Crítica: The Ocean “Solaris” ★★★


Durante más de una década, The Ocean Collective ha funcionado como un proyecto estable alrededor de una idea fija. Robin Staps componía, Loïc Rossetti cantaba y Mattias Hägerstrand sostenía el bajo en una serie que iba de “Pelagial” (2013) a los dos “Phanerozoic” (2018 y 2020) y a “Holocene” (2023), y “Solaris” (2026) para cerrar esa etapa y abrir otra. Staps y Hägerstrand se quedan, pero el resto de la formación cambia. Enrico Tiberi, cantante y teclista de Dark Side Bright Side, y Lane Shi, voz de Otay:Onii y exintegrante de Elizabeth Colour Wheel, ocupan el lugar de Rossetti. Emmanuel Jessua, de Hypno5e, y Marco Gennaro se suman a las guitarras, mientras Jordi Farré, procedente de Crippled Black Phoenix, se encarga de la batería y la percusión. El cambio no es solo en la nómina, sino que el disco deja atrás las eras geológicas y se apoya en la novela de Stanisław Lem, en la que un planeta cubierto por un océano consciente devuelve a la tripulación de una estación los recuerdos que preferiría olvidar. Staps trata ese argumento como un relato de desconcierto y lo rodea de colaboradores concretos. Thorsten Quaeschning, de Tangerine Dream, aporta sintetizadores analógicos, Orestis Zafiriou y Peter Voigtmann suman teclados, Jovi Zhang toca el vibráfono y Simen Eifring, de Spurv, el trombón. La celesta, la batería, el Rhodes, el Hammond y los timbales se grabaron en los míticos estudios Hansa de Berlín en octubre de 2025. El bajo, las guitarras, el vibráfono y las voces quedaron en Oceanland. Y, finalmente, Jens Bogren mezcló y masterizó en Fascination Street, en Örebro, en marzo de 2026, en definitiva, un disco que parece querer deja claro que no pretende repetir la fórmula anterior. 

El recorrido se entiende mejor si se sigue el orden de las ocho canciones. “52°30'11" N, 13°26'12" E”, que corresponde a las coordenadas de la oficina de Pelagic en Berlín, dura poco más de dos minutos y presenta a Tiberi sobre vibráfono y guitarra acústica. No adelanta el peso del disco, pero fija el tono con el que arranca el viaje. “Departure Song” recoge ese vibráfono y el bajo de Hägerstrand y los lleva hacia la distorsión. Tiberi y Shi comparten un estribillo reconocible para quien venga de los discos anteriores, aunque Shi no se limita a completar la melodía. Su voz se tensa y empuja el tema, mientras Staps, Jessua y Gennaro responden con una masa de guitarras que sube y se retira sin romper la canción. “Light Pollution”, de casi diez minutos, es el primer desvío claro. Shi queda en primer plano sobre efectos que difuminan el riff, Voigtmann ensucia la atmósfera con sintetizadores y Tiberi entra en gutural cuando el tema se endurece. Lo malo es que su final no resuelve la tensión, se asienta en un pasaje lento y pesado, con Farré marcando un pulso que ya no busca el estribillo. A partir de ahí el disco crece en duración y también en riesgo: “Simulacra”, con diecisiete minutos, concentra lo más logrado y lo más discutible. Tiene un motivo central de guitarra que podría sostener un tema más corto, un pasaje de piano que abre con claridad la segunda parte y la intervención del trombón de Eifring, que desvía la armonía hacia un lugar que la banda no había usado. El problema es que la canción repite su idea más de lo necesario y alarga pasaje que ya estaban explicados. Quien busque el post-metal de “Precambrian” (2007) encontrará el parentesco, quien espere una estructura más contenida notará el exceso antes del clímax. “Belligerence” corrige ese pulso, Tiberi deja de ser la única voz áspera, Shi grita con él y los dos se enfrentan dentro de un pasaje más directo. El ataque en tresillos devuelve un gesto reconocible de la banda, y Farré ordena el caos en lugar de aumentarlo. “Ultima Esperanza”, de casi doce minutos, toma el nombre de la provincia chilena cuyas coordenadas cierran el disco. Funciona como recapitulación y como rendición. El clímax tiene un acento más abierto, de esos que Bogren sabe agrandar sin volverlos artificiales, y la coda ya no regresa al riff principal. “Milk of My Dreams” y “51°28'30" S, 73°6'11" W” cambian de lengua, Quaeschning impone un pulso electrónico, Shi canta en un registro más contenido y la guitarra deja de mandar. La decisión encaja con la novela, porque al final habla el planeta y no la tripulación, pero llega de forma brusca después de una hora de metal progresivo, con un cierre que no desmonta el concepto, pero sí deja la sensación de que el disco cambia de reglas cuando el oyente ya había aceptado las anteriores. 

“Solaris” dura cerca de setenta minutos y pide dos ajustes en la escucha. El primero tiene que ver con las voces. Tiberi se parece a Rossetti lo bastante como para que la comparación aparezca sola, pero no lo suficiente como para que esa comparación explique el disco. Shi es el cambio real. Sin ella, “Solaris” sería una reconstrucción correcta de un lenguaje ya conocido. Con ella hay contraste, y ese contraste evita que el homenaje a Lem se quede en una simple ambientación. El segundo ajuste está en el tramo central: “Simulacra”, “Belligerence” y “Ultima Esperanza” suman unos cuarenta minutos, y no sobra la ambición, sino la confianza en que cada idea necesita todo el espacio que se le da. Staps ha anunciado una versión paralela, más instrumental y con más peso de los sintetizadores, y ese dato aclara el defecto. Parte de “Solaris” suena como dos discos que todavía no se han separado. Aun así, la nueva formación cumple. Hägerstrand sigue siendo el punto fijo, Farré entiende el groove sin imitar a Paul Seidel, y las guitarras de Jessua y Gennaro amplían un idioma que después de “Holocene” corría el riesgo de repetirse. No es el mejor disco de The Ocean, ni tampoco el epílogo de la formación que se fue. Es el primer trabajo de una tripulación distinta, escrito con una idea clara y con una duración que a veces trabaja en contra de esa idea. Pero, para mi pesar, lo que permanece es la fricción entre lo que la banda recuerda y lo que ahora puede hacer.

© 2026 Conde Draco

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