PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

John Haughm vuelve a la carga con uno de los mejores discos del año, "Obsidian Arc"

KREATOR, el olor del buen thrash alemán por la mañana...

Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

TRENT REZNOR y ATTICUS ROSS mantienen las expectativas

Publicando un EP de NINE INCH NAILS bastante tibio pero que ameniza la espera del nuevo álbum...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

ESPECIAL NICK CAVE

Un repaso a la discografía principal de NICK CAVE; un viaje turbulento a través del blues, los asesinos en serie, la biblia y los esqueletos de los árboles...

THE DILLINGER ESCAPE PLAN se despiden a lo grande

Anuncian su separación pero firman "Dissociation", quizá su mejor disco hasta la fecha...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

¡Nos largamos de nuevo al HELLFEST!

Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

Jesse Leach se abre en "Incarnate" de KILLSWITCH ENGAGE

Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

Los holandeses vuelven con un álbum bajo el brazo para el que deberemos esperar a su segunda parte para saber si han acertado en el blanco...

IGGY y HOMME; la extraña pareja...

"Post Pop Depression" ha sido una de las grandes sorpresas de este año y el mejor desde "American Caesar"

ABBATH es el auténtico rey de Blashyrkh

El noruego demuestra que hay vida después de Immortal y se lo pone difícil a Demonaz con un álbum repleto de fuerza y frío invernal...

El púrpura de BARONESS es la mezcla perfecta del rojo y el negro...

John Baizley ha conseguido con "Purple", su cuarto álbum, mezclar lo mejor de "Red" y "Blue", regalándonos uno de los grandes discos del año.

Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

BILLY GIBBONS aparca temporalmente a ZZ TOP y se estrena en solitario con un álbum lleno de ritmos afrocubanos, altibajos y, por desgracia, el dichoso autotune.

CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

Las alas de cera de DAVID GILMOUR

El guitarrista de PINK FLOYD vuelve con un disco nuevo bajo el brazo, "Rattle That Lock", exquisito pero falto de unión y con demasiados altibajos.

AHAB queman las barcas...

Los alemanes han grabado un auténtico monstruo con canciones de más de diez minutos capaces de mantener tu atención y tu alma en vilo…

La mecánica de fluidos de TAME IMPALA

Kevin Parker, en constante cambio, se disculpa por ello en sus canciones pero firma uno de los discos del año.

Y al séptimo disco, CRADLE OF FILTH resucitaron…

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THE DARKNESS se hacen mayores...

Pero consiguen grabar un buen disco, menos histriónico y serio que los anteriores pero igual de inspirado...

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La islandesa encuentra la liberación a través de la palabra en su mejor disco en años.

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ARCADE FIRE van al Primavera, nosotros al HELLFEST

"Reflektor" es el nuevo disco de los canadienses y la crítica lo ha encumbrado a lo más alto en apenas unas horas.

PEARL JAM: Rayos y centellas

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¡AMÉN, hermanos, WATAIN han vuelto!

Estamos ante el mejor disco de METAL del año y Erik lo celebra invitándonos a una misa negra muy especial con "The Wild Hunt"...

Conociendo a DAVE MUSTAINE...

Tuvimos la gran suerte de poder conocerle con motivo de su visita a España en su gira con Slayer hace dos años y ahora lo recordamos, breve pero intenso.

Crítica: Evocation “The Shadow Archetype”

Cuando Marko Palmén asegura que en este disco de Evocation hay sangre, sudor y lágrimas no nos queda más remedio que creérnoslo cuando escuchamos las canciones de “The Shadow Archetype” porque no es solamente que hayan transcurrido cinco años desde el anterior “Illusions Of Grandeur” (2012), el cambio de sello (han firmado con la mítica Metal Blade Records) y el abandono de Janne Kenttäkumpu Bodén y Vesa Kenttäkumpu (cuya separación parece que fue amistosa ya que les echa una mano con el solo de “Survival of the Sickest” y el propio Marko asegura que el guitarrista no desea más que lo mejor para la banda) sino que las composiciones exudan más oscuridad, desolación e intensidad que sus anteriores trabajos que, aunque siempre contenían, nunca en tales dosis. Y es que, según Palmén, a las canciones de “The Shadow Archetype” han querido darle más de una vuelta y trabajarlas al detalle, con mimo, volcándose también en la producción, buscando un sonido que les ha costado grabar una y otra vez las mismas partes y pistas hasta quedar satisfechos con el sonido de las guitarras y la voz de Thomas Josefsson.

Tras la batería y por casualidad (ya que estaban trabajando con otro músico) les ayuda Per Möller Jensen (ex-The Haunted), cuyas pistas han sido grabadas en los Crehate Studios de Gotemburgo. No exagero si digo que otra banda, perdiendo dos músicos que eran esenciales no sólo en la ejecución sino en el proceso de composición, quizá habría tirado la toalla, sin embargo Palmén y Simon Exner decidieron echarse a las espaldas todo el trabajo de “The Shadow Archetype” en un álbum en el que, aunque no sea el colmo de la originalidad, no es difícil adivinar buenas intenciones y ganas de lograr un sonido aún más oscuro, frío y melancólico en unas letras plagadas de tópicos que encajan a la perfección como un puzle en ese cocktail de negrura, muerte, política y drogas en el que la banda ha decidido sumergirse.

Tras la ya clásica introducción “Into Ruins” (de la que cientos de miles de bandas deberían ya olvidarse de ella, por favor), Evocation no dudan en golpearnos con “Condemned To The Grave” (magnífico vídeo de Carlo Oppermann, por cierto) con una canción que nos engancha gracias a su cadencia y estribillo pero no será hasta “Modus operandi” que abriremos bien los ojos para examinar la portada del vinilo (magnífica la edición con el acetato trasparente de color salmón) y es que su riff resuena tan poderoso como la profunda voz de Thomas con ese puntito roto y tan amargo. Como grande es “Children Of Stone” o una de mis favoritas, “The Coroner”, canciones que tras su apariencia sencilla en cuanto a construcción (no le busquemos más pies al gato porque esto es, fundamentalmente, death metal) encierran un alma tan oscura y melancólica como el mejor black metal.

Aquella que da nombre al álbum, “The Shadow Archetype” es buen ejemplo de esa mezcla equilibrada (magnífico trabajo de Möller Jensen a lo largo de todo el álbum, es justo reseñarlo porque no habrá ni un solo minuto en el que no deje de sorprendernos si prestamos atención). “Blind Obedience” y su toque acústico nos servirá para afrontar una segunda cara repleta de canciones que como “Survival Of The Sickest”, están repletas de actitud aunque no lleguen a la altura de aquellas que abren el álbum pero Evocation sí que se guardan un as en la manga y es el brillante final de “Dark Day Sunrise”

Es muy común que cuando reseñamos un disco que nos deja un gran sabor de boca, nuestros lectores se confundan y crean que estamos refiriéndonos a una obra maestra cuando no es así. En este caso, Evocation han grabado un álbum que nos ha agradado por sus canciones y la gran labor de fondo que desprenden, quizá no sea su mejor disco pero estamos hablando de una discografía breve (tan sólo cinco títulos en diez años) en la que, sin embargo, no hay ningún álbum que baje del notable y “The Shadow Archetype” no siendo perfecto, cumple nuestras expectativas y nos deja con ganas de más. El único punto negativo que podemos encontrar es la gran diferencia que hay entre las canciones más brillantes y aquellas repletas de fuerza pero carentes de chispa, además de una producción muy bruta; tanto que parecen haberse cargado el rango dinámico y la compresión hará imposible su escucha si lo que buscamos son matices y canciones que ofrezcan un sonido variado además de contundencia.

Tan sólo nos queda esperar que se lancen a la carretera y demuestren su poderío sobre el escenario y, por favor, que su formación se estabilice y nos permita disfrutar de material nuevo sin que tengan que pasar otros cinco años entre un trabajo y otro, así lo ha prometido Marko y creemos en su palabra.

© 2017 Lord Of Metal

Crítica: Obituary “Obituary”

Con el décimo álbum de Obituary tengo cantidad de sentimientos encontrados; por un lado me gusta porque me siento en terreno conocido, todo está como debe estar, sus riffs son tan familiares como los alaridos de John. Pero, por otro lado, quiero que me guste por el cariño que les tengo y la huella que siempre dejan en mí cuando les veo en directo pero mi cerebro me indica que “Obituary”, desde su nombre, es un disco aburrido y predecible hasta la náusea en el que los de Florida han decidido tirar por la calle de en medio y dar a sus fans más cazurros lo que quieren; esos mismos que en directo prefieren escuchar una vez más “Slowly We Rot” (nada que objetar, me sentiría ligeramente extraño si no la escuchase en uno de sus conciertos) o cualquiera de “Cause Of Death” en lugar de una canción nueva en la que Tardy y los suyos de verdad se arriesguen. Es la senda en la que parecen sentirse cómodos desde “The End Complete” (1992) y en la que, sin parir malos discos, nunca han vuelto a estar a la altura de su propia leyenda. “World Demise” (1994) era correcto, como “Frozen In Time” (2005) mientras que “Darkest Day” (2009) marcaba el punto más bajo de una discografía que parecería repuntar ligeramente con “Inked In Blood” (2014) o este “Obituary” (2017) en el que, mejorando lo que hicieron hace tres años, suena como una banda homenajeando a los Obituary que todos amamos.

Grabado en los estudios RedNeck Studios, Gibsonton de Florida con la obra de Andreas Marschall como portada, lo cierto es que siempre he dudado de los discos cuyo título son el propio nombre de la banda y más aún cuando no se trata de una banda joven que esté dando sus primeros pasos. En el caso de Obituary, qué significa que llamen a su décimo disco con su propio nombre; ¿falta de ideas o es que acaso este es el auténtico élan vital de la banda? Podríamos devanarnos los sesos con todo tipo de elucubraciones pero la única verdad es que “Obituary”, aunque funciona a un alto volumen si la predisposición del oyente es buena y hay ganas, no es ni lo mejor ni lo peor de la banda, tan sólo un disco más con el que sumarse a todas esas bandas que, conscientes de lo que sus seguidores demandan, deciden grabar una y otra vez el mismo álbum con la, por otro lado, sana intención de lanzarse a la carretera. 

Y es que ninguna de las canciones que componen el décimo álbum de la banda destacará ni para bien ni para mal en un repertorio cuajado de clásicos; supongamos, por ejemplo, lo que podría ser la actuación de la banda en un festival de este próximo verano, de una actuación de cuarenta y cinco minutos interpretarán al menos unas catorce canciones, entre “Redneck Stomp”, “Infected”, “Bloodsoaked”, “’Til Death” o “Dead Silence” podrán colar “Brave” o “End It Now” como un pedito silencioso y nadie notará que son temas compuestos sin rastro de originalidad alguna porque no destacarán especialmente, es más estoy seguro de que habrá quien agite su larga cabellera a ritmo del pegajoso estribillo de “End It Now” y estará tambien bien, por qué no... “Obituary” es tan sólo una excusa para aparecer en el ‘rooster’ de cualquier promotora o cartel de un buen festival que se precie porque Obituary en directo siguen siendo una apisonadora a tener en cuenta y su nombre vende.

“Brave” suena a su debut de 1989 y no pasa absolutamente nada, me parece correcto el autoplagio en los riffs si el resultado es tan contundente. Las canciones de “Obituary” suenan potentes y Tardy asegura que tanto Ken Andrews como Terry Butler han tenido su espacio para aportar en la composición; como los primeros segundos de “Sentence Day” hacen presagiar algo grande que termina diluyéndose conforme la canción avanza y nos damos cuenta de que, a pesar de las buenas maneras y el atropellado ritmo de Donald Tardy, esta composición es el más claro síntoma de un álbum que se hace plano. La bajada de tempo en “A Lesson in Vengeance” funciona a la perfección a pesar de lo inteligible en la voz de John como pegadiza es “End It Now” aunque no aporte absolutamente nada a Obituary y sí a un álbum en el que empezábamos a necesitar urgentemente algo a lo que aferrarnos.

El autoplagio vuelve a hacer acto de presencia en “Kneel Before Me” (como si su hedor alguna vez se fuese de este décimo disco) al igual que en “It Lives” que se hace tan pesada y aburrida que asusta, algo similar a lo que ocurre con “Betrayed”. El solo de “Turned to Stone” nos hará levantar la ceja y es que son quizá los segundos más agradecidos de la segunda cara junto a la que posiblemente sea la mejor canción de “Obituary”; “Straight to Hell” y que demuestra que todavía podrían seguir creando material interesante si se arriesgasen un poco más o se exprimiesen las neuronas con más ganas.

“Ten Thousand Ways to Die” no es ninguna sorpresa para todos aquellos que disfrutamos de su EP, como “No Hope” añadirá algo de sangre a un álbum en el que echamos de menos más frescura, más ganas y un poco de valentía, un poco de esa bilis que tan bien le funciona a Immolation y que no supone la traición de los prefectos del death pero sí parece ser el resultado del hambre de una banda que no puede comer de esto, como a diferencia de Obituary.

© 2017 Lord Of Metal

Concierto: Korn (Madrid) 17.03.2017

SETLIST: Right Now/ Here to Stay/ Rotting in Vain/ Somebody Someone/ Word Up!/ Coming Undone/ Insane/ Y'All Want a Single/ Make Me Bad/ Shoots And Ladders/ Blind/ Twist/ Good God/ Falling Away From Me/ Freak on a Leash/

La típica chica que nunca creerías que podría asistir a un concierto de Korn es justo la que incomprensiblemente lleva un ramillete de acreditaciones colgando del cuello y parece conocer a todo el mundo en el backstage; cada una de esas tarjetas sirve para moverte a través de los pasillos del antiguo Palacio de Deportes pero tan sólo una de ellas (AAA) vale por todas y es la que da acceso a todo el centramado y, por supuesto, a la banda. Nos cuelga una de las menos importantes al cuello y nos aconseja que nos quedemos en uno de los laterales del escenario de la pista, pero sin llegar a subir las escaleras ya que serán los propios músicos y su familia quienes tendrán acceso y no quieren a nadie ajeno allí, a ningún seguidor. De esta última gira de Korn me sorprende el hermetismo, el secretismo, y la seguridad alrededor de la banda, las medidas son más extremas que en las últimas tres, por ejemplo, pero sin embargo los músicos siguen mostrándose accesibles y afables. Ray sigue siendo uno de los más cariñosos junto con Head, quienes no dudarán en acercarse y preguntarte qué tal y darte las gracias una y mil veces por comprar sus álbumes, Munky en menor medida y Fieldy parece perdido en su galaxia gracias a su móvil mientras Jonathan es el único que viaja al margen de la banda y el que lleva su propia seguridad (es comprensible tras el acoso y derribo de algunos seguidores en las últimas dos décadas); un tipo de mirada blanquecina que no dejará que te acerques un milímetro más allá de lo que el propio Davis decida interactuar contigo y, por supuesto, recogerá cualquier carta o regalo que los fans le hagan y en tan sólo diez metros a su paso creedme que se cruzará con bastantes. Sin embargo, Davis sorprende en las distancias cortas por su cercanía a pesar de su timidez, por su eterna sonrisa y la amabilidad que desprende. Pudimos estar tan sólo uno o dos minutos con él y podríamos mentiros si dijésemos que nos mostramos tan resueltos como otros medios -de los cuales no vimos a ninguno allí, por cierto- que aseguran tener un trato cercano y de confianza con los artistas pero no, no fue así.

Mi primer disco de Korn fue precisamente “Korn” (1994), yo era un adolescente que nunca podría llegar a imaginarse que veintitrés años más tarde coincidiría con esos músicos por segunda vez en menos de dos años, en una época en la que las ventas de los discos se contaban por millones y las estrellas parecían tan inaccesibles e inalcanzables. Davis me reconoce (o quizá no pero es lo suficientemente amable como para disimularlo cuando tampoco tendría por qué), me golpea en el hombro y sonríe, coge mis discos y me los firma con una sonrisa mientras su guardaespaldas no me quita ojo de encima y me analiza desde su ojo en tinieblas (lo suficientemente intimidante como para entender que alguien ha osado, alguna vez en su vida, a golpearle), le doy un abrazo a Davis (el adolescente que llevo dentro todavía no comprende cómo está ocurriendo pero está ocurriendo), tontamente le deseo suerte para el concierto y a los pocos segundos Chad Gray se está dejando las cuerdas vocales sobre el escenario tras haber calentado en el lateral derecho como si de un deportista de élite se tratase.

Mentiría si dijese que Hellyeah son una de mis bandas preferidas, su metal industrial mezclado con hard y reminiscencias FM me resultan tan ajenos como su puesta en escena con Tom Maxwell, Kyle Sanders y Christian Brady cuando sientes que Gray está muy por encima de sus compañeros en cuanto a tablas. Pero, siempre hay un pero; si hay algo por lo que remotamente me importan algo Hellyeah es porque tras sus parches se sienta Vinnie Paul y él pertenece a esa misma constelación, como Korn, de ídolos de mi adolescencia, cuando Pantera era una banda real y no un mero recuerdo en las camisetas de veinteañeros que nunca vivirán sus años de gloria. Por Vinnie, sólo por él, me tragaré canciones tan insulsas como “!” o “X”, “Demons In The Dirt” y la voz sin apenas escucharse o quizá la más pegadiza “Startariot” con Chad completamente enloquecido en el escenario y mi recompensa llega, por fin, cuando Vinnie Paul se percata de mi presencia, extrañamente me señala y me arroja su maltratada baqueta ante la atónita mirada de un Chad Gray que debe estar aterrizando todavía tras sus mil saltos y la incomprensión propia de cómo Vinnie Paul puede haber reparado siquiera en un pardillo como yo, que ha mostrado tan poca sangre en su actuación.


Algo parecido me ocurre con Heaven Shall Burn, una banda que ha publicado un correcto “Wanderer” (2016) que, sin embargo, no llega a la altura de “Iconoclast” (2008) y, por supuesto, el sobresaliente “Veto” (2013). La sensación que tengo al ver a Marcus Bischoff sobre el escenario es que, a pesar de su contundente propuesta, algo se ha perdido por el camino respecto a anteriores actuaciones de la banda que he visto y, por supuesto, están metidos con calzador en un cartel como el de Korn con Hellyeah, sencillamente no era su público. Es verdad que disfruté de canciones como “Voice Of The Voiceless” o “Counterweight” pero eché de menos la presencia de los temas de “Veto” y la sensación fue agridulce.


Korn, por el contrario, están atravesando una segunda juventud que muchos de sus seguidores estaban esperando. La banda siempre ha funcionado como un tiro en cuanto a ventas y no digamos sobre el escenario pero es cierto que todos esperábamos un disco que confirmase su valía y rompiese la mala racha de críticas en la que el grupo estaba sumido tras “Issues” (1999). No negaré aciertos y buenas canciones, grandes actuaciones pero la sensación era de deriva; esa que les llevó a estar en el centro de todas las miradas cuando se aliaron con Skrillex en ese intento de mezclar su propuesta con el dubstep y lo reconozco, aunque el álbum zozobraba, me gustó el resultado y las canciones me parecieron crecer en su gira (la cual también tuve la suerte de ver). Debo ser el único tipo en la tierra que cree que “The Path of Totality” (2011) fue un gran esfuerzo pero la triste realidad es que era una maniobra a la desesperada por cambiar, romper una mala racha que empezaron a remontar definitivamente con “The Paradigm Shift” (2013) y que con “The Serenity of Suffering“ (2016) fácilmente pueden haber firmado su mejor álbum desde su debut “Korn” y no, no estoy exagerando.


Una actuación breve (como suele ser norma en ellos, tanto en pabellones como en festivales, que nadie se lleve las manos a la cabeza a estas alturas que nunca verá una actuación suya de tres horas) que comenzó de manera apabullante con caída de telón incluida y un “Right Now” tan potente como pegadizo. Uno tiene la sensación de que Ray hace mucho que encajó en la banda y es el batería correcto, que el regreso de Head ha sido tan triunfal como chocante su conversión al cristianismo y forma un tándem brillante con Munky mientras Fieldy se pasea por el escenario pero su inconfundible sonido de bajo con las cuerdas como un arco retumba por todo el recinto. Davis está en forma a pesar de la incipiente tripita que asoma a su edad mientras conserva esa esencia torturada adolescente y gruñe desquiciado como siempre. “Rotting In Vain” nos romperá por la mitad, sonando mucho más potente que en el disco, mientras la pegadiza versión de “Word Up!” nos hará sonreír con la interpretación de Davis y ese simpático baile o ese final, quizá más forzadito, con el consabido “We Will Rock You” de Queen tras “Coming Undone”.

“Insane” es cantada al unísono y las primeras filas se convierten en un infierno mientras (otra muestra más de que “The Serenity Of Suffering” funciona) “Make Me Bad” sigue sonando tan bien como siempre o el ansiado momento de Davis con la gaita en “Shoots And Ladders” nos confirma que sigue conservando el encanto de canción infantil malsana de los noventa. “Blind” vuelve a convertirse en el eje de una actuación que siempre se verá marcada por su dureza, por muchos años que pasen, o el torbellino que es “Twist” (“Life Is Peachy”, 1998) para llevarnos a los ya esperados bises con las geniales “Falling Away From Me” y “Freak On A Leash” con una sonrisa de satisfacción a pesar de la cantidad de canciones que se han dejado por el camino.

Un concierto que dejó a poca gente defraudada y con una sonrisa a toda esa vieja guardia treintañera que alguna vez fue adolescente cuando Korn triunfaban en la MTV y esta todavía era una cadena musical. Tan potente como entrañable, un directo que tiende un puente entre lo que una vez fueron y un presente digno.


© 2017 Jim Tonic
Fotos © 2017 Korn


Crítica: Mastodon "Emperor Of Sand"

Que el auténtico “Emperador de Arena” con el que Mastodon han decidido bautizar a su séptimo álbum es, nada más y nada menos, que el tiempo es algo tan innecesario de aclarar como escuchar “Show Yourself” y aceptar que, tal y como ellos mismos declararon ante las críticas a su vídeo "The Motherload" y esa oda al twerking más celulítico, si la han grabado es porque a estas alturas de su carrera pueden permitirse casi cualquier lujo y más aquellos con los que parecen disfrutar cuando su base de seguidores más ortodoxa y con menos sentido del humor se enerva. Es a esos otros seguidores púberes a los que engancharán con “Show Yourself” y a esos adolescentes y veinteañeros a los que con la historia de una muerte de pacotilla que se equivoca con sus clientes a los que perderá para ofrecernos su mejor buqué a esos otros más veteranos que encontraremos en “Jaguar God”, esa oda metálico-progresiva de tintes épicos con la que cierran el disco y ese sólo de Kelliher que vale su peso en oro, una de las muchas e infinitas razones por las cuales amamos a los de Atlanta. Y, sin embargo y pese a “Show Yourself”, “Emperor Of Sand” no es un disco feliz ni uno de fácil digestión; la historia de un vagabundo que pierde sus pasos en el desierto con una condena de muerte pesando sobre sus hombros y que hace referencia a los diagnósticos de cáncer de familiares y amigos cercanos al grupo, no puede componerse de canciones fáciles, divertidas e intrascendentes por mucho que en su desenlace el protagonista sea salvado a través de la muerte y Dailor quiera hacernos creer en un final feliz que encierra la morrisoniana verdad por la cual, en efecto, expirar significa la ausencia de dolor y, por ende, no hay que temerle.

Tampoco significa un punto de ruptura con su pasado y el más inmediato “Once More 'Round the Sun” (2014), es cierto que en “Emperor Of Sand” sentimos el camino recorrido por una de las pocas bandas de la actualidad que todavía ha sido incapaz de grabar un disco mediocre tras diecisiete años de carrera, pero contiene tantos elementos de álbumes pasados como para hacernos sentir como en casa. Un curioso cruce entre “Blood Mountain” (2006), instrumentalmente hablando, y el toque más accesible de “The Hunter” (2011), sin olvidarnos del resto de su catálogo porque, sin ir más lejos, “Sultan's Curse” posee en su robusto riff y sus primeros segundos todo el sabor de “Blood And Thunder” de “Leviathan” (2004) y sus ecos de mar gruesa.

De vuelta con Brendan O’Brien (bendito donde los haya para todos los que crecimos en los noventa) y cuyo trabajo se dejará sentir en el amplio abanico de sonoridades que las guitarras eléctricas y acústicas desplegarán en sus once canciones pero también esa densa atmósfera con la que construirán todas sus canciones, “Emperor Of Sand” podría ser el mejor álbum de Mastodon si no existieran “Leviathan” y “Crack The Skye”.

Algo en lo que poca gente parece reparar es en la evolución del juego de voces (tanto en directo, como en estudio) que la banda ha sufrido en los últimos años o la madurez en sus letras, algo atípico en nuestros días y que nos regala versos como; “My sweet mirage, I bathe in sacred waters, I kiss the sky. Floating in sultan's daughters. Memories of loved ones are passing me by. Memories of loved ones are passing me by. Oceans of sand and rust give way and yield my wake. Oceans of sand and rust give way and yield my wake. They're waiting inside. They're waiting to wash your eyes out. Their hands are alive. Alive with a fervent anger, your feet have been tied and your tongue in your hand. Death of a thousand ravens. You're down on your knees. You're blind as the Ancient Kingdom. Relive the ages of the moon. Reeling the water close to you” Una profundísima carga de presión en “Sultan's Curse” para la que necesitaremos la melódica voz de Dailor y el juego con Hinds en “Show Yourself” (delicioso y simpático vídeo) en el que juegan a lucirse con la corona de rey de onda media alternativa que es Grohl, con la que ya se vieron bien en “Blasteroid” de “The Hunter” y que aquí se transforma en un canción accesible pero nunca popular o vulgar, uno de los pequeños placeres que se pueden permitir sin perder ni un ápice de integridad, ¿desde cuando la ligereza puede entenderse como una traición?

Los arpegios de Kelliher nos recordarán a “Quintessence” hasta que entra Hinds y ponen la directa en “Precious Stones” y rematan con un estribillo tan propio de Mastodon que es inevitable llorar de alegría; “Don’t waste your tiiiiiiiiiiiiiiiime, don’t let it slip away from youuuuuuuu” y un desarrollo auténticamente magnífico que rematan con Kelliher en uno de sus solos más acelerados del álbum y Dailor golpeando con furia la pandereta, un elemento que nunca había estado en la configuración de su set y que en “Precious Stones” le añade un toque más hard.

Tras varias escuchas, sentía algo familiar en la agobiante y densa “Steambreather” (Kelliher y Hinds están soberbios en esa abigarrada mezcla de sus guitarras) y, por fin, tras escucharla una docena de veces me he dado cuenta de que posee tanta herencia de Sabbath como para que sus estrofas me recuerden al fraseo de Ozzy en “The Wizard” (basta escucharlas seguidas para entender de lo que hablo). “Steambreather” es una maravilla cósmica en la que juegan con varios tempos y cambios de ritmo, además de un puente con dos secciones bien diferenciadas; hay que estar muy sordo para no apreciar el esfuerzo compositivo de una canción de cinco minutos en la que parece contenerse lo mejor del nuevo álbum de la banda y su crecimiento como músicos.

Los primeros segundos de “Roots Remain” nos llevarán de vuelta a “Tread Lightly” pero pronto la canción evolucionará a algo mucho más bruto, salvaje y caótico y debemos entender que aquellas acústicas habrán sido sugeridas por O’Brien, como parecía indicar Kelliher. “Word To The Wise” nos recordarán a “Remission” con la sorpresa de una parte central en la que Mastodon se convierten en un auténtico gigante con unos arreglos que los vuelven a acercar sin ambajes al rock progresivo en el que se permiten bajar de tempo antes de adentrarse en una fusión de estilos en la que es de nuevo Kelliher el que nos demuestra estar desatado; una de las canciones con más sentimiento y emocionales de todo “Emperor Of Sand” y eso es decir mucho…

“Ancient Kingdom” es puro Hendrix y su popular riff de “Foxy Lady” hasta que vuelven a morderte en la yugular y Dailor pisa a fondo o la guitarra de Kelliher vuelve a ser la protagonista en primerísimo primer plano (la interpretación de Bill es impresionante y hay que prestarle atención) con ese toque de fusión como la voz de Sanders en “Clandestiny” justo cuando nos encontramos ante el primer álbum de Mastodon en el que, por primera vez en mucho tiempo (desde “Crack The Skye”, en mi opinión), posee una segunda cara en la que la banda parece crecerse y haber reservado algunas de sus mejores canciones, el estribillo de “Clandestiny” es tan épico y jodidamente perfecto como glorioso el uso de sintetizadores en el puente, a medio camino entre el prog más pedorro de los setenta, la psicodelia y sabor de “El Topo” de Alejandro Jodorowsky.

El único defecto de una de las canciones más monstruosas y directas de todo “Emperor Of Sand”, “Andromeda” (con la ayuda de Kevin Sharp), podría ser su duración y es que uno se queda con ganas de más tras escuchar; “Time watching as the sand flows through glass. Light calls to me from future and from past” y esos gritos cósmicos; “The Great Consolation has written a second lease on your life” o ese directo a la mandíbula con Scott Kelly de Neurosis en “Scorpion Breath”. Pero la auténtica joya de la corona (y mira que hay muchas y brillantes en este álbum) es la crepuscular “Jaguar God” por la que millones de bandas venderían su alma al diablo y que resulta increíble que Mastodon hayan sido capaces de regalarnos mientras los más bobos siguen debatiendo si “Show Yourself” es digna o no de Hinds, Sanders, Kelliher y Dailor; casi ocho minutos de viaje a un desierto por el cual todos, más tarde o más temprano y de una forma u otra, tendremos que caminar.

La sentencia de Henry Rollins sobre Black Sabbath, esa que ahora se ha popularizado y algunos ignorantes ajenos al legado de Dio o Martin llevan en sus camisetas, no podría venir más a cuento porque tan sólo puedes confiar en ti mismo y los siete primeros discos de Mastodon. Amén...

© 2017 Conde Draco

Crítica: Ex Deo "The Immortal Wars"

Si alguna vez has tenido ganas de cargar contra la infantería romana, si te has preguntado qué es lo que se siente descendiendo a toda velocidad en un helicóptero mientras suena la mítica “La Cabalgata de las valquirias” de Wagner o te ha apetecido sentir el hervir de la sangre a lomos de un caballo blanco mientras desenvainas tu sable y descargas con fiereza toda tu rabia, puede que te quedes con las ganas o, por lo menos, escuches este “The Immortal Wars” y, aunque nunca llegues a hacer nada de lo anterior, legues a sentirte como el mismísimo Aníbal a las puertas de Roma. No deja de ser curioso (más cuando ambas bandas albergan en sus filas a los mismos músicos, a excepción del bajista Dano Apekian) que un proyecto paralelo como es Ex Deo esté tomando mayor protagonismo que Kataklysm pero tampoco es algo tan fuera de lo común si tenemos en cuenta que muchos artistas es sólo así cuando pueden volar libres y hacer lo que el corazón les pide que alcanzan un mayor reconocimiento. En el caso de Maurizio Iacono, “Romulus” (2009) fue un buen intento y con “Caligvla” (2012) tocó el cielo pero es con “The Immortal Wars” con el que parece que su carrera, al margen de Kataklysm, se consolida y otra vez los afortunados somos nosotros, sus seguidores, porque tenemos ración doble de Iacono. “Of Ghosts and Gods” (2015) es un disco notable pero nada que ver con lo que consigue transmitir “The Immortal Wars”, además de las miradas de un público más interesado en saber si sería capaz de mantener el nivel de “Caligvla” o, por el contrario, publicaría un disco de transición. En “The Immortal Wars”, Iacono nos hace viajar a la Segunda guerra púnica (que tuvo lugar entre 210-201 a.C.) con Aníbal como auténtico protagonista cruzando los Alpes para atacar Roma desde el norte.

Todo en “The Immortal Wars” es tan enorme que estremece; desde su impactante portada (obra del genial artista alemán, Eliran Kantor, habitual de Testament, Soulfly, Iced Earth o Hate Eternal entre muchos otros, quien nos lea habitualmente sabrá que siempre, o casi siempre, procuramos mencionarle porque su trabajo es realmente impactante), su excesiva producción (cuyo único “defecto” es precisamente su desbordante sonido, ese mismo que a veces puede resultar demasiado grandilocuente), los expresivos efectos de sonido que nos guiará de la mano a la batalla entre las tropas, los gritos, narraciones o golpes sobre nuestra propia armadura, las épicas letras que nos servirán para llevar el hilo conductor de la historia de Aníbal, la fortísima voz de Iacono o la robustísima propuesta musical de una banda que bien es cierto que técnicamente quizá nunca esté a la altura de, por ejemplo, Nile (por situarnos con otra banda de death metal, aunque no sea melódica, de temática histórica) y no sean tan técnicos ni tan pegadizos y rimbombantes como los simpáticos Sabaton con su vigoroso power metal (por mencionar a una banda cercana a las coordenadas heroícas e históricas de todas sus canciones o discos) pero no creo que ese sea el objetivo de Iacono y sí golpearnos con el impacto de unas canciones rotundas y emocionantes que nos trasladan a otra época, también más romántica, en la que los valores iban de la mano de los seres humanos que con coraje y valor eran capaces de cambiar el curso del mundo y permanecer en la historia por los siglos de los siglos.

Suena tan atractivo sobre el papel como en el disco de Ex Deo y esa forma tan cinemática de comenzar con “The Rise of Hannibal” que nos contará la historia del joven general, un medio tiempo con tintes aún más heroícos y una batería, la de Olivier Beaudoin marcando férrea y sin estridencias la naracción de un enorme Maurizio Iacono que no dudará en comernos vivos pero también en narrar cuando el toque marcial lo requiere, entre bonitos arreglos y un ambiente en el que, sin duda, nos prepararemos para la batalla.

Pocas contemplaciones con la frenética “Hispania (Siege of Saguntum)”, es death metal melódico mezclado con sinfónico y el toque de los finlandeses Omnium Gatherum, “Conquer Hispania!” y la canción parece crecerse por segundos con un Beaudoin auténticamente magnífico en volver a llevarnos de la mano a una marcha en la que podremos sentir incluso los latigazos y lo salvaje del momento. La ambientación entre esta y “Crossing of the Alps” es tan acertada como heroíco el relato, Iacono no nos dará descanso. ¿Te gusta el death melódico? Ex Deo nos regalan los oídos y será Stéphane Barbe el que brille con luz propia en “Crossing of the Alps”.

“Suavetaurilia (Intermezzo)” es innecesaria pero es, como su nombre indica, un interludio para que Iacono se convierta en el militar romano, Catón el Viejo en “Cato Major: Carthago delenda Est!” en uno de los mejores cortes del álbum; “I am a soldier of Rome I am descendant of Mars I am the son of Jove The son of Jove…” o esa réplica en “Ad Victoriam (The Battle of Zama)”; “Hannibal Face your nemesis I am the general you cannot kill” con Escipión como protagonista y ese exceso, en el sentido más puro de la palabra, que es “The Spoils of War” en la que la orquestación toma todo el protagonismo otorgándole un toque más dramático, si cabe, a una narración que se cerrará con el canto “The Roman” y los coros apuntalados por violínes y arreglos de cuerda.

Un álbum que parece eclipsar a “Of Ghosts and Gods” y sitúa a Ex Deo en una dulce posición cuando muchos de los seguidores de Iacono ya fantaseamos con una próxima campaña militar. Apabullante de principio a fin y a lo largo de sus ocho canciones. “Conquer Hispania!”

© 2017 Lord Of Metal

Crítica: Unearthly Trance "Stalking The Ghost"

Pocas cosas me han producido más alegría en los últimos años que la reunión de Unearthly Trance y el disco que nos ocupa, “Stalking The Ghost” (magnífica edición, como siempre, a cargo de Relapse Records que parecen disfrutar con el mimo que dedican a cada uno de los discos que producen, teniendo un catálogo variado y cuidado con un diseño magnífico; la portada de “Stalking The Ghost” es tan mística como excitante, obra de Orion Landau). No es que “Season Of Seance, Science Of Silence” (2003) fuese un debut estremecedor para la comunidad más doom hace catorce años (hace mucho, mucho tiempo cuando aquellos que hoy mentan el nombre de Pentagram o The Obsessed en vano ni siquiera habían perdido la virginidad con los primeros álbumes de Sabbath, mucho antes de esa exhibición absurda y gratuita) pero sí que sirvió para situar a los neoyorquinos en el mapa; “In The Red” (2004) y el glorioso “The Trident” (2006), sobre todo este último a mi juicio, sí prometían hacernos felices a todos aquellos que disfrutábamos de ese doom con tintes de groove y toque de drone que Lipynsky, Newman y Verni practicaban.

Pero tras “V” (2010), amigos míos, tras “V” llegaban las malas noticias y Unearthly Trance anunciaban su separación, convirtiéndose en uno de esos nombres que -nos guste o no- tan sólo manejábamos algunos en nuestros círculos más íntimos. Cinco años han tardado en regresar con un trabajo que, si bien nunca hará sombra a “The Trident”, sí que competirá con “Electrocution” o “V”. Cuesta imaginar una canción que sintetice mejor un regreso por todo lo alto como es “Into The Spiral”, con un sencillo pero efectista videoclip que nos recordará a sus amigos de Sunn O))). 

Ryan Lipynsky gruñe mientras las guitarras parecen crujir y Darren Verni entra de manera abrupta, contínuos cambios de ritmo y una facilidad pasmosa para crear ambientes de ultratumba con tan sólo tres instrumentos; concediendo tanta importancia a la calma como a los momentos más frenéticos. Estilísticamente, Unearthly Trance parecen no sólo no haber perdido potencia sino que la han triplicado, no tanto por una producción acorde a su sonido (en The Thousand Caves Studio, con Colin Marston famoso por su trabajo con Gorguts o Krallice), sino por esa violenta amalgama de doom con stoner, de groove con hardcore y la mala leche propia del black (aunque en menores dosis, claro) en unas canciones con largos desarrollos repletos de ese toque tan propio de los setenta. Otro de los elementos que llaman profundamente la atención y que confiere a Unearthly Trance ese toque tan característico es la forma en la que Jay Newman golpea las notas de su bajo, aportando la pesadez necesaria; similar a “The Trident” pero con un toque más perverso u oscuro.

La monstruosa “Dream State Arsenal” posee uno de los riffs más pegadizos del álbum en una canción en la que Lipynsky, Newman y Verni crearán una tensión que devendrá en el clásico ambiente opresivo de la banda. “Scythe”, sin embargo, les hará ganar más cuerpo, más presencia, con algo de lentitud, relajando el tempo y recordándonos a lo que una vez fueron Neurosis hasta llegar a “Famine”, clara herencia de “The Trident” pero, como dirían muchos; “con fórmula mejorada” sin que por esta vez resulte mentira. 

Y es que “Famine” resume lo mejor de la carrera de Unearthly Trance en sus seis minutos; un magnífico ejemplo de cómo mezclar doom con stoner y psicodelia sin perder ni un ápice de credibilidad o robustez, convirtiendo a “Stalking The Ghost” en el álbum en el que la banda mejor ha sabido diversificar su propuesta, fragmentando una trayectoria quizá demasiado orientada a un único subgénero en un caleidoscopio de influencias que le sientan maravillosamente bien. Sorprendente será “Lion Strenght” o la quizá más melódica “The Great Cauldron” (si es que podemos hablar de una melodía en su línea y no en el riff) gracias a la voz de Lipynsky, como la monolítica “Invisible Butchery” nos recordará a “In the Red” (2004) y esa pesadísima manera de manejar los fortísimos golpes de timón de Newman mientras Lipynsky parece haberse convertido en toda una bestia, más cercano al ladrido que al gutural.

El último esfuerzo viene de la mano de la mágica e instrumental “In The Forest’s Keep” que conseguiría transportarnos a otra dimensión sino fuese por ese centrifugado de guitarra y el recitado de Ryan. Estamos de enhorabuena con el regreso de Unearthly Trance ahora que el doom es un logo más a asimilar en camisetas y parches de todo tipo de calaña que asegura conocer a Bobby Liebling mejor que a su propia madre. Independientemente de ello, “Stalking The Ghost” ha sido una de las grandes sorpresas de los últimos meses y sólo podemos alegrarnos de que la banda de Lipynsky haya decidido volver al mundo de los vivos.

© 2017 Donnie Darko

Crítica: Suicide Silence “Suicide Silence”

Escribir sobre “You Can’t Stop Me” (2014) era sencillo; la trágica muerte de Mitch Lucker en 2012 hacía que todas las miradas se posasen sobre el quinteto de Riverside con Hernan “Eddie” Hermida cargando sobre sus espaldas la pesadísima carga de un Lucker que se había convertido en mito de la noche a la mañana cuando lo cierto es que desde “The Cleansing” (2007), la trayectoria de la banda se había resentido con “No Time To Bleed” (2009) y “The Black Crown” (2011). La sorpresa fue mayúscula con la incoporación del que fuese vocalista de All Shall Perish y es que Suicide Silence tuvieron el valor de continuar tras la muerte de Lucker y grabar con Steve Evetts el que quizá sea su mejor álbum hasta la fecha. Tras las primeras críticas y la dificultad de muchos para aceptar a Hermida como reemplazo, “You Can’t Stop Me” (2014) se convertía en todo un éxito y volvía a situar a Suicide Silence allá de donde nunca deberían haber descendido; una gira en la que todos quisimos comprobar de primera mano como era eso de ver a la banda sin Mitch y convencernos de que Hermida era un más que digno sucesor y Suicide Silence afrontaban con bríos renovados la continuación de su carrera. Pero qué cierto es que a veces confundimos valentía con inconsciencia porque si bien a Suicide Silence nunca se les podrá acusar de cobardes, la grabación del álbum que nos ocupa sólo se puede adivinar como una temeridad, una de esas clásicas piruetas sin red de la que tan sólo salen bien parados algunos artistas pero cuyo precio pagan la mayor parte de las bandas por y para siempre.

“Suicide Silence” no es un álbum tan terrible como muchos pretenden hacernos creer; es aún peor. El motivo no es el cambio de dirección o el intento por hacer más accesibles algunas de sus canciones, el tan temible tránsito entre guturales y cojones a melodías y pop, el verdadero motivo del fracaso del quinto álbum de la banda es la ausencia de dirección y buenas composiciones; ese intento pluscuamperfecto por madurar a base de “ciclos sanos” y un esfuerzo por dejar el deathcore adolescente que tan buenos resultados les ha dado por una mezcla de metal alternativo y Nu metal en unas canciones a las que de nada ha servido la ayuda de Ross Robinson. “Doris”, por ejemplo, fue todo un jarrazo de agua fría cuando descubrimos que más allá de las voces limpias y el falsete de Hermida, la banda había virado su rumbo y ahora parecían un engendro surgido de los peores momentos de Korn, Deftones y Slipknot, el giro estético-artístico era tan evidente que todos preferimos apartar la mirada y pensar que “Doris” tan sólo era el primer bocado de un álbum que nos devolvería a la banda que había firmado “You Can’t Stop Me”.

Nada de eso, “Silence” seguía esa senda y nos descubría a un Hermida que en su intento por demostrar su versatilidad de registro lo único que hace es evidenciar que es un cantante bastante limitado al que sientan bien los tonos más agresivos y guturales pero no los melódicos porque su voz, sencillamente, no funciona y en su intento por emular a Jonathan Davis en su esquizoide toque, lo único que escuchamos es a un cantante asíncrono y fuera del tono que la canción requiere. Algo que se hará más evidente en “Listen” en la que incluso echaremos en falta a DJ Lethal o Craig Alan Jones (133) para que con sus ‘scratches’ echen una mano a los riffs de Chris Garza y es que el sonido Nu metal es tan claro y tan evidente como vergonzosa la narración de Hermida (‘spoken word’) en una canción tediosa y horrenda como pocas.

Instrumentalmente hay algo de mejoría en “Dying in a Red Room” a pesar del intento, sin éxito, de Hermida por convertirse en Chino Moreno de Deftones o en “Hold Me up, Hold Me Down” la cual podría funcionar levemente sino fuese porque es una vulgar copia de Korn (sí, esa banda que ha firmado su mejor disco en veinte años con “The Serenity Of Suffering” y está colgando el consabido cartel en cada uno de sus conciertos con todo el papel vendido, esa…) y Hermida está jodidamente horroroso en sus alaridos.

Es en este momento en el que uno ha de hacer gala de una madurez que la banda parece haber perdido, parar la escucha del álbum y recapacitar; ¿cómo es posible que hayan logrado la difícil de tarea de sobreponerse a la muerte de Mitch Lucker, grabar un disco magnífico como “You Can’t Stop Me” y hacer el ridículo de esta manera con “Suicide Silence”?

Para colmo, en “Run” harán uso de un suave maquillaje electrónico con Hermida otra vez desafinado y las guitarras de Garza y Heylmun sonando tan crujientes que parecen estar grabadas de manera casera, el estribillo es de nuevo una mala imitación del sonido de Korn y suena tan aburrido, tan sobado, que produce pereza afrontarlo de nuevo tras las estrofas. Incomprensible que Ross Robinson no les haya dicho nada de este resultado tan amateur, tan pobre, en el que la batería de Alex Lopez carece de toda presencia y las guitarras suenan como si se estuviese achicharrando la válvula de los cabezales de sus amplificadores. Lo peor es que cuando crees que ya no pueden superarse, escuchas “Zero” y sientes hasta lástima por lo que estás escuchando, el aburrimiento se hace inaguantable con “Conformity” o la final “Don't Be Careful You Might Hurt Yourself” en la que el oyente perderá toda su paciencia y, si posee algo de criterio musical, arrojará este disco lejos, muy lejos, para no volver a escucharlo nunca más y llorar por el dinero invertido.
Han sido tan valientes que “Suicide Silence” podría entenderse precisamente como un suicidio; una extraña apuesta por un sonido muerto hace años, por una etiqueta de la que las principales bandas de la época ahora aborrecen y reniegan pero que los de Hermida han querido traer de nuevo a la vida olvidándose de que para calzarse los zapatos de Chino Moreno o Jonathan Davis hace falta mucho más que imitarles sin sonrojo. La sombra de Mitch Lucker se cierne sobre ellos, más grande y aterradora que nunca, cuando Suicide Silence tendrán que defender en directo uno de los peores discos del año, un auténtico fiasco de ventas, y orquestar la consecuente maniobra de resurrección a toda prisa si no quieren convertirse en sólo un recuerdo. Tan absurdo y de mal gusto que sorprende que nadie en Nuclear Blast les haya advertido de la que se les iba a venir encima…

© 2017 Lord Of Metal

Crítica: Depeche Mode “Spirit”

Seré terriblemente cínico con este álbum de Depeche Mode porque estoy seguro de que nadie sobre la faz de la tierra ha crecido con su música como es mi caso; terriblemente cínico porque me moría de ganas por escucharlo y, sin sentirme completamente decepcionado, sí que creo que es quizá su disco más flojo pero tampoco puedo decirlo en voz alta. No negaré que les he visto en directo tantas veces como para que alguien con sentido común no crea que he perdido el juicio pero sí pocas veces comparadas con algunos de sus ‘devotioners’ (este término lo has leído aquí por primera vez, no lo olvides), como tampoco negaré que en mis tiempos más alocados perseguí a Dave Gahan y Martin Gore porque a Fletcher, el bueno de Fletch, aunque me lo he encontrado por casualidad nunca le he prestado la menor atención; el auténtico pegamento de dos personalidades tan geniales y equidistantes, tan antagónicas, como la de Gahan y Gore, el aglutinante de Depeche Mode nunca ha despertado en mí mayor fascinación que mi vecino del cuarto pero le estoy tremendamente agradecido por ser la auténtica encarnación del sentido común. Y, sin embargo, a estas alturas “Spirit” me ha decepcionado. ¿Por qué?

Supongo que es imposible hablar de Depeche Mode y su icónico y glorioso pasado en los ochenta o su resurgimiento en los noventa sin mencionar a U2 porque siempre han compartido cantera, aparte de fotógrafo, y ambas carreras han sido objeto de horrendos comparativos por parte de sus filas y sesudos estudios por los periodistas de NME, MOJO o SPIN. Y es que los irlandeses lo hicieron todo, absolutamente todo bien, hasta 1993; supieron envejecer con dignidad y credibilidad mucho antes de que perdieran la cordura con “Vertigo” y demás sandeces mientras una banda como Depeche Mode parecía haberse reencontrado con un regreso como “Ultra” (1997), un notabilísimo “Playing The Angel” (2005) –benditas giras aquellas- y unos correctitos “Sounds Of The Universe” (2009) y “Delta Machine” (2013); seguro que el lector más avezado se habrá percatado del pretendido olvido de “Exciter” (2001), no era malo pero sí desnortado. Depeche Mode habían sabido conjugar su pasado con su presente, envejeciendo tan bien como mal Bono y los suyos en ese constante ‘gimmick’ mesiánico tan cargante tras toda la ironía y buen hacer del exuberante y maravilloso ZooTv.

Después de aquello, Depeche Mode le habían ganado la partida a ellos y al resto; Depeche Mode mantenían una dignidad a prueba de bombas y cuando publicaban una colección de canciones que no estaban a la altura de su legado, no pasaba absolutamente nada porque conservaban esa sensación ‘artie’ por la cual serían respetados por generaciones posteriores y les mentarían como ahora muchos nombramos a Kraftwerk y además estaban los conciertos; ¡pocas bandas te hacen vibrar como Depeche en directo! Y aquí ya no hay ni rastro de ironía porque Depeche Mode nunca se habían permitido el lujo de publicar un álbum aburrido, hasta “Spirit”…

Producido por James Ford, “Spirit” adolece de dirección, con la política y la conspiración, la paranoia alojada en el ojo que todo lo ve, en el futuro distópico que ha dejado de ser una fábula y mucho menos futuro para convertirse en un plomizo presente en el que todos nos sentimos manipulados y, de alguna manera, inexplicablemente engañados o desencantados. En esas coordenadas, Depeche Mode se mueven como pez en el agua y a Gahan se le siente especialmente cómodo en unas letras –dominadas casi por completo por Gore, como casi siempre- que cantará con su característico tono, como en esa apertura que es “Going Backwards” en la cual son capaces de crear una malsana intensidad mientras claman por un regreso a todo lo contrario que estéticamente significa actualmente su propuesta y que desembocará en la aún más explícita “Where’s The Revolution”, más forzada pero infinitamente más pegadiza.

¿Todo lo contrario que estéticamente significa su propuesta? Sí, Depeche Mode han ido perdiendo ese sonido más orgánico de mediados de los ochenta y mediados de los noventa con el que sonaban tremendamente contundentes pero salpicados con teclados y sintetizadores para haberse convertido casi por completo y desde hace unos años en una banda con la electrónica como colchón de sus canciones. No tengo ningún problema en ello, son geniales y capaces de crear excelentes texturas y siempre nos quedará la guitarra de Martin y su característico slide –en segundo plano, por desgracia- además sigue siendo un compositor de peso pero lo que no me gusta desde “Sounds Of Universe” es que hayan perdido esa presencia y cuando las canciones no parecen estar a la altura sean saturadas con electrónica como tabla de salvación.

“The Worst Crime” de Gahan es elegante pero todo un interruptus en tercera posición, es justo decirlo, como la más experimental “Scum” en la que supongo que muchos críticos aseverarán que tiene toques industriales pero resulta gratuita y no ayuda a que el álbum coja ritmo y despegue. Como la templadita “You Move” en la que lo mejor son los arreglos o ese tipo de canciones redentoras como “Cover Me” en las que no hay otra banda sobre la faz de la tierra que sea capaz de ser tan certera en ellas como Depeche Mode y, por suerte, posee un impresionante ‘outro’ en el que sube la intensidad y también nuestro pulso.

La tortuosa “Eternal” nos devuelve a Martin pero es tan breve que nos deja con ganas de más y sólo podemos entenderla como un interludio a la segunda cara en la que en “Poison Heart” lo que únicamente funciona es la letra ya que la música ha sido poco acertadamente distorsionada por la cavernosa reverberación y sólo sentiremos algo de emoción cuando entra Martin en las segundas voces, bendito Martin, acompañando a Dave. El problema en este punto es que a Depeche Mode le quedan pocas cartas sobre la mesa para intentar salvar “Spirit” y en “So Much Love” suenan complacientes copiándose a sí mismos, “Poorman” nos rematará sin piedad, “No More (This Is The Last Time)” prometerá más en sus primeros segundos de lo que nos termina ofreciendo sonando completamente agotados, aún siendo una de las mejores de la recta final junto con la melodramática “Fail” y ese “We’re fucked” que canta Martin con todo el desapasionamiento del mundo y que transmite mucho más que las once canciones anteriores juntas.

“Spirit” es un disco al que hay que concederle su tiempo para que cale en nosotros pero tampoco demasiado porque aunque posee buenas ideas tampoco merece mayor atención y es una pena. Un sonido preciosista y trabajado que pierde consistencia e impacto por culpa de unas composiciones que no están a la altura de una banda como Depeche Mode que siempre parecía haber tenido algo que decir en estudio. Pues bien, esta vez no, “Spirit” parece la justificación necesaria para lanzarse a la carretera y eso resulta tan doloroso e imperdonable en ellos porque es el signo inequívoco de una decadencia para la que no estamos preparadas ninguna de las dos partes.


© 2017 Conde Draco


Crítica: Pillorian "Obsidian Arc"

Siempre es duro afrontar la decisión de una banda que opta por separarse y entender que es lo mejor que podría ocurrirnos a todos los que, en mayor o menor medida, disfrutamos de su música; intentando consolarnos con los proyectos futuros y asumiendo que siempre nos quedará los discos que grabaron. Pero vivimos tiempos duros en los que muchos de los músicos que admiramos no pueden vivir de su arte; tiempos repletos de hipócritas que lloran cuando las bandas se apagan como estrellas pero que rara vez les apoyan comprando sus discos o asistiendo a sus conciertos. Los norteamericanos Agalloch era únicos, supieron crear la música que les interesaba y hacer que el público se acercase a una mezcla inaudita de folk, black metal, doom, progresivo y post-rock que resultaba tan evocadora y melancólica como misteriosa y aterradora. Además supieron también abrazar el influjo europeo siendo de Portland, Oregon, y es que sonaban más al viejo continente que muchas bandas de este, Agalloch no parecían de este mundo y ellos mismos lo sabían, parecían tan antiguos como la resina que les daba nombre. Pero, como indicaba al principio de esta crítica, no podemos ser tan hipócritas; a pesar de firmar discos sobresalientes como “Pale Folklore” (1999), el maravilloso “The Mantle” (2002), “Ashes Against The Grain” (2006), “Marrow Of The Spirit” (2010) y en menor medida “The Serpent & The Sphere” (2014), Agalloch eran ignorados por el gran público; es cierto que aquello poco nos importaba a los que acudíamos a verles en sala pero sí que supongo que les importaría lo suficiente a ellos cuando llegaba fin de mes y había que pagar las facturas porque de hacer historia no se come.
Sólo así podemos explicar la extraña forma de anunciar el fin de la banda; primero con un mensaje en sus redes sociales y poco después con un titubeante segundo mensaje que dejaba abierta la puerta abierta a una continuación de la banda con tan sólo John Haughm. Y han tenido que pasar varios meses para que tanto Don Anderson como aquel se dignen a contarnos de verdad lo ocurrido. Mientras Don, Jason y Aesop entendían que Agalloch era una banda que tendrían que alternar de por vida con sus respectivos trabajos y vida familiares, John Haughm quería más; estar constantemente de gira, grabar y volver a girar. Agalloch debía tener más presencia si querían que fuese viable como proyecto, Anderson y el resto lo entendían pero no podían hacer más y tras hablarlo en más de una ocasión, decidieron entre los cuatro que lo mejor era dejarlo, dándole la opción a Haughm de continuar con el proyecto.

De ahí el primer mensaje (escrito por toda la banda, incluído John) y el segundo en el que sólo Haughm anunciaba la posibilidad de continuar con Agalloch a solas; el resto es ya conocido, la mayor parte de seguidores no se tomaron nada bien la decisión y creyeron entender otro tipo de interés en Haughm que finalmente tuvo que aceptar que su criatura, Agalloch, debía descansar por los siglos de los siglos. Lo cierto es que ni Don Anderson ni el resto le pusieron problema alguno para continuar bajo el nombre que el quisiese, escindiéndose por completo la banda; Anderson, William Walton y Aesop Dekker continuarían como Khorada con la ayuda de John Gregory (ex-Giant Squid) y John Haughm como Pillorian junto a Stephen Parker (Maestus, ex-Arkhum) y Trevor Matthews (Uada, ex-Infernus).

¿El resultado? En principio, sin escuchar todavía a Khorada y sabiendo que Don Anderson tenía ya escrito y compuesto lo que debía haber sido el sexto álbum de Agalloch que imagino que ahora será el debut de la nueva banda y John Haughm ha escrito este “Obsidian Arc” en tan sólo un verano (según sus propias palabras, entre junio y septiembre del 2016), puedo asegurar que, por ahora, los seguidores de Agalloch somos los que hemos salido ganando ya que tendremos nueva y apasionante música que escuchar por partida doble.

“Obsidian Arc” grabado en los Witch Ape/Skyway Audio and Sprout City Studios sorprendentemente por el propio Tad Doyle (sí, el mítico antihéroe de los noventa al frente de los injustamente olvidados TAD) conserva la esencia de Agalloch pero le falta la delicadeza, el encanto folk de aquellos y ese toque post-rock o, por lo menos, contiene esos mismos elementos pero en dosis muy pequeñas. A cambio, nos encontramos al John Haughm más encabronado de los últimos años en auténticos desarrollos épicos como “By The Light Of A Black Sun”. ¿Quiere decir que falte emoción en Pillorian? No, nada de eso, es sólo que la rabia parece haber sustituido a la ensoñación, que la frustración y la negatividad parecen haberse apropiado de las coordenadas artísticas de un Haughm que incluso en sus entrevistas reniega de una segunda encarnación de Agalloch y advierte la mala baba que ha rodeado al proceso de composición y el resentimiento empozoñando sus canciones. Mientras uno acusa a sus excompañeros de la ruptura de Agalloch y apunta diferencias creativas o la escasa relación de amistad entre él y Don Anderson como pilares de la ruptura, los futuros Khorada parecen mucho más plácidos y felices consigo mismos, deseándole lo mejor a Haughm y cediéndole todo el espacio y nombre de Agalloch que necesite. Pero qué difícil es tener que renunciar a tu propia banda cuando son tus seguidores los que no aceptan que la continúes sin el resto de de tus compañeros…

Por otro lado, ¿qué sería de un disco de black metal sin rabia y dolor? “Archaen Divinity” se baña en esas osuras aguas junto con una pizca de doom que le sienta maravillosamente bien mientras que la folkie “The Vestige Of Thorns” pronto adquiere más cuerpo gracias a la electricidad; hay calma pero una intranquila, de esas que tanto nos gusta a los seguidores del metal extremo. “Forged Iron Crucible” es otra de las joyitas de un álbum repleto de detalles y oscuridad en la que uno siente la placidez de escapar de la luz mientras Haughm se deja la garganta, más arenosa y rasgada que nunca, y nos quema a todos en esa “A Stygian Pyre”.

El punto de ruptura en “Obsidian Arc” llega con “The Sentient Arcanum” y esa introducción para la final “Dark Is The River Of Man” en la que sí reconocemos más que nunca a Agalloch (aunque detalles no nos faltarán a lo largo del álbum) en ese desarrollo más cercano al post que al black y un final épico de los que no se olvidan y te obligan a pinchar de nuevo el álbum.

Un grandísimo disco en el que echaremos de menos al resto de la banda y lo que podrían haber sido estas canciones junto a las que Don Anderson afirma guardar en su ordenador y que habrían formado parte del sexto álbum de los de Portland. ¿Algo más? Sí, por supuesto; si aseguras amar a una banda, compra sus discos, asiste a sus conciertos y apóyales, no te olvides nunca de que los artistas también necesitan comer de su trabajo, tanto como tú.


© 2017 Jim Tonic