Crítica: Insomnium "Netherworlds" ★★★★


Casi tres décadas después de surgir de las nieblas de Joensuu, Insomnium entregan su décimo disco de estudio, “Netherworlds” (2026), en un momento en que se acercan, precisamente, a ese trigésimo aniversario de su formación. Es el primer trabajo con Tomy Laisto como guitarrista de pleno derecho, completando el trío junto a Ville Friman y Markus Vanhala, tras la salida de Jani Liimatainen. La banda se completa con Niilo Sevänen al bajo y a la voz, y Markus Hirvonen a la batería. Tras el más narrativo y duro “Anno 1696” (2023), los finlandeses recuperan un territorio familiar de death melódico melancólico, aunque lo enriquecen con libertades progresivas y una sensación de desahogo creativo que no se percibía con tanta claridad desde el fabuloso “Winter’s Gate” (2016). Grabado en los Sonic Pump Studios de Helsinki bajo la producción de Miiro Varjus, y mezclado y masterizado por el todopoderoso Jens Bogren y Tony Lindgren en Fascination Street, el disco se mueve entre el mundo de los sueños y el de los muertos. El amor perdido, el recuerdo de quienes ya no están y el paso inexorable del tiempo se funden en una atmósfera que sigue siendo inconfundiblemente suya. Los teclados de Aleksi Munter y la portada de Travis Smith refuerzan ese carácter liminal. 

Abriendo con la relectura sombría de “The Cold Song”, la pieza barroca de Henry Purcell, convertida en un preludio gótico que establece el tono sin precipitarse. “Shadowlife” recupera de inmediato la firma de la banda: riffs melódicos que avanzan con solidez, un coro donde el growl de Sevänen dialoga con las voces limpias del trío de guitarras, y esa mezcla de urgencia y abatimiento que les es propia. “Remembrance” profundiza en la pérdida y la memoria, equilibrando pasajes más agresivos con melodías que recuerdan, sin copiar, el universo de Omnium Gatherum (del que procede Vanhala). “Gleam in the Black”, una de las piezas más inmediatas, narrando una historia de amor oscura y onírica: una mujer que vaga por bosques nocturnos buscando a un amante perdido, un destello en la negrura. El ritmo se eleva, los blast beats asoman y las guitarras brillan con una energía casi eufórica, aunque siempre anclada en la sombra. El centro de gravedad llega con “The Hour Grows Late”, ocho minutos en los que la banda se permite el mayor riesgo; arranca en clave introspectiva, evoluciona por cambios de tempo, pasajes acústicos y explosiones más feroces, y recibe la contribución de tres miembros de Amorphis: Tomi Joutsen aporta voces limpias de enorme peso emocional, Tomi Koivusaari suma graves más crudos y Santeri Kallio introduce teclados que deslizan el tema hacia un territorio progresivo y casi setentero. El resultado es cinematográfico y ambicioso, una meditación sobre el envejecimiento y los que nos han precedido. “Arch of the Sky” recupera el pulso con cambios de tempo e inspiración en la mitología sami (cazadores celestes que persiguen a un ciervo eternamente). “Pathways of the Night” y “Ethereal Sleep” sostienen la atmósfera con armonías densas y grooves que Hirvonen maneja con precisión, alternando contundencia y contención. “The Banished”, atribuida en parte a Laisto, descarga la energía más directa y rápida del conjunto, mientras “Journey’s End” cierra con un tono narrativo y casi de funeral doom ligero, explorando el final del camino y el descanso en una posada de la muerte, con una instrumentación más reducida y un patetismo contenido que divide opiniones, pero que encaja en la tradición de contar historias de la banda. 

“Netherworlds” (2026) concentra con notable eficacia lo que les ha definido durante tanto tiempo: la belleza melancólica que emerge de la dureza, las armonías que iluminan sin disolver la oscuridad, y esa capacidad de convertir el duelo en algo que se puede recorrer una y otra vez. La incorporación de Laisto aporta profundidad a las capas de guitarra sin alterar la identidad, y la producción de Varjus y Bogren deja espacio tanto a la contundencia como a las texturas. Hay momentos en los que la familiaridad es evidente, y el cierre narrativo puede resultar más teatral de lo necesario para algunos. Aun así, el disco mantiene un nivel alto y consistente a lo largo de sus casi cincuenta y cuatro minutos, con picos claros en “The Hour Grows Late”, “Gleam in the Black” y “Arch of the Sky”, donde la brutalidad y la belleza se encuentran, entre el sueño y la muerte… 

© 2026 Lord Of Metal

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