Biohazard regresan después de trece años sin disco, y eso ya es algo que merece atención en el mundo del hardcore y el metal crossover. La banda de Brooklyn, formada en 1988 por Billy Graziadei y Evan Seinfeld, siempre ha sido conocida por esa mezcla cruda de punk, thrash y hardcore que definía los noventa. Alcanzaron la cima con álbumes como "Urban Discipline" (1992) y "State of the World Address" (1994), pero luego vinieron altibajos, cambios de formación y un parón que parecía definitivo tras "Reborn In Defiance" (2012). Ahora, con la alineación original de vuelta —Graziadei, Seinfeld, el guitarrista Bobby Hambel y el baterista Danny Schuler—, publican "Divided We Fall" (2025), su décimo larga duración cuando nadie podía esperarlo, pero para los que aún recordamos sus caóticos conciertos de hace tres décadas, es un intento decente de revivir la fórmula. La producción es directa, sin adornos, grabada con un sonido crudo que recuerda a sus mejores días, aunque se nota que estos tipos rondan los sesenta y no todo fluye con la misma rabia de antaño, ¿por qué no decirlo? Hay riffs pesados y voces dobles que gritan sobre injusticia y lucha, temas que Biohazard nunca han dejado atrás, pero, en general, se siente como un ejercicio de pura nostalgia y no una explosión fresca. Cumple con lo necesario, es agresivo, directo y apto para un mosh pit, pero no reinventa nada ni sorprende.
Arrancan con "Fuck The System" yendo al grano con un groove thrash que evoca los choques de hardcore y metal de los noventa, donde Graziadei y Seinfeld alternan gritos que suenan repleto de una rabia controlada, y Hambel escupe riffs que pegan en el pecho. No innovan, solo repite el manual de "Mata Leão" (1996) y, aunque la batería de Schuler mantiene un pulso constante, se te olvida rápido. "Forsaken" sigue la línea, con un riff masivo que mezcla punk y thrash, bramando sobre traición y venganza; es sólido en lo técnico, pero carece de ese estribillo que te hace querer repetir. "Eyes on Six" mantiene el ritmo, con un enfoque en la sección rítmica que suena auténtico y sin pulir en exceso, aunque los solos de guitarra de Hambel son predecibles y no levantan vuelo. Al igual que "Death of Me" arrastra un groove más lento y amenazante, casi como un breakdown de larga duración, con una letra de Seinfeld habla sobre la autodestrucción personal, pero el conjunto se estira sin llegar a un clímax memorable. "Word to the Wise" intenta un toque más reflexivo con cambios de tempo, pero las transiciones suenan forzadas y la producción tampoco ayuda a que destaque. "Fight to be Free" es otro himno de resistencia, con coros que invitan a cantar al unísono, aunque la melodía en las voces limpias de Graziadei suena sin fuerza. "War Inside Me" aumenta la velocidad, con blasts de batería de Schuler que recuerdan a un thrash old school, pero el riff principal es genérico y según la escuchas, la olvidas. "S.I.T.F.O.A." coquetea con un rollo rap-metal, un guiño a sus raíces, pero se queda en la anécdota. "Tear Down the Walls" es de las más directas, con un estribillo que podría funcionar en directo, aunque las guitarras de Hambel repiten patrones de "State of the World Address" sin variar mucho.
El broche con "I Will Overcome" busca ser un himno, pagando deudas a bandas como Hatebreed con su positividad combativa, y "Warriors" remata con un torbellino que promete caos en conciertos, pero ambas canciones se sienten más como un ejercicio, que algo genuino, como el resto del disco en el que todo encaja, pero ninguna se eleva por encima de lo esperado en un álbum que se escucha entero sin aburrir, pero tampoco deja huella. Y es que "Divided We Fall" (2025) es un retorno correctito de Biohazard, que, por lo menos, hacen lo que saben sin llegar a meter la pata, pero se queda en un aprobado raspado en un panorama donde el hardcore ha evolucionado más. Graziadei y Seinfeld suenan creíbles en su rabia callejera y Hambel y Schuler en forma, respetando su legado sin avergonzarlo. Hay energía en los riffs y las letras siguen hablando de unidad y lucha, pero falta esa chispa impredecible de sus mejores días; es como ver a viejos amigos que no han cambiado, lo cual es reconfortante pero tampoco emocionante. No decepciona del todo, pero tampoco justifica su grabación.
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