Cuando Nick Cave y los Bad Seeds entregaron “Push the Sky Away” (2013), el universo del rock alternativo se detuvo un instante para contemplar una obra que parecía nacer de la niebla misma, un disco que rechazaba las explosiones de antaño para abrazar una delicadeza espectral capaz de erizar la piel sin levantar la voz. En mi experiencia, alejado durante un tiempo de sus canciones, me costó aceptar que aquel artista que había entregado discos con mayor pegada e incluso Grinderman, publicaba un álbum de este corte. Pero, también es verdad que, tras el prematuro agotamiento creativo de los mencionados Grinderman y la dolorosa marcha de Mick Harvey, el grupo se encontró ante un lienzo en blanco que exigía reinvención absoluta. Warren Ellis, ya no era un mero acompañante sino coautor esencial de todas las melodías, se erigió como ese arquitecto invisible de este sonido etéreo que nos deslumbraria, mientras Nick Launay, productor veterano que ya había moldeado los tres discos anteriores de la banda, se encargaba de capturar la magia en La Fabrique, aquella mansión decimonónica perdida en Saint-Rémy-de-Provence. El proceso, desarrollado entre diciembre de 2011 y agosto de 2012, fue todo menos convencional: Cave llegaba con ideas, bocetos, casi larvales, y la formación las transformaba en criaturas vivas, orgánicas, como si el estudio mismo respirase con ellos y, en lugar de ser testigo, fuese el local de ensayo. No se trataba de un regreso a la sobriedad del irrepetible “The Boatman’s Call” (1997), sino de algo más radical: una atmósfera ingrávida donde el bajo retumba como un pulso subterráneo, los loops se entretejen con el violín y el piano susurra confidencias que rozan lo onírico. “Push the Sky Away” (2013) no solo cierra un ciclo; lo trasciende, demostrando que los Bad Seeds, incluso sin su mano derecha histórica, conservaban intacta la capacidad de asustar con la sutileza de un susurro, un gruñido sordo pero igual de violento.
Tuve la suerte de ver en directo la gira de “Push the Sky Away” (2013) y aprendí a apreciar un disco que, al principio, no supe valorar como es debido. Quizá tenga mucho que ver que pude conocer a Cave en esta supuesta gira en solitario, estampó su firma en algunos de mis discos favoritos y, posteriormente, me reconoció en la primera fila de su concierto, me tomó por el hombro y en “From Her To Eternity” me arrastró dentro de la narración, mientras me llamaba hermano. Sea como sea, “Push the Sky Away” (2013) nos traía de vuelta a Cave, con su voz quebrada pero nunca rota, y Ellis, genio invisible que convierte loops en emociones puras, lograron algo que va más allá de la música cuando supieron crear un espacio repleto de obsesiones banales en donde conviven la poesía existencial, el bosón de Higgs y Miley Cyrus, sin ironía, con sirenas y sueños rotos. Un álbum que revela nuevas capas, como si La Fabrique hubiese impregnado las canciones de ese aire provenzal que huele a misterio y libertad. Un álbum que no necesita llamar la atención con un grito; sino que susurra verdades incómodas sobre el paso del tiempo, la pérdida y la necesidad eterna de seguir avanzando, y en ese susurro encontramos consuelo y desafío a partes iguales. Los Bad Seeds demostraron que no necesitan truenos para conmover: basta con un violín que se eleva, un bajo que late bajo la piel y una voz que te empuja hacia el cielo para que el oyente, al final, se sienta un poco más vivo, un poco más perdido y, sobre todo, profundamente conectado con esa humanidad frágil que Nick Cave ha sabido diseccionar como nadie.


