Crítica: Lindemann "F & M"

¿Cuál es el objetivo de los proyectos paralelos? ¿De las escapadas de muchos artistas de sus respectivas bandas, esas que les han dado la fama, la gloria y, sobre todo, el dinero? Habitualmente, son válvulas de escape, lugares plácidos y agradables en los que explorar todo aquello que en esas bandas no tiene cabida o, por el contrario, meros talleres ocupacionales mientras estas agrupaciones y sus miembros se debaten legalmente o, mucho peor, duermen el sueño de los justos en interminables descansos que terminan deviniendo en muertes comerciales. Entendí “Skills in Pills” (2015) como un divertimento para Till, mientras Rammstein seguían en ese impasse creativo y sus esporádicos conciertos veraniegos, lo entendí, claro que sí, pero no compartí la alegría de muchos de sus seguidores porque me pareció rematadamente malo y si era impropio del propio vocalista, era indigno del genio sueco que considero que es Peter Tägtgren. Si “Skills in Pills” me parecía tan infantil como efectista, tan obvio y tontorrón, orientado para el público menos exigente, lo que me ocurre con “F&M” es que, siendo claramente superior en su intención y huyendo de los tópicos más soeces, es que, al contrario que el anterior, no termino de entenderlo. Me explico para que hasta los seguidores de Rammstein sean capaces de comprenderlo antes de enfadarse conmigo; lo que Lindemann, como dúo, nos presentan en sus canciones es el mismo esquema de Rammstein, pero sin las guitarras de Kruspe y Landers, y sí el sonido enlatado que luce Tägtgren en PAIN, teclados enlatados, sinfónica petarda y guitarras sin la fuerza de los alemanes y tampoco la mala leche de Hypocrisy pero ninguno (ni Till, ni Peter) se desmarca o sale de su zona confort; ni en la producción, composición o estética, Till canta con su clásica voz de barítono y Peter se limita a acompañarlo con una producción artificial, muy propia del encanto decadente de su aventura en PAIN, de hule y tupper.

El mejor ejemplo lo tenemos en "Steh auf" y su comienzo, guitarras desnatadas y los arreglos comiéndoles terreno, llega la estrofa; desaparecen de la mezcla y se queda Till cantando sobre el bajo y la batería. ¿Cuándo vuelven las guitarras? Claro que sí, en el estribillo. Esquema clásico, básico, que aplicarán a casi todas las canciones. ¿Dónde está el subidón? Con todo, "Steh auf" es de lo mejor, directa y pegadiza, "Ich weiß es nicht" sigue el patrón pero no nos hace levantarnos de la misma forma que el estribillo anterior, igual que ocurre con "Allesfresser" o la aburridísima “Blut” en lo que parece la carpeta del ordenador de descartes de Rammstein, canciones sobrantes o con poca pegada y menos gancho porque, no nos equivocamos, las mejores canciones de los alemanes no son las introspectivas y pedorras, sino aquellas que nos levantan con su aire marcial. Todo lo contrario que la acústica “Knebel” o la ridiculez de "Frau und Mann" y la supina idiotez de "Ach so gern" ("Oh So Glad", en inglés) y su toque cabaretero berlinés.

Interesante es la tensión dramática de "Schlaf ein" hasta que uno se percata de que son cinco minutos con nudo pero sin desenlace y Till creyéndose el narrador que no es, de nuevo las sobras de Rammstein, "Gummi" y "Platz eins" (a medio camino entre Flake, PAIN y Clawfinger) y el remate, el chiste definitivo, con "Wer weiß das schon", pudiendo salvar únicamente las iniciales “Steh Auf” (¿ves cómo te dije que era de lo mejor?), "Ich weiß es nicht" y, claro, "Mathematik", olvidándonos de la revisión de "Ach so gern" (que demuestra que ni una, ni otra; la canción no resulta). Y vuelvo a mi pregunta inicial, ¿cuál es el objetivo de este proyecto paralelo? ¿Para qué serle infiel a tu pareja si vas a hacer lo mismo en la cama? Para completistas de Rammstein, el resto podemos olvidarnos de regresar a este álbum si no es para apoyar la copa.


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