticamente su nota. Burbujeos y goteos, sangre y pócimas, tierra revuelta y raíces, humedad y gusanos, claro que sí, pero también tedio en una parsimonia que se alarga hasta el letargo. 

"Corporeal Torment" es un disco para disfrutar a solas, para tumbarse en la cama y ponerse unos cascos mientras uno planea minuciosamente su suicidio, es completamente disfrutable, pero se queda lejos de la obra que muchos esperábamos. Una pena, porque los japoneses lo tienen todo en su poder para triunfar como Bell Witch o Undergang. Sólo el tiempo nos dirá si fue un traspiés y la infantil trampa del infante que copia en un examen o la picardía de un adulto que no tiene más material para el álbum y decide colarnos una pieza de veinte minutos repleta de relleno. Una auténtica pena porque hay grandes ideas en "Corporeal Torment" y lo sabes, sean underground. no…

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Crítica: Seth "La Morsure du Christ"

El mundo del black metal, más allá de todo estereotipo y amarillismo pasado, lo cierto es que está perlado de románticos irredentos que siguen intentando colarse en el imaginario más adolescente de cualquier seguidor, sea de la edad que sea. En el caso de los franceses Seth, de sobra conocidos en el mundillo, con una obra como “Les blessures de l'âme” (1998), este regreso con un disco como "La morsure du Christ" (La mordedura de Cristo o, fonéticamente: La muerte de Cristo), es un regreso más que esperado tras ocho años desde "The Howling Spirit" (2013) y repleto de buen saber hacer, pero también fantasía y el necesario peaje anti-cristiano por el que ellos mismos creen que el incendio de Notre Dame simboliza el fin del cristianimo y el fantasma engañoso de un Cristo que pretende engañar a la humanidad, dando como resultado una impactante portada (obra de Leoncio Harmr) que cautivará a todo seguidor del subgénero. Partiendo de la base de que amo el black metal, que siempre me ha parecido un teatrillo adorable (incluso en sus últimas consecuencias en la escena europea de primeros de los noventa) pero considero también que el incendio de Notre Dame es una tragedia irreparable, debo intentar abstraerme de semejante soplapollez de una banda que acepta su legado con “Les blessures de l'âme” e intenta inflamar la llama con un álbum que, honestamente, suena fabuloso gracias al trabajo de Francis Caste.

“La Morsure du Christ” comienza sin rodeos, con la canción que da título al álbum y no podía sonar más old-school, blast beats furiosos, afiladas guitarras, el gañido de Saint Vincent y un torbellino de azufre y fuego golpeándonos. “Métal Noir” cambia el tempo y las guitarras se tiñen más de emoción que de rabia, los teclados de Pierre Le Pape hacen el resto y Seth despegan con un álbum que, claro que recuerda a “Les blessures de l'âme”, pero también suena contemporáneo a pesar del inevitable sabor añejo que antes mencionaba. La épica no les abandona y suben su intensidad en “Sacrifice de Sang”, a pesar de convertirse en otro torbellino sangriento, como “Ex-Cathédrale” y su forma de permanecer en tu cerebro gracias al magistral trabajo en las guitarras. 

“Hymne au Vampire (Acte III)” es el homenaje necesario a “Les blessures de l'âme” y las dos primeras partes de una canción que aquí, los franceses, han sabido continuar con maestría y dignidad, veintitrés años después. “Les Océans du Vide” es todo un viaje en el que Pierre Le Pape ha tenido mucho que ver, siete minutos de Alsvid golpeando con fiereza los herrajes de su batería para llegar al infierno y, de nuevo, Drakhian y Heimoth firmando algunos de los mejores trémolos de todo “La Morsure du Christ”. Para culminar semejante obra del black, “Le Triomphe de Lucifer” que parece reflejar los instantes en los que el fuego tomó la estructura de Notre Dame y convertirla en una enorme bola de fuego, cinco minutos de pura maldad firmados en el corazón de Francia. Como regalos, las versiones a sintetizadores de "Les Océans du Vide" y "Sacrifice de Sang", para coronar un espectacular regreso. Quien diga que ya no se hace black metal como el de antes, se equivoca, Seth demuestran que el frío noruego caló hasta los Pirineos y Seth lo supieron capturar. Un disco notable, sólido y magníficamente compuesto e interpretado.

© 2021 Lord Of Metal
Pic by © 2021 Andy Julia

Crítica: Twenty One Pilots "Scaled And Icy"

‘’I wanted to feel like I was turning lights on’’ (‘’Quería sentir que estaba encendiendo luces’’). Esto decía Tyler Joseph sobre ‘’Good Day’’ la canción inaugural de ‘‘’Scaled and Icy’’ (2021) días antes de su publicación y es que su reciente paternidad no sólo ha cambiado su vida sino también el élan vital de Twenty One Pilots. En este nuevo y esperado álbum cambia totalmente la dinámica a la que nos había acostumbrado estos últimos años. En “Trench” (2018) luchábamos por salir de ese estado de depresión, contra la ansiedad y las inseguridades. Huir de “Dema”, su particular cárcel, es el objetivo principal del antecesor de ‘’Scaled and Icy’’. La cohesión de éste junto a un sonido postindustrial mucho más maduro llevó a los chicos de Ohio a lo más alto de las listas durante semanas, encumbrando una carrera que hace mucho despegó sin ninguna intención de bajar el ritmo. 

‘’Good Day’’ nos habla de la negación como parte del proceso de aceptación de cualquier problema al que nos enfrentemos, de aprovechar esos momentos en los que nos sentimos positivos para sacar lo mejor de nosotros. El suave y danzante sonido del piano nos transporta a un clima desenfadado y boyante. ‘’Choker’’, segundo single, continúa con esa misma dinámica y nos transmite el rechazo a la cobardía y la falta de iniciativa que puede adueñarse de nuestra vida si no ponemos remedio. Este tema con fuertes influencias electro/pop consigue encandilar y acentúa el gran trabajo de Tyler Joseph no solo como compositor principal sino también como productor. ‘’Shy Away’’ se convirtió en el pistoletazo de salida de esta nueva etapa al ser el primer single, publicado junto a un videoclip lleno de color que marcaba el camino. 

‘’The Outside’’ nos sorprende con un Tyler Joseph surfeando las líneas sobre un ritmo de R&B y Soul al más puro estilo siglo XXI. A pesar de que ‘’Never Take It’’ no acaba de convencerme del todo, es una muestra de que unas guitarras bien pulidas propias del rock tampoco se le resisten a estos chicos. Los tres temas siguientes ‘’Mulberry Street’’, ‘’Formidable’’ y ‘’Bounce Man’’ prolongan el paseo por esta realidad emocionalmente encantadora. Pero, como no podía ser de otra manera, “Dema” acaba por hacer acto de presencia y ‘’No Chances’’ da un golpe en la mesa con la sencillez inmaculada del que doma perfectamente su estilo, abrillanta una base electrónica de lo más oscura y adorna esos ritmos con una lírica convincente. ‘’Redecorate’’ aterriza y nos atropella con la idea más tétrica de qué es lo que harían nuestros seres queridos con todas nuestras pertenencias una vez nos hayamos suicidado. Expresado como si de una nota de suicidio se tratara, este tema nos hunde y acompaña de forma refinada a través de esos conceptos macabros, recordándonos que nunca podremos estar a salvo del todo de nuestros fantasmas.

Tras un año duro, chocante y excepcional, en el que nos vimos obligados a congelar nuestras vidas durante meses, Twenty One Pilots nos prueba que si escogemos detenidamente aquello en lo que de verdad vale la pena enfocarse podemos cambiar todo lo que nos rodea y desenterrar lo mejor de nosotros, esas ganas de vivir que nacen de haber conocido las profundidades del pozo y haber sabido que una vez tocado fondo, lo mejor está por venir. 

© 2021 Jena X

Crítica: Architects "For Those That Wish to Exist"

Igual que no puedes culpar a alguien por tener ambición, tampoco puedes culparle cuando fracasa, pero sí cuando, para lograr algo más, se deja todo por el camino. Como tampoco puedes culparme por tardar en escribir de un disco que, según se publicó, perdió todo mi interés; si hubiese escrito sobre él, al segundo de publicarse o filtrarse, con el promo aún calentito, y escribo mal sobre sus canciones y la evolución de la banda, creerás que me faltan escuchas o que soy de esos inmovilistas que machacan a los artistas cuando no me ofrecen lo que quiero. Pero con “For Those That Wish to Exist” (2021) había un interés por parte del creciente público de Architects, por demostrar que han salido del agujero que provocó la muerte de Tom Searle para descubrir, meses más tarde, lo que muchos ya pensábamos en “Holy Hell” (2018) y es que la baja de Searle resta demasiado a una banda en la que uno adivina que toda la tarea compositiva corría a manos del malogrado guitarrista. Pero “Holy Hell” engañó a muchos, fundamentalmente a esos chavales y chavalas en su veintena que corrieron a tatuarse el logo de la banda y creían escuchar en ellos canciones con más calado del que realmente poseen. “Holy Hell” engañaba porque la herida era reciente, porque las orquestaciones enlatadas y, seguramente, las sobras de Searle hicieron el resto junto a miles de cabezas que dotaron a aquellas canciones de una carga de profundidad que ahora descubrimos que no existía; fue un engaño perpetrado por ambas partes.

 

Venga, sincronicemos nuestros gustos para poder seguir despellejando semejante lanzamiento, que sí, que "Lost Forever // Lost Together" (2014) es su mejor obra, "All Our Gods Have Abandoned Us" (2016) y  "Hollow Crown" (2009) discos notables que aguantan el tiempo, claro que sí, pero no nos quedemos en los logros pasados -aunque caídas a los infiernos también ha habido, el inicial "Nightmares" (2006) posee todos los pecadillos de juventud, "Ruin" (2007) aprueba justito y "The Here and Now" (2011) era su peor álbum hasta este último título que nos ocupa, tampoco nos emocionemos-, juzguemos el presente; mi querido Josh Middleton (Sylosis) se incorpora para echar una mano, no sólo en directo sino también en el estudio (lo que me sorprende y mucho, aunque comer necesitamos todos) y la banda, como muchas otras, comienza a ciscarse en el metalcore a causa de una forzadísima madurez que se traduce en una suerte de experimento que podríamos llamar Bring Me The Architects con un álbum como "For Those That Wish to Exist" (2021) y una plétora de colaboraciones y músicos que podrían augurar el “Abbey Road”  del subgénero y, sin embargo, se queda en un batiburrillo de guitarras gruesas pero domesticadas, voces melódicas que, en muchas ocasiones, en lugar de escuchar a Sam Carter con Josh y Adam en los coros, nos hacen creer estar escuchando a tres ardillas puestas de helio hasta las cejas. Sorprendiéndome, más aún, que el bueno de Dan Searle esté tras la producción vocal. ¿Qué ha pasado?

 

Pues algo tan sencillo como que Architects quieren su pedacito del pastel, ese mismo que se está comiendo una banda como Bring Me The Horizon por lo que, paradójicamente, están publicando los peores discos de su carrera, pero a nivel comercial les va estupendamente. Quince canciones, un disco innecesariamente extenso, con una introducción como "Do You Dream of Armageddon?" que anuncia una llegada épica que desemboca en "Black Lungs" y el melodrama elevado a la enésima potencia (por Dios, ¿qué ha pasado en la voz?). Si de drama andan sobrados, no en el apartado compositivo, las guitarras son sencillas y abusan de los efectos electrónicos, del colchón de Dan. Con todo "Black Lungs" y su efectista y ramplón riff es de lo mejor junto a “Animals”, imaginemos cómo es el resto cuando "Giving Blood” y “An Ordinary Extinction” son tan decepcionantes; la primera por facilona e infantil, sonando a descarte, y la segunda porque parecen Rammstein cuando se ponen pedorros y lentos. “Discourse is Dead” es otra de las agraciadas, no es que sea una maravilla, pero es de lo mejor de "For Those That Wish to Exist" junto con “Animals” y “Black Lungs”; sí, así está de bajo el listón, porque la canción per se es mala con ganas y su estribillo carece de emoción pero, al menos, no suena tan blanda y poco inspirada como el resto. “Dead Butterflies” es pegadiza por su electrónica, pero insustancial; imagino que a muchos chavales les encantará y hará sentir muy profundos, yo no puedo con ella porque es escuchar cuatro compases y saberme de memoria los siguientes cuatro minutos y tampoco me gustan las voces, más propias de NSYNC.

 

"Impermanence" cuenta con la ayuda de otro de esos artistas, ahora maduros, que han visto la luz y reniegan del metalcore, me refiero a Winston de Parkway Drive, aunque este no pueda sumar a una canción tan sencilla y horrenda, con Dan Searle marcando lo que parece el paso de una charanga. No será la única ayuda en un disco que no las necesita para hundirse en el fangoso fondo de la más profunda de las simas marinas; Mike Kerr de los casi-extintos Royal Blood (otro hype y de los buenos) trae su mediocridad a “Little Wonder”, como Simon Neil de los hiper-inflados Biffy Clyro hace lo propio en “Goliath”. “Demi God” demuestra que una de las pocas cositas buenas que incluye el disco, es el trabajo de Dan en los sintetizadores. Pero lo peor está por llegar y en este álbum es así siempre que metemos el pie hasta el fondo; si una canción tan horrososa, pornográfica en su búsqueda de los sentimientos y vergonzosa en su instrumentación como es la última “Dying Is Absolutely Safe” nos amarga el trago final, no es comparable a la sensación de estar escuchando pop del malo con “Meteor” y tener que comprobar que no estamos escuchando otro artista por error cuando este es el sonido de Architects buscando calderilla en los bolsillos de sus nuevos seguidores; esos que tras la pandemia y una regia dieta de música en directo, serán capaces de vivirlo todo como si fuese el fin del mundo.

 

En el anterior disco, “Holy Hell”, no faltaron los descerebrados que lamieron hasta el último esfínter de Sam, asegurando que podrían interpretarlo en el Albert Hall, pues bien, “For Those That Wish to Exist” es la clara constatación de que la muerte de ambas partes no supondría nada al mundo y que Architects se perdieron para siempre el día que Tom abandonó este mundo y ellos sacaron tajada a semejante dramón. Suerte, paciencia y estómago para los que se queden los últimos, presenciando un estertor tras otro…

 

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