Crónica: BEAT (Madrid) 27.06.2026


Y, por fin, el Jardín Botánico se convirtió en un laboratorio de sonido en directo, una de esas veladas que justifican por sí solas la existencia del mismo festival. Bajo un cielo que parecía conspirar con la música, BEAT (ese cuarteto formado por Adrian Belew, Tony Levin, Steve Vai y Danny Carey, quizá la formación de mayor calidad técnica que pise esta edición) desplegó un recital que no se limitaba a homenajear el repertorio de King Crimson de los años ochenta, sino que lo reinventaba con una urgencia y una maestría que pocas veces se ven reunidas en un mismo escenario. No era un tributo nostálgico: era una conversación entre titanes que, lejos de congelar el pasado y pese al golpe de calor sufrido por Adrian, lo hacían respirar con nuevos pulmones. Este, con su voz inconfundiblemente quebrada y su guitarra, Levin con su Chapman Stick, Vai desatando tormentas y Carey anclando todo con su precisión habitual y saliéndose de su registro habitual. El público, ¿qué decir del público? ¡No puedes escribir una crónica y atacar al público, no eres profesional! ¿Por qué no puedo? El público de este festival es y será una vergüenza, a excepción de aquellos que compraron entrada plenamente entregados a BEAT, se conjuró una platea de invitados cuyo único plan de viernes debe ser un festival al aire libre y para los que Fripp no significa absolutamente nada y hasta empiezo a sospechar que la propia organización financie o invite a funcionarios del propio campus de la universidad porque pocas veces he visto a gente tan poco interesada, dispar y gañana en un concierto de altura. Pandillas sacadas de un video de Pantomima Full y Estrella Galicia de espaldas al concierto, prensa que no conoce a King Crimson más que de pasada y chavales con camisetas de Tool o puretas con camisetas de Pink Floyd soportando estoicamente entre esa purrela.


Centrándonos en el concierto, antes de que alguno se vea reflejado, este se dividió en dos bloques principales que recorrieron con pulso firme los tres discos emblemáticos de aquella formación crimsoniana: Discipline (1981), Beat (1982) y Three of a Perfect Pair (1984), aunque se colara “Red” como homenaje a Frip y Bruford. Arrancaron con “Neurotica”, un torbellino de texturas donde las guitarras de Belew y Vai se entrelazaban como serpientes en un ritual, mientras el bajo de Levin marcaba su pulso y Carey trabajaba ritmos que parecían dialogar con la percusión gamelán original pero con un peso adicional, casi tribal. Le siguió la icónica “Neal and Jack and Me”, un ejercicio de polirritmia donde la banda demostró su capacidad para mantener la complejidad sin perder ni un ápice de groove; aquí Vai se permitió algunos destellos más rockeros que contrastaban con la contención elegante de Belew, que no pararía de pedir perdón por su bajo rendimiento ante el bajón de calor que sufrió. “Heartbeat” trajo calidez melódica, con Levin brillando en el Stick y una sección rítmica que parecía flotar sobre el césped del jardín. Mientras “Sartori in Tangier” fue puro exotismo controlado, con las guitarras creando capas que evocaban paisajes desérticos y urbanos a la vez, “Model Man” y “Dig Me” mantuvieron la tensión, la primera con un aire casi pop-prog que Belew cantó con esa vulnerabilidad tan suya, la segunda más industrial y cortante. “Man With an Open Heart” permitió un respiro lírico antes de que “Industry” desatara uno de los momentos más intensos de la noche: las guitarras se volvieron máquinas, el bajo retumbaba en el pecho y Carey elevó la batería a un nivel de precisión feroz. Cerraron la primera parte con “Larks’ Tongues in Aspic (Part III)”, una pieza épica que demostró que esta música sigue siendo vanguardia cuarenta años después.


Tras un breve interludio, el segundo set elevó aún más la apuesta. “Waiting Man” abrió con Carey demostrando con facilidad cómo lleva el ritmo en su sangre y la delicadeza para luego explotar en polifonía guitarrística. “The Sheltering Sky” fue hipnótica, con Levin y Carey creando un paisaje sonoro vasto y etéreo. “Sleepless” inyectó urgencia post-punk con el lucimiento de Levin y su bajo retumbando en el pecho de todo (¿no resulta increíble que Tony tenga la edad que tiene y se mantenga a tan altísimo nivel? Me sigue pareciendo un portento), mientras “Frame by Frame” permitió a las dos guitarras lucirse en un duelo de precisión milimétrica. “Matte Kudasai” ofreció uno de los momentos más emotivos, con Belew cantando como si cada palabra le doliera aún, y Vai añadiendo texturas sutiles que enriquecían sin robar protagonismo. “Elephant Talk” fue puro divertimento y energía, con el público más cercano a las primeras filas coreando el famoso “elephant talk” y la banda claramente disfrutando. “Three of a Perfect Pair” e “Indiscipline” cerraron el bloque principal con fuerza arrolladora: la primera con su estructura asimétrica perfecta, la segunda con un solo de batería de Carey que dejó al auditorio boquiabierto. Los bises fueron letales: “Red”, con ese riff eterno que sonó más pesado y visceral que nunca gracias al ataque de Vai y la potencia de Carey, y “Thela Hun Ginjeet”, que despidió la noche entre aplausos y sonrisas de incredulidad. Cada canción fue diseccionada, ampliada y devuelta al público con un brillo distinto, sin caer en la mera imitación, demostrando que BEAT son un animal vivo.

Levin, Belew, Carey y Vai reviven el espíritu de King Crimson: lo actualizan, lo hacen dialogar con el presente sin traicionar su esencia experimental y emotiva. Belew sigue siendo el narrador inquieto, Levin el ancla cerebral, Vai el fuego desbocado y Carey el motor que lo impulsa con una elegancia brutal, ofreciendo arte vivo, riesgo y conexión genuina. Madrid, anoche, fue testigo de que la música compleja puede ser, al mismo tiempo, profundamente humana y accesible. Ojalá no sea la última vez que crucen el Atlántico para recordarnos que, en manos adecuadas, el pasado nunca muere: simplemente se transforma en algo aún más vibrante y repleto de sabor.

© 2026 Jota

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