Hay bandas que celebran los veinte años con una edición conmemorativa, un documental y un comunicado que huele a desesperación por vender y Russian Circles prefieren seguir girando en 2024, cruzar océanos con “Gnosis” (2022) a cuestas y, cuando tocó volver al estudio, plantear “Nine” (2026) como un documento seco, casi administrativo, de lo que todavía les queda por decir sin palabras. El título no invita a la metáfora: es el noveno disco, punto. Lo publican con Sargent House y lo firman Mike Sullivan a la guitarra, Brian Cook al bajo y a los teclados y Dave Turncrantz a la batería, el mismo triángulo que lleva casi dos décadas demostrando que tres músicos pueden sonar como una orquesta si se escuchan de verdad. Cook vive en una isla frente a Seattle, Sullivan en Los Ángeles y Turncrantz sigue en Chicago; la distancia geográfica no ha suavizado el sonido, al contrario: el bajo ha vuelto a oler a hardcore (la reunión de Botch no es un detalle cosmético) y Sullivan ha citado abiertamente a Bolt Thrower, Cannibal Corpse, Morbid Angel y al combo newyorkino Crush Your Soul como brújula de este trabajo. Kurt Ballou produce y mezcla por cuarta vez consecutiva, con bases grabadas en Electrical Audio (el estudio de Steve Albini, al que el trío ya acudió en “Enter” de 2006) y remate en God City, Salem y Alan Douches en el máster. El resultado no es un cambio de estilo: es una reafirmación de principios. Donde otros discos del Russian Circles se permitían la deriva textural, “Nine” aprieta el puño y deja que el relato lo lleven los ostinatos, los cambios de peso y esa ética de banda de hardcore que siempre estuvo debajo del barniz postmetal, aunque a veces se disfrazara de paisaje.
“Borehole” abre con un motivo de cinco notas que Sullivan retuerce como si taladrara hielo sucio. El título remite al pozo superprofundo de Kola, esa herida soviética abandonada, y la canción se comporta igual: promete un arco de esperanza y te devuelve al mismo punto, más oscuro. Turncrantz galopa con un pulso que podría firmar cualquier combo punk de los ochenta y Cook engrasa el suelo con un bajo que no busca elegancia, sino densidad. No hay estribillo porque no hace falta: el esquema se parece más a una canción de rock de toda la vida que a un fresco postrock, y esa cercanía es precisamente lo que desconcierta. “Empath” llega a continuación y no pide permiso: una especie de sirena (o gaita pasada por un agujero negro) avisa; el bajo de Cook entra corrosivo y Sullivan encadena fraseos de death y de thrash hasta un cierre machacón que cualquier banda de hardcore firmaría como rompepistas en cualquier festival. En menos de cinco minutos caben ataque, d-beat, un golpe de nudillos y un último acorde de tierra quemada. Es la pieza que mejor explica por qué este disco suena más furioso que “Blood Year” (2019) o “Gnosis” (2022): no hay velo atmosférico que disimule la violencia del material. “Eluvial” ocupa el centro y cambia de temperatura sin traicionar el tono. Sullivan despliega una melodía lineal con momentos que recuerdan, sin copiar, aquellos juegos de delay que Brian Eno y The Edge afinaron para “The Joshua Tree” (1987), por increíble que parezca la comparación; Turncrantz se apoya en un groove de inspiración latina y Cook mezcla un bajo abrasivo con electrónica entrecortada. La canción crece con paciencia, casi geológica, y cuando estalla no lo hace por volumen bruto, sino porque los motivos que parecían secundarios se han ido acumulando hasta no dejar resquicio. “E2” abre la segunda mitad con pulsos graves de sintetizador, un bajo casi dub y tapping. Aquí Cook deja de ser solo el ancla y se convierte en colorista: los teclados tienen algo de progresivo de los setenta, no de adorno digital. Los cambios rítmicos de Turncrantz evitan que la hipnosis se convierta en sopor y así, “Meridian”, recupera la estrategia del crescendo, pero el motor no es uno previsible, sino el empuje de la batería bajo arpegios que Sullivan trata con una obstinación cercana a Steve Reich. Hacia el final aparece un surco pantanoso, sucio, que conecta con esa influencia death que Sullivan no ha querido disimular, y Turncrantz se permite un solo breve que no es exhibición, sino desahogo. “Arletta” es el silencio calculado. Sullivan la grabó con Dave Catching en Rancho De La Luna, Joshua Tree, porque no quería meter su guitarra clásica de cuerdas de nylon en la bodega de un avión: se la llevó en coche desde Los Ángeles. El resultado es una pieza solitaria, breve, de una belleza incómoda, colocada deliberadamente antes del cierre (al principio estaba al revés) para citar, sin sonrojo, el gesto de Metallica en “Ride the Lightning” (1984) y “Master of Puppets” (1986): la guitarra acústica como umbral del golpe. Y “Seventh Seal” cumple esa amenaza, batería de aplanadora, guitarras de thrash lodoso que podrían haber salido de la época más muscular de Mastodon, chugs sincopados y un desplome final que no resuelve en clímax heroico, sino con una implosión. Y Ballou, ese viejo perro, deja los timbres descarnados, con esa claridad agresiva que no embellece el ruido, sino que lo ensalza.
Lo que más me interesa de “Nine” no es que sea “el disco más pesado” del grupo (etiqueta fácil y, además, cierta), sino que la pesadez no les ha hecho más torpes. Siguen siendo tres voces que se escuchan, y eso se nota en la forma en que un bajo puede cambiar el carácter de un motivo sin que Sullivan deje de ser melodista, o en cómo Turncrantz evita el metrónomo de festival y trata cada canción como un argumento. El arte de Andrew Maruska, con la escultura “Snowpile for Chicago” de Tony Tasset fotografiada por Noelia Towers, encaja con esa idea: un montón de nieve sucia fundida en bronce, feo y hermoso a la vez, un objeto de invierno del Medio Oeste convertido en reliquia. Russian Circles no predican sobre la fatiga de la industria, la inteligencia artificial ni la distancia entre sus casas; plantan esa imagen y dejan que el oyente haga el resto. Hay un riesgo en la consistencia (el de parecer que uno se limita a fortificar el territorio ya conquistado) y el trío no lo elude del todo: quien busque una ruptura formal saldrá con la sensación de haber oído una versión más afilada de lo que ya conocía. A cambio, tenemos un disco de menos de cuarenta minutos que no se concede el lujo de la divagación, que entiende el silencio de “Arletta” como parte del ataque y que demuestra, otra vez, que un relato instrumental puede crear suspense si las transiciones no se anuncian con cartel. Veinte años después de “Enter”, Sullivan, Cook y Turncrantz no necesitan un himno ni un consenso sobre cuál es su mejor obra. Les basta con seguir siendo un trío que, cuando se reúne, suena a ciudad bajo nieve sucia y a sala pequeña a punto de reventar y “Nine” (2026) cumple con creces.
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