Con la publicación de “Your Favorite Toy” (2026), el duodécimo álbum de su carrera y primero tras el luto de “But Here We Are” (2023), la expectativa es más que alta pero también peligrosa para Foo Fighters. Publicado bajo su propio sello, Roswell/RCA, el disco ha sido grabado en la casa/estudio de Grohl y cuenta con la formación actual, a saber: él a la voz y guitarra, Pat Smear y Chris Shiflett a las guitarras, Nate Mendel al bajo e Ilan Rubin (el nuevo batería que reemplaza al ausente Taylor Hawkins) tras los parches. Con apenas treinta y seis minutos y diez canciones, se presenta como un regreso a la energía cruda y directa de sus orígenes (esos que vivimos a mediados de los noventa), sin conceptos grandilocuentes, ni experimentos pero, por desgracia, también sin riesgo alguno y no es que los Foo hayan sido nunca Rush, pero en “Your Favorite Toy” (2026) es especialmente llamativo el estancamiento. Sin embargo, esa simplicidad declarada se revela pronto como una espada de doble filo; y lo que promete frescura acaba sonando, en demasiados momentos, como una banda en piloto automático, bien engrasada pero sin verdadero rumbo. Un disco enérgico que, a diferencia del notable “But Here We Are” (2023) y la sorpresa que fue, suena impostado; como esas fotos de tu ex pasándoselo bien en las fotos, cuando sabes lo que hay tras bambalinas.
Y es que, como decía unas líneas más arriba, “Your Favorite Toy” (2026) abre con un puñado de temas que intentan recuperar esa urgencia de los primeros tiempos, pero la producción de Oliver Roman tiende a aplanar las guitarras hasta convertirlas en un muro homogéneo, con distorsiones delgadas que recuerdan más a un ensayo en un local de ensayo que a la potencia visceral que cabría esperar. En “If You Only Knew” se percibe un guiño evidente a un riff sincopado de Led Zeppelin, pero sin la densidad ni la amenaza que hacía grande al original; quedando en un remedo correcto, funcional para corear en un festival de extrarradio, pero vacío de alma. “Window” arranca con un riff y un bajo que empujan con fuerza, evocando por un instante a la aspereza de los noventa, aunque Grohl lo desinfla con una metáfora torpe sobre un limpiacristales que deja entrar el sol: la imagen pretende ser poética y acaba siendo literal hasta el ridículo. “Spit Shine” es quizá el corte donde la banda se suelta más: Smear, Shiflett, Mendel y Rubin atacan con una energía de garage-rock que hace mover la cabeza, pero las letras de Grohl caen en una autoayuda genérica que diluye el impacto. “Unconditional” intenta sonar como una disculpa íntima, pero su vaguedad la hace intercambiable con cualquier balada rock de los noventa. Y “Amen, Caveman” sirve como resumen de los defectos del álbum: Grohl gruñe el título, las guitarras se hinchan para estadios y la estructura (dos versos, tres estribillos y puente) es predecible hasta la náusea. Solo “Child Actor” logra un momento de verdadera resonancia: Grohl, con cincuenta y siete años a cuestas, reflexiona con crudeza sobre su imagen de “el tío más majo del rock”, el paso del tiempo desde Nirvana y las percepciones que han cambiado tras sus problemas personales, cómo la opinión pública cambia de la noche a la mañana y cuatro ratas son capaces de juzgar tus problemas de pareja, sin conocerte y a decenas de miles de kilómetros de ti, para arruinar tu imagen. La voz suena rasgada, sincera, y por unos minutos el disco respira algo distinto al puro y duro relleno, pero no es suficiente.
A lo largo de las diez canciones, la sensación predominante es la de un grupo que domina su oficio pero que, tras décadas en la carretera y tras la pérdida de Hawkins, parece no saber muy bien qué contar que no haya contado ya. Las influencias están ahí (el punk, la música alternativa, el hard rock de los setenta, toques de su propio catálogo), pero domesticadas, convertidas en un producto fiable para rellenar los huecos entre “Everlong” y “The Pretender” en los directos. Ilan Rubin cumple con solvencia, aportando punch y precisión: es una auténtica máquina, pero le falta aún la química mágica que Hawkins imprimía incluso en los temas más rutinarios, hasta convertirlos en algo especial. La brevedad del álbum evita el tedio, cierto, pero también delata una falta de ideas que merezcan desarrollarse más allá de los tres minutos y medio de rigor. No hay nada ofensivo, nada que haga dejar de escucharlo; simplemente falta esa chispa, esa necesidad imperiosa que convertía incluso los discos menores de los Foo en algo que uno volvía a poner, aunque fuese de vez en cuando.
Foo Fighters siguen siendo una de las bandas de rock más fiables del panorama actual en directo, capaces de llenar estadios y hacer que miles de gargantas canten al unísono, pero este disco confirma que su mayor virtud, la consistencia, se ha convertido también en su límite más evidente. Grohl y los suyos suenan cómodos, profesionales, incluso divertidos en algunos pasajes, pero la emoción auténtica sólo asoma en contados instantes. Después de un álbum tan cargado de duelo y verdad como el anterior, este regreso a la fórmula se antoja seguro, previsible y, en el fondo, innecesario. Quizá sea momento de preguntarse si el juguete favorito sigue teniendo la misma magia o si, simplemente, ya conocemos todos sus trucos de memoria.
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