Crítica: Kamelot "Dark Asylum" ★★


Hay una virtud y un lastre que en Kamelot llevan décadas conviviendo juntos: saben exactamente quiénes son. Desde Tampa, Thomas Youngblood ha sostenido durante más de treinta años un sonido que no necesita presentación (el power metal oscuro, orquestado, pulido hasta alcanzar el brillo de un candelabro, un teatrillo melódico que, en la mayoría de los casos, siempre ha funcionado), y “Dark Asylum” (2026), decimocuarto disco de estudio y primero conceptual desde hace un tiempo, no pretende disimularlo. El escenario es RavenHill, antigua catedral reconvertida en manicomio neovictoriano, donde ciencia, fe y delirio comparten bóveda; el protagonista no tiene nombre, solo máscaras, recuerdos rotos y la promesa de un supuesto santuario interior. Tommy Karevik (voz), Youngblood (guitarras), Oliver Palotai (teclados y orquestaciones), Sean Tibbetts (bajo) y Alex Landenburg (batería) firman el relato con Sascha Paeth a la producción y Jacob Hansen al mezclado, el mismo taller de siempre, los mismos materiales y, claro, el mismo resultado. La pregunta no es si el disco suena a Kamelot (suena, y con todas las letras), sino si, después de “Haven” (2015), “The Shadow Theory” (2018) y “The Awakening” (2023), el grupo todavía es capaz de sorprenderse a sí mismo o se limita a amueblar otra vez los mismos pasillos. El disco llega de la mano de Napalm Records con quince canciones, un elenco de invitados que lo convierten en una opereta y esa solemnidad tan suya que, a veces, emociona y, a veces también, se confunde con el decorado.

“Sanctorium” abre como se espera: preludio coral y órgano. Es breve y cumple la función de levantar el telón, aunque sobra como pieza autónoma; cuando entiendes que es el umbral y no la casa. “Ashen World”, con Ignacia Fernández (Decessus) en las voces más desgarradas que rasgan el estribillo, es el primer golpe de verdad: riff galopante, solos de Youngblood que recuerdan el mejor “Ghost Opera” (2007) y Karevik modulando entre la queja íntima y el pregón. La guitarra rítmica aún se deja oír, y eso importa, porque más adelante Palotai y las cuerdas se comen el centro con demasiada facilidad. El tema homónimo, “Dark Asylum”, justifica el título: hay una introducción hablada, un vaivén entre teclado y guitarra en el puente y un estribillo de esos que se quedan días en la cabeza. Es Kamelot en estado puro (metal progresivo de salón, melodía de catedral, teatralidad sin pudor) y, junto con “Ashen World”, el argumento más sólido de que el oficio no se ha oxidado. “Sanctuary” reúne a Clémentine Delauney (Visions of Atlantis) y, de nuevo, a Fernández con Karevik; el trío vocal es el momento más ambicioso del disco, tres timbres que se cruzan como si el asilo tuviera tres almas. Funciona a ratos, se diluye en otros, y las voces agrias de Fernández quedan un tanto barnizadas por la producción, como si el drama pidiera suciedad y el estudio entregara barniz. “Nocte Veritas” es un interludio de menos de un minuto, canto en latin y sombra eclesiástica: útil para la narración, pero prescindible como canción. “One Last Masquerade” y Tobias Sammet (Avantasia) hace lo que se espera de él: elevar el dúo hacia el territorio de “Ghostlights”, con riffs pegadizos y un baile de máscaras que encaja en el argumento pero suena, casi inevitablemente, a colaboración en una gira conjunta (que no parezca un reproche). “Ivy, My Dear” baja la guardia: balada cristalina, voz al frente y Palotai en segundo plano. Tiene encanto de personaje (una figura del pasillo, un nombre propio en medio de abstracciones), aunque se resiente por esa costumbre reciente del grupo de dejar la guitarra rítmica en la antecámara. “Godlike Alchemy”, segundo adelanto y piedra temático según el propio Karevik (la cura no se busca fuera, ya está dentro), es el Kamelot de catálogo: cuerdas amplias, estribillo descomunal, sección central donde Youngblood suelta las riendas. El cantante, no obstante, fuerza los agudos del estribillo con una tensión que ya se percibía en “The Awakening”; la melodía pide más aire del que a veces concede. “The Sleeping Mind (Orphic Paradigm)” reclama el subsuelo órfico: riffs insistentes, teclados con más margen, un punto progresivo que alivia la simetría de las estrofas anteriores, mientras que “Kaleidoscope” nos trae a Landenburg acelerando con tino, pero la canción se olvida en cuanto termina, esa clase de pieza correcta que un disco de quince títulos no puede permitirse tantas veces. “Enigma (Think of Me)” es la balada power que no acaba de ser ni una cosa ni la otra: calma minimalista, algún riff amable pero incapaz de sostener la melodía. “Cassandra’s Disease”, en cambio, es de lo más vivo del segundo tramo. Youngblood ha dicho que fue la más difícil de cerrar, y se nota: piano inicial, arquitectura progresiva, la maldición de Casandra (decir la verdad y no ser creída) convertida en metáfora del manicomio, en ella la parte instrumental no adorna, empuja. “Beneath the Moon (Tunglið)” es el desvío nórdico, con Rannveig Sif Sigurðardóttir y Sólveig Sara Leupold a las voces y Lea-Sophie Fischer (Eluveitie) al violín. Folclore de salón, luna y susurro gótico propio de esa ropa festivalera que pica y se siente de mala calidad; extraña, como si una canción de otro disco se hubiera colado por una ventana del asilo. “The Puppet King” devuelve la oscuridad y el hilo argumental; el corte instrumental deja respirar a cada uno, Tibbetts incluido, antes de que “Sanctum Requiem” cierre con teclados, orquesta y la duda de si el santuario es el destino y el protagonista o una mentirijilla para encajar canciones de todo pelaje.

Me quedo con una sensación agridulce. Admiro la obstinación de Kamelot: pocos grupos de su generación se siguen tomando en serio el teatro gótico y el estribillo como bandera. “Dark Asylum” contiene canciones que merecen el apellido (“Ashen World”, “Cassandra’s Disease”, tramos de “Godlike Alchemy” y el duelo vocal de “Sanctuary” o la propia homónima) y un oficio que no se improvisa. Pero también contiene (y esto ya es menos perdonable a estas alturas) la repetición constante, esa que el oído reconoce antes de que acabe el primer minuto de cada canción. Las guitarras rítmicas retroceden, las voces más agresivas se quedan en la superficie, los interludios en latín y las baladas de relleno alargan un relato que ganaría con menos puertas, menos efecto y más directas. No es un disco mediocre, sino uno que se parece demasiado a los tres anteriores como para poder disimularlo. Quien entre en RavenHill encontrará velas, máscaras, coros y esa melodía que Kamelot lleva bordando desde “Epica” (2003) y “The Black Halo” (2005). Quien busque algo de frescura, saldrá con la misma llave con la que entró.
© 2026 Lord Of Metal

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