Crítica: Mastodon "Marrow Deep" ★★★★


Hay discos que se escuchan y hay discos en los que bien se podría vivir. “Marrow Deep” (2026), el noveno de Mastodon y el primero sin Brent Hinds, pertenece a la segunda especie. Las sesiones arrancaron apenas una semana antes de que el guitarrista muriera en un accidente de motocicleta en Atlanta, en agosto de 2025, a los cincuenta y un años, cinco meses después de que el grupo lo apartara en marzo. Resulta inevitable sentir que la pérdida de Hinds fue la de un compañero, en lugar de la de un músico al que admirábamos; tantos años escuchando su música, sintiéndoles como un cuarteto que no había fallado jamás, siendo testigos de sus buenos y malos momentos, de sus vida, la prematura muerte de Hinds dolió a su familia y amigos pero también a nosotros, sus seguidores, que lo sentimos como una traición de la propia vida: a Hinds le deberá haber quedado mucho tiempo por delante. 

En el mismo intervalo Brann Dailor enterró a su madre y Troy Sanders vio cómo el huracán Helene se llevaba la casa familiar. Mastodon ya había escrito con el duelo en la sangre: el suicidio de Skye, hermana de Dailor, recorre “Remission” (2002) y “Crack the Skye” (2009); la muerte del hermano de Hinds en un accidente de caza late en “The Hunter” (2011); la de la madre de Bill Kelliher marca “Once More ’Round the Sun” (2014); la del mánager Nick John pesa sobre “Hushed and Grim” (2021), nadie puede decir que su música no esté plagada de cicatrices. Pero en “Marrow Deep” (2026) se suma otra capa en la tragedia, y es la más incómoda. Por mucho que la ruptura no tuviera nada que ver con el accidente, en las cabezas de todos flota el “¿y si…?”, una pregunta sin respuesta que no se apaga. El título no es un adorno: es lo que queda cuando se raspa el hueso, de la médula donde se guarda lo que no se puede decir en voz alta. 

El núcleo sigue siendo Dailor a la batería y a la voz, Sanders al bajo y a la voz, Kelliher a la guitarra. A su lado, por primera vez como formación de estudio de cinco, el canadiense Nick Johnston (que no imita los licks de country psicodélico de Hinds, sino que busca otro camino, más jazzístico y más seco, con gran talento) y João Nogueira al teclado, que lleva años de gira y aquí deja de ser adorno para convertirse en un miembro de pleno derecho, convirtiendo al cuarteto en trío y ahora en quinteto. Las diferencias con Hinds no eran solo de carácter: él quería alejarse del sonido que los había llevado tan lejos (la paradoja del genio, su talento no tenía límites y era más metal que cualquier músico del género, pero este se le quedaba pequeño); y Dailor, Sanders y Kelliher, sin embargo, creían que aún quedaba territorio por abrir. Al oír el disco, ambas posturas tienen algo de razón: hay mucho de lo que el oído ya reconoce y, al mismo tiempo, Johnston y sobre todo Nogueira empujan la imaginación hacia afuera, como habría querido el propio Hinds. La producción la firman juntos Patrik Berger y otro genio como es Kurt Ballou (Converge) en el estudio West End Sound de Atlanta; la mezcla es de Andrew Scheps y el master de Ted Jensen. El resultado suena más áspero que “Hushed and Grim”, más cercano a la tierra removida de “Leviathan” (2004) que al barniz de los últimos años. No es un disco de duelo en el sentido funerario, pero si uno que niega cualquier posibilidad de venirse abajo y, precisamente por eso, duele más, porque tras sus canciones hay un esfuerzo por no derrumbarse, no es un renacer es, más bien, un “el espectáculo debe continuar, no podemos desmoronarnos”, la propia tragedia de la vida.


“Barbarians Blood” abre con un riff que se tambalea como quien intenta mantenerse en pie sobre un suelo que ya no existe. Sanders gruñe, están en peligro, lo que amaban se quema, mientras Ben Koller (Converge) añade percusión extra y Nogueira suelta un solo de sintetizador extraño, casi de ciencia ficción serie B. “Poisonous Weapons” nace de un fraseo sucio, como si el grupo volviera a ser aquella banda hambrienta de principios de siglo, y Johnston se marca un solo de tonalidad exterior, lejos de la huella de Hinds. “Your Ghost Again” el corazón del disco y su herida más visible: Dailor ha contado que, en el estudio, veía a Brent a su derecha, con la guitarra, exactamente donde siempre estuvo. Sanders canta su parte como una carta de gratitud: todos los regalos que aquel hombre le trajo, las horas de escenario que no se van a repetir, y la consigna de devolverle esos dones al sitio al que ahora tiene que irse. El estribillo (“I saw your ghost again / Followed by crushing feelings of regret”) no grita. Se queda en la garganta, y en esa frase cabe la culpa que el grupo no nombra de otro modo. “Snakes for Dinner” recupera a Josh Homme veinte años después de “Colony of Birchmen” en “Blood Mountain” (2006): esa voz quebrada, de predicador casi cínico, encaja sobre un estribillo que Dailor escribe como un inventario de lo que se fue con él (el corazón, la mente, la luna, las estrellas). “Out Like a Lamb” es el epitafio de Dailor a su madre: el título engaña, porque la canción no se apaga, se retuerce en escalas de guitarra desorbitadas y en el órgano de Nogueira que gira sobre sí mismo. “In the Ruins” nace de Helene, Sanders describe el agua envenenada, la casa de la infancia convertida en cascarón, el viento que “nos dejó por muertos”. El verso que se clava es el más honesto del disco: “We don’t get over this, can we grow around?”. No se supera. Se crece con ello. “They’re Coming for You” aprieta el cerco con riffs que avanzan como insectos; “Golden Spires” tiembla de ritmo de guitarra como si el decorado de un teatro se viniera abajo. “Moth and Bone” es la más contenida, abre con teclados de campana, casi carpentianos, y sostiene el dolor sin convertirlo en lamento largo: es la única que recuerda el pulso lánguido de “Hushed and Grim”, y por eso resalta. El resto del disco, a diferencia de aquel, no canaliza el golpe en composiciones retraídas. Vuelve la técnica exuberante, el riff que se amasa, el ritmo que no avisa, el contraste entre la voz más cantable de Dailor y la más áspera de Sanders, como si dijeran que no hay otra opción que seguir con todo. “A Vampire’s Demeanor” es furia catártica con voces de Randy Blythe y Nate Newton, un empujón grupal cuando el trío fundador ya no basta. “The Vanishing” es el momento más bello y más insoportable: Geezer Butler (el bajo favorito de la madre de Dailor y una de las influencias mayores del grupo) planta una introducción de fuzz que podría haber salido de uno de los cuatro primeros discos de Black Sabbath, y la canción se diluye en una deriva espacial a lo “Planet Caravan”, con Joe Duplantier al fondo y un solo de Johnston de una finura que no busca el alarde. Dailor canta que ve a su madre reunirse con su hermana Skye en el cosmos; Sanders pregunta si se puede soportar una herida que no cierra. El cierre, con “The Three Fates”, deja a Neil Fallon (Clutch) recitando como otro predicador, pero este perdido en el bosque, sobre hilos que se cortan y piedras apiladas en contra. Siete minutos y pico donde afloran las tendencias más progresivas que Nogueira ha ido sembrando (ecos de Yes, de Emerson, Lake & Palmer) y que aquí se despliegan sin prisa. Sesenta y cinco minutos de densidad: que no se agotan en la primera escucha, un disco al que hay que darle su espacio y, como escribía más arriba, vivir en él por un tiempo.

Lo que queda, al concluir su escucha o levantar la aguja, no es únicamente consuelo, sino una presencia, ese fantasma que Mastodon han vuelto a ver. Hinds ya no canta (y la ausencia de su voz, la tercera pata del trípode vocal, se nota en cada estribillo) y, sin embargo, el disco no deja de hablarle a él. Hay la sensación, acaso deliberada, de que el grupo se ha rodeado de amigos para no dejar el hueco a merced del silencio: Homme, Blythe, Newton, Koller, Duplantier, Fallon, Butler. No son firmas de lujo, son un cordón umbilical. Mastodon no se ríen de la muerte ni se arrodillan ante ella. Convierten el luto (y esa culpa que no se lava) en forma: cambios de compás que no son virtuosismo gratuito, sino respiración entrecortada; teclados que no adornan, sino que ocupan el espacio que dejó una guitarra; una escritura que reafirma lo que los hizo ser inconfundibles. “Marrow Deep” no es el mejor disco de Mastodon porque sea el más triste. Es una de sus cimas porque se atreven a nombrar lo que duele sin convertirlo en espectáculo. Hay quien pedirá el alarido de Hinds (todos esperábamos escucharlo en algún que otro momento) y no lo encontrará. Pero, quien escuche con atención oirá otra cosa: el sonido de un grupo que sigue tocando en la misma sala, mirando de reojo el sitio vacío de su amigo, y que, en lugar de callar, siguen escribiendo. Eso, en este oficio, es una forma de fidelidad y duele exactamente como tiene que doler. Joder, qué nudo en la garganta al terminar semejante crítica. Va por ti, Brent…

© 2026 Jota Jiménez

1 Comentarios

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  1. Soy de los que esperaban la voz de Hinds a cada. momento pero el disco me parece tremendo, notable alto. La crítica me ha emocionado y se nota que está escrita en carne viva, sobresaliente.

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