Cuando dos leyendas de la música extrema se dan la mano en el estudio sin reservas, el resultado suele oscilar entre la reverencia mutua y el caos controlado. “Savage Imperial Death March” (2026), la colaboración entre Melvins y Napalm Death editada primero en tirada limitada por Amphetamine Reptile y ahora ampliada por Ipecac Recordings, encarna precisamente esa deliciosa tensión. Buzz Osborne, conocido como King Buzzo, y el infatigable Dale Crover representan el pilar sludge de Seattle, esa pesadez viscosa y excéntrica que ha definido a los Melvins desde el comienzo de sus días. A su lado, Barney Greenway con su arenosa garganta, Shane Embury al bajo y John Cooke a la guitarra aportan el pedigrí grindcore británico de Napalm Death, forjado en la urgencia política y la velocidad homicida de los ochenta. No se trata de un split ni de un mero intercambio de favores: es un disco escrito y tocado en conjunto en el estudio de Los Ángeles de los Melvins, con Toshi Kasai tras la consola, donde las identidades se entremezclan sin disolverse del todo. El título, grandilocuente y provocador, evoca marchas imperiales de destrucción, pero la música que lo sustenta revela un humor negro, una irreverencia que cuarenta años de carrera no han logrado domesticar.
“Tossing Coins Into The Fountain Of Fuck” es un torbellino que ya desde sus primeros compases declara la intención: un ritmo beligerante que Crover y Embury sostienen con maestría, mientras Osborne desata un riff serpenteante que muta en solo desgarrado, y todos gritan al unísono contra el cielo como si vaciaran un arsenal de frustraciones. Ahí está el sello Melvins en esa cadencia pesada y juguetona, pero la urgencia vocal de Greenway inyecta una ferocidad grind que impide que el tema se acomode. “Some Kind Of Antichrist” se estira hasta los nueve minutos y medio, comenzando con el clásico palm-mute de Buzz salpicado de armónicos de distorsión, para lanzar esa frase absurda y gloriosa "kicked in the balls", primero en falsete teatral de Osborne y después en gruñido gutural de Barney. El corte se desintegra progresivamente en ruidismo, voces garabateadas como un sacerdote poseído y Crover golpeando solo en la lejanía, creando una atmósfera de disolución industrial que recuerda los experimentos más abstractos de los Melvins, pero sin perder el pulso. “Rip The God” equilibra mejor las fuerzas, gracias un groove sludge melódico y ominoso donde la voz de Buzz destila inquietud, hasta que entra Greenway para elevar la temperatura con su rugido característico, demostrando que la fusión no borra las personalidades sino que las hace descarrilar. En “Stealing Horses” el álbum galopa con riffs puros de stoner, vaqueros y cuero imaginarios, armonías ascendentes que parecen mirar por encima del hombro mientras huyen hacia el horizonte; aquí surge su lado más juguetón y hard rock, donde Osborne brilla, mientras el bajo de Embury y la batería de Crover añaden una densidad que impide que se convierta en mera nostalgia. “Nine Days Of Rain” introduce texturas más mecánicas, como una impresora industrial devorándolo todo, donde las voces angelicales iniciales se reducen a un zumbido. “Awful Handwriting” lleva la mezcla al extremo: palabras habladas que se distorsionan hasta volverse incomprensibles, un ejercicio de disolución sonora que revela el gusto compartido de los músicos por lo absurdo.
El cierre, “Death Hour”, resume el espíritu doom con acción en los trastes altos, un guiño evidente a Van Halen que culmina con los acordes desvanecidos de “Jump”, como si este súper grupo decidiera terminar la marcha imperial con una carcajada irónica y ese solo de guitarra. “Savage Imperial Death March” (2026) deja la sensación de un encuentro entre viejos camaradas que, lejos de buscar la perfección pulida o el extremismo gratuito, se permiten el lujo de la tontería elevada a arte. Después de décadas en las trincheras (Melvins reinventando el sludge desde los márgenes, Napalm Death manteniendo viva la llama grind con conciencia política intacta), este disco no aspira a redefinir géneros ni a competir con sus obras maestras individuales. Prefiere ser un artefacto vivo, entretenido, sin sudar la camiseta, capaz de pasar de un riff monumental a un ruido abstracto sin perder el hilo emocional. En un momento histórico donde la rabia parece prefabricada y las marchas suenan a postureo, esta alianza suena auténticamente irreverente, casi infantil en su alegría destructiva. No es el álbum más salvaje ni el más majestuoso de sus carreras, pero sí uno de los más humanos: dos bandas que se miran a los ojos, se dan un codazo y, cerveza en mano, deciden que, después de todo, aún queda espacio para robar caballos, lanzar monedas al pozo de los insultos y terminar con el eco de Eddie Van Halen. Es puro metal en su vertiente más sucia y honesta, donde siempre ha sido un refugio para los que se niegan a crecer del todo. Y eso, en 2026, vale su peso en riffs…
© 2026 Jota Jiménez


