"Hydrograd" de STONE SOUR no es lo que parecía

Le guste o no a Corey Taylor, STONE SOUR siempre será el proyecto paralelo del cantante de SLIPKNOT...

ROGER WATERS ha vuelto, nunca se fue...

Su mejor álbum desde "Amused To Death", atrevido pero también nostálgico...

El regreso de KARL WILLETS con MEMORIAM

Un álbum de death sin alardes técnicos pero que trae a nuestra memoria el legado de Bolt Thrower...

"Emperor Of Sand" de MASTODON

El cáncer, el paso del tiempo y la redención en la nueva obra maestra de los de Atlanta.

PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

John Haughm vuelve a la carga con uno de los mejores discos del año, "Obsidian Arc"

KREATOR, el olor del buen thrash alemán por la mañana...

Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

TRENT REZNOR y ATTICUS ROSS mantienen las expectativas

Publicando un EP de NINE INCH NAILS bastante tibio pero que ameniza la espera del nuevo álbum...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

ESPECIAL NICK CAVE

Un repaso a la discografía principal de NICK CAVE; un viaje turbulento a través del blues, los asesinos en serie, la biblia y los esqueletos de los árboles...

THE DILLINGER ESCAPE PLAN se despiden a lo grande

Anuncian su separación pero firman "Dissociation", quizá su mejor disco hasta la fecha...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

¡Nos largamos de nuevo al HELLFEST!

Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

Jesse Leach se abre en "Incarnate" de KILLSWITCH ENGAGE

Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

Los holandeses vuelven con un álbum bajo el brazo para el que deberemos esperar a su segunda parte para saber si han acertado en el blanco...

IGGY y HOMME; la extraña pareja...

"Post Pop Depression" ha sido una de las grandes sorpresas de este año y el mejor desde "American Caesar"

ABBATH es el auténtico rey de Blashyrkh

El noruego demuestra que hay vida después de Immortal y se lo pone difícil a Demonaz con un álbum repleto de fuerza y frío invernal...

El púrpura de BARONESS es la mezcla perfecta del rojo y el negro...

John Baizley ha conseguido con "Purple", su cuarto álbum, mezclar lo mejor de "Red" y "Blue", regalándonos uno de los grandes discos del año.

Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

BILLY GIBBONS aparca temporalmente a ZZ TOP y se estrena en solitario con un álbum lleno de ritmos afrocubanos, altibajos y, por desgracia, el dichoso autotune.

CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

Las alas de cera de DAVID GILMOUR

El guitarrista de PINK FLOYD vuelve con un disco nuevo bajo el brazo, "Rattle That Lock", exquisito pero falto de unión y con demasiados altibajos.

AHAB queman las barcas...

Los alemanes han grabado un auténtico monstruo con canciones de más de diez minutos capaces de mantener tu atención y tu alma en vilo…

La mecánica de fluidos de TAME IMPALA

Kevin Parker, en constante cambio, se disculpa por ello en sus canciones pero firma uno de los discos del año.

Y al séptimo disco, CRADLE OF FILTH resucitaron…

Nueva formación y las canciones más inspiradas que Dani Filth ha escrito en los últimos quince años...

THE DARKNESS se hacen mayores...

Pero consiguen grabar un buen disco, menos histriónico y serio que los anteriores pero igual de inspirado...

Sueñan los drones con guitarras eléctricas

Primer paso en falso de MUSE, con "Drones" nos encontramos ante un disco sin rumbo, coherencia ni buenas canciones.

BLUR contraataca con un regreso por todo lo alto

Doce años después, los ingleses publican "The Magic Whip" y consiguen el aplauso unánime de crítica y público con un disco diferente.

La catarsis de BJÖRK

La islandesa encuentra la liberación a través de la palabra en su mejor disco en años.

DYLAN por SINATRA, en estado de gracia.

El auténtico placer de cumplir años es no tener ni Dios ni amo; decidir a quién se le da la mano...

ROYAL BLOOD vuelven a España...

Y nosotros rescatamos nuestra crítica de su álbum para ir calentando motores.

Cuomo, un acidente en carretera y la meditación Vipassana...

Han logrado que WEEZER publique uno de sus mejores discos en años, "Everything Will Be Alright In The End".

¡Nos largamos al HELLFEST!

Otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo; le meilleur festival du monde!

PINK FLOYD se despiden...

David Gilmour y Nick Mason rinden homenaje a Richard Wright en "The Endless River", un disco bello y tranquilo.

Ocho ciudades, ocho canciones y ninguna que justifique un disco

Foo Fighters vuelven con un disco mediocre que hará las delicias de sus fans más recientes y menos exigentes.

Con máscaras y a lo loco...

Cuando uno piensa en SLIPKNOT, piensa en esa descarga de adrenalina, en ese caos en el que se convierten sus directos...

MORRISSEY en ESPAÑA: "Todo lo que necesitas soy yo"

Moz estuvo en nuestro país y recuperamos nuestra crónica de su paso por Madrid.

Cuarenta minutos de abstracción

Un disco fascinante, extraño, menor pero extrañamente bonito, diferente y excitante...

Bonamassa contra el mundo

Porque discos así no se escuchan todos los días y, por desgracia, no se graban tan a menudo como debiera...

El Quadrophenia de U2, según The Edge

Podemos seguir echando de menos el pasado más glorioso de U2 y dejar de disfrutar del presente; “You glorify the past when the future dries up” que decían ellos mismos...

BRIAN FALLON, tocado pero no hundido…

Tras diez años de matrimonio ha decidido exorcizar todos los demonios internos de su ruptura en el nuevo disco de su grupo, THE GASLIGHT ANTHEM.

THE NATIONAL en España y nosotros nos refugiamos en su último disco...

Como dice Chuck Palahniuk, "la mejor venganza de todas es la felicidad. No hay nada que vuelva más loca a la gente que ver a alguien teniendo una vida jodidamente maravillosa" y nosotros somos felices con la música de los de Cincinnati.

IN UTERO: un viaje sin retorno

Analizamos en profundidad la grabación del último gran disco de NIRVANA y quizá de los noventa...

MASTODON: La vuelta al sol en ochenta días

Si lo que Mastodon pretende es llevarnos a otra dimensión, el experimento se queda a medio gas y es que sólo en la segunda parte de su disco seremos testigos de ese viaje...

Tenemos carta de Neil Young...

El canadiense graba su último disco en una antigua cabina del 47, una de las experiencias más low-tech que ha tenido, un experimento interesante pero desigual...

¿Qué haríamos sin la música de STRUMMER?

Nuestro amigo Joe no ha dejado de acompañarnos y, muchos años después de que se haya ido, su voz sigue sonando con la misma fuerza. Repasamos sus discos en solitario…

PIXIES en Madrid; benditos los SMITHS...

Black Francis pasaba por nuestro país sin apenas dirigirse a su público y esbozando una sonrisa con trabajo.

¡Hemos visto a BLACK SABBATH en París!

Y te contaremos casi todo lo que Ozzy, Iommi y Butler han hecho en Bercy...

ARCADE FIRE van al Primavera, nosotros al HELLFEST

"Reflektor" es el nuevo disco de los canadienses y la crítica lo ha encumbrado a lo más alto en apenas unas horas.

PEARL JAM: Rayos y centellas

Un disco de Pearl Jam tiene sentido en pleno 2013 porque estamos hablando de ROCK con mayúsculas, de una banda auténtica que sigue estando muy viva...

¡AMÉN, hermanos, WATAIN han vuelto!

Estamos ante el mejor disco de METAL del año y Erik lo celebra invitándonos a una misa negra muy especial con "The Wild Hunt"...

Conociendo a DAVE MUSTAINE...

Tuvimos la gran suerte de poder conocerle con motivo de su visita a España en su gira con Slayer hace dos años y ahora lo recordamos, breve pero intenso.

Crítica: Dying Fetus "Wrong One to Fuck With"

Cinco años después de publicar “Reign Supreme” (2012), resultaría absurdo pedirle algo diferente a Dying Fetus pero es justo ahora, con “Wrong One To Fuck With” (2017), que nos han dado lo que pedíamos y es un álbum de death metal técnico tan brutal como su portada. Que, por cierto, no ha estado ajena a la controversia y el álbum se vende con una lámina blanca cubriéndola, aseguran que es demasiado explícita para ser mostrada y es cierto que lo es en unos tiempos tan políticamente correctos en los que el arte y su interpretación, así como disfrute, quedan relegados a la censura de lo bien visto. Siempre me quedará la duda, ¿es lícito cubrir la portada de un álbum por muy violenta o salvaje que resulte? El metal, como género, ha intentado brutalizar su estética tanto como ha podido y así debe ser entendido, ¿nos imaginamos una portada de Cannibal Corpse censurada? En ocasiones lo fueron (por no decir, siempre) pero quizá lo que haya sido determinante para la del nuevo álbum de Dying Fetus es el realismo y la crítica social que encierra poniéndose el mundo por montera, aquí no hay zombis sino una escena que podría ser muy real (tampoco algo tan innovador como podríamos creer, hay muchísimas bandas con portadas más salvajes, sin ir más lejos, los patrios Avulsed con Dave Rotten al frente). Por otra parte y por muy aberrante que sea la ilustración, ¿estamos seguros de que ha sido censurada; por qué o quién, y no es otra campaña de marketing más? Para una banda como Dying Fetus, tan ajena a lo comercial y lo establecido, esta elucubración se puede desestimar casi al instante de comenzar a escuchar “Wrong One To Fuck With” y entender que lo que ya es el proyecto personal de John Gallagher no ha hecho concesión alguna y que, si bien es cierto que no buscan la reinvención o el cambio, la evolución viene dada por su propia pericia como músicos y las ganas de volver más y más salvajes y brutales sus nuevas canciones. “Wrong One To Fuck With” nos devolverá el brillo en los ojos a todos aquellos que compramos “Destroy The Opposition” y nos voló la cabeza.

Y será desde el primer segundo con esa guitarra frenética y fortísima batería, al más puro estilo Dying Fetus, “Fixed On Devastation” es pura energía con una banda puesta a punto, como si de un motor se tratase, y en la que apreciamos que, lejos de su propuesta, son unos magníficos músicos a un nivel técnico fuera de toda duda, sencillamente maravillosa en todo su desarrollo. “Panic Among The Head” continúa el nivel de agresión a un tempo menor como “Die With Integrity” (una de mis favoritas) que pasa de la rapidez thrash a un speed revestido con el cuerpo del death que deja boquiabierto al oyente. “Reveling in the Abyss” es el contrapunto perfecto junto con “Seething With Disdain” (más acelerada, más afilada, menos pesada pero a la mandíbula) y esa gruta que parece abrirse desde la garganta…

La fuerza de “Ideological Subjugation” en la que Trey Williams parece azotarnos desde su batería, la brutísima “Weaken The Structure” o esa acidez que desprende “Fallacy” (por favor, presten atención al solo porque es auénticamente magistral) conforman una segunda cara igual de sólida que la primera con John, Sean y Trey en plena forma, recordándonos estos Dying Fetus a los de “Killing On Adrenaline” (1998) o “Destroy The Opposition” (2000), una auténtica locura que desembocará en ese torbellino llamado “Unmitigated Detestation”, la más acelerada y machacona que da título al álbum o ese regallo llamado “Induce Terror” en la que constatan el sentimiento que todos los que compramos “Purification Through Violence” (1996) en su momento y hemos tenido de nuevo al pinchar “Wrong One To Fuck With” y es que Dying Fetus han grabado uno de sus grandes discos.

Un álbum que ilusiona y nos devuelve a John Gallagher, Sean Beasley y Trey Williams (quizá esa estabilidad en la banda es la que nos ha traído un álbum tan sólido, Trey ya lleva diez años tras los parches) en un ejercicio perfecto de habilidad técnica y compositiva. “Wrong One To Fuck With” se coloca a la cabeza de los lanzamientos de metal del año, toda una referencia de unos veteranos como Dying Fetus que seguro que nos noquearán por igual en directo, estamos contando los días para verles en nuestros escenarios. El logo no mentía, estos son los Dying Fetus de antes, como si el tiempo no hubiese pasado por ellos.

© 2017 Jack Ermeister

Crónica: U2 (Barcelona) 18.07.2017

SETLIST: Sunday Bloody Sunday/ New Year's Day/ Bad/ Pride (In the Name of Love)/ The Joshua TreeWhere the Streets Have No Name/ I Still Haven't Found What I'm Looking For/ With or Without You/ Bullet the Blue Sky/ Running to Stand Still/ Red Hill Mining Town/ In God's Country/ Trip Through Your Wires/ One Tree Hill/ Exit/ Mothers of the Disappeared/ Miss Sarajevo/ Beautiful Day/ Elevation/ Vertigo/ Ultraviolet (Light My Way)/ One/ The Little Things That Give You Away/

Siempre recordaré aquella escena, The Edge estampaba su firma en varios vinilos y al llegar al de mi amigo, torció el gesto y educadamente prefirió firmar “Achtung Baby” que de nuevo “The Joshua Tree”, algo sorprendente si tenemos en cuenta la amabilidad del guitarrista pero hay que entenderlo, era una época diferente. A mi modo de ver, hay cierta ironía en la carrera de la banda pero siempre me ha parecido inversamente proporcional a su éxito y la gente que acude a sus conciertos. Por un lado, tenemos a unos artistas que supieron reinventarse con cada álbum hasta llegar a la doble pirueta sin red de los noventa en la que no sólo daban un giro de ciento ochenta grados a su propuesta sino que, para más fortuna, lo hacían con éxito. Pero si su esfuerzo, en forma y fondo, fue titánico por quitarse el chaleco y los sombreros de cowboy y vestirse de cuero y lamé o cubrir su mirada con gafas de sol, lo que le pedían a sus seguidores era aún más imposible y es que aceptaran aquel reto. Huelga decir que aquellos años fueron los de los lloros por aquellos que eran incapaces de digerir que el discurso de Bono ya no era mesiánico sino cínico y las noches de blues junto a B.B.King se habían transformado en veladas catódicas con coches a modo de focos y billetes con la efigie del diablo. Pero, a mi modo de ver y a tenor de lo que ha venido después, aquellos años fueron los mejores y el resto tan sólo ha sido la resaca de todo aquello. Es cierto que en “Pop” (1997) había grandes ideas pero el álbum fue tan desnortado como su gira y de la posterior triada (porque me niego a entenderlo como una trilogía cuando no hay nexo alguno) de “All That You Can’t Leave Behind”, “How To Dismantle An Atomic Bomb” y “No Line On The Horizon” tan sólo puedo quedarme con algunos momentos. Es por todo esto que no entiendo la prematura defunción que muchos creen ver en esta gira aniversario de “The Joshua Tree” cuando llevo desde el año 93 asegurando que desde entonces tan sólo ha habido fuegos artificiales, bonitos pero fugaces...

Es cierto que una gira de esta categoría en una banda que se caracterizó por la innovación y el no mirar atrás resulta tan sorprendente como decepcionante. Si “Achtung Baby” era el sonido de cuatro irlandeses talando el árbol de Josué que con tanto esmero habían plantado, ¿qué son estos conciertos? Pues, sencillamente, la confirmación de que U2 hace ya mucho tiempo que dejaron de ser excitantes, nada más. Pero, al mismo tiempo, me resulta imposible entenderla como una bajada de pantalones aún mayor que canciones tan intranscendentes y vergonzosas como “Elevation” o la irritante “Vertigo”. Si Bono se dejaba la voz en Sarajevo, allá por 1998, gritando “Fuck the past! Kiss the future ahora tenemos que aceptar que ni él ni nosotros somos los mismos; que “One” ha sido mancillada tras mil versiones, a cada cual más horrorosa, que “Beautiful Day” llegó como respuesta a aquellos estadios semivacíos en el leg norteamericano del Pop Mart Tour y que U2 se convirtieron en un fenómeno de masas para después acabar siendo una marca y ahora tan sólo el recuerdo de lo que una vez fueron.

Pero, ¡qué demonios! ¿Qué auténtico seguidor de la banda podría resistirse a escuchar “Red Hill Mining Town”, “One Tree Hill” o mi adorada “Exit” en directo? Es verdad que actualmente hay bandas que están ganándoles la partida, que se muestran más innovadoras y refrescantes, que están grabando grandes discos pero no perdamos tampoco la perspectiva; ¿cuántas de ellos aguantarán los envites de tres décadas? ¿Estamos seguros de que están a la altura de un compositor como el propio Bono a pesar de que este haya quemado su imagen como ninguno? Honestamente, hacía mucho tiempo que no escuchaba “The Joshua Tree” de un tirón, puede que porque las tres canciones con las que arranca han sido agotadas en directo o puede que porque haya preferido diversificar y disfrutar de la ingente propuesta musical de nuestros días pero basta pincharlo para entender que es más grande que la vida; que todas sus canciones respiran, que las letras están perladas de bonitas metáforas de gran calado al alcance de muy pocos y que con una sola nota son capaces de hacernos viajar en el tiempo.

Es por eso que cuando uno asiste a un concierto, una experiencia vital con más personas, se ha de elegir siempre entre una respuesta cerebral y una más emocional. La cerebral es la que nos hace disfrutar de la música ciñéndonos a la razón y la emocional es la que U2 ha querido trabajar en esta gira de homenaje a un álbum que ha significado tanto para millones de personas, es por eso que escribir esta crónica comparando estos conciertos con aquellos de la gira original cuando sus protagonistas apenas llegaban a la treintena carece de razón y tan sólo podremos entender a los U2 actuales si dejamos que el que nos hable sea nuestro corazón…

Dos y hasta tres generaciones diferentes se congregan a las puertas del Estado Olimpíc, aquellos más veteranos que les vieron en The Joshua Tree (como es el que caso de mis padres) ahora acuden con sus hijos o los hermanos mayores que acudieron a ZooTv Tour. Un estadio abarrotado, coronado por una enorme pantalla (que, sin embargo, no llega a la grandeza de la del PopMart Tour o eso parece) y el árbol de Josué como auténtico protagonista, como símbolo del mestizaje de culturas, de ese desierto por el que muchos han viajado buscando un encuentro místico y otros han perdido la vida, ese desierto que es sinónimo de Gram Parsons, del Rancho de la Luna, de chamanes y lagartos, de altas temperaturas y unos árboles tan especiales que parecen sentir, vivir y desfallecer como seres humanos. Esa fue la Norteamérica en la que U2 se zambulleron pero también en el blues y el góspel, el Apartheid, Martin Luther King y el auténtico rey de reyes, Elvis Aaron Presley y la mítica Graceland pero también la modesta e inundada Tupelo. Pero esta también fue la Norteamérica que fagocitó a U2 y les hizo perder, como a muchos inmigrantes irlandeses (que son los que Bono siempre ha tenido muy en mente como a las auténticas manos que levantaron un país y luego apartaron la vista cuando en su tierra se justificaba otra realidad política), su propia identidad hasta llegar a Point Depot, próxima parada el Berlín de Bowie y los estudios Hansa…

Sé que U2 barajaron la posibilidad de interpretar “The Joshua Tree” al revés, según entrevista con MOJO, esto es; comenzando con su segunda cara (quizá la más arriesgada y menos comercial) para acabar con la triunfal “Where The Streets Have No Name” pero creo que han sido inteligentes y es que tras “The Whole Of The Moon” de los Waterboys como introducción, Larry es quien rompe el griterío con el doble redoble de “Sunday Bloody Sunday”. No, no es la mejor interpretación que he escuchado de esta canción pero las notas de The Edge siguen siendo capaces de levantar a todo un estadio y así ocurre en Barcelona bajo un racimo de luces rojizas, como también agradezco que hayan recuperado “New Year’s Day” (y Bono cante; “And so we are told this is the golden age And oil is the reason for the wars we wage”, sustituyendo el oro por el aceite actual, recuperando parte de una canción casi siempre acortada en directo) pero echo de menos “A Sort Of Homecoming”. Volviendo a aquella de “War”, su piano, su guitarra, su tempo son perfectos pero se rompe el clímax con la siguiente porque, aunque se caiga todo el estadio con ella. "Bad" sigue siendo mágica (aunque a Bono se le quiebre la voz en los primeros versos y tarde en entrar en calor) pero su unión con "Heroes" de Bowie es innecesaria como “Pride” ha sido sobreexpuesta e interpretada hasta la saciedad. ¿Por qué me parece inteligente comenzar con estas canciones? Tengamos en cuenta que tienden un lazo entre la primera época de U2 (aunque se hayan olvidado de “Boy” y “October”, ¡qué bien habrían entrado “Electric Co.” o “Gloria”! por no hablar de mis favoritas “Twilight” o “Another Time Another Place” aunque sé que esto es un concierto de estadio) y la desembocadura del álbum protagonista, además ayudan a que “The Joshua Tree” comience a sonar de noche; una de las grandes batallas estéticas de los conciertos de U2 en estadios, como siempre ha declarado Willie Williams, es que la banda en Europa suele comenzar sus conciertos de día y ello resta impacto visual a la puesta en escena.

De cualquier forma, “Where The Streets Have No Name” suena igual de bien que siempre (quizá más estática, menos dinámica en esta gira), es verdad que falta ese clásico fogonazo que alumbra todo el estadio para una canción que nació para ser interpretada en un recinto sin techo, al aire libre, pero no seré yo el que se queje de escucharla en directo cada vez que asisto a ver a U2 en directo. Bono está en buen estado (que nadie se espere a aquel chaval de Red Rocks, el de “Rattle And Hum” o al del 93) y cada vez estoy más harto de esa caterva de supuestos fans que parecen disfrutar despellejando cada paso que el irlandés da. ¿Acaso sois vosotros los mismos que hace treinta años? O, por el contrario, esa generación que desconoce a U2 y cree que son los de “Vertigo”, esos para los que canciones como “Like A Song…” o “Promenade” con completas desconocidas y no saben de la relevancia que la banda tuvo en los ochenta o noventa y cómo esta ha afectado a la música que ellos actualmente digieren o cómo revolucionaron la puesta en escena en una época en la que el resto de bandas seguía creyendo que una lona y dos focos eran más que suficientes y ahora ha degenerado en una oleada de “bandas de arena” con el mismo espectáculo y las mismas pantallas, proyecciones, en definitiva recursos...

Tras la bonita metáfora de todos aquellos lugares donde las calles no tienen nombre, llegan las dudas espirituales, la constante búsqueda del alma en “I Still Haven’t Found What I’m Looking For”, esas dudas e insatisfacción vital o el sufrimiento emocional de una relación en la que no se puede vivir con o sin esa persona, "With Or Without You". Es verdad, los tres singles que abren un álbum millonario en ventas han sonado mil veces y acusan de ese desgaste pero no nos olvidemos de su grandeza, de aquella noche en las que pinchamos aquel disco y comenzaron a sonar por primera vez; da igual si fue en su año o para un adolescente están sonando ahora por primera vez.

Otra cosa que me llama la atención es la calidad de las letras escritas por Bono en “The Joshua Tree” mientras escucho “Running To Stand Still” ese brillante retrato de aquellos que corren demasiado para no llegar a ningún sitio a causa de las drogas, esa canción que nunca debería haber desaparecido del directo y, menos aún, en esa mágica unión con “Bullet The Blue Sky” (uno de los grandes momentos de la noche, como siempre), un contrapunto magnífico, como ocurre también “Until The End Of The World” (pena que no se interprete en esta gira), son temas que crecen en un concierto, cuando respiran y los músicos llegan a disfrutar con su propia interpretación.


Y llega el momento de la verdad, “Red Hill Mining Town”, y su nueva versión de mano del Record Store Day, llevada al directo. Podría ser crítico, muy crítico pero también quiero ser sincero y honestamente suena digna, con un tempo más lento –como todas- pero correcta. Mi cabeza dice todo lo contrario, la versión en directo no está a la altura pero mi corazón me dice otra cosa muy distinta así que no puedo negarme y la canto hasta quedarme afónico mientras a mi alrededor nadie parece conocerla o les da completamente igual. Es una canción que requiere de un gran esfuerzo vocal y la voz de Bono ya no es la que era pero la salva como puede (la bajada de tono de The Edge y Adam es obligada si queremos que Bono llegue sin problemas) y, por fin, se cumple el sueño -más o menos- de escucharla en directo. Como “In God’s Country” y sus preciosas estrofas; “Desert sky, dream beneath the desert sky.The rivers run but soon run dry. We need new dreams tonight. Desert rose, dreamed I saw a desert rose. Dress torn in ribbons and bows. Like a siren she calls to me...” ¿Quién es capaz de escribir algo así actualmente? o esa “Trip Through Your Wires” con Bono soplando la armónica; una canción menor -desde luego- pero evocadora de un álbum, de una época. Tras un coqueteo con "Spanish Eyes" es el momento del emotivo homenaje a Greg Carroll que, lejos de lo ocurrido con "Red Hill Mining Town", suena bien con ese final que todos hemos cantado una y otra vez; "Oh great ocean. Oh great sea. Run to the ocean. Run to the sea"

Pero el punto álgido de la noche para muchos fans llega tras una introducción con un fragmento de la serie de los cincuenta “Trackdown” (en concreto el episodio treinta, “The End of the World", de 1958) utilizado como crítica a Trump y Bono tomando el escenario disfrazado como Robert Mitchum en “La noche del cazador” (1955) de Charles Laughton, un recurso que el irlandés confiesa haber creado basándose en el personaje que escribió Flannery O’Connor en su novela “Sangre Sabia” (1952), que adaptó al cine John Houston, y le sirve como máscara para interpretar una canción que asegura sufre cantando y parece ser el porqué de que U2 no la haya interpretado en treinta años. Bono, dado a los personajes y calzarse sus botas para evitar que sean las mismas que las de Paul Hewson, se vestirá de “Shadow Man” para aullar versos que funcionan mejor de noche; “His head it felt heavy as he cut across the land. A dog started crying like a broken hearted man. At the howling wind” y engola la voz; “At the hoooowling wind” completamente metido en su papel durante la oscura y dura “Exit”. Según Adam Clayton, una canción demasiado oscura que no encaja con la banda (por la mente de ambos quizá sobrevuele los terribles acontecimientos acaecidos en 1989 cuando el psicópata Robert John Bardo aseguró haber asesinado a la actriz Rebecca Schaeffer porque “Exit” de U2 se lo había susurrado...)

Particularmente, adoro la oscuridad de la canción, la electricidad que desprende o la intensidad general que fue capaz de sumergir a todo un estadio olímpico en el corazón gótico sureño de una norteamérica en la que no sólo habitan los personajes de Flannery sino también los de Harper Lee, el espíritu de Mitchum rondaba Barcelona pero también Atticus Finch, por desgracia, un enfermo como Bardo y esas manos que pueden amar pero también matar. ¡Pero estos son los U2 con los que muchos hemos crecido!

Para acabar ese viaje por la Norteamérica de las luces y las sombras, del amor y el odio en blanco y negro con mucho grano, de los vendedores ambulantes, el calor sofocante y los caminos polvorientos, de las armas pero también de la fe de mano de unos músicos que parecían predicadores en los ochenta, nada mejor que “Mothers Of Disappeared”, una canción difícil para un estadio por su falta de tensión y su tono, más parecido a un rumor; a una coda, que a un final por todo lo alto como sería necesario en un evento de estas características frente a decenas de miles de personas.

Pero, aunque la odisea norteamericana de estos cuatro irlandeses acaba, prosigue la de su carrera con “Miss Sarajevo” en ese último tramo del concierto que quieren dedicar al futuro y Bono entiende de manera inteligente que pertenece a las mujeres dedicándoles el single de aquel proyecto con Brian Eno en el que quizá fue la última vez que U2 sintieron cierta libertad creativa o ese éxito que fue “Beautiful Day” tras la que se sucedieron las insufribles “Elevation” y “Vertigo” (por favor, que se las ahorren, hay decenas de canciones esperando a ser rescatadas del olvido y el concierto sufre un bajón tremendo de calidad con ellas) que, a pesar de todas las críticas que contínuamente leo, inexplicablemente allí todo el mundo cantó y bailó como si fuese el fin del mundo. Una recta final que evidencia el poco calado de la carrera de U2 en las últimas dos décadas cuando uno compara "Bullet The Blue Sky" o "Exit" con una descafeinada versión de “Ultraviolet (Light My Way)” en la que deciden rendir tributo a todas esas mujeres que han luchado por el cambio e inexplicablemente sitúan a la misma altura a Isabel Coixet y Marie Curie, una grandísima canción cuyo momento de esplendor fue en el ZooTv Tour, o la desgastadísima “One”, tras el recuerdo a Mandela, que parece haber perdido todo su significado como final de una noche en la que decidieron despedirse con "The Little Things That Give You Away", una nueva canción que supongo que incluirán en "Songs Of Experience" y es directamente prescindible.

Podría ser especialmente cáustico con la banda con la que he crecido, criticar su aparente falta de dirección en la actualidad y lo mucho que esperaba de ellos en unos años en los que han preferido cantar una nadería como “Vertigo” dejando atrás las bonitas metáforas y el esfuerzo literario de las canciones que pueblan “The Joshua Tree” o toda la ironía del ZooTv pero mucho me temo que esa pequeña frustración como oyente tiene mucho más que ver conmigo que con ellos y no es justo. Agradecido del viaje en el tiempo, de la piel de gallina, de los recuerdos y de reencontrarme con Bono, The Edge, Adam y Larry, nada que objetar como ejercicio de nostalgia a pesar de que The Edge diga que no es tal sino un esfuerzo por traer a la vida unas canciones que siguen sonando igual de bien y gozan de actualidad. Actualmente parece que un estadio lo llena cualquier artista pero el secreto no es tal sino meterte en el corazón de la gente cuando vuelven a sus casas…


© 2017 Lord James Tonic
(Foto AGENCIA EFE)

Crónica: Hellfest (Clisson, Nantes) 16.06.2017

Quinto año consecutivo que nos desplazamos a Nantes, Francia, al que posiblemente sea el mejor festival europeo. ¿Por qué? Principalmente por un cartel con el que siempre intenta contentar a los seguidores más exigentes. No se trata de acudir a ver a Aerosmith o a Linkin Park, porque estando de gira aquel que quiera disfrutarles siempre tendrá la ocasión de verles en una ciudad u otra, sino de esa colección única de artistas que abarrotan su cartel ; esas bandas que actúan en los escenarios supuestamente pequeños que no hacen sino engrandecerlos. Además, como ocurre con el Resurrection Fest, el festival francés consigue ese sentimiento de unión, esa sensación única por la cual el asistente deja de ser público, un mero espectador, para tener la sensación de que pertenece a algo más grande. Nuestro primer día en el Hellfest no podría haber sido mejor, todo ha cambiado y, sin embargo, lo más importante sigue conservando su esencia; los escenarios tienen la misma disposición pero todo ha sido redecorado, las infraestructuras han mejorado, más aseos, más restaurantes, más accesos, más seguridad, el Hellfest es un festival en constante evolución.

Crónica: Roger Hodgson (Madrid) 11.02.2017

SETLIST: Take the Long Way Home/ School/ Lovers in the Wind/ Breakfast in America/ Hide in Your Shell/ Love Is a Thousand Times/ The Logical Song/ Teach Me to Love Again/ Lord Is It Mine/ Death and a Zoo/ The Awakening/ Only Because of You/ Had a Dream (Sleeping With the Enemy)/ Child of Vision/ Dreamer/ Fool's Overture/ Give a Little Bit/ It's Raining Again/

Parece que todos aquellos que decidieron no asistir al concierto de una leyenda como Steve Hackett debido al mal tiempo, se les ocurrió salir de casa la noche en la que otra leyenda como Roger Hodgson volvía a visitar nuestro país. No tengo nada en contra del público que habitualmente habita las noches del Jardín Botánico de la Complutense (un poco sí, para qué negarlo) pero creo que pocas veces (quizá con Robert Plant o Wilco) he visto tan lleno aquello. No es para menos, aunque Hodgson haga diecisiete años que no publica material nuevo desde aquel genial “Open The Door” (2000), puede vivir perfectamente de las rentas gracias a todo el material que compuso en Supertramp y, por supuesto, gracias a su simpatía y carisma en directo. No quiero pecar de fundamentalista ya que creo que Rick Davies es un músico magnífico pero es inevitable pensar que la carrera de la mítica banda se resintió cuando Hodgson decidió abandonar el barco y tras aquello no han sido capaces de grabar un álbum siquiera que iguale a aquellos por los que se hicieron mundialmente famosos, pequeños esfuerzos como “Free As A Bird” (1987), “Some Things never Change” (1997), quizá el más acertado, o “Slow Motion” (2002) son correctos pero palidecen frente a “Crime Of The Century” (1974) o “Breakfast In America” (1979), por no hablar de “”Even In The Quietest Moments” (1977) o los inicios de “Supertramp” (1970) e “Indelibly Stamped” (1971), incluso un disco de crisis como fue “…Famous Last Words…” (1982) es claramente superior a cualquiera de los que vinieron después. Por su parte, Hodgson, ha seguido demostrando su talento con el que fuera su debut con “In The Eye Of The Storm” (1984) o el citado “Open The Door” (2000) en una carrera en la que incluso “Hai Hai” (1987) tiene sus momentos y en la que se traduce de su escasa actividad en el estudio el poco interés de Hodgson por el circuito comercial, por apropiarse de un nombre o una fama que le vienen dados, quiera o no, cada vez que sube a un escenario y hace sonar perlas como las que amenizaron la veraniega noche madrileña del pasado martes.

Hodgson, sabedor de su repertorio inmortal, reconoce ante el público que, en su opinión, traen bajo el brazo un buen concierto y que, durante las próximas dos horas, tan sólo nos pide una cosa como público; que dejemos todas nuestras preocupaciones y problemas fuera, él promete hacer lo mismo y su forma de atraparte es con una bienvenida como “Take The Long Way Home” o la conocidísima “School”, dos señuelos en una noche marcada por la nostalgia y en la que tras “Lovers In The Wind”, interpretaría uno de los platos fuertes sin necesidad de esperar a los bises; “Breakfast In America”, cantada como si fuese un karaoke por todos los allí presentes. ¿Cómo describir lo que uno siente cuando escucha una canción así en directo? Además, honestamente, no tuve la sensación de, como le ocurre a muchos otros artistas del mismo calado, que la cantase en automático sino que disfrutó tanto como nosotros, da la sensación de que Hodgson hace tiempo que cerró sus heridas y vive a gusto con su pasado y presente, haciendo felices a su público.

“Hide In Your Shell” y “Love Is A Thousand Times” nos mostraron a una banda sólida y un público entregado que volvió a despertarse con “The Logical Song”. Hodgson intenta chapurrear algo de español y nos explica el gran dilema moral de “Death And A Zoo”; si fueses un animal salvaje y te capturasen, ¿preferirías que te matasen a vivir en un zoológico? “Dreamer” fue quizá la más celebrada y tardó en llegar tras “Child A Vision” mientras que la majestuosa “Fool’s Overture” nos recordó que tras la sensibilidad pop de Hodgson late la vena de un músico capaz de componer “It’s Raining Again” y convertir la noche en una fiesta pero también la impresionante y progresiva “Fool’s Overture” de “Even In The Quietest Moments”

El concierto de Hodgson podría definirse como un concierto tranquilo, sin sobresaltos, amable y que salió según lo previsto, no se desvío de su hoja de ruta, pero nada de esto deberá entenderse como una crítica negativa. Todo lo contrario, es un auténtico placer verle sobre un escenario y salir anímicamente reforzado tras dos horas de buena música. Como parte implicada, como público, intenté dejar todos mis problemas fuera y lo conseguí en gran medida, doy fe de que Hodgson sí lo logró o, por lo menos, transmitió esa maravillosa ilusión.
© 2017 Jim Tonic
Foto (© 2017 AGENCIA EFE)


Crónica: Ryan Adams (Madrid) 07.02.2017

SETLIST: Do You Still Love Me?/ To Be Young (Is to Be Sad, Is to Be High)/ Doomsday/ Outbound Train/ Gimme Something Good/ Stay With Me/ Let It Ride/ New York, New York/ When the Stars Go Blue/ Anything I Say to You Now/ Fix It/ Cold Roses/ Come Pick Me Up/ Shakedown on 9th Street/

Hay veces que uno siente que está en el sitio y momento adecuado. No sé dónde estarías tú en el MadCool de Madrid el pasado viernes (mucho antes del trágico accidente que se llevó la vida del acróbata y bailarín Pedro Aunión mientras homenajeaba a Prince a treinta metros de altura) pero si había un lugar donde estar era el escenario Radio Station para ver a Ryan Adams. No diré que Adams haya estado ausente pero sí que es verdad que desde “Cardinology” (2008) -o quizá mucho antes, cuando declaró abiertamente sus problemas con las drogas, más en concreto con el speedball- que algo pareció romperse dentro de Ryan Adams. Quizá el febril ritmo de trabajo, los problemas de salud derivados de sus adicciones o la desesperación que asegura que llegó a sentir cuando la mundialmente famosa broma con el canadiense Bryan Adams dejó de tener gracia y tuvo que refugiarse en una relación sentimental que más tarde acabaría en dolorosa ruptura y, por suerte para nosotros, terminó originando este “Prisoner” que le ha vuelto a situar en el mapa tras aquel “Ashes & Fire” (2011), algo que se venía ya gestando desde el homónimo “Ryan Adams”.

Tercer directo suyo al que asisto y tercera vez en la que siento que Adams ha nacido tarde, que si “Gold” se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de un artista con más fama, más reconocimiento, un auténtico gigante que, en definitiva, es lo que es aunque no llene estadios. Las canciones de Adams son enormes, poseen la fuerza, la sensibilidad y ahora, desde hace un tiempo, ese encanto de otra década, capaces de atrapar un tiempo en esa mezcla de cultura pop, black metal (subgénero que Adams ama y luce), los ochenta o esas canciones de naturaleza atemporal que, aún con todo el sabor que antes describía, tienen vocación de perdurar en el tiempo.

Tigres de peluche por el escenario, grandes amplificadores como decoración, una bandera norteamericana rescatada del garaje de Neil Young y un arsenal de guitarras; desde una Flying-V más propia de una banda noruega a una Strato Steve Ray Vaughan de su amigo John Mayer a la que Ryan eliminó las míticas iniciales “SRV” y sustituyó por un apropiado “666”, además de la advertencia de no disparar ningún flash.

“Do You Still Love Me?” abrió de manera fulgurante un concierto que crecería con la dylaniana “To Be Young (Is to Be Sad, Is to Be High” de su primer álbum (si nos olvidamos de aquellos que firmó con Whiskeytown) cuya batería sigue sonando como el “Tombstone Blues” o sopló la armónica con fuerza en “Doomsday”. “Outbound Train” podría haber sido compuesta por Springsteen como “Gimme Something Good” se aceleró y Adams aprovechó para dejarse la voz; una garganta que sonó con fuerza pero con sensibilidad. Me gustó especialmente “Let It Ride” (de su doble álbum “Cold Roses”, 2005) o, por fin, “New York, New York” (recordemos que hace muchos, muchos años, tenía reparos al interpretarla por la popularidad que llegó a alcanzar). La bonita e íntima “When The Stars Go Blue” sonó intensa aunque desprovista de un lugar más recogido en la que desplegar su emotividad, lejos de los espacios abiertos de un festival con noria y peluquería.

Todavía le quedaban un par de ases a Adams con “Fix It” (una de sus canciones preferidas) o ya un clásico como “Come Pick Me Up” y un final de actuación con Adams arrodillado apuntando al cielo su guitarra con “Shakedown on 9th Street” y el un miembro de su equipo disfrazado de diablo.

Ryan Adams se está convirtiendo en toda una leyenda, tan imprevisible como muchos de los iconos con los que él mismo creció, a golpe de canción tras canción, escribiendo su nombre en la misma piedra. ¿Eché de menos algo? Una actuación con techo y decenas de composiciones que me habría encantado escuchar en directo porque si de algo puede presumir el norteamericano es de un repertorio a la altura de aquellos más grandes para los que a veces uno tiene la sensación de que sí hay un relevo...



© 2017 Conde Draco


Crónica: Foo Fighters (Madrid) 06.02.2017

SETLIST: Everlong/ Monkey Wrench/ Learn to Fly/ Something From Nothing/ The Pretender/ Big Me/ Congregation/ Walk/ Cold Day in the Sun/ All My Life/ Times Like These/ These Days/ My Hero/ Skin and Bones/ White Limo/ Arlandria/ Rope/ Wheels/ Run/ This Is a Call/ Best of You/

Cada vez me cuesta más escribir sobre un disco o un concierto e intentar ser realista cuando la vara de medir del lector rara vez suele ser el resultado de un criterio fundamentado durante años y años de conciertos o el contraste de haber visto/ escuchado al artista en su evolución a lo largo de su carrera (durante el tiempo y no en un maratón, sin digerir, de un fin de semana antes del concierto) y no las habituales loas de la prensa generalista que despacha el evento en unas pocas líneas o la especializada que no suele mojarse demasiado por aquello de que quizá el año que viene no le den pase o foso. El concierto de Foo Fighters en Madrid, el pasado jueves, sonó mal, es más sonó horrorosamente mal. ¿Por qué no decirlo? Peor aún, ¿por qué ninguna crónica menciona el pésimo sonido, por qué ningún tuitero -tan sinceros ellos- lo escribe en la red social ? Formularé otra pregunta que el lector deberá hacerse a sí mismo, ¿cómo es posible que todos los conciertos sean el acabose según la prensa y algunos blogs? No es posible que System Of A Down reventasen Madrid, Green Day sean el concierto del año o comparen la actuación de Foo Fighters con el diluvio universal. ¿De verdad que no hay un concierto malo, mediocre, flojo, tibio o correcto? ¿Todo son experiencias místicas que hay que vivir? No, desde luego que no y aquel que lea esta pequeña crítica deberá entender que esta es tan sólo una opinión pero que, por mucho que le cueste creer lo que escribo, algo hay de verdad en el juicio de alguien que ha asistido a todos y cada uno de los conciertos que Foo Fighters ha dado en nuestro país hasta la fecha, no garantizo que vuelva a acudir a uno de ellos en mucho tiempo.

A escasos veinte metros del escenario, en un Mad Cool abarrotado hasta la exageración, hay un padre con su hijo. Este lleva unos cascos insonorizados de obra, melena rubia por el cuello y una camisetita de niño con la siguiente frase; “Kurt is dead, Dave is alive”. Desconozco si esa aberración se vende o si es de elaboración propia pero a mi alrededor causa conmoción pero no aquella que debiera sino la de la gente que la fotografía y el padre orgulloso, con su hijo sobre los hombros, sonríe. Es el signo de los tiempos, pienso, pero tampoco le falta la razón, la carrera de Dave Grohl se puede resumir como el “muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Crecí en los noventa (la cita con Dinsoaur Jr. en el mismo festival es ineludible para mí) y me duele decirlo pero nadie, ninguno de los chavales que están ahora en la veintena, vivirá nada tan grande como lo que supuso Nirvana en los noventa. No se trata de llenar un estadio, de un escenario más grande, de vender millones o de una reunión como la de Axl y Slash, se trata de una banda que supuso una conmoción y esta trascendió el ámbito musical (¿te imaginas algo así ahora? No, claro que no…), el terremoto mundial de una ciudad como Seattle a la que todo el mundo miraba. Paradójicamente, Nirvana -por mucho que se les asocie con el grunge- fueron tan sólo el estertor de un movimiento que comenzó a finales de los ochenta en el norte de un país castigado por Reagan y el desencanto de una clase media/baja (ahora cincuentones) atrapada entre la subcultura más irreverente y los grandes dinosaurios de los setenta. Aquello fue el caldo de cultivo perfecto para Melvins, Hüsker Du, Dinosaur Jr, Black Flag, Mudhoney (además de muchos otros) y de aquellos polvos (underground, puros, irreverentes y con la única expectativa de crear música) tuvimos otros lodos mucho más bonitos y digeribles por la MTV. Chris Cornell, Eddie Vedder, Layne Staley o Kurt Cobain suponían la cara más accesible que, por ejemplo, el bueno de Tad. El grunge, como tal, había muerto con ellos pero no para las grandes cadenas de ropa y sellos que se apresuraron en buscar a sus próximos Nirvana mientras Kurt enfilaba las escaleras que llevaban al invernadero de su casa en Lake Washington y cerraba el círculo.

De allí salieron dos bandas; Sweet 75, por parte de Novoselic (con escaso éxito y un concierto programado en Madrid, Sala Caracol, que pinchó por no vender más que unas pocas entradas) y Foo Fighters con Dave Grohl como director de orquesta y un primer álbum resultón, con tintes de maqueta, y en el que fichó a Nate y William de Sunny Day Real State para llevarlo al directo. Si digo que aquellos Foo Fighters sonaban frescos el lector pensará que soy de esos esnobs que piensan que cuando una banda alcanza el éxito ya deja de resultar interesante pero no, “The Color And The Shape” (producido por Gil Norton) fue un grandísimo disco de rock alternativo y Foo Fighters también vinieron a nuestro país (Sala Canciller, tras cancelar La Riviera), en apenas unos años nos habían visitado hasta en tres ocasiones y acudí en todas (hasta, como he relatado en más de una ocasión, su concierto más extraño, el cuarto en la capital; en el sótano de una tienda Tipo ahora convertida en tienda de zapatillas de deporte).


Pero, volvamos a este año, Foo Fighters ya no son aquellos que apenas llenaban media sala y cenaban en el Burger de enfrente. Ahora revientan estadios o son el principal reclamo de un festival como el Mad Cool, cuyo público poco o nada tiene que ver con aquellos que acudíamos a la Sala Canciller a ver un concierto de metal. Grohl se ha convertido en “the nicest guy of rock” y su cara aparece en millones de fotografías, memes y selfies, para muchos chavales significa el rock en sí mismo y él, inteligente y sabedor de la necesidad de ídolos e iconos en un mundo políticamente correcto, hace su papel; Grohl es el más enrrollado y comprometido, realizará el mismo grito dos, tres y cuatro veces en cada canción porque, como él dice, “me encanta gritar madafakars”, agitará su melena y moverá su horterísima Trini Lopez azul como si fuese la Gibson Explorer ochentera de James Hetfield, como cantará canciones de tres minutos como si se dejase la vida y las alargará hasta la exageración, pedirá brazos en alto e instará al público a cantar los manidos “oé, oé, oé, oé”. No es el circo del rock porque a Foo Fighters, por mucho que suban el volumen, el rock se les queda grande, es el circo del pop rock, del grunge domesticado y convertido en algodón de azúcar. De aquel que se mofaba de Extreme o Metallica en los noventa ahora convertido en una parodia de sí mismo, en un producto más prefabricado que aquellos, en un artista cuya banda rechazó abrir para U2 en los noventa pero ahora tiene más presencia mediática que el propio Bono.

El comienzo con la emotiva “Everlong” fue quizá lo más emocionante de la noche, parecía que aquello iba a estallar; Grohl saltó al escenario puesto de alegría hasta las cejas, “¡tenemos una noche preciosa y mirad, mirad, hay una noria, mirad esa noria!”, Hawkins empezó a acelerar y cuando llegó el momento de que el cohete despegase aquello no sonó como un reactor sino como una banda de garaje venida a más. “Everlong” es bonita, nostálgica, pero evidenció el mal sonido de una noche en la que se confundió volumen con actitud en una banda de seis integrantes en la que tres de ellos tocan los mismos acordes, las mismas quintas. Allí estaba Pat Smear, ¿qué coño hace un artista tan punk como el ex-The Germs en un festival como este?, me preguntaba, ¿qué opinará de la música que está tocando, cuál es su actual idea de integridad y compromiso? Siguió “Monkey Wrench” e iluso de mí pensé que iban a por todas pero, nadie puede decirme lo contrario, la alargaron de manera exagerada, intentaron crear un clímax allá donde lo perdieron y Grohl demostró que sí que grita pero que la amarga ralea afónica existencial de Cobain le queda lejos, tampoco es algo que busque, imagino que no y a los asistentes aquello les viene grande..

“Learn To Fly”, que en su publicación fue una canción divertida pero poco más (estuve también en aquella gira de Foo Fighters como trío, no me la cuentes), con el tiempo se ha convertido en un himno y fue coreada por todos como “The Pretender” que no terminó de sonar como debiera y, sin embargo, “Something For Nothing” funcionó mucho mejor. “Big Me” (de su primer disco) fue un horror en su interpretación, melódica con Hawkins haciendo los coros, ausencia de cuerpo y lejos de la plácida diversión que era en el pasado, no había Footos en el mundo capaz de levantar aquello.

Caso aparte son los parones entre canción y canción, rompiendo el ritmo, bromas y ‘snippets’ o, como he dicho antes, alargar sin sentido hasta los ocho o diez minutos canciones que duran tres en el estudio. Así ocurrió con “Arlandria”, ¿por qué extenderse? O “Skin And Bones” en la que se demostró que intentar dar caña con un acordeón genera acoples y un sonido horrendo de lata. “Congregation” o “Walk” supusieron un alivio, como “White Limo” pero “Wheels” (como “Big Me”) fue castigada con una interpretación sin fuerza mientras que “This Is A Call” fue ignorada por la gran mayoría, esa misma que bailó “Run” como si fuese una batucada y creyó alcanzar el cielo que no paró de señalar Grohl en “Best Of You”, nada que objetar; cada uno miramos donde queremos y nos ponemos las nubes donde nos gustan.

Un espectáculo apto para todos los públicos, sin actitud o subversión, sin irreverencia, familiar y en el que hasta el gesto más agresivo de aquel que hace casi treinta años disfrutaba destrozando su batería ante la atenta mirada de un Cobain que hacía volar su guitarra por los aires está ahora tan premeditado y forzado como Paul Stanley en directo.

No tengo nada en contra de Grohl y sus Foo Fighters de FM (Nate y Chris desaparecidos, como siempre), nada en absoluto, pero tampoco va a venir nadie a contarme lo que no es o lo que he vivido de primera mano. El concierto de Grohl estuvo a la altura de un festival que concede espacio a marcas comerciales de ropa como Springfield el lugar que debería ocupar una tienda de camisetas de rock. Foo Fighters son el lado salvaje y rockero de Coldplay y con esto queda todo dicho…


Texto © 2017 Jim Tonic
Foto © 2017 Kike Para

Crónica: Deep Purple (Madrid) 03.07.2017

SETLIST: Time for Bedlam/ Fireball/ Bloodsucker/ Strange Kind of Woman/ Johnny's Band/ Uncommon Man/ The Surprising/ Lazy/ Birds of Prey/ Hell to Pay/ Perfect Strangers/ Space Truckin'/ Smoke on the Water/ Hush/ Black Night/

Honradamente no sé cuántas veces he visto a Deep Purple en directo. No se trata de contar las entradas sino de hacer memoria y caer en la cuenta de cuántas veces he coincidido con ellos en algún que otro festival. Es verdad, la carrera de Deep Purple ha sido de lo más zigzagueante en los últimos años y entiendo a esas personas que ven a la banda como un cliché nostálgico que poco o nada tiene que ver con lo que una vez fueron y, de alguna manera, no les falta razón. Pero no seré yo el que se quede en casa rindiendo homenaje a sus discos de los setenta mientras Gillan, Paice, Glover, Morse y Airey están actuando en mi ciudad (algo muy similar me ocurre con David Coverdale, es verdad que su voz no es la que era, pero si Whitesnake gira por nuestro país, para mí es una cita ineludible y sé perfectamente lo que me voy a encontrar sobre las tablas, como me ocurre con Glenn Hughes). En mi caso -como creo que ya he contado en más de una ocasión- mi primera vez con Purple fue con el mismísimo Jon Lord al teclado y un Gillan con veinte años menos cantando “Hush” con bastante más fuerza que ahora, imposible olvidar aquello (¿debía no asistir a aquella actuación porque no estuviese Ritchie Blackmore en sus filas?) pero, si hago memoria, no fueron pocas las voces a mi alrededor que ya aseguraban que los Purple de los noventa tampoco tenían nada que decir y, sin embargo, aquella actuación sirvió para que prendieran la mecha en mí.

Más de veinte años más tarde, Deep Purple parecen querer despedirse o esa es la intención y el título con el que han bautizado esta última gira a pesar de que Gillan y Glover se han apresurado a desmentir cualquier intento de despedida; “es verdad que cada vez estamos más cerca del final…” y, con la mano en el corazón, el día que Deep Purple dejen de girar y publicar nuevos discos puede que el gran público no repare en ello o muchos otros crean que ya dijeron todo lo que tenían que decir pero otra gran estrella se apagará y cada noche dejará de sonar “Strange Kind of Woman” o “Perfect Strangers”. De verdad, ¿estamos sobrados de tantísimos artistas con la historia y repercusión de Purple como para desdeñar una actuación suya?

Vayamos a lo objetivo, Ian Paice conserva toda su fuerza (¡qué diferencia con Joey Kramer de Aerosmith que vimos unos pocos días antes y parecía que fuese a derrumbarse con cada baquetazo!) y sigue teniendo ese toque, es un gran batería. Glover está en forma y qué decir de Airey o un auténtico virtuoso como Steve Morse… Para mí, la gran duda de esta gira (que he podido ya ver en dos ocasiones) era ver cómo se defendía un Ian Gillan septuagenario que queramos reconocerlo o no, en los últimos años ha perdido mucha voz pero, sorprendentemente y pese a las limitaciones propias de la edad, me he encontrado a un Gillan en buen estado, cantando correctamente (algunas notas más altas con indudable dificultad, lógicamente, es algo que ya viene ocurriendo desde hace años) pero con una dignidad y entrega encomiables.

Llegamos pronto al antiguo Palacio de los Deportes de Madrid y, para mi sorpresa, no hay tanta gente en las inmediaciones pero lo que más me sorprende es encontrarme a Airey en la calle mientras unos chavales con camisetas de Purple pasan a su lado sin reconocerle. Es verdad que el teclista puede pasar desapercibido sin problemas (como aquella vez que Roy Bittan de la E Street Band paseó por el céntrico Paseo del Prado sin que nadie reparase en él). Pero más me sorprende cuando a los pocos minutos sale Glover o el propio Gillan. De los teloneros, los simpáticos Airbourne poco más puedo decir, es verdad que me he hartado de criticar sus discos y conciertos, ya que para mí nunca serán nada más que una banda tributo a AC/DC a los que se les ha hecho creer algo más pero el problema que ahora tengo con ellos es que los hermanos O’Keeffe en persona son unos tipos encantadores y realmente trabajan sus conciertos, les ilusiona tocar y sienten lo que hacen. Lástima que su último disco, “Breakin’ Outta Hell” (2016), no les haga ningún favor siendo de nuevo una pequeña decepción y quizá porque nunca llegarán a recuperar la frescura de aquel “Runnin’ Wild” (2008) o porque en directo, cuando les has visto en más de una ocasión, un espectáculo tan físico como el suyo, todo se vuelve completamente predecible que su actuación, sin llegar a llenarme, me entretuvo (que es el objetivo de cualquier telonero que se preste) por mi falta de expectativas.

Es cierto, “Infinite” no es un gran disco pero sirve de excusa para lanzarse a la carretera, “Time For Bedlam” tiene el ímpetu y en ella Gillan se siente más cómodo que en otras que requieren más esfuerzo por su parte, la unión con “Fireball” es más que apropiada ya que el teclado de Airey es el colchón perfecto de ambas; la de 1971 siempre me ha vuelto loco, aquel álbum es uno de mis favoritos y “Fireball”, la canción, con ese arranque y solo de Lord… ¿qué más se puede pedir? Airey hace una buena interpretación en directo y enlazan con “Bloodsucker” y “Strange Kind Of Woman”, pena que “Johnny’s Band” se sienta tan poco entre canciones como “Fireball” o “Lazy”. En “Hell To Pay” terminan de calentar un concierto en el que jugaban en casa (no creo que ninguno de los asistentes tuviese muchas más quejas), solo de Airey (con un simpático guiño al Atleti) y, nada más y nada menos que “Perfect Strangers” encadenada con “Space Truckin’” en la que todos nos dejamos la garganta y elevamos nuestra cerveza.

Obviamente, sonó “Smoke On The Water”, una canción que ya forma parte de la historia y que, aunque desgastada, es imposible no sentir algo especial cada vez que uno la escucha en directo y un “Hush” que nos llevó a otra época antes del último solo y despedida en lo que puede que para muchos no sea más que otra noche, otro concierto de Purple, pero que muchos otros guardaremos en nuestra memoria junto a otros momentos. Un día les echaremos de menos y no, para ellos tampoco hay reemplazo…

© 2017 Jim Tonic


Crítica: Stone Sour “Hydrograd”

“It’s only rock and roll but I like it, like it, like it…” -canta Corey Taylor en “Fabuless” con fuerza pero poca convicción, de manera bobalicona y sin mucho sentido, como aquel niño que se queda sin nada que decir y mete palabras al azar en su canción infantil favorita; no riman y ni siquiera son necesarias pero entran con calzador y basta. En un tono mucho más cercano al que gasta con sus compañeros de mono pero más moderado -que esto es Stone Sour y las revoluciones bajan- dotando a la canción de un regusto esquizoide y desorganizado que es la falta de cohesión de un álbum que no termina de cuajar, desde la primera a la última canción.

Parece que fue ayer pero Slipknot ya llevan veintidós años de carrera, una andadura en la que nadie parecía confiar pero que el paso del tiempo les ha confirmado como una de las grandes bandas de metal del momento atrapando en sus redes a varias generaciones. Podemos tirarnos de los pelos, otros se reirán y muchos los menospreciarán pero así es; los de Iowa en directo todavía siguen poniéndoselo muy difícil a cualquier artista que actúe tras ellos (con excepción de Rammstein, claro está) y son el mayor reclamo de cualquier cartel. Pero toda moneda tiene su cara y su cruz y la de Slipknot bien podría ser Stone Sour que nunca ha terminado de despuntar, siendo los volúmenes de “House Of Gold & Bones: Part 1 & 2” (2012, 2013) quizá su mejor colección de canciones. De nuevo, los fans de Taylor y Stone Sour, intentarán contradecirme y defender con uñas y dientes la carrera de una banda que, irónicamente (y por mucho que le moleste al propio Taylor), tiene más que ver con Nickelback que con Slipknot. ¿Me he vuelto loco? No, nada de eso, pero Stone Sour es una banda de metal alternativo (subrayémoslo), allá donde el metal se difumina tanto, tantísimo, que se mezcla con una suerte de rock post-alternativo en la peor de las vertientes posibles, esa que intenta llegar a la radio y las listas -y de hecho llega- pero sólo con mayor fortuna a las norteamericanas, allá donde este tipo de productos típicamente de esa tierra (Staind, Creed, Nickelback y sé que la naturaleza de estas bandas tiene poco que ver con la de Taylor pero el resultado estético es idéntico para la FM) triunfan en lo que se denomina el circuito universitario (que no hace referencia al nivel de estudios del público que les escucha sino al rango de edad, algo muy diferente) y les garantiza festivales y conciertos en pabellones, pero siempre lejos de las grandes mareas de gente que suelen convocar Slipknot.

Stone Sour, como muchos otros, podrán pagar los servicios del mejor productor o estudio, masterizar su álbum allá donde tan sólo unos pocos privilegiados pueden permitírselo, o fichar a los músicos que Taylor quiera que siempre e invariablemente, un álbum de Stone Sour seguirá sonando como uno de Stone Sour. Y digo esto porque Corey Taylor aseguraba en todas sus entrevistas que este “Hydrograd” iba a ser uno de los mejores discos del año, todo un hito en su carrera, un auténtico punto de inflexión para el rock y, con todos mis respetos, aún sonando bien y teniendo algún momento, la carcajada de Chad Kroeger se está escuchando hasta en la otra punta del universo y no es que precisamente el último álbum de Nickelback sea el “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”.

Sin el carismático Jim Root y con la adición de Christian Martucci, además de Johny Chow al bajo, Corey, Josh y Roy, aún sonando potentes, distan mucho de ser el supergrupo que muchos aseguran. "Taipei Person / Allah Tea" abre el álbum tras la clásica introducción (“YSIF”) que no desemboca en nada excepto en una canción de tempo acelerado con un riff infantiloide; hay fuerza, hay ganas pero nada más excepto un estribillo que podría haber sido firmado por Fall Out Boy. “Knievel Has Landed” posee más groove y se agradece pero no me gusta demasiado el sonido de la canción en general como las voces y esos coros, excesivamente procesados y melosos en una banda que quiere romper

Como forzado y ridículo resulta el sarcasmo de Corey cuando en “Hydrograd” canta eso de “I’m not better than you, I’m just better!”. Está bien cantar con sentimiento pero cuando hay fondo, cuando hay algo que decir, no en una canción que es puro azúcar. Como el pastel de “Song #3” que ya pudimos escuchar como adelanto y en el que uno llega a entender el porqué de la defensa de Taylor a Linkin Park, “Song #3” es justamente la canción opuesta a lo que uno querría escuchar en un álbum con vocación a salvar o revolucionar el rock.

“The Witness Trees” suena a The Rasmus, como ese intento indie que resulta siendo “Rose Red, Violent Blue (This Song is Dumb and So Am I)”, toda una declaración de principios. Por suerte, no todo está perdido, “Thank God It’s Over” posee una buena interpretación de Taylor, como “Mercy” es bastante pegadiza (ojo, no estoy hablando de calidad) pero también entraremos en punto muerto con “Whiplash Pants”, “Friday Knights” o las flojas, flojísimas, “Somebody Stole My Eyes” o “When The Fever Broke” en un álbum jodidamente largo que se hace doblemente eterno cuando, según pasan las canciones, somos conscientes de que cuesta diferenciarlas en ese intento por aunar diferentes elementos del rock y el metal con el mismo barniz sintético bajo el que suena la propuesta de Stone Sour.

Da la sensación de que en “Hydrograd” hay un buen álbum luchando por despuntar pero son las propias canciones las que evitan que despegue como conjunto y es que las que merecen la pena están en constante pulsión con una masilla indecente de temas del calado de “Song #3", “Rose Red, Violent Blue (This Song is Dumb and So Am I)” o “Somebody Stole My Eyes”. Un álbum que no entraña ningún desafío para el oyente y, ni mucho menos, supone nada en la carrera de Stone Sour o la música en general. Si el llorón de Chad Kroeger de Nickelback es al rock lo que el Kentucky Fried Chicken al pollo, “Hydrograd” de Stone Sour es poco menos que un nugget congelado, un anécdota más en la carrera de Slipknot. Taylor debería centrarse, componer con Root, Crahan y Thomson y olvidarse de libros y discos que no van a ningún sitio… Honestamente, soy incapaz de entender cómo hay críticos que pueden darle puntuaciones tan altas a un álbum así. Es más gracioso leer las declaraciones de Corey que escuchar unas canciones que son poco menos que un chiste sin gracia…

© 2017 Conde Draco

Crónica: Aerosmith (Madrid) 29.06.2017

SETLIST: Let the Music Do the Talking/ Nine Lives/ Love in an Elevator/ Livin' on the Edge/ Rag Doll/ Falling in Love (Is Hard on the Knees)/ Stop Messin' Around/ Oh Well/ Remember (Walking in the Sand)/ Sweet Emotion/ I Don't Want to Miss a Thing/ Come Together/ Eat the Rich/ Cryin'/ Dude (Looks Like a Lady)/ Angel/ Dream On/ Mother Popcorn/ Walk This Way/

Que veinte años no es nada es tan sólo una verdad a medias y si no que se lo pregunten a Aerosmith. La banda de hard (transmutada por completo en una de pop rock) hacía veinte años que no pisaba la capital desde aquella gira llamada Nine Lives Tour y no es cierto que en las últimas dos décadas su carrera haya sido todo lo regular que se podría esperar de ellos tras aquel sonoro regreso (si es que se le puede llamar así), por todo lo alto, que supuso el vendedor “Get A Grip” (1993) que les puso en boca de todos y, lo más importante, les descubrió a una generación que vivía inmersa en la época alternativa y para la que Aerosmith eran cosa del pasado. Habían pasado cuatro años y su último gran disco era “Pump” (1989), anteriormente “Draw The Line” (1977), pero parece ser que ni ellos mismos estaban preparados para lo que se les vendría encima con canciones como “Livin’ On The Edge”, “Eat The Rich”, “Amazing”, “Cryin’” y la famosísima “Crazy”. Y es que Aerosmith fueron incapaces de digerir aquel recibimiento, aquel favor del público en una época tan complicada como aquella en la que ni siquiera eran odiados por la escena alternativa sino que incluso eran reivindicados por algunos de sus artistas. Esa incapacidad de digerir el inesperado éxito degeneró en un correctito pero comercial “Nine Lives” (1997), el mediocre “Just Push Play” (2001), el intento por convertirse en una banda de blues “Honkin’ On Bob” (2004) y un desgastado “Music From Another Dimension” (2012) que pasó sin pena ni gloria por las listas y, mucho peor, por nuestros oídos. Pero quizá lo que terminó por rematar a Aerosmith fue el éxito sin precedentes que sufrieron con “I Don’t Want To Miss A Thing” (incluída en la banda sonora de “Armageddon”) que reventó las listas, se convirtió en uno de los videoclips más emitidos de la época, les hizo vender millones y les acercó y descubrió a un público nuevo para ellos que desconocían “Angel” pero se derretían con el dramón de una historia de amor entre Affleck y Liv. Problemas de dirección ante algunos pinchazos como el mencionado “Just Push Play” y un Steven Tyler más descentrado que nunca (esta vez no por el alcohol) sino por su eterna ansia de trascender, de convertirse en un icono pop, olvidándose por completo de sus compañeros siempre en eterna espera de su regreso mientras él prefería absurdas colaboraciones con supuestas divas del pop, ser parte del jurado de un conocido programa televisivo o publicar el año pasado su primer disco en solitario, “We're All Somebody From Somewhere” (2016), de calado country-contemporáneo/comercial y facilón, completamente alejado de lo que mejor sabe hacer, todo un fiasco de ventas que fue la crónica de una muerte anunciada.

Para mí, Aerosmith son parte de una época, la de mi adolescencia, en la que quiero que se queden y lo que vino después, con todo el cariño del mundo, nunca me dejó satisfecho del todo y, quizá lo peor de todo, cambió la perspectiva que el resto del mundo tenía de una banda que, a pesar de sus estribillos, siempre había sido de rock. De las cuatro ocasiones que he podido verles en directo, he de reconocer que de una (aquel Global Warming Tour del 2014 en el que se supone que estaban en plena forma, luego se demostraría que no) me largué a mitad de su concierto a causa del malísimo sonido y la escasa entrega de la banda para encaminarme a una de las muchas actuaciones que se estaban produciendo en uno de los escenarios más pequeños del festival francés por excelencia, donde habitualmente se suelen gestar las grandes batallas.

Aquella espinita me la he podido sacar este año, por partida doble, con este Aero-Vederci Baby! Tour 2017, en el que hemos tenido la oportunidad de volver a disfrutar de la banda en nuestros escenarios. Lo que se supone que será la última gira (aunque ahora parezca que se están arrepintiendo y aseguran que hay Aerosmith para rato) nos los devuelve en un espectáculo complaciente, a la altura de las circunstancias; no falta la útil pasarela que U2 patentasen a primeros de los noventa y que internará a Tyler y Perry entre el público, las pantallas con animaciones o forzados angulos de los músicos, decenas de público VIP de ese que nunca paga y más decenas de ese otro que se ha dejado la nómina en una de esus carísimas entradas con acceso al escenario, al backstage, la exposición o incluso conocer a los músicos (a todos menos a Kramer) y una colección de canciones que forman ya parte de la historia de la música moderna (algunas más que otras) con Joe Perry, por suerte, recuperado de sus problemas de salud, los discretos Tom Hamilton y Brad Whitford siempre en segundo plano pero soportando casi todo el peso del concierto, un Joey Kramer francamente desgastado y al borde del agotamiento físico en cada uno de sus baquetazos, boqueando por sobrevivir, y un Steven Tyler que no sólo sigue teniendo una de las gargantas más potentes del rock sino que todavía conserva ese puntito roto que siempre se disfruta en todo su esplendor cuando el concierto ya ha arrancado y él ha calentado, un artista de los que ya no quedan y que a sus casi setenta años sigue atrayendo todas las miradas y levantando a un estadio por completo. El rock ‘n’ roll dejó de ser algo peligroso para convertirse en un circo y ahora, en estos años, en un parque de atracciones en el que cada uno paga lo que puede y todas las bandas nos ofrecen algo similar (desde System Of A Down pasando por Foo Fighters o Aerosmith)

Tras la consabida introducción, el concierto despegó verdaderamente con “Love In An Elevator” o ese “Livin' on the Edge” que sigue sonando tan genuino como hace años, “Rag Doll” sonó como un chicle pero fue con “Falling in Love (Is Hard on the Knees)” en la que la gente terminó por dejarse la voz mientras toda la pista saltaba al ritmo, lo que nos demuestra también el tipo de público que puebla un concierto de Aerosmith en pleno 2017. Todo un espectáculo pensado al milímetro en el que incluso las improvisaciones o los guiños están calculados al segundo.

Disfruté, creo que todos, con el momento más bluesy del concierto, en ese en el que Brad y Tom parecen también entusiasmarse, con las interpretaciones de “Stop Messin' Around”, “Oh Well” de Fleetwood Mac o “Remember (Walking in the Sand)” de The Shangri‐Las, en las que la banda pareció convertirse en algo muy diferente por unos minutos y vi a Tyler disfrutar tanto como un niño.

Todo lo contrario de la interpretación de “Sweet Emotion” de esta gira que me parece que no hace justicia a anteriores o incluso a la de estudio y la inevitable “I Don't Want to Miss a Thing” por la que parece que asistieron las treinta y una mil personas que llenaron el auditorio con cientos y cientos de móviles sustituyendo a los mecheros de antaño y cuyo contrapunto fue la versión de “Come Together” de los Beatles en la que el público, una vez más, demostró su naturaleza cuando cantaron el estribillo antes de tiempo ante un Tyler que sonrió ante el error o una irónica “Eat The Rich” que vuelve a sonar igual de potente que antes (como el eructo de Steven), la famosa “Cryin’” o ese Dude (Looks Like a Lady)” que nos llevó a los bises.

Steven bromeó con el frío, no era para menos, cuando salió semidesnudo y se sentó al piano para interpretar la preciosidad que es “Angel” antes de la consabida “Dream On” y despedir el concierto con James Brown y la oportuna “Walk This Way”, otra de esas canciones que supuso toda una carambola cuando decidieron mezclarse con Run–D.M.C.

Es cierto que lo que vimos fue un espectáculo estándar pero tampoco hay queja posible alguna cuando uno contempla al sonriente Tyler abrazarse a Perry en lo que seguramente sea la última visita de Aerosmith a Madrid. A la salida del concierto en una localidad como Rivas atestada y desbordada por el poder de convocatoria del grupo (por favor, que alguien toma nota de que el Auditorio Miguel Ríos no suena como debe ni está preparado para completar todo su aforo si el resto de infraestructuras y organización no acompañan), unas medidas de seguridad acordes al momento que nos toca vivir, la policía convirtió en una ratonera la incorporación a la autopista con un control de drogas y alcoholemia, luces azules y nos piden que nos echemos a un lado, a nuestro lado pasan cinco Mercedes negros a toda velocidad con dirección al hotel Villamagna de Madrid y Steven secándose la cara con una toalla en el asiento delanterio del primero. Imposible negarles el esfuerzo y la entrega…

© 2017 Conde Draco