Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

¡Nos largamos de nuevo al HELLFEST!

Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

Jesse Leach se abre en "Incarnate" de KILLSWITCH ENGAGE

Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

Los holandeses vuelven con un álbum bajo el brazo para el que deberemos esperar a su segunda parte para saber si han acertado en el blanco...

IGGY y HOMME; la extraña pareja...

"Post Pop Depression" ha sido una de las grandes sorpresas de este año y el mejor desde "American Caesar"

ABBATH es el auténtico rey de Blashyrkh

El noruego demuestra que hay vida después de Immortal y se lo pone difícil a Demonaz con un álbum repleto de fuerza y frío invernal...

El púrpura de BARONESS es la mezcla perfecta del rojo y el negro...

John Baizley ha conseguido con "Purple", su cuarto álbum, mezclar lo mejor de "Red" y "Blue", regalándonos uno de los grandes discos del año.

Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

BILLY GIBBONS aparca temporalmente a ZZ TOP y se estrena en solitario con un álbum lleno de ritmos afrocubanos, altibajos y, por desgracia, el dichoso autotune.

CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

Las alas de cera de DAVID GILMOUR

El guitarrista de PINK FLOYD vuelve con un disco nuevo bajo el brazo, "Rattle That Lock", exquisito pero falto de unión y con demasiados altibajos.

AHAB queman las barcas...

Los alemanes han grabado un auténtico monstruo con canciones de más de diez minutos capaces de mantener tu atención y tu alma en vilo…

La mecánica de fluidos de TAME IMPALA

Kevin Parker, en constante cambio, se disculpa por ello en sus canciones pero firma uno de los discos del año.

Y al séptimo disco, CRADLE OF FILTH resucitaron…

Nueva formación y las canciones más inspiradas que Dani Filth ha escrito en los últimos quince años...

THE DARKNESS se hacen mayores...

Pero consiguen grabar un buen disco, menos histriónico y serio que los anteriores pero igual de inspirado...

Sueñan los drones con guitarras eléctricas

Primer paso en falso de MUSE, con "Drones" nos encontramos ante un disco sin rumbo, coherencia ni buenas canciones.

BLUR contraataca con un regreso por todo lo alto

Doce años después, los ingleses publican "The Magic Whip" y consiguen el aplauso unánime de crítica y público con un disco diferente.

La catarsis de BJÖRK

La islandesa encuentra la liberación a través de la palabra en su mejor disco en años.

DYLAN por SINATRA, en estado de gracia.

El auténtico placer de cumplir años es no tener ni Dios ni amo; decidir a quién se le da la mano...

ROYAL BLOOD vuelven a España...

Y nosotros rescatamos nuestra crítica de su álbum para ir calentando motores.

Cuomo, un acidente en carretera y la meditación Vipassana...

Han logrado que WEEZER publique uno de sus mejores discos en años, "Everything Will Be Alright In The End".

¡Nos largamos al HELLFEST!

Otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo; le meilleur festival du monde!

PINK FLOYD se despiden...

David Gilmour y Nick Mason rinden homenaje a Richard Wright en "The Endless River", un disco bello y tranquilo.

Ocho ciudades, ocho canciones y ninguna que justifique un disco

Foo Fighters vuelven con un disco mediocre que hará las delicias de sus fans más recientes y menos exigentes.

Con máscaras y a lo loco...

Cuando uno piensa en SLIPKNOT, piensa en esa descarga de adrenalina, en ese caos en el que se convierten sus directos...

MORRISSEY en ESPAÑA: "Todo lo que necesitas soy yo"

Moz estuvo en nuestro país y recuperamos nuestra crónica de su paso por Madrid.

Cuarenta minutos de abstracción

Un disco fascinante, extraño, menor pero extrañamente bonito, diferente y excitante...

Bonamassa contra el mundo

Porque discos así no se escuchan todos los días y, por desgracia, no se graban tan a menudo como debiera...

El Quadrophenia de U2, según The Edge

Podemos seguir echando de menos el pasado más glorioso de U2 y dejar de disfrutar del presente; “You glorify the past when the future dries up” que decían ellos mismos...

BRIAN FALLON, tocado pero no hundido…

Tras diez años de matrimonio ha decidido exorcizar todos los demonios internos de su ruptura en el nuevo disco de su grupo, THE GASLIGHT ANTHEM.

THE NATIONAL en España y nosotros nos refugiamos en su último disco...

Como dice Chuck Palahniuk, "la mejor venganza de todas es la felicidad. No hay nada que vuelva más loca a la gente que ver a alguien teniendo una vida jodidamente maravillosa" y nosotros somos felices con la música de los de Cincinnati.

IN UTERO: un viaje sin retorno

Analizamos en profundidad la grabación del último gran disco de NIRVANA y quizá de los noventa...

MASTODON: La vuelta al sol en ochenta días

Si lo que Mastodon pretende es llevarnos a otra dimensión, el experimento se queda a medio gas y es que sólo en la segunda parte de su disco seremos testigos de ese viaje...

Tenemos carta de Neil Young...

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¿Qué haríamos sin la música de STRUMMER?

Nuestro amigo Joe no ha dejado de acompañarnos y, muchos años después de que se haya ido, su voz sigue sonando con la misma fuerza. Repasamos sus discos en solitario…

PIXIES en Madrid; benditos los SMITHS...

Black Francis pasaba por nuestro país sin apenas dirigirse a su público y esbozando una sonrisa con trabajo.

¡Hemos visto a BLACK SABBATH en París!

Y te contaremos casi todo lo que Ozzy, Iommi y Butler han hecho en Bercy...

ARCADE FIRE van al Primavera, nosotros al HELLFEST

"Reflektor" es el nuevo disco de los canadienses y la crítica lo ha encumbrado a lo más alto en apenas unas horas.

PEARL JAM: Rayos y centellas

Un disco de Pearl Jam tiene sentido en pleno 2013 porque estamos hablando de ROCK con mayúsculas, de una banda auténtica que sigue estando muy viva...

¡AMÉN, hermanos, WATAIN han vuelto!

Estamos ante el mejor disco de METAL del año y Erik lo celebra invitándonos a una misa negra muy especial con "The Wild Hunt"...

Conociendo a DAVE MUSTAINE...

Tuvimos la gran suerte de poder conocerle con motivo de su visita a España en su gira con Slayer hace dos años y ahora lo recordamos, breve pero intenso.

Concierto: Red Hot Chili Peppers (Madrid) 27.09.2016

SETLIST: Can't Stop/ Dani California/ Scar Tissue/ Dark Necessities/ If You Have to Ask/ Right on Time/ The Getaway/ Ethiopia/ Californication/ Go Robot/ Suck My Kiss/ Sick Love/ Soul to Squeeze/ By the Way/ Encore:Chad & Josh Jam/ Goodbye Angels/ Give It Away/

Habitualmente recibimos muchas críticas por escribir lo que de verdad sentimos acerca de un disco o después de haber asistido a un concierto; lo que es curioso en un momento como el que vivimos en el que la gente se supone que busca la verdad y reclama su derecho a la libertad de expresión y de prensa. Pero con la música es diferente, porque la música nos remueve las entrañas, la sentimos muy adentro y no nos gusta que otros critiquen lo que nos conmueve o afecta emocionalmente. Y, siendo algo tan subjetivo como lo son las opiniones, es verdad que la experiencia es un grado pero, de todo lo que nos echan en cara, lo más divertido es cuando el lector nos ataca desde el fanatismo. En el caso de Red Hot Chili Peppers, de todo el Palacio de Deportes de Madrid estoy seguro que pocos son los que les vieron en Las Ventas hace más de dos décadas y, menos aún, los que ronden la docena de conciertos de ellos y hayan llorado la ausencia de John Frusciante e incluso defendido a Josh Klinghoffer tanto como yo pero lo que he visto hoy en el escenario es a una versión de segunda de la banda que un día resultaba fresca, divertida e irreverente.

Es verdad que los últimos años no han sido los mejores para Red Hot Chili Peppers, diversos problemas sentimentales de Kiedis (que lo menciono porque, según él, le han pasado factura), la lesión de Flea que les hizo retrasar todo el proceso de “The Getaway” con un recibimiento gélido por parte de crítica y público que entienden eso del homenaje al funk más petardo de los setenta de la mano de Danger Mouse pero no perdonan la falta de excitación que producen sus últimas canciones (esas mismas que han terminado por situar a los Peppers en el punto de mira porque uno puede perdonar el que pasen los años pero no que se enmascare la falta de ideas) y, por otra parte, está Josh Klinghoffer, aquel que sustituyó al gigante Frusciante y en el que creímos ver a un maestro de la modulación del sonido a base de pedales con los que teñir la señal de sus guitarras cuando lo que de verdad parece es una excusa para ocultar una mediocridad con las seis cuerdas y una escasa presencia escénica que sólo magnifican más y más las diferencias entre él y John en directo.

Y así nos plantábamos en Madrid, con ganas de Peppers pero pocas de “The Getaway”, dos noches con todo el papel vendido en Madrid y Barcelona respectivamente y un público fundamentalmente jovencísimo que seguramente sea esta su primera o segunda gira de la banda, lo que por supuesto afecta a su criterio pero no a su entusiasmo. La salida a escena es sencilla pero efectista, poco necesita un músico tan enorme como Flea; uno de esos bajistas que, como Les Claypool de Primus, se les queda pequeño cualquier calificativo. Flea es pura etnia, es jazz, es mestizaje, es imaginación, Flea es un maestro al que los Peppers se le quedaron pequeños hace mucho y, tras la salida de Frusciante, aún más; minúsculos e inofensivos. A ritmo de jazz, Flea y Chad (un batería básico pero con gran instinto y pegada) se arrancan, se une Josh y tarda en aparecer Kiedis tras una de las muchas jams con las que nos obsequiarán a lo largo del concierto. “Can't Stop” suena contundente pero hay problemas que se dejan ver en una noche que no empezaba con el mejor de los sonidos posibles, en “Dani California” logarán domarlo y dejar atrás los acoples y la pista (llena tan sólo a tres cuartos de su capacidad) se convierte en un mar de saltos que se calmará con la bonita “Scar Tissue” y aquí llega la primera pega de las muchas; Josh es incapaz de hacer el solo…

No, no me estoy equivocando, no es que no clave nota a nota el de Frusciante, es mi quinto concierto de Josh Klinghoffer (sé que le gusta hacer suyas las canciones y cambiar los arreglos) pero es que en “Scar Tissue” se equivoca en su propio solo y termina pisando uno de sus cientos de pedales que convierten su guitarra en una licuadora para salir al paso; como tampoco entiendo qué necesidad hay de cambiar un solo a slide tan bello como aquel que firmó Frusciante y que daba tantísimo sabor a la canción. Llega el momento de “Dark Necessities” y he de reconocer que suena mejor en directo que en el disco pero inevitablemente calma los ánimos del público, como a contrapelo pilla a todos el inesperado rescate de “If You Have to Ask” y es que el concierto está entrando en un valle del que les costará rescatarnos y que “The Getaway”, la aburrida “Ethiopia” (¿qué ha pasado con ella?) o “Go Robot” no ayudarán a pesar de que con “Right On Time” lo intenten.

El colmo llega en “Californication” (tras una interesantísima jam que logra levantar a más gente de su silla que las anteriores canciones y el coqueteo con “D’yer Maker” de Led Zeppelin) y, de nuevo, Josh destrozando el solo o una versión en automático y sin ninguna gracia de “Suck My Kiss”. Un concierto que necesita recuperar a un público comatoso más allá de las primeras filas con una imagen dantesca y es la de cientos de personas con la cara azulada, consultando su teléfono móvil desde la grada, y que si logra revivirles es gracias a “By The Way”. Pero llegan los bises con los Peppers envueltos en otra de esas jams que tanto les gustan (con las que Frusciante alcanzaba el éxtasis hace años) mientras Flea anda con las manos y nos meten a calzador ese “Goodbye Angels” antes de despedirse con “Give It Away” en comunión perfecta con un público que no dudará en levantarse y mostrar sus mejores andares raperos, quitarse la camiseta o grabarlo en móvil para atestiguar en redes sociales que han estado y ha sido ‘épico de la vida’

Mucha gente no entenderá que no me deshaga en elogios con los Peppers actuales pero lo que he visto esta noche, tras una docena de actuaciones suyas, es a una banda fuera de contexto con un músico como Flea que se come al resto de compañeros, Chad siguiéndole, Kiedis lejos de la actitud con la que todos le identificábamos, parodiándose a sí mismo y entrando y saliendo del escenario en cada jam y un Josh Klinghoffer más preocupado de posar que de sentir y, por supuesto, interpretar. Así no me extraña que se planteen una gira de grandes éxitos y se cuestionen su estado actual. No es que se hagan mayores, es que se han convertido en unos dinosaurios y parecen haber perdido la chispa; son pimienta mojada…

© 2016 Jack Ermeister


Crítica: Green Day “Revolution Radio"

De golpe y porrazo, para que no duela; la evidencia de que el rock ya no es lo que era es que bandas como Green Day sean ahora masivas. Ya está, ya lo he escrito pero es que recuerdo con añoranza mis días de instituto; cuando Nirvana y Pearl Jam reinaban por todo lo alto, Metallica eran odiados por usar rímel y Offspring y Green Day tocaban en Madrid en la sala Revolver. Aquello era poco más que un bar que, sin embargo, en los noventa vio pasar por su escenario a lo más florido del metal y el rock alternativo y Green Day eran habituales de aquel garito pero todo cambió tras la publicación de “Dookie” (1994) y es que, en menos de un año, pasaron de tocar en una sala para unos cientos de personas a llenar el Palacio de Deportes de la Comunidad en un concierto del que tuvimos que devolver las entradas después de que Billie Joe cancelase aquella gira por enfermedad y es que al líder y guitarrista de Green Day se le hizo cuesta arriba la agenda de festivales y conciertos, se le atragantó el éxito y no se le ocurrió otra cosa que rebajar el estrés y la ansiedad con un par de botellitas de alcohol. De aquello hace ya veinte años y todavía conservo las entradas pero, lo más gracioso, es que muchos de los que hoy se enfadarán leyendo esta crítica o me discuten la valía de Green Day como cabeza de festivales, pabellones o estadios, por aquel entonces no habían ni siquiera nacido. ¡Pero no pasa nada! Benditos ellos que pueden bajarse toda la discografía a golpe de ratón o leer esto que yo les cuento a través de la todopoderosa Wikipedia o no… Porque no es lo mismo vivirlo en primera persona a que te lo cuenten o, mucho mejor, escuchar a una banda durante veinte años, ser testigo de su evolución y ser tú mismo quien juzgue su carrera sin que ningún medio digital te diga lo contrario.

Green Day, como muchos otros artistas, pertenecen a salas, son bandas que deben disfrutarse cerca y no, no son gigantes por muchas pantallas que ahora puedan llevar, plataformas, confeti y algunas personas os hagan creer que son puramente punk que no, que tampoco lo son. Green Day estaban mejor encuadrados en los noventa; allí no había dudas, vendieron mucho con “Dookie” y su posición en festivales ascendió pero eran incomparables a aquellas bandas que no habían tenido un solo disco millonario sino varios y, sobre todo, que defendían su valía sobre el escenario. Green Day eran divertidos, se habían colado en las listas pero no pertenecían a ellas, Tré Cool se perdió haciendo autoestop de gira por España, Billie Joe era gracioso y Mike Dirnt era simplemente un bajista más, no era Paul Simonon pero a nadie se le ocurría semejante comparación, en una época en la que Offspring les ganaron la mano publicando el notable “Ixnay on the Hombre” (1997) –cuyo concierto en el Pabellón del Real Madrid fue inolvidable, creédme; inolvidable con The Vandals corriendo desnudos entre el público- mientras que ellos se apresuraron a exprimir la vaca de “Dookie” con un disquito como “Insomniac” (1995) que eran claramente las sobras del anterior (y fue vapuleado por la crítica, ninguneado por los fans y si convencía a algunos era porque aquellas canciones fueron compuestas en su mejor momento) e intentaron arreglarlo con “Nimrod” (1997) y el concierto prometido en Madrid (con el consiguiente descenso de público con semejantes fiascos bajo el brazo y después del archifamoso “Dookie”, celebrándose finalmente en La Riviera; pasábamos de un recinto con capacidad para más de una decena de miles a mil y poco, que sirva como evidencia de lo que digo) junto a D-Generation en el que Billie Joe acabó tan bebido que se atrevió a reírse de Marilyn Manson versionando “The Beautiful People” pero de eso hace mucho, mucho antes de que Offspring perdieran la frescura y las ganas por la música en pos de la buena vida y la comida basura y Green Day fuesen ascendidos al estatus de ‘gran banda’ al que nunca han pertenecido por una generación a la que se le vende lo que uno quiere y que todo esto que cuento le sonará a chino o a batallas de alguien que podría ser su hermano mayor…

Pero es que Green Day llevan veintiún años sin superar “Dookie” (1994) y el único repunte que han tenido fue ese oportunista “American Idiot” (2004) que les llenó las cuentas de nuevo e hizo recuperar la fe de sus fans para perderla con el inconsistente “21st Century Breakdown” que era mediocre a rabiar (no hablamos de un par de singles sino del conjunto) y un innecesario ejercicio de fertilidad creativa como “¡Uno!”, “¡Dos!”, “¡Tré!” que demostró que aquello era tan sólo humo para salvar de las críticas la fragilidad emocional de una banda en punto muerto pero que evidenciaban justo lo contrario y que incluso ahora mismo ellos dudan que fuese una buena idea tras las críticas recibidas y la poca repercusión a lo largo del tiempo (os recuerdo que quedan ideológica y moralmente muy lejos de The Clash y que las comparaciones de aquel momento con “Sandinista!” de 1980 fueron tan, tan gratuitas y ridículas como siguen sonando hoy en día cuando entendemos que, a parte de los galones y el talento, Green Day coló a sus fans un disco triple de morralla dividido en tres sencillos, un recopilatorio y un dvd mientras que The Clash se pegaron con la discográfica para ofrecer su álbum triple de material completamente nuevo bajo coste).

Y, claro, escribo todo esto porque a Billie Joe se le ha llenado la boca anunciando este “Revolution Radio” como un retorno a sus raíces (¿cuántas veces más vamos a tener que escuchar esto en todos los artistas, cuando realmente lo que significa es que su carrera está tocada de muerte? Justo antes de que terminen llamando a Rick Rubin o Danger Mouse como productores y resucitadores, tiempo al tiempo…) y sus amigos, benditos amigos a los que deberían mantener lejos, esos que habían escuchado el nuevo álbum y aseguraban que Green Day sonaban “más punk que nunca” y “Revolution Radio” era un digno sucesor de “Dookie”. Lo primero que debemos hacer al leer semejantes declaraciones es echarnos a temblar y lo segundo recomendarle a Billie Joe que cambie de amistades antes de que le lleven a hacer el más clamoroso de los ridículos como una versión punky de Florence Foster Jenkins porque “Revolution Radio” suena a chicle, suena blando y tontorrón, inocente y baboso, suena a pop poco inspirado, facilón e instranscendente y está a la misma altura que la horrorosa triada anterior o el pésimo “21st Century Breakdown”. ¿Eres de aquellos a los que le gustaron aquellos? ¡No pasa nada, entonces este es tu disco pero que no se te ocurra mancillar el nombre de “Dookie” porque fue grande y no, no te vi en las primeras filas de aquellos conciertos como para que me digas lo contrario!

La autoindulgencia ya tiene álbum, este que abre con algo tan fofo y aburrido como “Somewhere Now” con Billie Joe y su guitarra cantando más ñoño que nunca, una canción que no despega y en la que hasta a Tré se le siente sin fuerza tan por debajo de sus posibilidades que aburre desde los primeros segundos (porque Tré Cool es un batería explosivo, completamente desaprovechado en Green Day), un álbum producido por ellos mismos en el que “Bang Bang”, por increíble que parezca, es el single más obvio y el único en el que Green Day intentan recordarnos lo que alguna vez fueron y nunca más han sido capaces de superar, en el que “Say Goodbye” podría ser un descarte de “Warning” (2000) en la que Billie Joe tira de su agenda de amigos y hace que su banda suenen como los peores U2 (escuchar para creer), nos inducen al sueño desde la cuarta canción con ese soterrado plagio a ABBA en “Outlaws” (en el que más de uno sentirá el deseo de cantar el estribillo de “The Winner Takes It All”) y se convierten en su mejor banda de versiones con la cincuentera “Bouncing Off The Wall” en la que las palmas y los artificiales “hey!” suenan tan sobados y manidos como sus propias quintas.

El segundo single, “Still Breathing”, fue una gran decepción y las críticas no se hicieron de rogar, desde el principio dijimos que la voz y el tipo de composición eran más propios de Owl City que de Green Day y que ese estribillo era la muerte de un diabético pero dentro del contexto del álbum es aún peor porque nos hace testigos de la caída antes de tiempo de “Revolution Radio” y es que, tras “Still Breathing” y su pestazo a radiofórmula adolescente, llega “Youngblood” que suena a maqueta por los cuatro costados, “Too Dumb To Die” con Billie Joe cantando desde el fondo de una tinaja durante sus primeros segundos (algo que hará varias veces a lo largo de disco porque seguramente el efecto a él, que es el productor, le resultará muy molón) y la mejor de la segunda cara (lo cual no es decir demasiado) que es “Troubled Time” en la que Billie repite efecto en su voz, como en “Forever Now” (por favor, que alguien le aleje de los controles) y un final con una limpia y cristalina “Ordinary World” que nos obligará a bajar el volumen y con ella descubrimos dos cosas; el masterizado del disco es un jodido horror, algo tan evidente que está al alcance de todo el que lo escuche, y no hay recurso suficiente en el mundo que disimule el declive creativo de aquel que compuso la bonita y emotiva “Good Riddance (Time Of Your Life) hace diecinueve años.

En definitiva, Green Day siguen su imparable ascenso de popularidad entre la muchachada mientras pasean el cadáver de lo que alguna vez tuvieron y nunca han sabido recuperar ante un público que como no fue testigo de épocas pretéritas no tiene con qué compararlos excepto con Blink-182 o, mucho peor, Sum 41 que ahora resulta que también son veteranos e injustamente reverenciados. ¿Y para esto han dejado pasar cuatro años? No te gastes el dinero en esto, repito; no te gastes un sólo duro en esto, podrían haberlo bautizado “¡Cinco!” y haberse quedado tan a gusto…

© 2016 Jack Ermeister


Crítica: Airbourne “Breakin' Outta Hell"

Según Joel O’Keeffe, “Breakin’ Outta Hell”, es el disco perfecto para que suene en tu coche y así olvidarte de todo; de tus deudas, de tu trabajo, de tu jefe y todo lo que te atormente y, a ritmo de sus calientes riffs, lograr salir adelante y que su álbum sirva de banda sonora a una noche de juerga con tus colegas. Si es así, O’Keeffe se equivoca y Airbourne han fracasado por completo en su empeño porque todo dependerá de la edad que tengas y lo que esperes de ellos. Supongo que si no llegas a la veintena, Airbourne serán ideales, divertidos y lo mejor que hayas visto en directo hasta el momento y, si no llegas a la treintena; quizá Airbourne te entretengan lo justo pero dependerá de lo que busques en su música y el tiempo que tengas para perder en sus discos, más allá de esa edad; si te gusta Airbourne deberías plantearte otra serie de carencias, sin que ello se pueda entender como algo negativo, por supuesto. Me gustaría ahorrarme las absurdas comparaciones con AC/DC para castigar a Airbourne y no porque no carezcan de fundamento y los hermanos O’Keeffe no saqueen sin piedad el élan vital de la banda de los hermanos Young sino porque ya, a estas alturas, incidir en lo mismo es tan fácil como los propios discos de Airbourne…

“Runnin’ Wild” (2007) fue su debut y, aunque a muchos les duela, los australianos no han sido capaces de superarlo; no es que fuese una gran cosa pero aquellas similitudes con los hermanos Young eran simpáticas y las canciones y su espíritu juerguístico-festivo funcionaban. “No Guts. No Glory” (2010) suponía un bajón y quizá su entrega más floja hasta la fecha y ya con “Black Dog Barking” (2013), en vez de salirse por la tangente y encontrar su propio estilo se aferraban aún más a la caricatura de los hermanos Young. Reconozco que les he visto en directo y después les he evitado en festivales porque me aburre su forzadísima energía y ‘buenrollismo’, porque me cansa ver a Joel subirse a cualquier estructura del escenario como si nadie lo hubiese hecho antes o actuar como si estuviese en un estadio con canciones que pasan sin pena ni gloria, una tras otra, pero no menosprecio a todos aquellos que viven sus actuaciones y salen de ellas como si hubiesen descubierto a los mesías del rock ‘n’ roll, es simplemente que a mí me aburren bastante y con verlos un par de veces ya tengo más que suficiente, supongo que eso mismo debe pasarle también a mucha gente….

Pero cuando contemplé la portada de su nuevo álbum y creí ver a una de las transmutaciones de Angus en diablo (alimentando, por ejemplo, la caldera de un tren), descubrieron un título tan ‘acedeciano’ como “Breakin’ Outta Hell” y unas canciones con los mismos y manidos conceptos del rock de siempre y que parecen haber sido bautizadas con el ‘scrabble’ de Malcolm Young en el que siempre se barajan las mismas opciones; el infierno, la carretera, el volumen, la sangre, las chicas, el rock, el volumen, la carretera, el infierno, el volumen, el infierno, el volumen, el volumen y el volumen… en títulos tan originales como “Breakin’ Outta Hell”, “It's Never Too Loud for Me”, “Thin The Blood”, “I'm Going to Hell for This”, “Never Been Rocked Like This”, “When I Drink I Go Crazy” o “It's All for Rock N' Roll”, me di cuenta de que Airbourne ya habían tirado la toalla y no pretenden hacer su propia música, seguir su sendero, componer buenas canciones y dejar su impronta sino continuar con la imitación y pasar a la historia como una banda de versiones con canciones propias.

Los O’Keeffe beben de las aguas de los Young en un acto endogámico que termina por lastrar su propia música porque mientras aquellos bebían del rock de los cincuenta, sesenta y el blues, Airbourne parecen limitar su dieta. Por otra parte, ellos pensarán; ¿si funciona y tocamos en festivales y llenamos salas, por qué cambiar? Pues porque “Breakin’ Outta Hell” es aún peor que “Black Dog Barking” abandonándose ya en la parodia más absoluta y, mientras que en aquel intentaban encontrar su propia identidad en algunas canciones –sólo en algunas, ojo-, en este álbum que nos ocupa han optado por poner la directa, hacer caso omiso de las críticas y ni siquiera intentarlo.

La primera canción (“Breakin' Outta Hell”), por ejemplo, tiene un buen riff y Airbourne extreman su propuesta; suenan más rápidos y agresivos pero tampoco demasiado como para no dejar de parecer ellos pero lo peor del álbum es que, tras ese evidente single, el resto es más y más de lo mismo; en “Rivalry” nos hablan de la lucha, de la rivalidad entre los ‘rockeros’ y el resto de los mortales (por favor, en pleno 2016…) en esta jungla en la que nos toca vivir, como vemos todo muy original. Por supuesto, salpimentado por unos coros como: “wooh, wooh, woooooh, it’s between you and me, wooh, wooh, woooooh this is a rivalry, wooh, wooh, woooooh” y, una y otra vez; “wooh, wooh, woooooh” con Joel acabando la canción por Brian Johnson; “this is a rivalrraaay”.

Me impaciento, miro el disco; ¿cuánto me queda? -pienso. Suena “Get Back Up” y antes de que Joel cante, tarareo; “She was a fast machine. She kept her motor clean. She was the best damn woman I had ever seeeeen” pero no, es “Get Back Up” y, a pesar de los vigorosos coros, no hay un estallido de júbilo como en “You Shook Me All Night Long” y pienso en Brian de nuevo y lo mucho que vamos a echarle de menos después de lo de Malcolm, sin menospreciar a Phil y, por supuesto, a Cliff. Será de formación profesional pero en “It's Never Too Loud for Me” echo de menos las gaitas de “It's a Long Way to the Top (If You Wanna Rock 'n' Roll)”, son canciones que poco o nada tienen que ver excepto el mismo ritmo y la progresión de acordes. A estas alturas, mi decepción ya es mayúscula tan sólo a la cuarta canción y sé que debo evitar la comparación con AC/DC pero, al fin y al cabo, ¿no es de eso de lo que se están aprovechando Airbourne? Me refiero, si ellos mismos son conscientes de su premeditado parecido y no hacen nada por remediarlo, es más lo disfrutan y buscan, ¿por qué no medirles con la misma vara?

“Thin the Blood” suena algo mejor pero me recuerda a una versión raquítica de “Beating Around The Bush” como la infantilona “I'm Going to Hell for This” que tan sólo ahondan en la herida abierta, creativamente hablando, de un músico que necesita recurrir a la masturbación o su afición por el cunnilingus y su posterior entrada en el infierno. Quiero creer que, a estas alturas de la película, ya no escandalizan a nadie excepto provocar las cuatro sonrisitas socarronas de sus seguidores más adolescentes pero a mí, honestamente, me produce una profunda depresión. ¿Qué es lo que espera cantando algo así de manera tan burda? Luego, los hermanos O’Keeffe llorarán amargamente cuando no se les tome en serio pero, ¿qué esperaban? Es todo tan infantil que cuesta asimilar un disco así…

Tras otro mal ejercicio de estilo como es “Never Been Rocked Like This”, llega otra de esas canciones que te pueden hundir en la miseria más absoluta sin que ello sea su objetivo; “When I Drink I Go Crazy” o, mucho peor, “Do Me Like You Do Yourself” y me acuerdo de Steel Panther, otra banda de versiones pero esta vez glam, que abiertamente se han dedicado a hacer este tipo de canciones pero, por lo menos (y sin que me gusten tampoco), tienen más gracia; siempre y teniendo en cuenta que ni siquiera puedo llegar a considerarles una banda como tal y sí un chiste con más gracia que el de Airbourne que se llegan a creer ellos mismos que son algo más de lo que realmente son.

Por suerte, “It's All for Rock N' Roll” es la última y nos encontramos otra canción exactamente igual a las anteriores, con el mismo tipo de solo, el mismo compás, el mismo bajo, los mismos acordes y temáticamente más de lo mismo, un cero a la originalidad con menos gracia aún. “Breakin' Outta Hell” está producido por Bob Marlette (Alice Cooper, Ozzy Osbourne, Black Stone Cherry, Rob Zombie y los propios Airbourne de “Runnin’ Wild” por lo que supongo que habrán intentado reverdecer los laureles del primero) y suena bien pero, a pesar de ello, es un auténtico bodrio en el que, para colmo, faltan grandes canciones; no porque alguna de ellas, como la que da nombre al disco, no se peguen en mayor o menor medida sino porque un buen álbum de rock, ese que Joel O’Keeffe cree haber grabado, no hace que mires tantas veces el reloj. Airbourne no es más que AC/DC regurgitados y eso escrito es tan desagradable como aburrido suena “Breakin' Outta Hell”, afirmar que es excitante es todo un insulto a la inteligencia del oyente o la memoria de los más veteranos…

© 2016 Conde Draco

Crítica: Opeth "Sorceress"

Creo firmemente que deberíamos dejar de referirnos a Opeth como una banda de metal o, por lo menos, una que lo practicó para permitirles entrar en un concepto mucho más amplio y, por supuesto, más ambicioso que es el que tienen ellos en mente y, más que ninguno, Mikael Åkerfeldt que es el de una banda cuya única frontera sean las propias limitaciones de su genio y talento porque comienzo a estar francamente cansado de la inevitable avalancha de reacciones que cada uno de los lanzamientos de los suecos trae consigo junto a un mar de, más que cuestionables, críticas de un público que quizá, sólo quizá, debería aprender a escribir antes de lanzarse a despellejar sin piedad a unos músicos de su talla; más que nada porque la historia de lo ocurrido con Opeth es tan antigua en el mundo de la música que se repetirá ‘ad infinitum’ y tan sólo viene a corroborar lo que, parafraseándole, decía Henry; ”esas y otras cosas demuestran que la vida gira sobre un eje podrido…”. Y es que sigo pensando que lo peor que pudo hacer Opeth no fue algo tan infantil como abandonar el uso de guturales sino sacarse un espejo del bolsillo y mostrarle su propio reflejo a esos seguidores con su logo tatuado en la muñeca, el tobillo, la nuca y hasta la rabadilla.

¿Por qué digo esto? ¿Qué es eso del reflejo? Muy sencillo, Opeth son fundamentalmente una banda de rock progresivo (siento si alguien no lo ve así a estas alturas) con un enorme crisol de influencias que ha estado presente (en mayor o menor medida de ingredientes) desde la primera de sus canciones hasta la última y que tuvieron la fortuna (o como lo queramos ver ahora) de grabar discos de death metal (auténticamente maravillosos todos, estamos de acuerdo…) en los que había que estar muy sordo para no apreciar una evolución con cada paso; la salvaje y primitiva belleza de “Orchid” poco tiene que ver con “Morningrise” (¡y sólo había pasado un año!) pero más radical fue el cambio entre “My Arms, Your Hearse” –uno de mis favoritos- y el magnífico “Still Life”, tanto que cuando llegó el que muchos consideran su obra maestra (aunque ya sabemos todos que Opeth tienen varias cimas), “Blackwater Park”, pocos veían el cambio que se avecinaba con “Deliverance” y “Damnation”, ese siamés separado al nacer. “Ghost Reveries” es otra de esas grandes cimas (si no hemos pasado ya cuatro o cinco) y muchos se sintieron defraudados por el bello “Watershed” que no genera precisamente pocas obsesiones entre sus seguidores, siendo disco de cabecera de muchos de nosotros. Y, por fin, cuando llegó “Heritage” todos se rasgaron las vestiduras y me pregunto; ¿dónde habían estado los últimos quince años? Es cierto que “Heritage” supuso un punto de inflexión pero, si prestamos atención a su discografía, veremos que no lo fue tanto y que tan sólo era en lo formal porque la llegada a “Heritage” y “Pale Communion” llevaba años masticándose de manera natural en el estómago de Åkerfeldt, ese chaval fascinado por King Crimson, por el death metal europeo, el rock clásico y sí también por ABBA, a partes iguales...

¿Y qué mostró Åkerfeldt a sus seguidores en ese espejo? Pues les mostró lo que no les gusta y es su propio reflejo; el de unos reaccionarios cortos de miras que eran incapaces de haber crecido con esa música que tanto amaban, fundamentalistas del riff y del gutural que no permitirían que su banda (porque era suya por el mero hecho de gastarse unos cuantos cuartos en sus discos, todo muy razonable) abandonase la senda del metal; ese subgénero tan mal entendido y con un estereotipo tan erróneo y cultivado desde dentro en el cual los fans son buena gente, noble, culta, abierta de miras, docta en varios géneros, artes y disciplinas, lectores empedernidos, buenos amigos, amantes de la cerveza como imagen de la llanura más bonachona y, lo más importante, poseedores del gusto universal de la música por el cual el metalero siempre escuchará buena música y todo lo demás, lo que se salga de sus férreos parámetros, será aceptado con una falsa condescendencia; en definitiva, para que todos nos entendamos, el metalero es el "cuñado" de la música que se puede permitir el lujo de mostrar toda su sapiencia en ciento cuarenta caracteres y pueden sobrarle cien si quiere, por Odín, por Thor, aunque sea de Salamanca, Albacete o Asturias…

Intentaré destetar rápido a todo aquel que se acerque a esta humilde crítica y le haya sobrado la generosa introducción; “Sorceress” no es metal, ni tampoco stoner (por favor, no seamos ridículos; que a cualquier imbécil al que ahora le pongas una montaña, un desierto, un cactus o un fuzz ya se piensa que está ante la enésima reencarnación de Kyuss o Fu Manchu, que no…) y tampoco es doom como lamentablemente he tenido que leer ahora que parece estar en pleno ‘revival’ tras la desbandada del metal al prog que hemos sufrido en los últimos años y que sólo nos trae una caterva de ignorantes que han dado el salto de Powewolf, Running Wild o Sabaton (nada en contra de esas bandas, faltaría más…) a Genesis, King Crimson, Rush o Yes sin lavarse siquiera las manos. Tampoco hay guturales en él, ni rastro de su material más duro ni nada que se parezca a la que podríamos denominar como “época clásica de Opeth” y no, no es un álbum de metal por mucho que algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Pero, en cambio, a todos aquellos que se atrevan a internarse en “Sorceress” se encontrarán con una continuación natural de “Heritage” y con un disco que, sin necesidad de entrar en la comparación con “Pale Communion” (al que sigo considerando levemente superior que el que nos ocupa), se sostiene por sí mismo, en definitiva; otro álbum notable a sumar a su carrera pero no uno que abra otro camino.

Grabado en los estudios Rockfield (publicado a través de su propio sello; Moderbolaget, bajo el amparo de Nuclear Blast) y con Tom Dalgety (quien ha trabajado con Pixies, Therapy?, Grave Pleasures, Siouxie, Killing Joke pero también con Ghost, algo fundamental ya que también se dejará ver su sonido en el álbum) aunque hay que ser muy inocente para no adivinar que Mikael también ha estado tras los mandos. Me agrada el cambio de productor, el esfuerzo de Opeth por salirse de su zona confort y entiendo cuando Martin Axenrot aseguraba que era más oscuro que los anteriores (no porque lo sea aunque tenga sus sombras) sino porque “Sorceress” es más directo; precisamente la batería de Axe resuena con mayor pegada y protagonismo en la mezcla mientras, por ejemplo, el teclado de Joakim no inunda todo el disco como un colchón sobre el que descanse el sonido de la banda (algo que ocurría mucho en “Pale Communion”), por lo tanto hay más presencia de las guitarras y seguramente ese sea el motivo de confusión por el que muchos seguidores creen ver en “Sorceress” el retorno de la banda al metal, aunque sea metal progresivo, como muchos desean ver donde no hay nada de eso. Pero sí es un disco más directo, más orgánico que dicen muchos (en el sentido de que sentimos a la banda casi en directo y hay espacio para que respiren todos los instrumentos de manera natural) lo cual le da una sensación de inmediatez que “Pale Communion” no tenía en algunos momentos pero sí “Heritage” y es que ellos mismos se esforzaron por ello…

“Persephone” nos introduce en “Sorceress”, no exagero ni me desvío un ápice si digo que podría haber sido obra del maestro Joaquín Rodrigo por su sabor clásico pero difiere con la famosísima pieza de aquel por el toque melancólico y levemente oscuro que nos mete de lleno en el álbum. Pero “Sorceress”, el tema que todos pudimos escuchar como adelanto, comienza como una continuación de “Heritage” o “Pale Communion” y sí, el teclado de Joakim en los primeros compases con toda su influencia del prog de los setenta (no sesenta; setenta, por favor) y ese sentimiento de fusión que a mí, personalmente, tantísimo me gustó en “Heritage”. Pronto será la guitarra la que rompa el tono con un pesadísimo riff en el que muchos quisieron ver el regreso de los Opeth más duros y otros hasta un giro de timón hacía el stoner o el doom; nada de eso, es simplemente hard progresivo con un buen riff y las voces de Mikael, Fredrik y Joakim jugando en primer plano. Una canción estupenda que alcanza el clima justo cuando vuelven los teclados de Joakim y acaban tendiendo el puente a “The Wilde Flowers” que, ya sin ninguna duda, podría haber formado parte de “Heritage” y a nadie le sorprendería si la escuchamos a continuación de “The Devil’s Orchard” solo que en aquella no estallaban con un abrasivo solo de Åkesson y aquí sí. Es cierto que la letra no es de lo mejor que ha firmado Mikael (por favor, la infantilísima rima repetida hasta la saciedad de ‘higher’ con ‘pyre’ no es digna de él) y el interludio de un minuto, metido a calzador, no ayuda tampoco a que la canción crezca si no es porque el ‘in crescendo' de Axenrot hace que merezca la pena ese orgamo final en el que la banda parece abandonarse.

Como tampoco me convenció “Will O The Wisp” en la que si algo funciona es el tono evocador de Mikael y su letra sobre el paso de la vida y el, a veces fútil, rastro que dejamos tras nosotros. No me convenció porque me parecía una mezcla de “Harvest” y “Trains” de Porcupine Tree con el incómodo arreglo de Joakim Svalberg que me recordaba por completo a Jethro Tull pero, escuchada un millar de veces, uno termina encontrándole el gusto a esos cinco minutos de otoñal melodía y si algo disfruto es el increíble gusto de Åkesson con la guitarra y ese tono suyo ya tan característico pero no, no es de lo mejor de “Sorceress” y quizá sea la más autocomplaciente del conjunto. Como agradecemos el cambio con “Chrysalis” y ese tono tan propio de los Deep Purple en los que parecía que Jon Lord (magnífico Joakim, realmente magnífico...) y Ritchie Blackmore eran capaces de prender fuego a sus instrumentos, el claro ejemplo de la banda en la que se han terminado convirtiendo Opeth, por lo menos, de momento en esta última encarnación…

Pero si en “Chrysalis” cito a Lord y Blackmore, en “Sorceress 2” (que no es más que un interludio musical para diferenciar ambas caras del álbum/ vinilo) será a los Genesis de Peter Gabriel (por los que siento debilidad) y ese toque de pastoral en el que Åkerfeldt incluso se permite el capricho de imitar el tono aflautado del Gabriel más jovencito en “Foxtrot” y entre la guitarra acústica y, de nuevo, Joakim logran sonar como la banda inglesa e incluso como los Zeppelin del tercer álbum aunque sea por unos segundos. Que las primeras notas de la acústica en “The Seventh Sojourn” suenen a “Pink Moon” de Nick Drake tampoco es una casualidad pero sí una sorpresa cuando nos encontramos con la canción más arriesgada de todo “Sorceress” con Axenrot arrancándose con una percusión completamente alejada de lo que es una banda de rock o progresivo para seducirnos con todo su encanto oriental, algo que ayudarán las guitarras con sus arabescos y el toque místico de la pieza que, otra vez más, nos llevará en los últimos diez minutos a la influencia marroquí de Plant en “No Quarter” o aquel que firmó a medias con Page en 1998.

Mi favorita de todo “Sorceress” después de la sorpresa inicial de los dos primeros minutos de “The Seventh Sojourn” (que, por desgracia, se torna demasiado repetitiva y descubrimos que no nos lleva a ningún sitio excepto al siguiente corte) es “Strange Brew” en la que sí aprecio un paso de gigante, en la que sí arriesgan mucho más en sus casi nueve minutos, en la que la sección rítmica de Méndez, Axenrot (con Svalberg secundándoles al teclado) parece volverse completamente loca para llevarnos a la auténtica cota de “Sorceress” que es cuando Mikael eleva el tono, su garganta se rasga y su alarido se mezcla repleto de pasión con el desgarrado ‘bending’ de Åkesson (minuto 3:38) para, acto seguido, arrancarse con un fraseado completamente ‘bluesy’, nada más que por los últimos minutos de “Strange Brew” merece la pena la compra de este “Sorceress” y no, no estoy exagerando pero sí por supuesto obviando ese otro pasaje completamente innecesario de la canción que, como en “The Wilde Flowers”, se siente forzado y, también como en aquella, tras la última tormenta vuelven a calmarse incomprensiblemente, evitando que la canción acabe en plena euforia, mal…

Pena es que malgasten un cartucho con “A Fleeting Glance” y ese comienzo tan ‘oldie’ para que la canción continúe por los mismos derroteros; por todos es sabido que Mikael ama a los Beatles pero también que a “Your Mother Should Know” tampoco le hacía falta alguna un solo de Åkesson y, menos aún, regresar en el tiempo a la faceta más sosa de “Heritage”, como otra pena es la casi imperceptible introducción a Piano de Joakim (que, por fin, abandona el órgano y el mellotron) en “Era” sonando como Katatonia o ese final con “Persephone (Slight Return)” que tampoco añade demasiado ni a su primera parte ni al álbum excepto como coda.

“Sorceress” servirá para poner en bandeja de plata la cabeza de Åkerfeldt y compañía a ese sector más crítico que, seamos honestos, atacaran sin piedad a la banda independientemente de lo que ya hagan pero pone una piedra más en el camino de Opeth porque estoy convencido de que “Sorceress” es una transición a algún sitio y, aunque no sé si será en el siguiente álbum o dentro de unos años, ya quisieran muchas otras bandas más reconocidas una transición con el talento de Mikael Åkerfeldt que sigue buscando la alquimia entre los discos de los sesenta y setenta que más ama y la banda que una vez grabó grandes títulos de death y eso, amigos míos, a poco que uno tenga apertura de miras y disfrute de su genio, nunca puede ser malo…


© 2016 Jim Tonic



Crítica: Goblin Cock “Necronomidonkeykongimicon”

Nunca creí alegrarme tanto del regreso de un artista como he sentido con el de Rob Crow Jr. o, como prefiramos; Lord Phallus. Y no sólo por sus trabajos en solitario, sus colaboraciones o Pin Back sino por el nuevo álbum de Goblin Cock, este disco que nos ocupa, dándolos ya por muertos tras su debut, “Bagged and Boarded” (2005), y el posterior “Come With Me If You Want to Live!” de 2009 (y su simpática referencia en el título a “Terminator”) que frente a la fabulosa carrera de Pinback los dejaba en poco menos que una anécdota o un pasatiempo de Crow; craso error. Pero es que no era extraño llegar a su nombre en una charla y, rodeado de cervezas, recomendar “Bagged and Boarded” y encontrarme con que nadie lo recordaba, conocía, creía haberlo soñado o, mucho peor, dudaba de su existencia cuestionándome a mí también. Goblin Cock (nótese la ironía del pseudónimo de su protagonista) o lo poco que se toma en serio él mismo a través del nombre y el título de este proyecto, han grabado uno de los discos más entretenidos de este año; una mezcla de stoner con rock repleto de sorpresas e inolvidables melodías, además de un regusto magnífico a décadas anteriores que hará las delicias de los amantes del género que, además y como Crow, no se tomen demasiado en serio a sí mismos tampoco y no le concedan demasiada importancia a un simple nombre que, muchas veces, tan sólo es el vehículo de unas canciones que ya son suficiente aval. En ese sentido, admiro a Crow y su capacidad para reírse de todo, disfrazarse de ‘ghoul’, calzarse una BC Rich Warlock a modo de atrezzo y confundir a todos aquellos que sí se toman en serio la indumentaria o la forma de una guitarra y es parte indivisible de su producto, cuando no lo único que sustenta su pobre propuesta musical.

Pero la verdad es que “Necronomidonkeykongimicon” aunque en algunas canciones nos remita sin contemplaciones al stoner, muchos afirmen que es doom y otros, más inexplicable, afirmen que se trata de drone, supongo que confundiendo la simpática indumentaria de Crow con la de Sunn O))), aunque en algunos momentos el tono de la voz nos recuerde a Sabbath y haya elementos stoner, lo que Goblin Cock practican es únicamente rock n’ roll con la saturación a tope y sí algún momento más pesado que no quiere decir que les emparente directamente con Bobby Liebling y sus Pentagram o los Saint Vitus de Scott Weinrich, nada de eso. Otra cosa muy diferente es la tipografía, la ilustración de la portada; la temática y sus colores. ¿Un duende, un brujo, un ente armado con la guitarra del metal extremo por antonomasia y un libro del que parece estar extrayendo el conocimiento más oscuro de este mundo o lanzando conjuros al viento? ¿Un árbol retorcido, extraído de “Sleepy Hollow”, murciélagos, un centro comercial y un StarBucks (convenientemente transformado en un Coffee World) ardiendo en llamas? A primera vista sería un álbum de metal muy serio para fans todavía aún más serios pero basta echar un vistazo a todos estos detalles y la descomposición de su título “Necronomi-donkeykong-imicon” para darse cuenta de que las normas con las que se rige el mundo de Goblin Cock funcionan al revés (algo parecido a lo que ocurre con Ghoul, cuando tienes que cambiar tu forma de pensar al escuchar uno de sus discos, aunque estos lo lleven al extremo y su universo, en el que te tienes que zambullir de lleno si quieres disfrutar de sus álbumes, tenga más que ver con la propuesta estética de unos Gwar que lo que Crow hace en Goblin Cock).

Y supongo que, aunque no tenga la misma intención y Crow no pretenda y no pueda llevar las cosas tan lejos, viendo el éxito de Ghost haya pensando; ¿por qué no, si eso también lo sé hacer yo a mi estilo? “Something Haunted” quizá sea aquella que funcione mejor si estuviésemos hablando en términos comerciales de un álbum que nunca jamás abanadonará el ‘underground’ más absoluto y bajo su pantanoso riff se esconda uno de los estribillo más disfrutables de todo “Necronomidonkeykongimicon”, con esas estrofas sonando por Ozzy, mientras en “Montrossor” cambia radicalmente de estilo y abandonamos ese toque tan propio de décadas pretéritas con el que estábamos disfrutando antes de una nueva vuelta de tuerca en ese estribillo y es que son la marca de la casa en unas canciones en las que nos rompen por completo tras unas estrofas que poco o nada tienen que ver con ellos. “Stewpot's Package” es más pesada y me gusta especialmente el sonido grueso de sus guitarras, repletas de fuzz, pero parece servir únicamente de introducción a su hermana mayor; la instrumental “Youth Pastoral” con la que enlaza magníficamente y, a pesar de su duración, nos hace llegar al clímax que la densisima atmósfera de la anterior evitaba pero sí nos preparaba.

“Flumed” es un medio tiempo juguetón que abandonaremos en pos de una virulencia más marcada en “Bothered” o la rítmica “Your Watch” en la que las voces hace tiempo ya que han abandonado ese influjo más sabbathiano para entrar de lleno en el underground norteamericano con “The Undeer” en la que, sin embargo, ese “lah, lah, lah, lah” es puro Osbourne o incluso recordarnos en las notas más altas, por increíble que pueda resultar (no si tenemos en cuenta los otros proyectos de Crow), a Ben Bridwell en “Struth”. De nuevo otra instrumental, “The Dorse”, en la que se mueven como pez en el agua y nos rompen por completo con “World Is Moving” que, a pesar añadir algo de distorsión, arruina por completo el tono del álbum. Sin embargo, pese a ello, es una buena canción que tiene la desgracia de compartir espacio con la desacompasada “Island, Island” o ese mar de reverberación que es “Buck” con la que se despiden.

“Necronomidonkeykongimicon” es fácilmente el mejor álbum de la carrera de Goblin Cock, lo que tampoco es decir demasiado en una discografía tan breve y teniendo siempre en cuenta que quizá para Crow tan sólo sea un divertimento pero lo que sí que es cierto es que, con toda su crítica al metal, es un disco en el que hay suficientes melodías y grandes momentos como para volver a él en más de una ocasión, algo que no podemos decir de otras propuestas más serias que venden millones y protagonizan carteles en festivales. Si eres capaz de vencer tus prejuicios, seguramente encuentres que alguna de las canciones de “Necronomidonkeykongimicon” se han instalado en tu memoria y esas bandas matarían por alguno de sus pasajes…

© 2016 Mick Brisgau

Crítica: Alter Bridge "The Last Hero"

Decir que Alter Bridge han regresado no es del todo verdad porque lo cierto es que no han parado en los últimos años y, bien como banda o por separado, no es extraño encontrarse con ellos en los carteles de los mayores festivales europeos; Tremonti presentando “Cauterize” (2012) y “Dust” (2014) y Myles Kennedy echando una mano a Slash antes de la reunión, parece que definitiva, de Guns N’ Roses pero si algo esperaba con ganas era la continuación de “Fortress” (2013) no porque este me pareciese una obra capital del rock (seamos serios; no) sino porque siendo un buen álbum, quizá el mejor de su carrera después de un “ABIII” (2010) que me decepcionó comparándolo con “Blackbird” (2007), con él entendía que alcanzaban la madurez pero, viendo su potencial, todavía quedaba lejos lo que podría ser su obra cumbre y creía que este “The Last Hero” podría serlo. Por tanto, se podría decir que su nuevo álbum, este que nos ocupa, no ha terminado de satisfacerme por varios motivos; no hay bajada de nivel, es verdad, Tremonti y Kennedy parecen haberlo ideado como una continuación de “Fortress” subrayando todo lo que hizo grande a aquel pero elevándolo a la enésima potencia, las guitarras están más brillantes que nunca (la de Tremonti suena realmente potente y robusta gracias al uso de las siete cuerdas y diferentes afinaciones incluso dentro de la misma canción) y hay grandes momentos entre ambos mástiles, la voz de Myles Kennedy está alta y él está pletórico pero no, sigo creyendo que lo mejor de Alter Bridge está todavía por llegar. Entonces, ¿qué es lo que no me ha terminado de convencer? Pues que siendo un buen álbum (quizá el más potente de Alter Bridge) y reuniendo suficientes méritos, creo que las canciones no están a la altura del anterior.

En el caso de “Show Me A Leader” (lejos de cualquier interpretación política de cara a las elecciones que tan buenos titulares están dando en el mundo de la música; “Well they're selling another messiah here tonight but we're all way too numb and divided to buy it”), siendo una canción que resulta, da toda la sensación de que la aventura de Myles con Slash le ha afectado compositivamente y en la interpretación (como así ha admitido él mismo en sus últimas entrevistas) y, a pesar de ese comienzo tan épico (más propio de Muse que de Alter Bridge) que Tremonti rompe con uno de los riffs más gruesos de todo el álbum, la canción parece una clara continuación de “World On Fire” de Slash, Myles Kennedy & The Conspirators y mucha culpa de ello la tiene el propio Myles con su interpretación pero también “Elvis”…

Y no se trata de una exageración sin fundamento cuando prestamos atención a los créditos del disco y vemos que Michael "Elvis" Baskette ha producido tanto “World On Fire” como “The Last Hero” pero mientras que The Conspirators son una banda cuyo sonido es puramente hard, Alter Bridge son más musculosos y las guitarras de Tremonti tienen querencia por el metal como sentimos cuando escuchamos el comienzo de “The Writing On the Wall” en la que, por lo menos, el estribillo es puro Alter Bridge pero con más contundencia. Muchos podrían refutar mi teoría alegando que “Fortress” también estaba producido por Baskette pero en él, Alter Bridge, guardaban varios ases bajo la manga y es que en “The Last Hero” no hay ni rastro de canciones que puedan romper las listas como “Addicted To Pain”, “Cry Of Achilles”, “Calm The Fire” o “The Uninvited” y quizá el único single claro es “Show Me A Leader”.

Por otro lado, Tremonti domina por completo el disco (trayendo consigo lo mejor pero también lo peor de sus inconsistentes trabajos en solitario en los cuales hay grandes canciones pero otras directamente prescindibles), “The Other Side” suena tan pesada que no parece de la banda hasta que no llega el estribillo y se doblan las voces (otro punto a analizar es el excesivo e innecesario tratamiento en la de Kennedy que posee fuerza y matices de sobra como para procesarla tanto con ese insufrible ‘reverb’ en las notas más altas). Los primeros segundos de “My Champion” parecen un claro homenaje a AC/DC pero pronto vuelven por lo derroteros que nos tienen acostumbrados y podría ser una de las más emocionales de todo “The Last Hero” (junto a “Cradle To the Grave”) por el trasfondo de su historia, en la que Myles relata cómo sus padres le animaban y motivaban desde bien pequeño a trabajar duro y así superar cualquier adversidad (algo que parece evidente que Myles ha logrado) y es que los discursos alentadores de la mano de héroes de andar por casa son el tema principal en “The Last Hero” como ocurre en “Poison In Your Veins” y el desarrollo de la confianza en uno mismo en la que vuelven a poner la directa mientras en “Cradle To the Grave” recuperan todo el dramatismo y la épica rompiendo por completo el tono de un álbum que necesitaba de alguna inflexión para que no sonase tan homogéneo.

“Losing Patience” es una buena canción, desde luego que sí, y me recuerda al material de su primer álbum, el olvidado “One Day Remains”, además el trabajo de Tremonti, como ocurrirá en todo “The Last Hero”, está a la altura. A “This Side of Fate”, sin embargo, la siento sobreproducida; esos arreglos no funcionan y es algo más que evidente cuando la banda se queda en formato más básico y escuchamos a Scott Philips acompañar a Myles y Mark con acústicas para, a los pocos segundos, ser testigos de cómo despega, por no mencionar el estupendo cambio de tercio gracias al adictivo riff de Tremonti.

En un álbum dedicado a los héroes, pero a esos que se levantan para ir a trabajar y dan su vida por el resto sin necesidad de enfundarse en mallas o llevar capa, no podía faltar una canción como “You Will Be Remembered” en la que, a pesar de lo fácil de su propuesta y de recursos, de nuevo las dobles voces logran también llevarla muy alto en el estribillo y nos encontramos a esos Alter Bridge que no tienen miedo a jugar con diferentes estados de ánimo y crear grandes momentos. “Crows on a Wire” posee otro brutísimo riff de Tremonti, además de un excelente trabajo de Philips y Marshall (a pesar de que vuelvan esos innecesarios arreglos en el estudio) pero, por el contrario, “Twilight” es rock alternativo de FM pura y dura; demasiado genérica y no dudo de que a algún fan acérrimo de Alter Bridge le toque la fibra pero, honestamente, podría ser una canción de Tremonti en solitario e incluso de Creed. “Island of Fools” nos dejará con ganas de más porque, a pesar de que Tremonti suena tan salvaje como un elefante en una cacharrería, no terminan de resolverla y “The Last Hero” debería estar situada mucho antes y no para cerrar ya que esta sí que posee la suficiente épica y buenas maneras como para haberla honrado muchas posiciones antes aunque, bien pensado, es un cierre mucho más digno que, por ejemplo, “Twilight” y a la altura de un álbum que parece la prueba de fuego de Alter Bridge por llegar a otras audiencias.

Un buen disco con un puñado de canciones que son un espectáculo pero con muchas otras que, aunque efectistas y por muchas más escuchas que les demos, no se quedan, no perduran en la memoria o no cuajan, resumiendo; no son inolvidables. Un dignísimo sucesor de “Fortress” que demuestra que Myles y Mark (también Philips y Marshall) están en una forma envidiable pero que en aquel no sólo les acompañaban las ganas y la fuerza sino también las musas. No decepcionará a sus seguidores, cumple con lo prometido y mantiene a la banda a un gran nivel pero, entre disco y disco, gira y gira, quizá deberían sentarse a componer y cribar y no malgastar su talento en discos en solitario o poniéndolo al servicio de otros…

© 2016 Conde Draco

Crítica: Ghost "Popestar"

Podemos racionalizarlo y juzgar por separado cada uno de los elementos que componen la propuesta de Ghost como si gracias a ello pudiésemos restarle un ápice de su valor y así evidenciar, sin necesidad alguna, la poca originalidad de sus máscaras venecianas, de su puesta en escena o de la impactante y ya icónica figura de Papa Emeritus que es capaz de aparecer en camisetas, tangas, vasos, mantas, pegatinas y hasta consoladores pero la única verdad es que, a pesar de su juventud, Ghost funcionan por la sencilla razón de que componen grandes melodías, canciones pegadizas que aunan lo mejor del rock, el pop, el shock rock, el hard e incluso metal a veces y entiendo que duela a ese sector más auténtico de chavales de veinte años que, sin duda, vivieron los mejores setenta (ríamos juntos) o a esos treintañeros que seguramente vean como algo más serio los últimos pasos, verbigracia, de los alemanes Rammstein y sus últimos y magníficos diez años (ríamos de nuevo pero esta vez con el colmillo goteando). Pero es imposible negar que Ghost han sabido crear una marca que impacta a niños y adolescentes como adultos que coleccionan compulsivamente todo el material de la banda y entran a formar parte de este juego en el que da igual si Emeritus es Tobias o si los Ghouls no son realmente almas torturadas venidas del purgatorio para tocar sus instrumentos porque eso tampoco nos haría más felices para disfrutar del resultado final.

No hace falta irse muy lejos, aceptamos con tranquilidad que Alice Cooper no está tomado por el espíritu de ninguna bruja y que King Diamond no es la mismísima reencarnación del diablo como que Corey Taylor es un fan de Prince que disfruta jodiéndole los móviles a su público o Jonathan Davis hace mucho que dejó de trabajar en una morgue. ¿Por qué no olvidarse ya del clásico debate de quiénes son Ghost y si se visten de tal o cual manera una vez nos han atraído a su mundo y estamos disfrutando de sus canciones y directos? Otra cosa muy diferente sería si, tras el caramelo de su estética, sus discos no superasen la prueba. El pasado verano, tras su magnífica puesta en escena en el Hellfest en la cual lanzaron toneladas de billetes con la efigie de Emeritus III y repartieron condones con su logo, se me acercó un chaval de un medio español -todo un visionario, hay que aclarar- que me advirtió; “¿sabes que Emeritus III es el mismo que el del anterior disco, verdad? Me refiero a que no han cambiado de cantante” Tal revelación, sin duda, consiguió que me arrancase la camiseta y llorase amargamente arrodillado en el barro pero saqué fuerzas de flaqueza y disfruté de un gran concierto mientras él, desde su anonimato, disfrutaba de su superioridad ante una banda que estaba congregando a decenas de miles de aficionados frente al escenario principal… (nótese, por enésima vez, mi fina ironía)

En el caso que nos ocupa, Ghost anunciaron la publicación de un nuevo EP tras el éxito de “Meliora” (2015) y aquel “If You Have Ghost” (2013) que tan buenas críticas les trajo y es cierto que no mentían cuando aseguraban que era una continuación de su último álbum (aunque esta vez trabajen con Tom Dalgety pero repitan con el ilustrador Zbigniew M. Bielak) porque la única canción inédita que contiene, “Square Hammer”, no podría sonar más a aquel pero, como en todo lo que anuncian, hay cierto truco porque si bien es heredera de su último álbum, “Square Hammer” nos muestra a una banda aún más sólida y con una inclinación aún mayor hacia la melodía y ese toque 'retro' que tanto nos gusta de su música, sin que ello sea algo negativo como muchos parecen entender, y es que “Square Hammer” se pega como un chicle y hace que uno piense; ¿cómo es posible que tengan esta magia para seguir sacándose de la chistera, perdón; de la mitra, tantísimas buenas melodías?

Es más, el single irradia todo ese encanto de los setenta pero más aún de los ochenta, década en la que parecen haberse centrado en este “Popestar”, aunque a muchos se les haya escapado. Pero, claro, ¿cómo va a entender un chaval que vive para criticar a Ghost que el resto de las canciones que conforman el EP no son de su autoría si seguramente no conozca a Echo & The Bunnymen o a Eurithmycs más que por “Sweet Dreams (Are Made Of This)”? De la banda de Ian McCulloch (a los cuales tuve el placer de ver en directo hace muchísimos años; cosas que tiene el haber aprovechado la edad y ser tan abierto como para entender que la buena música no entiende de etiquetas) versionan “Nocturnal Me” de su “Ocean Rain” (1984) y la verdad es que conserva el toque épico de la original solo que la guitarra de 🜂 suena mucho más alta en la mezcla y, de esa manera, Ghost mantienen intactas sus señas de identidad como el órgano de 🜁, tan presente en “I Believe” del dúo inglés electrónico Simian Mobile Disco, una influencia con la que sí nos rompen por la mitad y nos sorprenden de verdad porque logran el acercamiento a un terreno más analógico y menos sintético. Pero tanto una como otra sirven para diseccionar a la banda más allá de las lógicas influencias con las que a los cuatro listillos de turno se les llenaba la boca cuando, por ejemplo, les acusaban de plagio a King Diamond en “Secular Haze”.

Me encanta Eurythmics, crecí con ellos, pero es verdad que Ghost consiguen un sabor más sombrío de este “Missionary Man” y la libran de las hombreras y la laca lo que le sienta maravillosamente bien pero, a cambio, suben tantísimo la guitarra que, por momentos, parece que estamos escuchando una versión de “Word Up” de los escoceses Gun. Por lo menos, lo arreglan atreviéndose a incluir la armónica y cerrar con la bonita “Bible” de Imperiet (referencia imposible y que, personalmente, me ha costado recordar de no ser por la prodigiosa memoria de nuestro amable webmaster que, por increíble que parezca, incluso posee un vinilo de la recóndita banda) que esta vez sí, supera a la original porque la llevan más allá; le sacan brillo y convierten su estribillo en una canción de estadio, dándole lo que no tenía y tanto necesitaba, la hacen respirar...

Entiendo este “Popestar” como un regalo, cinco canciones con las que nos agasajan en su mejor momento; con una impresionante “Square Hammer”, dos interpretaciones correctas de “Nocturnal Me” y “Missionary Man”, y dos joyitas como la magnífica “I Believe” (quizá la más lograda y trabajada, sencillamente mágica) y el final, por todo lo alto, con la más que apropiada “Bible” que encaja perfectamente en Ghost, además agradezco que sea de verdad una golosina y no un saqueo sin piedad a nuestros bolsillos con innecesarias tomas en directo o descartes de “Meliora”. Entre tanto maquillaje y máscara veo “Popestar” como un innecesario acto de honestidad sobre las bandas que tanto les gusta lejos de lo más obvio y que, además de atraer a los más fanáticos de la banda, descubrirá a muchos otros que la música es demasiado grande y está repleta de suculentos manjares como para encasillarse en un solo subgénero. Ghost siguen en tan buen estado que parece mentira el camino que han recorrido con tan sólo tres discos y dos EPs…
© 2016 Albert Gràcia

Crítica: Wilco "Schmilco"

A pesar del tópico, si algo me han enseñado los discos de Wilco es que hay que darles tiempo; que los más opacos (como “Star Wars”, 2015) ganan según los vas escuchando y desentrañas sus misterios y los más inmediatos y bellos esconden aún más sorpresas que las que nos muestran a primera escucha si uno consigue hacerlos suyos. Muchos no querrán admitirlo pero “Yankee Hotel Foxtrot” (2002), que ahora es reverenciado como un álbum esencial en la historia de la música, a los pocos meses de su publicación era poco menos que el patito feo de una discografía sin mácula, según los más puristas que seguían defendiendo a capa y espada a Jay Farrar y sus Son Volt tras la excisión de Uncle Tupelo, que cuando la gente digirió el ruidismo de aquel y la desconstrucción de una banda de querencia tradicional se encontraron con “A Ghost Is Born” (2004) al que quisieron tardar menos tiempo en reconocer como la obra maestra que es por aquello de no hacer el ridículo dos veces seguidas pero se equivocaron otra vez más con el bellísimo “Sky Blue Sky” (2007) que fue unánimemente tachado de “aburrido”, “simple”, “plano” o “la decadencia de Jeff Tweedy” para ahora sus canciones ser las que arrancan más suspiros en sus conciertos y todos aquellos críticos que, sin duda sabían más que tú y que nosotros, ahora defienden a ultranza, escondiendo bajo la alfombra la sarta de estupideces que escribieron sobre aquel disco. Recuerdo con sorna que en la gira de “Sky Blue Sky” pude pasar al bus de la banda, amablemente me firmaron mi doble vinilo y a la salida, un periodista acreditado me miró con condescendencia y espetó; “enhorabuena, te han firmado su último álbum, les podría haber traído el ‘A.M.’ (1995)”

Tampoco les culpo, a Tweedy le gustan los retos y le importa aún menos la opinión de aquellos que se creen con el derecho de dirigir su carrera porque si por ellos fuese no habría existido la banda de Chicago tras “Summerteeth” (1999), mucho peor, “Being There” (1996) o, como muchos aseguran; con la salida de Jay Bennett al que muchos culpan de la bendita situación actual, ignorando por completo a un genio llamado Nels Cline. Pero la verdad es que desde “Sky Blue Sky” la propuesta de Tweedy y los suyos se ha vuelto más y más hermética; “Wilco” (200) estaba a la altura pero ya comenzaban a dar señales de que, como debe ser y ya ocurrió con el anterior, no iban a ceder ni un ápice a lo que su público y crítica esperaba de ellos. “The Whole Love” (2011) fue otro acierto que muchos tildaron de excesivo y tras un lúdico “Mermaid Avenue Vol. III” (2012), recopilatorios; “Alpha Mike Foxtrot: Rare Tracks 1994–2014” y “What's Your 20? Essential Tracks 1994–2014”, se sacaban de la chistera un “Star Wars” (2015) tan inesperado que hasta a mí me pilló por sorpresa y me costó digerir aún más que de costumbre, encontrándole el punto definitivo a esas canciones en su directo.

La única forma de describir “Schmilco” es pensar en él como un delicioso caramelo de extraño sabor o aquel cuya forma y color no se corresponde con su sabor; desde su bonita portada (obra de Joan Cornellà) a sus doce canciones. Pero es de justicia reconocer que en él nos encontramos a “los últimos Wilco”, los de “Star Wars”, aquellos que disfrutan elaborando canciones de tres minutos en las que ninguna destaca sobre otra, en las que cada una forma un todo y la ausencia de singles es más que evidente cuando tenemos que escucharlos una y otra vez para encontrar un estribillo o desenmarañar la guitarra de Nels Cline, más ocupada de crear texturas y ambientes que de sobresalir por encima de los otros instrumentos, cómoda en el colchón de acústicas de Tweedy y Sansone, bajo la batería o el shaker de Kotche y el piano de Jorgensen. En cambio, hay una diferencia entre el monocorde muro de sonido de “Star Wars” y el orgánico de “Schmilco” en el que priman esas guitarras, a veces susurrantes, y en el que apenas hay lugar para el cambio de ritmo, el contraste o el punto de ruptura entre el azúcar y la amargura con la que siempre le gusta descolocarnos a Tweedy y a este colectivo de músicos en el que se ha convertido Wilco.

“Normal American Kids” nos descolocará, agazapados tras la trinchera de “Star Wars”, esperando más distorsión, para encontrarnos con una balada que parece una introducción y podría haber formado parte de cualquiera de los discos anteriores mientras Cline maltrata el trémolo de su guitarra con moderación hasta el ‘andante’ melancólico de “If I Ever Was a Child” cuyo ritmo es tan contagioso como deliciosa su letra; tan dulzona e inocente, tan sencilla y adictiva, tan fácil de escuchar pero a la vez tan reconfortante.

Ni rastro de experimentación, lo que agradará a algunos e indignará a otros; la cabalgante “Cry All Day” es una de las joyas de un disco al que hay que prestar más atención que de costumbre si uno no quiere pasar por alto “Common Sense” o “Nope” y aciertos más que asegurados como “Someone to Lose” en los que, sin embargo, faltan puntos álgidos mientras ignoramos que lo importante no es un estribillo sino el camino. “Happiness” es la segunda parte de “More…” o aquella pero siendo una estrofa de tres minutos mientras que “Quarters” suena tan desnuda que es ideal para escucharla con cascos y olvidarse del mundo mientras la percusión parece un añadido, Tweedy canta congestionado y la deconstrucción de la composición tarda en llegar y, por desgracia, mata el interés. “Locator” fue el adelanto y prometía un disco mucho más directo de lo que ha terminado siendo “Schmilco”, quizá la más accesible del conjunto, sobre todo si la comparamos con la ‘lennoniana’ “Shrug and Destroy”. “We Aren't the World (Safety Girl)” nos trae algo de luz antes de acabar el álbum con la única de las composiciones en las que Wilco parecen intentar algo diferente, “Just Say Goodbye”.

Superior a “Star Wars” en conjunto debido a su sonido; más acústico y menos ruidoso, más pulido y menos disonante pero también más lineal, además demuestran su buena salud como compositores pero está claro que Wilco están en un proceso de transición que puede llevarles a otros mundos (y a nosotros con ellos) o afincarles en esa ya gozosa posición en la que pueden permitirse cualquier desbarre que ya, como antaño, ningún crítico se atreverá a criticar ante el temor de volverse a equivocar. Segundo disco de la banda en el que creo que las canciones respirarán mucho mejor en directo y nos convencerán del todo.


© 2016 Conde Draco

Crítica: Pain “Coming Home"

¿Cuándo un artista comienza a faltarse el respeto a sí mismo? Algunos responderán que cuando se vende (algo tan abstracto como difícil de explicar porque cada uno tenemos nuestro propio precio y siempre creemos que el de los demás es más barato). Pero, en todo este mundo de percepciones y ‘buenrollismo’ en el cual se nos asegura que todos tenemos algo que decir (falso) y que cualquier opinión es válida y respetable (aún más falso) hay una única verdad absoluta y es que un artista (me da igual la disciplina) comienza a faltarse a sí mismo cuando, ciscándose en su pasado (perdón por la expresión), nos ofrece material de segunda. No dudo que Peter Tägtgren sea para muchos una auténtica leyenda (que lo es) y que escuchen este “Coming Home” de Pain y crean estar ante un buen disco (que no lo es) pero basta echar un sencillo vistazo atrás para darse cuenta de que semejante engendro palidece cuando lo comparamos con cualquier otro álbum en la carrera del sueco y no hace falta irse muy atrás para sacarle los colores a cualquiera que tenga el atrevimiento de defender este absurdo álbum de arreglos de plástico, sintético hasta la exageración, con envoltorio prefabricado y de canciones mediocres y fácilmente olvidables.

“A Taste of Extreme Divinity” (2009) o “Virus” (2005) de Hypocrisy son grandes discos, incluso el último “End Of Disclosure” (2013) parece la octava maravilla si lo comparamos a este “Coming Home”, por no hablar, claro de “The Arrival” (2004) o, yéndonos más lejos, a obras como “Into The Abyss” (2000), “Hypocrisy” (1999), “The Final Chapter” (1997) o “Abducted” (1996). ¿Qué le ha pasado a Tägtgren? Muchos asegurarán que Pain no es Hypocrisy por lo que la comparación es absurda y es cierto, pero es que “Cynic Paradise” (2008) o cualquiera de los anteriores; “Psalms Of Extinction” (2007), “Dancing With The Dead” (2005) o “Nothing Remains” (2002) son infinitamente superiores y, de no ser por el reciente “End Of Disclosure”, llegaría a pensar que algo grave le ha ocurrido al talento de Tägtgren porque “You Only Live Twice” (2011) también fue igual de mediocre que ese proyecto con Till Lindemann (Rammstein), llamado muy originalmente Lindemann, y que publicó un disco tan flojo, ridículo y falto de inspiración como “Skills In Pills” (2015) que ni siquiera sus fans más incondicionales han podido defenderlo más allá de los primeros días del lanzamiento y su lógico ‘hype’.

Pues bien, un año más tarde, nos encontramos con que Pain, el proyecto industrial de Tägtgren, ha absorbido lo peor de aquel “Skills In Pills” con toda su caricatura, su poca profundidad y escaso gusto y nos trae a un Tägtgren indigno de su talento como compositor, multiinstrumentista, productor y arreglista. ¿Dónde ha quedado su genio tras los mandos para que “Coming Home” suene tan artificial? ¿Dónde está su pluma para que las composiciones sean tan malas? ¿A qué público está dirigido este álbum para que crea que con tan poco nos va a convencer? ¿Qué clase de gente es la que le sigue actualmente para hacerle creer que con esto basta? Que el promotor de turno nos lo venda como un ‘discazo’ es admisible porque está en su papel de mercachifle que debe llenar una salita y, claro, no nos va a decir: “contratamos la gira de Tägtgren antes de que publicase el disco y sabemos que no va a llenar porque es una castaña pero, por favor, venid porque es Tägtgren, es Hypocrisy, es amiguete de Lindemann y yo tengo una estradas chulas, chulas a color que os van a encantar…” pero, honestamente, “Coming Home” es quizá lo peor que ha firmado Tägtgren en toda su carrera; el disco más anodino de Pain, por supuesto nada que ver con Hypocrisy (aunque aquello sea death melódico y esto sea industrial para críos) o cualquier colaboración que haya hecho en el pasado con Bloodbath, Dominion Caligula, War, cualquiera... “Coming Home” es el hermano pequeño y feo de “Skills In Pills”, es más; estoy seguro de que muchas de sus canciones son descartes de aquel que, con un poquito de maquillaje (del barato) y un vestido corto, ha arreglado para salir de fiesta y arrasar entre aquellos que compran todo lo que firma el sueco, los fans despistados de Hypocrisy y Pain (que todavía los hay), aquellos que le descubrieron con Lindemann y esos otros que se apuntan a un bombardeo y disfrutan del garrafón musical.

Que la mejor sea “Designed to Piss You Off” nos deja claro que estamos ante un gran disco (no es el caso) o uno en el que nuestro protagonista agota las mejores balas a las primeras de cambio. De “Designed to Piss You Off” me gusta su guitarra, su slide, su sintetizador y el traqueteante ritmo, el puente es malo y el estribillo es el más pegadizo de todo “Skills In Pills”, perdón; “Coming Home” . “Call Me”, con la ayuda del simpático Joakim Brodén de Sabaton, es un horror que ni siquiera salva el pobre Joakim al que resulta rarísimo escucharle cantar dramones emocionales, historias de amor y romances a la luz de la luna. Joakim encaja bien en cualquier banda de power e incluso death melódico y funcionaría en casi cualquier colaboración porque tiene carisma y le pone ganas pero no en Pain y un tema como “Call Me” en el cual el vídeo, con ambos convertidos en “spitting image”, añade aún más confusión; ¿una banda de metal, industrial, pop? ¿Qué pinta Joakim cantando esto, por qué su muñeco es tan feo, una canción de amor, es un vídeo que parodia algo, es una broma de mal gusto?

“A Wannabe” es puro synth-metal del malo, ¿es pegadiza? Sí, bueno… pero esos teclados, esos arreglos tan sintéticos son muy repelentes, tanto que cuando Tägtgren decide copiarle el riff a Richard Kruspe en “Pain in the Ass” llegaremos a creer que es mejor de lo que termina resultando cuando escuchamos ese estribillo, ¿una canción con la guitarra de Rammstein y los coros de Marilyn Manson sobre la venganza traducida como el dolor en el culo de tu enemigo o, mucho peor, tu ex-pareja? Perdmitidme que no me vea en un concierto levantándo las manos en extasis cantando una y otra vez; “¡Seré tu dolor, tu dolor en el culo!” Creo no tener ni la edad ni la discapacidad suficiente para ello y me gustaría que un artista de la talla de Tägtgren no menospreciase mi inteligencia o mi criterio para discernir entre lo que es una buena canción y lo que es una absurdez por mucho que me lo vendan otros medios. Caso aparte es el horrible trabajo digital de Photoshop al que Tägtgren se ha confiado desde “Skills In Pills” en el que no sólo le vemos vestido absurdamente de astronauta o pirata sino también siendo víctima de un tacto rectal por parte de dos siniestras enfermeras; un trabajo también muy pobre en el cual no existen filtros, luces, sombras, texturas, proporciones y todo está horriblemente editado.

“Black Knight Satellite” parece una canción discotequera techno rusa de mediados de los noventa (sé de lo que hablo) y me sorprende mucho que haya críos que digan que es una obra maestra, que es cuasi orgásmica y toda una inspiración o aseguren que es lo mejor que han escuchado en su vida y por lo que llevan esperando años, ¿de verdad? Otro de los puntos más bajos del disco son las letras; “Black Knight Satellite. What are you searching for? The silent ghost in the sky. Black Knight Satellite. Black Knight Satellite. Black Knight Satellite. What are you looking for?” un single, como vemos, repleto de originalidad; con pocos recursos y tanta repetición que asusta.

“Coming Home”, la canción, es un auténtico bajón que tira de una épica impostada y poco lograda además de marcar el final de un disco en el que ni “Absinthe-Phoenix Rising” (y ese momento tan poco creíble de Bowie de segunda con Tägtgren tras la acústica), el autoplagio en “Final Crusade” y a cualquier banda de los noventa (incluída el Manson de un álbum como “Antichrist Superstar”, 1996) o el momento más aberrante de todo el álbum con “Natural Born Idiot” (cuyo eje principal, según el propio autor, son esos adolescentes que hablan de todo y parecen sentar cátedra en la barra de un bar) que se aproxima peligrosamente en sonido a Muse y la sinfónicamente enlatada “Starseed” con Peter, más profundo que nunca, meditando sobre el significado de la muerte, el cuerpo y el alma serán incapaces de borrar esa sonrisa congelada con la que abandonamos un álbum en el que sentimos que el artista se ha descojonado de nosotros en las diez canciones que lo componen. Sinceramente no sé qué hacer con este disco porque ya teníamos un bonito posavasos con aquel “Skills In Pills” pero lo que verdaderamente plantea “Coming Home” es si hemos perdido definitivamente a Peter Tägtgren y si Hypocrisy ha llegado a convertirse en un proyecto más al que acude de vez en cuando (en vez de su verdadera carrera) en pos de medianías como la que nos ocupa y que de seguro le reportarán más beneficios que un clásico disco de death metal melódico. "Coming Home" es ideal para el fan sin criterio de Pain (¿existen? quiero creer que no...), prescindible y de obligado olvido y ahorro para el resto. 
© 2016 Donnie Darko