“Loss” (2026) de Gaerea supone el quinto capítulo de la banda de Oporto y el primero en decepcionarme, tras discos como "Unsettling Whispers" (2018), "Limbo" (2020), "Mirage" (2022) y "Coma" (2024). El quinteto firma su debut en Century Media, un salto que no es solo logístico sino, por desgracia, estético, cuando casi cualquier parecido con el black metal que pergeñaban hasta el momento, es pura coincidencia. Grabado a principios de 2025 con Miguel Teroso en Demigod Recordings, el disco nace con la intención de expandir horizontes: menos oscuridad y más presencia en los grandes festivales, menos crudeza y más melodías que invitan a ser coreadas. Gaerea han decidido que su black metal, antes cargado de desolación introspectiva, puede (y debe) aspirar a algo mayor. Hay un ánimo evidente por conquistar audiencias que antes miraban de reojo al género extremo: toques de metalcore melódico, coros hinchados hasta la caricatura, estructuras que respiran como en el post-rock pero golpean con precisión quirúrgica y por qué no decirlo también, la necesidad de comerse algo del pastel de Sleep Token. “Loss” (2026) es sólido, técnicamente impecable, con una producción cristalina que deja cada capa al descubierto, pero es esa misma pulcritud la que edulcora su propuesta hasta diluir el veneno que hacía únicos a sus trabajos previos. Lo que antes era un lamento visceral ahora suena a cálculo estratégico: accesible, sí, pero también domesticado, apto para listas de reproducción de metal moderno. Si su aspecto también parece inspirado en Elden Ring, podríamos decir que en este parche, “Loss” (2026), Gaerea han sido nerfeados…
“Luminary” establece el nuevo paradigma: batería bombástica con doble bombo constante, riffs gruesos que recuerdan más al djent o al prog contemporáneo que al black tradicional. Las voces limpias dominan desde el principio, con un estribillo que se pega al instante y busca convertirse en un himno de estadio. “Submerged” mantiene la inercia pesada pero introduce sintetizadores que flotan, creando un contraste entre la brutalidad de los blasts y espacios más ligeros que invitan a la contemplación; es uno de los momentos donde el equilibrio entre ferocidad y melodía mejor funcionan, aunque el growl aparece más como adorno que como seña de identidad. “Hellbound” eleva la apuesta con un sintetizador que engaña antes de desatar un infierno de riffs colosales y percusión a alta velocidad; el estribillo es melódico, poderoso y emotivo, conserva la esencia sin perder textura, convirtiéndose en uno de los picos indiscutibles del álbum. “Uncontrolled” acelera el pulso con un enfoque propio del metalcore: riffs monótonos pero efectivos, breakdowns bien colocados y voces que se alternan con precisión; pero la progresión se siente más programada que natural. “Phoenix” y “Cyclone” profundizan en esa alternancia que define todo “Loss”: pasajes melódicos inflados que dan paso a explosiones controladas, con estribillos pegadizos que podrían sonar en grandes festivales sin desentonar. El interludio “LBRNTH” ofrece un respiro etéreo con una narración femenina y un toque ambient, un oasis que, aunque breve, añade vulnerabilidad sin cursilería excesiva. “Nomad” recupera un poco de intensidad con algún que otro blast tardío pero potente, manteniendo la dicotomía emocional, mientras que “Stardust” cierra con un piano distante, susurros lejanos y un clímax que mezcla contemplación con ráfagas extremas; es ambicioso, cinematográfico, pero los elementos agresivos llegan como salpicaduras en un lienzo predominantemente melódico y, de nuevo, el regusto a Sleep Token, algo innecesario en los portugueses.
Termino de escucharlo y tengo una sensación de decepción pese a su incuestionable solidez. Gaerea han logrado lo que se propusieron: un sonido expansivo capaz de cruzar fronteras que el black metal más ortodoxo rara vez cruzará. Hay grandeza en canciones como “Hellbound” o “Submerged”, donde la melodía no traiciona a la pesadez sino que la eleva; la ejecución es magistral, la cohesión del quinteto es envidiable y el potencial es innegable. Sin embargo, esa ambición por un público más amplio ha edulcorado el núcleo: lo que antes era desesperación cruda y abismo sin fondo ahora se presenta envuelto en capas de pulcritud y accesibilidad. No es una traición pura —Gaerea nunca fueron una banda al uso—, pero sí una domesticación que resta filo. Admiro la audacia de lanzarse al vacío, pero echo de menos el mordisco que cortaba de verdad y “Loss” (2026) planta la semilla de la duda.
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