Crítica: Madball “Not Your Kingdom”


Hay discos que llegan como un golpe seco en la nuca y otros que se cuelan por las rendijas de la costumbre hasta ocupar toda tu atención. “Not Your Kingdom” (2026) de Madball pertenece a la segunda categoría, aunque suena con la contundencia de la primera. Después de ocho años de silencio discográfico (el lapsus más largo de toda su trayectoria), los neoyorquinos regresan con catorce canciones que no pretenden reinventar el hardcore de su ciudad, sino recordarle al resto del planeta que el género sigue teniendo dueños legítimos. Freddy Cricien, voz y conciencia del grupo, sigue siendo el eje: esa voz de calle que ha madurado sin suavizarse, capaz de pasar del grito gutural al sermón casi hablado sin perder una gota de autoridad. A su lado, Mike Gurnari (guitarra), Mike Justian (batería) y el recién consolidado Paul Delaney (bajo, procedente de Kill Your Idols y Black Anvil) conforman una formación que no suena a transición, sino a continuidad con hambre. La marcha de Jorge “Hoya Roc” Guerra, presente desde casi el principio, se nota más por su ausencia simbólica que por un vacío sonoro, ya que el cuarteto se mueve con la misma densidad de hormigón que siempre caracterizó a Madball, solo que ahora con un punto de agilidad extra en las partes más rápidas. 

“Tethered” es una declaración de intenciones que combina el golpe característico del NYHC con un groove casi hip-hop en la base rítmica. Gurnari teje riffs que empujan hacia delante mientras Justian y Delaney construyen una base sólida. Cricien entra como si llevase años esperando ese momento, con esa mezcla de amenaza y convicción que convierte cada frase en consignas. Inmediatamente después, “Flammable” (apenas cincuenta y nueve segundos) funciona como un puñetazo: batería a la carrera, guitarras afiladas y una voz que parece salir de un callejón oscuro. “Rebelude” sirve de puente breve antes de “Rebel Kids”, el primer sencillo y uno de los momentos más redondos del álbum. Aquí Madball se permite un aire más propio de un himno, con estribillos pensados para ser coreados en mitad del circle pitt, pero sin renunciar a la agresividad. Es verdad que, conceptualmente, no es gran cosa: habla de no seguir la tendencia dominante, de cuestionarlo todo, pero lo hace con una claridad que evita el tono panfletario. “Don’t MisStep” vuelve a la brevedad extrema, un torbellino de menos de dos minutos que avisa de no perder el norte, y desemboca en “What Say You”, donde el título del disco cobra sentido. El riff central es sencillo pero eficaz, el ritmo medio permite que la voz se asiente y las letras apuntan directamente a quienes creen poseer el mundo, hay una rabia contenida que se siente más peligrosa que el desahogo puro. “Stab Wounds” tira hacia el thrash con riffs más metálicos y una sección rítmica que Justian y Delaney empujan con fuerza de locomotora; es de las piezas donde se nota con más claridad la aportación de los dos Mikes en la escritura. Después de la breve “Sunrise” (un interludio de radio distorsionada que huele a calle), llega “Life’s a Mural”, una de las canciones más punk del conjunto, con ese desparpajo que recuerda a bandas británicas recientes sin abandonar el acento neoyorquino. “Family First” es, quizá, el momento más emocional: un tema centrado en la lealtad, en la idea de que la familia (biológica o elegida, tú eliges cómo entenderla cuando escuchas la canción) es lo único que queda cuando todo lo demás se desmorona. El riff inicial es lento, casi amenazante, antes de que la batería estalle y el grupo se lance a por todas. “Clockwork” mantiene la intensidad con cambios de ritmo precisos, “IWI” es un destello de media minuto y “The Ride” vuelve a subir el listón con una estructura que parece diseñada para el directo. 




El cierre, “Chase a Dream”, resume todo lo que Madball sigue haciendo bien: hardcore sin concesiones, con esa autenticidad que no se puede fingir y que aquí se siente más afilada que nunca. Treinta minutos exactos. Ni una canción de más, ni un segundo de relleno. “Not Your Kingdom” no es el disco más experimental de Madball ni el más furioso, pero sí uno de los más coherentes y necesarios que han firmado, demostrando que la autenticidad no se compra ni se inventa: se arrastra desde los noventa, se suda en locales sórdidos y se defiende con la misma voz que un día era la de un adolescente y hoy es la de un hombre que sigue sin aceptar que el reino le pertenezca a nadie más que a quienes lo construyen cada día. Cricien, Gurnari, Justian y Delaney no pretenden ser los nuevos reyes de nada; simplemente recuerdan que el trono sigue ocupado y no van a abdicar. El hardcore de Nueva York sigue teniendo dueños, y estos todavía tienen dientes. 

© 2026 Lord of Metal

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