Cuando Trent Reznor decide sacudirse el peso de tres décadas de oscuridad autoinfligida y se lanza a un experimento que huele a rave clandestino y a sudor colectivo, el resultado suele ser algo más que un mero capricho discográfico. “Nine Inch Noize” (2026), firmado a cuatro manos por Nine Inch Nails y Boys Noize (es decir, Trent Reznor, Atticus Ross, Alexander Ridha y la presencia vocal y escénica de Mariqueen Maandig, vocalista de How To Destroy Angels y pareja del propio Reznor), nace como un artefacto híbrido: no es disco de estudio pulido hasta la obsesión, ni un álbum en directo convencional, sino una reconfiguración enérgica de canciones que, en su mayoría, provienen del catálogo industrial más corrosivo de Reznor, vestidas con pulsos electrónicos gruesos, bajos que golpean el esternón y una actitud casi festiva que, para quien conozca la trayectoria del de Cleveland, resulta casi subversiva. El público que suena está enlatado porque debe ser así, no es un engaño, es un instrumento más para conseguir que “Nine Inch Noize” (2026) traslade la experiencia de esa rave apocalíptica de Coachella al salón de tu casa. Y es que origen de este álbum se remonta a la gira Peel It Back, donde Boys Noize abría los conciertos y, posteriormente, se unían en un segundo escenario para ofrecer versiones desnudas o de club de algunos clásicos, y también al trabajo conjunto en la banda sonora de Challengers (2024), donde Ridha ya demostró su capacidad para transformar material atmosférico en algo que invita al movimiento corporal.
Aquí, el trío principal (Reznor y Ross en sintetizadores y producción, Ridha al frente de la sección rítmica) se permite jugar con su propia herencia sin reverenciarla. Mariqueen Maandig aporta capas vocales etéreas o cortantes según convenga, ayudando a Reznor, recordándonos su papel en How to Destroy Angels, mientras Jacob Moreno se encarga de la ingeniería que mantiene todo cohesionado pese a la procedencia dispar de las grabaciones: estudios, hoteles, aviones y, sí, momentos en vivo con ese ruido de multitud incrustado como textura orgánica. El resultado es un disco de poco más de cuarenta y cinco minutos que fluye como un set de DJ industrial, con una energía constante que contrasta con la vulnerabilidad torturada de muchas de las canciones originales.
La secuencia arranca con un breve “Intro (Nine Inch Noize Version)” que sirve de portal: gemidos sintéticos y murmullo de público que enseguida se abren a “Vessel”, la joya de Year Zero (2007) convertida ahora en un artefacto casi techno. Los sintetizadores amenazantes de la original se mantienen, pero el groove se acelera y se hace más lineal, con un bombo que parece diseñado para salas oscuras y cuerpos en movimiento; Reznor canta con menos angustia existencial y más ironía, como si observara su propia profecía distópica desde la cabina del DJ. “She’s Gone Away”, donde la melancolía etérea de la pieza original se transforma en un medio tiempo oscuro y sensual, con la voz de Maandig entrelazada en armonías que añaden una capa casi gótica; el bajo de Ridha adquiere protagonismo, empujando la canción hacia territorios que recuerdan al EBM más moderno sin perder el aroma a Nine Inch Nails. Mientras que “Heresy” es, para muchos, el momento cumbre: la marcha fascistoide del icónico “The Downward Spiral” (1994) se vuelve más hipnótica y menos marcial, con un ritmo que invita a bailar mientras Reznor escupe su estribillo con un filo renovado; el tratamiento electrónico de Boys Noize elimina algo de la crudeza industrial original pero añade un swing casi funk, cercano a Prince, que la hace materialmente más adictiva, como si la herejía ya no fuera solo rabia sino también celebración subversiva.
“Parasite” gana en densidad rítmica y en la interacción vocal entre Reznor y Maandig, convirtiéndose en un diálogo tóxico envuelto en pulsos que no dan tregua. “Copy of A” y “Me I’m Not” mantienen la tensión minimalista pero la inyectan de energía club, con capas de sintetizadores que se superponen como en un remix de los noventa actualizado; en la primera, el bucle vocal se vuelve más insistente y bailongo, mientras que la segunda explota sin caer en lo caricaturesco.
Lógicamente, el plato fuerte llega con “Closer” que, en lugar de arrancar con el famoso patrón de batería, comienza por el arpegio de dieciseisavos que normalmente aparece después del estribillo, creando un efecto desconcertante y liberador: cuando por fin entra ese patrón icónico, la sensación es de alivio físico, un “joder, sí” que revive la canción como si fuera la primera vez. Aquí Ridha imprime su sello más personal, ese funk ultra-lineal que siempre ha dialogado con el “Closer” original, y Reznor parece divertirse de verdad, lejos de la ironía cansada de tantas giras. “The Warning” recupera la urgencia de “Year Zero” pero la envuelve en texturas más brillantes y danzables, mientras que la versión de “Memorabilia” (el clásico de Soft Cell que Nine Inch Nails versionó en los noventa) se convierte en un guiño nostálgico pero sin concesiones: sintetizadores fríos, ritmo implacable y una interpretación que mezcla el homenaje con actualización radical. Cierra el plato fuerte “Came Back Haunted”, con sus guitarras espectrales sustituidas por bloques electrónicos que mantienen la paranoia pero la hacen más corporal, y la pieza final “As Alive As You Need Me to Be”, procedente de la banda sonora de TRON: Ares, que actúa como epílogo triunfal, expansivo y casi eufórico, demostrando que incluso el material más reciente puede mutar bajo nuevas manos.
“Nine Inch Noize” (2026) no busca sustituir a los clásicos ni competir con la intensidad emocional de “The Downward Spiral” o “The Fragile”. Es, más bien, un respiro necesario en una carrera marcada por la autodestrucción creativa: un disco que Reznor y compañía hicieron “porque les apetecía”, según sus propias palabras, y que consigue lo más difícil en un artista de su calibre: sonar fresco sin traicionar su esencia. Boys Noize no actúa como invitado de lujo, sino como catalizador que permite a Reznor y Ross salir de su zona de control absoluto y abrazar lo corporal, lo festivo, incluso lo ligero, sin que nada suene frívolo. Para quien haya seguido a Nine Inch Nails desde los garajes industriales de los ochenta hasta los estadios actuales, este disco es un recordatorio de que la rabia puede bailar, de que la oscuridad también tiene derecho a sudar y de que, a veces, el mejor modo de honrar el legado es retorcerlo hasta que vuelva a sorprender. ¡Bailad, malditos!
© 2026 Jota Jiménez



brutal el disco y brutal la crítica, enhorabuena!
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