Crítica: Five Finger Death Punch "Legacy"


Que veinte años no es nada, es tan sólo el verso de una canción del genial Gardel, porque sí es una cifra a considerar y Five Finger Death Punch lo saben. Con “Legacy” (2026), su décimo disco de estudio, Zoltan Bathory y compañía celebran la efeméride plantando bandera en un terreno que ya dominan: el de los riffs densos, los estribillos pensados para estadios y la voz de Ivan Moody alternando gruñidos guturales con melismas que, a estas alturas, resultan tan reconocibles como su propio logotipo. El grupo (Bathory y Andy James a las guitarras, Chris Kael al bajo, Charlie Engen a la batería y Moody al frente) se presenta más concentrado que en entregas recientes, apenas treinta y seis minutos que, en teoría, deberían haber depurado el exceso. Sin embargo, lo que llega es un trabajo notable en su contundencia inmediata, pero lastrado por una sensación de fatiga creativa y por la reiteración de fórmulas que funcionan demasiado bien como para abandonarlas. Hay potencia, hay oficio y hay momentos que resultan, pero también hay demasiadas páginas calcadas del mismo cuaderno, como si la banda hubiera decidido que la herencia más segura es no moverse demasiado del sitio. 


La apertura con la canción homónima establece de inmediato el tono: Bathory lanza unas líneas de guitarra afiladas que evocan deliberadamente los días de “The Way of the Fist”, y Moody entra con ese ladrido característico que todavía conserva todo el filo. El tema avanza con convicción, incluso se permite un momento teatral en el que la instrumentación se retira y la voz queda sola gritando su dolor, un gesto que podría resultar gratuito y que, sin embargo, aquí carga con el peso de dos décadas de cicatrices. “De Oppresso Liber” sigue el patrón militarista que la banda ha cultivado durante años; ese ‘chugging’ del verso detona en un estribillo de proporciones de festival, efectivo hasta el cansancio, diseñado para que diez mil gargantas lo repitan al unísono. Funciona, sí, pero también suena a muchas otras canciones del catálogo, como si el mecanismo se hubiera oxidado un poco. “Eye of the Storm”, el primer sencillo, es quizá el punto más alto del disco: tres minutos y pico de thrash contenido y nu-metal, con Moody explorando culpa y arrepentimiento mientras Engen empuja la batería con precisión. Aquí la banda suena urgente, casi hambrienta. El problema aparece cuando esa urgencia empieza a diluirse. “Nails in the Coffin” abre con una delicadeza relativa, deja espacio a las cuerdas y a la voz más limpia de Moody antes de estallar en un estribillo enorme; Andy James se permite un solo más expresivo de lo habitual, y el resultado es competente, casi elegante dentro de los parámetros del grupo. “In Time” lleva esa faceta accesible todavía más lejos: es la canción más melódica, la que busca el momento de móviles alzados, y Moody demuestra que su registro limpio sigue siendo una de sus mejores armas. Sin embargo, tras ella el disco cae en una zona de confort preocupante, “Unscathed” recupera el groove metálico de siempre, con Kael empujando el bajo hacia adelante y Moody alternando registros con la misma previsibilidad de siempre; suena potente, pero también suena a algo que ya hemos oído. “Joke’s on Me” intenta un giro más amargo, más dirigido hacia dentro, y por un momento parece que la banda se permite cierta autocrítica, pero el estribillo vuelve a ser el de siempre, enorme y calculado. “Everybody Lies” es el corte más corto y cínico, un puñetazo directo que no se complica, y “Shelter” se atreve con la vulnerabilidad: melodía abierta, atmósfera casi introspectiva, Moody buscando refugio en vez de golpear. Es un riesgo tonal que divide, porque la banda ha construido su identidad sobre la armadura y aquí se sueltan durante unos minutos. El cierre, “Scapegoat”, intenta recuperar el pulso con un breakdown contundente y un solo que llega tarde, como si la banda hubiera guardado la última dosis de veneno para el final. Es efectivo, pero también deja la sensación de que el disco ha estado repitiendo la misma estructura (verso denso, estribillo bombástico, puente, solo, regreso al estribillo) durante casi cuarenta minutos. 

Al cabo de dos décadas, Five Finger Death Punch siguen siendo una máquina perfectamente engrasada. Drew Fulk, al mando de la producción por primera vez en lugar del habitual Kevin Churko, les ha dado un sonido limpio, poderoso y listo para las grandes ligas, pero no ha logrado que el grupo escape de su propia sombra. “Legacy” es notable porque conserva la capacidad de conectar, porque Moody todavía puede transmitir rabia y vulnerabilidad en la misma frase y porque Bathory y James siguen sabiendo construir riffs que se clavan. Sin embargo, los altibajos son evidentes: hay canciones que brillan por su urgencia y otras que se arrastran por el mismo terreno, como si la fórmula hubiera dejado de ser herramienta y se hubiera convertido en correa. Veinte años después, el legado está claro: Five Finger Death Punch saben exactamente quiénes son y qué espera su público. El disco funciona, a ratos emociona y siempre suena grande, pero deja la duda de si la herencia más valiosa no habría sido, precisamente, atreverse a romperla…

© 2026 Lord Of Metal

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