Hay recintos que perdonan un experimento y recintos que lo delatan, y el Palacio de Vistalegre pertenece con claridad al segundo grupo. Plaza reconvertida en arena de usos múltiples, con graderío vasto y una acústica pensada para el volumen antes que para el detalle, no es el lugar adecuado para una función de cámara con orquesta, coro y voz lírica. Allí, el viernes 11 y el sábado 12 de septiembre de 2026, Billy Corgan presentó “A Night of Mellon Collie and Infinite Sadness”, la relectura orquestal y operística de “Mellon Collie and the Infinite Sadness” (1995) que ya había ensayado en la Lyric Opera de Chicago y que ahora aterrizaba en Madrid con James Lowe a la batuta, la orquesta Mad4Strings, el Coro Filarmonía y un cuarteto de solistas de fuste. El aforo se recortó a unas tres mil quinientas localidades y aun así las gradas se vieron desangeladas, con huecos que convertían el recinto en un teatro a medio vestir y devolvían al espectador la sensación de estar en una función de ensayo general, sorprendiéndome aquellos que no quiere reconocerlo, presumiendo de pedigrí musical. El sonido fue irregular desde el primer compás: los arcos llegaban nítidos a la pista y se emborronaban en las filas altas; el coro ganaba volumen de golpe y luego se hundía, como si la mezcla no hubiera decidido si estaba ante un auditorio o ante un pabellón. El montaje, bonito y parco a un tiempo, no ayudaba a disimular esa extrañeza. Detrás del coro, una pantalla proyectaba imágenes en bucle (cielos, figuras oníricas, una estética de viñeta que se agotaba al cabo de tres repeticiones) y la función se partió en dos actos con un descanso en el que ni los músicos parecían saber si debían levantarse ni el público cuándo volver a la butaca. Esa vacilación, tan menor en apariencia, acabó por resumir la noche: un espectáculo de pretensión elevada alojado en un lugar que no lo sostiene, ante un público al que se le pedía tirar de nostalgia para pasar por alto los defectos de semejante montaje.
La primera parte arrancó sin Corgan y esa ausencia, anunciada a medias por quienes habían leído la letra pequeña y descubierta a empujones por el resto, condicionó cuanto vino después. El preludio que da título al disco y “Tonight, Tonight” sonaron con piano y cuerdas que, en otro recinto, habrían emocionado de verdad; aquí se percibían hermosos y lejanos, como si la sala les robara el calor. “Jellybelly” perdió la distorsión y el empujón rítmico que la hacían reconocible, y los metales y las flautas la convirtieron en un intermezzo casi irreconocible, valiente en la tesis y flojo en el golpe. “Galapogos” conservó algo de su melancolía, pero el tempo se estiró hasta diluir el pulso y dejó la canción en un limbo elegante. Entonces apareció William Patrick Corgan, con gabán negro de House of Gilles, para cantar “Thirty-Three”, y fue el primer instante en que la sala se reconoció a sí misma: la voz nasal, quebrada, antiacadémica, devolvía las palabras a tierra y recordaba que aquel material nació de una garganta imperfecta, no de un libreto para, tras nterpretar “Thirty Three”, desaparecer de nuevo con la misma solemnidad, reconvertido en una criatura de Murnau o salida del videoclip de “Ava Adore” . Sydney Mancasola (soprano) y Zoie Reams (mezzosoprano) sostuvieron con dignidad las líneas que el arreglo les asignaba; Dominick Valdes Chenes (tenor) y Dean Murphy (barítono, único de las fechas españolas) aportaron un color grave y limpio, y conviene decirlo sin ambigüedad porque no todas las voces femeninas de la noche eran sopranos ni todos los hombres tenores (como muchos aseguran). Pero, el problema no era la calidad de ese cuarteto ni la de la orquesta, que merecieron un auditorio y no una plaza. El problema era que muchas canciones cambiaban de tono, de ánimo, de estructura y de tempo para caber en el molde operístico, y el cambio no siempre las engrandecía. “Beautiful” y “Muzzle” se volvieron piezas de salón. “Lily (My One and Only)” y “Stumbleine”, que en el disco viven de la intimidad de una habitación, se inflaron hasta parecer números de revista. “Zero”, con Corgan otra vez al frente, quedó más desnuda que feroz, y “Thru the Eyes of Ruby” cerró el primer acto con un despliegue coral que impresionaba por masa y no siempre por sentido. Tras el descanso, “In the Arms of Sleep” se resintió del bache acústico y de esa extraña pausa en la que nadie sabía bien qué protocolo seguir. “1979” fue el mejor momento de la noche porque Corgan, orquesta y memoria popular coincidieron por fin, y la sala, hasta entonces educada, se permitió un calor que no era de ópera, a pesar de fallar la voz de Corgan. “By Starlight” y “X.Y.U.” oscilaron entre lo cinematográfico y lo recargado. “To Forgive”, de nuevo con el autor, pasó con más corrección que estremecimiento (honestamente, escucharla me hizo viajar en el tiempo a mi adolescencia), “Cupid de Locke” se diluyó en floritura y el cierre, otra vez “Tonight, Tonight” con Corgan (y una ovación que cortó el final), dejó la sala en pie sin haber interpretado el disco entero. Faltaron piezas mayores del doble original (no hubo “Where Boys Fear to Tread”, ni “Porcelina of the Vast Oceans”, ni “Bodies”, ni “Tales of a Scorched Earth”, ni “We Only Come Out at Night”) y el orden no era el de 1995 tampoco. Quien hubiera ido a oír “Mellon Collie and the Infinite Sadness” de cabo a rabo se encontró con una selección reescrita, muchos asegurarán que es problema del que se queje, que a estos conciertos hay que ir resabidos.
Corgan solo participó en cinco canciones, y esa cifra tan concreta ha partido a quienes salieron del recinto. Hay quien se escuda en que “hay que saber adónde se va”, como si la decepción fuera una falta de alfabetización del oyente y no una reacción legítima ante un cartel que pone un nombre y un escenario que lo esconde. Hay quien, con igual derecho, se siente estafado: pagó por un autor que apenas cruzó las tablas, no dirigió la palabra al público y se limitó a entrar y salir con solemnidad de oficiante. Las dos posturas pueden convivir si se admite lo obvio. En mi caso, aunque me joda justificarme para tener que legitimar mi opinión ante cualquier lector casual que pase por este blog, que no quede la menor duda de que, gustándome el concierto, no orgasmé como aseguran muchos y no por no saber dónde me metía: estuve en la gira original del 96, asistí a aquella mítica prueba de sonido madrileña, vi su acústico en directo (última vez que vería a Jonathan Melvoin) también en Madrid, les esperamos mi amigo Miguel y yo en la puerta del hotel, nos firmaron el disco de marras y él le regaló una zanahoria a Darcy, posteriormente les he visto en todas y cada una de las giras que han pasado por nuestro país (en Las Ventas, Palacio de los deportes, Joy, Sala Arena, La Riviera, Mad Cool), fuera de España, e incluso en encarnaciones como Zwan o en solitario, además de haber tenido el extraño placer de haber charlado con Corgan y aguantar sus desmanes en vivo y en directo, por lo que espero que esos seguidores de nueva hornada me den permiso para escribir que, habiendo disfrutado de esta última y ególatra visita, no me haya elevado como ellos y respeto a esos otros que salieron con el ceño fruncido.
“Mellon Collie and the Infinite Sadness” (1995), pese a ser un doble monumental de aquella década, nunca contó una historia unitaria, como confirmaron cuando se publicó y se han empeñado en repetir años después, no es un disco conceptual. Era un mosaico de adolescencia, rabia, ternura y exceso, dos caras (día y noche) sin libreto que las uniera, y su fuerza residía precisamente en esa yuxtaposición: era excesivo, es verdad, pero mágico. El empeño de Corgan por darle un sentido dramático e interpretarlo como si de una opereta se tratase no termina de sentarle bien porque impone una narración donde había fragmento, y este era el alma del trabajo. Elogio, sin reservas, a Mancasola, a Reams, a Chenes y a Murphy, y también a Mad4Strings y al Coro Filarmonía, que salvaron la noche cuando la tesis la lastraba, incluso cuando tapaban la voz de Corgan, aquello seguía sonando todo lo fabuloso que Vistalegre le permitió. Lo que no merece la función es la defensa ni el desprecio automáticos. Queda un concierto tibio: bello por momentos, irregular de sonido, insuficiente en presencia, forzado en la idea y alojado en el recinto equivocado. El milagro, si lo hubo, fue el de 1996. Lo de Vistalegre fue otra cosa, y conviene llamarla por su nombre, los que no estuvieron en aquella gira verdaderamente salvaje nunca entenderán lo que fue, lo de este viernes fue un experimento con gaseosa.
© 2026 Jota



¿No tocaron Porcelina el viernes? El sábado fue la penúltima, enlazandola con el Tonight del final.
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