Dieciséis años separan “Omega Wave” (2010) de este “Forbidden” (2026), un intervalo que en el thrash de la Bay Area equivale a una generación entera de imitadores y a la consolidación de bandas que en su día compartían escenario con ellos. Craig Locicero y Matt Camacho, únicos supervivientes del núcleo original, han reconstruido la formación sin Russ Anderson y han optado por un título homónimo que funciona como declaración de intenciones: ni regreso nostálgico ni ruptura absoluta, sino un intento de redefinir el sonido desde dentro. A su lado se incorporan Jeremy Von Epp en la segunda guitarra, el veterano Chris Kontos (centrifugado por Machine Head y Testament) a la batería y Norman Skinner al micrófono, procedente de Hellscream e Imagika. El resultado, producido con la colaboración de Zack Ohren, se mueve entre el thrash técnico de “Twisted Into Form” (1990) y los momentos más oscuros y progresivos que ya asomaban en el disco anterior, sin pretender igualar la crudeza de “Forbidden Evil” (1988). La cubierta, con su calavera partida entre circuitos y fuego, anticipa esa dualidad: agresividad clásica y ambición contemporánea conviviendo en el mismo espacio.
El trío inicial marca el territorio con claridad. “Single Point Failure” abre con una introducción progresiva que pronto cede ante riffs mordientes y un intercambio de guitarras entre Locicero y Von Epp; Skinner alterna gritos densos con coros más contenidos y melódicos, mientras Camacho sostiene una base que nunca se limita a seguir. “Burning the Lungs of Earth” arranca con más contención y acelera mediante armónicos afilados y un trabajo de batería de Kontos que impulsa sin atropellar, convirtiendo la canción en un vehículo eficaz para la denuncia ambiental que lleva en el título, algo manido pero resultón. “Divided by Zero” empuja aún más lejos la tensión: los riffs se vuelven más irregulares y furiosos, aparecen voces de respaldo que desestabilizan el centro y Skinner encuentra un registro que oscila entre el gruñido y el berreo puro. Después de ese arranque contundente, el centro del disco pierde impulso; “DCLXVI” comienza con guitarras limpias y adornos orquestales que prometen amplitud, pero se instala en un groove lento y en un estribillo que repite el título hasta volverse monótono; los cambios de dinámica existen, aunque no bastan para justificar su duración. “Psyclops” recupera un groove más seco y metálico, con el bajo y la batería marcando un ritmo casi industrial, mientras Skinner pasa de líneas limpias y casi soñadoras a un registro rasposo. “Jisei” funciona como interludio: una breve voz femenina en japonés introduce texturas calmadas y ligeramente inquietantes antes de que la distorsión regrese de forma contenida. “Mutually Assured Dysfunction” inyecta de nuevo agresividad y solos que dialogan con las voces altas de Skinner, pero su extensión diluye el impacto y obliga a la pieza a cargar con la responsabilidad de sacar al conjunto del letargo. “Sycophantasy”, con la colaboración de Brann Dailor de Mastodon, ofrece un ritmo más pesado y un intercambio vocal que diversifica las texturas sin alargarse en exceso. Mientras “The Burden” recupera energía directa y permite algunos descensos controlados que invitan al cabeceo antes de retomar el pulso, y “Sol Grave” arranca con un minimalismo casi amenazante que se quiebra en un enfoque más entrecortado y pegadizo, donde conviven pasajes etéreos y ráfagas agresivas. El cierre, “Flower of Life (Chaos By Design)”, se extiende cerca de los nueve minutos y concentra las mayores ambiciones: contrastes marcados, un interludio de piano acompañado de voz que reorienta el rumbo y una resolución que intenta atar los hilos dispersos del disco con poco resultado.
Hay material suficiente para justificar la espera y momentos en los que la química entre Locicero, Von Epp y Kontos demuestra que la banda no ha perdido el oficio, especialmente cuando se permite explorar grooves pesados y estructuras menos lineales sin abandonar del todo la herencia del thrash de la bahía. Skinner se desenvuelve con solvencia y aporta un registro propio que no pretende emular a Anderson, aunque en ocasiones su versatilidad se queda en un terreno seguro en lugar de forzar las costuras. El problema principal no es de ejecución, sino de edición: varios pasajes centrales se alargan sin añadir ideas nuevas y el disco, escuchado de principio a fin, pierde fuerza antes de que “Sol Grave” y “Flower of Life” recuperen el interés. Aun así, Locicero y Camacho han conseguido reactivar el nombre con una formación capaz y un disco que no se limita a repetir fórmulas. Por ahora, “Forbidden” (2026) ofrece razones para seguir prestando atención, siempre que se acepte que el thrash más maduro exige una paciencia que, actualmente, las nuevas generaciones no estar por derrochar.
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