Bajo las copas de los árboles y con el calor todavía pegajoso de un julio madrileño, ZZ Top desplegó su gira The Big One! ante un público que había agotado las entradas meses antes. Billy F. Gibbons, con su barba legendaria y esa guitarra que parece una extensión de su propia piel, sigue siendo el faro inconfundible; Elwood Francis, el bajista que heredó el trono de Dusty Hill, sostiene el groove con una fidelidad que roza la devoción; y Michael Monahan, sustituyendo a Beard, marca el pulso desde la batería con esa precisión seca y tejana que ha definido medio siglo de boogie. Es cierto que produce pena no ver a ambos junto a Gibbons, pero también es entendible que este no era quien frenaba la actividad del trío, sino los problemas de salud de Dusty, y ahora Beard. El festival Noches del Botánico prometía intimidad y naturaleza, pero el sonido (ese enemigo silencioso de tantos conciertos al aire libre) traicionó la magia desde el primer acorde. Los graves se hinchaban hasta convertirse en un lodo sordo, las voces de Gibbons flotaban deshilachadas y subterráneas, y los riffs, que deberían cortar como cuchillas oxidadas, llegaban amortiguados, como si viajaran a través de un colchón de algodón húmedo. Aun así, la banda se plantó en el escenario con la misma arrogancia elegante de siempre y sacó adelante un repertorio que, a pesar del desastre acústico (que nadie te cuente que desde su posición se escuchaba nítido porque estuve en las primeras filas y posteriormente en un lateral, a media pista, además de otros amigos que pudieron asistir y aquello no lo salvaba nadie), recordó por qué estos tejanos siguen siendo sagrados.
Arrancaron con “Got Me Under Pressure”, ese golpe de “Eliminator” que debería haber explotado como un motor V8, pero que se diluyó en un mar de frecuencias bajas mal controladas. Gibbons escarbó en el mástil con su tono característico (ese crunch sucio y sensual), aunque buena parte del ataque se perdía en el viento. “I Thank You”, la versión del clásico de Sam & Dave, llegó a continuación y permitió que Francis se luciera con un bajo grueso y danzarín, mientras Michael clavaba el El dúo “Waitin’ for the Bus” y “Jesus Just Left Chicago” fue el momento en que el público amenazó con cantar a pleno pulmón (por suerte, se calló), intentando compensar con gargantas lo que el sistema de PA no entregaba; Gibbons soltó un solo corto y afilado que, por un instante, se elevó por encima del barullo y recordó los días en que “Tres Hombres” sonaba a pecado mortal. “Gimme All Your Lovin’” y “Pearl Necklace” trajeron el brillo ochentero, con el público moviendo caderas y brazos, aunque los coros quedaban enterrados bajo un bombo excesivamente presente. “I’m Bad, I’m Nationwide” y “I Gotsta Get Paid” (esta última con ese toque hip-hop texano que Gibbons ha abrazado en años recientes) sonaron más sueltas, casi juguetonas, y ahí Francis demostró que el bajo de Dusty no ha muerto del todo: el groove seguía siendo viscoso y peligroso. “My Head’s in Mississippi” y “Cheap Sunglasses” devolvieron el blues más crudo; el primero, con ese riff que se arrastra como una serpiente borracha, y el segundo, con su estribillo irónico, permitieron a Gibbons jugar con la voz y la guitarra de forma casi conversacional. “Just Got Paid” y “Sharp Dressed Man” fueron los picos de euforia colectiva: el jardín entero se convirtió en un coro de miles de gargantas, y aunque el sonido seguía siendo un desastre (la caja de Michael sonaba como una lata aplastada y la guitarra de Billy perdía brillo en los solos), la energía del público salvó algo de la noche. “Legs” cerró el bloque principal con ese riff hipnótico y las piernas al aire de siempre, y el bis trajo la carne más antigua: “Brown Sugar”, “Tube Snake Boogie” y un “La Grange” que, a pesar de todo, hizo que el suelo temblara de verdad. Cada canción estaba tocada con oficio y cariño, pero el sonido las convertía en sombras de sí mismas: se oía la intención, se sentía la historia, pero se perdía la carne.
Salí del Botánico con la sensación agridulce de haber asistido a un ritual a medias. ZZ Top, y no hay duda de que Gibbons, Francis y Michael siguen siendo capaces de generar magia incluso cuando el equipo técnico les juega una mala pasada. El repertorio fue generoso, equilibrado entre los himnos de “Eliminator” y las raíces más fangosas de “Tres Hombres” y “Degüello”, y el público respondió con una entrega que rozó lo religioso. Pero el sonido se convirtió en el verdadero protagonista de la noche. En un espacio tan privilegiado como el Jardín Botánico, donde la acústica natural debería ser aliada y no enemiga, el desajuste técnico restó brillo a una actuación que merecía mucho más. ZZ Top no falló; falló el sistema que debía amplificar su leyenda. Aun así, cuando Gibbons lanzó el último riff de “La Grange” y el público rugió como si estuviera en un bar de Houston en el 73, quedó claro que hay algo indestructible en esta banda. Un notable, sí, pero uno marcado por la frustración de lo que pudo haber sido si el sonido hubiera estado a la altura de las barbas y de la historia. La próxima vez, por favor, que alguien revise los monitores antes de que el diablo de Texas suba al escenario, si es que Gibbons vuelve a España para subirse a uno y esta vez no es la última.
Texto y foto © 2026 Jota Jiménez


