Hay algo de irreverencia en el gesto de Left To Die al resucitar a las más primitivas musas de Chuck Schuldiner. “Initium Mortis” (2026) no pretende revolucionar la escena del death metal: se limita a pulir las demos de Mantas y los primeros balbuceos de Death hasta dejarlas relucientes, como si un taxidermista obsesivo hubiera decidido que el monstruo de 1983-86 merecía un baño de aceite y un traje a medida ante de su entierro definitivo. El genio que es Matt Harvey (Exhumed, Gruesome) se calza la garganta de Schuldiner con una fidelidad casi monacal; Rick Rozz, el mismo que ya raspaba esas cuerdas en los ensayos de Florida, vuelve a clavar los riffs con esa torpeza afilada que solo los auténticos pueden permitirse; Terry Butler sostiene el bajo con la solemnidad de quien ha cargado el cadáver de Death en varias reencarnaciones; y Gus Rios aporrea la batería como si quisiera despertar a los muertos de verdad. El disco, publicado por Relapse, llega envuelto en la portada espectacular de Dan Goldsworthy y con la promesa de que por fin podremos oír “Legion Of Doom” o “Death By Metal” sin el crujido del casete de cuarta generación. Y sí, se oye. Pero se oye demasiado limpio, demasiado correcto, demasiado listo para un altavoz bluetooth, y es eso lo que hace que me pregunte si esa pulcritud no traiciona precisamente el espíritu que hizo grandes aquellos garabatos adolescentes. Si parte de la genialidad es lo que fue y no pudo ser, el romanticismo de la grabación.
“Legion Of Doom” es un himno de apertura que ya sonaba a apocalipsis en la maqueta Death by Metal. Harvey escupe las sílabas con la misma rabia nasal de Chuck, mientras Rozz y él mismo entretejen riffs que parecen cuchillas oxidadas recién afiladas. La producción de Matt LaPlant les da peso, pero también les roba esa suciedad de garaje que las hacía peligrosas. “Archangel” -el primer adelanto- es más astuta: el riff principal se enrosca como una serpiente y el puente central, ese tramo de pura maldad, sigue siendo de lo más inspirado del disco. La voz de Harvey brilla de verdad, clavando los registros agudos sin caer en la caricatura. “Power Of Darkness” arranca con ese groove medio thrash que Schuldiner aún no había refinado del todo; Butler hace que el bajo se sienta como una losa de cemento y Ríos dispara dobles bombos con precisión de relojero, aunque uno echa de menos el caos de las tomas originales. “Zombie” es un zarpazo corto y visceral, casi punk en su urgencia, donde los guitarristas se permiten unos solos que rozan lo melódico sin perder la podredumbre propia del subgénero. “Witch Of Hell” es quizá la joya del lote: un riff que es puro veneno, la letra es un grito de brujería adolescente y la interpretación de Harvey roza lo posesivo. “Rise Of Satan” mantiene el tono ritual, con esos cambios de tempo torpes y hermosos que solo un chaval de quince años podía inventar. “Summoned To Die” es más densa, casi proto-Leprosy en su estructura, y aquí Rozz se luce con una batería que parece salida de una sesión de 1985. “Mantas” (el tema que da nombre al embrión) es un destello de orgullo crudo y directo. “Slaughterhouse” es un matadero, riffs que se desgarran como carne en gancho, y el cierre “Death By Metal” funciona como declaración de principios y epitafio a la vez: un mantra que resume todo lo que el death metal iba a ser y no fue, donde radica su belleza. Cada canción está ejecutada con un respeto que roza la devoción, pero también con una ausencia de riesgo que deja el disco flotando en una zona de confort demasiado segura. No hay errores, no hay desvaríos, no hay esa chispa de locura que convertía las cintas originales en objetos sagrados. Es death metal de museo, exquisitamente conservado, pero sin el olor a moho que lo hace vivo.
Al final uno se pregunta para quién está hecho “Initium Mortis”. Para el fanático que ya se sabe cada demo de memoria y quiere oírla con la calidad de un álbum moderno, es un regalo casi obsceno, una forma de haber saqueado los restos. Para el recién llegado que nunca ha sufrido el crujido de las maquetas, es la puerta de entrada perfecta al génesis del género. Pero para quien busca sangre nueva, ideas que muerdan o siquiera un atisbo de evolución, el disco se queda corto. Left To Die ha construido un altar impecable a Schuldiner. Rozz y compañía lo han hecho con músicos que saben exactamente dónde están pisando. El problema es que el altar, por muy bien tallado que esté, no sustituye al dios. Hay momentos en los que la emoción se cuela (ese puente de “Archangel”, el final de “Witch Of Hell”, la furia contenida de “Death By Metal”) y uno siente el escalofrío de la historia. Pero son destellos. El resto es un homenaje demasiado pulido, demasiado consciente de su propia importancia, demasiado decidido a no ensuciarse las manos. Respetuoso hasta la médula, sí. Necesario, quizá. Imprescindible, ni de lejos.
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