Crónica: Nick Cave & The Bad Seeds (Madrid) 11.07.2026


Bajo un cielo madrileño de una shakesperiana noche de verano, que aún conservaba el calor del día, convirtiendo el kitsch césped artificial en una sartén, Nick Cave & The Bad Seeds ofrecieron una actuación que se elevó muy por encima de lo meramente musical, un ritual colectivo de memoria, pérdida y redención. Frente a miles de almas congregadas en el recinto del Mad Cool (cuya organización prefirió privarnos de dos canciones de Cave, a favor de un espectáculo cutre de drones y fuegos artificiales de fiestas propias de un pueblo), el australiano, acompañado por una formación impecable que incluía al sempiterno Warren Ellis al violín y teclados, Larry Mullins y Sclavunos a la percusión, George Vjestica en la guitarra, Colin Greenwood (Radiohead) al bajo y Carly Paradis tras los teclados sosteniendo con maestría el edificio sonoro de la banda en esta gira, desgranaron un repertorio que abarcó cuatro décadas de creación sin caer en la nostalgia barata ni en la autocomplacencia. El concierto de Cave fue el mejor del festival, está claro: una muestra clara, visceral y profundamente humana de lo que somos. Y es que, aquellos que estuvimos, vivimos una catarsis compartida, donde las canciones actuaron como espejos que reflejaban nuestras propias cicatrices. Para algunos, como quien escribe estas líneas, la velada trajo consigo el encuentro inesperado con el pasado, un rostro familiar entre la multitud que removió sentimientos enterrados, recordándonos cómo Cave posee esa rara habilidad para abrir cajones emocionales que creíamos cerrados con llave. No fue tristeza lo que quedó flotando en el aire, sino una nostalgia serena, la constatación de que el tiempo transforma las historias sin borrarlas del todo. 

El repertorio, cuidadosamente hilvanado, arrancó con la más que apropiada “Get Ready For Love”, con su urgencia gospel-rock que hizo vibrar el suelo y una precoz “From Her to Eternity” que no esperó a calentar el ánimo de Cave, donde su voz rasgada, aún poderosa a sus años, destilaba esa mezcla de deseo y condena que define su arte, como si mi amigo supiese a quién me acababa de encontrar. “Train Long-Suffering”, interpretada por primera vez en décadas, sonó como un tren de mercancías cargado de dolor antiguo, con Ellis arrancando gemidos al violín que cortaban el alma, una canción heredera del canto de hace cien años para desembocar en “Wild God”, del reciente disco homónimo, se erigió en uno de los momentos álgidos, con su épica contenida y letras que invocan lo humano y lo divino, mientras la delicada “O Children” y la electrizante “Tupelo” transportaron al público a paisajes de redención y furia bíblica, respectivamente, con el espíritu de Elvis rondando semejante catetez de festival. Cave, siempre en movimiento, interactuaba con la audiencia con esa mezcla de predicador ambulante y showman, arrodillándose, gesticulando, compartiendo micrófono con sus seguidores en “The Mercy Seat”, un himno de culpa y condena que adquirió nuevas resonancias en la noche madrileña. “Red Right Hand” cerró con broche de oro una parte central cargada de baladas lacerantes como “Carnage”, de su colaboración con Warren Ellis, estableciendo un tono de intensidad controlada que fue creciendo como una marea y “Henry Lee” demostraban su química inquebrantable. Cada transición estaba medida para golpear en el plexo: de la crudeza de “Papa Won't Leave You, Henry” a la introspección de “Rings of Saturn”, el repertorio fluía como un río que arrastra recuerdos, integrándolos en el presente sin permitir que nos atrape. La interpretación de “Joy” y “Jubilee Street” elevó el listón emocional, recordándonos que en el universo caveano la alegría y el refugio siempre llevan implícita la sombra de la pérdida. Fue, en definitiva, un viaje de dos horas donde la música no solo sonaba, sino que se sentía en la piel y en las entrañas. Así lo sentí, así quiero que tú lo leas. 


Cave no es solo un artista, sino un compañero de travesía que nos recuerda que la memoria no es una cárcel, sino un testigo de lo vivido. Aquel encuentro fortuito con un capítulo cerrado de mi vida (ver a alguien que marcó una etapa pasional) no arruinó la velada, sino que la enriqueció con una capa de crudeza. Doce años después, ya no hay “y si...”, solo la aceptación serena de que ambos hemos seguido escuchando discos que nos anclan al presente. Cave, con su banda en estado de gracia, nos regaló la aceptación de ese pasado con nuestro presente. Madrid vibró con un concierto sobresaliente que no solo repasó sus canciones con maestría, sino que nos invitó a reconciliarnos con nuestras propias heridas, donde las canciones seguirán resonando no como eco de lo perdido, sino como celebración de lo vivido. 

Fotos, texto y disco firmado en Madrid © 2026 Jota Jiménez

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