GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Hate Eternal "Upon Desolate Sands"

Acudes presto al ritual, desenfundas ese enorme círculo negro de vinilo, lo posas sobre el plato, dejas caer la aguja y el caótico sonido de Hate Eternal se abre paso hasta tus oídos. Sientes el pequeño placer del reencuentro, de la honestidad de un tipo como Erik Rutan que sigue fiel a sus principios y a la cita con sus seguidores, a pesar de la incorporación de una bestia como Hannes Grossmann (Necrophagist, Obscura) y de un superviviente como J.J. Hrubovcak a los que Rutan, con fama de exprimir el talento y capacidad de sus compañeros hasta el tuétano, parece forzar hasta el límite. Basta escuchar “The Violent Fury” para sentir que “Upon Desolate Sands” es posiblemente el disco más contundente de Hate Eternal, que aquel que comenzó interpretando death metal en Florida (una de las grandes cunas) ha hecho un auténtico giro copernicano; cuando Rutan publicó “Engulfed in Grief” (1997) o, más en concreto, “Conquering the Throne” (1999) el death que practicaba era demasiado técnico para su época y, con el paso del tiempo y sin ceder ni un ápice, su música ha terminado siendo más ‘old school’ que la de ninguno, sonando igual de técnico o más que entonces. Este es el claro ejemplo de aquel que persiste, que lucha y cree en su propia visión. Por otro lado, una forma romántica de verlo, de ese otro artista que entiende su arte, como su proyecto, y en el que, habiendo publicado únicamente siete discos en casi veinte años, han pasado por sus filas más de una quincena de músicos a los cuales ha cambiado, como si de un meccano, se tratase con tal de lograr esa visión de su arte.

Grossmann se solapa con la guitarra y da lo mejor de sí mismo para seguirla, mientras Rutan parece disfrutar cogiéndonos por el cuello y llevándonos a su mundo, ese que Eliran Kantor (tercer álbum del que disfrutamos en menos de una semana con portada del israelí, muestra de su talento y repercusión) ha sabido reflejar con su arte. Lo grande de Hate Eternal es que uno sabe cómo empiezan sus canciones, pero nunca como concluirán, qué nos acechará tras la siguiente estrofa, qué intrincado cambio nos romperá la cintura y siempre e invariablemente, con sucesivas escuchas, descubrimos un nuevo riff, un arreglo, un puente que creíamos escondido. “What Lies Beyond” se ve engrandecida por la labor de Grossmann en su estribillo mientras Hrubovcak se encarga de darle cuerpo en el rapidísimo solo de Rutan en el que el músico, en lugar de apabullar con su técnica, prefiere centrarse en la melodía y crear unos segundos de distensión antes del nuevo ataque en la estrofa.

Blast beats y mala ralea en "Vengeance Striketh", allá donde Morbid Angel deberían seguir, "Nothingness of Being" logra que el tono de Rutan sea aún más cavernoso, la sabia y desesperada complejidad de las anteriores composiciones convierten en un tren de mercancías a una canción en la que la base rítmica de Grossmann y Hrubovcak es la que hace sentirse cómodo a Erik en su tarea vocal, más narrativa que devoradora, más templada pero igual de fiera.

Pero esto es Hate Eternal, parece gritar Rutan, y el trío entra en formación imprimiéndole músculo a “All Hope Destroyed” y velocidad a “Portal Of Myriad” en la que Rutan volverá a atreverse con un gran solo repleto de melodía antes de lanzar un nuevo riff, quizá el más épico de todo el álbum, demostrando una increíble facilidad para componer sin aparente gran esfuerzo.

Y, de nuevo, otra sorpresa; “Upon Desolate Sands” nos lleva a otra época, otro país, otra cultura, gracias a la introducción y los coros, logrando esa suerte de metal étnico tan del gusto de Karl Sanders y transmitiendo esa desolación tan buscada en el título, en sus letras o la aparentemente-estética bíblica escena de la portada. Algo que se confirmará en “For Whom We Have Lost” con una gran introducción y trabajo de Rutan, simplemente magistral.

El trabajo de Grossmann y Hrubovcak es una auténtica locura, técnico y de gran gusto, Rutan está en una gran forma vocal mientras que sus dedos nunca parecieron volar a tanta rapidez y con tanto sentimiento en unas canciones tan bien escritas y maduradas que, aún siendo pronto para tal afirmación, posiblemente estemos hablando del mejor álbum de Hate Eternal. Si “Upon Desolate Sands” se hubiese publicado hace veinte años estaríamos hablando de un verdadero clásico, sin ninguna duda.

© 2018 Lord Of Metal



Crítica: Bloodbath “The Arrow of Satan Is Drawn”

Odio parecer tan auténtico que la gente crea que va a cruzarse con Fenriz de Darkthrone en el próximo concierto que coincidamos y luego hiperventile cuando se encuentre con alguien que haría parecer Pete Doherty a Tolkien pero, amando a Paradise Lost y teniendo a “Resurrection Through Carnage” (2002) y “Nightmares Made Flesh” (2004) tan cerquita de mi corazón, “Grand Morbid Funeral” (2014) fue un disco de ruptura con Bloodbath. No dudo que todas esas chavalas que posan con él en Instagram tengan la razón. ¡Estoy convencido de ello, claro que sí! Pero algo se perdió por el camino y no me refiero únicamente a Mikael Åkerfeldt (por no mencionar a Swanö o Eriksson, sin menospreciar a Peter, porque lo hicieron antes de la partida del cantante de Opeth) y con él, o con la llegada de Nick, Bloodbath cambiaron para siempre, tanto que no me veo a mí mismo posando con cara de eterna tristeza, medias de rejilla y el vinilo de “Grand Morbid Funeral”, intentando parecer que tengo menos años de los que calzo, como si de un misario se tratase. Del ejercicio de estilo, de ese enésimo intento por recrear la magia del death, salieron dos discos tan resultones como los anteriormente citados (“Resurrection Through Carnage” y “Nightmares Made Flesh”) pero no puedo considerarlos clásicos propiamente dichos o que me hicieran revivir lo mismo que sentí al escuchar “Scream Bloody Gore”, “Seven Churches”, “Altars Of Madness”, “Cause Of Death” o “Like An Ever Flowing Stream”, quizá por la edad, quizá por el talento y la frescura que estos irradian, quizá por la creatividad, pero lo que hicieron Bloodbath, siendo loable, se quedaba en el intento, potente pero forzado.

Y, siguiendo esta línea, amando la guitarra de Tommy Vetterli, la primera fue en la frente cuando vi la portada de Eliran Kantor (nunca me cansaré de decirlo, un verdadero genio) a la que lastra la columna negra con el logo de Bloodbath y que tanto me recuerda a los discos de Coroner. ¿Algo buscado, simple casualidad? De cualquier forma, aunque tenga fuerza, rompe la atmósfera de la perturbadora pintura de Kantor y sí, el título del álbum resalta, pero también nos lleva a la obra de los suizos.

Producido por la propia banda y con un auténtico lujo de invitados, “The Arrow of Satan Is Drawn” es todo lo que podríamos esperar de estos Bloodbath 2.0. Pocas novedades respecto al también éxito que supuso su predecesor, “Grand Morbid Funeral”. "Fleischmann", escrita por Jonas Renkse (Lord Seth) de Katatonia, es una mezcla entre la crudeza e inmediatez del black metal, mezclado con Entombed y un poquito de Dismember, a partes iguales, con la voz de Holmes llena de grano y Bloodbath sonando más sucios que nunca. La negrura sigue con un black & roll magnífico, de la mano de Anders Nyström (Blakkheim) que se suelta y firma una de las mejores canciones del álbum, más si tenemos en cuenta que Jeff Walker de Carcass, John Walker de Cancer y nada más y nada menos que Karl Willets de Bolt Thrower (ahora Memoriam) prestan sus gargantas en una canción que, a pesar de la ensalada de amigos, suena como una pieza única.

Más agresividad e infecciosos riffs en "Wayward Samaritan" de Karlsson (aunque la canción parezca más cerca del speed que del death o cualquier subgénero que, de verdad, exude negrura) hasta una de las pequeñas cimas, “Levitator”, en la que Renkse hace cambiar de ritmo a Bloodbath y deberemos dar la enhorabuena a Holmes y su poderosísima voz y tono de ultratumba. Hasta dejarnos las cervicales con “Deader” y su ritmo trepidante pero algo ocurre a partir de "March of the Crucifers" que se nos corta el cuerpo, los armónicos de las guitarras y el pesadísimo riff que sirve de rítmica no ayudan demasiado a la composición más repetitiva de “The Arrow of Satan Is Drawn” o el hecho de que "Morbid Antichrist" robe el esquema de Slayer y lo brutalice o que "Warhead Ritual" no termine de despegar en una recta final en la que sólo se salva la maravilla que es "Only the Dead Survive" y su atropellado riff antes de que Bloodbath decidan finiquitar el álbum tirando de melodía en "Only the Dead Survive", nada en contra pero demasiado fácil para terminar sonando a unos Satyricon aún más edulcorados.

Quejarse de una banda como Bloodbath es ser demasiado puntilloso, querer sacarle punta a una buena producción y una plantilla de lujo pero, a pesar de parecer lo que no soy, en efecto, algo se perdió por el camino y no fue únicamente el bueno de Åkerfeldt…


© 2018 Lord Of Metal


Crítica: Muse “Simulation Theory”

Suena “Algorithm” y Muse parecen haber obrado el milagro. Una vez solventada la aventura distópica orwelliana que les llevó a firmar el que quizá sea su peor disco, “Drones” (2015), con el que demostraron ser humanos y saber equivocarse, rescatando riffs del pasado y parodiándose a sí mismos en un álbum tan poco original como aquel, Muse parecen haber continuado el viaje épico de unos y ceros que comenzaron con “Black Holes and Revelations” (2006) en el que sus guitarras comenzaron a coquetear con el funk en la propia “Black Holes and Revelations” y la electrónica más alienadora, llevando aquello al paroxismo con “The Resistance” (2009) y elevándolo a la enésima potencia con “The 2nd Law” (2012), cuya segunda cara hacia aguas (es cierto) pero, en directo, se mostraban tan bombásticos como de costumbre. Por el camino se perdieron las guitarras más gruesas, aquellas que hacían las delicias de los que llevamos siguiendo al trío de Devon desde “Showbiz” (1999) y podemos presumir de haberles disfrutado en cada una de sus giras, pero daba completamente igual porque “Supremacy”, “Madness”, “Panic Station” o “Follow Me” ayudaban a potenciar el fenómeno a cotas nunca antes vistas, si al comienzo de su carrera, Muse eran comparados con Radiohead, años después jugaban a ser U2 (“Starlight”) o Queen (“Madness”, la obvia “United States of Eurasia” o “Panic Station”) y las gafas de espejo y los botines plateados no podían haberle sentado mejor a Bellamy.

Pero el remilgo o la falta de ideas los llevó al mencionado “Drones” y Muse, sabedores de ello (o eso quiero pensar), dieron un brusco giro de timón con algunos singles, con algunas ideas que finalmente han terminado viendo la luz en “Simulation Theory”. Y es que la idea que subyace bajo este álbum es brillante, como muchas de las que pueblan sus canciones, que se sintetizan maravillosamente bien en la espectacular portada de Kyle Lambert (Stranger Things) y el homenaje constante a otra época, clásicos imperecederos de los ochenta que, por suerte, muchos hemos vivido de primera mano, toda una cultura ya inexistente si no es a través del mundo del celuloide o los surcos de los vinilos de Vangelis. Bellamy es extremadamente inteligente y sabe mover las piezas del puzle en un álbum orquestado por hasta cuatro productores diferentes; Mike Elizondo, Rich Costey, Shellback o Timbaland y en el que los grandes momentos brillan con luz propia, como es el caso de “Algorithm” y su impresionante comienzo, siendo el vórtice para entrar en el “Tron” particular de Bellamy y esos sintetizadores fríos como un témpano que son únicamente rotos por su operístico piano (aunque la batería de Dominic me suene a “Closer” de Nine Inch Nails) y unos arreglos de cuerda que mantienen la tensión de manera soberbia.

Pero también es un disco en el que desaciertos como la ligera “The Dark Side” son impropios de Muse o un single como “Pressure” no tiene la pegada suficiente, acabando convertida en una canción quizá demasiado repetitiva y poco arriesgada, y el homenaje a Prince de “Black Holes and Revelations”, aquí tiene su réplica en “Propaganda” en la que Bellamy parece copiar hasta los chasquidos con la lengua del genio púrpura. Con todo, Muse parecen volver a caer en sus propios y más recientes errores, ya que la primera cara (si escuchamos el vinilo, como es este el caso), es infinitamente superior con todos esos defectos mencionados, con composiciones tan complacientes como “Something Human” o la pegadiza “Thought Contagion”, sonando más a Imagine Dragons pasados por su propia túrmix, que a ellos mismos.

La evidencia se encuentra en “Get Up And Fight”, propia de Kylie Minogue, el homenaje definitivo a los ochenta más pedorros de discoteca de pueblo y cubata aguado en mano con “Blockades” o la ya conocida por todos, “Dig Down”, que parecía estar escrita en la misma tarde que “Madness”, antes de finiquitar el álbum con “The Void” y una cadencia en el estribillo de Bellamy similar a “Exit Music (For a Film)” de Radiohead pero con los mencionados sintetizadores de Papathanassiou.

Por suerte, no es “Drones” pero los seguidores más veteranos o aquellos que no hemos sido inoculados por el virus del fanatismo, echaremos en falta las guitarras y más trabajo de composición, menos papel celofán de colorinchis, menos lazos, menos adorno y más trabajo de fondo de Matt, Chris y Dominic. Escucho “Algorithm”, el “alternate reality versión” incluido y no puedo menos que quitarme el sombrero por lo que este “Simulation Theory” podría haber llegado a ser, pero parece haberse quedado a medias por la inclusión de canciones menores o de poco calado, una pena.


© 2018 Conde Draco


Crítica: Soulfly "Ritual"

Max el loco, Max el vagabundo, Max el hediondo, Max el gordo, Max el que ya no puede tocar la guitarra, Max el alcohólico, maldita sea, pero también Max el de Sepultura; aquel que tocó el cielo con “Beneath the Remains” (1989) y “Arise” (1991) pero también la yema de las dedos de las masas con un álbum tan bien pensado, “Roots” (1996), pero tan mal llevado a la práctica (en el que lo étnico se daba de bruces con el sonido más puramente mainstream y norteamericano de Ross Robinson) y, por último, aquel también que dejó a su banda en la cima de su popularidad y nos ha regalado buenos discos al frente de Soulfly, como “Prophecy” (2004), el magnífico “Dark Ages” (2005) y, en menor medida, “Conquer” (2008) o “Enslaved” (2012) porque tampoco voy a hacer un repaso de ese mar de colaboraciones que nos ha traído de todo, que genera tantas filias, como fobias y desconocimiento. Para gran parte del público, ese que, por desgracia, puebla ahora los festivales y acaricia la treintena con insoportable levedad, Max es el primero porque no han conocido su mejor época y, los más atrevidos, pasan de puntillas y sin muchas ganas en esa tarea arqueológica de descubrir auténticos clásicos como  “Schizophrenia” (1987) o el inferior “Chaos A.D.” (1993) mientras que para esos otros que exprimimos los noventa, Phil siempre será Pantera, como Max siempre será Sepultura y eso, amigos míos, por mucho que les joda a esa insufrible generación de niños que ignora a semejantes monstruos y se divierten en la caricatura, no hay puta Wikipedia o servicio de streaming que se lo cuente, a menos que le pongan muchas ganas y ese no va a ser el caso.

Y escribo todo esto con el conocimiento que me han dado los años pero también la paciencia de haberle dado una y otra oportunidad al bueno de Max, que “Archangel” (2015) ya fue algo lo suficientemente llamativo como para demostrarnos que Max había enderezado su carrera tras “Savages” (2013) a la que la incorporación de Mike Leon al bajo sólo ha sumado en ese combo maravilloso con Marc Rizzo; aquel que, para bien o para mal, es la espina dorsal de la actual formación de Soulfly, en quien se apoya Max.

Tras la magnífica portada de Eliran Kantor (como no podía ser de otra manera, claro está), Josh Wilbur pilota la nave y Soulfly nos dan la bienvenida. Cantos étnicos, las guitarras de Rizzo y Max y cierto sabor a Sepultura en “Ritual” y el primer gran contraste entre ese Max que parece no tomarse demasiado en serio sus conciertos y un auténtico cañonazo como el que abre semejante álbum. Randy Blythe de Lamb Of God, uno de mis cantantes favoritos del metal actual, presta su voz a “Dead Behind The Eyes” y Soulfly parecen convertirse en una versión mejorada de sí mismos gracias al golpe de groove que Blythe parece haberles insuflado. No será el único invitado, Ross Dolan de los enormes Immolation hará lo mismo en “Under Rapture” y, por arte de magia, Soulfly parecen también asumir el rol de acompañarle y desmarcarse de sus coordenadas habituales. 

Blythe parece dejarles afinados, así “Evil Empowered” es tan brutal que tendremos que parpadear dos veces y volver a mirar el disco que estamos escuchando. ¿De verdad este es Max Cavalera? Será su vástago, Zyon el que también nos deje boquiabiertos en “Demonized” repleta de cambios de ritmo y fiereza a partes iguales, tras la bonita introducción. “Blood On The Street” quizá sea el único punto negativo por su poca originalidad en el riff, algo que solucionan en “Bite The Bullet” con el sweep picking de Rizzo, o ese homenaje a Motörhead en "Feedback!" que sabe a gloria bendita, como ese final con la guitarra de Rizzo derrochando pura sensibilidad de nuevo, un saxo y tanta elegancia que termina rompiéndonos.

Soulfly han firmado su mejor álbum con permiso de “Dark Ages” y, siento decirlo, aunque la comparación es más que lógica, infinitamente superior a cualquier disco de los Sepultura de Kisser. Mal que les pese a todos aquellos que parecen disfrutar con la desgracia ajena, pese a todos sus problemas y adicciones, Max, sigue dando pruebas de su genialidad y que sea así por mucho tiempo. 

© 2018 Lord Of Metal



Crítica: Greta Van Fleet “Anthem Of The Peaceful Army”

Siempre recordaré, y no será la última vez que lo mencione, las palabras de Lemmy sobre Prince, cuando, sin menospreciar al verdadero genio de Minneapolis, aseguraba que no podía disfrutar de él, o ni siquiera se había molestado, porque había visto a Jimi Hendrix en directo. Y no estamos hablando de un tipo de clase media al que sus padres le dieron unos peniques para ver a Hendrix desde la comodidad del patio de butacas, Lemmy fue roadie de Hendrix y cuando escribo ‘roadie’ lo hago con todas las consecuencias; no solamente cargó con su equipo sino que también le hacía todo tipo de encargos y, por supuesto, compró y compartió drogas, a modo de propina. Escuchando a Greta Van Fleet también recuerdo a Steve Vai cuando afirmaba que no interpretaba blues porque siempre que lo escuchaba de mano de un guitarrista blanco era como paladear una tostada untada con mantequilla aguada. El lector más avispado entenderá por dónde van los tiros en una crítica a Greta Van Fleet y el menos espabilado (aquellos que, por ejemplo, nos dejan divertidos pero airados comentarios en Facebook) poco entenderá porque, seguramente, se deje llevar por el producto que tiene entre manos y, si suena bien y se le pegan algunas canciones, creerán saber de música, lo suficiente como para corregir a servidor, que escribe y…. bueno, también está bien. Cada uno a lo suyo.

Pese a haber disfrutado moderadamente de “Black Smoke Rising” (2017) o “From The Fires” (2017), sumando entre los dos las doce canciones que, por propio derecho, podrían entenderse como su primer álbum, y tras escuchar en bucle este, su debut, “Anthem of the Peaceful Army”, he de reconocer que no me gustan Greta Van Fleet porque, a mi edad, reúnen algunos de los ingredientes que tanto me disgustan de cualquier artista. A saber, el hype con el que la prensa les ha recibido como si fuesen “the next big thing” (odio los anglicismos pero así es como se le conoce a este fenómeno que, curiosamente, suele ocurrir con más frecuencia al otro lado del charco, que cada uno saque sus conclusiones…), los torpes esfuerzos de su vocalista por borrar sus huellas en la arena y asegurar que su influencia vocal procede de Steven Tyler, cuando por tono y color no le debe nada al de la banda de Boston y sí a Robert Plant quien, con mucha ironía pero no exento de mala ralea, pone los ojos en blanco y se ríe. No me gustan las críticas de aquellos que estaban de huevo en huevo cuando Zeppelin seguían en activo pero aseguran que, musicalmente, Greta Van Fleet cubren el expediente cuando se olvidan, porque nunca lo vivieron y seguramente no hayan mamado los discos de Zeppelin. Que si estos triunfaron por todo lo alto y han dejado huella indeleble en el rock no es precisamente por su originalidad (ese estúpido argumento que muchos mentecatos esgrimen para menospreciar su legado) sino por su forma de reinterpretar, de tomar todas aquellas influencias negroides y mezclarlas con su propia mística, elevándolas a otro estadio gracias a su pasión y contundencia, a su extraordinaria pericia con los instrumentos; el incansable buscador que era Page, el multiinstrumentista sensible de Jones, el martillo de los dioses que era Bonham y el epítome de lo varonil mezclado con el exotismo y una garganta prodigiosa como la de Plant, fueron lo que hicieron que Zeppelin sea parte de la historia de la humanidad. Nada que se pueda medir con una regla para establecer absurdas comparaciones entre lo que ocurrió hace casi cincuenta años (cuando todo les parecía inventado a aquellos que sí que vivieron aquella época y la pirueta con tirabuzón de Zeppelin les era igual de sorprendente), ese movimiento sísmico de proporciones planetarias y el leve temblor de mesa coja que suponen Greta Van Fleet.

Desde sus primeras notas, “Age Of Man”, mientras observo la portada, me lleva a otra época y hay que reconocerles a Van Fleet la inteligencia de situar su pieza más extensa al comienzo del álbum y no al final, como suele ser habitual. Se desperezan y suenan maravillosamente bien, la producción está magníficamente cuidada y es heredera de una época ya pasada y, pese al tremendo ejercicio de estilo, hay un terrible anacronismo entre el chirriante y crujiente sonido de la guitarra de Jake Kiszka (claramente, por Page) y el procesadísimo sonido de la batería de Danny Wagner. Muchos no lo apreciarán, pero la batería suena completamente actual y tan poco orgánica, tan poco natural como encontrarse que uno de los lanceros de Velázquez lleve un reloj digital Casio. Primera en la frente para todos aquellos que esperábamos más, ninguna para esos con orejas de corcho que escuchan un disco como un producto terminado y son incapaces de escuchar cada instrumento por separado.

En “The Cold Wind” las cosas se empiezan a calentar, el problema es que la cama es la de otro, la de Zeppelin, claro está, y continuarán con “When The Curtain Falls” y Jake fraseando entre verso y verso de Josh, al más puro estilo del binomio de Page y Plant. Más problemas para el oyente más avezado y pocos para el casual o el poco exigente, mientras la voz de Plant en “Led Zeppelin I” (1969) es aguda y su tono es alto, no suena forzada sino natural y llena de color blues en lo que es un auténtico orgasmo sonoro, la de Josh Kiszka resulta tan forzada que parece que se le vaya a subir un testículo o se haya puesto hasta los ejes de helio, como ocurre en “Lover, Leaver” o “The New Day” en la que deberemos comprobar si las revoluciones de nuestro vinilo son las adecuadas.

Más diferencias odiosas son cuando Greta Van Fleet abandonan el “Led Zeppelin I” y acuden prestos al sacrilegio acústico del bello “Led Zeppelin III”, sacan las acústicas de sus armarios, y entonces se muestran plenamente inofensivos en “You’re The One”, la tontorrona “The New Day” e intentan darle, sin éxito, cierto exotismo a “Anthem” gracias a la percusión, mostrándonos composiciones que no poseen la calidad y cuando son desprovistas de su envoltorio zeppeliniano más caricaturesco, fracasan estrepitosamente, no pudiendo ser recordadas una vez han concluido. Casos más flagrantes son el robo descarado a Ram Jam en el riff de “Lover, Leaver”, la inclusión de un slide en la facilona “Mountain Of The Sun”, en la que todo resulta tan poco original como su propio título o la lentísima “Watching Over” (donde el estropicio del sonido de la batería es aún más evidente) y Josh parece salido de la serie Alvin y las ardillas (Alvin and the Chipmunks, para los más esnobs), rozando ese esperpento que a muchos les encantará pero a servidor le aburre sobremanera.

Y esto, más allá del disgusto que le pueda causar a aquellos que sí creen saber de música y lloren sangre al leer esta crítica, tan sólo encierra la poca memoria que tenemos como público cuando, no hace mucho, se nos han vendido a bandas como Wolfmother como los herederos de Zeppelin, a Kula Shaker como los adalides de la psicodelia, a Franz Ferdinand como los próximos Talking Heads y a Interpol como Joy Division y ya vemos cómo han acabado todos. Si quiero escuchar a Led Zeppelin, pincho sus discos y punto, y me dejo de bandas tributo con insoportables e inanes temas propios.


© 2018 James "Whitey" Bulger 

Crítica: Disturbed “Evolution”

Escucho otra vez la versión de Paul Simon y Art Garfunkel, en la voz de David Draiman y únicamente me conmueve la sensibilidad de aquellos dos chavales que la escribieron en 1965 y, junto con muchas otras, hicieron historia tocando el corazón de cientos de miles de personas. De la versión que Disturbed han querido incluir en su último álbum no entiendo apenas nada; la impostada voz de Draiman parece de chiste y el bonito tono de Myles Kennedy queda oculto tras la del vocalista de los de Nevada. Y la entiendo aún menos porque no supone nada diferente; para mí, las versiones deben ofrecer otra visión de la misma obra, conservar la esencia de la original, pero mostrar una nueva perspectiva de la composición y esta versión de Disturbed, al margen del fingido apasionamiento en la voz, no cambia absolutamente nada respecto a la original que Simon y Garfunkel interpretasen con una instrumentación mínima. Además, la versión de Disturbed rompe amargamante el intimismo que derrocha la original, sé que el propio Simon ha felicitado a Draiman pero, ¿cómo no darle las gracias a aquel que ha sumado algunos ceros a tu cuenta bancaria?

Y escribo todo esto porque me da la sensación -y es más que probable- que el éxito de aquella versión haya condicionado un álbum, tan inapropiadamente bautizado como “Evolution”, que parece haber nacido de composiciones descartadas anteriormente y cuatro baladas metidas con calzador que son el verdadero anticlímax. ¿Con tanta canción acústica, ha querido Draiman seguir agradando a ese público que una versión como “The Sound Of Silence” ha traído a Disturbed? Posiblemente, pero de lo que estoy seguro es que el álbum que él mismo ha anunciado como su propio “Black Album” suena tan poco inspirado, artificial y forzado que cualquier comparación con aquel de Metallica -por muy aperturista al gran público que fuese y todo lo que queramos criticar a la banda y el trabajo de Bob Rock, como antesala de lo que estaba por venir- es poco menos que una herejía.

Nacidos del ya agotado nu metal a finales de los noventa, “Disturbed” tuvieron su gran momento con “Ten Thousand Fists” (2005) e “Indestructible” (2008) con dos trabajos como presentación, su debut “The Sickness” (2000) y “Believe” (2002). A partir de ahí, con la publicación de “Asylum” (2010) las cosas parecieron torcerse con un álbum que dividió a sus seguidores y devino en un descanso de cinco años hasta “Immortalized” (2015), quizá su obra más floja hasta la fecha, a la que “Evolution” ha convertido en obra maestra. El acabado sobreproducido, a pesar del trabajo de Kevin Churko, la voz de Draiman en primerísimo primer plano, cantando unas melodías demasiado manidas, sobre unos riffs de Dan Donegan que, sí es verdad, son concisos pero por fáciles; tan efectistas, como poco trabajados, son algunas de los puntos débiles de un álbum erróneamente titulado “Evolution” que ahonda en los ya consabidos defectos de Disturbed, pero magnificándolos cuando escuchamos que ninguna de sus canciones es realmente memorable, como para querer ser todo los rupturistas que cacareaban y, para colmo, servir de homenaje a Chester Bennington de Linkin Park y Vinnie Paul de Pantera.

“Are You Ready” está tan procesada que pierde frescura, la idea de la canción viene de lejos, pero Disturbed han decidido, incomprensiblemente, utilizarla como primer cartucho de “Evolution”. El clásico fraseo de Draiman al cantar, Donegan sonando completamente sintético y una verdadera masilla de John Moyer y Mike Wengren cuya aportación bien podría haber sido sustituida por cualquier software de estudio.

“No More” suena sospechosamente similar a una versión descafeinada de “Disposable Teens” de Marilyn Manson, seguramente fuese escrita hace quince o veinte años y Disturbed hayan aprovechado el tupper que la inspiración les dejó en la despensa, hace más de una década. ¡Y comienzan las baladas! “A Reason To Fight”, “Hold On To Your Memories”, “Watch You Burn” y “Already Gone”. Es sorprendentemente fácil cantar “Four Seasons In One Day” de Crowded House en la primera estrofa de “A Reason To Fight”, mientras que “Hold On To Your Memories” habría sonado infinitamente mejor en la garganta de Eddie Vedder y Pearl Jam, “Watch You Burn” en la de Cornell o Myles Kennedy y “Already Gone” en la de Jarvis Cocker o Matt Berninger pero no en la forzada voz de Draiman, ya puestos. Con todo esto quiero decir que no tengo ningún problema con las baladas, las canciones lentas, mientras sean conmovedoras e inolvidables, mientras transmitan, no es el caso de estas cuatro que ralentizan innecesariamente el álbum de una banda de hard rock, metal alternativo o como queramos etiquetarles actualmente…

Para colmo, “Saviour Of Nothing”, “In Another Time” o “Stronger On Your Own” son un medio tiempo (aunque esta última quiera engañarnos con el riff inicial de Donegan) y tan sólo “The Best One Lie” tenga un poquito (he escrito “un poquito”) de fuerza antes de cerrar el álbum con la ya mencionada versión en directo de “The Sound of Silence”, un remix de “Are You Ready”. La aburrida “This Venom” y la “colaboración definitiva”, otra balada; "Uninvited Guest", esta vez con Diane Warren.

Nos reímos de Nickelback, hemos conseguido olvidarnos de Creed gracias a Alter Bridge y algunos todavía quieren tomarse en serio a Five Finger Death Punch pero que no se nos olvide meter en el mismo saco a Disturbed. Otra de esas bandas, típicamente norteamericanas, que han engañado a muchos seguidores del metal o el hard con algunas canciones, pero no encierran más misterio que un sonido completamente comercial, domesticado y digerible, para sonar en todas las radios posibles. No es un crimen, pero casi…


© 2018 James Tonic


Crítica: Haken "Vector"

Supongo que es una cuestión de gustos y hay discos que, aún sonando muy bien y estando tocados por las musas, a uno no le terminan de entrar y otros que, sin embargo, nos llegan con más fuerza. Como he escrito en multitud de ocasiones, Haken son una banda que no poseen un solo álbum mediocre y, como otras formaciones, esto se debe a su calidad como músicos. Si al tibio debut que fue “Enter the 5th Dimension” (2008) se le puede considerar ese “meter el pie en la piscina para comprobar su temperatura”, con “Aquiarius” (2010) encontraron la fórmula que desarrollarían en “Visions” (2011) y “The Mountain” (2013) y, si en “Affinity” la producción y la portada tenían un toque verdaderamente retro y no me terminaba de convencer la interpretación de Ross Jennings en un álbum con tantos aciertos como desaciertos, tan equilibrado y coherente como es de habitual pero al que “Visions” y “The Mountain” seguían dando tanta sombra que deslucían el resultado de unas canciones tan conservadoras bajo un futurista barniz ochentero. ¿Por dónde tirarían Haken? ¿Continuarían por la brecha abierta de la autocomplacencia o, por el contrario, arriesgarían un poco en su próximo álbum? La respuesta es “Vector” y, sin ser una obra maestra, sí que es un disco infinitamente más arriesgado, más ambicioso y con un toque de maldad que, como ocurría en “Affinity” y su portada, cala muy hondo desde su rojísimo artwork, obra de Blacklake.

“Vector” es un dignísimo disco de este siglo, de esta década, que contiene momentos de auténtica genialidad, capas y capas de guitarras, arreglos y sintetizadores y la voz de Jennings, ahora sí, completamente integrada en el resultado final de Griffiths, Hen, Tejerida y Green con la mezcla de Adam Getgood, menos equilibrado que “Affinity” pero con más subidas y bajadas que una montaña rusa y esto, que en otro disco sería toda una crítica, en “Vector” es la pizca de excitación que necesitamos para seguir manteniendo el interés. Para aquellos que disfruten de las metáforas más irrelevantes; “Affinity” es esa pareja sosota que puedes presentar a tus padres, “Vector” es la que te gusta a ti, pero ellos mirarán siempre reprobándola.

El equilibrio es perfecto, siete canciones (ni una más, ni una menos), no hay por qué alargar un álbum cuando la inspiración es suficiente y los músicos no tienen que alegar nada excepto su talento. Una introducción tan enorme como “Clear” vale el peso en oro de “Vector” y yo, que habitualmente reniego de “intros” y “outros” por considerarlas puro relleno, sólo puedo rendirme ante la que abre “The Good Doctor”, ese viaje de cuatro minutos que se abre con el teclado de Tejeida y es rota por el bajo de Green, no quiero insistir pero los dos primeros minutos de “The Good Doctor” son claramente superiores a todo el álbum anterior, en la que no faltan hasta metales; eso sí, magníficamente integrados dentro de la composición, no metidos con calzador.

“Puzzle Box” se aproxima al djent respecto al anterior álbum, en este te recordarán a Tesseract pero en esta obra de Haken hay un puntito de maldita negrura (además, el puente, la voz de Jennings y cómo lo resuelven es de matrícula de honor), algo que se deja sentir en “Vector” cuando nos encontramos a unos músicos que buscan endurecer su sonido respecto al anterior disco, quizá algo inofensivo. “Veil” posee fuerza, de nuevo Tejeida y Green son los que marcan la diferencia, en concreto Tejeida es quien le confiere esa sonoridad tan especial pero, en este caso, creo que algo menos de minutaje y un poco más de concreción le habrían sentado mucho mejor.

“Host”, al revés que las anteriores, comienza de manera elegante gracias al fliscorno de Miguel Gorodi y es que hay que tener muchos huevos para, en un álbum como “Vector”, incluir una pieza así. La sorpresa es mayúscula cuando Haken la terminan llevándola a su terreno y Jennings eleva su voz hasta perderse su lamento entre los arreglos de la canción.

El djent vuelve con “A Cell Divides”, una de las mejores canciones, en la que los ingleses logran el equilibrio perfecto entre la agresión, el mencionado djent de carnosos y sincopados riffs, las texturas del teclado y los sintetizadores y la melodía a las voces, en una triada formada por “The Good Doctor”, “Puzzle Box” en la que “A Cell Divides” ejerce de brillante broche de oro para cerrar “Vector”. Un álbum que quizá no guste a sus seguidores de siempre pero que nos hace cambiar a muchos el paso y volver a esperar lo que Haken tienen que decir. Como escribía al comienzo; cuestión de gustos pero “Vector” es de lo mejor que han publicado en mucho tiempo y se erige como uno de los grandes discos de este año que se larga tan rápido como entró.


© 2018 James Tonic



Crítica: Windhand "Eternal Return"

El lector seguramente me mate cuando le descubra que Windhand siempre me han parecido un cruce entre Electric Wizard y My Morning Jacket. Quizá porque de los primeros toman prestados esos monolíticos riffs con un puntito de psicodelia y, de los segundos, esta misma pero mezclada con la lisérgica voz de Dorthia Cottrel, más cerca de Jim James que de los Wizard, Saint Vitus o Cathedral. Pero la única verdad, la que encierra “Eternal Return” es la de una banda con una discografía tan sólida como cualquiera de sus guitarras. Desde “Windhand”, pasando por “Soma” (2013), quizá el mejor, a “Grief's Infernal Flower” (2015) o este último, los de Virginia no han firmado un solo disco mediocre. Para colmo, en “Eternal Return” repiten con Jack Endino (sí, el mítico Endino de Sub Pop) que también les produjo “Grief's Infernal Flower” (a mi gusto, un poquito superior) y vuelven a desplegar sus pesadísimas alas, lo que se traduce en pesadísimas guitarras, densos desarrollos, en una producción minimalista que -tampoco nos engañemos- es la que pide la propuesta de Windhand, una propuesta tan sencilla e identificable que es por eso que sorprende tanto la voz de Cottrel, acostumbrados, como estamos, a guturales, rasgadas o abisales gargantas de ultratumba.

Ocho minutazos nos dan la bienvenida en “Halcyon”, Morris deja caer su guitarra y Chandler frasea, mientras Wolfe se limita a acompañarles y Cottrell y su acolchada y dulce voz parece cantarnos al oído, con un poquito de reverb; ecos de Jim James pero también de J Mascis o Kevin Parker. Un puente estupendo y al estribillo, es doom pero es un doom accesible (que no fácil) que se cierra con lo que parece un flanger a todo trapo, centrifugando nuestras emociones. El rumor de “Grey Garden” tiene más del grunge de los noventa que de la obra de Dorrian, la de Iommi o Bobby Liebling, la garganta de Dorthia suena más suave que nunca y el estribillo es de verdad pegadizo, como bonito y todo un punto y aparte, su bonito puente. Como decía, la deuda con el rock alternativo es evidente, pero es el contraste entre Cottrell y la música que practican, lo que hace que Windhand resulten tan atractivos.

La demostración de que se puede hacer doom en acústico y seguir resultando, es "Pilgrim's Rest" y sus aires de western, una ensoñación sólo rota por el crujido, el chasquido del fuzz en "First to Die", siete minutos de una tormenta eléctrica procedente de los dedos de Morris. Sus quintas suenan tan pedestres como deben sonar; creando un muro de estática entre su música y tus oídos. La cargadísima "Light into Dark" es capaz de crear una atmósfera de tintes psicodélicos que sirve de puente a “Red Cloud”, y la banda parece arrancarse, improvisando, en una enfebrecida carrera hasta “Eyeshine”, en la que no nos cuesta nada en absoluto imaginarnos cantándola a Layne Staley e incluso a Chris Cornell en las notas más altas.

Lo único que puedo echar en falta en este “Eternal Return” es que su segunda cara acusa la falta de canciones como “Halcyon” o “Grey Garden” cuando las composiciones, aunque brillantemente interpretadas y sin perder su capacidad para llevarnos a otros mundos de conciencia alterada (madre mía, qué frase pero qué acertada…), parecen no poseer la inmediatez de los estribillos o los riffs de las mencionadas y no es hasta “Diablerie” que no encontramos una melodía a la que nuestra memoria sea capaz de aferrarse o el dramatismo de “Feather”, otra muestra acústica (aunque luego las eléctricas les tomen el relevo) de lo que Cottrell, Morris, Chandler y Wolfe son capaces de hacer.

Mientras la escena metal de Virginia no puede quejarse, Windhand siguen a lo suyo y, sin armar mucho ruido y lejos del calor de los focos y la popularidad de las redes sociales y portadas digitales, siguen construyendo una carrera con tanta calidad, como cercana a la obra de culto. Me cuesta mucho elegir entre uno de sus discos o asegurar que “Eternal Return” no esté a la altura de anteriores entregas porque, aunque “Soma” me siga pareciendo su obra más acertada, entiendo su carrera como un todo.


© 2018 Conde Draco

Crítica: Terrorizer "Caustic Attack"

Hace unos meses, pude intercambiar unas palabras con Karl Sanders de NILE, uno de mis músicos de death favoritos y le recordé la última gira de su banda que pasó por nuestro país, en la que compartieron cartel con los míticos Terrorizer. Una sonrisa de satisfacción se le dibujó en el rostro; “ha sido una gran gira con ellos” y no le faltaba razón. Acudí a la sala principalmente por ver el binomio formado por Sanders y un verdadero monstruo como Kollias porque de Terrorizer, aunque siempre fiables en directo, no esperaba gran cosa. Mi sorpresa fue mayúscula, no sólo sonaron dignos, sino que literalmente reventaron la sala y nos dejaron a todos boquiabiertos, no pudiendo hacer otra cosa que darle la enhorabuena a Pete Sandoval que tuvo el acierto y la humildad de mezclarse con los seguidores y atendernos a todos, tan grande sobre el escenario como lejos de él. El caso es que aquella última actuación de Terrorizer me dejó con la ilusión de que su próximo disco, este “Caustic Attack” que ahora nos ocupa, sonase tan crudo y directo, tan agresivo y contundente como lo que acababa de ver sobre las tablas.

Y, honestamente, no sé si es porque Sandoval, Harrison y Molina están en un gran estado o por la mano de Jason Suecof (quien también ha producido “Overtures of Blasphemy” de Deicide) que “Caustick Attack” puede considerarse el mejor trabajo de la banda de Los Angeles con permiso del eterno y mítico “World Downfall” (1989) de una carrera tan breve como irregular, con buenos intentos como “Hordes Of Zombies” (2012) pero también sonoros desaciertos, “Darker Days Ahead” (2006), para una banda cuyo nombre permanecerá escrito en la historia del metal y que, a lo largo de sus más de veinte años de carrera, debería haber dado más muestras de su genialidad. Es verdad que, como en muchos casos, los constantes cambios de formación y aquel hiato, además de la deserción de Jesse Pintado o la inestabilidad de Sandoval no han ayudado a que Terrorizer hayan podido tener una continuidad como se merecen, pero es precisamente Sandoval el que en “Caustic Attack” nos da toda una lección de fiereza y tecnicidad, siendo un gran batería como es; su trabajo es impecable y sorprende gratamente descubrir que no ha perdido ni su toque, ni su mala ralea en un álbum que respira puro y duro death metal. ¿Hay grind? Pues no tanto como se podría esperar…. “¡Esto es death metal!” -parece gritar Sandoval mientras nos mete una patada en el pecho, como si de Leónidas en Esparta se tratase.

“Turbulence” no podría haber sido titulada mejor, sus primeros compases a lomos de la batería de Sandoval son verdaderamente convulsos, tanto que cuando entra el entrecortado fraseado de Molina sentimos hasta un ligero alivio por el descenso de tensión. Pero, claro, “Invasion” nos nos dará tregua y, si lo que buscamos es un pequeño descanso, “Conflict And Despair” no es lo recomendado por ningún médico; el trémolo de la guitarra de Lee Harrison es una auténtica pulsión nerviosa que termina bajando las revoluciones con un riff grueso como pocos.

La ácida “Crisis” nos demuestra que Terrorizer van a lo suyo, ni ella, ni “Infiltration” o “The Downtrodden” pretenden reinventar el género, pero esa honestidad se agradece cuando lo que nos encontramos es a tres músicos con la suficiente experiencia como para sonar como cuatro y ofrecernos casi cuarenta y cinco minutos de auténtico subidón de adrenalina. “Trench Of Corruption” y “Sharp Knives” siguen el mismo esquema, ese por el cual, Terrorizer, arrancan la composición de manera más pausada para, en pocos segundos, encabritarse y recorrer dos o tres minutos con furia desbocada. “Caustic Attack”, la canción, suena atemporal; podría haber sido firmada a finales de los ochenta o primeros de los noventa y seguir sonando con el mismo encanto, Sandoval clavará su último minuto con la ayuda del rugido de Molina, mientras que “Poison Gas Tsunami” parece caer sobre nosotros con todo su peso y Lee Harrison desatará la furia de sus seis cuerdas en canciones tan acertadas e infalibles como “Terror Cycles” o, especialmente, “Wasteland”.

Si hace poco me hubiesen contado que Sandoval, tras sus desnortadas declaraciones en la prensa, sería capaz de firmar uno de los mejores discos de Terrorizer veinte años después de aquel “World Downfall”, no me lo hubiese creído. Pero esta es la grandeza del metal y unos músicos a los que, como guerreros dormidos, hay que tener cuidado con no darles la espalda. Muy grandes Sandoval, Molina y Harrison, pueden sentirse orgullosos de seguir sonando así y devolvernos toda la magia de un nombre como Terrorizer.


© 2018 Lord Of Metal