"Songs For The Dead Live": KING DIAMOND sigue siendo el rey.

Así es el nuevo directo del danés, gira de la que fuimos testigos....

"amo" de BRING ME THE HORIZON: el estrógeno es bello...

...o cómo Oli Sykes pierde el norte y trollea a su público.

HIGH ON FIRE, Mastodon en estado crudo.

Con "Electric Messiah" estamos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya.

GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Rotting Christ “The Heretics"

Uno lee o escucha las críticas a “The Heretics” y es normal sentir la misma emoción que acompañó al lanzamiento de “Rituals” y el posterior jarrazo de agua fría, con casi toda la comunidad rendida a los pies de los griegos y la prensa internacional especializada (esa que cuenta con el respeto de muchos lectores, ajenos a que muchos de los que escriben en ella, son los mismos que los que escriben de manera anónima en blogs o con su propio nombre y, en ocasiones, mucho más arte y conocimiento que aquellos) deshaciéndose en alabanzas y, repito; ¿a ningún lector le parece sospechoso que en los medios más populares, la media de calificaciones sea casi siempre de ocho? ¿De verdad creemos que todos, absolutamente todos, los discos que se publican poseen semejante nivel? En el caso de Rotting Christ, los míticos Rotting Christ, con una carrera de casi treinta años a sus espaldas, semejante gesta valdría el doble y no porque no aprecie sus logros pasados, su grandeza y discos como “Triarchy of the Lost Lovers” (1996), “Sanctus Diavolos” (2004) o “Theogonia” (2007), entre muchos otros, sino porque, simple y llanamente, creo que su presente no está a la altura de su pasado y nombre, como le ocurre a cientos de bandas. ¿Quiere decir que “The Heretics” es un mal disco? Para nada, es más, agradezco profundamente el cambio respecto a “Rituals”, lo que en aquel parecía un chiste aquí ha sido enmendado gracias a una mayor presencia de las guitarras, se han eliminado los constantes mantras y cantos chamánicos, la instrumentación tradicional ha dado paso a una llena de épica y contundencia en la que el nivel instrumental, como siempre, está fuera de toda duda, pero el trabajo de composición me sigue pareciendo sencillamente correcto, seguimos encontrándonos abundancia de recursos de lo más efectistas como grandilocuentes coros a dobles voces y excesiva repetición (como en “Heaven And Hell And Fire”) voces narradas hasta en la sopa, una colaboración con Irina Zybina, la guitarra de Emmanuel suena bien pero domesticada y carente de toda originalidad, y la amarga sensación de que, pese a haber reparado lo que lastró a “Rituals”, Rotting Christ quieren esa parte dulce del pastel que Behemoth y otras bandas (sin entrar en comparaciones estilísticas, sólo en objetivos) están ahora disfrutando y que una como la suya, con su nombre, también se merece, claro que sí…

Y Tolis parece querer lograrlo a golpe de efecto, acudiendo al refrito y el auto-plagio, por ejemplo, en “Hallowed by The Name” (nada que ver con Maiden) y la enorme similitud con “Devadevam” de “Rituals”, en la que no sólo la armonía es la misma sino también el tempo de Themis Tolis o el ejercicio de estilo en “Vetry Zlye” o cómo recuperar el legado de Ulver y remozarlo en pleno 2019 bajo tu propia óptica, algo que no parece nada accidental cuando escuchamos “I Believe” y, de nuevo, una narración, alejándonos bastante de ese clímax que estoy seguro que quieren alcanzar pero se queda en experimento y así será en directo (que nadie me lo cuente, por favor, que en su última gira, he tenido el gusto de disfrutar de Rotting Christ hasta en cuatro ocasiones, con sus luces y sus sombras, claro está).

A todos los que disfrutaron de “Fire God And Fear” se encontrarán con un pequeño oasis en un álbum en el que, sonando muy bien, uno tiene la sensación de que se deshace entre los dedos con cada escucha. De ella, como canción, podría salvar la guitarra de Emmanuel en su magnífico solo (aunque tenga la sensación de que, por estilo, no encaja en ella) pero lo lento de su tempo y la excesiva reverberación de esos coros que parecen no cesar en toda la canción y esa constante y eterna repetición, produce la sensación de que a Rotting Christ se les acabaron las ideas, algo que parece confirmarse en “The Voice Of Universe” y un excelente, aunque manido, riff de guitarra que no parece terminar de arrancar, una vez más, por culpa de los coros y su enlace con “The New Messiah”.

Llegados a este punto, sí, en efecto, el oyente menos avezado (que los hay, hacedme caso) sentirá que está escuchando blasfemia pura, que se ha acercado al mismísimo abismo de la oscuridad y las tinieblas pero, musicalmente, tan sólo puedo salvar con algo de templanza, a la par que desconfianza, la despedida de “The Raven”, aunque suene a una versión de “Black Dragon” ralentizada y la estropeen con esas narraciones y recitados. ¿Qué es lo que está pasando con Rotting Christ y, lo peor de todo, porque nadie más parece ser testigo de ello? A estas alturas de la película, mis expectativas son casi inexistentes y, a pesar de haber dejado atrás el toque étnico, siguen necesitando guitarras, un mayor trabajo de escritura y olvidarse de los tópicos y recursos de los que tanto abusan. ¿En directo? Siguen siendo una apisonadora, mezclando con maestría pasado y presente, es en estudio en donde la falta de originalidad y pegada no se puede disimular. Si queremos a los hermanos Tolis es por todo lo que nos han dado hace tiempo, lo que es de ilusos es buscar o esperar algo que llevarse a la boca en una fuente que dejó de dar agua hace ya once años (“Theogonia”, 2007). Eso sí, "la portada mola mogollón" y miles de instagramers ya tienen algo con lo que hacerse una foto y obtener más likes.


© 2019 Lord Of Metal

Crónica: Mastodon + Kvelertak (Madrid) 16.02.2019

SETLIST: Iron Tusk/ March of the Fire Ants/ Mother Puncher/ Chimes at Midnight/ Steambreather/ Precious Stones/ Sleeping Giant/ Toe to Toes/ Ghost of Karelia/ Capillarian Crest/ Black Tongue/ I Am Ahab/ Ancient Kingdom/ Ember City/ Crystal Skull/ Megalodon/ Spectrelight/ Aqua Dementia/ Crack the Skye/ Blood and Thunder/

Tras once conciertos de Mastodon a nuestras espaldas, a lo largo de los últimos trece años, y una semana de auténtico lujo con las actuaciones de Jinjer, Soilwork, Amorphis, Fallujah y Obscura, llegábamos a la sala La Riviera con la certeza de que la noche sería tan grande como acabó resultando, no era una apuesta demasiado complicada. Es verdad que es difícil defraudar cuando tienes a Kvelertak de tu lado y, en el otro, “Emperor Of Sand” o un reciente EP como “Cold Dark Place” (2017). Como también es verdad que muchos no terminan de ver con buenos ojos su último álbum, supongo que los mismos que siguen alegando que Mastodon se han entregado a la melodía, que en directo, sus juegos de voces no son como en estudio o aquellos que no terminan de disfrutar de la voz de Hinds y es que la madrileña sala colgó el consabido cartel de “todo vendido” con un público de lo más variopinto pero, sin embargo, entregado a la causa de los de Atlanta en lo que sí es un verdadero signo de su éxito y es la llegada a todo tipo de audiencias.

Los noruegos Kvelertak, salieron puntuales y no lo tenían demasiado fácil; tras la pérdida de su carismático vocalista, Erlend Hjelvik (aquel que portaba el icónico búho de la banda sobre su cabeza) se ha incorporado el delgado Ivar Nikolaisen que tenía que demostrar que su elección no había sido por casualidad y defender las canciones de “Nattesferd” (2016) pero también “Meir” (2013) y, por supuesto, “Kvelertak” (2010), una tarea nada fácil. Decir que se ganó al público es hacerle un flaco favor; Ivar se comió el escenario y las primeras filas, con su aspecto desgarbado y su chupa de cuero, nos hizo olvidarnos de Hjelvik e hizo suyas las canciones de la banda. “Bruane Brenn” y “Nekroskop” sonaron espídicas, con Rolland, Ofstad y Landa cabeceando sin descanso. 

“1985” obró el milagro de cientos de manos, mini en alto, siguiendo su contagioso ritmo ochentero, a medio camino entre el punky y el hard, de "Blodtørst" o "Evig Vandrar", las primeras filas se convierten en un remolino por culpa de “Mjød” y “Berserkr”; el escenario se les quedó pequeño, la bandera chocaba contra el techo, algunos se agarraron a ella, una guitarra cae al suelo y guitarrista y cantante nadan sobre las cabezas de todos nosotros, como si de un mar se tratase; cuando suena “Kvelertak”, la banda hace tiempo que casi ha fagocitado al artista principal y ninguno nos acordamos de la madre que parió al jodido búho, llueven púas, baquetas, sangre, sudor y toda Noruega parece atronar a través de los altavoces, Ivar Nikolaisen aprueba con sobresaliente; sencillamente un bombástico terremoto de urgencia punk y rock, tan inclasificable como siempre.

Y llega el momento de la tormenta, suena “Singin' in the Rain” a modo de introducción y Kelliher, Dailor, Sanders y Hinds toman el escenario; parece mentira lo logrado por cuatro músicos que han encajado como un meccano en una banda que resulta imposible de concebir sin tan sólo uno de ellos. El angustioso riff de “Iron Tusk” en un inicio de concierto tan musculoso como insospechado, hilvanando “March of the Fire Ants” y “Mother Puncher”, más de diez minutos de nervio y rabia entre las tres canciones, abrieron la noche en un repertorio que, aún no siendo perfecto o el que todos habríamos deseado (con grandes ausentes), fue un fiel reflejo del gran momento que atraviesan Mastodon. “Chimes at Midnight” o “Ghost of Karelia” quizá no sean las más adecuadas para un público hambriento de canciones que corear y estribillos fáciles pero, en cambio, “Steambreather” y “Precious Stones” sonaron febriles en las gargantas de todos los presentes, igual que el regalo de “Toe To Toes” con especial mención de nuestro querido Hinds.

La sangre llegó de nuevo con “Capillarian Crest” y el oscurísimo riff de “Black Tongue” de “The Hunter”, disfruté muchísimo con “Ember City” (no siendo de las más conocidas, tanto en esta, como en la gira de “Once More 'Round the Sun” su interpretación fue magnífica, me parece una gran canción). Como esa recta final con “Crystal Skull”, “Megalodon”, “Aqua Dementia” y “Crack The Skye”, no sin antes llevarnos a la mar de Melville con “Blood And Thunder” y nuestra firme promesa de volver a verles una y otra vez, dejando pasar los años a su lado.


© 2019 James Tonic

Crítica: King Diamond "Songs for the Dead Live"

Hay discos en directo que forman parte de la historia, otros que son parte de uno mismo, pero pocos hay tan especiales como aquellos que nos sirven de recuerdo de aquello que sí hemos podido vivir en primera persona. En mi caso, no estuve en el Graspop belga pero sí en la gira que llevó a King Diamond a representar en directo su mítico álbum de 1987, “Abigail”, nuestra cita tuvo lugar en el impresionante marco del Hellfest francés, aferrado a la primera fila, en plena madrugada, nunca olvidaré la sensación de cómo Kim Bendix Petersen supo sumergirnos a miles de aficionados en su mundo de pesadilla. Una noche en la que nos acompañaron Andy LaRocque, Mike Wead, Pontus Egberg, Matt Thompson y, por supuesto, Livia Zita ayudándole en las voces. Es por eso que “Songs for the Dead Live”, aparte de calmar la sed ante ese próximo álbum de estudio que parece resistirse desde “Give Me Your Soul... Please” (2007), es el magnífico documento de un aniversario tan especial como fue el de “Abigail”. He de reconocer que con King Diamond me puede mi pasión y, pese a saber que hace mucho tiempo que no publica un álbum que aúne el favor de la crítica y los fans, logrando esa innecesaria unanimidad, disfruto de todos y cada uno de sus lanzamientos, desde Mercyful Fate a todos los de su carrera en solitario, pareciéndome auténtica piedra angular del metal y el rock.

Imposible no emocionarse con su introducción y “Welcome Home” en una gira verdaderamente espectacular, cuya teatralidad era capaz de trasladarnos a una mansión o ser parte de la historia. La energía de “Sleepless Nights” o “Halloween”, muestras del excelente estado vocal de Diamond tras sus pasados problemas de salud o la consabida interpretación de “Melissa” de Mercyful Fate y el silencio sepulcral del respetable para estallar en aplauso tras una dramática interpretación, quedan registrados en este álbum en directo para goce de todos aquellos que estuvimos allí, pero también para cualquier amante de la música. ¿Habría incluido más canciones de Fate? Por supuesto que sí; uno de mis discos favoritos es el inmortal “Don't Break the Oath” (1984), del que sonó “Come To The Sabbath” para satisfacción de todos nosotros, pero también me habría gustado escuchar canciones más recientes de la banda y, por supuesto, de la carrera en solitario de Diamond.

Sin embargo, el plato fuerte tras “Them”, es escuchar “Arrival” y saber lo que viene a continuación; en riguroso orden para seguir la historia y celebrar la publicación de aquel álbum, “A Mansion In The Darkness” y todos nos frotábamos los ojos, en este directo del Graspop suena igual de potente (el repertorio entre ambos festivales no sufre apenas variación, “Them” no sonó en Francia) o ese riff de apertura de LaRocque en la celebérrima “The Family Ghost” que suena igual de bien que hace dos décadas; me resulta de verdad imposible transmitir lo especial que es escuchar canciones así en directo; es un auténtico lujo. “The 7th Day of July 1777” hace de visagra en la historia y, por supuesto en este tramo del concierto, como la magnífica “Omens” y “The Possession” con su terrible desenlace conduciéndonos a “Abigail”, mostrándonos a una banda sólida y un Diamond que vive las canciones e interpreta los personajes con su habitual y fascinante facilidad, haciendo de su garganta un instrumento al alcance de muy pocos, hasta ese colofón que es “Black Horsemen” y esa mágica outro, “Insanity”.

Una noche brillante, de ensueño, en una gira de celebración que pasará a la historia, especialmente para todos aquellos que la vivimos. King Diamond es atemporal, su legado es inmortal y su presencia sobre los escenarios, habitando nuestro mismo mundo, está fuera de cualquier posible crítica. Sigue siendo el rey, poco más que decir…


© 2019 Lord Of Metal


Crítica: Downfall Of Gaia "Ethic Of Radical Finitude"

A menudo, recuerdo esa frase de “al final, uno se cansa de este viejo mundo…” y los que me leen a menudo, encontrarán frecuentes referencias a ella y a su autor en mis críticas. Quizá sea ese hartazgo vital, esa apatía, lo que me hace mirar con ojos de agotado octogenario algunos de los lanzamientos más recientes y esa necesidad de muchos medios y miles de seguidores de que, a cada rato, muchas de las bandas del panorama actual, hayan hecho historia y publicado discos de gran calado que a todos nos afecten en nuestras vidas, a un nivel tan profundo que podamos tildarlo de epifanías. Nada me gustaría más porque soy de esos que todavía creen encontrar la respuesta a los grandes dilemas existenciales en un disco, un libro o una película, pero, lamentablemente, pocas veces ocurre, de ahí lo especial de esas ocasiones. Si atendemos a las críticas de la mayoría de medios, encontraremos que cada mes hay discos sobresalientes y trascendentes, grandes obras de culto y conciertos históricos cada fin de semana y todos sabemos que eso, por mera probabilidad, es del todo falso. Es de eso de lo que me harto, de lo que me canso, de que todo sea tan previsible. Y escribo todo esto porque, por suerte, hay bandas que llegan a ese grado de elevación sin buscarlo, lejos de lo pretencioso, como son Downfall Of Gaia. Sin que ningún disco de su carrera pueda ser calificado de prescindible (quizá “Epos”, 2010, como pecadillo de juventud e inexperiencia), los alemanes parecen haber casi tocado el cielo con “Ethic Of Radical Finitude” al que, si no le concedo la máxima puntuación es por su brevedad y un par de canciones que rompen la media, además de porque creo que todavía -por difícil que parezca- pueden hacerlo aún mejor.

No es que “Atrophy” (2016) no me parezca un gran álbum, que lo es, es que “Aeon Unveils the Thrones of Decay” (2014) era claramente superior, como “Suffocating in the Swarm of Cranes” (2012) y si “Ethic Of Radical Finitude” me parece la mejor obra de la banda hasta la fecha es porque en él no se complican, por suerte, no hay necesidad de trascender, no buscan innovar y convertirse en nada que no son, sino que es el claro perfeccionamiento de una propuesta, como la suya, que llevan trabajando ya una década. Por lo tanto, en “Ethic Of Radical Finitude” no hay sorpresas excepto su propia calidad y composición, no hay más ases bajo la manga que los de cuatro músicos seguros de su arte, documentando uno de sus mejores momentos.

No me gustan las introducciones y “Seduced By…” no iba a ser menos, “The Grotesque Illusion of Being” me parece, sin embargo, brillante y la tensión acumulada crea una maravillosa atmósfera emocional, quizá algo empañada por el manido recurso de un puente tras el que atacar con redoblada intensidad y subiendo aún más las cotas de sentimiento. El trabajo de repetición del riff en “We Pursue the Serpent of Time” sirve para dramatizar aún más la composición, Goncalves dos Reis y Marco Mazzola juegan a ello mientras Lisovoj y Kadnar se unen poco a poco. No es algo a lo que Downfall Of Gaia nos tengan acostumbrados pero el experimento les funciona por el magnífico trabajo de composición, ese que parece perder algún punto en “Guided Through a Starless Night” con la presencia de Nikita Kamprad (Der Weg einer Freiheit) y que se acentúa aún más con la que sigue, “As Our Bones Break to the Dance”; una auténtica maravilla de apenas cinco minutos en la que los alemanes hacen descargar a los cielos al ritmo de un enloquecido Michael Kadnar hasta que las guitarras parecen estrangularse, alcanzando el clímax, antes de sonar más thrashy que nunca. Un E-Bow abre “Of Withering Violet Leaves” hasta que la otra guitarra nos introduce a golpe de delay, no es una mala canción pero poco o nada tiene que ver con la potencia de las anteriores, acercándose a un post-rock descafeinado, impropio de ellos.

Como punto en contra, ese que le aleja del sobresaliente (quizá sea también su virtud pero, como seguidor, esperaba algo más de material que llevarme a la boca), la brevedad; seis canciones, apenas cuarenta minutos si excluimos la introducción “Seduced By…”, se me antojan insuficientes o un jarrazo de agua fría tras tres años. Aquellos que dicen; “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, es porque no conocen a Downfall Of Gaia y no se han quedado con ganas de más…


© 2019 Conde Draco


Crítica: A Pale Horse Named Death “When the World Becomes Undone"

Un día desaparecerás de la faz de la tierra, pero no bastará con eso, como decía Unamuno, volverás a morir otra vez, como si no hubieras tenido bastante; cuando desaparezca la última persona que te haya conocido. Otras almas vendrán y no sabrán nada de ti, todo lo que hayas hecho en tu vida, tus penas e ilusiones no habrán tenido el mayor de los sentidos, excepto una cosa; el amor que hayas sido capaz de llevarte y haberle dado al resto. Suena el piano de “When the World Becomes Undone" y en él parece contenida toda la pena de este mundo, canta Sal Abruscato y seguimos echando de menos a ese tipo de dos metros y una personalidad infinita. Aunque parezca mentira, ya han pasado nueve años desde que perdiéramos a Peter Steele de Type O Negative y parece que fue ayer porque su pérdida todavía sigue doliendo, no habrá otro como él. Todavía recuerdo el día que ocurrió y, aunque no me sorprendió, también sentí una profundísima pena. Pero, con todo y las diferencias que hay entre su música y la de Abruscato y Kelly, no creo que se les pase por la cabeza intentar emular lo logrado con Negative, entiendo A Pale Horse Named Death como una válvula de escape con grandes momentos como “And Hell Will Follow Me” (2010) o “Lay My Soul to Waste” (2013) y después el silencio más absoluto y la incorporación de Johnny Kelly y Joe Taylor con la publicación de “When the World Becomes Undone”, quizá el menos inspirado de la triada, pero igualmente sabroso.

La ruptura de la anterior con “Love The Ones You Hate”, les acerca a los patrones de Type O Negative pero perdiendo pegada y sonando más a hard, pocas dudas hay de su pedigrí, de no ser porque hay momentos que recuerdan muchísimo a Alice In Chains, “Fell In My Hole” o “Vultures” con una voz demasiado tratada y una querencia por riffs que recuerdan por qué los de Seattle tenían más que ver con el heavy que con el punk o el pop y esa “End Of Days” que podría haber sido cantada por Layne. Una pena que a A Pale Horse Named Death quieran dejar atrás de dónde vienen para calzarse las botas de otros y terminen desdibujando su propia personalidad, “We All Break Down”, logrando evitar por momentos las eternas y desgraciadas comparaciones pero tampoco seré yo el que se queje de canciones como “Lay With The Wicked” o ese despertar de una pesadilla que es “Dreams Of The End”, por mucho que suene a otros y no a ellos.

Un álbum demasiado breve, que ha tardado en llegar seis años, trece canciones, una introducción “As It Begins”, una despedida (“Closure”), el experimento que es “The Woods” y que poco o nada aporta, un interludio (“Succumbing To The Event Horizon”) y nueve composiciones restantes que parecen zozobrar, dudar, entre el camino recorrido con “And Hell Will Follow Me” y “Lay My Soul to Waste” para, supongo, querer encontrar su propia senda y evitar lo fácil. No puedo decir que escuchando “When the World Becomes Undone" haya echado de menos a Steele más de lo que lo hago a menudo, porque pocas veces siento su legado en sus surcos y sí el de otras bandas completamente equidistantes a lo que supusieron Negative en un disco en el que las cosas no parecen terminar de funcionar, una auténtica pena, pero pincho de nuevo "October Rust" o "World Coming Down" me olvido de todo, incluso de A Pale Horse Named Death, con todo el dolor de mi corazón…

© 2019 Conde Draco
Foto promocional © 2019 Sandi Ryan Golightly

Crítica: Malevolent Creation “The 13th Beast"

¿Recuerdas la primera vez que apagaste la luz, encendiste tu consola y jugaste a Resident Evil? ¿Verdad que sí? Aquellos primeros encontronazos y sustos, aquellos pequeños subidones cuando, siendo Chris Redfield, conseguías meterte en la pantalla y te enfrentabas a Umbrella. Pero, como todo, cuando llevas veinte años o más descerrajando tiros a diestro y siniestro y resolviendo puzles, la capacidad de sorpresa se reduce. Y algo parecido ocurre con "The 13th Beast", un disco de death metal inusualmente largo en su género y en el momento actual de Malevolent Creation, en el que las primeras canciones te vuelan la cabeza pero, tras cincuenta minutos de los mismos riffs y el mismo desarrollo, la capacidad para sorprendernos se ve menguada y el impacto también, pasando a convertirse en música de fondo, algo imperdonable para la mítica banda de la que ya únicamente queda en sus filas Phil Fasciana tras la tristísima muerte de Brett Hoffmann a causa de un maldito cáncer de colón.

Y es una pena porque con la pérdida de Hoffmann, Fasciana tenía la oportunidad de investigar, cambiar de rumbo levemente o buscar algo de frescura en una banda a la que, siendo evidente que tras treinta años de carrera pretende conservar su sonido pese a todo, el tiempo también ha maltratado considerablemente y, a pesar de no haber firmado un mal álbum, es más difícil lograr la inconmensurable gesta de seguir sonando como antes que ceder y abrir alguna que otra ventana, cuando tres de los cuatro músicos que la integran no llevan más de dos años en sus filas y Fasciana, aunque guarde con celo el legado y sonido de Malevolent Creation, también parece cortarle las alas.

Arrancan con “End The Torture” y suena puramente a ellos pero algo falla, no se trata de que graben otro “The Ten Commandments”, aquel pasó a la historia y ha dejado una huella indeleble en el metal extremo, se trata de avanzar a algún lugar o, por lo menos, intentar no perder la capacidad de sorprender al oyente. Canciones que coforman un sólido muro de hormigón, “Mandatory Butchery”, y demuestran claramente que Fasciana busca desesperadamente noquearnos. La voz de Lee Wollenschlaeger posee el grano, y Gibbs y Cancilla son magníficos músicos pero, al llegar a “Canvas of Flesh” o “Born Of Pain”, tan sólo encontramos más de lo mismo sin que consigan el respingo, el salto, ese momentito tan placentero de coger el vinilo y darle la vuelta para leer el título de lo que está sonando.

“The Beast Awakened” y, fundamentalmente, “Decimated” son grandes esfuerzos olímpicos (no me gustaría ser el gemelo o el bíceps de Cancilla…), como la bestial “Bleed Us Free” pero, ni con todo el sudor y la sangre del mundo, por mucho que Wollenschlaeger se quede ronco, ninguna de las canciones de "The 13th Beast" consigue despertarnos. El martillo hidráulico que es “Knife At Hand”, la cruda “Trapped Inside” o ese riff de apertura de “Release The Soul”, evocando a Slayer, suponen el cierre de un álbum que deja tan frío como parece el futuro de Malevolent Creation en lo que parece una canción de cincuenta minutos, dividida en once partes tan previsibles como anodinas.

No soy de los que piensan que el muerto al hoyo y el vivo al hoyo, como también que la pérdida de Hoffmann en una edad como la de Fasciana en la que, por mucho que nos cueste admitirlo, no va a publicar ya el disco de su vida (contando con que en su currículo hay obras maestras como el mencionado “The Ten Commandments” o “Retribution” e incluso una certera pedrada como “Dead Man's Path”) es del todo irreparable para los de Buffalo, pero el guitarrista tenía la oportunidad más que justificada para hacer algo diferente sin traicionar a sus raíces y ha optado por no complicarse creando un álbum que les deja en punto muerto. Si eres de los que buscan contundencia, es tu disco; si, por el contrario, buscas algo más y disfrutaste de todo lo anterior, olvídate, aquí no hay nada que ver…


© 2019 Lord Of Metal


Crítica: Rival Sons “Feral Roots"

No quiero pasar a la historia de esta web como aquel que escribió la crítica del debut de Greta Van Fleet y, treinta años más tarde, llenan estadios y son reconocidos como piedra angular del rock, y sé que es bastante improbable. Tampoco como un amargado que es incapaz de disfrutar de un par de riffs y poco más, buscando la comparación. Pero tampoco quiero pasar por el público objetivo de uno de esos memos de los anuncios de colonia para hombre, barba de tres días, vaquero Levi’s y Epiphone Casino en ristre, chavala lánguida en la otra mano y “The Last Time” de los Rolling Stones interpretada por un artista de marca blanca que vaya de auténtico, sonando de fondo. Y eso es lo que son Rival Sons para mí, una banda que suena bien, pero cuya propuesta son los restos de una indigesta Nochevieja. Si echo un vistazo rápido a su discografía, me encuentro con el increíble paradigma; desde “Before The Fire” (2009), la banda ha evolucionado tan poco como es de esperar si tenemos en cuenta que las fuentes de las que beben llevan secas cuarenta años y lo único que estamos escuchando son artistas que pretenden evocar como juego y su voz es la que otros encontraron mucho antes. “Pressure And Time” (2011) es un buen disco, aunque quizá mi favorito sea “Head Down” (2012) que suena exactamente igual a “Great Western Valkyrie” (2014) y “Hollow Bones” (2016). Música molona para cualquier serie norteamericana de HBO o Netflix, sonido vintage en pleno 2019 y una producción que evidencia el anacronismo y el malabarismo porque mientras con otras bandas como The Black Crowes (acusadas de algo similar a primeros de los noventa, que nadie me lo cuente que estuve allí) uno descubre que el sonido es totalmente orgánico y entre “Shake Your Money Maker” (1990), “The Southern Harmony and Musical Companion” (1992) y “Amorica” (1994) o “Three Snakes and One Charm” (1996), por poner un ejemplo, hay un cambio sustancial y una evolución (que nos podrá gustar más o menos, a gusto del consumidor) que resulta tan evidente como para entender que son músicos de verdad, vivos, y su arte es cambiante, a pesar de las influencias iniciales y los gustos de cada uno. Pero, entre “Before The Fire” y “Feral Roots” la única diferencia que hay es el masterizado, el dinero invertido la producción. Musicalmente, Rival Sons siguen en el mismo punto diez años más tarde, siendo la única concesión el fuzz de la guitarra o lo engolado de la voz de Buchanan, algo que se lleva sintiendo desde “Head Down”. Lo que no es malo pero ha de ponerse sobre la mesa y, lo siento mucho, dificulta mi escucha y apreciación del producto en su totalidad.

“Do Your Worst”, por ejemplo, podría haber sido firmada por el Jack White de hace unos años, en un álbum que tarda en despegar, “Sugar On The Bone”, por la ausencia de singles, de ese ‘pelotazo’ que ponga en órbita la carrera de Rival Sons y que se les está resistiendo. Buchanan se lamenta en “Back In The Woods”, entre el toque bluesy y el rock de corte más clásico; es agradable de escuchar y la labor de Dave Beste es magnífica, merece mucho la pena escuchar el fraseo de su bajo, serpenteando entre los puñetazos de Mike Miley pero, más allá de lo efectivo del envoltorio musical, de la chapa y pintura, de ese intento de Holiday por emular a Page, soleando realmente embarullado y sucio en su ejecución, me encuentro una canción tan complicada como el mecanismo de un chupete. Y la puntilla a todo esto me la da “Look Away” y el toque oriental, místico, de otros Zeppelin de mentirijilla, lo siento, no puedo con ello, me parece una ridiculez. ¿Suena mal? Para nada, pero si mamas la discografía de Zeppelin desde hace décadas, es normal que esto te sepa a cubata aguado.

“Feral Roots” delata que Rival Sons tienen más que ver con bandas norteamericanas alternativas de los noventa que con aquellas míticas de los setenta y el resto, “Too Bad”, es puro maquillaje. Llamar soul a “Stood By Me” o compararla con los Isley Brothers, como he llegado a leer, es tan absurdo como el intento góspel de “All Directions”, el sinsentido de “End Of Forever” y su simplísima y pueril letra o la coral “Shooting Stars”. Canciones que tienen todos los ingredientes; una banda solvente, un cantante con buena voz, grandes coros, arreglos, una producción sabrosa pero que, cuando nos las llevamos a la boca, descubrimos que no saben a nada y resultan sosas y poco sorprendentes. Faltan grandes estribillos que se le peguen a uno día y noche, el single definitivo, himnos de estadio y conmovedoras baladas, momentos que hagan hervir la sangre o, por el contrario, le acompañen a uno en la más negra de las madrugadas, en definitiva; hacen falta canciones y menos botines, guitarras vintage y bigotes encerados. Falta chicha y sobra imagen…

© 2019 James "Whitey" Bulger

Crítica: Bring Me The Horizon “amo”

Por primera vez en diez años, me he sentido completamente legitimado para escribir la crítica de un álbum porque, como Keanu Reeves interpretando a John Wick, he sentido el aliento de todos. En la película de Stahelski, convertida de fiasco comercial a auténtica obra de culto, el público es capaz de jalear con el puño y justificar la matanza perpetrada por Wick porque, por Dios, han matado a su perro (el que no lo entienda, no tiene alma). En “amo”, me sentía igual de arropado por miles de puños que clamaban sangre. Pero, en esta ocasión, sin saber muy bien el motivo, aún gustándome la sangre, tampoco entendía el ultraje. Me explico, Bring Me The Horizon llevan ya tiempo dando señales de agotamiento y Oli Sykes puede que sea uno de los tipos más intrascendentes y, sin embargo, odiados del mundo de la música si excluimos a Chad Kroeger de Nickelback. Su audiencia se ha fragmentado en más de una ocasión y ni siquiera aquellos chavales de dieciocho años que llevan escuchándolos “toda la vida”, ni esos reponedores y cajeros de supermercado con el hexagrama unicursal tatuado en su antebrazo son capaces de entender por qué Sykes les ha abandonado y ha ido perdiendo progresivamente tanta testosterona como credibilidad. Pero, pese a ello, tampoco entiendo lo gratuito del escarnio y tan sólo puedo entender que aquellos que esperaban algo más de agresividad, breakdowns y un poquito de metalcore, hayan salido decepcionados de “amo”. Un álbum que, no nos equivoquemos, tiene de trap las pintas de Sykes pero en sus ceros y unos tan sólo encontramos riffs de hace veinte años, electrónica petarda, una producción que huele a hule de plástico y papel de aluminio para el tinte (a manos de Oli y Jordan Fish) y tan moderno que cumple la máxima wildeana por la cual no hay nada tan peligroso como ser demasiado moderno porque uno corre el riesgo de quedarse súbitamente anticuado. De verdad, ¿alguien esperaba algo de Bring Me The Horizon a estas alturas?

Aquellos que querían denunciar a Coldplay por el uso de la figura geométrica, la flor de la vida, y pisotearon su mesa en los NME Awards ante la divertida mirada de un Chris Martin que no sabía y seguirá sin saber quiénes son Bring Me The Horizon, han decidido competir en la misma liga que ellos o Linkin Park. Pero el verdadero problema de “amo” no es el envoltorio, feo de por sí, sino la escasez de ideas, la poca calidad de sus composiciones y lo gratuito de su exceso de azúcar. Mientras tenemos que creer que Linkin Park llegaron a “One More Light” (2017) por una poco creíble y forzadísima evolución que les llevó diez años para borrar las huellas de quienes una vez fueron, en Bring Me The Horizon es verdaderamente chocante que en tan sólo tres discos hayan logrado semejante descalabro. Si “That's the Spirit” (2015) perdía fuerza tras “Sempiternal” (2013) hasta no parecer la misma banda que firmó “There Is a Hell, Believe Me I've Seen It. There Is a Heaven, Let's Keep It a Secret” (2010), “amo” parece la mayor trolleada de una banda, desde que Chester cantase “Heavy” con Kiiara y pone a tiro el inverosímil, pero completamente posible, fichaje de Sykes por parte de Shinoda, como ya se rumoreó en su momento.

Un disco que sólo puede justificarse desde la excusa de la innovación y la apertura musical, del ansia, del hambre por trascender cuando sólo enmascara la de vender. “i apologise if you feel something” y su absurdísimo comienzo, es el ‘glorioso’ mestizaje entre Bon Iver y Justin Bieber, mientras “MANTRA” es tan innovadora pudiendo haber sonado hace veinte años durante la fiebre del nu-metal y nadie habría arqueado la ceja. Sykes parece haber olvidado cómo forzar su garganta, la pasión hace mucho que desapareció -si es que alguna vez fue auténtica- y “nihilist blues” con Grimes, en efecto, suena al remix de “Never Go Back” de Evanescence.

Que Dani Filth participe en “wonderful life” no es nada tan incomprensible, a la guitarra de “Frantic” hay que añadirle que el gañido de Filth está ausente y la sección rítmica de Kean y Nicholls es propia de Limp Bizkit, pero a Filth le divierten estas cosas y supuestamente atraen la atención a su banda. La intrascendencia de “ouch” opaca una introducción que no es más que una mala versión del trip-hop de finales de los noventa, pero parecía sensiblemente mejor hasta que uno se percata que son tres minutos de pura absurdez. El ‘dramón’ de la separación de Sykes con Hannah Snowdon vuelve a aparecer en “medicine” pero no hay carga de profundidad alguna e incluso aquellas canciones, quizá más duras, como "sugar honey ice and tea" son de risa, como cuando en “why you gotta kick me when i'm down?” la base electrónica suena incluso más alta que Oli en la mezcla. Por no mencionar, el tono de llamada que es “fresh bruises”, tres minutos de interludio que, sin duda, acabará con el último fan de Bring Me The Horizon sobre la tierra.

Todo ello convierte a “mother tongue” en el single que nunca debería haber sido, algo parecido a lo que ocurre con “MANTRA”. Que nadie me malinterprete, la canción es abominable y la manera de cantar de Oli es irritante; podría haber sido firmada por Coldplay, pero su estribillo es pegadizo, como el riff de “heavy metal” con Rahzel, la única en la que Oli gritará, eso sí, completamente procesado en estudio, antes de una canción como “i don't know what to say” que resume perfectamente la cara de póker de muchos de sus seguidores. Y es que, en caso de desastre nuclear, ya sabemos; sólo sobrevivirá Keith Richards, las cucarachas y los sótanos de Sykes repletos de copias de “amo”.


© 2019 Lord Of Metal/ James Tonic

Crítica: Altitudes + Attitude “Get It Out"

No tengo nada en contra de los proyectos paralelos de músicos ya consagrados pero ello no oculta la gran verdad de que, por ejemplo, en el caso que nos ocupa, si Altitudes + Attitude no estuviese integrado por Frank Bello (Anthrax) y David Ellefson (Megadeth), con la ayuda de Jeff Friedl (A Perfect Circle) y la participación de artistas como Ace Frehley (KISS), Gus G (Ozzy Osbourne, Firewind), Satchel (Steel Panther), Christian Martucci (Stone Sour), Jon Donais (Anthrax) o Nita Strauss (Alice Cooper), ni siquiera me habría molestado en escuchar “Get It Out” y ellos mismos, tanto los protagonistas de este proyecto, como los artistas invitados, lo saben más que de sobra. Con un EP ya publicado, siendo este su primer álbum, el principal escollo con el que nos encontraremos es la ausencia thrash pero ahí reside la gracia de estas aventuras, de estos escarceos musicales, y es la posibilidad que le brinda a muchos músicos para salirse de sus coordenadas habituales. Pero, aunque nadie pueda sentirse herido en su orgullo thrashero, bien es verdad que sorprende lo domesticado de su sonido. “Get It Out”, no es un mal álbum; pero tampoco uno bueno y eso es lo peor de todo, cuando una obra no causa ninguna sensación, sino indiferencia y termina cogiendo polvo en la estantería. Canciones directas y accesibles, con tendencia al rock alternativo de FM, más cercanos a Foo Fighters o a bandas de finales de los noventa y de primeros de década, de teleserie o “telefilme” de después de comer, rollito universitario e intrascendencia a raudales, pergeñada por músicos de pedigrí que peinan canas y buscan el correspondiente escape de Ian o Mustaine para refugiarse en las tibias aguas de canciones como la inicial “Get It Out” o el homenaje a “Everlong” que parece “Late”, en la que no hay ni un solo segundo de originalidad y resulta tan previsible en sus giros emocionales, su fraseo, estrofas y estribillos, como una latente migraña.


Un riff robado a Motörhead, “Out Here”, que termina convertido en rock de campus ante la falta de un batería como Mikkey Dee, el autoplagio de “Part Of Me” o la punky-pop, “Slip”. Canciones producidas en cadena por Jay Ruston, con el mismo tratamiento estándar, sin sobresaltos y que podría haber compuesto un Rivers Cuomo en horas bajas (“Talk To Me”) o grupos de menos chicha y olvidados en el tiempo como los insoportables Wheatus. Bello se esfuerza y da lo mejor de sí mismo, pero no es Belladona, tampoco Bush, como Ellefson tampoco es Mustaine a la guitarra. Ambos se reparten las tareas abusando de una distorsión adolescente y el delay contenido de Angels And Airwaves, en un álbum inconsistente y sin coherencia (“Leviathan”), en el que ni siquiera los invitados son capaces de mejorar el resultado o aportar valor añadido a unas canciones en las que ni siquiera la presencia de Plant, Page, Jones o Bonham sería capaz de resucitar.

“Cold” o “Another Day” son claros ejemplos de material que otras bandas habrían descartado en el estudio, no aportan absolutamente nada al disco, como el interludio que es “All There Is” o “Booze And Cigarrettes” en la que parecen perder fuelle considerablemente, antes de caer más bajo que nunca en “Tell The World” o sonar como los nietos de Anthrax en “Here Again”. Tanto a Bello, como a Ellefson les tengo en gran estima por los grandes momentos que me han hecho pasar, pero “Get It Out” llega tarde para ser parte de la banda sonora de “American Pie” y es completamente prescindible a todos los niveles y disfrutable tan sólo para aquellos que tienen el tiempo por condena y disfrutan paseando en círculos en un patio, sin nada más que hacer.


© 2019 Conde Draco