Crítica: Draconian “In Somnolent Ruin"


Draconian, pilar inquebrantable del doom gótico sueco, regresan con una madurez que corta el aliento en “In Somnolent Ruin” (2026), su octavo álbum, y el que sella el retorno de Lisa Johansson a las voces después de quince años de ausencia. Aquella voz etérea que marcó los primeros pasos de la banda se reencuentra con el rugido visceral de Anders Jacobsson, mientras Johan Ericson sigue pintando las atmósferas con guitarras, teclados y coros, acompañado por Niklas Nord en la segunda guitarra, Daniel Arvidsson al bajo y Daniel Johansson tras los platos. Pero, lejos de ser una simple reunión nostálgica, este trabajo destila una densidad emocional que equilibra la opresión con destellos de luz, como si la banda hubiera canalizado el peso acumulado de sus dos décadas y media de trayectoria en un lamento colectivo que resulta tan grandioso como íntimo. No es un disco nostálgico pero Draconian elevan su propuesta con una urgencia que se siente en los huesos, sin concesiones a la moda ni al autoengaño, como un grandes éxitos con lo mejor de su carrera, sólo que son canciones nuevas salpicadas por la inspiración y un estado de gracia casi insultante. 


“I Welcome Thy Arrow” es un coloso de ocho minutos que planta las bases: riffs pesados y lentos que se retuercen como raíces enterradas en tierra húmeda, una batería que marca el pulso con golpes secos y precisos, y las voces que se cruzan en un diálogo cargado de tensión. Lisa Johansson despliega todo su poderío, desde susurros delicados hasta alaridos llenos de dolor, mientras Anders escupe guturales más ásperos y personales, cargados de una rabia que parece brotar de experiencias vividas.
“The Monochrome Blade” intensifica la apuesta con guitarras que se entrechocan en densas capas, creando un paisaje sonoro turbio donde las melodías principales cortan como navajas afiladas; Daniel Johansson brilla al no limitarse a seguir los riffs, sino al construir líneas rítmicas propias que añaden músculo y profundidad. “Anima”, con la aportación de Daniel Änghede de ISON, actúa como un remanso etéreo donde las armonías vocales se entrelazan en un tapiz etéreo que alivia la pesadez previa, aunque sin perder el halo melancólico. Al igual que “The Face of God” es un descenso emocional abrumador donde la dupla vocal alcanza picos de vulnerabilidad que erizan la piel. “I Gave You Wings” libera una ferocidad desatada, con los gruñidos de Anders desgarrando el ambiente y las guitarras de Ericson y Nord tejiendo un caos controlado que culmina en explosiones catárticas. “Asteria Beneath the Tranquil Sea” ofrece un interludio más sereno y atmosférico, casi acuático, que prepara el terreno para “Cold Heavens”, momento estelar de Lisa, cuya voz se eleva con un poder y una expresividad que sorprenden incluso a los devotos de antaño; las melodías instrumentales se abren como un cielo tormentoso, majestuosas y amenazantes a la vez. “Misanthrope River” vuelve a las raíces death-doom más crudas, con un bajo de Arvidsson que ancla todo en una gravedad orgánica y growls que mantienen la esencia gótica sin caer en lo predecible. El cierre llega con “Lethe”, un viaje amargo hacia el olvido que condensa el disco al completo: transiciones fluidas que pasan de la furia a la resignación, con melodías que se clavan en el pecho y dejan un eco persistente de belleza doliente. La producción, cuidada hasta el último detalle por el propio Ericson, permite que cada elemento respire con naturalidad, logrando un equilibrio entre la monumentalidad y la cercanía humana. 

“In Somnolent Ruin” (2026) es una obra que trasciende el mero regreso y se convierte en un testimonio de evolución sincera dentro de un subgénero que, por qué no decirlo, a menudo se estanca en su propia solemnidad. Draconian afinan su lenguaje hasta convertirlo en algo que late con vida propia, honrando sus orígenes sin repetirlos mecánicamente y proyectando una madurez que emociona por su honestidad. Puede que “Anima” o el interludio “Asteria” queden un paso por detrás en intensidad comparados con los titanes que los rodean, pero esas pequeñas sombras solo sirven para resaltar la luz abrumadora del conjunto, demostrando una vez más por qué siguen siendo referencia indiscutible: porque logran que el oyente se sienta acompañado en su propia oscuridad, consolado por la certeza de que alguien ha sabido traducirla en música tan profunda y conmovedora. “In Somnolent Ruin” (2026) crece en el alma y no se marchita fácilmente, uno de los grandes discos del año, capaz de mirar de tú a tú a obras clásicas del doom. 

© 2026 Lord Of Metal

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