Los Rolling Stones regresan con “Foreign Tongues”, su vigesimoquinto álbum de estudio y segundo en colaboración con el productor Andrew Watt tras el más que digno “Hackney Diamonds”, cuando nadie se esperaba otro disco suyo. Mick Jagger, Keith Richards y Ronnie Wood demuestran que la vejez no es sinónimo de rendición, sino de una rebeldía más afilada y consciente. Producido con pulso moderno pero sin traicionar las raíces, el disco se nutre de material sobrante de las sesiones anteriores aunque, sorprendentemente, suena más compacto, rítmicamente vivo y con un descaro que roza lo provocador. Darryl Jones al bajo y Steve Jordan a la batería imprimen un groove más bailable y robusto que en entregas recientes, mientras la sombra de Charlie Watts sigue presente en un par de canciones grabadas antes de su partida, invitados como Paul McCartney, Robert Smith de The Cure, Steve Winwood, Benmont Tench, Bruno Mars y Chad Smith completan un elenco que equilibra esa nostalgia y aporta frescura. La cubierta, obra de Nathaniel Mary Quinn, es un golpe visual magistral: caricaturas grotescas de los tres eternos que convierten las burlas etarias en arte provocador, recordándonos que los Stones siempre han sabido darle la vuelta a la percepción y sacar lo mejor de sí mismos.
Desde los primeros compases, el álbum sorprende con una energía que alterna el rock crudo, el funk bailable y toques de country y soul. “Rough and Twisted” abre con un blues sucio y callejero que recuerda a “Parachute Woman” pero inyectado de Vegas y actitud de carretera; Jagger escupe las letras con esa voz rasgada que, a sus ochenta y tantos, sigue desafiando al tiempo. “Hit Me in the Head”, donde la batería póstuma de Charlie Watts añade una urgencia visceral, habla de violencia metafórica con la misma insolencia de antaño. “Never Wanna Lose You” brilla como uno de los momentos más bailables, con Jones y Jordan empujando un ritmo ochentero que evoca a “Miss You” pero actualizado y Bruno Mars aportando un cencerro casi invisible pero efectivo. En contraste, “Ringing Hollow” es la pausa country honky-tonk, con Jagger y Richards cantando al unísono en un lamento que, más allá del desamor, parece una despedida amarga de una América que ya no reconocen: autoritarismo, promesas rotas y multitudes manipuladas. Aquí la dupla compositiva recupera esa perspicacia sociológica que los hizo grandes en los setenta. “Mr Charm” destila sleaze puro, con un riff de Richards que huele a “Goats Head Soup” y Jagger ironizando sobre cazafortunas y millonarios excéntricos como Musk, un guiño afilado y actual. La versión de “You Know I’m No Good” de Amy Winehouse es un acierto inesperado: Jagger la borda, sustituyendo los metales por armónica aulladora y convirtiéndola en un tema puramente stoniano. Canciones como “Divine Intervention” escalan hacia un garage punk urgente con final emocional, mientras “Jealous Lover” juega con falsetes a lo “Emotional Rescue” pero deriva en un soul más contenido. “In the Stars”, “Covered in You”, “Some of Us” y “Back in Your Life” mantienen el pulso: la primera con birla el riff de “Soul Survivor” pero suena efectista y pegadiza, la segunda peca de una mordacidad política algo dispersa, la tercera como un regreso reconfortante de Keith, y la última alcanza el clímax gospel. Mientras que el cierre con “Beautiful Delilah” de Chuck Berry, desnuda y acústica con Jagger y Richards, es puro bálsamo bluesero, un regreso a la esencia en el que la guitarra y la voz bastan para emocionar.
“Foreign Tongues” es la constatación de que los Stones, pese a las producciones de Watt y los arreglos calculados, siguen siendo capaces de mirarnos de frente y hacernos sentir incómodos con su mera existencia. No alcanza la cumbre revolucionaria de “Some Girls” por mucho que algunos se empeñen en compararlos, pero supera a gran parte de su catálogo post-ochenta en frescura rítmica y en esa mezcla de diversión y crítica que siempre los definió. Jagger parece rejuvenecido, Richards sigue siendo el pirata que lleva el timón con riffs eternos y Wood aporta texturas que enriquecen sin estorbar. Hay torpezas inevitables (algunos coros demasiado pulidos que chocan con la mugre inherente), pero también momentos de genuina emoción y lucidez. Los Stones siguen hablando en lenguas extranjeras que, paradójicamente, todos entendemos: la del exceso, la del desengaño y la de la pura resistencia. Uno de los discos del año.
© 2026 Jota Jiménez

