"Walk The Sky" de ALTER BRIDGE; cuando innovar no siempre significa progreso.

En riesgo de estancarse si no rescatan a la musas que les abandonaron tras "Fortress"...

SABATON y la Primera Guerra Mundial.

Los suecos regresan con su nuevo álbum, "The Great War", fieles a la cita y su estilo. Sin novedades en el frente...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

METALLICA en Madrid...

Un concierto con tantas luces como sombras, pésimo sonido y repertorio irregular.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

Crónica: Leprous (Madrid) 15.11.2019

SETLIST: Below/ I Lose Hope/ Foe/ The Flood/ From the Flame/ Observe the Train/ Alleviate/ At the Bottom/ The Cloak/ The Price/ Stuck/ Distant Bells/ The Sky Is Red/

Pese a que muchos todavía siguen sin entender o soportar un álbum como “Pitfalls”, la noche del pasado viernes en Madrid colgaba el cartel de “todo vendido” y la máxima expectación por ver a Leprous presentando sus nuevas canciones, acompañados de invitados de lujos como The Ocean o Port Noir pero, sorpresas te da la vida, que ese obligado binomio que habitualmente forman artista y público; en lugar de elevar la noche a los altares, lastró la magnífica actuación de los noruegos y un Einar Solberg que saltó al escenario, pese a la enfermedad y la fiebre, dispuesto a defender el cancionero, quizá sabedor de lo que se los quiere en España pero más seguramente por pura profesionalidad, esa misma que le hizo alcanzar las notas más altas con aparente facilidad y sin problema (excepto en el estribillo de “The Price”, en el cual bajó el tono, pequeñeces aparte), mientras un público boceras y maleducado como pocos lograba sacar del concierto con su constante murmullo y charla, al otro sector de la sala en canciones tan delicadas como “Observe The Train” o “Distant Bells”, en esa estúpida posición en la cual de la mitad de la sala hacia atrás, hubo varios enfrentamientos y amenazas con salir a la calle y ridículos “eso no me lo dices a la cara que yo también he pagado mi entrada”, que me encontraba intentando disfrutar de un inicio repleto de emoción con “Below”, entre aquellos que fueron a charlar y joder las actuaciones de The Ocean y Leprous, y esos otros -que también es para darlos de comer aparte- acuden a una sala como es la Shôko Madrid, creyendo que asisten a La Scala de Milán y exigen un silencio obsesivo, casi sepulcral, o se molestan por el resplandor de los móviles a su alrededor porque los que estuvimos en el concierto de Leprous en Madrid tenemos que entender a unos y a otros bichos, sonreír e intentar concentrarnos mínimamente en lo que sucede en el escenario.

Yendo a lo formal, Leprous llegaron y convencieron, tampoco era difícil con semejante repertorio y entrega, visto lo visto en el Download de Madrid y anteriores visitas parecía algo evidente, tras “Below” y las primeras filas plenamente entregadas, mostrando a una banda sólida y funcionando como un reloj, llegaba el momento de “I Lose Hope” que sonaba mucho más urgente en directo que en estudio, introduciéndonos poco a poco en el concierto y quizá una de las pocas veces en la que las guitarras de Tor y Robin sonaron más claras, uno de los puntos negativos del concierto, a mi gusto, es que durante toda la noche tuve la sensación de que a Leprous le faltó volumen y más cuerpo en las guitarras, no en las canciones de “Pitfalls” ya que la emoción de “Alleviate” y las inflexiones de Einar no se apoyan precisamente en ellas (como tampoco ocurre en “Distant Bells”), sino en esas canciones en las que son necesarias; el crescendo de “The Flood” o “From The Flame”, por ejemplo, mientras me dio la sensación -en contraste con algunos de sus conciertos anteriores- que tanto Leprous como Einar y su voz, cada vez se encuentran más cómodos en esas canciones minimalistas que componen “Pitfalls”. Con todo, “From The Flame” sonó verdaderamente fantástica, igual que la celebrada “The Price”, quizá porque veníamos de la carga de profundidad que sigue siendo “The Cloak”, quizá porque el estallido del entrecortado riff del single de “The Congregation” llegaba tras "Observe The Train" o "Alleviate", auténticas joyas de su último álbum pero momentos de innegable calma que una parte del público de Madrid parecía no estar dispuesto a escuchar, ni dejar tampoco al resto.

Es por eso que “Stuck” de “Malina” fue tan celebrada en una recta final en la que Leprous decidieron volver a pisar el freno y acudir a su último álbum con “Distant Bells” o una interpretación épica de “The Sky Is Red”, quizá no la mejor canción de “Pitfalls” por la sensación que transmite de probar varias direcciones y acabar diluida en sus trece minutos, quizá porque lo que muchos esperaban era continuar la senda marcada por “The Cloak”, “The Price” o “Stuck” pero que evidencia una única verdad y es que las nuevas canciones funcionan a la perfección en directo, en su unión con las de discos anteriores y más que entrar en el infantil debate de cuáles son mejores y defenestrar la belleza de “Pitfalls”, lo cierto es que unas y otras forman un irreal y fantástico repertorio a la altura de muy pocas bandas actuales, pena que el público no estuviese a la altura de ellas y del esfuerzo de Einar, una auténtica pena pero así fue y así se lo he contado…

© 2019 James Tonic
LEPROUS on 2019 tour pic by 
© 2019 @moodcrawlmornin/ @simonekarnstein⁣



Crítica: Angel Witch “Angel Of Light"

“Hola, soy yo, me estaba preguntando si después de todos estos años te gustaría que quedásemos…” Pocas críticas leerás de “Angel Of Light”, de los míticos Angel Witch, que comiencen con estos versos de Adele pero es que, en este reencuentro con los ingleses, hay mucho de ese morbo por el que quedar con una antigua pareja y querer reavivar lo imposible o, simplemente, reafirmarse y contemplar el paso del tiempo y cómo la ha tratado la vida para convencerse a uno mismo o, siendo aún peor persona, alegrarse. Eso mismo que ocurre con bandas como Diamond Head o, más claro aún, el ejemplo que nos ocupa porque pretender escuchar “Angel Of Light” y querer que el tiempo no haya pasado, sintiendo lo mismo que cuando pinchamos su primer álbum, es toda una elucubración carente de sentido; porque ni ellos, ni nosotros, somos los mismos. El tiempo ha pasado para ambas partes y, en efecto, este álbum no es "Angel Witch" (1980) o "Screamin' n' Bleedin'" (1985) pero sí uno lo suficientemente digno, escrito y grabado con tanto cariño para que soporte repetidas escuchas sin que lamentemos que de la banda de Kevin Heybourne tan sólo ya quede él pero, sin embargo, sigan sonando clásicos y atemporales, en lo que ha sido un auténtico espectáculo de vodevil con tantas entradas como salidas en un constante abrir y cerrar de puertas, a veces doloroso, a veces absurdo con un tardío “As Above, So Below” (2012) correctito tras un "Frontal Assault" (1986) que no aguantaba las comparaciones y Angel Witch, en pleno siglo XXI, elevados, por derecho propio, a la categoría de banda de culto.

¿Merece la pena “Angel Of Light”? En mi opinión sí y mucho. No se trata de que Heybourne haya firmado una obra maestra, ni se lo pidamos a él, ni a muchos otros artistas que alguna vez conmovieron nuestro mundo, cada vez que se les ocurra publicar, pero como me ocurrió con “Cruel Magic” de Satan (siendo este claramente superior), “Angel Of Light” es un álbum que entra bien y produce placer al oyente familiarizado con los sonidos más clásicos y en el que quizá, lo único que puedo tener en contra o acusar a Heybourne es de una excesiva querencia por el azúcar, abandonando el clásico sello NWoBHM para que las nuevas canciones entronquen con una suerte de hard rock repetitivo en el que, aunque todo está bien cocinado y guarda parte de la mística de la banda, pero uno siente que podría haber dado mucho más de sí. Mientras que hay piezas, como la inicial “Don’t Turn Your Back”, que son todo un chapuzón al pasado y rememoran una época gloriosa, de mano de las guitarras de Heybourne y Jimmy Martin, hay otras canciones menos memorables y que abusan de esa repetición (tal es el caso de “We Are Damned” que me parece una gran canción pero a la que le sobran dos minutos, al menos, o la trotona “Death of Andromeda” y “Night Is Calling” que intenta despegar en más de una ocasión y termina perdiendo irremediablemente altura, más cercana al doom o al hard rock pesadote de los setenta).

No es una crítica negativa, “Angel Of Light” suena fantástico de la mano de James Atkinson en la producción y, a veces, evoca una época ya pasada con cierta elegancia, además de incluir canciones como “Condemned” o “Window Of Despair” en la que la banda de Heybourne demuestra que poseen un gran arsenal de riffs dispuestos a ser disparados a la mínima de cambio, además de una especial habilidad para la melodía (los versos de “Condemned”), lo que parece todo un homenaje a Sabbath en “I Am Infamy" y que suena todo lo bien que se espera de Angel Witch sin que caiga en la caricatura o el plagio, llevándola a su propio terreno, y un final tan inglés como “Angel Of Light” en la que no sólo rinden homenaje a la banda de Iommi sino a Diamond Head o los Saxon más clásicos e incluso a Maiden en su riff principal, pero a Heybourne no le habría venido nada mal quizá una mayor precisión a la hora de marcar la hoja de ruta de un sonoro regreso como el de Angel Witch y hacer de este “Angel Of Light” algo verdaderamente sobresaliente, más allá de la nostalgia, del acudir prestos a la cita por lo que fueron y lo que nos recuerdan, como esas parejas olvidadas por el tiempo que mencionaba al principio y que, de vez en cuando, vuelven a llamar a nuestra puerta para hacernos víctimas del remordimiento. Con todo, sigue siendo un placer escuchar música con tan buen gusto y brillantemente ejecutada, aunque le haya faltado un puntito para alcanzar la excelencia a la que nos acostumbraron.


© 2019 Lord Of Metal
pic by © 2019 Ester Segarra

Crónica: Mayhem (Madrid) 10.11.2019

Volver a ver a Mayhem en apenas dos años es todo un lujo a pesar de aquellos que se quejan de la mayor presencia de los noruegos en los escenarios, del pequeñísimo espacio en el que volvieron a actuar y del deficiente sonido con el que arrancaron el domingo por la noche en Madrid. Y es que hay algunos que, como ya relaté en mi crónica de su último concierto en la capital, parece ser que siguen sin ver con buenos ojos que Mayhem sigan en activo y, mucho menos, que atraviesen el buen momento de popularidad que están viviendo. No seré yo el que se queje presumiendo de semejante estupidez, más aún cuando han firmado un álbum como “Daemon” que es quizá lo más digno de su carrera, con permiso de obras anteriores. Sin embargo, la noche, a pesar de la eterna sensación histórica que acompaña a cualquier aparición de la banda, me dejó un sentimiento agridulce. Si “Daemon” parece beneficiarse de esa mayor cohesión en la banda, a fuerza de actuar una y otra vez durante años, es esa eterna gira la que parece hacer que la banda se resienta en directo, dándome la sensación en todo momento de que Mayhem ponían la directa y esa sensación de peligro, de imprevisibilidad, se había perdido a favor de una profesionalidad y un repertorio ensayado con milimétrica precisión. Y es que basta con comprobarlo para entender que Mayhem interpretan exactamente el mismo, una noche tras otra, sin margen al error, pero tampoco a la espontaneidad o la sorpresa. 

Crítica: Nile "Vile Nilotic Rites"

Reformar una banda como Nile a estas alturas de la película, cuando un músico como Dallas Toler-Wade ha abandona el barco, puede ser muy arriesgado, pero no hay que olvidar que el único capitán de esta nave es Karl Sanders y, por tanto, todo está bajo control en un proyecto en el que las principales señas de identidad se mantienen; a saber, la caótica pero técnica guitarra de Sanders, además de su fascinación por Egipto, y esa máquina de ocho brazos que sigue siendo George Kollias. Al dúo se han sumado Brad Parris (Serpents Whisper) y Brian Kingsland (Enthean), dos músicos que aportan savia nueva a la banda, además de un grandísimo nivel instrumental, pero que se mantienen fieles a lo que significa una institución como Nile. Pero, con todo, albergo un sentimiento extraño acerca de "Vile Nilotic Rites"(2019) y lo que significa la adición de estos músicos para Sanders. Hace un año y medio, aproximadamente, tuve la inmensa suerte de compartir unos minutos con él, le pregunté por el nuevo álbum de Nile, si pensaba continuar su carrera solista (en la onda de "Saurian Meditation" de 2004 y "Saurian Exorcisms" de 2009) y, por supuesto (siendo tan fetichista como soy), le pedí por favor que me firmase clásicos incontestables como "In Their Darkened Shrines"(2002) y "Annihilation of the Wicked"(2005), cual fue mi horror cuando el propio Sanders se los pasó a Parris y Kingsland para que estampasen su firma allá donde nunca habían tocado, pero también entendí -en ese acto de educación por su parte- lo que significan para él (ya que es el propio Sanders el que asegura que esta es la formación con la que está más satisfecho de toda su carrera) y lo poco (espero que se me entienda) que también significan para la carrera de Nile en su totalidad cuando hay que entender que esto es el proyecto de Sanders y Toler-Wade, Kollias o los recientes Parris y Kingsland son meros invitados de lujo a ese mundo filoegipcio de Sanders al que este les deja entrar y aportar su talento pero dentro de unos férreos criterios estéticos por los cuales un disco de Nile, esté quien esté, seguirá siendo un disco de Nile, mientras Karl Sanders viva.

"Vile Nilotic Rites" (2019), por suerte, es el mismo álbum de Nile de siempre, pero con una producción más actual lo que exacerba el escaparate a la técnica de los músicos y abandona ese sentimiento más arcano de títulos anteriores; por supuesto, todas las obras de la banda están a una grandísima altura y la producción no deja nada que desear (quizá "At the Gate of Sethu" de 2012, sea el único que no encaja en su producción regular) pero "Vile Nilotic Rites" suena aún más malvado y visceral, más denso y profundo que anteriores; escuchándolo tienes la sensación de necesitar mucho más tiempo que en anteriores obras, para desentrañar sus secretos. "Long Shadows of Dread" abusa de la rapidez que Kollias imprime al caos reinante de las guitarras y es precisamente en las bajadas de tempo, cuando los riffs de Nile se vuelven más farragosos y lentos -como una enorme serpiente- cuando el álbum gana enteros (y entronca con aquellos momentos más pesados de sus clásicos), pero no seré yo el que se queje de la rapidez, más cuando las guitarras solean y arpegian en competición con Kollias o se sacan de la manga una barbaridad como "The Oxford Handbook of Savage Genocidal Warfare", demostrando que Nile es un banda de death metal técnico que sigue mirando al futuro, con un gran presente, lejos de la nostalgia de otros compañeros de promoción que están actualmente envueltos en giras de aniversario o despedida.

Esa bajada de revoluciones que sufre la composición "Vile Nilotic Rites" es la que demuestra que Nile, lejos de los acelerones, son todavía capaces de crear densidad y conservar toda la brutalidad, me encanta el trabajo en las guitarras y el groove que derrocha Kollias, lejos de la habitual pirotecnia en sus parches. La ambientación tan lograda de "Seven Horns of War" es básica para la introducción y el grito de inicio, antes de sumergirnos en otra robusta composición que, sin embargo, parece hacer de hilo conductor a "That Which Is Forbidden" y la entrada al auténtico corazón egipcio de "Vile Nilotic Rites". "Snake Pit Mating Frenzy" son dos minutos salvajes, así como repiquetea a un ritmo endiablado antes de la étnica "Thus Sayeth the Parasites of the Mind" o la cinemática "Where Is the Wrathful Sky" en la que Nile parecen disfrutar creando paisajes sobre los que lanzarse en picado a golpe de brutal technical death metal en un final quizá demasiado largo, "The Imperishable Stars Are Sickened" me parece genial pero exige un esfuerzo y "We Are Cursed" no es digna de este álbum y tampoco de la leyenda de Nile, entre las dos suman quince minutos.

"Vile Nilotic Rites" es un album estupendo que muestra de nuevo ilusión en una banda mítica, con unos juegos vocales memorables (Parris recuerda el tono de Toler-Wade pero un poco más elevado) y que gustará a todos los seguidores de Nile que no buscamos otro "Those Whom the Gods Detest"(2009) -quizá el último álbum sobresaliente de la banda- y sí el reencuentro con Karl Sanders y su particular mundo en el cual siempre parece desatarse la ira de vetustos dioses egipcios sobre todos nosotros.

© 2019 Lord Of Metal

Crítica: Steel Panther “Heavy Metal Rules”

Del cielo al infierno o eso es lo que siento cuando echo la vista atrás y veo que en los últimos meses de este año se han publicado algunos de los mejores discos de esta década y termino escuchando “Heavy Metal Rules” de Steel Panther. Una banda que, olvidándome de todo lo que he podido largar de ella, hay que tener claro que es una parodia y gustará tanto o tan poco como resistencia tenga el oyente o, mucho peor, infantiles sentido del humor para escuchar una y otra vez canciones sobre pollas, coños y todo tipo de chistes casposos a medio camino entre la parodia y lo cutre. Seguramente, todo aquel que me haya leído a lo largo de los últimos nueve años pensará que cada vez que he escuchado a la banda de Michael Starr, he estado continuamente santiguándome o albergará dudas acerca de mi pacato sentido del humor, curtido en el mejor de los internados religiosos, pero no, nada de eso. Steel Panther, como creo que ya aseguraba en la crítica de "Lower the Bar" (2017), no me escandalizan, es simplemente que creo que el chiste ha dejado de tener gracia y llegados a este “Heavy Metal Rules” es aún más sencillo explicar mi teoría; Starr, Satchel, Foxx y Zadinia han alargado demasiado la broma y, reconociéndoles su modesto talento, su carrera ha ido perdiendo tanta gracia y frescura como inspiración. No estamos hablando de los Beatles o de Rush, tampoco de Mötley Crüe (más quisieran) o los criticados Poison, claro que no, pero “Feel The Steel” (2009) sigue siendo su mejor disco, “Balls Out” (2011) y “All You Can Eat” (2014) dignas continuaciones en las que, a pesar de ser tan intrascendentes como pueriles, Steel Panther seguían siendo capaces de componer algunos riffs y estribillos pegajosos, pero el bajón sufrido en aquel último, se confirmó en "Lower the Bar" (2017) y siguen en caída libre con “Heavy Metal Rules” en el que los chistes siguen siendo los mismos y producen en lógico desgaste y pérdida de toda sorpresa (no hay mucho más que sacar de algo que ellos reducen únicamente en meter) y la música, la inspiración, parece haberse perdido por el camino, dando la sensación de que Steel Panther están llegando al final del camino, la broma dejó de tener gracia y dejará de tener relevancia cuando Nikki Sixx deje de nombrarlos.

"All I Wanna Do Is Fuck (Myself Tonight)" se queda únicamente en el título, la canción es tan poco imaginativa como su adolescente estribillo, es verdad que Satchel sigue sonando estupendo y Steel Panther pueden presumir de ser una banda de versiones bastante solvente, suenan bien y la producción del propio Jay Ruston es acertada, a medio camino entre los ochenta más de plástico, el hair metal, Sunset Strip y un poco de barniz para, pese a todo ello, seguir sonando actuales pero la letra, la canción, es tan horrenda, tan auténticamente chorra y torpona que hace parecer a todo lo anterior una obra maestra. "Let's Get High Tonight" es predecible a más no poder, uno siente haberla escuchado un billón de veces y la balada "Always Gonna Be a Ho", con órgano Hammond incluido, es sencillamente ridícula. El álbum coge algo de cuerpo con “I'm Not Your Bitch” y Steel Panther parecen recuperar un poco de la inspiración de obras anteriores, pero es tan sólo otro espejismo y si se salva es por el trabajo de Satchel. “Fuck Everybody” es la autoparodia, basta escuchar el estribillo para ser testigos de que Steel Panther parecen tan secos que ni todo el lubricante del mundo sería capaz de engrasar sus neuronas, por lo que recurren a sí mismos en una de las canciones más horribles que puedan haber escrito y que, a pesar de ser una grabación en estudio, parece interpretada con apabullante desgana.

La segunda balada del disco, la propia “Heavy Metal Rules”, podría ser la mejor de toda la colección; no por el piano sino porque a Starr se le siente mucho más natural y, aunque la cabra tire al monte, por lo menos no muestran el mismo perfil tan bajo de las anteriores. Pero todo da completamente igual en este álbum, “Sneaky Little Bitch", la penosa "Gods of Pussy" y el aburrimiento que es "I Ain't Buying What You're Selling" confirman que estamos, posiblemente, asistiendo a los últimos coletazos -nunca mejor dicho- de Steel Panther porque no hay chiste tan bueno que aguante diez años contándose en cada canción, ni público con un mínimo de inteligencia que lo aguante…

© 2019 Conde Draco


Crítica: Alcest "Spiritual Instinct"

Este año que ya comienza a despedirse, nos está dejando algunos de los mejores discos de la década, algunos de los más sonoros regresos discográficos y la constatación de la maduración de artistas que firmaron grandes obras y ahora ya no hacen lo propio con grandes momentos sino con grandes carreras. Tal es el caso de Alcest, uno de los nombres más brillantes del panorama actual, llamados a trascender (si es que no lo han hecho ya) y quizá una de las propuestas más puras y sensibles en cuanto a las intenciones de su principal compositor y creador (sin querer desmerecer, en ningún momento a Winterhalter) y su relación con las musas. “Kodama” supuso un reencuentro personal, un álbum en el que no sólo Neige parecía redimirse de “Shelter” (2014) sino algo más íntimo para el que escribe en esa mágica relación que, a veces, parece mantener el autor con su público en ese solitario ejercicio de escucha diaria, cuando uno hace las canciones suyas y convive con ellas, exorcizando sentimientos enquistados, cerrando emocionalmente círculos afectivos o lamiéndose las heridas a golpe de versos y estribillos. Y para eso, Alcest son únicos, “Kodama” se situaba como su mejor obra, con permiso de "Souvenirs d'un autre monde" (2007) y "Écailles de lune" (2010), un álbum en el que el tributo a Miyazaki y el influjo japonés reinante a lo largo de todas sus canciones era tan mágico como espectral, nocturno y violento pero también sosegado y denso en esa lucha que relataba entre lo natural y lo humano, entre lo humano y lo espectral. “Natural Instinct”, por el contrario, es más claro, desde su portada y herencia propia de Aubrey Bearsley, la música de Alcest parece haber sufrido una pequeña vuelta de tuerca en la que Neige regresa a las guitarras más directas pero también más hirientes, “Les jardins de minuit”, como en “Kodama” pero sin la evocación espectral, blackgaze modenista, que podríamos decir, por aquello de la influencia del diecinueve en su arte pero también por la claridad de líneas; por su capacidad para invocar tempestades a golpe de blast beats y pintar a brochazos de pura emoción y sentimentalismo con una guitarra que quiere jugar con el trémolo clásico del black pero cuyo brazo derecho es incapaz y traza rasgados arcos más propios del noise. Nadie dijo que fuese fácil parir un nuevo subgénero.

Y quizá sea eso lo que diferencia a Alcest del resto de imitadores que quieren participar en una partida de shoegaze sobre el escenario y son incapaces de llevar al directo lo grabado en el estudio, Neige -por el contrario- enlaza de manera magistral con “Protection” y te deja sin aliento, todo suena natural, lejos del artificio; perfectamente construida en su repetición, la estructura es predecible pero está tan sabiamente hilvanada entre sus diferentes partes que sólo existe la posibilidad de rendirse y cabecear, balancearse a su ritmo y abandonarse a sus notas al aire cuando Neige entona las estrofas, justo antes de acelerarse y llevarnos a “Sapphire” en la que Alcest juegan con el groove y una guitarra por la que Marr habría matado, poesía atrapada de nuevo en esas notas en las que la voz de Neige parece imbricarse con el crunch de la guitarra hasta volver a ese ritmo hipnótico o abrirnos en canal en “L’Île Des Morts” hasta desangrarnos y servir nuestro corazón en una bandeja de plata.

Como muchos de los grandes discos de esta última recta del año, a “Spiritual Instinct” hay que darle su tiempo pero no para que entre o nos hagamos a unas canciones que no necesitan presentación o calentamiento previo, sino para disfrutarlo en su justa medida y entender que "Le miroir" es un lamento romántico de fin de siglo en el que las guitarras se solapan y adquieren una belleza propia de la New Age pero sin caer en horterada alguna o traicionar el nombre de Alcest, para aceptar que la épica de “Spiritual Instinct”, la pieza homónima final, sitúa estas seis canciones en lo más alto de la carrera de los franceses y que Neige, posiblemente, esté componiendo y grabando alguna de la música más bonita que escuchemos jamás, que si en “Kodama” aprendió a sangrar a golpe de humanidad, en este álbum vuelve a elevarse y nosotros volvemos a ser meros mortales. No debería existir ninguna crítica o ensayo sobre este álbum, no estamos a la altura para juzgar tanta belleza...


© 2019 James Tonic

Crítica: Leprous "Pitfalls"

Me ocurre pocas veces, muy pocas, y siempre doy fe de ello en esta web a través de mis críticas, pero hay momentos, fugaces ellos, en los que siento placer escuchando un nuevo álbum. Lejos de pincharlos y adentrarme en sus surcos con afán de escribir y defenestrarlos o encumbrarlos, hay discos que, desde su primera escucha, entran tan bien que producen placer. Sin embargo, “Pitfalls” es un disco que engaña en esa primera escucha y es que acudimos a él pensando que vamos a encontrarnos todos los ingredientes de los noruegos y estos son administrados con cuentagotas por lo que una escucha apresurada, somera, y sin prestarle la atención que necesita hará que pensemos que se han equivocado, que la predominancia de teclados y sintetizadores, les han hecho crear un disco sin cuerpo o que desdibuja el élan vital de la banda, nada de eso. “Pitfalls”, producido por el propio Solberg y David Castillo es un disco valiente pero también de fortísimo calado emocional y quizá el más elegante que hayan publicado Leprous; no se trata de que graben de nuevo "Tall Poppy Syndrome" (2009) o "Bilateral" (2011), sino de que Leprous sigan creciendo, aunque no sea hacia arriba sino en diferentes direcciones. No deja de resultar irónico que se les etiquete como una banda de progresivo, los seguidores presuman de escuchar progresivo, y todo el mundo se lleve las manos a la cabeza cuando una de estas bandas decide romper y grabar algo diferente. No quiero siquiera imaginarme a todos estos ridículos ‘proggies’ de manual, universidad privada, tabaquito de liar y parche de “Animals” en el bolsito, lo mucho que habrían sufrido en los setenta u ochenta.

Tras los adelantos que supusieron "Below", "Alleviate" y "Distant Bells", “Pitfalls” es un disco para escuchar en su conjunto; “Below” es un magnífico single que sirve para entrar en este mundo y escuchar a Einar cantar “Every single fear I’m hiding, every little childhood memory, I bury…” justo antes de la explosión sentimental que supone su estribillo es asistir al primer contacto con esos arreglos de cuerda perfectamente integrados en el tempo de Kolstad; hay toques orientales y un cambio de compás, derrochando tal elegancia que cuesta no enamorarse de ella a la primera escucha. Pero “Pitfalls” nos guarda sorpresas, “I Lose Hope” orbita entre la música disco pedorra, entre Jake Shears y la electrónica de Reznor, pero con tal elegancia que cuando la voz de Solberg se eleva líricamente, más cerca que nunca del lamento de Yorke y Buckley (o Bellamy, antes de sucumbir a lo fatuo), cuesta no haberse abandonado a semejantes aguas de calidez. ¿El mejor single de “Pitfalls”? Posiblemente, quizá no tan accesible como “Below” pero igualmente grande y adictivo.

La comparación con Yorke no es gratuita, que levante la mano el que no ha sentido estar escuchando el inicio de “No Surprises” con “Observe The Train” y, sin embargo, Leprous están tejiendo una bonita red en la que atraparnos en “Pitfalls”, tan etérea y delicada, tan soberbia en su minimalismo y tan obsesiva en su estribillo que cuando Solberg se queda a solas en las estrofas, nos encontramos frente a frente con uno de los mejores intérpretes actuales de su generación. Las guitarras de Suhrke y Ognedal regresan brevemente en “By My Throne”, quizá otro de los momentos cumbres de “Pitfalls” (y van ya unos cuantos…) hasta esa preciosidad que es "Alleviate". ¿De verdad no hay un solo fan del progresivo o de Leprous que no sea capaz de apreciar una canción así? Cinco canciones de nueve que ya han ido directas a la línea de flotación de cualquier alma.

Es verdad que “Pitfalls” hunde sus dientes en sentimientos de melancolía, tristeza o desapasionamiento y desesperación, pero también hay esperanza, "At The Bottom”, con Solberg sobrevolando hasta uno de los estribillos más fáciles del álbum (y fácil no siempre es sinónimo de poco trabajado) en una de esas canciones que a los seguidores más fáciles (ahora sí) de Leprous les gustará por cuanto recuerda a lo grabado antes de “Malina” y “Pitfalls”, como también ocurre con “Foreigner” y de nuevo el despertar de las seis cuerdas. Momentos más introspectivos, “Distant Bells”, pero igualmente deliciosos y un final (“The Sky Is Red”), quizá un poco difuso en su desarrollo, pero cuyas sacudidas a lo largo de sus once minutos son suficientes como para recorrer nuestro cuerpo como una corriente, mientras Solberg parece multiplicarse en varias capas y registros.

Si escuchas música en el metro y estás a otras cosas, mientras trabajas, a través del móvil y estás haciéndote la cena, “Pitfalls” no es tu disco; requiere de tiempo y atención, es un álbum que te pide un poco de cariño y momentos para los dos, pero ofrece tanto por tan poco que la experiencia se torna tan agradable y, al mismo tiempo, tan refrescante que resulta imposible no volver a él. Tan mágico y sensible que hiere oírlo sin escucharlo…

© 2019 James Tonic



Crítica: Mayhem "Daemon"

Que la publicación de “Daemon” es posiblemente el evento discográfico del año en el mundo del metal extremo, parece que es algo que no necesita explicación; ni tampoco pueda sonar a exageración si tenemos en cuenta que de ello tiene gran culpa la infame historia de Mayhem, aquellos que se han convertido en banda seminal de un subgénero bastardo y firmado un álbum (por favor, no entremos en debates terminológicos a causa de su duración) como “De Mysteriis Dom Sathanas” (1994) con una formación irrepetible por muchos motivos de sobra conocidos y que quizá ya no deberían tener cabida en ninguna crítica a “Daemon” (ni siquiera ya para situar al lector en su contexto) a causa de la sobreexplotación sufrida; no sólo por la película de Åkerlund sino por miles de aficionados “de quita y pon” a lo largo y ancho del mundo que parecen más interesados en todo lo que rodea a la música y hoy visten una camiseta de la banda de Oslo para reafirmar su maldad adolescente y mañana están a otra cosa.
 
Lo cierto es que, volviendo al lanzamiento que nos ocupa, no esperaba gran cosa de Mayhem a estas alturas y seguramente no sea por ninguno de los motivos que el lector pueda imaginar. Adoro a la banda y su producción, los he disfrutado ya en varias ocasiones en directo e incluso he podido llegar a charlar con Necrobutcher y el afable Attila en los dos últimos años (lo suficiente como para que el húngaro se acuerde de mí, además de haberlo visto con Tormentor o Sunn O))), entre otras ocasiones). No, mi desgana y poca esperanza con “Daemon” no eran fruto del descreimiento o la fingida actitud esnob de aquellos “trves” que odian los directos actuales de Mayhem porque se supone que suenan siempre mal y luego orgasman con Sarpsborg y Jessheim. No, mi desconfianza se debía a varios motivos, fundamentalmente a que tras la vuelta de Attila, únicamente “Ordo Ad Chao” (2004) me parecía estar a la altura, que “Esoteric Warfare” (2014) tenía grandes momentos pero otros en los que el álbum parecía d y con él a nosotros; soy contrario a la tontería de muchos seguidores y sí que creo que Maniac, en el estudio, hizo grandes cosas, tanto “Grand Declaration of War” (2000) como “Chimera” (2004) son dos discos que disfruto mucho, quizá gran culpa de ello son las guitarras de Blasphemer y aquella orientación nueva de Mayhem hacia un estilo más técnico y de temática social.
 
A ese “Esoteric Warfare” (que me parece un buen disco, que nadie quiera leer entre líneas) hay que sumarle el exceso de colaboraciones de Attila Csihar, cinco largos años para volver a publicar y mi fe depositada en Teloch como guitarrista pero también la tibieza del álbum de Nidingr con "The High Heat Licks Against Heaven" (2017) que me gustó pero me decepcionó en cierta manera, además -por qué no decirlo- una gira de homenaje a “De Mysteriis Dom Sathanas” que nos permitió a todos escuchar en directo aquel álbum histórico de principio a fin, pero cuya duración se me ha hecho excesiva y creí ver en ella la evidencia de la poca creatividad y cierta anarquía en el ritmo de trabajo en estudio. Por tanto, ¿qué esperar de “Daemon”? Los adelantos me gustaron, me sorprendieron por lo directo de ellos, pero preferí esperar al álbum. ¿Cuántas veces hemos hecho boca con un disco que parecía prometer más de lo que ha terminado ofreciendo?
 
“Daemon” es un disco bien estructurado, desde la inicial “The Dying False King” y su hábil manejo del cambio de tempo, que además sirve como bienvenida a todos los seguidores de nueva hornada pero también aquellos que llevamos años en las trincheras, hasta “Invoke the Oath”, en un álbum en el que, paradójicamente al caos de su propia historia y propuesta, todo parece pensado a la milésima en un álbum equilibrado y sin minutos sobrantes; diez canciones, si no contamos los extras de su edición especial,  que con “Invoke the Oath” como cierre, Mayhem -por increíble que parezca- han firmado su mejor obra hasta la fecha (excluyendo, por razones obvias, al legendario “De Mysteriis Dom Sathanas”).
 
Y es que mientras aquel era frío y sombrío, cubierto por el tiempo y el polvo, “Daemon” quema y tan solo “Malum” recordará a la fugacidad de “Funeral Fog” mientras que canciones como “Agenda Ignis” abrasan desde su primera escucha. Necrobutcher suena fantástico, gracias a la ayuda de Teloch en el estudio, y Hellhammer sigue siendo uno de los mejores baterías de aquella hornada, desatando toda su furia contra los parches. Las guitarras de Ghul y Teloch tienen cuerpo y un tono magnífico mientras Attila, por fin, suena como debería haber sonado en todos los discos de Mayhem; siempre he creído que su voz estaba demasiado baja en la mezcla de los discos anteriores y que sus clásicas inflexiones entre los gañidos más tortuosos y los recitados operísticos se perdían en demasiadas ocasiones, en “Daemon”, por suerte, alguien ha tenido la misma sensación de un servidor y lo han solventado.
 
“Agenda Ignis” es una gran canción porque juega con diferentes partes y las articula de manera natural, hay diferentes pasajes llenos de emoción mientras en otros nos calcinarán con toda la rabia del estómago del infierno. Esa misma sensación que logran en “Bad Blood” cuando las guitarras de Ghul y Teloch parecen seguir al bajo en su frecuencia, con una afinación más grave de la habitual en Mayhem, para segundos después subir, como por arte de magia, y sin perder ni un ápice del encanto del black, soltarnos una llamarada en toda la cara. “Falsified and Hated” fue uno de los adelantos que pudimos escuchar y su urgencia nace desde los primeros compases de la canción, Attila vomita la letra mientras Hellhammer es el que marca el latido y Ghul y Teloch se intercambian las labores en el riff y su trémolo; las guitarras quizá nunca hayan sido tan trabajadas en Mayhem (con el permiso y respeto debidos a Blasphemer).
 
Es en “Worthless Abominations Destroyed” en la que Attila demuestra su versatilidad como vocalista y reivindica su figura, alternando entre su habitual tono chirriante, la cavernosa profundidad de una gruta al averno y el rimbombante sonido operístico de sus sermones, inflamando una canción ya de por si agresiva. “Daemon Spawn” es de verdad el alumbramiento de un ser del inframundo o así se siente desde el inicial lamento y la percusión tras él, una canción más pausada, antes de volver a la antigua Noruega con “Of Worms and Ruins” (que también sirvió para promocionar “Daemon”) o la mencionada “Invoke the Oath” que sirve como cierre tribal a un disco que, lejos de la historia más sangrienta y cualquier caricatura del movimiento, encierra más maldad en sus surcos que muchos de los grandes títulos de la época.
 
Sinceramente, no me esperaba un álbum como “Daemon” de Mayhem y tanta ha sido la sorpresa que poco me importa lo que hagan en el futuro. Desconozco si “Daemon” es el canto de cisne de la banda, si nunca más volverán a publicar material con semejante calidad o, por el contrario, este se beneficia de la estabilidad actual y lo que nos espera son unos años de bonanza creativa y buen gusto, pero es uno de los discos del año, sin ningún lugar a dudas.

© 2019 Lord Of Metal



Crítica: Alter Bridge "Walk The Sky"

Si en “The Last Hero” aseguraba que Alter Bridge quizá deberían descansar entre ciclo y ciclo de álbum y gira, no malgastando su talento en discos en solitario u otros proyectos, con “Walk The Sky” se confirma ese agotamiento en un álbum que suena bien y en el que las canciones poseen una elegante pátina en el estudio, pero en el que pocas cosas parecen funcionar a excepción del genio natural de Myles y Tremonti. Recuerdo que hace unos años, una enfadadísima lectora me aseguraba que si Myles, Tremonti y otros miles de artistas no podían arriesgar era por críticas como esta misma. ¿Cómo explicarle a esa lectora que innovar no siempre es sinónimo de progreso? Qué el progreso mal entendido puede llevar a callejones sin salida y que, en esto de la música, progresar no es introducir elementos electrónicos, teclados o efectos que, en la mayoría de los casos, se incorporaron a canciones con mayor acierto hace cuarenta años. Que introducir un slide en un disco acústico, no es honrar la memoria del Delta; que usar un delay no te convierte en The Edge o Johnny Marr, que el uso de los teclados no hará que seas Richard Wright, que por mucho que uses una guitarra de siete u ocho cuerdas y bajes la afinación hasta parecer una señal sísmica no vas a ser Fredrik Thordendal y los pedales de modulación, popularmente hablando, murieron el día que, por desgracia, Morello pisó uno de ellos para no levantar el pie en las siguientes dos décadas. Todos son ejemplos válidos para dilucidar por dónde van los tiros en esta crítica, porque Alter Bridge no sucumben tontamente en exceso a ninguno de los casos anteriores, pero Tremonti nos hablaba de innovación y cambios en un álbum en el que el mayor giro de cintura es la incapacidad de Alter Bridge para haber escrito una canción que llegue a la altura de las de "Fortress" (2013) o, en su defecto, "Blackbird" (2007) y, sin embargo, incorporan nuevos elementos que poco o nada aportan al resultado final, perdiendo lo directo y la frescura de su propuesta, convirtiéndose quizá en el álbum más flojito de los de Orlando tras un título como “The Last Hero” (2016) en el que los defectos ya comenzaban a despuntar pero engalanaron sus canciones con músculo y unos singles que resultaban bombásticos en su envoltorio, por lo que engañaron a muchos.

Para Thomas Ligotti, la mayor conspiración contra la raza humana es la negación de la procreación, para mí es la ausencia de memoria por parte de una generación que nunca digerirá que Alter Bridge son una bada post-grunge (jódete con el término) que tuvo muchísimo éxito hormonando el sonido de moda de los noventa (cuando ya estaba agonizando, todo hay que decirlo) junto a Scott Stapp (memorable aquel episodio de Celebrity Deathmatch en el que Eddie Vedder le arrancaba las cuerdas vocales a Stapp tras el robo de estas) y que, en su degeneración y posterior abuso de estupefacientes, además del fin de ciclo tras "Human Clay" (1999), tan sólo aguantaron el envite del bajón de ventas con "Weathered" (2001) para regresar tres años más tarde con el debut de Alter Bridge, "One Day Remains" (2004), y un nuevo vocalista llamado Myles Kennedy. Un disco que, honestamente, se cisca en toda la discografía anterior -para qué negarlo- al que le siguió el magnífico “Blackbird” (2007) y la primera oportunidad de servidor de verlos sobre un escenario europeo. Y digo todo esto porque tras quince años de carrera, todavía hay algunos que quieren situar a Alter Bridge allá donde no les corresponde, incapaces de aceptar lo que son, intentando hacer creer al resto que son mucho más, cuando no. Todo por la ausencia de la memoria, esa que creen solventar a golpe de Wikipedia...

“Walk The Sky” adolece de todo lo anterior; hay momentos insulsos en los que Alter Bridge se empeñan en brutalizar su propuesta, restándole la magia construida al crescendo de un single como “Take The Crown”, arruinando la sensibilidad en la guitarra y la destilada por la voz de Kennedy, para volver a la melodía inicial en su magnífico estribillo, dejando aisladas esas estrofas y puentes metidos con calzador. Ejemplo de ellos es la apertura con “One Life” y el estruendo de “Wouldn’t You Rather”. La capacidad para conmover sobre capas de robustas guitarras parece haberse perdido y tan sólo brillar en momentos puntuales, “In The Deep”, de la mano de un Myles Kennedy al que el constante girar parece haberle sacado de su zona de confort, para bien; su tono ya no es heredero de Richie Kotzen, hay algo más de nasalidad, más aristas, más filo y de ello se aprovechan las canciones de “Walk The Sky” en una instrumentación que sonando alta y brillante, si eliminásemos de la mezcla la voz de Kennedy, nos quedaría una base genérica y aburrida por momentos.

Los experimentos con gaseosa; “Godspeed” tira de dramatismo en los teclados y el sintetizador pero los derroteros por los que nos llevan son caminos comunes y cuatro minutos son muchos para que mantengamos la atención en una canción en la que no pasa nada, como “Native Son” en la que Alter Bridge se empeñan en sonar tan contundentes que da la sensación de que no tiene nada que ver la voz de Kennedy con la propia banda o, mucho peor, “Indoctrination” a la que ni todo el subidón de tono es capaz de salvar. Pero hay más, mucho más, “The Bitter End” y un estribillo insípido o la lentísima “Pay No Mind”, que se me hace francamente eterna. Alter Bridge se aferran a la construcción del mismo esquema, “Forever Falling”, en lo parece un disco conformado por descartes y canciones de relleno en el que ni siquiera el orden parece el adecuado y composiciones menores conviven con otras que podrían haber dado muchísimo más de sí, como “Walking The Sky” en la que Tremonti parece perdido en el uso de diferentes recursos o “Clear Horizon” -que podría haber funcionado a las mil maravillas con menos producción y pistas de voces, además de un uso menos efectista de la guitarra- hasta la absoluta tontada que es “Tear Us Apart” en la que parecen una banda de universidad propia de la banda sonora de una comedia para encefalogramas planos como es “American Pie” junto a Michelle Branch y más morralla de la época, o más y más relleno con “Dying Light” y la manía de publicar discos excesivamente largos con canciones extensas (una media de cuatro minutos cuando no hay gran cosa que decir, me parece demasiado) y una carrera que, creativamente, corre el riesgo de estancarse si no rescatan a las musas que les abandonaron tras “Fortress”. Me da pena porque tengo cariño a Alter Bridge, pero este disco lo publica otra banda, con otro nombre, y ni siquiera lo escucho más de una vez…


© 2019 Conde Draco
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