TRIUMPH OF DEATH y TOM WARRIOR, HELLHAMMER reanimados

“Resurrection Of The Flesh Live” de TRIUMPH OF DEATH, o la auténtica celebración de un legado histórico.

El talento de Mr.Wilson

Steven Wilson firma el notable "The Harmony Codex", uno de los discos más especiales de su carrera, uno que hay que escuchar con tiempo y con las mismas ganas que ha invertido su creador en sus canciones.

A través de eones con ASTRALBORNE

Más intenso y épico aún, puro death metal melódico desde Ohio.

La versión del "Morbid Visions" de CAVALERA

A falta de la rabia de la juventud de SEPULTURA, los hermanos lo suplen con la potencia de la madurez.

Crítica: Rotting Christ "Pro Xristou"

Si te gustan Rotting Christ, bienvenido, pero si no tienes demasiado espíritu crítico y, a pesar de haber nacido hace décadas, has adquirido la famosísima piel de cristal por la cual vas a leer esta crítica con la sensación de estar siendo maltratado por todos tus orificios, lo mejor es que dejes de leer inmediatamente. No hay cosa que duela más que sentir que el otro, aquel al que lees, no tiene ni idea de lo que escribe tan solo porque, íntimamente, sabes que te has sentido atacado o quieres pensar que no puedes estar tan equivocado, tú; que vas a tantos conciertos... Tal y como escribí en “Rituals” (2016) y “The Heretics” (2019), a pesar de todo el cariño que siento por los hermanos Tolis, resulta innegable que su metal ha evolucionado y esta palabra, por mucho que algunos lo crean, no siempre significa algo positivo. Rotting Christ han dejado el death o el black, han abandonado géneros más salvajes para bajar el tempo de las canciones, han preferido levantar el pie del acelerador y escribir temas de una media de cinco minutos en los que prima el groove, los movimientos lentos y majestuosos, la rabia en favor de la presencia y el intento de componer solos épicos, que a veces funcionan y otras no, acompañándolo de pasajes hablados, diálogos y recitados que, como lo anterior, pueden o no resultar. En mi opinión, tras escuchar “Pro Xristou” (2024) con avidez y echándole muchas ganas, invirtiendo tiempo en sus surcos, la sensación de repetición es lo que mata la experiencia; el groove, los solos o los recitados funcionan, pero no para que pueblen todas las canciones, a veces he echado de menos más rapidez, más reaños, un brusco cambio de timón, una canción que me sorprenda y no adivine sus cuatro minutos y medio en tan sólo los primeros compases. Y es que cualquiera de las composiciones de “Pro Xristou” parece alargada intencionadamente tras la idea inicial, entiendo cuando alguien me dice que se le hace pesada una canción de ocho, diez o doce minutos, pero que eso te ocurra con canciones de apenas cinco, resulta criminal cuando en todas y cada una repites los mismos golpes de efecto de la anterior.

Y lo cierto es que Sakis y Themmis no nos mienten, desde la inicial “Pro Xristou (Προ Χριστού)”, nos hacen saber los ingredientes con los que han pergeñado el álbum; groove lentísimo, recitados y hasta una campana, nada que temer hasta “The Apostate” en la que priman los coros con ansias de sonar épicos y la melodía, transformando a Rotting Christ en una suerte de banda con influencias góticas. De nuevo, no pasa nada, no tengo problema alguno con el metal gótico y, aunque suenen lentos y pesadotes (sin llegar al doom), disfruto por igual. Lo que ocurre con “The Apostate” es que parece otra introducción cuando se repite todo una y otra vez en bucle durante cinco minutos hasta que irrumpe el enfadadísimo recitado de “Like Father, Like Son”; como canción, sube un poquito la tensión y hay algo más de sangre, pero tampoco hay grandes cambios o desarrollos, no hay progresión o evolución, nada que indique que no estamos atrapados en ese mencionado bucle por el que el de Harold Ramis parece hasta un santiamén.

La guitarra de “The Sixth Day”es pegadiza, es vanheliana, es interesante si no fuese porque soporta sobre el alma de su mástil los casi cuatro minutos de la canción, pero pese a ello, lo peor está por llegar y son las operetas de “La Lettera Del Diavolo” e “Yggdrasil” (escrita en runas, lo nunca visto; ᛦᚵᛑᚱᛆᛋᛁᛚ), la primera se torna irritante cuando parece un diálogo en el cual la sensación de blasfemia se diluye cuando llega un momento en el que, como oyente, no quiero estar escuchando a unos Pimpinela del séptimo círculo del averno y la segunda porque, además de ser hermana de la anterior, repite tantísimo “Yggdrasil” que sería ideal para jugar con chupitos un viernes por la noche. Quedan totalmente relegadas las buenas ideas en los riffs, como ocurre con “The Farewell”, aunque caigan en más y más tópicos y a las campanas le añadan incluso relinchos de caballos, “Pix Lax Dax” sea un refrito de la anterior, “The Apostate”, ayudando a que la digestión sea aún más pesada, “Pretty World, Pretty Dies” parezcan querer sonar como unos Behemoth de marca blanca y en “Saoirse” se disfracen de Therion.

Como siempre, porque tras tantos años escribiendo sobre la música que amo ya me lo conozco, surgirán unos que defiendan sus últimos discos y otros que se mantengan tras la barrera viendo los toros pasar, pero muchos con la sensación de que lo que ellos han escuchado no está tan mal y ese o aquel medio lo han calificado con un notable o sobresaliente, pero luego, cuando Rotting Christ vienen de gira y toca rascarse el bolsillo un martes por la noche, les cuesta horrores llenar una sala pequeña y los que estamos somos los de siempre. En fin…

© 2024 Lord Of Metal

Crítica: Kerry King “From Hell I Rise”

Slayer han dejado un profundísimo hueco en el mundo del metal con su partida y, ahora que han anunciado algunos conciertos, en lugar de sofocarse esa sensación, parece haberse acrecentado, siendo más necesarios que nunca. Algo que me ha sorprendido en los últimos meses han sido los cínicos de mentirijilla que han aparecido, asegurando saber que Slayer regresarían. Pero, ¿qué clase de mierda de dote adivinatorio es ése? Todavía recuerdo cuando Kerry King anunciaba durante la última gira de la banda que Slayer, como tal, no desaparecían, simplemente daban por concluido un ciclo y se negaban a hacer grandes giras o seguir grabando discos. Otra cosa muy diferente es que sabiendo cómo es Araya, aquello llegase a buen puerto y, por suerte, parece que así ha sido; aunque no haya más discos o interminables giras, Slayer seguirán en activo, dando algunos conciertos y haciendo disfrutar a las masas con su legado. ¿Cuál es problema? Harina de otro costal es el caso que nos ocupa; algo que Kerry King también anunció; haría su propia banda y lo cierto es que había ganas de escucharla, más aún cuando están involucrados Mark Osegueda, Phil Demmel, Paul Bostaph y Kyle Sanders. Sin embargo, como ya sabemos, que los ingredientes sean excelentes no garantizan un buen plato y eso es lo que ocurre con “From Hell I Rise”, un álbum en el que los seguidores de Slayer obtenemos algo de la sangre de la que nos nutrimos, pero en el que echamos en falta demasiadas cosas.

“Diablo” es quizá una de las peores introducciones que he escuchado en mucho tiempo, los primeros compases te engañan, pero esos dos minutos se hacen eternos y las guitarras son tan infantiles que asustan. Muy diferente es “Where I Reign”, en la que todo parece encajar, excepto por varias cosas; Mark Osegueda es uno de los mejores vocalistas del metal, nadie puede dudar de ello, pero en este álbum su tono suena demasiado alto, como si intentase emular a Araya, el resultado no es malo, pero echo de menos su propia personalidad, esa que exhibe en los violentos Death Angel. Con todo, “Where I Reign” es una canción excelente, junto a “Residue” o “Toxic”, siendo esta última la que más suena a Slayer. Por no hablar del single “Idle Hands”, una composición en la que, a pesar de sonar demasiado a los Metallica más actuales, todo parece encajar y la forma atropellada de cantar de Osegueda le sienta como un guante a la canción. Cosa muy diferente es “Trophies of the Tyrant” que, aunque exude testosterona thrashera, su riff recuerda demasiado a Amon Amarth en su toque marcial, mientras que “Crucifixation” es tan sosa que parece un descarte y “Two Fists” roza el punk, algo bueno que trae este álbum y es esa producción tan cruda, a cargo de Josh Wilbur, a medio camino entre thrash y el mencionado punk, sonando bastante más refrescante de lo que me esperaba. 

Lo malo son esas canciones que, como la mencionada “Crucifixation”, pecan de poca sal, como es el caso también de “Rage” o la genérica “Shraphel”, que también se hace eterna, mientras que “From Hell I Rise” va directa a la yugular, en un álbum en el que las letras vuelven a ser el colmo de la ridiculez (no rozan el bochorno del disco de Six Feet Under, pero causa vergüenza ajena escuchar algunos ripios), Osegueda de la sensación de creer que está en una banda tributo a Slayer, Kyle pase desapercibido y Phil Demmel no parezca en su mejor momento con unos solos que, por lo menos, nos ahorra tener que escuchar los de Kerry. Un álbum que, en mi modestísima opinión, significa una decepción, aunque tampoco le pidiese gran cosa, y confirma que Kerry King tiene mucho trabajo por delante si quiere mantener este combo con vida y sus propias canciones. Es por eso que no me extraña que ya haya anunciado un segundo álbum, tan pronto regrese de la extensa gira que este le plantea. Fiable, porque no había duda del estilo que iba a practicar King, pero a estos Slayer tan ciclados no les habría venido mal algo de dirección, mejores canciones, en definitiva; menos músculo y más entendederas.

© 2024 Lord Of Metal

Crítica: Necrot "Lifeless Birth"

“Blood Offerings” (2017) me encantó y “Mortal” (2020) fue un disco que disfruté y escuché en bucle durante aquel aciago 2020. Para mí, Necrot, pertenecen a ese revival de death metal old school pergeñado por músicos que no forman parte de la época dorada del death y hacen sentir a las nuevas hornadas de seguidores que están escuchando a gente más joven; que no hay que recurrir a Morbid Angel, Autopsy u Obituary para disfrutar de un buen sonido clásico. ¿Hay algo malo en ello? No, en absoluto, pero en mi caso porque siento el mismo gusto escuchando a aquellos artistas como a Necrot, Blood Incantation o Tomb Mold, no siento trauma alguno escuchando a músicos de casi sesenta años, como los que vieron florecer el death en Florida, pero tampoco a otros muchos artistas de setenta u ochenta años que nada tienen que ver con el metal. Como no es mi caso, tengo que suponer que quizá el problema radica en el oyente más infantil, en ese marcado edadismo por el que muchos chavales de veinte años -que creen que no van a cumplir años jamás- necesitan escuchar la misma música reciclada una y otra vez, pero por gente más joven. 

Y ahí, justo ahí, querido lector, es donde radica la idea central de esta crítica. Me encanta “Lifeless Birth” (2024), soy sincero si digo que no lo considero igual de inspirado que su debut, “Blood Offerings” (2017) o su continuación, “Mortal” (2020), pero me sigue pareciendo un álbum tremendo. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿dónde está esa idea central que argumenta esta crítica por completo? Pues muy sencillo, Necrot han demostrado su amor por el sonido old-school, son tres músicos de altura con buenas ideas pero, ¿vamos a estar siempre así? ¿no va a haber evolución alguna? ¿van a desarrollar su propia identidad? Una de las cosas que hacía especiales a Death (mi querido Chuck Schuldiner), por ejemplo, es la brutalísima evolución que la banda sufrió en cada uno de sus discos, desde “Scream Bloody Gore” (1987) hasta “The Sound of Perseverance” (1998), en tan sólo siete discos Chuck fue capaz de redefinir el género en varias ocasiones y mostrar tantas aristas como para que cada álbum pueda haberse convertido en referencia seminal de otros subgéneros; y no exagero, no es lo mismo el gore zombie de “Scream Bloody Gore” (1987), que la crítica social o un death más introspectivo hasta, de nuevo, la denuncia social y terminar convirtiendo tu sonido en algo mucho más elaborado y llegar al progresivo con la punta de los dedos, hasta el -a veces, injustamente olvidado- “The Fragile Art of Existence” (1999).

En este punto, ocurrió lo mismo con Morbid Angel, se encontraron a sí mismos y evolucionaron o, por el contrario, la marca de Autopsy, ese sonido propio tan marcado y reconocible. Pero, ¿qué pasa con Necrot? ¿Se van a convertir en una banda del palo de Gruesome? (nótese la ironía) ¿Van a elegir ser Blood Incantation y crecer o seguir el ejemplo de Tomb Mold? Desconozco si en el próximo álbum de Necrot habrá una búsqueda, “Lifeless Birth” (2024) vuelve a llegar notable pero sí que echo de menos eso que intento explicar, cuando a las canciones de esta última entrega -a pesar de disfrutarlas- empiezo a verles las costuras. La final “The Curse”, por ejemplo, es un ejercicio innecesario, son casi nueve minutos de repetición pura y dura, que Necrot podrían haber resuelto en un tercio de su duración, cuando no hay progresión alguna. Mientras que la inicial “Cut The Cord” posee ese sentimiento de urgencia, a pesar de sus más de cinco minutos, con un riff brutal.

Y es que la extensión de las canciones juega en contra de la banda, no digo que no sean buenos músicos (todo lo contrario), pero son canciones excesivamente largas para la propuesta de Necrot y, sobre todo, su composición; tanto “Lifeless Birth” como “Winds of Hell” son un disparo entre los ojos, aciertan de pleno en lo que buscan e impactan en el oyente que disfrute de las vísceras y putrefacción de finales de los ochenta o noventa, mientras que “Drill The Skull” o “Dead Memories” pierden impacto, en concreto esta última roza incluso el power, cuando los mejores resultados de Necrot son más que evidentes en canciones como “Superior”. Un disco magnífico, repleto de fuerza y buenos riffs, pero en el que -una vez pasada la sorpresa inicial, siendo su tercero- echo de menos algo más de la personalidad de los tres músicos y no tanto el gusto por emular. Espero que Necrot tomen nota y busquen más en sí mismos, en lugar de echar la vista atrás y mirar a otros; si le gustas o no al chavalerío da igual, dentro de cinco años, habrá otros más jóvenes que tú y sólo nos atraerás a aquellos a los que puedas ofrecer algo genuino.

© 2024 Lord Of Metal

Crítica: Six Feet Under "Killing For Revenge"

Cuando escucho “Killing For Revenge” (2024), el nuevo álbum de Six Feet Under, me vienen a la cabeza dos cosas; la primera es Joaquín Reyes parodiando a Mr. T (Laurence Tureaud) cuando nos pedía alejarnos de los asuntos sucios y la segunda es que cuando grabas algo de la calidad de "Nightmares of the Decomposed" (2020) es difícil caer más bajo, sólo queda subir. Y es que al bueno de Chris Barnes parece que la vida le ha pasado factura y los hábitos de los que hace gala en sus redes sociales le han terminado de estropear la garganta, su clásica voz de monstruo de las galletas se ha convertido en algo desastroso que arruina la escucha de sus últimos discos, como si escuchásemos un horrendo ruido de fondo por el que la voz de un ser humano parece convertirse en un arenoso puré que produce auténtica angustia escuchar. Pero tampoco es justo echarle toda la culpa al carismático vocalista, porque si bien las letras y voces de los últimos discos de Six Feet Under son un auténtico desastre, lo que no entiendo es porque músicos de la talla de Jack Owen (Cannibal Corpse o Deicide, entre otros), además de Ray Suhy, Jeff Hughell o Marco Pitruzzella han podido llegar a grabar semejantes desaguisados y ninguno le ha dicho nada a Barnes, en concreto Jack Owen, un músico al que no se le puede tener más respeto después de décadas de duro trabajo y comprobada genialidad que, además, firma la composición de algunas canciones. ¿De quién es culpa que una banda como Six Feet Under grabe "Nightmares of the Decomposed" (2020) y “Killing For Revenge” (2024)? Y, lo peor, ¿cómo es posible que Metal Blade Records publique semejante disco? Hay cientos de formaciones amateur que suenan mejor que los actuales Six Feet Under. A esto hay que sumar la pena que produce que una banda que ha grabado títulos como “Haunted” (1995), “Warpath” (1997) e incluso “Undead” (2012) y “Unborn” (2013), parezca tan perdida, arruinando su legado y la posible imagen que nuevos aficionados tengan de ellos cuando se acerquen a su nueva música.

“Know-Nothing Ingrate” fue el caramelo envenenado, parecía sonar mejor, por lo menos hasta que entraba la voz de Barnes, en la que ya apreciamos su rotísima garganta e incapacidad para cantar, para ir con la melodía, para parecer un ser humano. Un álbum en el que nada parece funcionar, quizá sólo las guitarras y el doble bombo, sonando la mezcla mucho más digna que en el anterior, pero es que ni “Accomplice to Evil Deeds”, ni “Ascension” y su ritmo galopante, son capaces de arreglar la maquinaria rota de la banda. El pesadísimo tempo de “Hostility Against Mankind” carece de toda sensación de agresión a pesar de invocar el doom, sino todo lo contrario, es auténticamente monótona. Las letras son un chiste, como ocurre con “Compulsive” o, el mejor ejemplo de todos, la horrenda “Neanderthal” en la que Barnes parece tan perdido como un perro gruñón buscando el camino a casa y la agonía que supone escucharle completamente roto, mientras repite una y otra vez el título de la canción. 

Siento repetirme, pero es pena lo que siento cuando escucho “Judgement Day” o “Bestial Savagery” y noto como a Barnes le cuesta horrores seguir la canción, algo que se acrecienta cuando la recta final del álbum contiene algunas canciones más veloces como “Mass Casualty Murdercide” o “Spoils Of War”, y nos salpica la sangre de unas cuerdas vocales pidiendo descanso en la innecesaria versión de Nazareth, “Hair Of The Dog” que, para colmo, concluye desvaneciéndose. ¿De verdad esto es lo mejor que pueden grabar Six Feet Under? Si es así, por favor, que lo dejen ya, prefiero que nos quedemos con el recuerdo de “Haunted” (1995) y que Barnes, sobrio (como ha anunciado recientemente), se cuide y la salud le acompañe en una gloriosa jubilación a la altura de su leyenda.

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Crítica: High On Fire “Cometh The Storm”

Siempre he tenido muy claro que ganar un Grammy no afecta a todas las bandas por igual. Me explico, estando claro que es un caramelo y que a todo el mundo le gusta que su trabajo reciba semejante reconocimiento, no es lo mismo que Metallica o U2 reciban un Grammy, a que lo reciban, por ejemplo, Sleep, Mastodon o High On Fire. Lo que para unos puede significar perpetuar su popularidad, para otros puede no significar nada y que sea respaldado con un empujón económico puede o no llegar a ocurrir. Muchas de las bandas que más escuchamos en nuestro día a día, aunque necesiten el dinero para llegar a fin de mes, no graban la música que aman para enriquecerse porque, si así fuese, muchos habrían aparcado sus carreras musicales hace muchos años. En el caso de Matt Pike, puede jactarse de ser parte de dos bandas seminales como bien son Sleep o High On Fire, formaciones que son tan apreciadas por nosotros, sus seguidores, como ignoradas por un público más mayoritario que prefiere llevar una camiseta de Mastodon o Kvelertak a darle la oportunidad a discos como “Death Is This Communion” (2007) o “The Art of Self Defense” (2000), títulos a los que la banda de Dailor y Hinds debe tanto. Pero, volviendo a High On Fire, ¿fue un espaldarazo grabar el Grammy? Imagino que sí por lo que supone, pero no creo que aquellos que antes no conocían a la banda de Pike, hayan hecho los deberes escuchando toda su discografía y pasando por caja con este “Cometh The Storm” (2024) que sigue la línea de “Electric Messiah” (2018) aunque, a mi gusto, no llega a la altura de este. No porque “Electric Messiah” (2018) sea “Blessed Black Wings” (2005), sino porque las canciones de este no me convencen. Kurt Ballou a la producción y grabación, con Pike, Matz y Willis dando lo mejor de sí mismos, pero “Cometh The Storm” (2024) no termina de resultar, no sé si es el orden o, simplemente, una cuestión de inspiración cuando el disco suena estupendo y la ejecución de la banda está a la altura (a la veintena de escuchas me he percatado de que son las canciones; algunas son geniales mientras que otras parecen, claramente, relleno).

Algo que se puede constatar en composiciones como “Lambsbread”, cuando es todo lo que esperas de un disco de High On Fire, como “Burning Down” o la propia “Cometh The Storm”, la guitarra de Pike llena de grano, la clásica progresión, y Matz y Willis sonando tan robustos como siempre. Y, aunque “Lambsbread” es tan salvaje como podríamos esperar (además de incluir ese influjo oriental que más tarde eclosionará en la instrumental que divide el álbum), lo cierto es que la fuerza se diluye con las mencionadas “Burning Down” y “Cometh The Storm”; buenos ejemplos de que High On Fire conservan intactas la sangre y el sudor, pero no dejan de ser canciones medianas, que no destacan como “Trismegistus” y el torbellino en el que la banda se convierte. La instrumental “Karanlık Yol” suena magistral, plenamente oriental, High On Fire con sabor a especias y curry, antes de una segunda cara que guarda sus mejores joyas, como “The Beating”, y la sensación de que a Pike no se le van a acabar nunca los riffs, y se hubiese tragado el espíritu del mismísimo Lemmy, al igual que la genial “Lightning Beard” e incluso “Hunting Shadows” con una línea melódica marcadísima, demostrando el talento de la banda, pero también hay otras canciones como “Sol’s Golden Curse” o “Darker Fleece” que parecen improvisaciones en el local de estudio que han terminado cuajando hasta ser grabadas para el disco, lo que no es demérito por la calidad de High On Fire, pero sí repercute en el resultado; no es posible que te descerrajen “The Beating” o “Lightning Beard” y cierren con la deslavazada “Darker Fleece”, como si sus musas se hubiesen pasado por la alcoba de Pike para unas canciones, mientras que para otras le mirasen desde lejos con desdén.

Un buen álbum, que no llega a la altura de, por ejemplo, “De vermis mysteriis” (2012), por citar alguno más reciente, pero por el que matarían centenas de bandas con menos historia, experiencia y pedigrí. Aunque no sea redondo, High On Fire son una apuesta segura, vaya si lo son…

© 2024 Conde Draco

Crítica: Accept “Humanoid”

Mira que tengo cariño a Accept, pero ya es momento de que alguien deje de mencionar “Blood of the Nations” (2010) porque los alemanes han sido capaces de vivir una segunda juventud (como ya he dicho en multitud de ocasiones) luchando contra su mítico pasado, pero no estoy muy seguro de que sean capaces de hacer lo mismo con los Accept más recientes. Y es que estoy harto de escribir, leer y escuchar que esta segunda parte de Accept está siendo gloriosa y así es, he sido testigo de sus giras y en persona lucen satisfechos cuando se mezclan con sus seguidores, pero hay que reconocer que a esa botella abierta en 2010, se le está empezando a ir el gas como a esa Coca Cola sin fuerza con Doritos rancios que te servía tu colega cuando ibas a su casa. “Blood of the Nations” (2010) es un grandísimo álbum, pero los discos que vinieron a continuación marcan una clara línea descendente, “Stalingrad” (2012) es notable, “Blind Rage” (2014), aunque menor, sigue siendo un cohete y, a partir de ahí, entramos en ese terreno en el que nos movemos actualmente en la discografía de los alemanes; fiables y aceptables, pero rozando la fina línea entre el aprobado holgado y el metal más genérico. “The Rise Of Chaos” (2017) anunciaba ese inicio de mediocridad que continuaron con “Too Mean To Die” (2021) y ahora “Humanoid” (2024), discos con buenos momentos, pero también otros francamente vergonzosos, demostrando que Accept siguen siendo esa maquinaria bien engrasada que demuestran en sus directos, pero tampoco parecen capaces de grabar un buen álbum en su conjunto.

Otro punto que hay que destacar en “Humanoid” (2024) es algo que ya señalé en mis anteriores críticas y que a mucha gente le sirvió para atacarme y son las ridículas letras que está escribiendo Hoffman, hay tanta poca variedad en sus palabras y los temas que trata. Cuando lo escribí, al fan medio de Accept no le gustó e intentó rebatirlo (todos hispanohablantes, es importante resaltarlo, y ese público que no se molesta en mirar los libretos de los discos o buscar las letras en la web) hasta que apareció el mismísimo Peter Baltes diciendo lo propio. Y es que escuchar “Humanoid” (2024), a pesar del buen sonido (obra del todopoderoso Andy Sneap, que quede claro, toda una garantía) da un poco de vergüenza ajena por los temas tan manidos que tratan y la forma tan infantil en que lo hacen, “Diving Into Sin” sirve para recordarnos que estamos en casa de los teutones y, aunque parece un medio tiempo, pronto se convierte y toma cuerpo, hasta el más que obvio single “Humanoid”, Lulis y Motnik están magníficos, como el propio Hoffmann, por no mencionar el toque más cercano al hard que le imprime Tornillo. En cuanto al sonido, es tan clásico como para gustar a los seguidores de primera y última hornada, todo lo contrario a “Frankenstein”, repleta de tópicos, como si hubiesen abierto un bote procedente de los ochenta y oliese a canción rancia. Por no hablar de que a Tornillo se le siente forzadísimo en un tono tan alto donde chirria, como el perfume a testosterona -para mal- que exuda “Man Up”. Todo lo contrario que “The Reckoning”, el claro ejemplo de que la fórmula de Accept puede funcionar tanto como ellos quieran, riffs cortantes y poderosa base rítmica, con un estribillo a la altura.

“Nobody Gets Out Alive” toma tanto de AC/DC que resulta imposible escucharla sin recordar a los australianos (como también ocurre con “Straight Up Jack”), pero también se sienten cómodos y da gusto escuchar a Accept en semejante estado de forma. Sin embargo, “Ravages Of Time” es una balada que rompe demasiado la recta final del álbum, algo que intentan arreglar con “Unbreakable” o la discretita “Mind Games”, y ese final con sabor a los clásicos Accept con “Southside Of Hell”. Para que me entiendas, “Humanoid” es un disco que mantiene el nivel y justifica que se lancen de nuevo a la carretera (donde estaré de nuevo esperándolos), pero marca esa línea descendente que antes explicaba. Estoy seguro de que Accept podrían grabar de nuevo algo a la altura de “Blood of the Nations” (2010), pero parecen haber puesto la directa y preferir publicar un disco cada tres años para salir de gira, que sentarse a escribir algo que reciba la nota de sobresaliente. El dinero está en las giras, los discos ya casi nadie los escucha y los que lo hacen se conforman con que suenen.

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Crítica: Deicide “Banished By Sin”

Corría el año 92, Deicide acababan de publicar “Legion” (1992) y a mí me parecían lo más salvaje del mundo, me sentía como si estuviese acercándome a Satán. Puedes reírte desde tu altar, tras la pantalla de tu móvil, pensando que es una estupidez, pero, cariño, tienes que situarte, en aquella época, yo tenía doce años, ¿estabas tú a esa edad escuchando a Deicide? Seguro que sí, estoy convencido de que te daban el pecho con Venom y Bathory, mientras tu padre hacía tatuajes carcelarios con un compás en tu bíceps aún sin formar pero, en mi caso, escuchar “Legion” (1992) en una cutrísima cinta TDK a tan tierna edad, era lo más parecido a escuchar un exorcismo. Ya sabes, esa sensación de peligrosidad que se va perdiendo con el tiempo, por la que hasta lo más trasgresor suena ya repetido y casi nada te sorprende. Lo cierto es que Glen Benton no cumplió con su promesa de suicidarse a la edad de Cristo y es algo con lo que creo que ambos hemos salido ganando porque, a pesar de los traspiés (que los ha habido y han sido varios, “In Torment In Hell”, “Scars Of the Crucifix”, “Till Death Do Us Part” o el más reciente “To Hell With God”), la carrera de Deicide puede presumir de solidez. A pesar también de la pérdida de Jack Owen en sus filas, Benton ha sabido mantener el tipo y de su última triada, esa que comienza con “In The Mind of Evil” (2013) y prosigue con “Overtures Of Blasphemy” (2018), quizá sea este “Banished By Sin” el más flojo. Josh Wilbur ayuda en la mezcla y el álbum suena tan agresivo como siempre, con un toque más fresco y divertido que antaño (nada más hay que escuchar “From Unknown Heights You Shall Fall” para sorprenderse con semejante golpe de death and roll a la mandíbula del oyente) y descubrir también que Glenn canta más roto que nunca, más afilado que en sus últimas grabaciones, dando la sensación de que el vocalista quiere ir a por todas de verdad, dejándose la garganta en cada una de las canciones. Pero también es verdad que el clásico death de Deicide parece desdibujarse en favor de un thrash/death/roll más accesible, reduciendo lógicamente el impacto de este “Banished By Sin”.

Tras “From Unknown Heights You Shall Fall”, “Doomed to Die” nos clava en la cruz, Steve Asheim es un auténtico animal, y sirve de calentamiento para, ahora sí, la brutal “Sever the Tongue”. No tengo queja alguna en lo musical, lo que no me termina de convencer es la voz de Benton mezclada con ese gañido de bruja poseída en las dobles voces, dando la sensación de que estoy escuchando un dueto con Dani Filth (de nuevo, nada que objetar, amo a Cradle of Filth) y, aunque me guste, no es lo que vengo buscando en un álbum de Deicide, justo lo que me dan en “Faithless”, sonando mucho más clásicos, aunque coqueteen con el dead más melódico en algunos momentos y esas dobles voces me sigan matando, las guitarras de Quirion y Nordberg son como una navaja, me gustan aunque eche de menos a Owen, fundamentalmente en lo que creo que más se nota y es en la composición. “Bury the Cross... with Your Christ” es uno de los puntos álgidos del disco, como el himno épico de “Woke From God”, un auténtico placer que me hace pensar lo que podría haber sido este “Banished By Sin” si hubiesen tirado por este camino y no “Ritual Defied” o “Failures Of Your Dying”, canciones que resultan pero no enganchan y uno siente que rellenan, a pesar de su ferocidad, la homónima “Banished By Sin”, repleta de mala ralea pero justita, como "I Am I…A Curse Of Death" y la final “The Light Defeated” con aires neoclásicos en su solo pero sabor old-school, tan forzado que roza la parodia.

Es un disco divertido, entretenido, genial para escuchar sin ser demasiado crítico si nos queremos verle las costuras, mientras esperamos para que anuncien gira europea y podamos volver a verlos sobre el escenario, pero nada más. Por otro lado, como decía al comienzo de esta crítica, tener a Benton entre nosotros ya es bastante, todo un lujo que Deicide sigan en activo en pleno 2024.

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Crítica: Darkthrone “It Beckons Us All.......”

Que disfrute mucho de los discos de Darkthrone, no significa que esté sordo o cegado por el fanatismo y no distinga cuando los noruegos aciertan de pleno y cuando no. “Eternal Hails…….” (2021) y “Astral Fortress” (2022) son buenos discos, claro que sí, que he disfrutado muchísimo, pero no están a la altura de, por ejemplo, “Old Star” (2019) o el estupendo “The Underground Resistance” (2013), dándome la sensación de que Fenriz y Nocturno Culto parecen haberse instalado en un ciclo por el cual han publicado un disco por año en los últimos cuatro y, a pesar de poseer su habitual sello de calidad, carecen de su chispa habitual. Puede ser que hayan entrado en una cierta rutina por la que publican discos pensando en ellos mismos, sin importarles siquiera sus seguidores; lo cual es bueno, por un lado, porque no atienden a otros intereses más que los propios, pero, por otro, tampoco parece haber muchas más voces en su entorno para decirles si lo grabado está a la altura o no. “It Beckons Us All.......” (2024) es un buen disco, cualquier otra banda mataría por él, se olvidan casi por completo del black (lo que tampoco es malo) y suenan más parecidos a Celtic Frost, ralentizando aún más su propuesta, el sonido es crudo y potente, primitivo, básico pero con tratamiento; no es un grabación low-fi ni mucho menos, suena estupendo, pero se nota que Darkthrone no han querido pintar con muchos colores, como es habitual en ellos.

De esta forma, “Howling Primitive Colonies”, sirve como magnífica introducción al mundo que nos proponen en este nuevo disco, el sintetizador es mágico y el riff crudísimo, me gustan las voces de Fenriz y su forma de narrar, funcionando como banda sonora de un hipotético videojuego de ciencia ficción de los ochenta; la guitarra de Nocturno Culto parece deslizarse, fría sobre la potente pegada de Fenriz y su enlace con “Eon 3” es estupendo. Es cierto que esta prosigue en la misma línea, voces narradas como diálogos, en segundo plano, mientras es la guitarra la que ocupa todo el protagonismo, además de poseer un buen cambio de ritmo que rompe por completo el tempo de la primera parte, pero, como oyente, la ausencia de letra, produce la sensación de descuido, que nadie me malinterprete; Darkthrone nunca se han caracterizado por escribir grandes versos, pero “Eon 3” parece la constatación de que prefieren centrarse en el desarrollo, más que la narrativa, la lírica. “Black Dawn Affiliation” es una de las mejores del álbum, aunque peque de extensa, más de seis minutos que podrían haberse resuelto en dos o tres menos, como ocurre con "And in That Moment I Knew the Answer", mucho más cercana al black que el resto, una pieza instrumental que suena realmente bien, pero en la que también echo de menos la voz de Fenriz.

Pero quizá el dislate auténtico es “The Bird People of Nordland”, siete minutos que podrían haber conformado la mejor canción de todo “It Beckons Us All.......” (2024), arruinados en su parte central por un puente melódico de lo más infantil y repetitivo. ¿No se han dado cuenta Fenriz y Nocturno Culto de semejante desaguisado? Hay un momento que hasta parece que se equivoca de nota en el punteo y no estamos hablando de una complicación técnica sólo al alcance de Vai, Petrucci, Abasi o Satriani, sino un trémolo bastante triste. Con todo el dolor de mi corazón, debo reconocer que arruina “The Bird People of Nordland”, algo que no es capaz de arreglar la lentísima “The Heavy Hand”, cercana al doom, y tampoco el pastiche que es la larguísima “The Lone Pines of the Lost Planet”, con sus más de diez minutos, produciéndome, por primera vez, un sentimiento de extrañeza en un disco de Darkthrone; quiero escucharlo de nuevo, pero no tengo la necesidad de ello y siento que quizá podré verle más bondades si le doy más escuchas, pero -como ya es habitual- llevo más de dos semanas dándole vueltas al promo y creo que casi una veintena de escuchas son más que suficientes para plasmar mis ideas. Que sí, que son Darkthrone, que hay cosas que me han gustado, claro que sí, pero no…

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