"Fortitude" de GOJIRA y la sombra de "Magma"

Quizá su material más flojo, aún menos inspirado que el anterior y con menos cohesión aún...

"Welcome To Hel" de HJELVIK, KVELERTAK heavymetalizados.

Erlend tenía ideas, aportaba y no solamente era la imagen más representativa de la banda sino también parte del cerebro de esta...

"Endless Twilight of Codependent Love" de SÓLSTAFIR.

Mágico, intenso y descorazonador al que hay que dedicar tiempo, pero cuyo retorno de inversión es superior a todas las lágrimas vertidas...

"ANTI-ICON" de GHOSTEMANE, entre la depresión, el nihilismo y el paso de Caronte.

Chirriante, caótico o inarmónico para muchos, sin embargo, es la mezcla casi perfecta…

El sendero de la mano izquierda: Hasta la última gota de Dylan.

Si te sientes abandonado, si tu pareja te ha dejado, has perdido el trabajo, crees que el mundo te da la espalda y todos se marchan en un tren que a ti te ha dejado tirado en la última estación y sientes tanto despecho como remordimiento que no sabes cómo vas a superar el bache, tienes varias opciones; escribir una larga misiva y abandonar este mundo por la puerta grande (ya se sabe, barbitúricos, escopetas, una manguera al tubo de escape, una miradita al horno, cuchillas en la bañera o pesadas piedras en los bolsillos, a gusto del consumidor), acudir a los cálidos brazos del alcohol para anestesiar tus sentidos o pinchar el vinilo de Bob Dylan, “Blood On The Tracks” (1975), y sentirte acompañado, lamerte las heridas y tirar hacia delante. Personalmente, aunque nunca me haya gustado descartar ninguna opción, siempre acudiré a “Blood On The Tracks”, el disco del abandono, de la separación, del divorcio y la ruptura, pero también de la lamida de heridas, de sanación a través de las palabras, de admitir las culpas propias y ajenas, de los trapos sucios engalanados con tanta ironía y sarcasmo, con tanta elegancia e imagen, que resulta brillantemente optimista para todo aquel que se acerca sin saber el contexto, que se deja deslumbrar con “Tangled Up In Blue” o “Simple Twist Of Fate”.

Crítica: John Mayer "Sob Rock"

No hay cosa que me produzca más rabia que odiar mucha de la música que John Mayer publica. Principalmente, porque Mayer hace mucho tiempo que se libró de aquella polémica entrevista a Rolling Stone a primeros de los dos mil y la sensación de insoportable y eterna vacuidad que producía, permitiéndonos disfrutar de él como guitarrista. Pero también porque sus primeros discos y, fundamentalmente, “Continuum” (2006) poseen la calidad, aunque muchos estén perlados de composiciones indignas de su genio. Pero, ¿quién en su sano juicio podría resistirse a "Try!" (2005)? Por otro lado, bien es cierto que tras “Continuum”, "Battle Studies" (2009) fue un pequeño bajón al que pretendió zanjar con el volantazo más básico, rootsy, que fue "Born and Raised" (2012), su despeñe, pero también su excelsa continuación, "Paradise Valley" (2013), en el que las piezas parecían encajar y nos regalaba buenas canciones bajo un formato simple en el que, sin embargo, la crítica no supo ver sus bondades. Lo peor estaba por venir, cuatro años más tarde, "The Search for Everything" (2017) podría considerarse como su peor trabajo y la gira como guitarrista de Grateful Dead podía verse como la gran oportunidad que es, pero también la forma de escapar de uno mismo. 

Es por eso que pensé que John Mayer aprovecharía para cargar las pilas y bañarse en buena música, recuperar la orientación y quizá, sólo quizá, regalarnos un buen disco, a la altura de “Continuum” (2006). La promoción, perfectamente medida, de “Sob Rock” (2021) me hizo creer que estábamos ante una nueva etapa, un buen disco con el que disfrutar, independientemente de la estética. Escuché el EP y me di cuenta, de nuevo, de mi error; “Sob Rock” es profundamente intrascendental y cuando escucho o, mucho peor, leo a alguien que lo justifica y cree que no he pillado el chiste, es mucho peor. “Sob Rock” (a pesar de sus muchas interpretaciones, me quedo con la que mejor me encaja, y es la de “sense of belonging”, ese sentimiento de pertenencia por la música que Mayer y yo, en este caso, sentimos como música de nuestra infancia, los ochenta) es un álbum vacío, que tampoco se sostiene bajo la justificación del propio Mayer cuando este lo compara al "shitposting", porque -en el fondo y no demasiado- lo que parece desear es que a su oyente -a mí, a ti- le guste y le guste mucho.

Para que me entiendas, John Mayer busca en la década de los ochenta la estética de sus nuevas composiciones. Una década que me tocó vivir y conozco muy bien, esa en la que grandísimo artistas utilizaban todos esos nuevos recursos en el estudio para embellecer sus composiciones, pero también esos polvos que trajeron los lodos de la sobreproducción, las hombreras, la laca y la sensación de que cualquiera te la podía colar con un poco de dinero y trabajo de la discográfica. Y así era, frente a gigantes de la talla de Collins, Ritchie, Jones, Ezrin o Jackson estaban aquellos productos de un día que no resistirían el paso del tiempo y no hablo de años, sino de días. En la otra acera estaban todos aquellos músicos de los setenta que, como Clapton, Rea o Fleetwood Mac supieron ver las bondades del estudio y, algunos mejor que otros, las aprovecharon.

Así, Mayer, parece salido de la misma sesión de fotos que Clapton en su discreto “August” (1986) y no puede evitar publicar “Sob Rock” en cinta, grabar promocionales montado en un Porsche que deja en la playa, posar con su nueva Súper-Strato rosa Paul Reed Smith tras su ruptura, por motivos económicos, con Fender y estampar, como si fuese una pegatina, la leyenda “Nice Price” sobre la nueva portada de un disco cuyo público objetivo nació en los noventa. Por otro lado, el objetivo perfecto, ya que no vivió lo que sí Mayer y no podría encontrar sus huellas en la arena. De esta forma, cuando suena “Last Train Home” es normal que sintamos el robo a Toto y su “Toto IV”, John Mayer no copia directamente a la banda de Steve Lukather sino que le saca el jugo, cual vampiro. Acompañado de Aaron Sterling, Greg Phillinganes, Sean Hurley o Lenny Castro, además de Pino Palladino en algunas canciones, entre otros muchos, es imposible que un disco suene mal y “Sob Rock” suena muy bien, aunque forzado, “Last Train Home” es una canción menor a la que el maquillaje eleva a tintes de single. Es el arreglo estético el que funciona y evidencia la falta de inspiración en canciones como “Shouldn't Matter but It Does” en las que Mayer vuelve a su zona de confort.

“New Light” regresa a los ochenta, ecos de Dire Straits (como en “Wild Blue”), pero también de Chris Rea, no es difícil escuchar un single así e imaginarlo cantado por la voz arenosa de aquel. Pero también caídas a pozos insondables, como "Why You No Love Me", la cual resulta sonrojante en su resultado y una de las peores letras del conjunto. Pop-Rock de bajo octanaje, “Shot In The Dark”, y canciones como “I Guess I Just Feel Like” en las cuales produce verdadero placer escuchar su guitarra y esa forma tan particular de acariciar las cuerdas con los dedos, de tocar lento y sentir su Strato (perdón, PRS) en su Two-Rock, en una recta final que se deshace entre los dedos con canciones como "Til the Right One Comes" o la repetitiva y forzadísima “Carry Me Away”, antes de saquear a los mismísimos Backstreet Boys en “All I Want Is To Be With You” y su famosísimo "I Want It That Way". Absolutamente terrible...

John Mayer llega, pero llega tarde al gusto por una década que ya pasó, y otros artistas con más ingenio (como Bon Iver, War On Drugs e incluso Taylor Swift, olvidémonos de los últimos Muse, por favor) han sabido recrear y aunar con su propio estilo y mucho más talento. Para que tú, que lees esta crítica, me entiendas. “Sob Rock” produce el mismo sentimiento que entrar en un restaurante ambientado en los ochenta y encontrar pósters de los “Goonies”, “Regreso al Futuro”, pero también camareros que toman tu pedido con tabletas y sirven comida vegana. El anacronismo es tal que la falta de inspiración en las canciones resulta lo de menos…

© 2021 Conde Draco

Crítica: Born Of Osiris "Angel Or Alien"

Born Of Osiris son una banda a la que tengo cariño y lo que más me dolía de mi crítica a su álbum “The Simulation” (2019) era la amarga suposición de que quedarían en segunda fila, a pesar de su talento. Pero es por trabajos como aquel y como este, “Angel Or Alien” que me desespero. A estas alturas tengo claro que nunca más escribirán algo como "The Discovery" (2011), principalmente, porque, como músicos, han evolucionado y no creo que les interese mirar al pasado pero, he aquí el gran dilema cuando escucho “Angel Or Alien” y es sentir que Born Of Osiris nos han escuchado, han creído adivinar lo que sus seguidores queremos y nos han ofrecido un álbum en el que parecen querer aunar todo lo que pedimos, todo lo que nos gusta de ellos y el resultado es un disco en el que todo es conocido; hay progresivo, hay pericia técnica, hay trabajo de estudio y ganas de dejarnos con la boca abierta, hay electrónica y un poquito de djent, pero se les ha ido la mano con el metalcore y el deathcore, nada por lo que sobresaltarse si los de Illinois hubiesen sido tocados por la varita de las musas en este “Angel Or Alien”. Sin embargo, lo que siento cuando lo escucho es que todo resulta familiar, pero las canciones no me llenan, no me impactan, no se quedan alojadas en mi cabeza y, mucho peor, tampoco en mi corazón.

Cocinado por ellos mismos, con la ayuda de Josh Strock y Jeff Dunne, “Angel Or Alien” suena actual y bien producido, nada en contra, Born Of Osiris están a un gran nivel técnico y eso se nota en el cuidado que derrocha el disco, no sólo en la interpretación de los cinco músicos. “Poster Child” descorcha y suena potente, McKinney y Rossi inspiradísimos, pero la mezcla con Canizaro resulta demasiado cercano al metalcore. Algo que, como decía líneas más arriba, carecería de importancia si “Poster Child” fuese más arriesgada, más innovadora y no basase todo su atractivo en el teclado de Buras. “White Nile” fue el single y suena tan agresivo como técnico, sonando como nunca o como hace muchos años que no los escuchábamos, nada que objetar porque “White Nile” sí que se siente completa, no sólo por Buras sino por una banda que parece empujar hacia delante y querer progresar en su propio sonido, aunque no sea de mis favoritas en el disco.

“Angel Or Alien” y “Waves” poseen las maneras, es de nuevo Buras el que pone toda la carne en el asador, son canciones que orbitan en torno a su fraseo en el teclado y, cuando desaparece, poseen el toque justo de djent para saber que estás escuchando a Born Of Osiris, aunque creo que la parte narrada de “Waves” la hace perder intensidad, como “Oathbreaker” tarda demasiado en arrancar para hacerlo por la misma vía que las cuatro anteriores y no será hasta la groovy "Threat Of Your Presence", en la que McKinney y Rossi se lucen, que no habrá sobresalto alguno para el oyente. “Love Story” es claramente prescindible, mientras que “Crossface” o la nerviosa “Echobreather” nos adentran en un álbum que, paradójicamente, según avanza incluye algunas de sus mejores piezas. Como es el caso de “Lost Souls”, la sincopada “You Are The Narrative” o la agresivísima “Truth And Denial” que debería haber sido la encargada de cerrar el álbum y no “Shadowmourne”, cuestión de gustos, pero esta última aporta poco o nada, excepto edulcorante a una mezcla que no lo necesita.

Cuatro o cinco canciones de catorce, entre otras muchas en las que el metalcore es la base y la banda se limita a adornarlas, son demasiados pocos avales para una banda tan joven, pero con tanta experiencia y mejor técnica. Sigo esperando el álbum de Born Of Osiris que les haga despegar del resto, que les convierta en una banda a tener en cuenta, no sólo para veinteañeros con camisetas de Northlane que creen que un saxo enlatado es tener gusto. Sigo esperando que Born Of Osiris creen un álbum en el que, incluyendo todos sus elementos, no suene a refrito o un “Best Of” pero sin éxitos.

© 2021 Conde Draco

Crítica: Light The Torch "You Will Be the Death of Me"

Lo que más me duele de Light The Torch no es ningún tipo de esnobismo que me impida escuchar a esta nueva encarnación de Devil You Know, tampoco a Howard Jones interpretar nuevas composiciones, sino la constatación de que una garganta tan brillante y potente como la suya se pierde en la nadería de las nuevas canciones de Light The Torch. Tampoco esto es una novedad, así lo escribí o insinué en la reseña de su debut, “Revival” (2018). Y, lo peor de todo, es que ellos lo saben y han tomado nota; así, "You Will Be The Death Of Me", es un disco con más cuerpo y más sólido en la composición, las canciones están más trabajadas o se sienten más robustas, los estribillos no son tan obvios (siempre tienen un pequeño giro o inflexión en la voz de Jones) y, aunque los riffs de Artusato no son el colmo de la originalidad, no parecen el cliché de “Revival”. Pero nada de esto importa porque escuchar el nuevo álbum Light The Torch produce esa amarga sensación de déjà vu y sentir que todo lo que uno escucha ya ha sido inventado y malditas las ganas que tienen Jones, Artusato, Wombacher o Rüdinger por estrujarse las neuronas. "You Will Be The Death Of Me" es más inmediato y suena más fresco que “Revival”, sí, pero la escasa originalidad, su dificultad para sorprender al oyente medio y su escasez de pegada, de singles que se adhieran como un chicle a tu cerebelo, es la causante de que siento algo parecido a lo experimentado con “Revival”. Light The Torch parecen la versión de Hacendado de Killswitch Engage. Sí, son una marca de confianza y sabes que un disco de Howard Jones es difícil que te decepcione, pero no es más que un metalcore de marca blanca, de fácil ingesta, que recuerda vagamente al de hace diez o quince años, pero sin la emoción de aquel. Sabe bien, pero sabes que esa galletita de chocolate de Marge Simpson se parece más a Eleanor Abernathy y tiene la textura del poliespán cuando la mojas en leche.

 

"More Than Dreaming" suena artificial y sobreproducida, abusan de compresión y las voces dobladas y el ‘reverb’ para la garganta de Jones es absurdo: cuando tienes a un cantante de su talla no es necesario que le jodas el timbre o ensucies su interpretación con recursos que distraigan de su actuación. La épica "Let Me Fall Apart" comienza bien hasta que arrancan esos malditos coros (“Oh, oh, oh, oh”) que ensucian la canción y su estribillo. “End of the World” intenta jugar con los contrastes y el riff posee el músculo, pero la canción es demasiado plana y, de no ser por el juego con la voz de Jones, o la orquestación enlatada, sería una más de "You Will Be The Death Of Me"; un caramelo que no sabe a nada, pero confunde por su envoltorio. “Wilting In the Light”, sin embargo, es valiente y adentran a Light The Torch en un un subgénero que no es el suyo, las guitarras se sincopan levemente y cogen velocidad, hasta la insoportable “Death of Me”. 

Como ocurría con “Wilting In The Light”, “Living With a Ghost” sube la nota y comienza su segunda cara con fuerza y Light The Torch forzando la máquina, además de Jones elevando y rasgando su tono. ¿Se darán cuenta de que cuando se exprimen y quieren avanzar, dejando el metalcore más melódico de lado, es cuando suben de nota? Como siempre, la alegría dura poco en un disco de estas características; "Become the Martyr" sorprende por su pegada pero poco más, mientras que “I Hate Myself” regresa al azúcar más procesado, ese que es la muerte de un diabético metalcoreta en “Denying the Sin” o la final “Come Back to the Quicksand” porque, para despedirse, recurren a nuestro querido Terence Trent D'Arby (ahora, Sananda Maitreya) y una versión totalmente indigna del neoyorquino y su mítico “Sign Your Name” que deja al oyente aún más confundido que cuando comenzó “You Will Be The Death Of Me".

De nuevo, tres años más tarde, lo siento muchísimo por Howard Jones porque me cae genial y su voz conserva toda su magia, pero Light The Torch son puro y duro relleno, metalcore genérico para horas tempranas en los festivales, comprar un kebap o hacer cola en los aseos portátiles. Así lo sentimos y así lo escribimos, sin engaño alguno…


© 2021 Conde Draco

 

Crítica: Mayhem "Atavistic Black Disorder/ Kommando"

Durante la gira de “Daemon” (2019) fueron dos las veces que pude hablar con Teloch y, en ambas ocasiones, no pude menos que elogiar el trabajo en las guitarras en el último álbum de Mayhem. Una de las bandas, por supuesto, clásicas para entender qué es el black metal, pero también el metal extremo y una de esas por las que siento especial cariño. La respuesta de Teloch fue humilde cuando mencionó también a Charles Hedger (Ghul) y le honra, pero no le resta un ápice de mérito. Y cuento todo esto porque "Atavistic Black Disorder / Kommando" es un EP que puede ser entendido como una continuación de “Daemon”, "Voces ab Alta" continúa el magnífico trabajo de la banda en su último esfuerzo, una canción tan digna como negra que, incomprensiblemente, se quedó fuera de aquel, con Teloch y Ghul jugando con sus guitarras mientras estas parecen volar sobre el bajo y la batería de los míticos Necrobutcher y Hellhammer, al mismo tiempo que Attila se desgañita y alterna su clásico gañido con sus voces de homilía. Como también ocurre en las aceleradísimas "Black Glass Communion" y “Everlasting Dying Flame”, canciones que demuestran el excelente estado de forma de una banda como Mayhem, cuya carrera ha sido tan serpenteante como infames sus inicios, pero que despliegan su riqueza y un verdadero chute de energía en las versiones que nos regalan en la segunda parte del EP, “Kommando”.

 

La versión de Discharge en la voz de Attila, "In Defense of Our Future", suena tan refrescante como escuchar las guitarras echar chispas y a Hellhammer apretar el paso, olvidándose del eterno blast beat, ofreciendo una nueva cara de Mayhem, esa que todos escuchamos en “Deathcrush” (1987) cuando los noruegos se acercan con tanto peligro como dignidad al punk. Pero si se trata de sorpresas, la mayor de todas, es escuchar “Hellnation” de los Dead Kennedys a cargo de Maniac y Messiah, demostrando que la historia de Mayhem es más grande que cualquier formación o era, constatando la buena relación entre sus antiguos y actuales miembros, firmando con pleno derecho una versión macarra y acelerada, digna sucesora de la original. 

 

La versatilidad de Attila le permite usar su voz en todo tipo de proyectos (Tormentor, Aborym, Korog, Keep Of Kalessin, Sunn O))), Sinsaenum) pero también mostrarnos su pasión por el anarco-punk en “Only Death” de Rudimentary Peni y salir airoso. Tanto o más que Teloch y Ghul, de nuevo insisto, con su cambio de registro en las guitarras, entregándose al punk, pero también a los solos tan alejados del trémolo nocturno y malvado por el que son conocidos. Tras Rudimentary Peni, era obligado entregarse a una referencia mucho más luminosa, nada menos que los Ramones y su “Commando” con Messiah tras el micrófono y honrar, de alguna manera, a todo el panteón que influye a la banda, no solamente a Venom o Sodom, no solamente a la oscuridad sino también a las guitarras más urgentes.

 

No es un EP sobresaliente como quizá "Wolf's Lair Abyss" (1997) por su propia naturaleza, porque "Atavistic Black Disorder / Kommando" parece querer retratar un período especialmente dulce para Mayhem en el cual ya no tienen que rendirle respeto a su pasado sino a una carrera sólida y un presente provechoso en el cual pueden girar y obtener el reconocimiento de sus nuevos seguidores, una crítica que parece trascender el ámbito underground y, por fin, tomarles en serio, más allá de su oscurísima leyenda, pero este EP es un auténtico caramelo, lujosamente presentado (en su edición en vinilo) que no puede dejar a nadie indiferente. Magnífico…


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Crítica: Pestilence "Exitivm"

Soy de los que piensan que el peor enemigo de Patrick Mameli es él mismo. Que, como casi cualquier genio, es capaz de lo mejor, pero también de lo peor. Patrick Mameli es el de los proyectos que no se concluyen, el de las declaraciones a veces nada acertadas, el que es capaz de explotar por una nimiedad o afirmar que Pestilence es la mejor banda de death metal de un festival de cuatro días, pero también es Patrick Mameli el de "Malleus Maleficarum" (1988), “Consuming Impulse” (1989), “Testimony of the Ancients” (1991) y “Spheres” (1993) y nada más que por estos cuatro discos que entran, directamente, en lo más alto del panteón del metal se merece mi admiración y respeto, perdonándole casi todo y admitiendo que incluso en sus momentos más bajos, siempre hay luz y genialidad en su guitarra. Así, los míticos Pestilence regresan con “Exitivm” y una formación, cómo no, cambiante, con Joost Van der Graaf y Rutger van Noordenburg y el reciente Michiel van der Plicht, en lo que hay que entender como el proyecto personal de Mameli para no complicarse demasiado y aceptar el desfile de músicos. 

 

Producido por el propio Mameli y Jory Hogeveen, lo que lastra a este nuevo álbum de Pestilence es lo irregular de sus surcos, no todas las canciones están al mismo nivel y eso dificulta su escuchas cuando tenemos que estar constantemente saltando de una a otra. Suena bien, actual y, quizá, con un poquito menos de compresión habría ganado, pero Mameli sabe llevar su virtuosismo a la frontera entre el death y el progresivo, no resultando original, pero si produciendo placer en su escucha. “Morbvs Propagationem” abre el álbum tras la introducción de rigor y nos encontramos a una banda sólida como un monolito, pero ágil en sus progresiones, con orquestaciones que encajan en la composición y la voz de Mameli, lógicamente castigada por el tiempo, pero sonando -sorprendentemente- no demasiado lejos de la otra leyenda que es Martin Van Drunen (mucho ojo que no estoy escribiendo que Mameli posea el característico tono de aquel, simplemente que su tono arenoso me recuerda a su garganta). 

 

El problema que antes mencionaba se plantea con la espacial “Deifcvs”, es decente y contundente, brutal y con una buena ejecución, pero es una composición menor y, cuando escuchas un par de compases, eres capaz de adivinar sus tres minutos y medio. Pero así es la montaña rusa del nuevo álbum de Pestilence y se confirma con la siguiente, “Sempiternvs”, la que encarrila el disco con su toque doomy y el magnífico doble bombo de Plicht. "Internicionem" posee un solo encabronadísimo y a toda velocidad que logra que la canción salga de la zona gris, como “Mortifervm” es pura energía y sudor, recordando a Hail Of Bullets pero haciendo de la síncopa su seña de identidad. La lástima es lo poco imaginativa que es "Dominatvi Svbmissa", exactamente igual que "Pericvlvm Externvm" o la aburridísima “Inficiat”. Canciones que engañan en su primera escucha a causa de su envoltorio y sonido, pero que uno no tiene ganas de escuchar repetidas veces, no porque sean horribles (nada de eso), sino porque no enganchan y tampoco guardan sorpresa alguna, igual que “Exitivm”, dejándonos en manos de la dramática “Immortvos” y la exhibición de Mameli antes de un final tan de Hitchcock con esa ‘outro’ que es "Personatvs Mortem", que garantizará el bostezo a todo aquel que llegue al final de este extraño viaje.

 

¿Tres estrellas? ¿Un seis, un aprobado? Sí, porque hay grandes ideas, grandes guitarras y buenas composiciones, Mameli es una leyenda y conserva su genio, pero lejos quedan los tiempos de su última gran obra, “Spheres” (1993), aunque muchos ya quisieran su actual estado de forma y pericia con el mástil, además de haber firmado canciones imperecederas del género. “Exitivm” es un buen disco pero del que no hay que esperar, ni tampoco pedir demasiado...



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Crítica: At The Gates "The Nightmare Of Being"

Siempre que escribo sobre At The Gates me inunda una profunda e insondable pereza por culpa de aquellos que los escuchan actualmente y esos otros que no quieren escuchar su música. Esos que escupen que los suecos están sobrevalorados y pienso, ¿respecto a qué? ¿respecto a In Flames, Lurking Fear, Mozart, Dream Theater, Blood Incantation, Mayhem, Coldplay o qué artista? Esos otros que, innecesariamente, siempre les mentan como los padres del “Sonido Gotemburgo” y aquellos que nacieron en los noventa y aseguran que son los padres de melodeath para justificar cualquier traspiés o, mucho peor, hacerte creer que saben de lo que están hablando. Porque escriba lo que escriba y At The Gates graben y publiquen lo que sea, siempre recibirán los mismos piropos y ataques. Podríamos escribir una plantilla de su crítica y, simplemente, cambiar los títulos del disco y las canciones, que siempre se llegaría a la misma conclusión: “No están a la altura de "Slaughter of the Soul" (1995) o "Terminal Spirit Disease" (1994)”. Y me agota, me agota muchísimo escribir o hablar de At The Gates con el seguidor medio, simplemente prefiero pinchar sus discos y asistir a sus conciertos sin tener que dar muchas explicaciones.

 

Acepto porque, por otro lado, fui yo quien lo escribió, que "To Drink From the Night Itself" (2018) es un disco medio (que disfrute varias veces en directo y sigo escuchando regularmente), de transición, de visagra (como, acertadamente, ya señalé) entre aquel magnífico retorno "At War With Reality" (2014), que era una copia de "Slaughter of the Soul" de (1995), y que su sonido era demasiado opaco y poco definido por momentos, pero también contenía algunas piezas muy interesantes (que aquí ya son claros apuntes) y un single que era un gancho, "To Drink From the Night Itself",  una copia también en papel carbón de "Blinded By Fear”, ante la que nadie se quejó, en directo era efectista y para ellos, imagino, el peaje para enganchar a las nuevas audiencias, ser reconocibles ante la vieja guardia y pedir permiso para probar otras cosas. Pues bien, de aquellos experimentos tenemos un álbum como “The Nightmare Of Being” que resulta ser su trabajo más ecléctico hasta la fecha y en el que ya parece claro que At The Gates quieren moverse hacia delante y probar, sin olvidar su pasado. 

 

Grabado por Jens Bogren, la leyenda que es Andy LaRocque para las guitarras y pistas del bajo, además de Per Stålberg para la voz. “The Nightmare Of Being” requiere de escuchas (sin que esto sea el eufemismo del disco horrendo que hay que meter con calzador para forzarse a uno mismo), abre con acústicas y guitarras dobladas, además de la solista de LaRocque, ¿se puede pedir más? Una apertura épica guiada por la acústica antes de estallar y sonar como sólo At The Gates son capaces. “Spectre of Extinction" posee tanto de death metal melódico como del puntito thrash en los riffs o el loco cabalgar de Adrian Erlandsson, mientras “The Paradox” es un single hecho para sonar, para captar a todos aquellos que esperaban este lanzamiento, es más obvia, suena menos trabajada y abusa de la melodía en la guitarra principal pero, si prestas atención, también encontraras la melodía de la acústica y el trabajo de Erlandsson y Björler. “The Nightmare Of Being”, la canción, comienza de manera intimista, narración e introducción, nudo y desenlace por At The Gates, sonando oscura y afianzando el apartado lírico en los tiempos que nos está tocando vivir, sin embargo, la guitarra solista quiere huir de los suecos y recuerda a la música que le influenció en los setenta. Algo que también se siente en la brillante “Garden Of Cyrus”, ligeramente más compleja, con alma de instrumental, excepcionalmente arreglada y la presencia de un saxo que la separa del resto y dota de elegancia.

 

"Touched by the White Hands of Death" posee una espíritu plenamente cinemático en su introducción y sirve para cerrar la primera cara antes de Larsson y Stålhammar disparen sus guitarras. Y así se siente “The Fall into Time” cuando parece el comienzo de un segundo álbum, no faltan coros, tampoco arreglos sinfónicos o la voz de Lindberg sonando tan característica en una canción en la que At The Gates parecen estar buscando algo a medio camino entre el rock progresivo y el death, entre su sonido y de Opeth en “Heritage” (2011) cuando, tras casi dos minutos de introducción, y unas pocas estrofas parecen soltarse y fusionar estilos. Algo similar ocurre en el aire gótico de “Cult Of Salvation” y su puente, quizá los últimos estertores de experimentación junto a la prescindible “Cosmic Pessimisim”, antes de que At The Gates regresen a su camino en "The Abstract Enthroned" y, honestamente, una nadería como es la final "Eternal Winter of Reason". 

 

“The Nightmare Of Being” es mejor que "To Drink From the Night Itself", suena espectacularmente bien y es la primera vez que siento que quieren progresar, avanzar y dejar atrás su pasado, sin que ello les pase factura. Algo nada malo si tenemos en cuenta que muchos son incapaces de olvidar lo que grabaron, para bien o para mal. Un disco que, como el anterior, creo que se disfruta a sorbitos a lo largo del tiempo y, aunque no guarde ningún gancho en la recámara, posee grandes momentos e ideas a pesar de los defectos que no puedo negar. 


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Crítica: Amenra "De Doorn"

A veces cuesta tanto escribir por el torrente de sentimientos y de recuerdos, de ideas que se agolpan, que uno siente que verterlas sobre el papel es como querer contener el curso de un río haciéndolo discurrir por un embudo. No puedo escribir sobre Amenra y no querer transmitir muchas cosas que el lector quizá no entienda aquí, descontextualizadas, tampoco atacar a su seguidor medio; ese que se toma a sí mismo tan en serio hasta para sacar la basura o pasear al perro, a esos que acuden a un concierto de los belgas y lo llaman ritual, para los que el logo de la banda es poco menos que una religión y, con todos estos actos, lo único que están haciendo es caricaturizar una puesta en escena y una estética que, con el paso de los años, se siente plenamente impostada. Amenra firman con Relapse, la mítica Relapse, esa que se ha especializado en vinilos de colores del grosor de una oblea (por lo que suelen ondular y su reproducción es desigual) pero que están orientados a ser un producto meramente estético, ideado como artefacto para una red social como es Instagram. Al fichaje por Relapse, hay que sumar que “De Doorn” (“La espina”) está cantado en su propia lengua y cuentan con Caro Tanghe de Oarthbreaker, además del distanciamiento de su serie “Mass” que concluyó con el excelso “Mass VI” (2017). ¿Algo más? 

Sí, pero poco, Amenra sigue sonando fieros y musculosos, sudor y lágrimas, sludge e intimistas, siguen siendo la banda sonora del Apocalipsis existencial de cada uno de nosotros, pero a su ya clásico esquema compositivo de calma y tempestad, ahora hay que sumarle el de intranquilidad o calma también, pero chicha: disfrutan de las explosiones viscerales, como ocurre en “Ogentroost”, pero ahora tejen minutos y minutos de minimalismo para crear el estado perfecto con el que sobresaltarte, la voz de Colin sigue su camino hacia el último desgañite, sólo que en “De Doorn” se apoya en la de Tanghe mientras Mathieu y Lennart tensan sus cuerdas sobre la base de Bjorn y Tim, nada nuevo bajo el sol pero sí en el seno de una banda que parece querer avanzar y no estancarse o quizá todo lo contrario. 

Porque el problema surge cuando este esquema se repite una y otra vez, cuando escuchamos “De Dood in Bloei” y sabemos que sus cuatro minutos son un paisaje sobre el que desplegar una narración, como una conversación, más propio de Brian Eno que de Amenra, que la canción -como tal- no existe y es una introducción para la explosiva "De Evenmens", ocho minutos de vendaval pero con otra narración y, por supuesto, el mismo riff pero sin intensidad en la parte central de la composición, apenas audible para, ¿saben qué? Construir, de nuevo, un crescendo al más puro estilo de Isis o Pelican y acabar con Caro emulando a Colin. Exactamente lo mismo que hacen en “Het Gloren”, exacto, lo mismo que en “De Dood in Bloei”, “Ogentroost” y, claro, “Voor Immer”. Nada que me desagrade, pero tampoco nada que me sorprenda o me transmita lo mismo que lo sentido con los “Mass”. 

Llegado a este punto, intento adivinar qué ha ocurrido con la banda para que tanta gente se suba al carro en los últimos años y no cuando "Mass IIII" (2008). Muchos dirán que es porque se lo han currado en directo pero, ¿sabes una cosa? No puedo callarme mi opinión y cuando veo a un seguidor de Amenra con el tatuaje de su logo, creyendo renacer en directo, posando en redes, coleccionando sus vinilos y cintas y hablo con él o ella, sólo veo a gente con necesidad de reafirmase, la personalidad tan frágil como la cáscara de un huevo y el criterio justito para utilizar la música como herramienta para individualizarse, mentando a Chelsea Wolfe o Lingua Ignota. “De Doorn” es un buen disco, disfrutable y a la altura de la banda, pero no es lo que esos y esas nos quieren vender. Cada vez menos sludge y más dolor como maquillaje, guitarras propias del shoegaze pero sin su poder evocador y el mismo riff, el mismo esquema repetido en cinco canciones. Echo de menos los “Mass” y no soporto la sobre-exposición de un gusto como elemento diferenciador, pero quizá sea problema mío…

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Crítica: Darkthrone "Eternal Hails"

Ya lo dije en mi crítica de “Old Star” (2019) y puede que también en la de “Arctic Thunder” (2016) pero, si no lo escribí, así es como lo siento cuando escucho “Eternal Hails”: Fenriz es una auténtica enciclopedia viviente del metal y, por eso, cuando suenan sus nuevas canciones, si lo hacen por todo el metal de los setenta no es por casualidad, sino que es algo plenamente premeditado. Es por eso que entiendo que todas las etapas estilísticas de Fenriz y Culto son premeditadas, buscadas, no dejando nada al azar, como parecen insinuar algunos de sus seguidores a los que se les llena la boca con el ‘crust’, el ‘punk’ y la santísima trinidad black, o aquellos otros para los que son unos vendidos porque “Soulside Journey” (1991) es death y creen que los noruegos se subieron al carro de la escena de los noventa. Amando su etapa más puramente punk, agradecí el giro de timón en “Arctic Thunder” y el pseudo doom con tintes black de “Old Star”, siendo toda una sorpresa por dónde retomarían su carrera discográfica, dándome la sensación de que no quieren repetirse. 

 

Y así ha sido, “Eternal Hails” suena oscuro y malvado como hacía mucho tiempo que Darkthrone no sonaban, no se trata de bajar el tempo, “His Masters Voice” es buen ejemplo de ello: lo rebajan, pero la carga es la misma y si suena tan efectista es porque antes han cabalgado como nunca, alternando pasajes más rápidos con otros más lentos. El lector más avezado pensará que atributos como oscuro o malvado son gratuitos e inequívocamente fáciles para cualquiera que escriba sobre el dúo noruego, pero la gran diferencia entre esa oscuridad y frío es que cuando hacían gala de ellos en "A Blaze in the Northern Sky" (1993), por ejemplo, era un frío glacial, helado, propio de la tierra y el tiempo en los que fueron paridos aquellos discos de la oscurísima trilogía y, sin embargo, “Eternal Hails” es la oscura frialdad insondable, sin esperanza, del espacio que tan bien refleja la portada: la producción es cruda y más cálida que entonces, pero transmite tal sensación de desesperanza, que su sola escucha abruma.

 

Si “Eternal Hails” resuena como si soltasen nuestro cadáver a eones de distancia en el espacio, “Hate Cloak” es la mezcla definitiva entre Celtic Frost y Candlemass: un tempo farragoso que parece golpear con mayor fueza en cada compás y son nueve minutos, imagínate cómo son capaces de apuntalarnos en la cruz. Lo único que no me gusta de este nuevo álbum, por ponerme algo puntilloso, es que el riff de “Wake Of The Awakened” suena exactamente igual al de “Walk The Path Of Sorrow” de Satyricon, de su mítico “Dark Medieval Times” de 1994 (me sorprende no haber leído a ninguno de los nuevos fans de Darkthrone, a todos esos chavales y chavalas con camisetas, que afirman que todo lo que publican es maná del cielo, identificar semejante parecido) y, lo peor de todo, como afirmaba al principio de esta crítica, es que sé que Fenriz lo sabe. Tampoco me gustan los ‘fade out’ de la producción, pero soy consciente de que es marca de la casa y a ellos les encantan, por el contrario, los 'fade in' con esas guitarras tan atmosféricas ayudan a llevarnos a otros mundos, como "Voyage to a North Pole Adrift". Canción a la que la bajada de revoluciones de Darkthrone le sienta fantásticamente bien, tanto como para que "Lost Arcane City of Uppakra" comience de semejante forma y termine convirtiéndose en una canción que bebe del NWOBHM y del doom, tanto como del black más atmosférico de Vikernes, una de las mejores canciones jamás compuesta por Fenriz, caprichos del noruego…

 

Darkthrone acuden a su cita y nosotros con ellos, perdonándoles los pecadillos y disfrutando de sus nuevas cinco canciones que conforman cuarenta minutos de abandono en el espacio, de sonidos setenteros, de momentos mágicos y riffs crudísimos, de un in crescendo como el que despide el álbum y una apertura tan aguerrida como la que abre “Eternal Hails”. Otra obra maestra, quizá no perfecta, pero sí mágica, tanto que cuando suena el sintetizador que cierra el disco, uno no sabe si es Darkthrone o Windir, si es Fenriz o Vikernes, si somos nosotros o son ellos, pero queremos volver a pincharlo. Así de sencillo, así de complicado…


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