“An Undying Love for a Burning World” (2026) irrumpe como un relámpago en plena sequía, un álbum que Neurosis ha parido tras diez años de silencio discográfico y que se siente tan urgente como necesario. Es verdad que si una banda no quiere que se sepa que están trabajando en nuevas canciones (y más aún, una como Neurosis, tan alejada del mainstream) nadie podría adivinarlo y, sin embargo, hace una semana una publicación especializada en metal, preguntó a sus seguidores qué reunión sería la más celebrada, con una foto de Von Till, lo que me hizo pensar que algo podría estar cociéndose en el horno y así ha sido. La formación actual de Neurosis, con Steve Von Till a la voz y guitarra, Aaron Turner (Sumac, ex Isis) incorporado también a las voces y guitarras, con una ferocidad renovada, Dave Edwardson al bajo, Noah Landis en los teclados y sintetizadores modulares, con maestría industrial, y Jason Roeder aporreando la batería como si el mundo dependiera de cada golpe, ha encontrado en esta unión una química visceral que transforma el duelo por la ausencia de Scott Kelly en algo vivo y abrasador. Grabado en tres fines de semana intensos en los Studio Litho de Seattle con Scott Evans al mando, y mezclado con prisa en Antisleep Audio, este trabajo de sesenta y tres minutos no es un retorno nostálgico ni una mera continuación: es una declaración de supervivencia en medio del colapso. La banda lo dice sin rodeos: la ansiedad personal, el caos social, la crisis actual y la sexta extinción masiva amenazan con volvernos locos si no encontramos alivio en la catarsis, en la liberación mediante la palabra. “An Undying Love for a Burning World” (2026) es pesado y emocionalmente cargado, Turner no rellena los huecos; los expande con su aullido desquiciado y sus riffs impredecibles, mientras Von Till mantiene esa melancolía rasgada que siempre ha definido el alma de Neurosis. Los sintetizadores de Landis añaden una capa fría y etérea que envuelve todo como una niebla tóxica, y el resultado es un disco que duele en lo más profundo del alma pero también la libera, un hipnotismo colosal que alterna belleza y terror sin pedir disculpas.
El arranque es brutal y breve: “We Are Torn Wide Open” rasga el silencio con ruido crudo y una voz que murmura la pérdida de lo salvaje en el ser humano, un preludio que te deja expuesto antes de que “Mirror Deep” entre con un groove lento y aplastante, donde los riffs se retuercen como raíces muertas bajo la tierra seca. Los sintetizadores crean una atmósfera opresiva, casi acuática, mientras las voces de Turner y Von Till se superponen en ecos que hablan de vacío existencial: “We are the empty space / Our lives will leave no trace”. La progresión es gradual pero inexorable, culminando en un clímax que te hace sentir el peso del abismo. “First Red Rays” eleva la intensidad con un riff repetitivo y degradado que evoca desesperación primitiva; comienza horadando el suelo que pisamos y estalla en oleadas de distorsión, con Turner aportando un filo más punk y desatado de lo habitual. La transición hacia “Blind” (9:05) es magistral, casi pinkfloydiano: un corte abrupto que pasa del caos al lamento, donde las voces se doblan (el gutural de Turner contra la limpieza doliente de Von Till) creando capas de intensidad que recuerdan a pasajes más musicales del grupo, pero con una crudeza renovada. Brillan en secciones bellas, con melodías vocales que flotan sobre la pesadez antes de hundirse de nuevo. “Seething And Scattered” introduce un tartamudeo guitarrístico que suena dubitativo ante la desconexión humana con lo sagrado; los sintetizadores envuelven todo en una membrana industrial, y el ritmo se vuelve hipnótico, casi dub, antes de explotar en disonancia. “Untethered” es más concisa, un latigazo de riff repetitivo que transmite desamparo puro, con una batería que golpea como un pulso en crisis. “In The Waiting Hours” construye una espera angustiosa: crescendos lentos que acumulan tensión emocional, riffs que se expanden como nubes de tormenta, y un clímax que libera todo el peso acumulado en oleadas de ruido controlado. Finalmente, “Last Light” es el monumento que cierra: arranca con delicadeza folk-metal, incorpora progresiones disonantes en acordes mayores que sorprenden por su luminosidad inesperada, y termina en una cacofonía redentora de dieciséis minutos donde ruido, ritmo y disonancia se funden en una belleza catártica, como si la banda hubiera encontrado un resquicio de esperanza en la quema total del mundo.
Cuando termino de escribir esta reseña, es de madrugada, las canciones apenas tienen quinientas escuchas en la conocida plataforma de streaming y me enorgullece asegurar que, al menos, cuatrocientas noventa y nueve deben ser mías, mientras a mi bandeja de correo llega la confirmación de la compra del vinilo. “An Undying Love for a Burning World” (2026) no busca ser el más accesible ni el más innovador en términos absolutos; busca ser auténtico hasta el hueso, y en eso triunfa con una honestidad que corta. Duele reconocer que los tonos brillantes y únicos de Kelly en discos como “Through Silver in Blood” o “Times of Grace” ya no están, pero Turner transforma esa ausencia en fuerza: su enfoque salvaje y creativo inyecta una energía que hace sonar a Neurosis más vivo que nunca, sin traicionar su raíz tribal y primitiva. Hay ecos inevitables de “Fires Within Fires” en la contención que explota, de “Times of Grace” en la crudeza emocional, pero también algo fresco: los sintetizadores más prominentes, el toque industrial y psicodélico que Landis expande, los momentos de punk en los riffs que recuerdan las raíces post-hardcore de la banda. Es un disco árido, desolado como un paisaje postapocalíptico, donde cada nota incomoda como arena en la boca, pero también hay momentos más elevados que te dejan sin aliento. Neurosis no ha vuelto para ganar premios ni para complacer al fan nostálgico; ha vuelto porque su música era la única forma de no derrumbarse del todo ante el horror del presente. Escucharlo es unirse a ese grito colectivo al vacío, sentir que alguien más entiende la rabia y la tristeza de ver el mundo arder. No es su obra cumbre; eso sería injusto con un legado tan impecable, pero sí uno de los más vitales y necesarios en años. En una era de apatía y ruido vacío, este álbum es un acto de resistencia feroz: un amor indómito por un mundo en llamas, y una promesa de que, mientras quede aliento, seguiremos rugiendo contra la oscuridad. No estamos solos…
© 2026 Jota Jiménez
pic © 2026 Bobby Cochran


