Crítica: Zakk Wylde "Book Of Shadows II"

Está claro que Zakk Wylde tiene querencia por lo acústico; tan sólo hace falta echarle un vistazo a sus escarceos dentro de su propia banda, Black Label Society, o los magníficos “Pride & Glory” (1994) y “Book Of Shadows” (1996) pero también los desiguales "The Song Remains Not the Same" (2011) y "Unblackened" (2013). Y de ahí que no sea extraño que tras girar presentando el sólido "Catacombs of the Black Vatican" (2014), Zakk quisiera grabar de nuevo un disco al estilo de aquellos de los noventa pero su mánager le aconsejó esperar un año y así celebrar el vigésimo aniversario de aquel que publicó en el 96 titulándolo igual, a modo de segunda parte y homenaje. A él le daba igual cómo llamar a la colección de canciones y, tras dos años de estar trabajando en ellas mientras giraba o sacaba un rato de sus obligaciones familiares, publica ahora “Book Of Shadows II” grabado en su estudio casero, ése al que él mismo llama “The Black Vatican”. A estás alturas, hablar de Zakk Wylde es hacerlo de un artista por derecho propio que, sin embargo, grabó aquellos discos acústicos al comienzo de su carrera, siendo el guitarrista de Ozzy Osbourne cuando entró a reemplazar al también genial Jake E. Lee y fue capaz de lograr lo que éste no pudo; que dejásemos de echar de menos a Randy Rhoads a la izquierda de Ozzy. Bien es cierto que con Zakk no existen los términos medios pero eso también es lo que le hace ser como es; cuando bebía (porque ahora debe permanecer sobrio a causa de sus problemas de salud del pasado), bebía como el que más, cuando quiere; lo hace como el que más (como a esos amigos para los que, caídos o no, siempre encuentra un momento; como Dimebag al que llama hermano u Ozzy al que considera como su padre) y cuando toca la guitarra es capaz de perderse en ese espiral con el que encargó pintar a un amigo su primera Les Paul y éste se equivocó creando, sin saberlo, uno de los diseños más icónicos de los últimos veinte años, el “bullseye”. A Zakk, como artista (y supongo que como persona) hay que quererle tal y como es; con esa personalidad excesiva y así le ocurre con el gran público; se le ama y se le odia a partes iguales, no hay término medio.

Sin embargo, lo que nos encontramos en este “Book Of Shadows II” es bastante diferente a lo que podríamos esperar de esa fortísima personalidad y señas de identidad que antes mencionaba. Es un álbum equilibrado, más que su predecesor, no hay grandes canciones pero todas encuentran su lugar y van creciendo poco a poco dentro de uno (por más usado que esté el tópico y odie utilizarlo; así es) y el único defecto que podríamos atribuirle es su duración, catorce canciones siempre me han parecido demasiadas para un álbum sencillo. Pocos solos y bien encajados dentro del contexto de cada una de las composiciones, sin estridencias, sin grandes dósis de efectos que enturbien esos míticos ascensos y descensos suyos por el mástil enganchado a la pentatónica como una ola eterna. Su voz ha mejorado (quizá también porque lo que siempre le ha ido mejor ha sido esa nasalidad sureña con un puntito roto que ahora es todo lo natural que se podría esperar de un hombre con su recorrido) y en las letras es en donde verdaderamente encontramos esa madurez ansiada por muchos artistas. La madurez, bien entendida, no es hablar de temas aburridos, no es relatar escenas familiares o tocar el amor desde el tedio más absoluto y revestirlo de respeto. La madurez en las letras se traduce en una mayor facilidad para describir los estados de ánimo y los sentimientos, para saber contar historias de una manera creíble o darle una nueva perspectiva y que todo aquel que escuche tus canciones las pueda entender y hacerlas parte suya. Hay artistas que escriben increíblemente bien con veinte años, otros con setenta, para otros es un don y para algunos nunca llega. Este es el momento de Zakk Wylde.

Un momento que para mí, personalmente, comenzó con “Mafia” (2005) en el cual encontramos brillantes ejemplo (como el sentido homenaje a Dimebag Darrell) y llega a su cúlmen en el estupendo “Order Of The Black” (2010) en el que hay canciones como “Darkest Days” o “Time Waits For No One” que, lejos de sus cordenadas habituales, le hacen entrar en un nuevo terreno pero, lógicamente, sería un error no señalar que si el primer “Book Of Shadows” (1996) era notable, “Pride & Glory” (1994) siempre será aquel con el que midamos a Wylde cuando apaga los amplificadores y baja de revoluciones.

Toques ocres para comenzar el álbum, de la mano de “Autumn Changes” y esos acordes que siempre nos llevarán, queramos o no, a “Black” de Pearl Jam. “Autumn Changes” se despereza de manera nostálgica con unos arreglos de cuerda sentimentales y un Hammond como colchón del rasgueo cansado de la acústica mientras que en “Tears of December” confirmaremos que lejos de Black Sabbath, Zakk tiene querencia no sólamente por el rock sureño sino también por el rock acústico, agreste e incluso el soul de bajo octanaje en una de las canciones más bonitas de la segunda entrega del “libro de las sombras”.

La lánguida “Lay Me Down” crece suavemente en el estribillo y en ella encontramos el primer solo eléctrico del disco en el que no hay lugar para desbocarse y Zakk respeta la canción. En “Lost Prayer” le notamos con la voz más caliente, se le siente más cómodo y bastante más entregado que en las anteriores y, claro, eso se nota en el resultado; en sus cuatro minutos y medio hay más emoción que en toda la primera mitad. Pero uno entiende que esa calma de la que hacía gala en las anteriores a “Lost Prayer” es algo buscado cuando encontramos cierto recogimiento en “Darkest Hour” y quizá el mejor solo de todo “Book Of Shadows II”.

Ese órgano que en “Autumn Changes” servía de base, en “The Levee” o “Eyes of Burden” será vital para entender el sonido del álbum que nos ocupa porque siempre estará presente; bien en la apertura de “Eyes of Burden” o en los más de cinco minutos de “The Levee” que parece la entrada de una ceremonia. “Forgotten Memory” es una de las más inspiradas, es sencillamente redonda con un estribillo bonito y una melodía tan melancólica como pegadiza.

“Yesterday's Tears” podría haber sido parte de “Order Of The Black” (2010), siendo una de las cimas también del álbum mientras que “Harbors of Pity” o “Useless Apologies” son una nueva perespectiva de ese Zakk que es capaz de sentarse a solas con su acústica y sonar más íntimo que ningún otro guitarrista pirotécnico. “Sorrowed Regrets” es otra de esas canciones en las que sentiremos que hay trabajo de composición, que no se ha sentado en el estudio a que las cosas surjan sino que las canciones han tenido su proceso de creación y están trabajadas.

O “Sleeping Dogs” (con la ayuda de Corey Taylor en los coros) que es el adelanto que todos pudimos escuchar y es, paradójicamente, la que más presencia de arreglos eléctricos posee, lejos del tono general del álbum mientras que la bonita “The King” sirve como cierre entre arreglos de cuerda y ese Hammond que la dotará de todo el sentimentalismo del que es capaz, sin una sola guitarra, sin bajo y sin batería, tan sólo la voz de Zakk. Uno de sus mejores álbumes; el más adulto y trabajado, el más serio y reflexivo, el más íntimo en sus letras y que nos confirma que tras las calaveras, los tocados indios y los eternos y saturadísimos solos de guitarra, reside el alma de un auténtico músico capaz de sentarse al piano, rasgar su acústica y abrirse.


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