"Fortitude" de GOJIRA y la sombra de "Magma"

Quizá su material más flojo, aún menos inspirado que el anterior y con menos cohesión aún...

"Welcome To Hel" de HJELVIK, KVELERTAK heavymetalizados.

Erlend tenía ideas, aportaba y no solamente era la imagen más representativa de la banda sino también parte del cerebro de esta...

"Endless Twilight of Codependent Love" de SÓLSTAFIR.

Mágico, intenso y descorazonador al que hay que dedicar tiempo, pero cuyo retorno de inversión es superior a todas las lágrimas vertidas...

"ANTI-ICON" de GHOSTEMANE, entre la depresión, el nihilismo y el paso de Caronte.

Chirriante, caótico o inarmónico para muchos, sin embargo, es la mezcla casi perfecta…

Crítica: Aborted "ManiaCult"

No puedo negar lo mucho que disfruto con Aborted y es precisamente ello lo que nubla mi criterio en muchas ocasiones y, como ocurrió con “Terrorvision” (2018), suela ser más que generoso en mis valoraciones. Pero lo cierto es que aquel álbum sigue estando a día de hoy plenamente vigente entre nosotros, sus seguidores, y Aborted han vuelto con “ManiaCult” por todo lo grande. ¿Todo lo grande? Sí, a estas alturas no les puedo pedir un "Goremageddon: The Saw and the Carnage Done" (2003) o “Gobal Flatline” (2012) porque ni ellos son los mismos, ni yo tampoco y no es necesario. Me recuerda a una entrevista en la que un seguidor le preguntaba a Jim Root por qué Slipknot no grababa un nuevo “Iowa” (2001) y su guitarra no sonaba igual, la respuesta del alto guitarrista fue sencilla; “Porque no me apetece, no somos las mismas personas” y lo mismo se lo puedo aplicar a Sven y su criatura Aborted. Pero, si lo pienso bien, o lo escucho mejor, este “ManiaCult” sí recupera esa afición de los belgas por riffs perversos y crueles, propios de su estilo y, más en concreto, de “Goremageddon” e incluso “Retrogore” (2016). Es verdad que Aborted siempre hacen lo mismo y produce placer reencontrarse con ellos pero, ¿acaso tampoco es cierto que su carrera rara vez baja del notable? ¿Qué acuden puntuales a su cita con nosotros cada pocos años? ¿Quién soy yo para quejarme cuando nunca lo hice con Motörhead, Slayer o AC/DC, por nombrar sólo a algunos?

Con Bedene empezando a ser veterano y Jekelis y Franceschini ganando seguridad tras cinco y seis años, Aborted y Kristian "Kohle" Kohlmannslehner han grabado otro buen disco que hará las delicias de cualquier seguidor del death, “Verderf” no es sólo una introducción sino la apertura al pandemonio particular de la banda, el glorioso enlace entre “Terrorvision” y este nuevo álbum que nos dispara a la sien con el propio single que es “ManiaCult” (con Joseph Badolato), las guitarras nos ametrallan y Bedene ayuda a esa sensación de violencia sónica, aportando músculo, pareciendo más una dinamo que un batería. Mientras que “Impetus Odi” es un cruce salvaje entre ellos y Dying Fetus, con un Sven más animal que nunca, “Portal To Vacuity” es perfecta y la guitarra de Jekelis gana en su toque más siniestro hasta “Dementophobia” y ese toque de thrash que le sienta fabulosamente bien a la canción. ¿Venías a por sangre y vísceras? “A Vulgar Quagmire” las posee en cantidad, así como Jekelis y Beden parecen centrifugar tu cabeza hasta un interludio, “Verbolgen”, que nos dará algo de calma.

“Ceremonial Ineptitude” la rompe por la mitad (es cierto que “Verbolgen” es, claramente innecesaria) con Sven jugando a dos voces con Filip Danielsson, “Grotesque” no nos da respiro y eso (en un álbum de Aborted) es una maravilla, hasta que Sven vuelve a cogernos por el cuello en "I Prediletti: The Folly of the Gods" junto a Ben Duerr. ¿Podríamos pedir más? “ManiaCult” es un álbum en el que colaboran hasta seis vocalistas con Sven y, sin embargo, se le siente sólido y con unidad. Quizá por la fortísima personalidad de la banda, quizá porque veintitrés años son demasiado como para perder tu sello, quizá porque Sven ya es perro viejo y se sabe rodear de la gente adecuada. Lo único cierto es que “ManiaCult” no es el mejor álbum de Aborted (tampoco lo pretende), posee los mismos defectos que “Terrorvision” y también los mismos recursos por lo que amo el death de los belgas, pero resulta imposible no rendirse ante la evidencia de que es otro disco rozando el notable más alto, sólido y con el que cualquier seguidor experimentará el mismo placer que yo mientras escribo estas líneas.

© 2021 Lord Of Metal

Crítica: Portrait "At One with None"

Hay muchos lectores que nos escriben pidiendo una u otra crítica, mientras otros se quejan que de su grupo únicamente haya una o dos, quizá la última. Esto se debe a que esta web no es una enciclopedia, ni pretende serlo, no es un esfuerzo colaborativo y, simplemente, disfrutamos escribiendo de lo que más amamos; unas veces de manera acertada, otras veces menos. En el caso que nos ocupa, Portrait, el motivo de que no hayamos escrito antes, por lo menos en mi caso, es porque amo Mercyful Fate y aquel debut de 2008, me parecía una copia a papel carbón de los de Kim Bendix Petersen. “Crimen Laesae Majestatis Divinae” (2011) me parece una gran obra, quizá su mejor disco y, a partir de aquel, “Crossroads” (2014) baja el nivel y lo mismo ocurre con “Burn The World” (2017) en el que, sin embargo, comenzaban a dejar de fijarse en Mercyful Fate pero también en King Diamond o Iced Earth. Pero es justo aquí, en este punto, cuando, a pesar de reconocer su maestría, es cuando su carrera me parece que empieza a volverse más y más interesante, porque quieren arrancar su propio vuelo. Aquello que apuntaban en “Burn The World”, aquí en “At One With None” se perfila, y es que los suecos parecen olvidarse de sus ídolos y cualquier calco para buscar su propio camino. Es por eso que este, su quinto álbum, me parece el más interesante de todos y aquel por el que siento que debo escribir, sí, me recuerda a “Abigail” (1987) pero no sé si es por deformación propia que porque Portrait quieran recrear semejante esfuerzo de King Diamond. 

 

“At One With None” es heavy clásico de altura, con predominancia de las guitarras y ese regusto setentero por el que entra tan bien, la narración es rica, tanto en el apartado musical como en el de unas letras en las que Portrait parecen esmerarse y mimar al detalle. Pero en los surcos del álbum hay un enemigo escondido y el oyente lo encontrará desde el primer segundo, tras la apertura y “Curtains (The Dumb Supper)” (y ese sabor tan marcado a Iced Earth), y no es otro que la compresión de una producción que no necesitaría de tal masterización, convirtiendo la instrumentación en un bloque de hormigón en el que todos los instrumentos parecen tener la misma presencia. Al igual que “Curtains”, “Phantom Fathomer” suena como el grupo de Jon Schaffer, y están bien, atrapa y posee los ganchos, el atractivo suficiente, mientras que “He Who Stands” o “A Murder of Crows” me hacen perder el interés, la primera porque tarda en arrancar y se me hace pesada (a pesar de gustarme las acústicas) y la segunda porque, sencillamente, no pertenece a este disco ni a Portrait. Por el camino, los nueve minutos de “Ashen” y esa introducción tan propia de Andy LaRocque, en una canción en la que volvemos a escuchar ecos de Mercyful Fate pero, qué demonios, funciona muy bien y logra la difícil tarea de no aburrirnos a lo largo de su minutaje. “Shadowless” es heavy de corte clásico pero se hace demasiado repetitiva (fijémonos en la paradoja; la anterior, con sus nueve minutos, lograba lo contrario) y la despedida, “The Gallow’s Crossing”, parece un cruce entre King Diamond (ese comienzo hablado sobre una guitarra acústica) y Blind Guardian (la hipervitaminada velocidad de Per Lengstedt cantando en un tono similar al de un titán como Hansi), aunque cumple su tarea a la perfección.

Sin embargo, cuando “At One With None” concluye, el sentimiento es agridulce; Portrait han grabado un buen disco, hay buenas canciones y quieren respirar su propio aire más allá de los clásicos, pero no me gusta la producción, no por el sonido propio de la banda sino por la maldita compresión mencionada que no deja respirar a la mezcla. El sonido satura, sientes que han querido subir el volumen del máster tanto que, a veces, no se aprecian los instrumentos de manera natural. Una pena, algo que arruina el esfuerzo compositivo de los suecos. “At One With None” es muy disfrutable, pero amarga pensar lo que podría haber sido si, con estos ingredientes, hubiesen acertado con el sonido, ahora que están independizándose de sus padres o, al menos, intentándolo.


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Crítica: Iron Maiden "Senjutsu"

Si sigo escribiendo sobre Iron Maiden no es porque la crítica de un disco suyo atraiga visitas a esta humildísima web (nada mas hay que ver la celeridad con que la red se ha llenado de escritos sobre este nuevo álbum de una hora y veintiún minutos. Sin duda, plumillas muy interesados en plasmar sus aceleradas opiniones desde el fanatismo más exacerbado). No, si sigo escribiendo sobre Maiden, acudiendo a sus conciertos desde 1995, es porque amo a la banda pero, por otro lado, me siento plenamente orgulloso de, aún tras tantos años de militancia activa en sus filas, haber viajado para verles en otros países y haber estrechado su mano, nunca haber pecado de un fanatismo que me haya impedido ver sus subidas y bajadas en esta montaña rusa que es su discografía desde “Fear Of The Dark” (1992). Resulta, por tanto, inevitable hacer un breve repaso, desde aquel, a una plétora de discos que no siempre han colmado ni mis expectativas ni las de aquellos que de verdad aman a Maiden lejos del subidón adolescente por el que hay que perdonarles todo y defenderles frente a viento y marea o justificar a un Bruce Dickinson ególatra y no siempre acertado en sus decisiones y manifestaciones políticas como el “hombre renacentista” con el que muchos pretenden perdonarle todo, absolutamente todo. 

La caída a los infiernos comenzó con "The X Factor" (1995) y el penoso "Virtual XI” (1998), nefasta época que dejó algunas buenas canciones (es innegable que el talento siempre ha acompañado a los ingleses, incluso en sus momentos más tristes) y la salida de Blaze que cumplió su sueño de ponerse al frente de una de las bandas más grandes del mundo y el cacareado regreso de Bruce Dickinson tras una discretísima carrera en solitario que pecó de todos los defectos de aquellos que quisieron reciclarse en los noventa bajo la excusa de la evolución y un Harris que juraba y perjuraba que el vocalista nunca más regresaría a filas. El resultado fue un disco como "Brave New World" (2000) que supo muy bien y disfruté en directo pero que, con la mano en el corazón, siempre pensé que fue inflado por la crítica y las ansias de una turba de seguidores cegados por el regreso de Bruce. Con todo, ninguno de los allí presentes aquella noche madrileña frente al escenario, sabíamos que la banda entraría en el mal asimilado del progresivo y que en los próximos veinte años este sería su último “gran” disco. ¿Me sigues? Si amas a la banda de verdad no podrás negarme nada de lo que he escrito y tú acabas de leer, porque tú y yo adoramos “Iron Maiden” (1980), “Killers” (1981), “The Number Of The Beast” (1982), “Piece Of Mind” (1983), “Powerslave” (1984), “Somewhere in Time” (1986), “Seventh Son of a Seventh Son” (1988) y hasta “No Prayer For The Dying” (1990) y somos capaces de orgasmar con "The Rime of the Ancient Mariner".

"Dance of Death" (2003) es un horror que tuve que sufrir en directo también con un Dickinson que se empeñó en hacer de Erik en "Paschendale", un disco que ya apuntaba esas canciones eternas que no requerían de tanto minutaje y eran alargadas hasta lo absurdo, que se traducirían en un "A Matter of Life and Death" (2006), bastante más acertado en la composición, aunque ahondando en esa ambición de Harrison de abrazar el progresivo. "The Final Frontier" (2010), que también disfruté en directo hasta en tres ocasiones (con buenos momentos, todo hay que decirlo, claro que sí), y el desparrame definitivo con el horror que me parece "The Book of Souls" (2015), ¿qué fan de Maiden, repito, qué fan de Maiden es capaz de desear que suene en directo "Empire of the Clouds"? No es que sean veinte minutos, que también, es que es una ridiculez de composición en la que no hay narración, no hay arquitectura suficiente que soporte semejante duración cuando la composición no lo requiere, no hay tensión sino tedio, no hay épica. Y sí, también los vi en directo por aquello que también te pasa a ti, no va a haber una sola vez que Maiden gire que yo, en plenitud de facultades, no asista pero Harris ya no me la cuela…

Y ahora, tras aquella boutade, me encuentro con que Maiden aprovecharon un descanso durante la gira “Legacy” y se metieron en sus, ya bien conocidos, estudios Guillaume Tell en Francia junto a Kevin Shirley para grabar este “Senjutsu” ('tácticas y estrategias') y, como desvela el propio Dickinson, seguir el camino de “The Book Of Souls”, no sólo en su forma de componer y grabar sino en el mismo plan de ruta que se traduce en canciones eternas (cuatro canciones del disco ya son cuarenta minutos), desarrollos eternos y pasajes narrados, dos y tres solos, y composiciones discretas, muy discretas, a las que muchos saludan como el mejor disco de Maiden. ¿De verdad? Mientras que otros, por la presencia de un teclado (poco valiente, nada de riesgo), comparan con “Somewhere In Time” y, por último, aquellos más descreídos, acusan al pobre de Shirley del resultado de un disco tan gris, tan plomizo. Por supuesto, abundan las críticas positivas, los cinco cuernos y cinco rayos, aquellos que se han tatuado la portada en el brazo, mentan el cáncer de Dickinson, las lesiones y lógico desgaste de la vida porque han mojado el slip con una medianía como “The Writting On The Wall” pero tú y yo sabemos que nada de eso es verdad y “Senjutsu” es un soberano coñazo, aunque por esto último muchos me acusen de no resultar profesional. Me da igual, este disco es insufrible.

¿Quiere decir que Maiden no suenan bien, no saben tocar? ¿Qué no haya grandes momentos y Dickinson haya perdido la voz? Para nada, Maiden, mis Maiden, son perros viejos y saben cómo tocar las teclas; los solos, las guitarras de Murray, Smith o Gers saben emocionarte cuando deben, el bajo trotón de Harris resuena y Nicko le imprime fuerza al galope, como el exageradísimo tono de Bruce cuando debe, pero hablamos de un disco en el que, aparte de la poca censura y exigencia a sí mismos en el apartado compositivo, está plagado de auto-plagios, con unas letras -a veces- absurdas que podrían ser aplicadas a diferentes contextos y personajes, repletas de caminos comunes y frases hechas y, ¿por qué no decirlo cuando no es algo malo? La ausencia de estribillos memorables que te hagan llevarle a tu hija al carnicero, que clamen por esos dos minutos antes de medianoche o porque no malgastes tus años. Esa emoción no existe en “Senjutsu”, que comienza con su pieza homónima, arrancando con un poquito de épica (una pizca) y quizá el único estribillo que se clavará en tu memoria. “Senjutsu”, la canción, es un espejismo de un disco cuya densidad crece con cada minuto (sin que esto sea algo positivo) y muestra sus mejores cartas al comienzo.

“Stratego” comienza cien por cien por Maiden, típica en su introducción y cómo Nicko aporrea su batería con Harris a sus lomos. Me gusta, pero porque me recuerda épocas mejores de la banda, tampoco es una casualidad que la canción resulte porque son apenas cinco minutos y esa contención, esa poca necesidad de extenderla, es la que hace que acudan a la urgencia de estrofa-estribillo que tan bien les funciona. "The Writing On The Wall" fue el adelanto y me cuesta identificarlos, pero también me gusta, seis minutos con algo de sentimiento, en los que se alternan los solos y Dickinson eleva la voz en el estribillo, sorprendente que este single -que no me gustó- en el contexto del álbum haya ganado o, por desgracia, en comparación con el resto. Porque “Lost In A Lost World” es uno los primeros bajones del disco y en el que sentimos que perdemos vuelo, tras los minutos acústicos llega un desarrollo anodino hasta los nueve minutos en el que lo mejor son las guitarras, si hay que salvar algo. “Days Of Future Past” mantiene el tipo, nada memorable en su carrera, pero me gustan los solos (repito, a lo largo de todo el disco, es de lo mejor y más sabroso que podremos disfrutar), igual que “The Time Machine”, a pesar de sus siete minutos, resulta accesible, aunque tenga una insufrible introducción y sus últimos dos innecesarios minutos.

Pero lo peor de “Senjutsu”, como en la carrera de Maiden, siempre parece que está por llegar; “Darkest Hour” muestra el agotamiento del disco, de la fórmula actual de la banda y su estado creativo, no sólo por la canción en sí misma sino porque resulta significativo un segundo disco con una ordenación tan poco acertada en lo que es la propia secuencia narrativa. “Darkest Hour” aburre, siete interminables minutos, que comienzan de manera calmada y Bruce narrando, un medio tiempo eterno en el que sólo merece la pena el solo y cuya coda con olas y gaviotas sólo aumenta el desconcierto del oyente. “Death Of The Celts”, de nuevo diez minutos, larguísima introducción, cuerpo central con más cuerpo, pero la misma melodía, solos y despedida de dos minutos, emoción impostada y ausencia de coros. Así se entiende “The Parchment” cuando lo que parece es una segunda parte y la misma estructura, pero doce minutos, aburridísima de comienzo a fin y, como es lógico, con la guitarra administrada de manera rácana pero el solo como único valedor. El chiste continúa con “Hell On Earth” y, de nuevo, lo mismo. ¿De verdad que Bruce no le dijo a Harris; “amigo, no vamos a situar estas tres como despedida porque parece una broma de mal gusto que las tres pequen de lo mismo y suenen igual”? 

La culpa no es de Shirley o de Murray, Smith o Gers, magníficos en sus actuaciones e interpretaciones, pero manteniendo un perfil bajo en este patriarcado, sino de la manía de Harris por creerse que Maiden son una banda progresiva y darle su espacio a un megalómano como Bruce Dickinson. Con todo, no pasa nada, soy feliz de que Maiden sigan en activo y tengan la excusa para seguir de gira y a todos esos que aseguran que este es uno de los mejores discos de Maiden, que se enfadarán con esta crítica y creen que amar a una banda es justificarle todo, que les den. Ni estos son nuestros Maiden, ni ellos soportarían "Empire of the Clouds", “Death Of The celts”, “The Parchment”, “Hell On Earth” y “The Red And The Black” en directo sin preguntarse qué coño hacen ahí y por qué no tocan ya de una vez “Flight Of Icarus” o “Aces High”.

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Crítica: Leprous "Aphelion"

Si pienso en el título del álbum y las declaraciones de Solberg, cobra sentido que “Aphelion” sea, en efecto, el punto más alejado de la órbita de un planeta alrededor del sol, que este álbum sea el más alejado en su transcurrir de lo que nos tienen acostumbrados los noruegos. “Aphelion” posee esos elementos con los que juguetearon en “Pitfalls” (2019), que dividió tanto a sus seguidores y yo disfruté tantísimo, y ese desmarque por la tangente, ese espíritu tan propio de “Malina” (2017) que comenzó con “The Congregation”  (2015) tras el éxito de “Coal” (2013) y que, sin embargo, enmascara que las dos obras maestras de los de Notodden son "Tall Popppy Syndrome" (2009) y "Bilateral" (2011), nada nuevo bajo el sol (que no haya escrito ya), pero algo necesario para la explicación de un álbum como el que nos ocupa, grabado en tres estudios diferentes: los Ghost Ward Studios en Suecia, Ocean Sound Recordings y Cederberg Studios, ambos en Noruega, producido por Adam Noble y mezclado por Robin Schmidt. Porque “Aphelion” cumple lo anunciado por el propio Solberg y ese puntito diferenciador respecto a los anteriores. Leprous suenan fabulosos, la producción es una maravilla y el mimo en las canciones es notable, no sólo están trabajadas, sino que los arreglos (tanto sinfónicos, electrónicos, como los juegos de voces) denotan un cuidado inusitado, pero -al mismo tiempo- siento que las canciones tardan en crecer en mí. 

 

No voy a emplear el consabido y manido eufemismo del disco que “necesita escuchas” porque, a pesar de que ocurra más veces de las que desearía, esto lo único que oculta es la cruda realidad de “si escucho algo veinticuatro horas al día, terminará pegándose”. Pero con este álbum de Leprous, no es que sus canciones necesiten escuchas y ese tiempo que yo mismo pedía para los impacientes en “Pitfalls” es que, simple y llanamente, las canciones -lejos del envoltorio, de su gloriosa interpretación y cuidado- no calan en mí y me cuesta entusiasmarme. Intentando resumirlo; he de intelectualizar demasiado su música (“me gusta el bajo de Børven, ese puente con los arreglos de Solberg es bestial, me enamora su tono y la inflexión en tal estrofa, el trabajo de Kolstad es soberbio…”) pero mi cerebro más emocional, más básico e impulsivo me pide un estribillo, algo que recordar de inmediato, esa emoción de montaña rusa que aquí no siento. Aquí no hay un puente como el de “Below”, no hay un estribillo que irradie esa melancolía desgarradora, ese prog moderno de alta etiqueta, en “Aphelion” siento la calidad, pero echo de menos ese subidón lírico de aquel single o la minimalista propuesta de algunas canciones de aquel álbum tan criticado por su seguidores más bovinos..

 

“Running Low” es el single más claro junto a “The Silent Revelation”, todo encaja y -a pesar de los coros más obvios- la labor del grupo es sobresaliente, Solberg arranca con su clásico falsete, los arreglos sinfónicos enganchan y dotan de misterio, y el cuerpo central de la canción estalla antes del estribillo (quizá lo más previsible) al igual que ocurre en “The Silent Revelation” y es que, en mi modesta opinión, abusan demasiado de la línea vocal a corear, y Leprous funcionan mucho mejor cuando construyen la tensión y no recurren a los artificios más efectistas. Tal es el caso de “Out Of Here” y, por contraposición, la tensión de “Silhouette”. Lo que más me gusta de “All The Moments” es la guitarra de Tor y su crescendo, lo que menos -de nuevo- el estribillo.

 

Internarnos en “Aphelion” nos lleva a “Have You Ever”, valiente y sintética, evocadora de los ochenta y Jarre, repleta de arreglos, síncopas y con Einar y su voz sonando más cálida que nunca. Por desgracia, la balada per se de “Aphelion”, “The Shadow Side”, es la más complaciente del conjunto, la menos valiente y termina convertida en un medio tiempo en el que, a pesar del solo (muy a pesar de él), nada parece cuajar. Lo peor es que tras ella nos encontramos con la calma de “On Hold”. No me gusta por muchos motivos, pero el principal es a causa de su duración; podría haber sido resuelta en mucho menos tiempo y haber focalizado los esfuerzos compositivos del grupo. Como ocurre con la íntima y bonita “Castaway Angels”, puro relax, sabiendo capturar el sonido del estudio y el ambiente, con la preciosa voz de Einar sobre la guitarra. Empleando otros siete minutos para cerrar, "Nightime Disguise", operística y repleta de vericuetos, pero mucho mejor articulada que “On Hold”, por ejemplo, y derrochando mucho más sentimiento que aquella.

 

Es un buen disco, brillantemente ejecutado y compuesto, pero necesito más de “Leprous”, necesito mucho más para sentir que esto no es otra transición, que “Malina” fue lo que fue y “Pitfalls” era un destino en sí mismo. Necesito la certeza de que “Aphelion” es una parada y no un lugar de paso, a pesar de que las canciones y la propia naturaleza del mismo me digan lo contrario. Dentro de unos años, seguiré escuchándolo (siendo consciente de sus defectos) y todos aquellos que lo tildaron de sobresaliente cambiarán su discurso, como ha ocurrido con todos los lanzamientos de Leprous hasta la fecha. Siempre lo mismo para una banda que parece enfrascada en una constant búsqueda…

 

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Crítica: Deafheaven "Infinite Granite"

Recuerdo cuando escuché “Sunbather” (2013) hace ocho años, muchos de los que ahora mentan a Deafheaven no tenían ni vello púbico, pero aquel disco tuvo un impacto tremendo, un impacto sordo pero que se hizo escuchar en toda la escena. La emoción contenida en sus surcos era indescriptible y Deafheaven estaban llamados a tocar el cielo, no es sólo que apretases las palmas de tus manos contra tus ojos y vieses la portada tras una veraniega tarde al sol, sino que todo tu universo -el tuyo, el mío- estaba contenido allí. La gira fue tan intensa como prometía y con “New Bermuda” (2015) aunque no alcanzaron las mismas cotas de emoción, aprobaron con un notable alto que, en efecto, parecía confirmar que los de San Francisco estaban llamados a ser algo grande y así lo demostraron en esa gira también, pero "Ordinary Corrupt Human Love" (2018) mostraba señas de agotamiento, no sólo en las características de un grupo que parecía desgastado, sino en la propia instrumentación y, lo peor de todo, el resultado final y sus composiciones. A veces siento que Deafheaven se han esforzado tanto por desmarcarse de la crítica y el público que han acabado dándoles a unos y a otros justo lo que querían. Y es que escuchando este “Infinite Granite” (2021) da la sensación de que, además de domesticar su sonido, han cometido el terrible error de eliminar el contraste, me explico; lo que hacía grandes a Deafheaven eran las melodías ensoñadoras del shoegaze mezcladas con los gruesos brochazos del black, Clarke no era el mejor vocalista pero su garganta transmitía, McCoy es un guitarrista mediocre -lo es- pero sus efectos funcionaban, las capas de sus guitarras se superponían unas a otras y estallaban con las de Mehra, acercándose al post-black, así se les tildó de post-blackgaze, poco acertado por estúpido, pero mucho si tenemos en cuenta sus ingredientes. En definitiva, en Deafheaven funcionaba el contraluz de los Pixies, la electricidad pulsante de la distorsión con las atmosféricas ondas expansivas de sus guitarras y Clarke retorciéndose en el palo del micro como si de Curtis o Morrissey se tratase. El resultado era tan chocante como para enervar a los fans más recalcitrantes del metal, pero enamorar al resto de sus seguidores.

Y lo que nos encontramos en “Infinite Granite” no es más que a Deafheaven castrados, a la banda les han extirpado las gónadas de la distorsión y la rabia en un álbum en el que sólo hay melodía y blanda, poco inspirada y sonando por todo el sehogaze y el indie de los noventa. No es difícil escuchar canciones como “Shellstar” o “In Blur” y sentir que estamos escuchando a los hermanos menos agraciados de Johnny Marr o a los Cocteau Twins. La voz de Clarke resiste los envites de la distorsión, pero no cuando tiene que sobrevolar las composiciones de una banda que no despega el vuelo, no es difícil sentirle fuera de lugar en algún que otro momento (“Great Mass Of Color”), más cercano al falsete que al gañido, que al alarido de rabia de “Sunbather”. “Neptune Raining Diamonds” resulta inane y, más aún, cuando nos lleva a “Lament for Wasps”, siete minutos de una canción que comienza como el resto y a la que, a pesar del intento por encabritarla en algún que otro momento, resulta aburrida en su narración, dando toda la sensación de que un recorte de tres o cuatro minutos le habría dejado una melena más mona y menos grasienta a la banda y, como ocurre en “Villain”, da la sensación de que sólo valen los últimos compases de las canciones.

Algo que persiste en la escucha de “Infinite Granite”, cuando uno descubre que la banda intenta alcanzar el clímax al final de sus composiciones pero, que lo alcance o no, es arena de otro costal. “The Gnashing” suena a los noventa más rancios y aburridos, la ‘reverb’ en la voz enmascara la fragilidad melódica de esta, a un paso entre la seriedad de Paul Banks y el acento nasal forzado de Brett Anderson, mientras que “Other Language” es tan lineal y ramplona que, cuando llega el final, ese en el que deberíamos estar levitando, sólo se escucha un desbarajuste que no nos lleva a ningún otro lugar excepto al de pasar a “Mombasa”, aun más absurda que ninguna, cuando lo que parece es, simplemente, un recordatorio de que pueden seguir recurriendo al blast beat y las voces más agresivas pero no han querido hacer gala de ello en todo el álbum y sólo ocurrirá durante los últimos dos minutos, calcando el mismo esquema compositivo de las anteriores ocho canciones. 

Cuando llegas al final del álbum no sientes haber viajado a ningún sitio, no hay nadie que haya hablado por ti, no hay ninguna emoción que hayan descrito mejor que tú mismo, tampoco hay sentimiento que arrojarle a nadie a la puta cara, tan sólo un álbum flojito, como un pedo silencioso que nadie ve venir, pero todo el mundo padece. Deafheaven, por desgracia, han querido alejarse tanto de sí mismos que, paradójicamente, nunca han sonado tan encorsetados, faltos de rumbo e inspiración. A disfrutarlos quien no los viese en las giras de “Sunbather” y “New Bermuda” porque gozosos ellos, los que crean que están ante un grupo en auge y no en declive, como parecen estar.

© 2021 Conde Draco

Crítica: Wolves In The Throne Room "Primordial Arcana"

Venga, todos tranquilos, que no se enfade conmigo esa legión de instagramers, donde Wolves In The Throne Room de verdad lo peta, que posa con los discos del trío de Washington y todas sus variantes y colores; “Thrice Woven” (2017), a pesar de que todos se gastasen el dinero en el arco iris de sus ediciones y asegurasen tonterías como “los lobos han vuelto”, “el trono vuelve a ser ocupado”, “nada mejor que black metal americano y esta cerveza que sabe a pis de arce” y mamonadas por el estilo, fue un álbum flojo y sin gracia, con una buena apertura ante un resto de temas en el que la banda pecaba de “ombliguismo”, mirándose constantemente a sí mismos, no sé muy bien si queriendo parir un nuevo subgénero, confiando demasiado en sus oportunidades o, equivocándose, grabando canciones cuando la inspiración no había tocado la puerta de su mazmorra y el auto-plagio se permuta con es vena arty que nadie quiere se atreve a poner en duda, pero así era, “Thrice Woven” quedaba lejos, muy lejos, de su trilogía inicial; “Diadem Of 12 Stars” (2006), “Two Hunters” (2007) y “Black Cascade” (2009) y se colocaba como en última posición, como el más flojo de su carrera. ¿Eso es algo malo? Sí, si no tienes ni puta idea de música y sólo sabes posar con los vinilos de los artistas, por lo que debes justificar cada publicación en la que gastas tu dinerito y aludir al gusto de cada uno para no demostrar no tener criterio o gusto, pero también porque, honestamente, todos pensábamos que los buenos tiempos de Wolves habían pasado. Por otro lado, la gira de “Thrice Woven” les trajo de nuevo por la vieja Europa y pudimos disfrutarles de nuevo, no hay mal que por bien no venga.

Algo, quieras que no, tuvo que llegarles a ellos, quizá a la enésima crítica tibia los Weaver se dieron cuenta de que la sombra de Agalloch es demasiada alargada, que Leviathan ya es una leyenda y que lo suyo estaba languideciendo, que este álbum que nos ocupa, “Primordial Arcana”, era saludado como uno de verdad auténtico y genuino, en el que ellos no sólo estaban tras los mandos de la producción en sus propios estudios, Owl Lodge Studios, sino que incluso tomaban las riendas creativas de su material audiovisual, grabando sus videos, todo bajo un título que evoca el regreso a la fuente primaria de poder de las energía que movieron a los músicos a encarnar esta banda. Sí, todo muy bucólico, muy espiritual, tanto como el incienso que queman en sus conciertos, pero, ¿tendría esto sentido? ¿se reflejaría esto en su música o sería una excusa más para atribuir los fiascos del pasado a otras personas y no asumirlos ellos mismos?

Pues es un poco de todo, ni “Thrice Woven” es "St. Anger" de Metallica, ni los errores cometidos son por culpa de otros, ni “Primordial Arcana” es "Black Cascade" (2009), pero tampoco "Celestial Lineage"(2011) o el esnob “Celestite” (2014). Por suerte, “Primordial Arcana” sí es black metal aguerrido, si hay blast beats y sus surcos evocan a lo mejor de la producción norteamericana del subgénero, como “Mountain Magick” y su video grabado en los bosques de Olympia, su claro sabor al black de las primeras olas, el poco miedo de Aaron en poner su batería al galope, o los juegos de sus voces. Hay magia en la instrumentación, “Spirit of Lightning”, demostrando que se puede introducir en la grabación a los “hados” del lugar de cada uno, el panteón de los espíritus de los bosques de Washington (sin tener que recurrir a los nórdicos), bajar las revoluciones y sonar igual de fiero y auténtico. Meter la pata (“Through Eternal Fields") con canciones menores y que funcionen en contraposición a otras, "Primal Chasm (Gift of Fire)", con mucha más pegada, aunque tampoco gocen de la imaginación que se les requiere a la banda.

Con todo, Wolves In The Throne Room, saben cómo tocar las teclas de cada uno; “Underworld Aurora” es la prueba de que los sintetizadores de “Diadem Of 12 Stars” siguen sonando maravillosos y tan alucinantes como el graznido del cuervo que los abre, tan emocionantes como épicos en "Masters of Rain and Storm" y esos once minutos que pasan volando, interludio incluido, despidiéndose con la bonita “Eostre” si no contamos con “Skyclad Passage” que, esta vez, no se siente tan alucinada como las instrumentales de antaño, aunque siga creyendo que deberían haber cerrado con “Eostre”, mostrando esta sí el verdadero cierre del ciclo de “Primordial Arcana” y sus bosques otoñales en la noche, rodeados de huesos de animales (aunque sean de mentirijilla).

Por tanto, el nuevo álbum de Wolves In The Throne Room aprueba holgadamente, no es perfecto, pero sí sólido; suena bien, está trabajado y las canciones son claramente superiores a las del anterior, la interpretación es buena y el sonido cálido de una ceremonia pagana entre los árboles norteamericanos es lo suficientemente creíble para que esta vez sí, con fundamento, podamos afirmar que han vuelto. Ahora sólo toca esperar a que la gira no se posponga y podamos disfrutar de sus canciones en directo. Ya podéis comprarlos el vinilo…

© 2021 Jim Tonic
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Crítica: Lorna Shore "...And I Return to Nothingness"

Tras publicar un álbum tan trabajado y notable como “Immortal” (2020), Lorna Shore -como todos- han sufrido el lógico parón del confinamiento y han querido aprovechar el tiempo para demostrar que su proyecto goza de buena salud y prosiguen tras el bache de CJ McCreery, con Will Ramos como cantante definitivo. Pero, vayamos por partes, porque si ya es inusual que reseñe un EP, inusual también es la mezcla que la banda está logrando. Lo primero que llama la atención es la ilustración del polaco Mariusz Lewandowski, al que ya todos conocemos gracias a su peculiar estilo (heredero del mítico Zdzisław Beksiński) y, por supuesto, haber engalanado las portadas de los discos de Bell Witch, Abigail Williams, Atlantean Kodex o Astral Alta, entre muchos otros. Pero, tras admirar la pintura de Mariusz, nuestra mirada se irá a la cortina negra de la izquierda, recordándonos a lo que hicieron Bloodbath en “The Arrow of Satan Is Drawn” (2018) que no era más que un homenaje a Coroner y su clásica banda negra. Pero hay otro detalle, y es el logo del grupo que, a golpe de vista, recuerda también al clásico de Celtic Frost. ¿Casualidad? No, desde luego que no, no digo que Lorna Shore quieran ser Coroner o Celtic Frost, pero sí que cada vez hay menos de metalcore o deathcore en su propuesta y más de black, de metal, de sinfónico y que todo esto, mezclado a sus raíces deathcore, crean una propuesta brutal y pesada, a la que Will Ramos suma exponencialmente con su garganta, esa por la que es capaz de rugir, devorarnos, del growl al gañido de Filth, del gutural más cavernoso al pig squeal. Escuchar a los actuales Lorna Shore con Ramos es sentir que el vocalista está poseído, albergando más de una garganta en la suya, hay momentos en los que parece que le estamos escuchando dialogar consigo mismo. El que no se lo crea tras leer esta crítica, que escuche este EP, "...And I Return to Nothingness", artefacto publicado por Century Media para que no nos olvidemos de “Immortal” y el grupo, además de ahondar en su propuesta y continuar evolucionando, tenga motivo para salir de gira.

 

“To The Hellfire”, además de iniciarse como si fuese un himno de black metal sueco, posee uno de esos breakdowns que parecen capaces de llegar al núcleo de la tierra, las guitarras de De Micco y O’Connor parecen conectadas a la corriente eléctrica de un generador nuclear mientras Archey golpea con mala ralea y aún más rapidez y Ramos parece poseído. Hay black, muchísimo, pero también deathcore bruto, coronando una letra retorcida como pocas, en una canción en la que hay momentos sinfónicos propios de Cradle Of Filth o Dimmu Borgir. No exagero cuando escribo que De Micco está soberbio cuando solea sobre Archey y su guitarra suena tan agresiva como melódica, tan bombástica y espectacular que poco más necesita, mientras Ramos cierra los últimos breakdowns como contracciones, entre profundos y sucísimos pig squeals en los que parece arrancarse las cuerdas. 

 

La introducción de “Of The Abyss” parece la cantata “Carmina Burana” de Carl Orff, hasta que Lorna Shore entran con mala leche y rapidez, convertidos en un torbellino en el que Ramos frasea a un ritmo endiablado (nunca mejor dicho) y mantiene un diálogo con varias voces. Lorna Shore se tornan más sinfónicos que nunca y consiguen que su fórmula estalle de manera grandilocuente. Eso mismo que ocurre en la final "...And I Return to Nothingness" (porque esto es un EP con tres canciones que nadie se olvide), en la que se mezcla lo sinfónico con ese puntito sintético tan petardo que a la banda le sienta de maravilla, riffs hipervitaminados, Archey llevándonos por el cuello a lomos de un caballo blanco y su doble bombo, Ramos dejándose las cuerdas vocales y un final tan gótico como encantador. Nunca el deathcore y el black produjeron una mezcla tan fina.

Lorna Shore lo han vuelto a hacer, parecen en estado de gracia y revitalizados, inspirados y en un excelente estado de forma. Puede que no lo hayan tenido fácil, que la inestabilidad fuese una cruz, además de la polémica, y que esta pandemia les haya metido en casa (repito, como a todos) pero la diferencia es que Lorna Shore están aprovechando el tiempo y haciendo los deberes, no sólo esperando, como otros…


© 2021 James  Tonic 

Crítica: Sepultura "Sepulquarta"

Recuerdo aquel episodio en el que Chandler Bing (Matthew Perry) aseguraba, ante su desencanto laboral, que su trabajo era algo temporal, pero llevaba años en él. Algo parecido ocurre con Sepultura, tras la salida de Max, muchos de sus seguidores de los noventa pensábamos que Derrick Green sería una nota a pie de página, pero lo cierto es que Green lleva la friolera de veintitrés años con los brasileños, mientras que Max sólo estuvo once. Es cierto que a uno le sobraron años para llevar a su propia banda a lo más alto, mientras que Green lleva más del doble y todavía, ni con Igor o el fichaje galáctico de Eloy Casagrande, la nueva formación ha sido capaz de reverdecer los laureles. El caso es que, como a Chandler Bing, para Green esta ya es su banda y, para todos aquellos que crecimos con ellos, no nos queda otra que aceptar que Max nunca más volverá y quizá así sea mejor. Pero vayamos al grano, a Sepultura, como a muchas otras bandas, les pilló la pandemia en plena promoción de su nuevo disco, “Quadra” (2020), y la imposibilidad de salir de gira con lo que, gracias a la ayuda de Conrado Ruther, hicieron del retiro una provechosa colección de colaboraciones que ahora ve la luz como “SepulQuarta”, un álbum repleto de invitados que interpretan canciones, en formato crudo, del pasado más glorioso de la banda y también del repertorio más reciente y, por tanto, menos lustroso. ¿El resultado?

 

Vaya por delante que sigue siendo un placer escuchar los clásicos y, aunque falten muchos, entiendo que la banda no haya querido incluirlos por aquello de promocionar estar segunda encarnación y hacernos creer que las nuevas y no tan nuevas composiciones son aval suficiente como para que el nombre de Sepultura siga en activo, pero lo cierto es que produce una ligera sensación de lástima escuchar a los brasileños desprovistos de casi cualquier producción, interpretando algunas canciones que son -directamente- prescindibles con algunos amigos cuyo nombre sólo se entiende en los créditos y no en la propia colaboración. Tal es el caso de defenestrado David Ellefson en el clásico que es “Territory”, tienes que creerte que está ahí porque su contribución es nula o, por lo menos, inaudible. “Cut-Throat” demuestra que “Roots” (1996), pese a la producción y quizá el erróneo planteamiento yankee-étnico, estaba plagado de grandes composiciones, ¿Scott Ian? Es el invitado en la canción, pero al igual que ocurre con Ellefson, es algo anecdótico. “Sepulnation” con Danko Jones suena más fresca y cercana al nu metal, se agradece la voz de Jones, justo lo contrario que ocurre con “Inner Self” que pierde el encanto pútrido a death metal con el que sonaba en “Beneath The Remains” (1989) y es que resulta muy jodido sonar igual que cuando tenías hambre de comerte el mundo. Además de la clara constatación de que da completamente igual si tienes las canciones, pero no capturas la magia y los músicos no son los mismos porque esta formación de Sepultura es capaz de convertir en algo gris semejante tema.

 

“Hatred Aside” con Fernanda Lira y Mayara Puertas suena más agresiva igual que espacial en sus guitarras, “Mask” de “Kairos” (2017), con el carismático Devin Townsend. Aburridísima resulta “Fear, Pain, Chaos, Suffering”, todo lo contrario que “Vandals Nest” porque, a pesar de lo que piense el lector, también soy uno de esos que piensan que lo mejor que les ha ocurrido en su vida a los brasileños es haber encontrado a Eloy Casagrande. “Slave New World” cuenta con Matthew Heafy de Trivium y, por lo menos, transmite la sensación de estar pasándoselo bien el estudio. Caso muy distinto es el clásico “Ratamahatta” que pierde muchísimo respecto a su versión de hace veinticinco años, ¿no es increíble? “Apes Of God” con Rob Cavestany, suena fiera, pero “Phantom Self” consigue sacarnos de nuevo del álbum y, cómo no, será “Slaves Of Pain” la que nos devuelva la sangre, antes de la incomprensible e innecesaria versión de “Kaiowas” y la versión de la versión que es “Orgasmatron”, convenientemente recogida en “Arise” (1991), absurdamente olvidado en este “Sepulquarta”, igual que “Shizophrenia” (1987) o el “Morbid Visions” (1986). Entiendo que Sepultura deban seguir, que es lo que mejor saben hacer, que Max no volverá y que acudiré a verlos en directo siempre que pueda, pero tengamos claro que fueron grandes por lo que hicieron y fueron, no por lo que son actualmente y esto es, simplemente, un artefacto promocional para que no nos olvidemos de que publicaron “Quadra” y a nadie le importa, pero tendrán que salir de gira para intentar venderlo. Y punto.


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Crítica: Ænigmatum "Deconsecrate"

Tengo que reconocer que el debut de los de Oregón, “Ænigmatum” (2019), atrajo mi atención lo suficiente como para que esperase con ganas este segundo álbum, “Deconsecrate”. Para todos aquellos que no los conozcan, la banda practicaba una suerte de blackened death metal que llamaba la atención por sus melodías y capacidad técnica, pero lo logrado en este nuevo álbum supera con creces mis propias expectativas. Ænigmatum han crecido en poco menos de dos años a unos niveles que, manteniendo su esencia, cuesta reconocer a una banda tan joven cuando a su mezcla de ennegrecido death hay que sumarle progresivo e incluso grind, primando -eso sí- la melodía y, cómo no, su habilidad instrumental. Bajo la enigmática portada de Ivory Crux y repitiendo con Julian Silva en la producción. “Deconsecrate” se abre con el caos controlado de "Forged from Bedlam", como carta de presentación, y el oyente habitual se percatará del cambio sufrido, mientras que el casual alucinará con la nitidez de la grabación y cómo los músicos clavan la interpretación, en un disco en el que todo suena brutal, pero bajo una técnica apabullante. Kelly McLaughlin muestra una garganta profunda y rasgada, mientras él y Lundgren desatan una tormenta eléctrica en el pulso de sus guitarras, sobre un ondulante y trabajadísimo bajo de Rush y un batería de matrícula de honor como Williams. Una canción mayúscula, con un riff monstruoso que nos atrapa desde el primer segundo.

 

"Undaunted Hereafter" y “Fracturing Proclivity” muestran esa mezcolanza entre death, black y grind, en un álbum en el que hay tanta riqueza de influencias, tanto gusto por el detalle y mimo en el acabado que se convierte en una maravilla para el oyente. Canciones grandes, con naturaleza de monstruos gigantescos, introducciones épicas y torbellinos cuando la banda entra a degüello, "Disenthralled", con riffs que recuerdan a la grandeza noruega pero también a los Death de Schuldiner más complejos. Por otro lado, cuando Ænigmatum quieren oscuridad no hay quien les gane, “Fracturing Proclivity” muestra influjo oriental en sus guitarras, pero también negrura y un toque de grind cuando la banda se encabrita, y cierto regusto a los Opeth más brutales y enrevesados. Esta es la magia de la música, la magia de una banda que se lo curra y punto.

 

“Floods Within a Splintered Cortex” no es más que un interludio que hilvana ambas partes y da inicio a “Larker, Sanguine Phantom”, tan brillante como las anteriores, mostrando la brutalidad de unos músicos que no olvidan la sensibilidad y el arreglo por buscar la agresión, el bajo de Rush toma el protagonismo hasta que se une la batería de Williams para crear tensión en un largo pasaje y llevarnos a "Despot Of Amorphic Dominions" y descubrirnos que todo encaja como un puzle, que un disco como “Deconsecrate” no puede ser fruto del azar sino del trabajo, que cuando concluyen con “Animus Reflection” no es porque les sobrase una composición o no supiesen dónde colocarla sino que el álbum entero posee cohesión y una estructura tan pensada como cada uno de sus riffs.

 

Desconozco si Ænigmatum continuarán por esta senda y se convertirán en los gigantes que están llamados a ser o, por el contrario, perderán fuelle con el paso del tiempo. Lo único que sé es que “Deconsecrate” es uno de los mejores discos de metal de este año, junto con Dvne, y ya por eso tienen todo mi respeto. La clara constatación de que la suerte es tan sólo un empujón, que detrás hay tanta constancia y tesón, como talento…


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