Crónica: Eric Clapton (Madrid) 07.05.2026


Eric Clapton regresó a Madrid después de más de dos décadas de ausencia y, pese a todo, dejó una huella imborrable. Ayer, el Movistar Arena se llenó de devotos del blues-rock que llevaban lustros esperando a Dios y este apareció puntual, elegante con su traje, guitarra en mano, y desde los primeros acordes se hizo evidente que, a sus ochenta y un años, aún conserva intacta esa magia que lo convirtió en leyenda. El sonido fue impecable, con una mezcla que permitía disfrutar cada matiz de su toque, cada susurro de las cuerdas y cada golpe seco de la batería de Sonny Emory. Acompañado por una banda de lujo (Nathan East al bajo y voz, el habitual Doyle Bramhall II a la guitarra, Chris Stainton y Tim Carmon en teclados, Emory en la batería y las coristas Sharon White y Katie Kissoon), Clapton demostró que sigue siendo un maestro capaz de hacer que el tiempo se detenga en un repertorio sin complacencia alguna, excepto alguna que otra canción archiconocida, y clásicos de Robert Johnson. Sin embargo, el repertorio resultó escueto: apenas trece canciones, tan austero que, aunque bien ejecutado, dejó sabor a poco en una noche tan esperada. Dando igual el célebre incidente de un seguidor enfervorecido, buscando la firma de Clapton o compartir la música de su propia banda porque, de no ser por ello, tan sólo nos habría regalado “Before You Accuse Me” de Bo Diddley.

El concierto arrancó con la fuerza eléctrica de “Badge”, aquel clásico de Cream que sonó fresco y vigoroso, con Bramhall II aportando texturas e East sosteniendo el ritmo con su elegancia. Siguió “Key to the Highway”, un estándar blues que Clapton abordó con la naturalidad de quien ha vivido mil vidas en cada nota, deslizando bends que erizaban la piel. “I’m Your Hoochie Coochie Man” y “I Shot the Sheriff” mantuvieron el pulso, con Sharon White y Katie Kissoon elevando el ambiente y la banda en perfecta sincronía. Mientras que el segmento acústico trajo la intimidad esperada: “Kind Hearted Woman Blues” de Robert Johnson y “Nobody Knows You When You’re Down and Out” fueron momentos de pura emoción, con Clapton sentado, guitarra en mano, desnudando el alma del delta del Mississippi en medio de un pabellón madrileño. “Layla”, en su versión acústica y, fundamentalmente, “Tears In Heaven” resultaron uno de los picos emocionales; aquella progresión inmortal sonó más contenida pero igual de devastador en su carga emocional, recordándonos por qué trasciende generaciones. De vuelta a la eléctrica, “Cross Road Blues” y “Little Queen of Spades”, ambas de Robert Johnson, permitieron a Clapton y Bramhall II dialogar con sus guitarras, intercambiando frases que olían a carretera polvorienta y bares nocturnos de Chicago. El cierre definitivo llegaría con “Cocaine” de Cale, enérgica y celebrada, con el público coreando el riff como si fuera un himno. Cada canción fue tratada con respeto y maestría: Clapton no alardeaba, sino que conversaba con su instrumento, dejando que los silencios y las dinámicas hablasen por él. Y la banda brilló sin eclipsarlo; Emory marcaba un pulso sólido y lleno de swing, mientras los teclados de Stainton y Carmon aportaban calidez y profundidad. No faltaron sutilezas: solos breves pero sabrosos, arreglos que evitaban la rutina y esa capacidad única de Clapton para hacer que un blues de toda la vida suene como si se reinventase cada noche.

Al final, el destino (o más bien ese seguidor imprudente que mencionaba) se interpuso entre nosotros y Clapton. Tras “Cocaine”, cuando este se dirigía al camerino, la funda de cartón de un vinilo lanzado desde el público impactó en su pecho y este, molesto, decidió no regresar para el bis que muchos esperábamos, privándonos de ese cierre redondo que merecía la ocasión. Da igual: el concierto ya era corto de por sí, rácano en duración y variedad (prácticamente el mismo cada noche) tras tanto tiempo de espera, aunque no pueda quejarme ante la sorpresa de una gira suya a estas alturas de la película. Es la cuarta vez que veo a Clapton, el tiempo vuela, la última fue en Berlín hace dieciocho años (con Jakob Dylan de telonero) y las anteriores en las dos noches madrileñas que sirvieron de presentación a ”Reptile” (2001). 

Con todo, salí del Movistar Arena con la certeza de haber presenciado de nuevo a un gigante que, pese a los años, sigue tocando como pocos. Eric Clapton no necesita pirotecnia ni conciertos de tres horas para recordarnos su grandeza; basta con seis cuerdas y esa expresión concentrada, casi ausente, que esconde décadas de maestría. Madrid le recibió con los brazos abiertos y él correspondió con blues sincero sin imposturas. Quedamos con ganas de más, sí, pero también con el corazón lleno de esa sustancia intangible que solo los verdaderos maestros entregan. Y, si me permite el lector, de parte de un amigo, dejemos de linchar al seguidor que arrojó la cubierta del vinilo, que dejen de ensañarse con él en redes sociales y culparle de una noche tan breve, no es para tanto, estas cosas pasan, Clapton siempre ha sido así y, de seguidor a seguidor, si uno quiere acercarse a él, conociéndole, es mejor hacerlo lejos del recinto en el que toca y vacunado ante el desagravio, no todos los genios lo son también cuando se bajan del escenario y culpar a ese pobre seguidor es tan injusto como paleto, cuando aquí el único culpable es Clapton.

© 2026 Jota Jiménez

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