ESPECIAL NICK CAVE

Un repaso a la discografía principal de NICK CAVE; un viaje turbulento a través del blues, los asesinos en serie, la biblia y los esqueletos de los árboles...

THE DILLINGER ESCAPE PLAN se despiden a lo grande

Anuncian su separación pero firman "Dissociation", quizá su mejor disco hasta la fecha...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

¡Nos largamos de nuevo al HELLFEST!

Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

Jesse Leach se abre en "Incarnate" de KILLSWITCH ENGAGE

Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

Los holandeses vuelven con un álbum bajo el brazo para el que deberemos esperar a su segunda parte para saber si han acertado en el blanco...

IGGY y HOMME; la extraña pareja...

"Post Pop Depression" ha sido una de las grandes sorpresas de este año y el mejor desde "American Caesar"

ABBATH es el auténtico rey de Blashyrkh

El noruego demuestra que hay vida después de Immortal y se lo pone difícil a Demonaz con un álbum repleto de fuerza y frío invernal...

El púrpura de BARONESS es la mezcla perfecta del rojo y el negro...

John Baizley ha conseguido con "Purple", su cuarto álbum, mezclar lo mejor de "Red" y "Blue", regalándonos uno de los grandes discos del año.

Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

BILLY GIBBONS aparca temporalmente a ZZ TOP y se estrena en solitario con un álbum lleno de ritmos afrocubanos, altibajos y, por desgracia, el dichoso autotune.

CASPIAN; cuando la música puede ser arte.

Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

Las alas de cera de DAVID GILMOUR

El guitarrista de PINK FLOYD vuelve con un disco nuevo bajo el brazo, "Rattle That Lock", exquisito pero falto de unión y con demasiados altibajos.

AHAB queman las barcas...

Los alemanes han grabado un auténtico monstruo con canciones de más de diez minutos capaces de mantener tu atención y tu alma en vilo…

La mecánica de fluidos de TAME IMPALA

Kevin Parker, en constante cambio, se disculpa por ello en sus canciones pero firma uno de los discos del año.

Y al séptimo disco, CRADLE OF FILTH resucitaron…

Nueva formación y las canciones más inspiradas que Dani Filth ha escrito en los últimos quince años...

THE DARKNESS se hacen mayores...

Pero consiguen grabar un buen disco, menos histriónico y serio que los anteriores pero igual de inspirado...

Sueñan los drones con guitarras eléctricas

Primer paso en falso de MUSE, con "Drones" nos encontramos ante un disco sin rumbo, coherencia ni buenas canciones.

BLUR contraataca con un regreso por todo lo alto

Doce años después, los ingleses publican "The Magic Whip" y consiguen el aplauso unánime de crítica y público con un disco diferente.

La catarsis de BJÖRK

La islandesa encuentra la liberación a través de la palabra en su mejor disco en años.

DYLAN por SINATRA, en estado de gracia.

El auténtico placer de cumplir años es no tener ni Dios ni amo; decidir a quién se le da la mano...

ROYAL BLOOD vuelven a España...

Y nosotros rescatamos nuestra crítica de su álbum para ir calentando motores.

Cuomo, un acidente en carretera y la meditación Vipassana...

Han logrado que WEEZER publique uno de sus mejores discos en años, "Everything Will Be Alright In The End".

¡Nos largamos al HELLFEST!

Otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo; le meilleur festival du monde!

PINK FLOYD se despiden...

David Gilmour y Nick Mason rinden homenaje a Richard Wright en "The Endless River", un disco bello y tranquilo.

Ocho ciudades, ocho canciones y ninguna que justifique un disco

Foo Fighters vuelven con un disco mediocre que hará las delicias de sus fans más recientes y menos exigentes.

Con máscaras y a lo loco...

Cuando uno piensa en SLIPKNOT, piensa en esa descarga de adrenalina, en ese caos en el que se convierten sus directos...

MORRISSEY en ESPAÑA: "Todo lo que necesitas soy yo"

Moz estuvo en nuestro país y recuperamos nuestra crónica de su paso por Madrid.

Cuarenta minutos de abstracción

Un disco fascinante, extraño, menor pero extrañamente bonito, diferente y excitante...

Bonamassa contra el mundo

Porque discos así no se escuchan todos los días y, por desgracia, no se graban tan a menudo como debiera...

El Quadrophenia de U2, según The Edge

Podemos seguir echando de menos el pasado más glorioso de U2 y dejar de disfrutar del presente; “You glorify the past when the future dries up” que decían ellos mismos...

BRIAN FALLON, tocado pero no hundido…

Tras diez años de matrimonio ha decidido exorcizar todos los demonios internos de su ruptura en el nuevo disco de su grupo, THE GASLIGHT ANTHEM.

THE NATIONAL en España y nosotros nos refugiamos en su último disco...

Como dice Chuck Palahniuk, "la mejor venganza de todas es la felicidad. No hay nada que vuelva más loca a la gente que ver a alguien teniendo una vida jodidamente maravillosa" y nosotros somos felices con la música de los de Cincinnati.

IN UTERO: un viaje sin retorno

Analizamos en profundidad la grabación del último gran disco de NIRVANA y quizá de los noventa...

MASTODON: La vuelta al sol en ochenta días

Si lo que Mastodon pretende es llevarnos a otra dimensión, el experimento se queda a medio gas y es que sólo en la segunda parte de su disco seremos testigos de ese viaje...

Tenemos carta de Neil Young...

El canadiense graba su último disco en una antigua cabina del 47, una de las experiencias más low-tech que ha tenido, un experimento interesante pero desigual...

¿Qué haríamos sin la música de STRUMMER?

Nuestro amigo Joe no ha dejado de acompañarnos y, muchos años después de que se haya ido, su voz sigue sonando con la misma fuerza. Repasamos sus discos en solitario…

PIXIES en Madrid; benditos los SMITHS...

Black Francis pasaba por nuestro país sin apenas dirigirse a su público y esbozando una sonrisa con trabajo.

¡Hemos visto a BLACK SABBATH en París!

Y te contaremos casi todo lo que Ozzy, Iommi y Butler han hecho en Bercy...

ARCADE FIRE van al Primavera, nosotros al HELLFEST

"Reflektor" es el nuevo disco de los canadienses y la crítica lo ha encumbrado a lo más alto en apenas unas horas.

PEARL JAM: Rayos y centellas

Un disco de Pearl Jam tiene sentido en pleno 2013 porque estamos hablando de ROCK con mayúsculas, de una banda auténtica que sigue estando muy viva...

¡AMÉN, hermanos, WATAIN han vuelto!

Estamos ante el mejor disco de METAL del año y Erik lo celebra invitándonos a una misa negra muy especial con "The Wild Hunt"...

Conociendo a DAVE MUSTAINE...

Tuvimos la gran suerte de poder conocerle con motivo de su visita a España en su gira con Slayer hace dos años y ahora lo recordamos, breve pero intenso.

Crítica: Lamb Of God "The Duke"

Hay muchos motivos por lo que de verdad amo la música de Lamb Of God y me da en la nariz que no soy tan original porque hay muchos más locos como yo que sienten lo mismo por ella. Me encanta la potentísima base rítmica que forman John Campbell y Chris Adler, las guitarras de Willie Adler y, por supuesto, Mark Morton pero lo más importante es que, aparte del poderoso rugido, siento una especial simpatía por Randy Blythe. Creo que tras su fortísima garganta y esa transformación que sufre cuando se sube a un escenario por la cual un tipo interesado en la fotografía y la literatura, se convierte en un verdadero animal, hay un tipo sensible con tantísimos fantasmas como cualquiera de nosotros y una mala suerte durante los últimos años como su desgraciado incidente en Praga, el accidente de bus que sufrió la banda mientras giraba o el robo y agresión que sufrió en Dublín que ha logrado superar gracias a su buena estrella y “The Duke”, este EP que tenemos entre las manos, sólo viene a confirmarme lo que pienso de Blythe, un músico con los pies en la tierra que, con las lógicas reservas, no dudará en estrecharte la mano y mostrarse tan cercano como pueda. Y es que la historia que hay tras este EP es la de un fan, como tú y como yo, que logró su sueño y conoció a Randy Blythe en Phoenix, Arizona, y al que Lamb Of God dedicaron “Ruin” debido a su lucha contra la leucemia. Wayne Ford -así es como se llamaba- tres años después empeoró y su familia informó a la publicista de la banda, Randy llamó a Wayne y terminó forjando una amistad a distancia, charlando con él habitualmente, chateando y permitiéndole escuchar los avances de “VII: Sturm und Drang” en el estudio, Wayne había terminado entrando en la vida de Randy para bien pero, por desgracia, aquello no duró mucho ya que, poco después, perdía su batalla contra la leucemia y fallecería placidamente en su casa, rodeado de sus seres queridos, tenía tan sólo treinta y tres años.

“Immortalis”, la canción que Randy escribió para Wayne, nunca llegó a entrar en “VII: Sturm und Drang” pero era lo correcto porque merecería más protagonismo, una llamada de atención para que la gente se conciencie de la importancia de la ayuda, de lo fácil que es ser donante de médula ósea y los pocos que hay en el mundo. “Immortalis” terminó llamándose “The Duke”, curiosa coincidencia cuando descubrimos que Frank, el padre de Wayne, decidió bautizarlo así por el actor, John Wayne, al que se le llamaba “The Duke”, y no podría ser mejor homenaje para Wayne Ford. Todos aquellos que se han sorprendido de escuchar a Randy cantando de manera más melódica no tendrían porqué si entienden que Lamb Of God no son una cerradísima banda de groove sino que, tal y como muestran sus últimos trabajos, hay ansias de trascender y, sin perder robustez, prestar atención a la melodía y experimentación.

“The Duke” posee la fuerza pero también un estupendo solo de Mark, además Chris Adler demuestra por qué es uno de los grandes baterías del momento, un tema magnífico en el que no debería haber cabida para la clásica polémica entre guturales y voces melódicas que tantos ríos ha provocado en el mundo del metal. Además, la inédita “Culling” nos devuelve a los Lamb Of God de siempre, esos que son capaces de mostrarse más contundentes y con tanto músculo o más que Pantera pero con un toque polvoriento, repleto de grano, que tanto nos gusta de los de Virginia; puro nervio.

Como material extra para este EP, “Still Echoes”, o la clara demostración de que el groove metal en directo puede sonar igual de bien que cualquier otro subgénero y que la calidad no depende únicamente del técnico sino también de la pericia de la banda. Aquellos que estuvimos en la gira de presentación de “VII: Sturm und Drang” recordaremos con cariño cómo sonó “Still Echoes” y la inevitable para Randy Blythe, “512”, con la que nunca olvidará uno de los episodios más dramáticos de su vida. “512” en directo suena magnífica y su verso; “My hands are painted red, my hands are painted red” se graba en tu memoria desde la primera vez que lo escuchas, como “Engage the Fear Machine” parece un martillo hidráulico en el que la voz de Randy se rasga tantísimo que llega a parecer un animal herido; claras demostraciones del poderío de la banda sobre las tablas.

Puede que Wayne Ford nunca haya llegado a ver publicado este EP, “The Duke”, pero nosotros le hemos conocido a él y su historia a través de la música que más amaba y ello, aparte de recordarnos nuestra propia mortalidad, nos acerca aún más a Randy Blythe y nos demuestra que es tan grande sobre un escenario como cuando se baja de él, historias como estas nos reconcilian con el mundo…

© 2016 Lord Of Metal

Crítica: Helmet “Dead To The World”

Hace muchos años, en los noventa, mencionar a Helmet era sinónimo de honestidad. Page Hamilton y la formación original practicaban un rock pesado, monolítico y musculoso que, a pesar de su solidez, no encajaba en una década en la cual eran demasiado alternativos para ser considerados por el público del metal y eran demasiado duros para ser tomados en cuenta por el público alternativo. Además estaba el problema de la imagen en una época en la que esta, muy al contrario de lo que cree todo el mundo, lo era casi todo, como hoy en día. Y es que el considerado rock alternativo nació a mediados/ finales de los ochenta como respuesta al que lideraba las listas; aquellas bandas de aspecto extravagante y caduco eran reemplazadas por tipos con camisetas y camisas de franela ya en los noventa, por una rabia punk y una angustia adolescente en la que Helmet no supieron o quisieron encajar y, posteriormente, a mediados de aquella década; cuando el grunge estaba más que muerto y el rock se fusionaba con la electrónica, Helmet compartieron exraños carteles con bandas que poco o nada tenían que ver con ellos.

Así, por ejemplo, abrieron para el mejor Marilyn Manson en su gira de presentación de “Antichrist Superstar” (1996) en la cual no podían tener menos que ver y, tras aquella y un notable “Aftertaste” (1997), Helmet desaparecieron como tal. Eran todo lo contrario a Manson pero tampoco tenían nada que ver con otros compañeros de su generación y, a pesar de la rotundidad de su música, el poco glamour exhibido y la escasa repercusión en las listas y bajas ventas acabaron con una banda que supo firmar “Strap It On” (1990), el maravilloso “Meantime” (1992) o “Betty” (1994), para ambos han realizado recientemente giras celebrando sus aniversarios, pasando por nuestro país, logrando capturar la magia y llevándonos de viaje a la adolescencia a todos los treintañeros que acudimos a verles y que, habiendo estado en las giras originales, no podíamos evitar perdernos la ocasión de reencontrarnos con aquellas canciones.

Volvieron en 2004 con “Size Matters” y se celebró como tal pero algo habían perdido por el camino, “Monochrome” (2006) y “Seeing Eye Dog” (2010) fueron la evidencia de que el proyecto de Page Hamilton parecía funcionar mejor en el recuerdo o sobre un escenario que en el estudio y cuando anunció que Helmet no publicarían más discos y, acto seguido, se embarcó en las giras de “Meantime” y “Betty”, todos entendimos que una de las bandas más de culto de los noventa y a la que siempre habíamos entendido como injustamente olvidados, aceptaban su papel y aquellas noches serían todo un regalo. Pero la música está llena de casos en los que los artistas se desdicen y cambian de opinión no tanto porque carezcan de integridad sino por lo mucho que aman lo que hacen y así Page Hamilton anunció orgulloso el lanzamiento de “Dead To The World”. ¿Y qué esperábamos todos aquellos que asistimos a sus últimas giras?

Pues una venganza de Hamilton, un regreso digno de una de las bandas más injustamente olvidadas de la era alternativa, un puñetazo sobre la mesa logrando capturar en disco ese sonido masivo de las guitarras, ese bloque de hormigón que es capaz de dejarte sordo pero con una sonrisa. Lamentablemente, “Dead To The World” no es nada de eso sino una decepción más a sumar en su carrera y el certificado de defunción de un músico honesto como Page Hamilton que parece no haber encontrado nunca su lugar o haberse equivocado de nuevo en un álbum que no sería tan malo si quizá lo hubiese sido firmado con otro nombre y en el que se desdibuja tanto, tantísimo la personalidad de la banda que les hace abandonar la etiqueta de metal para encontrarnos un power pop de regusto indie con melodías poco inspiradas, una voz irreconocible y unas guitarras que no tienen nada que ver con el espíritu de Helmet y el sonido que les hizo famosos en los noventa. Cierto es que la formación de sus años de gloria con Peter Mengede, Henry Bogdan, Rob Echevarria y John Stanier ya es cosa del pasado y por sus filas han pasado una gran cantidad de músicos, siendo Dan Beeman, Dave Case y Kyle Stevenson los que secunden actualmente a Hamilton pero es inútil buscar el cambio de norte en ellos cuando el único responsable es Page.

“Life or Death” es un horror, tan blanda y con un toque tan pop que asustará y confundirá a cualquiera que escuche “Dead To The World”, "I ♥ My Guru" mejora algo pero no termina de convencer quizá por las guitarras y porque, a pesar de levantar la cabeza, sigue siendo una composición sin garra o fuerza, como “Bad News” reincide en la orientación más blanda y accesible a la que supongo que habrá llegado Page Hamilton quizá queriendo algo del pastel del público de Foo Fighters pensando, con buena lógica, que parte de él le pertenece.

Tras “Red Scare” en la que recuperan algo de cuerpo y nos recordarán quizá a los Helmet que todos conocíamos llega el turno de “Dead To The World” en la que bostezaremos hasta el ‘spoken word’ de “Green Shirt” cuando escuchemos que no hay ni rastro de emoción. Pero lo peor de todo es que con “Expect the World” no mejoran las cosas y tan sólo “Die Alone” y “Drunk in the Afternoon” nos harán levantar la ceja y echar aún más en falta lo que podría haber sido este disco y en lo que finalmente se ha quedado tras la ñoña “Look Alive” o la innecesaria y lentísima versión de “Life or Death”.

Un álbum que no les devolverá al mundo de los vivos como no les hará llegar a un público que, pensándolo bien, tampoco les necesita cuando el único lugar posible para Helmet es en el recuerdo y la nostalgia de todos aquellos que les disfrutamos en los noventa. Hamilton continúa publicando bajo el nombre de Helmet aunque esto suponga hundir más en el ostracismo a la banda, aumentar la brecha entre lo que hicieron y hacen actualmente y confirmar que no siempre el que tuvo, retuvo…

© 2016 Jack Ermeister

Concierto: Kvelertak (Madrid) 27.11.2016

Una gélida y desangelada noche de domingo nos traía a los noruegos Kvelertak de nuevo a España y una discretísima entrada (apenas  dos tercios de la sala con la segunda planta  cerrada) evidenciaba su poco poder de convocatoria por muchas razones, luego no nos llevemos a engaños; Kvelertak nos han visitado hasta en nueve ocasiones, contando con este último bolo de Madrid, en los últimos cinco años, bien con Slayer dando forma a un cartel con Anthrax, el Azkena, el Primavera Sound o nuestro querido Resurrection Fest allá por 2011, cuando muchos promotores no sabían siquiera de su existencia y el público menos aún, en Viveiro los trajeron en su mejor momento. También es verdad que el atractivo de este nuevo paso por España era el de su primera visita por salas como protagonistas absolutos de su propia gira, haciéndose acompañar de Skeletonwitch (que tampoco llenaron en su anterior visita en su gira Hell Has Arrived Over Europe, a nadie debería sorprender, por tanto, el pinchazo), y la presentación de su tercer trabajo, “Nattesferd”, que siendo un buen álbum –seamos honestos- no está a la altura de “Meir” (2013) o su homónimo debut del 2010, marcando una clara línea descendente que es quizá fruto de un éxito basado en el boca a boca que no les ha permitido tomarse un buen descanso sino que en los últimos seis años han tenido que dejarse la piel sobre los escenarios de medio mundo, siendo habituales de cualquier festival europeo que se precie. Y lo que en un principio puede verse como un añadido para afianzarse y soltarse en el directo ha terminado por pasarles factura a la hora de sentarse a escribir.

“Nattesferd”, su nuevo disco, como decía unas pocas líneas más arriba no es malo, ni mucho menos, pero es claramente un disco transicional en el que parecen haber subido el volumen allá donde la inspiración no llegaba, con una producción, a cargo de Nick Terry, que hace que echemos muchísimo de menos al salvajísimo y descarnado Kurt Ballou de Converge porque “Nattesferd” suena poco arriesgado, conservador y domesticado; si te gusta Kvelertak –como es mi caso- disfrutarás de cada una de sus canciones pero, al acabar, pensarás; ¿Y ya está? Lo cierto es que Erlend Hjelvik, con el inevitable búho, y los suyos volvían a España para intentar convencernos de las bondades de su última entrega, siendo suficientemente generosos y arriesgados como para que la mitad de su repertorio se componga de las canciones de esta, lo que demuestra la seguridad o fe que tienen en su colección de temas.

En mi caso, siendo la cuarta vez que les veo en dos años, no sentía hastío pero sí cierta sensación de repetición e indiferencia (lo cual es malo, muy malo…), que imagino que muchos habrán compartido conmigo, y ni siquiera la mal llamada evolución, que otros justifican para defender “Nattesferd”, suponía un aliciente para mí cuando, tras verles de nuevo, he podido comprobar que en directo son exactamente la misma banda de hace cinco años (lo cual no es tan malo si mantienes también el nivel en el estudio) con el mismo sonido, la misma puesta en escena y los mismos clichés pero quizá más cansados, más agotados (algo innegable cuando vemos el estatismo de Landa u Ofstad, Nyggard en segundo plano y Erlend representando su papel de nuevo Hank Von Helvete, luciendo tripita sin complejo alguno) algo inconcebible en una propuesta musical como la suya, y es que tras las primeras canciones el sonido (por cierto un horror el de la sala, hasta bien entrado el concierto no pudimos percibir a todos los instrumentos con claridad y la voz no se escuchaba como debería) que eran capaces de sacar de sus instrumentos y nos arrojaban los bafles no parecía corresponderse con la actitud de los seis músicos del escenario (por otro lado, demasiado pequeño para dejarles respirar y moverse). Supongo que para muchos chavales, siendo su primera vez, estarían encantados y está bien, así debe ser, pero a las bandas hay que pedirles más; ¿dirán lo mismo estos críos cuando dentro de cinco años hayan presenciado varios conciertos de Kvelertak y se encuentren más de lo mismo pero con unos músicos aún más agotados?

Posiblemente, el problema de Kvelertak sea que son una buena banda pero no la gran formación que muchos nos han intentado vender; han grabado dos grandes discos y resultan divertidos en los festivales y funcionan, por supuesto que sí. Kvelertak en directo –a pesar de lo dicho más arriba y el agotamiento de cinco años sin descanso en la carretera- son tan cafres y divertidos, tan rock ‘n’ roll y con tanto nervio como pocos de su generación, acudir a un concierto de los noruegos es todo un acierto, se mire por donde se mire, y las canciones de “Nattesferd” la verdad es que no destacan; con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Lo bueno porque “Dendrofil For Yggdrasil” o el single que es “1985”, son una buena apertura y forman un todo con las canciones de “Kvelertak” y “Meir” pero tras “Berserkr” u “Ondskapens Galakse” nos percataremos de que esa supuesta homogeneidad se transforma en aburrimiento cuando hemos sido testigos de cómo la pista se vuelve loca con “Bruane Brenn”, la propia “Kvelertak” e incluso “Utrydd Dei Svake” pero recibía con frialdad la irregular “Nattesferd” en la que las guitarras, por lo menos, le daban todo el empuje que le faltaba.

“Blodtørst” u “Offernatt” fueron una auténtica descarga de adrenalina, salvajes y arrolladoras mientras que “Svartmesse” apaciguó demasiado los ánimos siendo un recio medio tiempo como es y, como decía, el trío “Bruane Brenn”, “Kvelertak” y “Utrydd Dei Svake” terminó por caldear un concierto que tuvo una canción para todos los presentes pero no todos salieron de allí con la misma cara de felicidad.

Una actuación con una gran cantidad de sentimientos encontrados cuando no hay reproche alguno; Kvelertak han cumplido su parte del trato y no podemos salir decepcionados pero es inevitable olvidarse de la sensación de que algo se ha perdido por el camino. Quizá sea que nuestra capacidad de sorpresa es cada vez menor, igual que la suya al no haber crecido como se esperaba de ellos (como, por poner un ejemplo, Baroness) y han dejado de ser la irreverente sorpresa mejor guardada de la fría noruega para convertirse en una banda más de las muchas que visitan nuestros escenarios. El búho de Erlend Hjelvik no es tan fiero como lo pintan o necesita un descanso…


© 2016 Jim Tonic

Crítica: Nick Cave & The Bad Seeds “Kicking Against The Pricks”

Por suerte, el álbum de Nick Cave no se llamaría “Head On A Platter” (“La cabeza sobre una bandeja”) sino el aún más explícito “Kicking Against The Pricks” (“De coces contra el aguijón”), de nuevo otra referencia bíblica; esta vez la conversión de Saulo de Tarso que se dirigía a Damasco a prender a los miembros de la iglesia de Dios cuando es cegado por un relámpago que se identifica; “Soy Jesús a quien tu persigues, duro es tu sino de dar coces contra el aguijón…” y con el que el australiano parece identificarse con ese Salvador y a los Bad Seeds con esos seguidores a los que la prensa ha perseguido a coces durante los últimos meses o incluso, como él mismo aclaró; “en sentido no bíblico, me refiero a los periodistas como ‘pricks’” porque eso era lo que pretendía un Cave más que resentido con las críticas recibidas en “The Firstborn Is Dead”. Pero “Kicking Against The Pricks” no ayudaría en absoluto a curar esa herida emocional en el ego del artista publicando como tercer disco un inusual álbum de versiones que no serviría precisamente como bálsamo y con el que él reconocía a algunos de esos autores y composiciones que conformaban parte de su vasto universo de influencias. Pero lo importante de “Kicking Against The Pricks” es que, si bien es fácil cebarse en la elección de canciones, lo que a muchos se les escapó fue que en este álbum es en donde el sonido de Cave con los Bad Seeds eclosiona por completo y encuentran su identidad; en él está la lúgubre voz de Cave (cada vez más lejos de ese desgañite punky y su constante montaña emocional), el grandioso órgano que llena la mezcla, el piano y los baquetazos de Wydler, la guitarra de Blixa (cuya maestría no sólo está en su manera de ‘arreglar’ las canciones sino también saber cuándo debe aportar y cuando su guitarra debe enmudecer) y todo hilvanado por ese maestro que es Mick Harvey (el auténtico cerebro en el estudio junto a Flood) cuyo saber no sólo está en su habilidad con los instrumentos sino tras los controles. Y, para colmo, “Kicking Against The Pricks”, con todos sus defectos, fue recibido con los brazos abiertos por una crítica que se rendía de nuevo ante un resentidísimo Cave que reaccionaba mal al halago y seguía resentido por lo ocurrido con su anterior álbum. Bien es cierto que al australiano nunca le han gustado ni los periodistas, ni las entrevistas o las críticas pero podríamos marcar este año como aquel en el que Cave le hizo la cruz definitiva a los medios y, como veremos más adelante, también a ese público berreante que seguía insultándole en directo y pidiendo a The Birthday Party.

Aprovechando su estancia en Melbourne comenzaron a grabar las versiones que compondrían el álbum en los AAV Studios con Tony Cohen (que ya había trabajado con ellos como ingeniero en “From Her To Eternity”) y las sesiones de grabación fueron sensiblemente mejores gracias al ambiente familiar y de amigos que reinó en el estudio. Si “From Her To Eternity” había nacido entre varios estudios, de las cenizas de un supuesto EP y la grabación de “The Firstbone Is Dead” fue “más tranquila” (aunque la banda la sazonase con sustancias tóxicas y terminase llegando la famosa presión del segundo álbum con Adamson desapareciendo por primera vez), en “Kicking Against The Pricks” hubo cierta distensión con Dawn Cave (la madre de Nick) tocando el violín en “Muddy Water” o la reaparición de Hugo Race que, como él mismo reconoció, se acercaba para ayudar pero también para disfrutar de la interminable juerga tras la grabación, además de disfrutar del ambiente comunero de idas y venidas de Blixa, Thomas Wydler y Barry Adamson para terminar grabando entre diciembre y enero de aquel año unas veintitrés canciones de las cuales formarían parte del álbum doce y, en años y reediciones posteriores, algunos descartes como “Black Betty” o “Running Sacred”.

Las canciones escogidas, sin embargo, no fueron todo lo acertadas que deberían y de ahí que el disco tampoco fuese saludado con una respuesta positiva por parte de un público que esperaba algo muy distinto. La selección corrió a cargo del propio Cave y, excepto la oposición de Rowland S. Howard a grabar material de los Beatles, pocas trabas se encontró Nick, conformando un repertorio (incluso con equivocaciones o cambios en los títulos y créditos de las canciones) que van “de lo Divino y lo humano, de lo Sagrado y lo profano” porque si bien era obvia la querencia de Cave por Lou Reed o Johnny Cash (o por lo menos no extrañaba la del de Brooklyn), a todos sorprendería la elección de “Weeping Annaleah” de Tom Jones o como se la rebautizó; “Sleeping Annaleah”. Pero hablar de la génesis de “Kicking Against The Pricks” es hacerlo también de la del excelso “Your Funeral ... My Trial” y es que, una vez terminada la grabación del álbum de versiones, Harvey y Cave tenían en mente llevar las cintas a los estudios Hansa para finalizar las mezclas allí. Negociaron con el dueño de los estudios AAV las horas muertas de grabación a mitad de precio y éste, tras aceptar verbalmente (nota importante; nunca negocies nada de palabra en el mundo de la música), les chantajeó; debían pagárselas completas o se quedaría con las cintas de “Kicking Against The Pricks”. Los Bad Seeds no nadaban en la abundancia y tras la desesperación inicial, decidieron pagar el rescate de aquellas canciones y, por lo menos, aprovechar las horas ya pagadas a precio de oro para grabar algunas nuevas canciones como “Your Funeral, My Trial”, “Hard On For Love” y “Jack’s Shadow” por lo que se encontraron con canciones originales que no podrían incluir en el próximo álbum de versiones y Barry Adamson, intuyendo que aquel tipo de situaciones y trapicheos serían el sino de la banda y les situaba de nuevo en la picota, decidía abandonar a los Bad Seeds con la ayuda de su buen amigo Mick Harvey que le ahorró la amarga papeleta de tener que anunciarle su deserción a Nick Cave quien, por lo visto, nunca se ha mostrado excesivamente comprensivo con este tipo de escapadas por la puerta de atrás. Cuando las cintas llegaron finalmente a Berlín, trabajaron en ellas y remataron las canciones con la ayuda de Flood en tan sólo tres días de auténtica locura en los que no pararon de trabajar, “Kicking Against The Pricks” ya estaba listo para ver la luz.

“Muddy Water” de Phil Rosenthal, comienza lentamente hasta que los Seeds se unen y acompañan a Cave en una canción que tarda en despegar y que si, además de la interpretación, algo la salva es el órgano de Cave o las dobles voces de Harvey y Adamson. La violencia más descarnada hace aparición en “I'm Gonna Kill That Woman” de John Lee Hooker en la que las guitarras repletísimas de ‘reverb’ de Blixa y Hugo Race sirven a Cave para elucubrar el asesinato de su pareja y alzar el tono, acentuando la demencia, al principio de cada verso al más puro estilo Hooker. Su chica ha pasado toda la noche fuera y el protagonista de la canción cree que le ha sido infiel, sabe que va a matarla por ello y se justifica a sí mismo: “Mi chica me dejó esta mañana y ya no me importa lo que la gente piense. Hice todo lo que pude y Dios lo sabe bien, intenté aliviarla en sus preocupaciones, eso hice, pero ya sabes que ella no era más que un problema y me tenía preocupado todo el tiempo. Dios sabe que sus actos me sacan de quicio. Mi chica estuvo toda la noche fuera, toda la larga noche y eso me preocupa” y el protagonista se pregunta y responde a sí mismo; “¿Debo matar a mi mujer? No me importa lo que diga la gente, voy a matar a esa mujer…” Como no parece muy desencaminada la elección de “Hey Joe” de Billy Roberts en la que el hombre, esta vez plenamente decidido, se dirige pistola en mano a matar a su mujer; “Hey Joe, ¿dónde vas con esa pistola en la mano? Voy a disparar a mi mujer, la cogí con otro hombre. Hey Joe, ¿escuché que mataste a tu mujer? Sí, la disparé y la rematé en el suelo. Hey, ¿dónde vas ahora? Me dirijo al sur donde seré libre, me voy a Méjico. Nadie va a ponerme una soga al cuello”. “Hey Joe” es una de mis favoritas de todo “Kicking Against The Pricks” porque tras la frialdad de Cave y la monótona batería de Harvey hay una tensión brutal en la construcción del clímax, por supuesto es inevitable sentir un escalofrío ante un crímen tratado de manera tan cotidiana y aceptada socialmente en unos años en los que el blues no solamente narraba la pena de la existencia y el desamor sino también la brutalidad de una sociedad en la que la mujer era poco más que propiedad del hombre y este se creía en derecho de aleccionarla o acabar con su vida por una mera suposición.

Sorprende, como indicaba, “Sleeping Annaleah” popularizada por Tom Jones que sirve de puente entre John Lee Hooker y el “Hey Joe” de Roberts pero que es totalmente prescindible con ese toque vals y ligero que en el estribillo nos recordaría incluso a la futura “There Is A Kingdom” de “The Boatman’s Call” (1997) mientras que la country “Long Black Veil” reincide de nuevo en la violencia; esta vez la ejecución de un inocente que rehusa confesar la coartada que le salvaría porque prefiere morir a confesar que la noche del asesinato él estaba encamado con la mujer de su mejor amigo, la canción narra la visita de su amante –con velo negro, de ahí su título- visitando la tumba del injustamente ejecutado y, a pesar de la sobreproducción traducida, de nuevo, en un excesivísimo uso del ‘reverb’, no sorprende tanto su elección dada la fascinación de Cave por Johnny Cash (uno de los muchos artistas que la interpretó) y del cual no solamente admiraba su figura como “hombre de negro” sino las historias que sus canciones contaban y, por supuesto, la leyenda del juglar, del artista en carretera espoleado por la química y al filo siempre de la línea, algo que repetirá en “The Folksinger” (erróneamente titulada “The Singer”) que le sienta como un guante, con una letra que podría haber firmado él mismo y en la cual, como indicamos, habla justamente de la tradición del cantante de folk que va de pueblo en pueblo.

Los descartes, “Black Betty” (‘buesizada’ con un poquito de ritmo, más al estilo de la original del 39 de Leadbelly que de la de Ram Jam del 77) y “Running Scared” (Roy Orbison) sirven como añadido. En la primera, Cave ejecuta el mítico fraseo de Leadbelly que ya utilizó para narrar la inundación de Tupelo; “Looky, Looky Yonder” y la segunda es todo un ejercicio, al más puro de Phil Spector, de cómo crear un denso muro de sonido que devore por completo la mezcla. Como el caso de “All Tomorrows Parties” que si falla en el blanco es por lo poco arriesgada de su versión, sonando muy similar a la de The Velvet Underground y es que uno siempre se plantea la necesidad de grabar una versión de una canción intocable e icónica con tan poco atrevimiento porque, si vas a grabar una canción ajena y quieres hacerla tuya (más siendo Nick Cave), la ñoñería debería estar prohibida desde la primera nota.

Muy diferente es la bonita “By The Time I Get To Phoenix” que si tampoco arriesga demasiado respecto a la de Jimmy Webb, por lo menos (y como en el caso de “The Singer”) le sienta maravillosamente bien a Cave. Lógica es la inclusión del escocés Alex Harvey aunque no la obvia elección de “The Hammer” pero, por lo menos, nos sorprenderá con todo el azúcar del acabado ochentero de “Something's Gotten Hold of My Heart” que la convierte en un pecado pop que querrá opacar con la auténtica “Jesus Met The Woman At The Well” que es puro gospel o la fantasmagórica “The Carnival Is Over” de The Seekers para cerrar “Kicking Against The Pricks”.

El single elegido fue “The Singer” con “Black Betty” y “Running Scared”, el videoclip fue dirigido por Christoph Dreher (recordemos que ya había realizado el de “Tupelo”) y de nuevo el resultado es bastante particular con Nick Cave vestido de riguroso negro (siendo una canción así no podría ser de otra manera) y luciendo pajarita, sobre un fondo -a veces rojo y muy lynchniano que le concede el toque de ensoñación justo- pelo largo generosamente engominado y una guitarra a modo de atrezo con la que se le siente tan incómodo como artificial (recordemos que Cave nunca ha sido guitarrista y que si pudo desquitarse fue muchísimos años después con Grinderman, de manera muy correcta pero muy justita). La verdad es que si nos paramos a pensarlo, grabar este tipo de vídeo (y más que grabarlo, atreverse a emitirlo) en 1986 era todo un sucidio o, como poco, un atrevimiento al alcance de muy pocos o de uno que quiera despeñar su canción por las listas cuando lo que triunfaba no podría ser más diametralmente opuesto; ABBA, Berlinda Carlisle, Berlin y su clásico "Take My Breath Away" de la banda sonora de "Top Gun", Crowded House, Depeche Mode, Duran Duran, Europe, Queen, Pet Shop Boys, Spandau Ballet, Genesis, Madonna y, por supuesto, los todopoderosos U2.

Pero a Cave el éxito le pilló por sorpresa (un éxito relativo, claro) y se encontró de nuevo con el favor de la crítica y unos vociferantes seguidores a los que ya detestaba abiertamente pero cuyo sector menos fundamentalista ya comenzaba a rendirse a las virtudes de los Bad Seeds que encontrarían en “Kicking Against The Pricks” su sonido e identidad, por no hablar de la voz del maestro de ceremonias que, con su tono de tenor espectral surgido del delta del Estigia, había encontrado también su propia identidad. Pero Cave y los Bad Seeds, siguiendo su peculiar instinto, no tuvieron mejor ocurrencia que, en vez de disfrutar de nuevo del agasajo de la prensa y promocionar el álbum con tranquilidad (a excepción de la mala leche mostrada con Matt Snow, aquel crítico que defenestró “The First Born Is Dead” incluso antes de que se publicase), recuperar aquellas canciones grabadas en los estudios AAV de Melbourne para, además de seguir dando actuaciones, volver a encerrarse en el estudio a grabar.

© 2016 Jesús Cano


Crítica: Taylor Hawkins “Kota”

De sobra es conocido el recurso de aquellas personas poco fotogénicas que, para evitar el disgusto cada vez que las fotografían, deciden salir haciendo el tonto adrede, forzando gestos imposibles o recreando escenas divertidas arropándose en el humor de la instantánea; si sales feo o fea, por lo menos, que parezca que lo has hecho porque quieres. Y esa es la sensación que tengo con este EP con el que Taylor Hawkins (Foo Fighters pero también Alanis Morrissette, Eagles Of Death Metal o sus The Birds Of Satan) ha decidido foguearse como solista y meter el dedo en la piscina para saber si el agua estaba muy fría antes de firmar un álbum en solitario o quizá porque la propuesta de “Kota” empacha tanto, tantísimo, que la simple idea de un álbum hace que necesitemos de sal de frutas. No es ningún secreto que Hawkins es el batería perfecto para una banda con aires de dictadura velada como Foo Fighters en la que se aprecia su contundente pero simplona forma de tocar el set de batería que el propio Grohl le ha elegido y que evidencia que Hawkins, además de cumplir el papel de bocazas divertido y sin pelos en la lengua (pero controlado por su jefe) que la banda necesita con dos músicos con dificultades para mostrar casi cualquier tipo de emoción como son Nate Mendel y Pat Smear, es el sustituto perfecto de William Goldsmith y cualquier otro batería que decida aportar algo de su personalidad tras los parches a las composiciones firmadas por Grohl. Y tengo esa sensación de que Taylor Hawkins ha preferido salir haciendo el tonto en la foto a firmar un serio debut en solitario para evitar cualquier posible crítica del tamaño y veneno del que han recibido sus compañeros Nate Mendel (con el tedioso disco de Lieutenant, “If I Kill This Thing We’re All Going to Eat for a Week”), Chris Shiflett con the Dead Peasants y su “All Hat and No Cattle” o el propio Hawkins con “The Birds of Satan” por no hablar de la tibieza de los medios con “Sonic Highways” (2014) o “Saint Cecilia” (2015) con Grohl al frente, cuando veo el videoclip de “Range Rover Bitch”, su propia actitud en las escasas tareas promocionales del EP o escucho los temas que lo componen.

Seis canciones que son un crisol de toda la música que ama Hawkins, con ecos de Queen y lo mejor y lo peor de una década como es la de los ochenta, pero todo ello sazonado de un humor y un gusto por el exceso y el histrionismo que satura en tan sólo la media docena de composiciones que lo integran y que nos haría creer que es algo original sino fuese por el excepcional y ochentero álbum de Shooter Jennings, “Countach (For Giorgio)” de este mismo año, que sí exuda tanta calidad como riesgo y cariño por una década que Hawkins parece no entender como músico y sí pervertir con la desmesurada presencia de la batería y unos riffs ramplones pero efectistas, para qué negarlo, que tienen el efecto contrario al deseado porque tal y como entran, salen por la otra oreja.

“Range Rover Bitch” es un cruce entre una parodia de Foo Fighters y Queens Of The Stone Age aligerada por la carga de profundidad del humor que sirve para aliviar cualquier posible crítica. Puede ser la más pegadiza y por ello sirve como single pero eso tampoco es suficiente defensa para una canción menor, igual que la horterísima “Bob Quit His Job” que también puede resultar muy divertidad y ligera pero cuya sonrisa se nos helará cuando nos demos cuenta que este es el tono general del EP y la fiesta se convierte en un drama cuando quizá la mejor del conjunto, “Southern Belles”, o el descarte ‘grohliano’ que es “Rudy” no son suficientes avales para justificar ya no la compra sino la simple escucha de “Kota”.

“Tokyo No No” se reviste de algo de modernidad y es posiblemente la más refrescante si es que hemos estado criogenizados las dos últimas décadas o no hemos escuchado nunca ningún disco de aquellos diez gloriosos años como Hawkins volverá a la seguridad del hogar de Foo Fighters en la más directa “I've Got Some Not Being Around You to Do Today” que no cuesta nada en absoluto imaginarse interpretada por el mismísimo Grohl y cuyos coros son claramente heredados de Queen, banda de la que Hawkins se ha confesado fanático en más de una ocasión.

¡No es tan malo, es tan sólo un divertimento, un pasatiempo, un capricho! –aseguran aquellos que todavía son capaces de defender un EP como “Kota” tras haber cometido el atrevimiento de escucharlo y no poder encontrar mejor defensa de un tipo que ha criticado sin piedad la calidad y el sonido de discos de otras bandas y artistas cuando los suyos no son capaces de sonar mejor, tanto en la banda que le ha dado la fama como en solitario, y que se atreve a interpretar “Tom Sawyer” de Rush y fantasear con la idea de calzarse algún día las botas de Neil Peart cuando ni siquiera es capaz de acertar una sola nota de las versiones que de los canadienses hace. Tan cierto es que el humor es, a veces, la única forma de enmascarar la mediocridad como que este disco nunca habría sido grabado o siquiera escuchado si no aporrease la batería donde lo hace con permiso de Grohl. La papelera de reciclaje del ordenador es un lugar maravilloso, cálido y acogedor, para este tipo de lanzamientos por muy divertidos y frescos que les parezcan a algunos de esos que sólo les justifica el completismo basado en el más puro fanatismo o la propia ignorancia…


© 2016 Conde Draco


Crítica: Insomnium “Winter's Gate”

Con el tiempo he ido perdiendo cierta sensibilidad en algunos momentos en los que los de mi alrededor, sin embargo, han ganado en volatilidad y no me avergüenza admitir que la última vez que vi a los fineses en directo (en la pasada edición del Hellfest) me llevé una pequeña decepción mientras a mi alrededor sentía que había personas que creían estar viendo la actuación definitiva. Insomnium, técnicamente hablando, seguían enfrascados en la gira de “Shadows Of The Dying Sun” (2014) y digo técnicamente porque las sesiones de grabación de “Winter’s Gate” ya podían darse por concluídas a falta de los últimos detalles y me decepcionaron (si es que se puede afirmar tal cosa de los de Joensuu) porque lo que me encontré sobre las tablas fue a una banda más de death metal melódico; nada que ver con lo que había visto tres años antes en España y es que tenía la sensación de que toda esa cantidad de matices y ambientes melancólicos que tan bien saben manejar en el estudio y que les acerca, sin ningún tipo de rodeo, a un metal progresivo en el que incluso se permiten el lujo de trascender las propias fronteras del subgénero e inclinarse hacía el doom pero también al black, en directo se desdibujaba y perdía riqueza para ganar en contundencia.

Además, aunque “Shadows Of The Dying Sun” me parece un buen disco, tampoco me parecía redondo y tenía mis dudas, más cuando la sombra de “Above The Weeping World” (2006) se hacía alargada con la interpretación de sus temas en directo, ¿qué podríamos esperar de Insomnium y su esperado “Winter’s Gate”? Soy de los que, aparte de no empatizar con los orgasmos místicos de aquellos y aquellas que en directo creen ascender a los cielos con casi cualquier cosa con tal de cerrar los ojos, piensan que la prensa musical de nuestros días es un auténtico y jodido asco promocional en el que se ha perdido la completa sinceridad a favor de la venta, de la publicidad y cada vez que leo un titular, una crónica o una entrevista no puedo sentir menos que una enorme nausea cuando los artistas aseguran estar grabando o acabando de publicar su mejor disco en años y los periodistas se deshacen en elogios gratuitos con tal de llenarle la sala a su amigo promotor o no perder su pase de acceso pero, en el caso de Insomnium, la banda estaba en lo cierto cuando nos hacía partícipes de su entusiasmo y, pese a mis temores, no he podido más que suspirar aliviado y disfrutar del que es, sin duda, uno de los mejores discos de este año y quien me conoce o me lee sabe que no suelo ser dado a este tipo de afirmaciones y, menos aún, sin que el año pueda darse por concluído.

“Winter’s Gate”, producido por Teemu Aalto (“Shadows Of Dying Sun” pero también Omnium Gatherum) es todo un festín que no sólo gustará a los que aman de las buenas producciones (de esas que produce auténtico placer escuchar y uno no ha de preocuparse por el formato, la edición, la masterización del acetato e incluso el reproductor) con un resultado equilibrado y bello, repleto de matices, estados de ánimo, pasajes instrumentales de una sensibilidad incuestionable y detalles que merecen por sí solos la compra del álbum sino también una solidez y agresividad, una contundencia y rotundidad que, sumado a todo lo anterior, le dotan de una épica increíble. Sí, Insomnium pueden haber ganado en robustez en “Winter’s Gate”, como fui testigo de su directo hace cuatro meses, pero no por ello han perdido la habilidad para romperte el corazón por la mitad con sus arreglos y melodías más emocionales. La etiqueta de death metal melódico se les ha quedado pequeña desde hace mucho pero con este nuevo álbum le han dado una vuelta de tuerca más a su propuesta.

Publicar un disco con una sola canción, estructurada como una suite en siete piezas que pueden escucharse de manera independiente sin que ello afecte al resultado es todo un logro cuando lo que habitualmente nos encontramos son este tipo de exhibiciones por bandas que carecen de la inspiración suficiente para ello. Tras la melancólica introducción de “Winter's Gate, Pt. 1” que servirá para ambientarnos, serán las guitarras de Vanhala y Friman las que nos abran en canal gracias al nervio de la mano derecha de los dos músicos y Niilo entre justo cuando Markus Hirvonen apriete la canción y adquiera aún más intensidad vikinga que secunde la narrativa del propio Niilo, la transición entre las dos primeras partes es brillante y ensoñadora –no se puede describir de otra forma- pero Insomnium no ahondarán todavía en esa nostálgica tristeza propia de la añoranza del guerrero sino que aumentan aún más la épica y convierten “Winter's Gate, Pt. 2” en un canto heroíco fortalecido con los arreglos de cuerda y un pasaje acústico con coros de Teemu Aalto y un desenlace aún más explosivo gracias al doble bombo de Hirvonen.

De nuevo, el puente a “Winter's Gate, Pt. 3” está tan bien hilvanado que nos hace entender que “Winter’s Gate” es una pequeña obra de orfebrería en la que no sobra nada y cuya exactitud en su extensión no es fruto de la casualidad ya que encaja todo a la perfección. La progresión de “Winter's Gate, Pt. 3” es sorprendente porque hasta la mitad de la composición no será cuando parezca eclosionar con un riff más grueso en un medio tiempo que volverá a ser Hirvonen el que lo dote de agresividad sin perder ni un ápice de melodía. “Winter's Gate, Pt. 4” les sitúa más allá de los férreos designios del death y del metal, adentrándolos en las grandes composiciones acústicas de los setenta que de no ser por sus últimos tres minutos de distorsión y rasgado gutural de Niilo podría haberse convertido en todo un viaje a esa década, un detalle a tener en cuenta son esos teclados de Friman, Vanhala y Sevänen que nos acomparán durante todo el disco y que serán el bellísimo hilo conductor a “Winter's Gate, Pt. 5”, en un tono más crepuscular y triste que premiará al oyente en “Winter's Gate, Pt. 6” en donde la canción parece subir de intensidad y erguirse majestuosa hasta el torbellino que son los tres primeros minutos de “Winter's Gate, Pt. 7” en cuya segunda parte las guitarras acústicas derrocharán clasicismo hasta despedirnos con ese silbido invernal que nos hará darnos cuenta del largo viaje que hemos iniciado tan sólo cuarenta minutos antes.

Una suite que será capaz de helarte el corazón a través de una historia creada por el propio Niilo Sevanen con los mejores riffs que posiblemente hayan firmado los finlandeses en toda su carrera pero también con unos arreglos, jalonados por una base rítmica sólida y brillante, que te hará querer invadir un país o tomar los mares cuando se lanzan al galope. Por discos como este merece la pena esperar hasta otoño; bello, adictivo, profundo e inspirado, no se puede decir más, tan sólo queda escucharlo una vez más…

© 2016 Jim Tonic

Crítica: Bon Jovi “This House Is Not For Sale”

Que un disco de Bon Jovi se publique y no levante una polvareda a su paso es malo, muy malo. Fundamentalmente porque hubo un tiempo, cuando eran de verdad relevantes, en el que siempre lo había hecho de una u otra manera; cuando triunfaron por todo lo alto reventando las listas (“New Jersey”, 1988), cuando lograron una reinvención (“Keep the Faith”, 1992), cuando nadaban contracorriente en plenos noventa alternativos (“These Days”, 1995) o cuando colaron un single en las listas como “It’s My Life” contra todo pronóstico gracias a ese lavado de cara en la producción. Y es malo porque Bon Jovi siempre ha tenido tantos detractores con oyentes casuales y una férrea base de fans que les ha asegurado, por uno u otro lado, el que estuviesen en boca de todos, no ha ocurrido con el contractual “Burning Bridges” (2015) y tampoco con “This House Is Not for Sale”, el último esfuerzo de una banda que, sin que haya habido cambios relevantes, cada vez parece más la de acompañamiento de Jon y ha terminado por perder toda su identidad.

¿Que no ha habido cambios relevantes? Por supuesto que sí pero se pueden reducir únicamente a uno; la marcha de Richie Sambora tras el sencillito “What About Now” (2013), la entrada de Phil X y el bajista Hugh McDonald como miembro ya de pleno derecho tras más de dos décadas de servir en sus filas. En el caso de Phil X, estoy seguro de que esos millones de fans que no pueden estar equivocados por amar a Bon Jovi ni siquiera habían reparado en la presencia del exTriumph y tan sólo los que amamos las guitarras y hemos buscado pruebas ‘on line’ de modelos vintage en internet sabíamos de la existencia de un simpático (a veces cargante, todo hay que decirlo) guitarrista que probaba guitarras históricas interpretando riffs de cientos de canciones y parecía vivirlo auténticamente. Phil X es un gran guitarrista, lleno de pasión, energía y también muy vital pero, valga la obviedad, no es Richie Sambora; carece de su peso y personalidad, de su presencia y su forma de tocar, Phil X es más visceral, más enérgico pero, tras la prueba del directo, en “This House Is Not For Sale” parece haber sido silenciado y no es de extrañar que Jon y Shanks inconscientemente le hayan relegado a un segundo plano, a un lugar que no le corresponde.

Siempre me quedará la duda; ¿Richie se fue por sus problemas con el alcohol u otros de salud? ¿Richie se fue por la orientación más pop de Jon o porque simplemente las cosas se acaban sin mayor explicación? Digo todo esto por los problemas que “This House Is Not For Sale” evidencia y que son muchos: Primero, la marcha de Sambora y la pérdida de presencia de las guitarras, transformando el sonido de Bon Jovi en el de una banda domesticada, en el que los arreglos de David Bryan tienen más fuerza, en el que las guitarras han perdido protagonismo para convertirse en una excusa y ni siquiera cuando están en un primer plano suenan con todo el arrojo que debieran, convirtiendo a Bon Jovi en una banda de estadios sí pero de pop. Segundo, la ya eterna presencia de un productor como John Shanks que lleva más de una década aforado al sillón y la consola del estudio (me recuerda al caso de Bob Rock, ese tipo de colaboradores que parecen haberse convertido en un miembro más de la banda, perdiendo toda objetividad y lastrando a los propios músicos) y, tercero, unas canciones que –a pesar de la voz de Jon- no terminan de convencer, con unos títulos tomados prestado de otras bandas y artistas (desde Ryan Adams, Sheryl Crow e incluso U2) algo que es simplemente una anécdota pero que no deja de ser llamativo. No es que no puedan bautizar a sus canciones como les venga en gana pero es escuchar y echarle un vistazo a las letras y darse cuenta de que el imaginario de Jon es tan finito que asusta que en los últimos veinte años parezca haber estar jugando constantemente con las mismas piezas del scrabble; los mismos conceptos, los mismos dramas, las mismas relaciones y los mismos lugares comunes de siempre. No pasa nada por ello, muchos entenderán que es su personalidad y su inspiración pero tras el sonido, los título y las letras llega el momento de prestar atención a las composiciones y encontrarse con que las musas parecen haberle abandonado o no ha puesto demasiado empeño en borrar las huellas de donde proceden las ideas y bocetos de sus nuevas canciones.

Poco riesgo en el tema de apertura, “This House Is Not For Sale”, pero no encuentro mejor presentación para un disco tan poco rupturista como este en el que la bonita foto de Jerry Uelsmann sirve de portada y Jon se empeña en hacer un paralelismo entre ella y el lugar que ocupa su banda, su supuesta integridad y lo que muchos entendemos que es simplemente conformismo. Como en “Living With The Ghost” me cuesta entender que tras ese sonido propio de la E Street Band, cortesía de Bryan, Phil X haya elegido un riff tan soso e inofensivo, con claros ecos a U2; la épica que funciona en los irlandeses se siente forzada en Bon Jovi y echaremos de menos el talento de Sambora, una guitarra, un solo, un arreglo que justifiquen los casi cinco minutos de repetición constante.

Iluso de mí, lo mejor de “This House Is Not For Sale” parece haber pasado con sus dos primeros cartuchos, lo peor está por llegar; “Knockout” es un experimento que no funciona y en el que se siente forzadísimo a Jon intentando encajar allá donde es imposible. Como me sorprende que Phil X no haya dicho nada en absoluto de “Labor Of Love” y el pedal steel de Bryan por el que debería haber pedido permiso a Chris Isaak. No es que ningún músico pueda volver a sentarse frente a un pedal steel (miles de músicos lo hacen de manera original -como, por ejemplo, Daniel Lanois- o, por lo menos, genuina) es que los arreglos de Bryan lo ocupan todo en la canción y el tratamiento (reverb, tono…) evoca el sabor de “Wicked Game” pero sin la tortuosa presencia de Helena Christensen.

“Born Again Tomorrow” clama por todo el indie inglés, a nadie le extrañaría si la hubiesen firmado The Editors, por ejemplo, y volvemos a esa guitarra indigna de Phil X cargada de delay –echaremos de menos a Sambora, de nuevo- y ese toque electrónico en las bases, convirtiéndola en poco menos que una discoteca petarda, como la tontorrona “Roller Coaster”, el enésimo robo a The Edge en el riff (algo incomprensible, de verdad, no por la calidad del irlandés sino por lo inesperado del giro en Bon Jovi) en New Year's Day (sonríamos de nuevo con el título). Allá donde la guitarra debería quemar, “The Devil's In The Temple”, nos encontramos lo que termina convirtiéndose en un aburrido medio tiempo.

“Scars On This Guitar”, coescrita con Brett James, ahonda en la guitarra como tabla de salvación del músico y su eterna y a veces silenciosa presencia como bálsamo para curar cualquier herida; ¿nos suena? Por supuesto que sí, no será la primera ni la última vez que se escriba una canción sobre las guitarras –como instrumento- y, menos aún, con tanto sabor country, el problema es que es intrascendente como “God Bless This Mess” que suena igual que la inicial, “This House Is Not For Sale”, pero sin un estribillo que la justifique, como “Reunion” parece haber sido plenamente inspirada en “I Will Wait” de Mumford & Sons (que alguien las escuche seguidas para mayor sonrojo, por favor) o la final “Come On Up To Our House” parece una mezcla entre “Piano Man” de Billy Joel y “La mañana” de Edvard Grieg en el riff, un desastre cargado de azúcar.

A lo más fans siempre les quedará el recurso de justificar una crítica así alegando mi poca fe actual en la banda y recuperar los mismos viejos recursos; “el que la ha escrito se nota que no le gustan, no tiene ni idea, han evolucionado y no les entiende, son mejores ahora, se llama madurez, está anclado en el pasado…” y me parece bien si así encuentran el alivio y la justificación para defender “This House Is Not For Sale”, un álbum correctito de rock norteamericano de onda media, inofensivo y sosote, de una banda que lleva afincada en el gris más absoluto desde “These Days” (1995). Recuerdo aquel concierto de Bon Jovi en el 93, presentando “Keep The Faith” y aquello sí que levantó polvareda, esto que tengo entre las manos es completamente olvidable, la constatación de que, si bien las cosas no iban mucho mejor con Richie Sambora a bordo, su pérdida duele y convierte a “This House Is Not For Sale” en un disco en solitario de Jon o en uno infinitamente más aburrido que los anteriores y ya es decir…

© 2016 Jack Ermeister



Crítica: Giraffe Tongue Orchestra "Broken Lines"

El concepto de ‘supergrupo’ debería estar prohibido en esta década; no es que no haya grandes músicos que no justifiquen su talento y estén en su derecho de participar en los proyectos que les venga en gana lejos de los nombres que les han dado la fama, es que los ‘supergrupos’, como tal, actualmente no existen y lo que tenemos son reuniones de barbacoa y colegas de cervezas. Antes de que el lector más apasionado se lleve las manos a la cabeza, explicaré el porqué de mi apreciación. Antiguamente, en una galaxia muy lejana, los músicos más reconocidos aunaban esfuerzos por dos motivos principalmente; dinero y mujeres. No, no estoy exagerando, son los dos motores principales en el mundo de la música; desde Lemmy de Motörhead al ya tristemente difunto poeta de Montreal, Leonard Cohen, el 99% de los músicos han encontrado su verdadera vocación siguiendo sus más lúbricos instintos y, por supuesto, el dinero. Ahora bien, imaginémonos a Eric Clapton (aquel al que se le atribuye el nacimiento del primer ‘supergrupo’ de éxito y renombre de la historia junto con Jack Bruce y Ginger Baker; Cream) ¿qué es lo que movía a Eric Clapton para dedicarse a la música según él mismo, en sus propias palabras? En efecto, las mujeres. ¿Y qué es lo que movió a Ginger Baker para alumbrar a Cream? En efecto, el dinero que trae la gloria, el éxito. ¿Por qué cuento todo esto? Pues porque los ‘supergrupos’ actuales se suelen gestar casi todos en el tedioso transcurso de las giras, en los macrofestivales veraniegos en los cuales los músicos suelen pasar horas y horas esperando a que llegue su actuación, esperando a que les recojan y les lleven al hotel para esperar aún más o bebiendo y comiendo antes de echarse a dormir en sus ‘sleepers’ (así es como se denomina en el mundillo a esos gigantescos autobuses-cama que suelen estacionar en descampados, areas de servicios, campings o aparcamientos y en el que las bandas, lejos del glamour que presuponemos, pasan horas y días). Con lo cual, no es de extrañar estas bizarras mezclas de músicos que, aparentemente, no tienen nada en común en su propuesta musical y estilo pero sí en la marca de cerveza que comparten, en la carne y el tofu que disfrutan o las groupies que se pasan entre unos y otros como si fuesen un filete más. ¿Y cual es el objetivo de estos proyectos? Pasar el rato y, cuando se filtra en la prensa, grabar a toda prisa las canciones que han hecho en cuatro ratos durante su veraneo en Francia, Alemania o, como Giraffe Tongue Orchestra, en el Soundwave australiano. ¿Suena poco seductor, verdad? En el zoológico de Sídney se les ocurrió su bizarro nombre…

¡Cuánta sabiduría hay en mis palabras! No, cuánto aburrimiento porque eso es lo que siento, un tedio enorme que hace que se me salten las lágrimas de sueño cada vez que leo que alguno de los músicos que admiro han aunado fuerzas y los medios digitales les conceden espacio anunciando sus mediocres proyectos. En el caso de Giraffe Tongue Orchestra me pillaron por la espalda porque tanto The Dillinger Escape Plan (Ben Weinman), como Mastodon (Brent Hinds), The Mars Volta (Thomas Pridgen) y Alice In Chains (Wiliam DuVall, pero también parte de proyectos como Void of Chaos, Bl'ast o Awareness) -no obvio a Peter Griffin de Deathklok pero no puedo concederle la misma importancia- son bandas que literalmente adoro, referencias de cabecera de esas de las que uno puede estar seguro que nunca le decepcionarán y la noticia de su unión temporal junto a la eterna adolescente Juliette Lewis despertó mi curiosidad, Weinman se apresuró a aclarar que su amiga Lewis no sería la vocalista sino William DuVall (una elección igual de opuesta en cuanto a estilo como morbosa).

Y es que, querido lector, la historia más reciente está repleta de grandes fiascos de ‘supergrupos’ que lo tenían todo para triunfar, que en su nómina figuraban grandes nombres y, sin embargo, han sido estrepitosos fracasos a olvidar por todos. Enfrentarme a “Broken Lines” de Giraffe Tongue Orchestra suponía olvidar a Gone Is Gone como última referencia con otro Mastodon al frente (Troy Sanders) y tres compañeros de fatigas como Troy Van Leeuwen,Tony Hajjar y Mike Zarin en los que, si bien no tenía demasiadas expectativas, la decepción de su primer EP fue mayúscula y confirmó todas mis teorías y sospechas. Por suerte, la propuesta de Giraffe Tongue Orchestra poco tiene que ver con Gone Is Gone pero tampoco con la música de los de Atlanta, The Dillinger Escape Plan, Alice In Chains, The Mars Volta y no, tampoco los virtuales Deathklok. Y digo por suerte por lo refrescante pero esta no lo es tanto cuando nos encontramos con un álbum en el que tan sólo funcionan unas pocas canciones pero carece de unión. ¿Son grandes músicos? Por supuesto que sí y han compuesto algunas canciones pegadizas pero a “Broken Lines” le falta dirección; un álbum en el que durante diez canciones seremos testigos de cómo cada uno de los músicos pierde su propia personalidad y sus canciones oscilan entre un postgrunge, hard rock de onda media, pop sin gancho (qué oxímoron más triste pero definitorio) con un DuVall al que se le agradece el esfuerzo por desmarcarse de su tono pero al que, entre Hinds, Weinman, Pridgen y Griffin se le siente como el menos agraciado de todos y que nadie me malinterprete, me encanta su labor y respeto en la reencarnación de Alice In Chain pero Giraffe Tongue Orchestra es algo muy diferente…

Engañoso es el efervescente comienzo de “Adapt Or Die” por su pegadizo estribillo y su toque hard, por su melodía, por su facilidad. Una canción perfecta para abrir cualquier álbum de rock, como la abrasiva “Crucifixion” o ese ejercicio de nostalgia noventera que es “No-One Is Innocent”. ¿Qué problema hay con estas canciones? ¡Ninguno, funcionan a la perfección! Lo malo es que juntas suman doce generosos minutos que no se volverán a repetir en todo “Broken Lines”! Tras el valiente single que es “Blood Moon”, el álbum pierde altura a pesar de los primeros y excitantes compases de “Fragments & Ashes” que no terminan de fraguar en un explosivo estribillo como la canción lo requiere o el frustrado himno que podría haber sido “Back To The Light” con la que sí nos damos cuenta del magnífico instinto de Weinman y su labor tras los mandos cuando escuchamos los estupendos tonos y modulados de sus guitarras y las de Hinds.

Si tras “No-One Is Innocent” no terminaban de convencernos a pesar de las buenas formas e intenciones, será con la ñoñísima balada “All We Have Is Now” en la que contemplaremos como el gigantesco trasatlántico que parecían ser Giraffe Tongue Orchestra se hunde en mitad del oceano del aburrimiento. “All We Have Is Now” es estéril en emoción, DuVall suena aséptico; sin sentimiento en una canción tan mediocre que podría haber compuesto el propio Chris Cornell para cualquiera de sus discos en solitario (a excepción de “Euphoria Morning” de 1999, por favor) o “Everyone Gets Everything They Really Want” en la que parecen Franz Ferdinand pero con camisas de franela.

El último esfuerzo lo representarán la ligeramente sincopada “Thieves And Whores”, en la que se nota la mano de Weinman, o “Broken Lines” en la que esta vez es Hinds quien aporta ese arpegiado que sí, lo has leído aquí, te recordará a “The Czar" de “Crack The Skye” (2009) pero lejos del torbellino psicodélico de aquel.

Un disco aceptable (en ningún momento he afirmado que sea un desastre porque no lo es), con algún destello sobresaliente pero fugaz, de un proyecto que, como casi todos los ‘supergrupos’, funcionaba mejor sobre el papel. Algunas canciones crecerán en ti con las escuchas pero no te engañes, no es para tanto y el menos cacareado debut de Dunsmuir, por poner un ejemplo también reciente, le gana por goleada. Una pena, una más de las muchas, no es un desastre pero no una obra maestra ni tampoco una que merezca continuación alguna. La próxima vez que se vayan de veraneo a Australia que dejen las guitarras en el camión o la furgoneta y disfruten de los animales del zoológico sin preocupaciones, nadie se lo echará en cara…

© 2016 Conde Draco

Crítica: Sting “57TH & 9TH”

El título del nuevo álbum de Sting, “57TH & 9TH”, hace referencia al cruce que el músico atraviesa de camino al estudio y no podría ser más esclarecedor de lo que vamos a encontrarnos en sus surcos; un disco sencillo, corriente y moliente, impropio de un artista de su calado porque, para aquellos que no sepan quién es Gordon Matthew Thomas Sumner, más alla de The Police y algunos incontestables sencillos en solitario, es uno de los músicos más inteligentes y dotados de su generación; con una sensibilidad pop fuera de lo común, un amor desproporcionado por el jazz, un conocimiento vasto de la música sin que las diferentes culturas hayan sido nunca un obstáculo y un bajista intuitivo y certero en directo pero que también parece perdido desde “Mercury Falling” (1996) o “Brand New Day” (1999) y, si nos ponemos exigentes, desde el magnífico “Ten Summoner’s Tales” (1993). ¡Bendita época aquella cuando en menos de diez años grabó un debut como “The Dream Of The Blue Turtles” (1985) asaltando las listas con estilo, “…Nothing Like The Sun” (1987) o el brillante “The Soul Cages” (1991) a pesar de la pérdida de su padre. Pero con “Brand New Day”, a pesar de que el experimento le salió medianamente bien, mostró síntomas de agotamiento con un aburridísimo “Sacred Love” (2003) el no apto para todos los públicos “Songs From The Labyrinth” (2006), “If On A Winter’s Night” (2009) y el absurdo “Symphonicities” (2010) en unos años en los que a varios artistas de su tierra les dio por mezclar la música sinfónica y el pop con resultados insospechados y harto irregulares. Pero si en estudio y otras disciplinas se mostraba errático (algo que confirmó con el fracaso del proyecto de “The Last Ship”) en directo seguía siendo un artista brillante; nos brindó la posibilidad de cumplir nuestro sueño y vimos a The Police en dos ocasiones (en las dos ‘mangas’ europeas de su enorme gira, 2007 y 2008) en las que Sting, Copeland y Summers estaban pletóricos y también le volví a disfrutar en solitario en la dichosa gira de “Symphonicities” (2010) en la cual se mostró con tanta clase como experimental reencarnado en Nosferatu durante “Moon Over Bourbon Street”, Sting podía ser un bocazas y renegar de grabar discos de rock con nuevas canciones pero sobre un escenario seguía siendo genial.

Pero, contra todo pronóstico (aunque ya se barruntaba debido a las fotos de su actividad en el estudio), me encuentro con este “57TH & 9TH” como material promocional, ¿de verdad que es necesaria una crítica más para el nuevo disco de Sting? No somos Rolling Stone o NME, ni siquiera The Quietus, nuestras lecturas son más modestas y seguramente a nuestro público no le interese leer sobre el inglés pero, tras escucharlo sin parar, sí que siento que debo escribir ante tanta noticia sobre el supuesto regreso rockero de Sting y es que nos engañan como quieren; basta una buena tipografía, un color, una chupa de cuero o unas botas para hacernos creer que el autor regresa, por todo lo alto, con su disco más arriesgado y fresco en años cuando no es así o no del todo...

Las fotos promocionales me gustaban, mostraban a Gordon Summer, un tipo de sesenta y cinco años en buenísima forma que sigue desafiando al tiempo y del que espero tenga un retrato suyo completamente decrépito en el altillo de alguna de sus muchas mansiones pero, lamentablemente, escuchar “57TH & 9TH” es algo muy diferente a una buena sesión de fotos, escucharlo es aceptar que Sting ha perdido su inconfundible, alto pero aterciopelado y levemente ronco tono que tantos suspiros arrancó en el pasado, su voz está más templada; grave y menos dada a las inflexiones tan imitadas pero pocas veces logradas aunque siga conservando su carisma. Escucharlo es aceptar que las canciones de “57TH & 9TH” no estén a la altura y luzcan demasiado poco; tan grises en un formato tan básico y el envoltorio de Martin Kierszenbaum les haga un flaco a favor a pesar de lograr su objetivo y sí sonar más inmediatas que en anteriores discos. Una banda de auténtico lujo con Vinnie Colaiuta tras los parches pero también Josh Freese, Zach Jones y los percusionistas Salm Al Hassan, Rhani Krija y Accad Al Saed, tres coristas, un cantante de apoyo, una sección de viento y Lyle Workman y Dominic Miller a las guitarras. ¿Es esto lo que entendemos por una formación básica de rock? ¿Veintiún músicos para grabar un disco supuestamente fresco y directo?

Pero no, el problema no es que se nos venda lo que podría ser una Big Band multirracial con aires de humildad sonora sino que las canciones están literalmente muertas y haría falta un desfibrilador para devolver a este mundo a cualquier incauto que se atreva a pinchar el disco esperando una descarga de energía. Tras la inicial “I Can't Stop Thinking About You”, quizá la más accesible de toda la colección (aunque no por ello posea la calidad y sea tan atrevida como el propio arrojo de Sting saqueando su propio catálogo para regurgitar una canción elaborada con las sobras de otras), nos encontramos ‘ese himno de estadio’ por el que suspira toda la crítica internacional que es una revisión ralentizada del riff principal de “I Will Follow” de U2 pero sin las ganas y efervescencia postpunk de aquellos cuatro tipos de Dublín que en 1979/ 1980 literalmente hervían por dejar Mount Temple muy atrás; como “50,000” es tan previsible y autocomplaciente que carece de toda chispa que nos prenda.

El tono intimista y blando de “Down, Down, Down” nos prepara sin piedad para otro bostezo como es el de “One Fine Day” (quizá una de las melodías más trabajadas y agraciadas del disco a pesar de parecer que vamos a ralentí) o el medio tiempo de “Pretty Young Soldier”. Que la más arriesgada sea “Petrol Head” (a pesar de sus arreglos) es significativo del disco que ha facturado Sting y que terminará por dejarnos caer con “Heading South On The Great North Road” que habría funcionado mejor en “Songs From The Labyrinth” como esa dramática intensidad que no llega a cuajar en “If You Can't Love Me” o los sabores orientales mezclados con jazz de “Inshallah” y un “Empty Chair” que, como “Heading South On The Great North Road”, habría encontrado mayor eco en el invernal “If On A Winter’s Night”. Diez canciones flojitas, traicioneras y que no hacen ruido alguno…

Entiendo a esos artistas cuyos discos son meras excusas para lanzarse a la carretera pero Sting nunca lo ha necesitado y, a pesar de no tener a las musas de su lado desde hace muchos años, siempre nos ha regalado algún momento que bien justificaba su traspiés, no es el caso de “57TH & 9TH”. Estupendo si le sirve como motivo para girar, pasárselo bien y permitirnos ser testigos de ello; aburridísimo, poco inspirado y plano si pretende vendérnoslo como la última reencarnación vital de un músico en el otoño o invierno de su carrera. Pena que Sting no sepa llevar al terreno musical todo su conocimiento tántrico y “57TH & 9TH” sea otro gatillazo en toda regla a pesar de la Telecaster y el sabor de The Police de su primer y seguramente único single.


© 2016 Conde Draco