Crítica: Airbourne “Airbourne” ★★★


Hay grupos que persiguen la novedad como si fuera una obligación moral y otros que se plantan en el mismo cruce de caminos y deciden que el oficio consiste en pulir el gesto hasta que brille otra vez. Airbourne pertenece, sin disimulo, al segundo bando y también es cierto que, durante todo este tiempo y, fundamentalmente, los primeros años: contaron con el desprecio de todos aquellos que los veíamos como una banda tributo. Pero, tambiién es verdad que los hermanos O’Keeffe no se molestaron en disimular y sus mejores momentos evocaban a los hermanos Young, una suerte de AC/DC enfocados para los millenials, ese público que desprecia a Kiss o los australianos, pero disfrutan con Ghost y Airbourne. Pero aquí estamos, siete años después de “Boneshaker” (2019), con “Airbourne” (2026), un sexto disco homónimo que se presenta como síntesis de cuanto han sido desde Warrnambool: hard rock de escenario, sudor, doble sentido y una deuda explícita con AC/DC que ya no pretende esconderse detrás de ninguna metáfora. Joel O’Keeffe (voz y guitarra solista) y su hermano Ryan (batería) siguen siendo el eje, Justin Street sostiene el bajo con esa discreción de quien sabe que el lujo aquí no es el adorno sino el pulso, y Brett Tyrrell, incorporado a la guitarra rítmica tras el relevo de Matthew Harrison, cierra el cuarteto con acentos que recuerdan a Malcolm Young más que a un virtuoso de escaparate. Grabado en Music Farm, a las afueras de Byron Bay, sobre cinta y con una mesa Neve que en su día sirvió a AC/DC, Rose Tattoo y The Angels; Brian Howes produce, Mike Fraser es el ingeniero, Zakk Cervini mezcla y Ted Jensen masteriza. El resultado suena grande, crujiente y, en los mejores instantes, peligroso a la manera antigua. 

“Gutsy” abre con el gesto que el grupo lleva ensayando desde “Ready to Rock” y “Breakin’ Outta Hell”: riff de puño, estribillo de festival y esa voz de Joel que raspa como Brian Johnson sin copiarle el timbre nota a nota. Funciona porque está construida con oficio, no porque invente nada. “Alive After Death (Last Plane Out)” tira hacia un lado más lascivo, con un empuje que evoca a los The Cult de “Fire Woman” sin abandonar el estilo de Airbourne; es una de las canciones donde el cuarteto parece disfrutar de verdad el margen entre himno y farra. “Here She Comes” y “Who Put the Rhythm in You?” llegan con la firma de Bryan Adams y Robert “Mutt” Lange, y se nota: el estribillo se ensancha y la guitarra solista de Joel se coloca un poco más arriba en la mezcla, como si alguien le hubiera dicho que el solo también es parte del espectáculo. El problema es que ambas piezas se parecen demasiado: mismas curvas, mismo brillo de estadio, misma sensación de haber oído ya esa llegada, la dichosa repetición. “Kid in a Candy Store” recupera el descaro de “Whole Lotta Rosie” y funciona mejor precisamente porque no se disculpa; es rito de paso, descaro de barra y un gancho que se pega sin pedir permiso. “Sky High” pasa más ligera, útil como puente más que como destino. “Christmas Bonus” es el chiste que el grupo no podía dejar de contar: cascabeles, doble sentido de calcetín navideño y un “ho ho ho” que pretende ser procaz. Divertida a la primera, previsible a la tercera, irritante como para volver a escucharla. “Last Man Standing” aprieta el tempo y recuerda que Ryan O’Keeffe no pretende ser John Bonham: pretende ser Phil Rudd, es decir, el hombre que deja hueco para que el riff respire. “Rock ’N’ Roll Ya” enseña los mismos dientes de Def Leppard (y hay coescritura de Phil Collen) y “Bogotá” se permite un fraseo más vanhaleniano, incluso un momento narrado que guiña el ojo a “Hot for Teacher”. Es justo ahí, por un momento, Airbourne deja de parecer un museo bien iluminado y suenan como una banda que se permite el capricho. “Hells Got No Vacancy” vuelve al gancho directo y cierra el tramo central con eficacia. El colofón, “Send Me to Rock ’N’ Roll Heaven”, es la carta a los muertos (Lemmy, Bonham, Bon Scott, Little Richard) y funciona como homenaje sin volverse lacrimógeno: no es un réquiem, es una invitación a la fiesta del otro lado. La letra oscila entre el guiño feliz y el golpe demasiado frontal; mostrándose pueril. 

El grupo lleva dos décadas afinando la misma navaja y este disco la deja afilada. Hay pasajes de intensidad genuina, un sonido de cinta que evita el barniz excesivo y una cohesión de cuarteto que se nota especialmente en la base Street-O’Keeffe y en el trabajo rítmico de Tyrrell, que no pretende lucirse sino sostener. También hay exceso de prudencia: demasiadas canciones que se parecen entre sí, demasiada fidelidad al modelo cuando este ya está saturado de copias. Quien busque ruptura saldrá defraudado. Quien busque un disco para cantar en el coche, para golpear el volante y para recordar por qué el hard rock de estadio sigue teniendo sentido cuando se toca con ganas, encontrará material de sobra. No es el mejor trabajo de Airbourne, aunque el grupo lo proclame; pero sí creo que es el más consciente de su propia tradición. 
© 2026 Lord Of Metal

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