Crítica: Beck “Ride Lonesome” ★★★


Beck regresa con “Ride Lonesome” (2026) después de siete años sin material completamente nuevo, y lo hace con la misma precisión con la que un relojero revisita el mecanismo que ya conoce de memoria. Tras los conciertos orquestales en el Royal Albert Hall que le devolvieron “Sea Change” (2002) en toda su envergadura, el californiano convocó de nuevo en la Room B de United Studios a la formación que sostuvo tanto aquel disco como “Morning Phase” (2014): Smokey Hormel y Jason Falkner en las guitarras, Justin Meldal-Johnsen al bajo, Joey Waronker en la batería y Roger Joseph Manning Jr. a los teclados y voces. Nigel Godrich vuelve a la mesa de mezclas y David Campbell, su padre, firma los arreglos de cuerdas. El resultado posee un toque más espectral y etéreo que sus predecesores, filtrada por el divorcio con Marissa Ribisi (finalizado en 2021) y por esa edad intermedia en la que las ausencias ya no se dramatizan sino que se aceptan como paisaje, no hay ironía ni saltos de género; hay una contención que lo convierte en el familiar territorio folk-rock de la costa oeste. 

La canción que abre el disco establece el tono con una guitarra acústica desnuda y un pedal steel que suspira sin insistir. “You got to ride lonesome”, canta Beck sobre una progresión que recuerda a los pasajes más sobrios de “The Golden Age”, mientras las voces de Manning Jr. y Falkner flotan como un coro de campamento nocturno. La letra no busca metáforas elaboradas: las rosas de papel que no florecieron, la luna hueca sobre la que colgar la cabeza, la imposibilidad de abrazar un recuerdo. Es un arranque dorado pero que no recuerda en absoluto al artista que conocíamos como Beck. En “Falling Through My Hands” el bucle de guitarra de Falkner y su armónica construyen una nana que se niega a consolar del todo; la frase “I’m wanting you, but you’re falling through my hands this time” se sostiene sobre un arreglo y voces que evocan a los Beach Boys más sombríos, sin llegar a su calidez. “In the Night” introduce a Stanley Clarke al contrabajo y a Blake Mills en la acústica, mientras las cuerdas de Campbell (con Charlie Tyler al cello entre ellas) dibujan un paisaje nocturno de progresiones ligeramente descolocadas; el pulso es mínimo, casi dormido, y la belleza reside precisamente en esa falta de urgencia. “Bleed” se despliega como un breve ejercicio de rock progresivo de mediana edad, con el piano de Manning Jr. y las cuerdas elevándose y cayendo mientras Beck admite “it feels like I’ve been here before”. “Slow Canyon” aporta el detalle más vívido del conjunto (la imagen de los fuegos artificiales que congratulan al cielo) sobre slide de Hormel y vientos que Waronker envuelve con percusión contenida. “Disappearing Act” deja que el cansancio simplemente flote sobre slide y órgano, y “Beyond the Light” cierra con una bendición post-ruptura que menciona el morir de la luz sin caer en lo grandilocuente; cuando el cierre no resuelve, simplemente se aleja. 

Lo que sostiene “Ride Lonesome” es la calidad del oficio y la honestidad con la que Beck, ya en la cincuentena, acepta que ciertas heridas no se cierran con nuevos disfraces. La química de la banda (afinada durante décadas) permite que cada canción se sostenga en la restricción: no hay exceso orquestal ni dinamismo gratuito, y esa contención produce momentos de belleza real, especialmente cuando la producción de Godrich deja respirar las texturas acústicas y las armonías. Sin embargo, el disco habita tan cómodamente en el territorio de sus predecesores que a veces se siente como una conclusión prevista más que como una reconsideración, se escucha con gusto pero también repele un poco su falta de riesgo. La familiaridad reconforta y, al mismo tiempo, limita: el medio tiempo constante, las cuerdas que envuelven sin sorprender, la tendencia a convertir la soledad en un paisaje ya cartografiado hasta la náusea. Hay claroscuros genuinos (la aceptación que late bajo la melancolía, el detalle guitarrístico que recuerda a Nick Drake sin citarlo, la negativa a convertir el dolor en espectáculo), y también hay zonas en las que la elegancia roza la inercia. Por desgracia, no es un disco que reinvente a Beck; es uno que demuestra que puede seguir cantando la misma herida con mayor precisión y menos teatralidad. Para quien busque consuelo sin promesas fáciles, funciona. Para quien esperara que el camaleón volviera a mutar o recordase a aquel que fue, se queda en la orilla de lo casi notable.

© 2026 Conde Draco

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