Crítica: Black Label Society “Engines of Demolition”


Black Label Society regresa con “Engines of Demolition” (2026) y lo hace con la autoridad de quien nunca ha necesitado pedir permiso para ser él mismo. Zakk Wylde, acompañado por Dario Lorina a la segunda guitarra, John DeServio al bajo y Jeff Fabb a la batería, entrega su duodécimo álbum de estudio tras cinco años de silencio discográfico. El contexto pesa: la reciente pérdida de Ozzy Osbourne, las giras de reunión con Pantera y la propia vida de Zakk, que siempre ha navegado entre el exceso y su devoción absoluta por la música. Pero, lejos de convertirse en un ejercicio nostálgico o en un refrito de glorias pasadas, el disco suena sorprendentemente fresco, cohesionado y, sobre todo, emocionalmente honesto. No es solo otro puñado de riffs empapados en whisky; es un testimonio de madurez sin que la banda haya perdido ni un ápice de su ferocidad característica. La fórmula es la misma, ¿para qué cambiarla?

El álbum se abre con “Name In Blood”, un cañonazo muscular y melódico que ya deja claro el nivel de exigencia que se va a mantener durante las trece canciones. Los solos de Wylde son incendiarios desde el primer minuto, igual de sabrosos que siempre, pero no caen en el exhibicionismo vacío; sirven a la canción, la elevan, la hacen sangrar. “Gatherer of Souls” baja el martillo sabbathiano con una pesadez casi ritual, mientras que “The Hand of Tomorrows Grave” mantiene esa densidad doom sin perder groove. Las baladas, siempre un punto fuerte en el catálogo de BLS, brillan aquí con luz propia: “Better Days & Wiser Times” y “Back To Me” son piezas desgarradoras, con melodías enormes y una interpretación vocal de Zakk que transmite tanto vulnerabilidad como fuerza. “Pedal To The Floor” es puro blues metal, con un estallido de virtuosismo libre que pocos guitarristas pueden permitirse hoy sin sonar impostados. Los singles que ya conocíamos (“The Gallows”, “Lord Humungus” y “Broken and Blind”) no desentonan en absoluto; al contrario, funcionan como pilares que sostienen el edificio entero. Hacia el tramo final, el álbum gana todavía más intensidad: “Broken Pieces” se desata en psicodelia cargada de distorsión y urgencia, “The Stranger” vuelve a beber directamente de las fuentes sabbathianas con un riff que se clava en la memoria y el cierre, “Ozzy’s Song”, es una joya, un tributo sincero y sin sensiblería barata que emociona de verdad. Incluso el oyente más curtido puede encontrarse con un nudo en la garganta al final, si es que alguna vez ha sabido del lazo que unía a Wylde con Ozzy.


Hay quien podría reprocharle a Black Label Society que su fórmula apenas varía desde “Sonic Brew” (1999), pero esa crítica siempre me ha parecido un poco miope. La consistencia no es rigidez; es identidad. Aquí esa identidad se presenta más pulida, más segura de sí misma y, paradójicamente, más libre. La producción permite que las guitarras de Wylde y Lorina dialoguen con claridad, que el bajo de DeServio ancle el peso sin estorbar y que la batería de Fabb impulse todo con fuerza y alma. No hay relleno, no hay momentos en los que uno mire el reloj. Cada corte tiene su razón de ser y, lo más importante, transmite esa mezcla única de agresividad y corazón que solo Black Label Society parece capaz de embotellar sin que sepa a postureo. Es un disco que no reinventa la rueda, no creo que sea eso lo que busca Wylde, pero la hace girar con más fuerza y con más sentimiento que en muchos años. Es un recordatorio de por qué seguimos volviendo a Zakk Wylde una y otra vez, uno de los pocos que aún entiende que la música puede ser, al mismo tiempo, brutal y profundamente humana. “Engines of Demolition” (2026) es el trabajo más sólido de Black Label Society en, al menos una década; y también el álbum que suena como un hombre que ha atravesado mil tormentas personales y profesionales y sale de ellas con la barba más larga, la mirada más clara y las cuerdas todavía ardiendo entre los dedos.

© 2026 Jota

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