SABATON y la Primera Guerra Mundial.

Los suecos regresan con su nuevo álbum, "The Great War", fieles a la cita y su estilo. Sin novedades en el frente...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

METALLICA en Madrid...

Un concierto con tantas luces como sombras, pésimo sonido y repertorio irregular.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

El adiós de CHROME DIVISION...

"One Last Ride" de CHROME DIVISION (Shagrath, DIMMU BORGIR), digno canto del cisne de una banda que se despide.

Así es "Hexed" de CHILDREN OF BODOM.

Laiho y los niños del lago BODOM regresan con un álbum diferente, pero dinámico y mágico.

"Songs For The Dead Live": KING DIAMOND sigue siendo el rey.

Así es el nuevo directo del danés, gira de la que fuimos testigos....

"amo" de BRING ME THE HORIZON: el estrógeno es bello...

...o cómo Oli Sykes pierde el norte y trollea a su público.

HIGH ON FIRE, Mastodon en estado crudo.

Con "Electric Messiah" estamos de enhorabuena, han vuelto a firmar otra joya.

GRETA VAN FLEET: The song remains the same

Cuando el hype se traduce en premiar la escasez de originalidad...

"The Sacrament Of Sin", hacen falta más bandas como POWERWOLF

cuyos estribillos resuenen una vez la canción ha concluido...

OBSCURA lo han logrado...

Su nuevo álbum, "Diluvium", es más directo y superior que “Akróasis”

IMMORTAL: Los dioses del norte han vuelto...

Negro, crudo y gélido, el nuevo disco de los noruegos demuestra que hay vida después de ABBATH.

"Viktoria" de MARDUK

No es "Panzer Division Marduk" pero sitúa a Morgan y Mortuus de nuevo en el mapa...

A PERFECT CIRCLE: La larga digestión del elefante…

El aperitivo perfecto para amenizar la espera de lo nuevo de TOOL…

BLACK LABEL SOCIETY en MADRID: la pentatónica es bella...

Testosterona, amplificadores, calaveras y cadenas para presentar en directo "Grimmest Hits"

"Down Below" de TRIBULATION

Suena a vampiros y fantasmas, a goticismo urbano y crímenes y pasiones desatadas bajo un cielo pintado con los colores de un corazón desangrándose...

TAAKE: El rey del invierno

Ha vuelto y, en ausencia de IMMORTAL, Hoest reclama su trono.

"Mirror Reaper" de BELL WITCH o la eterna sensación de ausencia...

Especial, sencillamente especial, y no apto para todos los gustos pero sí para aquellos que buscan una experiencia vital a través de la música…

"Nightbringers" de THE BLACK DAHLIA MURDER; joder si tiene encanto...

Nadie suena como ellos en un álbum que bien podría entenderse como el mejor de su carrera hasta la fecha.

Crítica: Sabaton “The Great War"

Atacar a Sabaton es tan fácil que carece de todo sentido y, sin embargo, muchos deberían hacerse mirar la malsana obsesión por ellos; si algo no te gusta, deja de escucharlo, no te sacrifiques y deja de amargar la fiesta al resto. Es verdad que su propuesta es finita y ellos mismos son los que se ponen trabas en su propio camino, siendo como los vikingos Amon Amarth, una banda anclada a sus propias señas de identidad, a saber; guerras, héroes, sangre, honor y gloria pero también héroes y vencidos, que afrontar un nuevo álbum de Sabaton es acudir a una cita periódica con los de Falun (Suecia) en la que ya sabemos lo que va a ocurrir, cómo va a acabar y en la que lo único que podremos argumentar, para saber si el álbum está o no a la altura, es la gracia y el genio para escribir las nuevas canciones. Y con todo, Sabaton guardan un lugar especial en mi corazón; son trabajadores, hacen los deberes, son simpáticos y entrañables, y nos ofrecen lo que esperamos de ellos. ¿Acaso seríamos más felices si Sabaton se pasasen al prog, abandonasen su propia temática y nos sacudiesen con un álbum de death metal? Seamos serios, por favor, a Sabaton no se les pide evolución sino inspiración. Además, viví de primera manera la cancelación de Manowar en la pasada edición del Hellfest y Sabaton, ni cortos ni perezosos, cerraron con fuerza y honor la noche en la que los de DeMaio estaban montando su propio numerito alejados de los escenarios principales, actuando dos veces en menos de veinticuatro horas, mi más absoluto respeto por Brodén y los suyos.

Primer álbum con Tommy Johansson y el conocido Jonas Kjellgren en la producción (recordemos que “The Last Stand” fue producido por Peter Tägtgren), pocos cambios en lo más fundamental, pero sí un loable intento por desmarcarse, por cambiar, en un álbum enfocado en la Primera Guerra Mundial y repleto de referencias a la contienda. "The Future of Warfare" abre el álbum con las dos batallas de 1916 y 1918, de Courcelette y la de Villers-Bretonneux; comienzo épico, voces de tenor, casi operísticas, puro Sabaton, pero muy floja como apertura. No es hasta "Seven Pillars of Wisdom" y la historia de Lawrence of Arabia que las cosas no se ponen serias; un buen estribillo, una parte narrada y la sensación de hervir la sangre que todos esperamos cuando escuchamos a Sabaton, esa misma que sentimos con "82nd All the Way"; sí es obvia, es fácil, es evidente y siento haberla escuchado un millón de veces antes pero entra de un tiro, sube fuerte y las varoniles voces a coro son todo un derroche de testosterona.

"The Attack of the Dead Men" es otro de los grandes momentos de “The Great War”, quizá mi favorita, junto a “The Red Baron” (personaje de sobra conocido por todos) y ese muro de sonido tan grueso como para no dejar espacio a otro instrumento o coro; excesivo es quedarse corto. De los cielos a la batalla del bosque de Belleau con “Devil Dogs”, casi un himno, o el auténtico paroxismo en los coros con “Great War” y Brodén disfrutando en su introducción, sintiendo el personaje. No es hasta este momento que uno no siente que Sabaton se ponen realmente serios; descerrajando canciones efectivas y repletas de su esencia, pasando de buenas y correctas composiciones a aquellas en las que parece que se están jugando realmente la vida; “A Ghost In The Trenches” nos cuenta la historia del condecorado Francis Pegahmagabow o narrando la mayor batalla de toda la contienda, la batalla de Verdún en la épica y potente "Fields of Verdun". El cierre, aunque fallido, nos muestra a unos Sabaton que intentan un acercamiento más maduro, más trabajado en "The End of the War to End All Wars", intentando rizar el rizo con un compendio de anécdotas de la Primera Guerra Mundial, antes de la coral "In Flanders Fields", basada en el poema del coroner John McCrae; todos muertos pero perviviendo el recuerdo y llegando, por primera vez, a los oídos de miles de adolescente, veinteañeros y treintañeros que cantarán en directo "Fields of Verdun" o "82nd All the Way", nada que objetar a la clase de historia.

Superior a “The Last Stand” (2016) y con singles que perdurarán en su directo y engancharán a nuevos fanáticos de los suecos, notablemente ejecutado y acertado en algunos momentos, aunque en conjunto se sienta algo cojo; Sabaton no nos engañan, ni pretenden hacerlo, no es "Carolus Rex" (2012) pero, ¿para qué cambiar la mezcla si el refresco se sigue vendiendo y gustando? Es cierto que, como escribíamos en su anterior álbum, dentro de dos o tres años, regresarán con el mismo pero, ¿a quién le importa? No escucho las mismas quejas de Slayer, Amon Amarth, AC/DC o Avantasia, etre otros. Sabaton encontraron la fórmula hace mucho y de nosotros depende de que nos subamos o no al tren, no pretendamos y critiquemos lo contrario, no seamos pequeños…


© 2019 Lord Of Metal





Crítica: Batushka “Hospodi"

El cisma prosigue y Bartłomiej Krysiuk publica el ansiado “Hospodi”, ansiado por llegar a entender, por escuchar, por conocer de primera mano si lo dicho por Krzysztof Drabikowski era cierto y, por desgracia, comprobar que quizá, lejos de la calidad del álbum que nos ocupa, lo más triste sea comprobar que ni siquiera el propio Krzysztof ha sido todo lo sincero que debiera con nosotros, ya que la supuesta incapacidad para cantar, interpretar y, en última, instancia; componer por parte de Krysiuk, se ve más que colmada en “Hospodi”, confirmando aquello de que “ni los buenos son tan buenos, ni los malos lo son tanto” o eso mucho más de andar por casa de que cuando una pareja rompe, lo ideal es escuchar a ambas partes. Sin embargo, vivimos los peligrosos y turbulentos tiempos de la gran y enorme red social en los que, tal y como indiqué en mi humilde crítica a "Панихида" ("Panihida"), tan sólo hace falta alzar la voz en la acusación para que se proceda a la lapidación pública; y la parte acusadora no tenga siquiera que demostrar su acusación mientras que el acusado no dispone siquiera de la presunción de inocencia y yo, que ya empiezo a peinar canas, prefiero no pelear guerras ajenas y olvidarme del infantil “nosotros y ellos” (“us and them”, que dicen los anglófilos en este tipo de asuntos) y posicionarme en algo que es tan distante en mi día a día, como el planeta Dagobah. Podrá parecer una postura poco auténtica pero lo único cierto es que, como seguidores, ahora mismo disponemos de "Панихида" ("Panihida") y “Hospodi”, ración doble de Bathuska en pocos meses.

Pero, volviendo al asunto que nos interesa, tal y como le indicaba a mi buen amigo Carlos (mi querido Emeritus), lo que más me molesta es escuchar “Hospodi” y descubrir que, aunque no sea un álbum notable, hay canciones que me gustan, hay riffs que me encantan y descubro que Krzysztof, aquel por el que sentía la simpatía propia del damnificado, no ha sido del todo honesto con su público, nosotros. La justicia polaca le ha dado la razón a Krysiuk, ¿por qué? Artistas de renombre en el mundo del metal, están apoyando a Krysiuk, ¿por qué si ha robado a Krzysztof y conocen a ambos de primera mano? Mientras que Krysiuk ya tiene contrato con la mítica Metal Blade Records y el odio de miles de aficionados, pero también el apoyo de otros tantos miles, ¿por qué Krzysztof todavía no puede presumir de una pequeña discográfica que distribuya físicamente "Панихида", siendo fiel a sus principios? ¿Qué está ocurriendo de verdad en el universo de Batushka? Parafraseando al Guillermo más universal, algo huele a podrido en la fría Polonia…

Pese a ello, el lector más sagaz mirará el título de esta crítica y comprobará que tan sólo la coronan dos estrellas, ¿qué está ocurriendo si acabas de decir que te gusta?, me dirá de manera inquisitoria, buscando el revolcón en la arena o acusando la poca conexión entre el texto y la nota final del álbum. Nada de eso, es muy sencillo; “Hospodi” es una buena colección de ideas, hay un poco de la esencia de los Batushka de “Литургия” (Litourgiya) de 2015, esos cantos ortodoxos con los que abre “Wozglas” y el toque ritual, por supuesto, además los Batushka de Krysiuk poseen los riffs, como el de "Dziewiatyj Czas" pero, en general, la sensación es de poca cohesión; Krysiuk tiene las ideas y las lleva a cabo, el disco suena maravillosamente bien, pero los ‘hooks’ (que dicen los entendidos para denominar a los estribillos pero también a esas partes que nos noquean cuando escuchamos una canción) son previsibles y forzados. Mientras que los Batushka de Krzysztof enganchan en su totalidad, los de Krysiuk parecen construidos de retazos perfectamente ensamblados, el ejemplo de "Dziewiatyj Czas" es claro; buen riff, coros, voces rasgadas, más coros, un “Hallelujah” aquí y allá y la sensación de que estos Batushka tienen más que ver con los Ghost de “Opus Eponymous” (2010) que con el encanto underground de los de “Литургия” (Litourgiya).

Los singles “Wieczernia” o "Polunosznica" salen mejor parados en el contexto del álbum que como adelanto, uno entiende su naturaleza y se disfrutan mucho más; el crescendo de "Polunosznica" es mágico, mientras que “Wieczernia” es black sin ambages. ¿Estamos seguros de que “Hospodi” habría recibido tanto odio y descarnadas críticas si lo hubiese firmado una banda desconocida o sin el culebrón previo de Batushka? Estoy convencido de que estaríamos hablando de una de las grandes revelaciones del metal. Canciones como "Powieczerje" podrían haber sido incluidas en “Литургия” (Litourgiya) y lo único que a veces me chirria en algunas es la sensación de poca autenticidad (“Utrenia”, por ejemplo) en unos coros que la primera vez que escuchamos en su debut, todos hicieron que nos preguntásemos qué estábamos presenciando; no porque fuese la primera vez, sino porque aquello parecía real y aquí, en “Hospodi”, simplemente parece decoración de Halloween.

"Pierwyj Czas" posee la furia y "Tretij Czas" la mística, esa que intentan apaciguar en "Szestoj Czas", tres piezas estupendas -a modo de tríptico- que se alejan de Batushka e internan el black metal más clásico, pero también más anodino, antes de cerrar con “Liturgiya” para que Krysiuk, Jaroszewicz y Rumiński dejen claro que ellos son Batrveshka y lo de Krzysztof el despecho de un adolescente. “Hospodi” es un álbum que plantea más interrogantes que respuestas y que deja aún más abierta la herida entre Krzysztof y Krysiuk, entre los seguidores más auténticos que hasta ahora no habían escuchado siquiera “Литургия” (Litourgiya) y ahora, a los postres, entran a jugar tirando de fundamentalismo y “reconcome” moral por el pobre Krzysztof pero lo único cierto es que parece que seguiremos teniendo ración doble de Batushka para largo, "Панихида" ("Panihida") se perfila como el digno sucesor de “Литургия” (Litourgiya) y “Hospodi” un disco de metal correcto, con buenos momentos, me basta.


© 2019 James Tonic

Crónica: The Smashing Pumpkins (Madrid) 12.12.2018

SETLIST: Siva/ Zero/ Solara/ Knights of Malta/ Eye/ Bullet With Butterfly Wings/ Tiberius / G.L.O.W./ Disarm/ Superchrist/ The Everlasting Gaze/ Ava Adore/ 1979/ Tonight, Tonight/ Cherub Rock/ The Aeroplane Flies High (Turns Left, Looks Right)/ Today/

Los que nos leen habitualmente, sabrán de nuestra pasión por la música de The Smashing Pumpkins, de aquella que una vez - durante muchos años- nos tocó la fibra del corazón y el posterior desengaño a través de proyectos de un día, discos repletos de buenas ideas que acababan desechadas, diversas formaciones, agrios titulares de Billy Corgan, lucha libre, gatos y té. No, la vida no ha sido fácil para el seguidor de Smashing Pumpkins y, como tal, muchos se han ido cayendo por el camino. En lo personal, permítanme el lujo de una pequeña regresión al pasado (una de las muchas que con los Pumpkins podría…) cuando un hierático Billy Corgan aterrizaba en Madrid hace unos años y se paseaba abrigado para el frío invierno de Chicago, en pleno mes de mayo de nuestro país, se negaba a atender a prensa y fans para, posteriormente (tras el tibio concierto en la diminuta Sala Arena, todo hay que decirlo), cuando uno de nosotros le preguntó por qué no había interpretado algún clásico más (como, por ejemplo, “1979”) en lugar de tantos temas de “Oceania” (2012), un agrio Corgan le espetó; “Por gente como tú…”

Es por eso que la reunión de la formación clásica de The Smashing Pumpkins me sonaba tan mal, no porque se truncase con la ausencia de D'arcy Wretzky, sino porque siento que conozco a Corgan demasiado bien tras tantos años escuchando su música y leyendo sus entrevistas, porque sé de sus desplantes (algunos en primerísima persona) a lo largo de sus visitas a nuestro país y sé lo mucho que le repatea vivir estas canciones en directo en detrimento de la interpretación de las más recientes en una gira, la de presentación de “Shiny and Oh So Bright Vol. 1 / LP: No Past. No Future. No Sun.” que no ha cubierto las expectativas económicas previstas y que, lógicamente, tras los últimos años, relega a la banda de las primeras posiciones de los festivales, como Corgan pretendía, y que recalaba en Madrid, dentro de la propuesta de esa enorme verbena llamada Mad Cool que, si este año parece mejor organizada, es porque la entrada ha sido infinitamente menor (de 80.000 a 40.000 almas, ni más, ni menos) de un cartel impresionante a uno más templado, con menos relumbrón, como ha sido el de esta edición y que, sin embargo, nos ha dejado algunas de las mejores actuaciones de este año, como ha ocurrido con Bon Iver y The Cure o el incombustible Iggy Pop, a pesar de la edad.

Nada tiene que ver, el que viese a los Pumpkins varias veces a mediados de los noventa, para que su actuación en el Mad Cool me haya parecido descafeinada para ser la supuesta y cacareada reunión, seguramente a muchos les habrá vuelto locos, cuestión de gustos; por supuesto lo respeto. Tras la introducción de Haendel, “Siva” (una de mis canciones favoritas de “Gish”, 1991) sonaba pero lejos de las abrasivas guitarras de la original, el grueso toque hendrixiano de la Strato de Corgan a golpe de pastilla del mástil, esta noche sonaba domesticado, con un guitarrista genial -como es él- que lanzaba el bending al aire con cierto aire de displicencia o ejecutaba el riff de apertura de “Zero” con desgana, a años luz de lo que viví en aquella gira de “Mellon Collie and the Infinite Sadness” (1995) cuando creí estar a punto de perder la vida en una avalancha (como de hecho ocurrió a una adolescente en Cork, durante aquellos conciertos de auténtica rabia en los que Corgan reivindicaba su figura como compositor y el de la banda con un imposible y genial doble álbum repleto de magia, noches para el recuerdo, sin duda…).

“Solara” es un buen single, pero tiene la desgracia de compartir espacio con canciones que están alojadas en nuestra memoria y la respuesta es más tranquila, igual que ocurre con la bonita “Knights of Malta”, tras ella “Eye” (o aquella vez que Smashing quisieron sonar más a Depeche Mode que los propios Depeche) a la que sigue un single como “Bullet With Butterfly Wings”, que es coreada por miles de almas, aunque Corgan sea incapaz de compartir ese entusiasmo y su interpretación sea tan calmada como para ahorrarse el clásico grito de furia y parezca un suplicio verle culminar la canción. Pero así es él y parece disfrutar mucho más de “Tiberius” (qué canción más bonita…) o lo propio con “G.L.O.W”, para desconcierto del respetable que no despertarán hasta “Disarm” del mítico “Siamese Dream” (1993), que sigue sonando tan enternecedora como siempre a pesar del amargo mensaje de su letra. La segunda mitad del concierto, a excepción del single “Superchrist”, fue un auténtico viaje al pasado con la cruda “The Everlasting Gaze” y esa oda que es “Ava Adore” (que muchos hemos hecho nuestra) y que, curiosamente, Billy (o William, como prefiere que le llamen ahora) parece disfrutar bastante más ya que vuelve a dejar la guitarra e interpreta transmutado en aquel Nosferatu de su video, antes de poner la directa (nunca mejor dicho) con “1979” y escupir “Tonight, Tonight” o despedirse con “Cherub Rock”, la rareza de la que sigue siendo una de sus mejores composiciones (algo complicado de afirmar, con el repertorio que poseen) como es “The Aeroplane Flies High (Turns Left, Looks Right)” y, bueno claro, “Today”…

Altivo, como siempre, serio y enfadado con el mundo, como bien le pintó Kim Gordon en su autobiografía y todo aquel que ha tenido que ver con él, la alargada figura de Corgan bajaba del escenario por la rampa que daba acceso a sus camerinos y parecía haber pasado el peor rato de su vida tras interpretar esas canciones que ya no le pertenecen, sino a su público y todos los que crecimos con su música, mientras parece no aceptar que las de “Shiny and Oh So Bright Vol. 1 / LP: No Past. No Future. No Sun.” no hayan calado como aquellas otras, maldita sea. Mientras Iha y Chamberlain, bajaban satisfechos, y Jeff Schroeder ajeno a todo con su habitual gesto inexpresivo. The Smashing Pumpkins son el perfecto ejemplo de la banda alternativa por antonomasia que, con el paso del tiempo y de manera natural, han cumplido la auténtica y verdadera maldición de todas aquellas bandas de dinosaurios contra las que cargaban en los noventa, por obra y gracia de un genio llamado Corgan que, a pesar de haberle hecho la noche a miles de aficionados, parece soportar un peso y una amargura inversamente proporcional…


© 2019 James Tonic
Foto de Corgan © 2019 Mad Cool




Crítica: Thom Yorke “ANIMA"

A menudo, me ocurre que me cuesta mucho más leer sobre Thom Yorke que escuchar su propia música y eso sólo podría significar dos cosas; una, Yorke se ha convertido al mainstream más puro o, seguramente y mucho más plausible, aquellos que escuchan a Yorke -y no digamos ya, esos otros que empeñan en escribir sobre él- son una pandilla infumable de pretenciosos que se esmera en demostrar lo supuestamente inteligentes que son en una auténtica borrachera de referencias, obras y autores, para justificar el profundísimo mensaje del líder de Radiohead (nótese la fina ironía en mi paradoja). Si, en mitad de la noche, conoces a alguien que te asegura escuchar a Yorke, sólo hay una opción, huir lejos antes de que te aburra; si es un texto, evita leerlo porque te producirá la misma pereza mental que un mal Sudoku. Es habitual que una crítica sobre un disco de Thom Yorke diga más de aquel que la escribe que del propio artista porque, además, no siempre hay un mensaje, no siempre es tan forzado y profundo, la música está para que nos diga algo muy diferente a cada uno y analizar a la milésima cada segundo de las nuevas canciones del inglés o diseccionar sus letras, suele acabar en el más estrepitoso de los ridículos, como cuando en los versos de “Traffic” hace rimar; “I can't breathe, there's no water I jump free, foie gras, a brick Wall, a brick Wall, you're free…” y se queda tan ancho.

Y a mí, que quizá intento no intelectualizar el arte demasiado para no convertirlo en algo abstracto, alejado de mi corazón, me interesa más la conexión emocional de las canciones con mis propios sentimientos. El título de “ANIMA” de Yorke está basado en la teoría de Carl Gustav Jung y podría copiar/pegar cualquiera de los muchos textos que existen en Internet, asegurarte que lo leo por las noches e intentar rodear tu hombro con mi brazo imaginario para olerte detrás de la oreja pero sólo hay una frase que recuerdo de Jung y su teoría; “Cuando alguien dice no puedo dejar a esa mujer aunque lo querría hacer, eso es el Ánima". Eso dijo Jung para explicar, grosso modo, algo mucho más complejo pero, sin embargo, eso es el ánima que yo conozco muy bien, que he vivido y que, a veces, todavía se presenta en mi dormitorio por las noches.

Es por eso que las canciones de Yorke en su tercer álbum, me dicen mucho más de lo que un estricto y sesudo análisis de cada uno de sus beats y palabras podría aportarme. “Traffic” contiene ecos de su banda madre, el sintetizador y su pulso procede, sin embargo, de "Tomorrow's Modern Boxes" (2014) pero tiene más de "Amok" (2013) y Yorke juega con su voz sobre la base. Paisajes desolados, como los de "Last I Heard (...He Was Circling the Drain)" o “Not The News”, mezclándose con momentos más chill, “Twist”, se alternan con piezas como “Dawn Chorus” o “The Axe”, en las que parece jugar a deconstruir la canción y se empeña en narrar; no hay estribillo, no las podrás cantar, pero jugarán con tu estado de ánimo. “I Am a Very Rude Person” debe más a “The Eraser” (2006) y, como oyente, lo agradezco porque me hace recuperar el hilo del álbum y recordar a un Yorke más accesble, como me ocurre con la ‘radioheadiana’ “Impossible Knots” o ese interruptus tontorrón que es “Runwayaway” para entender que “Anima” no es posible escucharlo picoteando de aquí y de allá, sino de un tirón, intentando vivirlo como una pequeña experiencia asequible para casi cualquier paciencia media, ya que estamos hablando de un álbum que dura poco menos de cincuenta minutos, algo que también agradezco a Yorke y es la contención en un material así (esa misma que convirtió a "Tomorrow's Modern Boxes" en un experimento breve), nueve canciones se antoja el número perfecto.

La campaña de publicidad, como casi siempre, ha sido brillante con anuncios en el metro de Londres, por parte de ‘ANIMA Technologies’, una empresa que te ayuda a recordar tus sueños al despertarte, y la unión con Paul Thomas Anderson en Netflix y la clara demostración (también ejemplificada por The National y su maridaje con Mike Mills) de que la música y el cine, no siempre produce vibrantes genialidades. Pese a todas sus buenas ideas, “ANIMA” vuelve a poseer la bonita naturaleza del perro verde; es demasiado vago en su objetivo, la dirección no está tan clara y queda desdibujado como un conjunto de piezas -algunas más acertadas que otras- deslavazado. Me ha gustado y lo seguiré escuchando, pero no es la obra maestra por la que muchos se golpean el pecho y tampoco una absurdez pretenciosa como otros se empeñan en explicarte, sin creerse demasiado.

Por otro lado, si te sigues acordando de ella, y eres capaz de enlazar tus propios estados de ánimo con la música de Yorke, ya has conseguido mucho más que la media. Aunque, quizá, sólo quizá, no quieras recordar nada de lo soñado al día siguiente y también así estará bien…


© 2019 Jota/ Blogofenia
Pic by © 2019 Alex Lake


Crítica: Abbath "Outsrider"

Esperaba muy poco de este álbum, no porque “Abbath” (2016) no me hubiese gustado (que sí, mucho…), sino porque tras verlo de gira en solitario, me sentí decepcionado por su errática actitud, sus problemas de sonido, su incapacidad para mantener el ritmo del concierto, completamente convertido en un meme viviente. Además, la réplica de Immortal no se hizo esperar, "Northern Chaos Gods" (2018) fue uno de los mejores discos del año pasado, demostrando que Demonaz sigue siendo el auténtico Rey del Norte y Olve Eikemo quizá debía había dado ya lo mejor de sí mismo. Craso error, el black metal es un floreciente vergel en el que no sólo aparecen constantemente grandes bandas sino que algunas más veteranas reverdecen su legado. Tras los consabidos adelantos y la consecuente campaña de mercadotecnia para promocionar el álbum (que en su edición deluxe, incluye maquillaje para tu propio ‘corpse paint’), se esconde un álbum como “Outstrider” que, sin llegar a exagerar, es claramente superior al debut del noruego y, aunque todo sea una cuestión de gustos, rivaliza y en algunos momentos supera a "Northern Chaos Gods" de Immortal. La receta es sencilla, black verdaderamente helador, con tintes hard en algunos momentos, una versión de Bathory, "Pace 'Till Death" de su "Blood Fire Death" (1988) y ocho canciones que nos muestran a un Eikemo en estado de gracia a pesar de las bromas, de los dichosos memes, del alcohol y de sus problemas con sus antiguos compañeros y esos otros más recientes que le acompañaban en solitario (King Ov Hell, Silmaeth y los dos Creature tras la batería), siendo reemplazados por Ole André Farstad a las guitarras, Ukri Suvilehto en la batería y la bajista Mia Wallace (a quien he tenido la suerte de ver en directo hace poco menos de un mes, acompañando a Tom Warrior en la reencarnación de Hellhammer).

“Calm in Ire (of Hurricane)” sirve de épica introducción, arreglos tras la batería de Ukri y la voz rasposa de Abbath, como maestro de ceremonias, la guitarra de Ole suena a hard rock pero, al poco, cambian de tempo y nos llevan a la fría Noruega, así es la magia de la música y su poder evocador. Black y más black, “Bridge of Spasms” posee las señas de identidad de un subgénero en el que Abbath no innova, realmente nunca lo ha hecho, pero en el que se le siente cómodo, tanto como para carburar en “The Artifex” y hacer que toda la banda corra siguiéndole. El adelanto que fue “Harvest Pyre” posee la urgencia, qué demonios; lo tiene todo y dentro del álbum es una pieza magnífica que nos hace mantener el interés hasta “Land Of Khem”. Eikemo no se complica, coge prestado de "All Shall Fall" (2009) y toma lo que le interesa de “Abbath”, además disfruta cantando en “Land Of Khem”, saliéndose por la tangente del típico croar que utilizaba en Immortal, sonando más espontáneo y fresco que nunca.

“Outsrider” se inicia con una bonita introducción y tira de nuevo de épica y emoción, un compás sencillo, nada de blast beats y Abbath narrando. Pero, sabedor de lo que queremos, manejando el orden como nadie, sitúa “Scythewinder”, como un brutal cruce entre sus queridos Motörhead e Immortal, y recupera la emoción de su primer álbum (“Ashes Of The Damned”) en “Hecate” o rindiendo homenaje a Quorthon en la mencionada "Pace 'Till Death", en la que no aportan nada nuevo, pero muestra sus respetos con mucha dignidad, sin queja alguna cuando la versión es tan honesta, como en este caso.

Grabado en los estudios Dub Studios de Kristiansand (Noruega) por Endre Kirkesola, “Outstrider” suena magnífico, exuberante, una superproducción de black metal propia de nuestro tiempo y, aunque no contenga los evidentes singles de su debut, muestra un trabajo aún mayor o quizá, mucho más apropiado en él, unas ganas de revancha propias de Eikemo. Recuerdo que durante su primera gira pude compartir unos segundos con él y cuando le dije lo genial que me parecía el primer álbum, él me respondió un escueto pero divertido; “Lo sé…”. Y yo lo único que sé es que su salida de Immortal nos ha beneficiado a sus seguidores, por un lado tenemos a Demonaz y Horgh con un álbum como “Northern Chaos Gods” y, por otro, a Abbath con “Outstrider”, somos afortunados…


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Crítica: Avantasia "Moonglow"

Resulta del todo desconcertante aproximarse a un disco de Avantasia desde la perspectiva de un disco de metal porque, aun teniendo todos los elementos, tiene más que ver con un musical de Broadway, un álbum de Meat Loaf o, en su defecto, uno con tintes melódicos propios de ABBA. Para todos los que disfrutamos con fruición de “The Metal Opera” (2001) y “The Metal Opera Part II” (2002) y, en menor medida, de “The Scarecrow” (2008) y “The Wicked Symphony” (2010), lo ocurrido con Avantasia y, en particular Sammet, es el claro ejemplo de un músico que, pese a su genialidad, no siempre da en el blanco y a momentos de mayor gloria, como señalé en mi crítica del anterior “Ghostlights” (2016), le suceden otros de menor tino. Con Sammet me gusta tomármelo con tiempo y cada vez que Avantasia publica un nuevo álbum, me gusta escucharlo con tranquilidad, sin prisas o críticas a vuelapluma, evitando que mi gusto personal, mi fanatismo, influyan en mi juicio y me emocione al segundo estribillo (de ahí que escriba meses después de su publicación, no hay prisa. Su música está aquí para quedarse…). “Moonglow” (2019) me parece un trabajo notable, como su anterior “Ghostlights” (2016) e incluso ligeramente superior (tampoco exageremos, pero sí), un disco al que le he cogido especial cariño y que, desde la primera escucha y su "Ghost in the Moon", te engancha para no soltarte; es la cara y la cruz de Sammet, queremos que su música no sea puro azúcar pero tampoco queremos que sus estribillos desaparezcan y la gran diferencia entre su sonido y el de cientos de bandas de metal o hard rock de la misma accesibilidad es precisamente la calidad que marca la diferencia entre lo que muchas veces parecen caricaturas y un tipo como Sammet en el que, además de la oportuna grandilocuencia de sus producciones, nadie duda que hace lo que siente.

Repitiendo con Sascha Paeth tras los controles, en lo que desde hace mucho tiempo ya podemos considerar como un binomio creativo, y una auténtica locura de colaboraciones en lo que ya es norma dentro de la naturaleza de un proyecto como Avantasia; Eric Martin, Jørn Lande, Michael Kiske, Hansi Kürsch, Geoff Tate, Candice Night e incluso Mille Petrozza. “Moonglow” gustará a sus seguidores y será ignorado por sus detractores, conteniendo en pequeñas dosis lo mejor y lo peor de Sammet; un trabajo con mimo en la composición, producción e instrumentación de lo que es una gran superproducción pero con momentos de una facilidad a cuestionar. Y las eternas preguntas de aquellos a los que sólo le importan las puntuaciones, ¿es un buen álbum? ¿es digno de Tobias Sammet y Avantasia? Sí, es un buen álbum, muy en la línea de “Ghostlights” (2016), digno de Sammet y lo que es Avantasia y ese marasmo de algodón de azúcar, sazonado con unas colaboraciones tan variopintas como mezcla de sabores; a veces encajan en la canción (como es el caso de Candice Night o mi querido Hansi) pero otras veces, como en el caso de Petrozza, decir que está forzado y metido con calzador, es quedarse corto.

"Ghost in the Moon" y su derroche de sentimentalismo, coros y más coros sobre una melodía de sirope, la música es tan poco contenida como en otras ocasiones, con predominio de arreglos y melodrama…. ¡Es Avantasia! ¿Qué podríamos esperar? La grandiosidad de Sammet solo puede igualarse a su poca contención, diez minutos que podrían haber sido resueltos en mucho menos, sobrando dos, tres y hasta cuatro, cuando el desarrollo de la canción no necesita más segundos que cambios de ánimo. Pero tampoco puedo negarlo, "Ghost in the Moon" se pega como un chicle, el artesano de las melodías obra su magia. El experimento a cuatro voces en "Book of Shallows" con Ronnie Atkins, Jørn Lande, Hansi Kürsch y Mille Petrozza funciona a ratos; dentro de ese himno power en el que algunos resultan mejor que otros porque quizá la parte de Petrozza (amando a Kreator…) es la que menos sentido tiene en una composición que parece tener que endurecerse para dar cabida al thrasher, porque Kürsch (Blind Guardian) puede cantar lo que le venga en gana (como demuestra la bonita "The Raven Child" con él y Lande). Algo parecido siento sobre el dueto con Candice Night en la que parece que la composición sí evoluciona de manera natural, de acuerdo a la tesitura de la voz de la cantante y no forzando la adaptación, como sí ocurre en "Book of Shallows".

Ronnie Atkins lo clava en “Starlight” y la dota de aún más emoción, como tengo la sensación de que Geoff Tate (ex Queensryche) no ha sonado igual de bien en muchos años, como lo hace en la emotiva “Invincible” que se convierte en una pequeña obra en tres actos con "Alchemy", quizá en la que más cómodo se le siente, y "The Piper at the Gates of Dawn" con Eric Martin y Bob Catley, ese mismo que hace que “Lavender” pase de ser una canción de iglesia a algo más remotamente parecido al rock y de vuelta al power con uno de mis cantantes favoritos, el gran Michael Kiske en "Requiem for a Dream" a la que lo único que le habría pedido es un poquito menos de producción, ese famoso colchón de cuerdas y arreglos enlatados, cuando al mítico vocalista de Helloween nada de eso le hace falta.

“Moonglow” es un álbum que gustándome, cuando llega a su final, siento que podría haber sido infinitamente mejor, idea que se refuerza cuando escucho “Maniac” el clásico de “Flashdance” que sonando bien, no aporta nada en absoluto a la original, nada de nada, y debo entender como un regalo, porque no hay otra opción. Más de una hora de excesos sonoros, algunas canciones que podrían haber sido excelentemente recortadas, y producción megalómana -como debe ser- no apta para el paladar de todos y quizá un poco indigesta para aquellos que, sin tener que hacer arqueología, seguimos esperando un álbum de la calidad de “The Scarecrow” (2008) o “The Wicked Symphony” (2010) y quizá algo menos de azúcar porque sí…

© 2019 Albert Gràcia


Crítica: Memoriam “Requiem for Mankind"

Tercer álbum de Memoriam o, lo que es lo mismo; el legendario Karl Willets (Bolt Thrower), acompañado de Scott Fairfax, Frank Healy y Andy Whale en lo que ya se está convirtiendo en una costumbre, la buena y sana costumbre setentera; como cuando las bandas de aquella década publicaban un álbum tras otro, en apenas poco tiempo o, mejor aún, siendo puntuales en su entrega anual, imprimiéndole ritmo a la creatividad, siempre al servicio de su música y olvidándose de tiempos muertos entre gira y gira. Memoriam publicaron un oscuro debut, “For The Fallen” (2017), un digno sucesor como "The Silent Vigil" (2018) y ahora le llega el turno a su tercer álbum en tan sólo tres años, "Requiem for Mankind". No hay que saber demasiado de death metal o de Bolth Thrower y Benediction, para adivinar que el álbum que han grabado es otra buena muestra de metal sin complicaciones, continuando de nuevo la senda de “For The Fallen” y, claro, “The Silent Vigil” pero mejorando aquellos puntos del segundo que no terminaron de convencerme; la producción, claro está, corre a cargo de Russ Russell y en “Requiem For Mankind” se ha corregido el omnipresente sonido de bajo de Healy que en el anterior álbum era capaz de devorar la mezcla, además Karl Willets y el resto de la banda han recuperado parte de la oscuridad de su primer álbum. Por otro lado, nadie que escuche la música de Memoriam tendrá duda alguna de que lo que está oyendo es death metal sin pretensiones (directo al hueso) y que, como Bolt Thrower o Benediction, el principal objetivo de Willets y compañía no es innovar o sorprender al oyente, sino grabar la música que les gusta, algo parecido a lo que les ocurre a Firespawn pero sin la sensación de proyecto paralelo, Memoriam son una banda de verdad, con entidad propia.

Esa oscuridad es la que se palpa en “Shell Shock”, esa contundente apertura con Whale ametrallándonos y la guitarra de Fairfax, por fin, en primer plano. Pocos segundos tardará Willets en aparecer para, como un elefante en una cacharrería, arrasar con todo. Me gustan los cambios de ritmo de la canción, dotándola de dinamismo entre descarga y descarga, así como el pulso nervioso de Fairfax en el riff para meterse de lleno en un pesadísimo medio tiempo o el buen saber hacer en "Undefeated" en la cual, como ya he escrito, no pretenden inventar nada, pero transmiten brutalidad, desesperación y oscuridad por toda la humanidad. Ese lento avanzar de “Never The Victim” hasta que Willets hace despegar a la banda o "Austerity Kills" que podría haber formado parte de “For The Fallen” y que demuestra todo su poderío cuando Fairfax, Healy y Whale se empeñan en lograr que la banda corra desbocada.

Es verdad que "In the Midst of Desolation" demuestra lo que ya sabíamos, Memoriam se manejan a la perfección en caminos farragosos, no siempre es necesario que pisen el acelerador de un viejo y destartalado tanque de la Segunda Guerra Mundial, saben perfectamente también como reptar entre cascotes, pero también que es en aquellas piezas más bravas en las que demuestran su potencial, por ejemplo, como cuando a "In the Midst of Desolation" le imprimen algo de velocidad. Esa misma que “Refuse To Be Led” necesita y sólo recupera al final de la pieza, lo mismo que ocurre en “The Veteran”, un extraordinario ejercicio de estilo, pero en el que se echa de menos algo de ritmo, dando la sensación de que en la segunda cara del álbum, Memoriam disfrutan cambiando de tercio y el suave galopar de la propia "Requiem for Mankind" y Willets convertido en una profundísima cueva funciona a ratos, mientras que será en "Fixed Bayonets" en la que sintamos que nos enganchamos de nuevo al álbum, antes del lentísimo final que es "Interment”, transmite pero no aporta.

De nuevo, bajo el vibrante envoltorio de la portada de Dan Seagrave, otra leyenda del género gracias a su genio artístico y mano en algunas de las más legendarias obras del metal, Memoriam parecen tener muy claro lo que quieren de la banda; portada, canciones y producción pero, aún con toda esa determinación, "Requiem for Mankind" se perfila como un buen álbum a secas, con buenas ideas pero, aun corrigiendo todo lo que fallaba en “The Silent Vigil”, desilusionará a aquellos que busquen novedades, a esos que crean estar ante la continuación de Bolt Thrower o, por el contrario, los que no sepan nada de Thrower y busquen algo fresco, con lo que resulta algo tibio. Como en "The Silent Vigil", seguiremos atentos, Memoriam se lo merecen y cualquier álbum suyo sería el mejor de muchas bandas que actualmente enarbolan la bandera del death, pero necesitamos urgentemente otro “For The Fallen” o la continuación que este de verdad se merece…


© 2019 Lord Of Metal


Crónica: TOOL (Madrid) 30.06.2019

SETLIST: Ænema/ The Pot/ Parabola/ Descending/ Schism/ Invincible/ Intolerance/ Jambi/ Forty Six And 2/ Vicarious/ (-) Ions/ Stinkfist/

Hay pequeños momentos -fugaces casi siempre (¡maldita sea!)- en los que todo parece encajar y la música de TOOL, este pasado fin de semana en Madrid (la última noche de un Download Festival que ya parece agonizar en la capital) logró que todo pareciese cobrar sentido, por lo menos en la cabeza de aquellos asistentes confesos a su religión y esos otros, ahora ya conversos, a partir del tremendo poderío exhibido; profesionalidad, músculo, sensibilidad y potencia, inolvidable pero difícil mezcla. Entre medias, vestidos de baratillo, pelos reteñidos, maquillaje aplicado con espátula,  y tecleteo absurdo pero nervioso en los móviles, desaprovechando la oportunidad de tener a TOOL de vuelta, tristonas camisas hawaianas con supuestas divertidas caras de aburrimiento por parte de aquellos que no volverán a escuchar a Maynard Keenan y tampoco pasará nada porque más grises y miopes no pueden ser y, por otro lado, esos otros que intentaron poguear en lo imposible, durante “Schism” o “The Pot”, ver para creer en un festival con tintes de verbena, que se merece plenamente a ese público, y está condenado a desaparecer a menos que renueve su fórmula o, mejor dicho, sentido común y mejor organización o algo de idea de música.

Quinta vez que disfruto de TOOL en directo, demasiadas para todos los descritos anteriormente; demasiado pocas para llevar siguiéndoles desde la adolescencia, pero segunda vez en menos de una semana y no podría sentirme más afortunado. El sol apretaba con fuerza sobre el asfalto, olvídate de césped artificial, disfruta del olor de la depuradora, trágate a Architects con un sonido pésimo (desconfía de aquellos que te digan que aquello sonó cristalino porque tienen Poliespán en lugar de oídos y te la están colando) o unos Watain que, a prioriri, parecían pez fuera del agua pero que, contra todo pronóstico, sonaron estupendos presentando “Trident Wolf Eclipse” (2018), reivindicando el legado de Dissection (magníficos Álvaro y Erik), frente a unos Soulfly de manual y chancla, unos Sum 41 que colmaron las expectativas de aquellos adolescentes y adolescentas que los disfrutaron en su momento (no es mi caso) y la frescura o revelación de Fever 333, según mi amiga Vicky, son tan sólo algunos de los nombres (perdónenme que no mente a todos) que deja un domingo que prometía más sobre el papel de lo que realmente ocurrido sobre las tablas y cuyo único protagonista era, por derecho propio, la banda de Los Angeles y sus trece años sin publicar nuevo álbum.

Resuena la introducción, “Third Eye”, el logo de TOOL preside el escenario, poco a poco toman posiciones, Maynard jadea; comienza “Ænema”, la guitarra de Jones entra de manera sesgada y Chancellor arma la canción. Olvídate del sonido de las otras bandas, olvídate del raquítico sonido de Scorpions, del que sufrieron Slipknot y lograron llevar a buen puerto con esfuerzo, el sonido de TOOL en el Download Fest de Madrid fue una revelación; así es como deberían haber sonado todas las bandas, conjugando contundencia y equilibrio. Por otro lado, teniendo a un bajista como Chancellor y un batería como Carey, poco más necesitas; habría sido un crimen que hubiesen sonado mal y no nos lo habríamos merecido. “Ænema” sacude violentamente las primeras filas, mientras otros permanecen catatónicos hasta la hipnótica voz de Maynard en “The Pot” y cómo la guitarra del genial Jones parece retorcer su riff, Chancellor se sacude nerviosamente en un movimiento de balanceo que la acompañará toda la noche de un concierto que hace tiempo que ha despegado en tan sólo diez minutos, logrando el milagro...

“Parabola” estalla y el estribillo de Maynard resuena catártico, disfruté mucho más de “Descending” e “Invincible”, al escucharlas por segunda vez y a la espera de su versión definitiva, mientras que “Intolerance” nos llevó a “Undertow” (1993), Chancellor prosigue su balanceo, la tensión de la canción se va incrementando hasta que parece romperse, las pantallas escupen proyecciones y la portada del álbum hace acto de presencia, tiñendo el escenario de rojo, mientras Maynard vive la canción en su interpretación, algo que, honestamente, impresiona. Jones arremete con el grueso riff de “Jambi”, estrofas potentes se mezclan con otras de indudable belleza y calma, Maynard nos conduce en el viaje a nuestro interior con “Forty Six and 2”, una de las mejores piezas del enigmático “Ænima” (1996), y es imposible no emocionarse con su estribillo y el sentimiento que saben imprimirle. “Vicarious” llega poco a poco, Carey y Jones trabajan la introducción hasta que Maynard y Chancellor se unen. El tan temido descanso llega con el interludio que es “(-) Ions”, la noche toca a su fin y parecen que han pasado tan sólo segundos, para terminar de golpearnos con “Stinkfist” y ese estribillo que nos pertenece a muchos por derecho propio: “Cause It's not enough.I need more.Nothing seems to satisfy. I said. I don't want it. I just need it. To breathe, to feel, to know I'm alive. Finger deep within the borderline…” desde que compramos aquel disco, hace ya la friolera de veintitrés años.

El mejor concierto de todo el festival y posiblemente del año, a tan sólo la mitad de este, la actuación de TOOL produjo la ensoñación de trascender entre sus notas, las proyecciones y la genialidad de los cuatro músicos. Maynard mira a Jones y se gira, esbozando una sonrisa, para contemplar la enorme pantalla con la proyección de la banda, parece rendirse ante la evidencia de que TOOL son más grandes que cualquier otra de sus aventuras musicales, y ese precisamente sea el tan temible peso que, a veces, parece eludir escondiéndose en otros proyectos. Chancellor y Carey sonríen, ante una multitud en shock. Hace mucho que me reconcilié con TOOL y los desmanes de Maynard, con esos infieles que escuchan una música que posee la propiedad de hacerte sentir único y creer que te pertenece. Lo vivido la noche del domingo hace que merezca la pena esperar trece años más, fue pura magia, si no estuviste te parecerá una exageración para poder consolarte porque si no estuviste y amas la música; sencilla y llanamente, estás bien jodido…


Texto © 2019 Blogofenia
Fotos © 2019 TOOL (European Tour) 

Crónica: Knotfest (Clisson, Nantes) 20.06.2018

La jugada del Hellfest, proponiendo una noche previa que no era otra cosa que la asociación con Slipknot por traer su famoso Knotfest por primera vez a Europa, era una oportunidad que el festival galo no podía dejar pasar pero que, a la postre, sentaría mal a muchos de sus seguidores que no entendían por qué debían pagar una noche más, además de su abono de tres días. Es complicado explicarlo porque, en efecto, ni unos ni otros tienen razón, pero lo que sí está claro es que lo único que tenía en común el Knotfest con el Hellfest fue el emplazamiento; los escenarios secundarios fueron cerrados, levantaron una carpa a modo de museo con artículos de memorabilia de Slipknot y habilitaron los dos escenarios principales para que los grupos del cartel se fuesen sucediendo. Los accesos al festival por la tarde fueron un auténtico hormiguero de personas que se instalaban en el camping, miles que accedían al Knotfest (que no agotó hasta bien entrada la noche) y largas colas de acceso a un Hellfest que había colgado el cartel de “todo vendido” desde hacía muchos meses. Una nómina de artistas que comenzaba con Amaranthe pero también los veteranos Sick Of It All o Ministry, Behemoth, Powerwolf, unos Papa Roach venidos a mucho menos, Rob Zombie, Amon Amarth, las estrellas de la noche; Slipknot y el cierre con Sabaton.

Ministry son una banda que amas u odias y, mucho me temo, que hay una pequeña brecha generacional; es más fácil lo primero si viviste los noventa o has mamado su música para entender lo que significa Al Jourgensen y entender que su propuesta, bajo su machacón ritmo y ácidos riffs, es un ataque industrial verdaderamente cafre, con trasfondo político. Quizá, lo que no le haya beneficiado a Jourgensen hayan sido los constantes vaivenes y, por qué no decirlo, “AmeriKKKant” (2018) no es su mejor álbum y aquello que le funcionó como crítica a Bush e hizo hervir la química de lo mejor de los últimos Ministry, no ha encontrado su justa inspiración en Trump. Es por eso que hicieron acto de presencia con la clásica “The Missing”, “Deity” y “Stigmata” de "The Land of Rape and Honey" (1988) y Al Jourgensen, junto a Quirin y Soto, Abrams, D’Amour (por cierto, exbajista de TOOL) y Bechdel, dieron una lección de metal y dance, en la que se mezclaron subgéneros sin complejos y convirtieron la pista del Knotfest/ Hellfest en un auténtico infierno. Cabalgaron a lomos del desenfreno de “Jesus Built My Hotrod” y “Just One Fix” del también legendario “Psalm 69: The Way to Succeed and the Way to Suck Eggs” (1992) y cerraron con “Thieves” de “The Mind Is a Terrible Thing to Taste” (1989), centrándose en su época más gloriosa y olvidándose de sus últimas producciones, un acierto que dice mucho de “AmeriKKKant” y, esperemos, de los posibles futuros pasos de Jourgensen.

Behemoth, por su parte, en mi modesta opinión, parecen estar alargando prácticamente la vida útil de “The Satanist” (2014), demostrando que “I Loved You at Your Darkest” (2018) es tan sólo una excusa para salir a la carretera, aprovecharon “Wolves ov Siberia” a modo de apertura (exactamente igual que en el resto de noches de esta gira), “Sabbath Mater” e incomprensiblemente “Bartzabel” que quizá, sólo quizá, no sea la más apropiada para un set corto en un festival y realmente encendieron los ánimos con “Ora Pro Nobis Lucifer” y “Conquer All”, tras “Ov Fire and the Void” y, obviamente, “Blow Your Trumpets Gabriel”, recuperando únicamente de su pasado más glorioso, menos comercial, “Chant for Eschaton 2000”. No tengo nada en contra de Nergal y mucho menos de Behemoth pero asistir a las últimas dos giras de la banda, demuestra lo mucho que tienen en común y el poco peso de las composiciones de “I Loved You at Your Darkest”. Mientras que entre “Evangelion” (2009) y “The Satanist” (2014) hay una clarísima evolución artística (olvidándonos de los problemas de salud de Nergal y el impacto en su arte) y un cambio, este último álbum parece tan sólo la resaca de “The Satanist” y aporta tan poco a su discografía como a sus directos, esos que -por otro lado- ahora se muestran más abarrotados que nunca y supongo que es la clara justificación de por qué Behemoth han perdido ese toque oscuro, a veces oriental y profano, brutal y salvaje que sí poseen sus discos más antiguos y que, con cada nueva producción, se van endulzando más y más hasta ese brillante pero peligroso equilibrio en “The Satanist” que ha devenido en “I Loved You at Your Darkest” y Nergal viviendo una segunda adolescencia como instagramer.

Tras la introducción de “Lupus Daemonis”, les llegó el turno a los alemanes Powerwolf, presentando “The Sacrament of Sin” (2018) y así fue que comenzaron su concierto con “Fire And Forgive” y desataron su infeccioso power metal con “Incense And Iron”, sonando tan bien como siempre pero bien es cierto que a los de Attila Dorn no les sienta bien actuar a plena luz del día, la noche beneficia a su puesta en escena. Igualmente fueron capaces de levantar un mar de brazos en “Demons Are a Girl's Best Friend”, una petardez -todo hay que decirlo- pero que se pega como un chicle y es capaz de animar cualquier festival, por grande que sea. Recuperaron la épica “Armata Strigoi” y esa solemne pieza, “Werewolves of Armenia”, de “Bible Of The Beast” (2009) para despedirse con “We Drink Your Blood” de “Blood Of The Saints” (2011) y dar paso al karaoke en el que se ha convertido Rob Zombie...

Claro que si Zombie encadena “Meet The Creeper” con “Superbeast” y ese sintetizador surgido de los avernos, y “Living Dead Girl”, de “Hellbilly Deluxe” (1998) todo funciona, por supuesto, pero la sensación de que basta con ver a Rob Zombie una vez en la vida es más que suficiente, se antoja como la decisión más sabia, ante un músico que ha convertido el legado de White Zombie en una eterna fiesta de Halloween de mercadillo, con la mitad de Marilyn Manson en su banda. Piggy D al bajo, John 5 en la guitarra y el entrañable Ginger Fish a la batería. Zombie disfruta en su papel y alterna éxitos indiscutibles como “Dead City Radio and the New Gods of Supertown” con canciones de menor calado (“Get Your Boots On! That's the End of Rock and Roll”) versiones, “Helter Skelter”, y más versiones, “Blitzkrieg Bop”, toma sus descansos para los pertinentes solos en una actuación de tan sólo cuarenta y cinco minutos y, por supuesto, aprovecha para promocionar su próxima película emitiendo su tráiler en los bises, tras un aburridísimo solo de John 5 en el que se sintió que sus recursos como guitarrista son siempre los mismos y Zombie, por lo menos, tuvo el detalle de cerrar con “Dragula”, después de masacrar el legado de White Zombie con versiones de “Thunder Kiss '65” y, claro, “More Human Than Human”. Tras haberle visto en cinco ocasiones, por mucho que sea parte del menú de cualquier festival, es el momento de dejarle descansar en mi memoria, y olvidarme de ver una y otra vez el mismo espectáculo con la sensación de que Zombie actúa con el piloto automático, con el único afán recaudatorio del director que necesita dinero para sus películas y cuya carrera musical parece en punto muerto o una mera excusa.

Todo lo contrario que Amon Amarth. Es verdad que “Berserker” (2019) no es lo que esperaba, pero es caer la cortina y aparecer Johan, y escuchar a Mikkonen y Söderberg atacar el archifamoso riff de “The Pursuit of Vikings” y caer rendido. No se trata de un single, Amon Amarth comenzaron de manera fulgurante su actuación, enlazando con “Deceiver of the Gods” y demostraron que son una banda sólida, con un sonido magnífico y una ejecución brillante, algo que, por otra parte, ya sabíamos bien. El riff de apertura de “Crack the Sky” y la cavernosa voz de Hegg hicieron el resto, “Death in Fire” de “Versus The World” (2002) y “Shield Wall” se enlazaron magníficamente, demostrando que el puente entre pasado y futuro quizá no es tan alargado, que “Berserker” contiene buenos temas a los que la producción no ha beneficiado, “Shield Wall” sacude las primeras filas, mientras “Raven's Flight” es la última de su nuevo álbum en sonar en una noche en la que apostaron a caballo ganador con “Guardians of Asgaard”, la reciente “Raise Your Horns” de “Jomsviking” y, claro, “Twilight of the Thunder God”. Brindaron por Odín, nos desearon un feliz pero seguro festival y vimos disfrutar del trabajo bien hecho a un sonriente Jocke Wallgren del que Amon Amarth pueden sentirse orgullosos.

Pero todavía quedaba el plato fuerte de la noche, Slipknot. ¿Qué decir? Es verdad que a todos nos jode la salida de Chris Fehn, que no esté Jordison, la pérdida de Gray, que las nuevas máscaras -en especial la de Corey- no son las mejores, que “Unsainted” podría estar firmada por Stone Sour pero una vez comenzó a sonar “People = Shit”, la locura se desató. Los de Iowa sonaron brutales, Jim Root está fantástico, Mick Thomson sigue siendo impresionante, mientras que Shawn Crahan, a pesar de estar pasando un mal momento, sigue conservando todo el carisma. “(sic)” y a volar, Jay es un torbellino y el nuevo percusionista (¿hijo de Shawn?) se solapa perfectamente, en brillante base rítmica con Venturella, siendo quizá Corey al que más justito se le siente respecto a su voz; habrá notas a las que no llegue y más tras un esfuerzo como “Get This”, agradeciendo “Unsainted” que, paradójicamente a lo que me esperaba, no sonó mal en absoluto y cuya única desgracia es compartir minutaje con “Disasterpiece”, la pegadiza “Before I Forget” y, cómo no, “The Heretic Anthem” y su ya famosísimo estribillo; “If you're 555, then I'm 666”, coreado por todos allí.

“Psychosocial” sigue siendo un gran single, mientras que “The Devil in I” le da algo de tregua a Corey con un divertido Sid que disfruta bailando por todo el escenario, cuando se libra de las bases. “Prosthetics” nos lleva de regreso a su debut, en un constante viaje al pasado que será la tónica de la noche, para engancharnos de nuevo con “Vermilion”, en la que además de su estribillo pudimos disfrutar de Root y su inclasificable sonido, para rematarnos con “Sulfur” y su nuevo single, “All Out Life”, que en directo suena más cruda que su versión en estudio, ganando enteros. Pero, claro, “Duality”, la cafre “Spit It Out” y la ácida apertura de “Surfacing” son una apuesta demasiado salvaje y conectada a todos nuestros recuerdos, como para que las nuevas canciones les hagan sombra. Slipknot fueron el colofón perfecto a una noche que cerraría con Sabaton pero con la que podríamos dar por finiquitada la experiencia del primer Knotfest europeo de manos de una banda que, a pesar de todo lo ocurrido, sigue siendo una verdadera bomba de relojería cuando se sube al escenario.


Texto © 2019 Blogofenia
Pics by © 2019 Hellfest/ Slipknot