Interpol son esa banda que funciona como un amigo fiel cuando, con una obstinación casi administrativa, cada cuatro años, vuelven a firmar un contrato consigo mismos: el barítono de Paul Banks, las aristas de Daniel Kessler, el pulso seco de Sam Fogarino y esa niebla de post punk que nació en el bajo Manhattan y nunca se ha resignado a disiparse. “This Mirror Weighs a Ton” (2026), octavo disco de estudio y primero para Partisan, no rompe esa costumbre, aunque sí la tensa. Lo grabaron en Nueva York (por primera vez en más de una década) con Andrew Wyatt a la producción y Dave Fridmann a la mezcla, y por primera vez el bajo no es un préstamo de Banks sino escritura de Brad Truax, ya miembro de pleno derecho tras años de carretera. El título, nacido de una frase improvisada, habla del peso de mirarse. Banks se ha casado, es padre, y aun así el disco no suaviza el carácter: sigue habiendo reyes caídos, soldados ensangrentados y un maniático que duerme en los arcos. La portada de Addie Wagenknecht (una lámpara de cámaras de vigilancia) resume el asunto mejor que cualquier nota de prensa: no es un autorretrato, es un interrogatorio.
La canción homónima abre con un golpe de teatro que el resto del disco no siempre sostiene. Hay espacio, hay bucles de batería que titubean, hay nubes de sintetizador y el pedal steel de Dan Iead rozando el borde del plano. Banks canta como quien se habla en voz baja y Juliet Seger-Banks (su mujer) responde con un suspiro casi celestial. “All the kings are gone”, dice, y su eco no pide permiso. Es la cancion más extraña que han firmado en quince años y, por eso mismo, la más honesta: Interpol dejan de parecer Interpol durante cinco minutos y ganan autoridad. “See Out Loud” pone el reloj en hora. Kessler toma el micrófono, algo que no hacía desde “PDA”, en “Turn On the Bright Lights” (2002), y pregunta, con una impaciencia contenida, cuándo toca. Los sintetizadores de Wyatt chisporrotean por encima de la guitarra, pero el esqueleto sigue siendo el de siempre: nervio, traje planchado, paranoia elegante. “Iron City” mete en la misma habitación la inteligencia artificial y la memoria degradada; los bucles de percusión tosen, la ciudad se vuelve metal y Banks observa el desastre con esa distancia que en él nunca suena a frialdad, sino a método. “Wounded Soldier” baja el tempo y deja que la guerra entre por la radio: no hay consignas, cuando hay un cuerpo que no acaba de llegar a casa. “Wings On Fire” es la canción que un festival reconocería al segundo compás, tensa y ansiosa, hecha para preguntarse quién es uno cuando no hay siquiera espacio para reconocerse. En “Ever the Actor” el horizonte se abre: piano, orquestación, una teatralidad que Wyatt no impone, sino que filtra. A partir de ahí el disco se permite rarezas como “So Rides the Reindeer”, que mezcla palmadas, un pulso cercano al hip hop y una guitarra acústica amarga; Banks susurra que esta noche nos ahogamos, y por un instante Interpol suenan a un grupo que hubiera escuchado a Gorillaz sin perder el acento neoyorquino. “Darling Thoughts” es cosa de Truax: el bajo se vuelve estribillo y Fogarino, tantas veces relegado al papel de metrónomo impecable, enseña su carácter. “Wake Up” se pone funk, casi carnavalesca, con ritmos que recuerdan a Talking Heads y un cierre orquestal que se desmonta a sí mismo, mientras que “Enemy” es la balada que el disco necesitaba: piano espectral, percusión recortada como un golpe en la mesa, y otra vez Seger-Banks en contrapunto agudo. La relación que describe no se explica; se oye crujir. “Bird and the Serpent” se alarga hasta casi seis minutos y reserva lo mejor para el final: una outro que pulsa, se hincha y deja que la electrónica gane la pelea a las guitarras y ese humor de Banks, que parece llegar con traje de luto. Cerrando con “Sudden”, casi desnuda, piano, órgano y un zumbido de sintetizador: la ruptura contada sin adornos, la más vulnerable que se le recuerda desde los primeros discos. Lo que queda, cuando la imagen del espejo se desvanece, es un disco pasable pero no la reinvención que cacarean muchos, además de un poco cruel consigo mismo. Interpol han hecho uno de sus mejores trabajos tardíos y, al mismo tiempo, han dejado a la vista sus propias costuras. Wyatt aporta adornos (cuerdas, diseño sonoro, ese Rhodes que respira en casi todas las canciones) que embellecen más de lo que transforman y suenan, en varios pasajes, como añadidos de estudio sobre una estructura que ya estaba lista, cuando las canciones, seguramente, eran maqueta. Gunnar Olsen refuerza la percusión donde hace falta y Fridmann mezcla con esa amplitud que ya aplicó en “Marauder” (2018), pero el salto de fe que prometía la canción inicial no se consuma.
Eso no convierte “This Mirror Weighs a Ton” (2026) en un fallo, sino en un retrato exacto de una banda que se mira, reconoce el peso y, aun así, no suelta del todo el corte de traje. Banks sigue teniendo una de las voces más reconocibles del rock de este siglo: grave, contenida, capaz de convertir una frase opaca en tatuaje. Kessler sigue siendo el dibujante de esas líneas agudas que abren “Untitled” y no han envejecido, y Fogarino sigue siendo el reloj de siempre. Truax, por fin, escrito en el contrato, aporta una melodía de bajo que Carlos D habría entendido y, en algunos momentos, celebrado. El resultado no es una reinvención. Es algo más difícil y, para quien lleva dos décadas con ellos, más conmovedor: un grupo que sabe quién es, sospecha que podría ser otro y se conforma, con elegancia y una pizca de rabia, pero sólo una pizca…
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