Dark Funeral no ha sido nunca una banda de medias tintas ni de gestos teatrales superfluos. Desde que Lord Ahriman y el desaparecido Blackmoon fundaron la formación en 1993, su oficio ha consistido en pulir un black metal sueco de trémolo implacable, blastbeats que no piden permiso y una liturgia satánica que, con los años, ha ganado en precisión sin perder el veneno. “A Beast To Praise” (2026) es su primer disco en directo desde “De Profundis Clamavi Ad Te Domine” (2004), y llega veintidós años después no como un ejercicio de nostalgia sino como el documento de una noche concreta: el 16 de abril de 2022 en Fållan, Estocolmo, cuando la banda volvió a los escenarios tras el silencio de la maldita pandemia y cerró el ciclo de “We Are The Apocalypse” (2022). La formación que aquella noche ocupó el escenario es la misma que ha dado estabilidad a la última década: Lord Ahriman y Chaq Mol a las dos guitarras, Heljarmadr a la voz, Adra-Melek al bajo y Jalomaah a la batería. El propio Ahriman ha descrito aquella velada como algo más que un concierto; el disco, de trece canciones y casi setenta minutos, pretende ser su huella inmortal. No es un registro de grandes gestos sinfónicos ni de pausas contemplativas: es la crónica de una máquina que, tres décadas después, sigue prefiriendo la velocidad cegadora y los riffs de acorde que Ahriman lleva firmando desde el primer minuto.
El concierto arranca con “Unchain My Soul”, tomada de “Where Shadows Forever Reign” (2016), una pieza larga que en directo se permite construir la tensión antes de soltar el vendaval. Heljarmadr articula la letra con una claridad inusual en el género; su voz rasposa, más inteligible que la de tantos predecesores, convierte la invocación en algo casi narrativo mientras las dos guitarras tejen el trémolo característico y Jalomaah marca el pulso con una precisión que no admite descuido. De inmediato, “The Arrival Of Satan's Empire”, de “Diabolis Interium” (2001), prosigue con el ritual y es el corte que algunos aficionados han llegado a comparar con el “Raining Blood” particular de la banda: ráfaga corta, directa, con el público respondiendo al instante. “My Funeral” baja un punto el metrónomo sin perder la densidad, y aquí se nota el trabajo de Adra-Melek, cuyo bajo no se pierde en la mezcla sino que la empuja hacia el infierno. Del disco de 2022 interpretan “Leviathan” y la canción homónima “We Are the Apocalypse”: la primera, con esas líneas de guitarra más crípticas que en estudio podían resultar algo menos inspiradas, pero que en directo ganan violencia física; la segunda funciona como himno de cierre de ciclo, con Heljarmadr lanzando las profecías de destrucción mientras las guitarras de Ahriman y Chaq Mol se cruzan en armonías menores que recuerdan por qué esta banda nunca necesitó orquestas para sonar enorme. “Open The Gates”, rescatada del EP de 1994, suena como un puente hacia los orígenes: el riff inaugural sigue siendo una declaración de intenciones. “When I'm Gone”, otra de “We Are The Apocalypse” (2022), introduce un respiro relativo, más atmosférico, donde la voz de Heljarmadr (que en algunos momentos se dirige al público en sueco) adquiere un matiz casi íntimo antes de que el blastbeat vuelva a imponer su ley. “Goddess Of Sodomy”, también de “Diabolis Interium” (2001), y “Vobiscum Satanas”, del debut “The Secrets of the Black Arts” (1996), son los momentos en que la liturgia se vuelve más explícita, con riffs que cortan como cuchillas y una batería que no da tregua. “Nail Them To The Cross”, el sencillo de 2015 que también figura en “Where Shadows Forever Reign” (2016), mantiene esa agresividad ritual que la banda ha cultivado en los últimos años. “Let the Devil In”, de nuevo de 2022, destaca precisamente porque se aparta un milímetro del esquema más veloz: hay groove, hay un estribillo inmediato y Heljarmadr entrega la letra con una mordacidad que la convierte en una de las canciones más memorables de la noche. El cierre, “The Secrets Of The Black Arts” seguida de “Where Shadows Forever Reign”, funciona como recordatorio de que Dark Funeral sabe escribir encantamientos que son a la vez cegadores y triunfales. Con todo, no hay grandes sorpresas de repertorio; hay ejecución implacable.
Los discos en directo de black metal siguen siendo una rareza y, con demasiada frecuencia, una decepción: o el sonido se vuelve un muro o la atmósfera de estudio se evapora. “A Beast To Praise” (2026) no resuelve todos los dilemas del formato, y a mitad de set se percibe cierto desgaste, esa sensación de que la máquina ha funcionado a pleno rendimiento durante demasiado tiempo seguido. Sin embargo, acierta en lo esencial: documenta a una banda que, lejos de haberse convertido en una reliquia, sigue siendo una unidad devastadora sobre las tablas. Heljarmadr se confirma como el vocalista más convincente que ha pasado por sus filas; las dos guitarras mantienen esa dualidad de precisión y odio que Ahriman lleva perfeccionando desde 1993; Jalomaah y Adra-Melek sostienen el edificio rítmico sin fisuras. No es un disco que pretenda descubrir nada a nadie, ni que ofrezca revelaciones inesperadas. Es, simplemente, la prueba de que aquella noche en Fållan merecía quedar registrada y así fue. Quienes no pudieron estar allí tienen ahora un testimonio honesto de la ferocidad actual de Dark Funeral. Y quienes sí estuvieron recordarán por qué esta formación, después de tantos cambios de alineación y tantos años, continúa siendo una de las pocas que todavía sabe hacer que el black metal sueco suene urgente. El próximo trabajo de estudio, anunciado para 2027, llega con la promesa de un capítulo más oscuro y épico y este disco en directo cierra el anterior con dignidad y sin concesiones.
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