Crítica: Muse "The Wow! Signal”


Debo reconocer que la primera vez que escuché “The Wow! Signal” (2026) sentí que Muse habían regresado a los tiempos de “The Resistance” (2009). Es cierto que disfruté enormemente “The 2nd Law” (2012) pero también que el tiempo me ha demostrado que no he vuelto demasiado a esos dos últimos discos y que quizá mi entusiasmo se debiera a la carrera frenética que siguieron los de Devon, cuando pude asistir a su primera gira con “Showbiz” (1999) y estuve en todas y cada una de las siguiente. Pero, tras las primeras escuchas de “The Wow! Signal” (2026), la tarta comienza a bajar en el horno, es verdad que regresan con un álbum que parece dar un golpe en la mesa, con un álbum de estudio en un momento en el que la banda parecía haberse extraviado en sus propias ambiciones cósmicas, convertida en un ente que devoraba conceptos grandilocuentes sin conseguir aterrizar del todo y un envoltorio sintético más propio de Imagine Dragons que de sus años de gloria. “The Wow! Signal”, inspirado en aquella misteriosa señal de radio captada en 1977 por un telescopio en Ohio, representa un intento consciente de volver a las raíces épicas que definieron su sonido en los primeros años 2000, pero sin renunciar a la sobrecarga característica de Matt Bellamy, Dominic Howard y Christopher Wolstenholme. Producido por Dan Lancaster con aportaciones adicionales de Aleks Von Korff y BloodPop en algunos cortes, el disco cuenta con la participación del Crouch End Festival Chorus y la London Metropolitan Orchestra, elementos que subrayan esa vocación orquestal y coral que siempre ha sido sello de la casa. Pero, pese a ello, no es un regreso triunfal sin fisuras, sino un trabajo tibio que, pese a sus tropiezos, se sitúa un escalón por encima de entregas recientes como “Will of the People” (2022) o “Simulation Theory” (2018), donde la grandiosidad parecía más impostada que sentida. Aquí, al menos, late una cierta urgencia emocional, un deseo de reconectar con la melancolía espacial y el drama personal que siempre han alimentado su mejor material. 


“The Dark Forest” es una suite de más de cinco minutos que funciona como secuela espiritual de “Knights of Cydonia”, con ese trote característico de carretera desértica que evoluciona hacia homenajes a Queen, riffs por Van Halen, destellos de djent inspirados en Meshuggah pero sin el músculo de esos titantes y versos corales en latín que recuerdan demasiado a Ghost. Bellamy navega con su voz entre falsetes y gruñidos, mientras Wolstenholme ancla el bajo con precisión y Howard despliega baterías dinámicas; sin embargo, la canción peca de querer abarcar demasiado, pasando de fase en fase sin una melodía central que cohesione el conjunto, como si el trío temiera el silencio y prefiriera llenarlo todo con capas y más capas. “Nightshift Superstar” es un homenaje fallido al French house que recuerda los peores excesos de Timbaland, donde el funk se ahoga bajo una producción plana y la entrega vocal de Bellamy carece del carisma de los Bee Gees que antaño salvaba incluso sus propuestas más extravagantes. En “Shimmering Scars” encontramos uno de los momentos más vulnerables: letras de agonía desnuda que podrían haber sonado devastadoras, pero la interpretación de Matt las comprime en un falsete excesivo, perdiendo profundidad emocional. “Cryogen”, en cambio, abraza su propia ridiculez con versos como “this girl is nitrogen… Cryogen/I can never cry again”, y aquí la voz encaja perfectamente en un groove que recupera el espíritu de “Absolution”, con guitarras afiladas y un bajo burbujeante de Wolstenholme. Lo que más me duele de “Cryogen” es que, la primera vez que la escuché, me recordó a todas esas jams que la banda escupía en directo pero, tras sucesivas escuchas, parece la hermana pequeña, gorda y tuerta de “Plug In Baby”. “Be With You” se construye lentamente hacia un clímax épico con falsetes y whammy, mientras “Hexagons” juega con arpegios secuenciados y pulsos genesisianos de Howard, aportando un respiro casi progresivo. “Unravelling” y “The Sickness In You & I” se entregan al goth-djent pero con un empacho generoso, denso y amenazante, con baterías dobles y riffs que rozan el metal sin tocarlo para no perder alcance entre sus propios seguidores. Cierran con “Space Debris”, tras la magnífica “Unravelling” y una innecesaria “Hush”, una balada que usa el espacio como metáfora de una relación fallida, donde la orquestación se retira un poco y permite que la voz de Bellamy transmita una tristeza genuina, aunque la mezcla densa de Lancaster la entorpece, en un álbum en el que las canciones destacan por su ambición instrumental (el bajo de Wolstenholme brilla con riffs de puro funk, las guitarras de Bellamy alternan virtuosismo y melancolía, y Howard mantiene el pulso con versatilidad), pero sufren de una producción que a menudo convierte el caos cósmico en un bloque uniforme. 

Muse siguen siendo capaces de generar momentos de grandeza desmesurada que conectan con esa nostalgia por los años en que fusionaban ópera rock, electrónica y metal progresivo con naturalidad insultante, pero persiste esa paradoja museana de ser demasiado sinceros para divertirse del todo y demasiado ostentosos para tomarse en serio. No alcanza la coherencia de sus obras maestras, ni la frescura descarada de sus inicios, pero al menos evita el sinsentido conceptual de sus últimos discos y ofrece destellos de lo que podrían ser si confiaran de nuevo en la sutileza. Bellamy, Howard y Wolstenholme demuestran que aún tienen gasolina creativa, especialmente cuando dejan que las heridas personales asomen bajo la parafernalia espacial. Y es que, a veces, llenar el universo con sonido es la única forma honesta de enfrentarse a él.

© 2026 Jota Jiménez

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