Crítica: Chelsea Wolfe “Dark” ★★★


Hay artistas que hacen de la penumbra un oficio y otros que la convierten en biografía. Chelsea Wolfe pertenece al segundo grupo desde que “Abyss” (2015) y “Hiss Spun” (2017) la situaron en esa frontera resbaladiza entre el folk gótico, el doom y el ruido industrial, y desde que “Birth of Violence” (2019) demostró que también sabía desnudarse con una guitarra acústica y un silencio bien medido. “The Dark” (2026), noveno disco de estudio y primer larga duración publicado por Loma Vista Recordings, llega dos años después de “She Reaches Out to She Reaches Out to She” (2024) y de los epílogos “Undone” y “Unbound”, cuando aquella incursión electrónica con Dave Sitek ya se había agotado como novedad. Wolfe escribe y produce junto al sempiterno Ben Chisholm y, por primera vez de forma sostenida, con Jennifer Decilveo, pianista y compositora ajena a su círculo habitual. Mezcla Marta Salogni y masteriza Ruairi O’Flaherty. Además, en el estudio aparecen Matt Chamberlain a la batería, Stella Mozgawa en varios momentos, Troy Van Leeuwen y Robin Finck a las guitarras, Justin Meldal-Johnsen al bajo, las voces de Kælan Mikla y el violín de Laena Myers. El planteamiento es claro: entrar en el bosque por el punto más oscuro y convertirse en aquello que se teme. El resultado, sin embargo, es un disco de factura admirable y buenas canciones, más cercano a la claridad de “Birth of Violence” que al abismo de sus obras más densas. Quien esperaba otra erupción de distorsión y vértigo encontrará aquí un trabajo pulido, corto (poco más de cuarenta minutos) y deliberadamente digerible. Eso no lo invalida, pero lo sitúa, con justicia, un peldaño por debajo de sus cumbres.

“Cold” abre con guitarra acústica, piano de Decilveo, mandolina y bajo de Chisholm, y la batería de Sam Kauffman-Skloff golpeando como un corazón que se niega a acelerar. Wolfe canta el abandono sin metáfora de cortesía: suelta, cede, pregunta quién es sin el otro. La canción funciona como declaración de intenciones y también como trampa, porque su belleza inmediata deja entrever el problema del disco entero (la emoción está tan bien iluminada que a veces pierde sombra). “Seethe” cambia de registro con un bajo que Wolfe esbozó en un ferry del norte de Europa y que Van Leeuwen remata con una guitarra sucia, casi de finales de los noventa. Chamberlain empuja el ritmo como un tren descarrilado a cámara lenta y la letra, inspirada en la figura de la asesina de ficción, recupera una ferocidad que el resto del álbum dosifica con excesiva prudencia. “Humours” es, con diferencia, el momento más extraño y por eso el más vivo: percusión punteada, electrónica crujiente, las guitarras de Chisholm y Finck forcejeando con un cuerpo que se encierra para no ser mirado, y de pronto el alarido colectivo de Kælan Mikla, cortado en seco cuando Wolfe proclama que va a librarse y es ahí, justo ahí, cuando hay algo de sangre, de carne hendida. “Swallower” vuelve con Van Leeuwen para un solo que huele a desierto californiano y a “Hiss Spun”, con Meldal-Johnsen anclando un groove que pide más suciedad de la que Salogni permite. “Halo”, con Mozgawa a la batería y el piano de Chisholm, es el estribillo más pegajoso del álbum, una melodía que se queda en la sien con una facilidad que Wolfe no siempre se había permitido. El tema homónimo, coescrito con Ben Babbitt, empieza titubeante y se inflama hacia un final que quiere ser epifanía (semillas que crecen en la oscuridad, amor que brilla en el bosque…) y que, en su cambio de tonalidad, delata la mano de Decilveo tanto como la de Wolfe. “Turn the Key” es el ejercicio más tenso: dinámica suave y dura, teclados industriales, Finck arañando el borde, Chamberlain midiendo el silencio. “I’m Not There”, otra vez Mozgawa, se mueve entre la casa encantada y la ausencia voluntaria, con Chisholm doblando voces como si el fantasma y la inquilina compartieran micrófono. “Death Is Not the End” susurra primero y luego se alza sobre las guitarras de Chisholm y Finck, con esa imagen de un cuerpo flotando entre algas que algunos han comparado con una playa portuguesa y que aquí funciona como el único instante en que el disco toca de verdad el más allá. Cierra con “Dancer in the Sky”, piano, cuerda de Myers y una voz que ya no grita contra nadie: se eleva, se concede el adagio y deja el álbum en un resplandor que, para bien y para mal, parece haber pagado el peaje de la niebla.

Me quedo con la voz. Wolfe sigue siendo un instrumento de una precisión emocional rara, capaz de pasar del hilo al aullido sin teatralidad barata, y en “The Dark” esa voz ocupa el centro con una seguridad que no siempre tuvo cuando el muro de guitarras la protegía. El problema no es la accesibilidad, sino que esta llega acompañada de un master comprimido (el rango dinámico otra vez) y de una transparencia que, en una artista cuyo mejor material se alimentaba de lo no dicho, resulta a ratos demasiado explícita. Decilveo aporta oficio, estructura y estribillos que se quedan en la memoria, pero también aporta una limpieza que suaviza el filo. Chisholm sostiene el andamiaje electrónico y las texturas, pero el conjunto prefiere el aftermath a la tormenta. Quien ame “Pain Is Beauty” (2013) reconocerá los pulsos sintéticos; quien viva en “Abyss” echará de menos el peso; quien llegue ahora, sin historial, hallará diez canciones bien escritas, interpretadas por una corte de músicos de lujo y cerradas con una dignidad casi litúrgica. Es un disco repleto de calidad, pero huérfano de peligro, Wolfe ha aprendido a habitar la oscuridad sin pedirle que la devore, y eso es un gesto de madurez, pero una forma de restarle misterio a lo que durante años fue su mayor virtud. 

© 2026 Conde Draco

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