OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

FOO FIGHTERS regresan con "Concrete And Gold"

Qué razón tenía Neil Young en "Hey Hey, My My (Into The Black)", es mejor arder que desvanecerse poco a poco...

Jacksonville en Madrid...

El triunfo de RYAN ADAMS en su paso por nuestro país, con "Prisoner" bajo el brazo. Esos grandes para los que a veces parece que sí hay un reemplazo...

"Hydrograd" de STONE SOUR no es lo que parecía

Le guste o no a Corey Taylor, STONE SOUR siempre será el proyecto paralelo del cantante de SLIPKNOT...

ROGER WATERS ha vuelto, nunca se fue...

Su mejor álbum desde "Amused To Death", atrevido pero también nostálgico...

"Emperor Of Sand" de MASTODON

El cáncer, el paso del tiempo y la redención en la nueva obra maestra de los de Atlanta.

PILLORIAN, de las cenizas de AGALLOCH

John Haughm vuelve a la carga con uno de los mejores discos del año, "Obsidian Arc"

KREATOR, el olor del buen thrash alemán por la mañana...

Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

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Cuarenta minutos de abstracción

Un disco fascinante, extraño, menor pero extrañamente bonito, diferente y excitante...

Crítica: Dee Snider “For The Love Of Metal”

Ahora que Twisted Sister parecen haberse despedido definitivamente tras su última gira con Portnoy ocupando el lugar de A.J. Pero y Dee Snider quiere continuar, tras la publicación de “We Are the Ones” (2016) y su tibio recibimiento, no tenía demasiadas oportunidades en una discografía en solitario tan parca como irregular y, tras escuchar este “For the Love of Metal”, da toda la sensación de que así seguirá por mucho tiempo, que el techo lo tocó con Twisted Sister y, por mucho que lo intente, parece condenado a no terminar de encontrar su propio camino a solas. ¿Estoy exagerando? ¿Acaso “For the Love of Metal” no es un buen disco? Lo es, es quizá el mejor de su discografía en solitario y un buen empujón tras el fiasco anterior (producido por Damon Ranger y Dee citando como influencias a Foo Fighters, Imagine Dragons o Thirty Seconds To Mars), un álbum musculoso y rocoso, pergeñado con la ayuda de Jamey Jasta (Hatebreed) y otros ilustres amigos como Charlie Bellmore (Kingdom of Sorrow), Joel Grind y Nick Bellmore (Toxic Holocaust), Howard Jones (ex-Killswitch Engage), Mark Morton (Lamb of God) y Alissa White-Gluz (Arch Enemy), en el que Dee cuenta con la pluma de otros (Jasta, fundamentalmente, junto a Nick Bellmore) que han escrito las canciones y él las interpreta hasta hacerlas suyas; la garra, la fuerza, las ganas y la vitalidad están presentes en su forma de cantar, Dee se deja el alma y ello se siente en cada una de sus estrofas, las vive y suenan desgarradas pero algo falla y es que, por mucho que las composiciones hayan sido escritas pensando en él, ninguna está a la altura de su leyenda; son buenas canciones, resultonas y atractivas, pero ninguna marca a fuego, no hay un sólo single que nos toque el corazón, resulte memorable o parezca haber sido escrito para ello.

Por otra parte, el gran fallo que le veo a “For the Love of Metal” es la producción; suena muy bien pero excesivamente actual y potente, hay demasiado esteroide y a Dee, aunque no le falten las fuerzas y siga siendo un prodigio y derroche energía, le sienta mucho mejor el hard rock con tintes levemente glam, el rock callejero con un poquito de rímel y carmín, las guitarras que tejen y no saturan, la batería que acompaña pero no se come la mezcla, el bajo que siente pero no retumba y en “For the Love of Metal” hay demasiada testosterona. 

Echo de menos un estribillo para ser coreado en un festival, mini en alto, echo de menos una frase, un emblema, un solo de guitarra que destile sabor en un álbum en el que da la sensación que Dee ha querido dejar bien claro que “We Are the Ones” fue tan sólo un traspiés (cada vez que recuerdo canciones como “Rule The World”, “Crazy For Nothing” o la horrenda e innecesaria versión de “We’re Not Gonna Take It”, siento un desagradable escalofrío…) y que él sabe, tanto como el que más, sonar contumaz y aguerrido en estudio como sobre un escenario. En definitiva, Dee quiere su parte del pastel y confunde la forma con el fondo; “For the Love of Metal” suena brutal para un artista que no necesita de tal exhibición sino buen oficio y mejores canciones.

“Lies Are A Business” es un cañonazo, un arranque sin tregua; veloz, cortante y afilada, Dee nunca ha sonado tan agresivo y, aunque la canción no vale gran cosa, suena tan potente que nos convence, como “Tomorrow’s No Concern” (mucho menos imaginativa y repetitiva) o “I Am the Hurricane”, quizá la única con verdadera vocación de single (se nota la mano de Morton en la guitarra), es estropeada por ese toque metalcore de tercera (Light The Torch) y un puente cercano a Limp Bizkit (como en “Running Mazes”). Esfuerzos por sonar más actual, nada de lo que culparle, excepto por el aburrimiento (“American Made” o “Roll Over You”) hasta un “I’m Ready” más clásico que le suena maravillosamente bien y en la que se le siente mucho más cómodo, lejos de los exagerados coros anteriores, algo parecido le ocurre en “Mask” hasta el momento más metalcoreta de todos con “Become The Storm” y “Hardest Way” (con Jones en las voces y compuesta por Jasta y Logan Mader), o la balada metida con calzador, “Dead Hearts (Love Thy Enemy)”, que se encabrita hasta el medio tiempo para acabar en tierra de nadie y que si merece la pena es por escuchar el curioso dueto con Alissa White-Gluz, último aliciente antes de cerrar el disco con la mediocre “For The Love Of Metal” que no aporta nada en absoluto, únicamente minutaje.

Un álbum (con una horrenda y prefabricada portada, obra de Marcelo Vasco, todo sea dicho) que resulta tan impostado que escucharlo del tirón agota y la recompensa es de lo más rácana cuando el disco se acaba y no hay canción que perdure en nuestra memoria sino un batiburrillo de gruesos riffs, canciones impactantes pero sin calado, varoniles coros de pelo en pecho y la aburrida sensación de llevar escuchando lo mismo durante casi una hora. No es un mal disco, es sólo que no es el que uno espera de Dee; el coche tira, pero no es el suyo, tampoco el nuestro. Qué cierto es que el infierno está empedrado de buenas intenciones; no podemos señalar a Jamey Jasta, Howard Jones, o el resto de amigos, de semejante desaguisado porque todo parece hecho con el mejor de los propósitos pero sí a todos si ninguno se dio cuenta a tiempo y, por supuesto, a esos que nos venden “For the Love of Metal” como lo que no es…


© 2018 Conde Draco


Crítica: Powerwolf “The Sacrament Of Sin”

A pesar de ser una de las mayores y crecientes fuerzas alemanas dentro del metal, siempre ha habido algo que me ha mantenido alejado de Powerwolf. Y es irónico porque eso mismo lo degusto con fruición en otras bandas y me refiero a la estética; a la ridiculez de algunos de los títulos de sus canciones, la repetición de estribillos y arreglos bombásticos con acento europeo no angloparlante. Decenas de bandas utilizan el famoso, y a veces denostado, corpse-paint (es verdad que este no es propio de este subgénero y choca), mientras otras muchas recurren al coro con acento sueco, fines o alemán y no sentía lo mismo que por los de Attila Dorn, por no hablar de sus vestuarios y peculiar puesta en escena. Resulta especialmente significativo para mí ser capaz de ver en directo a bandas y artistas como Batushka, Kiss, Lordi, King Diamond, Alice Cooper, Sunn O))), Portal, los mismos Ghost o la pléyade de bandas de black metal underground (de Carpathian Forest a 1349) y entender que en ellas está bien, pero haberme repelido Powerwolf. Como también sería injusto reducir la propuesta de los alemanes al envoltorio o sus guiños más infantiles cuando, musicalmente hablando, quizá sean una de las propuestas más sólidas del metal actual.

“Lupus Dei” (2007) y “Bible of the Beast” (2009) me siguen pareciendo sus mejores trabajos, seguidos muy de cerca por “Blood of the Saints” (2011) y, aunque “Preachers of the Night” (2013) o “Blessed And Possessed” (2015) me parecen notables, es con “The Sacrament of Sin” (2018) con el que me tengo que rendir a la evidencia de que Powerwolf parecen incapaces de publicar un mal álbum a pesar de retar las musas o el agotamiento tras las giras y cumplir religiosamente con su cita cada dos años. Producido por el famoso Jens Bogren en los ya también míticos estudios suecos de Fascination Street. “The Sacrament of Sin” peca, nunca mejor dicho, precisamente de todo lo descrito anteriormente; exageración en sus arreglos, la operística voz de Attila Dorn, el exagerado y fantasmagórico órgano de Falk Maria Schlegel y las sólidas guitarras de los Greywolf, con un acabado a manos de Bogren (que también se ha encargado de las mezclas) exagerado y reluciente, impresionante en su despliegue de recursos pero también preciosista, todo ello adornado por la también espectacular ilustración de Zsofia Dankova. Y sí, si alguno dudaba de lo escrito anteriormente, sigue conteniendo pueriles estrofas y vergonzantemente ridículos estribillos ("Nightside of Siberia", "Venom of Venus"), coros por los que defenestraríamos a otras bandas (como en la canción que da nombre al álbum) o títulos como "Demons Are a Girl's Best Friend" (por favor...), pero ni siquiera eso me mantiene al margen de disfrutar de “The Sacrament of Sin” o menospreciar el último esfuerzo de los de Dorn, ya que es uno de los grandes discos de metal del año, un producto diseñado con milimétrica precisión para ser un éxito, como de hecho ya lo es…

Todo lo que puedes esperar de Powerwolf se condensa en la aperture que es "Fire And Forgive", rimbombantes coros (pero también lúgubres) y rapidez en una composición accesible en la que todo parece encajar como un puzle (como el solo de Matthew Greywolf), y es que escuchándola serás capaz de sentir las mismísimas llamaradas del escenario. No mentiré, "Demons Are a Girl's Best Friend" es la pieza que le habría faltado al mismísimo Cardinal Copia en el último álbum de Ghost, “Prequelle”, no cuesta nada en absoluto imaginarla en su nasal voz y acabado pop. La naturaleza de Powerwolf, sin embargo, es muy diferente a la de los suecos y la llevan a su terreno, robusteciendo las guitarras. Otro de los puntos álgidos del álbum es "Killers with the Cross", como si hiciese falta; los teclados de Schlegel y las voces son necesarias para elevar la canción y vaya si lo consiguen, es sencillamente perfecta, power de calidad.

Es la dupla con "Incense and Iron", lo que hace que “The Sacrament of Sin” no pierda cuerpo, con otro estribillo memorable y nos acerquemos a la tan temible zona central con la balada "Where the Wild Wolves Have Gone" (necesaria para crear el estado de ánimo necesario y que baje la adrenalina) la voz de Dorn se apoya sobre el manto de guitarras de los Greywolf y, sobre todo, en el piano de Schlegel. El contrapunto perfecto al momento más calmado llega con "Stossgebet" y su crescendo hasta "Nightside of Siberia", recordándonos a su material más temprano y, por qué no, al entrecortado riff de “Pursuit Of Vikings” de Amon Amarth, mezclado con el subidón de testosterona en las voces de Sabaton (como en "Venom of Venus"), algo similar siento con “Fist by Fist (Sacralize or Strike)” que podría haber formado parte de “Blessed And Possessed” (por cierto, espectacular el trabajo de los Greywolf), hasta el plato principal, la propia "The Sacrament of Sin", en la que parecemos galopar con la banda.

Un gran álbum que nos deja con ganas de volver a verles en directo, hacía tiempo que no disfrutaba tanto de un disco, lo sé es power-pop metal; pero me gusta y estoy seguro de que la gira, como siempre, no nos defraudará. Hacen falta más bandas como Powerwolf, que traigan espectáculo al metal, cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido y sean capaces de hacer que nos olvidemos de nuestras preocupaciones mientras seamos capaces de cantarlos.


© 2018 Lord Of Metal



Crónica: Hellfest (Clisson, Nantes) 23.06.2018

Segundo día en el mejor festival europeo del momento y quizá el que más sorpresas nos depararía. Nuestra jornada comenzaba con Oranssi Pazuzu, es verdad que los finlandeses nos engancharon desde “Kosmonument” (2011) pero, en cambio, “Värähtelijä” (2016), a pesar de ser un gran álbum, nos sigue pareciendo que su principal defecto es su horrenda producción y el terrible rango dinámico, algo impensable en una banda que necesita precisamente de ella para que su propuesta sea mínimamente entendible. Jun-His, Ikon, Ontto, Evil y Korjak, tomaron el escenario con su habitual sobriedad y abrieron con “Uraanisula” a una hora en la que la luz del día y el público no es el más adecuado para casi ninguna banda, ambas canciones sonaron con rabia y su ya habitual mística pero no fue hasta “Saturaatio” que la banda no pareció entrar en calor, quizá fue su crescendo o la respuesta del público, pero sonó masiva, impresionante, quizá como debería haber sonado “Värähtelijä”. Ante la crudeza del directo, la figura de Evil en los teclados es necesaria para que Oranssi Pazuzu gocen de ese puntito psicodélico pero también es verdad que Ikon y Onttó estuvieron soberbios, como Jun-His a las voces, “Lahja” o “Ympyra on viiva tomussa” nos llevaron a “Vasemman käden hierarkia” con la que cerraron su actuación, dejándonos un gran sabor de boca.

Crítica: Skeletonwitch “Devouring Radiant Light”

No puedo culpar a Skeletonwitch del cambio, tras la salida de Chance Garnette y la incorporación de Adam Clemans, tras el callejón sin salida que supuso “Serpents Unleashed” (2013) y los cinco años que medían entre aquel y “Devouring Radiant Light”, porque era algo tan necesario que todo lo contrario habría supuesto el final de una banda en la cual tan sólo quedan dos miembros originales; Nate Garnette y Scott Hedrik pero, siendo como es el mundo del metal, tampoco vamos a ponernos exquisitos con el constante flujo, idas y venidas de músicos en bandas en las que, en muchas ocasiones, tan sólo queda un único miembro original o menos. Por otra parte, los de Ohio, siguen fieles a sus raíces y, aunque ahora suenen más a black que a thrash y hayan perdido músculo y rapidez en favor de trémolo, no cuesta nada en absoluto identificar el sonido de la banda en las primeras escuchas. Con todo, “Fen Of Shadows”, aquella con la que se abre el disco, carece de un riff protagonista que la vertebre sino que parece haber una pequeña lucha eléctrica entre Hedrick y Garnette, Clemans suena mucho más maligno y chirriante que Chance, es verdad, pero eso no es un problema cuando Skeletonwitch parecen haberse convertido en una banda más de black al uso y preferir los largos desarrollos y las atmósferas dolientes a la testosterona, las dramáticas y oscuras guitarras emocionales al subidón de adrenalina y la mezcla de géneros. “Fen Of Shadows” gana sustancialmente con cada minuto, pero también es verdad que son siete y la canción no parece requerirlos, la misma emoción contenida en un envase más pequeño habría sido mucho más mortífera., el estribillo y el cambio de ritmo habría sido infinitamente más dañinos en cuatro o cinco minutos, imposible discutirlo.

No deja de resultar curioso que cuando entran en ignición es con el “in crescendo” de “When Paradise Fades” en la que el maquillaje black parece algo tan forzado que, aunque suene bien, agradece de la épica thrashy y esa urgencia en el riff del inicio por “2 Minutes To Midnight”, como tampoco es extraño que con la mitad de duración hayan sido capaces de comunicar, transmitir, la misma desesperanza y rabia que en los siete minutos anteriores de “Fen Of Shadows”. Algo similar ocurre en “Temple Of The Sun” en la que poco más de cuatro minutos les bastan para cabalgar a lomos del bajo de Linger, perdiendo épica en la homónima “Devouring Radiant Light”. Que nadie me malinterprete, me encanta la música de Skeletonwitch y también la contenida en el álbum, como disfruto sin complejos de larguísimas canciones con eternos desarrollos, pero, lo primero, dentro de un contexto (que me hace valorar un lanzamiento del anterior, más cuando han pasado cinco años, ha habido cambio de vocalista y de intenciones) y, lo segundo; cuando la canción lo requiere, lo pide a gritos y tal no es el caso de “Devouring Radiant Light”, ni de muchas otras del álbum.

El forzoso acelerón en “The Luminous Sky” y su breve incursión en el death metal melódico con Clemans cambiando el registro a uno más gutural, alternándolo con el chillón, es refrescante y tanto Garnette como Hedrick están magníficos Pero en todo cambio, más cuando hay algo de forzoso en él, suele haber momentos de indeterminación y zozobra, tal es el caso de “The Vault” que tarda demasiado en encenderse o el esfuerzo de “Canarium Eternal” queda difuminado y pierde comba por la poca dirección, dejándonos a solas con “Sacred Soil” y, sorprendentemente, la mejor de todo “Devouring Radiant Light” o, por lo menos, en aquella en la que a Clemans se le siente más cómodo (quizá porque la composición tiene carácter propio y no frecuenta tanto otros subgéneros), quizá porque los riffs de Garnette y Hendrick enjacan a la perfección, quizá por su duración o por la estructura, porque mantiene la emoción sin aburrir, porque ahonda en la herida y se muestra agresiva pero en ella también hay un puntito progresivo que facilita esa épica intentada y fallida en las otras composiciones..

Por ello, aún con todo el dolor de aquellos que devoramos luz y hemos disfrutado de obras como “Beyond the Permafrost (2007)”, “Breathing the Fire” (2009) o “Forever Abomination” (2011), no puedo creerme que “Devouring Radiant Light” es más de lo que es cuando en ocho canciones me han tocado la fibra en tan sólo dos o tres ocasiones y entiendo el álbum como uno de transición, como un nuevo punto de partida para Skeletonwitch. El cambio era necesario para que la banda siguiese con vida y se plantease un nuevo futuro, pero sólo eso, no lo disfracemos de otra cosa ni pretendamos a los demás hacer ver lo blanco, negro…

© 2018 Lord Of Metal

Crítica: Khôrada “Salt”

No es extraño que el oyente casual de este “Salt” de Khôrada se sienta tan perdido y desconectado como aquel que asiste a ver la última película de una gran saga galáctica y se ve envuelto en un mar de referencias y una precuela o un spin off. Algún iluminado me dirá que eso da igual que; “en la música, lo único que importan son las canciones” y, no faltándole razón, a veces es más que necesario un pequeño mapa para saberse situar en el contexto y valorar lo que uno escucha. Khôrada nacen de las cenizas de Agalloch y Gian Squid. Mientras John Haughm decidía si seguía publicando bajo el nombre de Agalloch (algo no demasiado descabellado, por otro lado) tras la separación de una banda a la que él entendía que debían dedicar más tiempo y girar por todo el mundo, estaba la actitud silenciosa de sus compañeros que decidieron dar a luz a Khôrada con la ayuda del vocalista Aaron Gregory (ex Giant Squid y actualmente en Squalus). El disco de John Haughm con Pillorian fue “Obsidian Arc” (2017) que todavía me sigue pareciendo sobresaliente (dentro de las limitaciones a las que Haughm se ha sometido), mientras que Jason Walton, Don Anderson, Aesop Dekker y Aaron Gregory han tardado algo más en la elaboración del debut de Khôrada, este “Salt” que posee grandes momentos, pero palidece frente a “Obsidian Arc”. El mismo iluminado de antes, insistirá en que son estilos y bandas diferentes y, de nuevo, no le falta razón, pero también resulta inevitable no comparar las carreras y esfuerzos en paralelos de aquellos que una vez firmaron “The Mantle” y, más aún, tras el culebrón descrito anteriormente, en el que una banda mediáticamente tan discreta como Agalloch era abierta en canal por los medios y los seguidores pudimos ver cómo aireaban sus trapos sucios.

A grandes rasgos, mientras “Obsidian Arc” de Pillorian bebe sin complejos, directamente del black metal y juguetea con otros subgéneros, “Salt” de Khôrada tiende más hacia la introspección del post en una época en la que se abusa especialmente de una etiqueta como el post-black metal. No solamente en la composición e instrumentación o la estética musical (la voz de Gregory, los desarrollos y las guitarras) sino también en una producción que juega con el ambiente de la grabación (como si Daniel Lanois les hubiese prestado la atmósfera), los arreglos o la duración de unas canciones que parecen necesitar del excesivo minutaje, no sólo para alcanzar su clímax sino para tener algo de sentido. Tal es el caso de “Edeste”, en el que sus siete minutos parecen estar justificados en cualquiera de sus pasajes y le hubiese sentado mucho mejor la voz rasgada de Haughm a la de barítono de Gregory (sabe cambiar y modularla pero, en muchas ocasiones, tengo la sensación de estar escuchando a un Stuart Staples metalero). La única verdad es que Khôrada parecen necesitar tres minutos (entre la introducción y la tenebrosa coda final) para desatar una furia moderada de cuatro en un disco en el que hay tendencia hacia los grises. “Seasons Of Salt”, tras el dinámico momento de black termina difuminada en un disonante lamento en el que la lentitud termina comiéndonos por completo y, de no ser por esos constante cambios de ritmo y el blastbeat de Dekker, perderíamos la paciencia en ese inofensivo medio tiempo en el que parece transcurrir. Además, su introducción y las guitarras las hemos escuchado un millón de veces antes (o tenemos esa sensación) y eso nunca puede ser bueno.

Mucho más directa parece “Water Rights”, quizá porque no hay gran complejidad en ella (como la buscada en “Edeste” o “Seasons Of Salt”) y ello se nota en la duración, esa de la que vuelven a abusar en “Glacial Gold”, otros siete minutos de constantes vaivenes de guitarras gruesas, calma tensa y tormentas eléctricas que, por desgracia, se entrelazan sin encontrar un nudo o resolución. Sorprendente por absurdo es la inclusión de lo que podemos entender como una balada, “Augustus”, o el tremendo esfuerzo que es “Wave State” en el que, por fin, sí tejen una introducción que conduce a una virulenta estrofa en la que plantean más riesgo que en todo lo mostrado hasta el momento, como la final “Ossify” en la que la ligereza de las guitarras y el jugueteo de su fraseo son el vehículo perfecto para hacerles abandonar el pretendido aburrimiento arty en el que parecían haberse sumido en muchos de los minutos de “Salt”.

Un álbum ecléctico, para los amantes de Agalloch y Giant Squid, en el que lo mejor no está en sus surcos sino en el futuro que plantea ya que hay talento y buenas ideas que, pese a no haber eclosionado aquí y de haber continuidad, prometen mucho más en el futuro de lo que nos pueden ofrecer ahora mismo y eso siempre es excitante…


© 2018 James Tonic

Crítica: Crossfaith “EX_MACHINA”

Reza el proverbio, “cuando el sabio señala la luna, el necio mira al dedo” y bien podríamos aplicarlo a cientos y miles de internautas que todavía no se han destetado y las redes han despertado el crítico que hay en ellos. Los japoneses Crossfaith son entretenidos para un ratito, no para los que hemos asistido a las eternas revoluciones y mestizajes “definitivos” del rock y el metal con el dance. Del industrial de Ministry o Nine Inch Nails, al groove y el thrash sabiamente mezclado con la electrónica de manos de Burton C. Bell y Dino Cazares y el techno más pedorro con el big beat, la rave y el nacimiento del jungle gracias a Liam Howlett, Flint y Palmer y, entre ellos, antes y después; cientos de artistas que clamaban por ser los abanderados de la música electrónica y cualquier otro subgénero. Crossfaith son más atrevidos y si “EX_MACHINA” me parece superior a “Xeno” (2015) es porque parecen haberse librado de complejos y sus nuevas canciones parecen aceptar sin ambages elementos dance con metalcore. Y aquí es donde viene el primer engaño de todos esos que creen ver en los de Osaka a una banda diferente que mezcla death metal con lo mejor de la rave, cuando no es así. Crossfaith no son, ni serán nunca, una banda de death metal, ni tampoco Steve Aoki, quizá esa sea su desgracia (y es que van a acabar sumidos en tierra de nadie, si no; al tiempo) pero también es su gran baza para todos los desmemoriados o nacidos a finales de los noventa. Para ser más exactos (sabiendo que más de alguno llorará frente a su ‘smartphone’ mientras lee esta crítica), Crossfaith son una bandita de metalcore que le debe más a Linkin Park de lo que muchos desearían y, como señalaba al comienzo y recuperando el proverbio, abusan de la sobreproducción hasta el paroxismo y mientras deberíamos evaluar la composición y el trabajo desde “The Dream, The Space” (2011), “Apocalyze” (2013) o “Xeno” (2015), en clara línea descendente, muchos prefieren perderse en lo efectista del envoltorio, mirando el dedo…

La introducción “Deus Ex Machina” suena tan rancia y aburridota que quizá hasta cumpla su función porque cuando llega “Catastrophe” parece más de lo que realmente es. Es verdad que Crossfaith han endurecido su propuesta en algún momento puntual y se agradece pero el estribillo es tan blando y ñoño, tan infantilón, que desmerece el conjunto; “Burn me alive I will always revive to take what's mine. Call it sin or crime, something's awakened in myself. From deep inside of me” como el rapeo y el desaprovechamiento del ‘breakwon’ o un puente que habría resultado magnífico, algo de lo que escucharemos mucho más ejemplos en este “EX_MACHINA”. Es también por eso que “The Perfect Nightmare” es tan agradecida, tan revolucionada y agresiva, los guturales y la batería de Amano hacen el resto antes de que el álbum parezca diluirse. Ambas canciones, junto a “Daybreak” quizá sean lo más agresivo de todo el disco, una exhibición pacata de fuerza en doce canciones con dos instrumentales (“Deus Ex Machina” y “Twin Shadows”)

¿De verdad se diluye tan pronto? Sí, así es. “Destroy” era la prometedora colaboración con Ho99o9 y es un auténtico jarrazo de agua fría pero no tanto como “Freedom” con Rou Reynolds de Enter Shikari (aquella banda que también iba a comerse el mundo, y van…) y los insoportables rapeos y fraseos, esos mismos de los que también abusan en “Make A Move”, lo más cercano a una colaboración entre The Black Eyed Peas y Mike Shinoda, sazonada con un estribillo a la altura de “Catastrophe”; “My guns are loaded I bet you know it No fucking slogan Just action now Your friends are bloated Their backbone broken. But we've exploded now”. La música actual está repleta de compositores que abandonaron sus estudios en el parvulario…

En un álbum en el que parecen priorizar los medios tiempos edulcorados, “Lost In You” o “Eden In The Rain”; “I'm in the pouring rain. Fell it wash my soul. Now your everything is clear”, ¿cuántas veces hemos escuchado esto en una canción? Tras la instrumental “Twin Shadows” y el ultimo esfuerzo con “Daybreak” (tirando un poquito de death, pero muy moderado), llega la evidencia de todo lo expuesto con la totalmente innecesaria versión de “Faint” de Linkin Park (como lo lees…) a la que no aportan absolutamente nada excepto demostrar que “Meteora” (2003) sonaba y sigue sonando más actual que cualquier pieza de “EX_MACHINA”, por mucho que les duela a los japoneses y a todos esos que ahora se ríen de “One More Light” (2017).

De Confucio a Jean-François Leroy, "Twitter te hace creer que eres sabio, Instagram que eres fotógrafo y Facebook que tienes amigos. El despertar va a ser duro…" Ya verás tú cuando muchos se despierten y descubran que no saben nada en absoluto de música y a todos nos entre la risa floja recordando cómo encumbraron a una banda tan poco original como Crossfaith. Que los árboles del dance no te impidan ver el bosque de death porque esto es tan sólo metalcore flojito hecho por fans de Bennington y Shinoda, eso sí, muy molones.

© 2018 Lord Of Metal

Crítica: Michael Romeo "War of the Worlds, Pt. 1"

Hay muchas cosas que me gustan de Michael Romeo y este álbum, “War of the Worlds, Pt. 1” (del que, por suerte, ya sabemos que habrá segunda parte) y que bien podría considerarse como su debut si tenemos en cuenta que “The Dark Chapter” (1995) obtuvo una difusión más bien escasa y han pasado la friolera de veintitrés años para que el guitarrista y cerebro de Symphony X haya regresado por todo lo alto. La principal es que Romeo logra que lo difícil parezca sencillo; el equilibrio entre su virtuosismo y pulida técnica no resta un ápice de disfrute a la escucha del álbum, por otra parte; la sabia decisión de hacerse rodear de músicos vivos y no una caja de ritmos y él interpretando todos los instrumentos logra que, como oyentes, no nos aburramos, además de dotar al disco de ese sentimiento por el cual escuchamos a una banda interpretar las canciones y le confiere aún más dinamismo. A Romeo le acompañan el simpático John DeServio (Black Label Society) y John Macaluso (Labÿrinth o Yngwie Malmsteen) a la base rítmica y Rick Castellano a las voces, siendo quizá ese último el que se sienta más desubicado; la voz de Rick es bonita y versátil (nada más que hay que escucharle en “Djinn” y sus aires orientales) pero en ocasiones tira demasiado al power, además de sonar excesivamente pulida o trabajada en el estudio, lo que es aún peor. Por otro lado, hay que reconocerle su valía, posee fuerza y un bonito timbre que a todos nos recordará a James LaBrie (antes de que al vocalista de Dream Theater le diese por el azúcar, todo sea dicho). Pero igualmente, un poco de sentimiento, de imperfección y menos contención le habría sentado maravillosamente bien a un álbum que posee de todo; hay arreglos sinfónicos (a lo largo de todo el disco pero, en especial, en “Introduction” en el que sentimos desconectar gracias a una introducción atípica, de corte cinemático, como ocurre también con “War Machine”), un poquito de progresivo, power, hard e incluso thrash, todo sazonado bajo una capa de acabado ‘tech’ francamente estupenda, a lomos de varios compases diferentes y la capacidad de Romeo para entrar y salir de las canciones como solista y, sin embargo, estar al servicio de las composiciones, sin que su presencia se torne repetitiva o una exhibición atlética sin sentido.

“Fear The Unknown” y todo parece acelerarse, las guitarras de Romeo cortan y Castellano está estupendo, logran sonar actuales sin traicionar los gustos estéticos del power más prog, la repetición del melodioso estribillo y el solo de Romeo suben la nota, creando una canción que engancha desde el primer segundo. “Black” es la más ‘thrashy’, pero mezclada con algo de groove. Simpática y sorprendente suena “Fucking Robots” en la que estos parecen cantar la estrofa para dejarle el estribillo a Castellano, en una refrescante mezcla de dub con sinfónico y power-prog. Las sorpresas se multiplican, “Djinn”, posee unas guitarras majestuosas, acentuadas por los arreglos, además de todo el influjo oriental del que Romeo (magnífico solo) y un excepcional Castellano son capaces. ”Believe” parece ser el peaje que todo álbum debe pasar y es el de la balada, en este caso ‘power-ballad’ con Castellano sonando muchísimo a LaBrie, transformándose casi en un medio tiempo. No será el único precio que pague Romeo, “Constellations” es aún más sensiblona pero, curiosamente, funciona mucho mejor.

“Differences” se ve engrandecida por los arreglos sinfónicos y los coros, además la guitarra de Romeo está acertadísima en su tono; sabe sonar plenamente prog tanto como hard y ‘shreddear’ sin complejo (así es como entiendo a un verdadero genio de las seis cuerdas, lejos del ejercicio olímpico en las pulsaciones). “Oblivion” posee la fuerza y la melodía y en ella tengo la sensación de que este sería el álbum que le habría gustado grabar a Mike Portnoy y sus Sons Of Apollo, lejos del relamido y artificial acabado de aquel en el que todo suena, pero nada convence, pareciendo una banda de lujo al servicio del capricho del batería.

Un álbum breve; diez composiciones que, pese a algunos momentos de menor intensidad, convence en su nota final y, lo más importante, deja con ganas de más y logra que contemos los días para “War of the Worlds, Pt. 2”. Odio la expresión, pero si buscas el adjetivo ‘brutal’ en el diccionario; estoy convencido de que aparece una foto de Michael Romeo sonriendo, guitarra en ristre, sosteniendo una copia de este álbum…

© 2018 Blogofenia

Crítica: Bullet For My Valentine “Gravity”

Leo las entrevistas a Matt Tuck y se me ponen los pelos de punta por su ingenuidad, está convencido de que “Gravity” será el álbum que haga despuntar a Bullet For My Valentine, que les haga romper en las listas y ser cabezas de cartel, codearse con otras bandas de “nueva hornada” que parecen querer tomar el relevo a las eternas vacas sagradas. Se me antoja ingenuo porque da toda la sensación de haber sido víctima de la industria y de su discográfica que parecen haberle dictado cómo debe sonar su nuevo álbum. “Gravity” es un horror, seamos honestos, un auténtico horror en el que nada funciona; la producción es tan sintética y artificial que Bullet For My Valentine parecen haber perdido sus propias señas de identidad, no se trata de la procesadísima voz de Tuck, el sonido de la batería de Bowld (que sustituye a Michael "Moose" Thomas y, lo más sorprendente, ha colaborado en la composición) o ese acabado más propio del metalcore adolescente mezclado con el pop más malo, fácil y digerible o que parezcan estar transitando el mismo camino de Linkin Park hace diez o quince años, sino que esas ansias de crecer y llegar a un público más amplio les han pasado factura en unas canciones de esquema bobalicón y escasa complejidad, repetición de estribillos, coros y…. ¡ausencia de guitarras! ¿Dónde están los solos, por qué los riffs no suenan con la presencia que deberían? Las guitarras de Padge y Matt suenan domesticadas e inofensivas. No culpemos a la electrónica y sus arreglos, tampoco a Carl Brown por la producción (como el mandado que es) o al siempre genial Colin Richardson ("Don't Need You" es la única con un poco de fuerza, agresividad y su riff, por lo menos, se escucha a buen volumen), culpemos del desaguisado de “Gravity” a Bullet For My Valentine por creérselo, por venderse al mejor postor y haber cedido a la presión.

Lo peor de todo es que si “The Poison” (2005) o “Scream Aim Fire” (2008) nos mostraban a una banda joven y sedienta de sangre, con rabia y repletos de guitarras, en “Fever” (2010) parecían redondear su apuesta y, frente al bajón que supuso “Temper Temper” (2013), se sacaron de la manga un álbum como “Venom” (2015) que nos hacía recuperar la fe en ellos, callaba bocas y, lo mejor de todo, dejaba el futuro abierto a lo que debería ser su gran obra porque “Venom”, no nos engañemos, tampoco era la cuadratura del círculo pero si un álbum digno y con buenas ideas. Un solo tropezón (“Temper Temper”) y un disco que les había devuelto al mapa (“Venom”) y muchos volvíamos a darles la oportunidad en directo. ¿Qué podía salir mal?

El desconcierto comienza con "Leap of Faith”, una canción puramente pop y así es su acabado; es pegadiza, claro que sí (porque su estribillo se repite, sólo por eso), pero también indigna; no hay valentía alguna y la voz de Tuck suena como si hubiese respirado helio. La base rítmica de Mathias y Bown suena igual de artificial y poco orgánica, tanto como “Over It” (plagio al sonido de Linkin Park en la melodía de Tuck en el estribillo). En "Letting You Go" cuentan con la ayuda de Rob Caggiano (Anthrax, Volbeat) y no podría extrañarme más la ausencia de guitarras en una canción que parece más cercana al dubstep que a cualquier cosa que hayan firmado Bullet For My Valentine, pero también Caggiano con cualquiera de sus bandas (y me estoy acordando precisamente de The Damned Things, no de Anthrax o Volbeat…)

El disco no mejora con “Not Dead Yet” y sus odiosos “Oh, oh, oh, oh”, con Bullet For My Valentine evocando el actual mundo de confeti y curry de Coldplay, la lentísima "The Very Last Time" con esos arreglos enlatados o el chiste que es “Piece Of Me” en el que la caja (‘snare’) de Jason Bowld suena horrenda y distrae la atención o la ñoñez más absoluta de “Under Again”. Me cuesta entender que Bullet For My Valentine decidan comenzar casi todas las canciones del álbum con Matt cantando plenamente procesado, sobre una base electrónica, hasta que la banda entra y abusen de esos “Oh, oh, oh, oh”, como en la propia “Gravity”, o compongan canciones dignas del peor Shinoda (“Coma”) y crean que una despedida acústica, como la sensiblona "Breathe Underwater", les abrirá la puerta a los escenarios de Wacken o Hellfest…

Matt, amigo mío, siempre que puedas elegir con quién casarte; hazlo con la diosa sabiduría porque la diosa de la abundancia se pondrá celosa y acudirá a por ti. Si buscas el dinero fácil, el éxito y el reconocimiento, vender muchos millones y actuar como artista principal en los grandes festivales europeos puede ocurrir, de hecho te está pasando (que te hemos visto hace un mes en directo, nadie nos lo está contando sino que lo hemos vivido en primera persona), que actúes a plena luz del día; tu último disco se lleve las puntuaciones más bajas, la crítica te ignore, tu público te desdeñe y te des cuenta de que aquellos que te aconsejaron, quizá se equivocaban. Seguimos a la espera de la continuación de “Venom”, “Gravity” es un error que nunca debería haber ocurrido y lo sabes…


© 2018 Conde Draco

Crítica: Kamelot “The Shadow Theory”

Hay lectores que, a veces, se sorprenden de que no corramos prestos a escribir la crítica de un álbum y muchas se publiquen meses más tarde en comparación con otras. Mientras que, en muchos casos, esto no es más que la pequeña libertad que te proporciona ser libre de cualquier atadura o compromiso (a todos los niveles y que cada uno lo interprete como quiera), en el caso de “The Shadow Theory” de Kamelot, he preferido escuchar el álbum de manera regular a lo largo de los últimos meses a hacer lo contrario y, tras unas pocas escuchas y de mala calidad, argumentar lo de siempre; no llega a la altura de “The Black Halo” (2005) y prefiero la voz de Roy Khan. ¡Y tampoco sería mentira! Pero, no andando muy desencaminado, también es injusto, puede que “The Shadow Theory” no sea lo mejor que han publicado Kamelot pero sigue estando a un gran nivel.

En el mundo del metal (ese tan libre, democrático, culto y respetuoso, chachi y ajeno a los prejuicios) es común el uso y abuso de tópicos y, dada la peregrinación de músicos entre bandas y constantes cambios de formación; no es de extrañar que con frecuencia se creen mitos, leyendas, mártires y malditos para explicar la curva natural en la vida de las bandas y así justificar los grandes logros, pero también los abisales fracasos. En el caso de Kamelot, es frecuente hablar con seguidores que culpan a Tommy Karevik y ensalzan los tiempos de Roy Khan (además de hablar de cambio de dirección en sus cuestiones religiosas y de fe), ignorando que Kamelot son incapaces de grabar un mal álbum, son grandes músicos, y la nueva dirección de la banda tiene más que ver con la composición (lo que entendemos que es algo elegido por ellos) que con un descenso en la creatividad, su talento o capacidad y, mucho menos, Karevik; un vocalista que posee una gran voz, diferente a la de Khan pero igualmente dotado.

Y esto, aunque es una gran verdad, no deja de serlo a medias; la única queja que tengo con Karevik es su falta de arrojo en los altos, los cuales echo de menos. A lo largo de “The Shadow Theory” los evitará y no forzará su garganta en ningún momento, prefiriendo el falsete como recurso o jugando con su tono, serpenteando entre versos. Lo que no quiere decir que sea incapaz de llegar porque ha dado muestras de ello, es simplemente que los Kamelot de “The Shadow Theory” prefieren otro tipo de composición; más pulida, más trabajada y redondeada, menos directa y con más y más arreglos, tanto sinfónicos como electrónicos, en la que Karevik se siente cómodo adornando con la melodía de su voz, una tendencia que se ha acusado desde “Silverthorn” (2012) y “Haven” (2015) e incluso fraguada instrumentalmente desde “Ghost Opera” (2007).

“Phantom Divine (Shadow Empire)” y al trote con Johan Nunez de Firewind, sustituyendo a Casey Grillo, un medio tiempo repleto de épica gracias a Palotai y la unión de Karevik y Lauren Hart, una bonita aunque poco arriesgada forma de comenzar el álbum tras la innecesaria introducción que es “The Mission” (por favor, deberíamos abrir una campaña en change.org para que ninguna banda utilice más intros y outros en sus grabaciones durante, por lo menos, los próximos treinta años porque como recurso está ya agotado y producen una pereza terrible) como ese broche con la rimbombante "Ministrium (Shadow Key)". Es en “Phantom Divine (Shadow Empire)” y “RavenLight” en donde mejor se aprecia el uso y abuso de Karevik del falsete para llegar a esas notas en las que debería rasgarse la garganta (como parece que tímidamente hace en "The Proud and the Broken") si bien, “RavenLight” es tan pegadiza o igual que la anterior pero en donde gana puntos es en el sonido logrado por Sascha Paeth en esa unión entre Thomas Youngblood y Oliver Palotai ; de verdad que es todo un placer escuchar el teclado y la guitarra con tan buen sonido y tan mágicamente unidos, sin dejar de sonar contundente y moderno al mismo tiempo (y creedme, odio emplear el término “moderno” en la música porque me suena inevitablemente rancio).

“Amnesiac” abusa de la electrónica, pero le sienta maravillosamente bien y junto a “RavenLight” y “Phantom Divine (Shadow Empire)” forman un trío ganador que hace coger ritmo a “The Shadow Theory” hasta romperlo con "Burns to Embrace" (muy mal los coros de los niños, muy mal…) o la aburridísima "In Twilight Hours" con Jennifer Haben de Beyond The Black. ¿Suena bien? Perfecta. Pero es puro azúcar y hemos escuchado este tipo de baladas un millón de veces. Por eso, "Kevlar Skin" parece significativamente mejor de lo que en realidad es y tan sólo interesante por la exhibición de Palotai. Pero lo que en un extremo funciona, en el otro no; el abuso de los arreglos al comienzo de “Static” le confieren una estética demasiado artificial y desmerece esas estrofas en las que Karevik se siente cómodo sobre el bajo de Tibbetts. Algo similar ocurre con "MindFall Remedy" (de nuevo con Lauren Hart) y su introducción, pero la salva su potente estribillo.

Lo que me irrita de “The Shadow Theory” es tener la sensación de que hay dos tipos de canciones, en dos vertientes muy diferentes; “RavenLight”, “Phantom Divine (Shadow Empire)”, “Amnesiac”, "MindFall Remedy", “Kevlar Skin” y "The Proud and the Broken" frente a "Burns to Embrace", "In Twilight Hours" o "Stories Unheard" que, sin ser malas, desmerecen a un álbum en el que ninguna composición puede tildarse de mediocre pero en el que la sensación de que falta una bandera o más estribillos persiste.

Tirando de power y de épica, "Vespertine (My Crimson Bride)" es un agradable reencuentro con Kamelot, lejos del intimismo y las baladas, aun así, no deja de ser un medio tiempo quizá demasiado empachoso en un final de álbum con "The Proud and the Broken" (salvada por Karevik y su interpretación, como antes señalaba). “The Shadow Theory” es un disco muy disfrutable, con un gran sonido y una ejecución perfecta por parte de la banda, que agradará a todos los que hemos disfrutado de su obra anterior y amargará a aquellos que se empeñen en compararla.


© 2018 Lord Of Metal