Es verdad, “Make-Up Is a Lie” (2026) llega en un momento en que la figura de Morrissey ya no genera la expectación unánime de antaño, pero sí una curiosidad teñida de recelo, nostalgia y, claro, el sectarismo habitual. Más aún, en una época en la que las opiniones se han polarizado como nunca antes, incluso en los asuntos más vanales. Pero, antes de continuar, debo aclarar que amo a los Smiths y la discografía de Moz, estoy libre de sospecha de escribir desde la trinchera del rencor e incluso tuve un encuentro con él en Murcia (sé que no suena especialmente glamouroso, pero así fue). Y es que su decimocuarto disco en solitario, publicado por Sire tras años de limbo discográfico y rumores de discos inéditos, supone un regreso a un sello que le vio nacer lejos de los Smiths, con lo que el morbo estaba servido desde el mismísimo andamiaje del álbum. Producido por Joe Chiccarelli con ese sonido tan pulido que, a veces, suaviza en exceso el resultado, el álbum cuenta con la participación clave de Alain Whyte (el guitarrista que firmó tantas páginas gloriosas entre 1991 y 2004) junto a Camila Grey en teclados y composiciones, Jesse Tobias, Gustavo Manzur, Juan Galeano, Carmen Vandenberg y Brendan Buckley en la sección rítmica. Whyte coescribe varias piezas y aporta un soplo de familiaridad melódica que evita que todo se deslice hacia la mediocridad más autocomplaciente de trabajos recientes. No es un regreso triunfal pero tampoco una debacle absoluta; es, más bien, un álbum que respira con dignidad, donde destellos de inspiración conviven con pasajes que uno escucha con la ceja arqueada, preguntándose si el autor no podría haberse exigido más a sí mismo.
Abre con “You’re Right, It’s Time”, una apertura que se desliza con brillo pero impersonal, como si Morrissey quisiera recordarnos que aún sabe abrir con elegancia contenida, aunque sin el mordisco de antaño, por ejemplo, del brillante “You Are the Quarry” (2004). La canción homónima, “Make-Up Is a Lie”, incluye un riff de bouzouki que añade exotismo oriental y un estribillo machacón, pero las letras se quedan en una tautología algo hueca, algo imperdonable en su pluma, mientras su voz, sin embargo, sigue siendo ese instrumento capaz de inyectar drama a la lista de la compra, toda una virtud. “Notre-Dame” patina en un disco-pop educado y repetitivo, recordando por momentos a Alphaville y la repetición innecesaria de cuatro líneas que se repiten hasta el agotamiento, con un leve guiño conspiranoico que no termina de cuajar, aunque el sonido de la guitarra con algo de grano y sonido lo-fi rescata la canción en los últimos segundos. “Notre-Dame” es como cuando te duele una muela del juicio, puede resultar irritante pero da cierto placer morderse y, cuando la has escuchado una decena de veces, le encuentras su punto. Alain Whyte brilla con más fuerza en “Boulevard”, un vals conmovedor de amor perdido y glamour marchito, con piano evocador incluido, bajo jazzy y guitarra acústica que evoca lejanamente el dramatismo de “Life Is a Pigsty”. Morrissey emociona con maestría, hundiéndose en los rincones más oscuros de la melodía y el alma humana, como solo él sabe hacer. Mientras “The Monsters of Pig Alley” cierra con un tono autoconsciente y melancólico, reconociendo el vacío que deja la fama con líneas como “Now the phone goes unanswered in your room. When you've tasted fame... nothing else will do”, y logra una humildad que rara vez deja ver su personaje. “Many Icebergs Ago” apuesta por lo grandioso con mandolina, bajo y una guitarra que crean texturas inusuales y envolventes; “Headache”, por su parte, incorpora toques jazzy gracias a esa batería con escobillas y contrabajo que dan un aire sofisticado y desenfadado. No faltan momentos más ligeros y chirriantes, como “The Night Pop Dropped” —un funk setentero algo caricaturesco— o “Zoom Zoom the Little Boy”, con psicodelia deudora de los sesenta que resulta extraña en medio del tono general del álbum. La versión de “Amazona” de Roxy Music añade aún más nostalgia, aunque se mantiene demasiado fiel a la original, sin arriesgar demasiado.
Al final, “Make-Up Is a Lie” (2026) deja una sensación agridulce que encaja perfectamente con la trayectoria tardía de Morrissey: ni ofensivo ni revelador, ni el mejor disco en décadas, ni un desastre irredimible. Por momentos, parece un tímido paso al frente —el regreso de Whyte enciende la chispa, y ciertos arreglos instrumentales demuestran que aún puede sorprender—, pero también estancamiento en esa producción tibia que evita cualquier riesgo, en letras que, a veces, caen en lo obvio. Cuando el disco concluye, uno conserva la certeza de que Morrissey sigue poseyendo un don innegable para emocionar, para retorcer una melodía hasta que duela de la forma más desoladora, pero también con la sospecha de que le falta un contrapeso creativo que le obligue a salir de su zona de confort, como era Marr. Es un álbum que se escucha con respeto, con algún suspiro de admiración y muchos de resignación. La esperanza y la promesa, como siempre pasa con Morrissey, es lo que más hiere.
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