“Goliath” (2026) representa el rugido renovado de Exodus, una banda que, tras más de cuatro décadas pateando puertas y sobreviviendo a todo tipo de tormentas internas, regresa con su duodécimo disco de estudio bajo el sello Napalm Records. El regreso de Rob Dukes a la voz principal —ausente desde “Exhibit B: The Human Condition” (2010)— inyecta una energía visceral que muchos echaban de menos, mientras que la formación actual —Gary Holt y Lee Altus en guitarras, Jack Gibson al bajo y coros, Tom Hunting a la batería— demuestra una cohesión feroz. Sin embargo, este álbum no es un mero regreso a las raíces del thrash de la Bay Area; es una declaración de intenciones que mezcla la velocidad implacable de antaño con toques más amplios, colaboraciones inesperadas como las de Peter Tägtgren (Hypocrisy, Pain) en las voces melódicas, la violinista Katie Jacoby en secciones atmosféricas, y una producción pulida por Mark Lewis que deja respirar cada riff sin perder ni un ápice de agresividad. Exodus no busca complacer a los nostálgicos puristas ni a los que piden modernidad a toda costa: simplemente suenan como una banda que aún tiene mucho que decir, y lo dice con mala leche y precisión quirúrgica.
“3111” es un puñetazo en la cara: riffs afilados, batería machacante de Hunting y la voz de Dukes escupiendo veneno con una convicción que recuerda por qué fue el cantante perfecto en su momento. La canción establece el tono de desafío del álnum, un “jodeos” colectivo a quienes dudaron de su vigencia. “Hostis Humani Generis”, huele a misantropía pura, y es con ella cuando el disco empieza a desplegar su variedad. “The Changing Me”, escrita por Altus, trae un breakdown masivo más propio de Gojira, con Tägtgren añadiendo texturas limpias que contrastan con la brutalidad de estos Exodus, creando un dinamismo que eleva el tema a algo más que thrash convencional. “Promise You This” permite a Dukes mostrar un registro más sureño, casi rockero, mientras Holt desata un solo que recuerda por qué sigue siendo uno de los mejores del género. El título homónimo “Goliath” divide opiniones: su tempo más lento, doomizado, con las cuerdas ominosas de Jacoby y una atmósfera asfixiante, no es el single explosivo que muchos esperaban, pero su peso y las intrincadas guitarras salvan el día y añaden profundidad, pero puedo entender las críticas porque tampoco es lo que espero de Exodus. Mientras que “Beyond the Event Horizon” y “2 Minutes Hate” regresan al thrash puro y sin concesiones, con Gibson destacando en el bajo con un groove aplastante y Hunting impartiendo lecciones de doble bombo. “Violence Works” mantiene la inercia, pero el clímax llega con “Summon of the God Unknown”, casi ocho minutos de pesadez brooding que crece en intensidad, riffs semi-sludgy y melodías soterradas que culminan en un final épico. Cierra “The Dirtiest of The Dozen”, coescrita por Holt y Hunting (letra), un momento velocísimo con solos afilados que deja el disco en lo más alto, recordando la técnica impecable de la banda.
En un año donde el thrash de los ochenta parece seguir resistiendo gracias a dinosaurios como Megadeth, Kreator o estos mismos Exodus, “Goliath” (2026) no será probablemente el disco del año para muchos, pero sí uno de los más honestos y con más cojones. Hay momentos en que la banda se permite experimentar sin traicionar su esencia, y eso es valioso en un género que a veces se atrinchera en la repetición. Rob Dukes suena revitalizado, más versátil y con una presencia que eclipsa las críticas a Zetro; la dupla Holt-Altus sigue siendo letal, y la sección rítmica no da tregua. Aunque no sea un disco que me apasione, me emociona ver a una banda que podría haberse conformado con giras de revival optar por arriesgar con colaboraciones y estructuras más ambiciosas. No es perfecto, claro que no, pero transmite la rabia de quien sabe que aún puede partir mandíbulas en directo y no debe nada a nadie. Lo escucharé de nuevo antes de su próximo concierto en Madrid, porque este disco no pide permiso para existir: simplemente existe, y lo hace con la arrogancia de quien lleva cuarenta años demostrando que el thrash no es patrimonio de los museos, sino de los que siguen sudando sangre sobre el escenario.
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