Hay algo de ironía en que uno de los últimos supervivientes del llamado Big Four entreguen “Cursum Perficio” (2026) y no lo llamen a ser su último álbum, justo cuando el título latino suena a epitafio y la banda insiste, con esa terquedad neoyorquina que les queda tan bien, en que no es una despedida. Diez años después de “For All Kings” (2016), Anthrax vuelven con la misma formación que ya no admite discusión: Joey Belladonna a la voz, Scott Ian y Jonathan Donais a las guitarras, Frank Bello al bajo y Charlie Benante a la batería, con Jay Ruston otra vez tras la consola y el estudio 606 de Dave Grohl. Lo que llega no es el milagro tardío que algunos soñaban ni el trámite de veteranos que otros se temían, sino el disco de una banda que sabe quiénes son, recorriendo sus propias épocas con pulso firme y, en el momento más insospechado, permitiéndose un desvío que no encaja del todo y por eso mismo se queda. El problema (si es que hay que llamarlo así) no es la falta de oficio ni de hambre, es que en la primera mitad descargan toda la urgencia y el resto, sin venirse abajo, se acomoda en una solvencia que a ratos pide una marcha más.
“Persistence of Memory” abre como un umbral breve, un minuto de niebla que no pretende ser canción y funciona mejor como aviso de que el disco no va a empezar a golpear desde el primer compás. Lo que sigue, “The Long Goodbye”, es el gesto más grave del repertorio: un medio tiempo, riff insistente y estribillo amplio que Belladonna canta con esa claridad que todavía posee, ya sin el brillo juvenil de “Among the Living” (1987) pero con una seriedad que encaja en la letra sobre la demencia (tratando la situación del padre de Ian). No es un himno para un festival; es un lamento que podría haber estado en “Persistence of Time” (1990) y que, por eso mismo, marca distancia con el puro ejercicio de nostalgia. El contraste llega de inmediato con “It’s for the Kids”, el primer sencillo y los Anthrax más reconocibles del lote: velocidad, coro de pandilla, riff afilado y esa rabia puntual contra la inacción ante lo que les ocurre a los más débiles. Donais e Ian se entienden sin necesidad de lucirse; Benante empuja y Bello ancla. “Everybody’s Got a Plan” es, si acaso, aún más de Queens: groove denso, estribillo pegadizo hasta el fastidio y esa sensación de calle que a algunos les recordará a Biohazard o a los Overkill de los noventa, funciona porque no pide permiso y su urgencia. Y entonces aparece “The Edge of Perfection”, la canción que divide: trémolo, blast, atmósfera casi black, un arranque etéreo que explota y un desarrollo que se alarga más de lo necesario (casi siete minutos). La primera escucha irrita; la tercera engancha. No es que Anthrax se hayan convertido en una banda de black metal atmosférico; es que, a estas alturas, se permiten un desvío y el desvío tiene carácter, sentándoles hasta bien, aunque desdibuje su identidad. El riesgo está bien medido, aunque el minutaje sobre. “Infectious” cambia otra vez de piel: un equilibrio más cercano al rock de “Load” que al thrash de 1987, con una cita explícita a “The Stand” de Stephen King que cierra el círculo con “Among the Living”. Es sencilla y precisamente por eso crece. “NYC 93” recupera el golpe punk y el himno colectivo (“no merece la pena si no lo haces hasta la muerte”) y suena a diario de una ciudad que ya no existe igual, mientras que la canción titular, “Cursum Perficio”, tiene gancho y un desarrollo ambicioso, pero se estira y se repite; es de esas piezas que uno respeta más de lo que ama, te gusta pero te cansa. “T.O.M.B.” (Target On My Back) y “Watch It Go” devuelven la contundencia rítmica, con Benante en modo bestia y un eco de groove que no disimula los años de Charlie al lado de la sombra de Pantera. “My Victory” cierra con dignidad, sin el golpe de gracia que el disco habría merecido si la segunda mitad hubiese mantenido la tensión de los primeros veinticinco minutos.
Lo que queda, al acabar su escuha, es un trabajo honesto de una banda que ya no tiene que demostrar que pertenece a su propio linaje. Belladonna no suena como en 1987 ni tiene por qué; suelta la frase con autoridad, a veces más cerca de “Worship Music” (2011), a veces más de “Persistence of Time”, y es más que suficiente. Ian sigue siendo el pulso rítmico que define a Anthrax; Donais, lejos de ser el invitado eterno, aporta solos con cabeza y no solo velocidad. Bello y Benante siguen siendo una de las retaguardias más sólidas del género, aunque el conjunto, a los sesenta largos, ya no puede (ni quiere) competir en adrenalina con su propia juventud. “Cursum Perficio” no alcanza la cohesión ni el impacto de “For All Kings”, y se nota el lastre de un par de desarrollos que piden tijera, pero tampoco es un trámite. Hay oficio, hay alguna sorpresa de verdad y hay, sobre todo, la evidencia de que el Big Four, o lo que empieza a quedar de él, todavía puede escribir canciones que no son solo nostalgia. Casi notable, sí: un disco que se respeta, se escucha más de una vez y deja la extraña sensación de que el trayecto, pese al latín del título, aún no está del todo cerrado.
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