BLUT AUS NORD o el puto color que cayó del cielo...

Los franceses regresan al black y graban un álbum tan alucinógeno, como de otro mundo.

"Walk The Sky" de ALTER BRIDGE; cuando innovar no siempre significa progreso.

En riesgo de estancarse si no rescatan a la musas que les abandonaron tras "Fortress"...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

Crítica: Annihilator “Ballistic, Sadistic”

Lo que me ocurre con Annihilator es que su música más reciente, sin ser la octava maravilla y no habiendo levantado la cabeza en años (a pesar de algún que otro buen momento), Jeff Waters es un tipo que me cae bien y hasta simpático, es un músico trabajador, incansable y al que tengo gran cariño. “For The Demented” (2017), tal y como escribí en esta web, era un disco templado con malos momentos y los buenos no tan buenos, siendo Waters incapaz de ocultar las referencias y sí su incapacidad para componer un álbum que soporte sucesivas escuchas sin que se desmorone. 

Su discografía, desde “King Of The KIll” (1994) o, como mucho, “Refresh The Demon” (1996) hace aguas y tan sólo puedo salvar “Carnival Diablos” (2001) o un “Schizo Deluxe” (2005) que, sin ser “Never, Neverland” (1990) o la obra maestra que es “Alice In Hell” (1989), aguantan esas escuchas mencionadas. Y lo que siento con este último, “Ballistic, Sadistic”, es que es tan engañoso como cualquiera de los últimos títulos de Waters y tras su supuesta vuelta a sus raíces, su endurecimiento en el sonido y velocidad en la batería (señas que regresaron con “For The Demented”), el álbum no esconde nada más. Producido por el propio Waters, no tengo quejas excepto de la compresión, e instrumentalmente está a un excelente nivel, siendo el gran problema de este álbum que, cuanto más lo escucho, menos me dice y en muchas ocasiones, siento estar escuchando a Waters emulando a Mustaine en su fraseo cuando no lo necesita en absoluto. Por otra parte, la música de Waters y Fabio Alessandrini se ha convertido en un pastiche de thrash y metal genérico que no aporta nada a la escena, el oyente o la propia leyenda de Annihilator. ¿Estamos hablando de un álbum malísimo cuando en la mayoría de webs, supuestamente especializadas, le otorgan tres y cuatro rayos o manos cornudas? No, Waters es incapaz de grabar algo horrendo, pero si -como ya comienza a ser habitual en él- algo mediocre, indigno de su altura.

“Armed to the Teeth” me gusta y es un gran arranque para un álbum en el que no sobran las canciones con gancho (“I Am Warfare”), buen estribillo y nivel, de ella me gusta el riff entrecortado con el que abre y cómo las guitarras dialogan, además Waters suena mucho más natural y no tan forzado en las voces; canta con rabia, la guitarra escupe riffs y Fabio golpea con fiereza. Un espejismo que rápidamente se desvanece en una masilla de canciones que, como “The Attitude”, suenan puramente adolescentes, o repetitivas como “Psycho Ward”. “I Am Warfare” es una de las mejores, quizá por su melodía, quizá porque suena más fresca o, porque simple y llanamente, está hecha a la medida de Annihilator. El single “Dressed up for Evil”, aunque Waters vuelva a sonar como Mustaine, es pegadizo y sus riffs están bastante más trabajados que números tan horrendos como “Out with the Garbage” o la propia “Riot”, canciones de puro relleno que comparten espacio con otra más trabajadas y que no muestran el empeño de Waters por regresar a unos años juveniles que ya pasaron y nunca volverán, que quizá debería aceptar.

Ese quizá sea el talón de Aquiles de un disco en el que “The Attitude”, “Riot” y las penosas “Lip Service” o “One Wrong Move” muestran al Waters más complaciente; en un nivel creativo tan bajo que firma versos verdaderamente vergonzosos y rimas infantiles, todo mezclado con riffs corrientes y molientes, dejando en mucha mejor posición a un disco como “For The Demented”. Pero, lo que más me sorprende, es que cierra el álbum con “The End of the Lie”, demostrándome que es capaz de lo peor pero también lo mejor, que esta última canción junto a “I Am Warfare” o “Armed to the Teeth” deberían haber sido la tónica a seguir. ¿Cómo es posible que no haya continuado por esta senda si lo que quería era recuperar parte del espíritu de Annihilator? Como dije en mi anterior crítica, Waters parece incapaz de conectar con su glorioso pasado o pasar una noche con las musas que le inspiraron para grabar semejantes canciones, sigue inmerso en la zona gris y es una auténtica pena…

© 2020 Lord Of Metal



Crítica: Blessed Black “Beyond The Crimson Throne”

Hace ya mucho tiempo que mi gusto se deleita con los ralentizados tempos del doom, lo vasto de sus graves, la humedad de camposanto y el color púrpura, sus tortuosas melodías y mortuoria estética. Blessed Black son una banda de Ohio que no hacen un doom puro (no esperes la bajada de tono de With The Dead), sino que su propuesta bebe también del stoner y el heavy más clásico, sin que ello desdibuje lo escrito anteriormente sobre un subgénero que ha resurgido en los últimos años y aparentemente goza de una salud razonablemente buena. Y, si bien Blessed Black, son una nueva formación, sus formas y estética musical sí da algunas pistas de por dónde van los tiros; desde la portada de Solo Macello (Black Rainbows, Sadist o Tytus, entre otros), hasta unos riffs gruesos que crean la suerte de viscosidad que tanto me gusta y tiñe su música de rojo oscuro sobre cuero negro, además de unas gotas de serie B.

Algo de Crunch y “The White Wolf”, junto a la electricidad estática, nos hacen sentir como en casa; cae la batería con cierta parsimonia, la melodía central se repite una y otra vez hasta lograr cierto efecto hipnótico y la guitarra solea con retazos de medios y un sonido redondo como pocos, hasta “The Black Gate” en la que, en efecto, parecen abrir enormes puertas de oscuridad. Es verdad que no hay nada nuevo en muchas de las canciones de Blessed Black pero la mezcla de los elementos anteriormente descritos sí logran que el resultado sea apetecible; como si la propuesta cáustica de Kylesa se hubiese entremezclado con la de Elder y cierta elegancia nocturna.

“Heavy Is The Crown” (grandísimo título para una canción) nos lanza al trote y Blessed Black parecen más indómitos, les sienta bien y Joshua Murphy, su vocalista, también sube el tono, con lo que la propuesta se acerca ligeramente a la de High On Fire pero con un regusto más por el heavy clásico. “The Shadows” ofrece algo más de Groove y “Arioch's Bargain” sirve de contrapunto, de blanco sobre rojo, de violencia setentera, regusto rancio (pero sabroso) al heavy que una vez dominó el mundo y un poquito del sonido NOLA, no podría pedir más. “Finding the Limits” (el solo final es puro sentimiento y algo de abrasión), cambia el último tercio del álbum, ese que se cierra y despide con el bajo de “Stormbringer” y nos devuelve a High On Fire o las melodías vocales de Mastodon (sin el peculiar maullido de Hinds, que conste), en un disco que, sin sentir que sobra nada, se hace breve -lo que es bueno- y deja con ganas de más; estribillos resultones pero no empachosos o fáciles, riffs ya conocidos pero con fondo y una interpretación, la de Joshua Murphy que, en posteriores escuchas, se descubre como uno de los grandes elementos de “Beyond The Crimson Throne”.

Te gustará si disfrutas de los citados Black Rainbows, Kylesa, High On Fire e incluso The Sword, una propuesta sencilla por cuatro tipos de Ohio que, sin grandes estridencias o malabares, se han colado entre el resto de bandas y, aún a sabiendas que “Beyond The Crimson Throne”, podría haber sido un disco más redondo -a falta de un par de canciones -, no tengo queja alguna y sí me hace desear su continuación. Bendito olor a camposanto y cuero de mentirijilla, bendito sea, hermanos…


© 2020 Conde Draco


Crítica: Sons Of Apollo “MMXX”

Todavía resuenan en mis oídos los divertidos y airados comentarios de los nuevos millennials sobre mi crítica de “Psychotic Symphony” (2017). Esos chavalitos con más principios y comprometidos que los de Mayo del 68, más solidarios e íntegros que los padres que han pagado su inútil sobreformación y con una cultura tan vasta y amplia como para haber escuchado a los Genesis de Gabriel desde los 6 años, recitar las formaciones de King Crimson desde la pubertad y manejar con soltura las referencias de Jean-Luc Godard o Igmar Bergman para dar lecciones en efímeras redes sociales, esos mismos, sí, esos de los que habitualmente me descojono. Pues bien, todos esos y alguno de sus hermanos mayores (igual de bobos que ellos), dedicaron su precioso pero infinito tiempo libre en escribirme correos electrónicos por lo que dije de “Psychotic Symphony” (que tampoco era para tanto, pero así es esta subespecie; se siente atacada y herida por todo) pero el tiempo, muy cabrón él, ha venido a darme la razón de nuevo. Pude ver a Sons Of Apollo (menudo nombre más pretencioso y ridículo) en Francia durante la presentación de su debut y, tras los innecesarios bajos y guitarras de doble y triple mástil, el doble bombo de Portnoy y la batería de teclados de Sherinian, lo único que nos encontramos fue el vacío más absoluto. Así ocurrió que, tras las primeras canciones, la gente abandonaba su actuación para, en pleno festival, acudir a los escenarios pequeños en los que (por mucho que me joda el tópico) se sigue cociendo a fuego lento las grandes actuaciones. ¿Qué ocurrió?

Muy sencillo, Sons Of Apollo son cinco músicos extraordinarios (de verdad, de la buena), cinco maestros de su instrumento, cinco genios absolutos que Portnoy ha reunido entorno a su figura (como el que crea una formación de ensueño en el videojuego de una videoconsola) pero que cuando se juntan, después de exhibir todos sus trucos de magia, no hay nada. Las canciones de Sons Of Apollo no son malas, son aburridas, están huecas, no hay profundidad más allá de la interpretación de cada uno de ellos, no hay un trabajo previo sobre el papel que sea fruto de la chispa o inspiración; hay calidad, pero sólo en la forma y no en el fondo. Además, esa intención que ha matado todo espontaneidad o genialidad, es aún más palpable tras las críticas unánimes a su debut y es que, además de vacío, aquel “Psychotic Symphony” pecaba de blandura; había tan poca contundencia o dureza en sus surcos, tanto medio tiempo y balada ñoña, que Sons Of Apollo parecían una formación muy diferente a la que se empeñaban en promocionar. En directo compensaban aquella sosez con grandes dosis de la crudeza del directo y Portnoy apuntaba en su moleskine que, para este segundo álbum, tenían que endurecer su sonido, como fuese…

Así, “MMXX”, suena más robusto que “Psychotic Symphony” pero, de nuevo, es tan sólo el papel celofán que envuelve unas composiciones pueriles. Sirva el ejemplo de “Goodbye Divinity”, en la que la introducción está metida con calzador, luego entra la canción y nos muestra unas estrofas y un estribillo sin dificultad, tras los que Sherinian tiene que aventurarse a rellenar, Sheehan está desaparecido y es Bumblefoot el que, sorprendentemente, brilla con luz propia y se descubre como un músico a la altura del resto de sus compañeros, a lo largo de todo el álbum. Y escribo esto porque Bumblefoot, quizá por su colaboración con Guns N’ Roses, siempre me ha parecido que es subestimado como músico.

Pero lo que hace aún más poco creíble el trabajo de Sons Of Apollo es la escucha de canciones como “Wither To Black” o “Asphyxiation”, que no son más que hard rock sin peligro en las que, como en “Goodbye Divinity”, son Bumblefoot, Sherinian y Sheehan los que se las tienen que trabajar en lo cosmético sobre unas estructuras simples y sin riesgo alguno; no hay progresión y sí algún momento sonrojante, de riff djent, que no encaja para nada en esta banda. “Desolate July” es el medio tiempo necesario y Portnoy lo sabe, por eso está en cuarto lugar y no en otro, de nuevo es Bumblefoot el que la salva, sorprendiéndome también lo poco imaginativo que está Jeff Scott Soto; no suena mal, hay potencia en su voz, pero todo el disco en el mismo registro.

“King Of Delusion” son nueve minutos (ocho, si quitamos el primer minuto), de progresivo genérico del más blando y tontorrón que podamos encontrar en un lineal del supermercado de Steven Wilson (nada más que hay que escuchar sus transiciones y la forma en la que, por ejemplo, entra Sherinian y une las dos mitades de la canción), los ‘breaks’ de “Fall To Ascend” son tan previsibles como tediosa la canción, como “Resurrection Day” y sus ripios (las rimas de sus versos causan vergüenza ajena, la guitarra de Bumblefoot aquí muestra un músculo innecesario y, en general, sus cinco minutos carecen de interés o sorpresa para el oyente) y, como buena receta, Portnoy -para colmo- nos reserva la obligada suite de quince minutos con la que cierra “MMXX”, “New York Today” en la que, de nuevo, se siente todo tan forzado como para que cada una de sus partes no formen un todo sino que se sienta unida a la fuerza, con la participación y exhibición de Sherinian (sigue siendo un genio tras los teclados), Sheehan y Bumblefoot.

Los fans del progresivo más experimentados pasarán de él porque detectarán todo lo escrito, los millennials (esos que, ante mi horror, aseguran escuchar de todo y una discografía cada día) querrán ver sus bondades y me volverán a escribir (aquí los espero), mucha suerte para todos aquellos a los que esta fórmula de grupo de estrellitas los engañe y se vean en directo cantando una mamonada como “Tengo Vida” (para colmo, mal traducida), yo no tengo tanta, y menos paciencia, como para perderla de nuevo con semejante peñazo.

© 2020 Jim Tonic



Crítica: Unfathomable Ruination "Enraged And Unbound"

Todavía hay gente que me suele preguntar por qué esta web, a pesar de tener un corte generalista basado en nuestros propios gustos, desde hace ya muchos años profundiza más en el metal que en ningún otro subgénero. La respuesta es tan fácil como obvia; porque no hay otro que aglutine semejante talento natural, habilidad, genialidad y libertad. Porque prefiero escuchar una y mil veces el último álbum de Wilderun (esa obra maestra titulada “Veil of Imagination”) que ese supuesto hype del low-fi más ñoño y aburridote que es "U.F.O.F." (2019) de Big Thief o el enorme cortarrollos que es Cigarettes After Sex y su patinazo post-acné con “Cry” (2019), porque hay más reaños y saber hacer, más talento, más habilidad compositiva y técnica en una sola canción de Unfathomable Ruination, por ejemplo, que en las discografías de todas las bandas indie, dreampop, slow, slowcore, ambient o gaze (Angel Olsen, Her’s, DIIV o Slowdive y naderías ramplonas por el estilo). Prefiero no seguir antes de que se me salten los fusibles…

Si conoces a la banda de brutal death metal de Londres, sabrás que quizá sean uno de los secretos mejor guardados del metal actual y que asistir a una gira suya junto a Archspire o Rivers Of Nihil seguramente sea una revelación. Sabrás también que no poseen un solo disco que baje del notable o sobresaliente, que “Misshapen Congenital Entropy” (2012), “Finitude” (2016) derrochan maestría y parecían hitos difíciles de igualar, pero heme aquí, escuchando "Enraged And Unbound" desde hace casi dos meses para atestiguar que este, su último álbum, no sólo supera a las dos obras anteriores sino que sitúan a Unfathomable Ruination a un nivel muy superior del habitual en el death metal porque, queridos míos; que una banda de death metal técnico presuma de pericia o habilidad con sus instrumentos es algo que parece tan natural como la asunción de la propia etiqueta, pero que además compongan bien y sean capaces de atraer la atención sobre las canciones, lejos del desencaje de mandíbula y el piropo fácil, no es algo tan habitual. ¿Cuántas veces te han recomendado una banda cuyo nivel técnico está fuera de toda duda, pero eres incapaz de acabar el álbum, de distinguir una canción de otra? ¿Cuántas veces pierdes el hilo entre enormes y larguísimos desarrollos que únicamente suelen enmascarar una baja habilidad para componer o escasez de ideas frente a la onanista maestría del guitarrista o el bajista y la maquinaría pesada en la que suelen convertirse los baterías? Estoy seguro de que miles de veces, pero no lo admites porque no es lo correcto…

Con Unfathomable Ruination y "Enraged And Unbound" te va a ocurrir lo contrario; vas a apreciar su extraordinario nivel mientras te enganchas a canciones técnicas, pero no distantes, como un cruce entre el brutal death de Cannibal Corpse y, a veces (en pequeñas pizcas), la accesibilidad de The Black Dahlia Murder. Eso sí, su vocalista Ben Wright no se anda con pequeñeces y sus guturales te van a devorar desde el primer segundo.

Sitúan inteligentemente la canción más extensa al principio del álbum, "An Obsidian Perception", y hacen que pase en un santiamén gracias a las dinámicas entre Herrera, Piazza y Law, mientras la batería no se come la mezcla y Wright nos ataca con su profundísima garganta. No poseen los solos espaciales de Archspire, lo de Unfathomable Ruination va por otro camino; más brutal, más directo, aquí hay vísceras y salvajismo, no complejas escalas de subida y bajada, la canción "Enraged And Unbound" pone la directa en el estribillo y “Codebreaker” te recordará levemente a Cattle Decapitation, quizá más por los gañidos (‘shrieks’) de Wright que por la composición en sí y es que este es quien parece atar los pies a la banda, para bien, por supuesto. Y mientras que los músicos juegan con acelerados tempos o el ‘sweep picking’ sobre sus mástiles, Wright tira de vísceras y, aún con diferentes registros, te hace sentir en terreno conocido.

Me gusta la introducción de “A Prophetic Compulsion” y la cantidad de riffs y ‘licks’ con los que nos deleitan, por no mencionar el grandioso trabajo de Doug Anderson pero, siempre, al servicio de las canciones. También me gusta el juego de dobles voces o la sensación de estar escuchando a otra banda totalmente diferente en “Maniacal Disillusion” o “Fibres” y sus estrofas tan trabajadas (directamente te vuelan la cabeza) de un trabajo que acaba como empieza, con dos barbaridades como “Occulta Violentiam” y, quizá mi favorita, "Protoplasmic Imprisonment", en un disco en el que hay tanto buen gusto (dentro de los parámetros del death metal, que nadie se asuste de la maravillosa y monstruosa estética) desde sus canciones a la magnífica portada del genio Eliran Kantor que produce verdadera vergüenza que alguien me vuelva a preguntar por qué prefiero escuchar y escribir sobre Unfathomable Ruination antes que del último disco de Blanco White o Two Gallants. Vamos, no me jodas…

© 2020 Lord Of Metal

Crítica: Oceans "The Sun And The Cold"

Cuando una banda debuta en un gran sello, como es Nuclear Blast Records, sólo hay dos posibilidades; la primera, que se trate de un orquestado hype, la segunda (y la que nos ocupa), que hayan sorprendido a propios y extraños con una calidad inusual y vean potencial en ellos. Ocean confirman lo exhibido en sus EPs y demuestran en “The Sun And The Cold” que su mezcla de death metal con post y algo de nu metal (no salgas corriendo y termina de leer esta crítica y escuchar el álbum, olvídate de tus prejuicios) aporta más y más capas a la doliente y tortuosa propuesta de los berlineses, cuando sus canciones tienen más que ver con el metal más profundo de la década que hemos dejado ya atrás que con cualquier ripio de los noventa, eso sí; tomando de aquellos años toda la amargura existencial a través de la voz de su guitarrista y vocalista Timo Rotten, todo un descubrimiento.

De esta forma, “The Sun And The Cold”, la canción que sirve de presentación y homónima al álbum, arranca con un trémolo más propio del black de manos de Patrick Zarske y la batería incansable de J.F. Grill, para arrancarse con unas estrofas más tranquilas y melódicas, jugando con el contraste entre agresividad y melancolía, toques minimalista de piano y un desgarrado final que enlaza con “We Are The Storm”, lo más parecido a un single, en el que no pierden un ápice de calado emocional y conservan la esencia del death metal en la segunda parte de la canción, justo cuando Rotten y Zarske cruzan sus guitarras y Grill se anima a perseguirles con su batería, convirtiendo la composición en algo muy diferente a lo que era, logrando la progresión de manera natural hasta la oscurísima gruta que es “Dark” en la que la banda alemana parece plenamente poseída y lo mejor quizá sean sus guitarras.

Pero hay más, mucho más, como esa exhibición sentimental que es “Paralyzed” y que conforma uno de los mejores momentos del disco por su fortísimo contraste y la facilidad de la banda surcando terrenos más propios del post metal, hasta ese otro single que es “Take The Crown”, alternando bonitas melodías con crujientes riffs y dobles voces o la genialidad que es “Shadow” por su juego entre subgéneros con notable resultado. Así ocurre con “Legions Arise”, cuando también juegan con la intranquilidad y la tensión en un medio tiempo hasta el encabronamiento posterior y el magnífico riff de los últimos dos minutos, el también excelente trabajo de Grill y la facilidad de Rotten por cambiar de registro constantemente sin que la canción se resienta.

La intimidad de “Polaris” es necesaria para mostrar también la faceta más taciturna de Oceans, cuando no se niegan a los sentimientos y recuerdan vagamente a Tesseract o Circa Survive pero es de nuevo Rotten el que marca la diferencia con las voces, dando la sensación de que Ocean poseen dos cantantes, cuando no es así. En "Truth Force Fed" parecen haberse recargado de mala leche, como una dinamo, en contraposición con esa otra genialidad que es “Water Rising”, entre el cabaret y el metal, o ese in crescendo -de nuevo por Tesseract o incluso Leprous, pero sin las voces de Tompkins o Solberg- que es “Hope” y que demuestra que “The Sund And The Cold” es un disco tan trabajado como atención necesita por parte del oyente, mostrando uno y mil recovecos, detalles y una profundidad inusual para tratarse de un debut. Oceans han aparecido en el mapa con una interesante paleta de colores ya conocidos cuya mezcla, sin embargo, es tan inspiradora como atractiva y de nuevo me sorprende que se trate de una banda novel, a la que habrá que seguir muy de cerca.

© 2020 Lord Of Metal




Crítica: Slayer "The Repentless Killogy"

Si estás leyendo estas líneas es porque, de alguna manera, te interesa Slayer. Una banda que algunos, inexplicablemente, atacan mientras otros la adoran hasta la obsesión enfermiza; que unos defenestran tras "Seasons in the Abyss" (1990) y otros, aún más auténticos, con "Reign in Blood (1986), mientras miles de chavales lamentan habérselos perdido en directo y otros contábamos sus actuaciones cual muescas en la culata de nuestros revólveres imaginarios. Todo vale para un nombre que ha trascendido el tiempo y se ha convertido en un reclamo intergeneracional que, nos guste o no (nos lo creamos más o menos), abandonan los escenarios en un dignísimo estado de forma con Bostaph tras los parches y el carismático Gary Holt con su ya memorable guitarra Dexter, siendo este "The Repentless Killogy (Live at The Forum in Inglewood, CA)", el supuesto testamento en directo de una gira inolvidable que he tenido la suerte de ver en más de media docena de noches y que me ha dejado un grandísimo sabor de boca. Atrás quedan los que reivindican a un auténtico monstruo como Lombardo, los que lloran a Hanneman y, tirando de cinismo, aseguran que esta no será la última gira de los de Huntington Park y, de todos los mencionados, estos son los últimos que deseo tengan razón.

Es cierto que Slayer tocaron, paradójicamente, el cielo con "Seasons in the Abyss" (1990), he de darle la razón a Albert Mudrian de Decibel Magazine pero también que, por el camino, hubo dignísimos momentos como "Divine Intervention" (1994) o "Christ Illusion" (2006), que todos sentimos la pérdida de Hanneman y la tristísima salida de Lombardo pero también hemos recibido con los brazos abiertos a Holt y Bostaph, dos músicos plenamente solventes que, a estas alturas de la película, no tienen que demostrar nada a nadie. Que “Repentless” no es una maravilla, pero si un noble ejercicio de estilo que les ha permitido pasearse por los escenarios y despedirse ahora que Tom Araya parece completamente saturado de la vida en la carretera y prefiere recuperar la suya propia, antes de perecer sobre un escenario.

Así, "The Repentless Killogy” mezcla la ficción con las canciones en directo pero tampoco te engañaré; no creo que sea el directo definitivo de Slayer (ese ya se publicó en 1991, "Decade of Aggression: Live"), no supera a “Through The Never” de Metallica en su narración y ni siquiera el repertorio es todo lo espectacular que debiera, así como el sonido o la realización de unas tomas en directo en las que se abusa de los mismos movimientos frenéticos y cambios de plano ya vistos hasta la saciedad. ¿Entonces? "The Repentless Killogy” posee la magia de la despedida, del registro, de la golosina para todos aquellos que los disfrutamos en esta gira y vimos a Holt romperse el cuello con los riffs de “Repentless” (recuérdalo, seguro que puedes y sientes todavía ese hormigueo en los brazos, vamos…), coreamos su estribillo, y gritamos "War Ensemble" junto a Araya. Las carreras interminables por conseguir las baquetas escondidas de Bostaph, peleamos por una maldita púa de Kerry y volvimos a casa más cansados, pero más felices porque de eso trata la música y su capacidad para conmover, remover las tripas de uno. La gracia de este directo es su valor documental, teñido por la nostalgia del recuerdo, no su valor per se, no es posible racionalizar aquello que es pura emoción.

Por supuesto, las lógicas discusiones sobre el repertorio serán las protagonistas de aquellos tristes que no entiendan nada de lo que escribo; si deberían haber incluido "Black Magic" en lugar de "You Against You", si ya estamos hartos de escuchar "Dead Skin Mask", Araya no llega a los altos del grito desgarrador de la grabación original de "Angel Of Death", si Kerry está únicamente interesado en el dinero y resucitará a Slayer en unos años, cuando la única verdad es que me costará digerir la ausencia del nombre de la banda en todo festival que se precie, según vayan pasando los años echaré aún más de menos verlos sobre el escenario y recordaré, con una sonrisa, todas esas noches que, desde "Divine Intervention" (1994) he podido verlos sobre las tablas; con Hanneman, con Lombardo, con Bostaph o Jon Dette, frente a esos pobres que nunca tendrán la oportunidad o prefirieron quedarse en casa (conozco a un par, como poco). Me siento afortunado y, como decía al comienzo de esta humilde reseña teñida de añoranza por una de mis bandas favoritas, sólo deseo que algún día regresen, los principios de cada uno me dan igual a estas alturas, “Vive rápido, a tope, sin arrepentimiento…”, pues eso.

Texto © 2020 Trve Lord Of Metal



Crítica: Strigoi "Abandon All Faith"

Siempre me ha llamado la atención Gregor Mackintosh porque, siempre, al margen de Paradise Lost, ha intentado compartir su particular visión del mundo, lejos del éxito de la banda de Holmes. Así, Vallenfyre parió discos de oscura belleza como "A Fragile King" (2011) o "Splinters" (2014), tampoco me olvido de "Fear Those Who Fear Him" (2017), y ahora que Paradise Lost se encuentran de nuevo en una transición tras “Medusa” (2017), Mackintosh ha creado un disco aún más oscuro (quizá por donde tendría que haber tirado Vallenfyre, aún a sabiendas de que son estilos diferentes) bajo el nombre de Strigoi, con la ayuda de Chris Casket (Devilment, Sanctorum), en un álbum como “Abandon All Faith” (muy en la línea poética de Paradise Lost) pero entre el death metal y el crust, algo impensable para el público gótico desnatado de los de Halifax (y me refiero única y exclusivamente a sus seguidores, no a la banda, a la cual respeto y amo) pero que al resto de su público nos vuelve a ofrecer esa mirada fría y oscura, lejos del pesimismo de Paradise Lost para abrazar la muerte y dejarse llevar en sus brazos. El propio Casket tras los mandos y, nada más y nada menos que Kurt Ballou de Converge en las mezclas; Strigoi son crudeza y violencia, mala leche y riffs hirientes que se incrustan en la memoria de aquel que los escuche con atención y, a poder ser, de madrugada...

Tras “The Rising Horde”, “Phantoms” es un golpe directo, Mackintosh canta en un tono más bronco que sienta fantástico a la música de Strigoi, las guitarras te envuelven y la batería entra en constante agresión. Cuatro minutos de brutalidad que cesan para que “Nocturnal Vermin” nos prepare de cara a “Seven Crowns”, más directa aún que “Phantoms” y un riff más propio del death and roll o el crust que del death metal más tradicional, ese que Mackintosh evoca en "Throne Of Disgrace". Me gusta lo enfermiza que resulta “Carved Into The Skin”, seis minutos de reptante oscuridad en los que Strigoi nos llevan a lo más profundo de sus tripas. Por el contrario, aunque disfruto “Parasite”, esta tarda en entrar, todo lo contrario que “Iniquitous Rage” en la que, como ocurría con "Throne Of Disgrace", Greg se saca de la manga un sonido más puramente ‘old-school’ que resucita al álbum en su recta final.

Y no es que “Abandon All Faith” se haga especialmente largo, canciones como “Plague Nation” o “Enemies Of God” son inoculadas a gran velocidad y hacen que uno se pregunte por qué Greg Mackintosh está tan emputecido y por qué no hay ni rastro de esta furia o mala leche en los últimos discos de Paradise Lost, ¿cómo es posible que un músico de cincuenta años ofrezca más furia y rabia que cientos de chavales de veintipocos? ¿qué le ha ocurrido a Mackintosh y por qué nada de esto se reflejaba en “Medusa”? “Scorn Of The Father” es una locura que desprende la podredumbre propia del buen death, mientras que situar la propia “Abandon All Faith” y su ritmo doliente (además de sus solemnes coros) al final, demuestra que Mackintosh y Casket han compuesto el álbum de Strigoi con el mimo que se merece y no hay un mínimo de azar o desgana en esta aventura en solitario del genial guitarrista y compositor de Paradise Lost.

Me queda únicamente la pena de saber que este tipo de proyectos no suelen tener el apoyo que se merecen, que -como ocurrió con Vallenfyre- seguramente Strigoi terminen desapareciendo pese a las buenas ideas y el mejor saber hacer. Que nos quejamos del estancamiento de las grandes bandas, pero el público es incapaz de confiar en nuevos nombres que podrían alumbrar grandes discos si les concediésemos algo de nuestra confianza y rascásemos nuestros bolsillos. “Abandon All Faith” es un estupendo debut que encandilará a las almas torturadas, a aquellos que disfrutamos de un poquito de rabia y dolor, del lado oscuro de la vida…


© 2020 Lord Of Metal

Crítica: Fvneral Fvkk "Carnal Confessions"

La primera vez que escuché el nombre de Fvneral Fvkk, terminé pronto con ellos, no estaba dispuesto a perder el tiempo con una banda de chiste que toma su nombre de la célebre canción y seguramente facturasen una suerte de black o thrash de serie B con el que no me apetecía perder el tiempo. Pero, de manera completamente casual, meses más tarde, escuché “Chapel Of Abuse” y me encantó su sonido; busqué rápidamente el nombre de la banda y pensé; “no me jodas… ¿Fvneral Fukk?” Y es que parecía una auténtica broma, porque la banda de Hamburgo sonaba más a Candlemass o Solitude Aeturnus, que a una parodia, en uno de esos extraños casos en los que el nombre, no solamente te lleva a prejuzgar, sino que no les hace el favor que se merecen. Con miembros de Ophis, Fäulnis y Crimson Swan y bajo la preciosa portada de Alexander Trinkl (Irrwisch), que también hizo un bellísimo trabajo con su EP; "Lecherous Liturgies" (2017) y animo al lector a buscar y escuchar, Fvneral Fukk es doom de calidad, con un sonido purísimo y lejos de cualquier caricatura, canciones lentas y densas, pero no farragosas. Oscuras y serpenteantes pero no fáciles, conformando un debut francamente sobresaliente que jamás podría haberme llegado a imaginar.

“Chapel Of Abuse” entra a la primera, los músicos (nombrados también simpáticamente como Cantor Cinaedicus, Vicarius Vespillo, Frater Flagellum y Decanus Obscaenus) forman un combo básico pero plenamente funcional; distorsiones crujientes y Cinaedicus cantando de manera solemne pero melódica, coros sobrios y un estribillo que derrocha dramatismo; no todo en Fvneral Fukk suena a parodia, tras esa fachada, se encuentra música de calidad. En “A Shadow in the Dormitory” bajan las revoluciones, pero suben las cotas de grandeza, más cerca de un himno que de una simple canción de doom, formando dupla con “Alone With The Cross” en las que, de nuevo, juegan con la emoción, con la épica y la teatralidad, y firman una de las mejores canciones de un año que ya se fue.

“The Hallowed Leech” es magistral, sencilla pero efectiva y las voces de Cinaedicus -entre el recitado y el salmo- juegan un papel especial para conferirle ese halo místico que el buen doom siempre ha de poseer si queremos teñirlo de negrura y la humedad de un buen camposanto. Mientras que “Poor Sisters of the Nazareth” es aún más etérea, más espiritual y ceremonial, lentísima pero breve en sus siete minutos y medio, como “To Those in the Grave” y sus aires de clásico atemporal, mientras la guitarra de Obscaenus parece subir y subir entre las nubes o "When God Is Not Watching" sería capaz de hacer hervir de envidia a las musas del mismísimo Greg Mackintosh.

Es una auténtica paradoja que una banda que, aparentemente, no se toma nada en serio (nada más hay que leer de nuevo su nombre o contemplar sus fotos promocionales, vestidos de sacerdotes) sea capaz de grabar música con tantas ansias de trascendencia y una seriedad que, aunque posiblemente impostada (quizá no más que la de With The Dead), tome como referencias a Candlemass, Paradise Lost, Solitude Aeturnus o Woods of Ypres y, lejos de quedar en evidencia, lo sublimen. Desconozco si Fvneral Fvkk morirán tras un par de discos más, si lo harán emborrachados de éxito, cuando sus auténticas identidades innecesariamente se desvelen o, si por el contrario, nunca más sabremos de ellos pero lo único que sé es que "Carnal Confessions" es un disco soberbio que no puedo dejar de escuchar y eso no me pasa a menudo con una banda desconocida…


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Crítica: Borknagar "True North"

A veces siento que Internet está repleta de “gatillos fáciles” que emiten su opinión nada más publicarse un álbum; que encumbran como obras maestras cuando ni siquiera los han terminado de escuchar o, por el contrario, defenestran sin haberles dado su oportunidad. En un mundo devorador de novedades, en el que la democratización cultural ha traído los barros de la democratización en la opinión y chavales de apenas veinte años defienden su palabra por el mal entendido derecho a opinar (lo que no incluye que tengan razón y, cuando es así, es una verdadera tómbola), reclamo mi humilde derecho a -como me ha ocurrido con Borknagar- disfrutar de los discos dándoles su tiempo; escuchando sus canciones con tranquilidad, evitado el tan famoso ‘hype’, sin prisas por obtener las visitas de la novedad, pero asegurándome no meter la pata por culpa de la celeridad.

Los noruegos, en efecto, han firmado un grandísimo disco, a la altura de "Empiricism" (2001) o "Quintessence" (2000) pero no de su homónimo debut, “Borknagar” (1996) o "The Olden Domain" (1997). ¿Quiere decir que estoy criticando negativamente a “True North”? Para nada, quiere decir que, siendo un álbum notable, tiene pequeños puntos que -en mi modesta opinión y tras haberlo escuchado decenas de veces desde su publicación y conociendo la discografía de los de Bergen- posee grandes momentos pero también algunos puntos que lo alejan del sobresaliente, de la categoría de “obra maestra” con la que muchos -seguramente conocedores universales de toda la música publicada, de todos los géneros y épocas- lo han tildado apresuradamente a las pocas horas de su publicación. Y ahora soy yo el que te hace una pregunta, amado lector; ¿crees que es posible escuchar y digerir un álbum de más de una hora, con canciones de entre seis y diez minutos, a los pocos minutos de haberse filtrado? ¿Que esos que hoy escuchan Borknagar y mañana están a otra cosa, han podido profundizar demasiado en los secretos de “True North”? Por supuesto que no, o servidor -por lo menos- no posee semejante capacidad. He tardado en devorar “True North”, tanto como “Ghosteen” de Nick Cave y no me siento mal por ello, ha sido todo un festín…

Primero, la marcha de Vintersorg (Andreas Hedlund, para los amigos) y el batería Baard Kolstad, tomando el micrófono principal ICS Vortex (Simen Hestnæs) y Bjørn Dugstad Rønnow la labor tras los parches desde 2018, además de la incorporación de Jostein Thomassen (Ex-Mortiis, entre muchos otros). ¿Afecta todo esto a la banda? Seguramente sí pero no para los oyentes, que seguimos percibiendo el clásico sonido recargado y rico en matices de Borknagar, en un trabajo en el que se nota la mano de Jens Bogren -como no podía ser de otra forma- y al que, al contrario que muchos otros que lo han elogiado, no le habría venido nada mal un poco de contención en el minutaje, un recortito aquí y allá, no porque las canciones no funcionen sino porque hay algunos momentos en los que son alargadas innecesariamente y el propio orden del álbum no ayuda a facilitar su fácil digestión. Todo lo contrario que sus melodías; no es que sea un álbum plenamente melódico o sea culpa de Vortex y la salida de puntillas de Hedlung, sino que hay canciones en las que se abusa de ese edulcoramiento, mágico a veces, otras convirtiendo el clásico diálogo vocal de Borknagar en algo menos espectacular y más lineal.

Por ejemplo, “Tunderous” es una maravilla en sus ocho minutos en los que hay un poco de todo; desde el metal vikingo más domesticado de Enslaved a los momentos más gélidos y clásicos del black, bajadas de tempo y valles en los que hay épica y levantamientos, guitarras más propias del hard que de cualquier banda noruega y pasajes repletos de calma, de buen saber hacer, de crescendos calculados con milimétrica precisión pero, como aseguraba líneas arriba, dobles voces excesivamente altas en su tono y jugando con las armonías de manera bella pero difícil de asimilar en un disco de estas características, cuando no hay contrapunto. “Up-North” es uno de los grandes momentos instrumentales de “True North”. ¿Qué pasaría si cruzásemos a Deep Purple con Enslaved? La respuesta es “Up-North”, pena es el tratamiento de las voces (más cercano a Michael Poulsen -tal y como lo lees- que a Grutle Kjellson y eso duele demasiado, por mucho que Nedland juegue a ser Jon Lord y lo logre por momentos.

“The Fire That Burns” es una pequeña sorpresa cuando creíamos que “True North” se rendía, jugando durante seis minutos y medio con diferentes estados de ánimo (de la rabia a la ensimismación, de la contemplación a la ira y el levantamiento, al recogimiento buscado, a la soledad y a la frialdad cortante de la desesperación) en una primera cara cuyas genialidades, aparte de “Thunderous”, son “Lights” y "Wild Father's Heart" en la que logran la unión entre la banda de Kjellson e Insomnium, en la que fusionan la melancolía de estos con el folk noruego y un magnífico solo con la que afrontan la recta final del relato épico de "Wild Father's Heart". Pero los defectos comienzan a pronunciarse en su segunda cara con “Mount Rapture” que, a pesar del trabajo de Nedland, no parece sentirse parte de “True North” y el fraseo de Vortex, además del tono, se siente demasiado parecido (cuando es rasgado) al de Jon Nödtveidt en "Reinkaos" (2006) de Dissection, y las dobles voces melódicas vuelven a tornarse en emopacho, como “Into The White” es un autoplagio y parece tomar elementos de “Lights” y la final “Tidal”, queridos míos, termina por romper por completo el ritmo de “True North” con sus diez innecesarios (ahora sí) minutos en los que Borknagar parecen perder precisamente el norte y hay momentos en los que no saben por dónde tirar (alrededor del sexto), para cerrar el álbum con la preciosa y, esta vez sí, acertada “Voices” y que no sólo es de lo mejor de “True North” sino de toda su carrera (cuesta olvidarse de su melodía y bonita letra), por mucho que me cueste reconocerlo.

Luces y sombras que no empañan su escucha y de las que, extrayendo aquellos momentos más luminosos, se puede concluir que Borknagar están en un excelente e inspirado momento pero, basándonos en los traspiés, “True North” no puede ser la obra capital que muchos claman pero que, seguramente, no habrán vuelto a escuchar tras escribir su correspondiente crítica.


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