El regreso de LAMB OF GOD.

Todo lo que podíamos esperar de los de Virginia y nada más, tras la partida de CHRIS ADLER.

TRIVIUM y las malas lenguas...

Cuando falla la dirección y la composición, el sonido y un Alex Bent en estado de gracia no son suficientes...

"The Act" de THE DEVIL WEARS PRADA:

Desarreglos químicos en el estado del ánimo o cómo grabar un álbum tan desigual como atractivo....

BLUT AUS NORD o el puto color que cayó del cielo...

Los franceses regresan al black y graban un álbum tan alucinógeno, como de otro mundo.

"Walk The Sky" de ALTER BRIDGE; cuando innovar no siempre significa progreso.

En riesgo de estancarse si no rescatan a la musas que les abandonaron tras "Fortress"...

BARONESS: "Gold And Grey"

Y la importancia de la contención en el minutaje y una producción que hubiese dejado apreciar las canciones tras su criba.

"The Valley" de WHITECHAPEL.

Consigue agarrarte por los huevos pero también encogerte el corazón, todo un logro...

Crítica: The Acacia Strain "Slow Decay"

No suele ocurrir a menudo que una banda firme su mejor trabajo dieciocho años después de haber debutado y no precisamente porque The Acacia Strain no hayan firmado discos notables a lo largo y ancho de su carrera sino porque lo han logrado sin moverse un ápice de sus convicciones y su sonido, tras un momento en el que la banda parecía haber perdido fuelle (entre 2012 y 2017). “It Comes In Waves” (2019) fue su resurrección tras el tibio “Gravebloom” (2017), “Coma Witch” (2014) y “Death Is The Only Mortal” (2012), trabajos que disfruto pero a los que me cuesta regresar tras escuchar la triada que sigue a “The Dead Walk” (2006) y siempre había considerado a un gran nivel. Por tanto, ¿quién podría esperar que Vincent Bennett sería capaz de reconducir la carrera de la banda y su mezcla de death con metalcore (en mayor proporción de lo primero, por suerte).

 

De esta forma, comienza la contundente “Feed A Pigeon Breed A Rat”, en la que parece que Devin y Tom van a hacer despegar sus guitarras y Bennet aparece reconvertido en un auténtico monstruo, con una voz rotísima en una canción repleta de dramatismo, a la que le sienta maravillosamente bien. “Crippling Poison” es puramente de Acacia Strain, sonando por los cuatro costados y esa forma que tienen de arrinconarte, una vez el tren ya se ha puesto en marcha. En “Seeing God” colabora Aaron Heard (no será el único invitado, en “The Lucid Dream” hace lo propio Jess Nyx, Zah Hatfield en "I breathed in the smoke deeply it tasted like death and I smiled" y Courtney LaPlante en "One Thousand Painful Stings". “Seeing God” es el mejor ejemplo del gusto de la banda por los contrastes en el tempo de sus composiciones y en cómo Kevin Boutot se convierte en el auténtico motor y guía de The Acacia Strain.

 

Abren la herida sónica aún más en “Solace and Serenity” en la que son claves Devin y Tom por esa forma hiriente de hacer que sus guitarras sirvan para crear atmósfera y en “The Lucid Dream” recuperan músculo, sudor y sangre a base de testosterona y el magnífico contraste del juego de voces, mientras que la farragosa "I breathed in the smoke deeply it tasted like death and I smiled" prefieren apostar por el asfixiante ritmo de Kevin y “Crossgates” se convierte en la introducción de “Inverted Person” en la que presumen de dinámicas y la sensación de estar sonando la base rítmica al revés, o un acercamiento al metal más machacón de “Chhinnamasta”. La voz de Courtey Laplante logra que “One Thousand Painful Stings” suene refrescante y The Acacia Strain se lancen la galope y jueguen a engañarnos entre momentos de pesadez más doom y otros más ligeros en “Birds of Paradise, Birds of Prey” y una de las mejores composiciones de “Slow Decay”, “EARTH WILL BECOME DEATH”, quizá una de las más accesibles y una de las mejores y más vibrantes formas de concluir el disco, dejándote con ganas de más.

 

Desconozco si Vincent Bennett y la banda continuarán en estado de gracia en la continuación de “Slow Decay” y firmarán una triada a la altura de sus primeros años, pero todo parece apuntar a que seguirán firmes en su estilo y apostando por el trabajo de composición, como está ocurriendo. Tan robusto, como brillante, ideal para estas largas tardes de verano, cerveza en mano, mientras seguimos a la espera de poder ver a las bandas de nuevo sobre las tablas…


© 2020 Lord Of Metal

 

Crítica: Imperial Triumphant "Alphaville"

Para todos aquellos para los que supone un auténtico trauma el que una banda underground fiche por un sello multinacional, tan sólo decirles dos cosas en esa historia de cuento de hadas, tan vieja como el hilo negro; el que una banda fiche por un sello gigante tan sólo les asegura una distribución de la que discográficas más humildes carecen y por ello, seguramente, haya llegado “Alphaville” a tus oídos, no seamos hipócritas, y dos; el fichaje de Imperial Triumphant por la todopoderosa Century Media sólo ha confirmado que si hay talento y ganas, como es el caso que nos ocupa, no tiene por qué traducirse en algo negativo. En el caso de Imperial Triumphant, era cuestión de tiempo que pusiesen sus ojos sobre ellos (o, mejor dicho; sus oídos) para contratarles y que aquellos que pergeñaron "Vile Luxury" (2018) encontrasen acomodo en un sello como Century Media, casa de cientos de leyendas y otros muchos artistas. 

 

Ahorrándome el comentario sobre su estética y centrándonos exclusivamente en lo musical, Imperial Triumphant no han querido abrir otra brecha sino continuar la abierta en “Vile Luxury” y volver más complejas las estructuras y esquemas de sus composiciones; mezclando sin rubor alguno jazz atonal con el black de sus comienzos y, por supuesto, un death metal técnico a la altura de muy pocos. ¿El resultado? Un disco tan bizarro y excesivo o más que “Vile Luxury”, como si mezclásemos a Charles Mingus y John Coltrane con Deathspell Omega o Gorguts y el metal más sincopado y caótico. Producido por Trey Spruance y Colin Marston, sin embargo, “Aplhaville” suena natural y orgánico por cómo se fusionan los diferentes instrumentos y el resultado en el estudio; uno tiene la sensación de estar escuchando una actuación en directo, completamente pulida y nítida, pero natural, ni siquiera han “matado” el ambiente del estudio.

 

“Rotted Futures” es, básicamente, la continuación de “Vile Luxury”, la guitarra de Zachary Ezrin resuena caótica, mientras Steve Blanco y Kenny Grohowski parecen jugar con una base repleta de fusión en la que todo encaja y la disonancia propia de, por ejemplo, Portal se asienta sobre los teclados de Blanco y lo crujiente del tono de la guitarra de Ezrin; si complicado resultado explicarlo, lo es aún más para aquellos no iniciados y tardará en calar en todos esos que lo escuchen sin entenderlo, sin darle su tiempo y espacio, escuchando sus canciones mientras limpian, hacen la comida o juegan a la consola porque, amigos míos, el disco de Imperial Triumphant no permite la entrada al oyente casual, sino a aquel experimentado y con ganas de dedicarle tiempo para extraerle todo su jugo. “Excelsior” me parece una locura, puros fuegos artificiales por cómo Ezrin toma las riendas de la composición con su guitarra y como Grohowski se atropella o Blanco se sincopa jugando a ser Jaco Pastorius, justo para darle el tiempo necesario a Ezrin para que estalle por Gorguts. 

 


"City Swine" y la presencia de Tomas Haake de Messhugah no deja de ser algo anecdótico en un álbum como “Alphaville” en el que la densidad de la negrura se mezcla con el dorado de la noche de esa portada del siempre genial Zbigniew Bielak y el toque jazzístico, completamente desestructurado, de la canción. El comienzo de “Atomic Age” es tan optimista como engañoso porque el staccato de Ezrin lo rompe de manera abrupta e interrumpida, hasta el emputecimiento definitivo de una canción que parece, literalmente, centrifugar a un aquelarre de brujas y añadir más y más caos a un álbum en el que no había, precisamente, poco. Igual que el comienzo plenamente jazzístico de "Transmission to Mercury" y su violenta convulsión al death de Deathspell Omega y el ahora pérfido orgasmo de una versión oscura del "The Great Gig In The Sky" que nos conduce a la propia “Alphaville” en la que parecemos ser conectados a una máquina eléctrica y Ezrin pone a prueba nuestra paciencia con sus disonantes guitarras, hasta “The Greater God” y su toque, más propio de una banda sonora que de un álbum de metal de vanguardia, con un final repleto de sintetizadores y Grohowski demostrando sus dotes tras los parches.

 

Para concluir, la versión de “Experiment” de Voivod, que les sienta como anillo al dedo, y “Happy Home”, de The Residents, dándonos pistas de algunas de sus influencias y demostrando que ambas canciones, de bandas tan dispares, no han sido escogidas por casualidad sino de manera plenamente meditada. Si algo ha traído esta horrible pandemia es que, por casualidad o no, se están publicando algunos de los mejores y más valientes discos de los últimos años. Será verdad que el talento es probado por la desdicha y, por lo menos, esa es nuestra suerte como oyentes...


© 2020 Blogofenia

 

Crítica: Gaerea "Limbo"

Si escribo que "Unsettling Whispers" (2018) fue uno de los grandes lanzamientos de aquel año y toda una sorpresa, a muchos les pillará con el paso cambiado, así como si aseguro que Portugal nos ha ganado la partida a sus vecinos, en cuestión de metal y en pocos años, que los lusos tienen mejor gusto para esto del metal extremo y, para colmo, saben conservar todo el misticismo de géneros tan underground, además de trascender sus propias fronteras, crear expectación y ganarse a pulso un hueco en el complicado panorama internacional. Si te produce Miguel Tereso (Primal Attack), ilustra tu portada el gran Eliran Kantor y recibes el favor de la crítica y el público, tras un discazo como el mencionado "Unsettling Whispers", nadie puede guardar duda alguna; estamos antes uno de los mejores discos de metal de un año nada usual que nos está deparando grandes sorpresas, como aseguraba mi compañero en su crítica del último álbum de Haken (aunque quizá no sea tan sorprendente que los ingleses graben una obra de arte tras otra) pero quizá, lo que sorprende de Gaerea es la solidez de su propuesta frente, lo que más me duele aceptar, la repetición del cliché en su imagen. No es que contemplar a unos músicos disfrazados como shinobis infernales me impacte demasiado, si no todo lo contrario; aceptar que vivimos unos tiempos en los que los grandes músicos necesitan tapar su cara para quizá llamar la atención y revalorizar su producto. En esto, por desgracia, Gaerea no son especialmente originales, pero sí en lo que importa; la recreación de texturas emocionales y melancólicas entre cañonazos de un black metal de tan alto octanaje que, cuando uno lo hace sonar en su equipo, es capaz de borrar de un plumazo el último trabajo de Behemoth (mal ejemplo, lo sé, pero los portugueses recuerdan en la rotundidad a los polacos, mucho antes de que Nergal pasase más tiempo como influencer que como músico).

 

Los acordes tan abiertos de “To Ain” crean un ambiente malsano desde el primer segundo de “Limbo”, una canción de once minutos que evoluciona en una melodía sencilla pero efectiva y, cuando los blasts aparecen, todo bebe del negro más absoluto. Además, los últimos minutos son un auténtico torbellino y la voz entra con más grano que nunca, pero ya se empieza a atisbar esa melancolía, ese gusto por la tristeza y la ensoñación, a pesar de la velocidad y la mala leche. Esa que también aparece presente en “Null”, con un tono más pesado, más machacón, más cafre en sus vocales, pero con un puente verdaderamente magistral que hace entroncar a Gaerea con el post-black. “Glare” es puro black metal, cargado de mala baba, igual que “Conspiranoia” en la que es la percusión la auténtica protagonista y la verdadera maestría de Gaerea reside en su capacidad para convertir una canción tan sencilla en una maravilla; me gusta la emocionalidad de la guitarra y la contundencia de la batería, cómo pintan con sentimientos a través de las cuerdas y el cambio de patrón rítmico, además de lo bronco de su melodía cuando entra la voz. “Urge” es una violenta carga al costado, mientras que Gaerea deciden cerrar con una larga y serpeante pieza de trece minutos que pasa en un santiamén gracias al buen oficio de los portugueses, trece minutos en los que nada parece dejado al azar sino fruto del trabajo compositivo, “Mare”, es el brillante broche de oro para uno de los mejores discos de black metal de este año.

Poco más que decir de un álbum que debido a su producción y a su ejecución, produce placer escucharlo; canciones rotundas y directas, repletas de matices y estados de ánimo, de luces y sombras perfectamente oscurecidas bajo el tórrido sol portugués. La próxima vez que un artista afirme perderse en los bosques para buscar la inspiración, amar el invierno y clamar a los dioses nórdicos, descojonaos de él; la inspiración y el buen gusto pueden florecer en cualquier lugar, el talento no tiene denominación de origen.


© 2020 Lord Of Metal

 

Crítica: Haken "Virus"

De nuevo, bajo el ‘artwork’ de Blacklake, Haken regresan con “Virus” bajo el brazo que, pese a que muchos crean que el título hace referencia al terrible momento que estamos viviendo, el álbum llevaba ya tiempo cociéndose en el estudio de grabación y, si se ha retrasado, los ingleses no han querido sacar tajada populista sino, simplemente, publicar tras varios retrasos. ¿Y qué nos encontramos en la continuación de “Vector” (2018)? Sin duda, la perfección de su sonido, de su propuesta; esa por la cual Haken son capaces de enganchar a los más exigentes, gracias a su pericia musical; a los amantes del prog y los sonidos más adultos, sin olvidar que Haken pueden actuar en festivales de metal, pero también a aquellos que se deleitan con la melodía pop, sin caer en lo más fácil, alejándose en “Virus” de ese toque djent del anterior. Es por eso que Haken, en mi modesta opinión, han grabado un disco infinitamente superior a “Vector” (2018) y “Affinity” (2016), rivalizando con “Visions” (2011) y “The Mountain“ (2013), un álbum de auténtica madurez creativa que nos muestra a una banda sin miedo a las comparaciones o las expectativas, sedientos de crecimiento y con ansias de trascender. Haken pueden haber grabado no sólo uno de sus mejores discos hasta la fecha sino otro de los grandes de este año tan desconcertante para todos, tan desastroso para la economía y subsistencia de muchos artistas, pero un auténtico vergel creativo para todos aquellos que deciden volcarse en el estudio y dar rienda suelta a sus musas. 

 

"Prosthetic" irrumpe con fuerza en su introducción, una descarga entrecortada por las guitarras de Hen y Griffiths, la batería de Ray, además de la sensación liberadora de Jennings, cuando entra su voz en limpio, lejos de la distorsión de las estrofas. Suena “Invasion” y recuerdan a todas las bandas de prog de los 2000, recuerdan a Leprous en la construcción de la melodía entre corcheas, en cómo Tejeida hilvana los espacios en blanco de Conner y Ray, me parece simplemente sublime. Igual que en “Carousel” no puedo evitar pensar en lo que podrían estar grabando actualmente Dream Theater si pudiesen librarse de su propio peso como banda, diez minutos y medio de energía (de nuevo, Conner y Ray se convierten en los huesos que sustentan, pero también el músculo que impulsa en esa pulsión tan propia de Justin Chancellor) y, cuando la canción toma velocidad, y las guitarras se afilan, uno no tiene otra cosa que hacer que quitarse el sombrero en ese clímax liberador de los últimos segundos de “Carousel” y su unión con “The Strain”, en la que Haken suenan tan bien, tan equilibrados entre la furia y la sensibilidad, la perfección técnica y la melodía, que cuesta entender que no hayan alcanzado el favor de un público más amplio. La melancólica “Canary Yellow” cierra la primera parte de “Virus” (también llamado, estilizado, “VIrus”, al ser el sexto álbum de la banda), ya que entre las inflexiones vocales de Jennings nos internamos en la suite, “Messiah Complex”.

Diecisiete minutos, divididos en partes más pequeñas, como “Ivory Tower”, que recuerda a los Opeth más nocturnos, o su trabajo anterior, “Vector”, en "A Glutton for Punishment", en la cual no tienen miedo a volar muy alto y llevarte con ellos de la mano, sobre las nubes, mientras Jennings sigue a una banda completamente desbocada, tanto que se agradece el toque de “Marigold”, que no es más que un puente hasta que vuelven a encabritarse por "A Glutton for Punishment" y abusan, en el mejor de los sentidos, del poder del riff en “The Sect” y una guitarra plenamente lúbrica, gruesa en medios, como es la de “Ectobius Rex”, además de suavizar el estribillo con los coros. Cerrando el disco con “Only Stars”, dándonos algo de respiro y sumergiéndonos en una bonita coda a cargo de Tejeida. 

 

¿Qué más puedo decir de “Virus”? Pues algo tan claro y tan sencillo como que, por discos como este, es por lo que amo la música. Por su capacidad de sorprender, de llevar lo ya grabado antes a su máxima expresión, sin más interés que hacer arte. He dicho…


© 2020 Jaime Tonic

 

Crítica: Ensiferum "Thalassic"

C­­omo si no tuviésemos bastante con la peste pirata de Alestorm y el que quizá es uno de los discos más penosos de este año de pandemia mundial, "Curse of the Crystal Coconut", los fineses Ensiferum, tras el fiasco de “Two Paths” (2017), han escogido reverdecer los laureles de su leyenda, cantando a los cuatro vientos, leyendas nórdicas acaecidas en la mar que, para ser honesto, funcionan a la perfección y no sólo se alejan de las historias marítimas de piratas de tercera, de adaptaciones baratas de los bonitos cuentos de Stevenson para futuros metaleros de festival patrio, cerveza caliente y parches rancios, sino que hacen entroncar la vieja tradición nórdica con aventuras en ultramar con las que logran, sin rubor alguno, grabar quizá su mejor álbum desde “From Afar” (2009). Grabado por Janne Joutsenniemi y Tero Kinnunen, además del ya mítico Jens Bogren, Ensiferum hacen encajar las piezas de su leyenda con un sonido pulcro y potente, en el que el folk no es el vehículo para el metal sino todo lo contrario; sobre la profunda base metal de la banda, se añaden toques de folk, instrumentaciones y arreglos que logran que el álbum roce el sobresaliente. No se trata de encajar con calzador un acordeón y unos violines, cantar a la cerveza a coro y poco más, en “Thalassic”, Ensiferum parecen haber encontrado la piedra filosofal de aquello que echábamos en falta en “Two Paths” pero también en "One Man Army" (2015) y "Unsung Heroes" (2012).

 


No me gustan las introducciones, pero “Seafarer's Dream” es un corte obligado para que entremos en el mundo nórdico de Ensiferum y nos adentremos en las frías aguas sobre las que descargarán sus llameantes flechas, arderán las naves y beberán ron. No se trata de vulgarizar la imaginería pirata (como es el caso de Alestorm y su empeño por convertirla en cuentos adolescentes), y “Rum, Women, Victory” lo demuestra a base de velocidad, Parviainen marca con fiereza supersónica el tempo, por unos compases nos recuerdan a Blind Guardian, hasta que entre la voz ronca y sentimos que nuestra nave llega a puerto en “Andromeda”.  Si la fórmula de Ensiferum resulta es porque hay calidad e inspiración y se siente en cada uno de los segundos de “Thalassic”, power afilado en “The Defence of the Sampo” y coros rimbombantes pero no ridículos, Montin lo borda en los arreglos y las guitarras de Lindroos y Hinkka cabalgan junto a nosotros, convertidas en espuma de mar. “Run from the Crushing Tide” imprime aún más velocidad, coros épicos al unísono, más y más arreglos, mientras Parviainen no ceja en su esfuerzo y LIndroos se torna aún más desgarrado, hasta el estribillo a doble bombo. Un poco de Amorphis en la mezcla de “For Sirens” pero de manera delicada, sin empachar o que parezca lo que no es y una vuelta de tuerca a la épica en la calmada “One with the Sea” o la plenamente folkie, “Midsummer Magic” y su trotón ritmo.

 

¿Que aleja a “Thalassic” de convertrise en el grandísimo álbum que estaba llamado a ser? Precisamente “One With The Sea”, “Midsummer Magic” y un broche como “Cold Northland (Väinämöinen Part III)” que, aunque no sea un horror, no pinta nada al final de “Thalassic” y hace flaca justicia al contenido anterior. Estoy convencido de que los grandes tiempos de Ensiferum ya fueron, de que jamás tendremos obras como "Ensiferum" (2001), "Iron" (2004) e incluso "Victory Songs" (2007) pero no podemos quejarnos si lo que los fineses nos guardan bajo la manga son discos como “Thalassic”, no es un regreso digno, es más que eso; un álbum notable que crece con cada escucha y la clara constatación de que no estaban muertos y, a veces -sólo a veces-, se trata de echarle un par de huevos y ganas. 


© 2020 Lord Of Metal

 

Crítica: Havok "V"

Vayamos por partes, "Conformicide" (2017) no me disgustó, ni me pareció un mal álbum pese a todos sus defectos, aunque lo considere un bajón notable respecto a "Unnatural Selection "(2013) y, mi favorito, "Time Is Up" (2011), por lo que mis expectativas con Havok estaban casi intactas. Por otra parte, la llegada de Brandon Bruce al bajo hace justicia al sonido de la banda y suena poderoso en “V”, además el trabajo de los propios Havok y Mark Lewis tras los mandos, logra que el álbum suene como un cohete, por no hablar de la portada; obra del genial Eliran Kantor que, quizá por deformación, me recuerda muchísimo al tipo de obras que, seguramente, Chuck Schuldiner (si hubiese seguido entre nosotros) habría escogido para alguna de sus nuevas obras, esas que nunca escucharemos. Por desgracia, es algo de lo que no podremos ser testigos pero, en el caso de que Metallica hubiesen fallecido en otoño del 86 en aquella fría carretera sueca o Mustaine hubiese sucumbido a sus adicciones, Havok nos habrían deleitado con lo que habrían grabado dos décadas después, sin necesidad de Delorean alguno. Y es que mi mayor problema con “V” es lo que es y podría haber sido; me estoy refiriendo a una banda que, en efecto, practican thrash pero poseen un nivel instrumental sobresaliente y, sin embargo, al revés que Warbringer, parecen haber saqueado, sin rubor alguno, las arcas de los de San Francisco, entre otros.

 

No es que la introducción de "Post-Truth Era" suene a “Blackened” o “Betrayed By Technology” sea puro Megadeth (como “Merchants Of Death”), sino la sinvergonzonería de no ocultar mejor sus huellas en la arena, de recurrir a referencias más oscuras del thrash, en lugar de clásicos que permanecen en la memoria de todos. Que “Fear Campaign” suene "Kill 'Em All" (1983) y puedas incluso cantar “Hit The Lights” sobre su riff principal o “Ritual Of Mind” un plagio descarado de “Eye Of The Beholder”. Pero, y espero que el lector esté de acuerdo; es muy diferente plagiar, además de fácil, y camuflarlo como homenaje, que sentarse y estrujarse los sesos. Pero es el momento que nos toca y el público de Havok está en una peligrosa veintena o primeros de sus treinta, una generación que consume discografías completas en un fin de semana y cuyo conocimiento se limita a lo que reza Wikipedia, como para que les pidas que te hablen de Coroner, Deathrow, Watchtower, Psyhoctic Waltz, Mekon Delta o muestren algo de sentido crítico con los riffs de su banda favorita.

 

Lo que más me duele es ser testigo del magnífico sonido y la buenísima ejecución. De escuchar piezas como las mencionadas, “Phantom Force” o “Panpsychism” y confirmar, no sin pena, que Havok poseen un potencial tan enorme como la oportunidad perdida, que “V” podría haber sido el disco que les aupase a lo más alto, que el bajo hace retumbar cualquier equipo de música y, a pesar de los robos, quizá sea su mejor trabajo desde "Time Is Up" (2011), que cerrar con la mencionada “Merchants Of Death” seguramente haga poner los ojos en blanco a Mustaine y “Don’t Do It”, a pesar de sus ocho minutazos de rigor, posee el sonido de “A Tout le Monde" y las líneas de bajo de Ellefson, para encabronarse y terminar con “In My Darkest Hour”, pero pasada de revoluciones. 


Me gustaría preguntarle a David Sánchez, su vocalista, si era necesario. A ese genio que es Reece Scruggs, guitarrista de Havok, si no podía haberse lucido sin sacar a relucir su amor por los clásicos del thrash y rompernos el cuello con sus propios riffs pero, mucho me temo, que Havok no cuenta con que haya seguidores que sí tengan memoria o hayan vivido la época dorada del thrash, y se conforman con descargas de testosterona de cuarenta y cinco minutos en minúsculas salas repletas de veinteañeros que, en el mejor de los casos, habrán escuchando “Reign In Blood” (1986) un par de veces y para los que “Hardwired... to Self-Destruct” (2016) es un disco tan digno como “St. Anger” (2003) posee ideas interesantes, ajenos al descaro de Havok y la escasez de ideas que no ayuda a un subgénero caduco que, paradójicamente, ha envejecido bastante mal en comparación con otros más extremos y menos ‘underground’. Una auténtica pena…


© 2020 Lord Of Metal

 

Crítica: Bell Witch/Aerial Ruin "Stygian Bough Volume I"

Porque el actual mundo del metal underground es el terreno ideal para que los artistas hagan lo que les venga en gana, he de admitir que he sentido auténtico placer escuchando "Stygian Bough Volume I". No tanto por la bonita y más que justificada unión entre Bell Witch y Erik Moggridge de Aerial Ruin, sino por la complicada maniobra de Dylan Desmond y Jesse Shreibman por desmarcarse del éxito relativo que supuso el impresionante “Mirror Reaper” y no querer repetirse, hasta tal punto que "Stygian Bough Volume I" es lo más diferente que han grabado hasta la fecha, algo digno de aplaudir; no tanto por la pirueta, como por el resultado y el deseo lícito de no querer alargar más el dolor, buscando repetir lo anterior. Pero también placer (¿por qué no admitirlo?) con la calma insana que destila la unión de Moggridge, Desmond y Shreibman y lo acertado de su asociación. Cualquiera que conozca a Panopticon estará familiarizado con Aerial Ruin, por supuesto, pero es la mezcla del fondo folk y la pesadez, rica en graves, de Bell Witch, lo que hacen de este experimento uno sobresaliente y abre una nueva vía para los de Seattle.

 

Diecinueve minutos (sí, has leído bien), es lo que dura “The Bastard Wind” pero te aseguro que pasan a gran velocidad, no por el compás sino por la riqueza de matices, lo orgánico de la unión de sus diferentes partes; el alivio de las acústicas, la pesadez del bajo de Desmond y la caída sobre los parches de Shreibman, los juegos corales y la extraña sensación de calidez de una tarde otoñal en la que todo parece estar pudriéndose de cara al invierno. Asfixiante pero a ratos, y siempre gloriosa en sus veinte minutos. Estructura que repetirán en “Heaven Torn Low I (The Passage)” y quizá el único punto negativo de un trabajo verdaderamente mágico, y es que de las cinco piezas que integran este "Stygian Bough Volume I", tres comienzan con el lamento acústico de Moggridge para desperezarse con la entrada de Bell Witch al completo, tan sólo "Heaven Torn Low II (The Toll)", si no consideramos esta y su primera parte como un todo, y “The Unbodied Air” arrancan con la pesada losa del doom más característico (teniendo en cuenta que esta última, también tiene su primera parte con “Prelude”), habiendo sido deseada algo de variedad en las composiciones resultantes de esta unión y no la deconstrucción de lo que en realidad son tres canciones de una media de veinte minutos y la extracción de “Heaven Torn Low I (The Passage)” y “Prelude”.

 

Por otra parte, es querer sacarle punta a un trabajo de altura; “Heaven Torn Low I (The Passage” es una sueva bruma acústica en su totalidad, Moggridge está soberbio y cuando entran Bell With en su segunda parte, "Heaven Torn Low II (The Toll)", caen de manera brutal, aplastando la delicadeza de Moggridge pero con la misma sensibilidad; igual que cuando uno contempla a un animal siendo devorado por otro, igualmente bello. Como “Prelude” no es más que la primera parte o la introducción de la hipnótica “The Unbodied Air” en la que, quizá por deformación, me recuerdan a los Earth de Dylan Carlson en su cadencia, acercándose Moggridge, Desmond y Shreibman a los terrenos del drone, de no ser por lo grave de sus frecuencias habituales.

 

Como afirmaba, líneas arriba, un trabajo cuya escucha produce placer, tres músicos en estado de gracia, con Randall Dunn tras los mandos, y una bellísima, pero inquietante portada de Adam Burke, no se puede pedir más. Ideal para escuchar en una puesta de sol, mientras admiras el lento descomponer de toda vida…


© 2020 Blogofenia

Crítica: Protest The Hero "Palimpsest"

Me gusta el concepto de palimpsesto como título del nuevo álbum de Protest The Hero porque no engañan a nadie y, sin embargo, sorprenden a todos por su capacidad para seguir creando melodías a golpe de calidad. Borrón y cuenta nueva, escribiendo sobre lo ya escrito, con marcas anteriores pero grabando un nuevo álbum que tiende un puente entre el pasado más puramente metalcore repleto de melodía y el metal progresivo de calidad; lo suficientemente virtuoso y técnico como para dejar en ridículo a otras bandas que no pueden parar de tomarse en serio a sí mismos, pero lo suficientemente abigarrado y sólido, tan musculado y prieto como para que ningún seguidor del metalcore eche en falta la inherente contundencia de este, Protest The Hero han grabado su mejor álbum desde “Fortress” (2008), superior a "Scurrilous" (2011) y "Volition" (2013), mezclando con maestría esos momentos de enaltecimiento épico con Rody Walker, como un diabólico y bastardo cruce entre Hansi Kürsch Cedric Bixler-Zavala para que Luke Hoskin  y Tim Millar sincopen sus guitarras unas vez nos han tirado al albero. 

 

Así suena “The Migrant Mother”, la carta de presentación de este “Palimpsest” que entra tan bien que sorprende el trabajo que hay detrás; suena potente, pensado (nunca pesado, no se trata de un error) y fresco a la vez. Me gusta la melodía y cómo la instrumentación produce la sensación de no dejar un solo segundo (ni siquiera de silencio) al azar, un puente con la guitarra en limpio y, de nuevo, a golpearnos melódicamente, pero son “The Canary” y “From The Sky” en las que los canadienses parecen concentrarse en la dirección del álbum y firmar algunos de los mejores segundos de un álbum que no baja la guardia, que no desmerece en ningún momento (tanto en el apartado musical, como en las letras). Once minutos, entre ambos singles, que acaban de manera solemne con Walker elevándose al cielo, en un tono verdaderamente alto, demostrando la suficiente versatilidad y amplitud de rango vocal en tan sólo las tres primeras canciones del álbum. 

 

Un interludio, “Harborside”, y a golpearnos con intensidad en “All Hands” y toda su virulencia o la violenta “The Fireside” en la que coquetean, por unos segundos, con unos compases de thrash, Protest The Hero juegan y salen ganadores en un álbum en el que lo que prima es la diversión y la apetencia como única limitación de unos músicos desbordantes que suenan como siempre en “Soliloquoy” y la exuberante “Reverie” con tintes de single; “My legend will grow as my story gives birth to a new generation of violent offenders who worship my memory, hyperbolize my splendor!” y su estribillo; “And as you grow in my supposed image”, para un final de verdadera altura con “Little Snakes”, “Gardenias” rozando el math y una última y melódica “Rivet” (quizá la que menos me guste del disco, quizá también por esa dupla, “Little Snakes” y “Gardenias”) en un álbum que no se olvida de la realidad que vivimos y cornea con precisión los problemas de migración, sexismo, colonialismo y el ya cuestionado sueño americano. ¿Algo más que añadir? Odio la expresión, pero Protest The Hero han grabado un álbum redondo, otro disco notable a añadir a su carrera y van…

 

© 2020 Blogofenia

Crítica: Esoctrilihum "Eternity of Shaog"

Siempre he sentido debilidad por esos proyectos unipersonales que suelen encerrar a personajes tan atípicos como fascinantes, esos denominados “one man band” (aprovecho para recomendar el magnífico documental “One Man Metal”), concepto que ha sido todo un vergel para el mundo del metal extremo. Un subgénero tan rico como jugoso y que bien es cierto que gracias a los avances tecnológicos de los últimos años, además de la vituperada red de redes que ha ejercido de distribuidora desinteresada, ha demostrado que si uno quiere, puede. Que toda esa chavalería que llora amargamente por no tener una banda, ahora mismo puede sentarse en su cama y parir obras tan interesantes, como valiosas, desde su propio dormitorio, sin que la luz llegue a tocar sus blancas y onanistas pieles. Así, de la misma forma que Jef Whitehead o Scott Connor (por citar a algunos de los más representativos y mis preferidos), el francés Asthâghul es quien se esconde detrás de Esoctrilihum y cinco discos que son de escucha obligada para los amantes del black. 

 

"Eternity of Shaog" es uno de los grandes discos de este años por muchos motivos; publicado con la discográfica italiana I, Voidhanger Records (a seguir muy de cerca, señores), Asthâghul abre con “Orthal”, directo a todos los corazones sedientos de negrura extrema; es una canción accesible pero no obvia, evita la facilidad con una sonoridad propia del francés pero atípica, su voz rabiosa entronca con lo más canónico del subgénero y uno cree entender que Esoctrilihum va a tirar por el mismo camino en los ocho minutos de “Exh-Enî Söph (1st Passage: Exiled from Sanity)”, craso error porque es a partir de esta en donde disfrutaremos del crisol de influencias y sonido de un tipo que parece no tener miedo a nada; como debería ser el puro y auténtico black, mal que le pese a muchos.

 

“Thritônh (2nd Passage: The Colour of Death)” entronca con el death y el black más bronco y cafre en lo que es la pieza más extensa del álbum, nueve minutos de acelerones, pero también de calma reflexiva y ensoñadora, capaz de llevarte a otros mundos y sacarte de tu cotidiana existencia. La disonante “Aylowenn Aela (3rd Passage: The Undying Citadel)” y sus desquiciantes violines rompen de nuevo la tónica del disco hasta la contemplativa "Shtg (4th Passage: Frozen Soul) " que es tan necesaria para el oyente como para Asthâghul que retomará el cauce en "Amenthlys (5th Passage: Through the Yth-Whtu Seal)", quizá la más tradicional en su tempo, si no fuese por su influjo oriental, y la solemne “Shayr-Thàs (6th Passage: Walk the Oracular Way)” tan elegiaca en su tono en una recta final formada por las ametralladoras de “Namhera (7th Passage: Blasphemy of Ephereàs)” y aquella que da nombre al álbum, “Eternity of Shaog (8th Passage: Grave of Agony)”, quizá la más noruega junto a “Orthal” y que recuerda a lo grabado en "The Telluric Ashes of the Ö Vrth Immemorial Gods" (2019) o ese final verdaderamente pútrido, como su título bien indica; “Monotony of a Putrid Life in the Eternal Nothingness” y cuya cinta parece haber sido acaudalada en los mismos sótanos que el “Born Again” (1983) de Black Sabbath.

 

No me cansaré de insistir pero por discos como este es por lo que sigo manteniendo la fe en el black metal y, pese a las camisetas de Inditex y las malditas y lánguidas instagramers y sus vinilos de colores flúor, me sigue pareciendo la cuna de la honestidad para muchos artistas. Sigamos de cerca de a Esoctrilihum y a Asthâghul, se lo merece tanto como nosotros necesitábamos su música.


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