Crítica: Melvins “A Walk With Love & Death”

La gran mayor parte de las bandas suelen domesticarse con el paso del tiempo, sin embargo, Melvins parecen querer volverse más y más pesados, cáusticos y auténticos con cada disco. Quizá porque, a pesar de su relativa fama mundial (¿quién le iba a decir a Buzz que su banda estaría girando por todo el mundo y publicando discos a estas alturas de la película?), nunca accederán a un público masivo por el que tampoco sienten el mayor interés, quizá porque Kurt Cobain les mencionó junto a otras influencias en mil y una ocasiones y su nombre ha entrado a formar parte inevitable de ese panteón mitológico underground que junto a Black Flag, Mudhoney o Husker Dü fueron el caldo de cultivo perfecto a finales de los ochenta para una escena que tendría que eclosionar en los noventa, situando a Seattle en el punto de mira. Por todo o por nada, pero Melvins siguen entre nosotros y es hasta cierto punto reconfortante encontrarse casos como el suyo en el que no importan las ventas frente a una parroquia que te sigue allá donde vayas y quizá no llenes un estadio pero es que eso es algo que tampoco necesitas.

Recuerdo la caótica pero también frenética actuación de Melvins en el Hellfest de hace un par de años, a pesar de la lluvia el ambiente era asfixiante en un escenario como The Valley y recuerdo que minutos más tarde Buzz paseaba tranquilamente entre la gente, no pude evitar acercarme a él y compartir unos segundos con alguien a quien admiro y de quien tanto he escuchado. Por arte de magia y mientras el resto de personas parecían ajenas a lo que estaba sucediendo, tenía frente a mí a Dale Crover (Melvins pero también Nirvana), Buzz Osbourne y a Dylan Carlson (Earth), que también había dado un maravilloso concierto en el festival francés. Tres personas clave (entre otras muchas, claro está) para entender el fenómeno Seattle, el grunge, la música de los noventa; tres personas que formaron parte -quizá sin quererlo- del auge y caída de un chaval que se convertiría en el abanderado de una generación y terminaría abandonando este mundo demasiado pronto. Buzz, como muchos otros artistas, se mostraba cercano pero perdido en su galaxia, como si el sudoroso concierto -mezcla de stoner y sludge- que acababa de dar junto a Steven McDonald de Redd Kross hubiese sido tan casual y natural como el respirar.

Entender “A Walk with Love And Death” como un disco doble es pretender oírlo sin escucharlo y romper esa naturalidad de Melvins porque mientras que su primera cara, “Death”, es una mezcla de rock alternativo con ese punto dulzón que aporta la voz de Steven en algunos momentos frente a la esquizoide de Buzz, “Love” no puede ser entendido como una segunda cara sino como lo que realmente es; la banda sonora de la futura película del director Jesse Nieminen y seguramente, dentro de su rareza, tendrá algo más de sentido dentro del contexto de una escena y, por lo tanto, no debería ser criticado como parte de un álbum y a “A Walk with Love And Death”, en ningún caso, como uno doble que le haga perder puntos en su valoración general.

“Black Heath” es puramente hipnótica pero no demasiado pesada, la voz de Buzz sigue conservando ese puntito de inestabilidad y el riff nos hace entrar en una especie de trance con su repetición y quizá lo que más me gusta es esa transición con “Sober-delic (acid only)” que me hace sentir que estoy en un concierto y ambas canciones están unidas, como una especie de jam. "Euthanasia" regresa a ese sonido sludge con Buzz elevando levemente el tono, puede parecer una locura pero la melodía me recuerda muchísimo a “Birth Ritual” de Soundgarden y el sonido es puramente SubPop, como en "What's Wrong with You?" y ese yeyeísmo en el que claramente se nota la mano de Steven McDonald. “Edgar The Elephant” transmite esa sensación de ligera torpeza o pesadez y suena a Melvins por los cuatro costados al igual que “Flaming Creature” posee un fuerte sentimiento y una emoción que ninguna de las anteriores es capaz de transmitir o Buzz volverá a su clásico e inestable forma de cantar en “Chris Hammer” que transmitirá también a la guitarra en la atropellada “Cactus Party” o la asfixiante “Cardboa Negro”.

A partir de aquí, la música ambiental de ese proyecto cinematográfico en ciernes de Nieminen, la ambiental “Aim High”, la ruidosa “Queen Powder Party” (ese noise tan propio de Cobain), extractos como "Street Level St. Paul" o la lynchniana "The Hidden Joice" se alternan con marcianadas de divertidos títulos como “Chicken Butt” o “Eat Yourself Out”, la jazzy “Scooba” o experimentos como “Halfway To the Bakersfield Mall" o "Track Star", fragmentos que servirán para apoyar la imagen en la pantalla. Un segundo disco que debemos aceptar como un regalo, una curiosidad y nada más.

Con todo, la primera cara de “A Walk with Love And Death” es de lo mejorcito que Melvins han firmado en años en una formación que parece haber encontrado cierta estabilidad con el genial Steven McDonald. Un lujo preparado para el paladar de unos pocos pero un lujo, al fin y al cabo.


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