Crónica: Morrissey (Madrid) 29.07.2026


Pese a que sobre cualquier concierto suyo siempre sobrevuela la inminente amenaza de cancelación, Morrissey regresó al Movistar Arena de Madrid doce años después de su última visita a la capital, en el marco de la gira que acompaña a “Make-up is a Lie”. La incertidumbre que siempre rodea sus apariciones se disipó cuando, once minutos más tarde de lo previsto, las luces se apagaron y el hombre de Manchester apareció en escena, elegante y hablador, saludando con esa mezcla de ironía y distancia que le caracteriza. La asistencia, cercana a los siete mil espectadores (no llenó el recinto por completo y las gradas laterales permanecieron cubiertas), acudió con la devoción de quien sabe que cada concierto de este artista es una victoria sobre su propia leyenda y el miedo a que sea la última. La banda que le acompañaba, formada por Jesse Tobias y Carmen Vandenberg a las guitarras, Camila Grey a los teclados, Juan Galeano al bajo y el resto de la formación habitual de la gira, ofreció un colchón sólido y preciso, aunque el sonido de la primera media hora resultó deficiente: las frecuencias graves se emborronaban y la voz de Morrissey, normalmente tan nítida, quedaba parcialmente ahogada. Aun así, el repertorio, que alternaba piezas de su nuevo trabajo con clásicos de The Smiths y de su carrera en solitario, terminó imponiéndose por la calidad de las interpretaciones y por esa capacidad única del cantante para transformar la melancolía en algo físico. 

El concierto arrancó con fuerza a través de “Billy Budd”, “I Just Want to See the Boy Happy” y “The Youngest Was the Most Loved”, canciones de pop de guitarras afiladas que demostraron que la formación actual domina el equilibrio entre contundencia y detalle. Pronto llegaron dos joyas de The Smiths (“Shoplifters of the World Unite” y “A Rush and a Push and the Land Is Ours”, dos de mis favoritas) que el público recibió con el fervor esperado, antes de que “First of the Gang to Die” reventara la pista con su narrativa de violencia y belleza. “Kerching Kerching”, del disco reciente, sonó con una ironía casi comercial que Morrissey subrayó con comentarios socarrones sobre las emisoras españolas. Llegó entonces “How Soon Is Now?”, y aquí la noche se tiñó de una extraña sensación de hastío. El riff icónico, proyectado sobre imágenes de Bruce Lee, conservaba su poder hipnótico, pero la interpretación de Morrissey transmitía un cansancio que iba más allá de lo físico: la voz, aunque intacta en el registro, parecía arrastrar el peso de décadas de repetición, como si el propio cantante se preguntara en voz alta cuántas veces más debía invocar esa soledad monumental. Habrá quién esté de acuerdo y quien no, bastaba con estar en el concierto o con ver algunas de sus grabaciones, la melancolía se tradujo en ironía y esta en un Moz que sintió la repetición. El desenlace muscular de la pieza salvó el momento, pero quedó flotando una cierta fatiga emocional que contrastaba con la energía del resto del repertorio. A partir de ahí el sonido se estabilizó por completo y llegaron los instantes más altos de la velada: esa preciosidad que es “Now My Heart Is Full”, con su gesto de la toalla blanca agitada como bandera de rendición, y sobre todo “Life Is a Pigsty” e “I Know It’s Over”, dos interpretaciones abrasivas y sentidas donde la voz de Morrissey recuperó toda su capacidad de desgarrar. “Sure Enough, the Telephone Rings”, una rareza casi inédita, y “The Bullfighter Dies”, dedicada con sarcasmo a la ciudad, añadieron dosis de sorpresa, a pesar de haber sido interpretada en su cita anterior. El tramo final enlazó “Everyday Is Like Sunday” con “The Monsters of Pig Alley” (quizá la mejor composición de Morrissey en años), antes de que “Suedehead”, “Irish Blood, English Heart” y “Jack the Ripper” cerraran el cuerpo principal con contundencia. El bis, “There Is a Light That Never Goes Out”, fue el momento de comunión definitiva: flores lanzadas, camiseta arrancada y el público cantando a pleno pulmón mientras el escenario se desvanecía. 

Lo que queda de aquella noche en el Movistar Arena no es solo el recuerdo de un repertorio generoso y bien construido, sino la confirmación de que Morrissey sigue siendo un artista capaz de convertir la vulnerabilidad en espectáculo. El mal sonido inicial no empañó del todo la experiencia, aunque sí obligó a un esfuerzo adicional de atención durante los primeros minutos. La sensación de desgaste que impregnó “How Soon Is Now?” funcionó, paradójicamente, como un recordatorio de la honestidad del personaje: no hay fingimiento en esa fatiga, sino la aceptación de que ciertas canciones ya no se cantan desde la urgencia de la juventud, sino desde la distancia de quien ha sobrevivido a ellas. Jesse Tobias y Carmen Vandenberg sostuvieron con oficio las texturas de guitarra, Camila Grey aportó color y respiración en los teclados, y el conjunto de la banda demostró que, más allá de las polémicas y las cancelaciones, el núcleo musical sigue intacto. Morrissey no ofreció un concierto perfecto, pero sí uno auténtico: imperfecto en el arranque, cargado de ironía y de una melancolía que, incluso cuando se siente cansada, sigue siendo capaz de conmover, permitiéndose mostrar el peso de los años sin pedir perdón. Imposible no quererle… 

© 2026 Conde Draco
video © 2026 Eugeubeda

Publicar un comentario

Los comentarios enriquecen este blog, pero sólo si son respetuosos. Critica ideas, no personas.

Usa un tono amable y constructivo.

Tus comentarios serán publicados una vez hayan sido moderados.

Artículo Anterior Artículo Siguiente