TRIVIUM y las malas lenguas...

Cuando falla la dirección y la composición, el sonido y un Alex Bent en estado de gracia no son suficientes...

"The Act" de THE DEVIL WEARS PRADA:

Desarreglos químicos en el estado del ánimo o cómo grabar un álbum tan desigual como atractivo....

BLUT AUS NORD o el puto color que cayó del cielo...

Los franceses regresan al black y graban un álbum tan alucinógeno, como de otro mundo.

"Walk The Sky" de ALTER BRIDGE; cuando innovar no siempre significa progreso.

En riesgo de estancarse si no rescatan a la musas que les abandonaron tras "Fortress"...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

Crítica: Behemoth “A Forest”

¬No seré yo el que se queje de que una banda publique nuevo material, aunque este parezca más un single que un EP. Tampoco seré yo el que se queje de que los artistas de algo tengan que comer, o de que Adam Darski haya tenido que aparcar su proyecto Me And That Man, frustrar la gira de presentación de su nuevo trabajo, "‘New Man, New Songs, Same Shit, Vol. 1”, enclaustrarse en casa y, además de hacer yoga y subir mil ‘stories’ al día en Instagram, dedicarse a vender memorabilia de Behemoth o publicar “A Forest”. No seré yo tampoco el que se queje porque amo la música de Behemoth, pese a todo el azúcar de los últimos años y la actitud, claramente mercantilista, de aquel artista al que una vez muchos entendimos de otra forma. Hablar de la decepción que supuso "I Loved You at Your Darkest" (2018) ya no tiene lugar porque es un hecho más que constatado que el polaco quiere acceder a las masas a fuerza de domesticar el sonido de un monstruo como Behemoth que una vez firmaron discos como “Evangelion” (2012), “The Apostasy” (2007), "Demigod" (2004) o uno de mis favoritos, "Zos Kia Cultus (Here and Beyond)" (2002), pero algo cambió tras “The Satanist” (2014) y el éxito de aquel. Imagino que Nergal fue testigo de los dividendos, de cómo crecía su cuenta bancaria, de cómo sus conciertos se abarrotaban de chavales que antes escuchaban rock, poco de dubstep o dos canciones de Kendrick Lamar y ahora asistían a un concierto de Behemoth creyéndose más malos que el propio Jon Nödtveidt y no tengo nada en contra, nada, hasta que el sonido de Behemoth ha empezado a resentirse y entiendo que Nergal está más interesado en alcanzar más a ese público que de conservar a los que comprábamos los mencionados discos anteriores.

“A Forest” es un reflejo de todo eso; siempre me ha parecido interesante que una banda de metal se atreva a versionar canciones que escapan de sus patrones artísticos; siempre es excitante escuchar una versión de otro género que, por ejemplo, asistir a la enésima versión de Bathory, King Diamond o Maiden y, en eso, tengo que darle la enhorabuena a Nergal. “A Forest” de The Cure (contenida en "Seventeen Seconds", 1980) no es solamente una de mis canciones favoritas de la historia (aquel disco está muy presente en mi vida) sino que me parece ideal para que un artista de metal (me da igual qué subgénero de este) se atreva con ella. Pero, lamentablemente, la versión de Behemoth, aún gustándome, no me parece la definitiva y hay muchos motivos; las guitarras están poco presentes (como en todo el EP) y la participación de Niklas Kvarforth es puramente anecdótica, no aportando nada en absoluto; ¿puede alguien decirme qué ocurriría si Nergal se hubiese atrevida a solas con ella? Nada en absoluto. Como tampoco me apasiona el video, lejos de la cuidada estética, no entiendo la historia que narra y me parece ridícula las interpretaciones de Niklas y Nergal. Insisto, estéticamente es impoluto, funciona y posee fuerza pero me parece vacío de contenido, pura fantasía de imaginería pretendidamente oscura de un personaje supuestamente real como el oscurísimo Niklas Kvarforth (al que Nergal parece decidido a echar una mano en su carrera y se lo merece ya que Shining han firmado grandes discos, adoro "Halmstad" de 2007) que me sigue chirriando en este proyecto y un Nergal decidido a disfrazarse, aún cuando, ni él ni nadie, tenga muy claro el porqué. La versión en directo ahonda en este sentimiento y parece incluida con el único pretexto de dejar claro cuándo el público tiene que aplaudir o jalear, pero evidencia -más que nunca- que carece del clímax de la de Robert Smith.

Lo interesante de “A Forest”, empero, no es la versión sino las canciones "Shadows Ov Ea Cast Upon Golgotha" y “Evoe” en las que intento adivinar cuál es su papel; si son descartes del álbum anterior o son nuevas composiciones escritas tras "I Loved You at Your Darkest" y reflejan lo que podemos esperar de la banda. Ambas son interesantes pero las guitarras son inexistentes y han perdido fuerza, además de inclinarse por una línea excesivamente melódica, además de una estructura simple como el funcionamiento de un chupete. Por el contrario, Inferno está soberbio a la batería y si podemos catalogarlas como metal es por los guturales de Nergal (moderados, eso sí) y la labor tras los parches.

En definitiva, “A Forest” plantea tantos interrogantes como satisfacción en su escucha y más que un regalo se confirma como un aperitivo cuya única intencionalidad es la de hacer caja durante unos meses en los que los artistas están sufriendo esta crisis, tanto como el ciudadano de a pie. Tan sólo espero que los próximos lanzamientos sean guiados por otro tipo de hambre, la creativa...



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Crítica: Triptykon "Requiem (Live At Roadburn 2019)"

Sentirse afortunado por ver a una banda o un artista en directo es algo que pocas veces ocurre. En el caso que nos ocupa, Triptykon, o lo que muchos preferimos entender como el proyecto de Tom Warrior, ya he relatado en infinidad de ocasiones lo que sentí cuando pude verle presentar "Melana Chasmata" (2014) y, tiempo después, repetir con los clásicos en directo de Celtic Frost para, un año después, hacer lo propio con el legado de Hellhammer y la oportunidad de estrechar su mano. ¿Se puede ser más feliz? Sí, claro, con este “Requiem (Live at Roadburn 2019)” que, como muchos otros seguidores, siento que es un aperitivo de lo que está por llegar y no el álbum que muchos saludan. “Requiem” es una publicación extraña, el capricho de Warrior y la constatación de que Triptykon hace mucho tiempo que dejó de ser una aventura al margen, una nota a pie de página, para convertirse en un monstruo con entidad propia.

“Requiem (Live at Roadburn 2019)” se compone de “Rex Irae” de Celtic Frost, (‘Into The Pandemonium’, 1987), la única canción original de esta publicación (“Grave Eternal”, dividida en varias partes) y, claro, “Winter” del genial "Monotheist". Por curioso que se lea sobre el papel (o la tinta electrónica) el experimento funciona. La viscosidad que alcanza la composición de Celtic Frost en un formato como el de “Requiem” es algo inaudito, mostrando el por qué los suizos se adelantaron a su tiempo, mientras que las seis partes (sí, seis, has leído bien) de “Grave Eternal” junto a los metales que la adornan en su interpretación en el Roadburn, roza lo épico y confiere un sentimiento de majestuosidad a la banda que echaba de menos y dota de una perspectiva nueva no sólo a Triptykon sino a su futuro.

Warrior se las apaña para aunar la pesadez de Celtic Frost y el sonido denso de Triptykon con la música de un western, gracias a la Metropole Orkest, o la sensibilidad de Safa Heraghi, mientras las guitarras de Santura se desmarcan de lo hecho anteriormente y rozan la elegancia de los setenta. Siendo la apertura mi pieza favorita y flaqueando el experimento en el tercer y cuarto desarrollo, los cuales uno siente que son tan sólo meras excusas para desembocar en la sexta y última pieza; necesarias para la cohesión, excesivas para un directo y entender “Grave Eternal” como una impresionante pieza de más de media hora que deberá ser convenientemente mutilada en el caso de que Warrior deseé interpretarla en directo. Mientras “Winter” parece compuesta para cerrar y elevarnos a los cielos, da igual qué disco cierre; si es el epílogo de una carrera como la de Celtic Frost o sirve de visagra entre la primera parte de Triptykon y lo que está por llegar.

Tom Warrior se desvela a sí mismo como un visionario, no solamente por considerársele un artista seminal en el metal sino porque poseer una visión de largo alcance, con la que ha demostrado que aquello que compuso hace treinta años y en lo que está ocupado actualmente no son simplemente canciones sino partes de un enorme gran cuadro que todavía parece inconcluso y, a pesar de los puntos flacos de “Grave Eternal”, “Requiem (Live at Roadburn 2019)” es el testimonio de un artista que sigue muy vivo actualmente y todavía tiene mucho que decir. Como para no sentirse afortunado de haberle visto en directo en casi todas sus encarnaciones, un puto genio…


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Crítica: Paradise Lost “Obsidian”

Disfruté muchísimo "The Plague Within" (2015), tanto como "Faith Divides Us - Death Unites Us" (2009) en una discografía, como es la de Paradise Lost, en la cual siempre he considerado que no tiene fallo alguno, tan sólo quizá "Host" (1999) o "Believe In Nothing" (2001) y poco más. Pero “Medusa” (2017) no me convenció por muchos motivos, algunos de los cuales parecen solventados en este “Obsidian” que nos devuelve a unos Paradise Lost mucho más pesados y oscuros (quizá no tanto como en "The Plague Within" pero lejos del intento por reverdecer el encanto setentero del doom europeo de “Medusa”). Mucho ojo a todos aquellos que leen las críticas por encima, Paradise Lost son una de mis bandas favoritas por lo que acabo de escribir, su discografía está a un nivel excepcional y considero que se han ganado su lugar y su leyenda a base de trabajo y buenos discos, buen saber hacer y persistencia. Lo que no quiere decir que siempre hayan estado plenamente acertados a lo largo de su carrera.

Dicho esto, repiten con Jaime Gomez Arellano en “Obsidian”, lo que hace que me pregunte el porqué del cambio entre este y el anterior, no pudiendo achacarle al productor de "The Plague Within", la orientación de “Medusa” (que, insisto, no es un mal álbum y he aprendido a devorarlo con el tiempo, pero sigue sin convencerme), frente a una apertura como "Darker Thoughts" en la cual hay pesadez, por supuesto, pero también el encanto gótico propio de la banda, hay agresividad pero a tempo lento, hay sentimientos de rabia y también sensación de aislamiento, grandiosa y deliciosa oscuridad que, por ejemplo, no sentí en el anterior, además de la deliciosa guitarra de Mackintosh mejor que nunca. Y la confirmación plena de que Paradise Lost se han mirado en su propio espejo, en el de "The Plague Within", cuando suena “Fall From Grace” y nos revienta por todo el doom inglés, como una pesada losa de piedra, recordando a “No Hope Insight”.

Es verdad que, como muchos aseguran, “Ghosts” suena a Sisters Of Mercy pero no lo veo como algo negativo, igual que ocurre con “Forsaken” (o, más en concreto, “Hope Dies Young”, aunque esta no esté a la altura), cuando los de Halifax lo llevan a su propio terreno con éxito y, de nuevo, como en “Darker Thoughts” pulen la superficie de ambas canciones con una pátina gótica que resalta las composiciones y dota a este “Obsidian” de mayor fondo que “Medusa”. Más aún cuando canciones como "The Devil Embraced" les hace regresar a su propio redil y sirve como contrapunto a las anteriores, cuando Mackintosh y Aedy revientan la gravedad con sus guitarras. Me gusta el trabajo de Holmes, como siempre, porque cuando quiere sonar devastador lo logra y cuando se inclina por la melodía, también resulta brillante. Aceleran en “Serenity” para caer en la malsana calma de “Far From Grace” en la que vuelven a demostrar que se puede hacer doom de manera ligera, que la pena y la melancolía duran tanto como ellos quieran, que las guitarras también pueden arpegiar sin demoler nuestras cabezas, haciéndolo directamente en nuestro corazón.

"Ravenghast" suena nocturna pero también pérfida, igual de oscura que “Hear The Night”, de nuevo sonando puramente doom, alargando la transición entre notas, con Väyrynen dejando caer las baquetas sobre los parches y Holmes gruñendo más profundo que en todo el álbum, y Mackintosh suene más malvado que nunca en “Defiler”, llevando a Paradise Lost a la agresividad revestida de doom clásico en sus guitarras. Un álbum excelente que corrige allá donde “Medusa” fracasaba y que si no llega al sobresaliente es porque siento que, a pesar de la buenísima ejecución, Paradise Lost no transmiten esa frescura o ganas de hacer algo diferente como sí me ocurría con los mencionados "The Plague Within" (2015) o "Faith Divides Us - Death Unites Us" (2009). Con todo, estoy eternamente agradecido a Holmes y Mackintosh por seguir grabando, por seguir adelante y mantener vivo a Paradise Lost.


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Crítica: Winterfylleth "The Reckoning Dawn"

Qué verdad es que hay discos que no entran o no llegan porque lo hacen en el momento adecuado y no me arrepiento escribir esto de “The Hallowing of Heirdom” (2018), un álbum que disfruté moderadamente porque me siento incapaz de no hacerlo de cualquier obra de Winterfylleth pero que si he logrado digerir la decepción que supuso fue por el tiempo de escucha que le dediqué. Pero uno sabe bien cuando una canción, un disco, llega a las entrañas y tampoco me avergüenza reconocer que "The Reckoning Dawn" (2020) es quizá el mejor disco de los ingleses desde "The Ghost of Heritage" (2008) y "The Mercian Sphere" (2010), que si las ocho canciones de "The Reckoning Dawn" entran como un tiro y produce auténtico placer escucharlas es porque la banda parece haber atravesado un estado de gracia que, honestamente y pese a la calidad inherente a sus producciones, ni siquiera yo mismo podría haberme esperado.

Quizá sea por el estallido que supone "Misdeeds of Faith", tan negra y tan nórdica, tan coral y tan potente en sus voces, sus gañidos y la solemnidad de su melodía, que Winterfylleth sorprenden en su primera dentellada con una agresividad que nunca más pensé escuchar en los surcos de uno de sus discos. Pero la gran sorpresa es "A Hostile Fate (The Wayfarer Pt. 4)", siete minutos en los que la banda toca de nuevo el cielo; difícil de explicar que no están haciendo nada nuevo, que la mezcla entre los pasajes más épicos y la gloriosa melancolía sigue presente pero más cerca de Enslaved que de la languidez por la que Winterfylleth se convirtió en la banda preferida de miles de ‘instagramers’ y su eterna pena esnob. Siete minutos de arremetidas, de bandazos eléctricas, de guitarras que te cogen por el cuello y no te sueltan hasta internarte en el bosque y abandonarte a tu suerte.

Pero también hay poesía, como la bella introducción de “Absolved in Fire” y el estallido black o esa recta final en el que las guitarras cogen tanto cuerpo que sorprende estar escuchando a Winterfylleth con tantos graves y un resultado tan bronco. Momentos honorables, como la propia "The Reckoning Dawn", en la que cabalgan sobre un ‘blast beat’ y saben bajar de tempo cambiando de compás y engalanando el resultado con majestuosos riffs que pasan del trémolo, de la mano derecha, a la parsimonia de la mano izquierda para sacudirnos una vez más con “A Greatness Undone”, u ofrecernos algo de descanso con la sutil y delicada “Betwixt Two Crowns” (que Mikael Åkerfeldt mataría por firmar, a sabiendas de su gusto por las piezas acústica, como él mismo ha asegurado en más de una ocasión). Miradas al pasado de la banda, “Yielding the March Law”, con reminiscencias a Woods of Ypres y un final a la altura del álbum, “In Darkness Begotten”, en la que hay drama, mucho drama, pero también intensidad y, de nuevo, esos coros y arreglos que parecen despejar las nubes de cualquier montaña y arrojar algo de luz sobre nuestras cabezas, además de una interpretación vocal realmente magistral.

Lucas, Naughton, Wallwork, Deeks y Capp han logrado lo que nadie esperaba y es que muchos giremos la cabeza y volvamos a esperar lo más grande de Winterfylleth, cuando estos han firmado uno de los grandes discos del año. Quién nos iba a decir a estas alturas del año que el aislamiento más duro no está en las bucólicas y perdidos paisajes de sus portadas sino en el anterior del ser humano.


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Crítica: Warbringer “Weapons of Tomorrow”

No resulta nada difícil escribir sobre Warbringer porque la escucha de cada uno de sus discos siempre produce placer y, más aún, cuando uno siente que, probablemente, han grabado su mejor disco hasta la fecha. Algo nada sencillo si tenemos en cuenta el alto nivel de los de Newbury Park y obras como "Waking Into Nightmares" 2009) y "Worlds Torn Asunder" (2011) pero, si ya "Woe to the Vanquished" (2017) demostró sus ganas de crecer, es con “Weapons Of Tomorrow” con el que uno siente que han dado un salto cualitativo, no sólo a nivel compositivo sino también en su sonido; no siendo su habilidad algo que deba ser puesta en duda sino la dirección de un disco que, sin abandonar el thrash, coquetea con algo de death y desarrollos con gusto por el progresivo. Un sonido masivo que crece con cada escucha y que nos invade como oyentes cuando, sonando “Firepower Kills”, uno tiene que abrise paso entre las guitarras de Carroll y Becker y la agudísima voz de John Kevill. El thrash es evidente, el sonido traqueteante de las guitarras y la fiera batería de Cruz pero, al mismo tiempo, uno siente que esto es mucho más que thrash, que la música de Warbringer posee tanta rabia y velocidad como magnificiencia. Ese mismo sentimiento que destila "The Black Hand Reaches Out", exactamente igual que la anterior pero aún más pegadiza, Kevill suena aún más salvaje y, aunque Warbringer se relajen, el sonido es tan contundente que todo funciona a la perfección.

"Crushed Beneath the Tracks" es el punto de inflexión que todo buen álbum necesita en su tercer corte, ahonda en la herida, nos despierta aún más y los coros retumban en nuestra cabeza, pero es con “Defiance of Fate” con la que el álbum estalla por completo y Warbringer parecen encontrarse en esa exploración. No sólo suenan actuales sino que consiguen atrapar parte de la magia de los Metallica de los ochenta, cuando las guitarras se tornan más melancólicas y solean o la canción se tiñe de pura emoción (algo que repetirán con "Power Unsurpassed" y el trabajo de Carroll y Becker centrifugando sus guitarras). Cuando juegan en “Heart Of Darkness” y se oscurecen más que cualquier banda de black pero la saben llevar a su terreno y la convierten en puro y duro thrash. ¿Warbringer mezclando black con thrash? Así es y suena magnífico y, lo mejor; genuino.

Lástima que “Outer Reaches” o “Unraveling” no cuajen o no terminen de convencer, haciendo bajar la nota a “Weapons Of Tomorrow”, buenos temas pero lejos del resto de material que compone el álbum, canciones con fuerza pero sin la magia del resto. Como, por ejemplo, la oscurísima “Notre Dame (King of Fools)” y toda su épica, su desarrollo y guitarras y un final a la altura de las circunstancias, “Glorious End”, con la que sin llegar al power, son capaces de erizar todos y cada uno de los vellos de tu piel, demostrando las ansias de crecimiento y la importancia de un subgénero que Warbringer convierten en vehicular, como es el thrash (con Cruz en estado de gracia tras los parches).

Como aseguraba al comienzo de esta crítica, Warbringer suenan tan potentes como siempre, pero son aquellas canciones en las que demuestran su constante evolución las que aúpan “Weapons Of Tomorrow” entre sus mejores trabajos, en el que tan sólo hay un par de traspiés que lo alejen de la obra maestra en la que podría haberse convertido. Warbringer no decepcionan, ni ahora, ni nunca y lo sabes…

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Crítica: Katatonia “City Burials”

No es que uno recurra al mismo argumento una y otra vez, pero el gran problema actual de muchos discos es la composición, así de claro. Y me duele escribir esto de la banda de Jonas Renkse porque, si escucho las canciones de “City Burials” por separado, encuentro grandes momentos en esa suerte de post-metal melancólico y teñido de nubarrones, de pesadumbre y sensibilidad en el que Katatonia tienen pocos rivales pero es en ese terreno precisamente en el que se han afincado y parece ser del que no quieren volver a salir, el que me preocupa. Tal y como escribí de "The Fall of Hearts" (2016), la última vez que sentí palpitar de verdad mi corazón fue con "Night Is the New Day" (2009) y, claro, con "The Great Cold Distance" (2006) pero, a partir de "Dead End Kings" (2012), las cosas parecen torcerse. No es que los de Estocolmo sean capaces de grabar un mal álbum, es que, simplemente, no están al nivel que se espera de ellos y siempre hay algo que falla, a pesar de contener grandes momentos. Y la composición falla, no como ocurre en otras bandas; no porque no haya ideas o no estén inspirados, sino porque parece que Katatonia prefieren jugar sobre terreno ganador y jugar allá donde se saben victoriosos, evitando el riesgo (o administrándolo con cuentagotas) sin ganas de avanzar o desmarcarse.

Líneas arriba, mencionaba el problema de muchos discos actuales porque, obviamente, una banda que está habituada a trabajar con Jen Bogren y, en este caso, decide hacerlo en casa con los propios Anders Nyström y Jonas Renkse a los mandos, denota el poco interés por desmarcarse de las coordenadas habituales pero, por otro lado, dado el nivel de los propios músicos, es imposible que “City Burials” suene mal. El cambio respecto a "The Fall of Hearts" es obvio en la crudeza del ambiente que este nuevo álbum transmite pero, en el fondo, y recurriendo a Lampedussa, Katatonia acarician la idea de "cambiar todo para que nada cambie" o, en su caso, cambiar un poco -lo justo- para que nadie les acuse de inmovilismo pero ahí están Nyström y Öjersson, la programación de Eriksson y las inflexiones de vocales de Renkse para que nadie se olvide de que la infinita tristeza de Katatonia sigue presente.

De esta forma, no sorprende que abran el álbum con “Heart Set to Divide”, en la que ellos se sienten fuertes a lo largo de sus cinco minutos y medio, la voz de Renkse nos invade hasta que entran las guitarras. Algo parecido a lo que hacen en “Lacquer” que parece concebida como un claro single (al más puro estilo de “Serein”) y con toda la precaución que el termino “sencillo” implica en una banda del calado y la comedida repercusión comercial de Katatonia, pero el lector me entenderá cuando escuche “Lacquer” y sienta haberla escucha ya con anterioridad, agradeciendo algo de la virulencia impostada de “Behind The Blood”. Magníficamente interpretadas, qué duda cabe, con excelente sonido (aunque “Rein” sirva como continuación de la anteriormente citada y uno sienta estar escuchando su segunda parte), lo mismo que ocurre con “The Winter of Our Passing” en la que, además de la programación, no hay un solo segundo genuino que Katatonia no haya facturado antes.

Bonita es “Vanishers” con Anni Bernhard como invitada, formando un bonito dúo con Renkse, marcando la diferencia con canciones genéricas (no sabe nadie lo que siento escribir esto) como “City Glaciers” o “Flickers”. Por suerte, “Lachesis” es tan bella que rompe desde su tono elegíaco y, lo peor de todo, la triada final demuestra lo que Katatonia podrían haber logrado en “City Burials” si se hubiesen olvidado, precisamente de eso, de quiénes son. “Neon Epitaph” es brillante en su desarrollo y “Untrodden" es todo lo valiente (no sólo por su compás) que “City Burials” necesita, como afilada “Fighters”. Quedándosele a uno las ganas de preguntarle a Renkse, ¿cuáles llegaron antes, las canciones con riesgo y ganas de jugársela o aquellas en las que hacéis de vosotros mismos? Katatonia siempre tendrán un huequito en mi corazón y acudiré presto a sus discos y directos pero, honestamente, siento que desde "Dead End Kings" han puesto el piloto automático como cuando en su gira por festivales europeos, presentando "The Fall of Hearts", vi a Renkse más preocupado del reloj que de la propia actuación y eso, por mucho que ame su música, duele en lo más profundo.


© 2019 Blogofenia
Pic by © Esther Segarra

Crítica: Wake "Devouring Rain"

La primera vez que le hablé a alguien de “Devouring Rain” fue a mi pareja, paseaba con ella bajo una noche oscura y, en mitad del actual caos reinante, sintiendo cómo veíamos el mundo arder, le dije que últimamente estaba escuchando mucho a Wake. ¿Qué música hacen?, me susurró al oído. No lo sé, ya no lo sé, es una mezcla de sus discos anteriores, pero es algo precioso y doloroso, acerté a responder. A veces, una pizca de caos es lo que hace que todo adquiera sentido y, de alguna manera que no sé explicar, en mitad de todo el momento que estamos viviendo y de los constantes cambios en mi vida, encontré en ella y en “Devouring Rain” de Wake, además de muchos otros discos como tabla de salvación, la mezcla perfecta para compensar el actual desequilibrio y no es broma. ¿Acaso no es cierto que "Dissolve and Release" posee una de las introducciones quizá más bellas grabadas jamás en un disco de grind? Quizá sea esa también la cuestión y es que Wake han evolucionado del doom al grind, del grind al black y han salpicado su mezcla con algo de sludge, logrando algo tan bello que hiere, que es capaz de romper al oyente con su violencia, como ocurre con "Kana Tevoro (Kania! Kania!)", a pesar de toda la rabia, y llevarnos al extasis con “This Abyssal Plain” y sus arremetidas.

Pero lo que más me atrae, lo que más me gusta de “Devouring Rain” es la capacidad para conmover a pesar de la rabia, a pesar de la violencia, del caos y toda la virulencia que cada uno de sus surcos exuda. No se trata de un par de riffs, de un gruñido o un grito demencial, tampoco de llevarte al frío invierno noruego o mostrarse más retorcidos que ninguno, simplemente de cogerte por el cuello y zambullirte con ellos en un mar repiqueteado por la tormenta, sumergirte en sus espumosas y saladas aguas y llenar los pulmones, teñirte de emoción y pintarte con sus colores, imbuirte de sentimiento y hacerte creer que estás trascendiendo entre planos, en mitad de una ensoñación pero, al final se trata de sentir; eso mismo que logran con la negrísima “Torchbearer” y sus diez minutos de avance a través de una profunda gruta en el estómago de la tierra, conformando una de las mejores piezas de todo el álbum. Mientras “Elegy” y “Paean” cumplen su cometido de piezas instrumentales, de apertura y cierre de “Mouth Of Abolition” y toda la épica y furia de unos Khemmis antes de ser fagocitados por el reconocimiento, “In the Lair of the Rat Kings” ahonda en ese desconcertante caos que parece abrir las puertas del vértigo de uno mismo cuando eres presa de este.

¿Intensidad? ¿Desgarro? ¿Sangre y músculo? "Monuments to Impiety" y "The Procession (Death March to Eternity)" sirven de colosal cierre con Kyle Ball comiéndonos crudos. Pocos son los discos que me causan una impresion tan profunda, más cuando “Devouring Rain” se antoja como un paso de gigante respecto a "Misery Rites" (2018) y, por supuesto, joyas como "Sowing the Seeds of a Worthless Tomorrow" (2016), "False" (2013) o "Leeches" (2011). Grandes discos que muestran que el camino andado por Wake no ha sido en balde, que me recuerdan porque amo el metal y sus mil y un fragmentos, que me recordarán porque aquella noche sentí que tenía bastante junto a ella y este disco. Cuestión de creer ver el mundo arder desde una cima…


© 2020 James Tonic

Crítica: Trivium “What The Dead Men Say”

Soy consciente de que puede ser todo un trauma para el fan medio de Trivium, visitar otras webs, blogs y páginas pretendidamente especializadas y, sin duda, conocedoras de la música sobre la que están escribiendo, no como nosotros; ver cuatro cuernos, cuatro rayos, cuatro descargas brutales y, ahora, acudir a esta humilde web y encontrarse con que únicamente dos estrellas coronan el trabajo de los de Orlando. ¿Qué está pasando? ¿Somos nosotros los que nos hemos equivocado o el resto de medios? ¿Tienen razón esos miles de chavales de veintipocos años que creen que Matt Heafy ha vuelto a firmar un grandísimo trabajo o esos otros que lo escuchan en la soledad onanista de su dormitorio adolescente para luego criticarlo a través de redes sociales? Seguramente ni unos ni otros y nuestra opinión no deja de ser una más (quizá importante para unos, puede que menos para otros, quién sabe…) pero otra de las muchas que pueblan Internet. Pero, antes de entrar a fondo, me gustaría aclarar que la nuestra (no por ser escrita por un servidor) quizá, sólo quizá, tenga algo de valor por el mero hecho de que es libre y no busca agradar a nadie, ni tampoco conseguir nada a cambio. También me gustaría aclarar que hubo un tiempo en el que disfruté de la banda y sus discos pero, lo siento en el alma, los Trivium y Matt Heafy actuales me dan muchísima pereza y desde “In Waves” (2011) siento hastío cuando los escucho o veo en festivales, entendiendo que, creativamente, murieron en “Shogun” (2008) y después, ni siquiera el “laureado” "The Sin And The Sentence" (2017), me ha parecido gran cosa. ¿Invalidan todos estos sentimientos mi opinión? ¿Acaso debo ser un seguidor sin criterio para poder escribir sobre Trivium? ¿Sería una crítica más objetiva? Imagino que para miles de chavales sí, pero esa no es mi guerra…

Pero, vayamos a "What the Dead Men Say" (2020) y lo que significa para Trivium y lo que debería haber significado para aquellos que los escuchamos. Josh Wilbur y un buen sonido, entonces, ¿cuál es el problema? En mi modesta opinión es la dirección y la composición; mientras la banda suena rodada y, más aún, con la inestimable ayuda de Alex Bent tras los parches (quizá el mayor acierto de Heafy ya que es un grandísimo batería que únicamente potencia el sonido de Trivium y lo hace despegar como un cohete) las canciones de este álbum vuelven a pecar de lo mismo, una suerte de metalcore (sí, has leído bien) pulido hasta el extremo, inofensivo y bobalicón, en el que la banda despliega toda su agresividad en los riffs y estrofas, para amilanarse y convertirse en dulces gatitos en los estribillos, ¿es esto lo que buscaban, lo que querían ofrecer a sus seguidores, un fiel reflejo de la pasión de Heafy por el black? Imagino que el bueno de Matt, como bien ha dicho, gana más dinero con Twitch que lo que percibe por Trivium, que quizá la banda haya tocado techo y él no sienta que tienen la repercusión necesaria o, simplemente, la busque a fuerza de domesticar aún más su sonido. ¿Es todo esto malo? Para nada si lo que quieres es contentar a tu público menos exigente; ese al que le resulta más sencillo acceder a una música más melódica, en la que se abuse de la repetición de estribillos y el azúcar corra libre por sus venas.

Apertura intrigante, misteriosa, ligeramente amarga (“IX”) y a por la canción que da título al álbum, que ya pudimos escuchar como segundo single; estrofas con algo de agresividad y un estribillo tan sencillo que hiere. Algo similar a lo que ocurre con los otros tres adelantos; “Catastrophist”, "Amongst the Shadows And the Stones", “Bleed Into Me”. En concreto, la primera es puro algodón hasta su segunda parte, en la que las cosas se ponen interesantes para Trivium. Muy diferente es "Amongst the Shadows And the Stones", mucho más arriesgada y directa, mucho más cortante y heredera de la pasión de Heafy por el metal más afilado (siento que esta dirección habría beneficiado al álbum), mientras que “Bleed Into Me”, aunque atractiva por el groove de Gregoletto, no termina de despegar y, menos aún, con ese momento tan Chad Kroeger del estribillo, de primeros de la década pasada. Con todo, me resulta extraño que Trivium hayan decidido ordenar los cuatro singles del álbum en la primera cara de este, condenándolo a una segunda mitad que abre con “The Defiant” en la que hay mala hostia, pero también exceso melódico en su estribillo y, como ocurría con "Amongst the Shadows And the Stones", siento que "Sickness Unto You" habría sido una dirección más adecuada, más oscura, más adulta, más propia de la negrura que Trivium quieren desprender, de la música que ama Heafy. No como "Scattering the Ashes" o "Bending the Arc to Fear", de las cuales únicamente puedo extraer la batería de Bent (una auténtica bestia), la agresividad puntual de Heafy y algún que otro momento de Beaulieu. Cerrando con la melódica "The Ones We Leave Behind", haciendo que me pregunte por qué de esta tendencia hacia el sonido más meloso, más fácil y pulido, más genérico, menos arriesgado y valiente.

"What the Dead Men Say" suena potente, claro que sí, sin duda, tanto la banda como Wilbur han hecho un magnífico trabajo. Pero todo lo dicho anteriormente lastra significativamente su escucha y lo siento en el alma porque me habría gustado que Heafy hubiese publicado un gran álbum pero parece que las intenciones de ellos y las de nosotros, un sector de sus seguidores, no podían ser más diferentes.

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Crítica: The Black Dahlia Murder “Verminous”

No puedo decir que “Verminous” me haya decepcionado porque esperaba algo así. Me refiero, tras un álbum como “Nightbringers”, cualquier banda tendría claro que hay que salirse por la tangente y no querer continuar el camino recorrido, no querer mirarlo de frente. Y Trevor Strnad, ese gran amante del metal y la música en general, lo sabe tanto como tú y yo. Pero, tras verlos cuatro veces únicamente durante la última gira, y más de diez en los últimos diez años, creo saber cuáles han sido los patinazos de los de Michigan, tanto como sus virtudes, que son muchas. Así, “Verminous” es un buen álbum que entra directo en vena, no tengo queja alguna en ese aspecto; Brian y Brandon se complementan a la perfección y Max y Alan golpean con fiereza en la que es quizá una de las bandas más fiables del panorama actual. El problema, si es que podemos llamarlo así, es cuando convives con “Verminous” y lo escuchas a diario, cuando entiendes que poco o nada tiene que ver con “Nightbringers” y mucho con "Miasma" (2005), "Deflorate" (2009) y quizá "Everblack" de 2013 (mi álbum favorito por muchos motivos, aunque sea consciente que todos son extra-musicales, pero vuelva a él a menudo), cuando sabes que las nuevas canciones no pueden hacer frente a las de “Nightbringers” y ellos mismos también son conscientes de ello y deciden salirse por la tangente pero sin perder sus señas de identidad o forzarlo demasiado como ocurrió con "Abysmal" (2015).

El comienzo de “Verminous” es espectacular con la canción que da título al álbum, un pequeño guiño al anterior y su juguetón riff, a la madre que parió a Trevor y su característica garganta, haciéndonos creer que estamos en casa, y así ocurre con la contundente “Godlessly” en la que Black Dahlia parecen repartir patadas a diestro y siniestro, un breve espejismo de apenas tres minutos que desemboca en "Removal of the Oaken Stake" y el primer arqueo de cejas aún con la calidad que destila la canción y el buen saber hacer de la banda, como lo que ocurre con “Child Of Night” en la que abusan de sus propios ingredientes y terminan lastrados por la repetición o el auto-plagio.

Nada que Trevor y los suyos no puedan soportar, y así es con “Sunless Empire” y ese sabor tan ‘old school’ a lo que una vez fueron y, por arte de magia, todavía siguen siendo gracias a que conservan su esencia. Pero son los experimentos (esos que toda banda debería hacer con gaseosa) los que dañan el resultado final del álbum, como "The Leather Apron's Scorn" o la aburridísima "How Very Dead" en un final de fiesta en el que únicamente podremos salvar "The Wereworm's Feast" y con pinzas, ya que hasta “Dawn Of The Rats”, última pieza de “Verminous” y no precisamente la más agraciada a nivel compositivo ni instrumental, tan sólo hay un interludio; “A Womb in Dark Chrysalis”, que nos hará constatar que algo ha ocurrido en este álbum, que Black Dahlia eran conscientes de las expectativas y han decidido probar el primer desvío tras “Nightbringers”, que el hype de todos esos chavales que aseguran que este álbum continúa la senda del anterior es porque no conocen a la banda o no la han mamado lo suficiente como para hacerla suya, que las prisas son malas para disparar con el gatillo desde redes sociales en plena cuarentena y tan sólo un par de escuchas, que The Black Dahlia Murder jamás decepcionan pero no siempre aciertan en el blanco.


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