“All Gates Open” (2026) de Blood Incantation se la inmersión profunda en el cosmos interior de una banda que ha convertido la exploración en su razón de ser. Publicado por Century Media y compuesto por cuatro extensas piezas instrumentales, nace como acompañamiento al documental homónimo que detalla las sesiones de grabación de “Absolute Elsewhere” (2024) en los legendarios Hansa Studios de Berlín durante el verano de 2023 (estudios que pude visitar hace casi veinte años, fascinado por Brian Eno, el “Low” de Bowie y el “Achtung Baby” de U2, pero esa es otra historia). Y, lejos de ser un mero relleno complementario, “All Gates Open” (2026) revela el reverso luminoso y contemplativo de la vorágine death metal cósmica que define a la formación de Colorado. Paul Riedel, Jeff Barrett, Morris Kolontyrsky e Isaac Faulk, despojados de growls y blast beats, se entregan a un ejercicio de improvisación textural donde sintetizadores, drones y sutiles capas acústicas tejen un etéreo lienzo que contrasta con la densidad abismal habitual. No es un álbum para devorar con urgencia, sino para dejarse absorber lentamente, como un baño en un océano de partículas estelares que invita a cuestionar los límites entre el ruido extremo y la serenidad meditativa: al igual que podría ocurrir con uno del mencionado Eno. El resultado sorprende por su delicadeza, demostrando que Blood Incantation no solo dominan la brutalidad, sino también la sutileza que permite vagar a la mente por territorios inexplorados.
La apertura con “Balance” son más de veinte minutos de una lentitud casi geológica, donde tonos sintéticos acuosos se despliegan con paciencia infinita, creando un paisaje sonoro que evoluciona desde la quietud inicial hasta un clímax pulsante lleno de matices orgánicos y electrónicos entrelazados. Es como si los instrumentos dialogaran en un lenguaje propio, sin prisa por resolver tensiones, permitiendo que cada capa revele detalles microscópicos de armonía y disonancia que evocan vastas llanuras interestelares. “Flight”, algo más dinámica, incorpora patrones de teclado que remiten a ecos de Vangelis, con un leve pulso rítmico que recuerda la insistencia hipnótica de Tangerine Dream (cuya influencia se materializa también en la participación de Thorsten Quaeschning en el álbum). Aquí, las guitarras de Kolontyrsky y Riedel aportan motivos cristalinos que flotan sobre un bajo profundo y percusiones tenues, construyendo una narrativa de ascenso y deriva que captura la esencia de la creación en estudio: momentos de duda, euforia y descubrimiento condensados en ondas sonoras. “Dawn”, la más breve con apenas seis minutos, destila una atmósfera ceremonial con órganos espectrales y texturas ambient que rozan lo fúnebre, reduciéndose gradualmente a un flujo meloso y etéreo que invita a una introspección casi ritual. Finalmente, “Rain” cierra el ciclo con texturas sintéticas más ricas, ruidos distantes y motivos de guitarra que se disuelven en drones corrosivos y ondulantes, como gotas de lluvia ácida sobre un mundo post-apocalíptico que, sin embargo, guarda una extraña calidez y encuentra su sentido en un álbum donde cada composición fluye con una lógica interna impecable, donde la ausencia de estructura convencional se compensa con una maestría en la manipulación del timbre y el espacio sonoro, convirtiendo lo abstracto en algo tangible y emocionalmente resonante.
Blood Incantation optan por desarmar al oyente con una desnudez sonora que expone las raíces mismas de su creatividad. No es un ejercicio de autoindulgencia, sino un puente genuino entre la furia de sus raíces death metal y una dimensión pastoral que equilibra el yin oscuro de trabajos previos como “Timewave Zero” (2022). Paul Riedel y sus compañeros, junto a las contribuciones indirectas de figuras como las de Hällas o Sijjin en el contexto documental, demuestran una madurez que trasciende modas, recordándonos que la verdadera vanguardia radica en la honestidad emocional y la voluntad de explorar sin red. Los surcos de “All Gates Open” (2026) producen una suerte de catarsis peculiar: la tormenta da paso a la calma reflexiva, dejando al final una sensación de profunda conexión con algo mayor, un eco de esa conciencia colectiva que la banda persigue, sorprendiendo su capacidad para emocionar sin palabras, para generar imágenes mentales vívidas en un lienzo minimalista. Y es que, en la búsqueda de lo absoluto, a veces basta con abrir todas las puertas y dejarse llevar.
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