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Su intención era continuar la senda de "Phantom Antichrist" pero han parido un nuevo monstruo aún más feroz...

TRENT REZNOR y ATTICUS ROSS mantienen las expectativas

Publicando un EP de NINE INCH NAILS bastante tibio pero que ameniza la espera del nuevo álbum...

El emotivo lanzamiento de LAMB OF GOD

"The Duke" es la historia de una estoica lucha contra el cáncer pero también de una amistad...

ESPECIAL NICK CAVE

Un repaso a la discografía principal de NICK CAVE; un viaje turbulento a través del blues, los asesinos en serie, la biblia y los esqueletos de los árboles...

THE DILLINGER ESCAPE PLAN se despiden a lo grande

Anuncian su separación pero firman "Dissociation", quizá su mejor disco hasta la fecha...

Fenriz y Nocturno Culto han vuelto con "Arctic Thunder"

Crítica y fans siguen ladrando al paso de DARKTHRONE, luego cabalgan...

Ese genio llamado DEVIN TOWNSEND

Nueva dosis de grandilocuencia, sobreproducción y exceso creativo del canadiense en "Transcendence"...

ALEMANIA no levanta cabeza...

Primero nos decepcionaron DESTRUCTION con "Under Attack" y ahora son SODOM con "Decision Day", por suerte tenemos a KREATOR.

NAILS: "Nunca serás uno de los nuestros"

Si este álbum se hubiese publicado en los ochenta estaríamos hablando de todo un disco de referencia, una obra seminal en la que muchos artistas se mirarían y buscarían para definir su propio sonido.

HARAKIRI FOR THE SKY regresan con "III:Trauma"

Los austríacos parecen firmar el final de un trilogía con su mejor álbum hasta la fecha.

¿Un disco de thrash progresivo, conceptual y ambientado en el espacio?

VEKTOR han firmado uno de los grandes álbumes del año. Tan técnico y apabullante como emocionante y épico que te deja con ganas de más.

La escapada a ninguna parte de RED HOT CHILI PEPPERS...

Aquellos que esperan reencontrarse con los Chili Peppers de siempre se darán de bruces con un disco atípico y con canciones poco inspiradas o indignas de unos músicos que podrían dar mucho más de sí y parecen haber perdido la frescura.

El irregular regreso de DARK FUNERAL

Los suecos aciertan de pleno en el título de su nuevo álbum en el que, en efecto, sólo hay sombras, poca luz y menos oscuridad...

"Magma" de GOJIRA: el disco de la polémica.

Para muchos es una obra maestra, para otros el primer paso en falso de los de Bayona. Los hermanos Duplantier, por primera vez, no cumplen las expectativas.

La decepción de DESTRUCTION...

Tras muchas escuchas, el último álbum de los thrashers alemanes muestra su gran punto débil en la composición.

ROB ZOMBIE repite la misma fórmula...

Resulta complicado evaluar un álbum que ya hemos escuchado un millón de veces a lo largo de los últimos veinte años pero con título diferente, Rob Zombie produce discos como una cadena hamburguesera; sacian al instante pero no alimentan a la larga...

La piscina con forma de luna de RADIOHEAD

Cincuenta y dos minutos y once canciones es lo único que le hace falta a la banda para demostrar que siguen siendo tan geniales como sorprendentes tras cinco años de ausencia...

Así es "Dreamless" de FALLUJAH

Mejorando el sonido en el estudio tras "The Flesh Prevails" pero con una segunda cara regular, electrónica y repleta de altibajos.

AMON AMARTH: nunca des la espalda a un vikingo

"Jomsviking" es el mejor álbum de los suecos desde "Twilight of the Thunder God", Odín vuelve a estar con ellos...

¡Nos largamos de nuevo al HELLFEST!

Nos llena de orgullo y satisfacción; otro año más, nos vamos a Nantes para cubrir un cartel de auténtico lujo... le meilleur festival du monde!!

Jesse Leach se abre en "Incarnate" de KILLSWITCH ENGAGE

Y publican un álbum sólido y coherente pero la sombra de "Alive Or Just Breathing" es alargada…

"Phenotype" de TEXTURES; ¿tendremos que esperar a escuchar su genotipo?

Los holandeses vuelven con un álbum bajo el brazo para el que deberemos esperar a su segunda parte para saber si han acertado en el blanco...

IGGY y HOMME; la extraña pareja...

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ABBATH es el auténtico rey de Blashyrkh

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El púrpura de BARONESS es la mezcla perfecta del rojo y el negro...

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Mucho color, poco curry y menos canciones; así es "A Head Full Of Dreams" de COLDPLAY

Un regreso forzadísimo al colorismo más exagerado con alguna influencia étnica, pop de celofán y una escasez de ideas tan abrumadora que asusta.

PERFECTAMUNDO y lo que pudo ser y no fue....

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Los de Massachussets han parido su mejor álbum hasta la fecha; arriesgando sin perder su identidad y conservando toda su emoción.

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"Reflektor" es el nuevo disco de los canadienses y la crítica lo ha encumbrado a lo más alto en apenas unas horas.

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Tuvimos la gran suerte de poder conocerle con motivo de su visita a España en su gira con Slayer hace dos años y ahora lo recordamos, breve pero intenso.

Crítica: Six Feet Under “Torment"

A Six Feet Under, como a muchas otras bandas, hay que entenderlo como el proyecto personal de Chris Barnes y, honestamente, adoro a este tipo. Siempre me ha parecida un artista de talento al que no le hace ya falta demostrar su valía, polifacético y ajeno a las modas, alguien auténtico sin pelos en la lengua que no duda en aclarar por qué dejó Cannibal Corpse o utilizar sus redes sociales para mostrar escenas de su vida doméstica en lugar de promocionarse y, aunque los discos de Six Feet Under, siempre tendrán un lugar en mi corazón, es justo reconocer que la carrera de Barnes es de todo menos regular; si tras dos discos notables como “Undead” (2012) o “Unborn” (2013) se marcó dos mediocridades como “Crypt Of The Devil” (2015) y “Graveyard Classics IV” (2016), que no dejan de ser curiosidades en la discografía de la banda, tampoco antes ha tenido más aciertos y discos como “Death Rituals” 82008), “Commandment” (2007), “Bringer Of Blood” (2003), “True Carnage” o cualquiera de los cuatro volúmenes de sus “Graveyard Classics” le alejaban estrepitosamente de sus mayores momentos de gloria; “Haunted” (1995), “Warpath” (1997), “Maximum Violence” (1999). Es cierto que las noticias sobre el nuevo álbum de Six Feet Under llegaban con cuentagotas y los adelantos no evidenciaban quizá su mejor trabajo. Además, las contínuas espantadas de músicos en el seno de la banda en los últimos cinco años con la marcha de Terry Butler, Greg Gall y Allen West se habían sumado las recientes de Swanson,Talley y la que más me duele, la del simpático Ola Englund (al cual tuvimos la suerte de entrevistar hace unos años). En definitiva, de los mayores esfuerzos de Barnes con Six Feet Under (los recientes “Undead” y “Unborn”) ya no quedaba casi ningún músico, tan sólo Jeff Hughell quien se ha echado sobre los hombros las labores compositivas de este “Torment” dejando a Barnes la tarea de escribir unas letras que no, tampoco dejarán huella en ningún oyente y mucho menos marcarán un antes y un después en su carrera o el género.

“Torment” (un título más que apropiado para bautizar un disco de Six Feet Under, death metal o uno que sea auténticamente abominable) no suena nada mal, es más; ¡suena estupendo dentro de los parámetros en los que debe sonar! El trabajo de Zeuss (Revocation, Soulfly o el propio Barnes) es todo lo grave y crujiente que podríamos esperar de un disco de death metal firmado por Six Feet Under. Las guitarras (todas interpretadas por Jeff Hughell) suenan muy bien pero sin toda la personalidad que debieran debido quizá a la visión unipersonal de un sólo músico, igual que la batería de Marco Pitruzzella es reseñable pero termina empastándose en alguna que otra canción en ese mar de graves. No, el problema de “Torment” no es la producción o el sonido, el verdadero problema del disco es que no está a la altura de Six Feet Under y, a pesar de algún riff (como en “Slaughtered As They Slept”) es un auténtico suplicio escucharlo si conoces a la banda y entiendes en lo que se han convertido y la aparente falta de inspiración o el desgaste.

“Sacrificial Kill” o “Exploratory Homicide” son un buen ejemplo de que las cosas no funcionan como debieran desde el principio; un buen envoltorio con un sonido reconocible pero son quizá los seis minutos más largo que he escuchado nunca en un disco de death metal porque en ellos no ocurre absolutamente nada, como en la pesadísima “The Separation Of Flesh From Bone” con un riff atroz (en el peor sentido de la palabra), tanto que en “Schizomaniac” (aunque te cueste identificar que la canción es otra) agradecerás como el agua una composición menor como “Skeleton” pero que aquí, en “Torment”, funciona quizá porque es la única a la que podremos agarrarnos y salvar de la quema, como “Slaughtered As They Slept” y su trepidante ritmo. Pena que haya que pagar el peaje de “Knife Through The Skull”, “Obsidian” o “Bloody Underwear”, canciones en la que ni siquiera el morbosísimo y negro sentido del humor de Barnes nos hará reír levemente o la predecible “Roots Of Evil”, al igual que “In The Process Of Decomposing” es todo un tormento que nos hará entrar sin ganas en “Funeral Mask”

Un álbum que incumple la extendida tésis de los discos que crecen con las escuchas porque el nuevo de Six Feet Under decae con cada una de ellas y deja un poso aún más amargo según lo pinchamos una y otra vez. No es un disco horrendo es simplemente flojo, poco acertado e inspirado, aburrido, predecible y quizá lo peor, genérico. Imperdonable en alguien de la talla de Barnes al que quizá los años no estén sentando todo lo bien que debieran cuando su visión artística no parece evolucionar en consonancia.


© 2017 Jack Ermeister

Crítica: Immolation "Atonement"

Me cuesta diferenciar si mi percepción de Immolation se debe a que desde “Dawn Of Possession” (1991) han sido incapaces de publicar un sólo álbum mediocre; todo un logro si tenemos en cuenta que son veinticinco años de carerra, algo que ni siquiera los más grandes (por ejemplo la apisonadora de thrash que son Kreator) han sido capaces de igualar o es simplemente que un combo con Ross Dolan, Steve Shalaty, Alex Bouks y Robert Vigna al frente tiene, a mi juicio, la partida ganada desde el principio. “Atonement”, desde sus adelantos, nos mostraba a una banda sólida que parecía intentar la doble pirueta de superar “Majesty And Decay” (2010) y nos dejaba con la miel en los labios deseando escuchar el nuevo álbum. Producido por Paul Orofino y mezclado por Zack Ohren, por desgracia, “Atonement” no es capaz de superar la sombra de aquel del 2010 pero, a su favor, podemos asegurar que sí logra ser un paso más allá del notabilísimo “Kingdom Of Conspiracy” (2010) y es que han grabado un disco repleto de musculosos riffs y acelerados tempos propios del excelente death que practican pero también pesadísimos momentos más groove con unas afiladísimas guitarras que crean ese ambiente opresivo y asfixiante que tan bien saben manejar. Por otro lado, la voz sigue siendo una de las características que le imprimen aún mayor densidad a su propuesta y es que Immolation no harán ningún tipo de concesión a unas melodías quizá más accesibles e indudablemente fáciles como muchos de sus compañeros de filas y, por supuesto, Dolan nos devorará vivos sin darnos la opción siquiera de cantar unas líneas más suaves y menos cavernosas. Esto es death metal y no hay lugar para esas extrañas concesiones al pop que muchos de los más grandes parecen haber querido incluir en sus últimos trabajos. Además de ello, Immolation han sabido madurar y lejos de convertirse en una parodia inmovilista (como la otra mitad de sus compañeros), su marca está envejeciendo como el buen vino, siendo “Atonement” un disco buscado en el que no hay lugar para la fortuna; Immolation sabían lo que estaban grabando y aunque quizá no levante la misma polvareda que otros lanzamientos más populares, sí parece claro que los neoyorquinos están haciendo un trabajo de fondo que un día estallará en la cara de todos aquellos que ahora no les prestan la atención que se merecen.

“The Distorting Light” es un comienzo que transmite justo lo que ellos quiere, esa desolación e intranquilidad sobre la que Shalaty nos golpeará sin piedad pero el nivel de agresión subirá aún más en “When The Jackals Come” y de nuevo Shalaty exhibiendo su poderío al doble bombo sin desmerecer el trabajo de Vigna o Bouks cuyas guitarras son todo lo hirientes que podríamos esperar, pero lo grande del binomio Vigna/Bouks no es únicamente esa amargura que saben transmitir sino también la solidez de la que hacen gala cuando sus riffs se solapan y trabajan las rítmicas de tal manera que tendremos la sensación de escuchar una única y solidísima guitarra por cuatro manos, sencillamente apabullante.

El groove que antes mencionaba tiene su mejor ejemplo en “Fostering The Divide” y, por supuesto, la más representativa de todo el álbum; “Rise The Heretics”, quizá la más pegadiza y directa de “Atonement”. “Thrown To The Fire” vuelve al groove más árido que pronto despegará en un medio tiempo repleto de mala baba; allá donde se hierve a las almas condenadas y es que desde los mejores riffs de Slayer o la visceralidad de Morbid Angel, creo no haber escuchado un ambiente tan insano y con cierto olor a azufre tan bien representado como aquí lo han firmado Immolation, magistral.

“Destructive Currents” es otra de esas canciones que entran de un sólo disparo; constante vaivenes de intensidad en un mar enbravecido de guitarras con Dolan aún más gutural y rasgado y Vigan y Bouks exhibiendo su técnica, pocas quejas de otro de esos temas que como “Rise The Heretics” pueden ser de lo más directo de todo el material que compone el álbum. La engañosa calma de “Lower” les servirá para adentrarnos en ese brutal medio tiempo de solidísimas guitarras, como la propia “Atonement” que construyen un grueso cuerpo central que define perfectamente un álbum sin apenas fisuras.

Muy diferente es “Above All”, otro de los grandes momentos del disco y una brillante forma de mantener la atención del oyente en una segunda cara que, como advertíamos, se mostraba tan densa como homogénea conteniendo más partes de groove que death, algo que mantendrán en “The Power Of Gods” o ese collage de armónicos artificiales (de los que no soy especialmente fan) que crean un espectacular amasijo de las seis cuerdas de Vigna o Bouks y todo el poderío de Shalaty para cerrar “Atonement” por todo lo alto.

No llega a “Majesty And Decay” y queda lejos del que para mí sigue siendo su obra maestra, “Unholy Cult” (2002), pero qué demonios; Immolation han sabido recrear todo el mal y la oscuridad en los once temas que componen “Atonement” y eso está al alcance de muy pocos. Uno de los mejores discos de metal de este año que acaba de empezar, Immolation continúan su camino sin grandes cambios pero de manera efectiva, trabajando cada álbum y directo, creando su propia leyenda mientras el gran público parece más pendiente de otras bandas con más renombre. Lo de Immolation es otra historia…

© 2017 Lord Of Metal

Crítica: Nick Cave And The Bad Seeds “Tender Prey”

Sería injusto afirmar que al nuevo disco de Nick Cave en 1988 lo vertebraba “The Mercy Seat”, esa canción que muchos creen que es la cima de una carrera ‘de dientes de sierra’ con tantas cimas como uno esté dispuesto a encontrar pero la verdad es que la canción por antonomasia del australiano, aparte de convertirse en pieza inevitable de sus conciertos, logro lo imposible y quizá lo que más agradecerá de por vida el propio Cave y es que ‘el hombre de negro’, el mismísimo Johnny Cash la interpretase “American III: Solitary Man” (2000); no creo que haya habido mejor reconocimiento o regalo para un tipo que siempre amó a Cash, puede que si Presley hubiese vivido lo suficiente y hubiese reparado en alguna de sus composiciones, Cave se habría sentido aún más halagado pero dudo mucho que el de Tupelo y su fortísima personalidad, además de creencias, encontrase de su agrado algunas de las morbosísimas letras de Cave. El éxito le había sonreído por fin, sus dos últimos trabajos habían atraído a numerosos fans y con “Tender Prey” no haría sino consolidar aún más su carrera y lograr el favor de una crítica que se había rendido ya ante la evidencia a pesar de que él no diese nunca más su brazo a torcer. Pero “Tender Prey” no nació de la noche a la mañana, el Nick Cave de aquella época tenía una estricta dieta a base de alcohol, heroína y speed, dormía pocas horas cada semana y estaba opositando firmemente a abandonar este mundo en un torbellino de noches berlinesas que verían su fin con este álbum.

La relación parasitaria con Jeanette Blecker, una simple groupie que le engatusó asegurándole que podría conseguir para él una tarjeta de residencia en Berlín además de buscarle más de un problema cuando se hizo pasar por agente musical y logró el desastre más absoluto en las pocas fechas europeas que contrató a los Bad Seeds, las infernales sesiones de grabación ante la desesperación del sello Mute que veía todo aquello como un pozo sin fondo en el que se les estaba yendo demasiado dinero sin obtener resultado alguno, peleas internas en la banda hasta tal punto que Cave llegó a calentarle la cara a su amigo íntimo de correrías, Tony Cohen, que terminó abandonando la ciudad rumbo Melbourne antes de que aquel ritmo de vida le llevase a la tumba, el firme compromiso de acabar por fin su libro, la grabación de la banda sonora de la película “Ghosts… Of The Civil Dead” y su participación en la cinta interpretando al desquiciado Maynard, el disco en solitario de Anita Lane, “Dirty Pearl” y la participación en la gran película de Win Wenders, “El cielo sobre Berlín” (“Der Himmer Über Berlin”) de 1987 con él y los Bad Seeds interpretando “The Carny” y “From Her To Eternity” en el decadente Explanade Hotel, además de una pequeña y desastrosa gira por Atenas fueron demasiada presión para un Cave que fue detenido cuando compraba Metadona con receta en una farmacia y, tras el cacheo, le encontraron una cantidad muy superior de heroína de la que podía llevar encima. Por triste que parezca este hecho, no sólo marcó la grabación de “Tender Prey” (ya que se compremetió a internarse en un centro de rehabilitación para evitar la condena en prisión) sino que quizá fue el punto de inflexión para un Cave que, de seguir por ese mismo camino, no habría llegado con vida a nuestros días.

Sin embargo, la génesis de “The Mercy Seat” es sinuosa y no tan clara como podría parecer a simple vista; una canción que fue garabateando de manera intermitente en su propia libreta a lo largo de seis meses de noches en vela, intoxicaciones y peleas; Cave era un yonki y vivía como tal junto a Christoph Dreher que, horrorizado ante el trajín de idas y venidas de indeseables en el piso que compartía con Cave, decidió también largarse y abandonarle a su propia suerte.

“Todo comenzó cuando me sacaron de mi casa y me sentaron en el corredor de la muerte por algo de lo que soy totalmente inocente, ya sabes, lo diré una vez más; no tengo miedo a morir”, “The Mercy Seat” quizá sea la obra cumbre de Cave pero a los Bad Seeds no les resulto nada fácil entenderla desde un punto de vista formal; se trataba de un poema en el que el ritmo se basaba en la repetición y, como tal, lo musicaron como si de un bucle se tratase. Harvey programó el bajo y la batería, además luego Wydler tocaría sobre ella, Blixa la guitarra y las cuerdas correría a cargo de Audrey Riley, Chris Tombling y Gini Ball que, al más puro estilo Seed, crean una desquiciada atmósfera sobre la que el in crescendo de la canción se arma como un torre de alta tensión, toda una pesadilla que, aún a día de hoy, todavía recuerda el propio Flood como un calvario del que casi no salen vivos con Cave completamente desquiciado en su propio mundo que entendía que la canción trataba la vida de San Juan Bautista y aseguraba poder morir tranquilo si conseguía grabarla. “El asiento de la misericordia está esperándome, creo que mi cabeza está ardiendo y de alguna manera anhelo acabar con esta forma de medir la verdad del ojo por ojo, diente por diente, de cualquier forma dije la verdad y no tengo miedo a morir…” el pobre de Christoph Dreher fue el encargado del videoclip y, aunque su toque nunca ha sido de mi gusto, hay que reconocer que sabe capturar una época y una ciudad, Cave es un presidiario, un heroinómano que espera en su celda en un crudísimo blanco y negro; quizá sea tan explícito que pierda la gracia y el misterio pero hay que reconocer que fue un acierto y con el paso del tiempo se ha convertido en todo un clásico indivisible de la obra.

“Up Jumped The Devil” tiene el difícil papel de mantener un clímax imposible tras “The Mercy Seat” por lo que, de manera muy inteligente, Cave decide salirse por la tangente con una canción que podría haber formado parte de “Your Funeral... My Trial” (1986) por el tono siniestro de cabaret como ocurre con la propia “Deanna”, la visión remozada "Oh Happy Day" de Edwin Hawkin Singers que trata sobre una amiga de la infancia del propio Cave que solía robar en las casas hasta que fue pillada ‘in fraganti’ y los dueños decidieron arreglar dándole una paliza para ella volver poco después y vengarse de ellos asesinándoles, la canción serviría para aligerar la carga de profundidad que había supuesto el primer single de “Tender Prey” y fue publicada el 5 de septiembre del 88 junto a "The Girl at the Bottom of My Glass". La ternura que irradia “Watching Alice” (que habría funcionado muy bien en la garganta del de Pómona) no tiene ni punto de comparación con la siniestra belleza de “Mercy” con Cave de nuevo interpretando a San Juan Bautista; “Parado en la aguas, en mitad del mes de invierno, mi piel de camello era un tortura, en un estado salvaje con el viento que, señor, era horrible. Estaba tan solo que, como había predicho, mis seguidores se habían largado y lloré por piedad, ten piedad conmigo e hinqué mis rodillas…” de nuevo esas referencias bíblicas salpicadas de dramatismo en lo que parece el medio oeste que tan buenos resultados siempre le han dado a un Nick Cave que parece pintar lúgubres paisajes de un mundo tenebroso que construye a la justa medida de su propio personaje; allá donde se desdibujan la persona real del papel y sus poderosísimas imágenes.

De vuelta al blues con “City Of Refuge”, inspirada en la canción de Blind Willie Johnson, "I'm Gonna Run to the City of Refuge", mezcla con sabiduría las raíces negras, la armónica y el Hammond de Cave con las guitaras de Blixa y Kid Congo Powers, la castigadora batería de Wydler y toda una caterva de amigos que, junto a los Seeds, se reunieron para los coros y crear ese ambiente comunal en una canción que todos podemos hacer nuestra mientras que la nocturna “Slowly Goes The Night”, a pesar de la programación de la batería, rompe un tanto el clímax al que parece estábamos llegando y que rompe y rasga tantísimo el álbum que “Sunday's Slave” o “Sugar Sugar Sugar” nos sumergirán en un oscurísimo círculo vicioso del que tan sólo será capaz sacarnos “New Morning” de lo que parece una pesadísima resaca en el que un más que apropiado Cave da las gracias por ver la luz de un nuevo día en el que promete que no habrá más tristeza o pena.

Irónicamente, “Tender Prey” fue publicado cuando Nick Cave aún estaba internado desintoxicándose y fue recibido con los brazos abiertos por una crítica que lo entendería como un clásico contemporáneo ante la sonrisa, con el colmillo goteante, de Cave que luchaba por algo más importante que por un tardío reconocimiento; su propia vida. Saldría limpio tan sólo tres días después de la publicación, justo para su cumpleaños, el 22 de septiembre del 88 y debería enfrentarse no sólo a entrevistas y promoción sino a una gira con las venas todavía agujereadas y hambrientas, suplicándole heroína por cada poro de su piel.

© 2017 Jesús Cano

Crítica: Overkill “The Grinding Wheel”

Si hay algún grupo que represente mejor la actitud desafiante del mejor thrash norteamericano (con permiso de Testament, Exodus y otros tantos, claro) son Overkill. Y es que los de New Jersey parecen jugar en otra liga porque siguen conservando esa esencia punky de peligrosidad que nadie mejor que el eterno Bobby "Blitz" Ellsworth (que parece haber hecho un pacto con el diablo y no envejecer) representa mejor que nadie. Si en estudio seguían siendo una apuesta segura con discos como el magistral “Ironbound” (2010), “The Electric Age” (2012) o “White Devil Armory” (2014) en menor medida, es en directo en donde Overkill siguen despegando del resto; sus actuaciones son tan contundentes, veloces y afiladas que cuesta creer que sean una banda con su bagaje e historia. "Blitz" está en un estado de forma envidiable y Verni, Linsk, Taller y Lipnicki cumplen con solvencia convirtiendo su thrash en el único de todos los miembros de su generación que todavía exuda mala leche. ¿Por qué digo todo esto? Porque Overkill nos han malacostumbrado y sus tres últimos discos se lo ponían tan difícil a ellos como a nosotros nos ilusionaban y este “The Grinding Wheel”, sin ser un mal disco, ha sido una pequeña decepción. Producido por ellos mismos y aderezado en las mezclas por el todopoderoso y siempre acertado Andy Sneap, el nuevo álbum suena potente y ácido, corrosivo y maligno, veloz e hiriente pero fracasa en la composición y es que sin ser malas, además les mata la duración. Para que el lector se haga una idea; “The Grinding Wheel” podría ser un recopilatorio de grandes éxitos de Overkill, sus canciones se debaten entre los tópicos y el sonido de los mejores momentos de la banda (habrá canciones que parecen un autoplagio de otras anteriores pero ese no es el problema) y otra menores que, sin ser terribles, mantienen el nivel asombrosamente bien, consiguiendo un álbum coherente y sólido. ¿Dónde está el problema? En la duración, amigos míos. Una media de seis minutos (si tenemos en cuenta que “Emerald” apenas llega a los cuatro pero es que es tan sólo una versión).

“Mean, Green, Killing Machine” resume lo mejor de Overkill; una potente introducción, un agrio riff de guitarra y la voz de “Blitz” como una cuchilla pero, ¿era necesario alargarla durante siete minutos y medio? El thrash debe ser directo, como un puñetazo a traición, siete minutos mata las intenciones, la espotaneidad y la capacidad de sorpresa y lo peor; si la canción no merece la pena cuatro minutos, no habrá nada que la mejore en siete con un puente del todo innecesario y un desarrollo pesadísimo en el que sentiremos ganas de que termine por la constante repetición. Lo peor de todo es que “Goddamn Trouble” abre con el mismo riff con el que finalizaban el último minuto de la anterior, ¿el resultado? La sensación de estar masticando la misma canción durante catorce minutos…. ¡Catorce minutos! Veréis, no es cuestión de que no pueda aguantar más de tres minutos, es que no es posible si la canción no lo necesita.

Quizá sea “Our Finest Hour” la que nos quite el mal sabor de boca a pesar de que parece que han acelerado su tempo y van pasados de revoluciones lo que no es un problema en el thrash si ello no parece alterar el tono de la composición. Con todo, “Our Finest Hour”, representa lo mejor del nuevo sonido de Overkill; un gran riff, “Blitz” desgañitándose y un estribillo a la altura a pesar de que se empeñen en alargarlo por casi seis minutos. ¿Por qué, Bobby, por qué? Defecto que quitará lustre a una canción como “The Long Road” que podría haber funcionado en tres o cuatro y no en casi siete porque aniquilan la épica de la composición o la atípica y ochentera “Let's All Go to Hades”, buenos temas –sin duda, son Overkill y rara vez nos defraudarán- pero carentes de la inspiración o las maneras. “Come Heavy” sonará tan clásica como ese groove tan resultón se lo permita, como esa puñalada de thrash que es “Red White and Blue”, retazos de un pasado glorioso que “Blitz” y los suyos son capaces de remozar y hacernos sentir tan actual como para que su propuesta no pierda vigencia y parezcan unos dinosaurios, algo definitivamente impensable escuchándoles y viéndoles en directo.

La homónima “The Grinding Wheel” poseé las formas, la actitud pero siento incidir en lo mismo; ocho minutos (¡ocho!) son suficientes como para diluir toda su mala leche y hacer que pierda el impacto inicial. Significativo es que cuando llegamos a “Emerald” de Thin Lizzy, la versión de los irlandeses nos alegre la escucha de este álbum en el que nos damos cuenta de lo bien que le sienta a “Blitz” ese tono más bluesy del que a veces hace gala cuando su garganta no da para más. Es, por tanto, una leve decepción un álbum en el que parecen haber querido copiar las formas del gran “Ironbound” o “The Electric Age” y salpimentarlas con lo mejor de su carrera, lo que nos ofrece a una banda jugándosela sin apenas riesgo y unos guitarras (Dave Linsk y Derek Tailer) que, pueden perdonarme, a pesar de ser funcionales quedan muy lejos del talento de un tándem tan genial como fue el formado por Sebastian Marino y Joe Comeau, en unas canciones que se hacen eternas y sonando tan, tan homogéneas en cuanto a tratamiento en el estudio que uno puede entender perfectamente el título del álbum, “The Grinding Wheel”. Por suerte, en breve les veremos en directo y ahí, como muchos de su quinta, nunca decepcionan, en estudio tendremos que esperar a la siguiente oportunidad o pinchar de nuevo “Ironbound”, lástima…

© 2017 Lord Of Metal

Crítica: Ryan Adams "Prisoner"

Como diría Nick Hornby a través de Rob Gordon; “¿Escuchaba música pop porque estaba deprimido o estaba deprimido por escuchar música pop?” Quizá la respuesta a tan irónica pregunta no era tal sino la plena aceptación del placer de estar triste o, como decía Cobain; “echar de menos la comodidad de estar triste…” Pero la única verdad es que nos gusta estar levemente tristes para sentirnos protagonistas del dramón de nuestras vidas, ya se sabe; llorar por la chica, tomarse una copa, subirse el cuello del abrigo y pasear por las calles mientras el viento nos golpea en la cara o, como en una viñeta de Will Eisner, las hojas de los árboles y de los periódicos antiguos amontonándose en las aceras mientras caminamos y nos sentimos terriblemente desgraciados. Nos gusta estar tristes y escuchar música que nos acompañe y, lejos de ayudarnos como bálsamo, confirme nuestra miseria más absoluta y nos haga sentir aún más desamparados. Pero también está la teoría de la bilis negra aristotélica de los artistas que viene a defender que el genio, cuanto más hundido y triste, mejores obras parirá. Y es que es escuchar este “Prisoner” de Ryan Adams y acertar a decir que, sin ser su obra maestra, y siendo todo lo personal que es –que lo es y mucho- es su primer álbum en mucho, mucho tiempo que posee algunas de las canciones más intensas o desgarradoras, más dolorosamente bellas de las compuestas por el de Jacksonville y ha tenido que ser ahora, justo ahora, que se lame las heridas tras la ruptura con su pareja Mandy Moore y toda la felicidad y el empacho reinante en sus declaraciones y entrevistas, en ese pseudo-retiro de sobriedad junto a ella y el psicoanalista que le ayudó a superar todas sus inseguridades y problemas, que Ryan Adams (uno de los mejores y más prolíficos compositores de las últimas décadas) parece haber visto la luz en el estudio.

No puedo decir que yo fuese quien le robó la zapatilla en aquel mítico bolo de Barcelona porque aunque estuve presente se la habría devuelto nada más que por escucharle algunas canciones más aunque por aquella época yo estaba tan obsesionado con Ryan Adams como para haberle robado lo que fuese. “Gold” (2001) era un grandísimo disco tras uno mítico como “Heartbreaker” (2000) y aquella colección llamada “Demolition” (2002) no era más que una curiosidad que me sirvió para acrecentar mi obsesión por su música y verle de nuevo de gira pero algo ocurrió tras él y es que Ryan Adams comenzó a disfrutar de sus propias rarezas y bien servía un disco como “Rock N Roll” (2003), fechas que canceló en nuestro país por una rotura de muñeca, o facturaba el genial “Cold Roses” (2005) mientras se deshacía en elogios con Bob Dylan y su droga favorita, el speedball. “Jacksonville City Nights” (2005) contenía una epopéyica canción como “The End” de tintes épicos y sabor a Willie Nelson, Cash y Steinbeck, anunció un súbito “29” (2005) y un “Easy Tiger”(2007) que supuso una pequeña ruptura de talento en su carrera porque ni “Cardinology” (2008), ni el bizarro “Orion” (2010” o “III/IV” (2010) conseguían devolvernos al mejor Adams y no fue hasta “Ashe’s & Fire” (2011) o “Ryan Adams” (2014) que recuperó la sangre a pesar del edulcoramiento de la vida en compañía y el dislate de “1989” (2015); curiosa afición la de Adams por Taylor Swift, Dylan y el black metal noruego, de no ser porque las comparto pensaría que está loco...

Y llegamos a este “Prisoner” que suena a transición o a disco de culto, al consabido tópico de aquel larga duración que necesita de muchas escuchas y que, como dicen los más cursis; crece dentro de uno. Pero, por primera vez en mucho tiempo, es verdad. “Prisoner” lo tiene todo y no tiene nada, “Prisoner” es una colección de canciones que entenderá el que alguna vez ha sufrido un zarpazo en el corazón y dejará frío a aquel que sea incapaz de sentir. Desesperará a los fans más recalcitrantes que suspiran por un nuevo “Gold”, hará perder el interés a aquellos que se subieron al tren de la inmediatez de “Ryan Adams” y servirá de bálsamo a esos otros que le dediquen su tiempo y escuchen de verdad sus canciones.

“Do You Still Love Me?” derrocha pasión y sabor a la década de los ochenta, una de las mejores canciones del álbum y de la carrera del propio Ryan Adams; apasionante y sentida, como un cruce salvaje con los Foreigner más intensos. Quizá “Prisoner” rompa un poco el encanto de un comienzo tan espectacular pero sirve de colchón y su melodía es tan adictiva como el tratamiento de sus guitarras acústicas mientras que con “Doomsday” es imposible no sentir el espíritu de “Firecracker” con Adams soplando su armónica de nuevo con ímpetu, otra de esas canciones que derrochan amor y pérdida a partes iguales mientras que en “Haunted House” o “Shiver And Shake” sentiremos la influencia del Springsteen de “Tunnel Of Love” (1987), no es casualidad, ambas obras transitan por un terreno común como “To Be Without You” que es la hermana menor de “Everybody Knows” de “Easy Tiger” pero, eso sí, con un toque más íntimo.

“Anything I Say To You Now” parte por la mitad el disco regresando de nuevo a la década de los ochenta pero con menos fuelle que “Do You Still Love Me?” mientras que la intensidad de “Breakdown” nos prepara para la springsteeniana “Outbound Train”; el material del que están hechos los desengaños. “Broken Anyway” ahonda en esa misma herida que en “Tightrope” nos seducirá con sus arreglos o la ensoñadora despedida de “We Disappear”. No, no estoy exagerando, lo juro sobre mi copia firmada de “Jacksonville City Nights”, hacía años que no disfrutaba tantísimo de un disco de Ryan Adams; el desamor a veces puede ser maravilloso y tiene cura pero las obras que alumbra se quedan con nosotros y forman parte de nuestra vida, como este “Prisoner” que formará parte de la mía…
© 2017 Jim Tonic

Concierto: Devin Townsend (Madrid) 03.02.2016

SETLIST: Rejoice/ Night/ Stormbending/ Failure/ Hyperdrive/ Where We Belong/ Planet of the Apes/ Ziltoid Goes Home/ Suicide/ Supercrush!/ March of the Poozers/ Kingdom/ Ih-Ah!/ Higher/

Siempre que salgo de un concierto, tras la ilusión de haber visto a uno de mis artistas preferidos y la visita obligada al puesto de merchandising, suelo disfrutar tomándole el pulso a la gente a través de las redes sociales y últimamente me sorprende muchísimo la absoluta falta de criterio en ese termómetro sin sentido común en el que se han convertido. Amo la música y la personalidad de Devin Townsend y no era la primera vez que le veía en directo; es más, en cinco meses estaré viéndole de nuevo en la magnífica edición del próximo Hellfest en Francia pero el espectáculo que presencié hace una semana en la madrileña sala La Riviera hace que me pregunte qué le pasa a la gente por la cabeza y piense en voz alta con el colmillo aún goteante. Devin estuvo magnífico, como siempre, quizá un poco más contenido y menos excesivo que de costumbre pero deslumbrante, al fin y al cabo. Está en buena forma, atraviesa una gran momento de popularidad y ha publicado un buen disco que venía presentando, además hizo gala de su habitual y absurdo sentido del humor. Entonces, ¿qué es lo que falló? Algunos dirán que la sala, otros que los técnicos pero lo cierto es que el concierto de Devin Townsend en Madrid sonó horrorosamente mal. El comienzo con “Rejoice” fue tan sólo un aperitivo de lo que nos esperaba; algo que se confirmó con “Night” y, por supuesto, con la épica “Stormbending”, un arranque digno de Townsend que se vio opacado por una auténtico pelota de sonido, una maraña en la que las guitarras estaban tan altas que se produjo un inevitable feedback que restó intensidad al resultado. En “Rejoice” la voz de Townsend estaba tan baja que pidió varias veces que se la subieran mientras que en “Night” directamente no se distinguía matiz alguno y no fue hasta “Stormbending” (en la que las guitarras no atronan con la misma intensidad) que Devin pareció domar el mar de ruido o casi...

Es cierto que la peculiar propuesta de Townsend es precisamente la ausencia de contención, la sobreproducción con dos guitarras teñidas por distorsión y efectos y el teclado de Dave Young rellenando los huecos mientras se superponen samplers con rimbombantes coros; una receta tan exclusiva que puso a prueba una sala tan poco acondicionada y gélida para los conciertos como es La Riviera madrileña que, por cierto, no colgó el consabido cartel con todo el papel vendido y mostraba una desolada entrada con toda la balconada cerrada y tan sólo dos tercios de la pista.

“Failure” o “Hyperdrive” (del genial e imprescindible “Ziltoid the Omniscient”) nos pusieron en órbita y “Where We Belong” tranquilizó nuestro oído interno con un pequeño descanso en las guitarras eléctricas pero no hay sala en Madrid que sea capaz de hacer sonar bien una batería como la de Van Poederooyen en “Ziltoid Goes Home”. Devin se deja la voz e interacciona con las primeras filas; ¿un poco de metal? Tras “Suicide” anuncia la famosa “March Of The Poozers” pero antes una sorpresa; “Supercrush!” para despedirse antes de los bises con “Kingdom”.

La bonita “Ih-Ah!” o “Higher” hacen que la despedida con Devin sea aún más amarga por lo melancólico de la primera y lo exageradísimo pero delicioso de la segunda, ya con toda la banda de nuevo sobre el escenario. Es inevitable hacer una pequeña reflexión del público porque un concierto es cosa de dos; del artista y del respetable y, claro, la sinergia resultante. Ese público que debería ser más exigente y, escuchando a un artista tan inclasificable y a veces tan gourmet como Townsend, ser conscientes de que el cartel que vimos si merecía el dinero de la entrada pero no el horroroso sonido del que disfrutamos. Y es que me sorprende leer que la noche del 3 de febrero en Madrid fue algo memorable porque, sin ser un horror y Devin bregando por salir victorioso en ese mar de ruido, fue completamente indigna de lo que tanto él como nosotros nos merecíamos.

No deja de ser irónico leer a todos esos supuestos entendidos en redes que son capaces de matar por las remasterizaciones en 5.1, que son capaces de matar por un vinilo edición especial para audiófilos y creen orgasmar con un SACD para luego descubrir que tan sólo es un acto más de esnobismo cuando se descargan esas ediciones en 192kbps y son incapaces de aceptar que un concierto está sonando mal y un principio básico que cualquiera podrá entender; si el sonido de una actuación está siendo tan horroroso deja de subir las jodidas guitarras en cada canción porque sólo se evidencia más el problema. Una pena por Devin y por nosotros que tendremos que quitarnos la espinita de ver la gira de “Transcendence” en Francia si queremos apreciar sus canciones como es debido…


© 2017 Jack Ermeister

Crítica: Soen "Lykaia"

Curioso el caso al que estamos asistiendo con la carrera de Soen y es que si hace cinco años se descubrían así mismos como una versión doméstica de Tool con “Cognitive” (2012) y con “Tellurian” (2014) mostraban que aquello tan sólo era una influencia más, hemos tenido que esperar hasta “Lykaia” (2017) para asistir quizá a su mejor trabajo hasta la fecha y justo aquel con el que parecen haber crecido. Y es que fuimos muchos los que tocamos el botón de nuestras mesas de hipotético jurado televisivo de cazatalentos cuando creímos detectar a una vulgar copia de Tool en el proyecto de Martin Lopez. ¿Por qué no aceptarlo? Los riffs de Platbarzdis y la voz de Joel Ekelöf guardaban sospechosas similitudes con la banda de Adams Jones y Maynad Keenan, tanto que para aquellos que hemos crecido con la música de los californianos (me subí a aquel carro con “Undertow” en 1994, ¿cómo no voy a tener fe en la religión de Maynard?) nos era del todo insoportable escuchar aquella copia, sí aquella copia porque lo que empezó siendo un regusto se convirtió en un chocante sabor con el que incluso eran anunciados en sus conciertos. Sin ir más lejos todavía recuerdo que un promotor de nuestro país admitía socarronamente la imposibilidad de traer a Tool y lo solventaba con un “pero tenemos a Soen” y dicho y hecho, los suecos pasaron por nuestro país en cuestión de unos meses. Sería muy hipócrita por mi parte no admitir que mi interés en Soen era el propio del curioso, de aquel que procediendo de las filas de las Tool Army y habiendo escuchado a Opeth hasta la saciedad necesitaba saber a qué sonaba el proyecto de Martin Lopez para, a las pocas escuchas, dejarlo de lado como lo que era; una curiosidad más en el universo Åkerfeldt y sus eternos Opeth y un cruce entre Tool y A Perfect Circle. Pero más hipócrita me resultaría escuchar a cualquiera de los que escuchan a Soen, esos neoproggers que suspiran por Leprous, TesseracT o Rishloo no admitir las similaritudes de su sonido. Tan sencillo es de explicar como que para mi Soen no significaban nada por lo mismo que Airbourne o Steel Panther tras haber vivido AC/DC o Poison y siento si a muchas almas sensibles les hiere tal profana comparación, es cierto que es exagerada y forzada pero ilustra muy bien la que era mi percepción de la banda.

Pero llegó “Tellurian” (2014) y con él la desbandada de muchos de aquellos que afirmaban que el gran disco de Soen era “Cognitive” y este segundo no llegaba a cumplir las expectativas y, como idiotas abisales que son, eran incapaces de admitir que lo que simple y llanamente estaba ocurriendo es que la banda estaba creciendo y moviéndose a alguna parte, que por suerte para otros muchos demostraban estar vivos artísticamente hablando. Sí Joel Ekelöf seguía recordándonos a Maynard pero comenzaba a haber muchas más influencias que veían la luz en el crisol de su garganta y comenzaba a tener voz propia. Escuché “Tellurian” con mayor avidez y la satisfacción propia del guantazo en toda la cara que los suecos le habían dado a todos esos que habrían congelado su propuesta en la era de “Cognitive”. Cierto es que las canciones también habían cambiado, la carretera y el éxito les había llevado a componer en dos años la continuación de su debut; el tan temible síndrome del segundo álbum había sido superado y, lo mejor de todo, es que dejaba el futuro más abierto que nunca a un esperanzador tercer disco.

“Lykaia” posiblemente sea su mejor esfuerzo hasta el momento. En él se siguen escuchando ecos de Maynard o Howerdel, claro que sí, (“Orison”, sin ir más lejos, podría haber sido firmada por ellos) pero no más que de Pink Floyd; como ejemplo ese “Lucidity” que suena sospechosamente parecida a “Breath” o esa melancólica languidez propia de sus amigos Leprous en otras canciones pero, en cambio, han sabido comenzar a hacer su propia andadura; parece que la música de Soen comienza a ser tanto o más importante que sus influencias y los homenajes, parece que la voz de Ekelöf empieza a despegar y encontrar sus propios recursos expresivos y la presencia de Marcus Jidell les ha hecho romper y rasgar, siendo “Lykaia” un buen álbum de progresivo en el que nos encontramos una apertura con un abrasivo riff en “Sectarian” y un desarrollo central interesantísimo porque no temen abandonar el sendero de sus influencias para crear uno de los mejores pasajes del disco o una explosión épica en “Orison”. Sí, Tool siguen subyaciendo bajo algunas de sus composiciones pero nunca más sentiremos su respiración en nuestro cogote.

Tras el floydiano ejercicio que es “Lucidity” en el que las guitarras beben directamente de “Breathe” y el opresivo aroma orwelliano de “Animals” (1977), las cosas se ponen aún más interesantes con “Opal” o “Sister”, quizá las más brutas y contundentes de “Lykaia”. Bien por ellos porque nada me disgustaría más que saliesen de las odiosas comparaciones para entrar en ese abominable círculo de pusilánimes de nuestros días en el que se mueven Anathema (que parecen haber aceptado ya de pleno hecho que nunca más serán una banda de doom y prefieren componer tristonas baladitas sin riesgo para cuarentonas) o ‘los últimos Katatonias’ que deberían directamente cambiar de nombre en esa tediosísima propuesta suya de la que ahora hacen gala y en la que parece que si les cortas no sangran porque se les ha cuajado incluso en directo.

Quiero entender “Jinn” como un preludio acústico que se desperazará en un medio tiempo, poco más, algo parecido a “Stray” o esa despedida que es “God's Acre” con la que nos hacen esbozar una sonrisa y querer volver a escuchar de un tirón este “Lykaia” porque “Paragon” es tan sorprendente respecto al tono general del álbum que incluso se agradece a pesar de su poca gracia.

Es, por tanto, “Lykaia” el álbum que muchos estábamos esperando de Soen cuyo único defecto puede ser la clarísima similitud de sonido y desarrollo de sus canciones, habiendo pocos sobresaltos. Pero, como aseguraba con “Tellurian”, lo mejor de todo es el futuro que se plantea y es que desde aquel siento estar exigiendo más y más a una banda que estoy seguro que no nos dará más que alegrías en el futuro y cuya propuesta estamos viendo evolucionar con cada lanzamiento; la apasionante búsqueda de unos músicos que no temen mostrar sus influencias plenamente inmersos en encontrar su propia voz. Grande “Lykaia” pero sé que el próximo lo será aún más, estoy seguro, hay madera y talento de sobra…

© 2017 Jim Tonic

Crítica: Pain Of Salvation "In The Passing Light Of Day"

Quizá es que esperaba mucho menos de “In The Passing Light Of Day” o quizá, simplemente, es que tras estar al borde de la muerte, Daniel Gildenlöw, no podía hacer otra que grabar un disco realmente tan intenso como el que nos ocupa pero es que tras los excelsos “The Perfect Element I” (2000) y “Remedy Lane” (2002) e incluso “Be” (2004), pero en menor medida, sentí que algo faltaba en Pain Of Salvation con el polémico “Scarsick” (2007) y dos discos como “Road Salt One” (2010) y “Road Salt Two” (2011) que, por suerte o por desgracia, me tocó vivir de alguna manera y, a pesar de su calidad, nunca me terminaron de convencer aquellas influencias bluesy en una banda sueca progresiva que, a la mínima de cambio, nos descerrajaba azucaradas melodías teñidas de desgarros y algún que otro forzadísimo acercamiento al delta de mentirijilla desde su apartamento de Eskilstuna. ¿Qué queréis que os diga? ¿Debo sentir lo mismo por “Chain Sling” que por esa impostada y polvorienta puesta en escena de “Tell Me You Don’t Know” o ese auténtico rollo llamado “What She Means To Me” en la que muchos quisieron ver influencias de lo más varopintas y furtivos homenajes cuando únicamente sonaba a una versión de ABBA de tercera regional? Seamos serios, por favor. Puedo llegar a tolerar algo como “No Way” pero no eran los Pain Of Salvation de “Remedy Lane” ni de ninguno de sus discos anteriores y ellos lo sabían, tanto como nosotros. No es que las dos partes de “Road Salt” pudieran decepcionar a cualquier oyente (sobre todo la segunda, a mi gusto claramente superior) pero sí a un seguidor de la banda que tras “Scarsick” sentiría que habían perdido el rumbo y más con la publicación del horrendo “Falling Home” (2014) que no era más que un regurgitado de estos tres últimos, además de algunas insospechadas versiones a las que intentaron dotar de una nueva dimensión dejándonos directamente el mal sabor de boca de aquellos inconscientes que se atreven con “Holy Diver” o “Perfect Day” de Dio y Reed presumiendo de inconsciencia o querer precipitarse al abismo antes de tiempo y sin mucho sentido.

Sorprendentemente, la enfermedad de Gildenlöw les sorprende en el que podríamos entender como su mayor momento de popularidad siendo este el que atraiga la mayoría de las miradas y, por supuesto, los melodramáticos rumores púberes de aquellos seguidores más intensitos que parecen querer dotar a Pain Of Salvation de una realidad que no les corresponde cuando aseguraban que la banda, o el proyecto de Daniel, se desharía a causa de su enfermedad en unos meses en los que las noticias llegaban con cuentagotas. Por suerte, Gildenlöw, ha salido adelante y no sólo eso sino que con “In The Passing Light Of Day” parece haber querido recuperar el rumbo sin demasiadas estridencias; en él nos encontramos con una magnífica producción, buenos desarrollos a cargo de una instrumentación a la altura de la mano de Ragnar Zolberg, Gustaf Hielm, Léo Margarit y Daniel Karlsson a los teclados, además de una de las principales señas de identidad de la banda y no es otra que sus descarnadas y emocionales letras que, por supuesto, dan en la diana sentimental de todos nosotros y esos seguidores que antes mencionaba, claro que sí. Pero, por otro lado, es justo reconocer también que aunque sea su mejor trabajo desde “Be” (y eso son trece años, ni más ni menos), no está a la altura de sus primeros cuatro trabajos y este “In The Passing Light Of Day” se siente, en ocasiones, como una forzadísima vuelta a los orígenes; ese ‘back to basics’ tan cacareado por bandas que, tras el descalabro, se ven forzadas a echar la vista atrás y recuperar los restos del naufragio.

Ningún experto recomendaría abrir un disco con diez minutos de canción a menos que sea “On A Tuesday” y Daniel cante una estrofa tan sentida y con tanto sentido como; “I was born in this building It was the first Tuesday I had ever seenAnd if I live to see tomorrowIt will be my Tuesday number: 2119. How life has its way of turning your best suits the wrong way” en la que no solamente sentimos el zarpazo de la muerte sino también la titubeante sensación de haber vuelto a nacer y ser consciente de ello. A través de los contrastes entre lo que podría ser un medio tiempo y el staccato de una guitarra de riff entrecortado con otros de más intensidad llegaremos a un puente con arreglos de cuerda y piano, apropiado para construir el clímax de un fraseo que nos volverá a introducir en el cuerpo central de la canción y de ahí a otro medio tiempo, quizá más heroíco (también más empachoso), con el que cierran el primer corte y nos conducen sabíamente a “Tongue of God” en la que “Cry In The Shower, smile in the bed” parece un mantra antes de lanzarse a la existencial duda de quiénes somos, otro acierto.

Quizá los sentimientos de culpa poscoitales no sean la mejor inspiración para un álbum de regreso al mundo de los vivos como es “In The Passing Light Of Day” y quizá también deberíamos recordárselo a Daniel pero “Meaningless” es resultona por el juego de voces mientras que la minimalista balada a piano de “Silent Gold” y las añoranzas y remordimientos por los supuestamente amores perdidos rompan el ritmo del disco y cueste reconocer a esa banda que abría con “On A Tuesday”. La levemente caótica “Full Throttle Tribe” nos sacará de esa innecesaria ensoñación en la que volveremos a caer en “Reasons” y es que parecen ser la opereta de una relación acabada, como “The Taming of a Beast” en un ejercicio que podría ser quizá el peor de todo “In The Passing Light Of Day”. El crescendo de “Angels of Broken Things” merece la pena tanto como el solo de guitarra mientras que el cierre con “If This Is the End” por todos los Reznor del mundo y larga odisea de “The Passing Light of Day” dejan el listón bastante más alto que el cuerpo central del álbum.

Un disco que produce un efecto curioso y es que produce mejor sensación en el recuerdo más inmediato que durante la escucha y es porque es una colección de canciones de picos en el que los grandes momentos son muy grandes e inevitablemente nos recuerdan a aciertos pasados y los malos momentos no lo son tanto como sí poco reseñables. Un gran regreso por parte de Daniel Gildenlöw que nos hace olvidar aquel “Falling Home” pero seguir suspirando por “Entropia, “One Hour by the Concrete Lake”, “The Perfect Element I” y, claro, “Remedy Lane”. Qué decir…


© 2017 Conde Draco

Crítica: Devilment “II - The Mephisto Waltzes”

Para escuchar un disco de Devilment, lo primero que hay que hacer es librarse de los prejuicios; de cualquier pensamiento negativo acerca de la prostitución de la oscuridad de la que Dani Filth ha hecho gala a lo largo de sus últimos veinte años y una carrera irregular tras “Cruelty And The Beast” (1998), gira en la que tuve la inmensa suerte de poder verles en directo. Una carrera de la que tan sólo puedo salvar “Midian” (2000), “Damnation And A Day” (2003) en menor medida y un “Hammer Of The Witches” (2015) que ha sabido a gloria a todos aquellos que disfrutamos en su momento de Filth y pensábamos que las deserciones en el seno de la banda afectarían en mayor medida a la consistencia del proyecto. Y es que Devilment supone una cara mucho más accesible que la intención original de Cradle Of Filth y, sin que esto pueda significar algo malo, sí que es verdad que a veces sonroja levemente escuchar algunas canciones de Devilment y encontrarse las edulcoradas voces de Lauren Francis cuyo concepto de oscuridad se limita al esmalte negro de sus uñas y disfrazarse pero supongo que la idiosincrasia de un tipo como Filth, capaz de vivir en una mansión isabelina, pero también entregarse a los placeres más burgueses de nuestro siglo son la cara y la cruz que han llevado a Cradle Of Filth a convertirse en un chiste sin gracia y a Devilment en un proyecto paralelo en el que debemos de aceptar que la intención de Filth es engordar sus ganancias y elevar a la enésima potencia todo aquello que hizo de Dimmu Borgir unos superventas sin llegar a traicionar los postulados de Cradle Of Filth y que sus fans, nosotros, nos echemos encima del inglés por mancillar el nombre de aquellos que una vez supieron y quisieron firmar “The Principle of Evil Made Flesh” (1994), “Dusk... and Her Embrace” (1996) y el anteriormente mencionado “Cruelty and the Beast” (1998).

Es verdad que “The Great and Secret Show” (20014) fue una agradable sorpresa pero también que “II - The Mephisto Waltzes” es quizá superior a aquel por la cantidad de elementos que saben desplegar en sus canciones. Por el contrario, ello también supone un obstáculo para las mentes más cerradas o tradicionales (o quizá no tanto) que no entenderán esa ligereza a la hora de pasar del groove más cabezón al goticismo de baratillo, del metal más acelerado al pop bailable. ¡Qué demonios, a mí mismo me cuesta digerir que tras un pesadísimo riff al más puro estilo groove de Virginia se atrevan a coquetear con bases más bailables mientras Filth vuelve a gritar como una bruja y Lauren Francis como Katy Perry!

“Judasstein” es un comienzo comedido en esa ensalada de influencias en la que acaba trasformándose “II - The Mephisto Waltzes”. Grandeza y ampulosidad en un desarrollo épico y repleto de arreglos que convierten la mezcla en una densísima amalgama de oscuridad y contundentes riffs. No pasa nada, “Hitchcock Blonde” y el humor de su letra hacen buenas migas con ese toque bailable en el que Filth parece querer convertirse en Rob Zombie como Francis transformará a los Cradle Of Filth ralentizados de “Under the Thunder” en una versión remozada de Evanescence en la alternancia de voces entre Filth y ella. Cierto también es que en “Full Dark, No Stars” será en donde contemplemos el experimento  al completo y Francis brille con luz propia, pena que la canción fracase por el histrionismo vocal de Filth y porque, seamos honestos, es la canción que nunca habríamos querido escuchar en una banda liderada por él.

“Shine on Sophie Moone” y “Life Is What You Keep from the Reaper” son dos de los grandes momentos del disco y cuyo único defecto bien podría ser la excesiva duración de unas composiciones que no necesitan de tanto minutaje cuando lo único que demuestran es la repetición de estructuras. “Shine on Sophie Moone” resulta por su lúgubre ambiente y la contundencia de sus guitarras pero también el romanticismo que derrocha en el puente mientras que “Life Is What You Keep from the Reaper” y su toque oriental funcionan hasta que la voz de Francis vuelve a hacer su aparición y le da su toque pop.

Lo mismo que “DEA Della Morte” (más de lo mismo) o “Entangled in Our Pride”, las mismas ideas de todo “II - The Mephisto Waltzes” pero sin que estas les lleven a ningún sitio diferente y quizá con menos inspiración como demuestra ese dueto entre Francis y Filth que es puro azúcar. Tintes épicos en “Hell at My Back” que son tan breves como chocantes los intentos de Dani Filth por convertirse en el Justin Timberlake de las tinieblas en “The Seductive Poison” o una carta de despedida tan forzada como “Father Dali” que, muy a mi pesar, es lo mejor de su segunda cara.

He leído a algunos seguidores y plumillas que aseguran que “II - The Mephisto Waltzes” es una gran obra y la senda por la que debería transitar Dani Filth con su proyecto principal. Por favor, no nos equivoquemos y confundamos aún más a Dani y sus fans más jóvenes por un par de absurdos comentarios hechos con todo el esnobismo del mundo para atraer las miradas de los lectores casuales. “II - The Mephisto Waltzes” es superior a “The Great and Secret Show” pero no al notable “Hammer Of The Witches” y, habiendo mamado la música de Cradle Of Filth durante dos décadas, ni por todo el oro de Erebor querría verles convertidos en todo lo que Devilment representan. Es por eso que Dani –bastante más inteligente que todos aquellos que escriben sin haberle escuchado lo suficiente siquiera sin conocer su obra- decidió hacer los experimentos con gaseosa y no con Cradle Of Filth que es con lo que paga sus deportivos y esa mansión gótica en la que vive. Por lo tanto, lo nuevo de Devilment es resultón pero es tan sólo un divertimento y, como tal, debe ser tratado o, por lo menos, por el momento. Son tan sólo una mezcla de Filth con Evanescence y la purpurina de las fiestas de Halloween más petardas; esa que por la noche divierte y al día siguiente pica hasta el alma con su simple recuerdo.


© 2017 Jack Ermeister