Hay mucho de impostura (y también de cálculo industrial) en el modo en que President han llegado hasta “Blood of Your Empire” (2026). El cuarteto británico irrumpió en 2025 sin biografía, con máscaras y un nombre que parece un cargo más que una firma y, en apenas un año, han pasado del cartel en Download, sin un larga duración, a Atlantic Records, telonear a Architects y Bad Omens, y a este primer disco de estudio, escrito y producido por ellos mismos (en buena medida sobre la marcha, con un estudio portátil que viajaba de recinto en recinto). Detrás de los alias están The President a la voz y a la consola, Heist a la guitarra, Protest al bajo y Vice a la batería, coautor además de varias piezas; la mezcla corre a cargo de Zakk Cervini y el invitado Ando San asoma en una única canción. El relato oficial habla de crisis existencial, de la fe perdida y de la sangre derramada en nombre de los dioses y de las banderas; la portada, “La batalla de Poitiers” de Eugène Delacroix (ya empleada por Coldplay para su EP, “Prospekt’s March” en 2008), subraya esa teatralidad histórica. El problema, y también el encanto, es que el misterio funciona como escudo y como reclamo al mismo tiempo, como en todas estas bandas y el abuso del uso de máscaras. Quien escuche “King of Terrors” (2025) reconocerá el molde (metal contemporáneo con electrónica, voz tratada, contrastes de púlpito y pista), y quien recorra el patio actual no tardará en situarlos junto a Sleep Token, Bad Omens o Bring Me the Horizon cuando se ponen pedorras y creen que lo suyo es la discoteca. The President se ríen de esas comparaciones tan obvias y, en parte, tienen algo de razón: el disco no es un calco, pero tampoco es el artefacto fundacional que su promoción pretende. Es un debut notable, sí, con pulso, ambición y un oído real para el contraste; y es, al mismo tiempo, un disco que a ratos confunde el gesto con la herida y la variedad con la cohesión.
“Angel Wings” abre con un pulso de baile que parece de verano y se quiebra en cuanto Heist clava la guitarra: es la primera canción que The President escribió para el álbum y se nota, porque resume el programa entero (electrónica emotiva, riff afilado, un “uh” que huele a Chino Moreno y un vaivén entre la duda y la rabia). “DOOM LOOP” aprieta ese mismo botón con más oficio: sintetizadores que empujan, guitarra incisiva, una letra sobre la tragedia del tiempo (cómo lo perseguimos, cómo lo desperdiciamos, cómo solo lo entendemos cuando ya se ha ido) y un puente mareante que justifica su condición de single. “dark heaven” es la canción más explícita del discurso: distorsión, ritmo de caja, un pregón de “Gather ’round children, sing Hallelujah” y esa confesión de quien miraba la cruz y ya no es la misma persona. Es en ese punto cuando el disco toca hueso, porque no se limita a denunciar la religión como decorado: señala el modo en que la piedad se enreda con la avaricia, la violencia y el poder, y Vice (coescritor) introduce un riff desafinado y entrecortado que parece dudar de sí mismo. “Pink Noise” toma el relevo filosófico con la alegoría de la caverna de Platón (un sampler explica a los prisioneros que confunden sombras con mundo) y salta del pop alternativo al metal con un arranque electrónico casi de pista; suena ingeniosa, pero demasiado forzada en demostrarlo. “Mercy” recupera el centro emocional: Deftones y un eco de Biffy Clyro, la pregunta de dónde estaba la mano divina mientras uno grita, y el argumento que da título al disco (más sangre ha corrido en nombre de la fe que por casi cualquier otra causa, y la culpa no es del dogma sino del hombre que lo retuerce). “Sleepwalker” afloja la mandíbula y se entrega al estribillo de móvil en alto en un festival: Vice y The President la firman juntos y se nota su cálculo para un concierto, esa voluntad de que el público respire después de tanto ataque teológico mezclando metal alternativo con electrónica de baja intensidad. “Dionysus”, regrabación de un tema del EP, dura menos de tres minutos y es de lo más compacto: riff oscuro a lo Stephen Carpenter, predicadores de mentira y un cuerpo que se niega a la humildad del púlpito. El último tercio, sin embargo, es donde el disco se juega el tipo y no siempre lo gana. “This Will Divide Us” introduce piano, vientos y una voz robotizada; el saxo (o lo que hace las veces de metal) refresca el oído, pero la canción parece un anexo elegante más que una necesidad. Igual que “Hate Figure”, con Ando San, cambia el paso hacia el rap de corte post-hardcore: batería soberbia en la entrada, estribillo pegajoso y una letra que habla de botellas de orina desde el foso, de veintiún años y de la figura del odio mediático, de la cancelación. Es la grieta tras la máscara, el texto suena a ajuste de cuentas personal, y el oyente medianamente atento (el rumor persistente de Charlie Simpson no necesita que uno lo suscriba para que la coincidencia incomode) siente que la máscara puede caer. Cierra “White Devil”, con piano jazzy y un pulso que The President ha descrito como un redescubrimiento de la danza y de la vida (“now I hear the truth, I keep on dancing, just shaking off the rage”).
El disco justifica buena parte del revuelo y, al mismo tiempo, explica las dudas de muchos de nosotros. The President canta con urgencia cuando deja de esconderse detrás del procesado, Heist sabe cuándo cortar y cuándo bordar, Protest sostiene los graves con dignidad y Vice (a la batería y en la composición) es el cómplice que impide que todo esto sea solo voz y atmósfera. Hay canciones que se pegan (“Angel Wings”, “Doom Loop”, “Mercy”, ese “dark heaven” que predica y blasfema a la vez), pero el álbum son treinta y siete minutos y no perdonan el relleno, cuando el último tramo confunde valentía con dispersión: el rap de Ando San, el saxo y el piano son gestos de quien ya se sabe observado y quiere demostrar que están por encima de etiquetas. Demostrarlo no es lo mismo que habitarlo. “Blood of Your Empire” (2026) vive en esa tensión y sale airoso más veces que las que no. Y eso, en una escena que recicla máscaras con la alegría de una pasarela, ya es bastante, pero no todo.
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