Crónica: Foo Fighters (Madrid) 08.07.2026


Como ya he escrito en alguna ocasión: en esa hipotética relación entre Dave Grohl y un servidor, entre artista y seguidor, hemos llegado a un punto en el que hemos hecho las paces. Dave me perdona por ser, lo que él denomina, un seguidor ‘old-school’ y no haberme parecido bien casi ningún lanzamiento suyo en su época de mayor popularidad (que podría cerrarse con su autobiografía y el incidente de su vida privada que lo puso en la picota y ante la crítica injusta de cualquier hijo de vecino) y yo le perdono a él la repetición exhaustiva, la pérdida de frescura y haberse convertido en un meme para, darme cuenta, que en esa crítica hay más culpa mía que suya. Foo Fighters tras casi una década de ausencia de nuestros escenarios, volvieron a demostrar por qué siguen siendo uno de los pilares más sólidos del rock contemporáneo más mainstream. Dave Grohl, al frente de una formación curtida y engrasada (con Nate Mendel al bajo, Pat Smear y Chris Shiflett a las guitarras, Rami Jaffee en los teclados y el joven Ilan Rubin a la batería, al que pudimos ver el año pasado tras los platos de Nine Inch Nails), comandó un espectáculo de más de dos horas que equilibró nostalgia, ferocidad y esa energía colectiva que solo surge cuando una banda y su público se reconocen mutuamente tras tres décadas de carrera. No fue un concierto perfecto en el sentido estricto, pero sí notable por su capacidad para conectar con la multitud en un festival donde el calor y la fatiga podían jugar en contra. Un concierto más que notable que honra su propio legado sin caer en la repetición mecánica, aunque con algún altibajo previsible en un repertorio de festival. Grohl, con su voz rasgada pero inquebrantable, y el resto de la tropa supieron leer a la audiencia madrileña, que respondió con coros masivos y un entusiasmo que compensó las limitaciones propias de un escenario compartido en el marco de un festival en el que pudimos ver a The Last Dinner Party, Wolf Alice y The War On Drugs con resultados desiguales, saliendo ganador claro Adam Granduciel. 


Foo Fighters arrancaron con fuerza y fueron desgranando un catálogo que abarca desde los primeros arrebatos de mediados de los noventa hasta himnos más pulidos, sin olvidar guiños emocionales. Abrieron con “All My Life”, un rugido que puso inmediatamente el listón alto, con las guitarras de Shiflett y Smear cortando el aire y Rubin marcando un pulso implacable que recordaba la herencia de Taylor Hawkins sin imitarla. Le siguió “The Pretender”, con su dinámica explosiva y ese estribillo que invitó a todo el recinto a gritar al unísono, mientras Mendel anclaba la base rítmica con la misma precisión que discreción. “Times Like These” trajo un momento de catarsis colectiva, con Grohl alternando entre guitarra y voz principal, y Jaffee añadiendo capas de teclados que enriquecían el paisaje sin sobrecargarlo. Temas como “Rope”, “Stacked Actors” (la cual disfruté muchísimo) y “My Hero” mantuvieron la intensidad, destacando la capacidad de la banda para pasar de riffs afilados a melodías pegajosas sin perder garra. En “Learn to Fly” y “These Days” se notó el oficio de veteranos: la primera elevó el ánimo con su urgencia pop-rock, mientras que la segunda permitió respirar y apreciar los matices vocales de Grohl, que sigue sonando auténtico incluso en las notas más exigentes. No faltaron joyas como “Walk”, “This Is a Call” y “No Son of Mine”, esta última con un fragmento de “Ace of Spades” de Motörhead que arrancó sonrisas y cabezazos entre los más metaleros. Foo Fighters celebraban sus treinta años y me resultó inevitable no viajar emocionalmente con ellos, lejos quedaba mi primer concierto suyo en el 95, la segunda vez en el 96, conocerlos en persona, dibujarles de manera adolescente con un Edding la cara de Kurt Cobain sobre la mítica furgoneta que usaban en aquella época, regalarles un bote de Lacasitos con el emblema de “Footos” (que Pat Smear lució sobre el amplificador de su concierto en Madrid) y disfrutar de sus posteriores visitas hasta en ocho ocasiones: es por eso que agradecí la inclusión de “This Is A Call”, “Big me” o la mencionada “Stacked Actors”, paradas en la estación de mi adolescencia, amigos perdidos, amores furtivos, guitarras y mucha pasión. Estoy seguro de que todos aquellos que vivieron esas noches conmigo, no pudieron evitar realizar ese mismo viaje personal junto a Grohl hasta “Marigold”. 


La parte central fue el medley “Invincible / Seven / One Headlight / Manimal / Tap Dancing in a Minefield”, donde Grohl se sentó a la batería y Rubin tomó la guitarra, un intercambio que humanizó el espectáculo y mostró la química de la banda actual pero sería injusto reducirlo a únicamente a eso, sonaron “Invincible” de No Use For A Name, “One Headlight” con Jaffee como protagonista y la auténtica joya de la corona. ¿Quién puede imaginarse una canción como “Seven” de Sunny Day Real Estate sonando en un festival en pleno 2026? Mendel la cantó ante esos fans “old-school” que mencionó Grohl y, honestamente, todos aquellos que fuimos adolescentes en los noventa no podíamos imaginarnos mejor regalo. “Aurora”, dedicada a Hawkins, fue uno de los picos emocionales: melancólica, expansiva y ejecutada con una delicadeza que contrastaba con la potencia general, dejando claro que el duelo sigue presente pero se transforma en combustible. El repertorio evitó material reciente más experimental, centrándose en clásicos que funcionaron a la perfección en un contexto multitudinario, aunque se echó en falta algo de mayor riesgo. Rubin demostró ser un batería versátil y potente, adaptándose al rol sin eclipsar la memoria de sus predecesores, mientras Jaffee aportó texturas que elevaban las canciones. 

Y es que, al final, uno sale del concierto con la certeza de que los Foo Fighters no son solo una máquina de grabar canciones pegadizas que funcionan en directo, sino un recordatorio vivo de que el rock puede ser refugio, celebración y desahogo al mismo tiempo. En Madrid, pese al sofocante calor que precedió al concierto, la banda logró crear un espacio donde la fatiga se disipó y solo quedó la comunión. Grohl, con su carisma y esa mezcla de humildad y ferocidad, sigue siendo el corazón palpitante de un grupo que ha superado pérdidas, cambios de formación y el inexorable paso del tiempo sin perder su esencia. Foo Fighters siguen siendo ese amigo que siempre cumple y, por eso, nos fuimos todos a casa con la sensación de haber presenciado algo genuino. Ojalá no tarden otros diez años en volver…

Fotos y texto © 2026 Jota
Video © 2026 mrjovilam

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