Crítica: Dionysos Tabakis "Paradise Metal" ★★★★


El padre Dionysos Tabakis no entra en ninguna de las categorías habituales con las que solemos ordenar el metal o la música experimental. Tiene cincuenta y tres años, lleva casi tres décadas oficiando en la iglesia de la Natividad de la Virgen (la Panagitsa) de Nauplia, una ciudad portuaria del golfo Argólico, y cuando termina la liturgia, las visitas y las obligaciones parroquiales se encierra en casa con una guitarra eléctrica Harley Benton de ocho cuerdas, a menudo sin trastes, y un arsenal de instrumentos de la Mediterránea oriental. “Paradise Metal” (2026), publicado por Heat Crimes y Elhellel, es el primer disco de este sacerdote ortodoxo que graba solo, sin pretensiones de profesionalidad y con la naturalidad de quien no teme el ridículo porque no busca un público. Tabakis está formado en la teoría y la práctica del canto bizantino; toca el tanbur, el ney, la zurna, las liras política y póntica, el kabak kemane, el cümbüş. La guitarra sin trastes (el perdesiz) le permite alcanzar los microtonos que el sistema occidental de doce notas no contempla y que la voz humana, en cambio, ha usado durante siglos en los himnos. El resultado dura poco más de media hora y no suena a metal convencional, sino a un oficio privado que se ha escapado del templo y ha encontrado un amplificador o quizás tu teléfono.

“Relaxation Music with Tanbur” abre el disco como una invitación terapéutica: el laúd se desliza sobre un zumbido cálido mientras se oyen pájaros. No es un gesto new age; es la puerta de una casa donde alguien sigue cantando después de la misa. Enseguida llegan los himnos eléctricos. “Ἠλεκτρικαὶ Ὑμνωδίαι – Α΄ Ἑωθινὸν μὲ ἠλεκτρικὴν κιθάραν ἄνευ τάστων (perdesiz)”, interpretada con la guitarra sin trastes, tiene una textura áspera y a la vez dulce, más cercana a la memoria de Crazy Horse que al muro saturado de Sunn O))). Tabakis no toca el riff que uno espera; se desvía, se queda un segundo de más en una nota, como si recordara cómo suena el rock desde la escala bizantina. El salmo eléctrico de un minuto (“Ἠλεκτρικαὶ Ψαλμῳδίαι – «Θείας Πίστεως» – ἦχος γ΄”) es una miniatura intensa, casi un título de Spectrum. “Δὸς ἀγκαλιάν, τῆς ἀγάπης πινελιάν!” introduce un recitado y un coro femenino antes de que la voz de Tabakis entre con melismas. “Εἰς τὴν Θεοτόκον μὲ κιθάραν ἄνευ τάστων (perdesiz)” recupera el perdesiz y el tanbur en un ambiente de doom ambiental, denso y melancólico. “Φῶς Ἱλαρόν καὶ Ἠλεκτρικόν” transmite esa sensación paradójica de banda sonora de un western rodado en el Peloponeso. Entonces el disco se abre a lo inesperado. “Techno ἐν Μοναστηρίῳ” superpone cánticos a sintetizadores y cajas de ritmos espectrales. El villancico de casi seis minutos (“Ἄναρχος Θεός – Βυζαντινὰ Κάλαντα τῶν Χριστουγέννων ἐν ἤχῳ α΄ (Techno Christmas)”) es el centro de gravedad: Tabakis canta sobre un pulso house pesado mientras la guitarra zumba como un órgano que no acaba de decidir si está en la iglesia o en la pista. “Ντουμπάϊ πάει” y el rap eclesiástico “Φλεξάρεις Κάργα – Ἐκκλησιαστικὴ Rap” muestran el lado más lúdico, con referencias al lujo que contrastan con la austeridad del resto; uno intuye que algún hijo ha pasado por el cuarto de grabación. Cierran las dos canciones con Evgenia Symela Armeni, la joven voz que Tabakis conoció en la parroquia y que se grabó con el teléfono en su habitación de residencia. “Χαῖρε, Παρθένε Σουμελά” es un himno póntico de una belleza desgarrada; “Ῥόδον Ψυχῆς” se disuelve en gaitas griegas como si las puertas del templo se abrieran de par en par y la luz y el ruido del mundo entraran de golpe.

Lo que conmueve de “Paradise Metal” no es el exotismo del cura que toca guitarra eléctrica. Es la ausencia de pose. Tabakis no ironiza ni se disfraza de fenómeno. Explora porque, según ha dicho, la guitarra la hizo Dios y el metal, etimológicamente, significa extraer, como si de minería se tratase. Hay tosquedad evidente: fundidos cortados, producción casera, algún cierre gradual que parece mutilado. Esa tosquedad forma parte de la gracia, como en aquellos discos de primeros de los noventa del norte de Europa. El disco funciona como un rezo que se nos permite escuchar, no como un manifiesto, es la obra sincera de un aficionado de cincuenta y tres años que, hasta hace poco, solo había tocado delante de su mujer (quien a veces le quita los instrumentos porque hace demasiado ruido) y resulta más viva que muchos trabajos profesionales. Notable no por la rareza del perfil, sino por la honestidad con que une lo sagrado y lo eléctrico, lo antiguo y lo inmediato, la piedra de la iglesia y el zumbido del amplificador. Uno termina de escuchar el disco con la sensación de haber entrado en una iglesia vacía a deshora y haberse encontrado con alguien que sigue cantando, guitarra en ristre, sin saber que hay testigos…

© 2026 Lord Of Metal

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