Crónica: Red Hot Chili Peppers (Madrid) 09.07.2023

SETLIST:
Around the World / The Zephyr Song / Snow ((Hey Oh)) / Here Ever After / Hard to Concentrate / I Like Dirt / Reach Out / Don't Forget Me / Eddie / Tippa My Tongue / Californication/ Black Summer / By the Way / I Could Have Lied / Give It Away/

Vamos a partir de la base de que, para muchos seguidores, a pesar de nuestra fidelidad a la banda, acudir actualmente a uno de sus conciertos es tan sólo un trámite nostálgico por el que reencontrarnos con el reclamo que supone el regreso de John Frusciante y que, en lo musical, acudir a ver en directo a Red Hot Chili Peppers es igual de atractivo que hurgarse en la cuenca vacía de un ojo con un afilado lapicero de madera. Quizás, diez conciertos de los Peppers pesan mucho cuando tu recuerdo adolescente los conserva siempre más genuinos y atrevidos, picantes y originales, que lo que realmente tienes enfrente de ti. Recuerdo perfectamente sus giras de principios de los noventa, aquella con Navarro en el 95 y el regreso de Frusciante con “Californication” (1999) y su gira Californication Tour a finales de una década con dos últimos empujones como By the Way (2002) y el irregular, pero genial por momentos, Stadium Arcadium (2006) y, a partir de ese momento, a pesar de algunos buenos momentos y mi propia ilusión por sentir lo mismo, la nada más absoluta. La sensación de una banda convertida en una empresa, de discos intrascendentes, de actuaciones descafeinadas con repertorios igual de irregulares y un chaval convertido en guitarrista que nunca debería haberse calzado los zapatos de Frusciante, con Flea siempre moviendo los hilos de los Peppers, el bueno de Chad Smith involucrado en diferentes proyectos y Kiedis, literalmente, ausente. Y, ¿qué ocurrió tras todo aquello? Dos discos dobles, Unlimited Love (2022) Return of the Dream Canteen (2022), de los cuales -tal y como se demostró en Barcelona el año pasado y ahora en Madrid- nadie quiere escuchar sus canciones en directo y, cuando suenan, el público deja de rugir para convertirse en una masa informe de sombreritos de paja y bebidas yendo y viniendo, el silencio más sepulcral, y unos músicos que tienen que demostrar que sí o sí se lo están pasando pipa en el escenario cuando lo que perciben, desde este, es la más absoluta indiferencia.

Algo similar a lo ocurrido en el Mad Cool, ese festival contra el que todo mundo carga, pero cada año bate récord de asistencia y que algún día muchos llorarán por recuperar. Lo que no quita que sea imposible negar la malísima organización por parte de una empresa cuyo único interés es hacer dinero y le da completamente igual la ubicación, si el nombre del festival cambia en la entrada y toma el de una potente eléctrica, si sitúa los escenarios tan lejos uno de otro que es una auténtica odisea llegar o los baños en el centro del recinto, causando que el abarrotadísimo aforo prefiera orinar en cualquier lugar antes que hacérselo encima por la imposibilidad de no llegar entre ese mar de marcas y espónsor luminosos que convierten lo que se supone que debería ser una experiencia musical en un pequeño Las Vegas del extrarradio, en el que el amante de la música es relegado en pos de un público gañán y extraño que es incapaz de cantar un solo estribillo (Stand By Me de Liam Gallagher, por ejemplo) y acude al festival por puro postureo, ignorando a Primal Scream o asegurando que lo de Queens Of The Stone Age ha sido el concierto del año, cuando no es verdad. Ese público zafio y vulgar (seguramente antagónico a ti, que lees esta crítica) que es capaz de pedir el reembolso de la entrada porque los Peppers no tocaron Under The Bridge (no es una exageración, fue un hecho), como si la genialidad de la música y los intérpretes pudiese ser rebajada a la misma altura de una vulgar transacción comercial por la cual devuelves un bolso o unos zapatos. Es lo que somos y cómo nos tratan, así fue. 

Pese a ello, los Peppers no dieron un mal concierto, como te pretenden hacer creer, sino uno bastante mejor a lo que muchos esperábamos. Tras la típica jam, no llegaba Can’t Stop sino Around the World o The Zephyr Song, igual que Snow ((Hey Oh)) arrancó un clamor gracias al juguetón riff de John. Un concierto que prometía y así fue, cuando únicamente Here Ever After lograba arrancarnos de la ensoñación y, sin embargo, Hard to Concentrate hacía un llamamiento a sus seguidores, igual que I Like Dirt de Californication, ¿quién podía imaginarse que interpretarían estas dos canciones? Por desgracia, Return of the Dream Canteen (2022) hacía acto de presencia con Reach Out, la aburridísima Eddie y Tippa My Tongue, que cayeron como un jarro de agua fría. ¿Dónde están aquellos supuestos seguidores que adoraban estos dos discos dobles? ¿Esos que aseguraban que era lo mejor de la banda en los últimos veinte años? ¿Esos que se merecían escuchar sus canciones, una tras otra, por un embudo? Nadie lo sabe, la red se llena de ellos para luego desaparecer, como un pedo silencioso, porque seguramente no asisten a los conciertos de la banda de sus desvelos y tampoco compran sus discos y, mucho menos, los escuchan. 

La suerte estuvo de nuestro lado con Don’t Forget Me y la obvia Californication (que, sorprendentemente, tampoco bastó para la gran masa), fundiéndose con Black Summer y, ahora sí, By The Way, que generó la inminente avalancha de móviles grabando. No obstante, antes de la millonésima versión de Give It Away con miles de guiris y garrulos saltando como corzos, los Peppers nos dejaban un gran sabor de boca con I Could Have Lied, quizá no fue la mejor elección para los bises, quizá cortaba demasiado el rollo de un festival tan vacuo pero su intimismo nos sentó maravillosamente bien a muchos y demostró que la banda sigue siendo eso, una banda viva que, aunque no siempre acierte, todavía sigue disfrutando del directo y, a veces, canciones no tan obvias para un gentío que debería venir llorado de casa, pero pedirles esto es cómo buscar cualquier atisbo de educación u honestidad por parte de esa empresa que te cobrará gastos de gestión por un festival no celebrado o el saldo de tu pulsera cashless. En efecto, tenemos lo que nos merecemos.

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