Crítica: John Carpenter "Cathedral" ★★★★


John Carpenter sigue siendo, a sus setenta y ocho años, una de esas figuras que resisten cualquier intento de catalogación fácil. Cineasta, compositor, icono del terror atmosférico, ha construido durante décadas un universo sonoro tan reconocible como inquietante: sintetizadores fríos, melodías que parecen acechar desde las sombras, una economía de medios que genera más angustia que mil orquestaciones densas. Con “Cathedral” (2026), publicado en Sacred Bones, el maestro da un paso que sorprende incluso a quienes llevaban tiempo siguiendo sus incursiones musicales al lado de su hijo Cody Carpenter y de Daniel Davies. Nacido de un sueño vívido y convertido después en novela gráfica (escrita junto a Sandy King y Sean Sobczak), este disco instrumental se presenta sin tapujos como su primer acercamiento deliberado al metal. No se trata de un ejercicio de estilo ni de un pastiche nostálgico. Es una inmersión en catacumbas, asesinatos y fuerzas antiguas que habitan una catedral abandonada de Los Ángeles y la música lo cuenta con una contundencia que raramente se había permitido. Los tres músicos trabajan aquí como un solo organismo: John y Cody tejen las capas de sintetizadores y texturas orquestales, mientras Davies aporta guitarras pesadas que, a veces, roan el thrash. Por primera vez hay una batería en directo y eso lo cambia todo. El resultado no abandona la inquietud minimalista de sus bandas sonoras clásicas, pero la empuja hacia un territorio más denso, más físico, más cercano al metal progresivo y al doom que a la electrónica de cámara.

La apertura con “Primeval” ya anuncia una guitarra lúgubre que se eleva sobre un lecho de sintetizadores antes de que el conjunto se abalance con acordes de potencia y un ritmo que recuerda la NWOBHM filtrado a través de la mirada de Carpenter. No hay excesos gratuitos; cada nota parece dictada por la imagen de un cuerpo descubierto en las inmediaciones del templo. “Identity” introduce el contraste: trinos de teclado, lluvia imaginaria, piano y órgano que evocan la paranoia de sus mejores trabajos de los setenta, solo que ahora el golpe rítmico es más contundente, casi doom. “Inside Out” profundiza en esa línea, con ecos corales y riffs densos que traen a la memoria el espíritu de “Prince of Darkness”, mientras “Abandoned Cathedral” se permite un momento más etéreo, casi orquestal, donde los sintetizadores de padre e hijo se funden con cuerdas sintéticas para dibujar el interior vacío y amenazador del edificio. El descenso llega con “Elevator” y “Elevator Two”, formando un díptico de movimiento vertical: el primero avanza con un groove casi bailable, a medio camino entre el rock industrial y la tensión cinematográfica, coronado por un solo de Davies que corta como una cuchilla; el segundo continúa la caída con ondulación de teclados y guitarras guturales. “Desolation in the Underworld” recupera el pulso más clásico de Carpenter, una melodía plañidera que podría haber salido de la misma fuente que inspiró el tema de “Halloween”, pero revestida de una oscuridad más contemporánea. “The Mapmaker” y “The Ferryman” mantienen el hilo narrativo con atmósferas pulsantes y una sensación de inevitabilidad. El momento álgido llega con “Lord of the Underground”: aquí el trío se entrega sin reservas. Riffs pesados, batería cruda, teclados cáusticos y un aire de metal gótico e industrial que justifica por sí solo la etiqueta de “su primer disco de metal”. Es la canción más cercana a una batalla final, y se siente como tal. “Death of the Mapmaker” ofrece un breve respiro elegíaco antes de que “Back to Ruins” y “Revenge” recuperen el impulso; esta última, curiosamente funk en su clímax, demuestra la capacidad del grupo para sorprender sin romper la coherencia. “Resolution” cierra el círculo con coros etéreos y una sensación de cierre que no es exactamente alivio, sino aceptación de que algo ha quedado liberado.


Hay algo profundamente conmovedor en escuchar a un creador de esta talla seguir explorando a una edad en la que muchos se limitan a repetir fórmulas. “Cathedral” no es un disco de nostalgia ni un producto únicamente ideado para seguidores de sus películas. Es una obra que exige atención, que recompensa la escucha a oscuras, preferiblemente en una noche de viento, como si uno mismo estuviera bajando las escaleras de esa catedral inventada. La combinación de sintetizadores distorsionados, guitarras afiladas y una batería que, por fin, late de verdad genera una tensión constante, una belleza siniestra que no necesita voces para contar su historia. Carpenter, Cody y Davies han logrado algo raro: mantener la identidad inconfundible del primero mientras abren la puerta a una agresividad que el metal reconoce como propia. Es verdad que no todo es perfecto (algunos pasajes intermedios se diluyen un poco en la atmósfera), pero el conjunto posee una fuerza narrativa y emocional que supera con creces cualquier reserva. Si uno cierra los ojos y ve las catacumbas, huele la humedad y siente que el mal, o lo que quiera que sea, sigue ahí abajo esperando, es que entonces el maestro lo ha logrado.

© 2026 Lord Of Metal
pic © 2026 Sophie Gansard

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