“Descent” (2026) de Immolation llega exactamente treinta y ocho años después de que los neoyorquinos comenzaran a tallar su propio nicho en el death metal, y lo hace con la misma autoridad que siempre ha definido su trayectoria. Robert Vigna y Ross Dolan, el dúo creativo que sostiene el alma de la banda desde sus inicios, siguen al frente, acompañados por Alex Bouks en la segunda guitarra y Steve Shalaty tras la batería. El resultado es un disco de apenas cuarenta y un minutos que se siente denso, opresivo y, a ratos, casi grandioso en su oscuridad. No es una revolución, ni pretende serlo; es la continuación natural del brutal “Acts of God” (2022), pero con una madurez que permite que los elementos disonantes y brutales respiren junto a momentos de solemnidad. La producción de Zack Ohren es agresiva, carnosa, con guitarras que cortan como cuchillas y una batería que golpea con fuerza titánica, aunque a veces el volumen aplastante resta algo de dinámica a la mezcla. Aun así, el conjunto transmite ese puntito existencial que Immolation han convertido en marca de la casa: la sensación de que el mundo ya es el infierno y nosotros solo descendemos un poco más. ¿Acaso no es cierto, viviendo lo que estamos viviendo?
El álbum arranca con “These Vengeful Winds”, una canción que cae como una losa, con riffs que se enroscan sobre sí mismos y un groove amenazante que Vigna borda con esa perspectiva oblicua que lo hace único. Le sigue “The Ephemeral Curse”, más afilada y directa, donde los solos de Bouks añaden un filo melódico casi doloroso. “God’s Last Breath” es uno de los momentos culminantes: un medio tiempo aplastante que se abre con riffs de guitarra y desemboca en un caos controlado, con Dolan extendiendo su registro gutural hasta sonar casi deísta, como si invocara a una lovecraftiana divinidad moribunda. “Adversary” mantiene la intensidad con un ataque salvaje y estribillos infernales, mientras que el single “Attrition” juega con texturas más variadas, aunque su cohesión resulta algo esquiva en primeras escuchas. “Bend Towards the Dark” trae esa atmósfera vagamente sinfónica que recuerda a ciertos pasajes de Septicflesh en su era “Communion”, con riffs pesados que se sienten como olas de oscuridad, mientras que “Host” es la pieza más experimental y febril del conjunto: salta entre ideas con una malignidad que enfría la sangre, exigiendo varias vueltas para revelar su lógica interna. “False Ascent” regresa a la brutalidad pura, sencilla y efectiva, y la instrumental “Banished” actúa como un breve respiro, aunque su presencia interrumpe ligeramente la fluidez del álbum. El cierre homónimo con “Descent”, condensa lo mejor de la banda en casi seis minutos: riffs tortuosos, transiciones vertiginosas y una sensación de caída inexorable que deja exhausto pero, paradójicamente, con ganas de repetir.
“Descent” confirma que Immolation sigue siendo una de las pocas formaciones del death metal que envejece con dignidad y sin concesiones. No hay relleno, solo una consistencia envidiable que roza lo obsesivo; Vigna sigue mereciendo su propia ala en el hipotético salón de la fama de los guitarristas del género, gracias esos riffs que nadie más toca de esa manera, mientras Dolan y Shalaty sostienen el armazón con una precisión quirúrgica y Bouks aporta frescura sin traicionar la esencia. El disco no reinventa la rueda, pero la afila hasta que corta más profunda que muchas propuestas “modernas”. Puede que la producción peque de exceso de compresión y que alguna transición experimental no termine de cuajar del todo, pero estos son detalles menores ante la fuerza global de la obra. Al final, uno concluye su escucha con la certeza de que el death metal auténtico, el que duele en el alma y en los oídos, sigue vivo y coleando en Nueva York. “Descent” no es solo otro disco de Immolation: es la prueba de que, tras casi cuatro décadas, todavía descienden con la cabeza bien alta y el cuchillo entre los dientes. Una entrega sólida, oscura y absolutamente necesaria para cualquiera que busque metal extremo con tanrto cerebro como tripas.
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