Ørjan Stedjeberg, el eterno solitario de Bergen que se oculta tras el seudónimo de Hoest, regresa con “En Skog av Nidstang” (2026), noveno disco largo de Taake y continuación natural de aquel “Et hav av avstand” (2023) que reafirmó su vigencia tras años de relativo silencio. Grabado en los bosques musgosos de la isla de Borgøy, al sur de Bergen, con Bjørnar Nilsen (Vulture Industries) a los mandos de la producción y la mezcla, y Øystein Garnes Brun (Borknagar) encargándose de la masterización, el trabajo vuelve a apostar por cuatro composiciones extensas que fluyen como capítulos de un mismo relato. La producción resulta deliberadamente descarnada, con guitarras afiladas que ocupan casi todo el espectro superior y un bajo que a veces se diluye en la niebla; no hay exceso de estudio ni adornos superfluos, solo la intuición de un músico que lleva más de tres décadas labrando su propio sendero dentro del black metal noruego. Sin embargo, y aunque el disco mantiene la dignidad y la personalidad inconfundible de Taake, se sitúa un peldaño por debajo de sus predecesores más inspirados. Hay mérito, hay atmósfera, hay riffs que todavía ladran como lobos, pero también una sensación de chicle estirado hasta el infinito que resta fuerza al conjunto.
La apertura, “Einstoeingen og eg”, arranca con muestras demoníacas moduladas y voces distorsionadas antes de que un riff de trémolo agudo corte el aire como un cuchillo. Durante los primeros minutos se reconoce el sello de Hoest: interjuego armónico entre las guitarras, su aullido rasgado y esa mezcla de drama y sinceridad que evita cualquier pose vacía. A mitad de camino aparecen de nuevo las voces habladas y un pasaje casi post-rock que abre la canción hacia territorios más contemplativos, cerrando con una belleza inesperada que no resulta forzada. “Et dyr tok min hud” resulta más directa y agresiva: arranca con furia black metal clásica y mantiene esos destellos melódicos que siempre afloran en Taake, aunque aquí la estructura se muestra menos expansiva y más concentrada en el ataque. Hay un momento en el que surge un instrumento no convencional que se integra sin romper el flujo, y el final superpone capas de guitarra con una precisión casi hipnótica. “Engler” marca el punto más singular del disco, comienza en terreno familiar, pero pronto introduce un procesado distinto en las guitarras y un aire heavy metal que desemboca en un groove más pausado y progresivo. La segunda mitad de la pieza se mueve entre ese ritmo pesado y momentos de mayor introspección, y es ahí donde Hoest demuestra que todavía puede sorprender sin abandonar su identidad. El cierre, “Av guds ville naade”, es quizá el momento más logrado. Aproximadamente a un tercio de su duración se abre un segmento extraordinario que combina voces operísticas y, de pronto, los riffs folk-trémolo que han definido a Taake durante décadas, concluyendo con voz y una línea de guitarra melódica que se desvanecen antes de que un último ladrido maligno cierre el círculo, empleando la repetición como un mantra, como recurso hipnótico, aunque en otros pasajes del disco esa misma insistencia pese en la experiencia de escuchar el disco.
Queda la certeza de que Taake sigue siendo una fuerza singular dentro del black metal noruego, capaz de mantener la llama de la tradición sin caer en la mera copia. “En Skog av Nidstang” ofrece suficiente materia para volver a él, especialmente en esos momentos en los que Hoest permite que la música respire y se transforme con naturalidad. Sin embargo, la excesiva duración de algunas secciones y cierta escasez de ideas nuevas hacen que el conjunto se sienta, en más de una ocasión, como un epílogo bien ejecutado más que como un nuevo pico creativo. Es un disco notable, digno de la trayectoria de su autor, pero sensiblemente inferior a “Et hav av avstand” y, desde luego, a obras capitales como “Noregs Vaapen” (2011) o la trilogía clásica. Hoest sigue caminando solo por sus bosques y esa soledad sigue produciendo resultados de calidad; solo que esta vez el sendero parece un poco más trillado de lo habitual.
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