Crítica: Amon Amarth “The Allfather Awakens” ★★★


El cuerno vikingo suena antes de que nadie haya pedido la guerra. En “Gjallarhorn”, primera canción de “The Allfather Awakens” (2026), un coro abre el paso y la guitarra entra con esa curva heroica que los de Tumba llevan décadas afilando, como si el Ragnarök pudiera convocarse desde el primer compás y el público ya supiera el estribillo. El decimotercer disco de Amon Amarth llega cuatro años después de “The Great Heathen Army” (2022), un trabajo que dejó al ejército remando por inercia. Esta vez la portada, séptima de Tom Thiel para el grupo, muestra a Odín con el ojo que le queda abierto y el título promete despertar. Amon Amarth aguantan como pueden con la última formación y ningún cambio: Johan Hegg a la voz, Olavi Mikkonen y Johan Söderberg a las guitarras, Ted Lundström al bajo y Jocke Wallgren, ya asentado, a la batería. El método, por el contrario, sí. Las piezas se escribieron en los descansos de la gira y se grabaron una a una, hasta el final, en dos tandas separadas por meses en el estudio de Jacob Hansen en Ribe (primavera de 2025 y marzo de 2026). Mikkonen y Söderberg dejaron los amplificadores 5150 y volvieron a los Marshall. se oye en el grano de las armonías: menos clínica, con más acero templado en un disco que, aunque no es conceptual, Odín es el hilo y la canción que presta el nombre al álbum fue la última en escribirse. Diez temas, cuarenta y seis minutos, y la sombra del anterior pesando sobre cada estribillo, como empieza a ser costumbre. 

“Gjallarhorn” cuelga la letra del sacrificio del ojo tanto como del cuerno de Heimdall. Hegg brama con la claridad de siempre, Wallgren marca un medio tiempo que no se atasca y el estribillo está pensado para que un campo de festival lo complete. En un ejercicio de fanatismo bien ejecutado, sin valentía. “Eight Legs of Thunder” galopa sobre Sleipnir, el caballo de ocho patas, y el riff hace exactamente lo que el título pide (el vídeo, con la banda vestida de rancho americano, sobra y distrae), pero la canción, dentro del disco, se sostiene por el estribillo y por el diálogo de Mikkonen y Söderberg, que siguen teniendo un pozo de terceras y quintas del que otros grupos llevan años bebiendo sin pagar una sola moneda. “Kvasir’s Blood” es lo mejor del tramo central. Kvasir, sabio nacido de la saliva de los dioses y asesinado para fabricar el hidromiel de la poesía, da a Hegg un relato que le sienta: voz grave, fraseo y una base que Lundström y Wallgren empujan sin adornos. Aquí el death melódico deja de ser postal y recupera peso en el pecho. “We Rule the Waves” es la otra cara, la del himno marinero. El estribillo canta, sin rodeos, que son vikingos, y la letra llega hasta Vinland, tan literal que provoca una sonrisa, y tan eficaz que se queda en la cabeza. Hermana natural de “Put Your Back into the Oar”, del disco de 2022, y destinada al ritual de remar en el suelo. Mientras que “Upphaf”, la primera canción acústica de la historia del grupo, en nórdico antiguo, significa comienzo u origen, y el texto bebe de la Völuspá. Sin distorsión, con guitarras familiares y la voz de Hegg contenida (no limpia, sólo contenida), demostrando que la melodía era el esqueleto y el volumen, el músculo. Funciona como respiro y como prueba. No convierte el disco en otra cosa, pero impide que la segunda mitad sea un calco de la primera. “Die With a War Cry” vuelve al acero con una letra más estoica de lo que el título sugiere: dominio de la mente ante la ruina, eco del Hávamál, y un Hegg que grita sin celebrar la carga. “Raven God” retoma a Huginn y Muninn, pensamiento y memoria, los cuervos que susurran al oído del Padre de Todos y ya habían volado en “Raven’s Flight”, de “Berserker” (2019). Aquí el arreglo es más contenido al principio y se abre en un estribillo de cuerno alzado. “The Allfather Awakes” (el disco dice Awakens, la canción Awakes: el proceso y el hecho) concentra el doble bombo y la armonía de estadio. Según ellos, fue la última en nacer y suena a clave de bóveda, no a ocurrencia tardía. “Oden’s Hunt” invoca la cacería salvaje, Odens jakt, y es espectáculo puro: cascos, tormenta, Mikkonen y Söderberg en paralelo. El cierre, con “Ascending Like an Eagle”, roza los siete minutos y es el único momento en que el disco se permite épica de verdad: las guitarras suben en oleadas, Wallgren no afloja y Hegg narra el ascenso como quien cierra una saga menor con dignidad. 

No alcanza a “With Oden on Our Side” (2006), pero es una cima para que el final no se desinfle. “The Allfather Awakens” mejora la escritura cansada de “The Great Heathen Army”, devuelve urgencia a un idioma que el grupo domina mejor que nadie y no finge una ruptura que Hegg, con buen criterio, nunca ha prometido del todo. El cambio de amplificador, la canción acústica y el trabajo pieza a pieza con Hansen se notan. Lundström sigue siendo la quilla invisible, Wallgren el motor que no pide protagonismo, y la pareja de guitarras el verdadero autor del hechizo. Pero cuando este se repite durante tres décadas, el riesgo no es el ridículo (hace tiempo que estos cinco pasaron esa prueba) sino la indiferencia. Para quien llegó con “Twilight of the Thunder God” (2008) y se quedó, es más que suficiente. Para quien esperaba que el despertar trajera un mapa nuevo, el cuerno suena familiar, y esa familiaridad, esta vez por lo menos, no agota tanto. 

© 2026 Lord Of Metal

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