Crítica: The Afghan Whigs "Soft Control" ★★★★


Hay formaciones que, tras cuatro décadas de andadura, se limitan a reciclar gestos y a vivir de la nostalgia. The Afghan Whigs no pertenecen a esa categoría y con “Soft Control” (2026), su décimo trabajo de estudio, Greg Dulli, John Curley, Rick G. Nelson, Christopher Thorn y Patrick Keeler demuestran que la madurez puede ser un arma afilada y no un lastre. Grabado entre Joshua Tree, Nueva Orleans, Hollywood Este y Cincinnati, y destilado a partir de veintidós piezas hasta quedar en un compacto de casi treinta y siete minutos, el disco llega con la confianza de quien ya no necesita demostrar nada y, precisamente por eso, lo demuestra todo. Dulli, voz y alma del proyecto, suena más preciso y más vulnerable que nunca: el mismo hombre que en los noventa convertía el deseo y el rencor en material inflamable ahora observa el paso del tiempo con una lucidez que no renuncia a la intensidad. Colaboraciones como las de Petra Haden (voz y viola) o Bo Koster (teclados) añaden capas de textura sin diluir la identidad de la banda. El resultado es un álbum que dialoga con “Gentlemen” (1993) y “Black Love” (1996) sin imitarlos, y que se sitúa, sin exageración, entre lo mejor de su catálogo reunificado. Aunque también siento que, ahora que su regreso es una auténtica realidad, las diferencias entre The Afghan Whigs y The Twilight Singers son prácticamente inexistentes.

“Jungle Roux” abre con un sintetizador resbaladizo que parece reptar antes de que las guitarras de Thorn y Dulli claven su marca y el ritmo se asiente en un balanceo de soul retorcido. Las voces de fondo, a medio camino entre el gospel y la respuesta coral, crean una sensación de filo permanente, como si todo estuviera a punto de desmoronarse y, al mismo tiempo, se sostuviera por pura voluntad. “House of I” recupera la urgencia de los primeros tiempos: riff seco, batería de Keeler que recuerda a los arranques más contundentes del grupo, y una letra que dialoga con el pasado sin caer en la repetición. “Duvateen” es quizá el corazón emocional del disco: el piano ilumina un paisaje de recuerdos escolares, de cigarrillos sustituidos por nicotina sintética y de una aceptación serena del camino recorrido. Dulli canta con una delicadeza casi al estilo de Al Green, pero sin perder su gracia; la frase final, esa despedida que no admite regreso, deja un nudo en la garganta que pocos temas recientes de la banda habían conseguido. “My Lover” es un golpe de pop oscuro con glam, donde el estribillo de dos palabras se expande como una atmósfera de negatividad seductora. “The Deepest Part of the Darkest Shadow” introduce vientos que suavizan la oscuridad sin traicionarla, una balada poderosa que podría pertenecer a los Twilight Singers y que aquí gana peso por el contraste con lo que la rodea. “Mariah Luster” sigue esa senda de metales y atmósfera nocturna, preparando el terreno para “Memphis, Texas”, un tema de cadencia cinematográfica que invita a un viaje nocturno en el que los problemas se disuelven por un instante, bella hasta decir basta. “77” funciona como eco lejano de “66”, un diamante pop que brilla con una melancolía contenida. “Loose Talk” eleva el vuelo con un estribillo contagioso y una declaración de amor que no teme la vulnerabilidad. Cierran con “A Simulation”, casi seis minutos de piano, cuerdas y una lentitud deliberada que permite respirar y asimilar todo lo escuchado. En un álbum en el que la tensión nunca desaparece, pero la ejecución tiene la soltura de quien ha ganado en confianza y ya no necesita forzar el gesto.

Lo que más me impresiona de “Soft Control” (2026) es esa reconciliación entre el volumen y la reflexión, entre la sombra y una luz que no es ingenua. Dulli ha hablado de haber trabajado su paz interior; el disco lo confirma sin volverse complaciente. Hay restos del pasado tormentoso, pero ya no alimentan la rabia sino una creatividad más precisa, casi teatral. La banda, con Curley como ancla histórica y el resto del elenco aportando precisión y matices, suena unida y libre. Escuchar este trabajo es recordar por qué The Afghan Whigs nunca fueron una banda de rock alternativo más: son una de las pocas formaciones capaces de convertir la disfunción en belleza y la edad en una forma de dominio suave cuando tantos veteranos se contentan con el eco, ellos entregan un disco que invita a perderse en él, ya sea en la luz o en la oscuridad y eso vale cada segundo de nuestra atención.

© 2026 Conde Draco

Publicar un comentario

Los comentarios enriquecen este blog, pero sólo si son respetuosos. Critica ideas, no personas.

Usa un tono amable y constructivo.

Tus comentarios serán publicados una vez hayan sido moderados.

Artículo Anterior Artículo Siguiente