Veinte años después de aquel “Birthing The Giant” (2006) que los presentó como una ráfaga de aire fresco en medio del metalcore más plastificado, los canadienses Cancer Bats siguen demostrando que la honestidad para ellos no es un eslogan sino un método de trabajo. “Give Me Dirt” (2026), su octavo larga duración, llega con la misma urgencia de siempre y con la madurez que solo otorga el rodaje constante. Liam Cormier (voz), Mike Peters (batería), Jaye R. Schwarzer (bajo) y el reciente Jackson Landry (guitarra, quien relevó a Scott Middleton en 2023) han vuelto a confiar en el oído de Kurt Ballou, y el resultado se nota desde el primer segundo: un sonido crudo, voluminoso y deliberadamente imperfecto que rechaza el brillo excesivo de los estudios contemporáneos. El disco se inspira en un año de viajes en moto por las Rocosas canadienses y los Himalayas nepalíes, la confrontación con incendios forestales y en la necesidad de reconectar con la tierra, y esa inquietud se traduce en once canciones que oscilan entre el hardcore más rabioso y el sludge más pegajoso sin perder nunca el sentido del groove. No hay aquí concesiones al mercado ni intentos de suavizar el golpe; lo que hay es una banda que sigue creyendo que el ruido puede ser la catarsis definitiva.
La apertura con “World Wild Fire Death Race”, que cuenta con la presencia de Nate Newton (Converge), es una declaración de intenciones: riffs que se retuercen como ramas ardiendo, un ritmo que no da tregua y la voz de Cormier lacerando cada compás. A continuación, “Stay Stuck” funciona como un chute de cafeína sonora; el bajo de Schwarzer marca un pulso casi stoner mientras la batería de Peters empuja hacia adelante y Cormier escupe la frase “I’m not wasting any more time” con la convicción de quien ha decidido dejar de mirar el retrovisor. “Don’t Trip” recupera la herencia más oscura de Black Sabbath filtrada a través del hardcore de Poison Idea, con riffs densos que se arrastran y un estribillo que se clava como un clavo oxidado. “Bright Eyes Of Gold”, con la colaboración de Chris Creswell, introduce un matiz más melódico sin renunciar a la agresividad; la guitarra de Landry dibuja líneas afiladas que recuerdan a los mejores momentos de “Hail Destroyer” (2008). El tema que da título al disco, “Give Me Dirt”, es quizá el más oscuro y personal: un medio tiempo sucio donde la voz se vuelve más contenida y el riff principal parece arrancado de la tierra misma. “Long Tooth”, con Brooklyn Doran, ofrece un respiro relativo, un groove más abierto que permite respirar antes de que “Speed Wizard” vuelva a apretar el acelerador con su mezcla de doom-core y fuzz a lo Black Flag. “Ocean Crash” y “Positive Grid” mantienen la tensión con cambios de dinámica bien medidos, mientras “Prognosis” recupera la simplicidad visceral de los primeros discos y regala uno de los mejores riffs del álbum. El cierre, “Fools Like You”, con Efrem Schulz (Death By Stereo), es un psycho-doom denso y deliberadamente desagradable que deja el sabor a tierra en la boca exactamente como prometía el título.
Después de dos décadas, Cancer Bats podrían haberse acomodado en la nostalgia o haber suavizado las aristas para llegar a públicos más amplios. En lugar de eso, “Give Me Dirt” suena como el trabajo de una banda que sigue necesitando el ruido para entender el mundo. No es su disco más experimental ni el más caótico (aquel honor sigue perteneciendo a “Searching For Zero” de 2015), pero sí uno de los más coherentes y, posiblemente, de los más pesados que hayan firmado. Hay honestidad en cada capa de distorsión, en cada grito de Cormier, en cada golpe de Peters, y Ballou ha sabido capturar esa urgencia sin domesticarla, el resultado es un álbum que se siente vivo, imperfecto y necesario, Cancer Bats siguen ofreciendo barro bajo las uñas y fuego en la garganta y eso, a estas alturas, es casi un acto de resistencia.
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