SABATON y la Primera Guerra Mundial.

Los suecos regresan con su nuevo álbum, "The Great War", fieles a la cita y su estilo. Sin novedades en el frente...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

METALLICA en Madrid...

Un concierto con tantas luces como sombras, pésimo sonido y repertorio irregular.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

El adiós de CHROME DIVISION...

"One Last Ride" de CHROME DIVISION (Shagrath, DIMMU BORGIR), digno canto del cisne de una banda que se despide.

Así es "Hexed" de CHILDREN OF BODOM.

Laiho y los niños del lago BODOM regresan con un álbum diferente, pero dinámico y mágico.

"Songs For The Dead Live": KING DIAMOND sigue siendo el rey.

Así es el nuevo directo del danés, gira de la que fuimos testigos....

"amo" de BRING ME THE HORIZON: el estrógeno es bello...

...o cómo Oli Sykes pierde el norte y trollea a su público.

HIGH ON FIRE, Mastodon en estado crudo.

Con "Electric Messiah" estamos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya.

GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Cult Of Luna "A Dawn To Fear"

La primera vez que vi a Cult Of Luna en directo, recuerdo que lo que más me llamó la atención fue cuando la banda empezó a tocar y sentí retumbar todo mi cuerpo, no solo por el altísimo volumen sino por la profundidad de sus graves. Hubo una época en la que disfrutaba muchísimo cotilleando el equipo que traían las bandas en directo y recuerdo perfectamente que Cult Of Luna eran auténticos gourmets. También recuerdo (sic) la primera vez que los escuché, corría la época de “Salvation” (2004), mucho antes de “Eternal Kingdom” (2008) y, por supuesto, el que probablemente sea mi favorito, “Somewhere Along The Highway” (2006), mucho antes de que “Vertikal” (2013) se convirtiese en el disco de muchos y muchas que querían venderme sus bondades, desdibujando por completo la imagen de la banda. Y, sin embargo, parece que Cult Of Luna han pisado el freno y han preferido huir de sí mismos, escapar de “Eviga Riket” (2010) y de esa desmedida atención recibida con el citado “Vertikal”, escondiendo sus pasos en la arena con el brillante “Mariner” (2016), pero tardando seis años en volver a publicar un álbum, propiamente dicho. Y ese descanso, esas vacaciones de uno mismo, no podrían haberles sentado mejor; “A Dawn To Fear” (2019) a tan sólo dos semanas de profundas escuchas, me parece más rico que “Vertikal” (2013), sin que esto vaya en perjuicio de un álbum que sigo considerando una obra maestra, pero quizá sin la forzadísima sensación de trascendencia que aquel acusaba cuando en su composición parecieron hacer una variada receta estética de todo aquello que buscaban, quizá un monstruo de naturaleza bien diferente pero, al fin y al cabo, uno de dimensiones ciclópeas en el que, si bien Thomas Hedlund quería evitar lo orgánico del sonido de la banda en un álbum como “Vertikal” (y bien que lo logró), es en “A Dawn To Fear” en el que Cult Of Luna vuelven a ser de carne y hueso gracias a una producción infinitamente más cálida en la que no deberemos confundir organicidad con cercanía o una pérdida de exuberancia en la instrumentación y esa misma sensación de muro que canciones como “The Silent Man” logran desde su primer segundo cuando el ‘ruidismo’ más puro de los noventa, se encuentra con el postmetal de este siglo y precisamente Hedlund y Magnus Líndberg sacuden en la percusión como si el mundo fuese a acabarse esta misma noche y, maldita sea, nos cogiese a ti y a mi en la cama. Prefería las voces más limpias, quizá por eso disfruté mucho de “Mariner” pero es indudable que Johannes Persson y Kristian Karlsson transmiten toda la desesperación posible a través de sus gargantas mientras las guitarras se unen al bajo de Johansson creando esa barrera de hormigón que (como este texto, escrito adrede, sin puntos y aparte para transmitir la misma sensación de pesadez que el infranqueable monolito que es a “A Dawn To Fear”) parece empujarnos constantemente o golpear nuestras vísceras, engulléndonos hasta “Lay Your Head to Rest” en la que Karlsson (reemplazando a Anders Teglund) parece querer introducir “Passing Through” pero es la hipnótica base de Hedlund la que nos guiará por otro camino bien distinto. Es la adición de Karlsson la que quizá sea también uno de los ingredientes imprescindibles del séptimo álbum de Cult Of Luna ya que, antes que los toques electrónicos de Teglund, este prefiere apoyarse en el órgano, lo que dota de más calidez a unas canciones que se benefician de ese colchón, de ese “ni un sólo segundo sin atmósfera”, de esa densidad que nos aturde aún cuando Persson, Líndberg o Kihlberg hacen descansar sus guitarras o prefieren esbozar sentimientos con ellas (en lugar de atacar sus cuerdas con fiereza) bajando el volumen. Con todo, es Persson el que parece exorcizar sus demonios en “Lay Your Head to Rest” y esas vocales tan abiertas en una voz rasgadísima que, sin llegar al gutural, llega a convertirse en un instrumento más, hasta la calma latiente de “A Dawn To Fear”, convertida en marcha en su constante y ululante crescendo que nunca termina de estallar y en el que, como oyentes, agradeceremos el respiro que nos proporciona -el cobijo tras la tormenta- esa misma que pretenden evocar en su segunda parte, antes de la malsana tranquilidad de la nocturna “Nightwalkers” en la que tras el obsesivo riff, es el bajo de Hedlund quien nos guía por un sinuoso camino por el que, de golpe y porrazo, Cult Of Luna se atropellan y sincopan, hasta la pieza más extensa del álbum, “Lights on the Hill”, quince minutos en los que cabe de todo; desde el doom de guitarra en limpio y la cadencia propia de Dylan Carlson, hasta la agresividad de los suecos y momentos más post, o la carga de profundidad emocional medida con cuentagotas en una pieza que, empero, podría haber sido acortada y “Dawn To Fear” no se habría visto dañado en su conjunto. El trabajo de Karlsson vuelve a ser clave en “We Feel the End”, añadiendo un nuevo matiz a las canciones, recargando el ambiente porque no siempre de graves puede vivir el hombre, sirviendo de alto en el camino antes de que Cult Of Luna invoquen a dos nuevos monstruos; con “Inland Rain” y la constante pulsación minimalista en “The Fall”, cierre de auténtico lujo para “A Dawn To Fear”, logrando colmar las expectativas despositadas en Cult Of Luna, como unos hermanos pequeños brutalizados de Pink Floyd, que parecen seguir sintetizando la preocupación existencial del ser humano en su música. Brillante, absolutamente brillante y tan espeluznante como hermoso.


© 2019 James Tonic

Crónica: Hellfest (Clisson, Nantes) 22.06.2019

Por si no bastaban las dos noches anteriores, el segundo día (cuente el lector que, a pesar de ser el segundo día del Hellfest, era el tercero debido al Knotfest), nos aguardaría algunas de las mejores actuaciones de esta edición, pero también algunas sonoras decepciones por parte de la vieja guardia del festival; hay algunos artistas que conservan su esencia y se encuentran en una gran forma a pesar de los años mientras que otros, sinceramente y con todo el dolor de mi corazón, parecen haber pasado a mejor gloria. No es el caso, por supuesto que no, de Archspire quienes han firmado un grandísimo álbum como es “Relentless Mutation” (2017), el cual se ha traducido en la presencia de la banda en los principales festivales y una interminable gira que nos ha permitido verlos tanto en sala, como en su gran puesta de largo en los grandes escenarios. El simpático Oliver Rae Aleron ya lo advirtió en el Hellfest; “os traemos dos cosas; death metal y técnico…” y, fuera de bromas, vaya si lo hicieron. “A Dark Horizontal” trajo el caos a través de sus intrincados ritmos, Prewett parece un martillo hidraúlico mientras Morelli y Lamb se sincopan. “Human Murmuration” y la propia “Relentless Mutation” dejaron bien claro que cuando se trata de death metal técnico a altas velocidades, Archspire tienen pocos rivales. Rescataron “Lucid Collective Somnambulation” de su anterior trabajo y cerraron con “Calamus Will Animate” y “Remote Tumour Seeker” de, cómo no, “Relentless Mutation”, el que estoy convencido que se convertirá en un verdadero clásico y álbum de referencia, sin duda. Además, la actitud distendida de Aleron y su clásico letrero luminoso para señalarnos cuándo aplaudir, convirtieron la actuación de Archspire en uno de los grandes momentos de un festival cuya segunda jornada todavía se desperezaba.

Carach Angren, sin embargo, pese a su calidad y puesta en escena con plataformas elevadoras, me decepcionaron respecto a mi experiencia en salas. No se trata de que la música de Droomers y los Wijers no funcione a plena luz del día pero esto sumado a que me sigue pareciendo difícil que Carach Angren sean capaces de llevar su propuesta y todos sus matices al directo con una formación tan parca, me hicieron sentir que las canciones de “Dance and Laugh Amongst the Rotten” (2017) pueden dar mucho más de sí en directo. “Charlie” o “General Nightmare” son puñetazos imparables, claro que sí, y la imagen de la banda sigue siendo la envidia de Dani Filth pero sonaron levemente embarullados, sin llegar a ser un desastre, el típico “sonido Angren” se vio deslucido y tuve la sensación de estar asistiendo al concierto de una banda genérica de blackened death sinfónico con arreglos que no dieron tanto de sí en directo, como en estudio, y que pese a canciones como “Blood Queen”, “An Ominous Recording” o “Bitte Tötet Mich”, perdían fuelle en comparación con la locura de Archspire que acabábamos de presenciar, quizá sea eso y Carach Angren se puedan beneficiar del impacto de su estética en el recogimiento de una sala y, por supuesto, no tocar después de una auténtica bestia del death más técnico.

Me parece realmente asombroso el crecimiento de la banda lusa en los últimos años. Moonspell publicaron “1755” (2017), el que me sigue pareciendo una verdadera obra maestra, muy valiente, y con la publicación del directo “Lisboa Under The Spell” ya no parecen la misma banda sino una más grande. La valentía de Ribeiro y los suyos es tal que comenzaron su actuación con “Em nome do medo” y “1755” convocando a miles de seguidores frente al escenario y de ahí a “In Tremor Dei” u “Opium”. Es complicado competir con Moonspell porque son únicos en su liga y así lo demostraron, su peculiar revisión del subgénero y sus decenas de influencias, mezcladas con su orgullo patrio, les han convertido en una rara avis capaz de interpretar canciones en portugués en los mejores escenarios europeos y lograr el mestizaje definitivo entre “1755” y su anterior repertorio, sin que ello se resienta en directo. Amorim y Pereira magníficos junto a Gaspar y Paixão, con un Ribeiro comodísimo y sobrado en las tareas vocales, cerrando con la parsimoniosa “Full Moon Madness”. Moonspell reinaron por todo lo grande.

Todo lo contrario que Whitesnake en lo que parecía una jornada en la que asistíamos a un gran concierto para ver lo opuesto en la siguiente actuación. Atacar a Whitesnake es fácil, aunque siguen publicando discos muy dignos, es verdad que la banda británica parece aferrada a una suerte de hard rock de onda media en el que han perdido cualquier influencia bluesy inglesa de su primera y más gloriosa época, para abrazar un sonido de guitarras estándar. Es por eso que la crítica a Whitesnake parece tan sencilla porque además, a sumar a todo ello, hay que tener en cuenta el actual estado vocal de David Coverdale, el paso del tiempo no le ha tratado bien y tras “Bad Boys” y “Slide It In”, su voz se empezó a resentir hasta acabar convertida en un auténtico gruñido con constantes escapadas del vocalista durante los desarrollos de la banda. Emociona (y más a un seguidor de Whitesnake) escuchar canciones como “Love Ain't No Stranger” o “Slow an' Easy” siempre es agradable (aunque eche de menos más de “Slide It In” de 1984 o “Come an' Get It” de 1981) pero también doloroso ver al que fue una auténtica bestia, sufrir para cantar las estrofas de una canción tan sencilla como “Is This Love” y tener que apoyarse en el público, convirtiendo en un karaoke el final con “Give Me All Your Love” y “Here I Go Again”. Reb Beach genial, como siempre, y Tommy Aldridge imparable (lo que tampoco es una novedad) mientras que Devin y Hoekstra cumplieron con solvencia, igual que Luppi, a los que imagino que Coverdale indica el sonido deseado, aunque no sea el más adecuado para los tiempos que corren y, por supuesto, su leyenda.

Nuestra siguiente parada era cita obligatoria con Candlemass, pura magia de la mano de uno de los regresos más esperados. La vuelta de Johan Längqvist se antojaba como el aderezo perfecto para una banda ya icónica que, pese a su ausencia, y siendo muy justos, han seguido publicando discos de gran calidad pero, lógicamente, ha sido “The Door To Doom” el que ha revitalizado su carrera de la mano de Längqvist a modo de novedad. Pasado el tiempo, lo que me ocurre con dicho álbum es digno de estudio, no me parece tan bueno pero tampoco tan malo, sino el disco perfecto para reencontrarnos con los Candlemass de Längqvist. Es absurdo pedirles un “Epicus Doomicus Metallicus” (1987), tampoco un “Nightfall” (1987), tampoco “Caldmeass” (2005) o “Death Magic Doom” (2009) sino el disco que han publicado. Y así saltaron a la arena del Hellfest, hacienda sonar “The Well Of Souls”, con el bajo de Edling retumbando y la pesadísima pegada de Jan Lindh, en lo que fue todo un interruptus en uno de esos conciertos que pasan volando y dejan con ganas de más. Los suecos, descerrajaron “Mirror Mirror” o “Astorolus – The Great Octopus” (que me gusto muchísimo más en directo que en estudio) y nos deleitaron con “Bewitched”, mi favorita de “Nightfall”, para acabar con “A Sorcerer's Pledge”, “Black Trinity” y, lógicamente, con el clásico absoluto que es y seguirá siendo, por lo siglos de los siglos, “Solitude”. ¿Qué decir? Candlemass no se habían ido, claro que no, sigue siendo un gran placer verlos en directo, leyenda viva.

Siguiendo la tónica de este segundo día, acudimos al escenario principal para ver de nuevo a Def Leppard y, sin temor de herir a nadie, no me gustó nada en absoluto lo que vi. Las últimas dos o tres giras de los ingleses nos mostraron a una banda con un pasado glorioso, en constante trabajo por seguir creando buenas canciones, por ofrecer conciertos a la altura de su leyenda pero lo que me encontré en esta occasion fue a una banda complaciente, con el piloto del automático encendido, comenzando su actuación con la versión de Depeche Mode, “Personal Jesus”, sonando corriente e insulsa, sin mejorar la original o tan siquiera intentar aportar algo diferente. Igual que lo ocurrido con Whitesnake, es alarmante la forma en la que han perdido fuelle durante los últimos años. Siguen sonando bien y Joe Elliott, al contrario que Coverdale, no ha perdido la voz de manera tan llamativa pero, a cambio, tuve la sensación de estar viendo a una banda que pisó la directa e, interpretando sus clásicos, el alma depositada en ellos fue inversamente proporcional a la respuesta del público. Sonaron “Rocket y “Animal”, obviamente “Let's Get Rocked” pero también “Two Steps Behind”. “Love Bites” y un auténtico single repleto de pasión como es “Bringin' on the Heartbreak” totalmente desprovista de cualquier atisbo de emoción, cuando sonaba “Hysteria” mi decepción era tal que no tuve otra que alejarme lentamente del escenario, queriendo creer que el verdadero motivo de tal desaguisado fue que a Leppard les tocó salir al escenario en una hora y posición que no es la que les corresponde y que quizá la banda acusó esa desilusión. Sé que hubo gente a la que le gustó, me alegro por ellos, no fue mi caso.

Muy diferente a lo ocurrido con ZZ Top. Los de Texas salieron y vencieron (quizá no tanto como hace ya varias ediciones, hace seis años) pero se metieron al público en el bolsillo con su boogie vacilón. El tiempo pasa por Gibbons, Hill y Beard pero no por su música, su propuesta es tan sencilla como siempre; Gibbons y Hill en el centro, dando algún que otro paso de baile, y Beard marcando tras los tubos de escape cromados de su batería. “Got Me Under Pressure” puso a todo el Hellfest a bailar y “Waitin’ For The Bus” templó los ánimos para llevarnos al blues polvoriento de “Jesus Just Left”, no es la mejor elección para un festival de música extrema pero “Gimme All Your Lovin'” volvió a calentarnos y terminar por dejarnos anclados en un medio tiempo con “I'm Bad, I'm Nationwide” y la cruda “I Gotsta Get Paid” bajando considerablemente las revoluciones para no volver a retomarlas hasta bien entrados los bises, convirtiendo Clisson en un bar fronterizo. Me encantó escuchar su version de “Sixteen Tons” para qué negarlo, antes de “Beer Drinkers And Hell Raisers” y ese final de quitarse el sombrero con “Sharp Dressed Man”, “Legs”, por supuesto “La Grange” y “Tush”.

La noche entró en calor y ninguna otra banda mejor que la más caliente del mundo. KISS regresaban al Hellfest en lo que es su última gira. Sobran las quejas, los niños que se quejan de Gene Simmons pero vanaglorian a Ghost, esos que lloran amargamente porque no están Ace o Peter, a este tren hay que subirse sí o sí, antes de que pare. “Detroit Rock City” o “Shout It Out Loud” abrieron la noche con un Stanley aguantando bien las notas y sus clásicas bromas con el público, es verdad que las hemos escuchado hasta la saciedad pero no sere yo el que se queje, “Deuce”, “Say Yeah” y “I Love It Loud” antes de que Gene afronte “War Machine” y escupa fuego. “Lick It Up” y todo el Hellfest coreándola o “Calling Dr. Love” antes del solo de Eric y Thayer en “Cold Gin” en un final de fiesta de infarto con “Psycho Circus” (qué disco aquel, me sigue encantando escucharla en directo) o “Love Gun” y todo el festival convertido en un agran discoteca en “I Was Made for Lovin' You” para afrontar los bises con la bonita “Beth”, “Crazy Crazy Nights”, la imprescindible ”Rock and Roll All Nite” y unabuena dosis de azúcar en “God Gave Rock 'n' Roll to You II”. Es verdad que Kiss no arriesgaron, que jugaron a caballo ganador pero, al fin y al cabo, es su última gira y se merecen el baño de masas.

Para cerrar, tras la luz y el fuego, pirotecnia, el maquillaje y el confeti, llegaba la sobriedad de Cult of Luna, a punto de publicar su nuevo álbum “A Dawn to Fear” y un escenario en el que es preferible decir que jugaron con la oscuridad, en lugar de la iluminación. “The Silent Man” y su ruidoso comienzo nos dio la bienvenida mientras la pesadez de “Owlwood” superó con creces la propuesta de otras bandas más contundentes; esa es la magia de Cult Of Luna, capaces de componer la más delicada melodía o atar nuestros pies al suelo con la misma fuerza de la gravedad. 

“Finland” de Somewhere Along the Highway” (2006) convirtió su música en una auténtica tormenta para colmarnos de tensión en las partes más lentas y “Ghost trail” trajo algo de calma a una carpa, como es The Valley, que estuvo verdaderamente abarrotada. De “Vertikal” (2013) sonaron “Disharmonia” y, claro, “In Awe Of” en una actuación que, pese a las ausencias, engrandecieron la sensación de que la música de Cult Of Luna, en efecto, pare monstruos.

Segunda jornada en el que empezamos a acusar el lógico cansancio de llevar varios días viendo a diez bandas por día, corriendo de la zona de prensa hasta los escenarios y de vuelta al hotel, pero sabiendo que lo que estábamos presenciando, como no podía ser de otra forma en el Hellfest, era histórico.


© 2019 Blogofenia/ J.Cano/ Albert Gràcia
Cult Of Luna pics © 2019 Sven Olgson




Crítica: Black Star Riders “Another State Of Grace"

No seré yo el que cuestione los últimos pasos de Scott Gorham y el aparente empeño por mantener vivos a unos Thin Lizzy sin Lynott. No, no seré yo, sino todos los seguidores de Lizzy, esos mismos que le obligaron hace ya algunos años a tomar la determinación de publicar música bajo el nombre de Black Star Riders. Si no me molesté demasiado en reseñar "All Hell Breaks Loose" (2013) es porque, sencillamente, no lo consideré porque con Black Star Riders me ocurre algo muy particular y es que suelo apreciar su último trabajo cuando publican el siguiente. Así, cuando "The Killer Instinct" (2015) vio la luz, empecé a valorar "All Hell Breaks Loose" (2013) y lo mismo ocurrió con aquel cuando salió "Heavy Fire" (2017) y con este cuando finalmente he podido escuchar "Another State of Grace" (2019) en una carrera que, gustándome, considero en línea descendente y es que las canciones de los anteriores me parecen siempre superiores a las últimas. El motivo es sencillo, cuando uno escucha "All Hell Breaks Loose” se encuentra con Warwick (echo de menos a los infravalorados Almighty, como muchos de mi generación) cantando constantemente el clásico fraseo/recitado de Lynott en unas canciones de sonido remozado para la ocasión, convirtiendo a Thin Lizzy en hard rock estándar. No es un menosprecio, en absoluto, Black Star Riders son una banda de supervivientes que se adaptan a los tiempos que les ha tocado vivir y soportan sobre sus hombros la leyenda de Lizzy; su música me gusta, pero con cada entrega siento su propuesta más aguada.

Tal es el ejemplo de "Another State of Grace" (2019), un disco de sonido completamente común, sin aristas, domesticado, y pulido y repulido una y otra vez en el estudio hasta eliminar cualquier aspereza, teniendo en cuenta que la música de la banda es completamente lo opuesto a cualquier eufemismo de trasgresión. "Another State of Grace" (2019) abre con “Tonight The Moonlight Let Me Down”, un medio tiempo que incomprensiblemente les convierte en lo más parecido a una banda de universidad, no es el “palm mute”, no, es lo poco original de su melodía y todo su azúcar o lo previsible de su estribillo, que hasta su single "Another State of Grace" con todo su influencia irlandesa no sentiremos que el álbum nos engancha; tampoco es original, cientos de bandas han mezclado con más ingenio (y algo más de alcohol) las raíces irlandesas con el rock, ellos mismos en el pasado, pero el single es resultón y pegadizo, y la mezcla suena estupenda a pesar de su parecido con "I'm Shipping Up To Boston" de Dropkick Murphys. “Ain’t The End Of The World” es Thin Lizzy de baja graduación, suena a ellos, pero sin el peligro y la dulcificación del puente hacia el estribillo es el claro ejemplo de cómo Black Star Riders parecen estar dirigiendo su carrera hacia un rock más próximo a Foo Fighters y toda esa música carente de riesgo alguno en el que las guitarras suenan redondas y las voces se apoyan demasiado en los coros y los odiosos “Oh, oh, oh”, en este caso del recién incorporado Christian Martucci y el ya conocido Robbie Crane. 

Valga el ejemplo de “Underneath The Afterglow” en la que no cuesta nada imaginarse a un Dave Grohl con chicle en el carrillo, gritando y cantando ese estribillo tan empachoso y previsible, o “Soldier In The Ghetto” en la que me gusta la instrumentación y el solo pero acusan la misma falta de originalidad en su melodía y la repetición constante del estribillo, hasta la ñoñísima “Why Do You love Your Guns?”, totalmente indigna de la banda, sorprendiéndome muchísimo esta faceta acústica tan dulzona, más si, como es mi caso, uno escucha el trabajo en solitario de Warwick e, independientemente del acompañamiento, se sienten más cojones en cualquiera de sus canciones que en una canción tan fácil, temática e instrumentalmente, como esta. No quiero resultar hiriente porque amo a Lizzy, a Almighty y disfruto de discos como "All Hell Breaks Loose" y "The Killer Instinct" pero esta es la clásica canción en la que, en directo, nos sirve para ir a los baños, consultar en el móvil si te ha llegado ya la nómina, pedir una copa o encontrarte, por fin, con esa amiga o amigo de WhatsApp. Una auténtica pena siendo ellos.

Más aún la ralentización que sufre el álbum en su segunda mitad, cuando tan sólo “Standing In The Line Of Fire” mantiene algo de cuerpo, antes de la flojísima “What Will It Take?” y las grohlianas “In The Shadow Of The War Machine” (sonando a “All my Life”) o “Poisoned Heart” (por “Best Of You”), conformando un final auténticamente decepcionante para Black Star Riders, en el que puedo asegurar y aseguro (siempre he querido escribir algo así) que "Another State of Grace" es su álbum más irregular y falto de inspiración, así lo siento. No, “The boys are not back in Town” como aseguran muchos plumillas con la misma falta de ingenio que Black Star Riders, desde luego que no…


© 2019 Conde Draco



Crónica: Overkill/ Destruction/ Flotsam And Jetsam (Madrid) 13.09.2019

SETLIST: Last Man Standing/ Electric Rattlesnake/ Hello From the Gutter/ Elimination/ Deny the Cross/ Head of a Pin/ Necroshine/ Under One/ Bastard Nation/ Mean, Green, Killing Machine/ Feel the Fire/ Ironbound/ Overkill/ Rotten to the Core/ Fuck You/ Welcome to the Garden State/ Fuck You/

Si acudiese a los conciertos de muchas bandas por sus últimos discos, prácticamente iría a muy pocos. No es que Overkill, Destruction o Flotsam And Jetsam hayan publicado malos álbumes, nada de eso, es simplemente que esperaba más de las dos bandas principales de esta gira. Overkill están actualmente presentando "The Wings of War" (2019), un álbum correcto, muy en la línea de "The Grinding Wheel" (2017) pero lejos de "White Devil Armory" (2014) y, por supuesto, de los que considero sus dos grandes últimos hitos, "The Electric Age" (2012) y “Ironbound” (2010), nada más y nada menos. De los alemanes Destruction es mucho peor, convertidos en cuarteto, "Born to Perish" (2019) ha supuesto una gran decepción, esperaba algo muy superior a “Under Attack” (2016) y, en efecto, supera a este, pero por muy poco. Las expectativas tras las declaraciones de Schmier eran tan altas que su último álbum ha confirmado que la potencia sin control suele ofrecer malos resultados. Sin embargo, Flotsam And Jetsam, se han conformado con un disco tan continuista como "The End of Chaos" (2019), en el que no hay prácticamente novedad alguna respecto a "Flotsam and Jetsam" (2016) y que nadie me malinterprete, no espero gran novedad en el thrash de los de Arizona pero sí de sus canciones. Con todo, Flotsam And Jetsam son los que pueden presumir de mejor salud en el estudio, ojo, subrayemos esto...

Una sala La Riviera a media asta, con las terrazas de la segunda planta cerradas y mostrando calvas en la pista recibía las primeras y frenéticas notas de “Prisoner Of Time”. Erik Knutson suena fantástico en directo y he de reconocer que la banda está tan en forma como siempre, lo suficiente como para que suene “Desecrator” de su debut "Doomsday for the Deceiver" (1986) y parezca que el tiempo no ha pasado por ellos, en un repertorio en el que decidieron centrarse en él, interpretando “Iron Maiden” o “Hammerhead” y, para mi sorpresa, continuar con su cancionero a pesar de la reducción de tiempo que sufrieron y que mermó el concierto significativamente, así cayeron “Demolition Man” o “No Place For Disgrace”, todo un regalo que acepto con agrado pero que dice mucho de su Tour Of Chaos presentando un álbum, "The End of Chaos", del que actualmente sólo interpretan la primera canción.

Los alemanes, sin embargo, supieron mantener mejor el equilibrio entre toda su discografía, quizá porque Schmier está convencido de que esta nueva encarnación de su banda, es lo suficientemente sólida como para no tener que vivir plenamente de su época más clásica. Y, en efecto, los nuevos Destruction, con Damir Eskic y Randy Black, suenan mucho más poderosos en directo; la adición del nuevo guitarrista y nuevos brazos tras los parches, han reactivado a la banda y todo lo escasa que se ve su relación con las musas en el estudio, en directo parecen haberse conectado a un cable de alta tensión. “Curse Of Gods” de "Eternal Devastation" (1986) abría con fiereza, dejando caer un enorme telón de acero entre la banda y nosotros, "Naile To The Cross" levantó los ánimos del personal (como para no hacerlo) y de su álbum de 2001, nos largamos a “Born To Perish” y su canción homónima para hacer rodas las cabeza con “Mad Butcher” y “Eternal Ban”, volviendo al presente con “Inspired By Death” y “Betrayal”, canciones que parecen respirar mucho mejor en directo que en su último álbum. “The Butcher Strikes Back” y “Thrash 'Till Death” levantaron los minis de cerveza en alto hasta la clásica “Bestial Invasion” de su debut "Infernal Overkill" (1985). Me gustaron esta vez Destruction por la energía renovada tras su anterior gira pero, por favor, que nadie me toque a Sifringer porque es parte del binomio creativo junto a Schmier y verle sobre las tablas sigue siendo parte de la historia del metal. Espero que “Born To Perish” haya sido sólo el calentamiento y la savia nueva termine por dar su fruto no sólo en directo sino también en el estudio de grabación.


Pero los reyes de la noche no eran otros que Overkill y así lo sentimos todos cuando entró Bobby "Blitz" Ellsworth como un vendaval en el escenario. Parece mentira que ya haya cumplido sesenta años y mantenga no sólo su aspecto sino también su energía y clásica voz rasposa de cuchilla. Pero de Overkill, como escribía en la introducción, no puedo evitar echar de menos "White Devil Armory" (2014) y "The Electric Age" (2012), logros muy recientes pero creativamente lejanos desde la publicación de "The Grinding Wheel" (2017) en el que la banda parece empeñada en perder parte de su identidad y, en lugar de ir al grano, atacar largas canciones que, en mucho momentos, no necesitan de tanto minujate. 


Lo demostró la apertura con “Last Man Standing”, casi seis minutos de una composición que podrían haber resuelto en mucho menos y habría resultado un cohete. Así pasa, que cuando llega “Electric Rattlesnake”, a pesar de ser más extensa, entra como un tiro, “The Electric Age” sigue sonando repleto de mala leche. D. D. Verni parece disfrutar sobre el escenario, mientras Dave Linsk lanza los solos sobre Tailer y Bittner, ya asentado como batería fijo, marca el tempo a toda velocidad. Nada que objetar sobre la interpretación y entrega de Overkill pero sí del sonido que lucieron en Madrid; quinta vez que los disfruto en los últimos cinco años y sé perfectamente que el volumen y la aceleración propia del directo son parte del alma de los de New Jersey pero ello en una sala como es La Riviera, les hizo perder definición.

"Hello From The Gutter" de su "Under The Influence" y “Elimination” de “The Years Of Decay” demostraron que las últimas canciones no son tan fieras, que es preferible escuchar a Verni aporrear su bajo en “Necroshine” que en “Head Of A Pin”, que Blitz parece un animal herido en “Bastard Nation” mientras que "Mean, Green, Killing Machine" y sus más de siete minutos no tienen ni punto de comparación con “Feel The Fire” y, claro, “Iron Bound”. Pequeñas apreciaciones que no empañan en absoluto la entrega de una banda que decide machacar literalmente a su audiencia en “Overkill” y “Rotten To The Core” y el clásico “Fuck You”, por mucho que se empeñen también en meternos la punky e hiperacelerada “Welcome To The Garden State” en los bises. Blitz y su pacto con el diablo, Verni, Linsk, Tailer y Bittner siguen teniendo pocos rivales sobre las tablas, hay que tener muchos cojones para salir al escenario tras Overkill.
© 2019 Lord Of Metal
Pic © 2019 Destruction
Pics © 2019 Overkill "Hammerhead"

Crítica: MGLA “Age Of Excuse"

Si MGLA han triunfado entre todo el pelotón del black metal de nuestros días no es únicamente por su impactante imagen (quiero pensar que el público medio del metal, en general, está por encima de todo eso, quiero pensarlo, de verdad…), el dúo polaco (cuarteto en directo) se han convertido en una fiable y engrasada máquina de black, cuya propuesta es tan sencilla como efectiva. “Groza” (2008) fue un magnífico debut al que siguió “With Hearts Toward None” (2012), dos discos sólidos de puro black metal europeo, pero fue “Exercises in Futility” (2015) el que les puso en el disparadero y en boca de miles y miles de seguidores a lo largo y ancho de todo el inframundo del subgénero más negro de todos, permitiéndoles compartir cartel con Behemoth o Secrets Of The Moon en una gira que les trajo por toda Europa y que nos dejó tan buen sabor de boca. El éxito de “Exercises in Futility” fue tal que se agotó la tirada y fue la propia banda la que decidió prensar más y más vinilos, convenientemente aclarando que no habría diferencia alguna entre esa primera edición y los posteriores y así evitar la especulación. Cuatro años más tarde, las diferencias entre “Exercises in Futility” (2015) y “Age of Excuse” (2019) son más que evidentes, MGLA han mejorado notablemente como músicos; sus señas de identidad permanecen inalteradas pero la música fluye, es ligeramente más complejo y, aunque igual de directo, uno detecta más recovecos, más matices que en anteriores entregas; normal, si tenemos en cuenta que, además de crecer, no han parado de girar. Ello no es óbice para que “Age of Excuse” (2019) sea igual de negro, crudo y frío que “Exercises in Futility” pero, si soy honesto, entre su anterior producción y este último que nos ocupa, he de admitir que las composiciones no me parecen a la altura, es un álbum notable, desde luego, pero algo se ha perdido por el camino en estos cuatro años. Quizá el toque pedestre que lucían en anteriores discos, quizá lo seco de sus canciones, quizá, quizá, quizá...

Bajo la portada del siempre genial Zbigniew M. Bielak, MGLA publican su cuarto álbum y, pese a los mínimos cambios inherentes a su febril agenda, los polacos numeran las canciones del uno al seis ("Age of Excuse I" hasta "Age of Excuse VI") y se arrancan por Mayhem con su primera pieza; no es difícil escuchar ecos de “Freezing Moon” en el comienzo de "Age of Excuse I" y sentir que MGLA bajan las revoluciones para convertir su propuesta en una más densa hasta "Age of Excuse II” y la constatación de que son ellos, puro black metal atropellado, hirientes riffs, trémolo y a correr, nunca mejor dicho. Es en estas piezas, "Age of Excuse III”, en las que su esencia mejor se perfila; no poseen la frialdad noruega pero si la maldad que toda canción de black necesita en piezas, "Age of Excuse IV”, que podían haber formado parte de “Exercises in Futility” (2015) e incluso “With Hearts Toward None” (2012) y que hay que entender como un todo, nunca como canciones aisladas, dando la sensación de estar escuchando a unos Slayer ennegrecidos y encapuchados, por cuanto de común tiene la mítica banda de Araya y King con la fiabilidad black de MGLA.
Me gusta la emoción que desprende la introducción de "Age of Excuse V”, como también que hayan evitado el esquema de composición por el cual los primeros compases son medios tiempos para luego revolucionarse, por eso "Age of Excuse V” es un pequeño oasis en el álbum, porque parte por la mitad la tendencia y, aunque terminen acelerándose, no abusan del blast beat y cuando lanzan "Age of Excuse VI” uno siente que es un final perfectamente calculado en un álbum tan breve pero tan conciso y libre de grasa o relleno como es habitual en ellos. "Age of Excuse” es otra buena entrega de MGLA y quizá la escasa sorpresa se debe a que es el cuarto álbum de unos músicos cuya propuesta es precisamente que esta permanezca inalterable, lo que es algo muy loable pero también es verdad que incluso aquellas bandas que se enorgullecen de no cambiar, muestran un mínimo de evolución (no sólo en su pericia como músicos) en unas composiciones en las que los recursos son finitos. Cualquier dúo en el metal sabe de sus posibilidades, quizá va siendo hora de que MGLA demuestren que, además de saber hacerlo bien, ven más allá de sus encapuchadas y negras máscaras.

© 2019 Lord Of Metal



Crítica: Korn “The Nothing"

Hay algo que marca la diferencia entre Korn y el resto de bandas de los noventa que cayeron. Inequívocamente, bajo la etiqueta del nu metal, muchas se subieron al carro de aquello (si hubiesen eclosionado cinco años antes, habrían llevado camisas de franela en lugar de chándal de Adidas, así son los principios de muchos artistas) pero todas, con el paso del tiempo, han huido de aquella etiqueta con la excusa de la maduración o, mucho mejor, aquel “donde dije digo, digo Diego” que tan sólo enmascara la necesidad de estar de relevancia y, claro, seguir vendiendo. Todas, excepto Korn que han seguido su camino sin grandes aspavientos, algunos aciertos, muchos traspiés (con todo, me sigue gustando “The Path of Totality” de 2011) y un disco como “The Serenity of Suffering” (2016) que, quieran o no, les reconcilia con su público tras discos que, sin ser desaciertos a mi modo de ver, han supuesto pequeños fiascos. Y aquí quería llegar porque tras la gira de “The Serenity of Suffering” y la absoluta confirmación de su éxito, Brian "Head" Welch, sin embargo, se ha empeñado en aclarar que no se sentían todo lo a gusto que deberían con muchas de las canciones del anterior, en especial, Jonathan Davis. Honestamente, no lo entiendo; he visto a Korn en sus últimas giras y en ninguna les he sentido tan cómodos sobre el escenario que cuando interpretaron las canciones de “The Serenity of Suffering”, algo que no me ocurrió con las giras de “The Paradigm Shift” (2013), “The Path of Totality” (2011) y, por supuesto, la del aniversario de su mítico “Korn” (1994).

Sin embargo, la prisa por meterse en el estudio tras “The Serenity of Suffering”, denota lo positivo de una gira y unas críticas que hacía mucho que Korn no recibía. Jonathan Davis publicó su disco “Black Labyrinth” (2018) con un resultado un tanto irregular y la mala suerte se cebó con él y la muerte por sobredosis de Deven Davis que nos dejó algunas de las imágenes más impactantes de Jonathan, llorando en los escenarios y recibiendo el abrazo de sus compañeros. Según él, si la gira siguió, si el espectáculo continuó fue por su necesidad de encontrar el alivio en la catarsis, el consuelo en su propio arte y el desahogo en sus canciones. Nada que objetar entonces pero, con todo, aunque el título “The Nothing” haga referencia a esa sensación del propio Davis de estar siendo devorado por unos acontecimientos que parecían estar acabando con su propio mundo, dudo mucho que Davis entienda que esa “Nada”, a la que hace alusión el nuevo álbum, tenga nada que ver con el “endeiano” concepto del autor de “La historia interminable”, como él mismo ha señalado, y esa “nada” que acaba con todo pero que no es, ni más ni menos, que la pérdida de la imaginación cuando nos hacemos adultos, mediante la cual olvidamos todo lo que fuimos, cuando todavía inocentes conservábamos la ilusión en la fantasía.

Pese la autocrítica, a la necesidad de endurecer aún más su sonido por parte de Davis, “The Nothing” supone otro paso más atrás. Un álbum cuyos avales están en su primera mitad y muestra sus primeros ases a la primera de cambio pero, al contrario que “The Serenity of Suffering”, termina deshaciéndose en un mar de composiciones sin demasiado brillo. Quizá, la mayor diferencia con el anterior son los singles, mientras el anterior se puede ver como una sólida unidad trabajada a conciencia; un bloque monolítico de canciones notables, “The Nothing” posee los singles (“Cold” o "You'll Never Find Me") y la inspiración pero, más allá de ello, el disco pierde fuelle, por mucho que me disguste escribir esto sobre una de las bandas a las que más cariño tengo.

Con unos primeros segundos jugando al órdago, “The Nothing” producido por Nick Raskulinecz, arranca con “The End Begins” gaitas y el lamento de Davis, y ese “Twist” sincopado que es “Cold”, tomando el groove pero también el drum ‘n’ bass hasta uno de los mejores estribillos melódicos de Korn. "You'll Never Find Me" y de nuevo en el centro de la diana, el clásico sonido de la banda -basado en el bajo de Fieldy, la batería de Luzier y las pesadísimas guitarras de Head y Munky- está presente, convenientemente remozado para la ocasión, con fuerza pero lejos de la agresión de "The Serenity of Suffering" (2016). ¿Quieres groove? Korn te aseguran que "The Darkness Is Revealing" machaque tus cervicales mientras Davis frase su melodía por encima de la pesadez de la base industrial y unos puentes infantiles que recuerdan a “Falling Away For Me”, marca de la casa, antes de atacar el estribillo. Llega el momento en el que, como oyentes, ante una pieza como "Idiosyncrasy", pensamos que Korn lo han vuelto a hacer, el ladrido de Davis y lo contagioso del riff nos engañan; “The Nothing” pierde tanta altura a partir de la breve "The Seduction of Indulgence" que el título, en sí mismo, parece premonitorio de lo que va a ocurrir. "Finally Free" es indigna de Korn y lo más ñoño que hayan podido grabar en toda su carrera, esta y "Can You Hear Me" podrían haber formado parte del álbum en solitario de Davis, mientras que "The Ringmaster" parece llevarles a otra dimensión, aquella más bailable, más digerible, menos arriesgada y más blandita. En "Gravity of Discomfort" juegan a encontrarse a sí mismos, en buscar su propia originalidad, en recuperar el ‘break’ adornándolo y en "H@rd3r" harán lo propio con las dobles voces o la síncopa en “This Loss” pero lejos de los momentos más salvajes de liberación para rematarnos por la espalda con la inofensiva "Surrender to Failure", terminando de estropear el álbum allá donde, seamos honesto, tampoco tenía ya solución.

“The Nothing” es un álbum entretenido, con pegada en algún momento e ideal para los que nos consideramos seguidores de Korn (en mi caso, desde aquel “Life Is Peachy” que me brindó la oportunidad de verlos en salas en nuestro país), pero que decepciona en posteriores escuchas. Estoy convencido de que en directo tendrá más lustre porque, fundamentalmente, interpretarán sus singles, compartiendo espacio con sus clásicos. Además, Korn, les cueste mucho o poco admitirlo a los más esnobs, siguen siendo una de las bandas más fiables del directo, pero “The Nothing” ha sido un auténtico jarrazo de agua fría…

© 2019 Conde Draco



Crónica: Alice Cooper (Madrid) 07.09.2019

SETLIST: Feed My Frankenstein / No More Mr. Nice Guy/ Bed of Nails/ Raped and Freezin'/ Fallen in Love/ Muscle of Love/ I'm Eighteen/ Billion Dollar Babies/ Poison/ Roses on White Lace/ My Stars/ Devil's Food/ Black Widow/ Steven/ Dead Babies/ I Love the Dead/ Escape/ Teenage Frankenstein/ Under My Wheels/ School's Out/

La primera vez que vi a Alice Cooper en directo fue hace veintidós años. Lo que, en lugar de complacerme únicamente, me hace reflexionar sobre el rapidísimo paso del tiempo y cómo, una de las dos partes (la de nuestro amigo The Coop), no ha cumplido con el aparente pacto de envejecer; Cooper casi me dobla la edad y, con más de setenta años, posee más energía de la que yo pueda presumir algún día. Los más agoreros asegurarán que ha perdido voz, como si su clásico tono nasal arrastrado fuese algo achacable a los años o estuviésemos refiriéndonos al mismísimo Sinatra, mientras los más infantiles buscarán la excusa en los frecuentes descansos de Alice Cooper durante las casi dos horas de actuación con que nos deleitó en Madrid. Pero nada de eso importa, The Coop puede hacer lo que le venga en gana y cuándo le venga en gana. La primera vez que vi a Alice Cooper en directo, era la época de "A Fistful of Alice" (1997) y aquel School's Out for Summer '97 Tour en un festival en el que tuve la inmensa suerte de ver a Slayer con Hanneman y Lombardo pero también a los Megadeth de Mustaine, Friedman, Ellfeson y Menza o los Rage Against The Machine de “Evil Empire” (1996), casi nada. Sin embargo, entre aquella y la última vez que lo vi sobre las tablas, hasta antes de ayer por la noche en Madrid, fue con Joe Perry y Johnny Depp. Mentiría si dijese que Alice Cooper se ha quedado quieto, que ha vivido de su pasado más glorioso y apenas ha arriesgado porque lo cierto es que Vincent Furnier, más allá del maquillaje y las guillotinas, me sigue pareciendo el mismo artista de hace veinte, treinta o cuarenta años; valiente, acertado (algunas veces más que otras, por supuesto) pero tan brillante como entrañable, capaz de convertir un concierto de shock rock en una fiesta de Halloween de serie B y hacernos sonreír a todos porque lo que sustenta su espectáculo no es el papel celofán, las telarañas o las marionetas, sino canciones imperecederas por las que el resto de los mortales firmarían un pacto con el diablo.

Así el Ol' Black Eyes Is Back: Alice Cooper 2019 Tour recalaba en nuestro país, con Nita Strauss, Ryan Roxie, Tommy Henriksen, Chuck Garric y Glen Sobel como banda de lujo a la que abrió Black Stone Cherry. Pido disculpas al lector sino me detengo con los de Kentucky, presentando "Family Tree" (2018), Chris Robertson y los suyos hicieron lo que pudieron, sonaron razonablemente bien (todo lo que Vistalegre permite) y desplegaron una suerte de rock norteamericano de FM, con suaves tintes sureños que, honestamente, no resultaron de lo más apropiados para abrir a The Coop. Quizá si hubiesen hecho lo propio en una noche en la que Blackberry Smoke fuesen los protagonistas, el contraste no habría sido tal pero en esta gira, a Black Stone Cherry se les sentía como pez fuera del agua.

Y es que, claro, abrir con “Feed My Frankenstein” es ir a tiro hecho y Alice Cooper no ha dudado en descorchar sus clásicos a la primera de cambio en esta gira; “No More Mr. Nice Guy” es cantada por todo el recinto, miles de gargantas que se quedarán sin voz en “Bed Of Nails”, de un disco como fue “Trash” (1989) en el que Desmond Child metió mano y produjo a destajo, es verdad, pero que puso a Cooper en órbita. “Raped and Freezin'” o “Fallen In Love” calman ligeramente los ánimos hasta la ráfaga definitiva; “Muscle Of Love” magníficamente interpretada, el jodido clásico que es “I’m Eighteen” (auténtica piel de gallina seguir escuchándolo en directo) y un “Billion Dollar Babies” con florete en mano hasta el single definitivo, “Poison” y cientos de móviles en alto. El solo de Nita Strauss sirve de descanso hasta “Roses On White Lace” con Calico Cooper (hija del maestro) disfrazada de siniestra novia o Strauss, Roxie, Henriksen, Garric y Sobel atacando “My Stars” hasta “Devil's Food” y la jam de “Black Widow” con solo incluido de Sobel. “Steven” o la oscura “Dead Babies” y “I Love The Dead” logran que Cooper despliegue toda su imaginería; la célebre guillotina, cañones con forma de calavera escupiendo billetes, confeti y decenas de púas, el asesinato de un bebé o Calico transformada en enfermera y, cómo no, un Frankentein de dos metros recorriendo el escenario, completamente desencadenado y “Teenage Frankenstein” antes de unos bises de auténtico lujo como “Under My Wheels” y la mítica “School’s Out” con fragmentos de “Another Brick In The Wall” de Pink Floyd y toda la pista convertida en una fiesta con enorme globos sobre nuestras cabezas.

Alice y la banda se despiden, todos sonrientes; desde Nita hasta Sobel; otra ciudad, otra noche llevando su particular circo de los horrores a lo largo y ancho de este mundo. Cooper coge el puñal de juguete con el que ha estado jugando durante gran parte del concierto y lo lanza al suelo, sorprendentemente este se clava y su hoja permanece moviéndose, ensartado segundos después de que los músicos hayan abandonado el escenario. Habrá un día en el que Sabbath, Ozzy, Judas, Maiden, King Diamond o Alice Cooper, entre muchos otros, dejen de actuar y el mundo sea un poquito más triste, desde luego que sí…


© 2019 Lord Of Metal
Foto © 2019 Alice Cooper



Crítica: Bon Iver “i, i"

La secuela de aquel horrendo y deprimente viaje de trabajo por el que me encontré en un hotel perdido en el norte de Alemania, hace tres años en plenas navidades, con "22, A Million" (2016) de Bon Iver sonando en bucle a través de mis cascos, como única tabla de salvación para no perder la cordura, prosiguió durante casi tres años en los cuales, aquel sentimiento tan bien descrito por Sofia Coppola en “Lost In Translation”, terminó deviniendo en una pequeña depresión no exenta de un sentimiento constante de alienación por el que, de golpe y porrazo, me encontré en pleno festival madrileño, rodeado de un montón de gente que no significaba absolutamente nada para mí, ginebra en mano, mientras Justin Vernon cantaba una de mis canciones favoritas, "715 - CR∑∑KS", en uno de esos conciertos en los que uno tiene la sensación de que la vida se funde con el arte, desdibujándose la frontera, y la bonita ensoñación de que las canciones hablan de ti, mientras compartes esas letras con gente afín que, en algún absurdo y eufórico momento, crees que están inexplicablemente en tu mismo plano existencial, cuando seguramente no sea así y, cuando la ginebra se acaba, sabes categóricamente que no lo es. Y tú y Bon Iver cerráis el ciclo de "22, A Million" no porque toque, porque se haya agotado la fórmula sino porque esto es un viaje y Vernon está tan vivo o más que tú, creando música que, valga la pedantería, posee tantas aristas como para que uno malgaste una década escuchando el mismo álbum y seguir creyendo que es nuevo.

Siento si el lector pensaba encontrarse una crítica fría, escrita como una redacción, repleta de datos copiados/ pegados de Wikipedia porque esta no puede ser escrita al peso, como otros cientos de blogs, por parte de gente que no sabe nada en absoluto y, maldita sea porque lo parece, tampoco escribir. La música de Bon Iver, si permea, no debería ser descrita al uso; ¿de qué te sirve que recite correctamente los títulos de las canciones o te diga que los productores son Chris Messina o Brad Cook y cite a Naeem o Velvet Negroni? ¿Que James Blake colabora en "iMi"? ¿Eso va a cambiar tu experiencia? ¿Vas a escucharlo con más atención? Nada de eso, en absoluto. Sin embargo, sí te puedo prometer que las canciones de Bon Iver (y las de este “i, i” no son una excepción), entran de manera lenta pero constante, para no marcharse nunca más; que la emoción que sentirás al escuchar “Hey, Ma” no es comparable a nada de lo publicado en este año que promete acabarse pronto, que desde “Yi”, Vernon juega a deconstruir sus propias canciones y los cientos de efectos y modulaciones que estas albergan son tan sólo un entretenimiento con el que jugar al despiste pero, amigo mío, cuando la composición, la melodía, te llega al corazón, se mete tan profundo que es difícil que la olvides porque la has sentido y no escuchado. Hay momentos como “We” en las que el bajo y los sintetizadores surcan los límites del soul y el fraseo de Vernon, a medio camino entre el falsete, juega con entrecortadas rimas que devienen en esos metales de la ya célebre Worm Crew que pudimos disfrutar en directo.

Hay pulsión electrónica, por supuesto, "Holyfields," y más arreglos, jugando con la compresión del sonido y un grado de abstracción que denota las ganas de Vernon por intentar jugar al escondite cuando lo que encierran son canciones trabajadas a destajo sobre el cuaderno de notas. Otros momentos de inenarrable belleza y encanto setentero, "U (Man Like)", evocando la sensibilidad de Prince y también oscuridad, sobriedad, de "Naeem". Canciones que podrían haber formado parte de "22, A Million" ("Jelmore") y otras, como “Faith”, que sonarán a liberación en directo (donde he podido comprobar que, lejos de la introspectiva escucha de alcoba, casi siempre funcionan mejor cuando ves a su protagonista alcanzar el éxtasis) y recuerdos de aquel “For Emma, Forever Ago” (2007) en “Marion” y ese collage en el que Vernon mezcla sin complejo alguno su pasado y presente con el nuestro, como si fuese un caleidoscopio en el que todo vale y la unión de las diferentes emociones crean diferentes formas y colores; de nuevo los metales resuenan fantásticos en “Salem” o la elegancia de "Sh'Diah" y la demostración palpable de que no todos los interludios de los discos de hoy en día son puro y duro relleno, o el recitado a modo de despedida en “RABi”, haciendo sentirse orgulloso al mismísimo Bob Dylan en un álbum infinitamente más anárquico y libre que "22, A Million" pero igual de mágico e inspirado, además de transmitir la sensación de que Vernon hace lo que le viene en gana y es esa libertad la que le hace llegar al alma de miles de oyentes porque más allá de identificarte con sus canciones, las haces tuyas hasta vivir dentro de ellas. Los discos de Bon Iver son como los amigos y a estos no debería juzgárseles a pesar de saber todo de ellos.

Hace ya muchos años, una voraz lectora de esta web (de esas y esos que lo niegan pero siguen leyéndonos con una linterna bajo las sábanas), aseguraba que no le gustaban mis críticas porque me abría demasiado a gente desconocida que leía mis sentimientos pero, amiga mía, la culpa no es mía sino de música como la de Bon Iver. Terminó de sonar "715 - CR∑∑KS" en aquel festival y por mi cabeza pasaron miles de imágenes, dejé de fumar, me bebí la ginebra y sentí la dulce sensación de cerrar un ciclo también y esa, amigos míos, es la auténtica magia de la música sin la cual muchos seríamos incapaces de vivir.

© 2019 Lord James Tonic

Crítica: Entombed A.D. “Bowels Of Earth"

Si lees una crítica de Entombed A.D. y mencionan a los Entombed originales ya puedes correr y, con todo, es una referencia obligada. No tanto porque Lars-Goran Petrov intente evocar el legado de una banda ya legendaria pero inevitablemente en estado de hibernación sino porque Petrov parece empeñado en continuar allá donde lo dejó y si escuchas “Back To the Front” (2014) o “Dead Dawn” (2016) de Entombed A.D. sentirás que estas ante una banda clásica perfectamente definida, aun llevando tan sólo tres discos, y saber que todavía les queda mucho por delante pero, indefectiblemente, un pequeño punto y aparte tras el desnorte de la banda madre. “Bowels of Earth” me gusta y mejora la composición respecto a “Dead Dawn” en algunos temas, la mezcla sigue siendo la misma de siempre; death and roll con algunos solos herederos del hard pero todo covenientemente hipervitaminado para aumentar el groove. Las guitarras crujen, “Torment Remains”, suena completamente ‘old-school’ e incluso la reminiscencia a Dismember parece plenamente buscada, Petrov sigue conservando su gravísimo y cazallero tono. Además, aunque pueda parecer una obviedad, el combo parece completamente engrasado; Elgstrand y Miranda están estupendos en las guitarras, Victor Brandt sigue echando una mano en el bajo, mientras Olle Dahlstedt me sigue pareciendo uno de los baterías más infravalorados del panorama actual.

“Elimination” suena aún más bruta, el propio Dahlstedt tiene la culpa ya que arrastra al galope a las guitarras e incluso cuando cambia de tempo y Entombed A.D. se ralentizan, la banda sigue teniendo cuerpo. El solo es puro roll y permite el cambio de tercio para que la canción recupere la rapidez que parecen querer continuar en “Hell Is My Home” en la que, sin embargo, es Petrov el que se luce. No es que las letras sean más o menos apropiadas, es que la mismísima canción le sienta como un guante; teniendo el pasado y el presente de Entombed perfectamente representado. Es melódica y con un estribillo que te permitirá cantarla y recordarla desde la primera escucha, si “Bowels of Earth” tiene un single claro, es este; no sólo por su melodía o lo machacón de su ritmo, sino porque todo encaja en ella a la perfección. “Bowels of Earth”, la canción, posee el groove mientras que “Bourbon Nightmare” ese clásico atropellamiento tan propio de Entombed, además del encanto sureño que posee su solo de guitarra y ese slide parido en el mismísimo infierno; es por estos detalles que algunas canciones de este álbum siento que ganan respecto al anterior. Pero, a partir de aquí, la gran pregunta…

“Fit For A King” y “Worlds Apart” poseen la urgencia, sobre todo la última, y suenan tan agresivas como todo el conjunto, mientras que “Through the Eyes of the Gods” recupera ese encanto de antaño, rompiendo un poco la dinámica que quizá deberían explotar; continuar el influjo de “Bourbon Nightmare” y “Worlds Apart” mezclado con el buen trabajo de composición de la primera cara de un álbum que, si bien tiene mejores ideas que “Dead Dawn”, parece cerrar demasiado pronto cuando recurre a dos versiones, “I'll Never Get Out of This World Alive” de Hank Williams (lo que confirma que lo sentido en las dos mencionadas anteriormente, no es una simple elucubración mía, sino que Petrov y los suyos han pensado algo parecido pero no saben o querido tirar por ese camino) y “Back at the Funny Farm” de Motörhead, ambas no desentonan en absoluto y funcionan, claro que sí, pero hacen un sándwich a “To Eternal Night”. ¿No había más opciones que incluir dos versiones? Encontrando la mezcla perfecta, ¿no podrían haberla continuado y convertir este “Bowels of Earth” en algo de verdad glorioso? Misterios sin resolver…

Nada de esto enturbia el resultado, aunque lo aleje de un brillante sobresaliente, Entombed A.D. prosiguen su trabajo, firmes a su propuesta y, cada vez más, y más rodados. Petrov es perro viejo y, seguramente, tras este álbum seguirá inmerso en sus mil y un proyectos, nada que objetar, pero quizá el próximo álbum debería tener menos tripas y algo más de reflexión en la dirección a tomar. Disfrutable y placentero por el reencuentro, pero habiendo rozado el larguero, apena la oportunidad perdida.

© 2019 Lord Of Metal